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viernes, 22 de julio de 2016

Calzado militar romano. La CALIGA

Sin duda, una de las prendas más famosas del mundo romano son las sandalias, o botas, según se mire, usadas por los legionarios. Y ya debían ser bastante populares en su época tanto en cuanto se denominaba de forma coloquial a los soldados rasos como CALIGATII, o sea, los que usan CALIGÆ, y hasta el mismo servicio militar se llamaba CALIGA. No obstante y al contrario de lo que muchos puedan suponer, las CALIGÆ no formaron parte de la indumentaria militar durante todo el imperio. Se desconoce la época exacta en que fue introducida, si bien se suele dar por válido el siglo I a.C., y su uso perduró hasta finales del siglo I d.C. o el primer cuarto del siglo II, cuando fueron sustituidas por otro tipo de calzado. Con todo, dentro de su vida operativa eran empleadas solo por la tropa y los suboficiales ya que los centuriones y, por supuesto, los rangos superiores, utilizaban el CALCEVS, una bota cerrada que se anudaba al tobillo. En cualquier caso, lo que sí es cierto es que las CALIGÆ fueron un tipo de calzado que se mostró muy adecuado para patear hasta los confines del Imperio, y su resistencia y comodidad permitieron a la infantería romana darse las caminatas bestiales que ya conocemos. Buena prueba de ello es que las reproducciones que se han hecho actualmente basadas en los ejemplares que se conservan han tenido una vida operativa de cientos de kilómetros. Pero antes de entrar a fondo en el tema conviene estudiar de forma somera sus orígenes.

CREPIDA
Su etimología no está nada clara. La única referencia antigua al respecto la obtenemos de Isidoro de Sevilla, el cual sugería que el término CALIGA provenía de CALLVM, o sea, callo, en obvia alusión a las callosidades que tendrían los legionarios de tanto patear el mundo. Otra propuesta acerca de su origen es el de LIGARE, o sea, atar, en referencia a que, por su diseño, iba atada a lo largo de todo el pie, desde los dedos hasta el tobillo. En cuanto al origen de este tipo de calzado se atribuye a la CREPIDA, una sandalia empleada por los griegos de apariencia muy similar cuyo nombre parece ser que provenía de krepis (krepis), en referencia al ruido o CREPITVS que producían al caminar. Por otro lado, y contrariamente a lo que algunos puedan suponer, las CALIGÆ no eran un tipo de calzado exclusivamente militar, sino que era empleado por cualquier persona que tuviera que caminar mucho en sus quehaceres cotidianos- agricultores, carreteros, muleros- o tuviera que llevar a cabo un viaje a pie. De hecho, incluso se confeccionaban CALIGÆ para mujeres, lo que indica que su uso estaba generalizado entre cualquiera que necesitara un calzado resistente de la misma forma que en nuestros días se emplean las botas de senderismo.

No había un patrón estandarizado, por lo que podrían verse CALIGÆ más
o menos abiertas, o cubriendo más o menos los dedos según se puede
apreciar en esas tres réplicas actuales.
Bien, esto es grosso modo lo que sabemos sobre el origen de este calzado. Y ahora toca la pregunta habitual en estos casos: ¿y por qué lo adoptó el ejército? ¿Por qué no usaban unas botas completamente cerradas, que ya existían? En primer lugar, cabe suponer una cuestión de tipo económico. La CALIGA era un calzado que requería menos piel que una bota, y como hemos visto mil veces en los patrones con los que se confeccionaban, salían de una sola pieza. Por otro lado tendríamos cuestiones de tipo higiénico: al ser una sandalia abierta se permitía una correcta ventilación del pie, lo que eliminaba el sudor y, por ende, la aparición de ampollas, lo que en plena marcha suponía quedarse descolgado de su unidad. Esto, en territorio hostil, podía ser suficiente para verse apiolado por las partida de merodeadores que iban aliñando a los que, bien por cansancio, por enfermedad o por tener los pies averiados, se iban quedando atrás. Además, la aireación del pie impedía la aparición de hongos, que en aquella época debía ser una molestia simplemente terrorífica. Por último, su diseño permitía ajustar la CALIGA perfectamente, lo que se traducía en un mayor confort de marcha y la reducción de riesgos de dolorosas rozaduras, torceduras, tropezones, etc.

En ambas fotos se pueden ver unos
VDONES. El de arriba es original, y está
fabricado con lana
Sin embargo, el uso de calzado abierto en zonas de clima frío era un inconveniente, y más cuando en pleno invierno se cubría todo de nieve. Así pues, para combatir el frío se recurría a los VDONES, unos calcetines fabricados con lana que podían ser cerrados o llevar abiertas las partes del talón y los dedos. Cabe suponer que la elección de uno u otro tipo obedecería al nivel de temperatura ya que, en pleno invierno, llevar los dedos descubiertos era lo mismo que no llevar nada. Caso de no disponer de VDONES se recurría a las CALIGÆ FASCIAS, una tela que envolvía el pie. No obstante, se podían usar las dos prendas una sobre otra con un relleno de paja entre ambas cuando el frío era extremo y las congelaciones se convertían en un serio peligro.

La obtención de la piel para la fabricación de calzado no era cosa baladí ya que un cuero de calidad no era ni barato ni fácil de procesar. Para la CALIGA se recurría a piel de vacuno, la cual era sometida a un proceso de curtido mediante taninos vegetales que podía durar incluso dos años. Su fabricación era llevada a cabo por CALIGARII, unos zapateros que, al parecer, digamos que estaban especializados en la confección de este tipo de calzado. La manufactura del mismo no era precisamente simple ya que, una vez recortada la piel conforme al patrón, había que coser esta a una suela inferior de unos 2 centímetros formada por varias capas pegadas y cosidas entre sí, y una plantilla interior de forma que la CALIGA quedaba constituida por tres piezas. Una vez unidas las tres se cosía el talón y se le añadían las finas tiras de cuero con que se cerraban.

Dos suelas originales que aún conservan sus
CLAVI CALIGARII
Pero previamente había que añadir a la suela los CLAVI CALIGARII, los clavos de hierro que caracterizaban a las CALIGÆ, y sobre los que hay más literatura de lo que vuecedes pueden imaginar. Estos clavos, provistos de una cabeza cónica, no tenían otra finalidad que alargar la vida útil del calzado y, al mismo tiempo, aumentar el agarre sobre el terreno para impedir resbalones. No obstante, esta ventaja desaparecía en el instante en que un legionario caminaba sobre un pavimento más o menos pulido ya que las costaladas eran de antología. Por ese motivo, las CALIGÆ de los pretorianos, cuya vida militar se desarrollaba en la ciudad y especialmente en los palacios imperiales, estaban desprovistas de CLAVI CALIGARII. Y no solo para no estar resbalándose a cada momento, sino para no atronar al personal con el ruido que producían al caminar. Por otro lado, algunos autores modernos hacen hincapié en los devastadores efectos de estas suelas claveteadas sobre las jetas de los enemigos, pero colijo que es una chorrada pensar que los clavos se añadían pensando en un uso ofensivo ya que una simple patada o un pisotón no eran suficientes para dejar fuera de combate a un bárbaro cabreado. Intuyo que esto no es más que una exageración derivada de las SATIRÆ de Juvenal en las que se mencionan lo dolorosos que eran los pisotones en una mano, pero sin que se haga referencia alguna a una situación de combate. En definitiva, es como si dijésemos que los tacos de las botas de balompié son muy eficaces para causar terribles lesiones en los adversarios, sobre todo si se les golpea sañudamente en el menisco. Por otro lado, y a modo de curiosidad, el uso de calzado con clavos estaba tan asimilado al mundo romano que los judíos recomendaban en la Mishná (una compilación de leyes hebreas) que no se hiciera uso de este tipo de accesorio por ser típico de sus enemigos. 

El tema de los clavos da mucho de sí para los amantes de los detalles minuciosos ya que, gracias a la gran cantidad de restos de CALIGÆ que se conservan en los museos, se ha podido constatar que se seguían determinados patrones, de los cuales podemos ver algunos ejemplos en la imagen de la derecha. Por norma, en la inmensa mayoría de los casos se claveteaban las partes de la suela en las que el pie ejercía más presión, dejando libre o con menos densidad de clavos la zona del puente del pie. La distribución de los clavos podía ser muy compacta, como vemos en la tercera por la izquierda de la fila inferior, o más ligera, en forma de círculos o círculos concéntricos. En otros casos se empleaban otras formas geométricas en esas zonas como esvásticas, cruces, aspas, en forma de S, etc. Por lo demás, como se puede apreciar, la zona más reforzada era la que correspondía a la parte externa del pie y el talón. No obstante se han hallado ejemplares cuyas suelas están completamente cubiertas de clavos, si bien son los menos. Desconocemos la explicación del por qué se empleaba tal o cual patrón de clavado, y solo podemos suponer que podría ser desde una simple moda a diseños reglamentados por el ejército en función del terreno donde tal o cual legión estaba acantonada o iba destinada. 

Surtido de clavos. Obsérvese que los pequeños no están
doblados, por lo que no alcanzaban a atravesar las suelas
y no precisaban de remachado si bien se perderían con mucha
más facilidad
Con todo, los clavos no eran precisamente baratos y, además, se perdían constantemente, por lo que cada legionario tenía que estar enviando el calzado a un CALIGARIVM con frecuencia para que le repusiera los clavos perdidos. De hecho, incluso se contemplaba una indemnización para la adquisición de clavos denominada como CLAVARIVM y con la que se pretendía cubrir el gasto que suponía la reposición de los mismos. En una relación de gastos aparecida en Vindolanda, un campamento que guarnecía el Muro de Adriano, aparece una reseña acerca de un pedido de un centenar de clavos para un legionario por un importe de dos ases, que era lo que costaba una libra de tocino, del que por cierto había que hacer uso constante para mantener bien engrasado y flexible este tipo de calzado. Gracias a las ingentes cantidades de clavos que han ido apareciendo a lo largo del tiempo podemos tener una idea muy aproximada tanto de su aspecto como de sus dimensiones. Estas no estaban ni mucho menos reglamentadas, pudiendo tener sus cabezas un diámetro comprendido entre los 7 y los 18 mm., y dentro de la misma suela podría haber clavos de diferente tamaño. Igualmente, el número de clavos en cada CALIGA era variable en función del patrón seguido que, como vimos en el párrafo anterior, era de lo más variopinto. De ahí que hubiera suelas con apenas 50 clavos mientras que en otras se alcanzaban los 120 o incluso más, todo ello dependiendo del diámetro de los mismos y del tipo de patrón seguido.

Para obtener una mejor fijación a la suela, estos clavos llevaban por su cara interna una serie de resaltes de los que mostramos dos ejemplos. Se trata de combinaciones de resaltes circulares con aristas longitudinales o bien, como vemos en el ejemplar de la derecha, solo resaltes circulares cuya finalidad era impedir que los clavos girasen a medida que el orificio de la suela fuese tomando holgura. Aunque las puntas eran dobladas y remachadas contra la suela, el constante uso hacía que la presión fuera disminuyendo al ceder el material, por lo que estos resaltes retrasaban la caída del clavo. Con todo y como ya hemos dicho, el mantenimiento de estas piezas era constante, y más cuando un ejército se podía en marcha, dejando literalmente un reguero de clavos a lo largo de toda su ruta. Al fin y al cabo, tomando una media de 200 clavos por legionario hablamos de 1.200.000 de ellos dispuestos a irse cayendo a cada paso que daban.

CALCEVS hallado de Vindolanda. Este fue el tipo de calzado
que se acabó imponiendo
Dicho todo esto, ¿qué fue lo que motivó la desaparición de la CALIGA? Porque lo que sí se tiene claro es que, como se comentó al inicio, no se han encontrado restos fechados más allá de entre finales del siglo I y el primer cuarto del II, ni tampoco se vuelve a hacer referencia a este tipo de calzado en las crónicas de la época. Por desgracia, solo podemos hacer conjeturas al respecto ya que no se han encontrado datos que nos permitan saberlo con claridad, así que nos tendremos que ceñir a la lógica que, como podemos suponer, no tiene por qué corresponderse con la verdad. En todo caso, de las teorías que se ofrecen hay una que podemos considerar como bastante acertada, y no es otra que el sedentarismo que se fue imponiendo en el ejército. En aquella época no eran precisas las constantes caminatas que tenían lugar durante las guerras civiles o durante la expansión del Imperio. Las legiones estaban acantonadas a lo largo del mismo sin necesidad de tener que realidad continuos desplazamientos, por lo que se impuso un tipo de calzado más fácil de fabricar que requería menos mantenimiento y que, además, protegía mejor el pie ya que tanto los dedos como el talón quedaban cubiertos. Así pues, ya vemos que las famosas CALIGÆ tan representativas del soldado romano tuvieron una vida operativa que, a lo sumo, alcanzó los 150 o los 200 años, poco si lo comparamos con otras piezas de la indumentaria militar romana.

En fin, no creo que se me haya pasado nada relevante, así que se acabó lo que se daba.

Hale, he dicho

Los CLAVI CALIGARII de esa réplica muestran con gran claridad el distinto nivel de desgaste sufrido. Como se puede
apreciar, los del lado interno del pie están casi intactos, mientras que los del talón, la puntera y la cara externa sí presentan
un elevado nivel de desgaste. Esto también implicaría tener que reponer los CLAVI aunque no se hubiesen perdido.






jueves, 17 de enero de 2013

Curiosidades: la indumentaria del soldado romano






El cine, como está mandado, siempre ha dado una imagen errónea del mundo romano, sobre todo en las grandes producciones cinematográficas de los años 50 y en las películas peplum de los 60 si bien justo es reconocer que, últimamente, cuidan mucho más esos aspectos y ya tienen otros tintes de veracidad. Así pues, convendría dar un repasillo a lo que de verdad portaban sobre sus fibrosas carnes las tropas romanas, ya que mucha gente sigue pensando que lo que ve en las películas era la realidad. Veamos pues...

EL CALZADO

El calzado militar era la CALIGA, una sandalia fabricada en una sola pieza en base a un patrón de forma que la producción en masa era bastante fácil. Según las Etimologías de mi paisano, el visigodo Isidoro, el término CALIGA proviene de CALLVM, que significa cuero duro. Todos los componentes del ejército usaban éste tipo de sandalia, salvo el legado y los tribunos. Para su elaboración se usaba una gruesa piel de bovino bien engrasada para aumentar su flexibilidad, así como para impedir que se pudriese con la humedad. 

El proceso de fabricación era bastante simple. Una vez recortada la pieza, se cosía por el talón para cerrarla y, a continuación, se le añadía una suela de poco más de 1 cm. que previamente era reforzada con clavos de cabeza cónica. Según Flavio Josefo, el sonido que producía una unidad romana caminando por lugares pavimentados era "terrorífico". En la ilustración de la derecha podemos ver el patrón de corte, su aspecto una vez concluidas y una suela claveteada original, hallada en una excavación arqueológica. Las CALIGÆ estuvieron en uso al menos hasta el siglo II d.C., y a partir de ese momento se generalizó un tipo de calzado similar al civil. En todo caso, la CALIGA era un calzado bastante eficaz, ya que permitía un ajuste perfecto al pie y, muy importante, al estar éste ventilado impedía la aparición de ampollas y hongos debidos al sudor. Para los climas fríos era habitual usar bajo las CALIGÆ unos calcetines de lana o fieltro llamados VDONES, así como envolver las pantorrillas en pieles de cordero sujetas con correas.

Otro tipo de calzado usado habitualmente en las provincias situadas al norte, donde la climatología era más adversa, era el CALCEI, una bota cortada mediante un patrón similar pero totalmente cerrada, quedando abrochada al tobillo por unos cordones de cuero de forma similar a la CALIGA. El CALCEI era además el tipo de calzado usado por los legados y tribunos militares ya que era considerado como más propio de su rango. Al igual que la CALIGA, la suela estaba claveteada. Así pues, como vemos, esa imagen típica del soldado romano calzado con unas sandalias cuyas tiras recorren toda la pantorrilla para cerrarla es más falsa que una moneda de tres duros.

ROPA INTERIOR

Como aún no se habían inventado los gayumbos, los romanos usaban un taparrabos denominado SVBLIGACVLVM, usado tanto a nivel civil como militar. Es habitual imaginarlos con el típico calzón o BRACÆ (de donde proviene el término braga) que, en realidad, era usado por la caballería. Este BRACÆ, como digo, era un calzón ajustado que llegaba por debajo de las rodillas y se fabricaba con piel o lana gruesa. Su utilidad era más que obvia: impedir que las piernas del jinete rozasen con la áspera silla de montar. Al parecer, sólo en climas fríos usaba la infantería estos calzones que, junto a los VDONES, impedían que al personal se le congelaran las piernas. Pero las tropas de infantería que operaban en climas templados no iban provistas de BRACÆ, y bajo la túnica sólo portaban el SVBLIGACVLVM. En la lámina de la derecha podemos ver tanto su aspecto como si forma de sujetarlo al cuerpo. En cuanto a la materia prima utilizada para su confección, no se sabe con certeza si bien, como era habitual en Roma, debía ser lana o lino o, posiblemente, ambos en función de la época del año. 

LA TÚNICA

La túnica militar del ejército era una prenda básica muy amplia y holgada, fabricada generalmente de lana. El color de la misma no se sabe con certeza, y sobre eso llevan muchos años debatiendo los historiadores interesados en estos temas ya que no hay fuentes históricas que den luz sobre esto. Hay diversas teorías al respecto si bien la más extendida es que, simplemente, iban en su color natural, o sea, crudo o blanco. Era, como digo, una prenda amplia que, en función de la corpulencia del sujeto podía medir entre 90 y 120 cm. de largo por unos 75 a 120 cm. de ancho, quedando las mangas caídas sobre los hombros cubriendo casi hasta el codo. Su forma era como una camiseta actual, pero sin forma para la abertura del cuello. Algunos autores afirman que esta abertura era lo suficientemente grande como para sacar por ella, además de la cabeza, un brazo a fin de poder trabajar más ligeros de ropa en caso de hacer calor. Al ser pues dicha abertura tan grande, cuando se usaba con normalidad se anudaba la tela sobrante a la espalda, quedando el nudo como una protección bajo el cubrenucas de la GALEA. Por norma, la túnica siempre era de manga corta salvo en climas muy fríos ya que entre los romanos se consideraba signo de afeminamiento usar mangas largas, estando solo permitido a los hombres de avanzada edad.

La túnica se ceñía con el BALTEVS, un cinturón de cuero del que pendían las PTERVGES unas tiras del mismo material recubiertas con apliques metálicos y, por lo general, terminadas en peltas. El BALTEVS tenía como principal cometido proteger la zona púbica del combatiente y, aunque no lo parezca, era una defensa eficaz contra golpes de filo. Hay que tener en cuenta que hablamos de una época en que la defensa pasiva en todas partes estaba encomendada básicamente a los yelmos y escudos, por lo que proteger los bajos con éste invento era incluso sofisticado.

Sobre la túnica se vestía el SVBARMALIS, una prenda acolchada destinada a proteger el cuerpo de los roces de la loriga. El SVBARMALIS estaba fabricado con varias capas de lana o lino, y llevaba refuerzos en la zona de los hombros. Se cerraba por los costados, tal como vemos en la imagen de la derecha. Como complemento usaban el FOCALE, una especie de bufanda similar a los pañuelos de cuello usados actualmente en el ejército y, al igual que el SVBARMALIS, su misión era proteger el cuello de los roces producidos por la loriga. 

EL ABRIGO

Como ya he comentado alguna que otra vez, en el ejército romano no se usaban esas capas rojas que siempre aparecen en las películas. Salvo el legado, que sí usaba un manto de éste color como símbolo de su rango (el PALVDAMENTVM), el resto del personal se protegía de las inclemencias del tiempo con el SAGVM o la PÆNVLA. El SAGVM, cuyo aspecto podemos ver en la foto de la izquierda, era un capote de lana basta de un color marrón oscuro que podía ir provisto de capucha. Se sujetaba de la forma habitual en el mundo romano, o sea, con una fíbula, y no anudado a la loriga, como aparece en las pelis. El SAGVM era una simple pieza rectangular de tejido, la cual era impermeabilizada con la adición de aceites. Además de como capote era usado como manta y como petate, haciendo con el mismo un hatillo que iba colgado de la FVRCA, un palo en forma de T en el que el legionario portaba su impedimenta personal. 

La PÆNVLA era una especie de poncho provisto de capucha fabricado de forma similar al SAGVM. Ésta prenda no precisaba de fíbulas, ya que cubría todo el cuerpo. Cabe suponer que la  PÆNVLA se usaba más bien en climas fríos y, como en el caso del SAGVM, también era usado como manta y petate. Obviamente, para entrar en combate jamás se usaban estas prendas por razones obvias. Su uso quedaba pues limitado a las marchas, las estancias en los campamentos y las guardias. Como vemos, esto también forma parte de la larga lista de errores a los que solemos estar habituados, así que quede claro que en el ejército romano, el único que iba protegido por un manto rojo era el legado. Bueno, el resto de la impedimenta del soldado romano ya era todo lo tocante el armamento, así que eso lo dejaremos para otra entrada. 

Así pues y dicho lo dicho, 

hale, he dicho