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domingo, 20 de noviembre de 2022

SPLITTERSCHUTZZELLEN

 

Surtido de supositorios gordísimos fabricados con hormigón, enésima muestra del ingenio bélico tedesco. Lo que no invente esta gente no lo inventa nadie

Dos sobrinos del tío Sam bicheando un SSZ en algún
lugar del territorio arrebatado a los tedescos, que sembraron
media Europa con supositorios gordos hormigonados

Sí, Splitterschutzzellen. Me apostaría mi abundosa y mayestática pelambre facial a que el 99'5% de los que me siguen no han leído ni oído ese palabro rarito en sus vidas, y sus cuñados menos aún. Como solo los tedescos pueden escribir un término de 20 letras de las cuales apenas cinco son vocales y pronunciarlo sin sufrir un colapso lingual, pues optaremos por la versión abreviada: SSZ. Este galimatías gramatical viene a significar algo así como "célula de protección contra la metralla", si tomamos el término zelle como célula y no como celda, cabina o caseta". En fin, que cada cual le ponga el palabro que prefiera. Yo he tomado célula porque suena como más técnico y tal. No obstante, los supositorios gordos tenían más nombres: Einmannbunker (búnker para un hombre), Einzelschutzraum (refugio individual), Luftschutzstelle (refugio antiaéreo), e incluso Kochbunker (búnker de Koch) y Kochtöpfe (ollas de Koch), estos últimos en referencia al SA-Obergruppenführer Eric Koch, Reichsverteidigungskommissar (Comisario de Defensa del Reich) para Prusia Oriental y, desde noviembre de 1944, jefe del Volkssturm de dicho territorio, que recibió en aquellas fechas la orden de Goebbels de construir mogollón de supositorios gordos cuando el Reich de los Mil Años veía severamente recortada su esperanza de vida y se planteaban mil formas de contener a las desaforadas hordas del padrecito Iósif. En cualquier caso y para no tener que andar copiando y pegando el palabro rarito, pues nos limitaremos a usar su breve y cómodo acrónimo que mencionamos antes: SSZ.

Bien, creo que ya ha quedado claro el objeto de los supositorios gordos, que no era otro que brindar una protección adecuada a los abnegados tedescos cuando se veían bajo una lluvia de bombas. Sin embargo, su uso se remonta a tiempos anteriores al conflicto; y no solo en Alemania, sino en otros países de la Europa se diseñaron estas pequeñas casamatas que podían acoger a una, dos o incluso diez personas. Así pues, hagamos un pequeño introito antes de entrar a fondo en el tema.

A partir de la segunda mitad de los años 30 el ambiente se enrareció bastante por obra y gracia del ciudadano Adolf, que sin prisa pero sin pausa iba rearmando su atribulada Germania para tomarse cumplida venganza por la humillación sufrida en 1918. Las cosas se pusieron cada vez peor, algo similar a los años más calentitos de la Guerra Fría a pesar del buenismo de algunos líderes europeos, creyendo los muy ilusos que lo más sensato era mantener una política de apaciguamiento. Esto solo sirvió para que el ciudadano Adolf los tomara por el pito de un sereno y se convenciera aún más de que el personal estaba muy acojonado gracias a sus ínfulas de pseudo-nibelungo colérico. En Alemania se empezaron a fabricar unas pequeñas casamatas unipersonales destinadas sobre todo a operarios de fábricas, portuarios y ferroviarios que pudieran verse muy lejos de los refugios antiaéreos. Igualmente, podrían ser muy útiles como protección en caso de incendios o cualquier percance habitual en las industrias peligrosas en las que hubiera la posibilidad de que algunos currantes se quedaran aislados por el lugar donde desempeñaban sus trabajos. En la foto superior podemos ver dos ejemplos de estos SSZ iniciales, fabricados enteramente de metal.

El concepto era en sí bastante simple ya que se trataba de refugios portátiles que podían colocarse en cualquier sitio y que se podían trasladar sin problemas. Su peso, de apenas unos 600 kilos en los modelos más reducidos, permitía a una grúa engancharlo por las argollas que vemos en la parte superior y cargarlo o descargarlo de un camión en menos que canta un gallo. A la derecha podemos ver uno de los primeros modelos que se instalaron en las fábricas hacia 1935, construido por la Mannesmannröhren-Werke AG. Se trata de una campana de chapa de acero de 10 mm. de grosor, una altura de 195 cm. y un diámetro de 120 cm. en la base. La cúpula estaba formada por cuatro gajos más el sombrerete, siendo todo el conjunto unido con soldadura eléctrica. El cuerpo era de una pieza plegada, y con el suelo formado por un disco de acero también soldado al conjunto. Disponía de cuatro ranuras que daban a su ocupante un campo visual de 360º y era fijada mediante cuatro pernos a una base de hormigón para impedir su vuelque. Este refugio ofrecía protección contra explosiones- siempre y cuando no cayera la bomba demasiado cerca- y contra el fuego ya que en el interior disponía de unos portillos corredizos para sellar las ranuras de visión. Lo que no ofrecía era protección contra el gas o humos por lo que, en caso de necesidad, su ocupante debería hacer uso de la máscara. También se fabricó una versión para dos o tres personas con un diámetro de 145 cm. en la base, una altura de 215 cm. y un peso de 800 kg. que incluso se puso a la venta para particulares que, como los yankees en la Florida de los años 60, tuvieran problemas de insomnio pensando qué pasaría si se liaba parda y les llenaban la azotea de bombas.

Apenas comenzada la guerra quedó claro que estos refugios metálicos no eran viables. El acero con que estaban construidos era caro y escaso, por lo que se decidió usar una estructura de menos grosor reforzada con una capa exterior de 25 cm. de hormigón, solución esta que no supuso ninguna ventaja y sí encarecer y dificultar el proceso de fabricación, por lo que finalmente se decantaron por hacerlos solo de hormigón. Pero, ojo, no cualquier hormigón, sino uno armado con dos mallas de corrugados de 5 mm. soldados unos a otros. Los grosores de las paredes oscilaban entre los 10 y los 40 cm. si bien lo más habitual era alrededor de los 15 cm. Al cabo, si una bomba caía cerca destruiría irremisiblemente el refugio de todas formas, y 15 cm. de hormigón armado ofrecían protección suficiente para que cualquier probo currante tuviera una oportunidad de salir vivo del brete. En la imagen de la izquierda podemos ver un SSZ de los más básicos, destinado a operarios o incluso policías urbanos. Se consideraba que, en muchos casos, determinados hombres no podían meterse en un refugio en cuanto sonaba la sirena de alarma porque no podían dejar desprotegidos sus puestos de trabajo o, en el caso de los policías, permitir que los malvados que se dedicaban al pillaje en cuanto veían las calles desiertas camparan a sus anchas. Así pues, refugios como el que vemos les permitían permanecer a salvo sin dejar de vigilar. En este caso se trata de una célula cuyo acceso carecía de puerta móvil, quedando el vano protegido por un muro envolvente que facilitaba el acceso mientras que impedía la entrada de metralla en el interior.

Poco antes de que empezara la fiesta, hacia mediados de 1939, los mismos polacos ya habían tomado buena nota del invento y lo vendían a particulares por el módico precio de 100 zlotys el modelo unipersonal, si bien también se tenía previsto fabricarlos con capacidad para cuatro o cinco personas y dotarlo con un par de asientos y un sistema de ventilación y filtrado de aire accionado a mano por lo que, además de proteger de la metralla o la onda expansiva de las explosiones, libraría a las sufridas familias polacas de respirar porquerías. Se trata del refugio "Bastión", que como vemos se parece a un proyectil de cañón a lo bestia. Estaba construido con hormigón y una puerta de acero y, en vista de cómo se estaba poniendo el patio, el gobierno polaco decidió emprender su fabricación en masa para instalarlos en enclaves de importancia militar como puentes,  nudos ferroviarios, etc. Sin embargo, todo quedó en la intención porque, como ya sabemos, el 1 de septiembre de aquel año la poderosa máquina de guerra del ciudadano Adolf se puso en movimiento y arrasó con todo lo que pilló a su paso. En cualquier caso, el intento por parte de los polacos de equiparse con estos búnkeres pequeñajos deja claro que no eran una chorrada pergeñada por la belicosa mentalidad germánica. De hecho, no solo no era una chorrada, sino que tuvo un éxito tremendo y los SSZ se convirtieron así en el primer sistema defensivo prefabricado construido en masa.

Folleto publicitario de la firma DYWIDAG, uno de
los más prolíferos fabricantes de SSZ, que nos muestra
a un currante metiéndose en su refugio instalado en
su puesto de trabajo
Bien, este fue el origen de los búnkeres unipersonales que, al poco de comenzar la guerra, se propagaron como chisme en reunión de comadres. En el momento en que los british (Dios maldiga a Nelson) empezaron a hacerles visitas nocturnas, los SSZ se instalaron por doquier. Como ya comentamos, inicialmente se concibieron ante todo para dar cobijo a currantes alejados de los refugios antiaéreos, pero a medida que la guerra aérea se recrudecía hubo que aumentar de forma notable las existencias de búnkeres. Las ciudades se llenaron de ellos, no solo para uso policial, sino también para empleados bancarios, bomberos, porteros de edificios oficiales del cualquier tipo y, en resumen, para todo aquel que tuviera que permanecer en su puesto por muchas bombas que cayesen. Y además de las ciudades, todo tipo de instalación militar, almacenes, tinglados portuarios o cualquier cosa que pudiera ser objetivo de la aviación enemiga se vio plagado de SSZ. Por otro lado, hay que tener en cuenta que solo las poblaciones de más de cien mil habitantes disponían de refugios comunes, mientras que en las ciudades más pequeñas cada cual se buscaba la vida si eran atacados. El personal recurría a los sótanos, bodegas o a las alcantarillas si hacía falta, por lo que la presencia de varios SSZ siempre era bienvenida porque, aunque apretujados, siempre podían meterse dentro los que el ataque pillaba desprevenidos y lejos de cualquier refugio.

Refugio para varias personas construido sobre una estructura de acero.
Obsérvense las dos argollas situadas en la parte superior para facilitar
su transporte. La escasa renovación de aire que permitían las mirillas
había que compensarla instalando tubos de ventilación en el techo
A partir de 1941 se amplió el número de usuarios de estos refugios portátiles a raíz de la creación de la Werkschutz, una unidad policial destinada a proteger las fábricas de saboteadores y  del pillaje que se producía cuando sonaba una alarma y todos se largaban echando leches. Los miembros de la Werkschutz, que debían poseer elevadas dosis de testiculina para permanecer dentro de un supositorio de hormigón mientras caían bombas a su alrededor, se encargaban de vigilar como perros de presa que ningún saqueador arramblara impunemente con todo lo que pillase. También se instalaron en puentes, centrales eléctricas o incluso para mantener a buen recaudo los detonadores de cargas explosivas instaladas en dichos puentes, vías férreas o cualquier otra instalación susceptible de ser volada antes de permitir que cayese en manos enemigas. Y, por supuesto, no solo se ciñeron al territorio alemán, sino también a todas las zonas ocupadas por los tedescos, especialmente en el este. Decenas de miles de SSZ fueron sembrados por todas partes.

En cuanto a la morfología y diseño de los SSZ, inicialmente no había ninguna reglamentación al respecto. Cada fabricante construía su producto como le daba la gana si bien, como es habitual en estos germanos, los baremos de calidad siempre se tenían muy en cuenta; y no ya porque forma parte de su idiosincrasia, sino también porque no era plan de que el consejo de administración y los miembros del departamento de diseño de una empresa recibieran una inesperada visita de dos probos agentes de la Gestapo a pedir explicaciones de por qué los SSZ de la última remesa se habían desmoronado en cuanto estallaron dos bombas lejanas. Por todo ello, aparte de su estructura metálica reforzada y el uso de cementos de gran calidad, se procuraba hacerlos de forma que su instalación fuese lo más rápida y fácil posible a pesar de que hablamos de estructuras nada livianas. El peso de los SSZ oscilaba entre las tres y las cuatro toneladas dependiendo del modelo, lo que a pesar de todo no evitaría que la onda expansiva de una bomba gorda lo volcase. Para impedirlo, y tal como vimos en el SSZ metálico con forma de campana, se practicaban vaarios orificios en el suelo para fijarlos con gruesos pernos a una base de hormigón que era enterrada para darle más solidez al conjunto. En la imagen izquierda tenemos un ejemplo. Se trata de un SSZ construido por una firma parisina (obviamente a instancias de los ocupantes alemanes) en el que vemos la base con varias perforaciones para fijarlo a los cimientos. Ojo, los modelos tedescos carecían de ese disco de hormigón, y el suelo del refugio se circunscribía a la superficie interior del mismo. No obstante, he preferido mostrar esta foto para que se aprecien mejor los orificios en cuestión. Por cierto, si uno de esos supositorios gordos volcaba sobre la puerta, su ocupante ya podía rezar porque lo echaran de menos tras el ataque y no lo dieran por muerto, porque de lo contrario se quedaría dentro experimentando la horripilante sensación de vivir una novela de Edgar Allan Poe.

SSZ superviviente en una calle alemana. A saber qué leches pinta ahí.
En este caso, el refugio fue reforzado por un talud de mampostería
revestida de cemento.
Y precisamente porque había mogollón de fabricantes y cada cual a su iba a su bola, nos encontramos con la misión imposible de dar cuenta de todos y cada uno de los modelos que se construyeron. De hecho, un mismo fabricante podía ofrecer varios diseños, lo que complicaría aún más la tarea. Por este motivo nos limitaremos a señalar los más frecuentes o más peculiares si bien, en algunos casos, las diferencias de diseño son menores. Con todo, a partir de 1943 las autoridades tomaron cartas en el asunto y se dictaron una serie de normas en lo tocante a calidades, grosores y dimensiones, asignando a cada fabricante y modelo una designación oficial que debía figurar en una placa fijada en el interior donde aparecía el nombre de la empresa, la referencia del modelo y el número de personas que podía albergar. Imagino que, tal vez por la escasez de metal, se sustituyó en algunos casos la placa por una impresión en el mismo hormigón. Sea como fuere, el aspecto de cada SSZ siguió quedando al arbitrio del constructor y, en cuanto al precio, oscilaba entre los 430 y 525 marcos. 

Placa de la Westermann & Co. Debajo indica que es una firma dedicada
a las construcciones de hormigón (obvio) radicada en Broistedt, en la
Baja Sajonia, la capacidad del refugio y, finalmente, la
referencia asignada al producto
Cuando terminó la guerra, los aliados se encontraron con miles de SSZ que, como está mandado, había que destruir por si a los irredentos de turno les daba por volver a liarla parda. Obviamente, semejante tarea costaría un pastizal tremendo tanto en material como en recursos humanos, por lo que muchos de ellos fueron olvidados y aún permanecen en su lugar, siendo objeto de muchas excursiones y paseos por parte de los aficionados a estos temas para dar con los supervivientes. Otros, aprovechando la facilidad para transportarlos, fueron removidos de sus ubicaciones y llevados a depósitos donde han permanecido durante décadas sin que nadie les hiciera puñetero caso. Otros, finalmente, fueron reaprovechados para uso civil como refugio para los artificieros de las canteras, a los que venía de perlas un buen búnker para llevar a cabo sus voladuras sin riesgo para sus envolturas carnales. No obstante, la inmensa mayoría de ellos fueron destruidos, para lo cual se llevó a cabo un método curioso: se llenaban de agua y se detonaba una carga en su interior. la enorme presión ejercida por el líquido facilitaba enormemente su destrucción total con un gasto de explosivos muy inferior al que se necesitaría para hacer lo mismo, pero "en seco".

Bien, estos serían los orígenes y posterior evolución de los SSZ. A continuación veremos las tipologías más representativas, así como algún que otro modelo cuyo fabricante no ha sido posible dilucidar pero que, por su peculiar diseño, creo que merece la pena reseñarlos. 

La firma que más expansión logró fue la Dyckerhoff & Widman AG, DYWIDAG para los amigos, cuya producción abarcó desde 1941 a 1945. Fundada por Wilhelm Gustav Dyckerhoff en 1865, desde su nacimiento fue una empresa pionera en el desarrollo de la construcción con cemento y sus derivados, alcanzando en poco tiempo gran fama incluso a nivel internacional. Aún existe hoy día tras haber pasado por varias manos, como es habitual. En lo que nos concierne, los SSZ de DYWIDAG fueron instalados por toda Alemania y varios países del este, en los que aún perduran una cantidad relativamente alta de ejemplares. Su modelo más característico lo podemos ver a la derecha. Constaba de un cuerpo cilíndrico construido en una sola pieza con una forja de doble malla de 20x20 que le daba una resistencia muy elevada. Con un diámetro exterior de 120 cm., sus paredes de 15 cm. de espesor dejaban un espacio interno de 90 cm. de diámetro donde podían meterse hasta dos personas. Curiosamente, los DYWIDAG que han llegado a nuestros días son todos con una capacidad máxima de dos o tres personas, no conociéndose otros de mayor tamaño. Su altura interior era de 180 cm, por lo que los ciudadanos especialmente arios y altos se tenían que encoger hasta que terminase la fiesta. La puerta, situada a 40 cm. del suelo para no verse inmovilizada por escombros, tenía unas dimensiones de 80
x60 cm., estaba también fabricada de hormigón y disponía de un cierre accionable desde fuera y desde dentro. Como vemos en la ilustración, estaba anclada al cuerpo con robustas bisagras unidas por un perno. Para disponer de visión hacia el exterior se abrían cuatro mirillas que daban una visión de 360º.

Y aunque lo habitual era suministrarlas con una sola puerta, también se fabricaban con dos para que no se convirtieran en una trampa mortal si un derrumbe bloqueaba el acceso o, como ya hemos comentado, volcaba a causa de la onda expansiva producida por un bombazo gordo y la puñetera puerta quedaba mirando hacia abajo. En la foto podemos ver uno de estos SSZ y, además, nos permite apreciar el grosor de una de dichas puertas, así como su cierre, con menos mecanismos que un chupete. De hecho, básicamente todos los refugios montaban cierres similares basados en una pletina basculante. Total, nadie iba a entrar a robar... 

Pero la característica más peculiar de los DYWIDAG era el techo, formado por una pieza cónica cuyo grosor podía variar entre los 15 y los 53 cm. según se pidiese. Este se instalaba en el cuerpo fijándolo con seis pernos situados en otros tantos rebajes practicados en el borde de la pieza, siendo después sellados con mortero. Así mismo, antes de colocarlo también se vertía mortero en el contorno del cuerpo para obtener una mayor fijación al conjunto. El fabricar el techo como una pieza aparte no solo permitía elegir su grosor independientemente del cuerpo del refugio, sino que además facilitaba su transporte y montaje. Para fijarlo al suelo se anclaba a la base de hormigón con otros seis pernos. En cuanto al peso, oscilaba entre los 3.240 kilos del modelo para una o dos personas y los 4.110 para el de dos o tres. Una vez instalado el refugio se procedía a pintarlo, por lo general con esquemas de camuflaje cuando se instalaban fuera de las ciudades. No obstante, hacia el final de la contienda pasaron de tanta pijada germánica porque, total, nadie iba a desperdiciar una bomba para apiolar al pringado que se meaba encima de pánico mientras duraba el bombardeo. Esto del pintado podemos hacerlo extensivo a todos los refugios ya que no era cosa del fabricante, sino del mandamás de la instalación, fábrica o lo que fuese donde era colocado. Prosigamos...

No he podido dar con el creador de este peculiar diseño, pero por ser algo diferente creo que merece la pena incluirlo en esta relación. Como vemos, se trata de un refugio con forma de bala formado por cuatro gajos unidos mediante unas pletinas acodadas a 90º que van integradas en cada parte y unidas entre ellas mediante tornillos pasantes. En cada casco se abre una mirilla. El techo está formado por una pieza elíptica, igualmente unida al cuerpo mediante el mismo sistema de tornillos. Encima de todo podemos ver la argolla que permitía manipularlo con la ayuda de una grúa. Este sistema, aunque obviamente menos resistente que los SSZ obtenidos de una sola pieza, tenía al menos la ventaja de que facilitaba enormemente su montaje, así como la sustitución de una parte dañada. La puerta, instalada sobre un bastidor de acero, está construida con hormigón vertido sobre una estructura metálica. Las bisagras aparecen soldadas. En cuanto al cierre, por los ejemplares que se conservan parece ser que solo se podía accionar desde el interior, teniendo en la parte exterior una simple asa para abrir. No he podido obtener datos sobre sus dimensiones y demás detalles, pero por algunas fotos he podido inferir que sus paredes tenían un grosor de unos 20 cm., y su capacidad era para solo una o dos personas. Conviene añadir, y esto es extensivo a cualquier otro SSZ, que las bases de hormigón eran previamente cubiertas con una lechada de cemento antes de asentar el refugio para crear una superficie uniforme. Por otro lado, el interior de los mismos se pintaba de blanco o cualquier otro color claro para aliviar la evidente sensación de claustrofobia que se debía padecer en esos ataúdes hormigonados. Sigamos prosiguiendo...

A la izquierda tenemos otro SSZ cunero fabricado con materiales mixtos, uséase, cuerpo de hormigón y puerta de acero. Su perfil es muy similar al Mannesmann enteramente metálico que vimos más arriba y, aunque no podría confirmarlo, no me extrañaría que procediera del mismo fabricante. Como vemos, tiene forma de campana rematada con una argolla, y está provisto de cuatro mirillas fabricadas con chapa para obtener un campo visual de 360º. El techo es una pieza aparte que se fijaba en el cuerpo mediante pivotes y mortero. Lo más señalado es su única puerta, construida con una hoja de una sola pieza de acero plano, sin adaptarse a la curvatura del refugio. Está montada sobre un bastidor metálico empotrado en el hormigón del cuerpo, y colgada de unas bisagras con largas pletinas soldadas a la hoja. Como tantos otros, el cierre se puede accionar por ambas partes mediante una pletina basculante. El grosor del cuerpo es de 15 cm. Prosigamos más...

Este otro, con una acusada forma de supositorio gigante, era la tipología habitual de la firma Westermann & Co. cuya chapa de identificación vimos anteriormente. Esta empresa fabricó los SSZ entre 1942 y 1944. Se trata de un refugio bastante básico con un cuerpo muy similar al anterior, o sea, fabricado en dos piezas y con el techo finalmente unido al cuerpo. También presenta la argolla para facilitar su manejo. La puerta, de 105x65 cm., es una pieza de hormigón con el mismo perfil curvado que el resto del refugio, y es de hormigón mondo y lirondo, es decir, no cuenta con bastidor ni nada semejante fabricado con acero. Las bisagras están empotradas en cada lado mediante garras y unidas por un perno atornillado. En el lado opuesto había una pequeña salida de emergencia no apta para ciudadanos orondos ahítos de salchichas y Sauerkraut bien regados con mogollón de picheles de cerveza, porque apenas medía 36x36 cm., uséase, eran solo válidas para canijos. El sistema de cierre es un asa metálica con forma elíptica que se gira como un pomo para bascular una pletina alojada en el interior. Dicha pletina está soldada a otra asa para poder abrir y cerrar desde dentro. El refugio dispone de seis mirillas situadas a 1'70 metros de altura que, por cierto, no están centradas respecto a la puerta. No sé el motivo, pero se fabricaban así. Quizás fuese porque el cuerpo se sacaba de dos mitades y partir en dos un par de mirillas daba problemas. Los Westermann se construían con una capacidad para 1-2 personas, con unas dimensiones exteriores de 3x1'5 metros y una pared de 20 cm. de espesor, lo que producía unas dimensiones internas de 2'25x1'10 metros. Otro proseguimiento...

Este otro diseño fue obra de la firma muniquesa Leonhard Moll Betonwerke GmbH & Co., fundada en 1894. Al igual que la DYWIDAG, la Moll fue una empresa puntera en su campo y, como curiosidad, patentaron las primeras traviesas de ferrocarril fabricadas con hormigón que actualmente vemos en todas las vías. El refugio estaba formado por un cuerpo cilíndrico de 2'30 metros de altura y provisto de entre 4 y 6 mirillas. El cuerpo tenía un espesor de 25 cm., y en su interior había dos pequeños asientos de madera. Su capacidad era para 1-2 personas. En cuanto al techo, era un sombrerete cónico con un espesor de 30 cm. Lo más peculiar de su diseño es la puerta con su curiosa forma abombada por los extremos. Tanto bisagras como cierre eran similares a los que ya hemos visto anteriormente en otros diseños. El refugio estaba provisto de dos puertas gemelas situadas en lados opuestos. El peso total del Moll era de 5.300 kilos, y se empezó a producir a partir de 1942. Vamos a proseguir un poco más...

Y proseguimos con el SSZ producido por la Humerohr GmbH radicada en Doberlug-Kirchhain, en Brandeburgo. Como en otros diseños, este refugio se construía en tres partes que luego eran unidas para formar una sola pieza. Las bisagras estaban empotradas en el grosor de las paredes, por lo que había que prever dos mortajas para dar cabida a los cilindros de la puerta. Esta estaba fabricada de hormigón sobre un bastidor de acero de 7 cm. de profundidad, y con un cierre por pletina basculante accionada por un picaporte tanto fuera como dentro. Las mirillas, cuatro en total, disponían de una chapa perforada como la que vemos en el detalle, destinada a impedir la entrada de esquirlas pequeñas o proyectiles de aviación, cuando los cazabombarderos enemigos ametrallaban las instalaciones en vuelo rasante. Los Humerohr que se conservan eran refugios grandes, con capacidad de hasta siete ciudadanos. El que mostramos en la ilustración tiene una altura de 2'60 metros- 2'05 metros en el interior- y un diámetro externo de 2'05 metros. Sus paredes, de solo 15 cm. de espesor, proporcionaban un diámetro interior de 1'75 metros. El techo tiene un grosor de 21'5 cm., y en su extremo superior tiene empotrada una tuerca donde se roscaba la argolla que, una vez instalado el SSZ en su lugar, era retirada. Bueno, un proseguimiento final...

...para mostrar el refugio de la Klöcknerwerke AG que, con diferencia, construía los SSZ más gordos de todos. Hablamos de refugios con unas paredes de nada menos que 40 cm., lo que los hacía especialmente masivos aunque fuesen para un máximo de dos ocupantes. Debido a su peso, el cuerpo se fabricaba en tres tramos de 60 cm. de largo cada uno, que añadidos al techo y la puerta hacían un total de cinco piezas, lo que daba una altura interior de 1'80 metros que, con los 50 cm. de grosor del techo, hacían un total de 2'30 metros. En el cuerpo se abrían seis mirillas que quedaban a la altura de los ojos de un hombre de estatura normal. Para fijarlo a la base de hormigón se usaban cuatro vástagos de 40 mm. de diámetro. Atención especial merece su única puerta, un tocho de hormigón de 40 cm. de espesor y unas dimensiones de 74x62 cm. que, como vemos, requería unas bisagras especiales que abarcaban toda su anchura, siendo fijadas mediante gruesos tornillos pasantes para soportar su enorme peso. El cierre no requiere explicación ya que era como los de sus hermanas, una pletina basculante. Como ya podemos imaginar, el peso total de esta mole no era moco de pavo, alcanzando los 10.000 kilos. No obstante, también se fabricó una versión más ligera, con paredes de 25 cm. y que estaba fabricada en tres partes, como todas las vistas hasta ahora.

Bueno, dilectos malvados, con esto terminamos. Espero que este tema les haya resultado revelador y, con seguridad, podrán usarlo como arma extremadamente dañina contra sus cuñados cuando se pongan especialmente cansinos.

Concluimos pues, que es hora de merendar y eso no lo perdono.

Hale, he dicho

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Dos refugios supervivientes que se conservan en lo que hoy parece ser un jardín descuidado o algo por el estilo. Igual el dueño de la propiedad los compró por si el refugio le pillaba en la gran puñeta...

sábado, 3 de septiembre de 2022

BOCKSCAR, EL GRAN DESCONOCIDO

 

El "Bockscar" con su tripulación original, que en la misión sobre Nagasaki fue asignada al "The Great Artiste", que lo acompañó con todo el instrumental destinado a medir la explosión. Marcado con una X vemos al capitán Frederick Carl Bock, de cuyo apellido tomó el B-29 su nombre: "Bockscar", el "Vagón de Bock". Es habitual verlo escrito como "Bock's Car", con genitivo sajón, pero su denominación real era la indicada en primer lugar

Cualquier cuñado conoce el nombre "Enola Gay", recordado por sus siniestras connotaciones apocalípticas y no por Mrs. Enola Gay Tibbets, nacida Haggard, engendradora del coronel Paul Warfield Tibbets, también recordado por ser el que "lanzó" la primera bomba atómica cuando, en realidad, nadie se entera de que Tibbets pilotó el avión, pero el que pulsó el botón que liberaba la Little Boy para iniciar la Era Atómica fue el mayor Ferebee. Hasta las suegras beatas debaten con el cura en el confesionario acerca del "Enola Gay", de Tibbets o de Ferebee, pero ni el tato menciona nunca al "Bockscar", a Sweeney o Beaham. Más aún, mientras que el "Enola Gay" se apropiaba de la primicia nuclear y a Tibbets le endilgaron la Cruz de Servicios Distinguidos nada más aterrizar sin novedad en Tinian tras su exitosa misión, el "Bockscar" quedó relegado cuasi al olvido, y la Special Mission 16, como se designó al segundo ataque, estuvo plagada de errores, tanto humanos como mecánicos, aparte de sufrir diversas contingencias meteorológicas. Todo este compendio de gafadas hicieron que la misión no terminase en un desastre de puro milagro. Así pues, y ya que el mes pasado se cumplió el septuagésimo séptimo aniversario del lanzamiento de las dos bombas, qué menos que dedicarle un articulillo al olvidado segundón de esta tenebrosa historia, el B-29 "Bockscar".

INTROITO

Víctimas de los ataques a Hiroshima y Nagasaki,
carbonizadas en una fracción de segundo

A pesar de los años transcurridos, el dilema acerca del uso de armas nucleares aún sigue sigue siendo motivo de apasionados debates. Yo paso de debatir nada porque tengo la sana costumbre de ver las cosas bajo el prisma de la época, y no conforme a nuestros valores y principios actuales en los que un ataque nuclear sobre un objetivo civil se vería como algo aberrante. Sin embargo, si nos ponemos en el pellejo de los contendientes de la época debemos considerar una serie de factores que, actualmente, los buenistas y pacifistas de turno no quieren reconocer o, simplemente, no saben un carajo sobre los mismos.

1. Los sobrinos del tío Sam fueron atacados sin previo aviso y sin previa declaración de guerra. Obviamente, estaban un poco bastante deseosos de tomarse cumplida venganza, y más cuando, a lo largo del conflicto, tuvieron ocasión de comprobar tanto en sus propias carnes como en las de sus aliados la mala leche que gastaban los honolables guelelos del mikado, sobre todo con los prisioneros de guerra.

Víctimas de los bombardeos de Hamburgo (foto A)
y Dresde (Fotos B y C), cocidos como huevos por las
altísimas temperaturas alcanzadas por la tormenta
de fuego. Obsérvese que, aunque en algún caso la carne
se ha desprendido de los huesos, ni la ropa ni el pelo
les ardió. Resumen, fueron tan víctimas como los
nipones aunque lo que los mató fuese distinto

2. Tuvieron claro que si para defender islas mohosas como Iwo Jima u Okinawa no dudaron en sacrificar decenas de miles de vidas luchando hasta el último hombre, cuando llegase la hora de invadir Japón aquello sería dantesco. Es más que evidente que en aquella guerra solo se podría cantar victoria si se ocupaba el territorio enemigo y se aniquilaba literalmente a su ejército, como hubo que hacer con los tedescos, así que con los honolables guelelos del mikado con más razón aún. Los mandamases yankees ya habían calculado alrededor de medio millón de bajas propias o incluso más solo para apoderarse de Japón, y ese era un precio que la opinión pública no estaría dispuesto a pagar, por lo que todo el esfuerzo y el gasto en vidas y material de los años anteriores habrían sido en vano.

3. Los megaguays de estos tiempos braman y echan espumarajos cuando se mencionan los dos ataques nucleares, pero ni se inmutan cuando salen a relucir matanzas con armamento convencional como las de Hamburgo, Dresde, Coventry, el mismo Tokio, etc., donde palmaron decenas de miles de personas con la diferencia de que, en vez de ser vaporizados en una milésima de segundo, se cocieron vivos a causa de la tormentas de fuego desencadenadas. ¿Y las víctimas de las quemaduras y la radiación?, objetarán echando fuego por los ojos. Sí- respondo- las mismas que palmaron incineradas por el fósforo y el napalm, más los que arrastraron secuelas por ello de por vida. Por otro lado, si las poblaciones europeas no quedaron literalmente arrasadas hasta el suelo no fue porque recibieran menos castigo, sino porque sus edificios estaban construidos con ladrillos y cemento, mientras que la inmensa mayoría del caserío japonés era de madera, entre otras cosas por el tema sísmico. Por lo tanto, una bomba de 500 kg. dejaba un edificio de Inglaterra o Alemania hecho una birria, pero una casa japonesa simplemente la volatilizaba y no dejaba de ella ni rastro.

y 4. Los Estados Juntitos tenían que terminar la guerra de una vez. El ciudadano Adolf ya era historia, y no se podían permitir continuar en un segundo frente de forma indefinida ante un enemigo tenaz e incapaz de asimilar que no tenían ya nada que hacer. Por mera cuestión de economía en medios y en vidas humanas, era preferible asestar uno o dos golpes rotundos y acabar la fiesta con unas decenas de miles de muertos de un bando que proseguir SINE DIE acumulando cientos de miles, cuando no millones, de ambas partes.

PRELIMINARES

Truman durante la emisión del mensaje a la nación y, soterradamente,
a Hirohito. Como se puede ver, está filmado en su camarote
del USS Augusta

Truman recibió la noticia del exitoso bombardeo de Hiroshima cuando estaba a punto de llegar a su país a bordo del USS Augusta tras la celebración de la Conferencia de Postdam. A las 22:30 de aquel 6 de agosto de 1945 emitió un mensaje informando al personal de que unas horas antes se había consumado la venganza por el alevoso ataque perpetrado en Pearl Harbor en diciembre de 1941, y que disponían de más artefactos para dejar Japón convertido en una escombrera radiactiva si no se rendían sin más historias. De hecho, podría decirse que el mensaje iba en realidad dirigido a los belicosos miembros del gobierno dirigido por Kantarō Suzuki, que se empeñaban en resistir a toda costa y que presionaban sin descanso a Hirohito, que en teoría era el que tenía la última palabra. No obstante, en Japón aún no se sabía qué era lo que había ocurrido. Doce horas después del ataque, el sobelano celestial estaba un poco en babia porque se limitaron a informarle de que una bomba especial había dejado Hiroshima convertida en un solar lleno de honolables ciudadanos achichalados.

Octavilla como las que se lanzaron por millones antes del segundo
ataque, advirtiendo a los honolables súbditos del mikado que ser
bombardeado por un arma nuclear era algo muy desagradable.
Bueno, pues ni caso...
Aquella misma noche, la radio de Tokio informó que hacia las 08:20 de aquel día un grupo de bombarderos B-29 habían efectuado un ataque contra Hiroshima a base de bombas explosivas e incendiarias, pero sin entrar en cuantificar los daños. La cosa es que Hiroshima no había sido una ciudad especialmente castigada por los bombardeos yankees, por lo que su situación geográfica en una gran llanura haría más contundentes los efectos de la onda expansiva en una ciudad construida en su mayor parte con madera. Los yankees daban por sentado que la visión de la ciudad literalmente arrasada hasta el suelo daría que pensar a los honolables guelelos del mikado, pero el problema era que los honolables guelelos del mikado pensaban de una forma diametralmente opuesta a la de un occidental, por lo que ver Hiroshima reciclada en campo de balompié gigante les daba una higa. Una gente que pensaban que el valor de la vida frente al cumplimiento del deber tiene el peso de una pluma no se acojonaba por una ciudad totalmente destruida. En resumen, el gobierno nipón no aceptó la oferta de Truman.

El general Leslie Richard Groves (1897-1970), director
del Proyecto Manhattan y, tal vez, el principal fautor de
la victoria sobre Japón

Pero, independientemente de las cuestiones a nivel diplomático, lo cierto es que los militares tenían otra visión de las cosas. Truman consideraba el uso de las armas nucleares como un mal necesario. De hecho, tras el ataque a Nagasaki afirmó que "... ciertamente, lamento la necesidad de aniquilar poblaciones enteras debido a la terquedad de los líderes de una nación [...], y no lo haré hasta que sea absolutamente necesario. Mi objetivo es salvar tantas vidas estadounidenses como sea posible, pero también tengo un sentimiento humano por las mujeres y los niños del Japón". Está de más decir que los militares implicados en el Proyecto Manhattan no compartían esa empatía presidencial hacia los nipones, empezando por el general Groves, que era el que dirigía la orquesta con un poder cuasi omnímodo.

Así pues, mientras que Truman esperaba a que Hiroito digiriese las consecuencias de un ataque nuclear, Groves ya había decidido incluso adelantar dos días el siguiente ataque, programado para el día 11 en el caso de que el gobierno japonés no aceptara la rendición, cosa que quedó bastante clara de inmediato. De hecho, el mismo día 7 Groves se reunió en Guam con Tibbets, con los generales LeMay y Spaatz, el almirante Purnell y el capitán Parsons, que fue el encargado de armar la Little Boy en la misión anterior. Y no solo adelantaron la fecha por ver si la bomba de plutonio era más efectiva que la de uranio, que también, sino para demostrar al sobelano celestial que la Little Boy no era la única disponible, y que estaban dispuestos a lanzar más y no dejar una sola ciudad en pie hasta que se doblegaran y aceptasen la rendición. 

Hirohito en 1945, al término de la contienda. El alcance
de su responsabilidad como emperador durante la
ocupación de Manchuria y Corea, así como en el ataque
a Pearl Harbor aún son motivo de debate

Lo que no le dijeron a Hiroito era otro motivo, para ellos igual de importante: la inminente invasión de los hijos del padrecito Iósif a los territorios de China y Corea ocupados por Japón podrían acabar de convencer al sobelano celestial de que había que dar de mano de una vez, y en ese caso la victoria sería compartida con los comunistas. Pero los yankees querían que la derrota del Japón fuese enteramente suya, que para eso se habían batido el cobre durante casi cuatro años y habían perdido mogollón de hombres, aviones y barcos en el Frente del Pacífico para que el padrecito Iósif pudiese arrogarse haber sido un elemento clave en la victoria pegando cuatro tiros, y más si tenemos en cuenta que, por aquel entonces, los militares ya tenían muy claro que una vez acabada la guerra el siguiente enemigo sería la URSS, como así fue.

En un postrero intento por parte de la Oficina de Guerra yankee para convencer a los honolables súbditos del mikado de que proseguir la guerra era inútil, una oleada de aviones dejaron caer millones de octavillas sobre las principales poblaciones japonesas exhortando al pueblo japonés para que exigieran la paz a su gobierno, advirtiéndoles que "... una sola de nuestras bombas atómicas recientemente desarrolladas es en realidad el equivalente en potencia explosiva a lo que 2.000 de nuestros gigantescos B-29 pueden transportar en una sola misión". Pero la cosa es que los millones de octavillas quedaron esparcidos por el suelo sin que nadie se atreviera a usarlas ni como papel higiénico porque nadie quería que algún fulano del Kempeitai lo viera leyendo propaganda enemiga y ser acusado de derrotista. 

La bestia emerge de su madriguera en Tinian tras haber sido montada

Conclusión: el mikado no se rindió, y los yankees se dispusieron para realizar el segundo ataque nuclear de la historia sin que, curiosamente, ni Groves ni nadie recibiera una orden verbal o escrita por parte de Truman, que como presidente era también el comandante en jefe de las fuerzas armadas. La decisión fue de Groves, que tenía muy claro que debían demostrar a los japoneses que estaban dispuestos a lanzar una bomba tras otra y hacerles ver que, aunque fuese falso, contaban con un arsenal ilimitado de este tipo de armas, y que solo así se avendrían a rendirse de una puñetera vez. En todo caso, la segunda bomba disponible ya estaba a punto. La Fat Man había sido enviada desde la Base de Kirtland, en Alburqueque, el 26 de julio anterior a bordo de un C-54 perteneciente al 509 Composite Group, que era la unidad encargada de todo lo referente a los ataques nucleares. Llegó a Tinian el 28 de julio, quedando a la espera de ser devuelta a destino o caer sobre alguna de las ciudades designadas como objetivo.

La bomba fue pintada de amarillo, siendo selladas las juntas de la
carcasa con una pintura a base de alquitrán. Finalmente, los hombres
del equipo de montaje estamparon su firma y una gentil dedicatoria
a los honolables guelelos del mikado en el morro de la Fat Man

No vamos a entrar en detalles sobre el funcionamiento de la Fat Man porque en la red hay información en cantidades masivas, así que nos limitaremos a comentar que su sistema de funcionamiento era lo que obligó a darle su rechoncho aspecto. Mucho más corta que la Little Boy, medía solo 3'25 metros de largo, pero su diámetro era mucho mayor, 1'53 metros, y era más pesada, alcanzando los 4.672 kilos. Estaba cargada con 6'12 kilos de plutonio-239 y, aunque mucho más potente en teoría, tenía dos inconvenientes respecto a su predecesora, a saber: uno, sus mecanismos, mucho más complejos y delicados que los de la Little Boy con el peligro que eso conllevaba; y dos, que su forma ovoide provocaba una oscilación muy acusada durante el descenso, cosa que ya habían comprobado con las pumpkin bombs, las "bombas calabaza" que eran réplicas de la original pero cargadas con explosivos convencionales y que se usaron precisamente durante las pruebas efectuadas para estudiar su comportamiento en caída. Esa oscilación hacía de la Fat Man un arma con una trayectoria un tanto errática, pero era lo que había.

LA SPECIAL MISSION 16

Charles W. Swenney (1919-2004) en Tinian

La elección del piloto fue cosa de Tibbets, que conocía sobradamente a todos y cada uno de los miembros de las tripulaciones del 509 Composite Group. El hombre seleccionado fue el mayor Charles William Sweeney, Chuck para sus colegas y demás amigos y afectos. Sweeney, por aquel entonces un joven de apenas 25 años con jeta de charcutero, era lo suficientemente experto como para que alguien obsesionado con el perfeccionismo como Tibbets depositara su confianza en él. De hecho, ya había tomado parte con su tripulación, la C-15, en la Misión 13 a bordo del "The Great Artiste", que acompañó al "Enola Gay" como aparato de observación y de transporte de instrumentos. Más aún, Sweeney había entrenado personalmente a varios pilotos del 509 Composite Group, y había arrojado tropocientas pumpkin bombs como para saber de memoria todo el procedimiento. Así pues, y ya que todo el equipo e instrumentos de medición aún estaban a bordo del "The Great Artiste", Sweeney y su tripulación fueron reasignados al "Bockscar", el Victor 77 según su denominación oficial en la unidad, para arrojar la Fat Man.

El resto de B-29 asignados para la misión fueron:

Frederick C. Bock (1918-2000)

El "The Great Artiste" como aparato de observación y medición, pilotado por el capitán Frederick Carl Bock al mando de la tripulación C-13. Bock, como ya comentamos al inicio, era en realidad el piloto del Victor 77 bautizado como "Bockscar" por su apellido. En este avión viajarían como observadores:

Lawrence Harding Johnston, un físico del Proyecto Manhattan que fue el único civil que presenció las tres explosiones nucleares: la de Álamo Gordo y las dos sobre Japón.

Walter Goodman, ingeniero eléctrico también integrante del personal del Proyecto Manhattan. Él fue el que filmó con un tomavistas las imágenes del hongo nuclear en Nagasaki.

El sargento técnico Jesse Kupferberg, encargado de transportar y montar las bombas a su llegada a destino y agregado como observador técnico.

William L. Laurence, reportero del New York Times que debió caerle muy bien a Groves, porque fue el único miembro de la prensa autorizado a presenciar todas las movidas del Proyecto Manhattan.

James I. Hopkins (1918-1951). Su despiste pudo haber
provocado el fracaso de la misión
El "Big Stink", pilotado por el mayor James Iredell Hopkins al mando de la tripulación C-14. Este aparato sería el encargado de filmar y fotografiar toda la fiesta. Con la tripulación viajarían:

El Dr. William G. Penney, de la Misión Británica y admitido como observador por parte del Reino Unido.

El capitán de la RAF Leonard Cheshire, antiguo comandante del escuadrón 617, más conocido como "Dambusters". Ya saben, los de las bombas saltarinas. Fue enviado expresamente por Churchill.

Robert Serber, un ingeniero y físico del Proyecto Manhattan que se tuvo que quedar en tierra porque a la hora de despegar se le había olvidado el paracaídas al muy tontaina y se perdió la fiesta.

Así pues, estos dos aviones serían los que acompañarían al "Bockscar" para tomar parte en el mini-apocalipsis sobre la ciudad a la que el destino señalase con la mala suerte ya que, al igual que se planeó en la misión anterior, se señalarían tres objetivos, uno de los cuales sería el elegido en base a las condiciones meteorológicas sobre cada uno de ellos. Tibbets había insistido en que el lanzamiento fuese visual, no por radar, para asegurar al máximo la precisión del mismo. Incluso había ordenado que, en caso de no ser posible, se abortase la misión y el "Bockscar" y sus acompañantes debería regresar a Tinian. Como aparatos de reconocimiento meteorológico tomarían parte en la misión el "Enola Gay" con el capitán George William Marquardt al mando de la tripulación B-10, y el "Laggin' Dragon", pilotado por el 1er. teniente Charles F. McKnight al mando de la tripulación B-8. Finalmente, el "Full House" pilotado por el capitán Ralph L. Taylor al frente de la tripulación A-1 actuaría como bombardero de respaldo desde Iwo Jima.

Uno de los contenedores de instrumentos de medición
de los lanzados por "The Great Artiste" tras la detonación
de la bomba. De pie a la derecha vemos al científico
español Luis Álvarez
Un inciso: cuando se habla de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, mucha gente, la inmensa mayoría diría yo, piensan que fueron llevados a cabo por dos únicos y solitarios B-29. En realidad, solo en publicaciones especializadas salen a relucir los verdaderos preparativos y, como vemos, en cada misión tomaron parte seis aviones: uno con la bomba, dos de acompañamiento para labores de observación e investigación, dos como avanzadilla para informar de las condiciones meteorológicas sobre cada objetivo, y uno de apoyo. Sin embargo, de todos los aparatos del 509 Composite Group que participaron en estas movidas, solo es conocido el Victor 82 bautizado pocas horas antes de partir como "Enola Gay". Fin del inciso.


Bien, la Comisión de Objetivos había propuesto tres ciudades: Kokura, Nagasaki, ambas en la isla de Kyūshū, y Niigata, al noroeste de Tokio. En realidad, la que siempre estuvo como primera opción en ambos ataques fue Kokura, a la que Groves le tenía echado el ojo por albergar las más importantes industrias de armas automáticas y armamento en general, aparte de unos astilleros de gran importancia donde se construían y reparaban buques de la flota imperial. 

Una muestra del poder de la fisión nuclear. El fotograma es de la
prueba realizada en Álamo Gordo en julio de 1945. Como vemos
en el cronómetro, en 0'006 segundos todo lo que hubiese en un
diámetro de unos 200 metros ya habría sido vaporizado
Nagasaki no le iba a la zaga ya que las fábricas de Mitsubishi asentadas en la ciudad producían grandes cantidades de armas, además de disponer de unos astilleros similares a los de Kokura. Como añadido, ambas poblaciones, separadas por solo unos 160 km., apenas habían sufrido daños en los escasos bombardeos que soportaron durante la guerra, por lo que estaban prácticamente intactas. Eso convenía a los yankees de cara a mostrar el devastador poder de las bombas, que en una fracción de segundo eran capaces de arrasar hasta los cimientos cualquier población de tamaño medio de aquel momento. Tras el cónclave de rigor, finalmente se señaló como objetivo principal Kokura y como secundario Nagasaki, y los B-29 encargados de actuar como avanzadilla de reconocimiento meteorológico serían el "Enola Gay" para Kokura y el "Laggin' Dragon" para Nagasaki.

Una vez decididos los objetivos y las misiones de cada aparato, la tripulación del "Bockscar" estaría compuesta por:


Mayor Charles William Sweeny, piloto (1)
Capitán Charles Donald Albury, 1er. copiloto (2)
2º teniente Alfred John Olivi, 2º copiloto (3)
Capitán James Frederick  Van Pelt, navegante (4)
Capitán Kermit King Beahan, bombardero (5)
Sargento Mayor John Donald Kuharek, ingeniero de vuelo (6)
Sargento Raymond C. Gallagher, artillero/asistente del ingeniero de vuelo (7)
Sargento Edward Kenneth Buckley, operador de radar (8)
Sargento Abe M. Spitzer, operador de radio (9)
Sargento Albert Travis Dehart, artillero de cola (10)

Como agregados irían:

Comandante Frederick Lincoln Ashworth, especialista encargado de armar la bomba
1er. Teniente Philip Michael Barnes, asistente del armero especialista
1er. Teniente Jacob Beser, encargado de las contramedidas del radar. Fue el único miembro del 509 Composite Group que tomó parte directa en ambos ataques. Su misión era impedir que el enemigo pudiese causar perturbaciones en el radar del avión y, llegado el caso, en el control de la bomba.

A las 12:30 del día 8 tuvo lugar la última sesión informativa para todos los participantes en la misión, y ahí empezaron los problemas. El parte meteorológico informaba de la presencia de un tifón cerca de Iwo Jima, lo que les obligaría a volar a más altura y suponía un mayor consumo de combustible y modificar el rumbo de los aparatos. Previamente, los aviones de reconocimiento ya habrían informado de la situación meteorológica sobre cada objetivo, por lo que a partir de ahí pondrían rumbo a una ciudad u otra. Pero lo del tifón solo era el comienzo de los problemas porque parece que 18 tuertos miraron con su único ojo sano el plan de operaciones de la Misión 16. Más aún, se les debió sumar algún cíclope para que se juntaran tantos inconvenientes.

El "Bockscar" maniobra marcha atrás para colocar la bodega de
bombas sobre el foso donde espera la Fat Boy. Es la tarde del 8
de agosto de 1945
La "Fat Man" fue cargada a las 22:00 horas de la víspera en la bodega de bombas del "Bockscar". Se usó el mismo sistema que con la Little Boy, colocarla en un foso y, desde allí, introducirla en la bodega mediante la grúa del aparato. Recordemos que el tren de aterrizaje de los B-29 dejaba muy poco espacio entre la panza del fuselaje y el suelo. Swenney, sabiendo que iban a vivir un momento histórico y tal, reunió a su tripulación junto al "Bockscar" y les echó la arenga de rigor, exhortándolos a jurar por sus muelas que se entregarían en cuerpo y alma para que la misión fuese cuanto menos tan exitosa como la del "Enola Gay", y aseguró que no le importaría lanzar el avión contra el objetivo con tal de cumplir las órdenes de su admirado y venerado coronel Tibbets. Sin embargo, nada más endilgar el discurso ya surgió la siguiente pega.

Barracón de ensamblaje del 509 Composite Group, en Tinian.
En ese sencillo edificio se montaron las dos bombas, transportadas
en componentes separados para evitar sustos
Cuando el sargento Kuharek llevó a cabo la inspección final antes del despegue, vio que la bomba de la gasofa del depósito de reserva situado tras la bodega de bombas se había averiado. Dicho depósito contenía 640 galones (2.423 litros) de combustible, y se planteó una disyuntiva un poco bastante complicada. Cambiar la bomba averiada requeriría varias horas, tiempo del que no disponían porque la misión estaba ya en marcha. Vaciar el depósito, pues lo mismo, así que tendrían que viajar con los aproximadamente 1.700 kilos de peso extra de un combustible que no se gastaría, y con el que tendrían que volver a la base de partida. Lógicamente, ese peso extra supondría un mayor consumo de la gasofa restante. El "lleno" de los depósitos del B-29 era de 7.000 galones (26.500 litros), por lo que, aunque con los tanques a tope, solo dispondrían de 6.360 galones (24.075 litros) para pasearse por medio Océano Pacífico, y ese chisme consumía alrededor de 1.500 litros a la hora. Obviamente, este consumo es orientativo ya que variaba en función de la altitud, la dirección del viento, el peso del avión, que disminuía una vez lanzada la carga y a medida que gastaba combustible, etc. La última opción sería descargar la Fat Man y trasladarla a otro avión pero, aparte del tiempo que supondría, lo mejor era dejarla quietecita. Esa cosa era más inestable que un macaco paranoico, y una vez alojada en la bodega del "Bockscar" y lista para ser armada no era nada recomendable andar trasteando con ella. Así pues y tras el cónclave oportuno entre los mandamases, Tibbets dejó la decisión final en manos de Swenney, que no estaba dispuesto a renunciar a salir en los libros de historia.

-¡Al diablo con eso!- exclamó poniendo expresión de guerrero feroz en su jeta de charcutero- ¡Quiero ir!

No sabemos si el resto de la tripulación  tenía el mismo entusiasmo que Swenney, pero no ha quedado constancia de si se cagaron en sus muertos o le aplaudieron. Sea como fuere, la cosa es que la fiesta aún no había empezado y la esperanza de éxito ya se estaba evaporando a una velocidad preocupante. 

Vista aérea de Tinian, 101 km² literalmente atestados de
instalaciones militares de todo tipo
A las 23:00 horas se realizó una última reunión informativa con el personal de los tres aviones que formaban el núcleo principal de la misión: el "Bockscar", "The Great Artiste" y el "Big Stink". Debido al malvado tifón, se decidió que no viajarían juntos, sino que se reunirían sobre la isla de Yakushima, situada a unos 70 km. del extremo sur de Kyūshū. En ese momento, los aviones de exploración meteorológica habrían informado como estaba el cielo en cada objetivo, y se decidiría cuál de los objetivos era el más viable. Para esquivar el temporal se ordenó volar a 17.000 pies (5.181 metros) de altura en vez de los 9.000 (2.743 metros) habituales en una misión tan larga y cargados hasta los topes. Y para no dilatarla más de la cuenta ya que cada litro de gasofa contaba, Tibbets hizo especial hincapié en que el "Bockscar" no debía esperar más de 15 minutos hasta dar con sus escoltas, que se suponía que ya estarían dando vueltas sobre Yakushima. Si en ese tiempo no lograban localizarse, Swenney debería ir en busca de su objetivo aunque no se hicieran fotos y no se pudieran lanzar los contenedores de instrumentos para estudiar los efectos de la explosión. Lo importante era arrojar la Fat Man como fuese, y volvió a insistir en que el bombardeo debía ser visual y pasar del radar, como hizo él con la Little Boy.

A las 02:58 del día 9, el "Enola Gay" y el "Laggin' Dragon" partieron de Tinian camino de sus respectivos destinos. Casi una hora después, a las 03:49 (03:37 según otras fuentes), el "Bockscar" despegó tras apurar los casi 2.600 metros de pista y rodar otros 60 fuera de ella antes de separarse del suelo debido al sobrepeso. "The Great Artiste" hizo lo propio a las 03:51, y el "Big Stink" a las 03:53. La segunda y última bomba atómica usada en combate en toda la historia (y esperemos que siga teniendo tan dudoso honor) estaba en camino.

Frederick Lincoln Ashworth (1912-2005). Aunque el avión lo
pilotaba Swenney, este hombre era en realidad el mandamás de
la Misión 16
A las 04:00, el comandante Ashworth entró en la bodega de bombas y activó la Fat Man, que por su complejidad tuvo que ser armada antes de embarcarla. Sustituyó los tapones de los seguros eléctricos de color verde por otros de color rojo. A partir de ese momento, la bomba estaba lista para ser usada. El teniente Barnes, el asistente de Ashworth, colocó sobre la mesa de radio una caja llena de chivatos que indicarían el estado del artefacto. Por lo visto, aquel chisme era tan sensible que un brusco cambio de presión o, ya puestos, una cagada de mosca en el morro, podía vaporizar al "Bockscar" con todo sus habitantes en un nanosegundo, lo que provocaba en la tripulación cierto estado de ansiedad y unas irrefrenables ganas de verla caer por la trampilla de la bodega y largarse echando leches camino de vuelta a Tinian. No obstante, la puñetera bomba aún les daría un susto de muerte cuando, al cabo de unas tres horas, los chivatos empezaron a parpadear rápidamente, lo que era indicador de que los circuitos de disparo se habían cerrado y la explosión era inminente, por lo que habría que arrojar la bomba al mar antes del momento fatal. Fulgurante ascensión testicular hacia la garganta entre la tripulación, que ya se veían reducidos a la condición de células calcinadas. No obstante, Ashworth, que debía tener la sangre de horchata, se puso a bichear hasta que dio con la causa del parpadeo, que no era otra que un interruptor mal instalado. Un suspiro huracanado de alivio salió de los pulmones del personal cuando la malvada caja de chivatos se normalizó.

Ruta seguida por el "Bockscar". En el detalle pueden verlo con más
claridad.
A las 09:00 horas, el "Bockscar" llega al punto de encuentro en Yakushima. Empezó a girar alrededor de la isla a la espera de divisar a sus dos acompañantes. El encuentro debía ser visual ya que se había ordenado silencio de radio por razones obvias. Doce minutos más tarde, casi al final del límite de espera marcado por Tibbets, el "Bockscar" avistó a "The Great Artiste" y se reunió con él. Sin embargo, del "Big Stink" no había ni rastro. Swenney, aún sabiendo que ya estaba desobedeciendo una orden tajante y a costa de complicar aún más la misión gastando más combustible del que se podía permitir, optó por esperar a su otro acompañante. Pero, no se sabe por qué, al mayor Hopkins se le debió ir el santo al cielo- nunca mejor dicho- porque al parecer estaba volando a una altitud muy superior a la ordenada, concretamente a 39.000 pies (11.887 metros) en vez de a los 17.000 pies indicados por Tibbets. Además, en vez de volar en círculos para facilitar el encuentro había establecido un esquema conocido como "pata de perro", dibujando un rumbo similar al esquema que vemos en las palancas de cambio de los automóviles y en el que los trazos largos tenían una longitud de 40 millas (64 km.). Esta distancia, en una isla de forma circular y apenas 25 km. de diámetro, haría totalmente imposible el encuentro ya que la mayor parte del tiempo el "Big Stink" estaría volando sobre el mar en vez de sobre la isla. Para colmo, Hopkins había roto el silencio de radio contactando con Tinian para informar que no lograba divisar al "Bockscar", y preguntó si Swenney había abortado la misión. En Tinian no lo entendieron como una pregunta, sino como una afirmación, así que todo el mundo entró en pánico hasta que lograron contactar con el "Bockscar" y enterarse de que proseguían sin novedad.

Tras esperar nada menos que 50 minutos, Swenney decidió finalmente proseguir la misión y dejar al memo de Hopkins haciendo el gamba sobre Yakushima. Esa absurda espera pudo salir muy cara ya que al gasto extra de un combustible que iba al límite había que sumar que el trayecto desde Tinian hasta el punto de encuentro se hizo con viento en contra, lo que supuso otro gasto extra. Solo por eso, a Swenney le podrían haber formado un consejo de guerra como Dios manda. Al cabo, el "Big Stink" no era imprescindible ya que su misión era dejar constancia gráfica de la operación, y gracias pudo dar por que nada más apearse del "Bockscar" en Tinian no le metieran un paquete de antología. Imagino que lo que salvó a Swenney de acabar procesado fue que, a pesar de todos los problemas que surgieron, la Fat Man logró alcanzar su destino final.

Mapa en relieve de Kokura, con su enorme Arsenal ocupando el área
central de la población. Destruir el Arsenal era apuntillar a los
honolables guelelos del mikado
Mientras daban vueltas esperando avistar al ""Big Stink", el "Enola Gay" había enviado un mensaje cifrado informando que, aunque el cielo estaba nublado en Kokura, la visibilidad era aceptable. En aquel momento estaban a 130 millas (209 km.) del objetivo principal, lo que suponía una media hora de vuelo. Sin embargo, cuando llegaron a Kokura el cielo estaba totalmente cubierto a causa del humo producido por las bombas incendiarias arrojadas el día anterior durante un ataque llevado a cabo sobre Yahata, población muy cercana a Kokura, y no se veía absolutamente nada. Abro paréntesis (Si buscan en el mapa la ciudad de Kokura, verán que ya no existe. En 1963 se creó una nueva ciudad uniendo cinco muy próximas para formar una única población con el nombre de Kitakyūshū que incluía Kokura, Yahata, Moji, Tobata y Wakamatsu). Paréntesis cerrado. Beaham, con el ojo incrustado en su visor Norden, buscaba el Arsenal señalado como referencia del blanco para lanzar de una vez la bomba, pero no se veía más que humo. Informó por el laringófono de que no había logrado ver el objetivo.

Kermit K. Beahan (1918-1989). Lo tuvo
complicado el hombre, pa qué mentí...
Esa fue la segunda metedura de pata de Swenney, que por lo visto estaba tan empeñado en ser un héroe que no le importaba mandar al carajo la misión. En vez de abortar el intento y largarse en busca del segundo objetivo, realizó una segunda pasada. Tampoco en esa ocasión se pudo entrever el objetivo entre la espesa humareda y, a pesar de todo, se llevó a cabo un tercer intento igualmente fallido. Solo cuando el sargento Buckley, el operador de radar, avisó de la presencia de unos diez aviones enemigos, Swenney decidió que ya era hora de largarse con viento fresco. Eran las 11:32, y en aquel momento ya sabían que ni remotamente disponían de combustible para volver a Tinian. La cosa se ponía cada vez más emocionante, así que los dos aviones se pusieron rumbo a Nagasaki, a 95 millas (153 km.) de distancia. La idea era volar hasta el estrecho de Shimonosaki para alcanzar Nagasaki desde el este. En aquel momento, y reduciendo la velocidad para ahorrar combustible, disponían solo de lo justo para una única pasada y aterrizar en Okinawa. Si por algún motivo se consumía medio litro más de gasofa acabarían en el mar, rodeados de tiburones ávidos de vísceras anglosajonas.

En la foto superior vemos la referencia del blanco y en lugar
donde explotó la Fat Man. En la foto inferior vemos la misma
zona, pero reducida a cenizas. Obsérvese que del estadio solo
queda una tenue silueta en el suelo
Con todo, el informe meteorológico enviado en su momento por el "Laggin' Dragon" tampoco era muy alentador: alrededor de un 70% de cobertura de nubes, con lo que las opciones eran un poco bastante escasas para realizar un lanzamiento visual, tal como había ordenado Tibbets. No obstante, Ashworht, que era de facto el mandamás de la misión tanto en cuanto estaba a las órdenes directas de Groves, le indicó a Swenney que se olvidara de Tibbets y que se lanzara la bomba como fuese, de modo que si la localización del punto de referencia del blanco no era posible se hiciera con el radar.

A las 11:50 divisan Nagasaki, y en aquel momento quedaban en los depósitos del "Bockscar" apenas 300 galones (1.136 litros) de gasofa. Era el típico "ahora o nunca". Swenney desciende hasta los 28.000 pies (8.534 metros) y vuela a una velocidad de 200 millas por hora (332 km/h) para alcanzar la vertical a las 11:56. Era el momento decisivo, y cuando Beser se disponía a realizar el lanzamiento por radar, un repentino hueco en las nubes permitió a Beahan avistar el punto de referencia del blanco, el estadio local, situado al norte de la ciudad en la orilla izquierda del río Urakami. De película, ¿qué no? A las 11:58 (a las 12:02 según otras fuentes), Beahan anunció que la Fat Man había sido lanzada. "Bombs away!" (¡Bombas fuera!), exclamó por el laringófono como era habitual para, de inmediato, corregir diciendo "Bomb away!", en singular. Al cabo, solo había dejado caer una bomba, no el mogollón habitual. En ese momento, ambos aviones se separaron, girando 155º a izquierda y derecha para alejarse a toda velocidad y esperar el brutal impacto de la onda expansiva.

Sayonara baby...
La Fat Man explotó 43 segundos más tarde a una altitud de 503 metros sobre el suelo y a 320 metros al norte del estadio. La energía desarrollada por la bomba fue de 21 kilotones, uséase, el equivalente a 21.000 toneladas de trinitrotolueno. Una burrada, ¿no? Al instante recibieron el impacto de la onda expansiva producida por la misma explosión, seguida de una segunda debida a la ruptura de la barrera del sonido de aire impulsado por dicha explosión y, finalmente, una tercera consecuencia del rebote de la onda expansiva contra las montañas situadas al este, el oeste, el sur y, ya más lejos, al norte de la zona cero. La extensa planta de la Mitsubishi, situada a unos 450 metros al norte del punto de impacto, sufrieron enormes daños, al igual que otro grupo de fábricas situados a 1.300 metros al sur. De una de esas fábricas salieron los torpedos usados por los honolables guelelos del mikado en sus Nakajima B5N para atacar Pearl Harbor. El dulce sabor de la venganza y tal... Sin embargo, a pesar de su enorme poder, los efectos de la Fat Man no fueron tan devastadores como los de la Little Boy, que tenía 5 kilotones menos de potencia. La situación geográfica de la zona cero, rodeada de montañas, impidió que la bestial onda expansiva y la llamarada de fuego alcanzara una extensión mucho mayor si bien se calculó que de los 10 km² de extensión de la ciudad resultaron destruidos 3'75 km², eliminando aproximadamente un 68% de la producción industrial. Por otro lado, las condiciones climatológicas en aquel momento no favorecieron la creación de una tormenta de fuego que sí se formó en Hiroshima, aumentando así de forma notable los daños tanto a personas como edificios.

Fotograma del inicio de la explosión filmada desde
"The Great Artiste"
Y mientras el "Bockscar" salía echando leches hacia Okinawa con la luz de la reserva encendida, "The Great Artiste" dejó caer en paracaídas varios instrumentos de medición que enviarían los datos sobre la radiación gamma, las ondas de choque y la temperatura por radio. Además, antes de partir de Tinian el científico de origen español Luis Álvarez, que había estado en el ajo en todo momento, depositó en el contenedor una carta destinada al físico japonés Ryōkichi Sagane rogándole que convenciera al gobierno japonés de que los yankees tenían varias armas nucleares más, y que si no se rendían de inmediato no dudarían en arrasar el Japón de cabo a rabo. Está de más decir que los honolables guelelos del mikado que encontraron el contenedor no entregaron la carta a Sagane, que no tuvo ocasión de verla hasta después de la guerra.

La carta autógrafa de Luis Álvarez al profesor
Sagane. Como la mayoría de los científicos, tenía
una pésima letra
Con la misión cumplida satisfactoriamente a pesar de las tribulaciones y problemas sufridos, aún quedaba volver sin tener que lanzarse en paracaídas al mar. Okinawa estaba a unos 740 km. al SO de Nagasaki, y en el "Bockscar" quedaba gasofa como para rellenar un Zippo, así que aún no podían cantar victoria. Y mientras tanto, el memo de Hopkins, que aún andaba dando vueltas como pollo sin cabeza, divisó el hongo de la explosión a una distancia de 160 km. Dio por sentado que la misión se había culminado de forma exitosa y se dirigió hacia Nagasaki para, al menos, hacer un reportaje de la ciudad arrasada ya que no pudo hacerlo del lanzamiento y la explosión de la Fat Man. En cuanto al "Full House", el avión de apoyo, tuvo noticia del éxito de la misión se largó a Iwo Jima ya que su cometido había terminado.

Cuando Swenney avistó el aeródromo de Yontan en Okinawa emitió un "mayday" para que despejaran la pista. El avión iba prácticamente seco y el aterrizaje iba a ser de todo menos elegante y estiloso. Sin embargo, por algún motivo su llamada no fue recibida por la torre de control, así que tuvo que optar por lanzar varias bengalas como señal de emergencia. En esta ocasión si fueron avistadas y se despejó la pista en un periquete. El "Bockscar" tomó tierra a las 13:51 hora local cuando solo le quedaban 7 galones (26'5 litros) de gasofa en el depósito. Tras un primer contacto a más velocidad de la adecuada, el avión rebotó a más de 7 metros de altura para, finalmente, posarse casi descontrolado y enfilando a una hilera de bombarderos estacionados en el lado izquierdo de la pista. El motor nº 2 se paró, y las hélices en posición invertida no eran suficientes para detener la pesada mole del B-29. Finalmente, pisando los frenos a fondo, Swenney y Albury lograron detener el aparato. Suspiro final, miradas al cielo, etc. Estamos en casa.

Tibbets estrecha la mano a Swenney tras su llegada a Tinian
Posteriormente tomaron tierra "The Great Artiste" y el "Big Stink". Inmediatamente se informó a los generales Farrell, Spaatz y LeMay del feliz retorno de los tres aviones. La Fat Boy acababa de entrar en la historia, Nagasaki había sido arrasada y, en breve, los honolables guelelos del mikado ya empezarían a plantearse que la rendición era lo más aconsejable a la vista de lo visto. Una vez repostados, los tres aviones partieron hacia Tinian a las 17:30, donde tomaron tierra a las 23:30 tras una misión de 17 horas en las que, ciertamente, se puso a prueba el temple de las tripulaciones, especialmente la del "Bockscar". Al día siguiente y a pesar de que Swenney era merecedor de varias collejas por no haber cumplido las órdenes recibidas, le fue impuesta la Medalla Aérea de manos del general Davis. Las tripulaciones de vuelo y tierra de todos los B-29 que tomaron parte en la fiesta recibieron la Medalla de Plata.

Grafiti del morro del "Bockscar", pintado posteriormente. Como
ya hemos comentado, ninguno de los aparatos del 509 Composite
Group 
llevaban los habituales nose art de los aviones yankees
Bueno, así fue la historia. Ahora vendrían las conclusiones, moralejas, el "qué habría pasado si...", cuestiones morales, etc., pero creo que todo eso sobra porque en este caso solo hay algo totalmente inapelable: si los yankees no hubieran lanzado la Fat Man la guerra se habría alargado hasta vete a saber cuándo. Las vidas de los desdichados que murieron en Hiroshima y Nagasaki salvaron las de millones de compatriotas que habrían palmado si hubiera comenzado la Operación Downfall, la ocupación militar del Japón. Por cierto, en Kokura debieron hacerle un monumento a las nubes porque no una, sino dos veces se salvaron del apocalipsis gracias a ellas.

En fin, ya me he enrollado en demasía y sobre los efectos de la explosión ya hablaremos un año de estos, de modo que s'acabó lo que se daba.

Hale, he dicho

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Ojo, el hongo que vemos en la foto sería como una leve humareda comparado con el que formaría una bomba atómica moderna con una potencia de 12 megatones, uséase, 12.000 kilotones, es decir, 571 veces más que la energía desarrollada por la Fat Boy. Algo así como un cohete de feria comparado con un proyectil de 155 mm. Sirva de aviso a los mamones que se pasean por el planeta con el jodido maletín nuclear. Bueno, ellos ya lo saben...