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jueves, 21 de octubre de 2021

KEMPEITAI

 

Grupo de oficiales nipones. Varios de ellos lucen en el brazo izquierdo el brazalete que los identifica como miembros del Kempeitai, una de las organizaciones policiales más brutales que ha conocido el siglo XX. Las atrocidades que perpetraron tanto en los territorios ocupados como con los prisioneros de guerra les pasaron factura cuando dio término la contienda, naturalmente

Archifamosa foto en la que el sakan Yasuno
Chikao está a punto de descabezar al sargento
Siffleet en Nueva Guinea el 24 de octubre de 1943.
Siffleet, perteneciente a la Unidad Especial M del
SRD australiano, fue capturado junto a otros dos
compañeros que fueron igualmente decapitados

Las cosas claras y el chocolate espeso: los honolables guelelos del mikado tenían las de Caín, pero Caín sería visto como un chavalote travieso comparado con los fulanos del Kempeitai que, curiosamente, se les suele llamar "la Gestapo del Japón" cuando, en realidad, la frase correcta sería que la Gestapo era la Kempeitai de Alemania tanto en cuento este siniestro cuerpo policial data del último cuarto del siglo XIX. Supongo que esto se debe a que en Occidente la Gestapo es mucho más conocida salvo por los desdichados australianos, british (Dios maldiga a Nelson) o gabachos (Al enano corso también) que cayeron en sus garras y que seguramente jamás olvidaron- si es que salieron vivos del brete- el trato recibido por estos sujetos pequeñajos pero con muy mala leche. La verdad es que nunca he podido comprender como un pueblo culto y, sobre todo, refinado como el japonés fue capaz de llevar a cabo las monstruosidades que se vieron en Corea, Manchuria y demás zonas ocupadas por su ejército. Una gente que solo para preparar un puñetero té tiene que llevar a cabo un ritual compuesto de 80 movimientos medidos al milímetro en vez de darle dos meneos a la bolsita y que, por otro lado, fueran capaces de acabar con cientos de miles o, posiblemente, millones de personas (las cifras nunca se sabrán), es algo que no me entra en la cabeza. El sadismo y la crueldad elevados a niveles inimaginables que incluía matar prisioneros a bayonetazos, decapitados, enterrados vivos o simplemente de hambre no casa con esa imagen etérea del japonés apaciblemente sentado en el porche de su casa, rodeado de almendros en flor y escribiendo poemas con su mejor caligrafía. Y a la hora de apretarles las clavijas al personal, sus métodos creo que sorprenderían a los más selectos psicópatas de la Gestapo, y eso  que eran capaces de persuadir a sus cuñados para que se hicieran abstemios y acabaran aborreciendo las gambas y el jamón del bueno.

Pero antes de dar cuenta de los orígenes y la evolución del Kempeitai debemos considerar una serie de detalles que nos permitirán comprender, que no justificar, el comportamiento de estos agresivos ciudadanos ya que, como es de todos sabido, la mentalidad y la idiosincrasia oriental no tiene absolutamente nada que ver con la nuestra. De una gente que se abría en canal por cualquier chorrada y hasta se preocupaba de caer hacia adelante al palmarla porque, de lo contrario, sería una falta de decoro y respeto a su señor puede esperarse cualquier cosa. Por lo tanto, debemos remontarnos un poco en el tiempo para ponernos en el contexto adecuado.

El emperador Meiji (1852-1912)
El 3 de enero de 1868, el Gobierno Imperial declaró abolido el shōgunato por el que el Japón se venía rigiendo desde hacía siglos y que mantenía la figura del tennō (el emperador) como un títere sagrado sin la más mínima influencia ni poder. El shōgunato Tokugawa que gobernaba el país desde 1603 era oficialmente mandado a hacer gárgaras, y el emperador Meiji daba nombre a una nueva era en la que Japón, encerrado en sí mismo desde tiempos inmemoriales, se abría al mundo, un mundo en el que los samurai y las katana ya tenían poco que hacer porque una de las primeras medidas que adoptó el tennō fue la creación en 1872 de un ejército moderno y la implantación del servicio militar obligatorio, así como una remodelación total de la policía. Ojo, que nadie crea que antes del advenimiento del emperador Meiji la policía nipona consistía en cuatro guardias para controlar que los chorizos urbanitas no robaran en los mercados porque, de eso, nada. Durante el Período Edo cada ciudad tenía un machi bugyō (magistrado) perteneciente a la casta samurai que actuaba como fiscal y juez. El machi bugyō  era asistido por una serie de metsuke (inspectores) que actuaban como una especie de policía de asuntos internos y como policía secreta. En el primer caso, su obligación consistía en vigilar las posibles corruptelas o la falta de eficiencia de los funcionarios y demás personal al servicio del gobierno. En el segundo, se encargaban de mantener bajo constante vigilancia a grupúsculos de descontentos o individuos que, por sus ideas, podían ser peligrosos. Por otro lado había un cuerpo de yoriki y otro de doshin, jinetes y peones respectivamente, que se dedicaban a patrullar como nuestros actuales policías de uniforme y que, como sus jefes, eran samurai. Por último estaban los meakashi (detectives), que solían encargarse de hurgar en todas partes en busca de todo tipo de delincuentes. Como sigue ocurriendo en nuestros días, tenían sus soplones, criminales que para no acabar con la cabeza tomando camino por otro lado habían jurado lealtad al shōgun y que informaban a los meakashi de todos los chismes referentes a los chorizos de los barrios. Como vemos, una policía que no tendría nada que envidiar a cualquier cuerpo policial moderno.

Kawaji Toshiyoshi (1834-1879)
No obstante, a pesar de tratarse de un organismo complejo y eficiente, abrirse al mundo implicaba también abrir la puerta a nuevos tipos de delitos y, sobre todo, a la presencia de delincuentes occidentales, lo que obligaba al nuevo gobierno a remozar su policía y, sobre todo, ponerse al corriente de cómo estaba el patio más allá de sus fronteras. Para solventar este tema, en 1872 un nuevo personaje se sumó a la Misión Iwakura, una delegación de diplomáticos y altos funcionarios que se patearon el planeta entre 1871 y 1873 para ver cómo era el mundo moderno. Se trataba de Kawaji Toshiyoshi, un samurai que viajó a varios países europeos para estudiar sus sistemas policiales. Toshiyoshi, considerado como el padre de la policía moderna del Japón, reparó especialmente en la gendarmería francesa y, sobre todo, la Preuβische Geheimepolizei, la policía secreta prusiana fundada en 1848 por el káiser Federico Guillermo IV, cuyos métodos y organización entusiasmaron a Toshiyoshi. A esto se sumó el hecho de que un año antes, en 1871, los antiguos feudos dominados por los daimyo fueron también abolidos, dividiendo el país en ken (prefecturas) y creando en enero de 1874 la Keishicho (Departamento de la Policía Metropolitana de Tokio). Esta unidad estaba dirigida por el mismo Toshiyoshi con el cargo de daikeishi (jefe de policía), con unos efectivos iniciales de 6.000 keisatsu (policías, nombre que conservan actualmente). De forma paralela, el gobierno envió a cantidad de jóvenes oficiales  a aprender cosas chulas de los ejércitos modernos, especialmente de los prusianos que habían dejado embobado a Toshiyoshi.

Buques japoneses dando estopa en el río Amarillo o Yalu, como
prefieran. Fue el primer paso al expansionismo japonés
Bien, este era el contexto político-social en el que surgiría la temible Kempeitai, pero para completarlo debemos conocer otro detalle que, seguramente, muchos desconocen: el racismo superlativo de los japoneses. Si alguien cree que la palma se la llevaba el ciudadano Adolf y sus conmilitones, se equivoca. Lo de esta gente iba más allá, porque mientras que los nazis se arrogaban la pertenencia a una raza superior a nivel humano, los nipones la atribuían a los dioses, y más allá de los dioses no están ni los langostinos de Sanlúcar. A raíz del advenimiento del emperador Meiji se impusieron tres dogmas que justificarían años más tarde la invasión de Manchuria y todo lo que se les puso a tiro en el Extremo Oriente: Indochina, Birmania, Camboya, Sumatra, Nueva Guinea, Filipinas, Java, Malasia y las tropocientas islas situadas entre Hawai y la costa del continente asiático. De haber ganado la guerra, Japón habría formado un imperio en el Pacífico que llegaría desde Hawai hasta la costa del continente asiático, más los territorios que habría ocupado en China aprovechando una hipotética victoria.

Apunte tomado del natural por un corresponsal de prensa occidental
que muestra tropas japonesas masacrando chinos. El mundo no tenía
aún ni idea de adónde eran capaces de llegar
Estos tres dogmas o reglas, por llamarlos de algún modo, retratan de forma palmaria la mentalidad de estos orientales y el elevado concepto que tenían de sí mismos: Ante todo, el Japón era el centro del mundo, gobernado por el tennō de origen divino que descendía de Amaterasu Omikami, la diosa del Sol. Ahí es nada. Por si fuera poco, el Japón estaba bajo la protección directa de los dioses, por lo que tanto el país como sus habitantes eran superiores al resto de los mortales. Y si el ciudadano Adolf pretendía crear un Reich de los Mil Años juntando Alemania con los territorios del este, los japoneses iban aún más allá porque consideraban que el Kodoshugisha, el Camino Imperial, otorgaba al Japón la misión divina de poner a todas las naciones del mundo bajo su dominio, las cuales se verían agraciadas por el inmenso honor de ser gobernadas por el tennō. En resumen, ¿los nazis racistas? Já, já y já. Estos fulanos les echaban la pata sobradamente, y si un SS le volaba la tapa de los sesos a un judío o un untermensch ruso como quien aplasta una cucaracha, un kempei veía al resto de la humanidad como si fueran amebas en un charco de agua pútrida. De hecho, no tardaron mucho en ir del dicho al hecho, porque en julio de 1894 ya hicieron una visita de cortesía a los chinos en la desembocadura del río Amarillo para dejarles claro que en el mar mandaban ellos, mientras que unos meses más tarde, en noviembre para ser exactos, atacaron Port Arthur (actual Lüshunkou) a través de Corea y se pasaron varios días matando chinos. La matanza de Port Arthur, cuyas víctimas se remontan a 60.000 personas según las estimaciones más pesimistas, fue la primera de las muchas que tuvieron que padecer a manos de los honolables guelelos del mikado.

Genki Abe (1894-1989), jefe del Tokkō desde
1932 hasta prácticamente el final de la guerra
En fin, ya vemos cómo era el contexto en el que el Japón se asomaba al mundo y cómo intentaron desde el primer momento avanzar en pocos años los siglos de atraso que llevaban respecto a Occidente. El 4 de enero de 1881, el Consejo de Estado decidió crear el Kempeitai, una unidad de élite dependiente del ejercito formada por 349 hombres y cuya misión inicial era disciplinar a los oficiales que se oponían al servicio militar obligatorio. Está de más decir que su ámbito de actuación no tardó en extenderse, porque de inmediato se recurrió a ellos para echarle el guante a los agricultores que también se negaban a incorporarse a filas. En resumen, eran una policía militar nutrida por hombres jóvenes seleccionados por su incuestionable fidelidad, su fanatismo político y racial y, por supuesto, dotados de una forma física superior a los estándares del ejército. Pero el Kempeitai no hizo el camino en solitario. De forma casi paralela, en 1901 se creó la Tokubetsu Kōtō Keisatsu, la Policía Superior Especial cuyo acrónimo, Tokkō, acabó causando los mismos retortijones repentinos entre el personal que recibía la visita de uno de sus miembros porque, en realidad, eran la vertiente civil del Kempeitai. En este caso, era un departamento policial encargado de controlar a los sospechosos de crímenes políticos- entiéndase en este caso el término crimen como tener una ideología opuesta al gobierno-, así como personal docente o líderes de asociaciones considerados como socialmente peligrosos. De hecho, la Tokkō era llamada coloquialmente como "la policía del pensamiento" porque controlaba las ideologías y hasta lo que pasaba por las mentes del personal.

Burdel del Kempeitai en una población de Corea. Estos locales
servían tanto para sacar información a los clientes como para
usar a las coreanas como esclavas sexuales
Así pues, nos encontramos con un estado policial en el que el Kempeitai dependía del Rikugunsho (Ministerio de Guerra), que a su vez dependía directamente del Cuartel General Imperial, mientras que la Tokkō, asignada al Ministerio del Interior, se dedicaban a hurgar entre cualquiera cuya profesión u oficio lo hiciera susceptible de olvidarse de los mantras dictados por el gobierno y occidentalizarse más de la cuenta si bien, de facto, ambas unidades colaboraban como si se tratase de una sola. No deja de resultar contradictorio que, mientras que por un lado el Japón pretendiera modernizarse, por otro siguiera obsesionado con mantenerse alejados del influjo de la cultura Occidental que podría hacer que los fundamentos del nuevo gobierno se tambaleasen. Así, eran sospechosos los que tuvieran en su poder libros escritos en lengua foráneas e incluso los habitantes de viviendas en las que se hubiera escuchado música de compositores extranjeros. Ni la Gestapo llegó a esos extremos por mucho que el ciudadano Adolf se embelesara con las interminables óperas de Wagner. Y aparte de los mencionados, los principales candidatos a ser acusados de lo que fuera eran los estudiantes, siempre con una irritante tendencia a oponerse al poder establecido, los pacifistas, que obviamente no veían con buenos ojos la política expansionista del gobierno, los trabajadores extranjeros y, por supuesto, los que fuesen conocidos militantes de partidos socialistas, comunistas o que hubiesen mostrado su disconformidad con la figura sagrada del tennō.

Pu Yi (1906-1967), último emperador de China
y emperador títere de Manchukuo desde 1934
hasta 1945 bajo la órbita del Japón. Los del
Kempeitai le controlaban hasta la veces que
iba a mear
En resumidas cuentas, el ambiente tanto en el Japón como en los territorios ocupados debía ser bastante asfixiante porque, ante la escasez de policías normales, se recurrió al Kempeitai para reforzar las prefecturas donde hiciera falta personal. Más aún, en el período comprendido entre 1898 y 1945, fue tejiendo una espesa red que cubría tanto el Dai Nippon Teikoku (el Gran Imperio del Japón, o sea, el territorio metropolitano), como el Dai Toa Kyozonkeu (la Esfera de Co-existencia de la Gran Asia Oriental), o sea, los territorios ocupados, donde se dedicaron a ejercer una represión brutal ante el más mínimo conato de desorden. Finalmente, formaron una rama dentro del Ministerio de Guerra, el Heimu Kyoku (Negociado de la Administración Militar) al mando de un mariscal general que respondía directamente al ministerio. En las zonas en guerra estaban bajo las órdenes de los comandantes de cada zona, mientras que el los territorios ocupados obedecían a los comandantes en jefe de cada territorio, en este caso Manchukuo, Formosa y Corea. En estas zonas, además de su labor de policía política y militar asistían a las autoridades civiles, y reclutaron a paisanos como delatores para perseguir sin descanso el más mínimo conato de rebelión.

Detenido en pleno interrogatorio, experiencia que por norma
era sumamente desagradable
Prueba del poder que llegó a alcanzar el Kempeitai es que, como ocurría en Alemania con las SS o el SD, su presencia era asociada con el brazo visible de la ley, sus celosos guardianes y los vigilantes de los principios políticos y morales que debía seguir la población. De hecho, la presunción de inocencia era inexistente. Cualquier detenido por el Kempeitai era culpable salvo que demostrase lo contrario, y no se les reconocía el derecho a ser asistido por un abogado. Establecieron el kikosaku, la aplicación de severos castigos sin proceso previo en el que el Kempeitai se establecía como juez, fiscal, jurado y verdugo, y todo ello con la autoridad necesaria para aplicar incluso la pena de muerte haciendo caso omiso de cualquier petición de clemencia. En resumen, eran libres de llevarse por delante a cualquiera ante la más mínima sospecha sin tener que dar explicaciones a nadie salvo a los mandamases del Ministerio de Guerra y del Cuartel General del Ejército Imperial. Obviamente, si en el mismo Japón tenían potestad para actuar de forma arbitraria, en los territorios ocupados ni te cuento. 

Dos kempei cacheando chinos en busca de soldados pretendiendo
pasar por civiles para escapar de Manchuria. Los que trincasen
lo tenían más negro que un pavo en Navidad
Y, por supuesto, la tortura como método para obtener confesiones no solo estaba permitida, sino que los miembros del Kempeitai recibían adiestramiento en las más variadas técnicas para apretar las clavijas al personal, todo ello con el beneplácito del ministerio. Pero estos fulanos no recurrían a sutiles tormentos orientales, sino a sistemas más básicos pero no por ello menos persuasivos, algunos de ellos copiados talmente de los usados en Europa como la garrucha o el ahogamiento con la toca. A ello, añadir palizas, flagelaciones, dislocación y/o rotura de dedos y articulaciones, electrochoques, aplicación de hierros candentes o algo tan bestial como meterles un tubo hasta el esófago para llenarles el estómago de agua, la cual se la sacaban a continuación saltando encima de la barriga. Este último método era en realidad muy cuestionable ya que la mayoría de los que lo padecían morían, así que poco podrían sacarles aparte del agua que les habían metido a la fuerza. Pero además de lo que les enseñaban, muchos kempei ideaban sus propios sistemas sin que nadie pusiera freno a su sadismo palmario, especialmente entre los detenidos Occidentales ya que daban por sentado que nunca dirían la verdad sino era bajo tortura, por lo que confesar no les servía de nada tanto en cuanto no los creerían hasta que los dejaran tullidos a palos.

Wilhelm Steiber (1818-1882)
En lo tocante a cuestiones de inteligencia y espionaje, el Kempeitai siguió paso a paso las directrices de Wilhelm Stieber, maestro de espías bajo las órdenes de Bismark y jefe de la Geheimefeldpolizei (Policía Secreta de Campaña). Durante el periplo europeo de la Misión Iwakura, los nipones ávidos de conocimientos aprendieron de Stieber las más modernas técnicas de espionaje, infiltración e incluso la obtención de información a base de chantajes por cuestiones de tipo sexual estableciendo selectos burdeles (¿recuerdan el famoso Salón Kitty de la Gestapo?), donde agentes femeninos se encargaban de sonsacar a los pardillos que acudían al mismo y donde les dejaban sacar a relucir cualquier perversión, cuantas más, mejor. Posteriormente eran debidamente chantajeados para que contaran aún más cosillas interesantes si no querían que sus devaneos salieran a relucir. Obviamente, este método se hacía extensivo a los que en vez de refocilarse con mujeres preferían los hombres o los mocitos. Bien aleccionado, el Kempeitai estableció en Wuhan, antes de que el malvado bicho coronario se escapara de su laboratorio para joder al planeta entero, un putiferio de postín llamado "Salón de los Placeres Deliciosos", donde los políticos y altos funcionarios chinos eran engañados como un ídem para sonsacarles información de todo tipo. Además, tras la fachada del lupanar deleitoso se escondía también el punto de reunión de los agentes del Kempeitai que operaban en Sinkiang y la zona de Asia Central bajo dominio de los rusos. Steiber vendió así a los japoneses sus eficaces métodos que tantos éxitos había cosechado en Europa y que sus entusiastas clientes adaptaron lógicamente a la idiosincrasia y la sociedad oriental. En fin, sirva esta breve semblanza de los inicios del Kempeitai en temas de espionaje e inteligencia, porque a lo largo del tiempo formaron una extensa y compleja red de organizaciones paralelas para tener vigilados hasta a los vendedores de tallarines callejeros.

Dos jotohei en algún lugar de China en 1937
En cuanto al reclutamiento y formación de sus miembros, tenían una jerarquía propia. El rango superior estaba formado por los sakan, oficiales de campo, seguidos por los kashikan, un grado equivalente a suboficial, y los jotohei, soldados superiores. Si hacía falta personal se echaba mano de soldados de primera clase, ittohei, o soldados rasos, nitohei, que eran extraídos de unidades del ejército regular. Por el contrario, la oficialidad se nutría de miembros del Ejército Imperial y permanecían agregados de forma permanente al Kempeitai. En tiempos de paz se aceptaba personal voluntario tras pasar una rigurosa selección para despejar dudas acerca de la solidez de su ideología. Como ya se ha comentado, los principales valores que se tenían en cuenta era su lealtad hacia la figura del emperador y a los valores raciales hasta el extremo de anteponerlos a cualquier tipo de sentimiento o consideración hacia los extranjeros porque, para los nipones, un fulano racialmente idéntico pero que no fuera natural del Japón ya era menos que una boñiga asnal. Los aspirantes debían pasar por una fase de entrenamiento en escuelas de policía militar, así cómo cursos teóricos y prácticos sobre los fundamentos del Kempeitai. Las principales academias estaban en Tokio y Seúl (en aquella época llamada Keijo), aumentándose durante la guerra en dos más ubicadas en Singapur y Manila.

Sōchō (sargento mayor) del Kempeitai luciendo su
brazalete. Como vemos en el detalle, era blanco con
grafías en rojo donde se leía Ken Hei, soldado de la ley
No se llegaba a oficial del Kempeitai de cualquier forma, y alcanzar un puesto en tan elitista unidad era un camino largo y tortuoso, como está mandado. El proceso daba comienzo en la Rikugun Shikan Gakko, la Academia Militar, y duraba nada menos que seis años si bien cuando empezó la guerra la necesidad de personal redujo el período de formación a apenas un año. Los suboficiales, en tiempo de paz, tenían que pasar por un adiestramiento de seis meses. Un oficial del Kempeitai no era un zote sádico que se limitaba a sacar los dientes con unos alicates a los desgraciados que caían en sus garras, sino que recibían una preparación muy superior a la establecida en los estándares del ejército. En 1938, y a la vista de lo que se estaba cociendo en el mundo, se abrió en Kudan el Koho Kimmu Yoin Yoseijo (Centro de Entrenamiento para el Personal de Servicio de Retaguardia) porque lo cierto es que los miembros del Kempeitai casi nunca aparecían en los frentes de batalla. Su trabajo estaba en la retaguardia, donde estaban los derrotistas, los espías, los traidores y los enemigos del estado. En el centro de Kudan los oficiales recibían un extenso adiestramiento en inteligencia militar, espionaje, manejo de explosivos, anti-insurgencia, codificación, robo y hasta de equitación. A todo ello añadían nociones de diplomacia por si eran destinados a una embajada o similar, el arte de disfrazarse y técnicas para pasar de incógnito en cualquier lugar enemigo. Curiosamente, y quizás debido a su fobia hacia todo lo extranjero, no prestaban atención a los idiomas, por lo que debían recurrir a intérpretes en todo momento.

Miembros del Kempeitai en uno de los muchos procesos que se
incoaron para dirimir responsabilidades. Pero la cosa es que
pocos tenían las manos limpias de sangre
En cuanto a sus efectivos, a lo largo de la década de los 30 fueron en constante aumento tanto en cuanto el militarismo imperante, así cómo por el número cada vez mayor de territorios ocupados, hizo necesaria la presencia de cada vez más kempei para vigilar que nadie sacara los pies del tiesto. En 1937, la inteligencia yankee tenía constancia de la existencia de 315 oficiales y 6.000 suboficiales y clases de tropa pertenecientes al Kempeitai. Al final de la guerra, la cifra había aumentado de forma ostensible, hasta los 34.834 efectivos repartidos por todos los territorios bajo el dominio de los honolables guelelos del mikado incluyendo, naturalmente, el mismo Japón, donde paradójicamente eran los segundos más numerosos con un total de 10.679 hombres tras China, quizás para prevenir que los derrotistas, pacifistas, espías, comunistas, socialistas y, en resumen, cualquiera que no estuviese conforme con la política belicista del gobierno, pudiera hacer de las suyas, siendo estrechamente vigilados y, si procedía, detenidos y eliminados. Está de más decir que tras la rendición de Japón los yankees buscaron hasta debajo de las piedras a los responsables de las masacres, malos tratos y ejecuciones arbitrarias que, durante años, habían sembrado el terror en las zonas bajo su dominio. Muchos acabaron delante de un pelotón de ejecución, otros fueron a parar a la horca y otros fueron condenados a largas penas que, incomprensiblemente, fueron posteriormente condonadas, como hicieron con los tedescos quizás en un intento de reconciliación. Los que no tuvieron ocasión de reconciliarse con nadie fueron las víctimas de estos elementos, como suele pasar y como, por desgracia, vemos que pasa en nuestros días, en los que alimañas desalmadas con condenas milenarias no cumplen ni dos años de cárcel por asesinato cometido.

Bueno, con este breve resumen podemos conocer un poco mejor a estos probos psicópatas, posiblemente desconocidos para muchos. Es imposible en una sola entrada abarcar todas las ramificaciones y áreas de influencia del Kempeitai, por lo que este articulillo nos valdrá para irnos haciendo una idea de cómo las gastaban. En sucesivas entradas ya iremos detallando los entresijos de esta siniestra organización incluyendo la tristemente célebre Unidad 731, palabrita del Niño Jesús.

Tennō heika banzai

Hale, he dicho

Miembros del Kempeitai padeciendo la mayor humillación que podía sufrir un honolable guelelo del mikado: rendirse y entregar su espada al enemigo. Muchos optaron por abrirse la barriga, volarse los sesos o apalancarse una bomba de mano contra el pecho. Otros, como los de la foto, prefirieron seguir deshonrados pero vivos. Creo que no imaginaban que tras la rendición vendría el ajuste de cuentas porque, de saberlo, probablemente la mayoría habrían decidido largarse de este mundo por su propia mano antes que por las de un verdugo yankee


viernes, 27 de julio de 2018

Feldgendarmerie. Orígenes





Feldgendarm a punto de darle boleta a un desertor. Estos
probos y a la par implacables policías no se cortaban un
pelo a la hora de cortar de raíz cualquier tipo de acción
contraria a la disciplina
De todas las policías militares habidas y por haber en la galaxia, juraría por mis egregias barbas que los feldgendarmen han tenido el dudoso honor de ser los más aborrecidos por la tropa. De hecho, hasta han sido siempre los malos malosos en las entretenidas novelas de Sven Hassel o en las escasas películas tedescas ambientadas en la Segunda Guerra Mundial, como la exitosa "Stalingrado" (1993) de Fedor Bondarchuck o "El puente" (1959) de Bernhard Wicki. Conviene reseñar que en esta última no solo no aparecen los tedescos como perversos psicópatas sino que, por el contrario, son unos desdichados héroes adolescentes que luchan honorablemente por su patria. No obstante, lo cierto es que la Feldgendarmerie que todos conocemos, o sea, la creada a raíz del comienzo de dicho conflicto, hizo méritos sobrados para ganarse el odio acérrimo del personal. Buena prueba de lo detestables que resultaban eran los motes que recibieron, Kopf Jägers, "cazadores de cabezas" y Kettenhund, "perros encadenados" en referencia a sus características Ringkragen (golas) cuya visión solía producir repentinas ganas de hacer pipí e incluso a veces también caquita en los atribulados tedescos al servicio del ciudadano Adolf. Pero dicha animadversión no solo era producida por su estricto sentido de la disciplina ni por los expeditivos medios que empleaban para imponerla, sino por su participación en acciones represivas de lo más diverso, desde la caza y captura de desertores y prisioneros de guerra fugados a la entusiasta colaboración con los Einsatzgruppen para eliminar de "enemigos del estado" los territorios ocupados. 

Sargento de la Feldgendarmerie de la 250º
División, más conocida como Blau División.
En la manga se aprecia su emblema, la
bandera española
Por otro lado, la Feldgendarmerie no solo era la típica policía militar bajo el control del ejército sino que, como todo cuando se trata de tedescos, era una organización con infinidad de ramificaciones ya que cada cuerpo tenía su propia policía incluyendo las unidades de ejércitos aliados, desde italianos que servían en el ejército alemán a valones, húngaros,  la Kriegsmarine, la Luftwaffe, las mismas SS e incluso la División Azul, que hizo uso de miembros de la Benemérita para dicha finalidad, trocándoles el tricornio por la gola. De hecho, en julio de 1939 y por orden del entonces Generaloberst Keitel hasta se creó una Geheime Feldgendarmerie, una policía militar secreta destinada ante todo a misiones de inteligencia que, si la ocasión lo requería, podían incluso operar vestidos de paisano. En resumen, la Feldgendarmerie iba mucho más allá del policía que abronca con denuedo al guripa que lleva un botón de la guerrera desabrochado o escolta a los desertores, malsines, rebeldes, mangantes y demás morralla militar a los temibles Strafbataillone (batallones de castigo) donde tenían ocasión de redimirse combatiendo en los sitios más asquerosos para demostrar que eran buenos alemanes dignos de servir al Reich y al ciudadano Adolf. Pero esta temible unidad policial no surgió de la nada, sino que ya tenía tras de sí un historial más extenso de lo que muchos imaginan. Veamos pues cuáles fueron sus orígenes.


Peones armados en su mayor parte con aperos agrícolas y desprovistos de
armamento defensivo. Por razones obvias, caían como moscas, y solo si
se veían sometidos a una férrea disciplina se les podía hacer ver que
desertar estaba muy feo
El concepto de policía militar es más antiguo que la tos. Los componentes de una mesnada o una hueste, en su mayoría pecheros llamados a filas con el mismo concepto de la disciplina que un jíbaro amazónico, eran muy susceptibles de largarse a casa a las primeras de cambio si las cosas se ponían difíciles. Las leyes de la época eran similares en todos los países europeos, y obligaban al personal a estar sujetos a filas durante 40 días que, en pleno estío, suponía dejar las cosechas sin recoger y, por ende, tener garantizado un invierno de hambre aunque no todos los varones estaban obligados a marchar precisamente para no dejar las tierras sin mano de obra. Pero a nadie le gustaba eso de ir a palmarla arrollado por un poderoso bridón, y menos aún sentir como una maza blandida por un caballero o un hombre de armas le convertía el cerebro en comida para gatos. Así pues, era necesario crear una fuerza policial que impusiera un mínimo de disciplina. 


Preboste alemán. Grabado obra de
Hans Brun (c. 1559)
En los ejércitos imperiales, y tengamos en cuenta que en la Edad Media Alemania no existía como tal, ya en el siglo XIV se había creado un personaje cuya misión era precisamente la de mantener la disciplina, castigar a los malsines y ladrones y, por supuesto, perseguir y castigar de forma expeditiva a los desertores. Hablamos del mariscal o marschall, palabro surgido de dos términos germánicos: marah y schalk, que significan respectivamente caballo y sirviente. Así pues, el marschall era en principio el encargado del cuidado, mantenimiento y requisa de caballos para el ejército. El 1312 se sumó a esta responsabilidad las de llevar las cuestiones administrativas y disciplinarias de la hueste, por lo que podemos decir que fue en ese momento cuando tomó forma el concepto de policía militar. Ojo, esto no quiere decir que los tedescos inventaran ese cuerpo ya que en Francia o Inglaterra también se creó la figura de un encargado del orden, pero en el caso que nos ocupa fue el germen de lo que siglos más tarde sería la temible Feldgendarmerie.


Ejemplo bastante gráfico de lo que sería la expeditiva pero
eficiente justicia de los prebostes
En Francia apareció el grado de preboste o prévôt, término proveniente del latín PRÆPOSITVS, con el que en aquella época se solían designar a las personas encargadas de llevar a cabo determinadas funciones tanto públicas como clericales. En el caso que nos ocupa hoy, el preboste tenía el mismo cometido que el marschall tedesco: mantener a raya al personal. Curiosamente, en el siglo XVI ese rango lo tomaron los alemanes, desechando el de mariscal para quedarse con el de profos, el cual se hacía acompañar por un selecto grupo de hombres de armas con la misión de castigar a los rebeldes, pícaros, ladrones, malsines y demás morralla, teniendo además potestad para juzgar y ejecutar el castigo que considerase oportuno. O sea, que no tenía lugar una investigación y un proceso previo al castigo, sino que todo se consumaba en el acto. Si el delito era merecedor de una tanda de latigazos, pues al acusado le dejaban los lomos en carne viva allí mismo, y si la cosa era más grave pues lo ahorcaban sobre la marcha, dejándolo colgado de una rama como escarmiento para que sus compadres y cuñados no sacasen los pies del tiesto.


Así solían acabar la mayoría de los motines. Como obviamente no era viable
ahorcar a todo un ejército, pues pagaban el pato los cabecillas o simplemente
echaban a suertes quiénes serían los que servirían de escarmiento
Y si ya en aquella época se hizo imperioso crear la figura del preboste para tener a raya al personal, las interminables guerra de religión que convirtieron Centroeuropa en un matadero obligó a formar unidades de tropas que controlaran no solo a los ejércitos regulares, sino también a las partidas de mercenarios que cambiaban de bando siete veces a la semana, a los saqueadores y, en resumen, a toda la chusma armada hasta los dientes que solo tenía una finalidad: robar, matar y violar. Y a toda esa serie de desastres debemos sumar los motines, irritantemente frecuentes debido a la tardanza en pagar a las tropas, lo que solía poner al personal de los nervios hasta entregarse a los mayores desmanes con los probos ciudadanos que caían en sus sangrientas manos. Eso sí, si la disciplina había sido anteriormente muy estricta, a raíz de estos conflictos fue tan brutal y determinante como la que ejercieron sus sucesores durante y, sobre todo, al final de la 2ª Guerra Mundial. Para ello, en 1577 el emperador emitió una orden mediante la cual se debían formar en los territorios comprendidos en sus dominios una serie de unidades a caballo que, en función de la naturaleza de sus efectivos, tomaron diversos nombres tales como polizei-husaren (húsares policías), polizei-dragonen (dragones ídem) y polizei-jäger (cazadores ídem de ídem).


Soldados y oficiales del Feldjägerkorps zu Pferd
Bien, así se mantuvo la disciplina militar hasta 1740, cuando ascendió al trono Federico II, el esmirriado pero belicoso rey de Prusia que marcó un antes y un después en la cosa bélica. Su padre, Federico Guillermo I había mantenido una policía a caballo nutrida por húsares con la finalidad de dar caza a los desertores, pero no tenían ya nada que ver con los feroces prebostes que colgaban a su abuelo si se había pasado de la raya. Su hijo, Federico, tuvo las cosas más claras y creó una serie de unidades policiales con fines muy específicos, propios de la mentalidad militar prusiana que empezaba a surgir. En aquel mismo año se formó el Feldjägerkorps zu Pferd (Cuerpo de Cazadores de Campaña a caballo), que poco después fue rebautizado como Reitendes Feldjägerkorps (Cuerpo de Jinetes Cazadores de Campaña o sea, lo mismo que antes pero con otras palabras). Este cuerpo se dividía a su vez en diferentes unidades, cada una con una misión específica. Por un lado estaban los Kolonnenjäger (escuadrón de cazadores), destinados a vigilar los caminos; los Kurierjäger (cazadores mensajeros), encargados de llevar y traer mensajes de importancia y, finalmente, los Furierjäger (cazadores fieros), una guardia de corps encargada de dar escolta y protección a la familia real.  Como complemento, al años siguiente se creó una unidad similar, pero de infantería: el Feldjägerkorps zu FussEstos cuerpos, aunque militares, se dedicaban también a labores policiales en tiempo de paz, que no era plan de quedarse en sus acuartelamientos rascándose el ombligo y cobrando una paga por no hacer nada.


Sonrientes tedescos con sus Dreyse al hombro camino del
frente para mearse en las miserables calaveras gabachas
De ahí que, ya en el siglo XIX, se formase una nueva unidad que, ya de forma específica, quedaría bajo las autoridades civiles de cada distrito salvo en caso de guerra, que era cuando servirían exclusivamente a las órdenes de un general del ejército. Recibió el nombre de Landgendarmerie, o sea, gendarmería territorial, que en 1813 vio aumentados sus efectivos a raíz de la unión de Prusia y Baviera, formándose la Gendarmerie im Felde (gendarmería de campaña) y que, esta vez sí, estaba destinada íntegramente a cuestiones militares, desempeñando un importante papel durante las guerras contra el enano corso (Dios lo maldiga por los siglos de los siglos, amén). Esta unidad perduró hasta la unificación alemana, cuando fue sustituida en 1870 por la Feldgendarmerie a raíz del estallido de la guerra franco-prusiana aquel mismo año. Ya había nacido la policía de campaña que todos conocemos y que durante aquella breve pero intensa guerra tuvo un gran número de misiones: mantenimiento del orden en acuartelamientos y acantonamientos, búsqueda de poblados y/o edificios para alojamiento de la tropa durante el avance, mantenimiento del orden en las zonas ocupadas para impedir violencias y saqueos contra la población civil, requisa de animales y víveres, protección y escolta de las columnas de suministros, control y vigilancia de caminos y puentes y, naturalmente búsqueda y captura de desertores y espías enemigos, así como su traslado a los tribunales de campaña y, llegado el caso, su ejecución. En resumen, una policía militar tal como la que actúa en nuestros días. 


Feldgendarm a caballo chorreando seguridad en sí mismo como buen
prusiano. En el cuello luce la gola que tan siniestra fama ganó con el tiempo
Con el término de la guerra se procedió a disolver la Feldgendarmerie ya que todos sus cometidos estaban fuera de lugar en tiempos de paz. Pero el ser humano tiene la desagradable costumbre de no poder estar mucho tiempo sin pasar el rato matándose unos a otros, así que el estallido de la Gran Guerra obligó a formar una vez más la Feldgendarmerie que, con la prontitud y eficacia propia de los tedescos, en apenas dos meses ya tenían 33 compañías nutridas por 60 hombres con las mismas obligaciones que sus antecesores de la guerra franco-prusiana. Para llevar a cabo sus labores de vigilancia se dividían en Streifen, grupos de tres hombres formados por un sargento y dos clases, bien suboficiales o bien cabos por aquello de imponer autoridad a la tropa rasa. Para formar estas Feldgendarmerie Truppen se recurrió a oficiales y suboficiales del ejército, especialmente de unidades de caballería, y alrededor de un tercio eran suboficiales y agentes procedentes de la policía civil. A medida que avanzaba la contienda y, con ello, el número de efectivos en liza, hubo que ir aumentando igualmente las unidades de policía militar, de modo que al final de la guerra las 33 compañías iniciales se habían convertido en 115. Al final de la guerra, el número total de unidades Feldgendarmerie había aumentado a 115 a los que había que sumar cinco escuadrones de caballería para misiones especiales.


La uniformidad de la Feldgendarmerie se diferenciaba del resto del ejército, en algunos detalles, como está mandado. El que vemos en la imagen de la derecha, que corresponde al reglamentario antes del estallido de la guerra, era de color verde oscuro con los puños y el cuello azul claro y con galones amarillos. Este uniforme fue cambiado por el gris reglamentario del ejército en agosto de 1916 porque eso de pasearse con una indumentaria tan vistosa se había vuelto bastante peligroso. El casco era el Pickelhaube modelo 1871 usado por las unidades de dragones con el águila prusiana en el frontal. El barboquejo no era el típico de cuero, sino de cuero forrado con escamas de latón. Y al cuello su objeto más emblemático e inconfundible, la gola.


El tema de las puñeteras golas daría para una entrada monográfica, así que nos limitaremos a dar en esta ocasión los detalles más significativos. Básicamente era la típica media luna que, al comienzo de la guerra, se fabricaban mediante estampación en acero pulido si bien he podido ver ejemplares de latón. Las compañías prusianas llevaban a cada lado un águila y las bávaras un león. En el centro, en números romanos, el número del cuerpo de ejército donde estaba destinada la compañía, y en cifras arábigas el número personal de su portador, ambos de latón. La evidente vistosidad de este emblema obligó en 1915 a pintarlos de gris mate para que los francotiradores dieran matarile a los probos feldgendarmen. Se colgaba del cuello mediante una cadena de eslabones planos que se enganchaba en una presilla que, en vez de estar colocada en la parte trasera, quedaba a la vista tal como vemos en la foto. Imagino que sería para impedir que se girase con el movimiento. No obstante, había diversos modelos en los que se indicaba el nombre del regimiento o, en el caso de la Gardekorps, solo aparecía el número personal del feldgendarm según podemos ver en la foto inferior.


El término de la contienda implicó de nuevo la disolución de la Feldgendarmerie. El exiguo ejército de apenas cien mil hombres que el Tratado de Versalles permitía a la nueva República de Weimar no daba para dividirlo en demasiadas unidades como no fuesen totalmente imprescindibles, así que la policía de campaña desapareció del organigrama militar hasta que en 1939 el ciudadano Adolf la hizo resucitar, y esta vez con más mala leche, más virulenta y con más poder del que jamás había tenido. Pero eso ya lo contaremos otro día, que por hoy ya me he enrollado bastante.

Hale, he dicho



Feldgendarmen durante la campaña de Polonia, donde ya empezaron a ganarse su siniestra fama