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domingo, 18 de junio de 2023

LA ARTILLERÍA DE GALERAS

 

Galera aragonesa en pleno crucero. En la corulla vemos las bocas de fuego con que estaba armada la nave. En el centro destaca el cañón de crujía, el más potente de toda la panoplia artillera embarcada

Ataque naval a La Goleta en 1535, en el contexto de la Guerra de
Túnez. Obsérvese como la artillería de las galeras, concentrada en
la proa de las mismas, abre fuego contra las fortificaciones del puerto

Es habitual que, cuando se mencionen las galeras "modernas", uséase, las usadas desde finales del medioevo hasta finales del siglo XVIII, no se suela pensar en la artillería que estas naves llevaban a bordo. Este armamento lo asociamos más a los galeones y, posteriormente, a los poderosos navíos de línea con las bandas erizadas de cañones con los que ofender más y mejor a los enemigos y mandarlos al fondo de abismo con presteza y eficacia. Sin embargo, las galeras no solo estaban artilladas sino que, además, como tantas otras cosas que ignoramos en lo referente de nuestros logros, fueron los reinos peninsulares los que se arrogaron la primicia de fundar las bases de lo que luego sería la artillería naval. Es de todos sabido que en este país de acomplejados e ignaros profesionales no se presta atención a los éxitos patrios ni a nuestros grandes hombres, mientras que se enaltecen los foráneos y se ensalzan a los ajenos. Bueno, al grano...

Xilografía que muestra una galera primitiva armada con un único
cañón emplazado en la crujía de la nave

La primera noticia que se tiene del uso de artillería embarcada data nada menos que de mediados del siglo XIV, concretamente en 1359. El suceso tuvo lugar en el puerto de Barcelona, cuando una escuadra castellana intentó atacar las naves aragonesas ancladas en el mismo. Esto ocurrió en el contexto de la Guerra de los Dos Pedros, que entre 1356 y 1367 enfrentó a Pedro I de Castilla y a Pedro IV de Aragón. Las crónicas no especificaron qué tipo de armas habían embarcado los aragoneses, pero lo importante es que a los castellanos se les puso la jeta a cuadros cuando, en vez de llover virotes y pellas sobre ellos, llovieron bolaños. No obstante, debieron tomar buena nota del invento porque uno de los capitanes de la flota de Castilla, Ambrosio Bocanegra, hijo del entonces Almirante Mayor Egidio Bocanegra, un genovés emigrado a Castilla en 1341, derrotó años más tarde a la flota inglesa (Dios maldiga a Nelson) en la batalla de La Rochelle, librada el 22 de junio de 1372.

Batalla de La Rochelle,  librada en junio de 1372

Bocanegra, que había sido nombrado Almirante Mayor en 1370 por Enrique II de Castilla, fue enviado al mando de una flota de 12 galeras y varias naos para socorrer a las tropas de Bertrand du Guesclin, que mantenían un férreo cerco a la población. Eduardo III hizo lo propio enviando una flota de 36 naves al mando del conde de Pembroke, que sufrió una derrota aplastante por obra y gracia del ingenio de Bocanegra, que aprovechó la bajamar para hacer encallar los barcos enemigos aprovechando su mayor calado- superior al de las galeras- y cañoneándolos con bombardas emplazadas en la corulla de sus naves. La derrota fue tan antológica que los isleños perdieron la totalidad de la flota, bien hundida, bien apresada, e hicieron cautivos a los que salieron con vida del brete, empezando por el mismo Pembroke.

Bien, este articulillo no tiene como objeto narrar la evolución de la galera, que de hecho ya fue descrito en su día, sino la de su artillería. Así pues, estos hechos fueron los inicios de lo que más tarde se convertiría en la artillería naval. El germen de la misma fueron esas bombardas embarcadas que, en realidad, no pertenecían a la marina de guerra, sino a los tiros de artillería terrestres. Para entendernos: las galeras no contaban con una dotación propia de bocas de fuego, sino que, en caso de necesidad, se embarcaban las piezas necesarias junto al maestro artillero y sus ayudantes, que serían los encargados de manejarlas. Una vez retornados a puerto, las bombardas eran desembarcadas y devueltas a su lugar de origen. 

Hasta finales del siglo XV, la artillería embarcada se limitaba a una única bombarda emplazada en la tamboreta. La tamboreta era en espacio triangular situado entre el espolón y la corulla, un espacio que abarcaba desde los dos últimos bancos de la cámara de boga hasta el yugo de proa. Para que su peso no escorase la nave o la quebrase- solo el cañón, sin el afuste, podía superar las 2'5 Tm), se colocaba en la crujía, el angosto pasillo central que discurría de proa a popa y donde el cómitre y sus sotacómitres estimulaban cariñosamente a la chusma para darle con más ímpetu al remo. Para contener el retroceso, la bombarda se emplazaba entre dos maimones, dos gruesos maderos verticales que emergían de las entrañas de la nave. Por lo demás, por su posicionamiento en la cubierta surgió el término "cañón de crujía" en referencia a la pieza de más calibre de la galera. En la ilustración vemos una bombarda al uso montada sobre un afuste fijo. En el detalle podemos apreciar su posición en la nave.

Vista en sección de una alcuza de bombarda. Como podemos
apreciar, estaba reforzada por unos zunchos de hierro para
soportar la presión. Las argollas eran para colocarla y extraerla
ya que, debido a su tamaño y espesor, eran muy pesadas

Estas bombardas, como se explicó en su momento, estaban fabricadas con tiras de hierro que se iban colocando alrededor de un cilindro de madera a modo de mandril, siendo fijadas entre ellas con zunchos. Una vez completa la caña se retiraba el cilindro y se aseguraba en el afuste mediante sogas y/o tirantes de hierro. Su calibre, que en aquella época no estaban normalizados, oscilaba entre las 20 y las 40 libras (9'2 - 18'4 kilos). Eran armas de retrocarga en las que se introducía la pelota de hierro por la recámara para, a continuación, cerrarla con la alcuza, servidor o mascle, donde iba la carga de pólvora en una proporción que decidiría el maestro artillero en base a la distancia del objetivo a batir. La alcuza se sellaba con un taco de madera dejando en el interior una parte vacía para que hubiese suficiente aire como para facilitar la combustión de la pólvora. Finalmente, se aseguraba la alcuza con una cuña de hierro, se cebaba el oído con polvorilla y se prendía la carga con un botafuego, una vara de hierro o bronce donde se enrollaba una mecha. Olviden esa gilipollez de la antorcha que sale en las pelis. En un barco de madera te veían con una antorcha en la mano y te la apagaban metiéndotela por el ano sin dudarlo para, a continuación, cortarte la mano por cretino y, finalmente, colgarte de una entena para escarmiento de los botarates de la tripulación en particular y la flota en general.

Botafuego

Como salta a la vista, emplazar una boca de fuego fija sin posibilidad de variar siquiera el ángulo vertical no daba para virguerías y, aunque el alcance de unos de estos chismes podía llegar a los 800 metros, a efectos prácticos apenas iban más allá de 300 o 400, y si lo que se pretendía era acertar a otra nave, pues había que disparar cuasi a bocajarro, aprovechando el instante en el que el cabeceo de la galera hiciera coincidir la bombarda con el objetivo. Para paliar este inconveniente, que no era moco de pavo, se sustituyó el afuste fijo por uno provisto de dos pequeñas ruedas que permitía correcciones tanto verticales como horizontales (véase ilustración inferior). Al no haberse inventado aún los muñones con los que el cañón podía oscilar sobre la cureña, la regulación del ángulo vertical se realizaba elevando o bajando la parte trasera de la misma, bloqueándola con el travesaño perpendicular que vemos atravesándola de arriba abajo. Este travesaño, en forma cuña, se inmovilizaba propinando un mazazo en la parte superior. Obviamente, antes de abrir fuego había que asegurar la pieza a la cubierta para que no saliese tomando camino por su cuenta.


Por cierto que, por lo general, el maestro artillero no solía disponer de tiempo para realizar más de un disparo antes de llegar al momento supremo de los combates navales de la época: el abordaje. Si ese disparo lograba dañar o incluso abrir una vía de agua importante en la nave enemiga, pues la mitad o todo el trabajo ya estaba hecho. De lo contrario, habría que culminar la aproximación hasta llegar al contacto y esperar a que la gente de guerra embarcada lograse vencer a la tripulación enemiga y adueñarse de la galera. 

No tardaron mucho tiempo en comprobar que eso de poner artillería en la proa era una idea estupenda. ¿Qué por qué no la emplazaban también en las bandas? Pues porque las galeras de aquel entonces aún carecían de corredores sobre los bancos de boga, que ocupaban prácticamente la totalidad del barco. Así pues, se añadieron a ambos lados de la bombarda sendas culebrinas, sacres, moyanas o falconetes, piezas de un calibre muy inferior pero con una caña más larga, lo que les daba más alcance efectivo. Estas piezas eran denominadas como "de caza", y su cometido era ofender a las naves enemigas a distancia, procurando causarles daños que le dificultaran o impidieran la maniobra, como desarbolarlas, dañar el timón o destruir los remos (o también a los que remaban). Si lo lograban, la galera quedaría a merced de la perseguidora, que rematarían el trabajo cañoneándola con el cañón de crujía y hundirla sin tener que arriesgarse a un abordaje que, por bien que fuera, siempre concluiría con bajas propias. En la ilustración de la izquierda podemos ver una galera del segundo cuarto del siglo XVI en la que podemos observar como se había potenciado la artillería de a bordo. A los lados del cañón de crujía se han emplazado dos culebrinas, y en los maimones cañones de pivote, artillería ligera destinada a ofender a los tripulantes de la nave enemiga. Luego los veremos con más detalle.

Ya a mediados del siglo XV surgieron los cañones de fundición, mucho más resistentes y fiables que los anteriores. Esta nueva técnica no solo facilitaba la construcción de las cañas sino también, hacia mediados del siglo XVI, la adición de muñones que, como comentamos más arriba, permitía hacer correcciones en el ángulo de tiro vertical. Ayudándose con espeques manejados por los ayudantes del maestro artillero, este apuntaba el cañón contra el objetivo, fijándolo con una cuña de madera que se deslizaba bajo la culata del arma. Abajo tenemos un ejemplo que nos permitirá verlo con detalle.



La miniatura nos muestra los dramáticos
efectos de un reventón, que ha dejado bastante
perjudicado a uno de los artilleros
Como salta a la vista, el sistema de retrocarga usado por las bombardas fue eliminado y ya hablamos de artillería de avancarga, que perduró hasta las postrimerías del siglo XIX. Puede que alguno se pregunte por qué se suprimió un sistema de recarga más cómodo y, en teoría, rápido ya que, disponiendo de varias alcuzas, la cadencia de tiro podría ser más elevada que teniendo que cargar metiendo por la boca de fuego una cuchara con la pólvora, atacarla, meter la pelota y añadir otro taco más para sellar la carga. Bueno, el problema de la retrocarga de la época radicaba ante todo en que el ajuste de la alcuza con la recámara era muy deficiente, lo que implicaba una notable pérdida de presión que reducía el alcance del proyectil. A ese defecto habría que añadir el riesgo que se corría cuando, por un pico de presión o un sobrecalentamiento, la alcuza estallaba. El hierro no se deformaba o se agrietaba, sino que saltaba en pedazos de forma similar a las bombas de mortero de la época, matando a todo aquel que pillase cerca empezando por el maestro artillero y su gente. Por otro lado, hacia 1520 se empezaron a fabricar cañones de bronce, un material mucho más adecuado por varios motivos, a saber: ante todo, el bronce, al ser más elástico, no reventaba en pedazos, sino que se herniaba o se rajaba, reduciendo en grado sumo el riesgo para sus servidores. Por otro lado, a igual pieza, la de bronce tenía alrededor de un 10% menos de peso. Esto se traducía en que, por ejemplo, un cañón de crujía de 3.000 kilos vería su peso reducido a 2.700. Si sumamos toda la dotación artillera de la galera, hablamos de mogollón de kilos menos que disminuían el cabeceo de la nave y el riesgo de quebranto de la misma.

Y a toda esta serie de ventajas, una no menos importante: el salitre del mar no ataca al bronce, mientras que las piezas de hierro requerían un mantenimiento constante para no verlas cubiertas de orín a los dos días. No olvidemos que la pólvora negra es muy higroscópica, por lo que si no se mantenían las ánimas perfectamente limpias, sin residuos y bien lubricadas, la costra de óxido que se formaría en pocos días inutilizaría el arma. La fundición en bronce solo tenía una pega: era mucho más cara que la de hierro, por lo que no siempre había disponibilidad de piezas de este material, carencia esta que afectó a la artillería de las naves hispanas hasta prácticamente la desaparición de la artillería naval de avancarga.

Así pues, tenemos que durante la primera mitad del siglo XVI las galeras estaban armadas con su cañón de crujía para batir en proximidad a la nave enemiga, una o dos piezas menores en cada banda para hostigarla durante la aproximación y varias piezas de pivote fijadas en los maimones de la corulla con la misión de producir el mayor número de bajas posible antes del abordaje. Hablamos de falconetes, esmeriles, pedreros y morteretes, si bien debemos tener en cuenta que, hasta la normalización de la artillería en tiempos de Carlos I, tanto denominaciones como calibres formaban un amasijo interminable de tipologías bautizadas a veces la misma con siete nombres. 

Bueno, ya se me ha terminado el fuelle por hoy. Mañana o pasado actualizo el articulillo.

Hale, he dicho


domingo, 26 de septiembre de 2021

ÓRGANOS DE STALIN. EL BM-13

 

Pseudo-apocalipsis a pequeña escala y en formato económico

Ante todo, hay un detalle que debe quedar bien claro: el padrecito Iósif no sabía tocar el órgano. Más aún, durante su estancia en el seminario de Tiflis no solo no aprendió a tocarlo, sino que se convirtió en un marxista irredento. Además, la música sacra ortodoxa no hace uso de ese instrumento, de modo que dudo que alguna vez estuviera cerca de uno de ellos. Para los que lo desconozcan el mote de Stalinorgel lo crearon los tedescos debido a la semejanza de los lanzadores con los tubos de los órganos, así como por el siseante y siniestro silbido que emitían cuando se disparaban. Aclarado este sutil detalle semántico, procedamos:

Ya en su día dedicamos algún que otro artículo a los cohetes Congreve y su uso tanto terrestre como naval a principios del siglo XIX. Por otro lado, ya sabemos que estos chismes eran usados por los chinos hace la torta de años para sus masacres, así que hablamos de un arma con siglos de antigüedad. Solo el perfeccionamiento de la artillería en lo referente al alcance y, sobre todo, a la precisión, envió al baúl de los recuerdos a un arma en apariencia tan prometedora. Sin embargo, y a pesar del atraso endémico en lo tocante a tecnología por aquella época, Rusia introdujo estas armas en su arsenal en 1827, dándoles un extenso uso durante la Guerra Ruso-Turca entre 1828 y 1829, llegando a producir un lanzador remolcable para seis proyectiles. Sin embargo, como hemos dicho, el imparable avance de la artillería convencional  relegó al olvido a los cohetes, que se vieron limitados a su uso como bengalas y permanecieron en estado latente unos añillos hasta que, curiosamente, fueron resucitados por los mismos rusos. 

V. A. Artemiev (1885-1962) y N. K. Tichomírov (1859-1930)

El resucitador fue Vladímir Andréevich Artemiev , que ya en 1908 y con apenas 23 años andaba investigando con cohetes de bengalas en la fortaleza de Brest-Litovsk. Este probo ingeniero fue enviado en 1919 al Laboratorio de Dinámica de Gases (Gazodinamicheskoy laboratorii para el que quiera fardar ante sus cuñados), donde se puso en contacto con otro sesudo cohetero, Nikolái Ivánovich Tichomírov, con la intención de desarrollar cohetes de combustible sólido. La solución vino de la mano del por aquel entonces coronel Ivan Platonovich Grave, que en 1916 había inventado un propelente a base de polvo de piroxilina mezclado con trinitrotolueno, lo que daba como resultado una combustión potente y estable. La patente le fue confirmada en 1924 y consistía en barras compactadas de 70 mm. de diámetro que fueron fabricadas en la Fábrica de Pólvora de Shlisselburg. Hasta aquel momento se había usado como propulsor pólvora negra, pero su rendimiento era obviamente muy inferior al del nuevo compuesto. Este se probó por primera vez el 3 de marzo de 1928 tras haber pasado tropocientas pruebas hasta dar con las proporciones adecuadas, alcanzando el cohete una distancia de 1.300 metros. Este chisme fue la base de partida para la posterior creación de los cohetes disparados por los dichosos órganos.

G. E. Langemák (1898-1938)
Pero encontrar el propulsor adecuado era solo parte del problema porque, en realidad, lo que aún estaba por solucionar era la forma de dar al proyectil la estabilidad y la precisión adecuadas. Recordemos que los cohetes de Congreve usaban una simple varilla como estabilizador, y que no fue hasta 1844 cuando William Hale desarrolló una pieza helicoidal que hacía girar el cohete, pero la precisión obtenida no se consideraba la idónea para un arma moderna. Artemiev se dedicó a ir probando sistemas de guiado, lo que le llevó varios años de investigación porque hasta mediados de 1933 no pudo probar algo con un éxito aceptable. Se experimentó con dos diseños, el RS-82 y el RS-132 (RS = Rakietnyi Snariad, misil cohete, para los que insistan en fardar ante sus cuñados), de 82 y 132 mm. de calibre y provistos de estabilizadores de aletas con los que obtuvo una trayectoria razonablemente precisa a distancias comprendidas entre los cinco y seis mil metros, si bien estaban muy lejos de la precisión de cualquier pieza de artillería. En este diseño participó Geórgi Érijovich Langemák, un ingeniero militar de origen alemán de los más cercanos a Artemiev que, cómo no, acabó sus días víctima de la purga de 1937 con la que el psicótico padrecito Iósif eliminó de un plumazo a la mayoría del personal que tenía más de dos dedos de frente. De hecho, aunque el desarrollo del proyecto inicial era de Artemiev, Langemák es considerado como el padre del órgano staliniano que, en realidad, en Rusia era conocido de forma mayoritaria como Katyusha (Катюша en cirílico, por si aún no se han quedado contentos y quieren seguir chinchando a sus cuñados), aunque del origen del mote ya hablaremos al final del artículo. 

Fuego de saturación producido por una salva de Katyusha. Al
impactar sobre una zona relativamente pequeña, sus efectos eran
demoledores
Bien, en vista de que de momento no era posible obtener una precisión que permitiese que un cohete acertara en el objetivo como el proyectil de un cañón, se optó por la posibilidad de hacer fuego mediante salvas, o sea, disparando al unísono mogollón de cohetes para batir una determinada zona. Es lo que se conoce como fuego de saturación. Para los que nunca hayan oído ese término, el fuego de saturación es un concepto por el que un área relativamente pequeña es sometida a un bombardeo breve, pero de una intensidad devastadora que la artillería convencional no puede alcanzar. Pongamos un ejemplo: los informes del frente nos dicen que en tal zona el enemigo ha concentrado un regimiento entero para iniciar una ofensiva. 

Y estas eran las herramientas para lograr la saturación. Mientras que
un cañón convencional podía disparar un proyectil cada cinco o
diez segundos, un Katyusha disparaba una docena o más-
dependiendo del modelo- en el mismo tiempo
Si abrimos fuego con la artillería disponible, imaginemos que una docena de bocas de fuego con una cadencia de tiro de seis proyectiles por minuto, implicaría que en cinco minutos de bombardeo caerían sobre el enemigo 360 proyectiles. Obviamente, las tropas enemigas no se iban a quedar como pasmarotes esperando a ser machacados, sino que nada más oírse el silbido de la primera andanada saldrían corriendo como conejos en busca de refugio. Esa primera andanada sería lógicamente la más efectiva, mientras que las restantes pillarían a la mayor parte del personal a cubierto, pudiendo salir razonablemente indemnes del susto. Sin embargo, una batería formada por 12 lanzacohetes con capacidad para 24 proyectiles, solo en la primera salva dejaría caer sobre las atribuladas cabezas de los enemigos 288 cohetes de golpe. Y si los lanzadores eran de 48 cohetes, la cifra se elevaría al doble: 576 proyectiles de una tacada y sin que a los pardillos de turno les de tiempo a buscar un hoyo donde meterse. Y no solo produciría gran cantidad de bajas, sino que una parte importante de su material también sería destruido sin posibilidad de ponerlo a salvo. En resumen, es un concepto táctico tan eficaz que hoy día sigue totalmente vigente, y no hay guerra en la que no hagan acto de presencia vehículos provistos de lanzadores que, eso sí, están armados con cohetes mucho más potentes y precisos que los usados por los rusos si bien no son raros de ver en algunos de los interminables conflictos de Oriente Medio lanzadores de la época soviética que aún siguen operativos.

Bien, estos son los antecedentes del Katyusha que, en puridad, fue el cohete en sí ya que el soporte para los lanzadores no fue el mismo a lo largo de su vida operativa. Se recurrió a camiones rusos, así como a americanos obtenidos gracias a la Ley de Préstamo y Arriendo, chasis de carros de combate, trineos, trenes blindados, vehículos sobre orugas e incluso se instalaron en barcos, pero de la amplia variedad de medios sobre los que funcionaron estos chismes hablaremos con detalle en otra ocasión para no alargarnos demasiado. De hecho, incluso se llegaban a disparar cohetes sustentados sobre bastidores colocados directamente sobre el suelo, e incluso simplemente dentro de un armazón colocado dentro de un hoyo que les permitiera orientarlos en dirección a donde en teoría estaba el enemigo. Un alarde de tecnología, vaya... Con todo, su uso masivo- el fuego de saturación, ya saben- los hizo bastante eficaces, y donde caían solo quedaba una extensión de terreno calcinada y los restos achatarrados de los vehículos que hubiese en el mismo aparte de cachos dispersos del personal a los que no dio tiempo de escabullirse.
 En la ilustración de la derecha tenemos un ejemplo del variopinto uso que se podía dar a estos artefactos: dos guripas soviéticos ocultos tras unas ruinas se disponen a lanzar un M-31 de 300 mm. colocado dentro de un armazón (metálico o de madera) sustentado sobre unos ladrillos.

Ferviente hija del padrecito Iosif instalando cohetes RS-82 bajo
las alas de un avión. Obsérvense las peculiares hélices para el
armado de las espoletas
En cuanto a la vida operativa de estos cohetes, curiosamente no comenzó sobre los lanzadores que estamos hartos de ver en fotos, sino instalados en aviones. Su estreno en una acción de guerra tuvo lugar en el río Jaljin Gol, que marcaba los límites de China con la URSS, durante un breve conflicto con los honolables guelelos del mikado entre mayo y septiembre de 1939 por cuestiones fronterizas entre la república soviética de Mongolia y las tropas japonesas que ocupaban Manchuria. En esta ocasión se armaron inicialmente en los Polikarpov I-16 de una escuadrilla de cinco aparatos al mando del capitán Nikolái Ivánovich Zvonarev, agregada al 22º Rgto. de Cazas del mayor  Grigory Panteelevich Kravchenko, instalándose bajo las alas ocho raíles (4 en cada ala) para otros tantos cohetes RS-82. Además, no fueron usaros como armamento aire-tierra, sino para abatir aviones enemigos. 

I-16 armado con ocho cohetes RS-82

N. I. Zvonarev (1911-1986)
El grupo de Zvonarev, que actuó entre los días 19 de agosto y 16 de septiembre, realizó 85 salidas, participando en 14 acciones de combate en las que lograron alcanzar 13 victorias, las cuales se debieron principalmente a que atacaron formaciones cerradas de aparatos nipones, lo que facilitó su derribo ya que la precisión de los RS-82 estaba aún un poco lejos de la de un Sidewinder. Bueno, no nos engaños, el RS-82 estaba en el neolítico cohetero aire-aire, pero al menos tuvieron la primicia. Ojo, ya en la Gran Guerra se habían empleado contra dirigibles y globos de observación, pero obviamente estos artefactos eran un poco más grandes que un caza japonés, el primero de ellos muy lento, y el segundo totalmente estático, así que tampoco había que tener un prodigio de precisión para acertarles. En cualquier caso, el padrecito Iósif, celoso de que la existencia y, sobre todo, los detalles de esta nueva arma cayeran en manos enemigas, ordenó que todo lo concerniente a su manejo y uso fuera llevado con el máximo secreto, hasta el extremo de que los pilotos que tomaron parte en la escuadrilla de Zvonarev eran miembros especialmente seleccionados del NKVD cuya fidelidad al padrecito Iósif y al partido estaba por encima de cualquier comentario. 

G. I. Kravchenko (1912-1943)
Los mentados pilotos fueron, (por si aún desean hundir más en la miseria a sus cuñados) los tenientes I. Mikhailenko, S. Pimenov, V. Fedosov y T. Tkachenko. Más aún, ante el temor que de alguno de los I-16 fuera derribado y cayese en manos enemigas, Kravchenko había recibido la orden, que a su vez transmitió a Zvonarev, de que bajo ningún concepto se involucraran en combates aéreos contra los aparatos de los honolables guelelos del mikado, superiores en velocidad y armamento. Por lo tanto, su misión era localizar al enemigo, abalanzarse contra ellos, dispararles la salva de cohetes a una distancia de entre 1.500/850 metros aproximadamente y salir echando leches antes de que los nipones se recuperasen del susto. Por cierto que el uso de cohetes aire-tierra se propaló de forma increíble durante la 2ª Guerra Mundial. En el caso de los yankees, hicieron gran uso de ellos desde sus cazas Corsair y Mustang principalmente para ataques a tierra, y los tedescos perpetraron fastuosas escabechinas con los R4M que armaban los Me-262, con los que derribaron cantidad de bombarderos B-17. En fin, ya sabemos que el uso de cohetes aire-aire y aire-tierra son actualmente la principal arma de que disponen los aviones modernos para hacer la puñeta al enemigo, ya vaya volando o dándose un paseo por una carretera.

Vista trasera de un ZIS-5 con el lanzador cargado
Con todo, y a pesar de que la escuadrilla de Zvonarev salió de aquella guerrita indemne y con varios derribos en su haber, lo cierto es que fueron necesarios una media de 24 cohetes por derribo, lo que no se puede decir que fuese especialmente rentable cuando se podía lograr lo mismo con un par de docenas de cartuchos de ametralladora que costaban bastante menos dinero, así que estaba claro que el verdadero potencial de estas armas era como cohete tierra-tierra. De forma paralela a su uso como arma aire-aire, en octubre de 1938 y bajo la dirección del Instituto de Innovación para Propulsión a Chorro Nº 3 (Reaktivnyy nauchno-issledovatel'skiy institut, Реактивный научно-исследовательский институт en cirílico y más conocido por sus siglas РНИИ3 y a partir de 1937 НИИ3 (NII3), por si les apetece impulsar a sus cuñados a una autolisis definitiva) se creó un prototipo de lanzador instalado sobre el chasis de un camión ZIS-5, un vehículo de 3 Tm. y dos ejes de diseño moderno ya que su producción había comenzado en 1933. El lanzador consistía en un bastidor colocado de forma transversal, mirando hacia el lado derecho del vehículo para que los chorros de fuego no afectaran la cabina del camión si bien la ventanilla del copiloto estaba provista de una chapa de blindaje. Sobre dicho bastidor iban 24 raíles que permitirían disparar una salva de otros tantos cohetes del modelo M-13 de 132 mm. El M-13 era un modelo derivado del RS-132 con una carga explosiva de 4'9 kilos, y tenía un alcance de unos 8-8'5 km. aproximadamente.

Vista lateral del MU-1 sobre un ZIS-6. En el extremo de la
caja se aprecia el mecanismo para regular el ángulo de tiro,
así como la ventanilla blindada
Sin embargo, este prototipo salió un churro por varios motivos. En primer lugar, los lanzadores eran el mismo modelo usado en los aviones, por lo que la carga de los cohetes se efectuaba por la parte delantera de los mismos, lo que retrasaba enormemente el proceso. Por otro lado, la posición fija del lanzador obligaba a apuntar moviendo el camión hasta situarlo en una posición más o menos aproximada hacia el objetivo y, finalmente, la escasa sustentación que ofrecía daba como resultado un churro de precisión. Además, la elevada temperatura que alcanzaban los chorros de los cohetes, entre los 1.100-1.200º, dañaba al vehículo, especialmente a los neumáticos traseros que recibían la primera llamarada de lleno. En vista del éxito obtenido, cambiaron de vehículo, usando un ZIS-6 de tres ejes con un lanzador de 24 raíles, pero dando unos resultados igual de pésimos porque, en realidad, el problema estaba en la posición del lanzador, no en la plataforma que lo sustentaba. No obstante, a esta versión se le añadió un mecanismo para regular el ángulo de tiro vertical que demás permitía un pequeño giro horizontal lo que, aunque ya suponía un adelanto, no solucionaba el problema. Este prototipo recibió el nombre de MU-1 (МУ-1, механизированная установка, mekhanizirovannaya ustanovka = instalación mecanizada nº 1).

En vista de que el MU-1 resultó un fiasco, estaba claro que había que ver la forma de diseñar un MU-2 que funcionase si no querían acabar todos metidos en un vagón de ganado camino de un gulag en el quinto pino, así que se pusieron las pilas y vieron que solo había que cambiar la posición del lanzador, colocándolo en sentido longitudinal al vehículo. Al disponer de menos espacio a lo ancho hubo que reducir el número de raíles del lanzador a ocho, si bien para compensarlo en cada raíl se podían colocar dos cohetes, uno arriba y otro abajo. El bastidor sobre el que reposaban era una estructura un poco más compleja a base de tubos con una capacidad de giro horizontal de 10º a cada lado (20º en total), y la elevación vertical podía regularse entre los 15º y 45º, lo que permitía un alcance mínimo de 3 km. y un máximo de 9 km. En el gráfico de la derecha vemos el mecanismo de elevación (fig. A) y el horizontal (fig. B) mediante un tornillo sin fin. Además, se acopló en el lado izquierdo del bastidor un visor de artillería convencional, por lo que ya no era preciso estar una hora maniobrando el camión hasta colocarlo más o menos mirando al objetivo. Con estas mejoras solo había que situarlo en dirección al blanco, ajustando la puntería moviendo el lanzador hacia donde fuera preciso.

También se añadieron dos gatos hidráulicos en la parte trasera de la caja para proporcionar una base estable en el momento del disparo que, como veremos a continuación, no se producía mediante una salva simultánea, sino con un intervalo de medio segundo. Así mismo, la puesta en batería se acortaba de forma notable, requiriendo solo entre 5 y 1o minutos, siendo el tiempo de carga de otros 5 minutos más. Para completar la lista de mejoras, como la nueva disposición del lanzador haría que las llamaradas de los cohetes dieran de lleno en la cabina, se instalaron chapas sujetas mediante bisagras para poder bajarlas cuando se entraba en acción. Cuando llegaba la hora de largarse bastaba plegarlas sobre el techo. Ambos accesorios podemos verlos en las fotos de la izquierda.

BM-13 sobre un camión ZIS-6. Obsérvese la posición de los gatos
traseros cuando no estaba en posición de tiro, así como las
perforaciones de los raíles del lanzador para aligerarlos de peso
Tras las pruebas pertinentes y corroborar que, finalmente, el arma funcionaba como Lenin manda, el MU-1 pasó a convertirse en el BM-13 (Boyovaya Maszina 13 = vehículo de combate 13), del que se fabricaron cinco unidades para ir adiestrando a sus futuros servidores. Además se construyó un lanzador extra que fue enviado a Sebastopol para ser instalado en una patrullera y probar su rendimiento como arma embarcada. El Comité de Defensa del Estado quedó sumamente satisfecho con los resultados de las pruebas, por lo que en la primavera de 1941, cuando el ciudadano Adolf ya estaba a punto de dar la orden para iniciar la Operación Barbarroja, se comenzó la producción en serie. Con apenas tiempo para disponer de cantidades aceptables de la nueva arma, cuando los tedescos entraron en la Santa Madre Rusia sin molestarse ni en llamar a la puerta apenas se habían fabricado siete unidades que, junto con 3.000 cohetes M-13 habían sido enviados a Moscú. El mismo día en que dio comienzo la invasión, el 22 de junio de 1941, se comenzaron a fabricar tanto camiones como cohetes en la fábrica Komintern de Voronezh, seguida de los talleres Kompressor de la capital soviética. En octubre, y ante el peligro de verse desbordados, la producción se trasladó a Chelyábinsk, remota población situada en los Urales que quizás recuerden de cuando hablamos de los carros de combate rusos. 

El capitán Flerov (1905-1941). Palmó como los
buenos el 6 de octubre sin llegar a disfrutar de
los laureles de la victoria, durante una refriega
en Bogatyri tras una breve pero muy intensa
vida operativa
Estas siete unidades formaron la primera batería operativa de BM-13 al mando del capitán Ivan Andreevich Flerov, que entró en servicio el 28 de junio, apenas seis días después del comienzo de la invasión. Cada vehículo tenía una dotación de siete hombres: un artillero jefe, un artillero, un encargado de manejar los mandos de regulación del lanzador y cuatro cargadores. Dichas dotaciones fueron seleccionadas entre el personal de la Escuela de Artillería Feliks Dzierzynski, anteponiendo ante todo que fuesen miembros del partido. Al padrecito Iósif no se le quitaba de la cabeza lo de mantener a ultranza el secreto sobre la existencia de la nueva arma, hasta el extremo de que el término "BM-13" no se pudo usar en el papeleo administrativo hasta después de la guerra, cuando hasta el Tato ya sabía de qué iba la cosa. Más aún, poco después del inicio de la guerra se obligaba al personal a firmar una declaración por la que se comprometían a, en caso de peligro, destruir los vehículos para impedir que cayeran en manos enemigas, así como a escapar como fuese para no caer prisioneros y ser obligados a dar información sobre los mismos, llegando si era preciso a suicidarse. Chungo, ¿qué no? Para que no hubiera dudas al respecto, en una orden emitida por el padrecito Iósif el 1 de octubre de 1941 se dejaba bien claro que los BM-13 "...deben ser protegidos como tecnología de alto secreto del Ejército Rojo. Por este motivo, estas máquinas y la munición para ellas no deben caer en ningún caso en manos del enemigo. Este material debe mantenerse bajo una constante y particularmente severa vigilancia en todo momento. La responsabilidad de la preservación de estos secretos recaerá sobre los comandantes de los frentes y los ejércitos." En resumen, que si no te pegabas un tiro ya se encargaría el NKVD de hacerlo por ti, y si los tedescos te echaban el guante toda tu familia se iría de vacaciones a Siberia solo con billete de ida. Incluso se ordenó de forma explícita que, para un mejor aprovechamiento del material, jamás se emplearan los BM-13 contra objetivos pequeños o de poca importancia, debiendo reservarse solo para neutralizar el avance de grandes formaciones de infantería o carros de combate, para romper las líneas enemigas en caso de participar en una ofensiva y sobre concentraciones de tropas. Además, nunca debía hacerse uso de los lanzadores sobre objetivos situados a una distancia relativamente lejana, en la que su escasa precisión restaría eficacia, delegando esos cometidos para la artillería convencional.

BM-13 de la primera serie preparado para abrir fuego en Stáyara
Russa, en septiembre de 1941
El estreno del BM-13 tuvo lugar el 14 de julio, tras ocupar los tedescos la ciudad de Orsha, nudo ferroviario de vital importancia. La batería de Flerov se trasladó al sector y se dispuso para lanzar la primera salva, que tuvo tugar a las 15:15 horas. Hay varias versiones sobre esta acción de guerra, alguna incluso asegurando que, en realidad, no tuvo lugar hasta dos días más tarde debido a que los ingenieros tedescos tenían que adaptar el ancho de las vías para sus trenes (las rusas eran más estrechas) pero, en todo caso, en lo que sí coinciden todos es que el estreno supuso una escabechina fastuosa ya que los cohetes alcanzaron vagones cargados de munición, con las consecuencias que podemos imaginar. El BM-13 se mostró como un arma indudablemente eficaz, y aunque tenía sus ventajas también presentaba una serie de inconvenientes.

Cargando un M-13 en su raíl. Para realizar
esta operación bastaban escasos segundos
Entre las ventajas, la principal era su obvia contundencia. La batería de Flerov, con apenas siete lanzadores, podía dejar caer sobre los enemigos 112 cohetes cargados con casi 5 kilos de alto explosivo en menos de diez segundos, lo que no dejaba prácticamente tiempo para reaccionar. Su recarga era relativamente rápida, y con dotaciones bien entrenadas el tiempo podía reducirse a un par de minutos o poco más. Los raíles, al contrario que las cañas de los cañones, que debían ser sustituidas cada un determinado número de disparos, tenían una vida operativa ilimitada, y cada lanzador era acompañado por dos camiones cargados con más cohetes para que la fiesta no terminase en seguida. En cuanto a los inconvenientes, el principal era, aparte de que la precisión nunca llegó a ser la deseable, la descomunal humareda que producía cada salva, localizable a kilómetros de distancia. Esto obligaba a que, salvo que la batería estuviera en una posición protegida por elevaciones que la ocultaran de la vista del enemigo, nada más realizar los disparos tenían que salir echando leches y cambiar de emplazamiento antes de que la artillería enemiga los machacara con fuego de anti-batería, y esos sí tenían precisión de sobra para acertarles de lleno sin problemas. Con todo, la posibilidad de moverse con rapidez de un sitio a otro llegó a convertirse en una ventaja ya que despistaba totalmente a los observadores tedescos, que se veían incapaces de ubicar en los mapas de dónde habían salido los disparos.

Bien, con todo lo que hemos visto ya conocemos la gestación, el nacimiento y los primeros pasos de estas emblemáticas armas. De sus distintas versiones, los diferentes vehículos que se usaron como plataforma y la variedad de proyectiles que fueron surgiendo durante la guerra ya hablaremos otro día, que en esta ocasión ya me he explayado en demasía. Solo nos resta ver los entresijos del cohete B-13, así como su sistema de disparo y el origen del sobrenombre "Katyusha".

En primer lugar, el cohete. En el gráfico de la derecha tenemos una vista en sección del mismo para ver con detalle la distribución de su interior. Como podemos apreciar, el cohete se dividía en tres partes: la cabeza de guerra, que contenía la espoleta, el detonador y  la carga explosiva que, en este caso, era de 4,9 kilos de trinitrotolueno o de termita si se quería usar como arma incendiaria. También se estudió usarlo como proyectil de guerra química, pero eso lo veremos más adelante. A continuación tenemos el cuerpo que contiene la carga de propelente, formada por siete barras de polvo de piroxilina perforados longitudinalmente por el centro. Su distribución la vemos en la figura F'. El propelente se iniciaba con dos cartuchos piro-eléctricos como el que vemos en la figura E', colocados a ambos lados del tetón de enganche delantero. Estos cartuchos se iniciaban mediante una descarga eléctrica que inflamaba la carga de pólvora que llevaban en su interior y que, a su vez, iniciaba el propelente del cohete. Por último tenemos los escapes por donde salía el gas producido por la combustión del propelente, que se realizaba de adelante hacia atrás. 

El proceso de carga era muy simple. Bastaba deslizar los dos tetones de fijación por la ranura del raíl hasta que quedasen bloqueados en su posición, para lo cual se accionaba hacia la derecha la palanca marcada con la flecha roja. El bloqueo debía asegurarse antes de elevar el lanzador si no querían ver como los 16 cohetes caían uno tras otro al puñetero suelo. En el círculo vemos el terminal eléctrico que llevaba cada raíl en cada costado, y que contenían los bornes que daban la corriente necesaria para iniciar los cartuchos piro-eléctricos. Una vez que se completaba la carga del lanzador, el artillero realizaba los ajustes de altura y deriva y todo el personal se retiraba a una distancia prudencial para no quedarse convertidos en torreznos soviéticos o verse asfixiados por la enorme temperatura que desprendían los cohetes, así como la densa polvareda de humo tóxico que desprendían. A partir de ahí solo había que abrir fuego, de lo cual se encargaba el artillero jefe accionando el cuadro de mandos colocado delante del asiento del copiloto.

A la derecha podemos verlo. Se trataba de una pequeña caja conectada mediante la manguera G a una batería auxiliar situada sobre el chasis, de donde tomaba la corriente. De ahí partían dos cables: uno conectado a la carrocería para hacer masa, y el otro se dividía en ramales que iban a las cajas de cada raíl. En primer lugar, se cerraba el circuito accionando el interruptor de cuchillas F. A continuación se introducía y giraba la llave A en la caja de conexión C para establecer el contacto, tras lo cual se encendía el chivato D para comprobar que todo estaba en orden. A partir de ahí, el arma estaba lista para abrir fuego, para lo que se giraba el disco del disparador a razón de dos vueltas por segundo durante 17 veces. De ese modo no se producía una descarga al unísono, sino escalonada con una escasa diferencia de tiempo. La duración de la andanada dependía del número de cohetes, pero en este caso sería de unos 15 segundos como mucho. La verdad es que presenciar una salva de uno de estos chismes debía ser algo sobrecogedor.

A medida que el artillero giraba a toda pastilla el disco, la corriente eléctrica iba llegando a los raíles, produciéndose una chispa en el contacto entre la superficie del raíl y el tapón del contenedor de los cartuchos piro-eléctricos. En ese momento, se inflamaba el contenido e iniciaba el propelente del cohete, saliendo disparados a una velocidad de unos 350 m/seg., o sea, similar a la de una bala de 9 mm. Parabellum, lo que no es ninguna tontería para semejante trasto. Los cohetes podían armarse con espoletas de impacto o de proximidad, dependiendo del objetivo, y su dispersión al caer sobre el terreno elegido como blanco formaba una densa cadena de explosiones casi simultáneas. Para hacernos una idea, la batería del capitán Flerov, formada por siete lanzadores de 16 cohetes permitía arrojar sobre las atribuladas testas tedescas nada menos que 112 cohetes en un intervalo de diez segundos. Por lógica, para conseguir lo mismo con artillería convencional harían falta 112 cañones. Con todo, algunas versiones posteriores que podían disparar hasta 48 cohetes, si hablamos de una batería convencional formada por cuatro lanzadores hablamos de nada menos que 192 proyectiles, y como ya podrán imaginar una batería no solía actuar en solitario. Podían juntarse varias y, con ello, disparar cientos de cohetes de golpe sobre un enemigo que no sabría dónde leches meterse para escapar del fin del mundo a escala reducida.

Lidiya Ruslanova cantando ante las ruinas del Reichstag de
Berlín el 2 de mayo de 1945
Bueno, con esto no creo que queden dudas acerca del sistema de disparo. En cuanto al mote, hay tropocientas versiones, aparte de más apodos que ya iremos desgranando. En esta ocasión nos quedamos con el más conocido, Katyusha, que era el título de una canción que, como está mandado, narra como una jovencita llamada así echa de menos a su amado que está haciendo el servicio militar. La canción fue compuesta en 1938 con música de Matvéi Blanter y letra de Mijáil Isakovski, e interpretada por primera vez por Lidiya Andreevna Ruslanova, una famosa cantante floclórica de la época. Katyusha es el diminutivo de un diminutivo, o sea, el diminutivo de Katya que, a su vez, lo es de Yekaterina, Catalina. Por lo tanto, Katyusha sería lo mismo que si en español decimos Catalinita. La teoría más aceptada es que, debido al secretismo que impedía denominarlos como BM-13, en la documentación oficial se les asignó la letra K, correspondiente a la fábrica Komintern de Voronezh, donde comenzó la producción del arma, por lo que se recurrió, como es habitual en todos los ejércitos del mundo, a ponerle un mote que coincidiera, en este caso, con la inicial extra-oficial del BM-13. Puede que, cuando la oigan, a más de uno le suene la música. Es la del "Casatschok", una pegadiza canción que puso muy de moda el cantante francés Georgie Dann en 1969, pero cuya letra no tiene nada que ver con la original. De hecho, este fulano se tiró la torta de tiempo forrándose con sus cancioncillas que, año tras año, eran declaradas "la canción del verano" y se escuchaban en todas las verbenas, ferias, tómbolas y hasta en los bailes juveniles de la época. Ahí pueden escucharla.


En fin, espero que les haya resultado interesante. Como ya he dicho, más adelante y con suerte antes de que acabe el año seguiremos con el tema. Mientras tanto, vayan provocando arcadas en sus cuñados y primos lejanos contemplando cualquier documental sobre el tema. 

Hale, he dicho

La batería del capitán Flerov lista para abrir fuego y sembrar muerte y destrucción más IVA sobre los malvados tedescos

miércoles, 8 de septiembre de 2021

CÚPULAS DE ARTILLERÍA DE LA LÍNEA MAGINOT

 


En su día ya dedicamos algunos artículos sobre esta carísima y relativamente inútil línea defensiva en los que pudimos estudiar las partes más significativas de su estructura pero, como es lógico, hubo cosas que se quedaron en el tintero virtual ya que un estudio a fondo de la Maginot no se ventila con tres artículos salvo que sean el guión de uno de los pésimos documentales del canal Discovery ese. Repasando los que se publicaron en su día hace ya cuatro años de nada (el tiempo, la velocidad de la luz, etc.), veo que solo se tocó de refilón el tema de las cúpulas que armaban los distintos fuertes de la línea y que en su día fueron algo verdaderamente revolucionario, aparte de caro de cojones. Y no ya las cúpulas giratorias, sino las retráctiles que se asomaban solo cuando había que disparar, estando el resto del tiempo como una tortuga acojonada, con la cabeza dentro del caparazón. Pero antes de entrar a fondo en materia, conviene aclarar una serie de puntos referentes a la estructura de estas fortificaciones que en su día no se mencionaron, y que fueron posibles gracias a este tipo de cúpula artillada.

El general Raymond Séré de Rivières (1815-1895)

Tras la suntuosa derrota infligida por los tedescos a los gabachos (Dios maldiga al enano corso) en la Guerra Franco-Prusiana, a partir de 1874 los humillados, derrotados y cabreados vasallos del tercer Napoladrón pusieron en marcha un ambicioso plan de fortificaciones, una auténtica barriere de fer (barrera de hierro) diseñada por el general Raymond Séré de Rivières, comandante del II Cuerpo del Ejército de Versalles y ascendido a Jefe de Ingenieros del Comité de Defensa creado tras la guerra y que, como es obvio, pretendía cerrar con cien candados la frontera situada al norte de Verdún en prevención de otra visita de los belicosos tedescos, que no habían terminado una guerra cuando ya estaban planificando la siguiente ¿Por qué Verdún? Porque era el paso natural de un ejército procedente de Alemania con dirección a Paris. Por la frontera noroeste estaban Bélgica y Holanda, pero no contaron con que era precisamente por ahí por donde se les colarían en las dos guerras mundiales. En cualquier caso, una artillería cada vez más potente, con mayor alcance y capaz de disparar proyectiles cargados con alto explosivo dejó claro que las fortificaciones tipo Vauban usadas hasta la fecha ya eran historia porque un solo proyectil rompedor podía arrasar todo el terraplén de un baluarte incluyendo tanto las armas como a sus servidores. A todo ello habría que añadir la invención del ácido pícrico causante de la Crisis del Torpedo que, en 1886, obligó a reformar las fortificaciones existentes o a modificar los parámetros de las que estaban por empezar ya que la potencia de este explosivo era irresistible para las obras de mampostería usada hasta la fecha. En resumen, era la hora de esconder la cabeza bajo una espesa capa de acero y hormigón armado. Así surgió una nueva generación de fuertes con menos cañones pero capaces de desplegar más potencia de fuego y, lo más importante, emplazados en casamatas y cúpulas de un grosor tal que fueran invulnerables para la artillería. Además, si sus antecesores ya ofrecían un perfil bastante bajo al enemigo, los nuevos diseños estaban literalmente al nivel del suelo, por lo que eran invisibles para un agresor situado a una cota mínimamente inferior.

Echen un vistazo a la foto de la izquierda, tomada antes de que la artillería tedesca convirtieran la zona en un paisaje lunar durante la Gran Guerra. Es un viejo conocido, el fuerte de Douaumont. Como vemos, no se parece en nada a las viejas fortificaciones abaluartadas, y su morfología poligonal fue la que se impuso a raíz de las reformas impulsadas por Séré de Rivières. No hay complejas obras exteriores, no hay baluartes, ni siquiera plaza de armas. Es un pentágono rodeado por un foso con las dependencias enterradas en la zona central del recinto y comunicadas por un patio también situado por debajo del nivel del suelo. La barriere de fer consistía en una serie de fortificaciones emplazadas en puntos estratégicos separadas unas de otras de forma que podían cubrirse mutuamente y, caso de ser ocupadas, pues sus hermanas se encargarían de machacar a los invasores. 

Casamatas para cañones de75 mm. de la Línea Maginot
Obviamente, la artillería ya no podía emplazarse en terraplenes a cielo descubierto, sino protegida en casamatas y cúpulas acorazadas con el suficiente grosor como para resistir impactos directos de las piezas más potentes del momento. Las casamatas, que lógicamente tenían el ángulo de tiro limitado a la anchura de la tronera, se usaron preferentemente para batir los flancos y ángulos muertos a corta distancia, mientras que el fuego de largo alcance se confió a las cúpulas que, con una capacidad de giro de 360º y una elevación adecuada para lograr el máximo alcance, eran las encargadas de detener a cualquier ejército invasor. Sin embargo, la tupida red de fortificaciones en las que se gastaron miles de millones de francos no detuvieron ni a un escarabajo pelotero y la mayoría fueron desarmadas y abandonadas a su suerte para, al final, tener que enterrarse en las trincheras para vivir la guerra más apocalíptica que se podía concebir. Los mandamases gabachos cometieron un error táctico fastuoso del que surgió tras la guerra un nuevo concepto de fortificación, la Línea Maginot

La idea no consistía en fortificar la zona donde en teoría podría producirse un hipotético ataque tedesco, sino toda la frontera, desde el Atlántico hasta el Mediterráneo e incluso algunos enclaves costeros. La línea no podría detener y rechazar a un ejército, pero sí retrasarlos lo suficiente como para organizar una defensa capaz de empujar a los malvados tedescos de vuelta a su casa. Como ya sabemos, eso no ocurrió, sino más bien lo contrario, pero lo que falló no fue la Maginot, sino otra serie de factores que ahora no vienen al caso empezando por que lo último que esperaban los gerifaltes gabachos era algo como la Blitzkrieg. Pero el diseño de la línea era sobre el papel muy elaborado, eficiente y provisto de los dispositivos más modernos de su época, y con una capacidad de respuesta increíblemente rápida gracias a que sus dotaciones eran tropas muy especializadas. Y, como vemos en el plano de la izquierda, el concepto de fuerte = recinto con un radio de acción de equis kilómetros había pasado a la historia. Los nuevos fuertes estaban formados por una serie de bloques autónomos distribuidos por una zona más o menos extensa y unidos por una red de túneles a la suficiente profundidad como para ser absolutamente invulnerables hasta para los Gamma de 420 mm. tedescos. Estos bloques contaban con una serie de cúpulas y casamatas armadas con ametralladoras, morteros y cañones que entraban en acción en el momento en que cualquiera de los observadores distribuidos por el área advertía movimiento de tropas. Tras pasar los datos de distancia, deriva y tipo de objetivo al puesto de mando, en apenas tres minutos podía iniciarse el bombardeo que aniquilaría a los agresores o los pondría en fuga. Como vemos en el plano, la presencia de las cúpulas situadas en cotas elevadas era imperceptible, los disparos podían provenir de cualquiera de ellas, y caso de ser detectadas no había arma capaz de vulnerarlas porque, llegado el caso, se retraían en el suelo, quedando enrasadas con su entorno. O sea, solo podrían ser alcanzadas con un disparo parabólico que, gracias al grosor de la cúpula, no le haría ni cosquillas. 

Bien, este era, grosso modo, el concepto de la Línea Maginot, y el principal elemento para obtener el máximo rendimiento de la misma fue precisamente el empleo de las cúpulas artilladas que trataremos hoy y que podían bombardear impunemente a los invasores. Otra cosa es que los tedescos se las ingeniaran para dejarla atrás porque, cuando empezó la Batalla de Francia, la parte correspondiente a la frontera belga estaba inconclusa, pero lo cierto es que en las tropas del Grupo de Ejércitos C que tuvieron que enfrentarse con estas fortificaciones a pleno rendimiento, concretamente en la zona comprendida entre la frontera de Luxemburgo y Suiza, se quedaron clavados en el terreno. Solo el alto el fuego decretado a las 00:35 horas del 25 de junio de 1940 acalló los cañones de la Maginot. Bueno, con esto ya creo que podemos situarnos en el contexto adecuado, así que veamos cómo, cuándo y por qué surgieron estas cúpulas, así como su evolución.

Cañón británico de avancarga y ánima rayada de 64 libras
(160 mm.). Este bicharraco pesaba 3.300 kilos y tenía un
alcance de 4.500 metros. Pronto fueron sustituidos por los
cañones de retrocarga
Paradójicamente, las cúpulas artilladas fueron un invento naval. A mediados del siglo XIX, los buques de guerra de la época dorada de la navegación estaban ya un poco bastante obsoletos y eran endiabladamente caros. Fabricar uno suponía invertir miles de árboles que cada vez escaseaban más (las flotas de España, Inglaterra y Francia se habían tragado robles, caobos, hayas y pinos como para convertir la Península en un frondoso bosque), artillarlos requerían decenas de bocas de fuego, y echarlos a pique era relativamente fácil. Solución: acorazarlos. Una nave fabricada con acero ya no era tan sencillo de hundir, y encima les sumaban un refuerzo a la altura de la línea de flotación. Además, a los tradicionales aparejos de vela se les añadieron máquinas de vapor, lo que les permitía alcanzar más velocidad y maniobrabilidad, aparte de olvidarse de las temibles calmas chichas que podían inmovilizar cualquier barco durante días. Para ofender esa masa metálica ya no valían los cañones de siempre, sino que era preciso construirlos de calibres más potentes, lo que implicaba reducir de forma notable el número de bocas de fuego. Esto, a su vez, implicaba que los altivos buques de dos y tres puentes ya no servían de nada, lo que reducía de forma notable la silueta del barco, ergo era más difícil acertarles. En la imagen inferior tenemos un ejemplar típico del momento, el buque de la marina austro-húngara SMS Kaiser Max, ordenado en 1861. Este navío estaba armado con 16 cañones de 48 libras, 15 de 24 libras, uno de 12 y otro de 6, todos ellos fabricados con el estriado inventado por la Krupp que les daba más precisión y alcance.


Pero, a pesar de los notables avances introducidos en este tipo de barcos, aún seguían teniendo el mismo problema que sus ancestros: para apuntar al enemigo había que girar la nave. Cierto es que con las máquinas de vapor esa tarea se simplificaba ostensiblemente ya que no se veían en el brete de verse sometidos a los caprichos del voluble Eolo, pero girar un barco de ese tamaño no era como maniobrar un Smart para salir de un atasco. Así pues, lo lógico era que lo que girasen fuesen los cañones en vez del barco, para lo cual habría que emplazarlos en la cubierta y no en un puente, por lo que habría que proteger tanto al arma como a los servidores de la misma si no querían verse en un problema si un proyectil enemigo les acertaba. La solución era meterlos a todos dentro de una estructura de acero del suficiente grosor como para resistir un impacto directo, y todos contentos. Ese nuevo concepto no era ni más ni menos que la torreta o cúpula artillada.

Coles posando ante una de las torretas del HMS Monarch, el primer
acorazado equipado con sus torretas. La de la imagen armaba dos
cañones rayados de avancarga de 12 pulgadas
La creencia más extendida es que el inventor de este sesudo ingenio fue John Ericsson, el creador del USS Monitor, botado el 30 de enero de 1862 como el primer buque acorazado yankee que, además, funcionaba exclusivamente con una máquina de vapor. El Monitor estaba equipado con una torreta central armada con dos cañones de 11 pulgadas (279 mm.) que, aunque escasos en número, ponían mandar al abismo a cualquier buque enemigo con la obvia ventaja añadida de que solo había que girar la torreta para enfilarlos, sin tener que preocuparse de la dirección del puñetero viento. Sin embargo, la torreta artillada ya había sido inventada antes por un british (Dios maldiga a Nelson), concretamente el capitán de la Royal Navy Cowper Coles durante la Guerra de Crimea (1853-1856) adoptando una torreta en la balsa "Lady Nancy" con notable éxito. Los mandamases del Almirantazgo no dudaron de la excelencia del invento, así que se ordenó el desarrollo de un prototipo más elaborado. No vamos a contar la evolución del invento de Coles ya que, en esta ocasión, se trata de conocer el origen de las cúpulas terrestres, así que con los datos que hemos aportado creo que tenemos los suficientes. Así pues, la evolución de las torretas navales lo dejamos para mejor ocasión y nos ceñimos al tema, por lo que dejamos el mar y retornamos a tierra firme.

Aspecto exterior de una cúpula Mougin. Los cañones han sido
acortados. Obsérvese el collar acorazado que rodea la cúpula, así
como la solapa que cubría la unión entre esta y el pozo de hormigón
para impedir la entrada de agua en caso de lluvia
Las primeras cúpulas artilladas para fortificaciones terrestres las empezaron a desarrollar tras la derrota de 1871 cuando se creó la Comisión de Blindajes, encargada de investigar los distintos tipos de acero más resistentes para la fabricación de las cúpulas. El material más adecuado resultó ser hierro fundido con un contenido de carbono del 3% que, tras ser vertido en un molde, daba como resultado una cúpula especialmente sólida, más incluso que el acero laminado, con la ventaja añadida de que era un material más barato y al obtenerse mediante fundición podía tener la forma que se quisiera. El primer prototipo de cúpula fue el modelo 1876 diseñado por el comandante Henri-Philippe Mougin, formada por un cilindro de acero laminado rematado por una cúpula semi-esférica de hierro fundido de 60 cm. de gruesa. Estaba armada por dos cañones Bange de 155 mm. L (o sea, largos) montados sobre cureñas Saint-Chamond que le permitían un ángulo de elevación de -5º a +20º. El alcance máximo era de 7.500 metros. El conjunto era introducido en un pozo de hormigón con tres pisos: el inferior, donde estaban las máquinas de vapor que a su vez accionaban el motor eléctrico que hacía girar la cúpula a una velocidad de una vuelta por minuto. En el piso intermedio se encontraban los mecanismos para hacer la misma operación manualmente en caso de que fallara el motor, y en la cámara de tiro se encontraban los dos cañones que hacían fuego mediante un disparador eléctrico.

Plano en sección de una cúpula Mougin
La cúpula Mougin era un mamotreto importante: tenía un diámetro era de 6 metros por dos de altura, de los cuales sobresalían 1,5 metros del nivel del suelo, y alcanzaba una masa total de 160 Tm. incluyendo las dos bocas de fuego, que pesaban con sus respectivas cureñas 11.690 Kg. cada una. La cúpula estaba formada por cinco gajos de 60 cm. de espesor rematados por una plancha de 20 cm. de grosor en su parte superior. La dotación era de 18 hombres, de los cuales seis eran necesarios si había que girar la cúpula manualmente. Pero esta cúpula tenía un defecto: sus cañones asomaban por las troneras, por lo que si recibía fuego enemigo los tubos podían ser dañados e incluso penetrar metralla en el interior de la cámara de tiro. Para intentar solucionarlo, mientras se recalculaba el tiro se giraba la cúpula para no enfrentarse al fuego enemigo y se conectaba el disparador eléctrico al mecanismo de azimut de los cañones. Una vez conectados, se giraba de nuevo y, sin tener que detenerse para no ofrecer un blanco fácil, se efectuaba el disparo de forma automática en el momento en que los cañones alcanzaban el ángulo de tiro deseado. 

Por lo demás, y como protección extra, alrededor de la cúpula se instalaba un collar exterior para proteger la unión de la cúpula con la estructura de hormigón. Este collar, llamado avant-cuirasse (coraza delantera), estaba concebido para que, en caso de que un proyectil enemigo cayese justo entre la casamata de hormigón y el cilindro de la cúpula, no se produjeran daños que bloquearan la capacidad de giro de la misma. El precio de las cúpulas Mougin era de 205.000 francos oro, o sea, una burrada, por lo que solo se construyeron 25 unidades que fueron distribuidas por distintas fortificaciones, permaneciendo algunas en activo hasta 1940. En la foto de la izquierda podemos ver el aspecto de una de estas cúpulas sin armar y antes ser ser introducidas en el pozo de hormigón. El giro se efectuaba mediante una serie de ruedas de fundición colocadas sobre una raíl circular.

Aspecto de la cúpula Bussière retraída. Como vemos habría que
situarse muy cerca para advertir su presencia
Bien, este fue el primer paso pero, al cabo, la Mougin no ofrecía nada distinto a las torretas navales, con la diferencia de que las que iban instaladas en un barco eran un blanco móvil, mientras que las emplazadas en un fuerte no se movían de su sitio, ergo eran un blanco más fácil. Por lo tanto, era imperioso llevar a cabo pruebas con otros tipos que ofrecieran más protección como fuera porque el malvado ácido pícrico- llamado melinita por los gabachos- ya había hecho acto de presencia, por lo que los esquemas desarrollados anteriormente acababan de irse al garete. Entre octubre de 1887 y mayo de 1888, se llevaron a cabo en el campo de Châlons varias pruebas con tres cúpulas: una era una variante de la Mougin construida por la Saint-Chamond, la otra un prototipo desarrollado por el coronel Souriau y fabricado por la firma Mountluçon, y la tercera un nuevo diseño llevado a cabo por el teniente coronel de ingenieros Bussière construido por la Compagnies de Fives-Lille y la Châtillon-Commentry. Los mandamases hicieron palmitas de contentos cuando vieron que los modelos de Bussière y Souriau ofrecían una novedad de lo más novedosa: eran lo que denominaron una tourelle à éclipse, en cristiano una torreta o cúpula eclipsable, uséase, retraíble, por lo que cuando no estaba activa permanecía oculta en su pozo de hormigón, mostrando solo la bóveda superior.

El modelo de Bussière armaba dos cañones similares a los de la Mougin pero de una versión acortada para que no sobresalieran de las troneras. Además, se le añadieron dos amortiguadores hidráulicos que redujeran el retroceso, lo que permitió hacer el cilindro de la cúpula más pequeño, de solo 4,35 metros de diámetro y 1,20 de altura. Disponía de un motor de 8 CV que, junto a la acción de un contrapeso de 80 Tm., podía elevar las 184 Tm. de la parte móvil de la cúpula 80 cm. sobre el nivel del suelo en solo 14 segundos contando el ciclo completo, es decir, elevación, disparo y retracción. En cuanto a su estructura, el techo estaba formado por placas de 25 cm. de espesor, y las del cilindro de 45 cm. Pero como los militares nunca están completamente satisfechos, consideraron que 14 segundos era una eternidad, por lo que insistieron en que el ciclo debía tener una duración como mucho de la mitad de tiempo. Pero lo peor era que el mecanismo que subía y bajaba aquella mole era complejo, delicado y fallaba con más frecuencia de lo deseable. Si a ello le sumamos que la cúpula costaba la friolera de un millón de francos oro, es admisible que solo se fabricase una que fue instalada en el fuerte de Souville, en Verdún, y solo cuando se consiguió reducir el ciclo de elevación-disparo-retracción a apenas 6 segundos, y eso a costa de que el ascenso se limitara a solo 55 cm., lo que no estaba nada mal. En el gráfico de la izquierda podemos ver una vista en sección de la cúpula con todos sus componentes, siendo lo más significativo el enorme pistón central que la elevaba y donde, al parecer, tenía su punto flaco.

Alfred Galopin (1852-1931) ya como general
durante la Gran Guerra
En cuanto al modelo de Souriau, era aún más complejo: consistía en un pivote que descansaba sobre un flotador situado en un depósito de agua en la parte inferior de la cúpula. Un orificio permitía la entrada de agua en el flotador, haciendo que la cúpula se retrajese en la casamata de hormigón y subiese vaciándolo. Sin embargo, la duración del ciclo era eterno, 30 segundos subir y otros tantos bajar, y si por cualquier circunstancia el depósito presentaba una pérdida de agua todo el conjunto quedaba inutilizado. En cuanto a la Mougin, seguía siendo fija, pero se modificaron los cañones de forma que pudieran oscilar hacia abajo hasta alcanzar un nivel inferior al anillo acorazado exterior, quedando las troneras ocultas. En sí, era un sistema bastante racional ya que eliminaba riesgos de averías en los mecanismos de ascensión de las cúpulas, era la forma más rápida de ocultar las bocas de los cañones y, por supuesto, las abarataba enormemente. Pero ocultar las troneras suponía dejar un espacio libre entre el cilindro de la cúpula y la casamata de hormigón susceptible de llenarse de escombros y bloquearla, así que no acabó de convencer al personal. Sea como fuere, lo cierto es que a los mandamases les entusiasmó tanto lo de la cúpula retráctil que se inclinaron por ese concepto. El artífice que culminó el desarrollo de estas cúpulas fue el comandante Alfred Galopin, un  sesudo ingeniero de ferrocarriles que tomó como referencia el modelo creado por Bussière.

El principal problema con el que tenía que enfrentarse era la velocidad del ciclo de elevación-retracción por una mera cuestión física: hacer que una mole de más de 100 Tm. subiera y bajara como un yo-yo sin que la inercia de su enorme masa afectara a los mecanismos no era ninguna tontería. Para que me entiendan, cuando vuecedes van en un ascensor notarán que, antes de que este se detenga, ya sea subiendo o bajando, se produce un leve descenso de la velocidad. Es lo que se denomina principio de recuperación inercial, que permite ralentizar el movimiento del objeto sin que haya una pérdida en la energía que lo mueve. Si el ascensor se detuviera de golpe, aparte de las molestias para los que van dentro, los mecanismos, cables, etc. del mismo se resentirían, acortando su vida operativa. Como es obvio, si un ascensor que pesará menos de media tonelada acusaría ese efecto, imaginen una cúpula, como en el caso de la Galopin, de 200 Tm. 


En la ilustración superior tenemos una vista en sección de la cúpula, en este caso el modelo armado con un solo cañón, que nos permitirá comprender mejor su funcionamiento. El enorme peso de la cúpula se equilibraba mediante dos contrapesos colocados en los extremos de sendas vigas al final de la columna que sustenta la cúpula. Al accionar el mecanismo funcionaba igual que la puerta de una nave industrial gracias a la acción de dichos contrapesos, lo que permitía que el ciclo de elevación-disparo-retracción fuese de solo 4’5 segundos mientras que el ciclo de giro lo completaba en 60 segundos. Esto impedía la réplica de la artillería enemiga ya que, aunque disparasen en el momento en que la cúpula emergía del suelo, esta ya se habría ocultado mientras que los proyectiles del adversario estaban en camino. Está de más decir que los mandamases no sacaron a hombros a Galopin porque estaba feo, pero lo cierto es que su cúpula arrasó a sus competidoras, y se convirtió en el modelo base para las futuras cúpulas acorazadas de las fortificaciones gabachas incluyendo, por supuesto, las de la Línea Maginot.

Cúpula modelo 1900. Como se puede ver, le falta el alero metálico
que impedía la entrada de agua y suciedad entre el cilindro y el
pozo de hormigón

La primera cúpula operativa fue el modelo 1900, con un diámetro de 5’5 metros y armada con dos cañones Bange de 155 mm. L (los mismos que la Mougin). Su nivel de protección era superlativo ya que la bóveda tenía un espesor de nada menos que 40 cm., teniendo una masa total de 200 Tm. de las cuales 150 correspondían a la parte móvil de la cúpula incluyendo las 80 Tm. de la cámara de tiro. Los cañones podían regularse independientemente uno del otro con un ángulo vertical de -2º a 22º, con un alcance máximo de 7.500 metros. Como ya se ha comentado, el disparo se efectuaba con un mecanismo eléctrico, disponiendo de un sistema de seguridad que impedía activarlo cuando la cúpula estaba retraída. La cadencia de tiro era de dos disparos por minuto, y su dotación estaba formada por 17 hombres. Eso sí, el precio se disparaba como sus cañones, porque cada unidad salía por la friolera de 850.000 francos oro de la época. Debido precisamente a su elevado costo, solo se fabricaron cinco cúpulas a cargo de la firma Schneider que fueron instaladas en los fuertes de Manonviller, Frouard y Pont Saint-Vincent en sustitución de cuatro desfasadas Mougin, mientras que la quinta fue enviada al fuerte de Arches.

Elevador de cangilones. Obsérvese que en uno
va el proyectil, y en el superior la carga

La Galopin estaba distribuida en tres niveles. En el inferior estaban los contrapesos y los mecanismos para elevar, retraer y girar la cúpula, para cuya maniobra eran precisos seis hombres. Así mismo, a través de este nivel llegaba la munición procedente de los pañoles que se trasladaba al segundo nivel, donde había un elevador de cangilones que subían a la cámara de tiro los proyectiles. Para los que no sepan de qué va la cosa, un elevador de cangilones es un mecanismo con un funcionamiento circular con compartimentos repartidos a lo largo del mismo, lo que permite colocar objetos de forma continua sin tener que esperar a que suba o baje. Si cuando sube un proyectil el fulano que está arriba lo deja pasar de largo, simplemente prosigue su trayectoria descendente y ahí se quedará dando vueltas para arriba y para abajo hasta que alguien lo coja. Finalmente, en el nivel superior estaba la cámara de tiro. Como vimos en el gráfico anterior, para acelerar la graduación vertical de los cañones tenía un contrapeso en el interior de la columna que sustentaba la cúpula, y cuando se producía el disparo, el sistema hidráulico del retroceso accionaba un mecanismo que la retraía de forma automática. Como vemos, una virguería para aquella época.

No obstante, su elevado costo obligó a realizar algunas modificaciones, empezando por eliminar uno de los cañones y emplazando una versión acortada del Bange de 155 mm. reglamentario y cuyas prestaciones eran similares a las de su hermano mayor con un alcance de 7.200 metros contra los 7.500 del modelo largo (foto de la izquierda). Esto permitió reducir el tamaño de la cúpula, cuya bóveda tenía 30 cm. de espesor, y el peso de la parte móvil se redujo hasta las 70 Tm. El funcionamiento de la cúpula era similar, pero en este caso totalmente manual. Por lo demás, su distribución era la misma, basada en tres niveles. El inferior estaba ocupado por los mecanismos y los contrapesos que, en este caso, solo precisaban para su manejo de cuatro hombres. Se añadió un cañón de repuesto y un pañol con capacidad para 3.000 proyectiles con sus respectivas cargas (el cañón Bange usaba el sistema de proyectil y carga separados, y por seguridad las espoletas no se colocaban hasta que no empezaba la fiesta). En el nivel intermedio se instaló el sistema de puntería del cañón provisto de un embrague que permitía girar lentamente la cúpula para un ajuste fino de la puntería. En este nivel había además cuatro nichos con una capacidad de 50 proyectiles de uso inmediato que se subían con el elevador de cangilones. Finalmente, en la cámara de tiro se encontraba el cañón con sus servidores, los cuales disponían de una palanca que permitía subir o bajar la cúpula, por lo que no necesariamente se retraía cada vez que se disparaba, sino que podía hacer fuego el tiempo que se considerase oportuno si se tenía la seguridad de que el enemigo no respondería con artillería. Por lo demás, el precio de esta cúpula era notablemente inferior al de su hermana mayor, concretamente 537.500 francos oro. Esto permitió la fabricación de 13 unidades de las que se llegaron a instalar solo 12  a causa del estallido de la Gran Guerra.

Interior de una cúpula armada con dos cañones de 75 mm.

Para aumentar la gama de cúpulas artilladas, en 1894 se comenzó a estudiar la posibilidad de fabricar otro modelo, en este caso armado con dos cañones de 75 mm., el famoso “setenta y cinco” que tantos quebraderos de cabeza, nunca mejor dicho, provocó a los tedescos a causa de su abrumadora cadencia de tiro, que durante períodos breves de tiempo limitados por el sobrecalentamiento de la pieza podía llegar a la pavorosa cifra de 50 disparos por minuto. Imaginen un fuego de barrera protagonizado por una batería de seis de estas piezas: en apenas un minuto 300 metralleros estallarían sobre las cuadriculadas testas germánicas. Un poco apocalíptico, ¿qué no? Bien, la idea era usar un cañón más ligero para defender las proximidades de las fortificaciones, los flancos de la misma y detener a la infantería que intentase la aproximación. El diseño se culminó en 1901 y entro en servicio en 1905 con el citado cañón de 75 mm., pero con la caña recortada 30 cm. para adecuarlo al interior de la cúpula, obteniendo unos nada despreciables 4.900 metros de alcance. La cadencia de tiro normal oscilaba entre los 10 y los 13 disparos por minuto y arma, suficiente para clavar en el suelo a los aguerridos tedescos que pretendieran acercarse.

Cúpula modelo 75R05

Su funcionamiento era en principio enteramente manual, bastando dos hombres para su manejo. Por otro lado, su peso inferior permitía prescindir de uno de los contrapesos, usándose solo uno de 6 Tm. al final de la palanca de 4 metros que iba unida a la columna que sustentaba la cúpula. Del mismo modo, su precio también disminuía de forma ostensible, 133.000 francos oro, lo que permitió la fabricación de muchas más unidades. En concreto se produjeron 77 cúpulas, de las que 55 se llegaron a instalar a tiempo cuando estalló la Gran Guerra. Las restantes quedaron en reserva y fueron instaladas posteriormente en la Línea Maginot. En cuanto a su distribución, era similar a las anteriores: una planta inferior donde se encontraba el contrapeso y los mecanismos de elevación, más un cañón de repuesto y un ventilador manual que se accionaba cuando empezaba la fiesta para evacuar los humos que, debido a la elevada cadencia de tiro, hacían irrespirable el ambiente de la cámara de tiro. En el nivel intermedio se ubicaba el puesto de mando de la cúpula donde se ajustaba el cálculo de tiro más un pañol para 750 proyectiles de uso inmediato que se subían a la cámara de tiro con dos elevadores de cangilones, uno por cada cañón, situados junto a la columna central. Finalmente, la cámara de tiro protegida por una bóveda de 30 cm. de espesor.

Cúpula para ametralladoras, en este caso
dos Hotchkiss modelo 1900. Obsérvense los
visores que rodean el cilindro para un mayor
campos visual de los alrededores

El último diseño realizado antes de la Gran Guerra era una cúpula para ametralladoras con el fin de disponer de defensa cercana que, en este caso, no era el modelo diseñado por Galopin, sino la de Bussière. Su bóveda de 12 cm. de espesor le permitía resistir un impacto directo de un proyectil de 155 mm., pero las paredes del cilindro apenas tenían 1,5 cm. de grueso, que fueron aumentados hasta los 2 cm. en 1902, pero a pesar de todo seguían siendo vulnerables a la acción de la metralla cuando estaban en posición de tiro. Sus dimensiones eran lógicamente más reducidas: 1’31 metros de diámetro y una altura máxima sobre el terreno de 83 cm., dando un peso total de 25 Tm. que se accionaban manualmente con un contrapeso de 3’2 Tm. Inicialmente, la cúpula estaba concebida para albergar una Gatling de 8 mm. que fue sustituida por dos Hotchkiss 1900. Estas máquinas emplazadas una sobre la otra, permitían mantener un eficaz fuego sostenido disparando por turnos para evitar recalentamientos. Cuando una agotaba la munición, la otra reiniciaba el fuego mientras su hermana era recargada y se dejaba enfriar. Su ángulo de tiro vertical era de -9º a 8º, disponiendo de una dotación de 57.600 cartuchos. En la cámara de tiro se instaló un extractor de humo y un pequeño motor eléctrico para el movimiento de la cúpula que, no obstante, conservaba el mecanismo manual por si las moscas. Añadir que, en este caso, los cañones de la máquinas sobresalían del cilindro cuando la cúpula emergía, siendo necesario volverlos a introducir antes de retraerla. En cuanto al costo, era lógicamente la más barata, apenas 72.500 francos oro. Se fabricaron un total de 89 de ellas.

Bien, este interminable introito nos servirá para comprender el cómo y el por qué de las cúpulas artilladas de la Maginot. En esta ocasión, me temo que no habría otra forma de poder explicar la creación y el desarrollo de este tipo de fortificación sin remontarnos casi medio siglo ya que entrar de lleno en la cuestión produciría innumerables dudas para los que desconozcan el funcionamiento de estos chismes, los motivos de su proliferación y, sobre todo, las causas que indujeron a fabricarlas y perfeccionarlas a medida que pasaba el tiempo. Y dicho esto, ya podemos ir de una puñetera vez al grano.

La Línea Maginot se armó con 152 cúpulas de ocho tipos diferentes. Algunas procedían de los excedentes de las fabricadas antes de la Gran Guerra, mientras que otras fueron modificadas y, finalmente, otras fueron construidas para la ocasión. Los cañones Bange de 155 mm. fueron eliminados porque se consideró que sus prestaciones no eran necesarias para el nuevo concepto de fortificación por bloques de la Maginot, por lo que se optó por dividir el armamento en dos categorías, a saber: por un lado, el cañón de 75 mm. como arma básica con una serie de modificaciones en la longitud de la caña, una nueva cureña y un sistema hidráulico para acortar aún más el retroceso. Por otro, unos lances-bombes, o sea, un chisme equivalente a los lanzaminas de la Gran Guerra con un calibre de 135 mm. destinado a cubrir las medias distancias. Y para las distancias cortas se recurrió a torretas armadas con ametralladoras, morteros de 81 mm. y, aprovechando las 12 cúpulas 75R05 que no llegaron a emplazarse durante la Gran Guerra, crear cúpulas de armas mixtas. Con esta selección de armamento se podía batir desde tropas que se encontrasen literalmente encima hasta objetivo situados a los 9.600 metros de alcance máximo del cañón modelo 1932 de 75 mm. que podía disparar munición rompedora, perforante o metralleros (lámina de la izquierda). Estos últimos eran uno de los proyectiles más temibles de la época. Con una carga interior de 100 gramos de pólvora, impulsaban 250 bolas de plomo endurecidas con antimonio que podían formar un cono de 300 metros de largo por 25 de ancho  Todo este compendio defensivo lo creó un conjunto de comisiones nutridas por artilleros e ingenieros formadas a mediados de la década de los años 20 para desarrollar el nuevo sistema defensivo francés: la Comisión de Defensa del Territorio, la Comisión de Defensa de la Frontera y la Comisión para la Organización de las Regiones Fortificadas. Veamos con más detalle cada tipo de cúpula.

En primer lugar tenemos la cúpula modelo 1935 armada con dos lanzaminas de 135 mm. cuyo alcance máximo era de 4.000 metros. Al contrario que sus antecesores de 155 mm. estos chismes no tenían la opción de regular el ángulo de tiro de forma independiente, sino que ambas piezas lo hacían al unísono. El mecanismo de elevación de la cúpula era accionado ya por un motor eléctrico fabricado por la firma Sautter-Herlé & Cie., aparte del consabido manubrio de emergencia por si fallaba el motor. La cadencia de tiro era de 12 disparos por minuto contando ambas armas, que tampoco podían ser disparadas de forma alterna, sino al mismo tiempo. Puede que esta serie de limitaciones parezcan un atraso, pero para la misión que tenían encomendada eran más que aceptables ya que se trataba de establecer una barrera de fuego para posibles atacantes situados a una distancia media, entre 3 y 4.000 metros del bloque.

Cúpula modelo 1935 de 135 mm. A la derecha la vemos en el ciclo de retracción. 

La dotación era de 21 hombres, 15 de los cuales estaban distribuidos por los distintos niveles para el manejo de los mecanismos de la cúpula y el acarreo de munición. En el nivel medio se encontraba un pañol con 600 proyectiles de uso inmediato y en el mismo se situaba el jefe de la cúpula, que recibía las órdenes del bloque principal y comunicaba las coordenadas del blanco al brigadier jefe situado en la cámara de tiro mediante un tubo acústico. Este se encargaba de manejar el arma nº 1 (la de la derecha mirando la cúpula desde el exterior), así como de regular el giro hacia la derecha de la cúpula, además de cargar el arma. Otro cargador era el que manejaba el arma nº 2, con el mismo proceso que su colega y girando la cúpula hacia la izquierda. Una precisión: al decir “cargar el arma” no nos referimos a introducir a mano el proyectil ya que este era llevado directamente hasta la recámara mediante el elevador con el arma puesta en posición vertical (véase gráfico de la derecha). Una vez introducido, se colocaba a su posición de tiro, graduable con un ángulo entre 9º y 45º, teniendo la opción de obtener más o menos alcance aumentando o disminuyendo la carga con discos de propelente. Cada vaina tenía capacidad para hasta diez discos. Cuando las dos armas estaban listas para abrir fuego, la cúpula emergía y el brigadier jefe apretaba el pedal que activaba el disparador eléctrico. Una vez efectuado el disparo, las recámaras se abrían de forma automática y las vainas salían eyectadas, cayendo en una tolva en espiral que las llevaba al tercer nivel, donde eran recogidas para ser reutilizadas. Este sistema era el mismo en las demás cúpulas artilladas con piezas de 75 mm. Para evitar recalentamientos se pulverizaban ambas armas con agua, para lo cual disponían de un depósito de 250 litros.

En cuanto a sus dimensiones, el diámetro exterior de la cúpula era de 2’90 metros, si bien debido al tamaño de las armas quedaba un espacio interior muy reducido de apenas 2,10 metros debido al espesor del blindaje, que en la bóveda y las paredes del cilindro era de 30 cm., siendo la altura en posición de tiro de 103 cm. En la foto de la izquierda podemos ver una de estas cúpulas en plena construcción con las armas montadas, apreciándose el escaso espacio disponible para los artilleros. El peso total era de 163’5 Tm. De estas cúpulas se instalaron un total de 17 unidades, 10 de las cuales fueron fabricadas por la firma Châtillon-Commentry et Neuves-Maison, mientras que las 7 restantes quedaron a cargo de la Fives-Lille. Este modelo era el más complejo a nivel técnico, lo que hizo que su precio se elevase a los 2.220.ooo francos más 150.000 de transporte e instalación. No obstante, tuvo diversos fallos que plantearon su sustitución por cañones de 105 o 155 mm., lo que nunca llegó a llevarse a cabo. La primera cúpula se instaló en 1932, y las restantes entre enero de 1933 y mayo de 1934 y, a pesar de los fallos registrados, lo cierto es que su potencia de fuego resultaba bastante contundente, formando una formidable barrera a media distancia.

Por otro lado tenemos la cúpula 75-33 (foto de la derecha), armada con una pareja de cañones de 75 mm. acortados para adaptarlos al interior de la cámara de tiro. Esta cúpula tenía la particularidad de que podía efectuar tiro directo sobre el enemigo, para lo cual se le practicó a la pared del cilindro una abertura desde la cual el artillero podía hacer los cálculos mediante observación directa con un visor. Dicha abertura estaba situada entre ambas piezas que, en este caso, sí tenían la opción de poder graduar el ángulo vertical independientemente para efectuar fuego de barrera. Considerando la enorme cadencia de tiro, cualquiera que se intentara acercar corriendo tras explotar un proyectil cerca de él vería como al cabo de un instante lo explotaba otro en sus narices. Como sistema de seguridad, estas cúpulas no podían disparar a menos que estuvieran elevadas y con las recámaras cerradas, y no podían retraerse mientras que no se abrieran dichas recámaras y las vainas servidas hubieran sido eyectadas. 
Por lo demás, al igual que sus compañeras estaba dividida en tres niveles y la distribución del personal era similar. Solo se diferenciaban en la enorme dotación de munición depositada en el pañol: 6.400 proyectiles divididos de la siguiente forma: 6.080 de alto explosivo y rompedores, 192 perforantes y 128 metralleros. En total se instalaron 21 cúpulas de este modelo, 6 fabricadas por la Châtillon-Commentry et Neuves-Maison, 11 por la Batignolles-Châtillon y 4 por la Chantiers de Loire. El precio de cada una era un pelín bastante exorbitante: 4’5 millones de francos incluyendo las armas y la instalación.

La hermana menor era el modelo 75R32 (foto de la izquierda), armada también con una pareja de cañones de 75 mm. con una capacidad de regulación vertical de -5º a 35º y un alcance máximo de 9.600 metros. Para evitar el sobrecalentamiento se podían enfriar rociando los cañones con rociadores Vermorel y, en algunas cúpulas, se instaló un sistema de irrigación con boquillas que inyectaban agua en las ánimas de los cañones cuando estaban retraídas. La dotación de este modelo era de 25 hombres, tenía un diámetro de 3’04 metros, el espesor de la bóveda y las paredes era de 30 cm. y pesaba 188’7 Tm. La altura en posición de tiro era de 1’02 metros, y el costo de cada unidad ascendía a 2’5 millones de francos. Se fabricaron un total de 12 cúpulas de este modelo, 4 de ellas fabricadas por la Cail, 5 por la Châtillon-Commentry et Neuves-Maison y 3 por la Chantiers de Loire. Por cierto que a esta categoría habría que añadir la cúpula 75R05 que quedó sin instalar durante la Gran Guerra, completando así las 43 cúpulas armadas con cañones de 75 mm. que se emplazaron en la Maginot y que sumadas a las 17 unidades del modelo 1932 de 135 mm. completaban el arsenal destinado a la defensa de larga y media distancia.

En cuanto a la defensa cercana, se confió a 164 cúpulas de cuatro tipos: ametralladoras, de dos armas mixtas, de dos armas mixtas más un mortero de 50 mm. y para morteros de 81 mm.

Como recordaremos, se dejaron sin instalar una docena de cúpulas 75R05, las cuales fueron modificadas para acoger dos ametralladoras y un cañón anticarro de 25 mm., siendo renombradas como T2AM (foto de la derecha). Se llevó a cabo una modernización por la firma Châtillon-Commentry consistente en un refuerzo de la parte delantera del blindaje, sistema de transmisión de órdenes, extractores de humo, suministro de municiones e iluminación si bien los mecanismos de giro y elevación siguieron siendo manuales. Los datos de tamaño, peso, etc. serían los mismos de la cúpula original si bien las modificaciones alteraron su peso, que alcanzó las 135 Tm. El espesor de la bóveda era de 25’8 cm. y el de las paredes de 18’5 cm., teniendo una elevación máxima sobre el suelo de 103 cm.

Las armas emplazadas eran dos ametralladoras Reibel MAC 31 (foto 2) alimentadas con tambores de 150 cartuchos colocadas en paralelo sobre el afuste que vemos en la foto 3. Para batir el terreno se basaban en la misma táctica que las antiguas Hotchkiss: mientras una disparaba hasta agotar la munición, la otra se enfriaba. Con todo, cada cúpula disponía de un rociador Vermorel que podemos ver en la foto 4. Como se puede apreciar, son como los que actualmente usan los probos agricultores para fumigar. En cuanto al cañón, era un Hotchkiss modelo 1934 (foto 1) de 25 mm. con la caña recortada a 150 cm. para poder darle cabida en la cúpula. Este cañón, que alcanzaba una cadencia de 18 disparos por minuto, se emplazaba sobre una de las ametralladoras, y para apuntar tanto uno como las otras el tirador usaba un visor L-700. Y aparte de esta combinación, a siete cúpulas se les añadió un mortero de 50 mm. con un alcance entre 65 y 1.400 metros y una cadencia de entre 10 y 30 disparos por minuto cuya utilidad veremos a continuación íntimamente relacionada con los morteros de 81 mm.

Cúpula modelo 1932 para mortero de 81 mm., muy similar a la de los lanzaminas de 135 mm


Mortero de 50 mm. instalado en una cúpula de armas mixtas
Las cúpulas modelo 1932 para morteros de 81 mm. estaban concebidas, como las mencionadas antes de 50 mm., para la defensa cercana ya que, caso de caer sobre casamatas o cúpulas propias, carecían de potencia para sacudirles siquiera el polvo, pero a los enemigos los convertirían en comida para peces. Por otro lado, eran bastante eficientes para tiros en desenfilada, barrancos y laderas que permitían al enemigo permanecer fuera del ángulo de visión de los cañones o lanzaminas, así como de las ametralladoras. Con una cadencia de unos 6 disparos por minuto y arma, podían ofrecer una resistencia notable que, en caso de necesidad, podía incluso duplicarse, llegando a los 30 disparos por minutos entre los dos morteros.

Para enfriarlos disponían de un pulverizador de 50 litros de agua. Su ángulo de tiro vertical estaba fijado a 45º, por lo que para modificar el alcance se recurrió a dos cilindros situados sobre cada arma y que acumulaban el rebufo del disparo (véase foto de la derecha). La capacidad interior de estos cilindros era previamente regulada conforme a las tablas de tiro para alcanzar la distancia deseada de forma que cuanto más espacio interior hubiese, menos potencia tendría el disparo, ergo el proyectil tendría menos alcance. Al ser munición que no usaba vainas se pudo reducir bastante el interior de la cúpula, cuyo diámetro externo era de solo 235 cm. Si sumamos los 30 cm. de espesor de las paredes del cilindro de la cúpula nos quedaría una cámara de tiro de solo 175 cm. En cuanto a la bóveda, también tenía un grosor de 30 cm. La altura máxima sobre el suelo al emerger era de 60’8 cm., y el peso total era de 124’6 Tm. Los movimientos de la cúpula se realizaban con un motor eléctrico. Sin embargo, su relación eficacia-costo era un poco desproporcionada ya que cada unidad salía al mismo precio que las cúpulas de 75 mm., alrededor de los 2,5 millones de francos, por lo que su producción se limitó a 23 de ellas
.

Y por último, que esto dura ya más que la travesía desértica de Moisés y sus cuñados, tenemos las cúpulas Modelo 1935 para ametralladoras (foto de la izquierda), destinadas como es evidente a la defensa muy próxima. Estas cúpulas estaban armadas con dos máquinas Reibel MAC 31 tipo T de calibre 7’5x54 MAS, las mismas que las montada en las cúpulas de armas mixtas. Con una cadencia de 750 disparos por minuto y siguiendo la misma pauta de disparar una mientras la otra se enfriaba, podían ofrecer un fuego sostenido extremadamente eficaz. Caso de necesidad, en la cámara de tiro disponían de un rociador Vermorel para acelerar el enfriado de las máquinas. El diámetro de la cúpula era de 198 cm., el espesor de bóveda y paredes de 30 cm., su altura máxima sobre el suelo de 93 cm. y su peso alcanzaba las 95’9 Tm. Su dotación era de un suboficial, un cabo, cuatro ametralladores y un ingeniero. Con un costo de 1,6 millones de francos, se fabricaron 61 cúpulas enviadas en su totalidad a la frontera con Luxemburgo y Alemania, o sea, justo por donde no se colarían los tedescos.

Bueno, con esto terminamos. Nos quedarían por estudiar los observatorios y las torretas provistas de periscopios, así cómo el sistema de control de tiro de cada fuerte y, naturalmente las casamatas de los mismos, pero eso lo dejamos para otro día. U otro mes. O para un año de estos, para que mentir.

En todo caso, supongo que con lo expuesto quedarán ahítos de artillería para una temporada.

Hale, he dicho

POST SCRIPTVM: Puede que alguno, picado por la curiosidad, se dedique a bichear sobre el tema y vea algo que no le cuadra: el número de armas no coincide con el de las cúpulas enumeradas. Pero debe recordar que cada cúpula albergaba dos armas, por lo que le saldrán el doble de cañones/morteros/ametralladoras que de cúpulas.

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Cúpula para lanzaminas de 135 mm. tras la batalla de Francia. Al fondo se observa un grupo de tedescos contemplando el puesto de observación asociado a la cúpula. Desde ella se detectaban los objetivos y se informaba de su posición y distancia al jefe de la cúpula. Bastaban tres minutos para abrir fuego una vez recibido el aviso