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jueves, 21 de enero de 2021

TRAMPAS PARA BOBOS. ESTACAS PUNJI

 

Dos sonrientes charlies plantando mogollón de estacas a la espera de que algún yankee despistado le de por pasearse por ahí. Eran efectivas y no costaban un duro, o sea, el arma cuasi perfecta

Si alguna vez nos preguntan por el paradigma de la ley del máximo rendimiento con el mínimo esfuerzo o costo, sin lugar a dudas debemos responder que son las estacas punji. Mientras que los yankees tenían que invertir literalmente millones de dólares en liquidar a un probo vietcong canijo y su bicicleta mohosa que circulaba por la Ruta Ho Chi Minh, ese mismo probo vietcong podía mandar al hospital una temporada, cuando no directamente a la fosa, a un probo imperialista yankee con un puñado de cañas de bambú que no le habían costado más que el trabajo de sacarle punta. Y a eso, sumarle el devastador efecto psicológico que ejercía sobre los compadres del yankee el oír a este berreando como gorrino en día de matanza y viendo como una o varias estacas ensangrentadas sobresalían de sus botas o sus pantalones. Colijo que si a la mayoría nos da bastante repeluco que nos pongan una inyección en el culete, pues que te claven un palo en cualquier punto de la anatomía debe dar mucho más repullo, y más de uno preferiría recibir un disparo antes que verse como Drácula al final de la peli o con una bayoneta en la barriga. 

Trampa de pozo para lobos localizada en Baviera

En realidad, eso de cavar un pozo y llenarlo de palos afilados es de mucho antes de los tiempos de Noé. Algún HOMO SAPIENS tuvo la ocurrencia para no tener que jugarse el pellejo a la hora de cazar a un poderoso búfalo o incluso a un fiero oso, cuya carne es al parecer muy sabrosa. Bastaba con preparar la trampa y, haciendo mucho jaleo y tal, obligar a animal a encaminarse por un determinado sendero donde lo esperaba el pozo mortal. Cuando caía, su propio peso lo empalaba en las estacas, y solo había que rematarlo a lanzazos y pedradas o, simplemente, esperar a que palmara desangrado. Cabe suponer que no debió pasar mucho tiempo hasta que los humanos se percataran de que estos pozos también tenían uso militar, en aquella época limitados a conflictos tribales por el control de un determinado territorio o, posiblemente, incluso para defender la entrada de la cueva de la inopinada visita de algún cuñado que, atraído por el penetrante aroma de una chuleta de mamut a la brasa, intentaba colarse a gorronear un poco.

Haciendo acopio de planchas erizadas de piquetas de hierro

Sea como fuere, lo cierto es que eso de preparar trampas ocultas con porquerías punzantes dentro se convirtió en costumbre hasta que en Europa, más evolucionados en la cosa bélica que el resto del mundo, empezaron a matarse a nivel industrial con armas más sofisticadas y con estrategias que permitían obviar viles artimañas. Además, a la vista de la magnitud de los ejércitos que empezaron a moverse en el continente, cavar un pozo con capacidad para toda una hueste era un poco complicado, así que se dejaron de lado. Sin embargo, en Asia y África se siguieron empleando estas trampas si bien con fines venatorios, lo que no era óbice para desecharlas cuando había que hacer ver al vecino que su visita no era bien recibida, y se le instaba a que se largase por donde había venido. Estas trampas serían las abuelas de las tristemente célebres estacas punji que tanto dieron que hablar y tantas suelas agujerearon en el interminable conflicto de Indochina y, tras darle las del tigre a los gabachos (Dios maldiga al enano corso), Vietnam, donde le dieron también las del tigre a los imperialistas yankees autoproclamados líderes del mundo libre por haber ayudado a mandar a hacer gárgaras al ciudadano Adolf apenas 20 años antes.

Prisioneros gabachos tras la humillante derrota de Dien Bien Phu,
librada entre marzo y mayo de 1954. Se les trasladó a los campos
de prisioneros situados en la frontera china, a más de 600 km. de distancia,
en un paseo de 40 días de duración. Muchos se quedaron en el camino

Bien, dicho esto imagino que ya nadie tendrá dudas acerca del origen de estas cruentas trampas pero, ¿de dónde salió eso de punji? Como no podía ser menos, hay varias teorías. Una afirma que lo tomaron los british (Dios maldiga a Nelson) hacia 1872, siendo un término originario del tibetano-birmano con el que designaban a las cañas de bambú con que los nativos de Bengala sembraban los pozos para cazar tigres y demás fieras. Otra afirma que las usaron los kachin, un pueblo vecino de Birmania, pero no contra los tigres, sino contra los british. Sea como fuere, lo cierto es que punji era el nombre que le daban a las cañas de bambú afiladas para ser usadas como trampa, y que el palabro fue importado por los hijos de la Gran Bretaña, que para eso fueron los primeros europeos en conocerlas. Por otro lado, los que las sufrieron en sus propias carnes antes que nadie no fueron los yankees, sino los gabachos, como ya comentamos más arriba.

Desembarco de los yankees en Da Nang el 8 de marzo de 1965. Lo
último que imaginarían era que una década más tarde tendrían que salir
de allí por patas a pesar de su abrumador poder militar

Aunque la popularización de estas trampas para bobos fue obra de los primeros, lo cierto es que los segundos ya tuvieron ocasión de comprobar lo desagradables que eran durante el conflicto que, entre 1946 y 1954, mantuvieron con la otrora apacible colonia de Extremo Oriente convertida en un avispero comunista. Indochina, que comprendía Laos, Camboya y Vietnam, fue el penúltimo reducto colonial francés, y tras ocho años de cruenta guerra optaron por largarse en buena hora porque aquello no valía la sangre y el dinero que llevaba costado, y con Ho Chi Minh y sus muchachos a un paso de sus aliados chinos y soviéticos estaba claro que tenían ya poco futuro por aquellos lares por mucho que insistieran en que Saigón era el París del Lejano Oriente. La llegada de los sobrinos del tío Sam para poner freno a la expansión comunista por aquellos lares obligó al Vietcong a recurrir a todo lo imaginable para hacerles frente ante la descomunal diferencia de capacidad tecnológica y militar, así que las ancestrales estacas retomaron un siniestro protagonismo en el momento en que los yankees, chorreando seguridad en sí mismos por ser los líderes del mundo libre y tal, empezaron a caer en las trampas tendidas por los malvados esbirros del comunismo y verse agujereados por simples palos. Aquel ardid tan básico empezó a poner de los nervios al personal, porque cuando patrullaban por la jungla no sabían si el paso siguiente sería el paso que les conduciría del Más Acá al Más Allá o, en el mejor de los casos, al hospital con uno o varios agujeros en sus pellejos. En fin, ya vale de introito y vamos al grano de una vez...

En primer lugar debemos desechar dos tópicos, a saber: durante el conflicto, el término "punji stick", estaca punji en cristiano, fue más generalista. Ya no solo eran cañas de bambú afiladas y con la punta endurecida con fuego (foto 1), sino también simples palos igualmente afilados y endurecidos (foto 2), así como finas piquetas de hierro armadas con un arponcillo en el extremo para dificultar, cuando no imposibilitar, su extracción (foto 3). Según el tipo de trampa se usaban indistintamente unos u otros, o incluso combinaciones de ellos según se aprecia en algunas fotos de trampas descubiertas a tiempo por los yankees. Y para aumentar sus nocivos efectos tanto en los organismos como en las psiques del personal, embadurnaban las estacas con heces humanas, estiércol y, en un alarde de sádico refinamiento, mierda de cuñado, la más letal de todas. El otro tópico desechable es que el Vietcong poco menos que había sembrado todo Vietnam del Sur con sus trampas para bobos, pero lo cierto es que estaban distribuidas de forma muy específica y con bastante mala leche, aprovechando al máximo sus ínfimos recursos para sacarles el máximo partido.

Una LZ ideal para sembrarla de trampas: libre de árboles, pero con una
espesa cobertura de hierba que llega por encima de las rodillas y que impide
ver el suelo donde hay decenas de pozos preparados para dar la bienvenida

Por lo tanto, buscaban los lugares óptimos para ello, e instalaban un tipo determinado de trampa según el lugar como veremos más adelante. En todo caso, los sitios habituales eran los senderos practicables en la jungla, los canales y arrozales por donde circulaban las patrullas yankees, las proximidades de las aldeas o incluso las chozas donde mantenían depósitos de armas, municiones y pertrechos, los túneles donde se aventuraban los sufridos ratas y, sobre todo, las LZ (Landing Zone), las zonas donde solían tomar tierra los helicópteros UH-1 para descargar a toda prisa al personal cuando llevaban a cabo algún tipo de ofensiva o para transportar refuerzos a una posición comprometida. En esos casos, rodeaban la LZ con pozos y, cuando se producía el desembarco de tropas, abrían fuego para obligar a los hombres a desperdigarse a toda velocidad en dirección a la jungla en busca de refugio. Obviamente, cuando te están friendo a tiros nadie se preocupa de caminar cuidadosamente sin perder de vista el suelo, por lo que las víctimas de las trampas en situaciones de ese tipo aumentaban de forma notable, lo que obligaba a evacuarlos en el viaje de regreso de la siguiente oleada. La visión de los heridos afectaba como es lógico la moral de los recién llegados, por lo que los efectos de las puñeteras estacas era aún mayor. Por un lado, habían producido varias bajas, y por otro, sus colegas se acojonaban aún más imaginando qué les esperaría en la espesura de la selva. Más aún: si la LZ se encontraba en una zona cubierta por hierba de una altura respetable, los vietcong incluso plantaban estacas del grosor y la longitud adecuados- de hasta 1,80 metros de largo a veces- para perforar la fina chapa de aluminio de los Huey cuando tomaban tierra, llegando a herir de gravedad a los sufridos pasajeros que, antes siquiera de poderse bajar del helicóptero, ya sentían en sus imperialistas culos los efectos de las dichosas estacas.

Canal donde asoman algunas estacas. Esquivarlas suponía plantar
el pie precisamente donde estaba la verdadera trampa

Por otro lado, los charlies habían desarrollado una refinada capacidad de engaño a la hora de despistar a sus enemigos. Sabedores de que los yankees aumentaban cada vez más las precauciones cuando se movían por zonas susceptibles de topar con una de estas trampas, solían colocar algunas que pudieran ser descubiertas con cierta facilidad, ni tan ocultas como para pasar desapercibidas, pero ni tan descaradas que indujesen a sospechas. Alguna punta asomando en la superficie de un canal como consecuencia de una bajada del nivel del agua... un pozo cuyo camuflaje dejaba a la vista una pequeña parte de la estructura de cañas que lo ocultaba... en resumen, pseudo-trampas que hacían que el personal se relajase dando por sentado que ya no habría peligro. Pero de eso nada. Las verdaderas trampas estaban precisamente donde cualquiera las pondría, pero como descubrir las falsas había hecho bajar la guardia a las tropas, pues caían como gazapos. En la última parte del artículo veremos con más detalle qué tipos de heridas producían así cómo el tratamiento a seguir con ellas, pero lo cierto es que las más leves causaban una baja que suponía un mínimo de dos o tres semanas lejos del frente. Así pues, un mísero cacho de palo embadurnado de mierda era capaz de inutilizar a un soldado cuyo entrenamiento, armas y equipo costaban miles de dólares, más el gasto médico y el infalible shock psicológico causado tanto en el herido como en sus compañeros. Y, ojo, hablamos de las heridas más frecuentes producidas en las extremidades inferiores pero, aunque en menor porcentaje, también las sufrieron en el tronco, los brazos y la cabeza, aparte de los que palmaron sin más. Lo dicho, el arma cuasi perfecta.

A los yankees se les olvidaba de inmediato lo de "conquistar corazones
y mentes" en cuando se ponían nerviosos y hacían pagar a la población
civil sus supuestas traiciones. Eso solo les sirvió para ganarse más enemigos

Veamos a continuación los tipos más habituales porque, como ya podrán suponer, estas trampas podían adoptar infinitas formas, tantas como magines de los malvados charlies había en el planeta. Además, ni siquiera se tenían que molestar en arriesgarse a buscar las cañas o los palos para preparar las trampas. Como tenían acojonados a todos los habitantes de las aldeas del Sur, los obligaban a colaborar con una determinada cuota a modo de "impuesto revolucionario" si no querían verlos aparecer con sus monos negros y su armamento chino o ruso y fusilar al jefe del poblado y sus compadres. 

Vietnamitas haciendo acopio de bambú para cumplir su cuota de cañas
con el Vietcong de su sector
Así pues, se limitaban a decirles qué cantidad debían cosechar y le indicaban un punto donde debían depositarla. Ellos se encargarían de recogerla al amparo de la noche, cuando los yankees dormían el sueño de los justos y nadie se atrevía a internarse en la jungla ni para cobrar una Primitiva con bote de los gordos. No olvidemos que el Vietcong había implantado un régimen de terror sumamente eficaz que convertía a los desdichados vietnamitas del sur en víctimas de los dos bandos: el Vietcong los obligaba a colaborar bajo pena de muerte, y los yankees y el ARVN (el ejército regular de Vietnam del Sur) los consideraban por ello traidores y no dudaban en quemarles las aldeas, las cosechas y, de paso, cargarse a los que consideraban responsables de la supuesta traición. En fin, esas sí que fueron verdaderas víctimas inocentes del todo y castigadas por todos.

TRAMPAS DE POZO

Obviamente, eran las más habituales. Bastaba cavar un pozo cúbico de unos 40 cm. de lado y 60 de profundidad que, en caso de que el terreno fuera poco consistente, se forraba con un cajón hueco de madera para impedir que un desprendimiento estropease la trampa. No obstante, las dimensiones podían variar en base al emplazamiento o al simple arbitrio del que la preparaba. En el fondo se clavaban varias estacas, ya fueran cañas, palos o piquetas, generalmente de entre 30 y 60 cm. de longitud (foto A). Una vez clavadas las estacas, el pozo se cubría con un entramado de cañas y una estera de juncos que, finalmente, quedaba oculta con maleza, hojarasca o, si el terreno era propicio, con barro (foto B). La cuestión era que bajo ningún concepto el enemigo pudiera sospechar que allí había un hoyo que podía darle a cualquiera un disgusto de los gordos.

Una variante de esta trampa era un pozo de mayor tamaño que estaba cubierto por una tapa basculante. Como vemos en el gráfico, tenía una longitud de cuatro metros y dos y medio de profundo, por lo que el desdichado que se cayera ahí lo tenía crudo, y sus compañeros se encontraban en un verdadero problema para sacarlo sin herirse ellos mismos. La tapa oscilaba sobre un eje que, a su vez, estaba bloqueado por una caña transversal que actuaba como bloqueo, pero que se partía en cuanto sentía el peso de un hombre sobre ella. Cuando se pisaba, el travesaño se rompía, la tapa giraba y el pozo se tragaba a la víctima. Y lo peor era que, gracias a sus generosas dimensiones, podían caer dos o más hombres si eran tan imprudentes como para caminar demasiado cerca unos de otros. 

Una variación de esta trampa basculante la podemos ver a la derecha. En este caso, el paseante de turno pisaría una plataforma de madera que, debido a su peso, giraría sobre un eje, elevando otra plataforma erizada de punjis. La víctima, al resbalar hacia abajo, no sería alcanzando en las piernas, sino que las estacas o piquetas se le clavarían en el abdomen, el pecho o incluso la cara. Este tipo de trampas ya eran mucho más serias, y no hablamos de piernas o pies perforados, sino de heridas incisivas que podían alcanzar una gran profundidad y, por ende, interesar algún órgano vital. Uséase, que podía dejar listo de papeles al desgraciado que la pisase. Si las estacas alcanzaban el pecho y perforaban uno o los dos pulmones, un neumotórax podría liquidarlo en menos que canta un gallo, y todo ello sin contar con las heces que entrarían en la máquina de respirar y que se propagarían por su interior con las consecuencias que podemos imaginar. En resumen, aunque lo habitual era que las estacas punji provocaran heridas relativamente leves, lo cierto es que algunas trampas podían producir la muerte sin dar siquiera tiempo a evacuar al herido.

Aparte de lo que llevamos visto, el esquivar un pozo no implicaba en modo alguno verse a salvo porque los taimados esbirros del Vietcong ponían a veces varias trampas consecutivas, como vemos en la foto A. En la foto B podemos apreciar con más detalle el cuidadoso entramado a base de cañas con que cubrían los pozos, suficientemente fuerte para soportar el peso de una esterilla de juncos y una cobertura de maleza, tierra o barro sin problemas, pero que cedería ante la masa de un yankee de Alabama de 80 kilos más los 30 del equipo, las municiones y las armas, exceso que, por cierto, contribuía a clavarse las estacas aún más profundamente. En la foto C vemos un pozo descubierto con las asquerosas estacas apuntando hacia arriba como los colmillos de una mala bestia ávida de carne de imperialista defensor de la democracia y tal.

La contrapartida a pequeña escala eran las denominadas "trampas para osos", por su similitud a un artificio similar usado por los tramperos del Nuevo Mundo. Como podemos ver, era un pequeño pozo donde se colocaban dos tablas erizadas de piquetas que, al pisarlas, se cerraban hacia el interior, clavándose profundamente en la pantorrilla del soldado. Para aumentar sus efectos, las tablas podían unirse con un alambre de forma que, al pisarlo, el mismo peso del hombre hacía que las tablas se cerraran aún con más fuerza, como si de un cepo se tratase. Si encima añadían otra piqueta más en el fondo del pozo, pues los efectos eran aún más terribles. En el detalle vemos una foto que muestra cómo un pie podía verse atrapado en las piquetas. Como protección ante estas trampas, algunos yankees recurrían a las latas de las raciones de combate. Eliminaban las tapas de la lata y las abrían en sentido longitudinal, creando así una rudimentaria greba que se colocaban en la pantorrilla. Esta defensa era de utilidad si el pozo era poco profundo o en vez de piquetas se usaban cañas o palos, pero de no ser así el daño estaba garantizado.

Para terminar con el surtido de trampas de pozo veamos la que se me antoja como más cruelmente refinada y que mostramos a la izquierda. En un pozo normal se introducía una estructura metálica a base de varillas soldadas y sujetas a una base de madera de donde emergía una piqueta. En la parte superior del armazón se añadían otras seis piquetas barbadas orientadas hacia abajo. El "mecanismo" era más básico que los estudios de un político: el que metía la pata se veía con el pie atravesado, y si tiraba hacia arriba se clavaría las piquetas de la parte superior en la pantorrilla. Al que cayera en esa trampa solo se le podría liberar si se cortaban las malditas piquetas, y de no disponer de herramientas para ello tendrían que evacuarlo al hospital con el chisme ese unido a la pierna. Supongo que a la víctima lo pondrían hasta las cejas de morfina para soportar el traslado sin que los alaridos se oyeran en Indonesia como poco.

TRAMPAS DE SUPERFICIE

Cuando el terreno era propicio por la abundancia de maleza o a la hora de cruzar canales o cualquier curso fluvial, eran especialmente eficaces las planchas erizadas de piquetas. Las turbias aguas llenas de lodo impedían ver más allá de la superficie, y cualquier vado o sendero cortado por un canal era susceptible de poner varias de estas trampas como la que aparece en el detalle de la foto de la derecha. Eran simples tablas de buen grosor o, mejor aún, unas chapas de hierro donde se soldaban las piquetas barbadas. De ese modo no se volcarían con la corriente y permanecerían siempre erguidas. Como se puede ver, la densidad de las piquetas haría que si alguien las pisaba se vería con el pie perforado en al menos dos o tres sitios.

Y si el curso fluvial estaba cruzado por una pasarela, pues la cortaban por el centro de forma que se partiese con el peso de varios hombres. En ese momento, todos los que se encontrasen sobre la pasarela irían de cabeza al agua, cayendo sobre las estacas repartidas alrededor. En la mayoría de los casos, estas trampas se encontraban en canales que podían subir o bajar de nivel de un día para otro ya que formaban parte del sistema de regadío del país, por lo que tenían que tomar dos precauciones para el caso de que una repentina bajada no dejase las estacas a la vista. Una era bloquear el portillo que regulaba el paso del agua. La otra era cubrir con barro las estacas, por lo que estas quedarían invisibles pero sin perder eficacia ya que un cuerpo al caer no se vería amortiguado por la capa de fango. 

TRAMPAS COLGANTES

La que vemos a la derecha se usaba por aquellos lares para la caza del tigre, al parecer. Estaba construida con una pesada estructura de ramas o cañas gruesas donde eran atadas varias estacas con las puntas hacia abajo. Una vez lista, se suspendía de cualquier árbol cuyas ramas se encontrasen situadas justo encima de un sendero frecuentado por los yankees. La trampa la accionaba el que encabezase la patrulla tirando sin darse cuenta del alambre que cruzaba el sendero (foto A). Al instante, el alambre tiraría de la pieza de madera que mantenía la trampa elevada (foto B), y esta caería de inmediato (foto C) hasta detenerse a escasa distancia del suelo (foto D). Como podemos apreciar, las estacas usadas en estas trampas eran de una longitud generosa, por lo que si el que había activado la trampa se daba cuenta y se tiraba al suelo sería igualmente alcanzado. 

Otra, también usada desde tiempos inmemoriales, era una trampa de péndulo cuyo sistema de accionamiento era similar al anterior. La diferencia radicaba en que, en vez de tener una caída vertical, la trampa descendía de un lado a otro, cruzando el sendero. En este caso se usaban pesadas masas erizadas de estacas (foto A), bloques de hierro macizo igualmente erizados de piquetas barbadas (foto B) o incluso enormes pelotas de barro en donde se incrustaban las estacas antes de que se secara. A más peso, más rápido caían sobre el candidato a víctima. Si se daban las circunstancias idóneas podían instalarse de forma que cayesen desde delante, longitudinalmente al sendero, por lo que podrían golpear a más de un hombre. Obviamente, en este caso también se producirían heridas mortales. Las trampas colgantes añadían un plus de angustia existencial a los yankees que no podían ir como los camaleones, con un ojo mirando al suelo y con otro a las ramas de los árboles.

Bien, básicamente, este era el surtido de trampas habituales, y como vemos no era precisamente escaso. De hecho, podríamos añadir un par de ellas más. La primera la vemos a la derecha. Era lo que lo yankees denominaban una "bamboo whip", látigo de bambú, y los british una "puerta malaya". No hace falta un largo discurso para entender su funcionamiento: una gruesa caña de bambú era colocada entre dos árboles que harían las veces de resorte. Al flexionar la caña hacia atrás, en el momento en que se liberase el retén que la mantenía sujeta los dos árboles la empujarían violentamente hacia adelante al recuperar su verticalidad. En el extremo ya vemos la sorpresa: una plataforma de tablas erizada de estacas y piquetas. A capricho del que preparaba la trampa, esta podía impactar en las piernas o el cuerpo del que la
activase pero, en todo caso, conste que si golpeaba en el cuerpo tenía todas las papeletas para dejar a un fulano en el sitio convertido en un acerico. ¿Recuerdan la peli de "Acorralado"? Pues esta trampa es la que usa el enloquecido y muy cabreado John Rambo para dejar fuera de combate a uno de sus perseguidores, en este caso con las piernas atravesadas por las puñeteras estacas.
 
La otra era una trampa que actuaba por gravedad. Como vemos en las fotos, se instalaban en las puertas de las chozas susceptibles de ser registradas por las patrullas que buscaban depósitos de armas y municiones que el Vietcong obligaba, de buen o mal grado, a almacenar en las aldeas bajo su control. En la foto A vemos a un probo imperialista a punto de entrar en una choza. Tironcito del alambre y la T erizada de estacas se le estampaba en la barriga. La foto B nos muestra la misma trampa ya desactivada, y si nos fijamos bien veremos que las cinco hileras de estacas están formadas por parejas, para chinchar más y mejor. Estas trampas no requerían la acción de ningún resorte ya que su propio peso bastaba para producir los efectos deseados con un simple movimiento pendular.

Bien, y visto lo visto, ¿de qué medios disponía el ejército más poderoso del mundo para esquivar o protegerse de este amplio surtido de putaditas? Pues prácticamente ninguno. No eran detectables con la ayuda de perros ya que estaban fabricadas con materiales "ecológicos", no eran visibles a simple vista, y solo las que se activaban mediante un alambre o hilo de nylon podrían preverse siempre y cuando el que encabezaba la patrulla los viese a tiempo. Pero lo cierto es que algo tan simple como un puñetero hoyo lleno de palos pasaba más desapercibido que un B-52 volando a 15 km. de altura. Aparte de la capacidad de observación, la desconfianza y la suerte, la única herramienta que les pudieron facilitar fueron suelas blindadas, aparte de las grebas de circunstancias que se las fabricaban con latas, pero que a los mandamases nunca se les ocurrió producir bajo un diseño adecuado.

Cuando USA entró en guerra, las botas reglamentarias eran el mismo modelo de cuero usado en la 2ª Guerra Mundial. Pronto quedó claro que el ambiente húmedo y las condiciones del terreno eran totalmente inadecuadas para ese tipo de calzado, así que se recurrió a la bota modelo 1945, un modelo para climas tropicales destinadas a la guerra del Pacífico que no llegaron a entrar en combate. No obstante, las existencias que ya se habían fabricado eran escasas como para equipar a todo el personal y, por otro lado, llevaban ya dos décadas almacenadas por lo que no tardaron mucho en deteriorarse, y más teniendo en cuenta el clima de Vietnam. Así pues, se recurrió a un nuevo diseño llevado a cabo en 1944 por el sargento Raymond Dobie que, aparte de tener partes de cuero y partes de loneta, su suela estaba especialmente concebida para impedir la acumulación de barro gracias al dibujo de los tacos tipo Vibram que se unían al resto del calzado mediante un proceso de vulcanizado que impedía que la suela acabara separada de la bota. Como vemos en la foto de la derecha, las condiciones ambientales ponían a prueba el calzado más resistente, a lo que había que añadir el moho producido por la humedad.

Así pues, se puso en producción la bota diseñada por el sargento Dobie, que entró en servicio como Bota de Jungla modelo 1966 (foto A), cuya puntera y talón eran de cuero mientras que la caña estaba fabricada de loneta de algodón, más un refuerzo de nylon en los tobillos. Para facilitar la evacuación de agua del interior de la bota disponía de los drenajes que vemos en el detalle y en el óvalo blanco. En la parte inferior podemos ver el dibujo de la suela. También con vistas a favorecer en lo posible la aireación del pie, este modelo disponía de unas plantillas Saran, un material a base de cloruro de polivinilideno o,
 abreviado, PVDC, que formaba capas que facilitaban la circulación del aire. Pero, obviamente, estas pijadas solo servían para tener un calzado razonablemente cómodo, pero que podía ser atravesado sin problemas. Así pues, se diseñaron unas plantillas para sustituir a las originales que podemos ver en las fotos B (cara superior) y C (cara inferior). En su interior había una serie de láminas de acero inoxidable que, al menos, podrían detener una estaca o una piqueta, pero si estas apuntaban a las pantorrillas o cualquier otro sitio no había nada que hacer. Las botas equipadas con estas plantillas llevaban en la parte superior de la lengüeta la leyenda "spike protective",  que podemos traducir como "protección contra pinchos".

Pero, como decimos, las estacas podían alcanzar los sitios más increíbles, desde perforar la zona peritoneal o el recto penetrando por el ano a producir heridas en el abdomen, el pecho, el rostro y hasta casos de perforación del paladar al penetrar la estaca bajo el mentón. Da tela de repeluco, ¿qué no? No obstante, las zonas afectadas más habituales eran los pies y las piernas, que en muchas ocasiones se venían atravesados de lado a lado tal como podemos ver en las fotos A y A', donde además se aprecian los orificios de entrada y salida, así como las finas estacas que produjeron las heridas. También podía darse el caso, como ya se ha comentado, de ser literalmente empalado al caer en un pozo de los grandes y palmarla allí mismo, como el probo cadáver de la foto B.

Una de las cosas que influían de forma favorable en la moral de los
yankees eran los tiempos razonablemente breves desde que eran
heridos hasta ser evacuados, así como la certeza de saber que en
retaguardia disponían de los mejores hospitales. Los charlies, si
acaso, una camilla en una enfermería medieval bajo tierra y gracias
En cualquier caso, las estacas punji cumplían su misión de forma eficaz y segura. Los heridos eran tratados con una antitetánica que solían inyectar los sanitarios in situ y, caso de no disponer de ellas, pues se las ponían nada más ingresar en el hospital. El tratamiento era bastante básico: tras la aplicación de anestesia local en caso de heridas leves, o raquídea o general dependiendo de la zona afectada si era de más gravedad, se practicaba un desbridamiento para eliminar restos de tejido irrecuperable y limpieza de caca comunista y demás porquerías, sutura y chute de dosis de 600.000 unidades de penicilina y 500 mg. de estreptomicina dos veces al día durante cinco días. Si la estaca había perforado una articulación y se requería una intervención quirúrgica de más envergadura, chute intravenoso de entre 20 y 30 millones de unidades de penicilina durante tres días seguido de las dosis intramusculares normales de cinco días. Resumiendo: salvo contadas excepciones en que la estaca hubiese producido un daño permanente o cuyas secuelas incapacitasen al herido, la media de estancia hospitalaria era de 12 días, tras los cuales se pasaba a un período de convalecencia de entre 7 y 10 días antes de ser enviados de nuevo a sus respectivas unidades sumamente compungidos ante la perspectiva de volver a caer en uno de aquellos pozos malditos.

En fin, no creo que olvide ningún detalle relevante, y con todo este tocho tienen lectura para deleitarse largo y tendido. Como conclusión y a título de curiosidad curiosa chincha-cuñados, comentar que Collin Powell,  el que fue Secretario de Estado durante la presidencia de Bush hijo, se vio con un pie atravesado durante su estancia en Vietnam siendo un joven capitán asesor del ARVN. La estaca estaba embadurnada de estiércol de búfalo, lo que le provocó que en menos de media hora el pie se le pusiera como un globo, apenas pudiera caminar y tomara un preocupante color morado. Cuando finalmente fue evacuado, al ver el panorama, el médico que lo trató no se anduvo con medias tintas para eliminar la mierda de búfalo: cogió una gasa, la enrolló en un palito y la metió en la herida como si de una baqueta se tratase. Luego, chutes masivos de antibióticos y santas pascuas. En la foto de la derecha podemos ver al capitán Powell con su impoluto uniforme, cuando no podría ni imaginar lo impresionante que sería su carrera como militar y político, alcanzando puestos que nunca antes había logrado un negro en el país donde hubo una guerra para liberar de la esclavitud a los negros y poder putearlos en total libertad. Manda cojones los líderes del "Mundo Libre", y que en la época de la foto de Powell los negros podían ser enviados a "combatir por su país", pero se les negaba el derecho a voto en los estados sureños porque si se ponían chulos los del Klan ya se encargaban de convencerlos que votar era una chorrada.

Bueno, ya'tá...

Hale, he dicho

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viernes, 13 de septiembre de 2019

Ratas de túnel. 6 curiosidades curiosas 6


Más o menos así sería la trampilla que localizó de forma fortuita el
sargento Green en Cu Chi
Bien, dilectos lectores, con este artículo terminamos esta ilustrativa monografía vietnamita. En el mismo veremos además algunas piezas de su equipo que se mencionaron de pasada y no nos detuvimos a analizarlas un poco más a fondo. Al grano pues...

1. La primera vez que los yankees tuvieron constancia física de la existencia de los túneles fue el martes, 11 de enero de 1966 en el contexto de la Operación Crimp, en Cu Chi. El "afortunado" descubridor fue el sargento Stewart Green, perteneciente al 1er. batallón del 28º Rgto. de Infantería al mando del teniente coronel Robert Haldane. Green era un sujeto canijo y reseco de apenas 58 kilos que, agotado de ver como los charlies aparecían y desaparecían como por ensalmo sin que nadie pudiera perseguirlos o hacerles frente, se echó un rato a descansar junto a sus compañeros. De repente, notó que algo le pinchaba en la espalda, y dando por sentado que se trataba de alguno de los bichos que poblaban la zona y que tenían más mala leche que los vietcongs, se levantó rápidamente para buscarlo y chafarlo de un pisotón. Pero, cual no fue su sorpresa cuando vio que no había bichos, y que lo que le había "picado" en la espalda era un clavo que sobresalía de una pequeña trampilla de madera llena de agujeros de ventilación. Era la primera vez que se encontraba uno de esos túneles de los que tanto habían oído hablar pero que, hasta el momento, permanecían más invisibles que la lista de gastos de las tarjetas black de los políticos. 

Un rata saliendo de un túnel. Generalmente ofrecían el mismo
aspecto: sudorosos, sucios y con la mirada extraviada
Tras informar a Haldane, Green y algunos hombres más se internaron en el túnel. De inmediato encontraron una enfermería con suministros médicos que fueron llevados a la superficie por uno de los hombres del grupo y entregados al capitán Kennedy, de la Unidad de Inteligencia. Mientras que bicheaban el hallazgo, las demás neo-ratas tuneleras salieron echando leches por el boquete aquel. El último en salir fue Green, que informó que en un pasadizo lateral se habían topado con unos 30 charlies que, al igual que ellos, se quedaron con la jeta a cuadros. Se asustaron tanto unos como otros y cada cual dio media vuelta y salieron zumbando en direcciones opuestas. Kennedy ordenó a Green, que ya debía estar maldiciendo la hora en que descubrió el puñetero túnel, que volviera con un intérprete para conminar a los charlies a rendirse, de lo que podemos deducir que el tal Kennedy no debía estar en Inteligencia, sino pegando sellos en una estafeta militar porque los vietcongs no se iban a rendir porque se lo pidiera un paisano acompañado por un sargento yankee birrioso. En cualquier caso, al poco rato salieron con Green dándole collejas al intérprete porque, según aseguraba, se había negado a decir una palabra. El vietnamita se defendía alegando que le faltaba el aire, que no podía respirar y que por eso no pudo hablar. Obviamente, a aquellas horas los vietcongs estaban ya en Birmania por lo menos.

Evacuando a un rata herido
Haldane ordenó entonces verter un poco de gasofa y arrojar varios botes de humo rojo en el túnel para obligar a salir a los malvados enemigos. Cual no fue la sorpresa de los presentes cuando, al cabo de pocos minutos, vieron emerger del suelo mogollón de fumarolas rojas. Era los respiraderos del túnel, por lo que aquel día también tuvieron conocimiento de que aquellas ratoneras eran más complejas de lo que habían imaginado. A la vista de lo visto ordenó arrojar granadas de CS, pero sin resultado porque lo que no sabía era que el complejo tenía miles de metros de galerías. Finalmente, Green, que se consideraría  gafe entre los gafes, tuvo que entrar una vez más para guiar al equipo de demolición encargado de destruir el túnel. Cuando la entrada fue colapsada Haldane puso jeta de satisfacción ante el deber cumplido, pero en realidad lo único que había conseguido era echar abajo una ínfima parte del complejo. La historia de los ratas de túnel acababa de empezar, y durante casi una década tendrían que enfrentarse con los peores miedos del ser humano: la oscuridad absoluta, la asfixia, ser enterrado vivo o verse rodeado de los bichos y sabandijas más asquerosos que se pueda uno imaginar.

Trampa con estacas punji para visitas non gratas. Son fáciles de preparar y,
sobre todo, baratas. No estaría de más instalar una en el recibidor  de casa
para defender el sacrosanto hogar de la familia política.
2. Las dos trampas más habituales que un rata se podía encontrar eran pozos con estacas punji y granadas accionadas por un hilo. En realidad, prácticamente eran las únicas que podían funcionar en un túnel. No creo que ninguno que los que me leen desconozcan las malvadas estacas esas. Los vietcongs las ponían por todas partes y de las formas más variopintas: en senderos, en vados de ríos o canales, plantadas en el fondo de un pozo, en pasarelas basculantes, en rodillos... En fin, la lista sería interminable. En los túneles no era preciso que el pozo tuviera mucha profundidad ya que el rata iría gateando, por lo que no debería exceder de más de la mitad de la longitud de un brazo. De ese modo, al plantar la mano en el suelo este se hundiría y se vería con una o más estacas atravesándosela en base a la densidad de palos que hubieran plantado en el fondo. 

Malvados y alevosos vietcongs preparando un pozo con estacas punji
en un sendero que era el paso habitual de sus cuñados
Preparar una de estas trampas era tan básico que hasta un político aprendería en dos minutos. Bastaba cavar el pozo, plantar varias hileras de finos troncos de bambú afilados en bisel- en algunos casos les daban a la punta forma de arpón para dificultar su extracción-, lo cubrían con una fina estera de palma o tiras de bambú y esta a su vez la ocultaban con tierra. Si una de esas estacas se clavaba lo más sensato no era intentar extraerlas in situ, sino cortarla y evacuar al herido fuera del túnel para ser trasladado a un hospital. Como añadido al evidente destrozo que podía causar en los tendones, los vietcongs las solían untar con excrementos o substancias venenosas. Por lo demás, el término punji parece ser de origen birmano, y aunque este tipo de trampas ya debían usarlas los hombres primitivos, no fue hasta 1872, con la llegada de los british (Dios maldiga a Nelson) a Extremo Oriente, cuando se tuvo constancia de ellas. Cabe suponer que, originariamente, se usaban ante todo para cazar animales. Con todo, aunque este tipo de heridas puede dar bastante repeluco, en realidad no albergaban complicaciones para un equipo médico yankee. Bastaba abrir la herida, extraer la estaca, limpiar y comprobar que no quedasen restos y coserla. Le metían un chute de antitetánica,  lo tenían cinco días a base de penicilina y estreptomicina y santas pascuas. Peor era un balazo de un Kalashnikov, obviamente.

La otra trampa era más chunga por razones obvias, pero no parece ser que se cobrase muchas vidas. Consistía en algo tan simple como una lata embutida en la pared del túnel. Dentro se colocaba una granada de mano, por lo general de origen ruso o chino si bien no eran despreciadas las de procedencia yankee que caían en manos del Vietcong. Como vemos en el detalle, tenemos una granada F1 rusa metida en la lata con el pasador de seguridad extraído. Un finísimo hilo atado a la granada se tendía hacia la pared opuesta de forma que si el rata no lo veía tiraba del mismo, sacando la granada de la puñetera lata. En ese momento la palanca saltaría, explotando entre los 32 y 42 segundos habituales en el retardo de las granadas comunistas. Obviamente, al rata no le daba tiempo de poner tierra de por medio, por lo que si la bomba explotaba adiós muy buenas. Sin embargo, como decíamos al principio, no era un tipo de trampa que funcionase bien en ese entorno ya que el hilo era detectado con cierta facilidad al brillar con la luz de la linterna. Caso de ser detectada, el rata sacaba cuidadosamente la granada de la lata y le colocaba un pasador de seguridad, de los que iba bien provisto. El pasador yankee ajustaba perfectamente en las granadas soviéticas y chinas, así que conjuraba el peligro y seguía adelante. Donde sí eran verdaderamente peligrosas estas trampas era en el exterior, cuando la maleza hacía invisibles los hilos, pero de eso ya hablaremos otro día. Bueno, no quiero mentir, un mes de estos. O un año de estos, seamos realistas...

3. Como hemos comentado, los yankees disponían de un amplio surtido de granadas para perjudicar severamente a los enemigos. A la derecha podemos verlas. La A es una granada de fragmentación M26 "Lemon", por su evidente forma de cítrico. Estaba cargada con 575 onzas (164 gramos) de Compuesto B y una espoleta de retardo de 5 segundos. La B es la M67, otra granada de fragmentación. Estaba cargada con 180 gramos de compuesto B y una espoleta de retardo entre 4 y 55 segundos. La C es una granada ofensiva Mk 3A2, cargada con 8 onzas (226 gramos) de trinitrotolueno. Ese chisme era devastador, con un radio de acción mortal de 2 metros. Pero donde se mostraba más eficaz era en los espacios cerrados debido a la gran onda expansiva que desarrollaba el explosivo. Por último, la D es una M34 "Willie Pete", una granada con una carga de 430 gramos de fósforo blanco activada por un retardo de 4 segundos. Su radio de acción era de unos 30 metros, así que arrojada dentro de un túnel podía ser algo fastuoso. Sin embargo, estas monerías solo podían usarse para despejar la entrada antes de que el rata se aventurase en el interior del túnel, eliminando posibles enemigos y/o activando trampas explosivas. Sin embargo, una vez dentro el rata no podía hacer uso de ellas ni siquiera lanzándolas contra una cámara lateral o un recodo. La onda expansiva lo dejaría hecho un despojillo, por lo que no le quedaba otra que confiar en su pistola. No disponía de otra arma ya que, como vemos, las granadas podían volverse contra él.

4. Ahí tenemos el teléfono TA-1/PT del que tanto hemos hablado pero que aún no hemos visto. En la parte superior vemos el estuche del aparato. En cuanto al teléfono, tenía un peso de 125 kilos y un potencia para emitir hasta una distancia de 4 millas (64 km.). Lo que parece un enchufe son en realidad los bornes de presión donde se metían los cables. En la base está el regulador de volumen. Entre el receptor y el emisor aparece la luz de aviso de llamada. Se encendía cuando desde superficie querían hablar. Y en los costados aparecen dos teclas, la de abajo había que mantenerla pulsada mientras se hablaba, y la otra, que apenas se ve, se pulsaba cuando se quería transmitir, avisando a superficie.  En la parte trasera llevaba un clip para sujetarlo al cinturón o el correaje. Ese chisme era de vital importancia para el rata ya que bajo tierra los aparatos de radio funcionaban menos que un cerebro en plena siesta tras devorar tres platos de lentejas con chorizo. Como es obvio, se empleaban dos aparatos, uno el rata y otro en superficie.

5. El cordón umbilical que unía ambos teléfonos era el cable WD-1, que se distribuía en estos casos en la bobina MX-306A/G, con una capacidad de media milla (804 metros). El cable iba saliendo por el orificio central y, aunque no lo pueda parecer, cuando se llevaban varias decenas de metros fuera era bastante engorroso tener que ir tirando del mismo, y más cuando se habían dejado atrás varios recodos en los que invariablemente se quedaba un poco pillado. En caso de que el rata fuera con un hombre de apoyo, era este el que iba cargando con el puñetero teléfono y tirando del dichoso cable. Eso sí, en base al cable extraído de la bobina al menos se podía saber con bastante exactitud la distancia recorrida hasta que el rata decidía dar media vuelta y salir del hoyo.

6. La compañera inseparable del rata era la linterna en ángulo recto MX-991/U. Estaba fabricada de plástico y era estanca, así que podía usarse sin problema en los asquerosamente húmedos, cuando no chorreantes túneles. Como vemos, tenía un clip para sujetarla al correaje, y a partir de 1973 el interruptor estaba protegido por unas solapas para impedir apagones repentinos por error o en caso de caerse. En la parte inferior está el interruptor en sí, y encima un pulsador para emitir en morse. Estaba alimentada por dos baterías BA-10. Dentro de la tapa tenía una bombilla de repuesto y varios filtros, dos rojos, uno azul, uno blanco y otro blanco difuso. Estas lentes se usaban para emitir distintos tipos de señales. Con todo, algunos ratas preferían usar linternas rectas, si bien eran los menos.

Bueno, imagino que con estas seis curiosidades curiosas podrán chinchar bonitamente al cuñado que se compró los fascículos esos de "Nam", que salieron hace la torta de años. En cualquier caso, creo que con todo lo explicado hemos podido aprender y comprender la penurias de estos probos exploradores subterráneos cuando "corrían el hoyo" y se veían en el "black echo", el eco negro, como denominaban a esos túneles infinitos donde solo había tinieblas impenetrables.

En fin, es la sacrosanta hora de merendar, así que me piro, vampiro.

Hale, he dicho

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Sacando a un rata de un pozo. Algunas entradas no estaban configuradas en forma de suave pendiente, sino como
pozos de varios metros de profundidad en los que, a veces, había varios accesos perpendiculares  a distintos niveles.
Ya los veremos en su momento

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Ratas de túnel. Demolición de túneles


Preparando una voladura con dos cargas de demolición
M37, que junto a la M183 eran las más habituales
Bueno, criaturillas, este artículo es el penúltimo de la pentalogía sobre los insignes roedores de las procelosas profundidades indochinas. Ya hemos visto cuáles fueron sus orígenes, como asesinaban y como gaseaban a los enemigos, así que solo nos resta detallar como inutilizaban sus intrincadas ratoneras para chincharles a base de bien. La última entrada que completará esta ilustrativa monografía la dedicaremos a dar cuenta de algunas curiosidades curiosas para rematar cuñados ahítos de ver como Forrest... Forrest Guuummp se mete en un túnel sin dudarlo ni un instante cuando se lo ordena el controvertido y exaltado teniente Dan (por cierto, este mes se cumple nada menos que un cuarto de siglo del estreno de esta fantástica película. Carajo, como pasa el tiempo, blablabla, etc...). 

Bien, ya vimos como se recurría a expulsar o gasear cual moscas cojoneras a los inquilinos de los túneles, tras lo cual se procedía a su demolición a base de meter explosivos como para poner en órbita a una docena de cuñados. Los miembros de las unidades de ingenieros que eran enviados como apoyo de superficie se encargaban de dictaminar la cantidad necesaria y el tipo de carga más adecuado para mandarlo todo a hacer puñetas si bien, como ya comentamos, en caso de tener ante ellos un complejo de categoría se tenían que limitar a colapsar las entradas que se habían podido localizar, así como los respiraderos. De ahí la importancia de esas bocas de túneles como la que mostramos situada bajo el agua, ya que de ese modo la mayor parte del complejo quedaba indemne y se podían reabrir las entradas que habían sido voladas. Total, si habían sido capaces de excavar decenas o incluso centenares de metros, podían volver a rehacer uno o más túneles de 10 o 20 metros para recuperar los accesos colapsados por los explosivos.


Sonriente vietcong cavando uno de los túneles
de Cu Chi. Obsérvese la peculiar textura del
terreno que, una vez seco, adquiriría la
consistencia de una puñetera roca. Un día de estos
ya dedicaremos algunas entradas al proceso de
construcción de esas fortificaciones subterráneas
No debía ser fácil demoler estos túneles. Es posible que, a pesar de que hayan visto mogollón de fotos de ratas de túnel no se hayan percatado de un detalle: nunca se ven entibados. La naturaleza del terreno no los hacía necesarios porque en muchas zonas de Vietnam era a base de laterita, una tierra arcillosa rica en hierro- de ahí su característico tono rojizo- que cuando está seca es dura como el hormigón. Solo se ablanda con la humedad, por lo que generalmente cavaban los túneles en la época de lluvias que era cuando se podía trabajar con relativa facilidad. Pero en época seca, que era cuando se llevaban a cabo la mayoría de las operaciones de búsqueda y destrucción porque cuando se habla de "época de lluvias" en Vietnam hablamos de lluvias torrenciales durante días y días, la tierra de los túneles estaba dura como si fuera granito, ergo había que meter estopa en cantidad para echarlos abajo.

Dicho esto, el ingeniero encargado de llevar a cabo la voladura se basaba principalmente en la profundidad y la longitud del túnel. Básicamente, el cálculo era el siguiente: para una profundidad de tres metros o menos se requerían 2 libras (900 gramos) de explosivo por cada 30 cm. de longitud. Haciendo una sencilla regla de tres sabríamos que, por ejemplo, para un túnel de solo cinco metros, que equivalen a 16 pies, serían necesarios aproximadamente 15 kilos de explosivo. ¿Que no se hacen una idea de a qué equivale esa cantidad? Pues una mera orientación: era casi la misma carga de la bomba alemana SC50, en este caso concreto 16,4 Kg., así que con esto podemos calcular lo que hacía falta para acabar con un túnel birrioso. Lógicamente, a medida que aumentaba la profundidad la proporción aumentaba: entre tres y seis metros había que duplicar la carga, por lo que un túnel similar requeriría 30 kilos, y entre seis y nueve metros se triplicaba, uséase, 45 kilos de nada. Está de más decir que para los líderes del mundo libre y de la democracia planetaria eso no suponía ningún problema, pero no por ello el dato no deja de ser interesante ya que nos aclara puntos curiosos como la ausencia de entibado y la correosa resistencia del suelo vietnamita, que permitió que gran cantidad de complejos quedaran cuasi intactos aunque se colapsaran las bocas y pozos de acceso a los mismos.


Mochila M85 y bloques de C4 M112 y M5A1 (no están a escala)
El ejército disponía de un extenso surtido de cargas de demolición, principalmente a base del archiconocido C4, dinamita, trinitrotolueno, nitrato de amonio y B4 para diversos dispositivos ideados para cometidos muy concretos. De este amplio abanico solo se emplearon los que se adaptaban mejor a la destrucción de los túneles y, llegado el caso, para despejar zonas de maleza circundante a las entradas. Veamos los más usados. Las cargas de demolición que alcanzaron más difusión eran las denominadas como satchel carges, cargas de mochila o macuto, que no eran más que determinadas cantidades de paquetes de explosivo contenidos en un macuto M85. Aunque inicialmente se llenaban con paquetes de TNT, este explosivo quedó relegado a la gran cantidad de gases tóxicos que producían al explotar. Fue sustituido por el mucho más versátil y manejable C4 en las cargas de mochila M37, que contenía ocho bloques M5A1 de 2,5 libras (1,1 kilos, o sea, 8,8 kilos en total). Cada bloque estaba envasado en plástico traslúcido blanco, y en las tapas de los extremos traían ya previstos dos orificios para perforar el bloque e introducir los detonadores. Los bloques M5A1 fueron reemplazados por los M112, de 1,25 libras (566 gramos, 9 kilos en total) de C4 dando lugar a la carga de mochila M183, que contenía 16 bloques M112 envueltos en Mylar de color verde con un respaldo adhesivo. El Mylar es como se conoce en USA al PET, uséase, el plástico con que se fabrican las botellas de agua, refrescos, etc.


En una solapa interior de la mochila M85 ya traía la mecha o el cordón detonante más los detonadores necesarios para llevar a cabo la voladura. En el caso de la M37 llevaba 1,5 metros de mecha convencional con un detonador M7 en cada extremo. Estos detonadores consistían en una simple cápsula de aluminio que contenía una pequeña carga de ignición que se activaba con la mecha y que, a su vez, detonaba una carga principal de RDX que era la que producía la explosión del C4. Veamos la secuencia de fotos que nos muestra todo el proceso a seguir para preparar la carga.

1. Ahí tenemos la mochila, en la que aparece escrito el tipo de carga que contiene. Era una bolsa de lona que se cerraba con cintas y provista de un asa para transportarla. 

2. Esta foto muestra la mochila abierta y los dos paquetes de cuatro bloques en que se dividía el explosivo. Ayudado con el punzón de la tenaza M2, el ingeniero está practicando un orificio para introducir uno de los detonadores M7. A continuación hará lo mismo en uno de los bloques del otro paquete. En el detalle podemos ver el bloque M5A1.



En la foto vemos más cerca como el ingeniero engarza el
detonador M7. En el detalle tenemos una tenaza M2 como
la que tiene en la mano. La primera muesca engarza el
detonador, la segunda corta la mecha. El punzón superior del
mango es para perforar el C4, y el inferior es un destornillador
3. El ingeniero muestra el metro y medio de mecha que acompaña al kit explosivo. Esta mecha era convencional, o sea, no funcionaba con detonadores eléctricos lo que no quiere decir que, si se deseaba, se pudiera sustituir por cordón detonante, que siempre era preferible ya que permitía controlar el momento exacto de la explosión.

4. El ingeniero introduce los detonadores en los orificios practicados en cada bloque de C4

5. Aquí vemos como prepara la mecha que unirá a la de la carga. En función del retardo deseado será más o menos larga. Estas mechas eran un simple cordón de fibra con un núcleo de pólvora negra, todo ello dentro de una funda de plástico para impermeabilizarlo. En el extremo de la mecha ha colocado un detonador M7 que activará la mecha de la carga. En la foto vemos como lo engarza con la tenaza M2.

6. Une la mecha de la carga con el detonador de la mecha principal con cinta aislante. 


Para introducir la mecha se aflojaba un poco el casquillo del
extremo derecho y se removía el tapón de seguridad. Se metía
la mecha y se enroscaba el casquillo para fijarla al iniciador.
7. En el extremo de la mecha principal coloca el iniciador M60 (foto de la derecha) que prendía la mecha. Esta se consumía a una velocidad de 40 segundos por cada 30 cm., o sea, que había tiempo de ir a tomarse unas birras llegado el caso. En la secuencia que hemos mostrado, el ingeniero ha usado unos dos metros de mecha principal más el metro y medio de mecha secundaria, o sea, 2,75 metros por paquete ya que la mecha secundaria está dividida en dos. Traduciendo: 9 pies de mecha, a 40 segundos por pie serían 360 segundos, que es lo mismo que 6 interminables minutos. Obviamente, esta secuencia está filmada durante unas prácticas, y en situaciones reales el largo de la mecha sería muy inferior. 

8. Introduce la carga en el túnel


9. Activa el iniciador. Para ello retiraba el pasador de seguridad, tiraba de la anilla colocada en el extremo, la soltaba y un muelle helicoidal en el interior lanzaba un percutor contra el pistón que, al detonar, prendía la mecha. A partir de ahí solo restaba ponerse a cubierto y esperar a que la mecha se consumiera. Por cierto que, caso de no disponer de iniciadores, con una simple cerilla se podía prender el cordón de la forma que mostramos en el gráfico.

10.¡BOOOMMM! Al carajo el túnel.


Con la carga M183 el proceso era básicamente el mismo pero con dos diferencias: en vez de una mecha secundaria con dos detonadores se usaban dos tramos de cordón detonante y cuatro detonadores que, en este caso, se activaban mediante un detonador eléctrico. El cordón detonante era en la práctica igual que la mecha, pero en vez de contener pólvora negra llevaba un núcleo de pentrita que, además de ser un potente explosivo, era muy adecuado para usar en ambientes muy húmedos o incluso bajo el agua ya que no es soluble en la misma. Veamos la secuencia de fotos porque una imagen vale más que dieciocho discursos.


Tras proceder a colocar los detonadores y el cordón detonante de forma similar a lo descrito en el caso anterior, ya solo queda preparar la detonación.

A. El ingeniero une el cable eléctrico al detonador. Bastan un par de vueltas en cada borne y apretarlos.

B. Prepara la llave que al girar producirá la corriente eléctrica que iniciará los detonadores.

C: Media vuelta a la llave y adiós muy buenas.

D:¡BOOOMMM! Otro túnel al carajo. Como es evidente, este sistema era más fiable, cómodo y garantizaba un control total sobre la detonación porque aquí no había que andar midiendo mechas ni calculando el tiempo que tardaría en explotar la carga. Con los detonadores eléctricos solo se producía la explosión cuando se activaba el mismo, ni antes ni después. Por cierto, había otros detonadores que en vez de llave usaban una tecla de presión, en este caso muy usados en las minas Claymore que se distribuían alrededor de los campamentos para convertir en comida para gatos a los enemigos que se acercaran con aviesas intenciones.


Preparando la voladura de un árbol con un par
de bloques de C4
Como hemos dicho, el ejército disponía de un extenso surtido de cargas de demolición, pero aunque podían ser válidas para volar túneles, su diseño estaba destinado ante todo a acabar con fortificaciones de hormigón o para abrir cráteres de gran tamaño capaces de inutilizar carreteras o pistas de aterrizaje, así que las obviaremos tanto en cuando se salen del tema que nos ocupa. Si acaso, mencionar que cuando se localizaba un túnel ubicado entre una espesa fronda se recurrían a bloques sueltos de C4, TNT o dinamita para despejar la zona de arboleda o, caso de encontrarse en el interior de masas de arbustos o bambú, se empleaban los conocidos torpedos Bangalore (sí, los de "Salvar al soldado Ryan"), diseñados originariamente para destruir alambradas. Y si eran capaces de destruir alambradas, pues también bambúes, naturalmente. De hecho, incluso se llegaron a usar para destruir tramos de túneles ya que estaban diseñados de forma que podían empalmarse unos tramos con otros hasta un total de 60 metros nada menos. El Bangalore M1A2 tenía una longitud de 1,5 metros, 8,2 cm. de diámetro y una carga de 10'5 libras (4,7 kilos) de Compuesto B4. El B4 contiene un 60% de RDX, un 39,5% de TNT y un 0,5% de silicato de calcio. Como carga de iniciación y refuerzo lleva en cada extremo media libra (226 gramos) de Compuesto A3, formado por un 91% de RDX y un 9% de cera, esta última destinada a recubrir, insensibilizar y unir las partículas de RDX.


Los Bangalore se suministraban en cajas de madera con diez unidades más sus correspondientes manguitos de empalme y un manguito delantero redondeado para facilitar el avance cuando se empujaba el torpedo entre zonas pedregosas, con vegetación, etc. Como vemos en el gráfico de la derecha, los manguitos de empalme estaban ranurados para encajar sólidamente los extremos de cada torpedo. En la parte inferior vemos el proceso de empalme de dos torpedos, que se repetiría las veces que fuera necesario hasta obtener la longitud necesaria. Al final de cada torpedo tenemos el iniciador/refuerzo de Compuesto A3 que podía ser detonado de cualquier forma: con detonador de mecha convencional, eléctrico o incluso con cordón detonante, para lo cual bastaba con envolver el iniciador de A3 con ocho vueltas de cordón, pero ni una más ya que podría romper el tubo y separar el iniciador del cuerpo principal, separándolo e impidiendo así que explotase todo el conjunto. Por lo demás, los Bangalores también podían usarse, llegado el caso, para despejar campos de minas, abriendo un sendero libre de ellas por donde las tropas podían avanzar sin problema. No obstante, los charlies carecían de medios para minar grandes áreas de terreno, por lo que eran más dados a llenar la jungla de trampas más primitivas y, por ende, mucho más difíciles de detectar aunque no por ser más rudimentarias eran menos eficaces. Un simple cartucho de escopeta o de calibre .50 podía hacerle picadillo el pie al que lo pisara, pero de esas putaditas ya hablaremos en mejor ocasión.  


Para concluir no quisiera dejar de citar un par de sistemas de voladura un tanto peculiares y poco usados pero que nos vendrán muy bien para sorprender a algún cuñado que se haya ilustrado sobre el tema. Uno de ellos consistía en aparcar cerca del túnel un helicóptero cargado con bombonas de acetileno que podían inundar hasta 9 m³ de túnel cada una. Con el compresor del helicóptero se insuflaba el acetileno, que actuaría en combinación con las cargas de demolición depositadas previamente. Cuando se procedía a detonarlas, el acetileno se inflamaba y alcanzaba una temperatura de unos 2.700º; esta letal combinación de gas y explosivos convertía en un horno crematorio los túneles situados hasta unos 6 metros de profundidad, que era más de lo habitual en la mayoría de ellos. 


Otro método similar, pero sin necesidad de helicópteros era el equipo de demolición XM-242 a base de nitrometano (foto A), un combustible líquido con una potencia superior incluso al trinitrotolueno y que se usaba para destruir túneles de hasta 150 metros de largo y tres metros de profundidad sin verse limitados por recodos o pozos interiores ya que se introducía mediante una manguera de plástico blando que se adaptaba al recorrido sin problemas. Para ello se recurría a dos bidones con 55 galones (208 litros) de nitrometano cuyo contenido era introducido mediante la citada manguera en cuyo extremo se hacía un simple nudo para hacer de tapón (foto B). El líquido era impulsado por una bomba de gasolina. Una vez que el rata había llevado la manguera hasta el lugar deseado, para producir la explosión del nitrometano se colocaba una lámina de C4 de media libra (227 gramos) y media pulgada de grosor (1,27 cm.) envolviendo la manguera (foto C), junto con dos detonadores accionados por electricidad. Una vez que la manguera y el explosivo estaban dispuestos se procedía a llenarla con los 416 litros de combustible de los dos bidones. Una sonda indicaba cuando estaban vacíos, momento en que se procedía a la voladura (Foto D). Los efectos debían ser fastuosos, porque más de 400 litros de una porquería más potente que el TNT en el interior de un angosto túnel no eran para tomarlos a broma. No obstante, a pesar de su indudable contundencia parece ser que este sistema no tuvo excesiva difusión, llevándose la palma las mochilas explosivas detalladas anteriormente. Es evidente que, al cabo, primó lo más manejable sin por ello perder poder destructivo, y en la puñetera jungla no era fácil transportar e instalar los dos pesados bidones con su compresor o despejar la zona para que aterrizase un helicóptero para meter acetileno como para soldar la chapa de un acorazado.

Bueno, con esto podemos terminamos. Como hemos visto, el tema de las demoliciones requería una notable inversión de tiempo y material, aparte del personal cualificado para ello porque hasta para determinar la colocación de los paquetes de explosivos había que saber lo que se hacía. No bastaba con colocarlos junto a la entrada o en mitad de un túnel, sino buscando los lugares donde la demolición sería más eficaz e hiciese más complicado para el Vietcong excavar de nuevo el túnel o buscar su trayectoria original. Para ello, se ubicaban en los recodos, en las entradas de las cámaras laterales y a intervalos determinados de forma precisa en caso de querer demoler trayectos de túneles demasiado largos. 

En fin, no creo que se me olvide nada, así que s'acabó lo que se daba, amén.

Hale, he dicho

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