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miércoles, 17 de mayo de 2023

CANIS PVGNAX

 


De un tiempo a esta parte, parece que ha proliferado la idea de que los romanos hicieron uso de los perros de guerra, los temibles CANIS PVGNAX, perros de combate. De hecho, desde muchos siglos antes tenemos sobrados testimonios gráficos que demuestran que otras culturas anteriores sí emplearon perros con fines bélicos, por lo que no sería raro que un ejército como el romano no se dignara copiar a sus enemigos, como era habitual entre ellos. Pero, ¿qué hay de verdad en esto? Veamos qué podemos averiguar al respecto... 

INTROITO

En su momento, ya dedicamos un par de articulillos dedicados a los perros de guerra, uno más bien generalista y otro dedicado a los chuchos peligrosos llevados por los españoles a conocer el Nuevo Mundo. Como ya se comentó, el uso militar de estos animales es más antiguo que la tos, y desde hace miles de años ya formaban parte de los ejércitos de las potencias de la época. En la ilustración de la derecha podemos ver al joven Tutankamón (c. 1342 a.C. - c.1325 a.C.) en plan victorioso, disparando su arco mientras tripula su carro de guerra. Si nos fijamos en la escena que tiene lugar debajo de los pencos del tiro, podemos ver como dos chuchos muy agresivos se entretienen mordisqueando sañudamente las cabezas de dos nubios. Esa imagen, aparentemente intrascendente, nos revela mucho más que todas las batallitas perrunas que nos pueda contar algún cuñado que se compró anteayer un rottweiler para acojonar al chiguagua de la vecina porque se mea en el macetón del portal de entrada al edificio.

Apostaría mi augusta pelambrera facial a que nunca han caído en un detalle, y es que la selectiva agresividad perruna no es fruto de su naturaleza, sino de la manipulación humana. Se calcula que los perros conviven con el hombre desde hace unos 30.000 años, más de lo que dura una hipoteca, que ya es decir, por lo que hemos tenido tiempo sobrado para, a base de cruces y adiestramiento, someter la psique de estos animales para que sean útiles en los cometidos más dispares, desde la caza a la guerra, pasando por la búsqueda, la guardia, la guía y protección de rebaños o incluso hacer monadas para hacernos compañía. En la foto de la izquierda tienen un ejemplo: una pintura rupestre hallada en los Montes Akakus (Libia), datada hace unos 12.000 años, que nos muestra a tres perros acosando a un antílope. Pero la cuestión es que estos perros no perseguían a la presa para zampársela, sino porque su dueño les había ordenado perseguirla ya que los antílopes corren más deprisa que los humanos y nos resultaba más fácil enviar tras ellos animales igual de veloces y con su agresividad sometida a nuestra voluntad.

Grabado de Bartolomeo Pinelli (1829) que muestra la ejecución de un
ciudadano romano, adversario de Domiciano, despedazado por perros
de presa. Obviamente, solo mediante una manipulación de su instinto
se consigue que unos animales ataquen ferozmente sin motivo alguno

Ahí es donde está la madre del cordero: hemos sido capaces de manipular los instintos agresivos de una especie en beneficio propio. Los predadores en libertad solo atacan si se sienten amenazados o para trincar algún bicho con el que aplacar su hambre. Pero si están saciados y el visitante no hace nada que les haga suponer que es un peligro, no le harán ni caso. Se limitarán a observarlo mientras pasa de largo y santas pascuas. Un león, una manada de lobos o un oso, no atacarán sin motivo. Un perro sí, en el mismo instante en que su amo se lo ordene. El nivel de manipulación ha llegado a tal extremo que pueden pasar de la fiereza más furibunda a menear la cola reclamando una caricia literalmente en un segundo. Bastará una orden para que el perro que dormita apaciblemente se convierta en un energúmeno ávido de vísceras, y en el momento en que se produzca la contraorden volverá a retomar su indolencia habitual aunque el objetivo de su ataque siga presente. En resumen, hemos sido capaces de convertir a estos animales en pseudo-autómatas que incluso llegan a dejarse matar con tal de obedecer la orden recibida. Un toro de lidia ataca porque se ve acorralado, sin posibilidad de escapar del coso, y acaba muerto porque no ha podido largarse con viento fresco. Pero ese mismo toro, en mitad de la dehesa, se irá echando leches en el instante en que note lo que duelen los puyazos y las banderillas, y que no hay forma de cornear al fulano vestido de colorines que lo chulea con un trozo de franela roja. Su agresividad es la natural, la defensiva. La del perro, además de natural, es impuesta por la voluntad del hombre.

Bajorrelieve asirio ubicado en Nínive y datado hacia el siglo VII a.C.
que muestra a un guerrero hostigando a un hipotético enemigo con
su lanza, mientras que su perro, un animal de buen tamaño, se
muestra en actitud agresiva con la cola enhiesta y ladrando
En fin, creo que queda aclarado un aspecto que, por visto cotidianamente, lo consideramos como una faceta innata del carácter perruno cuando la realidad es muy distinta. El hombre, desde que empezó a convivir con estos animales, puso tal empeño en modificar sus instintos naturales que hasta consiguió que los contuviera, como por ejemplo ocurre en los perros de muestra o de cobro, que se limitan a señalar dónde se encuentra la presa en vez de abalanzarse sobre ella, o los buscan incluso bajo el agua para recuperar las piezas abatidas. Esto no es un acto natural, es, repetimos, una manipulación que, tras cientos y cientos de generaciones, se ha convertido en lo más normal del mundo. Y lo mismo ocurre con los perros que en su día se destinaron a la guerra ya que desencadenaban su ferocidad obedeciendo una orden, no porque vieran en los enemigos posibles presas. Y, ojo, estos animales estaban tan bien entrenados que podían distinguir en plena vorágine a quiénes tenían que soltar la dentellada en la pantorrilla, lo que indica que su adiestramiento se había llevado a cabo de forma concienzuda y eficaz.

Mosaico aparecido en la que fue la casa de Publio Paquio Próculo,
en Pompeya. Nos muestra un perro guardián atado a lo que parece
la puerta de la casa si bien los adornos de la misma- un hacha bipenne,
una lanza y un escudo- podrían sugerir un entorno militar
Bien, la cosa es que no son pocos los autores clásicos que hacen referencia al uso de perros en los ejércitos, especialmente los de Oriente Próximo, los de las naciones situadas en los Balcanes y los griegos. Sus facetas más habituales como el pastoreo, la guarda de rebaños o el pisteo de piezas de caza se vieron aumentadas con las de vigilancia de campamentos o ciudades, incluyendo el ataque a posibles intrusos y a la persecución de huidos del campo de batalla. Ya en el siglo IV a.C., Eneas el Táctico recomendaba encadenar chuchos en el exterior de las ciudades y fortificaciones sitiadas para que, en caso de que los enemigos intentasen un golpe de mano con nocturnidad y alevosía, los ladridos de los perros pusieran sobre aviso a los centinelas, que desde siempre han tenido la fea costumbre de quedarse fritos durante las guardias. También recomendaba que estos centinelas hicieran sus rondas acompañados de perros que, obviamente, veían y oían mejor de noche que sus guías. Eso sí, se supone que no liarían un caos como el que narré sobre el phantasma que apareció en la pista de Tablada. También, según Eneas, se usaban perros como correos cual paloma mensajera terrestre. Se les colocaba el mensaje debajo del collar y partían hacia su destino, para a continuación volver al punto de origen. Cabe suponer que no eran tan listos como para indicarles un itinerario concreto, pero sí lo suficiente como para habituarlos a hacer un determinado recorrido de ida y vuelta, similar al de los perros mensajeros que se usaban en la Gran Guerra cuando la artillería volatilizaba las líneas telefónicas.

Cane corso. Según la opinión de muchos, es el descendiente
directo del CANIS PVGNAX. Lo malo es que nadie sabe cómo
era en realidad el CANIS PVGNAX
Pero, como comentábamos al principio de este articulillo, prácticamente no hay referencias acerca del uso de perros por parte del ejército romano o, al menos, de perros de guerra tal como los conocemos. Hoy día han surgido bastantes opiniones que afirman que estos probos imperialistas emplearon grandes cantidades de chuchos peligrosos para lanzarlos contra sus enemigos a pesar de que ni un solo historiador latino haga mención a ese hecho. Más aún, conociendo como conocemos la forma de combatir de las legiones, así como su despliegue táctico en el terreno, el uso de perros de guerra se nos antoja bastante complicado, por lo que los únicos cometidos viables para ellos sería como perros de guarda en los campamentos, para perseguir fugitivos tanto enemigos como desertores y como mensajeros. Sea como fuere, creo que es más que obvio que, de haber sido usados en combate, los historiadores romanos que dejaron pelos y señales de todo lo referente a sus guerras nos habrían hecho llegar información al respecto.

Sin embargo, si hay bastantes testimonios de tropas romanas atacadas por perros, o tuvieron ocasión de ver como determinadas razas se mostraban especialmente útiles para determinados fines castrenses, empezando por los molosos. Estos chuchos, originarios de Molosia, en el Épiro, eran animales grandes, fuertes y especialmente agresivos. Por su aspecto, algunos los consideran como los antepasados del mastín napolitano o del cane corso, una raza de apariencia similar al alano español y que se usa como perro de presa. Para hacernos una idea, podemos tomar como modelo el famoso "Perro de Jennings" (foto de la derecha), una escultura de mármol copia de una original griega en bronce ya desaparecida y que estaría datada hacia el siglo II d.C. Como vemos, su aspecto es el de un perro de presa en toda regla: grande, musculoso, con una generosa papada, hocico corto y orejas cortadas. Un perro así puede convertirse en un enemigo temible, capaz de matar sin problemas a un hombre si este no sabe defenderse o se deja dominar por el miedo.

Y, al igual que los pueblos originarios de Grecia y los Balcanes usaron perros contra los invasores romanos, también lo hicieron los celtas a raíz de la primera visita a la isla llevada a cabo por Gaio Julio César a partir del 56 a.C. Parece ser que esta gente tenía especial apego a sus perros si bien no estaban concebidos exclusivamente para la guerra, sino como un animal polivalente que igual valía para cazar que para proteger la aldea o mordisquearle las canillas a un romano. De hecho, los perros eran un motivo recurrente en el monetario celta, y presentan animales que, por su aspecto, bien podrían ser los ancestros de los actuales galgos irlandeses, unos cánidos grandes, veloces, muy fuertes y perfectamente válidos para defender un rebaño del acoso de los lobos o para perseguir a un agresivo jabalí, aparte de guardar la casa o la aldea. Según Plinio, los perros celtas (grabado de la izquierda) se distinguían por una especial ferocidad y una lealtad granítica hacia sus amos, hasta el extremo de que, tras la conquista de la isla en tiempos de Clau-Clau-Claudio, se empezaron a exportar PVGNACES BRITANNIÆ (britanos de combate), creándose incluso la figura de un PROCVRATOR CINEGII encargado de la selección de los mejores ejemplares para exportarlos a Roma.

Más lógico es lo que vemos en la foto: un moloso con su guía, que
se encargaba de cuidarlo y tal, y cuya misión era ante todo la vigilancia
del CASTRVM, pero no la de combatir
Pero, una vez más, insistimos en que esto no significa que el ejército adoptara perros de guerra. Los datos de los que disponemos, bastante ambiguos, solo sugieren que los romanos criaron perros molosos, pero no se concreta con qué fines. Es evidente que si hubiesen sido destinados a las legiones, habría datos sobre los encargados de adiestrarlos, mantenerlos y alimentarlos. Si las crónicas nos han legado hasta los nombres de los caballos de carreras más afamados, ¿no iba a haber un solo chucho heroico que apareciese en las historias de la época? De todo ello, podemos colegir lo más probable, que no es otra cosa que la selección de animales de determinadas razas para obtener ejemplares que se adaptaran a sus necesidades más perentorias, y entre ellas no estaba precisamente la de ir a la guerra. El despliegue en el campo de batalla de las legiones era algo muy complejo, y azuzar una jauría de perros contra enemigos bien armados no causaría ni remotamente el mismo efecto que un lanzamiento masivo de PILA tras el IMPETVS. Más aún, los perros, fuera de sí por su agresividad desaforada, serían ingobernables en la vorágine de la batalla, y por lo tanto inservibles.

Por lo tanto, los perros que acompañaban a las legiones debían ser mucho más útiles como guardianes, para pistear enemigos ocultos, atacar pequeños contingentes de merodeadores y llevar mensajes. Pero esa imagen de video-juego donde aparecen tropocientos chuchos con sus respectivos guías que se abalanzan sin dudarlo contra el enemigo, como que no. Este tipo de imágenes como la que vemos a la izquierda, donde un legionario cachas sujeta a su perro antes de azuzarlo contra el enemigo no tiene base histórica alguna, y no es mencionada en una sola crónica. Se siente, pero las cosas son a veces así de decepcionantes. Ya me dirán cuántos perros harían falta para hacer retroceder a una caterva de germanos cabreados, bien armados y a los que bastaba un tajo de espada para descabezar a su enemigo de cuatro patas.

En resumen, me temo que el pavoroso CANIS PVGNAX estaba destinado a otros menesteres menos castrenses y más domésticos y, sobre todo, circenses. Como sabemos, en las VENATIONES se efectuaban simulacros de cacerías de fieras donde se acosaba y daba muerte a tigres, leones, osos y demás animalitos especialmente fieros y fuertes. Para ayudar a los VENATORES y BESTIARII, es evidente que hacían falta algo más que perros falderos, y para ello nada mejor que recurrir a los enormes molosos que, formando una jauría, podrían sujetar a una fiera agotada para que el figura de turno lo rematase de un lanzazo.  En el fragmento de la derecha vemos una escena de una VENATIO en la que dos perros que parecen lebreles acosan a un gamo y un antílope, lo que demuestra que su uso en estos espectáculos debía ser habitual. 
Por otro lado tenemos la opción del BESTIARIVS que se enfrentaba a uno o más perros, o los fulanos que eran condenado a morir AD BESTAS, y para ello nada mejor que un perro adiestrado para atacar. Esperar a que un león se abalance contra un hombre inmóvil e indefenso podía ser desesperante, pero uno o más perros adiestrados para atacar lo harían en cuanto su guía lo ordenase, abreviando la espera para regodeo del sádico público asistente. Finalmente, podemos también considerar las peleas de perros, igual de entretenidas para el respetable que las de leones o entre perros con cualquier otro bicho. 

Y concluyamos, que ya es hora de merendar. No hemos entrado a analizar el uso bélico de otros pueblos que, en estos casos, sí hicieron uso de perros de guerra, pero estos no eran el objeto de este articulillo. Aquí hemos tratado de indagar si, verdaderamente, las legiones emplearon perros de combate, y por lo que vemos no fue así. No hay referencias al respecto, y las mínimas representaciones artísticas no conducen a nada claro. Por citar una, tenemos una escena de la Columna de Marco Aurelio en la que vemos unos perros desembarcando junto a las tropas en el contexto de la campaña del Danubio. Pero la presencia de esos dos únicos perros más bien nos indican que eran perros guardianes, no perros de guerra.  No vemos en ninguna parte los cientos de animales que harían falta para ofender a un ejército formado por miles de hombres. 

CAVE CANEM. CUÑADOS, VADE RETRO
Finalmente, una consideración de tipo semántico: PVGNARE significa luchar, por lo que un CANIS PVGNAX era un perro de lucha, pero de la misma forma que nosotros clasificamos como perros de presa a determinadas razas aunque los dediquemos a acariciarles el lomo mientras nos joden los cojines del sofá. Un rottweiler, un bulldog, un dogo de cualquiera de sus variantes, un alano, un mastín, etc., son razas de presa, son CANIS PVGNAX, pero nunca harán otra cosa que dormitar, devorar sacos de pienso que valen carísimos y mearse en la rueda del coche del vecino. Y, con suerte, ladrarán y se mostrarán agresivos con los intrusos como aquellos perros romanos cuyos dueños advertían que había que tener cuidado con ellos porque tenían muy mala leche: CAVE CANEM, cuidado con el perro. Uséase, lo mismo que hoy día. Por lo tanto, la conclusión a la que podemos llegar es el que el CANIS PVGNAX era, como en el caso de los celtas, un perro grande y fuerte que valía para cualquier cosa, pero que nunca fue destinado a protagonizar una batalla.

Bueno, no creo que se me olvide nada relevante, de modo que colorín colorado, el articulillo se ha acabado.

Hale, he dicho

sábado, 21 de mayo de 2016

Los perros de guerra de los conquistadores españoles


La visión de los hombres barbudos cubiertos de hierro acompañados de
poderosos perros traídos del otro lado del mar producían verdadero
terror entre los indios
Hace ya varios billones de nanosegundos se publicó una entrada sobre el uso de estos adorables animalitos en las desavenencias entre humanos. Dicha entrada trató este interesante tema de forma generalizada, desde los remotos tiempos en que asirios o romanos se hacían acompañar por enormes molosos hasta la Edad Media, cuando eran lanzados contra las cargas de caballos coraza recubiertos por armaduras y provistos de picas y teas de resina ardiente que espantaban a los ilustres pencos de los caballeros. Así pues, y considerando que los perros de guerra jugaron un papel importantísimo en la conquista del Nuevo Mundo, estimo que no estaría de más tratar este tema de forma más detallada. Al cabo, en muchos casos podríamos asegurar que muchas de las victorias de los españoles sobre los indios se debieron en gran parte a estos fieros animales. Veamos pues...

Antes de nada y para comprender el tremendo impacto que supuso la llegada a las Indias de los perros de presa españoles convendría saber qué tipos de cánidos existían en el Nuevo Mundo donde, al contrario que los caballos, los perros ya formaban parte de la vida de los humanos desde hacía 8.000 años. Sin embargo, estos animales eran todo lo opuesto a los alanos, dogos y mastines hispanos: muy dóciles, mansos, simples perros falderos que, en algunos casos, incluso eran criados para ser sacrificados en sus ritos religiosos así como para ser comidos como si se tratase de un conejo o un pollo. Algunas de estas razas ni siquiera ladraban y, en todos los casos, no mostraban agresividad en ningún momento. En definitiva, pacíficos chuchos domésticos que solo se preocupaban de comer y dormir. El afecto que sentían los indios por sus perros llegaba al extremo de que, según fray Reginaldo de Lizárraga, cuando los sacaban a pasear ni siquiera permitían que caminasen, sino que los llevaban en brazos. Cronistas españoles como fray Bernardino de Sahagún dieron cumplida cuenta de las razas más representativas, las cuales podemos ver en la ilustración superior, tres de ellas, de la A a la C extraídas del Libro XII de la Historia General de las Cosas de Nueva España, también conocida como el Código Florentino, obra de este autor. 

Ejemplar de xoloitzcuintli. Como se ve, es feo de cojones.
Parece un gremlim de esos, ¿verdad?
El A es el llamado xoloitzcuintli, un perro al que desde que era cachorro le aplicaban una resina para que perdiera el pelo. A cambio de dejarlo en cueros, por la noche los cubrían con mantas no se fueran a resfriar. Esta raza estaba considerada como sagrada ya que acompañaban a los muertos en su viaje al Más Allá, por lo que cuando el dueño palmaba liquidaban al chucho y lo enterraban junto a él. El B es un izcuintli, un animal de tamaño medio que era considerado como una especie de mestizo. El C es un ejemplar de talchichi, una raza destinada sobre todo como alimento. De hecho, eran castrados para que engordasen con más rapidez y eran ofrecidos en los mercados junto a pollos, pavos, etc. Los españoles los llamaban perrillos comestibles, y ciertamente en más de una ocasión tuvieron que catarlos al verse sin otra cosa que llevarse a la boca. De hecho, se extinguió debido a la escasez de carne que solían padecer los españoles. Por último tenemos el D, un perro mudo denominado gozque, otra raza también destinada a servir de alimento al igual que como animal de compañía o para ser sacrificado a los dioses. Según la RAE, el término gozque proviene de gozc, que era la voz que usaban los indios para llamar a los perros. Al parecer, esta raza tenía una carne especialmente buena, hasta el extremo de que los españoles los comían deleitándose con su sabor, y bastaba abrirlo por el espinazo como si de un lechón se tratase, y asarlo. Por cierto que de esta raza solo nos quedan las piezas de cerámica como la que mostramos ya que se extinguieron.

Como vemos, las razas amerindias no tenían más rasgos en común con los perros de presa hispanos que pertenecer a la misma especie animal. Los indios llevaban desde siempre conviviendo con unos chuchos apacibles, totalmente indefensos y que solían servir de primer plato en muchas ocasiones. Obviamente, el impacto que les produjo la llegada de los perros españoles debió ser bestial.

Ilustración del Códice de Florencia que muestra el
desembarco de las tropas de Cortés en Méjico. Junto al
ganado, echado en el suelo en actitud vigilante, aparece
un perro guardián
Los perros procedentes del Viejo Mundo llegaron a las Indias en 1493, en el segundo viaje de Colón. El encargado de organizar la flota fue Juan Rodríguez de Fonseca, en aquel momento deán de la catedral hispalense el cual hizo embarcar una veintena de mastines y galgos, así como reses de diversas especies que no existían en las Indias para comenzar la colonización. Cabe suponer que, inicialmente, el envío de estos perros no tenía relación con un posible uso militar, sino de guarda y de caza. No obstante, cuando la expedición llegó a La Española y vieron que los indios habían arrasado el fuerte de la Navidad y no habían dejado títere con cabeza, Colón tuvo claro que los perros embarcados por el deán iban a serle de gran ayuda en cuanto se percató del espanto que producían en los indios. Eran animales muy grandes, fuertes, que emitían poderosos ladridos y, sobre todo, extremadamente agresivos. 

A la izquierda tenemos ejemplares de las razas utilizadas por los conquistadores para dedicarlas a fines militares. El A es un majestuoso mastín, unos animales que pueden alcanzar los 100 kilos de peso y que, a pesar de su carácter en apariencia indolente, en situación de defensa y ataque se convierten en verdaderas fieras, y de eso doy fe porque tuve dos de esos animalitos. El mastín más conocido en su época fue Amadís, propiedad de Juan de Rojas, gobernador de Santa Marta. Este animal ganó fama durante las represalias contra las poblaciones de Bonda, Pocigueyca y Taironaca. El B es el famoso alano, una raza que se la creía extinta hasta que hace unos 30 años se pudo recuperar. Los alanos son también una raza autóctona española que produce unos perros que, aunque de tamaño medio, unos 60 cm. hasta la cruz, son increíblemente fuertes y muy agresivos. Además, son extremadamente fieles y muy inteligentes, siendo el paradigma de estos chuchos los famosos Becerrico y su hijo Leoncillo, los que ya fueron mencionados en la entrada dedicada a los perros de guerra. Estos dos animales producían tal pavor entre los indios que, incluso cuando lograron acabar con ellos, los españoles procuraron propalar por todas partes que seguían vivos para aumentar el mito en que ambos se habían convertido. El C es un dogo español, un animal de una alzada un poco más pequeña que el alano pero igualmente poderoso. Por último, en D tenemos un lebrel o galgo español, raza que se usó más con fines venatorios pero que, llegado el caso, también hizo un buen servicio como perro de guarda e incluso para atacar a los indios. Prueba de ello fue el comportamiento de Bruto, un galgo propiedad de Hernando de Soto el cual era especialmente hábil a la hora de atrapar indios huidos, como en un caso en que fue capaz de derribar uno tras otro a cuatro de ellos una y otra vez hasta que llegaron los soldados y los apresaron de nuevo. Aunque es un perro muy enjuto, su alzada supera los 70 cm. lo que no es moco de pavo y, como es lógico, capaces de atrapar al indio más veloz como si tal cosa.

Alano español en actitud un poco agresiva. Induda-
blemente, verse atacado por ese adorable chucho
debía ser muy desagradable
Pero el uso militar de estos perros no solo se limitaba al ataque sin más. Antes al contrario, eran también extremadamente útiles como centinelas, para descubrir las trampas que los indios solían poner en los senderos y, quizás lo más importante, para hacer frente a estos cuando tendían una emboscada en plena jungla sin dar tiempo ni a calar las cuerdas en los arcabuces o a armar las ballestas. Y no solo protegían a sus amos de los ataques de los indios, sino también de las fieras que poblaban la selva, haciendo frente y derrotando a las panteras y jaguares que, de vez en cuando, aparecían para atacar a los caballos o reses de los campamentos. Cada perro tenía asignado un adalid a modo de guía canino, el cual se encargaba de su cuidado, alimentación y adiestramiento. Bastaba darles la orden de "¡Tómalo!", "¡Es ido!" o "¡Búscalo!" para que estos feroces perros se abalanzaran contra cualquiera sin dar muestra en ningún momento de miedo o recelo. Hay gran cantidad de testimonios de los cronistas españoles de la época que narran como estos adalides no dudaban en lanzar su perro contra algún indio huido, permitiendo luego, cuando era atrapado, que el animal lo despedazara literalmente y se lo comiera, lo que contribuía a aumentar el terror cerval que estas bestias despertaban entre los nativos. 

Para ayudar a provocar más pánico, los adalides equipaban a sus perros con carlancas o carrancas, unos collares rígidos de gran anchura que ya se usaban en España desde los tiempos más remotos para proteger el cuello de los perros de guarda de los ataques de los lobos. Si a las carrancas se les añadía el corte de orejas y del rabo, el desdichado que se viera atacado por uno de estos chuchos estaba perdido ya que no podía echar mano a ninguna parte de la anatomía perruna para intentar quitárselo de encima. En las fotos de la izquierda podemos ver varios ejemplares en los que destacan las largas y aguzadas puntas que imposibilitarían agarrar al perro por el pescuezo. En la foto inferior vemos un alano provisto de uno de estos collares el cual le abarca toda la longitud del cuello. Además, las chapas donde se articulan los petos protegen al animal de golpes propinados con armas cortantes.

Pero además de estos collares, a los animales más selectos les proveían de una pechera denominada carlanca de lanceta que, como vemos en la ilustración de la derecha, estaban armadas con afiladas hojas o pinchos. Para protegerlos de las flechas y dardos envenenados de los indios les añadían un escaupil, castellanización del término ichcahuipilli, una prenda similar a los perpuntes al uso en Europa, la cual estaba fabricada con algodón y era la armadura habitual de los indios. Los escaupiles, endurecidos a base de baños en salmuera, era sumamente eficaces a la hora de detener los proyectiles enemigos, sobre todo los untados con curare. Obviamente, para los conquistadores estos animales tenían un valor enorme, y se esforzaban en protegerlos como fuese. La pérdida de uno de ellos no solo suponía un gran quebranto a las tropas, sino motivo de regocijo para los indios, que veían que aquellas temibles bestias eran vulnerables.

Una "montería" de indios. Esta aberrante acción fue
perpetrada en muchas ocasiones. 
Con el paso del tiempo los perros de guerra se utilizaron cada vez más, y no ya en batalla, sino como medio de represión contra los indios rebeldes o para someter a los caciques que no se prestaban de buen grado a colaborar con los conquistadores. En algunos casos se llegó incluso a alimentarlos por sistema con carne humana ante la indiferencia de los capitanes que mandaban las tropas, y hasta se llegaron a organizar cacerías humanas de indígenas para obtener carne con qué dar de comer a sus chuchos. A esto habría que añadir los aperreos con que se castigaba a los sediciosos o a los reos de sodomía o bestialismo, pecados nefandos que los españoles aborrecían. Un ejemplo de ello sería el aperreo al que Balboa sometió al hermano del cacique Cuareca, al cual encontraron con unos cuarenta homosexuales como él vestidos de mujer, costumbre esta que, al parecer, adoptaban los indios para dar a conocer sus apetencias sexuales al personal. Está de más decir que todos fueron despedazados ante la rechifla de Balboa y su gente. Así mismo, se recurría al aperreo como escarmiento en casos de rebelión, como hizo Pedro de Ursúa con los 1.200 esclavos negros que se amotinaron en Panamá en 1522 al mando de un tal Bayano. Tras sofocar la revuelta, el cabecilla fue enviado a España para ser juzgado mientras que muchos de los rebeldes, enviados de vuelta a Panamá y a Nombre de Dios, fueron aperreados en presencia de sus compinches para quitarles las ganas de volver a amotinarse sin permiso.

Un aperreo contra un cacique
Finalmente y debido a las protestas del clero ante el emperador Carlos, éste promulgó en octubre de 1541 una Real Cédula en la que no solo se prohibían los aperreos entre los indios, que al cabo eran tan vasallos suyos como un zamorano, sino que también se ponía término a la existencia en el virreinato del Perú de "perros carniceros", como eran denominados. Además, se ordenaba matar a los ejemplares adiestrados para la guerra, si bien dudo mucho que se llevase a cabo semejante orden con la prontitud y el rigor debido. En años sucesivos estas medidas se fueron extendiendo por todos los territorios de la corona, llevándose a cabo matanzas de estos animales que tan buen servicio habían prestado. Con todo, al fin y al cabo los perros solo eran culpables de hacer lo que les mandaban. Esto provocó que muchos de estos animales, quizás abandonados por sus dueños, se asilvestrasen, provocando grandes matanzas de ganado que causaban enormes pérdidas entre los colonos, llegándose en algunos cabildos a recompensar a los vecinos que lograran matar al menos dos perros al mes, para lo cual debían presentar como prueba sus orejas.

Al final, el término de la conquista propiamente dicha y la normalización de las relaciones entre los amerindios con los españoles supusieron el abandono definitivo de los perros de guerra en las Américas. Las razas autóctonas fueron desapareciendo debido al enorme consumo como alimento que de ellos se hizo, mientras que las importadas desde España se difundieron y mezclaron entre ellas con otros fines más pacíficos, como perros de guarda, de pastor o de simple compañía.

Bueno, es hora de merendar, así que sanseacabó.

Hale, he dicho

Almagro parte a descubrir tierra al sur del Perú en 1536. Al frente camina un adalid con dos enormes perros

sábado, 23 de julio de 2011

Los perros de la guerra



Desde hace miles de años, los perros han sido utilizados en infinidad de tareas por el hombre. Eso lo sabemos ya todos porque no han dejado de repetirnoslo. Lo que algunos no saben, porque no lo han repetido tanto, es el uso bélico que se le han dado a estos animales desde tiempos inmemoriales. Cuando se habla de este tema, a la mayoría se les viene a la cabeza la visión de perros con máscara anti-gás en la Primera Guerra Mundial, o los feroces pastores alemanes usados por los malvados SS en los campos de exterminio y poco más.

Pero ya desde varios siglos antes de Cristo, como podemos ver en ese bajo-relieve asirio encontrado en Nínive, el hombre se valía de enormes perros de presa para hacerle la puñeta al adversario. Molosos especialmente adiestrados para sembrar el terror entre las filas enemigas soltando dentelladas a diestro y siniestro, y espantándoles la caballería. Ese descomunal animalito del bajo-relieve, que tiene toda la pinta de un mastín español, bien podría ser un ancestro de nuestros emblemáticos chuchos ya que, según parece, fueron introducidos en la Península por los fenicios hace unos 3.000 años. Estos, junto con los temibles alanos, fueron usados prolijamente en multitud de ocasiones. 

En la época que nos ocupa, los perros de guerra fueron usados especialmente en dos cometidos concretos: lanzados contra las cargas de caballos coraza, y como instrumento de terror por los conquistadores del Nuevo Mundo.

Los indios desconocían la existencia de semejantes fieras antes de la llegada de los españoles. Entre los caballos, que también desconocían, y los mastines y alanos que fueron llevados a las Américas, la gente de Cortés, Balboa, Pizarro, etc. sembraron el pánico por doquier. Hubo un alano, llamado Becerrillo, propiedad de un tal Sancho de Aragón, que alcanzó tal fama a inicios del siglo XVI que hasta cobraba la paga de un ballestero. Bueno, la cobraría su amo, pero el caso es que tenía asignada una paga, y que esta era superior a la de un peón o un piquero. Para el que quiera conocer mejor su historia y la de su hijo Leoncico hay varios artículos en la red. No creo que haya habido un chucho más famoso tras Rintintín.

Uno de los castigos que solían imponer a los indios rebeldes era el conocido como el aperreo, que no era otra cosa que azuzarle a los desdichados de turno varios alanos o mastines con las consecuencias imaginables. La contemplación de semejante escabechina por parte de los demás miembros de su tribu era suficiente, por lo general, para convencerlos de que lo más sensato era someterse al dominio hispano, so pena de verse literalmente despedazado por las ávidas mandíbulas de sus perros. La lámina de la izquierda muestra uno de esos aperreos, quizás al que Vasco Núñez de Balboa sometió a un cacique llamado Torecha y a cincuenta de sus amantes. Amantes hombres, ojo. Ya sabemos que, en aquellos tiempos, el pecado nefando era causa de terribles castigos.

El alano, que al parecer era una raza obtenida mediante el cruce de dogo y mastín, era un animal especialmente fiero, ágil, poderoso y, sobre todo, inteligente. Aunque originariamente usados como perros de presa para guarda y agarre de ganado, sus cualidades lo elevaron a la categoría de perro-soldado. Sin embargo, quizás por el denodado empeño hispano de valorar más lo ajeno que lo propio, durante el siglo XIX esta raza quedó prácticamente extinta. Afortunadamente, en la década de los 80 del pasado siglo, grupos de aficionados buscaron por cielo y tierra ejemplares perdidos de esta raza, dando con algunos en el norte de España. Actualmente, los ancestrales alanos españoles son afortunadamente una realidad.

En Europa, el uso de perros de guerra está documentado en todas las épocas habidas y por haber. Desde los romanos y los pueblos germánicos hasta el día de hoy, no ha habido conflicto en el que no hayan participado de un modo u otro. En la Edad Media, la amplia colección de molosos disponibles fueron usados para deshacer cargas de caballería sobre todo. Es obvio que los guerreros del Viejo Mundo no se asustaban como los indios y, además, cubiertos de hierro como iban, sus dentelladas no eran tan preocupantes como una alabarda o una espada. Pero los caballos si se asustaban, y mucho, cuando venían venir sobre ellos una horda de perros cubiertos por armaduras erizadas de púas o, como vemos en la ilustración de la derecha, con un recipiente lleno de resina ardiendo del que emerge una afilada pica con la que herían las patas de los caballos. Y el problema no solo era que les mataran o inutilizaran el caballo, sino que, además, si los derribaban, los perros, enloquecidos por la furia y el olor a sangre se cebaban con el caído, o bien los peones que los seguían los remataban sin más.

Se tiene constancia, por ejemplo, del envío en 1530 por parte de Enrique VIII de Inglaterra de una hueste de 4.000 hombres y varios cientos de perros, concretamente mastines napolitanos, en ayuda de Carlos I para combatir a Francisco I de Francia. La gentil y gallarda caballería gala poco pudo hacer cuando aquellos descomunales perros, que pueden alcanzar los 90 kilos de peso e incluso más, se abalanzaron sobre ellos. Para su defensa se les dotaba de armaduras como las de los humanos, bien de placas, como el que aparece a la derecha de la ilustración inferior, que lleva incluso escarcelas para protegerle las patas traseras; cota de malla, como el que vemos en el centro, o un perpunte acolchado como el que lleva puesto el de la izquierda. A eso, añadirle púas o cuchillas o, como también vemos en la ilustración, collares erizados de pinchos a fin de que no puedan ser sujetados si se les agarra por el cuello.



En fin, no quería dejar de hablar, aunque sea de forma muy resumida, sobre estos eficaces auxiliares en las incontables guerras que llevamos pasadas en la humanidad. El hombre, siempre extremadamente hábil para manipular hasta los instintos de otros animales, ha sido capaz de crear razas de perros para los usos más inverosímiles. Y, entre ellos, como no, para la que quizás sea nuestra mayor afición: matarnos unos a otros.

Hale, he dicho