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jueves, 28 de noviembre de 2019

Mitos y leyendas: la cabeza del rey don Pedro


Casa nº30 de la calle Cabeza del Rey don Pedro. La calle de la izquierda es
Augusto Plasencia, que da a la iglesia de San Isidoro. La que se ve al fondo
hacia la izquierda es Candilejo
El otoño ha llegado. Lo percibo con más precisión que un astrónomo porque el cambio de estación me sienta como una patada en el páncreas, me invade una profunda melancolía, me duele la cabeza con más insistencia que una teleoperadora que te machaca hasta la extenuación para que te cambies de compañía y, lo que es peor, me acomete una molicie que me deja convertido en un despojillo. Así pues, y dado que la enjundiosa entrada que llevo tres días elaborando tardará un poco debido a mi lamentable estado de pseudo-ectoplasma evanescente, a que si abuso del metamizol magnésico me puede dar un chungo y, en resumen, a que no puedo permitir que mi apreciada y valiosa sesera se cueza en su propio jugo, pues narraré una curiosa leyenda que me sé de memoria como sebiyano de pro que soy, qué carajo. Ojo, aunque es muy conocida y aunque parezca mentira, muchos de mis paisanos no la han oído mentar en sus vidas de la misma forma que nunca han entrado en nuestra fastuosa catedral, el mayor templo gótico del mundo, o jamás han subido a la altiva Giralda, convertida en enana endémica por obra y gracia del eximio Monteseirín, el mismo bellaco que profanó el paisaje hispalense con el tótem falocrático de la torre Pelli y las abominables setas, que más que setas parecen una micosis propia de pie de atleta. En todo caso, esta curiosa historia es seguramente desconocida para los forasteros, de modo que les vendrá de muerte para, si acuden a la trimilenaria urbe, asombrar a la parienta, humillar al cuñado que se cuelga en todas las escapadas y, lo más importante, dejarlo tan hundido que no dudará en arrojarse al paso del tranvía que pasa ante la sede catedralicia para dar término a su abominable existencia de zote azote de bodegas y despensas ajenas. Y si no se anima, pues lo empujan y un miserable menos en el mundo, sangre de Cristo.

Primer plano del medio cuerpo actual
Bien, esta leyenda, como todas, tiene su base real y ciertamente procede de un suceso acaecido durante el reinado de este controvertido monarca, alabado, temido u odiado según quién cuente su vida que, como decía el licenciado Esteban González de Muñana, "...más debió su muerte a la vendible pluma de Ayala que al puñal de don Enrique". Naturalmente, se refiere al canciller Pedro López de Ayala, ferviente partidario del Trastámara y autor de la crónica del reinado del último retoño de la Casa de Borgoña. Sea como fuere, lo cierto es que, como suele pasar, la leyenda superó a la realidad y, aunque jamás sabremos cuánto hay de cierto y cuánto de falso en esta historia, la cosa es que estos misterios son los que enriquecen a las ciudades añejas. Por eso los yankees nos tienen tanta envidia, porque no han tenido monarcas gloriosos, ni reyes locos, ni nobles esforzados, o traidores, o villanos valerosos que empujados por la miseria fueron capaces de crear el mayor imperio que jamás viose. Su única leyenda es la Comisión Warren, y con eso está todo dicho.

Bueno, no me enrollo más. Pasemos pues a la leyenda y, al final, a la parte real que prueba que todas las leyendas tienen su parte de verdad, y que cuando el río suena agua lleva.

EL ORIGEN

Don Alfonso XI aupándose en su bridón mientras un paje le sostiene el
estribo (Crónica de Froissart, vol. 1)
Don Pedro odiaba a los Guzmán de la misma forma que los Guzmán odiaban a don Pedro. El motivo era evidente: su padre, el fiero Alfonso XI, se limitó a engendrar dos retoños en su legítima, la reina María de Portugal: un birrioso primogénito, por nombre Fernando que palmó antes de un año, y después a Pedro; por el contrario, a su amante Leonor de Guzmán le fabricó nada menos que diez, y encima hasta tuvo la desfachatez de que nueve fueron varones. El monarca echó a su reina de la corte, refugiándose según decían en el sebiyano Real Convento de San Clemente, fundado por el santo monarca Fernando para conmemorar la reconquista de la populosa Ixbiliya precisamente el día de la onomástica del santo en cuestión, 23 de noviembre. Y mientras doña María urdía mil venganzas contra la que la había expulsado de la piltra regia, la Guzmán era tratada como reina por todos los pelotas de la corte y, mientras paría como coneja, la portuguesa ardía de cólera por no haber sido capaz más que de dar un único hijo aprovechable, lo que casi le costó verse repudiada y salvada in extremis al quedar preñada de don Pedro a principios de 1334.

Sepulcro de la reina María. Curiosamente, en el azulejo
que se ve delante informa que contiene sus restos, así
como los de dos "tiernos infantes de Castilla, sus hijos".
No se tenía noticia de ese tercer infante, cuya existencia
se supo al abrir el sepulcro en 1813. Posiblemente se
tratase de un niño nacido muerto
Está de más decir que la mancebía de Leonor con el monarca hizo subir la influencia de su ya de por sí poderoso clan como la espuma de un zumo de cebada mal tirado. Pero el fogoso rey no pudo palmarla de viejo en su catre, sino de peste bubónica durante el férreo cerco que mantenía en Gibraltar en 1350 con apenas 38 años, por lo que las acciones de la familia Guzmán cayeron en picado como el Ibex-35 cuando ganan las elecciones los partidos de izquierdas. La portuguesa, cuyo odio acumulado ya le debía producir sarpullidos, salió de su pseudo-exilio y plantó sus ovarios de reina de Castilla con un hijo rey que apenas tenía 15 años y la voluntad sometida a su ayo, el taimado y ambicioso Juan Alfonso de Alburquerque. La reina María no tardó mucho en resarcirse del desdén marital haciendo prender a la amante cuando se dirigían hacia la capital hispalense a dar tierra al difunto en su primer alojamiento  funerario- posteriormente fue mudado de sitio dos veces más-, siendo enviada al alcázar del Carmona y, poco después, al castillo de Talavera de la Reina (Toledo), sutil recochineo de la portuguesa hacia su enemiga ya que la coletilla "de la Reina" se debió precisamente a que el señorío de la población fue regalo de bodas del rey Alfonso a doña María. Allí fue asesinada por orden de la portuguesa apenas un año más tarde.

Osario de la cripta de la Capilla Real. En el centro, en primer término, están
los restos de don Pedro A la izquierda, en una caja pequeña, su amantísima
María de Padilla
Bien, ese es el verdadero origen de las malquerencias entre los Guzmán y don Pedro. Los Trastámara eran fruto de la simiente de la poderosa familia andaluza y, como es lógico, cuando Enrique, el mayor de la prole espuria, empezó a dedicarse a estudiar para conspirador, el apoyo familiar fue para él y no para el legítimo soberano que, por cierto, a los pocos meses de ser proclamado rey contrajo una grave enfermedad- algunos afirman que una fiebre cerebral- que le dejó la sesera un poco averiada. Este hipotético desajuste mental, unido a sus añejos rencores, a una desconfianza patológica y a un carácter desmedido y colérico hicieron que la siempre levantisca nobleza castellana empezara a plantearse mandar al paro al iracundo e imprevisible don Pedro en favor del bastardo, que deseoso de sentir el dulce peso de la corona estaba dispuesto a repartir mercedes- de ahí su mote adquirido posteriormente- como político en campaña electoral para ganarse el favor de los descontentos y ambiciosos nobles castellanos.

LA LEYENDA

Fachada del Palacio del rey don Pedro en el alcázar de Sebiya
Sebiya fue quizás la ciudad más querida de don Pedro. En su alcázar vivió su desaforada pasión con María de Padilla, y pasaba temporadas en la ciudad cuando sus guerras y sus constantes líos con sus medio hermanos se lo permitían. Pero Sebiya era también la "capital" de los Guzmán, que junto a los Ribera y los Ponce de León también se disputaban la preeminencia entre lo más granado de la aristocracia castellana en la Andalucía. Estaba el ambiente chungo, para variar, porque los Guzmán, encabezados por el patriarca del clan, Tello de Guzmán, conde de Niebla, aprovechaban la más mínima ocasión para hostigar al monarca sabiéndose respaldados por sus numerosos partidarios y por los odios que don Pedro, llevado por su desmedido carácter, se había sabido ganar a pulso.

Escudo de armas de la Casa de Guzmán
Al parecer, uno de los hijos del conde tenía la lengua más larga y afilada de lo recomendable, y no se privaba de ser un maldiciente diplomado al ir por toda la ciudad contando dimes y diretes, ciertos o no, en contra del rey. Hay diversas teorías de cómo acabó la malquerencia: unos afirman que se buscaron una noche para desafiarse y acabar de una vez. Otros dicen que fue un encuentro casual y se enzarzaron en una riña en plena calle. Y otros, entre los que me apunto, a que el alevoso Guzmán, sabedor de la afición del rey a salir de noche sin más compañía que su persona a darse un garbeo por las tabernas y putiferios donde acudía de incógnito- la promiscuidad de este hombre era legendaria, y sus apetitos de hembra insaciables- le hizo un aguardo para atentar contra él y matarlo sin testigos que pudieran delatarlo.

Así, una noche del año de 1354, cuando nuestro hombre contaba solo 20 años pero que ya llevaba vividas cuatro vidas al menos, salió del alcázar a solazarse con su ronda nocturna. Nada en su persona denotaba que era el rey, y ni su manto ni sus ropas indicaban que fuese nada más que un caballerete que iba en busca de diversión. Imaginemos las calles de Sebiya de aquella época, oscuras como boca de lobo y con alguna que otra lluvia de oro cuando un vecino lanzaba el contenido de la bacinilla por la ventana sin molestarse en avisar con el tradicional "¡Agua va!" dando por sentado que, a aquellas horas, las calles estarían desiertas. Solo un detalle delataba quién era a quienes le conocían: al caminar le crujían las canillas. Aunque se dice era a consecuencia de una caída de caballo de mocito, al parecer, y según se comprobó en un estudio realizado por el doctor González Moya en sus restos que reposan junto a los de su amada María de Padilla en la Capilla Real de la sede hispalense, era un defecto adquirido durante su infancia. En el silencio de la noche cualquiera oiría llegar de lejos al monarca con sus chasquidos a cada paso que daba.

Leonor de Guzmán despidiéndose de su hijo Fadrique en presencia de la
reina María, que estaría relamiéndose de gusto por su venganza. La obra es
de Antonio Amorós (1887)
Al llegar a una encrucijada que llamaban los Cuatro Cantillos le salió al encuentro el hijo de Tello de Guzmán, que lo reconoció de inmediato gracias al palilleo de las regias piernas. Empezaron con palabras que rápidamente degeneraron en malas palabras y al poco la cosa acabó llegando a las manos. Don Pedro metió mano a su estoque y el Guzmán hizo lo propio, enzarzándose en una terrorífica reyerta donde debemos desterrar la imagen de hábiles esgrimistas lanzando estocadas y esquivándolas con ágiles fintas. La realidad sería más bien una serie de tajos y puntazos casi a ciegas, guiados por el ruido y los movimientos del adversario porque allí no se veía ni a un mamut con sobrepeso a medio metro. Aunque la gente no solía prestar atención a estas riñas callejeras por lo frecuentes en una ciudad que, como todas las de su época, carecían de guardias que velasen por el buen orden, una mujer que vivía cerca de donde estaba teniendo lugar el violento cambio de impresiones entre el rey y su enemigo se asomó a ver qué pasaba. Para intentar ver algo llevaba en la mano un candil de sebo y, quizás aprovechando aquella mortecina luz que en la oscura calle sería como un rayo repentino, el rey pudo despachar al Guzmán con una certera cuchillada que lo dejó listo de papeles. La mujer, asustada por el espectáculo, dejó caer el candil mientras que la negra silueta del vencedor se perdía en las tinieblas haciendo sonar las canillas. Y, mira por dónde, eso hizo que la mujer también reconociese al rey en aquel energúmeno que acababa de apiolar bonitamente al fulano que, emitiendo sus últimos estertores, farfullaba pidiendo confesión antes de palmarla en el arroyo, bañado en una abominable mezcla formada por su propia sangre y los meados que el vecindario había lanzado a la calle a lo largo del día.

Casa de la calle Candilejo donde un probo vecino a
colgado un candil de la ventana a modo de recordatorio
de la leyenda. Los guiris le hacen fotos a mansalva
A la mañana siguiente, toda Sebiya ya sabía la noticia. El hijo del conde de Niebla había aparecido muerto en los Cuatro Cantillos. Tello de Guzmán se personó en el alcázar hecho una fiera clamando venganza y pidiendo justicia para el matador de su amado retoño. Cabe suponer que, sabiendo la malquerencia entre su hijo y el rey, debía sospechar que don Pedro estaba en el ajo, aunque no podría imaginar que el asesino estaba ante sus propias barbas. A lo más que llegaría sería a imaginar que, como diría Quevedo, aunque "el impulso fue soberano", la mano era de uno o más matasietes a sueldo, pero obviamente eso no podía decirlo sin más porque acusar al rey de un asesinato era la mejor forma de acabar con la cabeza en el tajo, víctima de las prontas justicias a las que tan aficionado era don Pedro. El rey, muy en su papel de gobernante escandalizado por la nula seguridad ciudadana, le prometió hacerle justicia, y empeñó su palabra en que la cabeza del asesino acabaría emparedada en el muro de la casa ante la que se cometió el crimen para ejemplar escarmiento y, del mismo modo, demostrar que no dudaba en aplicar las leyes incluso a los que de forma involuntaria favorecían a sus intereses matando a un enemigo político. 

Más o menos así sería el famoso candil.
Funcionaban con una mecha metida en el depósito,
que contendría aceite o sebo en función del poder
adquisitivo del dueño
De inmediato se lanzó un bando que los pregoneros recitaron con su salmodia monocorde en todas las plazas y encrucijadas de la ciudad, haciendo saber que el asesino del hijo de Tello de Guzmán era muy mala persona, malvado como un cuñado en Nochebuena y que se ponía precio a su cabeza: cien doblas de oro, o sea, un pastizal de los buenos. Y mientra tanto, la mujer que lo había visto todo no sabía dónde meterse. Ignoraba si el rey se había dado cuenta de que había habido un testigo, y si lo sabía su vida no valdría ni una blanca. Ignoraba también donde había ido a parar el candil, que se lo llevaron los mismos que recogieron el cadáver del Guzmán porque lo relacionaron con el crimen en el sentido de que fue el que usaron el o los asesinos para identificar a la víctima y matarlo, por lo que su vida tampoco valdría un foluz raspado si los Guzmán iban a pedirle explicaciones. De hecho, el puñetero candil trajo cola precisamente porque fue a lo que se agarró el conde de Niebla para asegurar que el crimen había sido un atentado preparado de forma minuciosa cuando, en realidad, era una "prueba circunstancial", como dirían ahora. Desesperada y acojonada en grado sumo, le contó lo visto y oído a su hijo.

-¿Qué jasemo, miarma?- inquirió angustiada-. Si er rey s'entera de que lo ví tó me manda corgá der pescueso en'er llano de Tablada.

El hombre, más animoso y listo como una raposa, vio la solución de inmediato.

-Tú no diga ná a nadie. Yo m'encargo de solusionarlo tó y de que'l rey se calle como una puta.

-¿Pero qué va'jasé, miarma?- lloraba la pobre-¡Mira no me vaya a buhcá una ruina!

-¡Que te calle, cohone! Tú, chitón. Ehto lo dejo arreglao hoy sin farta.

Y sin perder ni un momento se largó al alcázar, donde pidió ser recibido por el mismísimo rey.

-¿Vé al rey, joío mamarrasho?- le espetó el guardia de la puerta- ¿Pero tú quién t'ha creío que ere, so mamón?

-Dile al rey que yo sé quién ha matao al Gusmán, so giliposha. Y no te ponga shulo que me queao con tu cara y como te pille por ahí te fohtio vivo. ¡Tira pa dentro, so cagao!

Es más que evidente que el rey tardó en recibirlo el tiempo que un gorrión tarda en zamparse una miga de pan. Recibió al hombre en uno de los salones del alcázar con la mosca detrás de la oreja, intrigado por saber si verdaderamente aquel tipo sabía algo o era el típico cuentista que solo buscaba la recompensa acusando a su cuñado de lo que fuese con tal de perderlo de vista. Tras hacerle una reverencia como para provocarse cuatro hernias discales, el hombre se acercó al sitial donde el rey lo esperaba con gesto ceñudo.

-Me han dicho que zabez quién fue el vil azezino que dio muerte al hijo del conde de Niebla- dijo el monarca con voz así de como diciendo "ten cuidado donde te metes o de aquí no sales vivo" (N. del A. Según la Crónica de Ayala, el rey ceceba al hablar)

-Así é, altesa. Mi mare lo vió tó. Ella reconosió al asesino.

Don Pedro levantó la ceja que se suele levantar cuando uno se queda perplejo pero no debe demostrar sorpresa o el ánimo turbado para que nadie sospeche nada.

-¿Y quién ez?

-No lo pueo desí delante de to´l mundo, altesa- se excusó el hombre mirando alrededor y viendo que el personal que acompañaba al rey estiraban los pescuezos y afilaban las orejas para enterarse de todo-. É arguien mu importante, demasiao pa que se sepa, y si se corre la notisia pué pasá de tó.

-¿Tan importante cómo para que miz allegadoz y concejeroz no puedan zaberlo?- preguntó el rey cada vez más mosqueado porque se deba cuenta de que, en efecto, aquel tipo lo sabía todo-. Confío mi vida a eztoz hombrez, azí que no veo por qué no deben zaber quién ez el azezino.

-Altesa, solo a vóh diré'r nombre der mataó del Gusmán. Si lo sabe arguien má se lía parda.

El rey se levantó de su sitial y se llevó a un lado al hombre. Estaba clarísimo que el fulano aquel no mentía, y sabía que cualquiera de los presentes tardaría un avemaría en ir al conde a contarle la historia para ganarse su favor. Cuando llegaron a un extremo del salón y vio que los presentes estaban a una distancia prudencial reinició el interrogatorio.

-Mira, villano de mierda- le amenazó amablemente-, deja de chulearme o jurovoz que te hago degollar aquí y ahora, y a tu madre la meto en una mazmorra del caztillo de Triana y no ve máz la luz del zol, hideputa. Habla ya.

El supuesto testigo se giró señalando un espejo que había en la pared opuesta.

-¿Vei al hombre que s'asoma por esa ventana, altesa?

Don Pedro volvió la cabeza y se vio a sí mismo. Luego miró al hombre asintiendo en silencio.

-Ese ha sío er'ca matao al Gusmán, altesa. Ese é er asesino.

Don Pedro volvió a su sitial observando como los cortesanos tenían jeta de estar a punto de sufrir una apoplejía por la intriga, pero se iban a quedar con las ganas.

-Ezte hombre ha hecho un buen zervicio a Dioz y a mi perzona delatando al matador del Guzmán. Y, como bien ha azegurado, ze trata de una perzona muy relevante cuya identidad debe permanecer en zecreto por el bien del reino, por lo que aquí y ahora mando que, conforme prometí al conde, zea puezto en cuztodia y ajuzticiado como caztigo a zu abyecto crimen, y que zu cabeza zea colocada donde tuvo lugar el azezinato para ezcarmiento de traidorez y alevozoz. Y a ezte hombre, que ze le paguen laz cien doblaz prometidaz, y deje aquí zu promeza de que nadie máz que él y yo zeremoz loz conocedorez del nombre del azezino ¡Júralo, por tu vida!- exclamó echándole una mirada que podía fundir una barra de hielo si el hielo se hubiese podido fabricar en aquella época en la cálida y ardiente Sebiya.

El hombre juró por sus muertos, por las barbas de sus antepasados y hasta por todas y cada una de sus muelas, faltaría más. Trincó las cien doblas y se largó sumamente contentito porque aquello acababa de solucionarle la vida. Aunque la leyenda no lo menciona, imagino que no tardaría ni dos días en poner tierra de por medio con su madre, porque es obvio que los Guzmán, sabedores de que hubo un testigo y no fiándose un pelo del rey tras tantos misterios con el supuesto "azezino importante", no tardarían en hacerle una visita para sacarle el nombre, pero esta vez sin doblas de oro y sintiendo en el gañote el filo de una lujosa daga de orejas. Ancha era Castilla para largarse enhorabuena con la bolsa atiborrada de oro e iniciar una nueva vida de incógnito. ¿Ven como la fama no trae más que disgustos y el anonimato es lo mejor del mundo?

Retrato del rey don Pedro basado seguramente en su efigie
orante por su evidente parecido.
A los pocos días, un séquito encabezado por un heraldo, varios músicos haciendo tronar el cielo hispalense con cajas y añafiles y dos albañiles llevando en una civera una caja de madera y los útiles de su oficio salían por la puerta del alcázar. Finalmente, una nutrida escolta de hombres de armas cerraba la comitiva que desfiló hasta los Cuatro Cantillos. El heraldo anunciaba con poderosa voz que, cumpliendo lo prometido, la cabeza del asesino sería depositada en el lugar del crimen. Media Sebiya iría tras la vistosa y sonora comitiva, devorados por la curiosidad. ¿Quién sería el matador del Guzmán, cuya cabeza iba en aquella caja? Cuando llegaron al lugar señalado, los albañiles abrieron un nicho en el muro mientras el heraldo anunciaba que, siendo el criminal un personaje muy relevante en el reino, convenía que su identidad permaneciese oculta, por lo que la cabeza sería depositada en el nicho dentro de la caja. El personal, muy desilusionado, se decepcionó aún más cuando vieron que, tras depositar la caja, los albañiles condenaron el nicho con una fuerte reja trabada para que nadie pudiera hurgar allí, e incluso para más seguridad quedó una guardia de dos hombres de armas por si a alguien, especialmente un Guzmán, se le ocurría presentarse a las tres de la mañana con una escalera, un cincel y un martillo y sacar la puñetera caja. Pero nada de eso ocurrió. El tiempo pasó, y nadie se atrevió a poner las manos donde no debía.

Don Pedro y el Trastámara acuchillándose sañudamente
ante el castillo de Montiel. Miniatura de la obra de Alonso
de Cartagena "Genealogía de los Reyes de España" (1463)
Quince años más tarde, don Pedro era traidoramente acuchillado en Montiel por el Trastámara. En cuanto la noticia llegó a Sebiya todo el clan de los Guzmán salió echando leches para sacar la caja del nicho por si existía la posibilidad de, a pesar del tiempo transcurrido, reconocer al asesino. Desempotraron la reja, sacaron la caja, la abrieron y se quedaron con la jeta a cuadros cuando pudieron ver el contenido. Dentro de la misteriosa caja estaba la cabeza de una estatua del rey don Pedro, que fiel a su palabra colocó la cabeza del "azezino" del Guzmán en el lugar del crimen. Lo que no especificó era si la cabeza debía ser de carne y hueso o piedra, por lo que no se puede decir que mintió o que faltó a lo prometido. Más corridos que una liebre, los Guzmán se tuvieron que conformar con dejar la cabeza donde estaba para que todos supieran la verdadera identidad del "azezino", pero esta vez a la vista de todo el mundo.

Bien, así fue la leyenda. Chula, ¿que no? Pero, como decíamos al principio, toda leyenda tiene su parte real, y esa es la que veremos a continuación porque, además, es lo que casi nadie dice cuando se cuenta esta peculiar historia. Hay que considerar que si unas calles adoptan un nombre desde hace la torta de años es por algo, de modo que veamos como era y como es la escena del crimen porque, como ya podrán imaginar, la morfología de la ciudad ha variado un poco desde aquellos tiempos hasta nuestros días. Veamos...

LA REALIDAD

Las calles Candilejo y Cabeza del Rey don Pedro se encuentran en lo que, ya en tiempos de los romanos, eran vías adyacentes al DECVMANVS MAXIMVS, o sea, la que transcurría en dirección este-oeste. En este caso, la Puerta de Carmona era la que daba acceso por el lado oriental hasta el foro, situado en la actual plaza de la Alfalfa. Bien, esto nos indica que era una zona que desde muy antiguo era bastante transitada, con mogollón de tabernas, posadas, timbas y lugares de esparcimiento... masculino, como ya podrán imaginar. Observen la ortofoto inferior, cedida amablemente por los señores de Google:


La X señala la posición de la hornacina donde se conserva el busto del monarca


La parte sombreada en verde es la calle Candilejo. Antaño era, según Gestoso, una calle muy estrecha que, a lo largo del tiempo ha sufrido muchas reformas. La más reciente data de los años 20 del pasado siglo, cuando se llevaron a cabo una serie de derribos para ampliar un poco la calzada. Se tiene constancia de que ya en el siglo XVII albergaba mancebías para desfogue de los humores viriles y era tanta la demanda que, por lo visto, los dueños de los putiferios se quejaron al cabildo de que había putas que iban por libre buscando clientes en la calle, lo que les perjudicaba el negocio. No sería raro pues que ya en tiempos del "mizteriozo azezino" fuera un sitio de ambientillo nocturno, y más sabiendo que el monarca era un auténtico y verdadero pichabrava. Pero, ojo al dato, lo más significativo es que se tiene conocimiento de que esta calle ya era denominada como Candilejo desde fechas tan tempranas como 1429, o sea, apenas 75 años después del suceso, y posiblemente fuese llamada así desde años antes. La foto de la derecha nos permitirá hacernos una idea de su aspecto antes de los derribos antes citados. La casa que aparece en la foto hacía esquina con la calle Cabeza del Rey Don Pedro. Para entendernos: la angosta calle que se abre a la izquierda es Candilejo, y la que vemos a la derecha es Cabeza del Rey don Pedro. Su solar, que ya no existe, estaría junto al nº 3o de esta última calle, precisamente dónde se ve el busto del monarca en su hornacina. ¿Sería esta la casa desde donde la mujer presenció la reyerta? Quién sabe...


En cuanto a la zona sombreada de amarillo es la actual calle Cabeza del Rey don Pedro. Su denominación data de finales del siglo XVIII. En la imagen izquierda tenemos un fragmento del plano de Olavide de 1771 en el que vemos la calle Candilejo que hemos sombreado de verde, y la del rey don Pedro que anteriormente se llamaba Mesones, lo que corrobora la abundante presencia de ese tipo de establecimientos desde tiempo atrás. Así pues, aunque la ubicación de la hornacina es la calle Cabeza del Rey don Pedro, originariamente era la calle Candilejo, haciendo casi esquina con el callejón que iba a dar a la iglesia y plazoleta de San Isidoro. El círculo señala el emplazamiento original del cabezón  regio.

Pero la hornacina y el busto que contemplamos hoy no son de la época, sino posteriores. Basta echarles un vistazo para ver que su estilo es muy posterior, lo que daría que pensar a a más de uno  que, simplemente, se trata de un mero artificio colocado por la cosa de la tradición como la tumba de don Quijote o algo por el estilo. Pero la cosa es que la cabeza original existió, y estuvo en la calle del Candilejo hasta la década de los 30 del siglo XVII. Según Gestoso, en unos manuscritos que se conservan en la Biblioteca Colombina y que aparecen titulados como "Memorias Históricas Sevillanas, recogidas en este tomo Primero para la librería del Dr. D. Antonio de la Cuesta y Saavedra, canónigo de la Santa Iglesia de Sevilla", se dice que 
"Don Joan de Pereda, jurado desta ciudad cuyas eran las casas donde está puesta la cabeza [de Don Pedro] que las heredó del jurado Pereda su padre [...] me dixo: que amenazando ruina la pared de la casa donde estaba puesta la cabeza, y siendo necessario el reedificarla, su padre [...] dió cuenta de la obra que se avia de hazer en el Cabildo para que por su acuerdo se mandase lo que se avia de executar. Y la Ciudad acordó que se hiciese una efigie de piedra, que represéntase la persona del rey don Pedro en traje é insignias reales, y que se pusiesen las armas de Castilla y León en un escudo á costa de la Ciudad, y se colocase en un nicho en el mesmo sitio donde la cabeza estaba, porque esta memoria no se perdiese, y se puso en execucion, lo que la Ciudad mandó, colocando en un nicho el busto del rey en medio cuerpo, como oy se vée."
De todo ello podemos colegir que, en efecto, antes de esa época ya había una cabeza, y que aprovechando la obra se decidió colocar algo más adecuado a la categoría del personaje, fabricándose la hornacina que ha llegado a nuestros días con un busto de medio cuerpo del rey, todo ello elaborado por el maestro Matías Figueroa y terminado hacia el segundo cuarto del siglo XVIII.


Entonces, ¿qué fue de la cabeza original? Al parecer, no era de piedra, sino de barro, y había estado policromada. Mostraba un rostro del monarca muy similar al de la estatua orante que se conserva en el Museo Arqueológico de Madrid, que según se dice se copió de la mascarilla funeraria del rey. Presenta una mandíbula ancha y prominente, rostro totalmente afeitado y con un corte de pelo según la moda de la época. La cabeza estaba cubierta con un bonete redondo. En resumen, algo muy parecido al personaje que vemos en la foto de la derecha. De hecho, la descripción que el jurado Pereda dio de la cabeza que había en la fachada de la casa es la que hemos anticipado: "El pelo corto que solo le cubría el cuello cortado alrededor y cercenado por la frente, como entonces se usaba, sin bigotes ni barbas, el rostro algo abultado y en la cabeza un bonete redondo". 

Así pues, es cierto que el rey don Pedro mandó colocar su propia cabeza en el lugar donde había tenido lugar la reyerta y había dado muerte al Guzmán. No sabremos nunca los motivos de la misma, pero intuyo que no andamos descaminados con las conjeturas anteriores. En aquellos tiempos el personal no se cortaba un pelo a la hora de afrentar a la persona del mismo rey si con ello obtenía un beneficio, empezando por el favor del sustituto regio. Pero, ¿qué fue de esa cabeza primigenia? La información también nos la da Gestoso.


La calle Candilejo actualmente. Al fondo confluye con Cabeza del
rey don Pedro
Un buen día se presentó en casa del jurado Pereda padre don Fernando Enríquez de Ribera, duque de Alcalá, preguntando qué se había hecho con la dichosa cabeza que, como es lógico, se la quedó Pereda tras las obras. El jurado, al que por lo visto la reliquia no le parecía digna de ser conservada adecuadamente, le respondió que estaría en cualquier rincón de la casa, ordenándole a su hijo que la buscara. Que todo un duque se presente en tu casa a pedir un favor no era cosa cotidiana, y no era plan de contristarlo. La cabeza apareció en un sótano, de donde la sacó y la entregó a don Fernando que la recibió de muy buen grado. El jurado no tuvo inconveniente en regalársela, así que el duque se la llevó la mar de contentito ya que tenía la cabeza como la verdadera efigie del monarca. ¿Y dónde está la puñetera cabeza? No se sabe. Quizás no exista hace siglos. Cabe suponer que el duque la puso en algún lugar preferente en su palacio, pero pudo romperse o, simplemente, tras su muerte fue uno de tantos chismes que consideramos valiosos pero que nuestros deudos toman por baratijas inútiles y acabó en una escombrera o sirviendo de calzo para los carruajes de la casa. Pero aunque la cabeza que don Pedro mandó poner en el nicho para cumplir su promesa a Tello de Guzmán haya desaparecido vete a saber cuándo, al menos sabemos que existió, y si existió eso solo quiere decir una cosa: la leyenda de la cabeza del rey don Pedro tiene mucho más de realidad que de mito. Los pormenores de esta historia, como los motivos de la reyerta o la presencia del delator que lo hizo mirarse en un espejo quizás sean un añadido para darle morbillo al tema o para tapar lagunas en el relato, pero una calle que desde principios del siglo XV se llama del Candilejo es por algo, y si un rey manda poner su cabeza en un nicho no lo hace para intrigar al personal. En resumen, que más bien hay poca leyenda y mucha historia en estos sucesos.

Bueno, para estar al borde de la muerte ya me he enrollado bastante. 

Hale, he dicho

domingo, 4 de noviembre de 2018

Curiosidades sevillanas: el Patín de las Damas


Puerta de la Almenilla o de la Barqueta. A la izquierda, en la muralla, se aprecian varias personas tomando el fresco en
el Patín de las Damas. El edificio que asoma a la derecha es el Real Monastario de San Clemente, fundado por
Fernando III tras apoderarse de la ciudad

Foto tomada el 20 de marzo de 1892 en la que se aprecia en toda su crudeza
lo que podía suponer una crecida del Guadalquivir. La imagen muestra el
puente de Triana que, en condiciones normales, debería dejar a la vista unos
cinco o seis metros de sus pilares. Los barcos que se ven a la derecha
pasaron por encima del puente durante el punto álgido de la crecida
Desde que el fenicio Melkart fundó Yspal a unos 15 kilómetros escasos del que en aquellos lejanos tiempos era el estuario del Guadalquivir- ahora está a unos 80 Km.- la trimilenaria ciudad ha vivido junto al río para lo bueno y lo malo como esos matrimonios que a ratos se llevan bien y a ratos se tiran los trastos a la cabeza pero que, en realidad, se quieren tanto que no pueden vivir el uno sin el otro. El caudaloso Betis, que ha hecho el extenso valle por donde transcurre una de las zonas más fértiles y deleitosas de la Península, ha sido un pésimo cónyuge de la urbe que lo lleva viendo correr junto a ella desde hace más de 30 siglos. De hecho, en cierto modo se podría decir que la historia de Sevilla ha transcurrido marcada por las crecidas que, con una regularidad irritantemente pertinaz, anegaban la ciudad año tras año con las consecuencias que podemos imaginar. La añeja muralla almohade sirvió muchas veces de muro de contención, sellándose las puertas con tablones embreados por los calafateadores de las atarazanas y apuntalando los colchones del vecindario para retrasar en lo posible la entrada de las aguas, lo que no siempre daba resultado. En casos así, la implacable fuerza del río derribaba cualquier obstáculo y entraba en la población como una tromba convirtiéndolo todo en una vorágine de agua cenagosa y gente intentando salvar la vida. Solo con la construcción de la dársena y el desvío y el soterramiento de los arroyos Tamargillo y Tagarete, alevosos cómplices de su hermano mayor, se pudo domeñar por fin la furia del Guadalquivir de forma que desde 1961 ya no hace falta tener en casa una barca o un flotador por si las moscas.  

En todo caso, en esta ocasión no vamos a dar cuenta con pelos y señales de las infaustas riadas que traían por la calle de la amargura tanto a la población como al cabildo, que no sabían qué hacer para solucionar de una puñetera vez aquella lacra que se repetía desde hacía siglos sin solución de continuidad, sino de un lugar que durante unos cuatrocientos años fue la vanguardia de la ciudad contra las crecidas del río y que, paradójicamente, está casi enterrado en el olvido de los hispalenses a pesar de que, generalmente, nos solemos ufanar de conocer los entresijos de nuestra ciudad desde el Big-Bang hasta ayer mismo. Así pues, acomódense y lean la curiosa historia del Patín de las Damas.

Bien, en primer lugar, sírvanse observar este plano de Sevilla. Sombreado en rojo tenemos lo que era la ciudad medieval encerrada de las murallas construidas en el siglo XI por el primer emir de la taifa de Ixbiliya Abū al-Qasim Muhammad ibn Ismail ibn AbbadAbū a secas para sus compadres y cuñados. En la imagen vemos además un círculo blanco que señala el extremo norte de la muralla, donde se encontraba la puerta de Vib Arragel, también llamada de la Almenilla y, posteriormente, de la Barqueta por ser el lugar donde se cogía la barca para cruzar el río en dirección a Santiponce y tomar el camino de Mérida. Es en ese lugar marcado con el círculo donde las aguas impactaban contra la muralla en cuanto la riada llegaba a Sevilla. El mapa sobre el que nos basamos data de 1839, por lo que el perímetro amurallado aún se conservaba intacto y nos permite apreciar el estrecho margen de orilla que quedaba libre en la zona que nos ocupa.

Ahora vemos ese otro plano. Es el mismo que el del párrafo anterior, pero en este caso vemos un trazado en gris que corresponde al curso aproximado del río en época romana. Desde la zona de la puerta de la Almenilla discurría hasta la Alameda de Hércules, y de allí a la calle Sierpes y la Plaza Nueva para volverse a unir al cauce actual más o menos por el centro del Arenal. ¿Que qué tiene que ver el curso del río en tiempos de los romanos con esta historia? Pues mucho, porque ese era el cauce natural del Guadalquivir antes de que lo cambiaran de sitio, como se lleva haciendo desde hace siglos. Para el que no lo sepa, el curso de nuestro caudaloso río ha sido mudado de emplazamiento más veces que el jarrón espantoso regalo de bodas que ya no sabemos dónde carajo ponerlo para que no insulte nuestro sentido del buen gusto y, por otro lado, que el que lo regaló compruebe que no ha ido a parar al contenedor de la basura. Así pues, la tendencia natural de las aguas de buscar su cauce madre era el motivo por el que la corriente empujaba contra ese punto que hemos señalado junto a la Barqueta. No era un meandro que, necesariamente, debía sufrir la erosión natural de la corriente, sino una mínima desviación que, sin prisa pero sin pausa y ayudada por un caudal poderoso iba devorando la margen del río hasta dejar prácticamente a la vista los cimientos de la muralla que, en teoría, eran la primera barrera defensiva en caso de crecida. Bien, estos dos detalles son la madre del cordero en esta historia, y no debemos olvidarlos para que en todo momento podamos tener una idea clara de la situación a lo largo del tiempo.

Foto tomada el 9 de marzo de 1892. Al fondo de ve Triana, con los barcos
literalmente encima de las viviendas y por la calle Betis solo paseaban
barbos y albures despistados
Según Ortiz de Zúñiga, ya en una época tan lejana como 1383, cuando Sevilla apenas llevaba 135 años en manos castellanas, se hizo patente que la fuerza de la corriente se había zampado literalmente todo el terreno que había entre la orilla y la muralla. Se reparó rellenando dicho espacio con tierra y cascotes, pero la impetuosa fuerza del río no tardó mucho en llevárselo todo por delante. No obstante, por aquellos años aquella zona era ya un lugar a extramuros por el que los vecinos gustaban de salir a pasear. La constante humedad había convertido la orilla en una frondosa alameda, un vergel al que la gente acudía para aliviarse de los calores estivales o disfrutar de la llegada de la primavera rodeado de verdor. Sin embargo, mientras los sevillanos se lo pasaban estupendamente dándose sus garbeos por allí, el Guadalquivir no cesaba de minar la orilla, arrastrando ingentes cantidades de la misma e incluso del fondo del cauce de forma que aquella parte era con diferencia la más profunda del río.

Una de las últimas fotos del puente de barcas que unía el arrabal trianero
con Sevilla ya que desapareció en 1852. Esta imagen nos permitirá hacernos
una idea de lo que eran las crecidas del Guadalquivir, que superaban con
creces varios metros de altura hasta salirse de madre
Los sedimentos que arrastraba la corriente eran depositados río abajo dando lugar a la aparición de islas que duraban unos años hasta que eran devoradas por las aguas cada vez que una inundación de las gordas arrasaba con todo. Sin embargo, a pesar del peligro latente el cabildo se limitaba a rellenar la parte desaparecida y reforzarla hundiendo cajones llenos de piedras que eran engullidos por el fondo limoso del cauce sin que surtieran los efectos deseados.  Puede que más de uno piense que este era un tema irrelevante que no tuvo más trascendencia que ver una orilla aparecer y desaparecer con el paso del tiempo, pero sus consecuencias fueron nefastas para Sevilla ya que estos sedimentos fueron los que disminuyeron progresivamente el calado del río, reduciendo su profundidad en la zona del Arenal, donde se encontraba el puerto, hasta el extremo de que los barcos más cargados de la cuenta o de más porte tenían que descargar sus mercancías en Coria del Río porque corrían el peligro de encallar. Eso supuso la pérdida del monopolio con el comercio de Indias que hizo a Sevilla la ciudad más próspera de España, siendo éste trasladado a Cádiz y dando lugar a un largo período de decadencia que se tardó muuuuuuuchos años en superar.

Puerta de San Juan. En primer término vemos el Husillo Real. Esta
puerta era el segundo coladero de agua cuando el río se ponía borde
El punto de inflexión llegó a raíz de la terrorífica riada de 1626, conocido como "el año del diluvio" y que sepultó literalmente toda la ciudad en agua durante un mes, desde primeros de enero de dicho año hasta el mes de febrero siguiente. La broma salió carísima, porque más de 3.000 casas se fueron al garete, mucha gente palmó ahogada sin haber tenido siquiera tiempo de ponerse a salvo y los daños alcanzaron un monto de cuatro millones de ducados, o sea, un fortunón de antología. ¿Y por dónde entró el agua antes de nada? Por la Puerta de la Almenilla, que estaba a nivel del suelo y que no encontró obstáculo alguno para colarse en la ciudad. Y mientras tanto, a pesar de que las puertas de Macarena, San Juan y las que daban al Arenal fueron selladas, fue inútil. Como no sería la cosa que, según el historiador, poeta y clérigo Rodrigo Caro, que la vivió en primera persona, "...viéronse los ratones y los gatos juntos en los tejados y azoteas sin ofenderse unos a otros". Como vemos, la cosa estuvo tela de chunga. 

Vista de la muralla desde el Aljarafe (c.1855) En el círculo blanco está
la puerta de la Almenilla y el Patín de las Damas. Para orientarnos, la
flecha blanca señala la torre de Don Fadrique, y la roja el hospital de
las Cinco Llagas
Cuando las aguas bajaron se pudo ver que la muralla había quedado muy dañada, como es lógico, y cuando se acometieron las obras para reparar los destrozos lo primero que se hizo fue modificar la Puerta de la Almenilla ya que, por su situación, era la vanguardia de la ciudad contra las crecidas. Así pues, se optó por elevarla sobre el nivel del terreno para retrasar en lo posible la entrada de las aguas. Según Ortiz de Zúñiga, "se levantó tanto la puerta  que su umbral bajo quedó donde estaba el alto de la antigua", por lo que hablamos de al menos cuatro metros de altura que se salvarían mediante una rampa, medida esta que, por cierto, también debió llevarse a cabo en la puerta Macarena si nos fijamos en la diferencia de nivel entre la puerta y el antemuro que aún se conserva de la cerca urbana. Pero no solo se elevó la altura de la puerta, sino que se llevaron a cabo una serie de obras para reforzar el espolón que formaba la muralla para resistir sin problemas el embate de la corriente.

Para ello se aprovechó uno de los muchos espacios vacíos tras la muralla que ya figuraba a finales del siglo XVI como Plaza de las Damas o de Vib-Arragel por el nombre de la antigua puerta árabe, un lugar de esparcimiento junto a la puerta de la Almenilla. Debemos tener en cuenta que el caserío de la ciudad no llegaba hasta las murallas, quedando muchas zonas vacías que se aprovechaban como huertos o, simplemente, como meros solares a la espera de que el crecimiento de la población los fuese llenando. Así pues, el cabildo aceptó el proyecto presentado por Diego Gómez y Juan Nieto por el cual se levantaría una muralla interior, siendo rellenado el espacio resultante con cascotes, tierra y cal derretida, formando una masa que, reforzada por contrafuertes, harían la muralla imposible de derribar por muy fuerte que viniera la corriente. Este espacio elevado formaba una azotea a la que se podía acceder mediante una escalera- luego se añadió otra más- que tomó el antiguo nombre del lugar: era el Patín de las Damas. Las obras concluyeron en 1628, y costaron 800.000 reales de vellón. En los gráficos inferiores lo veremos claramente.


En el plano de la izquierda vemos la zona en cuestión. Las flechas señalan tanto la puerta de la Almenilla como las direcciones donde estaban las puertas de San Juan y Macarena. Vemos así mismo el amplio espacio descrito como plaza o patio de las Damas, que tenía salida por la citada puerta de la Almenilla. A la derecha vemos las obras de refuerzo llevadas a cabo. En rojo tenemos el muro de contención con tres contrafuertes, y en marrón el relleno. Obsérvese el mínimo espacio que quedaba entre la muralla y el río en 1783, fecha en que se levantó el plano. De hecho, había épocas en que era intransitable para el tráfico rodado, teniendo que cruzar la ciudad para pasar de una parte a otra ya que el espacio disponible apenas dejaba pasar una o dos personas y, además, con bastante riesgo de que se desprendiera la orilla y se cayesen al agua. La cuestión es que, a pesar del considerable refuerzo de la muralla, este servía de bien poco si la corriente dejaba los cimientos de la misma a la vista con el consiguiente peligro de derrumbamiento. Unas décadas más tarde del "año del diluvio", antes de que acabara el siglo XVII, ya se apreciaba que "todo aquel contorno (el de la muralla) está muy endeble, comidos los cimientos, con muchos agujeros y pasadas", así que urgía llevar a cabo nuevas obras para impedir que la muralla se colapsara por completo.

Fragmento del plano de Olavide de 1771 que muestra la puerta de la
Almenilla marcada con un 8. En rojo vemos el espolón que formaba la
Torre del Gallinote, y sombreado en marrón el ínfimo espacio libre que
había en aquel momento para transitar en dirección a la Macarena
La cosa es que entre las inundaciones de 1684, que fue de tal envergadura que por menos de medio metro no rebosó el agua por encima del Patín, la de 1692 y 1693 toda la zona colindante a la puerta de la Almenilla estaba en tan mal estado que hubo que gastar millón y medio de reales para intentar frenar la imparable erosión del terreno. En 1695 se plantaron densas estacadas con martinetes que se reforzaron con cajones y barcas llenas de argamasa y piedras de gran tamaño traídas de las canteras de Alcalá de Guadaíra y viejos sillares romanos de Itálica, pero el puñetero río era insensible a todo. En 1718 se hundió una urca, también cargada de piedras y argamasa, y todos los años se recurría a las barcas que por su mal estado se desechaban del puente de Triana para, al igual que la urca, cargarlas de pedruscos y hundirlas ante la muralla. Pero ni barcas, ni urcas, ni leches. El río podía con todo, y la corriente era tan fuerte que en aquella zona se sondeó el cauce para comprobar perplejos que la profundidad era de más de 13 metros, casi el doble de la actual en el puerto.

Proyecto de Figueroa. En rojo vemos el muro de contención que impediría
socavar la orilla. A la izquierda vemos la muralla y el Patín
El primer proyecto verdaderamente riguroso a nivel técnico no llegó hasta 1738 de manos del arquitecto Matías de Figueroa, a la sazón Segundo Maestro de Obras de Sevilla, que propuso construir un muro de contención junto a la orilla en dirección descendente y que avanzaba hacia el centro del cauce. Este muro contaba con tres "dientes" orientados con unos ángulos determinados que harían disminuir la velocidad de la corriente, logrando con ello dos fines: uno, eliminar la erosión de la orilla, y dos, que con la disminución de la velocidad los sedimentos que arrastraba el agua se depositaran en el fondo, pasando así a rellenar y reforzar el mismo muro de contención. Dos años más tarde, Pedro Laviesca propuso un remedio similar a lo que ya se venía empleando anteriormente, o sea, hundir cajones con piedras y derretidos de cal reforzados con estacadas rellenas de escombros. Pero el cabildo no hizo mucho caso de estas propuestas, y se limitaron a seguir poniendo parches sin acabar de determinar una solución definitiva.

Proyecto de Martínez y los hermanos San Martín. En A está la puerta de
la Almenilla, y a la izquierda vemos una vista en sección del muro de
contención con el relleno que debía añadirse para dar anchura al paseo
fluvial. En E vemos solo delineada la silueta Torre del Gallinote que
debería ser demolida
En 1771, la erosión había hecho desaparecer casi por completo todo el tramo de orilla comprendido entre el Husillo Real, que desembocaba las aguas de la Alameda junto a la puerta de San Juan, hasta la puerta de la Almenilla, pudiendo apenas circular personas a pie por el mismo. Para solventarlo, en 1773 los arquitectos municipales José Martínez y los hermanos Pedro y Vicente San Martín propusieron construir un muro desde el Husillo Real hasta el Husillo del Taco, formando al final del mismo un pequeño espigón para desviar el agua sin que llegase al Patín. Este muro tendría forma dentada y correría paralelamente a la muralla. El espacio entre el muro y la orilla se rellenó de escombros, aumentando notablemente la anchura del espacio disponible entre la muralla y el río, y para facilitar el paso de vehículos se derribó la denominada Torre del Gallinote, el espolón que surgía del Patín en dirección al río. Para completar la obra se construyó una escalinata y una rampa que bajaban hasta el río, formando un embarcadero de fácil acceso para los que quisieran cruzar en dirección a Santiponce. Estas obras duraron hasta 1779.

Plano del embarcadero en el Sitio del Patín. A: Puerta de la Almenilla
F: Escalinata. R: Rampa
Estas reformas cambiaron por completo el paisaje de esa vapuleada zona a extramuros de la ciudad. En el espacio libre entre la puerta de San Juan y la de la Almenilla, que distaban unos 90 metros una de otra, se formó un agradable paseo fluvial bordeado con un pretil y en el que incluso se instalaron bancos para el personal y se plantaron árboles de sombra. Por lo agradable y deleitoso del entorno se le llamó Paseo de las Delicias, siendo así el germen del que actualmente conocemos aunque situado más al sur. Al norte del Patín se extendía una gran extensión de casi 3 Ha. de mimbres que se plantaron para reforzar el terreno, más una fértil haza de tierra propiedad de la ciudad. Junto al Husillo del Taco persistía un lavadero de lanas perteneciente al gremio de laneros que, por fin, no tuvieron que vivir acojonados pensando que cualquier día el río se lo llevaba por delante. Por su vecindad con la construcción que nos ocupa, este lugar pasó a denominarse "sitio del Patín" durante todo el tiempo que existió.  

Fragmento del plano de 1839 en el que se ve el muro de contención, el
Patín de las Damas y el embarcadero. Apenas 29 años más tarde toda
la muralla y las puertas que aparecen en ese plano desaparecerían
El sitio del Patín solucionó de forma definitiva el peligro de colapso de la muralla aunque, como sabemos, las riadas siguieron incordiando a base de bien hasta hace poco menos de 60 años. Sin embargo, tras tantos proyectos, remiendos y dinero invertidos poco se pudo disfrutar del lugar ya que en 1855 se aprobó la construcción de la primera estación de ferrocarril de Sevilla en la Plaza de Armas. Estas obras liquidaron el añejo barrio de Los Humeros, y las vías, que corrían paralelas a la muralla en dirección norte, cambiaron para siempre el entorno de esa parte a extramuros de Sevilla. La puerta de la Almenilla fue la primera en caer víctima de la "fiebre de la piqueta" en 1858, y con ella el Patín de las Damas que, según era costumbre, se llenaba de gente en las cálidas noches estivales de Sevilla para, conforme a nuestro carácter tendente al jolgorio, pasar las veladas en plena diversión sintiendo el frescor del cercano río. El terreno que ocupaban quedó expedito para trazar la calle Torneo, que correría paralela a las vías del ferrocarril hasta su traslado a la nueva estación de Santa Justa en el 92. En cualquier caso, los que tuvieron la dicha de conocerlo, coincidían en lo grato del lugar hasta el extremo de que Romero Murube afirmaba que solo el nombre le traía "recuerdos de música de minué".

El solar cochambroso. Lleva así qué se yo la de años sin que nadie se anime
a edificar, siendo como es un lugar privilegiado para vivir con el río justo
en frente a menos de 150 metros
En fin, dilectos lectores, espero que este relato les haya servido para conocer una de las partes más ignotas de nuestra egregia urbe. Así pues, cuando lleguen a la rotonda de Torneo con Resolana, ya saben que más o menos donde se conserva ese solar cochambroso haciendo esquina y que lleva la torta de años ocupando toda una manzana con las viviendas medio derruidas es donde estuvo el desconocido Patín de las Damas.

Y colorín colorado, la filípica ha terminado.

Hale, he dicho

Proyecto de Pedro Laviesca. Sombreado en amarillo vemos el extenso mimbreral destinado a contener la tierra. Las zonas
punteadas son las estacadas que, rellenas de escombros, ayudarían a frenar la corriente. En rojo está la puerta de la Almenilla, en azul la Torre del Gallinote, en verde el Husillo del Taco, y en fucsia el lavadero de lana. Los números que
se ven en el cauce corresponden a las profundidades sondeadas. Las medidas son en varas castellanas de 83 cm. de largo