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viernes, 10 de marzo de 2023

HERIDAS DE GUERRA. EXTRACCIÓN DE FLECHAS Y VIROTES

 

HAROLD REX INTERFECTVS EST, que en román paladino viene a querer decir "Al rey Harold se lo han cargado". Harold palmó en Hastings a consecuencia de un flechazo en el ojo que lo dejó listo de papeles. Ahí lo ven, intentando extraer la flecha. Vano intento, porque la extracción hacía aún más daño

En las pelis, principales propaladoras de camelos, es habitual ver caer redondo al suelo al fulano que le meten un flechazo, como si más bien le hubieran metido una bala en el cerebro. Más raramente, el herido parte el asta para impedir que se le clave más o no le estorbe para seguir combatiendo. Bueno, sírvanse borrar de sus magines todas las chorradas que han visto en las películas y todos los embustes propalados por sus cuñados. Mienten como bellacos, de modo que vamos a ponernos al día en lo tocante a una de las facetas más importantes de la cirugía militar tanto en cuanto las heridas de flecha eran, desde los tiempos más remotos, causa de multitud de bajas entre los ejércitos en liza.

Antes y después de la avería ocular
No se sabe cuándo se empezó a desarrollar una técnica quirúrgica para la extracción de estos proyectiles, pero es lógico pensar que su uso militar debió aguzar el ingenio del personal para idear una metodología razonablemente eficaz. Dejando de lado los evidentes riesgos de sepsis y/o tétanos, era evidente que dejar un cuerpo extraño paseándose por los recovecos del organismo no era nada recomendable, y ya los antiguos griegos habían evolucionado lo suficiente como para crear escuela y, además, diseñar los instrumentos quirúrgicos adecuados para facilitar las extracciones, así como el tratamiento a seguir con los heridos para lograr su recuperación. Todos conocemos las reconstrucciones forenses que se han llevado a cabo para devolver al fiero y desmedido Filipo II su aspecto cuando aún habitaba en su envoltura carnal, y muestra le herida que le provocó la enucleación del ojo derecho por una flechazo recibido durante el cerco a la ciudad de Metone en 354 a.C. Como vemos en la foto, la flecha penetró por el arco superciliar de arriba abajo. Parece ser que lo cazaron mientras inspeccionaba las murallas enemigas, así que el flechazo partió del adarve. Cabe suponer que al ojo se lo reventó
 la flecha allí mismo, pero extraer la punta en una zona donde bien pudo quedarse la punta incrustada en el hueso no era cosa baladí. Sin embargo, dicha punta se extrajo y la herida sanó satisfactoriamente aunque le dejara el careto con un aspecto un tanto desagradable. Pero antes de entrar en el meollo de la cuestión, quizás convenga aclarar cómo era una herida de flecha y sus efectos.

Orificio de entrada de un proyectil de arma de fuego en el muslo
de un ciudadano, posiblemente de un calibre de arma corta. Como
podemos ver, no resulta muy aparatoso y apenas sangra
Aunque hoy día se han hecho estudios que comparan los efectos de un flechazo a los de un disparo con postas, colijo que es la enésima gilipollez pseudo-científica para justificar subvenciones. Los efectos de una posta- o una bala cualquiera- se basan en la transmisión de la energía cinética que alcanza gracias a su velocidad y su peso, que al impactar contra un cuerpo producen un trauma y, una vez dentro, lesiones en tejidos musculares, tendones, ligamentos o huesos. Pero, salvo que el destrozo sea importante o se vean alcanzados vasos sanguíneos de los gordos u órganos vitales, no es definitivamente incapacitante. Un proyectil moderno en sí no produce daños una vez que se detiene, y lo que acusa el herido es el trauma producido por el golpe y los daños en músculos y huesos. De hecho, una vez recuperado del shock inicial y administrado algún opiáceo para calmar el dolor, el herido puede incluso seguir operativo una vez realizada una primera cura. Ojo, hablamos de un disparo con munición normal, no un postazo a bocajarro que le arranca un brazo a cualquiera. Por otro lado, si la herida es un sedal que solo ha hecho carne, sin tocar nada importante, lo que queda es una molestia que se mitiga con analgésicos (doy fe). Sin embargo, una punta de flecha es más malvada.

Herida causada por una punta de caza moderna. Estas puntas están
afiladas literalmente como navajas barberas, por lo que si la herida
se hubiese producido en la cara interna del muslo podría haberle
seccionado la safena o la femoral y adiós muy buenas
Un proyectil, aunque sea disparado por una ballesta de torno, no llega ni de lejos a acumular la energía cinética de uno disparado por un arma de fuego salvo que sea uno de esos calibres enanos que matan poquísimo. Sin embargo, su coeficiente balístico es muy superior, lo que le permite atravesar defensas corporales que no acusarían los golpes o puntazos de otro tipo de armas. Más aún: mientras que un chaleco antibalas moderno detiene una bala disparada por un poderoso .357 Magnum, no servirá de nada contra una flecha, que atravesará las placas de Kevlar. Su escasa energía no provocará un shock al ceder su energía al cuerpo, e incluso en el fragor del combate puede que el herido ni se entere salvo que le acierten en algún sitio chungo. Mientras penetra, la punta producirá distintos efectos según su morfología. Un pasador o un cuadrillo serían lo menos malo y lo más parecido a una bala ya que su carencia de filos produciría un orificio más o menos limpio. Aún más, si el proyectil solo hacía carne y no se incrustaba en un hueso, incluso sería posible extraerlo dando un tirón del astil, si bien eso solía ser contraproducente como luego veremos.

Fémur perforado por una punta barbada. Obsérvese el astillamiento
longitudinal que produjo la presión del proyectil sobre el hueso. En
estos casos, la extracción se complicaba extraordinariamente
Pero si la punta es una barbada en cualquiera de sus variantes, la cosa es distinta. Una barbada producirá un corte limpio de masa muscular, tendones, ligamentos, vasos sanguíneos y todo lo que pille. Por esa razón, provocará una intensa hemorragia aún sin llegar a interesar una vena o una arteria importante. Y cuando por fin se detiene, se podría decir que es cuando comenzaba lo peor. El herido se ve con una cuchilla dentro de su cuerpo. Una cuchilla que seguirá produciendo daños cada vez que se mueve, con el consiguiente riesgo de que dañe algún órgano, víscera o vaso sanguíneo momentáneamente ileso. Y, además, produce un dolor bastante enojoso cada vez que el astil se mueve. El herido ni se atreve a pestañear, y procura salirse del campo de batalla a la espera de recibir ayuda o intentar hacerse una cura. Lo tiene crudo, la verdad. La punta le ha metido en el cuerpo tierra (recordemos que los arqueros solían clavar en el suelo su dotación de flechas para acelerar la cadencia de tiro), óxido o cardenillo si se trata de una punta de bronce. Recordemos que el cardenillo es venenoso y, aunque no se suela mencionar, no era raro que impregnaran sus flechas con porquerías varias.

Probo matasanos procurando extraer una punta de flecha del
muslo del héroe de turno. Obsérvese el fórceps con que intenta
sacar el proyectil. Su diseño permaneció inalterable durante siglos
Naturalmente, al herido ni se le ocurre extraer la flecha. El más mínimo tirón hace que las barbas se claven en la carne, provocando un dolor absolutamente lacerante. Además, sabe que es habitual que las puntas no estén fijadas a los astiles con un remache pasante, sino pegadas con cera o algún pegamento orgánico de la época. Esa práctica no solo estaba destinada a abaratar los costes de fabricación, sino también a que, en caso de querer sacar la punta, esta se desprendiera del astil y se quedase dentro, complicando mucho más la extracción. Y, por si fuera poco, los estabilizadores solían pegarse describiendo una leve curvatura helicoidal respecto al eje del astil para imprimir un giro a la flecha, algo similar al efecto que produce el estriado de un cañón. Esta disposición aumentaba la precisión en el vuelo, pero tenía un efecto secundario muy desagradable: la punta entraba en el cuerpo girando, por lo que el desgarro producido era aún más grave. En resumen, esta sería de forma muy resumida la lista de consecuencias de un flechazo, a los que debemos añadir los derivados de las infecciones, gangrenas, septicemias y demás cosas chungas incluyendo palmarla rápidamente.

Bien, lo que hemos descrito es, grosso modo, una herida de flecha. Ya en su día se publicó una articulillo donde dábamos cuenta de la evolución de estos artefactos, pero no estaría de más plasmar aquí un breve recordatorio. De izquierda a derecha tenemos un mínimo compendio de las tipologías más representativas, ya que a lo largo de la historia se fue formando un catálogo extensísimo. En primer lugar tenemos una punta de arponcillo, un diseño propio de la Península Ibérica usado por nuestros ancestros y fabricada con bronce fundido o hierro. Observen el cruel y pequeño arpón que impedía su extracción, mientras que sus dos filos harían una buena escabechina en las carnes de la víctima. La siguiente es una punta barbada que creo no requiere comentarios. Imaginar esa cosa hincada en cualquier parte de nuestra anatomía da grima. La siguiente es otra tipología de barbada que, aunque en apariencia sea menos terrorífica, podía causar más dificultades para extraerla debido a la extensión de las puntas hacia fuera, lo que requeriría una intervención más compleja. Finalmente, tenemos la típica punta "todo uso" lanceolada que, dentro de lo malo, era lo menos dañino, al menos de cara a una extracción.

A continuación podemos ver una muestra de cuadrillos y pasadores, puntas muy difundidas en la Edad Media para vulnerar las defensas corporales del enemigo, especialmente las armaduras de placas. Se trata de puntas con cubo de enmangue o pedúnculo (la del extremo derecho) con sección piramidal o cónica. Obviamente, su capacidad de penetración era muy superior, y concretamente los pasadores estaban concebidos para colarse entre las anillas de las lorigas. Estos modelos, debido a sus aguzadas puntas, solían partirse al impactar con algún hueso, lo que provocaba que, aunque la punta se extrajera exitosamente, quedase dentro un resto que podía provocar y, de hecho, provocaba, una infección más las lesiones subsiguientes. Como ya podemos imaginar, llevar a cabo una intervención para localizar una partícula metálica en aquella época era una mera utopía. Por lo tanto, se dejaba allí y solo tocaba encomendarse a San Sebastián, patrón de los asaeteados. Más aún, se han encontrado puntas con orificios aparentemente inútiles en sus cubos de enmangue ya que no servirían para alojar un remache ni nada por el estilo. Se ha deducido pues que su misión era sujetar fragmentos de hierro que se desprendían al penetrar en el cuerpo, por lo que si no te mataban de mismo flechazo se aseguraban de que la septicemia o el tétanos posterior te mandase a la fosa.

Bien, hecho este pequeño compendio flechero para ponernos en contexto, vayamos sin más demora al meollo de la cuestión: ¿cómo se extraían las puñeteras puntas?

Curioso diorama a tamaño natural que nos muestra al ciudadano Súsruta
hurgando en el ojo de un probo paciente, que es moralmente apoyado en
tan difícil trance por su compadre y su  cuñado para ver si lo dejaban tuerto
Las primeras referencias acerca de métodos para la extracción de flechas las tenemos en el Súsruta Samhita, una compilación de tratamientos médicos para los males más dispares y cirugía desarrollados por Acharya Súsruta, un probo matasanos hindú considerado como el padre de la cirugía que vivió allá por el siglo VI a.C. Este sesudo ciudadano practicaba las extracciones realizando incisiones en la carne según el tipo de punta, optando si era preciso por empujarlas hasta que salieran por el lado opuesto ya que, de ese modo, se evitaban intervenciones extremadamente agresivas que se solían realizar en vivo. Por lo visto, hasta operaba cataratas como quien pone una tirita, de modo que su talento queda fuera de toda duda.

Cabe suponer que los conocimientos del Súsruta éste pudieron llegar a Europa gracias al megalómano Alejandro, porque hasta su excursión a los confines del mundo nadie tenía noticia de lo que se cocía en el Lejano Oriente. Ojo, esto es una conjetura mía, porque en la Ilíada- cuya datación es aún tema de intensos debates- ya aparece la figura del ιατρός (iatrós, médico), que asistía a los aqueos heridos por los troyanos extrayendo las flechas y aplicándoles emplastos a base de yerbajos que aliviaban el dolor. Los griegos temían sobre todo a las flechas envenenadas usadas por los escitas, que tenían la fea costumbre de embadurnar sus proyectiles con un tósigo fabricado a base de veneno de serpientes mezclado con la carne podrida de esos animalitos tan repelentes, y todo ello combinado con excrementos humanos. La porquería esa la enterraban en estiércol y la dejaban fermentar hasta que el nivel de descomposición la hacía especialmente mortífera. Con todo, colijo que tanta floritura era prescindible, porque para inocular un tétanos de antología no hacía falta tanta parafernalia. A la derecha tenemos un grabado decimonónico que nos muestra a Macaón, hijo de Asclepio y corregente con su hermano Poladirio de la ciudad-estado de Tricca, en Tesalia, extrayendo la flecha que el alevoso Pándaro incrustó en el cuerpo de Menelao. Macaón, que aunaba a su faceta de monarca la de matasanos, es una figura un tanto legendaria, pero el hecho de ser mencionado como un 
ιατρός especialmente hábil es un claro indicio de que el tratamiento y curación de este tipo de heridas eran ya cosa común en la Europa de la época.

Arquero escita y τοξόται (toxotai, arquero) cretense
Sea como fuere, parece ser que el σκυτικον τοξικός (skytikon toxikós, veneno escita) tenía unos efectos absolutamente desagradables, ya que provocaba una necrosis de los tejidos- seguramente por el veneno de la serpiente-, acompañada de hinchazón en las extremidades, vómitos y convulsiones. Si el afectado no palmaba en pocas horas, pues los ejércitos de bacterias contenidas en la caquita que formaba parte de la fórmula desencadenaban una gangrena gaseosa que lo remataba en dos o tres días. En fin, algo muy desagradable. Por cierto que el término “tóxico” proviene precisamente del veneno usado por los escitas, que lo lanzaban con sus arcos, τόξo (tóxo, arco en griego). En todo caso, y en prevención de la existencia del puñetero veneno, tras la extracción de la punta se succionaba la herida para intentar eliminarlo. Sí, tal como sale en las pelis cuando al memo de turno le pica la serpiente malvada que pasaba por allí. 

Bien, aunque se supone que el hindú Súsruta ya disponía de una amplia panoplia de instrumental quirúrgico, la noticia del más antiguo que se conoce procede también de Grecia. Se trata de la “cuchara de Diocles” (κυαθίσκος τομ Διοκλέους, kyathískos toý Diokléoys) que podemos ver a la derecha. Ojo, es una reconstrucción del instrumento basada en la descripción del mismo que dio Aulo Cornelio Celso (c. 25 a.C.- 50 d.C.), porque no se tiene constancia de la existencia de ningún ejemplar original y, de hecho, algunas fuentes incluso niegan la existencia de ese chisme. No obstante, no veo motivo para pensar que Celso se entretenía contando camelos en sus escritos, pa qué mentí... Diocles era un afamado médico natural de la isla de Caristo que, al parecer, fue el que extrajo a Filipo la flecha que lo dejó tuerto, probablemente con el instrumento que mostramos. Como vemos, tenía el extremo ensanchado y con forma cóncavo-convexa, con unos labios en la parte cóncava (Fig. A) cuya misión era envolver las barbas de la flecha para impedir que se clavaran en la carne al tirar de ella. La punta de la misma se introducía en el orificio que vemos en el extremo de la cuchara para tirar de la punta sin necesidad de otro instrumento o fórceps. En la figura B podemos ver el reverso o parte convexa. 

Ojo, alcanzar la punta a extraer no era precisamente fácil ni indoloro. Primero había que localizar la posición del objeto, para lo que habría que hurgar en la herida con una sonda hasta saber exactamente su trayectoria y si se había clavado en un hueso ya que, de ser así, la extracción se debía llevar a cabo con otros métodos. Si era viable, entonces se abría un poco la herida y se separaban los bordes de la misma para introducir la cuchara, atrapar la flecha y, finalmente, extraerla. Esta operación podía durar pocos minutos, pero colijo que los alaridos del herido debían oírse en la Atlántida por lo menos. No obstante, es más que evidente que la cuchara de Diocles permitía una extracción menos cruenta y evitaba desgarros y/o lesiones internas muchísimo peores que el hecho de agrandar limpiamente la herida para facilitar el uso de la dichosa cuchara. Por cierto, este instrumento podía emplearse tanto si la punta conservaba el astil como si este se había desprendido al intentar sacar la flecha en plan compadre, que era lo habitual. Pero, por otro lado, los que reconstruyeron el instrumento parece ser que no tuvieron en cuenta un detallito, y es que cada flecha podía tener una anchura distinta. Ello obligaría a llevar encima cucharas de varios tamaños o, lo que se me antoja más probable, una única cuchara articulada como si de unas tijeras se tratase, de forma que los labios de la parte cóncava pudieran envolver cualquier punta y, apretando firmemente los dedales, tirar de ella. En resumen, un chisme como el que vemos en la ilustración, mezcla de cuchara y fórceps y que ha sido recreado por este menda.

Con todo, florituras quirúrgicas aparte, el instrumental básico del mundo antiguo para este tipo de intervenciones es el que vemos en la foto. Un escalpelo, un cuchillo, unos separadores, un fórceps y unas tijeras. Con eso, más la abrumadora dosis de dolor lacerante, se solían ventilar la mayoría de extracciones que, en muchos casos, terminaban de mala manera si el médico tenía más de tundidor de mejillas que de galeno y se le daba mejor rasurar jetas o sacar muelas que puntas de flechas, y todo ello sin contar los efectos secundarios derivados de una casi segura infección. Porque sabemos que al macedonio Alejandro también lo hirió una flecha, como a su padre, a Menelao o al mismo Macaón, pero lo que desconocemos, entre otras cosas porque nadie lo mencionó en su día, es la cantidad de fulanos que palmaron por un flechazo, bien porque la punta seccionó una arteria y se vació en dos minutos, bien porque le atravesaron la cabeza de lado a lado y ahí ya no había nada que operar, o bien porque una septicemia, una gangrena o un tétanos galopante lo remató antes de una semana.

El excelso Celso aplicando unas ventosas para extraer los malos
humores, de cuyo equilibrio dependía la buena salud
Con el paso del tiempo y el chorreo de ciudadanos heridos por flechas, es obvio que la técnica para extraerlas fue evolucionando sin prisa pero sin pausa. Buena prueba de ello es la obra de Celso DE RE MEDICA LIBRI OCTO (en román paladino, Los Ocho Libros de Medicina), en la que dedica un capítulo del séptimo volumen a la extracción de puntas de flecha, glandes de plomo y piedras arrojadas por hondas y escorpiones. Sin embargo, fue Pablo de Egina (625-690), un sesudo médico bizantino, el primero que dedicó un estudio en profundidad a este tema, especificando el método a seguir según el tipo de punta lo que, junto a la situación de la herida y lo que la flecha había profundizado, podría hacer conveniente practicar la expulsión antes que la extracción, sobre todo si el astil permanecía unido a la punta. Por lo tanto, en base a la exploración realizada por el médico como acto previo a la intervención quirúrgica a realizar, si se apreciaba que la flecha casi había atravesado el cuerpo o una extremidad del herido, o incluso era evidente que la punta casi había aflorado o roto la piel del lado opuesto, no había lugar a dudas: se procedía a empujarla por el lado del orificio de entrada. Esto permitía eliminar la malvada flecha con un mínimo de berridos y de destrozos extras en la anatomía del sujeto, que se veía con un sedal menos cruento que la escabechina necesaria para una extracción convencional. Solo en caso de haber interesado un vaso importante o, por supuesto, un órgano de los que hacen falta para seguir vivo, las cosas se complicaban, pero eso ya se sale de nuestro tema, que es las extracciones en sí.

En el caso de que el astil se hubiera desprendido y la posición de la flecha aconsejaban la extirpación, previamente había que averiguar el sistema de fijación de la punta al mismo para saber cómo actuar. Si se trataba de una punta con pedúnculo como la de la ilustración de la derecha, se recurría a un PROPVLSORIVM (empujador), que era la sonda que vemos en la figura A. Previamente se abría la herida con los separadores para localizar el pedúnculo, tras lo cual se insertaba este en el extremo del PROPVLSORIVM y se empujaba con un movimiento seco y rápido para abreviar el trance. Si se trataba de una punta con cubo de enmangue, se empujaba con un PROPVLSORIVM (Fig. B) que, en vez de tener la punta hueca, tenía un cono que se ajustaba al diámetro del cubo y, una vez aflorada la punta, se empujaba del mismo modo que hemos explicado antes o se ayudaban haciendo uso de un fórceps. La intervención se remataba con la aplicación de los emplastos habituales y se dejaba la herida abierta para que supurase la pus que se produciría en poco tiempo. Si el sujeto podía con la infección, saldría vivo del brete y en poco tiempo estaría nuevamente operativo luciendo un chirlo más en su anatomía. Por cierto que, antes de iniciar la eliminación de la flecha, Pablo recomendaba ligar los vasos sanguíneos interesados, técnica que empezó a desarrollar Galeno. Obviamente, la sutura de los mismos era un procedimiento menos irritante que la aplicación de cauterio habitual hasta entonces.

En caso de que la situación de la punta no permitiera su expulsión se recurría a la extracción, lo que era preciso cuando dicha punta había tocado hueso y era imposible empujarla, o bien cuando se había detenido a punto de herir algún órgano o vaso sanguíneo importante. En cualquier caso, como se ha dicho, en primer lugar se ligaban los vasos sanguíneos interesados, tras lo cual se procedía a abrir la herida y buscar la punta. Una vez localizada y en vista de su morfología, se procedía a extraerla, bien usando la cuchara de Diocles o los instrumentos que vemos en la ilustración, dos sondas rematadas por sendas cucharillas de forma angular que se colocaban a ambos lados de la flecha para impedir que las barbas se clavaran en la carne mientras se tiraba de la misma con la ayuda de un fórceps. Como ayuda a la extracción, antes de empezar a tirar se procuraba romper las puntas de las barbas o se cubrían con unos tubitos metálicos, siempre buscando que no dañaran aún más la zona herida. Por cierto que, en caso de que se sospechase que la flecha estuviera envenenada, aparte de succionar la herida se eliminaba el tejido afectado, lo que supongo daría lugar a otra sesión de berridos muy desagradables. 

Y si la punta se había incrustado en un hueso, pues la sesión de berridos se vería alargada, porque antes de iniciar la extracción en sí había que liberar la flecha. Para ello, lo habitual era romper cuidadosamente los bordes del orificio con un cincel. Un hueso vivo "atrapa" cualquier cosa que se clave en él, dificultando su enormemente la liberación del objeto. Por ese motivo, en caso de que la punta estuviera profundamente clavada, no quedaba otra opción que romperlo y, tras sacarla, tratar la herida como una fractura independientemente de las lesiones producidas en la carne. Si por el contrario la flecha no había profundizado demasiado, se podía intentar sacarla sin dañar el hueso según el método que vemos a la derecha, que nos muestra una barbada clavada en un fémur. En estos casos, el cirujano procuraba deslizar un fino alambre o un cordel provistos de un lazo corredizo por delante de las barbas y, ayudado con un fórceps, sacar la punta del hueso. Una vez liberada se procedería como una extracción normal según hemos explicado. Está de más decir que todo este proceso debía ser increíblemente doloroso, y la consecución del mismo no era cuestión de dos minutos porque había que actuar en todo momento despacio y con cuidado de no hacer más daño del que ya había provocado la maldita flecha.

CORDA FORTIS BALLISTÆ
La llegada del medioevo supuso una involución en temas médicos. La prohibición por parte de la Iglesia de estudiar en cadáveres y la reclusión en los SCRIPTORIA de los beaterios de las obras de los autores del mundo antiguo, así como la prohibición de ejercer la medicina a los frailes que eran los únicos que tenían acceso a dichas obras, hizo que todo el conocimiento atesorado por hombres como Galeno o Pablo de Egina quedara relegado al olvido. Las hemorragias volvieron a tratarse con la aplicación de cauterio y, para los casos de extracciones un poco complejas, se limitaban a dejar la herida abierta, serrando el astil un poco por encima de la herida en caso de que este no se hubiera desprendido. Tras varios días, la misma infección ya había reblandecido los tejidos de forma que sacar la punta era menos complicado, aunque el herido tenía todas las papeletas para palmarla por una septicemia de caballo o un tétanos a lo bestia. La mínima asepsia de antaño fue simplemente olvidada, y el riesgo de contraer cualquier enfermedad chunga notablemente elevado. No obstante, uno de los más destacados continuadores de la ciencia olvidada durante la Edad Media fue Henri de Mondeville (c. 1260-1316), que fue de los primeros médicos occidentales en recuperar la teoría de realizar las extracciones cuanto antes para alejar en lo posible el riesgo de infecciones. Además, parece ser que fue el creador del método que muchos toman como un camelo de la época y que consistía en extraer flechas con la ayuda de una ballesta como vemos en la lámina de la izquierda.

Otro cirujano que llevó a cabo un impulso notable en lo referente a las extracciones de flechas fue John Bradmore, que vivió durante la segunda mitad del siglo XIV y murió en 1412. Bradmore fue el autor de PHILOMENA, un tratado de cirugía bastante innovador, y gracias a sus habilidades como orfebre diseñó un extractor fue que usado hasta tiempos modernos. Consistía en una sonda partida en dos por cuyo interior corría un vástago que abría la punta a medida que se atornillaba. Así, una vez escaldada la herida con aceite hirviendo y aplicando el cauterio para cerrar los vasos afectados, introducía el extractor por el cubo de enmangue de la punta y lo abría hasta que la presión lo bloqueaba por completo, pudiendo tirar de la flecha o, en este caso, del cuadrillo, sin temor a dejarlo atrás. Con este chisme fue con el que pudo curar a Enrique V, al que uno de estos cuadrillos se le incrustó en plena jeta en la batalla de Shrewsbury, en 1403. Finalmente, dejaba la herida abierta para que drenada introduciendo un tampón impregnado con esencia de trementina.

Este instrumento también era válido para la extracción de puntas barbadas. Como vemos en la lámina de la izquierda, bastaba con embutir los cañones de dos plumas en las barbas, algo similar a la técnica de los clásicos que, en vez de plumas, usaban finos tubos de metal. De esta forma se impedía que las barbas se clavaran en la carne mientras se tiraba del extractor hasta sacar la punta. A continuación se procedía de la misma forma que la descrita en el párrafo anterior para sanear la herida y aminorar en lo posible el riesgo de infección.

Litografía de Hans von Gensdorff que muestra
a un cirujano hurgando con una sonda en el pecho
de un herido buscando la punta de flecha
Con todo, no fue hasta la llegada del Renacimiento cuando se pudieron recuperar las obras de los clásicos, así como de los hebreos y agarenos que las habían usado para aprender y mejorar sus técnicas. El más aventajado de todos los médicos de su época fue Ambroise Paré (1510-1590), del que ya hemos hablado en alguna ocasión y que es considerado como padre de la cirugía moderna. Paré fue el que, entre otras cosas, recuperó la ligazón de vasos antes de iniciar la intervención para aminorar las hemorragias que, hasta aquel momento, aún se seguían tratando con cauterio. Del mismo modo, impulsó el saneamiento de la herida mediante escarificación y una irrigación a base de aguardiente y vinagre en detrimento del cauterio al uso en la época. Obviamente, los tratamientos de Paré no estaban al alcance de todo el mundo, y menos de la abnegada y sufrida tropa de la época, pero al menos sentó las bases que marcaron la evolución para el tratamiento de este tipo de heridas. Los avances de Paré se debieron, entre otras cosas, a la realización de autopsias y estudios de cadáveres que, supongo llevaría a cabo en secreto para no caer en el entredicho eclesiástico. En aquella época, cualquier práctica contraria a los dogmas ya sabemos como podía terminar. Pero que nadie crea que con la llegada de las armas de fuego y la extinción progresiva de las ballestas en los campos de batalla se terminó la historia de las heridas por flechas.

De hecho, aún quedaban en el planeta probos homínidos cuya escasa tecnología les obligaba a continuar dependiendo de arcos y flechas para defenderse, como quedó patente en las guerras mantenidas por los yankees para robar sus tierras a los nativos en el Nuevo Mundo. De hecho, los médicos militares del ejército USA tuvieron que seguir haciendo frente a este tipo de heridas cada vez que sus tropas tenían un violento cambio de impresiones con las belicosas tribus que se resistían a someterse al ojo blanco. Por ello, las doctrinas y métodos de Pablo de Egina se mantuvieron vigentes siglos después de que su creador se largara de este atribulado mundo, siendo seguidas sobre todo por el coronel Joseph Bill, un afamado cirujano castrense que se puede decir que calcó los tratamientos de Pablo de Egina, sobre todo en lo referente a abreviar al máximo la extracción, la localización e identificación de la flecha, la apertura de la herida para facilitar la extracción e incluso el uso de los dedos en vez de sondas para ubicarlas correctamente antes de iniciar la intervención. Hasta diseñó un nuevo tipo de fórceps especialmente robusto para facilitar la extracción de flechas incrustadas en huesos que podemos ver en la ilustración de la izquierda. Ese chisme podía abrazar con gran fuerza cualquier tipo de punta independientemente del sistema de fijación al astil y tirar con fuerza del mismo para desincrustar la punta. 

Y la historia aún no acabaría aquí. Durante la 2ª Guerra Mundial, aún se produjeron unas 5.000 bajas entre los aliados que combatieron en Asia y se enfrentaron a tribus hostiles, y en Vietnam también pudieron probar lo irritante que es un flechazo cuando algún panoli era víctima de una trampa para bobos o de cualquier camboyano o vietnamita cabreado por haber visto su aldea reducida a pavesas a causa del napalm. En fin, incluso hoy día se siguen tratando heridas de flecha entre los aficionados al tiro con arco y, por supuesto, a la caza con arco, que a veces dicen que confunden a un venado con su cuñado para darle matarile sin tener que pasar por los tribunales. Y, por supuesto, las producidas por miembros de unidades de élite que prefieren el arco al silenciador para aplicar una muerte silenciosa pero eficaz a sus enemigos. En fin, estas heridas aún tienen mucho recorrido por delante.

Bueno, ya'tá.

Hale, he dicho

miércoles, 20 de noviembre de 2019

LA BALLESTA I. Mecanismos


Ballestero armado con una ballesta de estribo,
el sistema más popular para armas de potencia
media/baja
Bien, retomemos el tema balistario. ¿O es balestario? Bueno, da igual, lo de las ballestas. Antes de nada, debo aclarar que es una cuestión bastante más enjundiosa que aquella lejana y parca entrada publicada hace ya la friolera de ocho años (carajo... el tiempo... blablabla...). Así pues y tras el artículo donde dimos pelos y señales sobre el origen de estas armas que tanto éxito tuvieron en la Europa, colijo que merece la pena entrar más a fondo en la materia. Al cabo, lo que hay en la red es, como suele pasar cuando se habla de estos temas, bastante generalista, cuando no los típicos corta y pega con los que el personal se plagia bonitamente, cosa que jamás he entendido. ¿Para qué perder el tiempo copiándose unos a otros? ¿Para tener más "fologüers", cosa que no rinde beneficios de ningún tipo salvo que seas uno de esos "celebritis" o "influencers" donde señoritas abundamentemente siliconadas muestran sus ficticios encantos o amargados de la vida ponen a caldo a todo bicho viviente? En fin, que les den morcillas... La cuestión es que, por otro lado, cuando se habla de ballestas se suelen obviar sus vertientes cinegética y lúdica, volcándose por lo general en su faceta puramente bélica que suele tener más morbo. Sin embargo, es precisamente en las ballestas destinadas a la caza o al tiro al blanco en las se desarrollaron los ejemplares mejor elaborados tanto a nivel artístico como mecánico, mientras que la ballesta militar lo más que sufrió fueron modificaciones a nivel meramente práctico o bien conforme a lo gustos estéticos de cada zona de Europa. Así pues, y a la vista de lo extenso del tema, he creído más adecuado hacer algo más extenso y que vaya más allá de la información habitual, por lo que se le dedicará una pequeña monografía como hemos hecho en otras ocasiones. Y dicho esto y para no enrollarnos más, comenzaremos con la madre del cordero: los mecanismos, porque sin mecanismos no funciona nada, ni siquiera un chupete, paradigma de chisme parco en mecanismos.

Transportando ballestas terminadas a los arsenales.
La difusión de estas armas en Europa fue
extraordinaria
En la ballesta europea podemos ver desde lo más básico a lo más complejo. Desde su aparición por estos pagos de mano de los romanos- obviaremos la gastrophetes griega porque, a mi entender, por su funcionamiento se asemeja más a una balista a reducida escala que a lo que entendemos por ballesta- el corazón de estos artefactos ha sido la nuez. Mientras que los chinos adoptaron el ingenioso mecanismo enteramente metálico que vimos en el artículo dedicado a los orígenes de estas armas, y que por cierto permaneció invariable durante siglos, en Occidente se optó por algo más básico si bien su funcionamiento fue tan satisfactorio que, a lo tonto a lo tonto, tampoco experimentó ningún cambio relevante hasta que en el siglo XVII las ballestas dieron término a su uso militar y quedaron relegadas a la caza y el tiro para nostálgicos, lo que por cierto aún perdura e incluso ha recuperado su uso militar en manos de unidades especiales para dar boleta a los enemigos de forma silenciosa, taimada y sutil gracias a los sofisticados proyectiles armados con barbas afiladas como cuchillas de afeitar que producen la muerte por un shock hipovolémico en escasos segundos debido a la intensas hemorragias que provocan.

La constancia más antigua de esta pieza la tenemos en un bajorrelieve que se conserva en el Museo Crozatier, en Le-Puy-en-Velay, Francia (Dios maldiga al enano corso) y que podemos ver a la derecha. Se trata de una MANVBALISTA, o sea, una balista de mano, datada hacia el siglo II d.C. y que probablemente estaba destinada a la caza. Dentro del círculo se aprecia claramente la nuez que retenía la verga pero, por desgracia, al fulano que esculpió el bajorrelieve se le olvidó mostrarnos la parte inferior del arma, donde podríamos ver los mecanismos que, al día de hoy, siguen siendo un arcano y motivo de mil y una interpretaciones, reconstrucciones, versiones, debates, etc. Con todo, lo importante es que, al menos, queda claro que la nuez era el sistema de retención que ya se usaba en aquella época y que perduró durante los siglos posteriores. Otro aspecto a tener en cuenta es que la ballesta no empezó a mencionarse de forma generalizada como arma de guerra hasta los siglos X-XI, por lo que es más que probable que hasta esa época su uso se limitase a actividades cinegéticas salvo que aparezca alguna fuente contemporánea que diga lo contrario. Sea como fuere,  parece ser que los romanos las usaron en su ejército a pequeña escala y en manos de tropas auxiliares, y como los galos, germanos, hispanos y demás pobladores europeos no tenían la costumbre de dar pelos y señales de su propia historia salvo las típicas batallitas pseudo-legendarias de transmisión verbal que cada cual contaba con los añadidos que estimaba oportunos, pues su uso es un misterio de momento y, en todo caso, ya hablaremos de eso la historia de estas armas en Europa.

Bien, aclarado el origen de la principal pieza de la ballesta, veamos en qué consistía. Como vemos en el gráfico, era un simple disco por lo general fabricado de asta. Curiosamente, y a pesar de no ser un material tan resistente al desgaste como el bronce o el hierro, se calcula que alrededor del 90% de las ballestas usadas a lo largo de su vida operativa estuvieron equipadas con una nuez de asta independientemente de que fueran ejemplares básicos para el ejército o los modelos más lujosos para nobles y monarcas. En la figura A tenemos una vista en sección en la que se aprecia la muesca interna donde se anclaba el fiador de la palanca de disparo y el orificio donde se insertaba una cuña de hierro como la que vemos en la figura D. Esta cuña, cuya parte inferior se puede apreciar en la figura B, no tenía otra misión que impedir que el asta con que estaba fabricada la nuez sufriera un desgaste excesivo debido al roce con el fiador de forma que abreviase su vida operativa o, lo que era peor, saltase estando el arma cargada con las consecuencias que podemos imaginar. En la figura C vemos la parte superior de la cuña de hierro que aflora entre las dos uñas para, en caso de avería o desgaste, poder extraerla empujándola con un botador.

En la foto de la derecha podemos ver la nuez de la lujosa ballesta de caza del conde Ulrich V de Wüttenberg y en la que se puede apreciar el desgaste producido por el uso. Debemos recordar que la enorme potencia de estas armas suponía un gran estrés tanto en sus piezas como mecanismos. Merece la pena reparar en un detalle, y es que la nuez no está sujeta a la culata mediante un pasador, sino por un simple cordel. Esto tenía dos explicaciones: una, que al estar el orificio tan cerca del borde superior de la culata, en caso de usar un pasador metálico podría producirse una rotura de la madera debido a la tensión ejercida por la verga. Por eso preferían sujetarla con varias vueltas de cuerda que abrazaba la culata por la parte inferior. Y por otro lado, si observamos el gráfico anterior vemos que la cuña de refuerzo impedía colocar un pasador atravesando la pieza porque se interponía en el orificio de la nuez, por lo que habría que sujetarla con dos pequeños pasadores, uno a cada lado, dando al conjunto una resistencia bastante deficiente. 

Para impedir que se rajase la madera de la culata, a partir del siglo XV no era raro que algunos maestros ballestros optasen por reforzar los costados de la misma en la zona donde estaba la nuez con sendas pletinas, una a cada lado tal como vemos en esa bonita réplica. Esas pletinas de refuerzo no solo aumentaban la resistencia y la durabilidad de la culata, sino que permitía prescindir de los cordeles y usar pasadores, un sistema más fiable cuando se manejaban ballestas de gran potencia. Por otro lado, facilitaban la instalación de gruesos tetones en las ballestas de gafa o de cranecrin, aunque eso lo veremos más detalladamente en el artículo que dedicaremos a los sistemas de recarga.

Pero la nuez tampoco se libraba del desgaste que suponía estar girando una y otra vez y, por razones obvias, convenía proteger tanto la pieza como la madera de la culata. En los modelos más primitivos, la nuez se embutía directamente en una caja abierta en la madera, pero en el momento en que la potencia de las palas aumentó quedó claro que había que hacer más resistente ambas piezas. Aunque de la morfología y evolución de las culatas también hablaremos en un artículo AD HOC, en la foto de la derecha vemos los dos métodos adoptados para reforzarlas. En primer lugar vemos una pieza fabricada de bronce usada en modelos muy tardíos. La figura A nos muestra una vista en sección con la nuez en el lugar que le corresponde. La B ofrece una vista inferior con la abertura por donde el penetraría el fiador de la palanca para bloquear la nuez. A la derecha vemos el método más común en la Edad Media y el Renacimiento: dos bloques de asta o marfil, uno delante y otro detrás de la nuez, que podían ser fácilmente sustituidos en caso de avería si bien el desgaste entre materiales de la misma consistencia es muchísimo más lento. Obsérvese el engrosamiento de la culata para dar cabida al sistema de disparo así como la profunda acanaladura para asentar el virote pero, como decimos, de eso ya hablaremos más despacio en su momento.  

Bien, esto es lo más reseñable en lo que respecta a la nuez, sin la cual no era posible fijar la verga. Y tras el corazón del arma están las tripas, o sea, los mecanismos que fijaban y liberaban la misma que, contrariamente a lo que la mayoría piensa, eran muchos más de los que creemos y bastante más complejos de lo que podríamos imaginar. No obstante, ya de entrada conviene aclarar que, por meras cuestiones de economía, los modelos militares usaron prácticamente el mismo durante siglos, y que fueron las ballestas dedicadas a la caza y el tiro a partir de los siglos XV y XVI las que fueron equipadas con mecanismos mucho más complejos que permitían alcanzar una precisión mayor de lo habitual. La vertiente venatoria y, sobre todo, la deportiva, son las más olvidadas cuando hablamos de estas armas y, sin embargo, hay infinidad de representaciones gráficas de la época que muestran que la práctica del tiro al blanco era muy frecuente, bien como forma de entrenamiento, bien como un simple pasatiempo. Sea como fuere, en el grabado de la izquierda vemos uno probos ciudadanos jugándose una ronda de zumo de cebada intentando pasar sus virotes a través de unos aros de madera, y hasta se hacen acompañar de unos chuchos debidamente adiestrados para recuperarlos y no tener que pasar luego dos horas buscándolos.

Luzerner Chronik, obra de Diebold Schilling el Joven (c.1513)
Más aún, en países como Suiza, donde gran parte de su población masculina tenía como oficio ser mercenarios, el tiro con ballesta era algo tan habitual como en la Inglaterra del siglo XIV lo era el tiro con arco. Buena prueba de ello es la vívida escena que vemos a la derecha, procedente de la Crónica de Lucerna. En la ilustración vemos como varios probos mercaderes de la muerte pasan el rato en un campo de tiro perfectamente preparado con sus techumbres y todo para protegerse del sol o la lluvia. En el sombrajo móvil vemos a tres de ellos en plena sesión mientras que al fondo un auxiliar señala los impactos. Hasta aparecen dos cuñados que se han liado a hostias, seguramente acusándose de haber perpetrado alguna fullería o algo por el estilo. Así pues, como vemos, estos artefactos iban mucho más allá de apiolar enemigos o hacerse con un jugoso jabalí o incluso volátiles de todo tipo, que ya había que tener destreza para acertar a un pájaro en peno vuelo de un virotazo.

Bien vamos sin más a detallar los distintos sistemas de disparo.


Lo que vemos en la ilustración superior es el sistema más frecuente y del que ya se tiene constancia en representaciones gráficas datadas hacia el siglo XI. La figura A muestra el arma cargada, con el fiador de la palanca bloqueando la nuez. En este caso hemos ilustrado los refuerzos de asta si bien en sus primeros tiempos, cuando las ballestas tenían menos potencia, este accesorio no se usaba. Señalado con la flecha roja vemos un muelle de fleje destinado a impedir que un golpe o roce fortuito accionase la palanca. Inicialmente se fabricaban de asta, un material flexible, pero las láminas que se obtenían eran demasiado frágiles y se acabaron sustituyendo por otras de acero. En la figura B vemos el momento del disparo. Al presionar la palanca se libera la nuez, que gira forzada por la tracción de la verga.

Este sistema, que podríamos denominar como de "auto-carga" porque la nuez retrocedía y quedaba retenida por el fiador en el momento en que la verga la hacía girar, era válido para cualquier sistema de carga, desde el más primitivo de las ballestas de dos pies a los más avanzados de torno y, precisamente por la relativa rapidez de su recarga, fue el que prevaleció en las ballestas de guerra. En cuanto a la longitud de la palanca, estaba en función de la potencia del arma. Cuando más tensión ejerciera la pala más presión había que hacer sobre la palanca para liberar la nuez, por lo que se hacía más larga por una mera cuestión física: si la palanca es más larga el esfuerzo es menor. En cuanto a la forma, por lo general los modelos fabricados en el occidente de Europa tenían un perfil redondeado en forma de S plana, menos complejo que los fabricados en Europa central, que sería como el que hemos visto en el gráfico superior. Por otro lado, los occidentales no tenían esa curvatura tan acusada, sino que eran más rectos. En lo tocante a adornos, torneados, etc., lógicamente era algo que quedaba relegado a ballestas elaboradas por encargo. Las puramente militares carecían de cualquier ornato que las encareciera. En la foto de la izquierda podemos ver una réplica de una ballesta de estribo del siglo XII provista de una pala compuesta de 80 libras de potencia, o sea, una potencia media. Obsérvese la longitud de la palanca y el pequeño refuerzo de la nuez ya que no precisaba de más.


El que vemos en este gráfico es un sistema en el que el fiador es una pieza de asta sobre la que actúa la palanca, que en este caso corresponde a una tipología propia de la Europa occidental surgida hacia 1450. En la figura A la vemos cargada, con el bloque-fiador reteniendo la nuez. La palanca la sujeta con una pequeña uña situada en su extremo. Una vez que la presionamos se produce el disparo como vemos en la figura B. La palanca libera el bloque-fiador, que gira en sentido inverso a la nuez impulsada por la tensión de la verga. Al parecer, este tipo de mecanismo producían una suelta más limpia y, por ende, más precisa que el sistema convencional que vimos en primer lugar.




A mediados del siglo XVI apareció en Europa Central el único sistema de disparo que no retenía la verga mediante una nuez, sino un gancho metálico. Los tedescos le dieron el nombre de klappenschloβ, que podríamos traducir como cierre de pico. Como vemos en la figura A, se trata de una pieza metálica con forma de gancho que, al recibir la verga, oscilaba hacia adelante, quedando bloqueada por la palanca-fiador. La flecha marca una pequeña pieza de asta que se colocaba delante para facilitar la salida de la verga ya que este sistema no la dejaba a ras con el armazón, sino un poco hundida. En la figura B tenemos la secuencia de disparo: al presionar la palanca se libera el gancho, que la verga hace salir despedido hacia atrás girando en sentido horario. Al igual que el sistema anterior, este mecanismo producía un disparo bastante preciso. En todo caso, no tengo constancia de que fuera usado en España, quedando relegado a Centroeuropa.


Este sistema de klappenschloβ también se empleó en ballestas de gatillo, un tipo de mecanismo surgido en el siglo XVI que requería de una o más manipulaciones previas en el mismo antes de completar el ciclo de carga, por lo que ya no podemos considerarlos como los mecanismos de auto-carga convencionales en los que la verga hacía girar la nuez al cargar, quedando esta bloqueada de forma automática por la palanca-fiador. Por este motivo, las armas provistas de mecanismos de gatillo eran empleadas ante todo en ballestas de cranecrin o de torno destinadas a la caza o el tiro, donde podían tomarse todo el tiempo necesario para cargarla salvo que uno pudiera permanecer a salvo tras una muralla o un grueso mantelete. ¿Por qué solo el cranecrin o el torno? Porque permitían mantener la verga tensa en la nuez mientras se accionaban los mecanismos para bloquearla. Veamos la ilustración de la izquierda, donde aparece un ballestero cargando su arma con un cranecrin (aunque es una ballesta de palanca, da igual, lo importante en este caso es el sistema de recarga). Cuando la verga alcance la nuez y la haga girar, en vez de retirar el cranecrin introducirá el punzón que vemos en el detalle por el orificio superior que aparece marcado con una flecha negra en la figura A, haciendo bascular la leva que bloqueará el gancho. Al mismo tiempo, dicha leva será bloqueada por el gatillo, que es empujado hacia adelante por el resorte de fleje marcado con la flecha roja. En la figura B tenemos el disparo: al presionar el gatillo se libera la leva, que oscila en el sentido que vemos en la flecha, y liberando el gancho, que como en el caso anterior gira en sentido horario impulsado por la verga. Y como era norma en las ballestas de gatillo, la palanca quedaba relegada al papel de un guardamontes a lo bestia.


A partir de esa época aparecieron más mecanismos accionados mediante un gatillo en vez de la palanca tradicional que, como hemos visto, perduró haciendo las veces de guardamontes. En este caso la retención de la verga es la nuez de siempre, y el sistema de bloqueo de los mecanismos son los mismos que en el ejemplo anterior. Tal como vemos en la figura A, el punzón introducido por el orificio superior hace bascular la leva al presionarla, bloqueando la nuez y, a su vez, quedando bloqueada por el gatillo. Ambas piezas están accionadas por sendos resortes de fleje para hacer que la secuencia del disparo sea más rápida y fiable, lo que lo hará más preciso. La secuencia de disparo la vemos en la figura B: al presionar el gatillo se libera la leva, que impulsada por su muelle gira en sentido contra-horario y se produce la suelta de la nuez. Como hemos dicho, este sistema permitía un disparo mucho más limpio y preciso que el de una ballesta de palanca, pero su inconveniente radicaba en tener que ralentizar la recarga para introducir el punzón que montaba el mecanismo. 


Practicando el tiro con ballestas de torno. Estas armas, las
más potentes de todas, no solo alcanzaban mayor distancia
sino una velocidad inicial mucho mayor, lo que redundaba
en su precisión. Estos chismes podían pasar de lado a lado
un hombre de armas o un caballero cubierto por una
armadura de placas salvo que estuviera fabricada a prueba
Los sistemas de gatillo dieron lugar a mecanismos cada vez más complejos y sofisticados, equiparables a los de un arma de fuego. El número de manipulaciones necesarias para poner el arma a tiro no permitía que estas ballestas fueran usadas en los campos de batalla, donde además los arcabuces ya se habían hecho los amos del cotarro por lo que su uso se limitó a la caza y el tiro si bien, eso sí, con una precisión muy superior a la de sus congéneres de palanca que aún subsistían a duras  penas. El modelo del gráfico superior requería un proceso de carga asaz complejo, como veremos en la figura A. Una vez que la verga era tensada con el cranecrin y quedaba atrapada en la nuez, en primer lugar había que introducir el punzón por el orificio inferior delantero (flecha roja), que empujaba la biela 1 que, a su vez, bloqueaba la leva 2. A continuación se accionaba el seguro (flecha verde), una pieza cónica provista de una aleta que impedía que la leva 2 liberase a la biela durante el resto del proceso de recarga. Aún no estaba montado el virote, pero si la verga te pillaba los dedos podía cercenarlos sin problema y, por otro lado, disparar una ballesta en vacío es la mejor forma de romper la pala. Bien, una vez hechas estas operaciones había que introducir el punzón por el orificio superior del armazón (flecha negra) para empujar hacia abajo la biela 3 y engancharla en el fiador que estaba unido al gatillo. Por cierto que, en muchos casos y como medida de seguridad, estos eran plegables, quedando semiocultos en la culata para impedir disparos accidentales. La secuencia de disparo la vemos en la figura B: en primer lugar se quitaba el seguro girándolo para permitir el desbloqueo de la leva 2. A partir de ahí apretamos el gatillo y liberamos la biela 3, que a su vez suelta la leva 2 que igualmente desenganchará la biela 1 y, por último, esta soltará la nuez, que girará liberando la verga. Complicadillo, ¿no? Pues no más que una Colt 1911 aunque pueda parecer lo contrario. Además, los maestros ballesteros podían pulir y afinar estas piezas para que la presión necesaria para producir el disparo fuese mínima, redundando a favor de la precisión.


Y para concluir, una variante del sistema anterior, pero aún más compleja debido a los mecanismos alojados en esa especie de cassette situado en la parte trasera que, además, añaden un paso más al ya de por sí interminable proceso de carga. Veamos la figura A. Una vez realizada la primera parte del mismo, que es idéntica a la anterior, llega el momento de accionar a mano todo el piecerío trasero. 1: presionar con el punzón la biela marcada con la flecha negra para enganchar la pieza marcada anteriormente con el nº 3. 2: tirar del cordón para bascular la pieza a la que está unido (flecha roja) que, al presionar el muelle de fleje, hará girar en sentido horario a la pieza inferior (flecha verde), quedando así montados todos los mecanismos. En la figura B tenemos la secuencia de disparo una vez girado el botón del seguro, que se producirá de forma similar pero con más desenganches. Hablamos de un total de siete piezas incluyendo la nuez, que no es moco de pavo. Una llave de chispa podría ser similar, pero la distribución de muelles que interactúan cada vez que una pieza se mueve permiten que quede cargada con solo amartillarla. Eso es lo que aún quedaba por descubrir a los probos maestros ballesteros para hacer sus armas cuasi semi-automáticas. No obstante, sesudos ciudadanos como el tedesco Martin Löffelholz ya diseñaron en épocas tan tempranas como 1505 ballestas con sistemas autónomos de recarga como el que vemos en la ilustración de la derecha. Sin embargo, bien por lo costoso de su elaboración, bien por el proverbial rechazo que a los humanos nos suele inspirar todo lo que sea novedoso, y más si es a nivel científico, la cosa es que este tipo de mecanismos no prosperó, y el personal prefirió seguir dándole al manubrio de los cranecrines y tornos a pesar de ser un coñazo y, además, un coñazo lento.

Bueno, criaturas, con esto concluye la primera parte de esta suculenta monografía. Estoy seguro que más de uno y más de dos se han quedado perplejos al ver la variedad de sistemas y mecanismos con que se equiparon a estas armas, así que atesoren el conocimiento para chinchar al enemigo perpetuo: el cuñado que no se pierde un documental del Canal Historia, donde se aprende de todo menos historia.

Ya seguiremos.

Hale, he dicho

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