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jueves, 19 de diciembre de 2019

La armadura de Dendra




Al hilo de la entrada anterior, dedicada a la LORICA SEGMENTATA, pusimos como ejemplo de primitiva armadura de placas la famosa panoplia de Dendra, una peculiar pieza de bronce bastante conocida por lo general en cuanto a su existencia, pero ya no tanto en sus detalles, uso táctico, etc. Así pues, y ya que hace tiempo que no dedicamos nada al armamento del mundo griego, abriremos un paréntesis para dedicar un artículo a esta armadura que, por si no lo saben, es el ejemplar completo más antiguo hallado hasta ahora. 

La necrópolis de Dendra está situada cerca de la población homónima, en la Argólida, una región situada al este del Peloponeso. Las excavaciones de Dendra no son cosa de hace dos días ya que a lo largo de la primera mitad del siglo XX el arqueólogo sueco Axel Waldemar Persson anduvo por allí bicheando tumbas y buscando afanosamente los orígenes del sistema Lineal B, una escritura silábica usada por los micénicos considerada como la forma más arcaica del griego datada hacia mediados del siglo XV a.C. La necrópolis estaba formada por thóloi (Θόλοι en singular tholos, Θόλος), una tipología de tumba habitual en la zona formada por una cámara precedida de un largo pasillo o dromos. La cámara, de planta circular y con una falsa bóveda ojival, era el lugar de reposo del probo régulo tribal de turno donde sus deudos lo depositaban junto al correspondiente ajuar funerario compuesto ante todo por sus armas, así como de objetos y enseres que le harían falta para la vida de ultratumba: dinero, perfumes, utillaje doméstico, etc. Este tipo de enterramiento debió extenderse por la ribera mediterránea ya que en España hay ejemplos de thóloi repartidos por nuestra geografía, y por su costosa fabricación podemos dar por sentado que solo se usaban para personajes de cierto rango. A los pelagatos y a los cuñados lo tirarían en cualquier hoyo y santas pascuas.

Aspecto de la cámara con el ajuar aún intacto
Persson palmó en 1951, pero las excavaciones en Dendra prosiguieron de la mano de su paisano Paul Åström con la colaboración de arqueólogos griegos. Así, en mayo de 1960 apareció una peculiar tumba catalogada como la número 12 que, contrariamente a las habituales en la necrópolis, no tenía su acceso a través del dromos habitual, sino que se accedía a la cámara mediante un pozo. La cúpula se había colapsado en algún momento de la historia, pero una vez despejada la cámara dieron con la que sería hasta el día de hoy la armadura completa más antigua del mundo. Imagino que debió ponerse sumamente contentito y dedicar horas, meses y lustros a investigar a fondo el hallazgo, porque tardó nada menos que 17 años en publicar el informe pertinente sobre la dichosa tumba en 1977.

El acceso a la Tumba 12
Además de la armadura apareció una carrillera de bronce procedente de un yelmo de colmillos de jabalí, un puñal con la hoja de un solo fijo, dos remaches de bronce pertenecientes a una espada de la que no quedaba ni rastro, restos de un material indefinible que consideraron eran de un carcaj y esa especie de bandeja con dos asas que tampoco está nada claro qué era y para qué servía. Y, naturalmente, la osamenta del inquilino de la tumba, un sujeto esbelto y fibroso al que se le calcula una estatura de 1,75 metros y un peso de unos 60-65 kilos. Como tantos guerreros de su época, a pesar de no ser una mole musculosa debía ser fuerte, resistente y extremadamente ágil para usar semejante trasto sin caer agotado a los dos minutos. Ojo, este tipo de armadura no fue una pieza única ni mucho menos, sino solo la que apareció completa porque, de hecho, en otras nueve tumbas se encontraron piezas similares sueltas. Esto indica que estas peculiares armaduras eran de uso común en el mundo micénico entre los siglos XVI y XV a.C. independientemente de que por su elevado costo estuvieran reservadas a ciudadanos económicamente desahogados, o sea, con el riñón bien cubierto. Cuando se procedió a la reconstrucción de la armadura surgieron, como está mandado las teorías más variopintas acerca de su uso y, como no podía ser menos, cada estudioso en la materia ha defendido con furia visigoda sus ideas. Obviamente, es muy difícil saber cuál es la que más se acerca a la verdad, pero con un poco de sentido común, que como decía mi venerable abuelo es el menos común de los sentidos, al menos intentaremos aproximarnos a su empleo en el campo de batalla.

Réplica actual
La armadura se compone de quince piezas que, a la vista de las perforaciones que muestra en cada una de ellas, estaban unidas y articuladas entre sí mediante correas de cuero. Además, aparecieron dos grebas y dos guardabrazos. Todo el conjunto está fabricado con bronce, una aleación de cobre y estaño que, en esa época, solía contener entre un 8 y un 10% de este último metal. A más estaño, más dureza. La chapa de la armadura tiene un grosor medio de 1 mm., un poco menos en algunas zonas, por lo que es más que probable que en su época dorada fuese algo más gruesa. El constante pulido durante su vida operativa- un guerrero debía ir brillante como una patena a la batalla- más la corrosión deben haberle hecho perder algo de espesor, por lo que las recreaciones modernas se han hecho con una chapa de alrededor de 1,2/1,3 mm. Estas dos o tres décimas, que aparentemente pueden resultar insignificantes, supone un aumento de peso notable, desde los 18 kilos de la armadura original a los 25 de una réplica moderna. El interior debía estar enteramente cubierto con un forro textil, seguramente el lino al que tan aficionados eran los aqueos, o de cuero, formando un reborde en todas las piezas para proteger de roces y cortes. Veamos con detalle cada una de sus partes...

La coraza o thōrāx. Se compone de dos piezas, peto y espaldar. El peto lo forma una lámina fabricada de una sola pieza con una pequeña gorguera. Como podemos apreciar, todo su interior está forrado con textil o cuero, rebordeado y cosido por todo el contorno. En la figura A podemos ver el sistema de cierre para unir el peto al espaldar. Según Connolly constaba de unas pequeñas argollas fijadas mediante remaches, una al costado derecho y dos en los hombros, una a cada lado. Estas argollas pasaban por unos huecos ad hoc en el espaldar, donde serían fijadas mediante un cordón o algún pasador cuyo posible aspecto desconocemos. En la figuba B podemos ver el costado izquierdo con una charnela formada por tres alambres de bronce o cobre que unían peto y espaldar, permitiendo un pequeño giro, lo suficiente para introducir el cuerpo. Los orificios que se aprecian en la parte inferior eran simplemente para unir el peto al faldón mediante tiras de cuero.

El espaldar era una pieza similar pero un poco más larga. Mientras el peto llegaba aproximadamente a la altura del ombligo, el espaldar cubría la zona lumbar. Esto no tenía otra finalidad que permitir cierta capacidad para inclinarse hacia adelante, aunque embutido en ese chisme no debía ser precisamente fácil. En la figura A vemos el espaldar completo con el resalte que lo prolonga hasta donde la espalda pierde su casto nombre, vulgo culo. Las flechas marcan las hendiduras por donde se introducían las anillas de fijación del peto. En la figura B tenemos ambas piezas sobrepuestas con el aspecto aproximado que tendrían una vez colocadas sobre el cuerpo. Obsérvese el amplio hueco disponible para los brazos, lo que hace suponer que los usuario de estas armaduras disponían al menos de un buen nivel de movilidad en los mismos. 

La gorguera o perilaimio. La coraza estaba remada por su parte superior por una enorme gorguera formada por una sola pieza doblada y remachada en el lado derecho. Al igual que las demás piezas, el interior estaba forrado y rebordeado para evitar roces. Esta pieza carecía al parecer de sujeción por lo que cualquier movimiento brusco suponía un golpe en la cara o la nuca. Además, debía colocarse después de ponerse el yelmo ya que no dejaba espacio para anudar el barbuquejo bajo el mentón. Aunque pueda parecer una pieza de poca relevancia salvo por el hecho de que protegía el cuello y la parte inferior de la cara de su usuario, revela un detalle que algunos autores parecen pasar por alto: esta gorguera limitaba enormemente la visión hacia abajo, sobre todo lo que estaba cerca del combatiente con el obvio riesgo que entrañaba. ¿Qué quiere decir esto? Pues que aunque algunos consideran que esta armadura era válida para combatir a pie, su empleo lógico no era ese precisamente por la limitación visual. Una simple piedra o desnivel del suelo que pasase desapercibido bastaría para darse una costalada y acabar convertido en comida para gatos a manos de los enemigos. Pero dejemos este tema de momento hasta que llegue la hora de las conclusiones finales porque aún no está todo dicho al respecto.

Las hombreras o guala. Son unas piezas perfectamente moldeadas y complejas de fabricar, lo que denota el nivel tecnológico alcanzado en la época. Cada hombrera estaba compuesta por tres piezas: una (fig. A) que cubría el hombro y quedaba unida a la coraza mediante la correspondiente lazada de cuero, y dos secundarias. La B estaba formada por un triángulo y su misión era la misma que la de los varaescudos de las armaduras góticas fabricadas 30 siglos más tarde: cubrir la axila del combatiente cuando subía el brazo para golpear con su espada o arrojar la lanza. El hueco que quedaría entre el peto y la pieza A sería cubierto por este pequeño pero importante triángulo de bronce. Finalmente tenemos la pieza C que, como en el caso de la LORICA SEGMENTATA, era una simple prolongación móvil de la hombrera para proteger la parte superior del brazo. Por último, cabe señalar la pequeña anilla que sobresale de la hombrera. Se desconoce su utilidad aunque la opinión más extendida es que servía para fijar la correa del tahalí de donde pendía la espada. Solo aparece en la hombrera derecha ya que, en este caso, la espada estaría situada en el costado izquierdo.

El faldón o mitrè. Está formado por dos mitades de tres piezas cada uno. La parte delantera cubre desde el bajo vientre hasta las rodillas, y la trasera es un poco más larga. La que vemos en el gráfico de la delantera. Como se puede apreciar, las tres partes se solapan de abajo arriba, lo que no es precisamente recomendable para deflectar golpes de espada, hoces, etc. Este es precisamente otro de los motivos por lo que, a pesar de las afirmaciones de algunos autores, hacen difícil comprender como un guerrero metido en ese tubo podía moverse con facilidad. Algunos podrían compararla con una armadura de tonelete renacentista, pero recordemos que el faldón de esas armaduras tenía una forma acampanada muy amplia que no estorbaba en absoluto para el combatiente a pie, aparte de que solo se usaban en justas, no en batalla. Por lo tanto, volvemos a plantear que la hipótesis más acertada es que la armadura de Dendra estaba concebida para un uso estático. Ojo, eso no quita que si no quedase otro remedio sería válida para luchar a pie, pero sería lo mismo que ponerse una armadura de tonelete para montar a caballo: un engorro.

Si observamos al probo ciudadano recreacionista de la foto, podemos ver que no sería precisamente fácil trotar con esa cosa golpeando las rodillas de forma constante. Según Howard, que es precisamente uno de los autores que defienden la teoría de que estas armaduras eran "todo uso", los cordones que hemos marcado con flechas rojas en la lámina anterior serían para regular la altura del faldón delantero, de forma que quedase por encima de las rodillas para poder correr pero, a pesar de todo, unas piezas de varios kilos oscilando y golpeando las piernas no eran lo más adecuado para ir a combatir. Connolly no solo no plantea sea opción, sino que da por sentado que la armadura de Dendra estaba destinada a un hombre que luchaba en un carro. Más aún, si observamos la posición del recreacionista, casi no quedarían dudas de que su forma de combatir era estática. Quizás luchase a pie amparado en la formidable protección que le brindaba la armadura, o quizás lo hiciese solo en su carro de guerra junto al conductor, que eso de ir a la guerra a pie siempre ha sido cosa de pobretones. En fin, las teorías están ahí, que cada cual coja la que prefiera. Prosigamos...

Las piezas complementarias eran las grebas (knèmides) y los guardabrazos (perikarpio). Ambas piezas, según manifestó Åström en su informe, estaban fabricadas con una chapa muy fina, "como de papel", lo que hace suponer que formaban parte de una protección más completa a base de textil o cuero. En la ilustración de la derecha hemos realizado una hipotética recreación de la greba- la del guardabrazo sería similar- en la que vemos la pantorrilla envuelta en una especie de polaina de lino sobre la que se fija la greba. Recordemos que el lino era empleado de forma profusa por los aqueos y demás pueblos de la zona y que su resistencia era notable cuando se unían varias capas del mismo. En el ajuar no aparecieron rastros de este tipo de protección, pero ante lo endeble de grebas y guardabrazos solo cabe plantear una opción similar salvo el caso de que fueran piezas destinadas exclusivamente a ornato, paradas militares y demás saraos para lucirse. Sea como fuere, y como el resto el conjunto, en este caso también tendremos de momento que ceñirnos a teorías.

¿Cuál es la válida? No se sabe y, salvo que aparezcan nuevos hallazgos que revelen alguna novedad, nos quedaremos como estamos. En lo que a mí respecta, me inclino casi sin dudarlo por la hipótesis de que los guerreros armados con estas armaduras estaban destinados a combatir desde un carro, una posición estática donde podía ofender al enemigo sin preocuparse de otra cosa más que ensartarlos como aceitunas de martini. Ellos eran prácticamente invulnerables, y salvo que el carro volcase podían pasearse impunemente por el campo de batalla. Incluso en el caso de que el conductor palmase siempre podía tomar las riendas y volver a sus líneas sin problemas. Otra opción, esta de cosecha propia, es que usasen los faldones para combatir en carro, mientras que para hacerlo a pie se despojasen de ellos ya que bastaría soltar los cordones de cuero para desprenderse de lo mismos. En todo caso, hay constancia es de que los tripulantes de carros hacían uso de armaduras. Las tabletas en Lineal B de Knossos muestran el suministro de al menos 36 corazas, incluyéndose además el número de carros con sus ruedas y caballos asignados. De esas 36 corazas, ocho estaban asignadas a razón de una por carro, lo que indica que el
Paul Aström (1929-2008)
conductor iba desarmado, mientras que se señala la existencia de dos unidades para 14 carros, por lo que ambos tripulantes iban protegidos si bien cabe suponer que el conductor usaría un modelo más ligero. Por lo tanto, el hecho de que al menos un tripulante de carro fuese fuertemente armado no debe ser desechado e, insistimos una vez más, los régulos y mandamases tenían el privilegio de luchar sobre ruedas, que se cansa uno menos y es no es tan peligroso como hacerlo pie en tierra.

Bueno, con esto creo que ya sabemos algo más sobre la peculiar armadura de Dendra. El casco lo dejamos para otro día, que mis odiosas cervicales están en franca rebelión.

Hale, he dicho

miércoles, 23 de octubre de 2019

EL ORIGEN DE LA BALLESTA, 2ª parte


Fotograma de la película "Hero" dirigida en 2002 por Zhang Yimou donde podemos flipar con batallitas chulas, hábiles
espadachines que flotan mientras se dan estopa y todo ello en plan poético y tal. Recomendable para los amantes del
cine épico y, además, para hacernos una idea de la magnitud que podía alcanzar un ejército chino. La imagen nos
muestra una escena en la que tropocientos ballesteros están cargando sus armas según su peculiar método

Bien, ya hemos visto como estos ingeniosos orientales, que a pesar de inventarlo casi todo hoy día lo copian todo, idearon las mortíferas y eficaces ballestas. Y no solo las inventaron, sino que encima desarrollaron un empleo táctico que tardó siglos en implantarse en Europa y unos mecanismos tan sofisticados que ni siquiera llegaron a implantarse en Europa, de lo que podemos deducir que en Europa no sabíamos un carajo de nada aunque me pese reconocerlo. Bueno, no me enrollo más. Comencemos...

LOS MECANISMOS

Mecanismos de disparo de una ballesta de la Dinastía Han
(206 a.C.-220 d.C.)
Ayer presentamos una imagen de los mecanismos de una ballesta aunque sin dar más explicaciones sobre ellos porque no es un tema que se solvente con dos renglones ya que son más complejos de lo que parece a la vista de sus escasas piezas, apenas seis si incluimos la carcasa y los pasadores. Según los hallazgos más antiguos, los mecanismos de estas armas se instalaban directamente en la culata, o sea, igual que se hacía en las ballestas europeas siglos más tarde. Esto tenía dos inconvenientes, a saber: en primer lugar, dificultaba el proceso de instalación ya que había que vaciar y dar forma a la culata para alojar los mecanismos, y en segundo lugar, estos ejercían fuertes tensiones sobre un material más blando, la madera en este caso. Este efecto se veía agravado por el hecho de que los chinos elaboraban las piezas con bronce, así que su presión sobre la madera hacía que esta sufriera aún más el desgaste.

La solución a este problema surgió en tiempos de la Dinastía Han, y consistió en algo tan fácil como colocar las piezas en una carcasa de bronce como la que vemos en la ilustración de la izquierda, por lo que el desgaste en la madera quedaba eliminado. Y, tanto o más importante aún, el proceso de fabricación de las armas se agilizaba enormemente ya que solo había que vaciar el espacio para la carcasa, algo mucho más fácil que tener que estar ajustando el eje de la nuez, el disparador, etc. Para fijar el conjunto a la culata solo había que colocar dos pasadores, también de bronce, lo que permitía extraer los mecanismos fácilmente para su reparación o sustitución.

Las piezas eran siempre las mismas, y salvo pequeñas variaciones en su forma permanecieron inalterables durante siglos. Veamos cuáles eran y para qué servían. La A es el gatillo, en el que vemos una muesca que bloqueaba al fiador B. Este, a su vez, fijaba la nuez C una vez que la verga alcanzaba su máxima flexión y era sujetada por las dos uñas de que disponía esta pieza. El saliente trasero servía precisamente para que la verga empujase hacia atrás la nuez hasta que era enganchada por el fiador. Resumiendo el proceso, la nuez retrocedía, el fiador la bloqueaba y el gatillo a su vez bloqueaba al fiador. Era un proceso consecutivo. Por último, los dos pasadores D fijaban la carcasa a la culata y, al mismo tiempo, el trasero hacía lo propio con el gatillo y la nuez y el delantero con el fiador. Básico y simple a más no poder, sin necesidad de resortes de ningún tipo, pero en Europa nunca se llegó a emplear este conjunto de piezas que permitía usar palas de más potencia y una fabricación en masa. Por cierto, ¿se han dado cuenta de que básicamente son los mismos mecanismos de disparo una pistola? Gatillo = gatillo, fiador = fiador, y nuez = martillo. Solo falta los muelles del fiador y el martillo. Curioso, ¿que no?

En cuanto a la secuencia de carga y disparo podemos verla en el gráfico de la derecha, donde las transparencias nos permitirán apreciar el proceso con más claridad. La figura A muestra los mecanismos en posición de reposo, esperando a que el ballestero tense la verga. Observemos que la nuez tiene un tetón que es el que acciona el fiador. En la figura B la verga ya ha sido tensada. Ha empujado la nuez, que ha retrocedido cuando esta ha hecho tope con el saliente trasero y ha quedado fijada con las dos uñas. Al mismo tiempo, el fiador ha sido bloqueado por el gatillo. Las flechas señalan el sentido en que actúa en cada pieza la tensión que ejerce la verga. Por último, en la figura C vemos el momento del disparo. El gatillo libera al fiador, y este a su vez a la nuez. Al avanzar la verga esta hará pivotar hacia adelanta a la nuez, que hará girar hacia abajo el fiador. Por si alguno no se ha percatado y aún no ha caído en la cuenta cuando al principio mencionábamos que estos mecanismos carecían de resortes, la explicación es que es la verga la que hace esa función. Su empuje hacia adelante es lo que mantiene todas las piezas enganchadas unas a otras. ¿Tá claro o noh'tá claro? Espero que sí. Bueno, prosigamos...

LOS PROYECTILES

Veamos ahora el tipo de proyectil que usaban estas armas, cuya elaboración también tenía sus peculiaridades. De izquierda a derecha tenemos en primer lugar el astil, elaborado por sistema con bambú, una planta que proporciona varas rectas, flexibles y muy resistentes por lo que su proceso de fabricación se reducía a cortarlas con la longitud deseada. En el extremo inferior vemos el emplumado, que en esto no había variaciones con el resto de la galaxia. En el centro, en la parte inferior, vemos de cerca una punta, toda ella de bronce obtenida mediante fundición. La parte A es la punta en sí, una pieza con forma de pirámide triangular que se asemejaría a los cuadrillos occidentales. Sus medidas oscilaban por los 3 cm. de largo y 1 cm. de ancho. Bajo la pirámide tenemos un casquillo (todo obtenido en una sola pieza) en cuya base se hacía un orificio para alojar la espiga. B es una finísima chapa de bronce o cobre que se usaba en caso de que hubiese algo de holgura entre el orificio de la punta y la espiga que vemos marcada como C. La espiga no se soldaba a la punta, sino que se introducía a presión. De ahí que a veces fuera preciso calzarla con la chapa B para lograr una unión sólida. Estas espigas medían entre 7 y 15 cm. de largo y tenían un grosor de unos 5 mm. La longitud total del proyectil, dependiendo del tamaño de la pala, oscilaba por los 60 cm., o sea, alrededor del doble de un virote europeo. Aunque básicamente este fue el proyectil estándar para estas armas durante su dilatada existencia, la panoplia de proyectiles tanto para ballesta como para arco de estos devoradores de rollitos de primavera era sumamente extensa, por lo que las dejaremos de reserva para otro artículo. Con todo, algunas crónicas permiten suponer que, al menos en sus primeros tiempos, las ballestas también usaron proyectiles esféricos aunque no conocemos con qué material estaban construidos, si bien no sería raro que fuesen algo similar a los bodoques de barro cocido usados en Occidente y que podían partir el cráneo al más pintado.

Por los ejemplares hallados, se dan casos que muestran un corte en el extremo exterior, lo que indica que la pieza era obtenida de una varilla más larga que se iba cortando a golpe de cortafrío, mientras que en otros casos se puede ver que estaban fundidas una a una con la longitud deseada. Una vez terminada la punta (figura central izquierda) había que ajustarla al astil de bambú que, como sabemos, era hueco. Para ello envolvían la espiga con hilo de lino (figura central derecha) hasta que quedase firmemente embutida. A la derecha vemos el dardo terminado. En el extremo hemos añadido un mecanismo de disparo que recrea algunos que se han hallado procedentes de la Dinastía Han y que, como vemos, en el saliente trasero presenta una escala que servía como referencia para apuntar. Imagino que harían coincidir la marca con la punta del proyectil o algo similar ya que estas armas carecían de punto de mira. A la derecha vemos a un honolable guelelo del Sel Divino de Aliba apuntando su ballesta. Por cierto, recordemos que los dardos de las ballestas de repetición eran diferentes, sin estabilizadores y con las puntas cónicas u ojivales. En cuanto a la dotación de proyectiles que llevaban los ballesteros en sus aljabas, cabe suponer que no había una cifra fija. La única referencia que se ha presentado hasta ahora procede de haces hallados junto a los guerreros de terracota con 100 unidades cada uno, lo que se me antoja una cifra un tanto elevada pero, en fin, ya sabemos que los baremos de los occidentales no tienen nada que ver con los orientales.

USO TÁCTICO

Carro de guerra chino de la época de los Reinos Combatientes (475-221 a.C.)
El tripulante de la izquierda está armado con una ji
Parece ser que fue el emperador Qin Shi Huang (259-210 a.C.), el del ejército de terracota, el primero que vio el enorme potencial de la ballesta, especialmente a la hora de usarlas contra los carros enemigos. Este probo Hijo del Cielo se tuvo que ver las caras con infinidad de nobles que no estaban por la labor de verlo convertido en el unificador de la China, así que no le quedó otro remedio que hacer uso de todo tipo de medios para someterlos. El carro de guerra, como hemos visto en otras entradas dedicadas a estos chismes, ejercían un efecto psicológico devastador sobre la infantería que veía como en breve serían arrollados bonitamente, así que se asustaban mucho y decidían dar la espalda al enemigo y largarse sin más historias. Qin, que debía ser un sujeto inteligente, llegó a la conclusión de que lanzar una andanada tras otra sobre los carros enemigos era la mejor, por no decir la única, forma de detenerlos. La ballesta permitía hostigarlos desde varios cientos de metros antes del contacto, y sus tripulantes se pensarían dos veces seguir avanzando al ver caer como moscas tanto a sus colegas como a los pencos que tiraban de los vehículos. Estos carros solían estar dotados por tres hombres: el conductor, un arquero y un lancero armado con una ji, una parienta oriental de la alabarda de unos 2,5 metros provista de pica, una cuchilla curvada a un lado y un pequeño gancho en el otro. Así, mientras el arquero disparaba contra los infantes enemigos, el rongyou, el fulano que estaba armado con la ji, alejaba con su arma a los que intentasen acercarse al vehículo. 

Carro de la Dinastía Qin con el ballestero en lugar del
arquero tradicional
Así pues, y ya que la ballesta era un arma de fácil manejo que requería poco tiempo para que las tropas aprendieran a darle un uso apropiado, Qin reclutó miles y miles de hombres para formar unidades de ballesteros que acabaron con el poder decisivo de los carros de guerra. Pero no se limitó a anularlos a nivel táctico, sino que sustituyó al arquero de sus carros por un ballestero aunque para darle a los vehículos un uso totalmente distinto ya que la ballesta no era un arma adecuada para manejarla y, sobre todo, cargarla sobre uno de aquellos trastos lanzado a toda velocidad por mitad del campo. La idea consistió en usar el carro como una lanzadera de tropas hacia donde fueran más necesarias, y una vez alcanzado el objetivo formaban una barrera o un círculo con los carros tras los cuales los ballesteros podían hostigar al enemigo que se aproximaba. Del mismo modo, la ji de los rongyou se alargó hasta los 4,2-4,5 metros para tener a raya a la caballería enemiga que cargase contra ellos. Además, junto a cada carro corrían 25 infantes que se sumarían a la defensa, formando así una especie de cuadro similar a los empleados en Europa desde el Renacimiento para contener las cargas enemigas. Como vemos, en este tema también iban siglos por delante de nosotros.

Pero no solo idearon un uso más racional de los carros de guerra, sino que se nos adelantaron unos 800 años en el disparo por filas como el que se explicó en la serie dedicada al Martini-Henry, o sea, disponer filas de ballesteros que se iban turnando para mantener una constante lluvia de proyectiles contra el enemigo. La primera constancia gráfica de esta táctica aparece en el manual de Li Quan que citamos en la entrada anterior, escrito hacia 759 d.C. Ojo, esto no quiere decir que lo inventasen en esa época, sino que fue este militar el primero que se molestó en dejar constancia gráfica del mismo, por lo que es más que probable que ya se usara desde mucho antes. A la izquierda vemos el esquema dibujado por Li Quan en el que hemos marcado de rojo las filas de ballesteros, que inicialmente la formaban dos grupos. El primero era denominado como "ballesteros disparando", que una vez habían disparado se replegaban hasta el lugar del segundo grupo formado por dos filas denominadas "ballesteros cargando". La más adelantada avanzaba para ponerse en primer lugar, y así sucesivamente. La cadencia la marcaban los tambores sombreados de verde que aparecen detrás y que tocaban según ordenaba el oficial al mando, colocado en el centro de la formación. El efecto de esta táctica lo describió de forma bastante explícita Du You unos 50 años más tarde en su obra "Tong dian" explicando que "...se turnan [los ballesteros], giran y regresan de modo que, una vez que han cargado, salen [a la fila exterior] y una vez que han disparado entran [en la formación]. De esta manera, el sonido de la ballesta no cesará y el enemigo no nos hará daño". Si tenemos en cuenta que esta gente no hacían lo mismo que en Europa, donde se juntaban como mucho un par de miles de ballesteros, sino de varios miles o incluso decenas de miles, ya podemos hacernos una idea de que formarían una barrera de proyectiles absolutamente impenetrable. Sirva como ejemplo un dato que facilita Cheng Zong Dou, un monje shaolin que en 1621 comentaba que "los antiguos usaban diez mil  ballestas disparando en concierto para ganar victorias sobre los enemigos". Por aquellas fechas, en Europa solo hacía un siglo birrioso que se había empezado a usar el disparo por filas con los arcabuces, porque con las ballestas o los arcos por lo visto no se le ocurrió a nadie. Humillante, ¿que no? Aparte de esto, el shaolin abogó por proveer a los ballesteros de armas para defensa cercana y poder así defenderse si se llegaba al cuerpo a cuerpo o contra las cargas de caballería, que nunca se sabe...

Poco tiempo después, con el advenimiento de la Dinastía Song, se añadió una tercera fila de ballesteros, con lo que la primera fila sería la de "ballesteros disparando", la segunda de "ballesteros avanzando", y la tercera "ballesteros cargando". El sistema de rotación era exactamente igual con la salvedad de que el relevo entre filas sería más organizado sin perder cadencia de tiro. En la ilustración de la derecha vemos este tipo de formación que muestra claramente a los hombres de la primera fila apuntando sus armas contra el enemigo; los de la segunda están ya preparados para sustituirlos, y los de la tercera cargan usando los cordeles que vimos en la entrada anterior y que valían tanto para ayudar al proceso de carga como para transportarlas a la espalda durante las marchas. Por cierto que algunos jefes militares llegaron a usar unidades combinadas de arqueros y ballesteros, si bien de forma puntual. Imagino que el motivo sería básicamente la escasez de efectivos por separado, y que uniéndolos obtendrían mayor potencia de fuego. 

Bueno, esto es todo. Dudo muy mucho que haya cuñados que estén al tanto de estas cuestiones, así que no duden en humillarlos cuando estén en alguna reunión de esas en las que se empeñan en hacer gala de su "nivé curturá" que no llega ni al de un bonobo con severas carencias de tipo intelectual. A saco con ellos, sin piedad.

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONADAS:

EL ORIGEN DE LA BALLESTA, 1ª parte





martes, 24 de julio de 2018

Carros de guerra micénicos. Los tripulantes


Bien, tras el paréntesis de los misteriosos caños de arambre, prosigamos con el parque móvil de Micenas. Por el número de unidades disponibles y dejando aparte los 33 carros que, según las tablillas de Cnosos, se sabe que estaban destinados a la nobleza o como vehículos ceremoniales, se da por sentado que el uso táctico que los aqueos hacían de sus carros era el convencional: ataques en masa para romper las líneas enemigas, hostigamiento y acoso a la infantería que optaba por salir echando leches del campo de batalla y, finalmente, aprovechar su velocidad para llevar a cabo repentinos ataques por las alas para rodear o mermar las fuerzas del enemigo. No obstante, y tal como vimos en la entrada anterior, la morfología del carro micénico fue cambiando, y con ello el armamento de sus tripulantes e incluso el despliegue de los mismos en batalla ya que, como todo en cuestiones militares desde tiempos inmemoriales, los conceptos tácticos variaban constantemente en función de las fuerzas disponibles, de las armas en uso y del enemigo a batir, que no era lo mismo hacer frente a una horda de cuñados ávidos de zumo de uva que a un cuarto de millón de persas cabreados. Así pues, veamos como fue la evolución de las tripulaciones de estos vehículos.

Probo ciudadano recreacionista armado con una
réplica de la panoplia de Dendra
Los primeros carros que entraron en servicio hacia el 1550 a.C. estaban tripulados por dos hombres, un conductor y un combatiente. Esta pareja era denominada según el Lineal B como EQWETAS o seguidores. Hay bastante controversia acerca del armamento defensivo del combatiente desde que, allá por 1960, se descubrió la famosa panoplia de Dendra, habiendo teorías para todos los gustos: desde los que opinan que era una armadura al uso en todos los tripulantes-combatientes a los que afirman que solo la empleaban personajes de cierto rango. Se han hecho infinidad de pruebas y ensayos intentando demostrar que era posible usar la famosa armadura combatiendo a pie y, de hecho, su peso, de apenas 18 kilos, no supondría ningún impedimento. Sin embargo, sus engorrosos faldones, sus abultadas hombreras y el exagerado protector para el cuello hace que muchos piensen que estaban concebidas para los tripulantes de carros, entre ellos Connolly, cuya opinión es sin lugar a dudas un referente que siempre se debe tener en consideración

Por otro lado, la creencia de que su empleo era válido solo para los carristas se basa ante todo en el armamento que usaban: una larga lanza o EKESI de dimensiones similares a la sarisa macedónica, de unos 5,5 metros de longitud, y armadas con una impresionante moharra de bronce de alrededor de 60 cm. de largo. Como es obvio, semejante trasto solo podía ser manejado con ambas manos agarrándola casi por el centro del asta, lo que dejaba unos 2,5 o 3 metros por delante para ofender a la infantería enemiga antes de que los caballos estuvieran a su alcance y pudieran herirlos. La necesidad de tener ambas manos libres para manejar la lanza era lo que habría obligado a proteger al combatiente de pies a cabeza con una sofisticada armadura de bronce y un casco de colmillos de jabalí, unos peculiares yelmos fabricados con tiras de cuero formando una sólida base que , finalmente, era recubierta por una capa a base de hileras formadas por láminas de colmillos de estos suidos combinadas con tiras de bronce. Las carrilleras y los cubrenucas, según los ejemplares hallados, podían estar también forrados de láminas de colmillos o estar fabricados enteramente de bronce. A la derecha vemos una reconstrucción realizada por Connolly basada en el yelmo hallado en Dendra. 

Así pues, aceptando que el tripulante combatiente fuese armado con esta armadura y obviando si además era empleada para combatir a pie ya que esa opción no viene al caso, bajo el arnés vestía una túnica de lino para proteger la piel de los roces del metal. El conductor iría vestido con una túnica similar y con la cabeza protegida por un casco del mismo tipo que su compañero, al parecer adornados en ambos casos con penachos de crines de caballo seguramente con fines identificativos. El conductor no iba armado, o al menos no con armamento destinado a combatir desde el carro, por lo que la panoplia del vehículo se limitaba a la lanza del combatiente y a una PHASGANA o espada especialmente concebida para herir de punta y con la rigidez necesaria como para penetrar en los escudos y corazas enemigos como la que vemos en la lámina superior. Para ello, la fina y larga hoja de 65 cm. de largo tenía una gruesa nervadura en toda su extensión, talmente como los estoques usados en el siglo XVI para vulnerar las armaduras de placas. Esta espada no la ceñía el combatiente, sino que iba envainada en un costado del carro, de forma similar a los arcos de los egipcios.

En resumidas cuentas, los EQWETAS de estos primeros carros tendrían un aspecto similar al de la lámina inferior, donde vemos como el combatiente clava su lanza en un cuñado. Recordemos que para afianzarse en el carro y no salir despedido, la caja del vehículo contaba con un separador unido a la barra de refuerzo superior, donde el combatiente podía apoyar la pierna. Así mismo, en la ilustración se puede apreciar que los brazos los tiene también cubiertos por dos guardabrazos, piezas estas que incluso podrían complementarse con una especie de guanteletes bastante parecidos a los que se usaban en Europa en el siglo XIV si nos basamos en algún ejemplar aparecido en ajuares funerarios y que hemos recreado en la imagen de la derecha, donde vemos la réplica y el original. Estos guanteletes o como queramos llamarlos protegían el dorso de la mano y se fijaban mediante una correa que unía dos botones. Los orificios que se aprecian encima del pulgar y el índice podrían servir para coser en su interior algún tipo de relleno de tela o fieltro.



Por lo demás, conviene mencionar un dato que puede despistar a alguno que otro. En una tumba de Micenas apareció un sello, o sea, un anillo, en el que figuraba un carro tripulado por un conductor y un arquero. Este anillo, datado hacia el siglo XVI a.C. sería pues el primer testimonio de un carro micénico, lo que hizo pensar que los arqueros habían sido en algún momento tripulados por un combatiente armado con arco en vez de la lanza de empuje mencionada anteriormente. Sin embargo, la realidad se trataba de una representación de un noble dedicándose a la caza, concretamente de un ciervo, algo semejante a lo que vemos en la ilustración superior y que forma parte de la decoración de una arqueta de marfil hallada de Chipre.

Con el paso del tiempo, la panoplia del combatiente varió de forma substancial, probablemente debido a la evolución del uso táctico del carro. Hacia el siglo XIII a.C., cuando entraron en servicio los carros de barras como el que vemos a la derecha, el combatiente aligeró su armamento defensivo de forma notable. Como vemos en la ilustración, trocó su engorrosa armadura por una rodela forrada de piel y provista de un umbo de bronce. El cuerpo estaba protegido por una THORAKES, una coraza también de bronce que cubría el dorso y la espalda, pero no los hombros. La larga espada fue sustituida por otro tipo más corto y ancho, apto para herir tanto de filo como de punta. Las piernas las protegía con unas grebas bajo las cuales se colocaba unos perniles o una especie de calcetines de lana para protegerse de las rozaduras. Finalmente, la cabeza la cubría con un casco más simple, posiblemente de cuero hervido y reforzado con algunas tiras de bronce. En cuanto al conductor, su indumentaria era similar, pero desprovisto de armamento. 

Esta nueva panoplia, mucho más adecuada para combatir pie en tierra que su predecesora, ha hecho pensar que, probablemente, en muchos casos se usó el carro como un mero transporte para infantería, como ya se anticipó en la entrada anterior. De ese modo, en caso de necesitar desplazar con prontitud tropas a puntos en los que el enemigo amenazase con romper las líneas, un grupo de guerreros selectos podrían acudir rápidamente donde fuera necesario, rechazar a los enemigos y, si su presencia ya no era necesaria, replegarse para quedar a la espera de ser nuevamente llamados. Para ello, una vez apeados los conductores se retirarían a una distancia prudencial aguardando el momento de volver a recogerlos. Un testimonio de este cambio en el uso táctico del carro lo tenemos en la imagen de la derecha, correspondiente a un fresco hallado en Pilos donde vemos un carro con su conductor y un guerrero caminando junto al mismo armado con una lanza corta propia de la infantería. 

Poca vida operativa tenían ya por delante los carros de guerra. La cultura micénica estaba ya en total descomposición, y los aqueos que les siguieron en el tiempo tuvieron claro que la infantería era el arma más fiable y, sobre todo, más barata que los costosos carros a los que debían dedicar grandes sumas de dinero para su fabricación y mantenimiento. 

Bueno, criaturas, con esto terminamos por hoy. La malvada musa se está portando bien, así que omitiré la opinión que me merece por sus repentinos e inopinados abandonos.

Hale, he dicho

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Recreación de un noble micénico junto con varios cuñados haciéndole la pelota y diciéndole lo guapo que está con su
piel de león. El personaje, armado con una panoplia como la de Dendra, va sobre un carro más lujoso, con incrustaciones
de marfil y demás chorraditas, de los que tenían destinados al uso personal de estos nobles

viernes, 20 de julio de 2018

Carros de guerra micénicos

Dramático momento en que el peleida Aquiles arrastra el cadáver del priamida Héctor ante las narices de los troyanos
tras escabecharlo bonitamente en combate singular. El carro que conduce, aunque no es una réplica exacta ya que los
carros que nos ocupan iban provistos de lanza en vez de balancines, se aproxima bastante a la tipología empleada por
los aqueos y demás tribus griegas allá por el siglo XII a.C.

En su día ya pudimos estudiar con detenimiento la aparición y el desarrollo es estos artefactos de la mano de hititas y egipcios, que los emplearon con bastante regularidad durante mucho tiempo ya que, en aquella zona del planeta, las extensas llanuras permitían su uso masivo sin que la orografía del terreno supusiera un inconveniente a la hora de maniobrar en los campos de batalla. Por mera proximidad geográfica y, obviamente, por el contacto entre distintas culturas que facilitaba el comercio, los probos ciudadanos helénicos no tardaron mucho en apoderarse de la idea y diseñar sus propios carros de guerra adaptándolos tanto a su forma de combatir como al terreno donde serían desplegados, mucho más abrupto y menos llano que en Oriente Próximo. 

La famosa máscara funeraria de oro que Schliemann halló
en Micenas y que atribuyó sin dudarlo ni un instante a
Agamenón. Al día de hoy aún no se sabe de quién fue.
Pero antes de entrar en materia conviene aclarar un detalle, y es que no existió un "imperio micénico" ni nada semejante. Es más, Micenas, como designación de una cultura situada en los confines de Europa, ni siquiera aparece en las fuentes clásicas, donde los habitantes de esta región eran denominados como aqueos, acayos o dánaos, en resumen, griegos. Fue en el siglo XIX, cuando Schliemann descubrió, ademas de Troya, la tumba situada en Micenas que atribuyó sin más al atreida Agamenón y sus compañeros de armas, cuando lo "micénico" dejó de ser una mera leyenda para convertirse en realidad. Así pues, esta cultura micénica comprendía los territorios de la actual Grecia y demás islas del Egeo que durante un período de unos 500 años, desde los siglos XVI al XII a.C.- Edad de Bronce Media y Tardía-, tuvieron su máximo esplendor. Bien, aclarado este punto, al grano pues...

Vasija micénica en la que vemos un carro con sus dos
tripulantes (c. siglo XIII a,C,)
No ha llegado a nuestros días ningún resto de algún carro micénico que nos permitan conocer de primera mano su apariencia real como el caso de los carros egipcios. No obstante, hay abundantes testimonios gráficos en la cerámica de estos probos ciudadanos lo que, además de conocer su morfología de forma razonablemente precisa, nos permite datar cada tipología en función de la vasija, crátera o cacharro mondo y lirondo en los que aparecen pintados los carros que nos ocupan junto a sus tripulantes. Por otro lado, la profusión de piezas cerámicas en las que el protagonista es el carro de guerra es un indicio evidente de la importancia que los griegos daban a estos chismes a pesar de que su proliferación no alcanzó en modo alguno a las del ejército egipcio. Finamente, tenemos las fuentes escritas, en las que Homero se preocupó de relatar con detalle la forma de empleo de estos artefactos, así como su despliegue en el campo de batalla.

La tipología más antigua se remonta aproximadamente al año 1550 a.C., cuando el ejército aqueo adopta un carro de guerra basado en un diseño posiblemente sirio, concretamente un modelo datable hacia el siglo XVIII a.C. No obstante, este carro sufrió una serie de modificaciones para reforzar su estructura ya que no rodaría sobre arenales o terrenos prácticamente sin ningún tipo de obstáculos, sino por zonas llenas de baches y con abundantes piedras que, lógicamente, acelerarían el desgaste del vehículo y harían su vida operativa muy corta. Básicamente, era un carro de dos caballos (esto permaneció invariable en todos los modelos surgidos a lo largo del tiempo) provisto de ruedas de cuatro radios, que fue en realidad lo único que conservó inalterable de la tipología original, cuyo eje estaba situado muy cerca del centro de la caja por lo que el peso tanto del carro como de sus tripulantes no recaería en los caballos, aminorando así el esfuerzo que debían hacer para tirar del mismo. Dicha caja, de forma rectangular, estaba recubierta inicialmente de algún material ligero, seguramente un trenzado de mimbre o piel de vacuno. Pero lo más significativo fue la adición de una barra o pértiga de madera que unía el yugo con la parte superior de la caja, quedando unida sólidamente a la lanza del carro en toda su longitud. Podemos verlo, si bien de forma un tanto esquemática, en el bajorrelieve de la ilustración superior. 

Por otro lado, esa pértiga se prolongaba hacia el interior de la caja más o menos de la forma que vemos en la ilustración de la derecha marcado de rojo, con lo que se perseguían dos fines: uno, hacer más resistente la estructura del carro y reforzar el punto débil de estos vehículos, la lanza; por otro, ofrecer un punto de apoyo al tripulante-combatiente que, armado con una lanza de empuje, debía disponer de una sólida plataforma para afianzarse a la hora de ensartar enemigos sin salir disparado hacia atrás. El resto de la estructura estaba fabricada con palos de sección circular moldeados con vapor, y el suelo de la caja consistía en una plataforma a base de gruesas tiras de cuero entrelazadas entre ellas. De esta forma no se añadía peso extra al vehículo y, además, actuaba como una rudimentaria suspensión que daba un mayor confort de marcha a los tripulantes. Pasar un largo rato circulando por un terreno relativamente accidentado en un carro cuyo eje y ruedas eran rígidos debía ser agotador, por lo que la plataforma de cuero ayudaría a mitigar esa sensación de ir botando constantemente. 

Esta ilustración nos permitirá ver con más detalle el refuerzo que unía
la caja con el yugo y que, como vemos, estaba además sólidamente unido
a la lanza.
En cuanto al tipo de maderas empleadas en la manufactura de carros, y esto permaneció invariable a lo largo del tiempo, eran el olmo, el sauce, el tejo, el boj y el ciprés. Las unidades disponibles las conocemos por las Tablillas de Cnosos, datadas entre los años 1400 y 1200 a.C. y que consisten en unas 3.000 piezas escritas en Lineal B, una forma de griego arcaico, que contienen entre otras cosas inventarios de armas y bastimentos del ejército. En una de ellas se especifica que, el menos en aquel lapso de tiempo, se disponía de unos 550 armazones de carros y un número similar de pares de ruedas para los mismos. Obviamente, esta cifra queda muy lejos de los efectivos de que disponían los ejércitos egipcio e hitita, pero no por ello deja de ser una cantidad importante. Entre estos se incluirían algunas decenas de ellos, según las Tablillas de Cnosos 33 unidades, provistos de un acabado más lujoso para los mandos y la élite militar y que, posiblemente, no estaban concebidos para entrar en combate, sino para transportar a estos personajes al campo de batalla o para uso ceremonial. 

La vida operativa de este tipo fue de unos 100 años aproximadamente. Entre 1450 y 1200 a.C. entró en servicio una versión mejorada del modelo inicial a la que se había alargado la caja por la parte trasera, formando dos alas semicirculares como las que vemos en el carro de la derecha. Estas alas o extensiones no suponían una ampliación del suelo, que permanecía del mismo tamaño y forma, pero facilitaba enormemente al tripulante-combatiente subir con el vehículo en marcha, y además protegía a sus dos ocupantes de la entrada en la caja de barro, piedras lanzadas a gran velocidad por  las ruedas e incluso para evitar que salieran despedidos en caso de un movimiento brusco del carro. La estructura estaba forrada de piel de vacuno o de lino, y posiblemente pintadas con distintas tonalidades de rojo quizás para hacerlos más vistosos en el campo de batalla. Por lo demás, como vemos en la ilustración, el resto de sus componentes permanecía inalterable, incluyendo la pértiga de refuerzo que dividía el interior de la caja en dos mitades para mejorar la estabilidad de la tripulación que, como en el tipo anterior, era de dos hombres, el conductor y el combatiente.

Una última versión surgió hacia el siglo XIII a.C. que supuso un cambio radical tanto en la estructura como el empleo táctico de estos carros. Se redujo de tamaño la caja, se suprimió la pértiga de refuerzo y, lo más significativo, se eliminó la cubierta, quedando a la vista un mínimo armazón formado por palos de sección circular, lo justo para que los tripulantes no se dieran una costalada de aúpa en la primera curva. A la derecha podemos ver el aspecto de dos de ellos, reconstrucciones basadas en representaciones artísticas de la época que solo se diferencian en la distribución de las barras que forman el armazón de la caja. En este caso cabe pensar que una reforma tan radical obedecía a algo más que a un método para aligerar de peso un vehículo que, de por sí, no era excesivamente masivo ya que solo se eliminó la cubierta de la caja y la pértiga superior de refuerzo. Basándonos en los relatos de Homero, parece ser que la incorporación de este modelo estaba orientada a un despliegue distinto en el campo de batalla por el que la figura del tripulante-combatiente dejaba de luchar a bordo del carro para, simplemente, usar el vehículo como medio de transporte. De ese modo se podían desplazar con prontitud a los puntos más comprometidos del campo de batalla a contingentes de tropas que, una vez llegados a destino, se apeaban de los carros para combatir a pie mientras que los conductores se retiraban a una distancia prudencial a la espera de acontecimientos: en caso de lograr poner en fuga al enemigo, recoger a los combatientes para comenzar una persecución, y en caso de verse arrollados recogerlos y batirse rápidamente en retirada a zona segura para reagruparse. Esta tipología estuvo operativa entre los años 1250 y 1150 a.C., cuando comenzó el declive de la cultura micénica.

Recreación de un carro de barras según el magistral lápiz de Angus
MacBride. En la ilustración vemos a los dos tripulantes con el armamento
propio de la época
El abandono del carro de guerra de debió ante todo al elevado costo tanto de su construcción como de mantenimiento, además del personal necesario para el mismo. Según las Tablillas de Cnosos, los vehículos se manufacturaban por separado, es decir, las cajas se fabricaban en un taller y las ruedas en otro, ambos anejos al palacio real y, posteriormente, eran almacenados en arsenales. Pero además del costo de la madera y la mano de obra había que añadir el de los caballos, los domadores para adiestrarlos como animales de tiro, cuidadores, caballerizos, instalaciones para el alojamiento de los caballos y, por supuesto, el adiestramiento de los tripulantes ya que no era lo mismo pasearse en un carro tirados por dos pacíficos bueyes a paso de tortuga que avanzar a toda velocidad por un campo de batalla con cientos de enemigos intentando por todos los medios acabar con ellos. Es más que probable que la carga financiera del mantenimiento de las unidades de carros más el imparable declive de Micenas acabara por desechar el carro de guerra. Al cabo, los aqueos eran ante todo un pueblo de infantes, y como mostraron en siglos posteriores su verdadera fuerza radicaba en el uso racional de los cuadros de infantería que, por cierto, supieron dar buena cuenta de los carros persas en tiempos del macedonio Alejandro. 

Bueno, estos fueron grosso modo los tres tipos de carros de guerra usados por los aqueos hasta que se dieron cuenta de que la caballería era más barata y rentable, y que una fuerza de infantería bien entrenada era un muro infranqueable para estos vehículos. No obstante, y como ya sabemos, el uso del carro de guerra prosiguió en las naciones de Oriente Próximo, donde el terreno facilitaba los ataques en masa que aún eran capaces de desbaratar cuadros enteros salvo que mantuviesen una disciplina férrea obtenida a base de un entrenamiento exhaustivo. Con esto concluimos, que la musa me está lanzando una mirada aviesa y no quiero contristarla nada más retornar de su periplo. En la próxima entrada hablaremos de los tripulantes, el armamento que usaban y el despliegue en el campo de batalla de estos chismes.

Hale, he dicho

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