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martes, 28 de mayo de 2024

HASTA VELITARIS

 

Grupos de VELITES infiltrándose entre los paquidermos enemigos, a los que hostigan arrojándole sus aguzadas jabalinas para cabrearlos y romper la formación

Hace ya varios cientos de lustros virtuales publicamos un articulillo sobre los VELITES, la infantería ligera del ejército romano durante la República. Como recordarán, y si no lo recuerdan echen un vistazo al mismo pinchando en el enlace, estos probos homicidas eran los ciudadanos-soldados con menos poder adquisitivo de la augusta Roma. Como ya se explicó en su día, en aquellos tiempos, la aspirante a capital del imperio carecía de ejército profesional, por lo que cada ciudadano acudía a la llamada de las armas pagándose su panoplia de su bolsillo y, por ende, era destinado a una unidad conforme a las características del mismo. El ejército se dividía en HASTATI, PRINCIPES y TRIARII, que conformaban la infantería pesada, más los EQVITES pertenecientes a las clases más pudientes ya que podían pagarse un penco para no tener que caminar mucho. Los menos pudientes eran los VELITES (hagan el favor de pronunciar "uelites", con U), que nutrían la infantería ligera y que, por la misma razón, eran los menos pudientes de todos. 

VELES dispuesto para el combate. Su mínimo armamento
defensivo, limitado a la PARMA, le permitía más agilidad
y velocidad que sus compañeros de la infantería pesada

Cada legión contaba entre sus efectivos con 1.200 VELITES cuya misión era mucho más importante de lo que se suele pensar, siendo generalmente más tenida en cuenta la infantería pesada que se movía por el campo de batalla conforme al despliegue táctico propio de los helenos, la falange, pero sin el apoyo de los VELITES podían tenerlo bastante crudo. Estos hombres, generalmente los más jóvenes del ejército- de ahí por lo general sus escasos medios económicos-, podían ofrecer dos ventajas innegables: una, su juventud y agilidad les permitían moverse rápidamente donde su presencia era requerida; y dos, su escaso armamento les facilitaba esa rapidez para desplegarse, si bien no por ello ofrecían una capacidad ofensiva despreciable. Como ya vimos en su momento, su panoplia defensiva se limitaba a un casco baratucho de bronce o, simplemente, nada, y a una PARMA, una rodela mucho más liviana y manejable que el SCVTVM de la infantería pesada. En cuando a las arma ofensivas, solo portaban un gladio o un puñal y tres o cuatro HASTÆ VELITARIS, unos dardos de pequeño tamaño que eran la base de su panoplia y con los que hacían mucho más daño de lo que imaginan. Sin embargo, poco se habla de esas armas que, a lo tonto, eran capaces de deshacer una carga de caballería, de elefantes o de diezmar un cuadro de infantería enemiga, tras lo cual salían echando leches a sus líneas en busca de la protección que les brindaban sus compañeros de armas. El gladio quedaba relegado a las escasas ocasiones en las que se veían obligados a llegar al cuerpo a cuerpo, por lo que su arma principal era el HASTA VELITARIS o VERUTVM, un chisme bastante ignorado y que, por ello, será el protagonista de este articulillo. Bueno, al grano...

Ojo, que eso de la infantería ligera tampoco lo inventaron los
romanos. Ahí ven a un peltasta tracio dando guerra en tiempos
del macedonio Alejandro, allá por el 300 a.C. Como se puede
comprobar, su panoplia es idéntica a la romana

Ante todo, debemos tener en cuenta algunos detalles que se suelen pasar por alto. Como ya saben, la infantería pesada procedía al lanzamiento de sus PILA tras el IMPETVS contra la formación enemiga. Al marchar en filas compactas, las probabilidades de herir o matar a un enemigo eran bastante grandes, por lo que el infante no tenía que ser un fenómeno a la hora de buscar precisión en sus lanzamientos. Con ser capaz de cubrir la distancia habitual ya había cumplido. Su PILVM, provisto de una enorme capacidad de penetración, atravesaría el escudo de cualquier cuñado con la energía suficiente para herirlo o, en el peor de los casos, obligarle a soltar el escudo porque el peso de la lanza lo hacía inmanejable, y pretender arrancarlo en plena fiesta era misión imposible. Sin embargo, el VELES se veía obligado a tener una precisión mucho mayor tanto en cuanto no solía arrojar sus HASTÆ VELITARIS contra una masa compacta, sino contra objetivos mucho más dispersos: infantería ligera enemiga durante una escaramuza, caballería que se cruzaba con ellos a toda velocidad o incluso diez o doce elefantes que, aunque lentos y torpones, iban tripulados por uno o dos arqueros que podían mantener a distancia a los VELITES antes de que estos pudieran ofenderlos. Por lo tanto, tenían que tener una destreza notable en el lanzamiento de sus dardos, y no le quedaba otra que aprovechar cada uno de ellos si no querían verse "sin munición" en plena movida. Luego hablaremos con detalle de la dotación de VERVTI de la que disponían. Como es obvio, lograr esa destreza en un ejército profesional en el que se podían pasar horas practicando no tenía ningún misterio, pero cuando se era el ciudadano panadero, el ciudadano curtidor o el ciudadano albañil que acudían a la llamadas de las armas de higos a brevas, la cosa ya no era tan fácil. Un currante tenía que calentar el puchero a diario, y no tenía mucho interés y aún menos tiempo para irse a un descampado a hacer prácticas.

VELITES cabreando seriamente a los cartagineses que tripulan un elefante un
poco pasado de tamaño para los que se usaban en realidad. En todo caso, un
grupo de estos infantes podía convertir al paquidermo en un acerico en un
periquete, matándolo por la abundante hemorragia producida por las HASTÆ
VELITARIS
que penetraban hasta sus entrañas

Y no solo tenían que adquirir la destreza necesaria para acertar en el blanco, sino también la potencia mínima para lograr el máximo alcance posible con la suficiente energía como para ofender a los enemigos. Como ya sabemos, la energía cinética se obtiene de la masa y la velocidad del proyectil, por lo que un dardo ligero, pero muy rápido o pesado pero muy ligero o lento no tenían la efectividad que lograba una combinación de ambos factores- velocidad y masa- capaz de perforar un escudo o una coraza enemigos y, además, hacer carne y penetrar en el cuerpo produciendo una herida grave o mortal. Y, por otro lado, cuanto más alcance se lograse, más fácil era mantener alejados a los enemigos ávidos de devorar sus vísceras bien regadas con GARVM. En resumen, ser destinado como VELES no era precisamente ningún chollo, y más si consideramos que eran los primeros en empezar a establecer escaramuzas con el enemigo, acudir con presteza como apoyo al lugar del campo de batalla donde hicieran falta refuerzos o adelantarse al ejército para realizar o prevenir emboscadas o divisar los movimientos enemigos. ¿Qué cómo sabemos si estos ciudadanos eran capaces de alcanzar la destreza necesaria para el desempeño de sus funciones? Pues esa es la cosa, que no lo sabemos. Nadie ha dejado constancia de las actividades del personal cuando no estaban sujetos a filas y se dedicaban a sus oficios, de modo que, lo más que podemos hacer es suponer que, en efecto, dedicarían parte de su tiempo a ir adquiriendo cada vez más destreza en el manejo de las armas, entre otras cosas porque les iba la vida en ello.

VELES con su panoplia al completo. Obsérvense los distintos yelmos que
solían emplear. Los tres superiores son del tipo Montefortino galo que fue
adoptado por todo el ejército romano
Bien, la cosa es que no han llegado a nosotros testimonios gráficos de los VELITES, ni en forma escultórica ni pictórica. Supongo que nadie mandaría decorar su TABLINVM (el despacho del PATER FAMILIAS) o el ATRIVM con las tropas más pobretonas del ejército, prefiriendo poner al peleida Aquiles dándole estopa al priamida Héctor ante los muros de Troya o, mejor aún, a Vercingétorix humillado ante Roma. Sin embargo, afortunadamente, sí disponemos de fuentes históricas solventes con las que reconstruir de forma bastante aproximada el aspecto de estos inopes homicidas. La más detallada procede de Polibio, el cual fue enviado como rehén a Roma en 167 a.C. tras la batalla de Pidna y tuvo ocasión de empaparse a fondo acerca del universo de los futuros amos del mundo. En su Libro VI de "Historias" nos dice que a los VELITES "...se les ordena llevar una espada, jabalinas y un escudo, el cual es fuerte y lo suficientemente grande como para brindar protección, es circular y mide tres pies de diámetro (1 metro). También usan un casco sencillo, y a veces lo cubren con una piel de lobo o algo similar para protegerse y actuar como un distintivo por el cual sus jefes pueden reconocerlos y juzgar si luchan con valentía o no". 

Y de la misma forma que nos describió a los VELITES, Polibio también se tomó la molestia de legarnos en aspecto de su arma principal, la HASTA VELITARIS. Con todo, debemos tener en cuenta un detalle, y es que no había una estandarización en lo referente a su longitud y tipo de moharra. Al cabo, los PILA de la infantería pesada tampoco observaban una uniformidad determinada, y en ambos casos podemos decir que, partiendo de un patrón básico, cada unidad o en cada provincia se fabricaban de una forma u otra, quizás considerando el enemigo a batir. No era lo mismo tener que vulnerar la gruesa piel de un elefante que el fino pellejo de un nubio, por poner un ejemplo. 

Bien, según el probo Polibio, la HASTA VELITARIS tenía un asta de dos codos de longitud (90 cm.), y estaba armada con una moharra de alrededor de un palmo, uséase, unos 20 cm. si bien en este detalle nos extenderemos un poco más adelante. Su morfología era más básica que la sesera de un alcalde de pueblo: un cubo de enmangue del que emergía una larga pica cuadrangular que se iba afilando hacia la punta hasta convertirla literalmente en una aguja o bien en una mínima pirámide, también cuadrangular, lo que aumentaba enormemente su poder de penetración. El grosor del asta, en base a los ejemplares que se han hallado, oscilaba entre los 17 y los 19 mm., y se solían usar maderas muy densas para aumentar el peso de estas armas y dar, en lo posible, más estabilidad a su vuelo. Generalmente se recurría al fresno o al cornejo, un arbusto que produce gran cantidad de ramas bastante derechitas y que, como su nombre genérico indica, era duro como un cuerno (CORNVS, de donde proviene el término cornejo). Esto no era óbice para que se emplearan otros tipos de madera en caso de no disponer de las mencionadas, como haya, castaño, etc. En la ilustración de la izquierda hemos recreado las moharras más generalizadas de estos chismes. En A podemos ver una cuyo proceso de forjado está casi concluido. Tras dar forma a la moharra, se bate el extremo inferior hasta convertirlo en una lámina, la cual será enrollada para formar el cubo de enmangue tal como vemos en B. El cubo no se soldaba, sino que ambos extremos de la chapa se solapaban sin más. Al ser unida la moharra al asta mediante un pasador remachado, el conjunto era lo bastante sólido. En C tenemos otra tipología, en este caso la descrita por Polibio: un hierro aguzado de sección cuadrangular sin más y el cubo de enmangue. 

Varias moharras procedentes del yacimiento de Šmihel, en Eslovenia.
Se pueden apreciar los diversos grados de deformación de las mismas
Estas moharras se deformaban fácilmente tanto al impactar contra un escudo enemigo como si se clavaban en el suelo. ¿Recuerdan la famosa polémica acerca de este efecto provocado en los PILA? Bueno, pues aquí no hay polémicas ni leches. Esos hierros tan finos se doblaban una cosa mala, y se tiene constancia de ello gracias a la cantidad de ejemplares hallados en contextos que no dejan lugar a dudas. Más aún, al clavarse en un escudo, lo habitual era que se deformasen aún más si se intentaba extraer, por lo que tenía lugar el archimanido efecto que obligaba al dueño del escudo a deshacerse de él por razones obvias, dejándolo descubierto ante sus enemigos. Siendo la dotación de HASTÆ VELITARIS más bien escasita- tres o, a lo sumo, cuatro unidades-, y considerando que en una simple escaramuza inicial podían agotarlos, parece ser que los reparaban en plena batalla. Marco Anneo Lucano lo explica claramente cuando dice que "...TVNC OMNIS LANCEA SAXO ERIGITVR" (... luego, las lanzas se enderezaban con una piedra), lo que nos induce a pensar que, tras un choque inicial y como era norma en los VELITES, estos se retiraban tras los HASTATI hasta que llegase el momento de actuar nuevamente, momento que aprovecharían para, tras recoger las HASTÆ tiradas por el suelo, enderezar en lo posible las moharras golpeándolas con una piedra. No debía ser muy complicado tanto en cuando no estaban templadas. Aún más, al final de la batalla se podrían recoger y ponerlas en manos de los herreros de la legión, que las repararían a base de forja o, llegado el caso, cortarían la parte deteriorada y las afilarían de nuevo, lo que explicaría la diferencia de longitudes entre moharras.

Pero este diseño no era precisamente óptimo, especialmente en lo tocante a la precisión. Su corta asta y su escaso peso le daban una trayectoria bastante errática, de forma que más allá de los 15 o 20 metros a lo sumo era francamente difícil acertar a un blanco con forma y tamaño de primate. A todo ello contribuía el mínimo diámetro del asta, que impedía un agarre capaz de impulsar el arma aprovechando al máximo la fuerza del tirador, como ocurría con el PILVM. Observen la foto de la izquierda, donde podemos apreciar el agarre de una jabalina. Un asta de 15 o 20 mm. de diámetro se pierde en la mano, que cuando más grande sea peor lo tiene para obtener un buen lanzamiento. Si alguna vez han jugado a las batallitas, quizás recuerden que el impulso lo da solo la base del dedo índice, desaprovechando el potencial que proporciona el conjunto de la mano y la muñeca. Para remediarlo, los VELITES equipaban sus HASTÆ con un mínimo accesorio más antiguo que la tos, que como está mandado tampoco inventaron ellos y que les permitía mejorar notablemente el rendimiento del arma: el AMENTVM.

El AMENTVM era algo tan simple como una lazada hecha con una tira de cuero de unos 8 o 10 mm. de ancho que ya usaban tanto los guerreros como los atletas griegos en sus juegos olímpicos. De hecho, hay mogollón de testimonios gráficos de la época en los que aparecen probos lanzadores arrojando sus jabalinas provistos de este accesorio. En lo tocante a nuestros imperialistas, Polibio no hizo mención al mismo cuando describió a los VELITES, pero sabemos que lo usaban gracias a Cicerón, que menciona las HASTÆ VELITIBVS AMENTATÆ, uséase, las jabalinas de VELITES provistas de AMENTVM. AMENTVM es un palabro que no tiene traducción a otros idiomas actuales, y en sus Etimologías, mi paisano Isidoro se limita a decir que "... es una correa que se adapta a la parte central del asta de las armas arrojadizas. Y se denomina AMENTVM porque, atada en medio de la lanza, facilita su lanzamiento." Esta lazada birriosa era la clave para convertir una jabalina poco eficiente en un arma absolutamente temible ya que, además de impulsarla con más fuerza y velocidad, lo que aumentaba su energía cinética, le proporcionaba una trayectoria mucho más estable, tensa y, por ende más precisa. Un VELES bien adiestrado en su manejo pasaba de ser una simple mosca cojonera a un tábano que, si te picaba con su VERVTVM, te podía pasar de lado a lado como sardinilla malagueña en espeto. Pero no crean que el AMENTVM era una simple tira de cuero que se ponía en cualquier sitio y santas pascuas. Antes al contrario, su manejo requería una depurada técnica, y en función de las circunstancias se podía recurrir a más de una forma de uso.

Ante todo, el VELES debía estar muy familiarizado con sus armas y conocer el punto exacto del centro de gravedad, donde debía empuñarla. Hacerlo más adelante o más atrás darían como resultado un lanzamiento pésimo y, peor aún, con un alcance mínimo. El método de lanzamiento más habitual lo vemos en las fotos de la izquierda, por el que el asta se apoyaba en la mano siendo sujetada por los dedos meñique, anular y pulgar. El AMENTVM, de unos 20-25 cm. de largo, debía situarse de forma que el bucle quedara justo en el centro de gravedad del arma para obtener las mejores prestaciones. Dicho centro de gravedad lo hemos marcado de rojo en ambas astas. En cuanto a la forma de fijar el AMENTVM, tenemos dos, cada cual a elegir por su usuario. En A vemos un AMENTVM unido al asta mediante un nudo que podía incluso reforzarse con un pequeño clavo. Como es obvio, era la unión más sólida ya que impedía que la tira de cuero se deslizase por el asta en el momento del lanzamiento pero, por contra, si el AMENTVM se alargaba por el uso o una humedad excesiva, podía variar por completo las prestaciones del lanzamiento. En B tenemos otra forma, basada simplemente en un bucle (Fig. B') que se desliza hasta que el AMENTVM quede a la distancia exacta, dando así a más opciones según las circunstancias. Sea como fuere, en ambos casos el lanzamiento se realiza impulsando el arma con los dedos más potentes de la mano, el índice y el corazón.

A la derecha tenemos otra forma de colocar el AMENTVM. En este caso, y con la correa fijada de las dos maneras que ya hemos visto, se le da una vuelta alrededor del asta con la finalidad de imprimir al arma una rotación similar a la de un proyectil moderno. La idea era, como ya podrán imaginar, mejorar la estabilidad del vuelo hacia el objetivo. No obstante, había que calcular bien la porción de correa que envolvía el asta ya que, caso de darle más de una vuelta, el giro resultante hacía que a, a partir de los 15 metros aproximadamente, el arma girase en sentido lateral, impactando de lado y no de punta ya que al dar más vueltas al AMENTVM, este se aleja del centro de gravedad del arma, empeorando en lanzamiento. Todas estas experiencias son resultado, como ya supondrán, de pruebas llevadas a cabo actualmente con réplicas basadas en la descripción de Polibio, que dan como resultado una HASTA VELITARIS de aproximadamente 500 gramos de peso incluyendo el de una moharra de 210 gramos y una longitud total de 115 cm. 

VELES en plena acción. Observen cómo empuña
su VERVTVM, y los dedos índice y corazón metidos
en el AMENTVM
En cuanto a las prestaciones obtenidas, la diferencia entre usar o no el AMENTVM es notable. Lanzándolo sin el mismo, la distancia obtenida oscila entre los 30-35 metros si el lanzamiento se realizaba en una posición estática. Si por el contrario se efectúa tras una carrera previa, se puede alargar hasta los 35-37 metros. Sin embargo, con el AMENTVM usado de la forma más habitual, que es la que vimos en primer lugar, el alcance se alarga hasta los 50-55 metros tanto si se lanza en posición estática como con carrera previa. Con el AMENTVM enrollado en el asta, la distancia se reducía un poco, alrededor de los 45-50 metros como máximo. No obstante, esto supone alrededor de un 40-50% más de alcance que sin el AMENTVM. En lo tocante a la capacidad de penetración sobre una coraza o peto de bronce, con el blanco a 15 metros o menos,  sin AMENTVM se obtienen unos 11 mm., suficientes para provocar al menos una herida superficial. Curiosamente, a distancias cortas el rendimiento del AMENTVM es inferior, alcanzando solo 90 mm. Pero a 25 metros los resultados se invierten, logrando 60 mm. sin AMENTVM y 70 con el mismo. Obviamente, si el enemigo era alcanzado en una zona de su anatomía sin protección ya podía encomendarse a los dioses y tal, porque quedaba listo de papeles en un periquete.

Y para concluir, la enésima duda que devana las seseras de los aficionados a estos temas. ¿Cuál  era la dotación de VERVTI de los VELITES? Livio menciona que el número de jabalinas era de siete por hombre, y ciertamente hay testimonio de ello. En la foto de la derecha podemos ver el monumento funerario datado en el siglo III d.C. de un tal Aurelio Muciano, que en su mano derecha empuña una especie de carcaj con al menos seis HASTÆ (puede que sean más). Sin embargo, salta a la vista que tantas astas, por finas que fuesen, no cabrían en una mano que, además, tenía que empuñar la manija del escudo. Por otro lado, no parece lógico que unas tropas a las que ante todo se les exigía movilidad y rapidez se vieran entorpecidos por ese chisme colgando de la espalda. Así pues, en lo que a mí respecta, solo caben dos opciones partiendo de la base que cada VELES no portaba en combate más de tres.

Opción 1: Cabe la posibilidad de que llevasen encima HASTÆ con distintos tipos de moharra, según el enemigo  batir. Antes de entrar en combate, se extraían del carcaj las más adecuadas, quedando el resto depositadas en el suelo a la espera del regreso de sus dueños.

Opción 2: Eran todas iguales, pero como solo podía llevar tres o, si acaso, cuatro si el VELES tenía una manaza importante, pues permanecían de reserva. De ese modo, tras volver de un primer choque con el enemigo podían reponer las HASTÆ perdidas o inutilizadas independientemente de que pudieran enderezar las que tenían tiempo de recoger durante su retirada.

Bien, con todo lo dicho colijo que ya saben algo sobre unas armas de las que sabían más bien poco o nada, de modo que ya tienen otra herramienta más para chinchar a sus miserables cuñados. Y tras varios meses de sequía, esperemos que con la llegada de la joía caló la musa de los cojones no vuelva a tomar la de Villadiego, que estas últimas vacaciones han sido más bien un año sabático, qué carajo.

CETERVM CENSEO PETRVM SANCHODICI ESSE DELENDAM

Hale, he dicho

Los VELITES se reagrupan tras los HASTATI tras una escaramuza inicial contra los elefantes púnicos, algunos de los cuales vemos en franca huida ya que sus conductores han palmado o se ven sin el combatiente que les acompañaba

viernes, 3 de julio de 2020

Misterios misteriosos: CASCOS DE LA INFANTERÍA AUXILIAR DE ROMA


AVXILIARIS de finales del siglo I d.C. Como salta a la vista,
su panoplia es muy básica y de inferior calidad a la de los
legionarios. (Ilustración de J. Shumate)
Como ya vimos en el artículo dedicado a la LORICA SEGMENTATA, a pesar de la enorme cantidad de estudios y libros dedicados al armamento de la legiones romanas hay aún bastantes lagunas en las que, en realidad, nos movemos más por conjeturas que por pruebas empíricas. No deja de ser curioso que, precisamente la coraza más emblemática de estos probos imperialistas y que precisamente es la que casi todo el mundo identifica sin dudarlo sea precisamente la que más secretos guarda y que las reconstrucciones que se han hecho de sus variantes estén basadas en los cuestionables relieves de la Columna de Trajano y, posteriormente, en los  mínimos restos mohosos del cofre de Corbridge.

Bien, pues con los tipos de cascos usados por la infantería auxiliar romana estamos ante un caso similar. No se sabe con certeza cuáles son los que se deberían considerar como tales, ni si hubo más variantes y, por no saber, no se sabe en realidad si los AUXILIARE llegaron a usar un tipo de casco específico para ellos. De hecho, el que forjó la teoría acerca de la existencia de estos cubrecabezas fue Henry Russell Robinson, el Guardián de la Armería de la Torre de Londres que, como recordaremos, realizó las primeras recreaciones de la LORICA SEGMENTATA según los datos aportados por Peter Connolly y es a quien debemos la clasificación de las tipologías de yelmos usados por las legiones romanas que, al día de hoy, es la referencia universal para diferenciar las distintas variantes de cascos desde la República a la extinción del imperio como Ewart Oakeshott hizo lo propio con las espadas medievales o Petersen y Geibig de las empuñaduras y hojas respectivamente de las espadas vikingas.

La cuestión es que, ciertamente, sí sabemos que la caballería auxiliar hacía uso de determinados tipos de cascos. De hecho, desde finales de la República la caballería romana se nutría, como ya sabemos, de hombres procedentes de pueblos aliados o tributarios de Roma porque a nuestros queridos imperialistas parece que no les motivaba mucho la equitación y preferían combatir a pie. En todo caso, tenemos constancia del equipo usado por estos probos mercenarios que, muy romanizados, dejaban testimonio de su existencia en forma de estelas funerarias donde aparecen cabalgando en sus pencos sobre sus enemigos derrotados, y en dichos relieves se aprecia sin problemas todo lo referente a su panoplia. En la foto de la derecha tenemos dos ejemplos para ilustrarnos sobre ello. En primer lugar tenemos la estela de Insus, un germano que sirvió en la segunda mitad del siglo II d.C. en el ALA AVGVSTA y fue dado de baja de forma definitiva por deceso en Lancaster. Como vemos, nos legó su figura ecuestre en plena acción, mostrando en su mano derecha tanto la SPATHA como la cabeza del malvado britano que acaba de decapitar y cuyo cadáver vemos bajo el caballo. El otro personaje es Longinus Sdapeze, un tracio del ALA PRIMA TRACVM que, como su colega, palmó en el 43 d.C. en la brumosa Albión, concretamente en Corchester. La pose es similar: cabalga sobre su brioso penco que pasa por encima del cadáver de un bárbaro encogido y vilmente derrotado. Una observación que, por si alguno no se ha percatado, no debe olvidar porque es un tema que saldrá a colación más adelante: los AVXILIARE latinizaban sus nombres, y solo cuando se jubilaban y obtenían la ciudadanía podían añadir un NOMEN y un COGNOMEN como Júpiter manda. Mientras tanto, se conformaban con adoptar un PRÆNOMEN a secas añadiendo, si acaso, "hijo de..." para que nadie cuestionara ni su legitimidad ni la decencia de mamá ni la honorabilidad de papá.

Bien, como vemos, los eximios jinetes al servicio de la augusta Roma se preocuparon de legarnos su apariencia en combate para que los frikis de 20 siglos más tarde tengamos de qué hablar. Sin embargo, las tropas de a pie no solían dejar su retrato para la posteridad armados de punta en blanco. Ni romanos ni auxiliares suelen aparecer con su armadura completa, sino con la túnica, el CINGVLVM MILITARE de donde penden la espada, el puñal y las PTERYGES y, a lo sumo, el PILVM y/o el SCVTVM. Pero, por el motivo que fuese, es raro que aparezcan con la coraza, y más aún con el casco puesto. Sí se conocen estelas donde aparecen estas piezas sueltas como una forma de identificar el rango del difunto pero, como decimos, no es habitual verlos completamente armados. En la foto tenemos un par de ejemplos de la pose más habitual.  El de la izquierda es Publius Flavoleius Cordus, de la LEGIO XIV GEMINA y que entregó la cuchara a mediados del siglo I d.C. con apenas 43 años en Maguncia, en la inquietante frontera del Rin. Su colega de la derecha es Annaius Daverzus, otro tracio que sirvió en la COHORS III DELMATARVM. Annaius no solo delata su condición de AUXILIARIS por su nombre y unidad, sino porque aparece con dos LANCEÆ, las jabalinas propias de estas tropas que no usaban los PILA reglamentarios de la legión. Como vemos, ambos visten la túnica militar, sus armas penden del CINGVLVM y, en el caso de Plubius, además se colgó su escudo ovalado a la espalda. Pero de cascos, ni rastro.

¿De dónde proviene entonces la presunción de que los AVXILIARE usaban un casco distinto? Pues de los relieves monumentales que hay repartidos por el otrora extenso imperio. No obstante, en bastantes casos hay que tomarlos con ciertas prevenciones porque, como se pudo comprobar en el caso de la LORICA SEGMENTATA de la Columna de Trajano, los escultores tenían cierta tendencia a idealizar o estilizar o, simplemente, modificar sin más la panoplia del personal. No sabemos por qué, pero lo hacían. Por ejemplo, en la foto de la derecha tenemos a un AVXILIARIS sujetando con los dientes la cabeza de un dacio. Su casco no pertenece a ninguna tipología conocida. La parte superior, echándole imaginación porque está bastante perjudicada, podría ser de un coolus con su visera frontal. Sin embargo, el cubrenucas y la carrillera pertenecen a un casco ático similar a los usados por los pretorianos. Más aún, podría tratarse incluso de un casco galo debidamente estilizado.

Es pues evidente que el que lo esculpió hizo lo que le dio la gana, sin querer o a posta, si bien el mismo Robinson señala que eso de las carrilleras, BVCCVLÆ en latín, excesivamente estilizadas eran una pauta en este caso para, según él, mostrar mejor los rostros de los combatientes, ya que con las normales apenas dejarían ver la nariz, los ojos y parte de la boca si se les mira de frente, y casi nada si es de perfil. Por cierto que también aparecen con cierta frecuencia en la Columna cascos similares rematados por una argolla en la parte superior. Sin embargo, aún no ha aparecido un solo ejemplar con este accesorio, por lo que se trataría de otra posible licencia artística. De hecho, de las cuatro tipologías que creó, solo en una de ellas coincide lo mostrado en la Columna con un ejemplar original que veremos más adelante pero, del resto, los que se dedicaron a esculpir las glorias de Roma parece que tenían especial predilección por el tipo ático, que era el habitual en la guardia pretoriana. En la foto de la izquierda tenemos el archifamoso relieve marmóreo que se conserva en el Louvre y que muestra a varios de estos controvertidos guardias con sus yelmos áticos que, como podemos apreciar, muestran gran profusión de grabados y relieves a los que estos imperialistas eran especialmente aficionados como hemos visto en los artículos dedicados a cualquier pieza de la panoplia romana. No había espada, puñal, casco, armadura o hasta la medallita de San Mithra del Sacrificio Perpetuo o Santa Venus de la Teta Hermosa que no le metieran adornos a mansalva. Era una especie de HORROR VACVI barroco a la romana, supongo...

Esta es la imagen más recurrente de los AVXILIARE de la Columna de
Trajano. Si es una licencia artística o no, de momento no lo sabemos
A estas alturas de la película, más de uno se preguntará que, ante lo expuesto, en qué se basó Robinson para establecer esa serie de teorías que, en apariencia, son más evanescentes que el sentido de la ética de un político. Bien, pues esas teorías las expuso en un trabajo editado en 1975 en base a la observación de, como hemos dicho, los distintos relieves que se conservan a partir de finales de la República y, sobre todo, desde el comienzo del Principado, cuando los AVXILIARE dejaron de hacer uso de la panoplia propia de sus respectivas naciones y adoptaron la uniformidad del ejército romano. Pero estas representaciones gráficas siempre cuestionables a mi entender, eran las menos relevantes ante una prueba que sí era tangible: las marcas grabadas en los cascos por sus propietarios y que se pueden ver en los ejemplares que se conservan. Obviamente, un casco donde aparece el NOMEN y el COGNOMEN del dueño y, a veces, el número de la legión donde servía y el nombre de su centurión, no podía ser un AVXILIARIS, mientras que si el solo se ve un nombre claramente latinizado estaríamos ante el segundo caso.  Del mismo modo, era al parecer frecuente que no grababan nada porque, simplemente, eran analfabetos o no sabían escribir en latín, lo que no sucedía en el ejército regular porque para alistarse era obligatorio saber leer y escribir. También se tiene en cuenta el hecho de que en los ejemplares donde no se aprecia ningún tipo de inscripción estuviera en la guarnición pero, a mi entender, sería difícil escribir un nombre en una superficie de cuero o fieltro cuando, además, lo más habitual era hacerlo en la parte inferior del cubrenucas y grabado para que no se pueda borrar. 

En cualquier caso, la cuestión es que los cascos donde aparecen nombres romanos son por norma los de mejor calidad, mientras que los ejemplares sin grabar o con nombres latinizados son siempre los cutres. En resumen, aquí no hablamos de relieves o posibilidades, sino de que los cascos buenos eran propiedad de romanos, y los malos de los auxiliares. ¿Qué entendemos por un casco bueno o uno malo? Más que de la calidad del material en sí- los de los AVXILIARE eran por norma de bronce, material que también usaba el ejército regular- hablamos de los acabados. Eran ejemplares sin los adornos y repujados que tanto gustaban a los romanos, y las carrilleras, que por lo general también repujaban con motivos de tipo religioso, eran lisas y ni siquiera se molestaban en rebordear. Y, finalmente, los acabados en sí, más bastos en el caso que nos ocupa, y con evidentes muestras de ser producto de una fabricación en serie que luego detallaremos. Así pues y en base a esta teoría, Robinson estableció cuatro tipos distintos. Veámoslos...

TIPO A

Esta tipología está basada en un ejemplar hallado en Flüren (Alemania) y que se conserva en el Rheinisches Fandesmuseum en Bonn, donde aparecieron los restos de un CASTRVM. Como podemos ver, su morfología es similar a la de un coolus, aunque al original le faltan tanto las carrilleras como la visera frontal. Como vemos en esta réplica, es de una simpleza absoluta, sin el más mínimo atisbo de ornamentación. En sí es un casco sólido y que cumple su cometido, pero sin adornos. Las carrilleras están un poco curvadas para adaptarlas mejor a la cara de su usuario, y en el ala trasera tiene en la parte inferior una pequeña anilla para el barbuquejo que, junto al de las carrilleras, permitían ajustar el casco a la cabeza sin que un golpe o un tirón hacia adelante pudiera cegar al dueño. En las carrilleras podemos ver el sistema de bisagras usado en este caso, con un pasador de bronce doblado por los extremos para fijar ambas piezas. En la ilustración vemos un AVXILIARIS de mediados del siglo I d.C., fecha en la que está datado el casco. Está armado con una LANCEA, un escudo oval y se cubre con una simple camilla corta de malla que pesaría alrededor de 7 kilos. El casco rondaría los 1.300-1500 gramos. 

TIPO B

El original procede de un hallazgo en Maguncia, y está datado en la segunda mitad del siglo I d.C., concretamente hacia el año 83, durante la campaña de Domiciano contra los catos. Como salta a la vista, su morfología corresponde al tipo gálico, una variante mucho más perfeccionada que el coolus y también dotada en sus distintos modelos de una decoración mucho más elaborada. Sin embargo, y siguiendo la norma que planteaba Robinson, en este caso estamos ante una pieza muy básica que, simplemente, cumple con los requisitos de su tipología pero sin florituras. En este caso, el ala trasera es mucho más ancha, protegiendo los hombros además del cuello. La visera se ha colocado en una posición más elevada para ofrecer menos superficie donde hendir con una espada y, la diferencia principal respecto a la tipología anterior, ya tiene las aberturas para las orejas que, contrariamente al caso del coolus, facilitaba oír mejor las órdenes y los toques de bocina en el fragor del combate. Para impedir que un tajo de una espada enemiga resbalase hacia abajo y se llevase por delante un cacho de oreja o incluso la oreja entera, se le añadió la típica aleta protectora unida al casco con tres remaches. Por lo demás, el sistema de fijación del barbuquejo era exactamente igual que en el tipo A.

TIPO C

En este caso se basa de una pieza muy modificada que se encuentra en el Museo Arqueológico de Florencia y que, a todas luces, sufrió diversos cambios que le hicieron perder su aspecto original. En todo caso, es muy similar a los cascos usados por la caballería auxiliar por ese refuerzo cruciforme en la calota del yelmo si bien en este caso todas las nervaduras tienen la misma longitud, mientras que los de caballería tienen la trasera mucho más larga. El ala trasera, más corta y con más caída como el tipo imperial-gálico, tiene en la parte superior una nervadura de refuerzo típica en los gálicos si bien estos suelen tener dos o tres, y no una como en este caso. Por lo demás, volvemos a la tónica de siempre: una pieza muy básica, con un acabado burdo pero no por ello falta de solidez. La ilustración que acompaña como ejemplo muestra a un AVXILIARIS  de tiempos de Trajano que, al estar pringando en la Dacia o en la frontera con Germania, se protege del frío con unos BRACÆ y calzando unos PERONES, un tipo de bota de media caña destinada, como los calzones, a impedir que se lo encontraran tieso como una estaca al ser relevado de una guardia. Por cierto que de esta tipología se pueden ver algunos ejemplos muy estilizados en la Columna de Trajano.

TIPO D

Este es el más peculiar de todos tanto en cuando es el menos romano de los cascos para tropas auxiliares. De hecho, su forma cónica indica un claro origen oriental, posiblemente sármata, pero lo más importante es que es el tipo cuya existencia real ha quedado corroborada con más solidez ya que aparece de forma profusa en varios relieves, en especial en la Columna de Trajano. Básicamente, se trata de un yelmo fabricado de una pieza o con varios gajos remachados a una estructura principal a modo de primitivo Spangenhelm. Quizás la aportación romana consistiera en la adición de carrilleras y cubrenucas, que según donde la representen muestra un aspecto distinto. En algunos relieves aparece como una pieza sólida, similar a los cubrenucas de los yelmos áticos, mientras que en otros la excesiva curva que describen da la impresión de que se trata de una pieza flexible formada por pequeñas escamas cosidas sobre una base de cuero. En la lámina de la derecha vemos una recreación actual junto a un SAGITTARIVS sármata. Esta tipología solo aparece en los arqueros, que obviamente necesitaban el mínimo de salientes y refuerzos que impedirían el anclaje de la cuerda antes de efectuar el disparo.

El origen de esta tipología está en el yelmo que vemos a la izquierda y que actualmente se encuentra en el Museo Arqueológico de Zagreb. La pieza, que estaba en poder de los monje del monasterio de Dakovo desde vete a saber cuándo, lo entregaron a las autoridades hacia 1870. Como vemos, carece de carrilleras y cubrenucas, así que no nos queda más remedio que guiarnos por los relieves de la época acerca de su apariencia. En este caso, el yelmo tiene por delante una lámina de 28 mm, de altura donde aparecen grabadas las imágenes de la Victoria, Júpiter y Marte. Las bisagras de las carrilleras quedan ocultas por dicha lámina. En la parte posterior vemos una lámina similar donde se fijaría el cubrenucas que, por desgracia, no ha llegado a nuestros días. Robinson dató esta pieza entre finales del siglo II o principios del III d.C. si bien es evidente que ya estaba operativa desde tiempos anteriores tanto en cuanto aparece en la Columna de Trajano.

En la foto de la derecha podemos ver dos escenas de la Columna de Trajano en la que aparecen SAGITTARII del ejército romano. Todos usan ese tipo de casco pero, si observamos con detenimiento, vemos que los cubrenucas son distintos, así como el número de piezas con que están construidos. Sea como fuere, lo cierto es que en este caso queda plenamente demostrado que los arqueros auxiliares procedentes de pueblos de los Balcanes y Asia Menor sí hacían uso de un yelmo específico para ellos. De hecho, el mismo Robinson no se cerraba en banda a que su tipología pudiera ser refutada en caso de aparecer testimonios que demostrasen que estaba en un error, y digamos que estaba a la espera de nuevos descubrimientos que apoyaran su tesis o la rebatieran. Sin embargo, nuestro hombre palmó en 1978 con apenas 58 años si bien, a pesar de que ya ha transcurrido más de cuatro décadas de su defunción, nadie ha podido presentar datos que contradigan su tipología. Eso sí, como es habitual en estos casos, hubo historiadores que la negaron desde el primer momento. Ya sabemos que hay mucho enterado que, por norma, no aceptan jamás ninguna teoría de nadie, quizás por soberbia, quizás por querer arrogarse la primicia de la negativa para, caso de que sea finalmente refutada, puedan pavonearse de haber sido los primeros en hacerlo. Sino, pues como nadie recordará sus gilipolleces no pasará nada. 

Por si alguno no ha captado la diferencia, ahí vemos un imperial itálico tipo
G y un casco para auxiliar tipo B
Bueno, estas son las cuatro tipologías establecidas por Russell Robinson. Para terminar, comentar de forma sucinta el proceso de fabricación de estos yelmos para entender el motivo de sus peculiares acabados. Al parecer, para acelerar el proceso de producción en masa, se colocaba una chapa circular de bronce entre dos matrices de madera, una hueca y otra con forma semiesférica. De ahí que estos cascos presenten un pequeño orificio en la coronilla, que es donde se fijaba la chapa y que posteriormente podía ser tapado con una pequeña perilla o un simple remache. Mediante un proceso de torneado se iba girando la chapa mientras que, a golpe de martillo, se le iba dando la forma hemisférica de la cabeza mientras que las dos matrices la iban ajustando a su forma definitiva. Al batir el material se iba expandiendo, y con la parte sobrante se elaboraba el ala trasera. El resto se eliminaba. Lo habitual en un casco destinado a la legión era que las marcas de los martillazos se eliminaran por abrasión, pero los que supuestamente iban a parar a las unidades de AVXILIARE se quedaban tal como salían del torno, y de hecho se puede comprobar en los ejemplares que se conservan que, en efecto, las hiladas de golpes aún perduran. Del mismo modo, el filo trasero del ala era rebordeado doblando la chapa, proceso que se omitía con los de los AVXILIARE para acelerar y abaratar el proceso de construcción. Una peculiaridad del acabado final era que estos cascos tenían sección circular debido a la matriz que usaban, y no la elíptica propia de una cabeza humana. Por cierto, en ningún caso parece que se les añadiera la típica asa en el ala trasera para poder llevarlo colgando durante las marchas, lo que es una muestra más de lo elemental de su elaboración. 

En fin, criaturas, ahí queda este misterio misterioso por su alguien tiene ganas de devanarse la sesera. Anticipo una vez más que, 42 años después del deceso de Robinson nadie ha podido refutarle su teoría si bien tampoco han aparecido nuevos testimonios que la corroboren. Así pues, y mientras no surja alguna novedad al respecto, yo al menos no tengo problemas en admitir la existencia de cascos de inferior calidad para tropas mercenarias.

Como imagen de cierre, dejo esa recreación de la que quizás sea la imagen más recurrente del AVXILIARIS de la Columna de Trajano, donde aparecen con un yelmo ático coronado por una argolla y, en vez de cota de malla, usan un CORIVM, una camisa de cuero grueso que no creo que protegiera mucho más que una puñalada asestada por un enemigo moribundo. Como decíamos al principio, el testimonio gráfico existe, pero la prueba física no por lo que, mientras aparece alguna, habrá que considerar este tipo de yelmo como una licencia artística. Si apareciera, pues solo habría que añadir un tipo E a la tipología Robinson.

Bueno, se acabó lo que se daba, amén.

jueves, 14 de mayo de 2020

CATAFRACTA. La silla de montar y el enigma del estribo



CLIBANARII encabezando una carga apoyados por arqueros y caballería
ligera. Como es lógico, jinetes recubiertos por una armadura enormemente
pesada debían tener una base estable si no querían acabar en el suelo en el
momento en que el caballo hiciera cualquier movimiento brusco
Bien, prosiguiendo con la cosa catafráctica, también he decidido dedicar una entrada centrada exclusivamente en la silla de montar, complemento indispensable para el noble ejercicio de asesinar ciudadanos aupados en un equino más bien bajito. Es posible que muchos de los que me leen sepan sobradamente para qué sirve una silla de montar, o crean saberlo. Pero es seguro que hay muchos más que toman este accesorio como parte de los arreos propios de los equinos pero, en realidad, nunca se han preocupado por conocer el motivo de su existencia. Este no es otro que no fastidiarle al caballo la espina dorsal, nada más. Si cabalgamos a pelo con las piernas bien apretadas contra los ijares del animal difícil será que nos caigamos si de verdad sabemos montar a caballo, pero todo nuestro peso recaerá sobre su espinazo. ¿No se han preguntado nunca por qué los ciudadanos que vemos en países del tercer mundo montados en un pollino lo hacen sobre la grupa y no sobre el lomo? Pues precisamente para eso. Sin embargo, la silla se diseñó para que el peso de jinete no cayese a plomo sobre la columna vertebral del caballo, sino sobre los costados del dorso, librándolo así de una segura lesión que inutilizará al animal en poco tiempo, y más si se trata de un jinete al que, a su peso corporal, se suma el del armamento que lleva encima. Aparte de eso, lógicamente, la silla proporciona más confort al jinete, que no es lo mismo pasarse el día clavándose las vértebras del animalito en las almorranas que plantar nuestras posaderas sobre una cubierta de cuero o una mullida zalea de borrego.


Sin embargo, nuestros probos imperialistas tampoco sabían de qué iba la cosa. De hecho, la famosa silla de cuernos que, como ocurre como el DRACO, el personal suele adjudicarles como una creación propia no es más que el enésimo plagio. Francamente, cuesta trabajo entender como una gente tan poco imaginativa pudieran hacerse los amos del cotarro durante siglos. Bien, la cuestión es que la silla de cuernos ya la usaban los celtas en el siglo III a.C., importada precisamente de los pueblos iranios con los que por aquel entonces los romanos aún no habían tenido el gusto de conocerse. Estas tribus que poblaban las estepas asiáticas las introdujeron en Europa mediante sus movimientos migratorios hacia la mitad del primer milenio a.C. Los celtas, que a raíz de sus migraciones se habían extendido a su vez por casi toda Europa llegando hasta el extremo sur de la Península, la tomaron de ellos pero, a pesar de que sus tribus ya tenían violentos cambios de impresiones con los romanos, estos aún seguían en la inopia y preferían su panoplia helenística que, en realidad, no estaba a la altura de la de sus enemigos. De hecho, su primer encuentro tuvo lugar en 295 a.C. y, según Livio, se saldó con una victoria de los senones, una tribu celta radicada en la Galia Cisalpina. En la ilustración superior vemos a uno de estos honestos recolectores de cabezas, peculiar costumbre que observaban rigurosamente para que, al colgarlas de la silla de montar, demostrar a sus cuñados que eran más valerosos y mataban más y mejor. Como vemos, la silla es del tipo de cuatro cuernos que, con mínimas diferencias, usaban los sármatas, partos, sasánidas, etc.


Y mientras tanto, nuestros aspirantes a imperialistas seguían fastidiando los espinazos de sus pequeños pencos que, por aquel entonces, tenían una alzada de apenas 130 o 150 cm. como mucho. La carencia de estribos les obligaba, como ya sabemos, a tener que auparse encima de un salto, maniobra a la que los reclutas tenían que dedicar horas y horas hasta hacerlo con propiedad sin partirse el cuello como explicamos en el artículo dedicado a la ARMATVRA. La ilustración de la izquierda nos muestra un EQVES de tiempos de la República basada en relieves de lápidas de la época y, como vemos, no lleva una silla de montar propiamente dicho, sino una especie de albarda sujeta por una cincha, pretal y retranca para impedir que el jinete saliera despedido ante cualquier movimiento de la montura. En este caso, y aunque la albarda estuviera acolchada, el peso del sujeto recaería directamente sobre la columna vertebral del caballo, y ya podemos imaginar cómo acabaría ese animal tras horas trotando o galopando con un tipo encima dando saltitos. Y aparte de las posibles lesiones producidas al caballo, es evidente que la estabilidad del jinete era un churro comparada con la del celta del párrafo anterior como explicaremos más adelante.


Y esto no solo se traducía en una manifiesta inferioridad en lo tocante a la estabilidad del jinete solo cuando montaba, sino aún más cuando combatía. La inercia generada cada vez que el jinete asestaba una cuchillada o un lanzazo lo desestabilizaría de forma notable, y tendría que apretar las piernas con toda su alma para no verse derribado. Del mismo modo, era mucho más fácil para un infante agarrarlo por el cuello y tirar de él hacia el suelo mientras un compañero aprovechaba la coyuntura para ensartarlo con su lanza antes siquiera de que le diera tiempo a intentar levantarse. Más aún, se ha podido saber que los mismos romanos usaron hocinos tomados de las herramientas de sus unidades para usarlos como sus colegas medievales siglos más tarde para derribar a los jinetes enemigos. Concretamente, en la toma de Valencia en el 75 a.C. a manos de Gneo Pompeyo contra las fuerzas de Quinto Sertorio, han aparecido bastantes chismes de estos en el estrato correspondiente a la batalla, lo que ha hecho llegar a la conclusión de que se usaron en combate, y posiblemente para derribar a los EQVITES sertorianos. En la ilustración que mostramos podemos ver el momento en que un legionario echa por tierra a un jinete cuyo caballo aparece ya equipado con una silla de cuernos, pero lo cierto es que no se tiene la certeza de que en esa época ese tipo de montura ya se hubiese generalizado en el ejército romano. En todo caso, si derribarlo con una silla era relativamente fácil, con una simple albarda mucho más.


Silla celta. Los cordones eran para sujetar partes del equipo
incluyendo, supongo sus colecciones de cabezas
Bien, la cuestión es que la adopción de la silla de montar no llegó al ejército romano hasta tiempos de César o poco antes. Él mismo dejó constancia de que ya la usaban en su DE BELLVM GALLICVM (Libro IV, 4) cuando comenta de los germanos que "no hay cosa en su entender tan mal parecida y de menos valer como usar de jaeces. Así, por pocos que sean, se atreven con cualquier número de caballos enjaezados".  Al parecer, estos sujetos tenían sus pencos tan bien adiestrados que, cuando convenía combatir a pie, desmontaban y se daban estopa sin que los animales se movieran de su sitio, volviendo a auparse sobre ellos cuando les parecía o daban por concluida la fiesta. En todo caso, los germanos consideraban como signo de afeminamiento el uso de la silla de montar pero, cuestiones homofóbico-hípicas aparte en lo referente a estos belicosos ciudadanos, al menos nos deja claro que hacia mediados del siglo I a.C. los romanos ya se habían decidido por fin adoptar la silla celta. Nunca es tarde si la dicha es buena, dicen...


El conocimiento que se tiene actualmente sobre la silla de cuernos se lo debemos agradecer a Peter Connolly, uno de los mejores y más conocidos divulgadores del mundo romano y cuyas investigaciones arrojaron luz sobre cuestiones que, hasta entonces, eran un enigma. En el caso de la silla, a base de estudiar a fondo las representaciones artísticas de la misma en lápidas, monumentos y algún que otro resto arqueológico consistente en partes del forro de cuero y los refuerzos de bronce de los cuernos- CORNICVLI los denominaban los romanos-, pudo llevar a cabo la reconstrucción que creo que cualquier aficionado a estos temas conoce sobradamente. Bien, sus conclusiones, que hasta el día de hoy nadie ha podido refutar, nos dan un armazón de madera como el que vemos a la derecha. Las piezas metálicas, en cuyos bordes se veían hileras de orificios, eran un claro indicio de que habían sido clavadas en los cuernos, sirviendo así de refuerzos a la hora de colgar cualquier chisme de la silla o cuando el jinete se agarraba a ellos para auparse. La estructura de madera, como se puede apreciar, estaba construida de forma que dejaba un  hueco sobre el lomo del caballo, apoyando en los flancos del mismo. Este armazón era forrado para acolcharlo con crin, fieltro o borra de cualquier tipo. Bajo la silla colocaban una manta de lana y una pequeña albarda de piel para evitar heridas o erupciones al caballo debido al roce con la silla.


El acabado final consistía en forrarla con piel de cabra y añadirle la cincha y las correas para la retranca y el pretal, donde colgaban pequeñas PHALERÆ porque es sabido que a esta gente le molaban una burrada los adornos y las pijerías. Incluso parece ser que el cuero de los atalajes los teñían de amarillo o rojo. En la figura A tenemos una silla casi terminada de coser en la que vemos un cuerno con su refuerzo metálico, el relleno y, finalmente, la cubierta de piel exterior. En la figura B ya tenemos la silla terminada. A falta de la cincha, en la parte delantera se pueden ver las correas donde se abrochaba el pretal.


Bueno, pues esta es la puñetera silla de la discordia sobre la que se lleva años y años discutiendo acerca de la estabilidad que proporcionaba al jinete y de la que muchos aseguran que no fue hasta la aparición del estribo cuando la caballería pudo desarrollar de verdad todo su potencial homicida. Por un lado, Connolly no solo se molestó en desarrollar la reconstrucción de la silla, sino que hizo que se probara a fondo. Los cuernos delanteros, un poco inclinados hacia atrás, sujetaban los muslos mientras que los traseros servían de apoyo a las nalgas. O sea, que el efecto práctico era exactamente el mismo que el de una silla con arzón y borrén trasero. La estabilidad que proporcionaba esta silla permitía al jinete hacer cualquier tipo de movimiento sin ver comprometido su equilibrio y, lo más importante, podía manejar tanto la lanza como la espada. Su único inconveniente, en teoría, era que al carecer de apoyo tenía que apretar fuertemente los muslos y flexionar hacia atrás las piernas para afianzarse mejor, o sea, una postura como la que vemos en el aguerrido arquero alano de la ilustración de la derecha, lo que al cabo de un rato empezaba a notarse porque esa posición dificultaba el riego sanguíneo de las piernas. No obstante, cabe suponer que solo la adoptaban en combate o para galopar. Cuando el animal iba al paso o al trote las piernas quedarían colgando sin más.


Con la lanza en esta posición se puede acuchillar a cualquier enemigo
sin problemas. Otra cosa sería metiéndola bajo el brazo, imagen que por
cierto no aparece en los testimonios gráficos de la época
Sin embargo, los negacionistas de turno insisten en que el estribo era fundamental por mucho que Connolly les jurase por las almas de sus cuñados que se podía realizar cualquier movimiento en la silla sin darse una costalada. Más aún, aseguraba que los cuernos traseros ofrecían un apoyo lo suficientemente sólido como para impedir que el jinete saliera despedido de la silla. Yo, que como está mandado me devano los sesos por mi cuenta, digamos que estoy en una posición intermedia porque, en realidad, desconozco cuáles y cómo fueron las pruebas efectuadas por Connolly, y observo ciertas lagunas en base a las representaciones artísticas de la época. Ante todo, tenemos el manejo de la lanza. El jinete convencional romano nunca aparece embrazándola, sino asestando el golpe enarbolando el arma o bien desde abajo. Eso, a mi entender, solo significa una cosa: si se la metía bajo el brazo, el impacto podía desestabilizarlo o incluso derribarlo de la silla. Cuando se arroja una jabalina o se lancea de forma que el cuerpo no absorba el impacto del arma contra el enemigo, no habría problemas, pero si el jinete tiene que ser el que aguante el golpe la cosa varía. De hecho y existiendo ya el estribo, vemos como los jinetes del Tapiz de Bayeux enarbolan sus lanzas por encima de sus cabezas, y eso que hasta usaban sillas de arzón alto.


Un jinete golpeando con la espada. Debían tener un control fuera de serie
sobre sus piernas para afianzar de forma instintiva la del lado opuesto
al que descargaba el golpe
Después tenemos el tajo de la espada hacia abajo. Un jinete moderno, cuando asesta un golpe semejante apoya el pie derecho en el estribo porque tiene que inclinarse para alcanzar al enemigo, y más si este se encuentra en una posición más baja de lo habitual, o sea, agachado o incluso tendido. Un jinete sin estribo tendría que apretar la pierna izquierda contra el costado del caballo para no caerse. No dudo que pudieran hacerlo, pero es obvio que el estribo ayudaría bastante aunque Connolly afirmase que solo servía para auparse con más facilidad a su montura. Y si nos ceñimos a los CATAFRACTARII o CLIBANARII, tenemos que el jinete debía asir su CONTVS con ambas manos. Hablamos de una lanza muy pesada, de entre 3,5 y 4 metros que tendría que agarrar cuidando mucho de hacerlo lo más cerca posible de su centro de gravedad (que estaría situado lo más atrás posible para aprovechar al máximo la longitud del arma) y, por otro lado, cuando ensartaba a un enemigo no lo tendría fácil para extraer el arma salvo que se detuviera. En el peor de los casos, tendría que soltarla y meter mano a la SPATHA o cualquier otra arma de las que solían llevar encima. ¿Y por qué no la embrazaba como un jinete medieval mientras gobernaba su montura con la mano izquierda? Porque no podía al carecer del apoyo que le brindaba el estribo. Pero, en este caso, queda un factor más a tener en cuenta: un jinete ligero romano se aupaba con su armamento defensivo sobre un caballo de alrededor de 1,3 metros de alzada. Sin embargo, un CATRAFACTARII tenía que hacer lo mismo, pero sobre un animal de 20 o 25 cm. más de altura y con un sobrepeso enorme encima. Una de dos: o tenían una potencia muscular en las piernas digna de un saltador de altura o se montaban ayudados de alguna forma, y una vez que descabalgaban lo tenían chungo para volver a subir, y más en plena batalla.


Hacia el siglo III d.C., los sasánidas reformaron sus monturas inclinando aún más hacia atrás los cuernos delanteros para afianzar más los muslos. Cabe suponer que el motivo fue precisamente el peso de sus lanzas y el momento del encontronazo cuando impactaban contra un enemigo. Los demás las mantuvieron como siempre sin que haya referencias acerca de algún tipo de cambio hasta que hacia la primera mitad del siglo V aparece un nuevo tipo de silla, al parecer de origen huno, que mandó al baúl de los recuerdos el modelo anterior. A la izquierda podemos verla. Estaba enteramente construida de madera siguiendo el mismo concepto de la anterior, o sea, apoyándose en los costados del caballo. La estructura estaba acolchada y forrada de cuero para hacerla más confortable pero, sin embargo, resultaba menos estable que la anterior porque los cuernos, que eran lo que permitían al jinete afianzarse, habían desaparecido. O sea, era una silla moderna, similar a las que se usaban en la baja Edad Media y mucho después, pero sin estribos. Algo no cuadraba.


CATAFRACTVS sasánida en una situación un poco preocupante. Ha
perdido su CONTVS, dos enemigos lo hostigan con sendas lanzas, y basta
con que lo empujen hacia atrás para verse en el suelo y acuchillado sin más
Y los sasánidas, que hasta habían modificado la silla de cuernos para hacerla aún más estable al jinete, la fabricaron sin borrén trasero (imagino que para facilitar al jinete auparse en ella), por lo que el apoyo de atrás desaparecía. El más mínimo encontronazo o cualquier movimiento brusco podría hacer salir al jinete despedido por la grupa del animal, o ser descabalgado fácilmente tirando de él hacia atrás. Del mismo modo, todos los que la pusieron en uso romanos incluidos se veían sin el cómodo agarre del cuerno delantero para auparse en la silla. En este caso surge la pregunta más evidente: si la silla de cuernos era- según Connolly- tan eficiente y proporcionaba un asiento estable y cómodo al jinete, ¿por qué la cambiaron? Porque lo normal suele ser cambiar para mejor, y más cuando vemos que no lo hizo un solo ejército, sino todos.


Un CLIBANARIVS usando silla de arzón con estribos.
No hace falta decir que su eficacia en combate se vería
aumentada de forma notable con la adición de este
accesorio, y más con el sobrepeso de la armadura
Por este motivo, algunos autores lo tuvieron claro desde el primer momento: la adopción de ese tipo de silla se llevó a cabo porque al mismo tiempo apareció en Europa el estribo, que al parecer se inventó en Corea en el siglo IV d.C. y, según se da por hecho, viajó por Asia central entre los siglos V y VI para aparecer en Europa de la mano de los ávaros en el siglo VII, o sea, 200 años después de la implantación de esta silla. Cierto es que no hay testimonios gráficos o escritos que lo corroboren, pero el que no se conserven no implica que no existieran. Y en este caso el negacionista fue Connolly, que aseguraba que para lo único que servía el estribo era para facilitar la monta y no forzar la postura de las piernas hasta llegar al extremo de que influyese en el riego sanguíneo de las mismas. Por otro lado, el estribo no justificaba de forma concluyente la exclusión del borrén trasero ya que ambas piezas se complementan: en el momento previo al choque, el jinete estira las piernas y se apoya en los estribos, empujando su cuerpo hacia atrás hasta que las nalgas se compriman contra el borrén. Eso lo dejará totalmente bloqueado sobre la silla, y podrá resistir el brutal impacto sin problemas. Pero si unos ni se molestan en poner el dichoso borrén y ninguno usa estribos, ¿qué sentido tuvo adoptar esta nueva silla? Y una cuestión más para que el devanamiento sesero sea más jugoso: ¿cómo es que en miniaturas de los siglos VIII o IX aparecen a veces jinetes sin estribos? ¿Acaso unos preferían obviarlos, dando la razón a Connolly, mientras otros se sentían más seguros en la silla con ellos? Estamos ante otro misterio misterioso sin respuesta de momento. 

Ahí dejo de foto final dos versiones distintas de la misma escena. La de la izquierda corresponde al Beato de Liébana (siglo VIII), y la de la derecha al Beato de Fernando I y doña Sancha (mediados del siglo XI). Muestran una escena del Apocalipsis, la apertura de los Cuatro Sellos, y en el primero vemos los jinetes cabalgando sin estribos, y en el otro con estribos. ¿Tanto tardó en implantarse el dichoso estribo? Vete a saber...

Hale, he dicho