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martes, 1 de noviembre de 2016

El ejército visigodo


Batalla de Vouille, en 507, en la que el rey franco Clodoveo
derrotó y mató al visigodo Alarico II. El resultado de esta
batalla fue clave para el desplazamiento de los visigodos
hacia la Hispania y, por ende, la creación del reino de Toledo
No hace mucho se publicaron dos entradas acerca del armamento empleado por los visigodos que dominaron la Hispania tras la caída del Imperio, concretamente sobre las armas enastadas y las hachas. Pero antes de proseguir con el estudio de los útiles destinados a masacrar bonitamente a sus enemigos conviene ponernos al tanto de como era su organización militar, tema este que suele ser uno de los grandes desconocidos del personal ya que, mientras que los romanos dejaron un completo y extensísimo legado en lo referente a su estructura militar, estos bárbaros no se distinguieron precisamente por su afán informativo. Así pues y sin más dilación vamos al grano.

Guerrero visigodo
Para comprender la estructura militar de los visigodos debemos remontarnos a los tiempos en que aún andaban a la gresca con sus otrora acérrimos enemigos, los romanos. Entre los pueblos germánicos no existía nada parecido a la compleja organización de las legiones. De hecho, carecían de cualquier tipo de ejército permanente, o siquiera algo similar a una milicia que pudiera intervenir de forma inmediata en caso de necesidad mientras que los hombres útiles acudían a la llamada de las armas. O sea, que seguían el típico sistema tribal mediante el cual los hombres unidos por lazos de sangre, amistad o fidelidad hacia un líder, caudillo o como queramos llamarlo, se juntaban formando una tropa más o menos numerosa en base al nivel de poder o influencia de dicho líder. Es lo que se conocía como SIPPE, que sería lo más parecido a lo que entendemos por un clan: personas unidas bajo un patriarca y relacionados unos con otros por su parentesco con el mismo, siguiendo siempre la línea paterna. En la SIPPE estarían también incluidos los siervos de su casa que, al cabo, le debían fidelidad como si de un pariente se tratase.

Caudillo visigodo
Con el paso del tiempo, la SIPPE dio paso a pequeños ejércitos privados bajo el mando de un magnate, los cuales podían actuar por cuenta propia o unidos con otras mesnadas para formar un ejército de más envergadura reunido mediante una alianza para hacer frente a un enemigo común. Salvo el mandamás, no había lo que se entiende como una estructura de mando sobre unidades de efectivos, sino que un grupo de guerreros de más prestigio decidía en consejo de guerra previo a la batalla quiénes ostentarían el mando de los diversos grupos de combatientes en función de su armamento, pero nada más. Como es lógico, un ejército semejante poco podía hacer en campo abierto contra la más perfecta máquina militar de su tiempo, así que optaban por lo que les resultaba más factible: emboscadas y hostigamiento, pero poco más. Solo cuando las legiones romanas entraron en franca decadencia fue cuando los germanos pudieron de verdad enfrentarse a ellos con posibilidades de éxito, como así fue.

Saqueo de Roma a manos del rey Alarico. Esta acción fue
consecuencia del incumplimiento por parte de los romanos
del FOEDVS firmado con el monarca visigodo
Hacia el siglo IV, cuando los pueblos germanos y Roma se federan unos con otros por la evidente debilidad de esta última, es cuando sus belicosos vecinos empezaron a adoptar en ciertos aspectos algo similar a la organización de las legiones si bien nunca llegaron a tener ejércitos permanentes de semejante tamaño. Esta federación o FŒDVS firmada por los emperadores y los caudillos godos supuso la integración de estos en la nobleza romana, así como la de sus tropas en la estructura militar imperial. Esto no solo proporcionará a los jefes tribales germanos un gran prestigio personal, sino un considerable aumento de sus riquezas que, a su vez, les permitió ver aumentados los efectivos de sus ejércitos personales y, por ende, su poder. De ese modo, los que antaño fueron simples cabecillas al mando de pequeños grupos armados unidos solo por vínculos familiares se vieron formando parte de la aristocracia al mismo nivel que los OPTIMATES romanos que, desde hacía siglos, dominaban el mundo. Así pues, tras su integración en el ejército romano, estos caudillos godos pasaron a formar parte de la élite militar que ostentaba el mando de las tropas.

Tropas visigodas. La caballería tuvo especial importancia
en el ejército visigodo ya que estaba basado principalmente
en la capacidad de maniobra
Bien, este sería el embrión de lo que posteriormente se convertiría en el ejército visigodo, que a partir del siglo IV ya había empezado a estructurarse de una forma racional copiada, naturalmente, de los romanos. De ese modo, adoptaron un sistema decimal dividiendo las tropas en DECANIA, CENTENAS y MILLENAS bajo el mando de DECANVS, CENTENARIVS y MILLENARIVS siguiendo un esquema tardío bajo-imperial si bien, al parecer, el número de efectivos no tenía que ser necesariamente de diez, cien o mil hombres; de hecho, incluso hoy día hay siempre diferencias entre la cantidad teórica de hombres que componen una unidad y los que en realidad forman parte de la misma. Hacia el siglo VI surgió otro tipo de unidad, la QVINGENTENA, en teoría nutrida por 500 hombres al mando de un QVINGENTENARIO, sin que tengamos noticia de los motivos por los que se formó esta nueva partición si bien es posible que se debiera a la disminución de los efectivos de determinados OPTIMATES y optaran por la eliminación de las MILLENAS o bien por la sustitución de estas por una unidad menor.

Aspecto de un rey visigodo según
la Crónica Albeldense,
concretamente el rey Égica
Pero, por otro lado, hay constancia de que ya en el siglo V los ejércitos visigodos no solo se nutrían de hombres libres conforme a las costumbres ancestrales de los germanos, sino también de siervos o esclavos, procedentes casi con certeza de prisioneros de guerra y libertos, estos últimos unidos por evidentes lazos de lealtad a sus antiguos amos. Estas tropas eran conocidas como THIUFA, palabro derivado del término THIUS, que significa siervo o esclavo. Estos estaban bajo el mando de un THIUFADO que, al parecer, era un funcionario que dependía directamente del monarca el cual le encargaba del reclutamiento y la dirección de estas tropas, lo que supondría disponer de una unidad ligada al rey por lazos de fidelidad, cosa que nunca estaba de más en una sociedad en la que la lealtad se debía al señor natural y no a la corona.

En cuanto a la estructura general del ejército, no hay unanimidad al respecto. Unos autores afirman que se dividía en dos partes: el EXERCITVS, nutrido por las mesnadas de los OPTIMATES y que constituían, por así decirlo, el núcleo de un ejército profesional permanente y, por otro lado, el HOSTIS, formado por las tropas procedentes de las levas organizadas en caso de guerra. Según otros, el ejército visigodo tenía una estructura más simple basada en la THIUFA por un lado y las guarniciones de las ciudades por otro, por lo que la THIUFA formaría una especie de pequeño ejército permanente que dependía directamente del rey. En cualquier caso, el verdadero núcleo del ejército lo seguían formando las comitivas o ejércitos privados de los OPTIMATES cuya lealtad a la corona, las cosas como son, tenía menos solidez que la palabra de un político a la vista de como acabaron más de la mitad de los reyes visigodos. Estas comitivas perduraron hasta el final de la monarquía visigoda, y para su formación cada noble recurría a la mitad de sus siervos entre los 20 y los 50 años, dejando a los otros en sus dominios para que no faltaran hombres que cuidaran de los ganados y las labores del campo. Esta costumbre ya venía de muy antiguo entre los germanos a fin de no descuidar los medios de subsistencia mientras duraba la guerra.

Recaredo en plena conversión al catolicismo, lo que permitió
dejar atrás muchos de los prejuicios de los visigodos hacia
los hispano-romanos naturales de Hispania
Restarían por mencionar los gardingos, rango u oficio sobre el que aún hay menos unanimidad en lo referente a su origen y cometido. Hay opiniones diversas y demasiado enjundiosas para tratarlas a fondo en este espacio tan reducido, así que nos limitaremos a comentar que, básicamente, podrían ser una serie de miembros de la nobleza destinados a formar parte del séquito real que, al mismo tiempo, podrían desempeñar algún tipo de cargo de tipo civil y, llegado el caso, militar en sus respectivas circunscripciones y siempre bajo el control de los DVCES y los COMITES. Otros autores afirman que eran simples funcionarios palaciegos mientras que otros sugieren que podría tratarse de un mero rango o dignidad sin más cometido que hacer la pelota al soberano. En todo caso, lo que sí parece más seguro es que, tras la consolidación de la monarquía visigoda, los gardingos dejaron de ser una figura palaciega para convertirse en una especie de élite que acudía a la llamada regia en caso de guerra para combatir junto al monarca, y a cambio de sus servicios recibiría un feudo de la misma forma que los BVCELARII romanos de las postrimerías del Imperio. Gracias a estos feudos algunos gardingos pudieron ascender en la escala social y llegar a convertirse en nobles, adquiriendo los anhelados rangos de DUX o de COMES. Ojo, no debemos confundir los gardingos con los FIDELES REGIS, una selecta tropa de cien hombres que eran la guardia personal del rey durante la batalla.

Estructura territorial del reino visigodo. Cada provincia se
dividía a su vez en varios CONVENTVS, algo similar a
los actuales partidos judiciales
Bien, esta sería grosso modo la estructura de los ejércitos visigodos de la Hispania. Durante la permanencia de estos belicosos sujetos en la península fue habitual el llamamiento a las armas anual, o sea, que se reunía a las tropas por norma todos los años para llevar a cabo las campañas que el rey estimaba oportunas, generalmente para meter en cintura a vasallos rebeldes o para hacer alguna visita a algún reino vecino. En esos casos se recurría a la REGALIS ORDINATIO, una leva a la que debían acudir todos los OPTIMATES con sus respectivas mesnadas durante el TEMPORE EXERCITVS, o sea, el tiempo que durase la campaña que, por lo general, solía extenderse desde la llegada del buen tiempo en primavera hasta finales del otoño. Conforme a su costumbre ancestral, lo habitual era que el mismo rey se pusiera al frente de su ejército si bien podía delegar en la figura de un DUX EXERCITVS o un COMES EXERCITVS. Estos, caso de ser el monarca el que acaudillase la hueste, le acompañarían como consejeros militares. En caso de que el territorio fuese invadido por una fuerza hostil o estallase una revuelta, el encargado de la defensa sería el DUX de la provincia afectada, el cual tenía potestad para llamar a las armas sin tener que esperar a que el rey dictase la REGALIS ORDINATIO. En estas ocasiones estaban obligados a acudir todos los hombres que viviesen en un radio de 100 millas de donde tenía lugar la agresión o la asonada. No obstante, cabe suponer que se recurría ante todo a los componentes de las guarniciones de las ciudades cercanas por ser tropas profesionales que, además, estaban siempre disponibles, lo que no ocurría con las comitivas de los OPTIMATES. Estas tropas dependían de los COMITES CIVITATIS que, a su vez, estaban bajo el mando del DUX PROVINCIÆ.

Coronación del rey Wamba. Al parecer, fue bajo este monarca
cuando se admitió a los hispano-romanos formar parte
del ejército. Un poco tarde, me temo
En fin, así era el ejército de los visigodos que, por cierto, también acabó nutriéndose de los nativos hispano-romanos a pesar de que, originariamente, se mostraban bastante negados a admitirlos entre las tropas entre otras causas por cuestiones religiosas: los visigodos fueron arrianos hasta tiempos del rey Recaredo, mientras que los hispano-romanos eran católicos. Este desinterés por integrarse con los naturales de la Hispania fue quizás una de las causas por las que los moros se adentraron tan rápidamente en la Península. Una gente que tras más de doscientos años de presencia visigoda en su tierra los seguía viendo como una élite dominante, no iban precisamente a partirse la boca por defenderlos, así que tampoco les importaría mucho ver como les pisaban el pescuezo.


Miniatura medieval que representa a Pelagio
como rey astur
Por último, una mera reflexión. Como todos sabemos, el primer núcleo de resistencia ante el avance moro fue liderado por Pelagio o Pelayo, el noble visigodo que inició la Reconquista. Lo digo porque a más de uno le da la impresión de que hubo un antes y un después a partir del 711, como si los visigodos se hubiesen extinguido de golpe, y los que hicieron frente a la morisma  fuesen otra gente surgida de no se sabe dónde. Sin embargo, como vemos, no fue así. La realidad es que los que se enfrentaron a los moros fueron los visigodos y los hispano-romanos que crearon el reino de Asturias, y que los Fruelas, Bermudos, Silo, Alfonsos, etc. no eran sino nobles visigodos que, tras el colapso del reino de Toledo, se reciclaron en astures si bien nunca he comprendido por qué razón dejaron de lado su procedencia. Como es lógico, si ellos mismos pasaron de tenerse por visigodos, muchos de los que viven 13 siglos más tarde no iban a caer en eso, digo yo. Y no olvidemos que los Fernandos, Sanchos, Ramiros, Alfonsos, etc. que ostentaron las coronas de Castilla, León y Aragón descendían también de estos visigodos que, ya plenamente mezclados con los hispano-romanos, siguieron dando estopa a la morisma hasta echarlos de España.

Bueno, no creo que olvide nada importante, así que me piro.

Hale, he dicho

lunes, 26 de septiembre de 2016

Armamento visigodo. Hachas


Dos visigoditos demostrando a mamá visigoda, a sus pedagogos, bellatores y demás pelotas cortesanos lo bien que manejan
sus pequeñas hachas, garantizando así que en un futuro no muy lejano podrán hendir los cráneos de sus más acérrimos
enemigos y, naturalmente, de los cuñados deseosos de cesarlos y ocupar sus puestos.

Bien, prosigamos. Tras la entrada anterior, en la que hablamos de las armas enastadas de estos belicosos hispanos adoptivos, hoy estudiaremos las hachas. Como es de todos sabido, los pueblos germánicos eran especialmente dados al uso de este tipo de armas y, por ende, muy diestros en su manejo. Cabe suponer que originariamente se partió de hachas-herramientas que, debidamente transformadas para obtener de ellas un mejor rendimiento militar, evolucionaron hasta convertirse en las hachas arrojadizas- las temibles franciscas- o las poderosas hachas de dos manos empleadas por los pueblos nórdicos, capaces de hendir sin problema un escudo más el portador del escudo.


La francisca, de la que ya se habló en su momento, era una de las armas más significativas de los guerreros germanos en general y los visigodos en particular. El origen de su nombre, como ya se comentó en su día, nos lo explicó Isidoro de Sevilla en sus "ETIMOLOGÍAS" cuando decía que, por ser empleadas por los francos, recibían la denominación de franciscas. No obstante, el hecho de que los vecinos del norte las emplearan con profusión no quería decir que además fuesen sus únicos usuarios ya que estas armas estaban muy extendidas por la Europa de la Alta Edad Media. De hecho, en nuestra añeja piel de toro han aparecido diversos ejemplares que testifican que, en efecto, formaban parte de las panoplias de los guerreros visigodos, quizás tomadas de los francos. Bien, temas etimológicos aparte, la francisca era un arma espléndidamente diseñada para el lanzamiento independientemente de que también fuera un arma temible en el cuerpo a cuerpo. Si observamos los tres ejemplares del gráfico superior podremos ver que sus hojas presentan una sinuosa forma de S, lo que facilitaba el giro de las mismas. A ello ayudaba también la forma y la longitud del mango que, más bien corto y levemente curvado hacia afuera permitía imprimir la fuerza adecuada para obtener un lanzamiento potente. Por otro lado, como vemos en la figura A, un generoso filo ofrecía una mayor superficie de corte, lo que se traducía en un mayor radio de clavada la cual era más contundente gracias al masivo talón de la hoja que actuaba como contrapeso. En las figuras B y C vemos diseños que siguen una pauta similar: gran longitud de la hoja respecto a su anchura, una acusada forma de S de las mismas y un pesado talón que ayuda a aumentar la velocidad de giro, lo que a su vez se traduciría en una energía cinética mayor.


El gráfico de la izquierda quizás nos ayude a comprender mejor este tema. Como vemos, cuando la francisca sale despedida comienza inmediatamente a girar ayudada por todos los factores mencionados en el párrafo anterior, además del golpe el muñeca que le imprimía el combatiente para voltearla. Ojo, no nos confundamos en este detalle porque una francisca no se lanzaba sola. Hacían falta años de adiestramiento para lograr colocarla en la diana con la debida precisión y potencia independientemente de que el objetivo estuviera a 5, 10 ó 20 metros. En todos los casos y para lograr el efecto deseado el filo debía golpearlo, y ahí es donde estaba la enjundia del lanzamiento ya que había que calcular de forma instintiva y prácticamente instantánea la fuerza y el efecto que había que imprimir al lanzamiento para lograr que el filo del hacha estuviera enfrentado al objetivo en el instante previo al impacto. En todo caso, lo que sí podemos tener claro es que, tal como se muestra en el gráfico, el peso del talón y el amplio filo extendido hacia abajo eran claves para que el arma efectuase un giro completo en un recorrido muy corto, lo que aumentaba las posibilidades de acertar gracias al inteligente reparto de la masa del arma.


Combatiente visigodo con una panoplia
básica de armas. De su cintura pende un
scramasax, arma que ya estudiamos en
su momento
Así pues, la francisca sería lo que podríamos decir un hacha específicamente militar, diseñada por y para la guerra y que, fuera del contexto bélico, tendría unas aplicaciones muy limitadas ya que su diseño no era el más indicado para su empleo como herramienta independientemente de que con ella se pudiera hacer leña o llevar a cabo pequeñas reparaciones, cosa poco recomendable ya que podría estropearle el filo. Pero no todos los hombres sujetos a filas tenían el adiestramiento necesario para manejar una francisca con propiedad ni tampoco los medios para adquirir una. Y que nadie piense que un arma de este tipo costaría lo mismo que una simple hacha de currante porque las primeras requerían una elaboración mucho más cuidadosa de cara a lograr darle la forma y el peso adecuados, por lo general encargados de forma expresa por el cliente. Por el contrario, un hacha-herramienta no tenía más ciencia que una forja y un temple adecuados, pero sin más florituras.

Por lo tanto, muchos de los sufridos campesinos que debían acudir llegado el caso a la llamada de las armas ni tenían franciscas ni sabían manejarlas adecuadamente, por lo que lo más sensato para ellos era ir a apiolar enemigos con sus hachas domésticas, las mismas que usaban para talar un árbol, fabricar una mesa o dejar listo de papeles al felón que le tiraba los tejos a la parienta cuando uno se ausentaba de casa más tiempo del prudencial. Hablamos del SECVRIS o, castellanizando el término, el segur, forma esta con la que en realidad se denominaban estas herramientas hasta tiempos no tan remotos. De hecho, en el "Tesoro de la Lengua Castellana" de Covarrubias, impreso por primera vez en 1611, en la entrada del hacha no encontramos ninguna acepción que haga referencia a armas o herramientas, sino a antorchas. Sin embargo, si nos vamos a la letra S encontraremos el término SEGVR del que nos dice que era "...un género de destral que corta por ambas partes, o por una sola...". La palabra hacha en su acepción como herramienta o arma es un galicismo inmundo proveniente del término francés hache, que a su vez tiene su origen en el franco hapja. O sea, que desde tiempos de los romanos y durante toda la Edad Media estas armas eran segures o segurones y no hachas. He creído oportuno dedicar un párrafo para aclarar este asunto ya que puede inducir a no pocos errores cuando vemos que antaño no se empleaba para nada la palabra hacha, y a veces no sabemos que término usaban para ello.

Hecho este breve paréntesis, pasemos a detallar la morfología de los segures empleados por los visigodos. Como ya hemos anticipado, se trataba de herramientas domésticas que, según los ejemplares hallados, tenían dos filos de diferente tamaño y posiblemente distintas aplicaciones que, según Isidoro de Sevilla, nos da su mismo nombre. El término SECVRIS, según el eximio obispo, proviene de SVCCIDERE, talar árboles. Pero también nos dice que equivale a SEMICVRIS ya que por un lado corta y por el otro sirve para cavar, o sea, una herramienta similar a las dolabras empleadas por los romanos. En el caso que nos ocupa, los segures visigodos serían herramientas con su filo normal en un lado mientras que en el otro presentaban un filo vertical menor cuyo cometido no podemos conocer con exactitud debido al estado que presentaban los ejemplares hallados. Así pues, igual eran picos que azuelas pero, en todo caso, igualmente válidos para triturarlos esternones de los enemigos. 


A la derecha podemos ver una recreación basada en un original. Como vemos, su cabeza mide unos 24 cm. de longitud si bien se han hallado ejemplares de hasta 30 cm., lo que de entrada nos confirmaría que habría que manejarlas con ambas manos. Con todo, es obvio que habría hachas de todos los tamaños que, con el paso del tiempo, darían pie a los segurones- hachas grandes como la que mostramos que requerían las dos manos para su manejo- y los destrales, hachas más pequeñas llamadas así porque se blandían con la mano diestra. Sea como fuere, de lo que podemos estar casi seguros es que los visigodos las llamaban con la forma latina SECVRIS.


En cuanto a su contundencia está por encima de toda duda, y es seguro que un arma semejante en manos de un forzudo visigodo debía tener unos efectos devastadores tanto en hombres armados de punta en blanco como en milicianos pobretones. El filo pequeño podría hendir fácilmente cualquier armadura o yelmo de aquella época conservando un remanente de energía capaz de producir heridas terroríficas en cuerpos, extremidades o cabezas. En su momento ya estudiamos detenidamente los tremebundos efectos del armamento medieval sobre las míseras envolturas carnales del personal, pero no está de más mostrar un pequeño recordatorio como el que vemos en la foto de la izquierda. En este caso, lo escalofriante no es la herida que muestra ese cráneo en la parte superior, producida probablemente por una espada, sino el hecho de que la jeta del propietario del mismo fue limpiamente partida por la mitad, y en este caso podríamos asegurar que con un hacha. Obsérvese que, aunque la cabeza está girada hacia la derecha, el maxilar superior que aparece marcado con la flecha conserva su posición correcta respecto a la mandíbula inferior en sentido longitudinal, lo que quiere decir que ese difunto recibió un hachazo justo debajo de la nariz que le partió la cabeza casi en dos mitades. En fin, estas armas no eran para tomarlas a broma como ya podemos suponer. 

Bueno, con esto vale por hoy. Y como es hora de llenar el buche, hago mutis por el foro y a otra cosa, mariposa.

Hale, he dicho

viernes, 23 de septiembre de 2016

Armamento visigodo. Armas esnastadas


Caterva de visigodos en plan desafiante. De poco les sirvió tanto postureo
cuando los moros les dieron para el pelo en la nefasta jornada del Guadalete
No deja de ser curioso el hecho de que todo lo referente al ejército visigodo sea por lo general un tema prácticamente desconocido para los aficionados a estas enjundiosas cuestiones bélicas. Mientras que del ejército romano se sabe hasta el modelo de cuchara homologado por el "Ministerium Bellicorum" en tiempos de Sila, lo referente a los germanos que se asentaron en la Hispania a raíz del desplome del Imperio es cuasi ignoto, y se habla menos de ello que de la honradez y el amor por la Patria de los políticos, honorables virtudes cuyo significado es un arcano para esos parásitos que nos chulean bonitamente. Quizás porque los visigodos eran poco dados a escribir tanto como lo eran los romanos, quizás porque los cronistas de la época pasaban de la cosa militar o, simplemente, porque los pocos o muchos datos que hubiese han desaparecido, la cosa es que ni siquiera disponemos de las abundantes representaciones artísticas que otras culturas anteriores nos legaron, Vg. egipcios, asirios o los mismos romanos. De ahí que, en muchos casos, tengamos a nuestro alcance solamente descripciones un tanto ambiguas o de términos un tanto confusos que dan pie a interpretaciones de lo más variopinto ya que carecemos incluso de restos arqueológicos que nos permitan corroborar el aspecto de tal o cual arma. 

Aspecto de un guerrero germano que
igual puede ser un visigodo que un
franco o un ostrogodo
Por otro lado, el ejército visigodo- del que ya hablaremos detenidamente en una entrada monográfica- no tenía nada que ver con el romano. Aunque su poder militar logró acabar con las decadentes legiones que durante siglos dominaron el mundo, los pueblos germánicos en general y el visigodo en particular carecían de un ejército profesional. Por avanzar de forma muy básica su organización, diremos que todos los vasallos de la corona, tanto libres como siervos, estaban sujetos a filas y asignados a una determinada unidad a la que debían sumarse en caso de ser llamados a la guerra. De ahí que parte de su panoplia estuviera compuesta por armas de circunstancias de la misma forma que en la Baja Edad Media, en la que los peones de las milicias concejiles acudían a filas provistos de guadañas, hoces, mayales y demás aperos agrícolas reconvertidos en burdas pero eficaces armas. Así pues, nos encontramos con que eso de tener que costearse sus propias armas ya lo habían implantado los visigodos, norma esta que daba lugar a grandes diferencias en la calidad y cantidad de armas que portaba cada guerrero de la misma forma que había una diferencia abismal entre la panoplia de un miliciano y un caballero durante la época bajo-medieval.

Página del Beato de Liébana (c. siglo VIII) que
nos permite ver el aspecto de algunas de las armas
empleadas por los visigodos
En cuanto al diseño y/o morfología de las armas empleadas por los visigodos, podemos decir que para atisbar su apariencia debemos recurrir tanto a las escasas fuentes de la época como a las representaciones gráficas posteriores ya que, al fin y al cabo, el armamento al uso durante el imperio carolingio debía ser prácticamente el mismo. Recordemos que si no hubiese sido por la enojosa visita que nos hizo en 711 Tariq ibn Ziyad, quizás la España actual seguiría ocupando la totalidad de la Península y el presidente del gobierno se llamaría tal vez Sisenando. Queremos decir con esto que, aunque el reino visigodo desapareció de la noche a la mañana, los demás pueblos germanos vecinos siguieron haciendo uso de un armamento básicamente igual, si acaso con pequeñas variaciones en función de las modificaciones propias a la hora de adaptar armas autóctonas procedentes de los pobladores hispano-romanos. Por otro lado, muchos toman esta época como una especie de lapso temporal sumido en la más absoluta de las tinieblas, y no se detienen a pensar una cosa: los habitantes de los primitivos reinos que comenzaron la Reconquista eran hispano-romanos y visigodos. Digo esto porque los castellanos, leoneses y aragoneses del siglo XI no surgieron por generación espontánea, y los llamados de forma tan generalista como "cristianos" no eran ni más ni menos que los nietos de los visigodos y pobladores autóctonos que había en la Península antes de la llegada de la morisma. Por lo tanto, es lógico pensar que sus armas eran las mismas que utilizaban sus antecesores.

Por último podríamos decir que el armamento visigodo era el resultado de una mezcla secular de diseños propios de los pueblos germanos, del empleado por las legiones romanas, de la evolución de estas últimas que, curiosamente, procedían a su vez de armas germánicas y, finalmente, de modelos hispano-romanos que habían evolucionado por su cuenta. Un lío, ¿no? Pues sí, porque la cosa no pinta fácil y estos probos y belicosos ciudadanos no se preocuparon de pensar que quince siglos más tarde habría unos cuantos frikis devanándose el magín para averiguar como serían sus armas. No obstante, haremos un pequeño esfuerzo para asacar algo en claro y, en el peor de los casos, siempre podemos hacer una ouija de esas, invocar al espectro rey don Rodrigo y que nos lo cuente con todo detalle. Bueno, al grano, que para luego es tarde. 

Armamento enastado

Diversas tipologías de angones
Los visigodos empleaban lanzas de diversos tipos, algunas de las cuales tenían en realidad un origen civil, concretamente venatorio. Además, tenemos las tipologías heredadas del ejército romano las cuales, modificadas para un uso táctico diferente, siguieron dando guerra bastante tiempo. Así pues, en primer lugar podríamos citar el PILO, obviamente derivada el PILVM romano y que, al parecer, debió ser la lanza por antonomasia de la infantería ya que, según nos informa Procopio de Cesárea en su obra "DE BELLVM GOTHORVM", el rey ostrogodo Totila ordenó que fueran empleadas exclusivamente para combatir. Ello nos induciría a pensar que sería un arma especialmente efectiva cuyo uso en la vida civil supondría un peligro en caso de reyertas o movidas similares, por lo que este PILO es identificado por lo general con el angón, del que ya hablamos en su día y que, en efecto, era una eficaz arma arrojadiza con las mismas propiedades que el PILVM romano: pequeña moharra al final de un largo hierro que impediría a los enemigos cortar el asta en caso de emplearla como lanza de empuje, puntas dotadas de un gran poder de penetración capaz de perforar los escudos del adversario así como sus barrigas y, finalmente, barbas para impedir o dificultar su extracción. Como ya podemos imaginar, una trifulca entre dos grupos de visigodos cabreados en la que llovían angones por todas partes debería acabar de muy mala manera, así que es lógico que se prohibieran como no fuese para apiolar enemigos.

El conde de Clonard, al que jamás perdonaré el gazapo de la tostadora asesina (para los que no lo hayan leído, pinchar aquí y aquí respetando ese orden), sugiere que el PILO era la misma cosa que el venablo, de lo que difiero radicalmente. De entrada, como su nombre indica, el venablo era un arma destinada a la caza. Isidoro de Sevilla nos propone en sus "ETIMOLOGÍAS" dos posibles orígenes para este término: por un lado, dice VENABVLA DICTA QVASI VENATVI ABILIA, o sea, que se trataba de un arma adecuada para la caza. No obstante, sugiere también otro origen también venatorio cuando escribe que "...reciben al que se acerca, como los EXCIPIABVLA; y es que, efectivamente, reciben (EXCIPERE) a los jabalíes, aguardan a los leones y acosan a los osos con tal de que se tenga la mano firme". O sea, se refiere claramente a una lanza de empuje provista de un travesaño que permita al cazador contener el furioso ataque de la presa que, herida de muerte, intentará proseguir su avance para morir matando. Esto lo traducimos con la escena que vemos en la parte inferior de la iluminación que mostramos a la derecha y que representa los meses de noviembre y diciembre en un manuscrito datado hacia el siglo IX. En la parte superior tenemos una escena del "Apocalipsis de Saint Amand", datado en la misma fecha y en la que aparece un grupo de militares armados con lanzas similares las cuales, por cierto, suelen verse con bastante frecuencia en manuscritos de la época carolingia, sobre todo en manos de jinetes.


Estos venablos, que no tienen nada que ver con las lanzas arrojadizas de pequeño tamaño que solemos imaginar, estaban provistos de una asta de unos 2,5 o 3 metros de largo, y sus moharras, como vemos en las figuras de la izquierda, tenían un travesaño que limitaba la introducción de las mismas en los cuerpos de los enemigos ya fuesen hombres u osos. La que aparece en la parte superior tiene una sección prismática muy adecuada para penetrar en las armaduras del adversario y colocarle dentro del cuerpo unos 35 centímetros de hierro, suficiente para producirle la baja definitiva. La inferior, en forma de hoja de laurel, es perfecta para acuchillar enemigos mal armados y producirles unas heridas cortantes y punzantes muy enojosas. 


Grupo de jinetes armados con venablos
En ambos casos el armado en el asta es mediante cubos de enmangue los cuales podrían fijarse con remaches pasantes o con argollas, de forma similar a los angones. Este sistema, que ya se ha explicado varias veces, era una forma económica de fabricar los cubos de enmangue ya que dejaban una larga abertura longitudinal en los mismos a fin de ajustar el cubo al asta mediante presión, y fijarlos del mismo modo con una anilla lo que permitía una sustitución más rápida y cómoda del asta en caso de que se partiese. ¿Y que por qué aparecen tanto en manos de jinetes? La explicación que se me antoja es de lo más obvia: el travesaño impedía ensartar al enemigo, pasarlo de lado y lado y, por ello, no poder extraer la lanza de su cuerpo, perdiéndola para siempre. Por eso, adoptar un tipo de lanza capaz de infligir heridas mortales de necesidad pero sin riesgo de tener que dejarla en el cuerpo del vencido era mejor que usar una lanza convencional y decirle adiós tras el primer choque.


Infante visigodo armado con dos tipos de
lanza: una jabalina y un angón
Otra tipología, en este caso mencionada expresamente por Isidoro de Sevilla, es el CONTVS. Según la descripción que nos da del mismo debía tratarse de un arma muy básica y distinta a la lanza pesada que usaba la catafracta romana ya que se trataba de un simple cono de hierro, de donde obviamente toma el nombre, extremadamente aguzado, pero sin más. O sea, se trataba de unas lanzas de longitud indeterminada cuya moharra era una contera, término este que, aunque posterior, tiene su origen precisamente en este tipo de arma si bien en su caso era para proteger la parte inferior del asta. Otro dato acerca de la existencia de estas lanzas nos lo proporciona Paulo Orosio (c. 383- c. 420), un prolífico historiador natural de Bracara Augusta, la actual Braga de Portugal, el cual afirmaba que las tropas godas que derrotaron de forma rotunda al emperador Valente en la batalla de Adrianópolis en agosto de 378 iban armadas con estos CONTVS, por lo que podemos colegir que se trataba de una lanza larga a modo de pica con las que contener y, a continuación, deshacer las filas enemigas. Otro testimonio nos lo da Gregorio de Tours (538-594) cuando afirma que el rey Clodoveo fue herido por este tipo de arma.


En la ilustración de la derecha hemos recreado un CONTVS fijado al asta mediante una anilla y, como vemos, es un arma de una simplicidad espartana. En las figuras que se ven al lado tenemos dos piezas consideradas como conteras o regatones aparecidas en el nordeste peninsular y mencionadas en un artículo aparecido en la revista Gladius firmado por Gustavo García y David Vivó. Como vemos, ambas piezas son de sección prismática y su longitud, especialmente en el ejemplar más grande (el otro está roto, por lo que desconocemos su tamaño original), de algo más de 16 cm., las hace unas candidatas bastante aceptables para que fuesen puntas de CONTVS en vez de regatones. El hecho de que aparecieran solos, sin su correspondiente moharra, y que la pieza de mayor tamaño esté provista de dos remaches para su fijación al asta me hacen pensar que no es una teoría precisamente absurda. Al menos, a mí se me antoja excesivo recurrir a dos remaches para fijar una contera que, en teoría, no debe llevar a cabo ningún esfuerzo salvo permanecer en su sitio, mientras que actuando como punta de una lanza sí sería preciso una sólida fijación para no perderla entre las miserables vísceras del enemigo.

Otro tipo de arma enastada mencionada por Isidoro de Sevilla es el TRVDES la cual dice tomar su nombre de empujar (TRVDERE) o rechazar (DETRVDERE) al enemigo. Dichas armas son descritas como una pértiga rematada por un hierro con forma de media luna, por lo que me inclino a pensar que, en este caso, estamos ante la típica arma de circunstancias derivada de una hoz (figura A) o una guadaña (figura B). La inexistencia de representaciones gráficas del TRVDES, así como el hecho de que no sea mencionado por cronistas de la época nos hace pensar que, en efecto, no se trataba de armas convencionales sino meros apaños llevados a cabo por hombres con pocos medios económicos. No obstante, es más que evidente que debían ser enormemente eficaces, sobre todo a la hora de descabalgar jinetes y escabecharlos antes de que se dieran cuenta de que sus asquerosas vidas estaban a punto de caducar.


Caballería visigoda a principios el siglo VIII.
Como vemos, aún carecen de estribos
Como colofón a esta primera parte, solo nos resta hacer referencia a las tipologías convencionales que, por ser sobradamente conocidas por todos, no nos detendremos en detallar ya que se trata de las típicas jabalinas con moharras pistiliformes o lanceoladas, así como dardos de apariencia similar a las azconas que popularizaron los belicosos almogávares. Estas lanzas, portadas por lo general a pares por cada guerrero, conservaban la misma apariencia de las HASTÆ romanas y eran empleadas tanto por infantes como por jinetes. En este último caso, recordemos que no fue hasta varios siglos más tarde cuando la caballería cambió el uso táctico de sus lanzas, cargando con ellas bazo el brazo. Anteriormente y, por supuesto, en la época que nos ocupa, los jinetes atacaban a los enemigos arrojándolas sobre ellos o lanzando cuchilladas. 

Bueno, ya proseguiremos. De momento, ahí queda eso.

Hale, he dicho


Asedio de Jerusalén a manos de Nabucodonosor según el Beato de Urgell, datado hacia el siglo X. Aunque en aquella
época el reino visigodo se había ido al garete, está claro que el armamento al uso debía ser prácticamente el mismo. No
obstante, también es evidente que este tipo de ilustraciones tampoco nos permiten entrar en detalle acerca del aspecto de las armas que aparecen en las mismas. Con todo, merece la pena reparar en el venablo que blande el infante de la fila superior, de la misma tipología que los que se usaban en la Europa dominada por los pueblos germanos desde hacía siglos