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miércoles, 13 de enero de 2021

LOS CASTILLOS DE LOS FARAONES 2ª PARTE

 

Mercaderes nubios pasando el puesto fronterizo establecido en la fortaleza de Semna Occidental. Solo los mercaderes y los mensajeros podían cruzar hacia el norte, pero no más allá de Mirgissa, donde podían vender sus cargamentos a los tratantes egipcios. Obsérvese la coracha que baja desde la muralla hasta el Nilo para asegurarse el suministro de agua en caso de asedio

Escena de un asedio representada en la tumba de Khety I. Como
vemos, la fortaleza ha sido representada de forma muy esquemática
y solo nos permite hacernos una idea de su aspecto general
Bueno, como la conjuntiva parece que tiene menos "itis" y me casi no me pican los ojos cuando fijo la vista, prosigamos. No obstante, antes de empezar debemos hacer una aclaración aclaratoria para aclarar lo referente a las medidas que iremos desgranando en este artículo ya que la totalidad de los restos que se conservan están, en el mejor de los casos, bastante mermados en sus estructuras, cuando no prácticamente en los cimientos. Esto ha permitido saber con cierta exactitud la superficie de sus recintos, la longitud de sus murallas o el grosor de las mismas, pero nada en lo tocante a la altura, que se ha deducido de forma aproximada en base a la anchura de paramentos, muros, etc. Por otro lado, las representaciones gráficas de la época no son fiables para deducir tamaños ya que están fuera de escala, así que solo han valido para tener una idea aproximada de la morfología de estas fortificaciones, así como de determinados elementos defensivos como la merlatura que coronaba las murallas. Así pues, recordemos en todo momento que cuando decimos que tal muralla o recinto tenía tal altura hablamos de cifras muy aproximadas, pero en modo alguno exactas como lo puedan ser la anchura o extensión de las diversas estructuras que se mencionarán.

Dicho esto, en la entrada anterior ya cometamos los orígenes de las fortificaciones faraónicas, así como los materiales de construcción usados en las mismas, por lo que ahora toca meternos en los entresijos de su

DISEÑO Y ELEMENTOS DEFENSIVOS

A la derecha vemos la fortaleza de Semna Occidental, y frente a ella
la de Kumma. Ambas cerraban literalmente el paso en ese sector del Nilo
Los castillos de los faraones eran recintos de tamaño más que respetable. De hecho, bastante mayores que un castillo convencional de la Edad Media. Los motivos podrían ser varios, a saber: ante todo, hablamos de fortificaciones situadas en lugares muy comprometidos, fronterizos con los nubios con los que anduvieron a la greña durante siglos. Obviamente, para defender las fronteras era necesario disponer de contingentes de tropas numerosos, así como de espacio para albergar refuerzos en caso de ser necesarios. Por otro lado, estos castillos eran también almacenes donde se guardaban, no solo las provisiones y bastimentos para la guarnición, sino también los bienes procedentes de la Nubia que debían ser puestos a buen recaudo hasta que llegase el momento de enviarlos a la metrópoli, especialmente el oro y el cobre. Finalmente, cabe suponer que, caso de intentar un asedio, los nubios no juntaban a cuatro compadres para formar un ejército, sino que debían organizar una hueste respetable a la vista de las formidables fortificaciones con que los egipcios protegieron sus fronteras.

Básicamente, hablamos de recintos que podemos dividir en dos tipos: los emplazados en las llanuras junto al Nilo y los situados en elevaciones del terreno. Los primeros eran mucho mayores y, por norma, rodeados por fosos de considerables dimensiones ya que hablamos en cavas de unos 3 a 5 metros de profundas y de hasta 7 o 9 metros de ancho. En una época en que la poliorcética aún estaba prácticamente en pañales, debemos suponer que los asedios solo se solucionaban de dos formas: o sentándose a esperar a que los defensores se empezasen a comer unos a otros, lo que no debía ser frecuente a la vista de las grandes cantidades de grano que almacenaban y muchas de ellas con el Nilo junto a sus murallas, o tomándolas por asalto, como vemos representado en muchos testimonios gráficos. Pero como algunos dibujitos valdrán más que una extensa filípica, mejor vamos explicando sobre ejemplos conocidos y así nos aclaramos antes y mejor...

A la derecha tenemos un plano de la fortaleza de Semna Occidental, situada en un promontorio en la orilla oeste del Nilo. Fue construida en el 8º año del reinado de Senusret III y se apoyaba con las fortalezas de Semna Meridional y Kumma, separadas unas de otras menos de dos kilómetros. Como vemos, se trata de un  amplio  recinto en forma de L con una superficie total de 7.856,5 m². Para darle consistencia al edificio el terreno se niveló con escombros de granito. En A y A' aparecen las puertas principales, mientras que en B se encuentra la puerta  del río. Por lo general, estas fortalezas tenían una o dos puertas mirando hacia tierra y otras tantas al Nilo, usadas como muelle de carga y como coracha de agua para asegurarse el suministro del líquido elemento. Semna estaba rodeada por un foso por los lados sur, oeste y norte, quedando el sector oriental protegido por el río. La muralla no era para tomarla a broma: fabricada con ladrillo crudo, su espesor oscilaba entre los 5 y los 8 metros y se le calcula una altura aproximada de nada menos que 14 metros, lo mismo que un edificio de cinco pisos aproximadamente. Como vemos, salvo en el lado oriental, en el resto de la muralla se reparten varias torres en cuyo extremo se ensanchan para dar cabida a más defensores. En el detalle vemos que actuaban básicamente como albarranas ya que, proyectadas varios metros por delante de la muralla, podían cubrir las zonas situadas junto a la base de la misma. Pero lo más significativo, y que es un elemento común en todas las fortalezas de la frontera nubia, son los resaltes que dan a las murallas un aspecto dentado y que son hasta la fecha motivo de enjundiosos debates ya que, al no existir la parte superior de los mismos, se dan diversas teorías sobre su utilidad.

La explicación que se dio cuando se comenzaron a estudiar estas fortalezas entre finales del siglo XIX y principios del XX era que se trataba de torres de flanqueo. Pero su pequeño tamaño, así como la escasa distancia entre unas y otras, por lo general inferior a los 5 metros, pronto hizo pensar que una serie de torres tan cercanas y que apenas dejaban sitio para, a lo sumo, dos hombres, eran inviables. De hecho, para que un defensor pudiera hostigar a un asaltante pegado a la muralla tendría literalmente que volcar medio cuerpo entre las almenas, lo que no era precisamente aconsejable cuando los arqueros enemigos estarían a la caza de cualquier tontaina que asomase la cabeza. Como vemos en el gráfico, el arquero situado en la supuesta torre lo tendría muy complicado para hostigar a los atacantes que se aproximasen a la muralla. Así pues, surgió la teoría de que, en realidad, se trataba de simples contrafuertes como el que vemos a la izquierda, que ocuparían una altura equivalente a unos ⅔ de la altura total. El hecho de que estos contrafuertes no tuvieran trabazón con la muralla y que en caso de colapsarse no afectase en nada la solidez de la misma parece una teoría más cercana a la realidad.

No obstante, algunos autores han sugerido una tercera posibilidad, y es que fuesen pilares para sustentar estructuras voladizas similares a los cadalsos medievales. Al ser el ladrillo mucho más pesado que las estructuras lignarias de dichos cadalsos, en vez de ménsulas requerirían algo más resistente, que en este caso serían precisamente los pilares de ladrillo. La opción de los voladizos la vemos plasmada en el gráfico A de la ilustración de la derecha. Los pilares permitirían darles una base sólida y en el suelo, fabricado de madera, se abrirían buheras entre pilar y pilar para arrojar sobre los enemigos cualquier porquería disponible. No obstante, hay una cuarta teoría, que es la que vemos en la figura B. Ya que el escaso espacio entre contrafuertes se convertiría en un refugio para los asaltantes, para impedirlo se colocarían pequeños balcones a modo de ladroneras sustentados por troncos y puntales con su correspondiente buhera en el suelo. De ese modo, el espacio muerto entre contrafuertes sería adecuadamente protegido ya que, obviamente, servían de protección a los enemigos que lograran alcanzarlos ya que quedarían a resguardo del fuego de flanqueo procedentes de las torres, que solían distar entre 20 y 50 metros unas de otras, o sea, dentro del campo de tiro eficaz de cualquier arco de la época.

LOS FOSOS

Aparte de sus generosas dimensiones ya mencionadas anteriormente, tenían unas características que los hacían especialmente eficaces ante unos enemigos que solo dispondrían de escalas para intentar un asalto. Veamos el gráfico de la izquierda, correspondiente a la fortaleza de Buhen que, como ya se comentó, es la que ha salido mejor parada al cabo de los siglos y ha permitido conocer mejor este tipo de fortificaciones. En primer lugar vemos un murete de escasa altura ante el cual se extiende un talud de varios metros de largo. Este primer obstáculo tenía dos funciones: una, impedir que la arena entrase en el foso. Considerando que el viento mueve cantidades masivas de la misma en aquella zona, tendrían que estar cada dos por tres paleando arena para impedir que quedase cegado en poco tiempo. Y por otro lado, el talud impedía a los atacantes ver el foso, que quedaba oculto tras el mismo. Los que se acercasen al castillo solo verían la muralla, pero al llegar al murete se quedarían con la jeta a cuadros al ver que no solo había un foso, sino unas torres que, a modo de barrefosos o caponeras, aniquilaría a todo aquel que se atreviese a bajar al mismo. Y además de las caponeras, todo el perímetro estaba provisto de un antemuro desde donde también podrían hostigar a los agresores. Como vemos en el detalle, las aspilleras eran de una tipología única: cada una de ellas se dividía en tres ramales para dar mayor ángulo de tiro a los arqueros y, además, disponían de dos niveles, o sea, seis aspilleras en total: las tres superiores cubrían el murete o el glacis dependiendo de si estaban situadas en el antemuro o la muralla, y las inferiores cubrirían la liza y el fondo del foso en el mismo caso. En resumen, pasar del foso era bastante complicado ya que, además, se tenía por norma chapar las escarpas y las contraescarpas con ladrillos para impedir a los asaltantes trepar por ellas, precisando necesariamente de escaleras que, como ya podemos imaginar, retrasaría el asalto y los dejaría a merced de los arqueros que defendían la fortaleza.

LAS PUERTAS

Sin duda, eran las estructuras más formidables. De hecho, eran talmente similares a las barbacanas medievales, por lo que podrían continuar la resistencia aún en el caso de ver la fortaleza invadida por los enemigos. La que vemos a la derecha es una reconstrucción de la puerta de tierra de Buhen, que disponía de dos más de menor tamaño en el sector del río. La ilustración procede de las primeras excavaciones, por lo que vemos los misteriosos salientes de la muralla con forma de torres. Bien, como vemos, la puerta estaba formada por un recinto con forma de U que avanzaba entre 15 y 25 metros de la muralla principal. En su extremo exterior vemos como el pasillo se estrecha, dejando apenas unos tres metros de ancho para pasar y, de ese modo, dificultar una invasión en masa. Pero la invasión lo tenía crudo porque a partir de ahí se encontraban con una empinada rampa y varias puertas consecutivas, incluyendo en algunos casos, como por ejemplo en Buhen, un foso o salto de lobo con un puente levadizo en la parte central del pasillo, tras el cual había otras dos puertas más. En el grabado se puede ver la puerta que daba acceso a la liza, lo que permitiría a los defensores tanto ocuparla en caso de ataque como evacuarla en caso de verse desbordados. Este que vemos no era un diseño único, habiendo variantes como, por ejemplo, estar proyectadas más hacia el interior que hacia el exterior y con el pasillo de acceso formando un embudo cada vez más estrecho a medida que se avanzaba.

En cuanto a las puertas del río, a la izquierda podemos ver su aspecto, en esta ocasión también las pertenecientes de Buhen. Como vemos, se trata de sendas puertas de pasillo con acceso directo como la principal, pero de menor tamaño. De cada puerta sale un muelle destinado a facilitar la carga y descarga de las naves, así como para asegurarse el suministro de agua. Para impedir que los enemigos se infiltrasen en el reducido espacio que quedaba entre la muralla y el río, en algunas fortalezas se construían corachas que cerraban literalmente el paso y que resultaban infranqueables ya que solían tener entre dos y tres metros de espesor y seis de altura. Como complemento, estas fortalezas también disponían de postigos para facilitar el paso de tropas de un punto a otro y, en el caso de grandes recintos como Buhen o Mirgissa, que eran en realidad asentamientos fortificados con una ciudadela interior, para que la población pudiera salir y entrar del mismo sin que se produjeran aglomeraciones en las puertas principales que, recordemos, eran solo una o dos a lo sumo. Hablamos de murallas que, como la de Buhen alcanzaron un perímetro de 1,6 km., lo que la convertía en una población con un tamaño más que decente para la época. Su misión no solo era dar protección a colonos, tratantes y demás probos hijos de Amón para sus trapicheos con los nubios sin que se vieran asaltados por partidas de bandidos, sino también para alojar tropas de refuerzo en caso de necesidad. En fin, ya vemos que no se diferenciaban gran cosa, por no decir nada, de cualquier estructura similar de la Edad Media.

DEPENDENCIAS INTERNAS

Una fortaleza egipcia disponía todo un complejo de dependencias en su interior incluyendo el templo de turno, que la cosa religiosa siempre la tenían muy presente y no era plan de cabrear al extenso panteón patrio por no dedicarle las preces adecuadas. Básicamente, podemos dividirlas en varias partes bien definidas: en primer lugar estarían las dependencias del comandante de la guarnición que, en una sociedad profundamente clasista como la egipcia, es evidente que dispondría de todas las comodidades imaginables, como si estuviera en su palacio de Tebas. En realidad, era la mejor forma de tenerlos contentitos y, por ende, alejados de corruptelas, alevosías o ambas cosas. En cuanto a las tropas, como ya podemos imaginar, no disponían de tantas comodidades. 

En el gráfico de la derecha podemos ver el aspecto de los cuarteles y que es similar en las fortalezas donde han aparecido este tipo de recintos. En la figura 1 vemos un plano que nos muestra su distribución: formaban un rectángulo de 8 x 5 metros dividido de la siguiente forma: En A tenemos un espacio común que serviría para esparcimiento de la tropa, para cocinar o contarse chistes verdes. B y B' eran los dormitorios con una superficie interior de 5 x 2 metros. No sabemos cuántos hombres los ocupaban, pero teniendo en cuenta la época y las condiciones de vida de esta gente igual metían a cuatro en cada habitación. Los muros estaban fabricados de ladrillo, con un grosor de 50 cm. En la figura 2 podemos ver una recreación de su apariencia. Se ha representado con una segunda planta, a la que se accedería por las escalas que vemos apoyadas en el muro. Así mismo, podrían tener una salida por el techo con la finalidad de que, caso de ser invadidos, tener una salida de emergencia para moverse por el recinto de un lado a otro a fin de prolongar la defensa. Por lo demás, estas dependencias se agrupaban en manzanas, o sea, dos filas de cuarteles adosados por los muros traseros.

Otra parte importante eran los graneros, donde no solo se almacenaba el que serviría de alimento a la tropa, sino el que sería enviado a la metrópoli. Afortunadamente, tenemos cantidad de testimonios gráficos hallados en los frescos que adornan tumbas y templos, así que en este caso no creo que podamos tener dudas al respecto. A la izquierda tenemos un par de ellas que muestran escenas similares: mientras los esclavos proceden al llenado de los silos, los capataces y contables llevan un control riguroso de las cantidades que se almacenan. Al parecer, una vez terminada la operación se sellaban las puertas para impedir robos, y cada vez que había que sacar o meter más grano el capataz rompía los sellos para acceder al interior, sellos que eran nuevamente colocados cuando se acababa la faena. Estos sellos eran simples galletas de barro fresco que unían los extremos de la soga con que se cerraban las puertas. En el sello se estampaba el cartucho con el nombre del faraón. Por lo demás, como vemos en ambas ilustraciones, podían ser abovedados o con el techo raso si bien en ambos casos las escaleras dejan claro que se accedía a ellos desde la parte superior.

Por último, quedarían por mencionar los almacenes. En ellos se guardaba todo lo que no era grano: cerveza, salazones, dátiles y provisiones de todo tipo, además de servir de armería y posiblemente de talleres. No obstante, parece ser que había un SANCTA SANCTORVM cuya custodia era de vital importancia: la dependencia donde se guardaba el oro que en lengua egipcia se denominaba "casa de plata". Su existencia está corroborada por multitud de impresiones en tablillas de barro y, concretamente en el caso de Uronarti, estaba formada por un patio rectangular con tres dependencias paralelas estrechas y largas adosadas a los cuarteles. Imagino que en el patio se contabilizaba la pasta gansa, mientras que en las dependencias se guardaba bajo siete llaves hasta que llegase la hora en embarcarlo hacia el norte.

Por último, solo nos resta mencionar las atalayas, de cuya existencia hay testimonios gráficos que nos permiten conocer su morfología e incluso su distribución interior. En el centro, arriba, vemos una tablilla procedente del cementerio real de Abidos, mientras que la figurita de marfil inferior, de solo 4,9 cm. de alta, representa un edificio prácticamente idéntico datado hacia el 3100 a.C., por lo que podemos suponer que este tipo de torre, aparte de tener un diseño más antiguo que Noé, permaneció invariable durante siglos. A la izquierda hemos recreado su aspecto original, con un cuerpo cónico rematado por la típica merlatura ondulada egipcia. El acceso, como es habitual en este tipo de torres aisladas, estaba a una considerable altura y solo se podía llegar al mismo mediante una escala de cuerda que sería retirada en caso de peligro. El interior estaría dividido en tres plantas separadas mediante entresuelos de madera. La baja sería el almacén y las otras dos los alojamientos de la guarnición. Para pasar de una a otra, así como a la azotea, se valdrían de simples trampillas y escalas de mano. Estas torres se encontrarían diseminadas por el territorio para, como es de rigor, avisar a las fortificaciones principales de posibles movimientos sospechosos de tropas enemigas.

Bueno, creo que con esto ya podemos conocer un poco más las desconocidas fortificaciones construidas por los egipcios hace miles de años, cuando en Europa aún andaban a garrotazos y metidos en chozas que, a lo sumo, rodearían con burdos muros de lajas de piedra. Otro día hablaremos de la organización de las tropas que servían en estas fortalezas, y así tenemos todo el repertorio necesario para chafarle la tarde a esos cuñados que se han visto los documentales de Canal Historia donde siempre sale un experto que no lo conocen ni en su casa revelándonos detalles tan sorprendentes que no se entiende como se le pasaron por alto a Emery, Petrie, Borchardt, Lawrence etc.

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONANDAS:



Recreación de Buhen obra de J.C. Golvin vista desde el lado oeste. Obsérvese la magnificencia de la puerta principal, el foso y la ciudadela interior, provista también de su correspondiente foso y un antemuro. Así mismo, merece la pena reparar en las pequeñas corachas que aparecen a ambos lados, al fondo del recinto, que impedían el paso a la zona portuaria de la fortificación. Salta a la vista que no tiene nada que envidiar a cualquier plaza fuerte medieval o incluso posterior. Su superficie alcanzó 2,7 Ha., y su muralla exterior tenía 5 metros de espesor y entre 10 y 14 metros de altura

jueves, 7 de enero de 2021

LOS CASTILLOS DE LOS FARAONES 1ª parte

 

Reconstrucción de la fortaleza de Uronarti, en la región de la Segunda Catarata. Este castillo, salvado por su posición de verse sumergido en las aguas del lago Nasser tras la construcción de la presa de Asuán, fue construido posiblemente por el faraón Senusret III (Sesostris según la denominación griega), de la XII Dinastía. Como se puede ver, por su aspecto no tenía nada que envidiar a las más complejas fortalezas medievales

Sí, sí, castillos faraónicos. Pero castillos de verdad, no empalizadas o pequeños reductos a base de pedruscos apilados. Castillos que, como vemos en la imagen de cabecera, tenían unas dimensiones y unos elementos defensivos dignos del más sofisticado castillo medieval. Con todo, lo cierto es que tenemos tan inculcado el binomio castillo-Edad Media que, por lo general, la mayoría asimila ese tipo de fortificación con un período concreto de la historia cuando, en realidad, son más antiguos que la tos. De hecho, la representación más antigua que se reconoce es la que vemos a la derecha, una pequeña pieza de arcilla de apenas 10 cm. de alto hallada en una tumba en Abadiyeh, a pocos kilómetros al este de Beirut. En la misma se ven las jetas de dos guardias que más bien parecen alienígenas por sus rasgos- cabe suponer que la erosión y los siglos han hecho sus efectos- asomándose por las almenas de lo que sería una muralla. Esa pieza está datada entre los años 3500-3200 a.C., por lo que hablamos de una fortificación con nada menos que 5.500 años de nada, o sea, mil años anterior a la pirámide de Keops o, más correctamente dicho, Jufu. Y, obviamente, la supuesta fortificación de la muestra no sería la primera que se construyó, por lo que podemos tener claro que el origen de las fortalezas en esa zona del planeta era muy anterior, cuando ni siquiera existía Egipto ni sus hieráticos faraones endogámicos.

Valga pues esta breve introducción para ponernos en contexto y desechar los estereotipos que, seguramente, más de uno tiene incrustados en el cerebro porque, ante todo, debemos tener claros dos conceptos, a saber: uno, que los pueblos expansionistas se han dedicado a ocupar territorios vecinos. Y dos, que para mantener el dominio sobre dichos territorios hace falta una constante presencia militar la cual solo se asegura con la construcción de fortificaciones que les permitan mantenerse a salvo de sus enojados nuevos vasallos, deseosos de tener la primera ocasión para rebanarles el pescuezo de oreja a oreja. Siendo pues los egipcios unos imperialistas de primera clase, es evidente que desde que se alejaron unos kilómetros de su benéfico Nilo ya tuvieron que devanarse la sesera para planificar una red de fortalezas y atalayas que controlasen tanto los territorios conquistados como los intentos de sus pobladores por echarlos a patadas en buena hora.

Reproducción de una inscripción hallada en una roca en Gebel
Sheik  que da noticia de una invasión llevada a cabo por Dyer, 3er. faraón
de la I Dinastía, contra la segunda catarata en territorio nubio. A la derecha
aparecen varios enemigos ahogados bajo el barco del faraón, y a la izquierda
un caudillo nubio maniatado. Es evidente que los ojos de los faraones miraban
hacia el sur desde siempre


Aunque el tiempo y la abrasiva acción de la arena impulsada por el viento, así como el expolio de siglos han reducido a la mínima expresión los restos de los castillos faraónicos, aparte de los que quedaron sepultados en el lago Nasser tras la construcción de la presa de Asuán entre 1959 y 1970, estos probos imperialistas tuvieron la gentileza de legarnos infinidad de testimonios gráficos y escritos donde nos dan con bastante lujo de detalles muchos aspectos referentes a sus cuestiones militares, por lo que la recreación de sus fortalezas es a veces más fácil que la de una de hace apenas seis o siete siglos. Más aún, no solo nos han llegado sus nombres, sino su situación geográfica e incluso los nombres y desempeños de sus comandantes. Los egipcios, obsesionados con demostrar al resto del planeta los logros de sus gobernantes, plasmaron en piedra, arcilla, pergamino y papiro todo lo habido y por haber, y gracias a su climatología más reseca que el ojo de un tuerto han llegado a nuestros días escritos que en Europa se habrían desintegrado hace siglos y siglos. Así pues, y con los datos de que disponemos y gracias a las concienzudas campañas arqueológicas llevadas a cabo desde finales del siglo XIX, veremos los detalles más relevantes de las impresionantes fortificaciones con que los egipcios defendieron su imperio de los enemigos del divino faraón.

Amanemhat I, fundador de la XII Dinastía

Bien, por meras razones de espacio y porque esto no es una enciclopedia, vamos a ceñirnos al momento en que comienza de verdad el expansionismo egipcio. Los interesados en la evolución de esta civilización desde tiempos predinásticos tienen mogollón de información en la red, así que nos ocuparemos de la parte que nos interesa, que comenzó durante el Imperio Medio, concretamente con el advenimiento de la XII Dinastía fundada por el faraón Amanemhat I hacia el año 1991 a.C. Hasta aquel momento, Egipto tenía tres fronteras, a saber: al nordeste, en la Península del Sinaí, estaban los asirios y los hicsos, que eran tenidos a raya desde tiempos anteriores por una línea fortificada que recibía el nombre de "Caminos de Horus". El advenimiento de Amanemhat I supuso un importante refuerzo con la construcción de una serie de nuevas fortalezas que comprendían las "Murallas del Príncipe" (según otras fuentes, "del Gobernante"). Al oeste las fronteras era un tanto difusas. El desierto occidental que se extendía entre Egipto y Libia era una zona muerta donde los súbditos del faraón se adentraban y creaban sus asentamientos en los oasis, dónde el único peligro que corrían eran las incursiones de pequeñas partidas de bandidos libios que se limitaban a rapiñar lo que podían y se largaban. Para proteger a los colonos se crearon ciudades fortificadas donde pudieran mantenerse a salvo de las depredaciones que los libios llevaban a cabo pero, en cualquier caso, no eran unos enemigos tan temibles como los asirios, un pueblo mucho más organizado y complejo en todos los sentidos.

Senusret I, 2º faraón de la XII Dinastía y principal
instigador del expansionismo egipcio hacia Nubia

Finalmente tenemos la frontera sur, que era la verdaderamente jugosa y donde, de hecho, se edificó la primera fortaleza allá por la I Dinastía, concretamente en la isla de Elefantina. En el sur estaba Nubia, y en Nubia había oro, cobre, madera- de la que Egipto era muy pobre y de mala calidad- y, en resumen, recursos naturales en cantidad incluyendo esclavos para aumentar la población currante de los faraones. No obstante, a lo largo del tiempo no siempre mantuvieron un continuo estado de guerra, sino que hubo períodos de, digamos, tensa calma en los que el comercio entre los nubios del sur y los egipcios del norte era bastante fecundo aprovechando la magnífica red de comunicación que suponía el Nilo. La ocupación de los invasores egipcios llegó en la época que nos ocupa hasta la segunda catarata, pero eso no supuso ningún problema ya que se construyeron muelles fluviales en los que se comerciaba entre ambos bandos, siendo transportadas las mercancías por tierra catarata arriba o catarata abajo y, a continuación, cada mochuelo a su olivo. Obviamente, este territorio, así cómo las vías comerciales, había que defenderlos, y para ello se construyeron una serie de fortalezas en las que, además de disponer de tropas, servían como depósitos para el control de los metales, grano, vino y demás mercaderías. El impulsor de esta expansión fue Senusret I, que tuvo clarísimo que si quería seguir recibiendo oro y cobre tenía que rascarse el bolsillo y edificar las fortificaciones necesarias para tener a los nubios a raya.

Senusret III

El primer punto a fortificar fue la zona situada en el extremo norte de la segunda catarata, siendo la principal fortaleza Buhen, seguida por las de Aniba, Kubban e Ikkur, todas ellas construidas bajo un patrón similar. A estas hay que añadir la base de Mirgissa, construida por Senusret II y que disponía de un complejo de edificios destinados al trasiego de mercancías en una amplia plataforma de carga destinada a evitar la segunda catarata. Posteriormente, bajo el reinado de Senusret III, se mejoraron las defensas de las anteriores y se construyeron otras nuevas más al sur, poco antes de la tercera catarata. Hablamos de una densa línea fortificada que agrupaba en un espacio relativamente reducido al menos seis fortificaciones: Kumma, Uronarti, Shalfak, Askut y dos denominadas como Semna al sur y al oeste. En la ilustración inferior podrán ver un mapa con la máxima extensión del imperio en tiempos de Ramsés II- o sea, el Imperio Nuevo- y en el detalle la zona que nos ocupa entre la segunda y la tercera catarata.



Funcionario controlando el almacenamiento de grano, misión que
también llevaban a cabo en los silos dispuestos en los castillos para
evitar robos
Bien, con esta breve reseña creo que bastará para ponernos en contexto y tener una aproximación de la época que nos ocupa y, lo más importante, comprobar que, en efecto, los faraones fueron unos grandes constructores de fortificaciones con la finalidad de mantener los territorios ocupados, así como la defensa de los mercaderes e incluso como puestos de tránsito para las mercancías que eran transportadas a la metrópoli, especialmente los metales que eran minuciosamente contabilizados por funcionarios del estado a los que no se les escapaba ni medio grano de polvo de oro oculto tras la muela del juicio del defraudador de turno, porque si algo infalible tenían los egipcios eran sus sistemas de contabilidad, precisos y fieles como ningún funcionario moderno podría igualar con muchísimos más medios. Estos probos funcionarios se plantaban delante de una caravana de trigo y tomaban nota hasta del grano que se caía de los puñeteros sacos, y tenían la autoridad necesaria para poner las peras a cuarto a los trincones de turno.

Y dicho esto, pasemos pues a la enjundia de esta entrada: ¿cómo eran los castillos de los faraones? ¿Cómo los construían? ¿Qué tenían de especiales? Veamos...

LOS MATERIALES DE CONSTRUCCIÓN

Aunque la piedra abundaba en Egipto, parece ser que la reservaban para obras de otro tipo, léase templos, palacios y, sobre todo, las enigmáticas pirámides. Para el resto de construcciones usaban ladrillos de adobe, que eran capaces de producir por miles y miles como si tal cosa. De hecho, salvo la fortaleza de Buhen, hecha con una piedra basta, el resto de ellas fueron construidas con ladrillos. 

Para su elaboración solo eran necesarios tres ingredientes: arcilla, paja y agua. La paja era imprescindible ya que no cocían los adobes en hornos, sino al sol, por lo que era imprescindible añadirle la paja en la masa para impedir que se resquebrajasen. Por otro lado, compensaba la tensión capaz de soportar cada ladrillo ya que un tallo de paja es muy frágil si se dobla, pero extraordinariamente resistente ante la tracción, por lo que se puede decir que actuaba de forma similar a los redondos corrugados que se usan actualmente en las estructuras de hormigón armado. De este modo, los adobes eran resistentes tanto a la presión, ya que debían soportar moles de decenas de miles de ellos, y a la tensión, impidiendo así que los bordes se desmoronasen fácilmente. En el grabado de la derecha, procedente de una pintura mural la tumba de Rejmira, un influyente noble que ejerció diversos cargos durante la XVIII Dinastía, siendo gobernador de Tebas, donde fue enterrado, y visir de Thutmosis III y Amenhotep II, vemos en la parte superior izquierda como dos operarios, seguramente esclavos o prisioneros de guerra, recogen agua de un depósito y la llevan hasta la parte central de la escena, donde sus compañeros preparan un pocillo para hacer la mezcla pisándola. Otro operario los va alineando una vez que extrae las piezas del molde, y el resto se dedican a acarrearlos a su destino. 

Por otro lado, el ladrillo tenía una innegable ventaja, y es que se fabricaba a pie de obra. No era como la piedra, que había que acarrearla desde muy lejos con el costo y el trabajo que podemos imaginar, por lo que ésta solo se usaba como pavimento y/o para construir la base de las murallas- colocada a hueso, o sea, sin argamasa- con dos posibles finalidades: una, prevenir el minado en caso de asedio, y la otra proteger los paramentos de la arena que, impulsada por el viento, era como un chorro abrasivo capaz de devorar cualquier material. Para impedirlo, parece ser que también se solían revocar los paramentos con gruesas capas de yeso. En un territorio donde la lluvia era escasita no requeriría mucho mantenimiento a causa de la humedad. A la izquierda vemos un molde para fabricar ladrillos, así como uno ya terminado. En el centro del mismo aparece un cartucho con el nombre del faraón, que para eso era el dueño y señor de todo y debía quedar claro en el reinado de cuál de ellos se fabricó el ladrillo. Esta sana costumbre nos ha permitido datar con precisión obras que, de otro modo, habría sido imposible situar en el tiempo.

Los ladrillos egipcios eran de generosas dimensiones. Los que se han encontrado en Buhen son de 37 x 18 x 12 cm., y para aliviar la presión que ejercían sobre las capas inferiores se intercalaban esteras de juncos cada seis o siete hiladas, a las que se añadían vigas de madera colocadas en sentido perpendicular al de las hileras de ladrillos, todo ello para repartir el enorme peso que semejante masa de adobes podía ejercer sobre la estructura ya que hablamos de murallas de varios metros de espesor y aún más metros de altura. En todo caso, estos probos imperialistas no tenían problemas si había que fabricar cientos de miles de ladrillos para edificar una de sus fortalezas. Para eso disponían de mano de obra esclava en cantidad que, animada por los estimulantes latigazos de los capataces, trabajaban de sol a sol como máquinas y, encima, sin darse nunca de baja. En la foto de la derecha podemos ver una escena en la que un operario está precisamente a punto de sacar un ladrillo del molde para ponerlo a secar, lo que en el ardiente clima de la zona no se llevaba más que un par de días a lo sumo.

Bueno, me temo que con esto acabamos por hoy. Llevo ya varios días con una fastuosa conjuntivitis que me han traído por anticipado los Reyes Magos a pesar de que les dije que sé que son los padres, pero lo han preferido al carbón habitual. En cuanto me alivie un poco proseguimos con las técnicas constructivas y los sistemas defensivos, que como dije al comienzo eran dignos de castillo de Viollet-le-Duc.

Hale, he dicho

jueves, 26 de mayo de 2016

El cruel destino de los enemigos del faraón




Caer en manos de los enemigos nunca ha sido agradable, y menos aún cuando uno forma parte del ejército agresor. Por norma, los prisioneros de guerra han sido víctimas de la sed de venganza de los vencedores con dos fines: uno, castigar, humillar y, en definitiva, putear a todo aquel que formase parte de las tropas enemigas con diversos motivos, como por ejemplo un simple desquite o como ofrenda a los dioses de la guerra o a los dioses tribales como acción de gracias por haber obtenido la victoria. Y dos, como forma de escarmiento para quitarle a los que pudieron escapar las ganas de volver.

Tropas libias postrándose ante el faraón a ver si se ablanda un poco
y no los manda apiolar allí mismo
Obviamente, la condición de prisionero de guerra ha variado a lo largo del tiempo en función de las diversas culturas que han poblado el mundo, así como su preeminencia sobre otras naciones. Así mismo, el estatus del prisionero condicionaba su futuro ya que, por lo general aunque no siempre, un jefe tribal o algún miembro de su familia siempre gozaría de un trato más favorable que un simple soldado ya que por la vida de los primeros se podría obtener algún tipo de beneficio en forma de rescate en dinero o bien mediante la cesión de tierras, esclavos, etc. Sin embargo, la vida del soldado valía menos que una caca de perro en una cuneta, así que su futuro era más negro que el de un pavo en Navidad ya que sólo había dos opciones para él: o la esclavitud o la muerte. Y ojo, lo más sangrante de este tema es que ha sido así durante milenios, y aún en nuestros tiempos se siguen viviendo situaciones similares. Buena prueba de ello fue el fatal destino de los desdichados que cayeron en manos de los alemanes o los rusos durante la Segunda Guerra Mundial, en los que la crueldad de ambos bandos dieron lugar a actos criminales como la matanza de oficiales polacos en Katyn a manos del NKVD por orden de Stalin, o las bestialidades llevadas a cabo por los alemanes contra las tropas rusas que se rendían por miles al comienzo de la guerra.

Prisioneros de guerra de diversas naciones en un
bajorrelieve del templo de Medinet Habu. 
Bien, dicho esto a modo de introducción, vamos a dedicar la entrada de hoy a los primeros prisioneros de guerra de los que tenemos información concisa y detallada: los derivados de las guerras contra los egipcios, ciudadanos estos que siempre se estaban peleando con su numeroso vecindario formado por nubios, libios, hicsos, los Pueblos del Mar, los asirios, los hititas, los filisteos, los canaanitas, etc. Igual es que eran cuñados, vete a saber... Bueno, la cuestión es que los egipcios, con su impenitente hábito de dejar constancia gráfica de todo lo habido y por haber, pero especialmente de las derrotas infligidas por sus monarcas a los enemigos de su pueblo, nos han permitido conocer a fondo el trato que daban a los que osaban ultrajar al divino faraón, ya fuese invadiendo sus fronteras o atacando a cualquiera de sus aliados. Porque la cosa es que los egipcios, que debían tener un elevadísimo concepto de sí mismos, se tomaban fatal que les quisieran hacer la guerra, e incluso consideraban una ofensa personal contra su rey el hecho de vulnerar las fronteras de su nación.

Ramsés II agarra por el pelo a tres enemigos para darles
muerte con el hacha que lleva en la mano. Actuar como
verdugo no era algo indigno de su rango, sino todo lo
contrario: el faraón era el que exterminaba a los enemigos
de su pueblo
De hecho, levantarse en armas para atacar Egipto era tomado como un acto de rebelión contra su dios y faraón aunque, obviamente, los enemigos no lo veían de ese modo, sino como una mera agresión producida por fines diversos: una represalia por una derrota anterior, una incursión para obtener botín o esclavos, etc. Sin embargo, para ellos, atacar a su rey era atacar a Rá, y como eso estaba muy feo se lo tomaban muy mal, y castigaban a los agresores como si hubiesen cometido un acto de traición contra el mismísimo dios. Por cierto, para los que no lo sepan, el término faraón, derivado del griego ϕαραώ (faraó), fue la helenización hecha por Herodoto del término egipcio per-aa, que significa casa grande. De ese modo es como se designaban los monarcas egipcios en su tierra. Con todo, conviene tener en cuenta que las causas de tantos conflictos no se debían a que los vecinos de los egipcios fuesen especialmente malvados, sino al expansionismo militar de los faraones, lo que obviamente producía bajas en forma de muertos y heridos y, por supuesto, prisioneros de guerra que lo tenían bastante chungo precisamente por haber atentado contra el dios Rá hecho hombre en la persona del faraón de turno.

Funcionarios contabilizando prisioneros nubios
El arte egipcio nos ha legado infinidad de detalles acerca del destino que corrían tantos los caídos en combate como los prisioneros de guerra, y la verdad es que no era precisamente una perspectiva gratificante porque, aparte del mero ejercicio de una venganza contra ellos, era una forma de persuasión contra los que habían podido regresar al terruño, que contarían a sus colegas lo bestias que eran las tropas del faraón y lo mal que se habían portado con ellos. Pero, al mismo tiempo, para el faraón era motivo de orgullo regresar victorioso pudiendo alardear de haber causado un elevado número de muertos a los enemigos, por lo que se hizo necesario llevar una minuciosa contabilidad de las bajas producidas, así como de los prisioneros capturados. Las primeras referencias a estos detalles se remontan a la XVIII dinastía (1550-1295 a.C.), precisamente la más belicosa y la que mayor expansión territorial llevo a cabo. 

Paleta de Narmer. A la izquierda, el faraón se dispone a
ejecutar a un libio de un mazazo. A la derecha, el reverso
de dicha paleta nos muestra una serie de enemigos
decapitados con las cabezas entre las piernas, y sobre ellas
los penes de los mismos.
Por las referencias que tenemos de esa época, sabemos que se practicaba la amputación de determinados miembros a los enemigos muertos y, posiblemente, también a los prisioneros de forma previa a su ejecución sumaria. Es posible que muchos de los que me leen hayan oído alguna vez eso de cortar una mano para facilitar el recuento de caídos, pero también se recurría a cortar cabezas e incluso a la castración o la amputación del miembro viril. ¿Que por qué precisamente esas partes del cuerpo, y no otras menos aparatosas como una oreja o un dedo? Pues porque los egipcios, además de por la simple cuestión meramente contable, también pretendían que la amputación fuese un acto simbólico, cercenando así la capacidad ofensiva del enemigo (que ya lo estaba de hecho tanto en cuanto estaba muerto, pero los símbolos son los símbolos) dejándolo sin su mano derecha, así como una forma de castigo permanente ya que su alma partiría incompleta al inframundo, por lo que las pasaría putas durante toda la eternidad, como cuando un cuñado se nos pega como una lapa durante un bodorrio y el posterior ágape. Por otro lado, la amputación del pene implicaba destruir la semilla del vencido, impidiéndole de ese modo perpetuarse y fabricar más enemigos del estado egipcio. Hay gran cantidad de referencias a este tipo de mutilación, por lo general en términos como "eliminó su semilla con su espada" o como reza la Gran Inscripción de Karnak a este respecto: "... cargados con falos incircuncisos (los egipcios se circuncidaban como una práctica de tipo higiénico), de las tierras extrajeras de Rebu, junto con las manos cortadas de todas las regiones que estuvieron junto a ellos en recipientes y cestas". O sea, que con esto nos indican que, para diferenciar a los miembros de la nación enemiga de sus aliados, a los primeros les cortaban la churra, y a los otros la mano. Una forma muy práctica de llevar la cuenta como Amón manda, ¿no?

Bajorrelieve de Abydos que muestra a un escriba
contabilizando un motón de manos enemigas
Pero, según se desprende de algunas inscripciones de la época, la amputación de miembros no solo tenía connotaciones contables y simbólicas, sino también como trofeo de guerra. Los faraones, según dichas inscripciones, premiaban a sus soldados por la entrega de trofeos en forma de armas enemigas, prisioneros y manos de los muertos, los cuales pagaban con  oro de su propio peculio a fin de incentivar la agresividad entre sus tropas. Una vez acaparados todos los trofeos entregados por sus soldados, regresaba en loor de multitudes mostrando a su pueblo los prisioneros y las armas capturadas, así como los cestos llenos de manos, penes o cabezas. Las vívidas escenas de los bajorrelieves que muestran estos hechos nos permiten ver como los faraones retornaban triunfantes con los prisioneros de guerra uncidos a su carro, y en muchos otros se puede ver como los ejecuta agarrándolos por el pelo para, a continuación, apiolarlos de un mazazo o un hachazo en la cabeza. Mientras tanto, sus escribas llevaban una contabilidad exacta de las manos cortadas que él presenta para demostrar a su pueblo la de enemigos que ha liquidado: Tutmosis III acreditó 83 manos tras la batalla de Meggido, mientras que Amenhotep  II alcanzó la cifra de 372 tras llevar a cabo una serie de acciones punitivas contra las ciudades de Aituren y Migdolain. No obstante, en otros casos las cifras están a todas luces infladas para mayor gloria del faraón porque se habla de incluso, por ejemplo, 17.000 prisioneros nubios, cantidad esta que correspondería a un ejército descomunal para aquella época.

Escena que muestra como el carro de Tutankamón aplasta
a un enemigo nubio mientras un soldado le corta la mano
con su cuchillo de bronce
Pero las represalias contra los prisioneros y las mutilaciones de cadáveres no eran la única forma de mostrar a los enemigos hasta donde llegaba la ira del faraón cuando se le ofendía. También se recurría a la exposición de los cadáveres en los límites fronterizos de sus dominios con los del país agresor para, a modo de advertencia, mostrar el destino que sufriría cualquiera que traspasase dichos límites en son de guerra. Así mismo, se mostraban también los cadáveres de los prisioneros ejecutados de forma sumaria en las ciudades egipcias como advertencia a los extranjeros y los espías de otras naciones, que lógicamente informarían de ello a sus paisanos para que se atuvieran a las consecuencias. Un ejemplo de esta forma de actuar la tenemos en el faraón de las XIX dinastía Merneptah, que hizo empalar en Memphis a una cifra indeterminada de libios y miembros de los Pueblos del Mar como escarmiento y señal de aviso, o los nubios que tuvieron el mismo final por orden de Akhenatón tras la batalla de Ikayta. El motivo de emplear un castigo tan cruel como el empalamiento obedecía a que era el que se empleaba contra los perjuros y los saqueadores de tumbas, delitos estos que los egipcios consideraban tan abyectos como para merecer una muerte terrible, quedando así equiparados al de la rebeldía ante la persona del rey.

En esta otra escena, Ramsés II se dispone a ejecutar a un
gran número de prisioneros a golpe de hacha épsilon.
Como vemos, para los faraones era un orgullo mostrarse ante
su pueblo como el más eficaz exterminador de enemigos
Otra forma de humillar y profanar los cadáveres de los vencidos, especialmente a los de sus caudillos, era colgarlos cabeza abajo en la proa de la nave del faraón. De ese modo, al regresar remontando el Nilo, mostraba a su pueblo no solo que había derrotado al líder enemigo, sino que le daba el castigo que merecía por su acto de rebelión. De hecho, la ejecución de los jefes enemigos era, además del consabido acto de venganza, una forma de quitar de en medio a sus mejores militares, lo que les aseguraba una temporada de inactividad forzosa por la simple carencia de líderes adecuados. En algunos casos, las represalias iban más allá de las formas de castigo habituales, quizás debido a que consideraban la agresión aún más intolerable. Un buen ejemplo de esta conducta aparece en la estela de Amada, que narra como Merneptah mandó quemar vivos a todos los jefes nubios capturados en una batalla tras cortarles las manos, mientras que a otros les mandó sacar los ojos y cortarlas orejas para, a continuación, hacerlos volver a su país para que todos vieran lo que les esperaba a los que atacasen los dominios del faraón. Todos estos alardes pretendían, además de escarmentar tanto a los agresores como avisar a enemigos potenciales, ensalzar el poder del faraón y mostrar a su pueblo cómo se preocupaba por aniquilar a todo aquel que pretendiera invadirlos, por lo que el efecto propagandístico era doble y de ahí el empeño por inmortalizar las venganzas faraónicas en multitud de bajorrelieves, estelas, etc. 

Tras la batalla, el consabido recuento para que figurase en la estela
que conmemorase tan gran acontecimiento
Para concluir, comentar que el final menos trágico que podía sufrir un prisionero en manos de los egipcios era ser reducido a la esclavitud, para lo cual eran marcados a fuego con el nombre del faraón victorioso. Luego eran enviados como currantes a perpetuidad a las tierras del faraón o a los templos para servir a los poderosos sacerdotes. Para los monarcas egipcios, pasar a la posteridad como un rey que se preocupó del bienestar de su pueblo era algo que tenían presente durante toda su vida, y en dicho bienestar se incluía aplastar sin piedad a las naciones que atentaran contra la paz y la riqueza de su nación. 


Ramsés II presenta unos prisioneros de guerra nubios a los dioses.
De izquierda a derecha aparecen Amón-Rá, Khonsu y la diosa Mut
Así pues, según hemos ido viendo, los prisioneros de guerra en Egipto no eran reducidos a la esclavitud, como ocurrió luego en otras naciones, como una mera forma de obtener mano de obra barata, o ser ejecutados para, simplemente, reducir el número de posibles combatientes en una guerra posterior. En Egipto, ante todo, se castigaba rebelarse contra el faraón, y cuestiones como la obtención de mano de obra o la venganza contra un pueblo hostil era algo circunstancial, una consecuencia de un acto de agresión que quedaba supeditada, ante todo, al castigo que debía sufrir todo aquel que se levantara en armas contra "la casa grande". En definitiva, que lo mejor era no caer prisionero de esta gente porque las perspectivas no eran nada nada halagüeñas.

Bueno, vale por hoy.

Hale, he dicho

Dibujo dieciochesco de uno de los bajorrelieves del templo de Beit el-Wali, mandado construir por Ramsés II en Nubia.
La ilustración muestra al faraón sujetando por el pelo a tres prisioneros libios mientras que pisa a otros dos de ellos. Ante él se presenta su hijo Amun-her-khepsef llevando atado por el cuello a otro prisionero. La proliferación de este tipo de escenas
nos da una idea de la importancia que tenía el mostrar a los monarcas sometiendo a los enemigos de su país

lunes, 1 de febrero de 2016

Bricolaje armero: Hachas de combate egipcias 2


El eximio Faraón de Camas salvajemente agredido por un hitita que, para
colmo de males, también era antitaurino. En todo caso, la contundencia
del hacha épsilon que le arrebató al faraón para apiolarlo queda patente.

Bueno, prosigamos. Hoy veremos como fabricar la otra tipología molona y fácil de estas hachas milenarias: las denominadas como épsilon debido a su supuesto parecido con esa letra del alfabeto griego, igualita que un 3 escrito al revés. Esta es un poco más difícil que la que vimos en la entrada anterior o, mejor dicho, más tediosa de fabricar, pero nadie dijo que las cosas tuvieran siempre que ser fáciles, digo yo...



Las medidas están basadas en ejemplares originales, pero cada cual puede
fabricarlas del tamaño que quiera, faltaría más.
Bien, los ingredientes principales son los mismos que los usados para fabricar la tipo D: el palo, que será igual en ambos casos, y la chapa de bronce o latón. En esta ocasión podremos prescindir de las tiras de piel ya que la fijación al mango se llevará a cabo mediante remaches pasantes, y la tira de lino o arpillera será necesaria para impedir que la sangre y los restos de cerebro del cuñado de turno hagan que nos resbale de la mano homicida. Estas hachas fueron contemporáneas a las tipo D, o sea, tuvieron su máxima difusión durante el Reino Medio, y suelen aparecer en los bajorrelieves de la época en manos de las tropas de infantería. Estas solían combinarlas con mazas y khopesh, lo que indica que buscaban ante todo dejar fuera de combate a los enemigos al primer envite con un solo pero definitivo golpe. De esta tipología tenemos dos formas bien diferenciadas, las cuales podemos ver en la figura superior. Según podemos apreciar, la que aparece arriba es más larga y menos curvada, mientras que la otra es justo lo contrario, más corta y curvada.

Los orificios de fijación los dejaremos para más tarde
Estas hachas no estaban unidas al mango mediante tiras de cuero, sino con remaches, según avancé antes. Lo suyo es que fuesen de latón, y se pueden fabricar partiendo de una fina barra de dicho material. Unos 3 mm. de diámetro serán más que suficientes. En las tiendas de modelismo son fáciles de encontrar de diversos calibres pero, caso de no tener ninguna cerca de casa, pues se recurre a clavos del diámetro deseado y santas pascuas. Lo más tedioso será en este caso recortar la chapa debido a los entrantes de la hoja. Como con una sierra de calar no será posible, habrá que recurrir a un taladro provisto de una broca de 5 ó 6 mm. e ir perforando la chapa con santa paciencia tal como vemos en la figura superior. Sí, es un coñazo, pero no queda otra. Una vez recortada la chapa se afina el corte a golpe de lima y quedará perfectamente. Ah, lo olvidaba... Antes de perforar hay que marcar los sitios donde haremos cada orificio con un granete ya que, de no hacerlo así, la broca resbalará y nos saldrá un puñetero churro. Si no tenemos granete ni ganas de compra uno (en realidad son muy baratos), pues recurrimos a una puntilla bien aguzada.

Una vez terminada la hoja llegará el turno del mango. Haremos tres cajas o mortajas donde irán alojados las tres lengüetas de la hoja. Recordemos que se pueden hacer con un formón o, caso de no disponer del mismo, con un destornillador al rojo. Insisto en lo que ya comenté en la entrada anterior: estas cajas deberán tener unas dimensiones tales que la hoja entre justa, sin holguras. Si nos pasamos, podemos rellenar el espacio sobrante con pasta de madera o, si no queremos gastar los dos eurillos que vale el tubo, nos la fabricaremos nosotros mismos con serrín procedente del mango mezclado con cola blanca. Queda como un cuerno de duro, lo juro. Ponemos la pasta con ayuda de una pequeña espátula o algo similar y esperamos a que se seque. Finalmente, hacemos los agujeros para los remaches, que para que nos queden parejos podemos fabricar una plantilla con cartulina. Luego colocamos la hoja e, introduciendo la broca por los agujeros que hemos hecho, perforaremos el metal con cuidado de que no nos desviemos y deformemos el agujero del lado opuesto del mango.

Colocamos los remaches, que habremos cortado de forma que sobresalgan unos 2 mm. por cada lado, y remacharemos golpeando por los bordes para deformarles la cabeza. Luego lo podremos repasar con una lima fina para que queden bonitos y tal. Ojo, que para remachar como Anubis manda hay que apoyar el lado opuesto del remache contra una superficie dura, como la cabeza de un martillo grande, un tornillo de mesa o, si no disponemos de nada parecido, un puñetero adoquín que podremos obtener robándolo por la cara de alguna obra. Una vez colocados los remaches y debidamente repasados, solo nos resta terminar la empuñadura con la tira de lino/arpillera y sanseacabó. En la figura superior vemos el aspecto que tendrían estas hachas una vez terminadas (terminadas bien, se entiende, no si salen como una birria), y una transparencia con el encaje de la hoja en el mango.

En fin, dilectos lectores, espero que estas sugerencias bricolajeras les sirvan, no solo para blandirlas ante las atemorizadas jetas de parientes gorrones, sino para deleitarse, solazarse y regodearse tanto en su elaboración como en su contemplación en algún lugar preferente de la casa: chimenea del salón, delante del inodoro mientras acudimos a la llamada de la naturaleza, o incluso en el recibidor como señal de aviso a sableadores, predicadores mormones, testigos de Jehová y demás ciudadanos palizas de que uno no se anda con tonterías. 

Hale, he dicho

¡Al ataquerrrrlllllll!