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miércoles, 26 de abril de 2023

ASESINATOS. VIRIATO

 

"La muerte de Viriato" (1890), obra de mi paisano José Villegas Cordero, un artista que, aunque no muy conocido, acaparaba un notable talento, sobre todo para retratar las costumbres populares. En este caso, la escena muestra el momento en el que uno de los asesinos se disponer a apiolar al eximio caudillo sin las poses teatrales y engoladas propias de los autores del romanticismo

Posiblemente, la mayoría de los jóvenes de nuestros días no tengan ni puñetera idea de quién fue Viriato salvo que tuvieran la desdicha de ver aquella pésima serie televisiva de hace unos años, de la que vi un tráiler en Yutub y tuve pesadillas durante un mes. En fin, la historia de siempre: adulterar la realidad por no se sabe qué, cuando, en realidad, la vida de este probo caudillo daba material de sobra para hacer un producto ilustrativo, fiel a la realidad y, de paso, que permitiera conocer cómo fue la historia. Por desgracia, fidelidad histórica y cine son un oxímoron. Por otro lado, los ciudadanos de mi generación, década arriba, década abajo, con siete u ocho años nos sabíamos las andanzas de este sujeto porque aparecía en los libros de lectura, una asignatura que creo que ha desaparecido y gracias a lo cual nuestros jóvenes se expresan con signos de arcano significado, hablan como bonobos vapuleando nuestro maravilloso idioma y no saben ni hablar correctamente, con un vocabulario limitado a lo imprescindible para decir que quieren comer, fornicar y planchar la oreja. En fin, ellos se lo pierden. Se ve que les resultan mas interesantes los dimes y diretes de mentideros televisivos, donde esos "influencers", que no influyentes, o las "celebritis" en vez de celebridades,  hacen gala de su vacuidad y su idiocia. 

Bien, tras este breve despotricamiento inicial, vamos a la enjundia de la cuestión.

Viriato es quizás uno de los escasos personajes históricos considerado como un héroe nacional por dos naciones: España y Portugal, por lo que es un bihéroe. Y, ciertamente, ambas se lo pueden atribuir por una simple razón geo-política. Aunque hay tropocientas conjeturas acerca del lugar de nacimiento de este personaje, es aceptado de forma mayoritaria que era lusitano. La Lusitania- ojo, la tierra de los lusitanos, no la provincia romana formada poco más de un siglo después de su muerte- se encontraba en un territorio situado en el centro del actual Portugal, incluyendo un cacho pequeñajo de las actuales provincias españolas de Cáceres y Badajoz. En el mapa de la derecha pueden verlo con detalle, resaltado de color rojo. Pero la cosa es que Portugal no existía aún. De hecho, aún faltaban unos 1.100 años para que la ambiciosa bastarda Teresa Alfónsez empezara a dar la murga y el condado de Portucale se segregara del reino de León. En aquella época, siglo II a.C., la Península, la I-Span-Ya que bautizaron así los fenicios, era una malgama de tribus iberas y celtas que, fieles a nuestro acervo milenario, se llevaban fatal entre ellos, pero se arrimaron unos a otros a la hora de plantar cara a un invasor que no les dejaba seguir matándose apaciblemente. Por lo tanto, en puridad, a Viriato podemos considerarlo como un ibero, un habitante de la Península, por lo que su condición de héroe por duplicado se me antoja perfectamente válida ya que, además, se alió con otras tribus para dar estopa a aquellos probos imperialistas que, aprovechando las Guerras Púnicas, decidieron quedarse aquí para impedir que los cartagineses usaran la Península como cabeza de puente en Europa.

Bueno, aclarado estos preliminares sobre nuestro personaje, pasemos a

LOS ANTECEDENTES

En cierto modo, podríamos decir que el "inventor" de Viriato fue el cónsul Servio Sulpicio Galba (c.194 - c.129 a.C.), enviado en 151 a.C. como pretor a la Hispania Ulterior (la Hispania de más allá, la Hispania lejana). A la izquierda podemos ver la partición territorial de la Península cuando las Guerras Púnicas dieron término, quedando en manos de Roma el Levante y el Sur del territorio. Ya puestos, como dijimos, decidieron quedarse con todo. Galba era un fulano cicatero, un raspamonedas que, a pesar de ser inmensamente rico, era capaz de vender a su abuela en el mercado de esclavos de Ostia con tal atesorar algunos sestercios más. Su llegada no fue precisamente gloriosa ya que sufrió varias derrotas a manos de los lusitanos, unos probos indígenas que habían llegado a acuerdos con el predecesor de Galba, Marco Atilio Serrano para ser buenos vecinos y tal. Pero Galba era un mal bicho ávido de botines y victorias, de modo que se valió de su doblez para perpetrar una monstruosa felonía. 

Probo ciudadano recreacionista emulando a un lusitano
de la época. Como podemos ver, su imagen no tiene nada
que ver con los nativos harapientos que nos muestran en las
películas. Está armado con una falcata y una lanza, si bien en
combate añadiría más elementos de defensa pasiva
Recibió a los enviados de los lusitanos haciéndose el comprensivo y tal, y se compadeció de que, en efecto, sus tierras eran una birria que no valían ni para sembrar alpiste. Decía comprender que, a causa de su falta de recursos, se habían visto obligados a recurrir al bandidaje y demás travesuras contra Roma. Según Apiano, como un acto de bondad, les aseguró que les daría buenas tierras y los establecería en un país rico, poniéndolos bajo la protección de Roma. Así pues, los convenció para que abandonaran sus poblados y se reuniesen tanto hombres como mujeres y críos para migrar a otro sitio. Los enviados volvieron con la propuesta y, a lo largo de varios meses, se juntaron unos 30.000 probos indígenas confiados en las falsas promesas de Galba. Unos meses más tarde, en 150 a.C., aquella masa de gente se presentó en el punto de encuentro marcado por el alevoso pretor, que los dividió en tres grupos y los envió a cada uno a una vasta llanura donde, según afirmó, debían esperar a que les construyera una ciudad. Como prueba de buena voluntad le instó a entregar sus armas, a lo que los lusitanos accedieron de mala gana porque, no lo olvidemos, para los pobladores de la Península, EQVI ET ARMA SANGVINEM IPSORVM CARIORA (los caballos y las armas les eran más queridos que su propia sangre). Una vez divididos en tres contingentes para que fuera más facilito, Galba ordenó a sus tropas que pasaran a cuchillo a todo quisque. Aquella traición monstruosa concluyó con 9.000 víctimas y unas 20.000 enviadas a la Galia para ser vendidos como esclavos. Apenas un millar escapó desando hacer pinchitos morunos con Galba en particular y los romanos en general, y en ese grupo de supervivientes estaba Viriato. Tamaña felonía espantó a los mismos romanos, y a Galba le quisieron meter un paquete porque aquel acto abominable ofendía su elevado sentido de la honorabilidad.

Marco Porcio Catón el Viejo. Tras una intensa y
provechosa carrera militar, su elevado sentido de la
moral, el honor y la defensa de las tradiciones
lo convirtieron en el azote de los senadores corruptos
y toda la fauna de trepas que infectó la República
De hecho, cuando volvió al terruño al término de su mandato en 149 a.C., en vez de concederle el anhelado triunfo se encontró con una demanda interpuesta por el tribuno de la plebe Lucio Escribonio Libón y Marco Porcio Catón por vulnerar la LEX DE REBVS REPETVNDIS, propuesta por Lucio Calpurnio Pisón aquel mismo año y por la que, si los no romanos de las provincias se quejaban de los magistrados que habían abusado de su poder para enriquecerse, la República se obligaba a restituirles sus posesiones y, por supuesto, liberarlos de la esclavitud a la que habían sido relegados. Sin embargo, aparte de que Galba tuvo sus defensores entre personajes de su mismo rango que habían ejercido el consulado, el inmenso botín que trajo de vuelta le sirvió para comprar, literalmente, la voluntad del Senado. Para ello, le bastó con entregar la mayor parte al erario público y untar a las voces más respetadas del mismo, con lo que se acabó echando tierra al asunto. Pero de lo que Roma no se pudo librar a pesar del abyecto soborno que aceptó de Galba fue de la ira de Viriato y de los miles de lusitano, celtas e iberos que, en vista de lo visto, llegaron a la conclusión de que ir de buen rollito con estos imperialistas en ciernes no era lo más recomendable.

Bien, estos sucesos fueron los desencadenantes de la furia de los lusitanos y, por supuesto, de otras tribus que vieron en Roma una amenaza a su libertad. Suele pasar siempre lo mismo: por culpa de la bellaquería de determinados hombres estallan guerras, revueltas y asonadas en las que muchos acaban pagando el pato, mientras que los verdaderos culpables quedan impunes. Así pues, puestos en contexto, pasemos a 

LOS PRELIMINARES

Recreación de Viriato más realista de la que
nos suelen vender. Está armado con una cota de
malla, seguramente arrebatada a un romano, un
yelmo de bronce, una rodela, una espada de antenas,
una lanza y un SOLIFERREVM
Viriato era un caudillo militar nato. Se desconoce su oficio antes de sacar el máster de enemigo mortal de Roma y, aunque se le suele adjudicar el de pastor, en realidad no hay una constancia fehaciente de ello. Los romanos lo consideraban un hombre enérgico, frugal y habituado a las penalidades de la vida al aire libre. Algunos pensaban que se trataba de un LATRONUM DUX (caudillo de bandoleros), pero ya hemos visto que la miseria a la que se veía arrostrada su pueblo obligó a muchos a dedicarse a la política... no, un momento, lapsus linguæ, quiero decir que se dedicaron a robar. Mi opinión es que quizás fuese un régulo tribal, lo que ya le otorgaba cierta autoridad sobre su gente; esto, sumado al estado de cabreo general y al hecho de que sería tal vez el primero que decidió hacer pagar caro a Roma la felonía de Galba, lo convirtió en un líder carismático y cualificado. Porque lo cierto es que Viriato le hizo sudar sangre a sus enemigos. Por lo demás, ni él ni sus tropas debían mostrar el aspecto zarrapastroso que nos suelen vender en el Gran Enemigo de la Verdad (el cine, naturalmente), donde por norma se suele recrear a estos personajes cubiertos de mugre, harapos y armados de mala manera. ¿Recuerdan la patética indumentaria de la célebre "Braveheart", donde tanto el protagonista como su alegre y desaforada horda de homicidas visten el kilt, una prenda que no surgió hasta finales del siglo XVI? Bueno, pues en este caso nos pintan un Viriato y unos lusitanos que parecen sacados de un hogar de acogida para drogadictos reenganchados a la farlopa 24 veces seguidas.  

Estas eran las tropas con las que se enfrentó Viriato. De izquierda
a derecha tenemos: HASTATVS, VELITE, TRIARIVS y PRINCEPS
Bien, la cosa es que Viriato tuvo muy claro que combatir a los invasores en campo abierto era obtener todas las papeletas para que les dieran las del tigre. Las legiones romanas eran una máquina perfectamente engrasada nutrida por hombres bien armados y mejor adiestrados. Su capacidad de maniobra y su flexibilidad táctica era insuperable, y si habían sido capaces de acabar con los cartagineses, con los lusitanos no tenían ni para empezar. Pero Viriato no era tan imbécil como para no darse cuenta, y concluyó que la táctica de la mosca cojonera era la más acertada.

Preparando una emboscada
Tanto él como su gente eran hombres de campo, habituados a la frugalidad y a las inclemencias del tiempo. Conocedores del terreno, se movían por el mismo como culebras, dormían al sereno y se alimentaban de lo que pillaban, ya fuese un lagarto canijo, raíces o frutos silvestres. Y, obviamente, les negaban en todo momento a sus enemigos la posibilidad de presentar batalla en el terreno que les era más favorable. Por lo tanto, hacían de mosca cojonera acosándolos sin descanso y minando su moral con golpes de mano tan contundentes como fulgurantes. Los emboscaban, atacaban de forma inopinada y se retiraban antes de que les diera tiempo a reaccionar y, en resumen, practicaban la guerra de guerrillas made in Spain que durante siglos nos ha sido tan provechosa. 

Grupo de hispanos deseosos de degollar imperialistas.
En semejante terreno eran imbatibles, y su agilidad,
su fuerza y su destreza con las armas los convertían
en enemigos verdaderamente temibles. Además, tenían
muy mala leche y solían sacrificar a los enemigos
capturados como ofrenda a los dioses
Obviamente, los romanos no permanecían inermes ante este hostigamiento continuo. Si no podían acabar con los belicosos lusitanos, pues se dedicaban a arrasar ciudades, capturar a sus habitantes, etc. Uséase, represalias en toda regla. Esta era una guerra cruel- más de lo habitual- donde la furia y el deseo de venganza de unos era respondido por la frustración de los otros, lo que a su vez aumentaba aún más la ira de los anteriores. Dicho en plata, la pescadilla que se muerde la cola. El punto de inflexión podríamos situarlo en el 139 a.C., cuando Viriato, en un alarde de osadía, llevó a cabo un ataque nocturno contra el campamento de Quinto Fabio Máximo Serviliano, enviado como pretor cuatro años antes y que cosechó más derrotas que otra cosa a pesar de los medios de que disponía. A tal punto llegó la magnitud de su derrota que, acosado, no le quedó más remedio que firmar un FOEDVS con el caudillo lusitano. Un FOEDVS era un tratado que se establecía con tribus o naciones que no pertenecieran a la órbita de Roma ni ostentaran su ciudadanía. Como condición principal se obligaba a la parte contraria a contribuir con tropas si Roma se lo demandaba. Recordemos que del término FOEDVS es de donde surgió el feudo medieval, y las condiciones de estos tratados eran similares a los pleitos de homenaje de los que tantas veces hemos hablado ya.

Dos iberos en los preliminares para filetear a un
legionario. Por la jeta de inquietud del mismo, parece
ser que tiene claro que el destino le depara un final
extremadamente desagradable
Sin embargo, este tratado fue considerado por el Senado como una DEFORMEN PACEM, una paz deshonrosa, y algunos de los más encumbrados senadores y OPTIMATES afirmaron que aquello era papel mojado ya que la augusta Roma no podía ni debía mostrarse en una posición de igualdad y, aún menos, de debilidad, contra un enemigo al que no habían podido derrotar de la forma tan contundente como la que logró con los cartagineses. Está de más decir que el dichoso FOEDVS le costó el puesto a Serviliano, que fue sustituido por su hermano, Quinto Servilio Cepión, elegido cónsul en 140 a.C. Cepión era un mal bicho con la misma prepotencia, crueldad y ganas de apuntarse la victoria sobre los lusitanos que Galba. Así pues, llegó a su destino con las ideas de un miura, deseoso de mostrar su talento militar y, por supuesto, de hacerse con un jugoso botín. Al cabo, las ciudades que aún no estaban bajo el control de Roma eran poblaciones ricas donde ganaban buenos dineros con el comercio y, sobre todo en el sur, con los metales. Para dejar claro que el FOEDVS firmado por su hermano era una ignominia, no dejaba de repetir a todo el que quisiera escucharlo que era ineludible anularlo y retomar la guerra que, a lo tonto a lo tonto, llevaba ya casi quince años sembrando muerte y destrucción + IVA entre ambos bandos. Pero, además, Cepión tenía muy claro que, para derrotar a Viriato, debía llevar a cabo una estrategia totalmente distinta a la que se había llevado a cabo hasta aquel momento.

EQVES romano enfrentándose a dos jinetes iberos.
La caballería hispana fue un hueso muy duro de roer
para estos imperialistas ya que eran hombres que
habían aprendido a montar a caballo al mismo tiempo
que aprendían a caminar
Por otro lado, los lusitanos también estaban ya bastante hastiados de guerra. Como ha sucedido, sucede y sucederá siempre, las guerras de desgaste acaban agotando a los contendientes. Y no ya por las pérdidas de tipo económico y humano, sino psicológicas. Estar durante años y años en un constante estado de zozobra, pasando penurias y sin saber cuándo te habrá llegado la hora, mina la moral del más bravo. De hecho, las mismas tropas de Cepión no dudaron en mostrar que estaban hasta el gorro de todo aquello, y los lusitanos también empezaban a hartarse de pasar la vida trotando por los montes en busca de sus odiados enemigos, en vez de vivir apaciblemente en sus poblados al cuidado de sus tierras y su ganado. Cepión tuvo muy claro que ahí era donde podía empezar a hacer daño. Básicamente, su plan consistía en buscar la fórmula para que el FOEDVS quedase abolido por la vía de los hechos consumados. Para ello era necesario que los lusitanos incumplieran el tratado ya que, si él daba el primer paso, Viriato invocaría los términos del mismo, por lo que el Senado se vería obligado a contener a Cepión para no verse más deshonrado de lo que ya estaba desde las villanías perpetradas por Galba. Pero la cosa es que, según Apiano, Cepión partió de Roma con instrucciones secretas en las que se le instaba a provocar a los lusitanos, precisamente para que retomaran las hostilidades y, de ese modo, derogar el FOEDVS legalmente, quedando ellos como víctimas de la supuesta alevosía de los enemigos.

Combatiente ibero. Como vemos, su
panoplia no tenía nada que envidiar a
la de sus enemigos romanos
Sin embargo, Viriato no entró al trapo. Buen conocedor de la mentalidad romana tras tantos años de lucha, optó por eludir las provocaciones de Cepión y aguardar acontecimientos. Sin embargo, algunos de los más belicosos caudillos de su ejército actuaron por su cuenta y, sin pedir permiso y de forma totalmente unilateral- como se dice ahora-, empezaron a hostigar a los romanos convencidos de que el FOEDVS era un síntoma inequívoco de debilidad, y que la baja moral de las legiones, de la que tenían constancia por sus espías, haría posible aplastarlos de una vez. Obviamente, se equivocaron. Esta fue la excusa perfecta para que Cepión informara al Senado de que los lusitanos habían faltado a la palabra dada, y que era necesario pasar a la acción. Para reforzar la presión sobre los que aún dudaran si era necesario reanudar la guerra, bombardeó a los senadores más proclives a la guerra con cartas que, aunque desconocemos su contenido, podemos imaginar de qué iban. Y el plan funcionó, porque aquel mismo año el Senado derogó el FOEDVS, y ordenó a Cepión retomar las hostilidades. Para redondear la cosa, ordenaron también a Marco Popilio Lenas, pretor de la Hispania Citerior (la Hispania cercana), que rompiera el tratado de paz que había firmado con los numantinos su predecesor Quinto Pompeyo y que, mira por dónde, también era desventajoso para Roma, por lo que la guerra volvía a enseñorearse de la Hispania toda.

Y al decir la Hispania toda, hablamos de más de la mitad del territorio que aún no estaba bajo el control de Roma. En el mapa de la izquierda podemos ver la distribución de las distintas tribus que poblaban nuestro pellejo bovino, y para los invasores no era fácil moverse por un terreno cuya orografía era bastante abrupta y, lo que era aún peor, carecía de caminos como Júpiter manda. Cepión, que traía aprendida la lección conforme a las experiencias de sus predecesores, tuvo muy claras dos cosas, a saber: una, que si quería hacer daño a los lusitanos tendría que adentrarse profundamente en su territorio. Pero, para ello, necesitaba disponer de un CASTRA donde guarecerse y no quedar a merced de unos probos homicidas que aprovechaban la más mínima ocasión para caer sobre ellos, hacerles una breve pero contundente escabechina y largarse, dejándolos con un palmo de narices. El único de la zona era el CASTRA SERVILIA, un campamento cerca de NORBA CÆSARINA, la actual Cáceres, lo que limitaba mucho la movilidad de sus tropas. Por lo tanto, llevó a cabo una ofensiva para alcanzar el corazón de la Lusitania, llegando a CEMPSIBRIGA, la actual Sesimbra, al sur de Lisboa, donde mandó construir el CASTRA CÆPIANA. De ese modo, las legiones a su mando podían pasearse por territorio enemigo teniendo una fortificación donde guarecerse. Para asegurar el flujo de tropas y bastimentos se construyó una vía que unía CASTRA SERVILIA con CASTRA CÆPIANA.

Los hispanos eran bastante resolutivos con los prisioneros
de guerra. Al que no le cortaban la cabeza para adornar sus
poblados le amputaban la mano derecha para que tuviera
complicado volver a empuñar una espada contra ellos
La otra medida que tomó fue solicitar tropas procedentes del norte de África. Tenía ya sobrado conocimiento de las consecuencias que tenía trasladar refuerzos desde CARTHAGO NOVA que, teniendo que atravesar cientos de kilómetros hacia el oeste, eran constantemente hostigadas por los múltiples enemigos que se habían ganado a pulso. Sin embargo, las unidades enviadas desde la Mauritania podían arribar a la Ulterior, bien a GADES o incluso a HISPALIS, o llegar directamente a CEMPSIBRIGA, llegando a destino frescas y sin haber sufrido el acoso de los hispanos durante días. El siguiente paso de Cepión consistió en atacar a los aliados de Viriato, empezando por los vetones y los galaecios, cuyas tierras arrasó de cabo a rabo. El mensaje era claro: "Me pongo desagradable contigo por ser colega de mi enemigo. Manda al carajo a Viriato y palabrita del niño Apolo que no me ves más el pelo". La estrategia surtió efecto, porque muchos aliados del lusitano, así como algunos régulos tribales más cercanos, empezaron a exigir que acabase con aquello de una vez, que tanta guerra ya aburría un poco. Le instaron a intentar restablecer el FOEDVS que, en principio, parecía tan prometedor.

La presión debió surtir efecto, porque Viriato acabó cediendo y entabló conversaciones con Papilio Lenas. Los autores de la época no aclaran por qué se dirigió al pretor de la Citerior cuando, en teoría, debería haberlo hecho con Cepión, pero se sugiere que éste estaba bastante entretenido a causa de un motín que había estallado entre su caballería, hartos de su brutalidad con las tropas. En todo caso, Lenas no era ni más comprensivo ni más guay que Cepión. Así pues, en el primer encuentro que mantuvieron, el pretor instó a Viriato a que le entregara a sus más allegados colaboradores incluyendo su suegro, Astolpas, un rico terrateniente con gran influencia sobre su tribu al que, posiblemente, quería sustituir para, con la ayuda de Roma, convertirse en un rey títere o algo parecido. Ciertamente, esta podría ser una faceta bastante obscura de alguien que durante tantos años había sido el azote de estos imperialistas, pero el hartazgo y el instinto de supervivencia acabaron pudiendo más.

En un terreno así, las formaciones romanas no tenían literalmente
posibilidad de maniobrar, por lo que una emboscada llevada a cabo
por un grupo relativamente pequeño podía hacerles mucho daño
Lo cierto es que, según Dion Casio, Viriato no se cortó un pelo, y él mismo se encargó de dar muerte a varios de los señalados por Lenas incluyendo a su suegro. El resto fueron entregados al pretor que, siguiendo la costumbre lusitana, les cortó la mano diestra para que nunca más la alzaran contra Roma. No contento con esto, añadió como condición que entregaran sus armas, pero el recuerdo del alevoso Galba se mantenía muy arraigado, de modo que Viriato le hizo dos higas a Lenas y volvió a las andadas, aunque con menos aspirantes a alcanzar algún día el dominio total sobre su gente en forma de monarquía. Sin embargo, del mismo modo que los falangitas macedonios se negaron a seguir a Alejandro cuando se les gastaron las suelas de tanto andar, los lusitanos y sus aliados manifestaron claramente que había que hacer la paz de una vez por todas. Al cabo, ellos seguían en una posición al menos igualada con Roma, y podrían alcanzar algún acuerdo con los enemigos. Viriato cedió, pero esta vez optó por dirigirse a Cepión ya que Lenas se había mostrado inasequible. Tras los mensajes previos y tal, el pretor se dirigió a encontrarse con Viriato en las cercanías del MONS VENERIS (Monte de Venus), donde éste tenía su campamento.

Y así, tras tantas idas y venidas, dimes y diretes y malos rollos, Cepión tuvo por fin la posibilidad de fraguar un auténtico crimen de estado, porque matar a un enemigo en combate es legítimo, pero pergeñar su muerte con premeditación y alevosía está muy feo. De este modo pues se planificó 

EL ASESINATO

Necrópolis romana de Urso. Tras pasar al control de Roma, la ciudad
se fundió rápidamente con la cultura de los invasores. Tras la batalla
de Munda, librada en sus cercanías, César la elevó al rango de colonia
con el nombre de COLONIA GENETIVA IVLIA
Viriato, que no se fiaba un pelo del pretor, decidió quedarse en el campamento y enviar a tres hombres de su confianza: Audax, Ditalco y Minuro. Parece ser que estos tres mendas, un poco bastante hastiados de guerras y tal temerosos de acabar con las cabezas separadas del cuerpo, fueron los que se ofrecieron voluntariamente a entrevistarse con el pretor. En sí eran los candidatos ideales ya que, además de hablar latín con fluidez, tenían una buena capacidad oratoria y, al parecer, eran régulos tribales de cierta influencia. No hay unanimidad en lo tocante a su origen, aunque de forma mayoritaria se les considera naturales de Urso, la actual Osuna (Sebiya), en la Turdetania. No obstante, por sus nombres se deduce que no eran de sangre celtibera. Audax, que Diodoro Sículo nombra como Aulaces, podría ser de origen persa o fenicio; Ditalco o Ditalkon era de sangre griega o cretense, mientras que Minuro, o Nicoronte según Diodoro, era al parecer cartaginés. A nadie debe extrañar que su cuna fuera la Turdetania tanto en cuando la Península se había convertido desde siglos antes en un crisol de culturas y razas de toda la ribera mediterránea, y las familias de hombres como estos llevaban ya generaciones poblando I-Span-Ya.

Pero la conducta de Cepión nos muestra que su intención no era llegar a un acuerdo con Viriato, sino acabar de raíz con el problema. Cuando recibió a los tres emisarios, que habían insistido mucho ante su caudillo afirmando que ellos serían capaces de convencer al pretor para aceptar sus condiciones, Cepión se limitó a escucharlas sin prestarles mucha atención y, tras el discurso, en vez de darles alguna respuesta o hacerles una contraoferta, se dedicó a agasajar a los tres fulanos estos, tratándolos literalmente como reyes. Así, en vez de volver a su campamento donde Viriato esperaba ansioso la respuesta de su enemigo, estuvieron algunos días dejándose querer por el romano, que no paraba de hacerles regalos y hacerles todo tipo de promesas. El pretor debía ser un lince, porque se dio cuenta de inmediato que los tres cuñados aquellos solo pensaban en librarse de la quema, y no le resultó difícil convencerlos de que solo la muerte de su caudillo acabaría con aquella interminable guerra. Naturalmente, les dio todo tipo de garantías, y les aseguró que sus pescuezos estarían a salvo ya que quedarían bajo la protección de Roma. No tuvo que insistir mucho, pa qué mentí...

"Muerte de Viriato, jefe de los lusitanos" (1807), obra de José
Madrazo. Tiene anacronismos a cascoporro, pero bueno...
Audax, Ditalco y Minuro retornaron al MONS VENERIS de noche para, de ese modo, actuar con más impunidad. Sabían que Viriato era de los que dormían con un ojo abierto y, según Apiano, hasta lo hacía con la armadura puesta por si alguna alarma lo obligaba a salir de la piltra en plena noche. Tanto Apiano como Diodoro Sículo aseguran que, nada más llegar, los tres fueron inmediatamente recibidos por el caudillo, que estaba ya devorado por la ansiedad por conocer la respuesta de Cepión. Entraron en su pabellón y anunciaron que el pretor había accedido a firmar un nuevo tratado, lo cual alegró sobremanera a Viriato, logrando así que el ambiente fuera más distendido y el lusitano bajara la guardia y, finalmente, se dejara llevar por el sueño. Llevaría días sin pegar ojo, y la buena noticia debió relajarlo bastante. Audax, que al parecer era el que llevaba la voz cantante, estuvo pendiente de observar cuando Viriato dormía profundamente, momento en el que entró en su pabellón seguido por sus dos compadres. Siendo como eran hombres de la total confianza del caudillo, nadie les puso pegas para entrar. Una vez dentro, y sabiendo el detalle de que nunca se desprendía de su armadura, lo apuñalaron en el cuello, dejándolo listo de papeles sin que no se enterase nadie. Se desconoce la fecha exacta de su muerte, ocurrida en el 139 a.C.

Una vez perpetrado el crimen, los tres malvados salieron tan campantes y se largaron. Nadie sospechó nada porque era muy habitual que Viriato recibiera constantemente mensajeros y allegados a cualquier hora, por lo que nadie pudo sospechar nada de los tres emisarios que hacía poco rato acababan de llegar del campamento del pretor, al que retornaron a toda velocidad antes de que se descubriera el asesinato. Hasta la amanecida no se encontró el cuerpo inerte de Viriato con el pescuezo masacrado. La muerte del caudillo no solo supuso un duro golpe para la moral de los lusitanos sino que, de hecho, marcó el principio del fin de su lucha por sacudirse a los invasores de encima. Porque Viriato no solo era un buen estratega, sino el alma de la rebelión. Si el alma palmaba, la rebelión se terminaba. Los lusitanos, hastiados de guerra, acababan de perder el único acicate que tenían para seguir en la brecha, y aunque fue sucedido por Táutalo, uno de los caudillos lusitanos más cercanos a Viriato, éste no tenía ni remotamente la capacidad ni el carisma de su predecesor. Cepión no tardó mucho en derrotarlo clamorosamente, dando término por fin a la guerra de la Lusitania.

Bien, así fueron los hechos, de modo que ya es hora del

EPÍLOGO

Grabado decimonónico que recrea la cremación de Viriato
Los funerales de Viriato fueron acordes a su rango. Su cadáver fue vestido con sus mejores galas y colocado en una pira, y mientras ardía se llevaban a cabo los sacrificios y ofrendas de rigor a los dioses para que le concedieran un dúplex molón en el Más Allá. Según Apiano, todo su ejército corría alrededor de la pira entonando alabanzas en su honor, mientras otros cantaban y bailaban. Cuando la pira se extinguió, siguiendo las costumbres funerarias hispanas, sus cenizas fueron depositadas en una urna y, finalmente, 200 guerreros realizaron simulacros de combate ante su tumba, algo similar a los BVSTVARII romanos. En cuanto a la localización de la tumba, es un misterio. Hasta el día de hoy, diversos historiadores han intentado localizar la posible ubicación de la misma, pero todo ha quedado en teorías imposibles de corroborar. Sea como fuere, esto ya se sale de nuestro tema, y es una cuestión demasiado extensa como para tratarla aquí.

Bien, aquí acaba la historia. Pero como más de uno tendrá curiosidad por saber el destino de los demás protagonistas de este culebrón bélico, veamos los más importantes de ellos para chinchar a esos cuñados cuya última lectura fue "Mi primera cartilla".

AUDAX, DITALCO Y MINURO

Todos hemos oído alguna vez la lapidaria frase "Roma no paga a traidores" o, en plan culturillas, ROMA TRADITORIBVS NON PRÆMIAT, ¿no? Bueno, pues olvídenla. Es una frase inventada años más tarde con la intención de lavar la honorabilidad de Roma, que bajo ningún concepto quería aparecer como fautora de la traición y el asesinato de un enemigo cuando dormía apaciblemente. ¿Qué pasó entonces?

Según Diodoro Sículo, los tres mendas llegaron al campamento de Cepión para reclamarle todo lo prometido, pero fiarse de Cepión era como fiarse de las promesas electorales de un político. El pretor se limitó a permitirles conservar los regalos que les había hecho para convencerlos de que debían convertirse en traidores y asesinos, y se limitó a reclamar a Roma el resto de lo pactado. Nunca más se supo ni de los compadres ni de la pasta gansa prometida. 

Eutropio nos da otra versión, más o menos similar. En este caso, Cepión, que no estaba por la labor de reconocer su felonía, les espetó que EST NVNQVAM ROMANIS PLACVISSE IMPERATORES A SVIS MILITIBVS INTERFICI, uséase, "Nunca ha sido agradable para los romanos que un general deba ser asesinado por sus propios soldados". Más o menos, viene a tener el mismo significado que la primera frase, la más conocida aunque falsa. Cepión, en este caso, pretendería mantener su honorabilidad a salvo, y no aparecer como un instigador de crímenes políticos. En aquella época, en Roma aún se tenía en cuenta que el honor y el cumplimiento de la palabra dada eran sagrados. Así pues, el pretor se limitó a despacharlos afirmando que habían entendido mal lo que hablaron en su primera entrevista, y que él jamás les habría animado a cargarse a su caudillo. Así pues, los expulsó del campamento y los mandó al carajo. Aunque nadie lo menciona, es posible incluso que los liquidara en secreto para, de ese modo, borrar los principales testigos de su alevosía.

QUINTO SERVILIO CEPIÓN / QVINTVS SERVILIVS CÆPIVS (PRONÚNCIESE CUINTUS SERUILIUS CAEPIUS PARA FARDAR DE LATINES)

Aunque fue sin dudas el vencedor de esta larga guerra y el que logró reducir a los belicosos lusitanos, se le debió quedar la jeta a cuadros cuando, al volver a Roma tras finalizar su mandato, se le negó el triunfo por haberse valido de malas artes para acabar con el enemigo. La mentalidad romana era así. Había que vencer a toda costa, pero en buena lid. No le fue bien a nuestro hombre de ahí en adelante a pesar de haber acabado con los más enconados enemigos de Roma tras la derrota de los cartagineses. En 105 a.C. 34 años después de su periplo hispano, fue enviado como procónsul junto a Gneo Manlio Máximo a acabar con las tribus germanas de teutones, cimbrios y ambrones. El encuentro tuvo lugar en Arausio, al sureste de la actual Francia, sufriendo una de las más aplastantes derrotas conocidas por un ejército romano. Por este motivo, fue procesado por el tribuno de la plebe Gaio Norbano porque, en aquella época, el que la hacía la pagaba, y no como ahora que los políticos roban a  calzón quitado o promueven golpes de estado y se van de rositas. Cepión fue severamente castigado, ya que se le despojó de su ciudadanía, se le negó fuego y agua en un radio de 800 millas de Roma y se le impuso una multa de 15.000 talentos, una cantidad simplemente esotérica para la época ya que un talento equivaldría a 32'3 kilos de oro. Si hacemos la multiplicación obtenemos 484.500 kilos, que al precio actual del oro equivaldrían nada menos que a unos 28 mil millones de euros. A todo ello, se le sumó la prohibición de hablar con familiares y amigos hasta que se largó. La multa no la pudo pagar, como es lógico, porque semejante pastizal era más de lo que contenía el erario público de Roma en aquella época, y palmó en Esmirna, donde pasó el resto de su vida. Ciertamente, Roma no pagaba a traidores, y a taimados y bellacos tampoco.

Bueno, ya saben como palmó Viriato.

Ah, una chorradita final: durante nuestra guerra civil, los del reino vecino, en aquel tiempo bajo la dictadura de Antonio Oliveira y Salazar, enviaron a la Legión Viriato, un contingente de unos 8.000 voluntarios para combatir contra la república. Esto muestra que ambos países siempre han tenido a este probo lusitano como héroe nacional en toda regla.

Hale, he dicho

Estatua de Viriato en Viseu (Portugal)

miércoles, 22 de junio de 2022

LOS ANDARES DE PUTIN

 


A ver, las cosas claras y el chocolate espeso. Ni musas fugitivas ni pollas en vinagre. Llevo una temporada de capa caída porque, como me ha ocurrido otras veces, no me apetece pasarme horas traduciendo, elaborando gráficos, dibujitos o buscando fotos. Ya está, así de simple. Así pues, cuando me da un leve avenate busco algo facilito para escribir unas líneas, cubrir el expediente y sanseacabó. Y dicho esto, vamos a lo que vamos...

Desde que el infame camarada Vladimiro se levantó oyendo voces en las que el padrecito Iósif le animaba a hacer resurgir de sus cenizas la vetusta, apolillada y fallida URSS, su persona ha sido objeto de tropocientas especulaciones chorras o no tan chorras pero, en todo caso, imposibles de corroborar. Los personajes más siniestrillos o polémicos de la historia siempre han sido objeto de miles de bulos a cual más surrealista pero que, por obra y gracia de la incultura palmaria del personal, se dan por ciertos. Curiosamente, uno muy extendido es el de los capados por heridas de guerra. De Franco y Hitler se propaló bastante, como si ser herido en los testículos fuese algo deshonroso o mermase la capacidad intelectual del sujeto. Algunos, en el colmo del desbarre, aseguraba que la voz atiplada del extinto Caudillo se debía precisamente a esa herida, sin saber que el tono de voz lo marca la adolescencia, y que una vez deformada la laringe por la secreción hormonal ya no cambia aunque a uno le quiten los testículos, la próstata, la picha o el hígado. Lo cierto es que Franco recibió una herida en el vientre durante la guerra de África que casi lo manda a la fosa, y el ciudadano Adolf respiró iperita, pero sus partes pudendas permanecieron intactas. 

También son muy celebrados los bulos sobre desviaciones o perversiones sexuales. Curiosamente, mientras que hoy día se tolera e incluso se anima a practicar todo tipo de fornicio por muy exótico que sea, si sale a relucir el nefando Benito alguno intentará denostarlo afirmando que era un golfo, un putañero y que tenía mogollón de amantes, motivo por el que cantidades masivas de celebridades de todo tipo podrían entonces ser vilipendiadas. No hace mucho leí un titular de un pseudo-artículo "histórico" donde se decía que el ciudadano Adolf era aficionado al sado-masoquismo para ponerlo, además de malvado, como un pervertido sexual, pero si dices que no has visto la peli esa de las cincuenta sombras de no sé quién te miran como si fueses un carca retrógrado. En fin, ya sabemos que la retro-progresía casposa y cavernaria del planeta tiene varas de medir para todos los gustos.

Hecho este introito, creo que merece la pena dedicar unas líneas al tema de los andares del camarada Vladimiro, de los que se han escrito ya bastantes artículos en la prensa y cienes y cienes de vídeos en Yutub planteando todo tipo de teorías. Como creo que ya saben hasta en Raticulín, este psicópata camina con el brazo derecho pegado al cuerpo, sin el balanceo habitual que nos permite un mejor equilibro cuando andamos, mientras que el izquierdo se mueve normalmente. La teoría más sensata es, lógicamente, la que lo achaca a alguna patología que permanece en secreto si bien ha habido hasta cónclaves de neurólogos para estudiar el motivo de esa inmovilidad, aunque me temo que de neurología sabrán mucho, pero de armas y de cómo usarlas no saben un carajo. Yo me inclino más por una lesión residual o una secuela por su afición por el judo. Como ya sabrán, el camarada Vladimiro es un judoca experto- cinturón negro nada menos- que lleva la torta de años practicando ese arte marcial, y no sería ni mucho menos el primero que se jode una articulación a causa de una luxación, una rotura de tendones (dan guerra eterna, doy fe), ligamentos, etc. Cuando el adversario te agarra del brazo para voltearte, un tirón excesivamente potente podría dislocar un hombro sin problemas y dejarlo averiado para siempre, y más si la lesión se produce a partir de cierta edad en la que los efectos de la rehabilitación no son tan eficaces como cuando uno tiene 25 años. 

Sin embargo, la teoría más exitosa es la del "paso del pistolero". Mogollón de "expertos" de Yutub que son como el maestro Liendre, que de todo saben pero de nada entienden, han propalado esa historia en base a que, según afirman, en los manuales del extinto KGB se entrenaba al personal a caminar con el brazo caído para, en caso de peligro, tener la mano lo más cerca posible del arma para desenfundarla con la máxima presteza. En honor a la verdad, yo no he leído el manual ese y colijo que los que propalan esa teoría tampoco pero, si nos basamos en el sentido común, creo que se puede desmontar con bastante facilidad. Veamos cómo...

1. A la derecha tenemos un uniforme del KGB de tiempos de la desaparecida URSS, cuando el camarada Vladimiro aún no oía voces y si las oía hacía oídos sordos. En realidad, era igual que los del ejército regular salvo en los distintivos. Bien, observen la pistolera. Es la típica funda militar con solapa abrochada con un botón de bronce y sujeta al cinturón con dos presillas. Pretender desenfundar con rapidez una pistola metida ahí es como querer pelar una mandarina con guantes. La mano derecha tiene que soltar el botón y, con la muñeca, empujar la solapa hacia arriba y asir la empuñadura. Pero como el arma suele entrar un poco a presión, hay que agarrar la funda con la mano izquierda para impedir que al dar el tirón para sacar la pistola tiremos al mismo tiempo de dicha funda y del cinturón. En resumen, que llevar el brazo pegado al cuerpo no sirve para nada. Lo que sí serviría es cambiar esa mierda de funda por algo más moderno que no requiera el uso de la mano zurda, como la mayoría de las que actualmente usan las policías de los países modernos. Por este motivo, podemos colegir que la costumbre del brazo inmóvil obedecería más bien a cuando se sirve de paisano, no de uniforme.

2. ¿Qué es lo primero que pretende un agente policial cuando va de paisano? Exacto, pasar lo más desapercibido posible. Confundirse con la gente, ser invisible. Y si además eres un puñetero espía, razón de más. Por lo tanto, ¿tiene sentido que un fulano del KGB se pasee delante de la embajada de los Estados Juntitos con el brazo derecho inmóvil para que hasta las limpiadoras sepan que es del KGB? Vendría a ser lo mismo que la manida imagen del agente de la Gestapo con abrigo de cuero y sombrero de ala caída. Daría un cante tremendo y los posibles sospechosos saldrían echando leches nada más verlos aparecer. Por razones obvias, un tipo de la Gestapo procuraba ante todo pasar desapercibido, tener el aspecto de un probo ciudadano tedesco con jeta de trasegador de zumo de cebada, bigotito de cepillo e indumentaria corriente de calle. Y por la misma razón, un policía dedicado a perseguir el tráfico de drogas tendrá pinta de yonki, se dejará rastas, vestirá de guarrillo e incluso esnifará farlopa y fumará porros a mansalva. No va a ser tan gilipollas como para presentarse en el gueto de los traficantes con un traje de Armani, oliendo a colonia cara, diciendo que ni fuma ni bebe y recomendando al personal que lleven una vida sana. Por lo tanto, la teoría del brazo caído para desenfundar yendo de paisano también se me antoja insostenible tanto en cuanto delataría a todo aquel que perteneciera a la siniestra organización político-policial. Ahí ven al archimalvado agente Toht de la famosa peli "En busca del Arca perdida", que no se quita el abrigo de cuero ni en pleno desierto y, para pasar más desapercibido aún, luce el emblema del NSDAP en la solapa. Obviamente, nadie se dio cuenta de que era de la Gestapo...¿o sí?

3. Con todo, aceptamos que un agente de paisano va armado, pero eso tampoco obliga a llevar el brazo tieso. Como ya explicaremos a fondo cuando me anime a termina el articulillo dedicado a la opción pistola Vs. revólver para defensa personal, no siempre se quiere o se puede llevar oculta una pistola en el costado derecho. Veamos varias opciones que harían absurdo lo del brazo inmóvil:

A) Vestido con traje. Las chaquetas se cortan por sistema entalladas a la cintura, por lo que llevar algo debajo haría que se viese de lejos un abultamiento asaz sospechoso. Por ese motivo, es más habitual que si se viste una chaqueta se lleve a la espalda o en una sobaquera. En ese caso, sí se puede cortar el traje de forma que el abultamiento producido por el arma se note menos porque, además, en el costado derecho se suele colocar una funda para uno o dos cargadores de respeto. 

B) Vestido con ropa ligera. En épocas primaverales o calurosas, un hombre armado puede portar su pistola en el costado sin problema porque se pone un jersey, una cazadora, un polo o una camisa de manga corta de esas que se llevan por fuera. Al ser ropa amplia destinada a permitir que el aire circule, se disimula con facilidad. Pero, al igual que ocurre cuando se lleva la pistola en una funda de costado con chaqueta, la cercanía de la mano al arma tampoco soluciona gran cosa por una sencilla razón: tenemos que recurrir casi siempre a la mano izquierda para levantarnos la prenda y, de ese modo, evitar que el martillo o el espolón de la empuñadura se enganche en la ropa, retardando aún más la extracción, retardo que puede ser eterno si nos enfrentamos a un fulano que ya nos encañona y aprovecha la coyuntura para meternos una bala en el cráneo. Como vemos en la foto de la derecha, el probo ciudadano se dispone a repeler una agresión con su arma, y se tiene que ayudar de la mano izquierda para evitar que se le enganche en el jersey que viste sobre la camisa.

C) En Rusia hace un frío que pela en invierno, así como en los países de Europa Central donde el KGB estuvo operativo mientras existió. Ya me dirán de qué leches sirve llevar el brazo pegado al arma cuando se viste un grueso y largo abrigo que habría que levantar o desabrochar para extraer un arma enfundada en el costado. En ese caso, lo lógico sería llevar la pistola en una sobaquera, en cuyo caso solo hay que ayudarse con la mano izquierda para descubrirse el costado y empuñar el arma. Sí, tal como lo ven en la foto. Se vista la ropa que se vista, si se quiere efectuar una extracción rápida hay que ayudarse con la mano izquierda y, en este caso, tampoco sirve de nada mantener el brazo inmóvil junto al costado derecho porque la puñetera pistola la llevamos precisamente en el costado izquierdo.

D) El desenfunde cruzado. Crossdraw, lo llaman los yankees. Consiste en llevar el arma en una funda en el costado izquierdo tal como vemos en la foto. Este tipo de fundas es muy recomendable para personas que conducen un coche ya que, en caso de necesidad, les facilita la extracción sin riesgo de engancharse con el cinturón de seguridad o  de tener dificultades por estar la pistola en el lado más estrecho del puesto de conducción. Además, el desenfunde cruzado facilita un movimiento natural de enfilado hacia el agresor cuando se extrae porque la funda, como vemos, queda en una posición casi horizontal, lo que sería un inconveniente si se lleva en el costado derecho. En fin, que si se usa una de estas pistoleras tampoco sirve de nada el brazo inamovible. 

Bien, estas serían las opciones más habituales para un hombre armado. No se han tenido en cuenta otras como las fundas tobilleras, las riñoneras o los bolsos de mano por no alargarnos más en la cuestión pero, en todo caso, ya vemos que eso del paso del pistolero es, al menos a mi entender, una chorrada que no se sostiene ante un análisis medianamente razonado. De hecho, los gurús que todo lo saben se basan en este libro que dicen que es el manual del KGB y que se puede adquirir en Amazon. Pero, ojo, eso no es ningún manual, sino un libro escrito por un tal A. Dolmatov donde explica los métodos de entrenamiento del KGB. En la tapa lo pone bien clarito: "Cómo los soviéticos entrenan para combate personal, asesinato y subversión". Con todo, lo que sí debemos tener claro es que si esa técnica del paso del pistolero fuese tan eficaz, todas las policías del mundo la habrían adoptado, digo yo... Y, por otro lado, de entre los miles de agentes del KGB retirados ¿solo se ha observado este comportamiento en el camarada Vladimiro? ¿Y cómo es que los agentes del FSB, herederos directos del KBG, no parece que caminen de esa forma? ¿Quizás es que a estas alturas se han percatado de que andar así solo sirve para que el personal te cale nada más aparecer en escena? En fin, que no me cuadra nada.

Y es que, además, el camarada Vladimiro no siempre ha ido con el brazo tieso. Ahí lo ven en una fotito de hace unos años. Se le ve más joven, más ágil, más delgado y braceando briosamente como un guripa saliendo del cuartel con un pase de pernocta en el bolsillo. Pregunto: ¿cómo es que hasta ahora nadie había reparado en lo del paso de pistolero? ¿Tal vez porque antes andaba con normalidad y ahora no? Porque el camarada Vladimiro ingresó en el KGB en 1975, o sea, que debería llevar unos 45 años andando rarito, y como él miles de colegas que servían en esa siniestra unidad. Pero resulta que solo a raíz de su visita NON GRATA a Ucrania es cuando todo el planeta se ha dado cuenta del detalle del brazo estatuario. Muy raro, ¿qué no?

Ahí tienen al camarada Vladimiro haciendo el gamba. El tirón
que le dan del brazo derecho podría fastidiarle el hombro sin
problema a un sesentón por muy en forma que esté, ¿no?

En fin, dilectos lectores, colijo que estamos ante el enésimo bulo que, a fuerza de repetirlo, se ha convertido ya en un dogma inamovible. Mi conclusión ya la anticipé al comienzo de este articulillo. Esa inmovilidad tiene toda la pinta de ser la causa de una lesión, probablemente producida por su afición al judo la cual no ha dejado de practicar a pesar de no ser ya un mozuelo. Un hombre de sesenta y tantos años que sufre una rotura de tendones, ligamentos o algo por el estilo queda ya bastante perjudicado el resto de su vida, la zona afectada le dolerá constantemente y se verá limitado en ciertos movimientos. Tendrá que recurrir al consumo de analgésicos y anti-inflamatorios con regularidad, y estará de mala leche permanente porque vivir con el dolor como compañero inseparable acaba agriándole el carácter a cualquiera. Y hablo con total conocimiento de causa porque tengo jodido hace mucho tiempo el supraespinoso del hombro derecho y, mira por donde, a veces tengo que reprimir el braceo cuando camino porque duele que te cagas, no es raro que de noche o durante la siesta me despierte un dolor lacerante, el Nolotil y el Ibuprofeno ya los tengo en cestitos encima de la mesa, como si fueran caramelos de anís, y como asumo que estaré así el resto de mi vida pues me agarro unos cabreos de antología, pero sin poder desahogarme invadiendo al vecino porque, entre otras cosas, tiene un pitbull con muy mala leche. ¿Qué por qué no me lo he operado? Eso es otra historia. Se intentó, y casi me cuesta la vida por culpa de la muy hija de... En fin, un año de estos igual lo cuento.

Bueno, s'acabó por hoy.

Hale, he dicho

El camarada Vladimiro cuando ejercía de agente del KGB en Alemania Oriental. ¿Nadie se daba cuenta de que caminaba con un brazo tieso o, en realidad, andaba como todo el mundo para pasar desapercibido?

domingo, 30 de enero de 2022

BUCANEROS

 

Probos canallas carne de horca según un grabado obra de Howard Pyle aparecido en 1887 en la Harper's Magazine bajo el título "El saqueo de Panamá", "gloriosa gesta" perpetrada por estos indeseables que hicieron del latrocinio pseudo-legal su modo de vida

Por lo general, cuando salen a relucir temas sobre piratas que no estén relacionados con políticos y demás entes parasitarios, los términos bucanero, filibustero y corsario también salpican el debate como si fueran todos sinónimos. Bueno, pues no. Estos ciudadanos lo que tenían en común era básicamente que llevaban a cabo sus fechorías en el mar o en ciudades costeras, pero ahí acaban las coincidencias. Un pirata no es lo mismo que un bucanero, y un corsario no es lo mismo que un filibustero. Los únicos que podrían abarcar todas las categorías son los trepas que nos chupan la sangre desde el congreso, los parlamentos de las taifas, diputaciones, ayuntamientos y demás patios de Monipodio, pero el artículo de hoy no va de ladrones de guante blanco, sino de mangantes marítimos. Así pues, acomódense, sírvanse una copita de algún destilado de su elección y tomen buena nota de quiénes eran los bucaneros para, cuando echen por la caja tonta alguna peli de esas de los años 50 donde el capitán pirata es un guaperas que se lleva de calle a todas las chicas que secuestra, puedan planchar a sus cuñados con sus extensos conocimientos sobre ladrones navales con 3ª fase de hepatopatía alcohólica, vulgo cirrosis irreversible y, por ende, mortal.

Captura y posterior ejecución del pirata Eustaquio el Monje frente
a las costas de la isla de Sandwich a manos del almirante Hugh
de Burgh en 1217. Como vemos, la piratería no era nada nuevo

Si tomamos el término pirata como genérico para todo aquel que ejerce su vil latrocinio en el mar, entonces podemos decir que la piratería es más antigua que los balcones de palo. Desde hace siglos, estos chorizos náuticos han hecho de las suyas aprovechando que las naves cargadas de mercaderías estaban más indefensas que un ciudadano honrado en el congreso de los diputados. Eran presa fácil ante una tripulación nutrida por despojos humanos ávidos de riquezas sin tener que doblar el lomo para ganarlas como si de un ministro cualquiera se tratase, y aprovechaban la impunidad que otorga la inmensidad del mar para robar a su sabor, arrojar al agua a los atribulados mercaderes y los marinos de la nave expoliada y en el juzgado nos veremos dentro de un trillón de años. Los ladrones de secano siempre lo han tenido más difícil por razones obvias, y muchos acababan ejecutados a los dos minutos de haber caído en las garras de la autoridad. Hasta el gran César fue capturado por unos malvados acuáticos cuando tuvo que salir de naja de Roma por sus desavenencia con Lucio Cornelio Sila, teniendo que pagar un suntuoso rescate para ser liberado. En resumen, el atraco naval ha sido, y aún es como vemos que ocurre en aguas del cuerno de África, un modo de obtener jugosas ganancias con relativa facilidad.

Galeón español. Estas naves fueron las que durante mucho tiempo
nos dieron la supremacía marítima en todo el mundo
Sin embargo, hasta el descubrimiento del Nuevo Mundo la piratería tenía un campo de acción más limitado tanto en cuanto las zonas para ejercerla eran más reducidas. Pero la expansión de España y, posteriormente, de Inglaterra, Francia y Holanda (Dios maldiga a ese trío de bellacos) hacia la tierra donde manaba leche, miel y, sobre todo, oro y plata, permitió la proliferación de piratas hasta el extremo de dar lugar a una auténtica edad de oro del atraco acuático entre la segunda mitad del siglo XVII y principios del XIX, cuando el acoso de las armadas de las potencias de la época y la expulsión de sus otrora reductos cuasi inexpugnables les acabó presionando hasta que, finalmente, la carrera de pirata tenía menos salidas laborales que la de un biólogo con un doctorado en los hábitos de apareamiento del gorgojo. Sin embargo, esa época dorada que hemos mencionado no surgió por las buenas, sino como consecuencia de una serie de factores que iban más allá del mero afán de latrocinio de unos cuantos ladrones alcoholizados. El hecho palmario es que podrían haber sido enviados al fondo del mar en un periquete si el trío de bellacos antes mentado no los hubieran usado como instrumento para expoliar y minar el poder del creciente imperio español, y la infestación en las aguas del Caribe por parte de piratas de todo tipo fue apoyada descaradamente por las monarquías inglesa y francesa más la república de la Provincias Unidas de los Países Bajos, vulgo Holanda, para facilitar la implantación de colonias que les facilitasen tomar su parte del inmenso pastel que suponía el continente americano para las depauperadas arcas europeas, llenas de aire a causa de las interminables guerras que mantenían todos contra todos con tal de ser el que llevase la voz cantante.

Las islas del Caribe, donde durante décadas se coció el liderazgo
naval de España, Francia e Inglaterra

A medida que la expansión española por Tierra Firme, como los conquistadores llamaban al continente, fue aumentando, las islas caribeñas fueron dejadas de lado poco a poco. Al cabo, lo que importaba eran las minas de oro y plata para alimentar las menguadas arcas hispanas que, sobre todo tras la Guerra de los Treinta Años, estaban llenas de aire. Los continuos conflictos bélicos con Francia e Inglaterra, las revueltas en Flandes y el esfuerzo por mantener las posesiones de la corona de los Habsburgo en Italia contra el expansionismo gabacho costaban verdaderos ríos de oro. Por ello, aunque el descubrimiento colombino e inmediata ocupación se llevó a cabo en las Antillas, este cúmulo de islas no reportaban beneficios a la corona y su dominio implicaba un enorme gasto que, en aquel momento, España no podía arrostrar. De hecho, Cuba y Puerto Rico fueron a efectos prácticos las únicas que se conservaron en todo momento bajo control español y, en lo posible, bien guarnicionadas. Sin embargo, otras de menor tamaño o importancia como Jamaica, La Española, Bahamas y todo el archipiélago de las Antillas Menores habían sido abandonadas aunque su posesión nominal seguía siendo española... de momento. La realidad es que esas islas eran improductivas, solo valían para algunos tipos de cultivos, especialmente caña de azúcar y tabaco, y donde estaba de verdad la enjundia era en Tierra Firme con las inagotables minas de oro y plata de Méjico, Perú, etc.

Un boucannier con su mosquete y sus chuchos de caza

El fragante aroma de los metales preciosos llegó a Europa en menos tiempo que un cuñado pela un gamba, y no tardaron en acudir aspirantes a probos colonos huyendo de las guerras y la miseria del Viejo Continente. De ahí que durante el primer cuarto del siglo XVII comenzara un flujo, lento pero constante, de gente en busca de un lugar donde asentarse, y nada mejor para ello que estas islas desechadas por España donde no había otra ley que la que ellos quisieran imponerse, libres de servir como carne de cañón en los ejércitos de sus respectivos países y de verse libres de impuestos para alimentar el inmenso agujero negro que eran los erarios de sus monarcas, siempre endeudados para pagarse sus inacabables guerras. Naturalmente, tampoco faltaban los aventureros de todos los pelajes, fugitivos, y demás canallería europea con las cabezas pregonadas que veían más atrayente vivir en una isla mohosa que en una mazmorra para, finalmente, acabar siendo protagonista de cualquiera de los brutales sistemas de ejecución de la época o, en el mejor de los casos, simplemente colgados en cualquier encrucijada como aviso a los mangantes de la comarca.

Dos bucaneros despiezando unos cerdos salvajes cuya
carne ahumarán en el boucan que aparece en la imagen

Así pues, la población de estas islas se componía de desertores, marineros hartos de sentir el chasquido del rebenque en sus lomos, esclavos fugados y criminales de todo tipo. Uséase, un vecindario de lo más recomendable. Inicialmente se limitaban a ganarse la vida de forma pacífica plantando tabaco que luego introducían de contrabando en Cuba o Tierra Firme o, más frecuentemente, cazando los animalitos de la isla cuya carne ahumaban para venderla a las tripulaciones que pasasen por allí, obviamente gabachos, ingleses o cualquier otro que no fuera español ya que los hispanos, celosos propietarios de las islas, llevaban a cabo alguna que otra incursión para dejarles claro que el título de propiedad era nuestro, y que su presencia no solo era indeseable, sino también tóxica. Pero si los expulsaban, pues se mudaban a otra isla o volvían cuando pasaba el peligro ya que, como hemos dicho, España carecía de medios para mantener un control eficaz sobre tanta isla. De estos cazadores nómadas surgieron los bucaneros, palabro procedente de la lengua arawak usada por los nativos del Caribe, América Central y la parte septentrional de Sudamérica. Tras filetear a sus presas ahumaban su carne colocándola sobre una especie de caseta a modo de ahumadero llamada boucan, que los gabachos afrancesaron como boucannier por ser ellos los primeros en generar esta forma de vida cuando se asentaron en La Española, emblemática isla que, a pesar de ser la primera posesión castellana en el Nuevo Mundo, fue abandonada salvo algunos asentamientos en la costa sur junto a otras, como ya se ha explicado. La Española fue rebautizada por los gabachos como Santo Domingo y actualmente cohabitan en ella la República Dominicana y Haití.

Plantación de tabaco en una colonia francesa. El acoso español
obligó a muchos de estos colonos a abandonar los cultivos o la
caza para dedicarse al pillaje a tiempo completo

La existencia de los boucanniers era bastante básica. Cuando avistaba algún barco de bandera que no fuese española, montaban sus chiringuitos playeros de carne ahumada en las playas, donde los tripulantes llegaban para reponer víveres y hacer aguada. Su economía se ceñía ante todo al trueque ya que en una isla mohosa no hay donde gastar dinero, así que a cambio de su carne aceptaban armas y municiones con las que, además de cazar, intentaban de alguna forma defenderse de las incursiones españolas, otro tipo de alimentos como queso o salazones y, especialmente, ron, destilado sin el cual un probo canalla carne de horca se siente un poco bastante desamparado. Como vemos, la vida de los bucaneros no era especialmente apacible. Las poblaciones de estas pseudo-colonias estaban formadas casi exclusivamente por hombres, y no precisamente de lo más selecto de las sociedades de sus respectivos países. Ya podemos suponer que la necesidad de hembra con la que desfogar los humores viriles debía ponerlos especialmente irritables, y las reyertas y broncas serían bastante habituales. Si a eso sumamos el acoso a que los sometían las tropas españolas cada vez que les hacían una visita, es evidente que su existencia en sus lugares de origen debía ser asquerosísima para preferir la vida asquerosa que tenían que arrostrar.

Vista de la isla de Tortuga en la que podemos ver la posición del
fuerte de Rocher. Artillado con 40 bocas de fuego, convertían el
puerto en un lugar inaccesible para cualquier nave enemiga
No obstante a finales de la década de 1620 empezaron a hartarse de vegetar en La Española / Santo Domingo, roídos de miseria y viendo como su magras ganancias se iban al garete cada vez que un galeón español pasaba por allí, desembarcaban un contingente de infantes de marina y los obligaban a abandonar sus bohíos y escasos enseres para ocultarse en la selva hasta que se largaban con viento fresco tras meterle fuego a todo. Defender la isla de las visitas non gratas era misión imposible porque había demasiadas calas donde podían desembarcar sin problemas, y carecían del número de hombres suficientes para mantenerlas bajo vigilancia y, más aún, para su defensa. Era el momento de liar el petate y buscar un asentamiento más seguro. Este no estaba lejos, a apenas 7 km. al norte de La Española. Era la isla de Tortuga, un pedrusco abrupto y alargado que emergía del mar con una superficie de apenas 180 km² pero que ofrecía una ventaja superlativa a la hora de resguardarse: su costa norte era totalmente inaccesible ante un intento de desembarco, y solo había un puerto en el lado sur donde recalar. A partir de 1640, este puerto estaba defendido por el fuerte de Rocher construido por Jean le Vasseur, un ingeniero militar enviado por el gobernador de San Cristóbal. Por lo tanto, la orografía de la isla la convertía en una fortaleza natural donde los bucaneros podían dormir sus comas etílicos apaciblemente sabiendo que con sus escasas fuerzas podrían repeler las incursiones españolas, que por otro lado eran cada vez más escasas debido a la necesidad de tropas y dinero para sus guerras en la añeja y caduca Europa, donde no sabían vivir sin matarse unos a otros sin solución de continuidad.

Isla de La Española. La presencia hispana se limitaba a algunos
asentamiento en la costa sur. El resto pasó a manos de los bucaneros
hasta que lograron apoderarse de todo el territorio

Los bucaneros no tardaron mucho tiempo en darse cuenta de un detalle que podía cambiarles la vida de cazadores y contrabandistas al ver que gran parte del tráfico mercante español circulaba precisamente por las aguas situadas entre Cuba y Florida, un canal denominado el Paso de los Vientos. Por allí circulaban los barcos procedentes de San Agustín, Veracruz, Portobelo y Cartagena camino de La Habana, punto de partida hacia la Casa de Contratación de Sevilla, que por aquella época tenía el monopolio del tráfico con las posesiones de Ultramar y por donde pasaba hasta la última onza de oro y plata provenientes del Nuevo Mundo. Esos barcos, cargados hasta las trancas de lingotes de metales preciosos, de especias, maderas tropicales y mil y un artículos que eran importados por los mercaderes de la metrópoli, se convertirían en la nueva fuente de ingresos de estos probos canallas carne de horca. Obviamente, esa imagen de los bucaneros tripulando un poderoso galeón erizado de cañones es el enésimo camelo propalado por el cine. Los bucaneros, al menos en sus comienzos, no disponían de naves de porte para perpetrar sus latrocinios, así que optaron por medios a su alcance que, aunque aparentemente escasos, acabaron resultando más eficaces de lo que podamos imaginar.

Pinaza inglesa

Básicamente, la táctica usada por los bucaneros consistía en aprovechar la sorpresa, actuando con nocturnidad y alevosía contra los galeones mercantes que se les pusieran a tiro. Por lo general, formaban pequeños grupos embarcados en canoas o, a lo sumo, en pinazas provistas de artillería ligera en forma de cañones de pivote y poco más. Las pinazas eran embarcaciones muy marineras, capaces de alcanzar elevadas velocidades que les permitieran escapar de posibles perseguidores y sumamente maniobrables. Sus bodegas tenían capacidad para dar cabida a lo más suculento de los botines que trincaban de sus presas, y sus buenas cualidades en el mar les facilitaban salir echando leches hacia puerto seguro antes de que algún buque de guerra de la armada española pudiera ponerlos en aprietos. No obstante, lo más habitual era recurrir a pequeñas flotas de canoas a remo que, fácilmente, se aproximaban a los mercantes y, de forma inopinada, abordarlos, reducir a los tripulantes y saquear a fondo. Luego cargaban los bienes robados y se iban por donde habían venido o, si les interesaba, se apoderaban del galeón entero, lanzando sus víctimas al mar y artillándolo adecuadamente para usarlo en sus rapiñas navales. Lógicamente, a medida que los bucaneros iban capturando barcos también pudieron mejorar el potencial de sus flotas con naves de más tonelaje y mejor armadas para enfrentarse incluso a barcos de guerra.

A partir de ese momento se estableció una peculiar simbiosis entre los bucaneros y los gobernadores enviados por Francia y Holanda a sus pequeñas colonias en La Española / Santo Domingo y San Cristóbal (Saint Kitts según los gabachos) en el caso de los primeros, y la isla de San Martín en el de los segundos, ambas situadas en el extremo septentrional de las Antillas Menores. En el mapa inferior podemos ver la posición de estas islas, así como el reducto bucanero de Tortuga y Jamaica, que se convirtió en el primer asentamiento inglés en el Spanish Main, nombre que daban estos isleños a las posesiones caribeñas españolas.

Esas cuatro islas birriosas tuvieron en jaque a las posesiones españolas debido a la falta de medios para defenderlas adecuadamente. Solo cuando se pudieron trasladar hombres y armas al Nuevo Mundo se pudo poner coto a la tropelías de los bucaneros


Robert Venables (c.1613-1687)

Oliver Cromwell, el abyecto puritano que hizo rodar la cabeza de Carlos I y que ejerció una dictadura de manual bajo el ambiguo título de Lord Protector entre 1653 y 1658, apenas se hizo con el poder ya puso los ojos en las posesiones españolas de Ultramar. En 1655 envió una flota al mando del general Robert Venables para hacerse un hueco en el Caribe con vistas a que ese asentamiento fuese la cabeza de puente que serviría de trampolín a posteriores invasiones. El objetivo inicial fue La Española, de donde fueron rechazados. A continuación se dirigieron a Jamaica, una isla prácticamente abandonada, sin defensas adecuadas y cuya mínima población no podía hacer frente a los invasores, que se apoderaron de ella sin problemas. Una vez consumada la conquista de Jamaica, Venables volvió a Inglaterra dejando al mando de la isla a su inmediato subordinado, Robert Fortescue, que apenas tuvo tiempo de disfrutar del cargo porque palmó a los tres meses. Le sucedió Edward D'Oyley, que tras ostentar inicialmente el mando militar fue nombrado por Cromwell gobernador de la colonia, cargo que fue refrendado por Carlos II tras la restauración de la monarquía en 1660.

Un convoy de la Flota de Indias. Como salta a la vista, nadie se
atrevería a enfrentarse a ellos

Obviamente, D'Oyley tampoco se puede decir que estuviera en una posición privilegiada, rodeado de enemigos y asentado en una isla cuya ocupación no era nada rentable salvo por el hecho de estar en una posición de igualdad con los sempiternos enemigos de España: Francia y Holanda, formando así el trío de malvados envidiosos ávidos de apoderarse de los territorios que con tanto esfuerzo ganamos. Pero lo que estaba claro es que ellos tampoco disponían de tropas para atreverse a presentar batalla en Tierra Firme y a lo más que podían aspirar era a hostigar las naves que trasladaban mercancías a hacia España, porque las escuadras que transportaban los tesoros que generaban las minas continentales, o sea, la Flota de Indias, partía formando un convoy de naves mercantes fuertemente protegidas por galeones que las hacía prácticamente invulnerables, y solo algún barco despistado por una tempestad podía ser capturado por los buques enemigos que merodeaban por el Caribe. Sin embargo, sí podían capturar barcos civiles o atacar poblaciones costeras mal defendidas, esquilmarlos como a borregos y retornar a sus puertos en cualquiera de sus islas, donde se sabían a salvo de la armada española. ¿Y quiénes podían ser los más indicados para perpetrar estas fechorías? Exacto, los bucaneros.

Henry Morgan (1635-1688), uno de los bucaneros más famosos.
A pesar de su innoble oficio llegó a ser lugarteniente del
gobernador de Jamaica

Aunque Inglaterra, Francia y Holanda tampoco estaban precisamente en buenas relaciones y llevaban ya tropocientas guerras entre ellos, los unía un enemigo común, España, y la mejor forma de contar con la colaboración de estos probos canallas carne de horca era darles un leve barniz de legalidad a sus rapiñas concediéndoles patentes de corso que los convertían de facto en colaboradores de los gobiernos de sus respectivos países. La patente de corso o, como también se les llamaba, cartas de represalia, permitía a estos bellacos a hacer de las suyas y, a cambio de un porcentaje de lo obtenido en sus botines, les ofrecían protección en sus puertos. Obviamente, un bucanero gabacho no podría atacar una nave de los british, ni un british podía robar en un barco holandés, pero todos podían asaltar a mansalva los barcos que iban por sistema repletos de mercaderías valiosas, los españoles. De ese modo surgieron dos grupos principales de bucaneros. Por un lado, los gabachos asentados en Tortuga y en la zona occidental de La Española y, por otro, los british de Jamaica, concretamente en Port Royal, donde eran bienvenidos por los mercaderes y traficantes isleños cuando volvían de perpetrar alguna de sus fechorías.

No obstante, y a pesar de gozar de los privilegios que les daban las patentes de corso, los bucaneros nunca aceptaron la autoridad de nadie que no fuera ellos mismos. Los frères de la côte gabachos o brethren of the coast (hermanos de la costa en ambos idiomas) tenían sus propias reglas y, de hecho, solo aceptaban de buen grado la autoridad de los capitanes en cuyos barcos se enrolaban. Durante dos décadas, el Caribe se vio infestado por estos mangantes navales que no pararon de abordar barcos y saquear poblaciones, siempre amparados por las patentes de corso que les darían refugio para gozar de lo ganado y preparar nuevas incursiones. Pero no les duró mucho el chollo porque la existencia de los bucaneros estaba supeditada a la política de los países que los protegían, y si hay algo cambiante en este mundo son las filias y las fobias de los gobernantes, que giran como veletas cuando el viento favorable cambia de dirección. 

Saqueo de Veracruz a manos de bucaneros gabachos en 1683
Los bucaneros ingleses se vieron en el paro tras la firma en 1670 del Tratado de Madrid por el que España reconocía la posesión inglesa de las islas de Jamaica y las Caimán, acordando que ningún navío de ambas potencias se adentraría en aguas ajenas salvo en caso de necesidad y, por supuesto, se daban por terminadas las agresiones en uno u otro sentido. Los más renombrados capitanes bucaneros ingleses como Henry Morgan, John Coxton o Edmond Cooke se la tuvieron que enfundar porque Port Royal le cerró las puertas, así que solo les quedaban dos opciones: ponerse al servicio de los gabachos o hacer un máster de piratería, oficio que empezaría a ganar popularidad entre esta gentuza que no sabían ganarse la vida honradamente y, en este caso, no se veían limitados a robar solo a España, sino a todo bicho viviente. Los gabachos, gracias a las malas relaciones entre Francia y España, pudieron alargar su vida operativa un par de décadas más en las que los gobernadores de Santo Domingo no dudaron en seguir usándolos para saquear a mansalva los principales puertos caribeños como Maracaibo, Veracruz o Campeche. Pero, al igual que sus colegas ingleses, vieron la llegada de su ocaso en 1697 tras la firma del Tratado de Ryswick, que permitió que las potencias europeas pudieran descansar un poco de tanta matanza. Obviamente, los bucaneros gabachos vieron también cómo se les terminaba el momio, así que tuvieron que cambiar sus privilegios de corsarios por la ajetreada vida de piratas. Resumiendo: los bucaneros ya eran historia.

Bueno, sirva este articulillo para desmontar mitos y leyendas sobre estos fulanos que, como hemos visto, tuvieron en realidad una existencia bastante más breve de lo que se suele imaginar, apenas 70 años de los cuales solo 50 fueron de verdadera expansión para, finalmente, desaparecer en el momento en que las mismas potencias que los ayudaron a crecer les retiraron su apoyo. Como ya sabemos, su siguiente paso fue la piratería, pero eso ya es otra historia, y en ese caso el enemigo no era solo España, sino todas las potencias coloniales de la época ya que sus barcos podían ser abordados en cualquier parte del mundo, y ningún mercante estaba a salvo de ser víctima de estos perros del mar, como los llamaban los españoles.

En fin, ya sabemos quiénes eran los bucaneros, cómo surgieron y cómo fue su ocaso. En otro artículo ya entraremos en más detalles sobre las andanzas de estos personajes. Debo decir que me ha costado la propia vida dar término a esta historia porque hace unos días me provoqué un desgarrón muscular en el bíceps izquierdo que me ha puesto el brazo como el de Chuarcheneguer en sus mejores tiempos de "Acabator" y aún duele de cojones, así que igual me demoro un poco para continuar esta entrada hasta que termine de recomponerse la parte afectada, que luce un hematoma como nunca en mi vida he visto, juro a Cristo.

Bueno, ya'tá.

Hale, he dicho

Pinaza francesa. Estos pequeños pero ágiles y veloces barcos eran ideales para abordar mercantes desarmados. De hecho, la mayoría de las fechorías perpetradas por esta gentuza fueron llevadas a cabo con naves de este tipo, de la misma forma que los piratas somalíes actuales se apoderan de un mercante de varias decenas de miles de toneladas con una lancha provista de un motor fuera borda y media docena de melaninos armados con AK-47