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sábado, 3 de febrero de 2018

Granadas de fusil. Las granadas Hale




Hace cosa de tres meses dedicamos un par de entradas a los lanzadores de granadas empleados en la Gran Guerra. Para el que no lo recuerde, nos referimos a las bocachas que, adaptadas a los fusiles reglamentarios, permitían lanzar estos malévolos artefactos a mucha más distancia que la que se alcanzaba arrojándolas a mano aunque el sufrido combatiente tuviese unos brazos como los del mismísimo Arnold Negronegger. Sin embargo, y como ya anticipamos en su momento, los lanzadores de granadas fueron la solución a un problema surgido anteriormente a raíz de la entrada en servicio de las verdaderas granadas de fusil, es decir, chismes diseñados ex-profeso para eso, y no un apaño que permitía lanzar granadas de mano convencionales, lo que suponía una mayor disponibilidad de estas armas y, al mismo tiempo, menos complicaciones a nivel logístico.

British lanzando granadas Hale con su Enfield
apoyado en un rudimentario soporte. Estas
granadas permitían chinchar al enemigo durante
horas y horas aunque, eso sí, la respuesta no se
hacía esperar
La granada de fusil tal como la conocemos fue una creación de un súbdito del gracioso de su majestad (Dios maldiga a Nelson), Frederick Marten Hale, un ingenioso ciudadano que a comienzos del pasado siglo ejercía como director de la Cotton Powder Company, una empresa radicada desde 1847 Faversham, condado de Kent, y en cuyos comienzos fue la primera factoría del mundo dedicada a la producción de algodón pólvora. Posteriormente fue ampliando su gama de productos elaborando explosivos tanto para la industria minera como para el ejército, en este caso suministrándoles cordita a partir de 1897. Marten Hale, que era un sujeto de mente inquieta, mostró un enorme interés por el uso de las granadas de mano durante la guerra Ruso-Japonesa (1904-1905), conflicto este bastante desconocido por lo general pero que marcó un antes y un después en el despliegue táctico de los ejércitos modernos, así como en el empleo de nuevas armas, especialmente las ametralladoras. Por lo visto, al poco tiempo de acabar dicha guerra, en la que participaron mogollón de observadores occidentales sin que al parecer en los estados mayores se molestaran mucho en tomar buena nota de la información que recibieron por parte de sus enviados, Marten Hale trabó conocimiento de primera mano con un oficial japonés que lo puso al corriente de lo que se había cocido allí, así como de los buenos resultados obtenidos con las granadas de mano.

Granadas nº 1 Mk.I, nº 1 Mk.II y nº1 Mk.III
La que vemos a la derecha es una pieza
seccionada para mostrar el interior
En 1906 diseñó y patentó una granada de mango provista de una espoleta de impacto  que estaba formada por un cuerpo de latón que contenía los mecanismos y la carga explosiva y por un disco de hierro pre-fragmentado en el exterior tal como vemos en la foto de la derecha. En la misma podemos observar las distintas versiones que se fabricaron de esta peculiar granada, cuyo elemento más llamativo eran las cintas de tela que actuaban como estabilizadores para que cayeran verticales y asegurar así la activación del mecanismo y la explosión. Su peso era de 2 libras (907 gramos) y estaba cargada con ácido pícrico. Su manejo era excesivamente complicado para un campo de batalla donde las fracciones de segundo suponían una vida entera. Para lanzarla había que girar el tapón superior y colocarlo en la posición de fuego. A continuación se tiraba de una lengüeta de cuero que permitiría posteriormente extraer el pasador de seguridad. Luego, sujetando la granada con la mano izquierda, juntar las cintas de tela con la mano derecha. Una vez juntadas las cintas, cambiar la granada de mano. Finalmente, tirar de la lengüeta, extraer y pasador y arrojarla. Como vemos, un poco complicado si uno se veía venir por la trinchera a una caterva de tedescos con los ojos inyectados en sangre y blandiendo sus mazas de trinchera ávidos de vísceras de enemigos. Por cierto que, por meras cuestiones de seguridad, las granadas se empacaban en cajas de 6 unidades con los multiplicadores aparte, y no eran introducidos hasta que llegaba la hora de usarlas por ser extremadamente sensibles. Por cada 6 granadas se servían 10 multiplicadores.

Fuera de la trinchera era el lugar más seguro
para lanzar una de estas granadas. Lo malo es que
si salías de la trinchera te aliñaban sin más
Además, estas granadas no tuvieron especial aceptación desde el primer momento debido a la posibilidad de que un lanzamiento defectuoso o un golpe contra  la contraescarpa de una trinchera al balancear el brazo hacia atrás pudiera hacerla detonar. Teniendo en cuenta que la granada estaba armada desde el mismo instante en que se extraía el pasador de seguridad, la baja por defunción del que la manejaba estaba asegurada. Su mango de 22 pulgadas (55,9 cm.) la hacían poco manejable en el angosto pasillo de las trincheras, por lo que se modificó acortándolo a 8,5 pulgadas (21,6 cm.), pero aún así las tropas se negaban a usar ese chisme. Por otro lado, el Real Laboratorio del Arsenal de Woolwich se comprometió a fabricar un modelo de granada más adecuado y, de paso, así se ahorraban los gastos de derechos de patentes y demás zarandajas. Pero esta granada, que como vemos no tenía nada que ver con las de fusil, fue el germen de la que nuestro hombre patentó dos años más tarde, cuando en un arrebato místico-belicoso o algo por el estilo se le ocurrió pensar qué pasaría si disparaba un fusil con la baqueta dentro del cañón. A mi esa explicación, que la dio tal como la narramos aquí, se me antoja a mero subterfugio para ocultar la verdadera procedencia del invento, pero como no hay constancia de que fuera ningún plagio ni nada similar daremos por bueno que el señor Marten Hale creó la primera granada de fusil del mundo mundial.

La granada, denominada como Nº2 en un verdadero alarde de ingenio de mercadotecnia, en la práctica era similar a su predecesora si bien con dos modificaciones notables: una, la sustitución de los mecanismos y del detonador; y dos, el cambio del mango de madera por una varilla de acero de 10 pulgadas (25,4 cm.) de largo y 7 mm. de diámetro. Como vemos en la figura A, el cuerpo de la granada estaba fabricado con latón, y en su parte inferior tenía roscada la rabera que se introducía en el ánima del cañón previamente impregnada de abundante aceite. Su peso era de una libra (453 gramos) y contenía una carga de tonite, un explosivo compuesto a partes iguales por algodón pólvora y nitrato de bario. Como podemos imaginar, bastaba con cambiarle la rabera metálica por la de madera para volver a tener una granada de mano a pesar de que, como hemos comentado, esa tipología no levantó mucho entusiasmo que digamos. En cuanto al funcionamiento no podía ser más simple. En la figura B podemos ver el interior de la granada con sus mínimos mecanismos, que en sí no consistían más que en un pasador de seguridad, el percutor y el multiplicador. Una vez introducida la rabera en el ánima del cañón se extraía el pasador, se cargaba el fusil con un cartucho de proyección y se disparaba. La granada quedaba armada nada más retirar el pasador, por lo que las posibilidades de que detonase antes de tiempo eran escalofriantemente elevadas. Si no pasaba nada raro, una vez que golpeaba contra el suelo el percutor vencía la resistencia del muelle que lo mantenía lejos del multiplicador y explotaba según vemos en la figura C. El multiplicador llevaba en su base un pistón que, al detonar, transmitía el fogonazo a través de tres orificios que comunicaban con la carga interior a base de fulminato de mercurio. Una vez puesta en el mercado, inicialmente solo logró pedidos de Méjico, que por aquel entonces andaba metido en uno de sus virulentos cambios de impresiones entre los naturales del país.

Foto de Marten Hale el día de las pruebas y que apareció
en The Illustrated London News
En julio de 1908, la Cotton Powder Co. presentó el invento al Ministerio de la Guerra para testarla. Sin embargo, el Jefe de Diseño del Arsenal de Woolwich se llevó las manos a la cabeza ante la pavorosa perspectiva de disparar un arma con el cañón taponado por un objeto extraño, protestando con grande vehemencia y afirmando que "era una locura y una monstruosa audacia" poner en práctica semejante invento. Pero el ciudadano Marten Hale no se cortó un pelo ante el ataque de ira reglamentista del fulano de Woolwich, así que mandó imprimir folletos en cantidad y convocó a la prensa para una demostración en el campo de pruebas de la empresa para dar a conocer al mundo las excelencias del producto. Justo es reconocer que el Jefe de Diseño no andaba muy errado ya que, en efecto, los gases producidos por el cartucho de proyección producían unos picos de presión bestiales ya que los gases retornaban hacia atrás al impactar contra la rabera que, en el modelo de la prueba, se efectuó con un fusil Mauser modelo 95 mejicano, que era de momento la única arma que empleaba la granada. A causa de la presión se producían hernias en el interior del cañón que no eran visibles desde el exterior, lo que podía producir un estallido del mismo o, en el mejor de los casos, una pérdida de precisión abrumadora cuando se usase con munición normal. De ahí que, cuando el personal de las trincheras se dio cuenta del problema, optaran por destinar determinados fusiles solo para lanzar granadas ya que el ánima quedaba arruinada y prácticamente inservible para disparar balas.

Otra imagen de The Illustrated London News en la que aparece Hale a la
derecha empuñando el fusil acompañado de los observadores y periodistas
que asistieron a la demostración
Por otro lado, el citado exceso de presión se traducía en un retroceso brutal que, como posteriormente se vería con la guerra ya empezada, hacía en la práctica inviable disparar este tipo de granadas como no fuese apoyando la culata del fusil contra el suelo o colocando el arma en un soporte adecuado. En todo caso, a pesar de sus esfuerzos para difundir su invento, la cosa es que el ejército británico no se tomó en serio lo de las granadas de fusil, por lo que la Cotton Powder se tuvo que conformar con seguir con su línea comercial de siempre que, poco más tarde, se vio aumentada con bombas para la floreciente arma aérea. Sin embargo, los belicosos tedescos sí habían tomado muy buena nota de la utilidad de este tipo de armas. Eso de lanzar una granada a 150 metros y colarla inopinadamente dentro de una trinchera enemiga les producía sueños húmedos, y más aún el hecho de que con ese tipo de armas una sección de infantería se convertía en una pequeña batería móvil de morteros sumamente eficaz y, sobre todo, extremadamente letal.

Gewerhgranate modelo 1914
Así pues, mientras que los british se dormían en los laureles, los tedescos se ponían manos a la obra con excelentes resultados, de forma que cuando estalló la guerra disponían de dos granadas de fusil, la Gewerhgranate 1913 y la 1914, esta última provista de un sofisticado sistema de armado por inercia que no se activaba hasta que la granada había abandonado el fusil. Ya hemos comentado más de una vez la lamentable escasez de granadas de mano y, por supuesto, de fusil, que padecían los aliados al comienzo de la contienda, y en este caso les cogió literalmente en pelota picada porque no tenían absolutamente nada con qué responder a sus previsores enemigos. Así pues, se tuvieron que meter la honrilla por salva sea la parte y recurrir a Marten Hale para que les suministrase cantidades masivas de granadas con las que suministrar a las tropas del frente, que en los albores del conflicto tenían que recurrir, como ya narramos en su momento, a granadas de auto-construcción a base de latas rellenas de pólvora y porquerías variadas para mitigar la escasez de armas de este tipo. 

Dos tedescos pasan apaciblemente la tarde lanzando
granadas modelo 1914 al enemigo. Provistos de su
soporte para el fusil lo convertían en un mortero de
trinchera en miniatura
Así pues, nada más empezar los tiros el ejército británico envió un pedido a la Cotton Powder para quedarse con todas las existencias disponibles del modelo Nº 2 que apenas seis años antes habían despreciado y vilipendiado, lo que supongo debió producir espasmos de placer vengativo en Marten Hale. De hecho, a pesar de sus más que evidentes defectos en lo tocante a seguridad esta granada estuvo en servicio hasta bien avanzado 1915 porque, entre otras cosas, la Cotton Powder no daba literalmente abasto. Las cifras requeridas eran simplemente abrumadoras. Sirva como ejemplo que, en agosto de 1915, el mariscal French solicitó con extrema urgencia un suministro de 112.000 unidades semanales, pero en octubre apenas habían podido alcanzar las 19.000 a pesar de que se recurrió a sub-contratas con otras empresas como la Ruborite & Ammonal un mes antes. Con todo, un año antes de empezar la guerra Marten Hale había desarrollado un nuevo modelo, el Nº 3, provisto de un sofisticado mecanismo de armado que mejoraba de forma notable la seguridad si bien, como veremos a continuación, su preciso diseño no lo hacía precisamente en el más idóneo para una producción en masa. 

A la derecha podemos ver el aspecto de este modelo, así como sus partes más importantes. Aparte de la rabera metálica, que como en el caso de sus hermanas podía ser sustituida por una de madera para convertirla en una granada de mano, estaba enteramente fabricada de latón salvo la envuelta de hierro pre-fragmentado que envolvía el cuerpo de la granada. Se servía con la rabera de 7 mm. para los fusiles británicos de calibre .303 British o bien de 8 mm. para los Lebel gabachos (Dios maldiga al enano corso). El muelle de retenida que vemos en la parte inferior del cuerpo se encajaba en la abrazadera del extremo de los Enfield, donde iba el punto de mira. Pero si usaban raberas de 8 mm. no se colocaba el citado muelle o clip ya que encajaban de forma muy ajustada en el cañón. Con un peso total de 1 libra y 4  onzas (596 gramos), el explosivo usado podía ser amatol o TNT. Como medidas de seguridad contaba con dos tetones bloqueados por la anilla veleta, una delicada y curiosa pieza formada por un aro en cuyo interior había una sucesión de finas láminas de latón que funcionaban como un molinillo. Cuando la granada salía disparada, la fuerza del aire la hacía girar hacia atrás hasta que se liberaban los tetones, desbloqueando el percutor. En resumen, la granada no se armaba hasta que no había volado unos 10 metros, distancia más que suficiente para que, caso de explotar a destiempo, no alcanzar al soldado que la había lanzado ya que este estaría en la trinchera.

La secuencia de disparo sería como sigue: en la figura A vemos la granada lista para su uso. En rojo vemos el multiplicador, y en amarillo el pistón detonante del mismo. Una vez introducida la rabera en el cañón del fusil se retiraba el pasador de seguridad, se cargaba con un cartucho de protección y se disparaba. En la figura B vemos como la granada acaba de armarse tras salir despedidos los dos tetones de bloqueo al descender la anilla veleta. A partir de ese momento, cualquier cosa con la que choque la hará explotar. Finalmente, en la figura C vemos el instante en que el percutor avanza debido a la inercia del golpe, impactando contra el pistón detonante que inicia el multiplicador. Sin embargo, este sofisticado mecanismo era muy complejo de fabricar ya que bastaba con que el grado de inclinación de las pequeñas láminas de la veleta no fuera el correcto para que esta funcionase mal o, simplemente, no girase. Además, en caso de unas condiciones meteorológicas adversas como un exceso de viento o lluvia podían producir fallos, así como un ambiente polvoriento que pudiese acumular suciedad en esa pieza. En febrero de 1915 se llevaron a cabo una serie de modificaciones para aminorar este riesgo, intentando sobre todo mejorar la aerodinámica del proyectil para facilitar el flujo de aire por la veleta. Estas modificaciones dieron lugar al modelo Mk. II. En total hubo ocho versiones de esta granada que, en realidad, solo suponían pequeños cambios en el diseño o en el tipo de explosivo empleado.

Las granadas se suministraban en cajas de 20 unidades acompañadas de sus correspondientes multiplicadores más 22 cartuchos de proyección. Para preservarlas de la humedad, iban dentro de un envase de hojalata que a su vez era introducido en una caja de madera convencional. En la foto de la derecha podemos ver el aspecto de esta granada montada en un fusil a punto de ser disparada. Se aprecia el clip que la sujeta a la abrazadera del arma. En el detalle de la derecha vemos una curiosa versión desprovista de rabera para ser usada como granada de mano que, en vez del típico mango, consistía en una cuerda para lanzarla volteándola con fuerza. La parte deshilachada era para que actuase como estabilizador y ayudarla a caer de punta. En el detalle de la derecha vemos todas las piezas de que se componía este modelo a falta del multiplicador, que iba dentro del tubo de latón que vemos debajo del cuerpo pre-fragmentado de hierro. Por cierto que, a pesar del enorme consumo que el ejército británico hizo de estas armas, nunca fue oficialmente adoptada como reglamentaria, limitándose a adquirirlas de forma "particular" al fabricante.

Lote de granadas Hale halladas por probos ciudadanos detectoristas, todas
sin estallar. Esto indica que, en efecto, los problemas de armado a causa
de las anillas veletas eran bastante frecuentes
Pero a pesar del amplio uso que se hizo de la Hale, el tema de la seguridad seguía siendo una asignatura pendiente. Otra de las precauciones que había que tener presente antes de introducir el multiplicador era comprobar que el percutor estaba bloqueado ya que se habían dado casos en que los tetones, o no estaban bien colocados o, simplemente, habían olvidado ponerlos. Por ello, antes de nada había que meter un lápiz en el tubo para comprobar que el percutor estaba en su sitio, correctamente bloqueado, y que el espacio libre era el requerido para el multiplicador. De no hacer esta comprobación se tenían todas las papeletas para que la granada, armada desde el instante en que se insertaba el multiplicador, estallase en plena jeta al lanzador antes de salir del cañón , matando tanto a él como a todo el que estuviese cerca.

Así pues, y a la vista de que estas granadas ni tenían un funcionamiento adecuado y, además, eran excesivamente complicadas de fabricar, el ejército encargó a Hale un diseño más racional, que fuese más fácil de producir en masa y, naturalmente, más barato. El resultado fue el modelo Nº 20, puesta en servicio en junio de 1917. En sí, esta granada era básicamente igual que la Nº 3, solo que sin la dichosa anilla veleta que tantos quebraderos de cabeza daba al personal. En su lugar se colocó un simple casquillo de latón que permanecía asegurado mediante un pasador. En la figura A vemos la sección del mismo en color amarillo. Como se puede apreciar, los mecanismos internos son idénticos a los de la Nº3. En la figura B vemos el momento del disparo, en el que debido a la inercia el casquillo retrocede bruscamente, mientras que los tetones de bloqueo son expulsados de sus alojamientos quedando armada la granada. La figura C presenta el momento del impacto, que es igual que en la Nº3.

Aspecto del modelo Nº 20 con
el pasador aún puesto. Una vez
retirado, el casquillo quedaba
libre para armar la granada
Este sistema se mostró mucho más fiable, de modo que cogieron las existencias de la Nº3 y les eliminaron la anilla veleta para sustituirlas por el casquillo. Curiosamente, era un poco más pesada que su antecesora, concretamente en 4 onzas más, por lo que la masa total del arma era de 680 gramos. Solo hubo un problema con este modelo en lo tocante al explosivo ya que, por problemas con el suministro del amatol y el trinitrotolueno prensado que se usaba en el Nº3, no quedó más remedio que recurrir al amonal, un compuesto a base de nitrato de amonio y polvo de aluminio que atacaba al latón con que estaba fabricado el cuerpo de la granada. Esto se podía traducir en problemas en los mecanismos con los consiguientes fallos. El amonal es además un compuesto muy higroscópico, por lo que era habitual en un ambiente extremadamente húmedo como el frente occidental que se dilatase al absorber dicha humedad, lo que se traducía por lo general en deformaciones en el tubo que contenía el percutor y el multiplicador, este último excesivamente sensible en todos los modelos que hemos visto pero que en este, por el problema mencionado con los explosivos de la carga, se mostró con más virulencia. De ahí que se diesen casos de detonaciones fortuitas que causaron más de un disgusto de los gordos. Por ese motivo se creó sobre la marcha un nuevo modelo aún más simplificado en lo tocante a su funcionamiento y con un multiplicador menos sensible para evitar accidentes fatales.

Hablamos del modelo 24, la cual podemos ver en la foto de la derecha. Sus mecanismos y sistema de armado eran básicamente los mismos que en los modelos anteriores, pero a este se le añadió una envuelta interior de papel encerado como la que vemos en el detalle para preservar el latón del cuerpo de la granada de los efectos del amonal. Por otro lado, para simplificar la producción se eliminó el típico cuerpo pre-fragmentado por el que vemos en la foto, limitado a escisiones en sentido transversal. En mayo de 1918 se fabricó una versión aún más simple, la Mk. II, cuyo cuerpo era liso, sin pre-fragmentación de ningún tipo. Este fue el penúltimo modelo de esta extensa familia de granadas que, a pesar de sus dudosos inicios, al cabo del tiempo se convirtió en la piedra angular del arsenal de granadas de fusil de ejército británico ya que se mantuvieron operativas hasta el final de la contienda. El último miembro de la saga fue el modelo Nº 35, muy similar a la Mk. II pero con el cuerpo fabricado de bronce en vez de hierro, quizás para favorecer la fragmentación que, lógicamente, sería más defectuosa en un material más consistente.

A la derecha podemos ver su aspecto, que en poco se diferenciaba de su predecesora. Como salta a la vista, el cuerpo es ligeramente más corto que el de sus hermanas, y el casquillo de bloqueo lleva el pasador de seguridad en las ranuras de deslizamiento en vez de en la parte inferior. Este modelo entró en servicio en mayo de 1918, por lo que su vida operativa apenas duró seis meses. 

En fin, con esto concluimos. Como hemos podido ver, el tema de las granadas de fusil es bastante extenso y no menos apasionante. En sucesivas entradas ya iremos dando cuenta del modelaje de otros países, además del resto del arsenal británico de este tipo de armas. No obstante, conviene aclarar que la más relevantes de todas fueron las diseñadas por el prolífico Marten Hale. Como cierre, a la derecha dejo una imagen de uno de los folletos que en su día fueron publicados para difundir sus diabólicos chismes en lo que fue todo un alarde de ingenio ya que, según era habitual en aquella época, este tipo de productos nunca se aireaban al público en general, sino que todo se cocía en los despachos de los ministerios. Por cierto que en el dibujo se puede apreciar perfectamente la disposición de las aspas del anillo veleta, que en las imágenes anteriores no hemos podido ver con claridad, así como la posición descentrada del pasador de seguridad.

Bueno, hasta aquí hemos llegado por hoy.


lunes, 23 de octubre de 2017

Lanzadores de granadas durante la 1ª Guerra Mundial, 2ª parte


Escuadra de granaderos franceses en plena acción


Poilu a punto de disparar una granada VB con
su Lebel. En la bolsa que le cuelga del pescuezo
lleva más para enviárselas a los tedescos
Prosigamos...

Mientras que los british (Dios maldiga a Nelson) se dedicaban a sus trapicheos con las bocachas lanzagranadas que vimos en la entrada anterior, los gabachos (Dios maldiga al enano corso) hacían lo propio y, las cosas como son, con un modelo tanto de bocacha como de granada más acertado. Al igual que sus aliados, tuvieron sobrados motivos para llevar a cabo el diseño ya que las granadas de fusil con vástago, como ya se comentó en su momento, tenían la irritante tendencia a deteriorar el estriado de las armas, dejándolas inútiles para disparar cartuchería de guerra normal. Así pues, y tras varios intentos fallidos para encontrar algo razonablemente válido, dos civiles dieron con la solución. Los artífices del invento fueron Jean Viven, un industrial dedicado a cuestiones metalúrgicas, y Calix Gustave Bessières, un ingeniero mecánico a los que se debió un diseño que se mantuvo operativo hasta los años 90 en manos de las unidades anti-disturbios para el lanzamiento de gases lacrimógenos y demás porquerías para hacer ver a la ciudadanía cabreada que se está mejor en casa, apalancado en la butaca viendo pelis chulas de guerra.

El invento en cuestión consistía en una bocacha como la que vemos en la foto de la izquierda, provista de un vástago con dos ranuras que era encajado en el cañón del fusil simplemente a presión, por lo que las tolerancias en su fabricación eran mínimas para que no tuviese holguras. Una de las ranuras era para el punto de mira, mientras que la otra era para dar cabida al raíl de engarce de la bayoneta. La banda moleteada era para facilitar la extracción con las manos llenas de mugre, grasa o cualquier porquería resbalosa. Tenía un peso de 1,5 kg. y su diámetro interior era de 5 cm. Junto a la bocacha vemos la funda de cuero donde se guardaba y que se prendía al cinturón del correaje. Se entregaban 16 unidades por compañía con la finalidad de desplegar una gran potencia de fuego tanto a la hora de atacar como de defenderse, pudiendo abarcar un frente de hasta 200 metros con una cadencia de 150 granadas por minuto, lo que suponía una barrera artillera en miniatura sumamente eficaz si era necesario detener en seco el avance del enemigo hacia sus posiciones.

Granada VB
En cuanto a la granada que disparaba, en honor a sus inventores recibió el nombre de Grenade à fusil Viven-Bessières o, simplemente, VB. Contrariamente a las británicas, que eran granadas Mills con un accesorio que permitía su uso en este tipo de lanzador, la VB estaba concebida para ser empleada exclusivamente con su bocacha. Esto, que podría parecer un inconveniente de cara a la logística del ejército, no solo no supuso ningún problema sino que facilitó en gran medida su uso porque no necesitaba cartuchos de proyección ya que era disparada con la munición convencional. De hecho, debido a la tensión del combate más de una vez algún british introdujo un cartucho de guerra en vez de uno de proyección a la hora de lanzar una de sus granadas, con las consecuencias que ya podemos imaginar. Este problema no se podía dar en la VB porque, simplemente, era la bala la que activaba la espoleta. Veamos sus entresijos...



En la figura A tenemos una vista en sección de la granada, por cuyo centro transcurría un orificio por el que pasaba la bala. El tapón marcado en rojo era para llenarla de explosivo. El verde tapaba el alojamiento del multiplicador que hemos marcado en naranja. Para impedir accidentes por golpes o caídas accidentales- recordemos que el fulminato de mercurio era más inestable que la moral de un político reclamado en 37 juzgados por corrupción- encima del tapón llevaba un tope de caucho. El tapón amarillo era el alojamiento de la mecha de retardo de 8 segundos que podía tener una tolerancia de ±1 segundo. Finalmente, en color púrpura vemos el pistón que iniciaba la mecha. El proceso de disparo podemos verlo en las siguientes figuras. En la B vemos como la bala avanza por el orificio central. Los gases que le siguen son los que impulsarán la granada fuera de la bocacha. En la figura C vemos el instante en que la bala empuja el percutor que detona el pistón, iniciando el retardo que, una vez consumido, hará detonar el multiplicador y este a su vez la carga explosiva. Si alguien no acaba de verlo claro, en la foto de la derecha puede que lo aprecie mejor. La flecha roja marca el pistón, mientras que la azul señala el percutor. 

Para evitar posibles accidentes con el multiplicador ya montado en las granadas, estas iban protegidas por una tapa de latón como vemos en la foto de la izquierda. Estas tapas también tenían el orificio para la bala ya que podían dispararse dos a la vez, aumentando así su cadencia de tiro. A la derecha vemos el interior de una de estas granadas que, como se aprecia, estaban divididas mediante acanaladuras en 40 partes para facilitar una fragmentación uniforme. El motivo de hacerlo así en vez de por fuera, como era lo habitual, era impedir fugas de gas entre las acanaladuras, lo que mermaría su alcance. El peso total de la granada era de 490 gramos, y su carga era de 60 gramos de chedita, un explosivo habitual en los proyectiles franceses que debe su nombre a la ciudad de Chedde, una población francesa donde estaba radicada la firma Berges, Corbin & Cie., empresa en la que trabajaba su inventor, E. Street, que lo creó en 1897.

Granadero francés introduciendo una VB en la bocacha
de su fusil. Entre la mano izquierda se adivina el tapón
de otra granada
Su manejo era aún más fácil que el de las granadas británicas. Solo había que introducirlas en la bocacha, cargar el fusil y disparar. No era necesario remover ningún tipo de seguro o activar algún mecanismo. Lógicamente, esto no solo repercutía en la seguridad del hombre que la manipulaba, generalmente sometido a la tensión del combate salvo que las lanzara desde la seguridad de la trinchera, sino que facilitaba enormemente aumentar la cadencia de tiro. Por otro lado, su pequeño tamaño permitía llevar encima una buena cantidad de ellas, de forma que los 16 granaderos por compañía que citamos anteriormente podían desencadenar un verdadero infierno en caso de querer desalojar una trinchera enemiga o de detener un ataque. Cuando ya no era necesario proseguir con los lanzamientos solo había que extraer la bocacha y guardarla en su funda sin necesidad de cambiar de munición ni nada por el estilo. Buena prueba de su eficacia es que se mantuvieron operativas durante todo el conflicto, alcanzando una producción de 50 millones de unidades. Estuvo en servicio hasta aproximadamente 1940.

Su alcance máximo era de unos 190 metros a 45º, disponiendo de un sistema de puntería que podía acoplarse en el lateral izquierdo del fusil, atornillado en el alza. Este chisme, que podemos ver a la izquierda, recibía el nombre de appareil de pointage et de repérage Modèle 1917, que traducido en román paladino viene a significar dispositivo de puntería y marcación modelo 1917. Este aparato estaba graduado desde los 50 a los 85 grados con escalas de 10 metros, lo que permitía cubrir distancias entre los 175 y lo 80 metros. Para disparar se recurría al mismo método explicado en la entrada anterior: bien apoyando la culata en el suelo o bien desde la cadera o el hombro. Aunque el retroceso era muy violento, al parecer no se producían las roturas en los guardamanos frecuentes en los Enfield británicos. 

Para el tiro desde posiciones estáticas se disponía de una base que, lógicamente, permitía una precisión mucho mayor. Como se puede apreciar en el dibujo, en la parte delantera llevaba unas picas para fijar el soporte al terreno e impedir que con el retroceso producido tras cada disparo hubiese que volver a apuntar el arma. En la práctica, estos artefactos convertían un simple fusil en un lanzagranadas a pequeña escala como los que hemos visto en las entradas correspondientes a este tipo de armas y que, aunque con unos efectos muy inferiores como es lógico, no por ello dejaban de ejercer una fuerte presión psicológica en los enemigos a base de someterlos a un machaconeo constante. 

El tiempo de permanencia en el aire, dependiendo del alcance, oscilaba entre los 5 y los 7 segundos según vemos en la tabla de la izquierda. Conviene aclarar que todos los cálculos, tanto para lanzar desde posición estática como a mano, estaban basados en dos factores: el primero era el tipo de munición, en este caso concreto el cartucho con bala tipo D (puntiaguda de cobre macizo y ranura de engarce) y pólvora tipo BN de filiación 3F. El segundo sería la temperatura ya que, a medida que se disparaba, el cañón se calentaba, lo que suponía un aumento de presión que, lógicamente, influía en la potencia del lanzamiento. Es decir, que si se mantenía fuego sostenido habría que ir corrigiendo el tiro a medida que la temperatura del arma fuese ascendiendo.


Por último, comentar que esta bocacha podía disparar también bengalas de señales, con o sin paracaídas, e incluso granadas porta-mensajes como la que vemos en la foto. Este tipo de artilugio, que creo haber comentado en alguna ocasión para otro tipo de arma, venía bastante bien para enviar mensajes a posiciones que, por el motivo que fuese, habían quedado aisladas o bien por haber sufrido alguna interrupción en la línea telefónica. En su interior había un pequeño contenedor que era cerrado con el tapón superior, más una carga fumígena para permitir su localización una vez que caía al suelo. Su alcance máximo era de 350 metros, y para lanzarla era preciso recurrir a un cartucho de proyección como el que vemos en la foto. Las bengalas eran lanzadas también con ese tipo de munición. No obstante, este tipo de granada no fue precisamente exitosa ya que si caía sobre un suelo duro el tapón se partía, perdiendo el mensaje, y si era demasiado blando se enterraba y no quedaba ni rastro de la misma.

Doughboy yankee cargando su Springfield para
disparar una granada. La bocacha que usa es la
original francesa encajada a presión
Debemos añadir que los yankees adoptaron tanto la granada como la bocacha a su llegada a Europa ya que carecían de este tipo de armas, siendo adquiridas 50.000 unidades a las que hubo que modificar las ranuras para adaptar las bocachas a los cañones de los fusiles Springfield mod. 1903. Por cierto que, en un alarde de despiste majestuoso, las granadas fabricadas por los yankees estaban copiadas de las francesas, calibradas como es lógico para el cartucho de 8x50R del Lebel, por lo que el orificio para la bala era demasiado grande para el proyectil de los cartuchos 30-06 del Springfield, lo que dio lugar a no pocos problemas. Total, que tuvieron que desecharlas y fabricarlas de nuevo con las modificaciones pertinentes. Posteriormente se fabricó también una bocacha modificada, la Mk. IV que vemos en el detalle de la foto superior y que, contrariamente al modelo original, tenía un engarce en espiral y un bloqueo mediante dos tornillos que fijaban sólidamente la pieza al cañón del arma. 


Tras el problema surgido con la diferencia de diámetro del orificio para la bala, las granadas que se fabricaron en USA tenían dicho orificio de mayor diámetro que las originales francesas, lo que no acabo de entender porque el 30-06 es de un calibre inferior al 8x50R  del Lebel. Pero, sea como fuere, la cosa es que si se disparaba una VB fabricada en Francia en un Springfield se producían peligrosos picos de presión, por lo que idearon un sistema bastante elemental para que ambas granadas fueran intercambiables. Se limitaron a abrir dos pequeños orificios en la base de la bocacha que facilitaban la salida del excedente de presión. En la foto superior podemos observar uno de ellos dentro del círculo rojo en una vista superior de una bocacha Mk. IV en la que, además, vemos el sistema de fijación mediante tornillos mencionado en el párrafo anterior. Se pueden apreciar junto al punto de mira.

Lebel con su tromblon montado. Tromblon era el nombre que le daba los gabachos a la bocacha. Significa trabuco.
Qué originales, ¿no?

Bien, ya solo nos resta comentar el lanzador empleado por el ejército alemán que estaba claramente inspirado, por no decir casi copiado, del que acabamos de ver. Cabe suponer que los alemanes, que consumían granadas de fusil en cantidades industriales, debieron echarle el guante a un poilu equipado con bocacha y granadas y las fusilaron bonitamente si bien, eso sí, con las mejoras pertinentes, que para eso los tedescos se pintan solos. No obstante, conviene aclarar que, aunque la granada estaba inspirada en el mismo sistema de funcionamiento, contenía algunas mejoras e incluso su forma era diferente. En la foto de la derecha tenemos un grupo de granaderos en una posición estática pasando el rato lanzando granadas modelo 1914, de las que ya hablaremos en su momento y que, como ocurría con las demás granadas provistas de vástago, dejaban las ánimas de los cañones listas de papeles en menos que canta un gallo. De ahí, lógicamente, su interés por copiar la VB de los gabachos.

La bocacha, como vemos, era muy similar salvo con dos diferencias. Una, que su interior tenía 6 centímetros de diámetro, o sea, era un centímetro más gruesa que la francesa. Y dos, la más importante, es el disco de fijación de que iba provista. Este era básicamente una tuerca moleteada cuya finalidad era bloquear mediante presión la bocacha al cañón del fusil y que, al contrario que su homóloga, tenía solo una ranura para dar cabida al punto de mira ya que el encastre de la bayoneta quedaba demasiado atrás. Por lo demás, su cometido era exactamente el mismo: servir de lanzador a la granada. En cuanto a su denominación oficial era Schießbecher, que podríamos traducir como copa de disparo.

Gewher 98 con la bocacha montada


En cuanto a la granada se trataba de la Gewehrgranate 17, o sea, granada para fusil modelo 1917, año en que entró en servicio este chisme. A la derecha podemos verla y, por su aspecto, los aliados las llamaban ink pot, tintero, y ciertamente no andaban muy descaminados. Como salta a la vista, su apariencia no se asemeja en nada a la VB salvo por el orificio central y en que, aunque no salga en la foto, también estaba pre-fragmentada interiormente. Por lo demás, la ausencia de mecanismos en la parte exterior de la granada le permitía prescindir de dispositivos de seguridad para su transporte, como ocurría con la granada francesa. Veamos el interior...



Aspecto de la granada desmontada antes de proceder a su
carga. El alojamiento para el retardo y el multiplicador
estaba en la parte superior si bien en el ejemplar de la
foto ha desaparecido. Dicho alojamiento estaba conectado
con el orificio que se ve en un lado del tubo central
Esta granada carecía de tapón de llenado para el explosivo. Al estar fabricada en dos partes, que hemos señalado con una raya púrpura, se introducía la carga, en la mitad inferior y la mecha y el multiplicador en la superior para, a continuación, sellar ambas partes. En la figura A vemos la granada ya cargada y con sus accesorios. En rojo tenemos el tapón por donde se introducía el pistón (en amarillo) que iniciaba la mecha, lo que permitía manipular las granadas sin riesgo hasta que dicho pistón era introducido ya en el frente. En naranja tenemos el multiplicador y en verde la mecha de retardo de 5 segundos. En la figura B ya vemos como la bala avanza por el orificio central mientras que los gases de la pólvora empujan la granada fuera de la bocacha, de la misma forma que ocurría con la VB. Finalmente, en la figura C vemos como la bala, antes de abandonar la granada, impacta contra el pistón, haciendo que este inflame la mecha.

Aspecto de la bocacha montada en el fusil y con una granada lista para
ser lanzada
El peso de la granada era de 440 gramos, y la carga de 36 gramos de trinitrotolueno, un explosivo obtenido mediante la mezcla en caliente de tolueno con nitrato y ácido sulfúrico. Es lo que en España conocemos como trilita. Es un explosivo muy estable y, muy importante en este caso, no explotaba si por accidente la bala golpeaba y/o penetraba en la granada. El alcance oscilaba por los 180 metros, más o menos similar a las de sus adversarios.

Inicialmente se distribuyeron cuatro bocachas por compañía, número que se duplicó a partir de 1918. En lo referente a sus efectos, alcances y demás podemos remitirnos a todo lo detallado en las VB. Y, faltaría más, también disponían de una base para fijar el fusil en una posición estática, pero hecho en plan germano, o sea, una virguería absoluta. Ese trasto lo introdujeron en 1915 para disparar granadas de fusil convencionales y, lógicamente, también sirvió para el modelo que nos ocupa. Como vemos, disponía de regulación vertical y horizontal, y hasta de un muelle helicoidal para que el retroceso no afectase a la culata. La base consistía en una pesada plancha metálica para darle estabilidad al conjunto. En fin, una chulada tedesca. 


Miembros de la UIP en acción con un par de escopetas provistas de
bocachas. A la izquierda vemos los cartuchos de proyección de las mismas
Puede que durante la lectura de estas dos entradas a alguno que otro se le hayan venido a la mente las escenas en que las unidades de anti-disturbios se ven obligadas a disolver manifestaciones formadas por ciudadanos irritados por algún motivo o, simplemente, por los cafres esos que no es que protesten por alguna medida injusta, sino que están contra el mundo entero y tienen como oficio producir el caos, atemorizar a la gente y destrozar mobiliario urbano. Las bocachas que usan para lanzar botes de humo, de gas CS o esas pelotas que están duras como un cuerno son herederas directas de las que acabamos de ver y funcionan exactamente igual, así que ya vemos que, a pesar de que ha transcurrido un siglo desde su invención, la vigencia del diseño se mantiene y así seguirá durante muchos años salvo que la paz reine en el mundo, cosa que dudo. Bueno, no nos engañemos, no lo dudo, estoy totalmente convencido de que eso no ocurrirá mientras haya dos humanos vivos. Cuando quede nada más que uno por fin habrá paz porque entonces ya solo podrá pelearse consigo mismo, y eso es bastante aburrido.

Bueno, con esto concluimos. Supongo que después de estas dos enjundiosas entradas podrán vuecedes chafar al cuñado más empollado en este tema, así que podrán humillarlo de forma inmisericorde hasta dejarlo transido de amargura. 

En fin, ya hablaremos otro día de las granadas de fusil para completar esta interesante temática.


Foto obviamente destinada a la propaganda que muestra una ametralladora Maxim MG 08/15, un fusil con su
bocacha y hasta una P08 que empuña el fulano del extremo izquierdo, más la Mauser C96 del sargento de la derecha.
Todo un arsenal para mandar la foto a casa y poner a la familia contentita

domingo, 22 de octubre de 2017

Lanzadores de granadas durante la 1ª Guerra Mundial, 1ª parte


Soldado perteneciente a un regimiento escocés haciendo sus pinitos con un fusil equipado con lanzador de granadas


Abnegada operaria de una fábrica de municiones británica repasando
un lote de granadas Mills
Una de las principales protagonistas de la guerra de trincheras fueron las granadas de mano. Millones y millones de estas pequeñas pero mortíferas armas fueron arrojadas por todos los bandos en liza para hacerse la puñeta a base de bien. Servían para todo: matar o herir a los atacantes que se aproximaban a una posición, limpiar trincheras cuando los atacantes lograban aproximarse a las mismas, fabricar trampas explosivas o destruir posiciones fortificadas introduciéndolas por las troneras. Eran baratas, cada soldado podía transportar varias de ellas- los british podían llevar hasta dos docenas sin problema-, y en las trincheras había millares disponibles para echarles mano si las cosas se ponían chungas. Su capacidad letal no era desdeñable ya que una granada defensiva podía tener un radio de acción de varias decenas de metros, hiriendo a todo aquel que no se arrojase al suelo lo suficientemente rápido como para que el cono de metralla le pasase por encima.

Sin embargo, las granadas tenían una limitación, que no era otra que el alcance ya que este dependía de la fuerza y la destreza del que las arrojaba y que, en el mejor de los casos, no solía superar los 35 metros. De ahí que, ya desde mucho tiempo antes del estallido de la Gran Guerra, se idease una eficaz forma de lanzar granadas a muchísima más distancia y sin acabar con el brazo molido. Hablamos de los morteros de mano, que es como se conocían en aquella época. Como su nombre indica, eran morteros en miniatura acoplados, por decirlo de algún modo, a una culata de mosquete. En la foto superior podemos ver un fotograma de la aclamada cinta "El último mohicano" en la que vemos a un soldado junto al irritable y encoñado mayor Duncan Heyward sujetando una de estas armas durante el asedio que los gabachos (Dios maldiga al enano corso) mantienen contra el fuerte Edward. En el detalle podemos ver algunos de estos rechonchos morteros que, a partir del siglo XVI, ya estaban dando guerra. De arriba abajo tenemos uno de mecha, uno con llave de rueda y uno con llave de chispa. 

Su funcionamiento era similar al de sus mastodónticos hermanos mayores. Se introducía la carga adecuada en la recámara, se atacaba, se cebaba y, a continuación, se cargaba la granada, que en aquella época contenían como carga explosiva pólvora negra. Al disparar, la deflagración prendía la mecha de dicha granada, que estaría calculada con la longitud necesaria para estallar una vez tocase el suelo o, por el contrario, para que explotase en el aire de forma que alcanzase a todo aquel que pretendiera protegerse tirándose al suelo o metiéndose en una trinchera. La foto de la derecha nos muestra a un probo ciudadano recreacionista asombrando a propios y extraños con su mortero de mano que, como vemos, no lo apoya en el hombro porque el retroceso de estas armas era bastante brusco por no decir brutal, y no por la carga de proyección, sino por la elevada masa del proyectil, en este caso una granada de hierro colado que pesaría más de un kilo.  La trayectoria parabólica que trazaban las granadas disparadas con este tipo de armas permitía alcanzar el interior de las trincheras de aproximación durante los asedios, que era el contexto ideal para sacar el máximo rendimiento a los morteros de mano. Obviamente, estas trincheras estaban totalmente fuera del alcance de un granadero, por lo que ya vemos que la necesidad fue la que obligó a idear un tipo de arma capaz de poner una granada mucho más allá de donde llegaba un hombre.

Baden-Powell sentado, en el centro de la imagen, junto con la oficialidad
de la guarnición de Mafeking durante el asedio
Bien, a lo largo del tiempo, la morfología de estos chismes permaneció inalterable, cambiando solo el sistema de disparo hasta que la llegada de las armas de retrocarga obligó a reinventarlas, y esta vez no como un mortero de mano, sino como un lanzador de granadas porque la aparición de los explosivos permitió reducir de forma notable el tamaño de las granadas, y no solo sin ver mermada su potencia, sino aumentándola de forma dramática ya que bastaban unos pocos gramos de cualquier explosivo para hacer mucho más daño que una cantidad muy superior de la pólvora negra de antaño. Lo que conocemos actualmente como una granada de mano hizo su aparición durante la 2ª Guerra Anglo-Bóer y, como suele pasar muchas veces, en forma de arma de circunstancias. Fue concretamente en el asedio al que los bóeres sometieron a Mafeking, una población situada al NO de Sudáfrica, desde octubre de 1899 a mayo de 1900. La ínfima guarnición británica al mando del coronel Robert Baden-Powell (sí, el fundador de los Boy Scouts), de apenas 1.500 hombres, llevaron a cabo multitud de ardides ideados por su comandante para hacer creer a los bóeres que eran el ciento y la madre y, además, que estaban magníficamente armados. Una de dichas tretas consistió en lanzar contra los sitiadores latas llenas de dinamita que, al estallar, convertían el envase en mortífera metralla. 

Tedesco manejando una ballesta lanzagranadas
Así pues, y siendo la bomba de mano una de las armas más indicadas cuando hay trincheras de por medio, es más que evidente que el estallido de la Gran Guerra fue el sitio ideal para hacer un uso masivo de ellas. En entradas anteriores ya hemos visto algunos de los ingenios a los que recurrían ambos bandos para poder alcanzar las trincheras enemigas, situadas a decenas de metros en muchas ocasiones, dando lugar a verdaderos duelos en forma de bombardeos mutuos a base de granadas que, a lo tonto a lo tonto, provocaban no pocas bajas. Pero estos artefactos, sacados prácticamente todos del medioevo y que iban desde tirachinas gigantes a catapultas como las que se empleaban en los asedios en la Edad Media, por su tamaño, peso y manejabilidad solo podían ser empleados desde la seguridad de las trincheras, así que hubo que idear un método para lanzar granadas en cualquier sitio y sin tener que ir cargando con trastos pseudo-medievales. Qué mejor que resucitar los añejos morteros de mano, ¿no?

Pero, ojo, antes de proseguir conviene hacer una aclaración por si alguien aún no ha caído en la cuenta. No estamos hablando de las granadas de fusil, sino de dispositivos que, adaptados a los fusiles, permitían lanzar una granada de mano convencional o bien un modelo diseñado para dicho dispositivo. O sea, que sin ese complemento no era posible arrojar nada. En cuanto a las granadas de fusil convencionales, de esas ya hablaremos otro día porque eran unos artefactos que, aunque similares en su concepción y empleo táctico, tenían una serie de diferencias notables tanto en su forma como en su funcionamiento, principalmente en el hecho de que no precisaban de ningún tipo de accesorio para ser disparadas. Y dicho esto, prosigamos.

SMLE Nº 1 Mk. III completo y con el despiece. En él podemos apreciar el
cargador separable si bien la tropa no llevaba la munición en cargadores,
sino en peines de 5 cartuchos, requiriendo dos para llenarlo. También
podía extraerse y llenarlo manualmente cartucho a cartucho como cualquier
cargador moderno
Los british (Dios maldiga a Nelson) introdujeron en 1916 un accesorio lanzador para el Enfield Nº 1 Mk III reglamentario. Pero, antes de nada, quiero aclarar un detalle que ha llevado a muchos a un error muy habitual debido a una mala traducción y en el que han caído hasta los de la controvertida Wikipedia esa. La denominación que ha llegado a nosotros de estos fusiles era con las siglas SMLE, o sea, Short Magazine Lee Enfield que, como he dicho, traducen como Lee Enfield de Cargador Corto. Bueno, de corto nada. De hecho, su capacidad era de 10 cartuchos nada menos.  Y el error radica en que dichas siglas son válidas dando por hecho la ausencia de una palabra y una coma que dejó de emplearse. Su nombre era en realidad The Short, Magazine Lee Enfield Rifle, que si lo traducimos correctamente sería rifle corto con cargador Lee-Enfield. En definitiva, lo que en español conocemos como un mosquetón. Así que ya saben, cuando se hable de un SMLE, sea del modelo que sea, lo de short hace referencia al largo del arma, y magazine al tipo de cargador que emplea.

Bueno, aclarado esto, prosigamos con los lanzadores que usaba. El primero consistía en una rudimentaria bocacha denominada oficialmente como Nº1 Mk. I Grenade Cup. Consistía en un simple armazón de chapa que se acoplaba en el engarce de la bayoneta y que para bloquearlo requería armar la misma ya que, de lo contrario, saldría disparado junto a la granada. Su funcionamiento no podía ser más simple. Una vez montada la bocacha se introducía una granada Mills Nº23 Mk I, una variante del modelo anterior, la Nº 5 Mk. I, a la que, entre otras modificaciones, se le había añadido una espiga de 14 centímetros roscada en la base y que debía entrar en el cañón para quedar correctamente alineada ya que la bocacha lo único que hacía era sujetar la palanca.  


En la foto de la izquierda vemos el instante en se introduce la espiga de la granada por la boca del cañón, tras lo cual se retirará la anilla, quedando así lista para ser lanzada. Esta granada tenía un peso de 770 gramos incluyendo una carga por lo general de amonal, un potente explosivo compuesto de ácido pícrico, trinitrotolueno, nitrato de amonio, carbón y polvo de aluminio empleado como potenciador. También se usaba amatol, alumatol o abelita. El detonador consistía en un tubo de cobre conteniendo 25 gramos de fulminato de mercurio que, como ya se ha explicado en alguna que otra ocasión, era el compuesto habitual en los multiplicadores y detonadores de la época.

Una vez preparada la granada en la bocacha se disparaba con un cartucho de proyección que, en función del ángulo que se diera al fusil, oscilaba entre los 70 y los 180 metros aproximadamente. Cuando la granada abandonaba la bocacha la palanca salía despedida, activándose un retardo de 5 segundos. En la foto de la derecha podemos ver la bocacha vacía y con su granada dispuesta para ser lanzada, apreciándose el vástago introducido en el cañón. Este sistema deterioraba el estriado con bastante rapidez, por lo que era habitual que los fusiles con las ánimas dañadas fuesen reservados exclusivamente para el lanzamiento de granadas ya que este problema no mermaba la precisión del lanzamiento, que dependía más que nada del buen ojo del que manejaba el arma. Con todo, su producción se mantuvo hasta marzo de 1918, alcanzando un total de 30 millones de unidades. Esto nos puede dar una idea de la ingente cantidad de granadas de todo tipo que se usaron durante el conflicto, pudiendo hablar decenas y decenas y más decenas de millones.

No obstante, y a la vista de que el sistema de la granada con vástago era tan nocivo para los cañones, se diseñó un nuevo tipo de bocacha que permitía prescindir de dicha granada denominado como Cup Grenade Launcher. Se trataba de un dispositivo de pinza que permitía anclarlo mediante dos uñas en los laterales del punto de mira, tal como vemos en la foto de la derecha. Obviamente, este sistema no requería el uso de la bayoneta para fijarlo. La granada que usaba era otra variante de la Mills, en este caso la Nº 36, un modelo que entró en servicio en mayo de 1918. Hay que aclarar que esta granada no era un modelo específicamente diseñado para esta bocacha, sino que era una bomba de mano convencional a la que simplemente se atornillaba un disco metálico en la base para que sirviese como granada de fusil. Este modelo en concreto estuvo en activo hasta nada menos que los años 70. Por lo demás, su funcionamiento era similar: un cartucho de proyección impulsaba la granada que, al salir de la bocacha, se desprendía de la palanca, activando un retardo de 7 segundos. El detonador era similar al modelo anterior, un tubo de cobre con 25 gramos de fulminato de mercurio y, a modo de dato curioso, estas cabronas se fragmentaban en unas 500 partes cuando detonaban, así que ya podemos hacernos una idea del estado en que quedaría cualquiera que fuese alcanzado de lleno por la explosión.

Pero lo verdaderamente importante de esta bocacha era que tenía capacidad para regular el alcance manteniendo el fusil en la misma posición y con el mismo ángulo, en este caso de 45º para tener una referencia fija. Observemos la foto de la derecha y podremos ver como en la base tiene una abertura deslizable que se ajustaba mediante un tornillo. Pues en función del grado de apertura el alcance variaba debido a la pérdida de gases producidos por el disparo del cartucho de proyección. Con la ventana totalmente cerrada se obtenía el máximo alcance, 200 yardas (183 mts.) según los manuales de la época. Con una apertura de una cuarta parte, 170 yardas (155 mts.), con media apertura, 140 yardas (128 mts.), con tres cuartos de apertura 110 yardas (100 mts.), y con la ventana totalmente abierta 80 yardas (73 metros).

Esta bocacha se transportaba en su correspondiente bolsa de lona colgada de una de las trinchas del correaje para hacer uso de ella cuando fuese necesario. Solo había que ajustarla al punto de mira y presionar hasta que las uñas de la pinza la bloqueasen. Pero a pesar de lo práctico y eficiente de ambos métodos, estos sistemas de lanzamiento tenían en común un defecto, y era el violento retroceso al que se veían sometidos los fusiles ya que, para obtener un alcance adecuado, había que recurrir a elevadas cargas de cordita o balistita. La cordita era un propelente muy habitual en la munición británica. Fue inventada por sir Frederick Abel y estaba compuesta por 55 partes de nitroglicerina, 37 de algodón pólvora y 5 de vaselina, todo ello mezclado con acetona para endurecerla. La balistita fue inventada por Nobel en 1888, y estaba compuesta de algodón pólvora mezclado con alcanfor o vaselina. Y si a dicha carga de propelente añadimos el peso de la granada tenemos un retroceso tan fuerte que no era raro que la madera saltase hecha pedazos o, cuanto menos, sufriera fisuras más o menos grandes.



Por ese motivo y para evitar sustos se recurría a una solución un tanto rudimentaria, pero que al menos era eficaz. Como vemos en la foto superior, se envolvía con alambre de cobre o acero tanto el guardamanos a la altura de la recámara como en el último tercio de la caña. Dicha envoltura, extremadamente densa, estaba soldada en ambos extremos para impedir que se soltase. En el detalle podemos ver un paquete de 13 cartuchos de proyección con una carga de 43 grains de cordita, y junto al mismo un cartucho que, como se puede ver, tenía la boca crimpada. O sea, no era como los típicos cartuchos de fogueo de la época provistos de una bala de madera. Por lo demás, añadir que como accesorio disponían de un soporte a modo de trípode como el que vemos en la foto y destinado al lanzamiento desde posiciones estáticas, tanto de granadas de fusil convencionales como las que acabamos de ver. Su utilidad era evidente ya que, una vez calculado el ángulo de inclinación correcto, un par de hombres podían pasarse horas y horas lanzando granadas sobre un sector de trinchera enemiga hasta lograr que el enemigo se rindiera a cambio de 25 kilos de aspirinas para aliviarse el dolor de cabeza producido por tanta explosión. 

Por último, a la izquierda vemos las distintas posiciones de disparo. En la foto A se muestra la posición de rodilla en tierra para el lanzador Nº 1 Mk. I. Apoyando el codo en la rodilla se tenía una referencia muy aproximada del ángulo adecuado que, recordémoslo, debía ser de 45º. En la foto B aparece el granadero disparando de pie. De esta forma se podía incluso efectuar un disparo directo contra un determinado objetivo situado a corta distancia si bien al disparar con el arma apoyada en el hombro el retroceso era muy molesto. En la foto C aparece el tirador con la bocacha para la Mills Nº 36, también rodilla en tierra pero con el fusil apoyado en el suelo al revés, o sea, con el guardamonte mirando hacia arriba. Al parecer, se recomendaba esta posición para que la mano no tuviese que sujetar la garganta del fusil por si le daba por romperse, lo que también era menos probable en esa posición ya que la culata resbalaría en el suelo y no absorbería todo el retroceso que como vemos en la foto A. La mano izquierda lo sujetaría por la zona alambrada que vimos anteriormente. Finalmente, en la foto D tenemos una posición de tiro semi-recostado. En ambos casos se recomendaba mantener la cabeza lo más alejada posible del arma, por lo que podemos suponer que más de uno se fue a su casa con varios cachos de culata incrustados en la jeta.

Bueno, por hoy ya vale. En la próxima entrada hablaremos de los lanzadores de tedescos y gabachos, que también tenían unos modelos muy chulos.

Hale, he dicho

Segunda parte de esta entrada pinchando aquí

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Gabacho fastidiando al vecindario en el sector de Champagne en septiembre de 1916. La foto muestra el momento en
que introduce una granada en la bocacha de su Lebel, cuyo cerrojo permanece abierto a la espera de ser cargado con
el cartucho de proyección. De estos detestables herederos del enano corso ya hablaremos en la siguiente entrada