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lunes, 3 de julio de 2023

BRAFONERAS Y VARAESCUDOS

 

Efigie yacente de un anónimo homicida que lleva desde 1325 mostrándole a la humanidad qué eran las piezas protagonistas de este articulillo. ¿Qué no indico cuáles son? Claro que no. Para saberlo hay que leer un ratito. No sean vagos, carajo...

Que sí, que sí, tengo que actualizar el articulillo sobre la puñetera artillería de galeras, pero juro por mis muelas que tengo la sesera cocida en salsa de neuronas. De verdad, no puedo soportar este clima perverso, sádico, inmisericorde, criminal... ¿Nadie tiene un iglú o una cabañita molona en Laponia por una renta módica? Un día de estos me da una pájara y entrego la cuchara, fijo... En fin, Dios me de paciencia y muerte sin penitencia.

Mientras acaparo energías para proseguir con la cosa artillera y para iniciar el segundo semestre (carajo, la velocidad de la luz es similar a la de una tortuga artrítica comparada con el paso del tiempo) con un articulillo que, aunque breve, posiblemente resulte revelador a más de uno y, por supuesto, a sus miserables cuñados. Como indica el título, hablaremos de las brafoneras y los varaescudos. ¿Qué no les suenan de nada? Bueno, alguna que otra vez los hemos mencionado, aunque de pasada, de modo que vamos a hablar de ellos más a fondo. 

Un miembro dislocado era lo menos malo que a uno
podía producirle un golpe en una articulación. Un fuerte
tirón, un berrido, un par de semanas quietecito y como
nuevo... más o menos

Bien, ante todo pongámonos en contexto. Como ya sabemos, y los que no lo sepan es que no me han leído en su momento, las lorigas ofrecían una buena protección contra armas de filo y punta, así como flechas y virotes; sin embargo, de poco o nada servían a la hora de minimizar o anular los efectos de las armas contundentes. Su flexibilidad era su principal punto flaco, y mientras que detenían un tajo de espada, absorbían casi toda la energía de un mazazo o cualquier otra arma similar o, ya puestos, de un hachazo. El filo del hacha no penetraría la loriga, pero la contundencia del golpe podía causar una fractura ósea o una lesión interna que podría incluso acabar con la vida del combatiente. Un golpe en el pecho podría romper una o más costillas que se clavarían en un pulmón, causando un neumotórax fatal, por no hablar de hemorragias internas que desangraban por dentro al candidato a héroe. Si la violencia del impacto partía la femoral, la aorta descendente o la carótida, en cuestión de segundos el fulano caía redondo al suelo, fulminado por un shock hipovolémico que lo escabechaba sin tener la más mínima oportunidad de salir del brete.

Porque una fractura mal unida podía tener consecuencias bastante
chungas como, según vemos en la foto, acabar con un brazo o
una pierna más corto que el otro

Como también sabemos, los perpuntes surgieron precisamente para intentar minimizar o evitar estas lesiones, pero en modo alguno anulaban por completo la terrible potencia desarrollada por una maza, un martillo o un mangual. Además, el clima no siempre permitía hacer uso de estas prendas que, fabricadas con grueso fustán y rellenas de crin prensada, eran lo más parecido a llevar un forro polar en pleno verano en mi Sebiya natal, y recordemos que las campañas bélicas solían llevarse a cabo en la época estival. En zonas como la Península, Italia o Tierra Santa, usar un perpunte era tener todas las papeletas para, en vez de palmarla por un mazazo, hacer lo propio por un golpe de calor o una deshidratación a lo bestia. Por ello, muchos preferían arriesgarse a tener seguro si volverían vivos, pero no por una muerte heroica, sino cocidos en su propio jugo.

O, peor aún, no tener nada que curar porque un mazazo
o, simplemente, el pisotón de un penco de batalla le
dejaba a uno el pie literalmente planchado

Como vemos, el panorama no era bastante alentador en ese sentido. Y si una fractura más o menos limpia en un húmero o un fémur ya suponía una curación y convalecencia bastante irritantes, si la lesión se producía en el codo o la rodilla se tenían garantizadas dos opciones: una, quedarse con el brazo inservible. Dos, quedarse cojo. Recomponer las cabezas de las osamentas convertidas en comida para peces era misión imposible, y más si no se había producido una herida abierta que facilitase el acceso al interior del cuerpo. Y si a eso sumamos los desgarros en ligamentos y tendones, pues ya podemos imaginar las consecuencias. Así pues, y tras siglos comprobando que solo un objeto rígido como el escudo era capaz de detener un golpe asestado por un arma contundente, llegaron a la conclusión de que lo más sensato era añadir pequeñas porciones de defensas rígidas sobre la loriga para proteger las zonas más sensibles, precisamente empezando por las articulaciones: rodillas, brazos, hombros y codos, protegiéndolos con rodilleras, brafoneras y varaescudos. Estas piezas fueron el germen que, posteriormente, dio paso a la armadura de placas.

La adición de partes rígidas a las lorigas comenzó en el siglo XIV. El mejor testimonio de ello nos lo dan la gran cantidad de efigies funerarias repartidas por toda Europa, donde podemos ver el aspecto de los probos homicidas de la época perfectamente datada gracias a sus epitafios. Así, vemos que en siglo XIII no se encuentran ejemplos de BELLATORES con otra cosa que sus lorigas convencionales, mientras que a partir de los últimos años de dicho siglo y primer cuarto del XIV ya empieza a generalizarse el uso de rodilleras, bien fabricadas de metal o bien de cuero hervido, material este que, aunque no lo parezca, era más resistente de lo que imaginan siempre y cuando no se mojase, momento en el que perdería su rigidez, ergo su eficacia. ¿Por qué fueron las primeras piezas rígidas? Creo que es más que obvio. Las piernas eran más accesibles a los peones que combatían a pie y, aunque los escudos al uso protegían la rodilla izquierda del jinete, la derecha estaba totalmente expuesta. Así pues, cualquier fulano podía aproximarse con aviesas intenciones, y mientras el caballero intentaba escabechar enemigos a pleno rendimiento, podría endilgarle un golpe en la rodilla y dejarlo listo en un periquete. Bastaba un buen garrote de encina para ello, pero si el golpe lo propinaba con una maza los efectos sería devastadores. Por eso, en la efigie funeraria de sir Robert de Bures (c.1275-1331) podemos observar que este tipo ya se curó en salud, y muestra dos rodilleras que, en vista del complejo repujado que lucen, debían ser de cuero hervido. Sí, podrían fracturarle la tibia, pero nadie pretendía librar una batalla con un 100% de probabilidades de volver ileso, y una fractura de un hueso largo siempre podía arreglarse con un entablillado y varios alaridos mientras el físico colocaba las dos partes del hueso roto en su sitio. 

Cabe suponer que no tuvo que pasar mucho tiempo hasta que decidieron aumentar las protecciones rígidas, empezando por los codos. Estas piezas, de forma discoidal, recibieron el nombre de varaescudos o varascudos. No se conoce su etimología, si bien su mismo nombre ya es un indicio de su cometido. Es posible que su denominación inicial fuese otra ya que Leguina los identifica como un parte del almete, un yelmo que surgió a finales del siglo XV pero, de ser así, su nombre anterior no ha llegado a nosotros. De hecho, en el Tesoro de la Lengua Castellana de Covarrubias, publicado en 1611, no aparece.

Sea como fuere, lo cierto es tenemos constancia de la existencia de estos discos metálicos a principios del siglo XIV. A la izquierda tenemos un ejemplo en la efigie sepulcral de Jean de Nuisement, datada en 1310. Vemos que viste una camisa de malla de manga corta sobre otra interior, y en los codos se aprecian los dos varaescudos que, inicialmente, se sujetaban con unos cordones de cuero a las mangas. Los que vemos en la ilustración parecen bastante birriosos, y cabe suponer que el artista no debía estar muy puesto en temas castrenses; no obstante, nos muestra de forma bastante clara de su aspecto, sujeción y morfología. Estos varaescudos fueron propagándose por toda Europa durante la primera mitad del siglo XIII. 

Esta moda de vestir dos camisas de malla con los varaescudos anudados en el codo debió ser bastante popular, porque podemos verlas en bastantes testimonios de la época. A la derecha tenemos la efigie de Pierre de Marcis, que palmó en 1333, y su aspecto es el mismo que el de su compadre del párrafo anterior. En este caso, los varaescudos si aparecen con un tamaño más realista, y podemos ver mucho mejor definidos los cordones que los sujetaban a las mangas. 

Con todo, y teniendo en cuenta que las mangas cortas de la camisa superior debían moverse bastante cuando empezaba la fiesta, cabe suponer que, en realidad, los cordones estaban fijados en las mangas interiores, se pasarían por las anillas a las exteriores y, finalmente, se anudarían los varaescudos. De esa forma se evitaría que estuvieran bailoteando y, obviamente, dejando los codos expuestos. Así pues, durante los primeros 30 años del siglo XIV la combinación de defensas rígidas más extendida se limitó a rodilleras y varaescudos que, supongo, evitaron que más de uno tuviera que darse de baja definitiva por verse cojitranco o con el brazo colgando, totalmente inútil para algo más que rascarse el ombligo.

Por aquellos años y como complemento de los varaescudos surgieron las branfoneras, brahoneras o brahones, unas defensas que, según Covarrubias, "son ciertas roscas o dobles pegados, que caen encima de los hombros, sobre el nacimiento de los braços, que se suelen poner en las mangas de los sayos y las ropas; y assi, a brachio, se dixeron brachiones, y corruptamente brahones, y con F brafones". Según esta definición, Covarrubias parece hacer referencia más bien a las aletas que se colocaban algunos de estos probos homicidas en los hombros para protegerlos de tajos de espada, o bien para evitar que los golpes dirigidos a la cabeza y desviados por el yelmo acabaran medio cercenando el brazo por el hombro. A la izquierda tenemos un homicida anónimo que lleva desde 1320 esperando la resurrección en una iglesia de Sufflok y que nos muestra precisamente las aletas que, en este caso, las lleva plegadas hacia la espalda. Sin embargo, podemos ver los varaescudos que protegen codos y axilas, así como las brafoneras que cubren las caras externas de los brazos y las internas de los antebrazos. Así mismo, podemos ver que incluso tiene unas pequeñas coderas para mejorar la defensa pasiva de sus preciados brazos.

Por añadir un ejemplo más, veamos la efigie de sir Thomas Buldanus, un bristish (Dios maldiga a Nelson) que se aburre como un galápago en su mausoleo napolitano. Por cierto que no sé qué leches pintaba allí siendo inglés. Bien, el deceso de este fulano data de 1335 y, como vemos, es contemporáneo a los ejemplos mostrados anteriormente. Muestra una camisa de malla sobre un perpunte no tan grueso como era habitual, y sus brazos están protegidos por unas brafoneras de cuero sobre las que lleva dos varaescudos repujados- quizás de cuero, quizás de metal- y otros dos discoidales convencionales en los codos. Las piernas, fuera del encuadre, estaban protegidas por sendas grebas de cuero hervido con una decoración similar a las brafoneras. Básicamente, así pasaron el siglo XIV, añadiendo cada vez más piezas rígidas que protegieran los sufridos cuerpos y extremidades de los BELLATORES de aquella época. Cuando apareció la armadura completa en el siglo XV, las branfoneras dieron paso a los brazales, cangrejos y codales que, sumados a los guanteletes, hacían bastante complicado vulnerar los brazos del personal aún aporreándolos con saña bíblica con una maza de aletas de las gordas.

Sin embargo, los varaescudos se mantuvieron operativos. De hecho, casi se puede decir que siguieron formando parte de las armaduras hasta casi su desaparición, y podemos verlos en mogollón de arneses renacentistas, sobre todo los de diseño tedesco. Y, como comentábamos anteriormente, es en esta época cuando el término varaescudo aparece recogido por Legina cuando dice que era "una pequeña arandela que protegía la sobrenuca del almete", uséase, lo que vemos en la foto de la izquierda. Pero, en realidad, el varaescudo no estaba ahí para defender el cogote, sino las correas de la bufa que se añadía como protección extra y que vemos en la foto de la derecha. En este caso, el varaescudo impedía que un tajo enemigo cortase las cinchas y mandase a paseo la bufa que, además de aumentar la protección frontal del rostro, hacía lo propio con el cuello. Y aquí es donde el término varaescudo adquiere sentido: un escudo sustentado por una pequeña vara. De ahí mi suposición de que, anteriormente, debió tener un nombre distinto.

Del mismo modo, perduró en las armaduras góticas que, contrariamente al diseño italiano, protegían los brazos con un cangrejo que dejaba descubierta la unión del cuerpo con el brazo. Las italianas optaban por una generosa hombrera con unas amplias extensiones que cubrían parte del peto y el espaldar. Cabe suponer que los arneses tedescos daban más libertad de movimiento a costa de perder protección, lo cual compensaban con los varaescudos que vemos en la foto de la derecha. Al igual que sus antepasados, se unían al jaco que se vestía bajo el arnés con cordones de cuero, de forma que quedaban colgando con cierta movilidad, y no fijados del todo. La idea, obviamente, era no limitar los movimientos de los brazos y, además, proteger la axila cuando se levantaba el derecho para golpear. Un diseño aparte, pero con la misma función, eran las tarjetas, unos varaescudos inspirados en las tarjas empleadas en las justas y que, en vez de discoidales, eran rectangulares. No tuvieron tanta popularidad, pero en la ilustración inferior podemos ver un ejemplo bastante elocuente, perteneciente al arnés de un occiso de mediados del siglo XV. La sustitución de estos arneses por las armaduras de fajas espesas tras la desaparición de la caballería pesada puso término a la vida operativa de los varaescudos.

En fin, con esto terminamos. Lo cierto es que se trata de una pieza que, aunque no falta en los museos, por lo general la gente suele desconocer su utilidad. Hace ya muchos años, visitando con mis retoños la Armería del Palacio de Oriente, uno de los guías me oyó explicarles a los nenes los pormenores de tanto envase para primates y, un poco azorado, me preguntó precisamente por el varaescudo que conservaba uno de los muchos almetes que se ven en tan magnífica colección. Añadió que ninguno de sus colegas tenía ni idea de para qué leches servían aquellos discos cogoteros, y cuando le expliqué lo mismo que acaban de leer, no es que se le saltasen las lágrimas de felicidad, pero lo cierto es que se puso muy contentito el hombre. Por lo visto, llevaban un siglo con la intriga, y nadie, ni el director de la Armería (manda cojones), sabía un carajo del tema.

Bueno, s'acabó lo que se daba.

Hale, he dicho

Efigie funeraria de Guillermo II de Bearne, muerto en 1229 en un intento de la corona de Aragón por arrebatar Mallorca a los malditos agarenos adoradores del falso profeta Mahoma. Podemos apreciar perfectamente los varaescudos que lleva unidos a su loriga, protegiéndole los codos y los hombros. Por la fecha de su deceso, intuyo que el mausoleo se talló bastantes años después del mismo ya que no hay constancia de que esas piezas estuvieran operativas en una época tan temprana. Aunque igual las inventó el fulano este, quién sabe...






jueves, 11 de mayo de 2023

¿ERA EL MORRIÓN UN YELMO EFICAZ?

 


Hace varios eones que no dedicamos un articulillo a los yelmos, esos accesorios tan prácticos que impedían que al personal les reventasen los cráneos y desparramasen sus masas encefálicas por el suelo, costumbre muy antihigiénica porque, si se volvían a colocar los sesos en su sitio, además de caerse al suelo de nuevo, estaban llenos de porquería y caca de caballo. Así pues, hoy hablaremos del los morriones, una tipología archiconocida e íntimamente relacionada con las tropas españolas aunque se empleó también en Europa Occidental. En su día, cuando el blog apenas había iniciado su andadura, ya hablamos de ellos pero sin entrar en algo crucial: ¿era unos yelmos verdaderamente eficaces? ¿Proporcionaban una protección adecuada? Hoy procederemos a analizar el tema. Así podrán cachondearse de sus cuñados, que tomaron buena nota de las chorradas del calvito aquel de los documentales del Canal "Historia"...

Cualquiera que vea esta foto la asociará de inmediato con los
Tercios españoles

Sin lugar a dudas, el morrión es el tipo de yelmo que se identifica por sistema con las huestes españolas durante el Renacimiento, protegiendo tanto las nobles testas de los infantes de los Tercios como las de los conquistadores que nos dieron un imperio como jamás viose. Hoy día sigue siendo el yelmo de ordenanza de los guardias suizos del papa, pero esos los usan porque quedan muy chulos junto a sus uniformes de época. El morrión apareció a finales del siglo XV, si bien su expansión tuvo lugar a lo largo del siglo siguiente para, finalmente, caer en la obsolescencia en el siglo XVII. Según Covarrubias, en su "Tesoro de la Lengua Castellana", un morrión era "un capacete o celada que, por cargar y hacer peso en la cabeza se le dio este nombre de moria, μωρια, que es apesamiento en la cabeza". Desconozco si la traducción del griego de Covarrubias es correcta, pero daremos por sentado que un personaje tan docto conocía perfectamente esa lengua.

Capacete
Leguina, en su "Glosario de Voces de Armería", tiene otra opinión, ya que sugiere que el palabro proviene del español "morro" por su aspecto redondeado. Por último, tenemos la etimología que nos da la RAE, en este caso de morro como sinónimo de la parte superior de la cabeza. S
ea cual fuere el origen del palabro, lo cierto es que fue una evolución del capacete, un yelmo con la misma apariencia de un sombrero de la época, uséase, una copa de forma cónica y una estrecha ala. La copa, por lo general, estaba rematada por una uña orientada hacia la parte trasera, y los destinados a los mandos estaban provistos de un portaplumas para poder ser identificados en la vorágine de la batalla. De su sistema de fabricación y demás detalles ya hablamos en su día, pero el que lo haya olvidado o no lo haya leído, pues un pinchazo aquí mismo y verán la luz.


Pero el morrión, aunque gozaba de las preferencias del personal, no era el único modelo en servicio. Aparte de los yelmos como almetes, celadas y los distintos tipos de borgoñotas cerradas propios de los arneses de placas, los antiguos capacetes y las borgoñotas abiertas también gozaban de las preferencias de muchos hombres, especialmente las segundas ya que proporcionaban una buena protección. Observemos el ejemplar de la derecha, una de las tipologías más habituales. Este yelmo disponía de una amplia visera que cumplía tres cometidos, a saber: proteger los ojos del sol, lo que venía muy bien cuando el enemigo lo tenía a la espalda; proteger de la lluvia, que no era tema baladí para un fulano que está en plena batalla verse cegado por un chaparrón en plena jeta; y, lo más importante: protegía ojos y frente de tajos de espada o de golpes propinados con armas contundentes, sobre todo las mazas. Reparemos además en tres detalles: las flechas señalan los bordes de la visera y las yugulares, engrosados mediante plegado para hacerlos más resistentes, y el círculo negro indica la existencia de pequeños orificios para no dejar al combatiente cuasi sordo (ojo, no todas llevaban estos agujeros). Resta solo añadir el crestón, pieza habitual en la práctica totalidad de los yelmos de época para reforzar la calva. Resumiendo, la borgoñota protegía la cabeza, los laterales de la misma junto al cuello y la nuca, dejando solo descubierta la cara.

Para solventar esta carencia, a la borgoñota se le podía añadir una gorguera como la que vemos en la foto. Como vemos, no era más que una especie de máscara con una pequeña gola que protegía la parte delantera del cuello. Se fijaba al conjunto con una simple correa abrochada en la nuca que, como en los almetes, podía protegerse con un pequeño varaescudo. Había modelos más sofisticados que incluían aldabillas para asegurarlas con más solidez. Al cabo, un mazazo en la gorguera podía arrancarla de cuajo para, a continuación, estampar el arma en el careto del fulano que, tras el lance, quedaba bastante perjudicado. Con todo, estas borgoñotas con gorguera eran más propias de jinetes, que posiblemente se las desabrochaban si por algún motivo tenían que echar pie a tierra. Al combatir como un infante tenía que tener el mayor campo visual posible ya que los golpes llovían por todas partes, y había que andarse con siete ojos o, a ser posible con otros siete más, por si acaso. En cuanto al crestón antes citado, se conservan modelos provistos de dos más, ambos más pequeños y colocados a los lados del principal. En la foto inferior pueden ver un par de ejemplares provistos de estos accesorios, que también pueden verse en algunos morriones:


Bien, en teoría, la borgoñota ofrecía una protección francamente eficaz para un combatiente a pie. A la derecha tenemos a un probo ciudadano recreacionista con su borgoñota y jeta de héroe inmortal y desafiante. Pero, como ya hemos comentado, el aspirante a héroe tiene las orejas tapadas, por lo que le resultará complicado oír las órdenes de sus jefes, y las pequeñas alas de las yugulares que desviaría un tajo de espada le limitan los movimientos de la cabeza. Finalmente, su jeta está totalmente desprotegida ante la principal enemiga de los infantes de la época: la pica. Cuando dos cuadros de infantería llegaban al contacto, se iniciaba un terrorífico maremagno de puntazos y cuchilladas que, como es lógico, iban dirigidos a la parte más vulnerable del enemigo: cara y cuello. De apuñalar sañudamente las ingles y desjarretar tendones ya se encargaban los más ágiles de cada unidad, que se deslizaban por debajo del bosque de picas en busca de los enemigos que, en aquel momento, estaban más entretenidos esquivando las cuchilladas del adversario que de protegerse las partes nobles. Y al par de inconvenientes ya presentados tenemos que añadir uno más: las borgoñotas eran caras. Su construcción requería fabricar varias piezas que debían encajar perfectamente unas con otra: el casco propiamente dicho, obtenido por lo general de una sola pieza, el crestón, la visera, que junto al crestón eran soldadas por caldeo o remachadas al casco, y las yugulares con sus correspondientes juegos de bisagras. Esto se traducía en un yelmo que obviamente no todos los infantes podían permitirse, y aún queda una última pega: un infante con una borgoñota lo tenía chungo para apuntar con un arcabuz porque la yugular le impedía apoyar la cara en la culata del arma. Como vemos, no todo eran ventajas.

Bien, habiendo usado la borgoñota para establecer comparaciones, pasemos al morrión, un chisme con una morfología bastante peculiar que, las cosas como son, lo hace bastante inusual. Tenemos un diseño con una forma por lo general ojival para desviar los golpes de las armas enemigas. Sobre el mismo solía llevar un crestón de refuerzo (o incluso tres, como explicamos antes), si bien este accesorio no siempre se usaba porque la misma forma de la calva ya resultaba lo bastante eficaz y así no se le aumentaba de peso. Finalmente, tenemos la parte más peculiar que lo hizo fácilmente distinguible: el ala o, usando la terminología de la época, la faldilla de montera. Aunque no lo parezca, cumple las mismas funciones que las yugulares de las borgoñotas ya que la parte más baja protegía el cuello. Su gran anchura lo mantenía a salvo de un tajo de espada o un mazazo. Su visera, igualmente ancha, actuaba de la misma forma que su competidora, y dejaba solo al aire la nuca. Y su forma curvilínea mejoraba el ángulo de visión hacia arriba sin por ello perder eficacia. Con un morrión, un infante apenas tendría que levantar la cabeza para ver a un jinete. Con una borgoñota lo tenía más difícil porque la visera quedaba situada justo encima de los ojos, y el cubrenucas le limitaba el movimiento en vertical a la cabeza.

Alguno pensará que, comparado con una borgoñota, ésta proporcionaba un nivel de protección muy superior, pero si lo analizamos despacio veremos que no había tanta diferencia, y que, por otro lado, el morrión incluso la superaba, y encima por un precio más asequible al tener menos piezas y, por ende, requerir menos mano de obra. Veamos el ejemplar de la derecha. Aunque lo habitual era sujetarlo con un simple barbuquejo de cuero abrochado bajo el mentón, las yugulares podían sustituirse fácilmente uniendo unas placas de acero a modo de cola de langosta, protegiendo así los lados de la cara de los golpes enemigos pero, al contrario que con las yugulares, sin limitar el movimiento de la cabeza ni la capacidad auditiva, de vital importancia para la infantería que debía estar atenta constantemente a las órdenes de sus mandos. Por otro lado, su morfología y la amplia faldilla desviaba fácilmente los tajos propinados de arriba abajo (véanse las flechas rojas), tanto de un combatiente a pie como del más peligroso para un infante: un jinete. Un reitre que, espada en mano, intentase finiquitar a un piquero, lo tenía bastante complicado: ni siquiera veía la cabeza y la cara de su enemigo, ambas protegidas por el casco y la faldilla. Si quería asestar un tajo en el cuello, la misma lo impedía, y si apuntaba al hombro, una gola detendría el filo de su espada. Y si optaba por una estocada, el coselete que protegía el tronco del infante no dejaría que la punta lo traspase de lado a lado. 

Resumiendo, nos encontramos con que, al igual que la borgoñota, la única zona vulnerable es la cara, y esta siempre y cuando sea atacada por otro infante, porque ya vemos que un jinete lo tenía complicado. ¿Y la nuca? Se olvida vuecé de la nuca... No, no me olvido. Pero piensen que en un cuadro de picas, ¿de dónde provienen los tajos, cuchilladas y disparos? Del frente, nunca por detrás. Por lo tanto, un infante con su morrión mantiene la cabeza a salvo de cualquier ataque. Ojo, cuando decimos "a salvo" no hablamos de un 100% de protección, porque eso no existe ni aún hoy día. Al decir "a salvo" nos referimos a un nivel de protección bastante elevado, y más si vemos el morrión en conjunto, sin reparar en que su peculiar diseño daba mucho más de sí de lo que se suele pensar. Observen los probos recreacionistas de la izquierda. Salvo brazos y piernas, la única forma de ofenderlos sería asestándoles una cuchillada en plena jeta con una espada o una pica. Nadie era totalmente invulnerable, ni siquiera los caballeros armados con arneses que costaban un pastizal e incluso estaban fabricados a prueba, capaces de resistir un disparo de arcabuz. Pero nadie lo libraría de ver como un simple peón lo escabechaba metiéndole un puntazo en un ojo a través del visor, por lo que su onerosa armadura no lo habría librado de pasar del Más Acá al Más Allá tras haber sido desmontado o su montura muerta en batalla.

Ilustración de Ángel
García Pinto
Pero, como ya adelantamos al inicio del articulillo, el morrión permitía a los ballesteros y arcabuceros combatir con la cabeza protegida sin verse limitados por las yugulares de una borgoñota, para no hablar de otros tipos de yelmos cerrados.  Usando solo un barbuquejo convencional, podría apoyar la culata del arma en la mejilla como hoy día hace cualquier combatiente con su fusil de asalto y su casco puesto. Este detalle también favoreció la popularidad del morrión, quedando la borgoñota limitada a los mandos de los tercios y, en un momento dado, a los rodeleros que se infiltraban entre las filas de piqueros enemigos para acuchillarlos bonitamente. 

Concluyendo: el morrión proporcionaba una muy buena protección en cabeza, cuello y, en el caso de enfrentarse con jinetes, la cara. Y no por llevarla cubierta, sino porque esta quedaba fuera del ángulo de visión de un fulano que iba aupado en un penco de buena alzada. Además, no limitaba la capacidad auditiva del soldado y no restaba capacidad de movimiento, teniendo libertad para girar la cabeza en cualquier dirección. Como complemento, disponían de la gola para defender el cuello y los hombros, y en los casos de morriones de postín forjados para personajes de fuste, pues los fabricaban a prueba por si algún malvado arcabucero pretendía volarles la sesera. La gola, que pueden ver en la foto del párrafo siguiente, era un pequeño peto que cubría las partes superiores del pecho y la espalda. En algunos casos estaban formadas por una sola pieza, y en otros por launas superpuestas. Era el sustituto de los antiguos almófares de malla, y proporcionaban una espléndida protección, especialmente en el cuello, contra las armas de filo. Se podía usar como complemento del coselete o, si el presupuesto no daba para más, pues para al menos proteger el cuello, los hombros y el músculo cardíaco. 

Gola
A modo de colofón, y aparte del somero análisis realizado para que puedan apabullar a sus cuñados, hay un argumento definitivo: si los ejércitos de la nación que dominó el mundo se pasearon por los cinco continentes con ese trasto en la cabeza es porque su rendimiento era óptimo. De lo contrario, es seguro que habrían adoptado cualquier otro modelo. Pero, sin embargo, el morrión permaneció en servicio unos 150 años, y fue eliminado cuando la masificación de las armas de fuego en los campos de batalla hicieron inservibles las protecciones metálicas que durante siglos habían salvado los pellejos de los probos homicidas de la época. Se generalizó el uso de los chambergos (con o sin secretos), y hasta los coseletes fueron arrumbados porque ya no podían detener una bala de mosquete. Las nuevas armas cambiaron para siempre los campos de batalla, pero mientras estuvieron activos, la silueta de los morriones españoles hacía temblar a los enemigos del Imperio, que sabían que sus portadores eran especialmente diestros a la hora de sembrar muerte y destrucción + IVA.

En fin, ya'tá

Hale he dicho

Observen lo morriones de esos piqueros, y pregúntense cómo leches un jinete podía herirlos en la cabeza a golpes de espada

viernes, 3 de julio de 2020

Misterios misteriosos: CASCOS DE LA INFANTERÍA AUXILIAR DE ROMA


AVXILIARIS de finales del siglo I d.C. Como salta a la vista,
su panoplia es muy básica y de inferior calidad a la de los
legionarios. (Ilustración de J. Shumate)
Como ya vimos en el artículo dedicado a la LORICA SEGMENTATA, a pesar de la enorme cantidad de estudios y libros dedicados al armamento de la legiones romanas hay aún bastantes lagunas en las que, en realidad, nos movemos más por conjeturas que por pruebas empíricas. No deja de ser curioso que, precisamente la coraza más emblemática de estos probos imperialistas y que precisamente es la que casi todo el mundo identifica sin dudarlo sea precisamente la que más secretos guarda y que las reconstrucciones que se han hecho de sus variantes estén basadas en los cuestionables relieves de la Columna de Trajano y, posteriormente, en los  mínimos restos mohosos del cofre de Corbridge.

Bien, pues con los tipos de cascos usados por la infantería auxiliar romana estamos ante un caso similar. No se sabe con certeza cuáles son los que se deberían considerar como tales, ni si hubo más variantes y, por no saber, no se sabe en realidad si los AUXILIARE llegaron a usar un tipo de casco específico para ellos. De hecho, el que forjó la teoría acerca de la existencia de estos cubrecabezas fue Henry Russell Robinson, el Guardián de la Armería de la Torre de Londres que, como recordaremos, realizó las primeras recreaciones de la LORICA SEGMENTATA según los datos aportados por Peter Connolly y es a quien debemos la clasificación de las tipologías de yelmos usados por las legiones romanas que, al día de hoy, es la referencia universal para diferenciar las distintas variantes de cascos desde la República a la extinción del imperio como Ewart Oakeshott hizo lo propio con las espadas medievales o Petersen y Geibig de las empuñaduras y hojas respectivamente de las espadas vikingas.

La cuestión es que, ciertamente, sí sabemos que la caballería auxiliar hacía uso de determinados tipos de cascos. De hecho, desde finales de la República la caballería romana se nutría, como ya sabemos, de hombres procedentes de pueblos aliados o tributarios de Roma porque a nuestros queridos imperialistas parece que no les motivaba mucho la equitación y preferían combatir a pie. En todo caso, tenemos constancia del equipo usado por estos probos mercenarios que, muy romanizados, dejaban testimonio de su existencia en forma de estelas funerarias donde aparecen cabalgando en sus pencos sobre sus enemigos derrotados, y en dichos relieves se aprecia sin problemas todo lo referente a su panoplia. En la foto de la derecha tenemos dos ejemplos para ilustrarnos sobre ello. En primer lugar tenemos la estela de Insus, un germano que sirvió en la segunda mitad del siglo II d.C. en el ALA AVGVSTA y fue dado de baja de forma definitiva por deceso en Lancaster. Como vemos, nos legó su figura ecuestre en plena acción, mostrando en su mano derecha tanto la SPATHA como la cabeza del malvado britano que acaba de decapitar y cuyo cadáver vemos bajo el caballo. El otro personaje es Longinus Sdapeze, un tracio del ALA PRIMA TRACVM que, como su colega, palmó en el 43 d.C. en la brumosa Albión, concretamente en Corchester. La pose es similar: cabalga sobre su brioso penco que pasa por encima del cadáver de un bárbaro encogido y vilmente derrotado. Una observación que, por si alguno no se ha percatado, no debe olvidar porque es un tema que saldrá a colación más adelante: los AVXILIARE latinizaban sus nombres, y solo cuando se jubilaban y obtenían la ciudadanía podían añadir un NOMEN y un COGNOMEN como Júpiter manda. Mientras tanto, se conformaban con adoptar un PRÆNOMEN a secas añadiendo, si acaso, "hijo de..." para que nadie cuestionara ni su legitimidad ni la decencia de mamá ni la honorabilidad de papá.

Bien, como vemos, los eximios jinetes al servicio de la augusta Roma se preocuparon de legarnos su apariencia en combate para que los frikis de 20 siglos más tarde tengamos de qué hablar. Sin embargo, las tropas de a pie no solían dejar su retrato para la posteridad armados de punta en blanco. Ni romanos ni auxiliares suelen aparecer con su armadura completa, sino con la túnica, el CINGVLVM MILITARE de donde penden la espada, el puñal y las PTERYGES y, a lo sumo, el PILVM y/o el SCVTVM. Pero, por el motivo que fuese, es raro que aparezcan con la coraza, y más aún con el casco puesto. Sí se conocen estelas donde aparecen estas piezas sueltas como una forma de identificar el rango del difunto pero, como decimos, no es habitual verlos completamente armados. En la foto tenemos un par de ejemplos de la pose más habitual.  El de la izquierda es Publius Flavoleius Cordus, de la LEGIO XIV GEMINA y que entregó la cuchara a mediados del siglo I d.C. con apenas 43 años en Maguncia, en la inquietante frontera del Rin. Su colega de la derecha es Annaius Daverzus, otro tracio que sirvió en la COHORS III DELMATARVM. Annaius no solo delata su condición de AUXILIARIS por su nombre y unidad, sino porque aparece con dos LANCEÆ, las jabalinas propias de estas tropas que no usaban los PILA reglamentarios de la legión. Como vemos, ambos visten la túnica militar, sus armas penden del CINGVLVM y, en el caso de Plubius, además se colgó su escudo ovalado a la espalda. Pero de cascos, ni rastro.

¿De dónde proviene entonces la presunción de que los AVXILIARE usaban un casco distinto? Pues de los relieves monumentales que hay repartidos por el otrora extenso imperio. No obstante, en bastantes casos hay que tomarlos con ciertas prevenciones porque, como se pudo comprobar en el caso de la LORICA SEGMENTATA de la Columna de Trajano, los escultores tenían cierta tendencia a idealizar o estilizar o, simplemente, modificar sin más la panoplia del personal. No sabemos por qué, pero lo hacían. Por ejemplo, en la foto de la derecha tenemos a un AVXILIARIS sujetando con los dientes la cabeza de un dacio. Su casco no pertenece a ninguna tipología conocida. La parte superior, echándole imaginación porque está bastante perjudicada, podría ser de un coolus con su visera frontal. Sin embargo, el cubrenucas y la carrillera pertenecen a un casco ático similar a los usados por los pretorianos. Más aún, podría tratarse incluso de un casco galo debidamente estilizado.

Es pues evidente que el que lo esculpió hizo lo que le dio la gana, sin querer o a posta, si bien el mismo Robinson señala que eso de las carrilleras, BVCCVLÆ en latín, excesivamente estilizadas eran una pauta en este caso para, según él, mostrar mejor los rostros de los combatientes, ya que con las normales apenas dejarían ver la nariz, los ojos y parte de la boca si se les mira de frente, y casi nada si es de perfil. Por cierto que también aparecen con cierta frecuencia en la Columna cascos similares rematados por una argolla en la parte superior. Sin embargo, aún no ha aparecido un solo ejemplar con este accesorio, por lo que se trataría de otra posible licencia artística. De hecho, de las cuatro tipologías que creó, solo en una de ellas coincide lo mostrado en la Columna con un ejemplar original que veremos más adelante pero, del resto, los que se dedicaron a esculpir las glorias de Roma parece que tenían especial predilección por el tipo ático, que era el habitual en la guardia pretoriana. En la foto de la izquierda tenemos el archifamoso relieve marmóreo que se conserva en el Louvre y que muestra a varios de estos controvertidos guardias con sus yelmos áticos que, como podemos apreciar, muestran gran profusión de grabados y relieves a los que estos imperialistas eran especialmente aficionados como hemos visto en los artículos dedicados a cualquier pieza de la panoplia romana. No había espada, puñal, casco, armadura o hasta la medallita de San Mithra del Sacrificio Perpetuo o Santa Venus de la Teta Hermosa que no le metieran adornos a mansalva. Era una especie de HORROR VACVI barroco a la romana, supongo...

Esta es la imagen más recurrente de los AVXILIARE de la Columna de
Trajano. Si es una licencia artística o no, de momento no lo sabemos
A estas alturas de la película, más de uno se preguntará que, ante lo expuesto, en qué se basó Robinson para establecer esa serie de teorías que, en apariencia, son más evanescentes que el sentido de la ética de un político. Bien, pues esas teorías las expuso en un trabajo editado en 1975 en base a la observación de, como hemos dicho, los distintos relieves que se conservan a partir de finales de la República y, sobre todo, desde el comienzo del Principado, cuando los AVXILIARE dejaron de hacer uso de la panoplia propia de sus respectivas naciones y adoptaron la uniformidad del ejército romano. Pero estas representaciones gráficas siempre cuestionables a mi entender, eran las menos relevantes ante una prueba que sí era tangible: las marcas grabadas en los cascos por sus propietarios y que se pueden ver en los ejemplares que se conservan. Obviamente, un casco donde aparece el NOMEN y el COGNOMEN del dueño y, a veces, el número de la legión donde servía y el nombre de su centurión, no podía ser un AVXILIARIS, mientras que si el solo se ve un nombre claramente latinizado estaríamos ante el segundo caso.  Del mismo modo, era al parecer frecuente que no grababan nada porque, simplemente, eran analfabetos o no sabían escribir en latín, lo que no sucedía en el ejército regular porque para alistarse era obligatorio saber leer y escribir. También se tiene en cuenta el hecho de que en los ejemplares donde no se aprecia ningún tipo de inscripción estuviera en la guarnición pero, a mi entender, sería difícil escribir un nombre en una superficie de cuero o fieltro cuando, además, lo más habitual era hacerlo en la parte inferior del cubrenucas y grabado para que no se pueda borrar. 

En cualquier caso, la cuestión es que los cascos donde aparecen nombres romanos son por norma los de mejor calidad, mientras que los ejemplares sin grabar o con nombres latinizados son siempre los cutres. En resumen, aquí no hablamos de relieves o posibilidades, sino de que los cascos buenos eran propiedad de romanos, y los malos de los auxiliares. ¿Qué entendemos por un casco bueno o uno malo? Más que de la calidad del material en sí- los de los AVXILIARE eran por norma de bronce, material que también usaba el ejército regular- hablamos de los acabados. Eran ejemplares sin los adornos y repujados que tanto gustaban a los romanos, y las carrilleras, que por lo general también repujaban con motivos de tipo religioso, eran lisas y ni siquiera se molestaban en rebordear. Y, finalmente, los acabados en sí, más bastos en el caso que nos ocupa, y con evidentes muestras de ser producto de una fabricación en serie que luego detallaremos. Así pues y en base a esta teoría, Robinson estableció cuatro tipos distintos. Veámoslos...

TIPO A

Esta tipología está basada en un ejemplar hallado en Flüren (Alemania) y que se conserva en el Rheinisches Fandesmuseum en Bonn, donde aparecieron los restos de un CASTRVM. Como podemos ver, su morfología es similar a la de un coolus, aunque al original le faltan tanto las carrilleras como la visera frontal. Como vemos en esta réplica, es de una simpleza absoluta, sin el más mínimo atisbo de ornamentación. En sí es un casco sólido y que cumple su cometido, pero sin adornos. Las carrilleras están un poco curvadas para adaptarlas mejor a la cara de su usuario, y en el ala trasera tiene en la parte inferior una pequeña anilla para el barbuquejo que, junto al de las carrilleras, permitían ajustar el casco a la cabeza sin que un golpe o un tirón hacia adelante pudiera cegar al dueño. En las carrilleras podemos ver el sistema de bisagras usado en este caso, con un pasador de bronce doblado por los extremos para fijar ambas piezas. En la ilustración vemos un AVXILIARIS de mediados del siglo I d.C., fecha en la que está datado el casco. Está armado con una LANCEA, un escudo oval y se cubre con una simple camilla corta de malla que pesaría alrededor de 7 kilos. El casco rondaría los 1.300-1500 gramos. 

TIPO B

El original procede de un hallazgo en Maguncia, y está datado en la segunda mitad del siglo I d.C., concretamente hacia el año 83, durante la campaña de Domiciano contra los catos. Como salta a la vista, su morfología corresponde al tipo gálico, una variante mucho más perfeccionada que el coolus y también dotada en sus distintos modelos de una decoración mucho más elaborada. Sin embargo, y siguiendo la norma que planteaba Robinson, en este caso estamos ante una pieza muy básica que, simplemente, cumple con los requisitos de su tipología pero sin florituras. En este caso, el ala trasera es mucho más ancha, protegiendo los hombros además del cuello. La visera se ha colocado en una posición más elevada para ofrecer menos superficie donde hendir con una espada y, la diferencia principal respecto a la tipología anterior, ya tiene las aberturas para las orejas que, contrariamente al caso del coolus, facilitaba oír mejor las órdenes y los toques de bocina en el fragor del combate. Para impedir que un tajo de una espada enemiga resbalase hacia abajo y se llevase por delante un cacho de oreja o incluso la oreja entera, se le añadió la típica aleta protectora unida al casco con tres remaches. Por lo demás, el sistema de fijación del barbuquejo era exactamente igual que en el tipo A.

TIPO C

En este caso se basa de una pieza muy modificada que se encuentra en el Museo Arqueológico de Florencia y que, a todas luces, sufrió diversos cambios que le hicieron perder su aspecto original. En todo caso, es muy similar a los cascos usados por la caballería auxiliar por ese refuerzo cruciforme en la calota del yelmo si bien en este caso todas las nervaduras tienen la misma longitud, mientras que los de caballería tienen la trasera mucho más larga. El ala trasera, más corta y con más caída como el tipo imperial-gálico, tiene en la parte superior una nervadura de refuerzo típica en los gálicos si bien estos suelen tener dos o tres, y no una como en este caso. Por lo demás, volvemos a la tónica de siempre: una pieza muy básica, con un acabado burdo pero no por ello falta de solidez. La ilustración que acompaña como ejemplo muestra a un AVXILIARIS  de tiempos de Trajano que, al estar pringando en la Dacia o en la frontera con Germania, se protege del frío con unos BRACÆ y calzando unos PERONES, un tipo de bota de media caña destinada, como los calzones, a impedir que se lo encontraran tieso como una estaca al ser relevado de una guardia. Por cierto que de esta tipología se pueden ver algunos ejemplos muy estilizados en la Columna de Trajano.

TIPO D

Este es el más peculiar de todos tanto en cuando es el menos romano de los cascos para tropas auxiliares. De hecho, su forma cónica indica un claro origen oriental, posiblemente sármata, pero lo más importante es que es el tipo cuya existencia real ha quedado corroborada con más solidez ya que aparece de forma profusa en varios relieves, en especial en la Columna de Trajano. Básicamente, se trata de un yelmo fabricado de una pieza o con varios gajos remachados a una estructura principal a modo de primitivo Spangenhelm. Quizás la aportación romana consistiera en la adición de carrilleras y cubrenucas, que según donde la representen muestra un aspecto distinto. En algunos relieves aparece como una pieza sólida, similar a los cubrenucas de los yelmos áticos, mientras que en otros la excesiva curva que describen da la impresión de que se trata de una pieza flexible formada por pequeñas escamas cosidas sobre una base de cuero. En la lámina de la derecha vemos una recreación actual junto a un SAGITTARIVS sármata. Esta tipología solo aparece en los arqueros, que obviamente necesitaban el mínimo de salientes y refuerzos que impedirían el anclaje de la cuerda antes de efectuar el disparo.

El origen de esta tipología está en el yelmo que vemos a la izquierda y que actualmente se encuentra en el Museo Arqueológico de Zagreb. La pieza, que estaba en poder de los monje del monasterio de Dakovo desde vete a saber cuándo, lo entregaron a las autoridades hacia 1870. Como vemos, carece de carrilleras y cubrenucas, así que no nos queda más remedio que guiarnos por los relieves de la época acerca de su apariencia. En este caso, el yelmo tiene por delante una lámina de 28 mm, de altura donde aparecen grabadas las imágenes de la Victoria, Júpiter y Marte. Las bisagras de las carrilleras quedan ocultas por dicha lámina. En la parte posterior vemos una lámina similar donde se fijaría el cubrenucas que, por desgracia, no ha llegado a nuestros días. Robinson dató esta pieza entre finales del siglo II o principios del III d.C. si bien es evidente que ya estaba operativa desde tiempos anteriores tanto en cuanto aparece en la Columna de Trajano.

En la foto de la derecha podemos ver dos escenas de la Columna de Trajano en la que aparecen SAGITTARII del ejército romano. Todos usan ese tipo de casco pero, si observamos con detenimiento, vemos que los cubrenucas son distintos, así como el número de piezas con que están construidos. Sea como fuere, lo cierto es que en este caso queda plenamente demostrado que los arqueros auxiliares procedentes de pueblos de los Balcanes y Asia Menor sí hacían uso de un yelmo específico para ellos. De hecho, el mismo Robinson no se cerraba en banda a que su tipología pudiera ser refutada en caso de aparecer testimonios que demostrasen que estaba en un error, y digamos que estaba a la espera de nuevos descubrimientos que apoyaran su tesis o la rebatieran. Sin embargo, nuestro hombre palmó en 1978 con apenas 58 años si bien, a pesar de que ya ha transcurrido más de cuatro décadas de su defunción, nadie ha podido presentar datos que contradigan su tipología. Eso sí, como es habitual en estos casos, hubo historiadores que la negaron desde el primer momento. Ya sabemos que hay mucho enterado que, por norma, no aceptan jamás ninguna teoría de nadie, quizás por soberbia, quizás por querer arrogarse la primicia de la negativa para, caso de que sea finalmente refutada, puedan pavonearse de haber sido los primeros en hacerlo. Sino, pues como nadie recordará sus gilipolleces no pasará nada. 

Por si alguno no ha captado la diferencia, ahí vemos un imperial itálico tipo
G y un casco para auxiliar tipo B
Bueno, estas son las cuatro tipologías establecidas por Russell Robinson. Para terminar, comentar de forma sucinta el proceso de fabricación de estos yelmos para entender el motivo de sus peculiares acabados. Al parecer, para acelerar el proceso de producción en masa, se colocaba una chapa circular de bronce entre dos matrices de madera, una hueca y otra con forma semiesférica. De ahí que estos cascos presenten un pequeño orificio en la coronilla, que es donde se fijaba la chapa y que posteriormente podía ser tapado con una pequeña perilla o un simple remache. Mediante un proceso de torneado se iba girando la chapa mientras que, a golpe de martillo, se le iba dando la forma hemisférica de la cabeza mientras que las dos matrices la iban ajustando a su forma definitiva. Al batir el material se iba expandiendo, y con la parte sobrante se elaboraba el ala trasera. El resto se eliminaba. Lo habitual en un casco destinado a la legión era que las marcas de los martillazos se eliminaran por abrasión, pero los que supuestamente iban a parar a las unidades de AVXILIARE se quedaban tal como salían del torno, y de hecho se puede comprobar en los ejemplares que se conservan que, en efecto, las hiladas de golpes aún perduran. Del mismo modo, el filo trasero del ala era rebordeado doblando la chapa, proceso que se omitía con los de los AVXILIARE para acelerar y abaratar el proceso de construcción. Una peculiaridad del acabado final era que estos cascos tenían sección circular debido a la matriz que usaban, y no la elíptica propia de una cabeza humana. Por cierto, en ningún caso parece que se les añadiera la típica asa en el ala trasera para poder llevarlo colgando durante las marchas, lo que es una muestra más de lo elemental de su elaboración. 

En fin, criaturas, ahí queda este misterio misterioso por su alguien tiene ganas de devanarse la sesera. Anticipo una vez más que, 42 años después del deceso de Robinson nadie ha podido refutarle su teoría si bien tampoco han aparecido nuevos testimonios que la corroboren. Así pues, y mientras no surja alguna novedad al respecto, yo al menos no tengo problemas en admitir la existencia de cascos de inferior calidad para tropas mercenarias.

Como imagen de cierre, dejo esa recreación de la que quizás sea la imagen más recurrente del AVXILIARIS de la Columna de Trajano, donde aparecen con un yelmo ático coronado por una argolla y, en vez de cota de malla, usan un CORIVM, una camisa de cuero grueso que no creo que protegiera mucho más que una puñalada asestada por un enemigo moribundo. Como decíamos al principio, el testimonio gráfico existe, pero la prueba física no por lo que, mientras aparece alguna, habrá que considerar este tipo de yelmo como una licencia artística. Si apareciera, pues solo habría que añadir un tipo E a la tipología Robinson.

Bueno, se acabó lo que se daba, amén.