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viernes, 20 de agosto de 2021

RANGERS DE TEXAS. ORIGEN

 

Postal que muestra a un grupo de rangers en la época en que
a los criminales se les daban solo dos opciones: ser
abrasados a 
tiros o acabar colgando del pescuezo

Hace solo año y medio (sí, el tiempo fugaz y blablabla...) se publicó un artículo sobre el origen de los Rangers, la famosa unidad militar que tanta guerra llevan dando desde su creación por los british (Dios maldiga a Nelson) allá por el siglo XVIII. Al final del mismo se especificó que no debían ser confundidos con los Rangers de Texas, una unidad policial también sobradamente conocida de la que se han hecho tropocientas pelis, nutrida por ciudadanos más correosos que una cincha mulera y de los que encienden una cerilla frotándola enérgicamente en sus curtidas jetas. Ya hemos tenido algún contacto con esos eficientes policías cuando dimos pelos y señales de la caza y ejecución extra-judicial de los malvados Bonnie Parker y Clyde Barrow a manos de Frank Hamer, Manny Gault y la entusiasta colaboración totalmente desinteresada del sheriff de Bienville Parish y uno de sus ayudantes más otros dos probos homicidas recomendados por el sheriff del condado de Dallas. Pero, como suele pasar, hasta los cuñados saben de este tipo de unidades policiales o militares porque siempre pescan algún documental que narra algunos de sus hechos más sonados. Sin embargo, sus orígenes ya son harina de otro costal porque, en muchos casos, no están directamente relacionados con la evolución que han ido teniendo a lo largo de los años. En fin, en el mentado artículo anuncié que "más adelante"- en mi caso, período de duración indeterminado que va desde un par de días a varios años como ya saben mis lectores más veteranos- hablaría de los Rangers de Texas por lo que hacerlo con una demora de solo año y medio no solo es un logro, es un milagro, qué carajo...

Stephen Austin (1793-1836)

Bien, en el caso de los Rangers de Texas nos encontramos también un origen bastante alejado de los implacables defensores de la ley que acribillan a balazos sin ningún tipo de complejos a nocivos criminales o que dan caña sin descanso a los narcotraficantes mejicanos. La creación de esta unidad policial tuvo unas motivaciones mucho más siniestras y bastante alejadas del concepto policial dedicado a mantener el orden y preservar la ley, siendo en realidad originada simple y llanamente para exterminar a las poblaciones de indígenas que llevaban por aquellos lares desde tiempos de Adán pero que, según dijo Stephen Fuller Austin, considerado como el "Padre de Texas"- el padre anglosajón, porque antes de la llegada de los yankees Tejas había pertenecido a España-, refiriéndose a los karankawa, sus más enconados enemigos, "no habrá forma de someterlos salvo mediante el exterminio". Como vemos, Austin era un fiel seguidor de la doctrina anglosajona de acabar con todo bicho viviente que pudiera siquiera intentar convivir con ellos, justo lo opuesto al comportamiento de la vapuleada España que, desde siempre, promovía el mestizaje y la inclusión de los indígenas bajo sus normas, parte de nuestra historia ocultada por la leyenda negra que, últimamente, por fortuna está saliendo a relucir, que ya cansa ser por norma los malos de la película mientras que los anglosajones aún son los buenos a pesar de haber exterminado naciones enteras de indígenas, que ya sabemos que los yankees no buscaban otra cosa que quedarse con sus tierras a cualquier precio, como han hecho siempre. Dicho esto, ¿cómo pues llegaron los yankees a Texas, un territorio que en aquel momento aún pertenecía a la corona española? Pues a ello vamos...

El inmenso Virreinato de Nueva España a finales del siglo
XVIII. Los yankees acabaron robándole a Méjico todo el tercio
norte, mientras que América central se fragmentó en pequeños
países. Como se ve en el detalle, abarcaba hasta las Filipinas
Texas no era precisamente el paraíso terrenal. Desde siempre había sido un territorio al que España no había prestado especial atención por la escasez de recursos (lo del petróleo aún no estaba de moda), y en la época que nos ocupa solo había tres poblaciones en todo el territorio: San Antonio de Béjar, Nacogdoches y Bahía del Espíritu Santo, luego rebautizada por los herejes anglosajones como Goliad. A principios del siglo XVIII se enviaron varios frailes para intentar civilizar un poco a los nativos, pero la peligrosidad del territorio y la hostilidad de sus habitantes los hizo desistir. En 1765, el mariscal de campo Cayetano Pignatelli y Rubí, III marqués de Rubí, fue nombrado por Carlos III inspector de los presidios de las fronteras del virreinato de Nueva España, un inmenso territorio que ocupaba la actual América central, Méjico, las islas del Caribe y las dos terceras partes de lo que hoy son los Estados Unidos (Dios maldiga a Hearst), y cuando visitó Texas un año más tarde se limitó a afirmar que "el país debería devolverse a la naturaleza y a los indios", por lo que es obvio que no le pareció nada provechosa la permanencia española en aquella tierra hostil cuya posesión solo costaba dinero y medios. Los pobladores eran ciudadanos-indígenas sumamente sensibles a la presencia del "ojo blanco": comanche, kiowa, cherokee, tawakoni, waco, tonkawa, delaware, caddo entre otros, más los karankawa antes mencionados que, según las malas lenguas, eran poco más que animales, que devoraban a otros ciudadanos y que para hablar se limitaban a emitir gruñidos que les salían del estómago, sin llegar en realidad a articular palabras con la boca. Obviamente, esas afirmaciones eran producto de los prejuicios de los colonos llegados de las antiguas colonias británicas, y el canibalismo ya sabemos que ha sido siempre un ritual seguido por muchas culturas, pero no como una forma de nutrirse sino para apoderarse de las virtudes y la fuerza de los enemigos vencidos en combate
.

Moses Austin (1761-1821)
Ese era el panorama cuando, en 1820, un ambicioso emprendedor natural de Durham (Connecticut), llamado Moses Austin se presentó en el presidio de San Antonio de Béjar y solicitó al coronel Antonio Martínez, último gobernador español del territorio, colonizar Texas con 300 familias procedentes de los flamantes Estados Unidos. Apenas un año más tarde, Méjico se independizó de España, y el tema de la colonización estaba aún pendiente de solventar, haciéndose cargo del asunto José Félix Trespalacios, el nuevo gobernador mejicano de Coahuila y Texas, que acordó con Austin el traslado de los colonos porque, como había ocurrido durante el dominio español, aquel territorio no era precisamente el edén. El acuerdo obligaba a los colonos a abrazar la religión católica y acatar las leyes mejicanas. A cambio, se les concedían 20.000 acres (8.093 Ha.) que los mayores de 21 años podían adquirir a un precio irrisorio ya que una familia con dos críos podía comprar hasta 1.280 acres (520 Ha.) a un precio de 12,6 centavos por acre. A modo comparativo, con lo que costaban 80 acres (32 Ha.) en su tierra de origen se podían comprar más de 4.000 (1.619 Ha.) en Texas, lo que permitiría pasar de ser un propietario de chichinabo a un terrateniente de medio pelo.

Poblado karankawa en la costa de Texas
Muy contentito por el éxito obtenido, Austin volvió a Missouri para organizar el cotarro, reunir a las 300 familias y preparar el viaje. Sin embargo se le debió indigestar el logro obtenido porque palmó en junio de aquel mismo año. Pero los dados ya estaban lanzados, así que el proyecto siguió adelante bajo la dirección de su hijo Stephen, que empezó a reclutar personal para largarse a la tierra prometida a pesar de que la promesa que les esperaba no era precisamente unas vacaciones en una colonia rural de lujo. Mientras se iban ultimando los preparativos, Austin hijo decidió llevar a cabo un viaje de inspección para ir reconociendo el terreno. Apenas dejó a su progenitor acomodado en la fosa se puso en camino acompañado de una docena de hombres que, durante dos meses, se dieron unas caminatas antológicas hasta dar con una zona situada al este de Texas que, por su clima suave y sus lluvias moderadas prometían ser la tierra ideal donde empezar su nueva vida. Fue en ese viaje, concretamente el 17 se septiembre, cuando Austin entró en contacto por primera vez con los karankawa.

Territorio ocupado por los karankawa. Esta nación fue, como muchas
otras, exterminada por completo por los yankees sin que nadie hasta
ahora les haya pedido cuentas por semejante abominación

Una quincena de ellos les salió al encuentro, y su aspecto formidable acojonó bastante a los exploradores. Muy altos (medían metro ochenta como poco), musculosos y cubiertos de tatuajes, ofrecían una apariencia bastante intimidante. Sin embargo, no solo no se mostraron hostiles, sino que incluso les ofrecieron llevarlos a su campamento, cosa que rechazó Austin porque había oído historias sobre estos ciudadanos-indígenas nada tranquilizadoras. No obstante, acabaron yendo con ellos y hasta les explicaron- en español por cierto- cómo moverse por aquel intrincado territorio, a cambio de lo cual y en un arrebato de generosidad anglosajona, Austin les regaló un poco de tabaco y una sartén. Sin embargo, cuando se marcharon del campamento de los karankawa ya tenía metido en la cabeza que eran más animales que humanos, y que "...estos indios pueden ser llamados enemigos universales del hombre". Menos mal que los recibieron de buen grado al ingrato de los cojones este...

En cuanto al nuevo gobierno de Méjico, como suele ser habitual en estos casos, andaban muy entretenidos peleándose por el poder así que vieron la colonización como una forma de quitarse el mochuelo de tener que andar controlando las andanzas de los belicosos ciudadanos-indígenas, de los que se harían cargo los colonos si querían vivir en paz. Pero ese fue el primer gran error del nuevo país, porque abrir la puerta a los anglosajones les costó al cabo del tiempo ver su nación de nuevo cuño, cuya frontera norte llegaba al Canadá, reducida a la mitad, fagocitado por los anglosajones cuando les arrebataron inicialmente su tierra de adopción y, posteriormente, la zona central y occidental del norte del antiguo Virreinato. A la izquierda hemos sobrepuesto sobre el territorio que abarcaba el Virreinato de Nueva España lo que quedó de Méjico tras permitir la tóxica infiltración de los anglosajones. Es lo que tiene salirse de un imperio para ser..."libres". Abro un paréntesis para comentar un detalle curioso: los indigenistas que últimamente derriban las estatuas de los hombres que los liberaron de la tiranía azteca, les dieron una lengua común, una civilización moderna, infraestructuras, universidades y ciudades, jamás abren el pico contra sus vecinos del norte que, no solo les robaron la mitad del país, sino que los persiguen como alimañas cuando tratan de cruzar la frontera que, para colmo, el ciudadano Trumpeta ha blindado como los rusos hicieron con Berlín. Paradójico, pero cierto. Cierro el paréntesis.

En rojo aparece el territorio donde se asentaron los primeros
colonos, en las fértiles tierras situadas entre los ríos Brazos y
Colorado

Una vez inspeccionado el territorio, los colonos se pusieron en camino. Procedían mayoritariamente de los estados de Alabama, Arkansas, Missouri, Luisiana y Tennessee, instituyéndose Austin como el "empresario" (en español), a modo de título que le confería un liderazgo nominal ya que en Texas, de facto, no había nadie que se molestara en imponer orden, ni había ningún tipo de milicia o policía enviada por el gobierno mejicano que, cómo no, seguía a la gresca por ver quién mandaba más. Y como ya podrán imaginar, los "intercambios culturales" entre los ciudadanos-indígenas y los colonos no tardaron en celebrarse. Los anglosajones daban por sentado que los indios eran por sistema unos salvajes cuya principal ocupación era robar, y si bien es cierto que se llevaron a cabo incursiones contra los colonos para trincar caballos y, en ocasiones, mujeres y crías, también es cierto que hubo otros muchos casos en que simples aproximaciones sin intenciones hostiles fueron rechazadas de forma muy violenta. Y, de hecho, todos los robos o intentos de los mismos llevados a cabo por las tribus de la zona fueron seguidos por represalias absolutamente contundentes. 

Austin en plena disertación didáctica para hacer ver
a sus paisanos que los ciudadanos-indígenas no eran
unos sujetos recomendables, y que lo más sensato era
no dejar ni uno vivo. De forma unánime, todos estuvieron
de acuerdo con su líder

Un ejemplo muy ilustrativo los tenemos en un tal Abraham Alley, un fulano de origen gabacho que narraba como varios indios waco y tawakonis se acercaron a pie a un asentamiento a orillas del Colorado. Aunque sus intenciones eran pacíficas, el hecho de ir a pie ya les hizo sospechar que a lo que iban era a inspeccionar si los colonos disponían de caballos para robárselos. Tras marcharse pacíficamente, Alley y varios hombres más fueron aquella misma noche en su busca, dieron con el campamento y, sin más historias, abrieron fuego contra ellos. A los indios solo les quedó la opción de largarse a toda velocidad, si bien los colonos no dejaron de disparar hasta que literalmente quedaron fuera del alcance de sus largos rifles Kentucky y Pensilvania con que solían ir armados y con los que tenían una precisión mortífera.

Un episodio similar lo protagonizó otro colono llamado John Fenn que, según aseguró, vio cómo los karankawa habían matado a una niña secuestrada para, a continuación, comérsela tras cuartearla. Aquella noche atacaron el poblado, matando a todos sus habitantes excepto a una mujer y dos críos que pudieron escapar. Pero estos desdichados no se iban a escapar de la venganza, ya que fueron rastreados hasta dar con ellos escondidos bajo un árbol. Tras discutirr qué hacer con ellos, finalmente "...decidieron que era mejor exterminar a esa raza" (Fenn dixit). Es más que probable que muchos de estos relatos sobre las atrocidades de los indios fueran exagerados o, simplemente inventados para promover un invencible odio hacia ellos y que nadie pusiera en tela de juicio que exterminar sin más a toda una tribu estaba feo, y más si era para apoderarse de las pequeñas parcelas de terreno que ocupaban porque, como sabemos, estos ciudadanos-indígenas vivían principalmente de la caza y la pesca, y solo la que necesitaban para su sustento.

Negros dando el callo en un asentamiento. Muchos intentaron
escapar a Méjico cuándo este país abolió la esclavitud en 1829

En fin, broncas aparte, la cuestión es que la colonización se desarrolló tal como estaba planeado. Austin trincó una inmensa extensión de ubérrimas tierras a lo largo de los ríos Colorado, Brazos, San Jacinto y San Bernardo donde, como está mandado, introdujo esclavos traídos del norte, abominable costumbre que siguieron los "Antiguos Trescientos", como llamaban a los primeros colonos, porque eso de la mano de obra gratis permite obtener suculentos beneficios. Por otro lado, la colonización fue muy bien aceptada por la escasa población mejicana de la zona, apenas unas 2.500 almas, que se vieron menos desamparadas ante la hostilidad de los indios a la vista de que el gobierno mejicano pasaba olímpicamente de velar por la seguridad de los vecinos. Con todo, las escaramuzas no cesaron y este continuo estado de guerra a pequeña escala, con represalias de la represalia de la represalia que, sin solución de continuidad iban teniendo lugar sin prisa pero sin pausa, fue lo que dio lugar a la formación de los Rangers de Texas.

Ilustración británica de la época que muestra el aspecto de
los primeros Rangers

El 7 de enero de 1823, John Tumlinson, alcalde del distrito de Colorado, y Robert Kuykendall, comandante de la milicia del distrito, enviaron al gobernador Trespalacios una solicitud para formar una pequeña compañía de milicianos para proteger los asentamientos de los colonos que vivían en la parte baja de los ríos Colorado y Brazos. Trespalacios debió ver el cielo abierto, porque esa milicia urbana le liberaba de los quebraderos de cabeza de los puñeteros indios, así que no dudó en autorizar la formación de la misma el 5 de mayo siguiente. Sin más demora se procedió a reclutar un ínfimo pelotón formado por apenas diez hombres. Al mando pusieron a un antiguo teniente del ejército llamado Moses Morrison, un enérgico veterano de 30 años con conocimientos militares para acometer exitosamente el encargo recibido. Su contingente era lo mínimo que se despachaba: Pumpry Burnett, John Smith, Samuel Sims, William Kingston, Caleb Boswick, John McCroscky, Jessie Robinson, John Frazer y Aron Linville. Y se acabo. Nueve fulanos al mando de un teniente para controlar un territorio un poco bastante extenso. Todos tenían entre veintitantos y treinta y pocos años excepto Frazer y Linville, que ya eran cuarentones. En cuanto al equipo, se lo tuvieron que buscar ellos mismos. A sus armas de caza añadieron un penco para cada uno excepto Smith, que ya tenía uno propio, y ni siquiera les facilitaron un uniforme ni tampoco un estipendio a cambio de sus servicios si bien es posible que Austin se hiciera cargo de gratificarles de alguna forma. Resumiendo, estos fueron los primeros diez Rangers de Texas de la historia, y el germen de una de las unidades policiales más famosas del mundo gracias ante todo al cine, que se ha preocupado de divulgar sus hazañas.

Comanche a caballo. De todas las tribus que se movían por Texas,
estos ciudadanos-indígenas eran con diferencia los más belicosos,
y desde la llegada de los españoles ya habían dejado muy claro que
no tenían el más mínimo interés en realizar intercambios culturales

Su misión inicial era construir una pequeña línea de blocaos en la desembocadura del río Colorado, pero al cabo de dos meses habían sido incapaces de construir uno solo ya que tenían que dedicar la mayor parte del tiempo en cazar o pescar para poder comer, y el gasto de munición menguó de tal forma que decidieron volver porque, caso de ser atacados, se verían con los cráneos pelados en un periquete. Sus comienzos no fueron pues especialmente brillantes, y menos cuando tuvieron noticia de que al alcalde John Tumlinson, que se dirigía a San Antonio a adquirir munición, le echaron el guante unos wacos y lo filetearon como si tal cosa. Kuykendall, el jefe de la milicia, no corrió mejor suerte. Un karankawa le asestó tal golpe en la cabeza con una clava que lo dejó ciego y paralizado, casi seguramente a causa de la compresión que ejercería en el cerebro los fragmentos de cráneo roto. Un matasanos se atrevió a hacerle una trepanación para extraerle los cachos y aliviar la presión sobre la sesera, pero con tanto éxito que el bueno Kuykendall no vivió para contarlo.

Rangers atacando un poblado indio. El acoso al que
sometieron a las tribus asentadas en el territorio desde
hacía siglos y siglos fue implacable

Austin no era capaz de digerir aquello, y menos si tenemos en cuenta su animadversión contra los ciudadanos-indígenas. Tras el fiasco de la unidad de Morrisson se organizaron otros pelotones que tampoco fueron capaces de impedir los ataques de los indios, que campaban a sus anchas por meras cuestiones numéricas. Ellos eran muchos y los Rangers eran literalmente cuatro gatos, y encima colonos sin preparación militar que lo único que sabían hacer era disparar razonablemente bien, pero poco más. La mezcla de miedo y odio hacia los karankawa llegó a tales extremos que los colonos abrían fuego contra ellos solo con echarles la vista encima, sin pararse a preguntarles qué querían o a dónde se dirigían, así que los indios accedieron, con la mediación de un cura mejicano, a abandonar sus tierras junto a los ríos Brazos, Lavaca y Colorado para cedérselas a los siempre ávidos colonos. No pasó mucho tiempo hasta que se dieron cuenta de que les habían tomado el pelo porque esas tierras eran lo mejorcito del territorio, así que sin dudarlo mucho volvieron a recuperarlas. Los colonos, muy cabreados, pusieron sobre aviso a Austin, que a su vez envió una misiva al gobernador quejándose de la situación de peligro que vivían por culpa de los malvados karankawa, que habían roto el tratado. Pero a Austin no le hacía falta el beneplácito del gobierno mejicano para atajar el problema, advirtiendo en la carta que "...en vista de la seguridad de nuestra gente, me he visto obligado a dar la orden al teniente de la milicia de perseguir y matar a todos esos indios dondequiera que se encuentren". Eso, hoy día, es genocidio de manual, pero los malos seguimos siendo los españoles, ya ven qué tontería...

De izda. a dcha., un tawakoni y un tonkawa. En esta ocasión, los
colonos aprovecharon las disputas tribales para acabar con todos

Pero el exterminio de los karankawa no puso ni remotamente punto y final a los conflictos. Austin estaba decidido a acabar con todos como fuera y agarrándose a cualquier excusa. En 1826, un grupo de 16 tawakoni se introdujeron en las tierras de Austin para perseguir a sus enemigos de toda la vida, los tonkawas. Los tawakoni tenían la fea costumbre de, aprovechando cualquier movida, trincar todos los caballos que se les ponían a tiro. La represalia no se hizo esperar. En abril de aquel año, una milicia de 31 hombres al mando del capitán James Ross atacó el campamento tawakoni, liquidando allí mismo a ocho de ellos e hiriendo a otros cinco. 

Indios de la tribu waco
Austin había planeado llevar a cabo otra acción punitiva contra los waco formando una milicia apoyada por indios aliados que, obviamente, eran enemigos de los waco, en este caso cherokee, shawnee y delaware, pero el gobernador militar mejicano, que ya empezaba a mosquearse con la libertad con que los colonos actuaban por su cuenta, ordenó demorar la incursión hasta disponer de tropas regulares que la llevaran a cabo. Los indios aprovecharon el retraso para seguir haciendo de las suyas, robando caballos y matando algún que otro colono que les hacía frente. Visto lo visto, Austin reunió a los representantes de las seis milicias en activo en aquel momento para formar una fuerza permanente de entre 20 y 30 hombres, acordando que cada colono debía servir durante un mes por cada media legua de tierra que poseyera. Cómo vemos, la lejanía de los órganos de poder estatal, así como el escaso interés por intervenir en la zona permitió a los colonos actuar cada vez más por su cuenta, habituándose a tomar sus propias decisiones y a dar explicaciones, si se las pedían, a hechos consumados. Más aún, de su juramento de seguir la religión católica y acatar la ley mejicana se olvidaron en cuanto vieron que nadie iba a ir allí a ponerles las peras a cuarto. Incluso habiendo sido abolida oficialmente la esclavitud en 1829, los colonos hicieron caso omiso y siguieron con sus negros traídos de los mercados de Galveston y de Cuba mediante traficantes british o yankees.

Anastasio Bustamante (1780-1853). Sus leyes para
atajar las libertades que los colonos se tomaban sin
tener en cuenta al gobierno fueron la excusa perfecta
para empezar a tramar la forma de separarse del
país que los había acogido de buen grado

En 1830, la población de Texas había aumentado considerablemente. De ser cuatro gatos, por aquellas fechas el número de tejanos nativos se había duplicado hasta los 5.000 vecinos, a los que había que añadir 11.000 anglosajones y 3.000 eslavos. Entre eso y su actitud tendente a hacer lo que les daba la gana, el mosqueo en el gobierno mejicano aumentó notablemente porque veían que aquella tierra se iba a acabar convirtiendo en un cortijo yankee. El 6 de abril de 1830, el presidente Anastasio Bustamante prohibió la inmigración de más yankees al territorio tejano, así como a comerciar y a no recibir ningún tipo de subvención, la importación de esclavos y, para vigilar que todo se cumplía, ordenó el envío de un contingente del ejército regular. Como pueden imaginar, esto sentó como una patada en la boca del estómago a los colonos que tantos desvelos llevaban pasados en aquellos años para lograr alejar la amenaza de los indios, así que el camino a la rebelión estaba ya marcado. Como comentamos al principio, la permisividad de Méjico al ceder tierras a los yankees fue abrir la puerta a la mayor raza de mangantes del planeta, y una vez dentro no se iban a achantar como si tal cosa. Los colonos solicitaron una autonomía para hacer y deshacer en su territorio si bien no exigían la independencia de Méjico, pero el gobierno dio por sentado que darles la autonomía se vería seguida en no mucho tiempo de, o bien una secesión o, peor aún, una anexión con los Estados Unidos, cómo sí acabó sucediendo. La chispa ya había prendido, y los Rangers formarían las milicias para ayudar a los colonos a mandar a hacer puñetas a los mejicanos, pero eso ya es otra historia. Hoy tocaba narrar su origen, y con lo contado ya creo que ha quedado bastante claro.

Como hemos visto, los Rangers surgieron como una fuerza represiva que, más que mantener la paz en el territorio, se dedicó a practicar una guerra sin cuartel contra las tribus que lo habitaban, de forma que acabaran exterminados u optaran por largarse bien lejos. Austin, el "Padre de Texas", nunca ocultó su odio a muerte contra los ciudadanos-indígenas, y menos aún se privó de fomentar la más enconada persecución contra ellos, pasando de la legítima defensa al acoso más despiadado. Una vez obtenida la independencia de Méjico, los Rangers siguieron siendo la principal herramienta para rematar el trabajo de exterminio iniciado contra los karankawa. Como colofón, comentar que los actualmente celebrados agentes de la ley tuvieron un origen tan tenebroso como los Einsatzgruppen tedescos, cuya misión era buscar y exterminar a todo aquel que no perteneciera a su raza elegida. Así actuaron los "líderes del mundo libre" que van dando lecciones de ética y democracia por todo el planeta. Para mear y no echar gota, vaya...

Bueno, s'acabó lo que se daba. De la posterior evolución de estos probos exterminadores ya hablaremos...más adelante.

Hale, he dicho

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viernes, 12 de junio de 2020

El curioso origen de los GURKHAS


Pasando revista a una compañía del 1er. Batallón del 4º Rgto. de Fusileros Gurkhas en Francia, en julio de 1915


Bueno, ante todo una aclaración que, aunque en teoría está de más, no quiero dejar de hacerla por si alguien se despista. Los gurkhas son una de las muchas tribus, clanes o castas que habitan en Nepal, donde todo los años van mogollón de cuñados a gastarse un pastizal por pasarlas putas para subir al Everest, estar en la cima el tiempo justo de hacerse la foto porque hay dos kilómetros de cola y bajar muy contentito por haber coronado la cima del mundo aunque le hayan tenido que amputar los dedos de los pies y la napia se le haya caído por el camino de vuelta, sin contar con el estupendo enfisema de pulmón con el que podrá presumir ante sus amiguetes porque se le acabó el oxígeno y, aún así, pudo retornar al campamento base.

Básicamente, y para hacernos una idea del origen de estos belicosos ciudadanos, a nivel racial son los miembros de un antiguo y pequeño estado llamado Goorkha o Gurkha, descendientes del clan Rajput conocidos como Khas Gurkhas que, a su vez, incluyen a dos tribus, los khas y los thakur. De hecho, los gurkhas fueron motivo, junto a los tibetanos y otras razas de esa zona de Asia, de la expedición enviada por el ciudadano Adolf en busca de las raíces de la raza aria de su maravilloso Reich de ciudadanos altos y rubios. Lo raro es que si ponemos a un nepalí y a un tedesco uno junto al otro no sé de dónde leches pudieron deducir los eugenistas nazis que ellos también eran arios, porque se parecen lo mismo que un huevo a una castaña. Sea como fuere, lo cierto es que los arios son estos asiáticos y no los tedescos,ya ven lo que son las cosas...

Sonriente gurkha, feliz de comprobar que su kukrie corta lo
suficiente como para hacerse un bocata de mortadela. El jovial
homicida pertenecía a la 43º Bgda. de Infantería India, que en
el año de la foto, 1944, estaba operando en Italia
Bien, aclarado el tema racial, es evidente que fue el nombre de su país el que sirvió para identificarlos cuando pasaron a formar parte del ejército británico (Dios maldiga a Nelson),  y al cómo y el por qué ocurrió esto es a lo que dedicaremos este artículo porque, por lo general, cuando se habla de gurkhas viene a la mente un sujeto de rasgos asiáticos, más bien bajito, de piel cobriza y casi siempre con una sonrisa de oreja a oreja, pero que cuando se cabrean tienen muy mala leche. Y todo ello adobado por sus temibles kukries, esos peculiares cuchillos de los que ya hablaremos detalladamente en su momento pero que, como anticipo, conviene saber que, en realidad, son más bien un cuchillo multiuso que igual vale para abrir una lata, cortar leña, desbrozar maleza y, naturalmente, hendir los cráneo de sus enemigos aunque muchos toman como artículo de fe esa chorrada de que si se desenvaina debe "probar la sangre", por lo que si se usa para cortar un manojo de rábanos deben hacerse un pequeño corte en el brazo para envainarlo con honor. Eso, obviamente, es una solemne estupidez propalada quizás para aumentar su fama de fieros devoradores de hombres y que los enemigos se hicieran pipí si se enteraban de que había gurkhas en las líneas contrarias, como quiero recordar que ocurrió en la Guerra de las Malvinas, donde los atribulados reclutas argentinos se preocuparon bastante al saber que los malvados british había llevado allí a una unidad de estos mercenarios tan agresivos. Bien, ya vale de introito, así que vamos al grano...

Prithi Narayan Shah, el unificador del Nepal
(1722-1775)
El punto de partida lo situaremos a mediados del siglo XVIII, cuando lo que conocemos como la India y territorios limítrofes eran una amalgama de pequeños estados que, como suele ocurrir en estos casos, se llevaban fatal entre ellos por prejuicios tribales, religiosos y demás zarandajas que dan motivos para masacrarse bonitamente. Uno de estos pequeños estados era Goorkha, situado al noroeste del Nepal y regido por el maharajá Prithi Narayan Shah. Ojo, solo en Nepal había en aquel momento 54 estaditos, así que imaginen qué no habría en el resto de la India. Este sujeto, que a la vista de sus actos no tenía un pelo de tonto, vio como los british de la Honorable Compañía de las Indias Orientales (Honorable, juasjuasjuasss...) se había apoderado poco a poco de enormes zonas del sub-continente indio, logrando que muchos de sus regentes se convirtieran en sus vasallos o aliados. Obviamente, esto suponía una inmensa fuente de ingresos para aquellos tipos de jeta paliducha y ademanes arrogantes que, gracias al comercio con sus recursos naturales- té, especias, sedas, etc.- con Europa se estaban forrando literalmente. Así pues, y a la vista de cómo los paliduchos arrogantes se estaban haciendo los amos del cotarro como si tal cosa, decidió imitarles y unificar todo el Nepal bajo su cetro.

Gurkhas del ejército de Prithi Narayan Shah
Así, a partir de 1743, Prithi Narayan empezó a organizar un ejército cualificado para ir invadiendo a los estados nepalíes. Pero que nadie piense que sus tropas eran una caterva gritona armados con lanzas y kukries, sino hombres entrenados y armados al estilo europeo con mosquetes y al mando de generales que sabían lo que llevaban entre manos. Prithi Narayan confiaba además en que Nepal, aislado por insuperables cadenas montañosas, sería prácticamente inexpugnable ante enemigos de más allá de los límites naturales de la región si bien, como hombre prudente que era, no confió solo en la naturaleza para hacerse fuerte en sus dominios, sino que fortificó la frontera para ponerlo aún más difícil a posibles invasores. Cuando nuestro hombre palmó en 1775, su hijo Pratap Singh Shah y, poco después, el hijo de este, Rana Bahadur Shah, siguieron con la misma política que el unificador del Nepal, si bien adoptando métodos más expeditivos. O sea, que ya no se conformaban con invadir un estado y hacer a su regente tributario suyo, sino que optaban por lo fácil: exterminaban a toda la familia real para eliminar posibles aspirantes a recuperar su independencia y se apropiaban de todos los atributos y derechos del extinto monarca. Era evidente que, tarde o temprano, esta política expansionista acabaría chocando con los intereses británicos, y más si consideramos que muchas de las víctimas de los gurkhas eran precisamente fieles aliados de los europeos y, como es natural, les pidieron ayuda para detenerlos.

Rana Bahadur Shah (1775-1806)
Durante varios años, gurkhas y british se estuvieron contemplando con cautela. Los primeros en plan desafiante, como avisando que se consideraban invencibles y que no osaran ponerse en su camino; los segundos, como queriendo nadar y guardar la ropa, o sea, mostrando una ambigua firmeza pero sin atreverse aún a plantar cara a Rana Bahadur Shah, prefiriendo contemporizar antes que meterse en una guerra con un país que había mostrado su capacidad militar y que dominaba el terreno donde se movían mucho mejor que ellos. Bhim Sen Thapa, primer ministro nepalí, afirmaba rotundamente que "nuestras colinas y fortalezas están formadas por la mano de Dios y son inexpugnables". Pero el expansionismo nepalí ya empezaba a amenazar con ir más allá de sus fronteras naturales, estimulados ante todo por la actitud condescendiente de los british que, como es de suponer, tomaron como una evidente muestra de debilidad. En 1813 se apoderaron de Bhootwal , una zona situada en la frontera del reino de Oude, y eso empezó a poner nerviosos a los devoradores de pasteles de riñones. El suceso, acaecido en el relevo del anterior gobernador lord Minto por el nuevo, Francis Rawdon-Hastings, lord Moira para los amigos, no impidió que este último hiciese un postrero intento por aplacar la agresividad gurkha con la diplomacia. Pero los sonrientes y siempre optimistas nepalíes- todos los cronistas coinciden en que eran la gente más jovial que se podía conocer- pasaban de diplomacia, así que a Moira no le quedó otra que enviar un destacamento para recuperar el territorio recién ocupado. Aquello fue más bien una demostración de que no estaban dispuestos a tolerar más agresiones que un acto de reconquista efectivo ya que, tras designar una serie de funcionarios nativos para administrar la zona, se largaron rápidamente al distrito de Goruchpoor, donde estaba su base.

Bhim Sen Thapa (1775-1839), el belicoso
primer ministro que nunca fue a la guerra
En mayo de 1814, en cuanto el último casaca roja desapareció de la zona, los gurkhas volvieron a Bhootwal y atacaron de forma simultánea tres puestos policiales, liquidando a veinticuatro de sus efectivos y dejando al oficial británico al mando de la zona convertido en comida para gatos. Lord Moira, viendo que con buenas maneras y una amigable charla durante una partida de whist no conseguiría nada, tuvo claro que aquello solo se resolvía por la fuerza de las armas, por lo que el día 1 de noviembre, nuestro hombre, gobernador general de la India, declaró oficialmente la guerra a los gurkhas. Bhim Sen, que era cuanto menos tan chulo como los british, les envió como respuesta que "si los ingleses quieren la guerra contra los conquistadores de Goorkha, pueden tenerla". Ahí, con dos cojones, qué carajo... No obstante, no todos los gurkhas estaban convencidos de que la política de agresión de Bhim Sen era la más correcta. Era evidente que unos extranjeros que, aunque paliduchos y devoradores de pasteles de riñones se habían apoderado de inmensos territorios y/o habían sometido a sus dirigentes, no eran para tomarlos a broma. El primero de ellos era, paradójicamente, un militar, el general Amar Singh Thapa, que advirtió al primer ministro que meterse en guerras con los british no les traería nada bueno. Sin cortarse un pelo le envió una carta en la que decía que "...hasta ahora hemos cazado ciervos: si participamos en esta guerra, debemos estar preparados para luchar contra los tigres. El defensor de la guerra (o sea, el primer ministro Bhim Sen) que propone luchar y conquistar a los ingleses ha sido criado en la corte y es un extraño al trabajo y las dificultades de una vida militar".

Sello conmemorativo del valeroso Amar Singh Thapa
(1751-1816)
Pero Bhim Sen ya había cruzado su propio Rubicón, y los british ya no se detendrían hasta meter en cintura a los gurkhas. Lord Moira organizó un ejército de 22.000 hombres, una cifra nada despreciable para lo que, en teoría, era una operación de castigo y una demostración de fuerza. Dividió sus tropas en cuatro columnas que partirían desde Dinapore, Benarés, Meerut y Ludhiana. Cada columna estaría respectivamente al mando de los generales Marley, con 8.000 hombres y la misión de ocupar Katmandú, la capital; Wood, con 4.000 y con el encargo de recuperar el distrito de Bhootwal origen del conflicto; Rollo Gillespie, con otros 4.000 y teniendo como objetivo de tomar Garhwal, la capital de Srinagar y, finalmente, al mayor general sir David Ochterlony, al mando de 6.000 hombres y una docena de cañones para enfrentarse al prudente aunque en modo alguno cobarde Amar Singh Thapa en Malaun. 

Francis Rawdon-Hastings, lord Moira y I marqués de
Hastings (1754-1826)
El primer enfrentamiento lo protagonizó la columna al mando del general Rollo Gillespie ante el fuerte de Kalunga, guarnecido por 600 hombres al mando del general Balbahadur. Tras montar el sitio y desplegar su artillería, Gillespie envió la habitual carta conminando a la rendición y tal, a los que el comandante gurkha respondió que no aceptaba correspondencia a horas tan intempestivas. A pesar de ser una fortificación aparentemente irrelevante y que podría ser tomada sin esfuerzo por los 4.000 hombres de Gillespie, solo tras un desaforado bombardeo consiguieron que los gurkhas evacuaran el pequeño fuerte, y todo a costa de un elevado número de bajas por parte de los british incluyendo a su comandante, que entregó la cuchara heroicamente durante un intento de asalto que resultó fallido, cayendo fulminado de un balazo en el corazón. Un hecho curioso tuvo lugar en esta batalla, en la que un gurkha apareció ante las líneas inglesas agitando los brazos. Los british, perplejos, no lo tirotearon pensando que se rendía porque el hombre mostraba una severa herida que le había destrozado la mandíbula inferior. Tras ser curado por el cirujano de la unidad, el gurkha pidió permiso para largarse y proseguir combatiendo. No se sabe si lo dejaron marchar y lo corrieron a collejas por ingrato.

Mayor General sir David Ochterlony (1758-1825)
Como vemos, la tónica general de esta guerra fue el desalojo de las fortificaciones y los picos donde los gurkhas podían enfrentarse a ejércitos superiores sin problema. De hecho, la actitud de los generales ingleses era más bien precavida en exceso ya que nunca antes habían tenido que combatir en un terreno tan adverso a sus tácticas habituales, en las que primaba la batalla campal con posibilidad de desplegar sus fuerzas y aprovechar su superioridad. Más aún, el hecho de que ni a nivel de armamento ni de efectivos se les igualaban, la increíble agresividad de los gurkhas y su pasmosa facilidad para moverse por las montañas incansablemente tenía bastante mosqueado al personal excepto a  Ochterlony, que fue el único que captó que si quería vencer a tan correosos enemigos ya podía irse olvidando de los manuales militares. La clave estaba en ir reduciendo los fuertes que controlaban los pasos hacia el interior del Nepal. Estas fortificaciones, que en muchos casos eran meras empalizadas, dominaban las alturas y con pocos hombres podían detener en seco una columna de miles de enemigos porque, simplemente, no tenían ni sitio para formar un cuadro. Umur Sing, hermano del primer ministro y comandante en jefe del ejército gurkha,  optó por abandonar los fuertes menos defendibles y concentrar sus fuerzas donde podía hacer frente a los enemigos de forma efectiva. Buena prueba de los violentos cambios de impresiones que tuvieron lugar fue la conquista de Deothul, un pico cuya fortificación solo pudo ser tomada por las tropas de Ochterlony tras un asalto en masa el 15 de abril de 1815 que, sin embargo, se vio casi perdido cuando al día siguiente los gurkhas llevaron a cabo un feroz contraataque que logró abrir brecha en varios puntos tras un concienzudo bombardeo que dejó la dotación de la artillería trasladada al fuerte reducida a un artillero y tres oficiales. En esta ocasión, a los british les sacó las castañas del fuego la llegada de una columna de refuerzos que obligó a retirarse a los gurkhas, que dejaron en el campo unos 500 muertos contra 213 british.

Mayor General sir Hugh Rollo Gillespie (1766-1814)
Pero Ochterlony ya le había tomado la distancia a sus enemigos, y sabía que solo minándolos poco a poco podría acabar con su enconada resistencia. En una postrera batalla contra el general Amar Singh, que intentaba formar un último reducto de resistencia en el fuerte de Malaun, vio que el inglés lo tenía totalmente rodeado, así que no le quedó otra que pedir una capitulación lo más honrosa posible. Ochterlony, que sabía apreciar el valor de sus enemigos, ofreció a Amar Singh abandonar el fuerte con sus tropas armadas, sus banderas y sus pertenencias personales. Pero, a cambio, el gobierno de Nepal debía ceder a los british la llanura del Terai, que era por así decirlo la llave del Nepal, más los territorios ocupados y aceptar un Ministro Residente en la capital, Katmandú. Un Residente era un regente de facto al que los reyes o líderes del territorio bajo su jurisdicción tenían que obedecer y que, lógicamente, siempre actuaba en favor de los intereses de la corona. De ese modo, el legítimo gobierno nepalí quedaba relegado al papel de mera comparsa ante sus compatriotas mientras que el que de verdad dirigía sus destinos era un extranjero. Con todo, esta amarga disposición no fue llevaba a los férreos extremos que los ingleses ejercían en otras zonas, quizás para intentar apaciguar un poco a los que tanto trabajo les había costado meter en cintura. De hecho, a modo de sutil venganza, los gurkhas les cedieron como zona de acuartelamiento una comarca donde el paludismo campaba a sus anchas, así que sin darse cuenta les metieron una dosis extra de guerra bacteriológica porque los hijos de la Gran Bretaña cayeron como moscas. 

Firma del Tratado de Sugauli. A la derecha vemos las tropas gurkhas
Pero Bhim Sen no estaba por la labor de aceptar el Residente, y menos aún en entregar el Terai a sus enemigos ya que, de hacerlo, estarían expuestos a ser invadidos en cualquier momento, así que finalmente usó la oferta de paz de Ochterlony para uso escatológico. A la vista de la tenaz resistencia del primer ministro, en enero de 1816 el gobernador general ordenó a Ochterlony que se dejase de historias y de paños calientes y ocupara Katmandú. Para ello se organizó un poderoso ejército de 14.000 hombres apoyados por tropas irregulares y un tren artillero de 83 bocas de fuego que, considerando que el ejército gurkha había menguado de forma notable tras aquellos meses de guerra, resultaría arrollador. Ante el imparable avance inglés y tras infligirles varias derrotas, Bhim Sen prefirió rendirse antes de que el ejército de Ochterlony alcanzara la capital. Este le planteó claramente que ya no habría segundas oportunidades. "Acepte ya un Residente o una guerra", le dijo. Obviamente, tuvo que tragar con el Ministro Residente muy a su pesar, por lo que el 4 de marzo de 1816 se firmó el Tratado de Sugauli que ponía fin al conflicto.

El general Frederick Young (1786-1874)
Llegados a este punto, muchos se dirán que hasta ahora solo se ha hablado de las guerras que mantuvieron los gurkhas con los british, pero fue precisamente gracias a esas guerras por lo que los primeros se unieron a los segundos. Los gurkhas eran un pueblo que admiraba ante todo el valor. Uno de sus dichos más ilustrativos al respecto es el que dice que "Kafar hone bhanda morne ramro" (Es mejor morir que ser un cobarde), y ciertamente supieron apreciar el arrojo de sus enemigos cuando se aventuraron a internarse en un territorio como Nepal que, además de serles totalmente desconocido, era en todo opuesto a lo que habían conocido hasta aquel momento. Por otro lado, los ingleses, aunque menos dados a ensalzar las glorias ajenas, eran más pragmáticos y vieron claramente que sería bastante sensato tener de su lado a unos combatientes que hacían gala de tal arrojo y agresividad. De hecho, el mismo Ochterlony ya propuso en su día reclutar gurkhas nativos de territorios que no les fueran hostiles como fuerzas irregulares, y el gobierno británico nunca intentó colonizar Nepal ni los obligó a formar parte de sus colonias en la India.

Sin embargo, la creación de las primeras unidades de gurkhas tuvieron lugar de la forma más pintoresca. En pleno conflicto, Frederick Young, un teniente del 13º Rgto. de Infantería Nativa que ya había combatido con Gillespie, fue comisionado para levantar una fuerza de 2.000 irregulares para reforzar las tropas de Ochterlony. Una vez reclutados y camino de regreso para unirse al ejército, se topó con un contingente de gurkhas que, sin pensárselo dos veces, los atacaron con su habitual furia. Los 2.000 irregulares salieron echando leches, dejando a Young y demás militares ingleses literalmente tirados. Young, que ya daba por sentado que en breve causaría baja definitiva en el ejército, aguantó estoicamente para palmarla como mandan los cánones. Pero los gurkhas, en vez de filetearlo a él y a sus compungidos colegas, le preguntaron por qué no había huido junto a los 2.000 caguetas que les acompañaban. 

-No he llegado tan lejos para escapar, he venido a quedarme- espetó en plan héroe inmortal porque, total, ya daría por sentado que su vida no valía ni un dátil pisoteado por una manada de camellos. Y diciendo eso, se sentó en el suelo como si tal cosa.

Los gurkhas, que como ya hemos dicho apreciaban ante todo el valor, les cayó simpático el tal Young por su indudable sangre fría aunque por dentro estuviera a punto de hacerse caquita.

-Podríamos servir a las órdenes de hombres como tú- le replicó el líder del grupo de gurkhas, a los que no suponía ninguna deshonra estar bajo el mando de un hombre valeroso, fuese de donde fuese.

Gurkhas del 2º Batallón Sirmoor dándose estopa con los cipayos durante
la revuelta de 1857
Total, se lo llevaron prisionero junto a los demás militares ingleses, pero dándoles un trato más que aceptable y hasta aprendió su idioma. Al cabo de un tiempo fue liberado y, a la vista de lo que le habían comentado sus captores, se presentó en un campo de prisioneros en la India para reclutar gurkhas. Tras pedir autorización para ello, que por cierto le fue concedida sin problemas, en la primera tacada se le ofrecieron nada menos que 3.000 voluntarios que fueron empleados en levantar el primer contingente de gurkhas del ejército británico: el Batallón de Fusileros de Sirmoor que, posteriormente, se recicló en el 2º Rgto. Propio de Fusileros Gurkhas del Rey Eduardo VII. Este batallón fue además la primera unidad de gurkhas que entró en acción, concretamente durante la Guerra de Mahratta de 1817 siendo precisamente su comandante Young tras ser ascendido, ostentando su mando durante 28 años. Y ante la avalancha de voluntarios, se formaron en Subathu el 1º y 2º Batallón Nasiri (Amistosos), que ya en el siglo XX formaron el 1er. Rgto. Propio de Fusileros Gurkhas del rey Jorge V. Se formó un tercer batallón en Kumaon formado por gurkhas y hombres de Kumaon y Garhwal que fueron destinados durante 40 años a vigilar la frontera nepalí hasta que fueron reclamados para hacer frente a la rebelión de los cipayos de 1857. Poteriormente fue renombrado como 3er. Rgto. de Fusileros Gurkhas de la Reina Alejandra. 

En fin, ese fue el comienzo de la inquebrantable amistad entre gurkhas y británicos. A lo largo del tiempo se fueron formando más unidades que combatieron en todas las guerras habidas y por haber, mostrando en todo momento la fiereza y el arrojo del que siempre hicieron gala. No había un solo oficial inglés que, a pesar de su habitual arrogancia, no se deshiciera en elogios para con los gurkhas. Uno de los más expresivos fue el comentario que hizo sobre ellos el alférez John Shipp en sus memorias: 
"Nunca vi más firmeza o valentía exhibida en mi vida. Correr nunca lo harían, y de la muerte parecían no tener miedo a pesar de que sus camaradas estaban cayendo a su alrededor, porque estábamos tan cerca [del enemigo] que cada disparo contaba."
Bueno, pues así de curioso y peculiar fue el origen de los regimientos de gurkhas que, aún hoy día, siguen en activo en el ejército británico aunque en menor número que antaño, sobre todo porque a raíz de la independencia de la India muchos de ellos optaron por servir a sus cuasi paisanos. 

Bien, con esto vale por hoy. Otro día hablaremos de su armamento, uniformidad y demás pijaditas para chinchar cuñados.

Hale, he dicho

Oficial y cipayos del Batallón Nasiri hacia 1834

jueves, 30 de enero de 2020

ORIGEN DE LOS RANGERS


Las primeras tropas llegadas con los colonos ingleses no tenían ni la más remota idea del enemigo con quien se enfrentarían,
totalmente distinto a los que combatían en Europa

Los Rangers han protagonizado varias de películas, como los abnegados buscadores del soldado Ryan o los aún más sufridos yankees del Black Hawk que los flacuchos derribaron en Mogadiscio. Desde la creación del 1er. batallón en 1942 al actual 75º Rgto. de Rangers han tomado parte en todas las movidas habidas y por haber tanto en cuanto son una cotizada fuerza de élite que mata más y mejor a los malvados enemigos de la democracia y el mundo libre, especialmente en Vietnam, donde se internaban en lo más profundo de la jungla para darle estopa a los obstinados seguidores del Viet Cong. Sin embargo, su origen es mucho más antiguo de lo que pueden imaginar, más aún que el personaje que interpretó Spencer Tracy en la cinta "Paso al noroeste" (1940), basada en la novela homónima publicada por Kenneth Roberts ("Northwest Passage") en 1937 donde narra las andanzas de uno de los más famosos rangers de la galaxia, Robert Rogers. Así pues, veamos de dónde surgieron estos aguerridos ciudadanos que tanto han dado que hablar a lo largo del tiempo.

Probo ciudadano recreacionista haciendo
de guardabosques. Estos sujetos se movían
por la espesura como Pedro por su casa
Empecemos por el nombre, ranger, un palabro bastante antiguo por cierto. Si miramos el diccionario, range tiene tropocientas acepciones de lo más dispar, pero originariamente era un término tomado del francés antiguo rengier que evolucionó como ranger en el francés medio. El uso medieval del palabro ranger en la abominable lengua de los anglosajones era el sujeto que llevaba a cabo un ranging, que en contexto con nos ocupa y dándole sentido en el egregio idioma español sería algo así como merodeador o persona que se dedica a recorrer una determinada distancia para vigilar. De hecho, ranger es una de las palabras con las que podemos designar en inglés a un guardabosques, que es precisamente la acepción más acertada para denominar a los primeros ciudadanos que fueron llamados de este modo. La primera vez que aparece por escrito el término ranger se remonta nada menos que a 1371 refiriéndose a los guardas que vigilaban cotos de caza regios en Inglaterra. Se menciona a un tal Henry Dolyng, ranger de New Forest, y a Thomas Croydon, de Waltham. La misión de estos sujetos era exactamente la misma que la de los modernos guardas forestales: vigilar e impedir que los furtivos se colaran en los cotos para hacerse con algún venado, jabalí o cualquier otra res para aumentar las aportación de proteínas en sus magras dietas a base de cebollas y pan. Bien, ya sabemos de dónde procede el término, que creo nos ayudará a entender mejor cómo y por qué fue usado por los colonos ingleses en el Nuevo Mundo.

Este tipo de asentamientos eran la presa ideal para los ciudadanos-nativos.
No dejaban bicho viviente tras saquear todo lo que podían y más
Cuando a principios del siglo XVII llegaron a la costa este y los probos nativos empezaron a mostrarse francamente enojados por la presencia de aquellos visitantes, los british (Dios maldiga a Nelson, que ya se me olvidaba) se dieron cuenta de que sus tácticas militares no valían un pimiento contra unos enemigos invisibles que jamás presentaban batalla en campo abierto. Las mínimas guarniciones armadas con picas y arcabuces eran presas fáciles de los indios, y acabaron teniendo claro que si salían de sus asentamientos defendidos por empalizadas podían liquidarlos uno a uno sin darse el gusto siquiera de poder ver quién puñetas le había disparado la flecha que se le acababa de clavar en la barriga. 

Jamestown
John Smith, el famoso aventurero que fundó el primer asentamiento inglés en el Nuevo Mundo, Jamestown, y hasta se trajinó a la Pocahontas, ya se dio cuenta de que lo iban a tener difícil para enfrentarse a los nativos hostiles cuando escribió que "...nunca luchan en campo abierto, pero siempre esperan la oportunidad de disparar contra sus enemigos ocultos entre la maleza o tras los árboles, y hasta que puedan disparar otra flecha hacen de los árboles su defensa". En resumen, una guerra de guerrillas como la que los gabachos (Dios maldiga al enano corso) padecieron en España, donde una partida de labriegos conocedores del terreno armados con navajas y trabucos hacían entrar en pánico a una columna entera porque la sola perspectiva de caer vivos en manos de españoles cabreados les provocaba crisis de ansiedad.

Fotograma de la cinta "El Nuevo Mundo" (2005), en el que aparece John
Smith manteniendo un encendido cambio de impresiones con un nativo.
Su armadura de placas no servía de gran cosa en un clima donde el
combatiente se cocía en su propio jugo, como bien aprendieron los españoles
Así pues, decidieron que lo más sensato era adoptar tácticas similares a las de los nativos porque sus picas, sus arcabuces, sus coseletes y su disciplina no valían una higa en aquel nuevo paraíso. Para mantener a raya a los indios eran imperioso hacer ranging, o sea, distanciarse de los asentamientos y emboscarlos antes de que tuvieran oportunidad de caer sobre los colonos para dejarlos sin cuero cabelludo y meter fuego a sus casas, graneros y demás instalaciones que con tanto esfuerzo habían edificado. El primero en llevar a cabo este tipo de operación de guerra preventiva fue precisamente John Smith que en 1622 narró como se pateó el territorio de Nueva Inglaterra con solo ocho hombres, manteniendo mogollón de escaramuzas con los indios sin sufrir ninguna baja. Los resultados de esta nueva táctica dejó claro a los colonos que, si no se querían ver con un corte de pelo radical y vivir razonablemente tranquilos, tenían que recurrir a contratar hombres adecuados para hacer frente a los indios. Hombres duros, curtidos, capaces de sobrevivir durante días o semanas bajo las condiciones climatológicas más extremas, porque los indios no sabían eso de que en invierno no tocaba matar gente y que había que esperar hasta la primavera; y, demás, ser buenos luchadores, ex-soldados que habían emigrado a América en busca de fortuna. Estos grupos de hombres se dedicarían a hacer ranging para mantener alejados a los nativos, así que fueron llamados rangers.

Tropas puritanas en Plymouth. Al igual que en Jamestown, el armamento
y las tácticas europeas no les sirvieron de nada en el Nuevo Mundo
El primero del que se tiene noticia fue Edward Backler, que en 1634 fue contratado para liderar un grupo de rangers por los colonos de Kent Island, una plantación ubicada en Virginia al norte de la bahía de Chesapeake, en lo que actualmente es el estado de Maryland. Pronto le siguieron otras colonias, que tenían sus propios rangers para merodear por la comarca y alejar o, si tenían ocasión, eliminar a los indios que siempre estaban al acecho. En 1670 las colonias del norte tuvieron que recurrir a estos grupos de hostigadores porque, además de los indios, tenían sobre ellos la amenaza latente de la proximidad de los gabachos establecidos en el Canadá. En 1670, los colonos de Plymouth formaron una unidad de rangers al mando de un tal Thomas Willet a pesar de que tras su fundación- fue el segundo asentamiento en América en 1620 tras Jamestown- pudieron establecer relaciones amistosas con los wampanoag, una tribu local.

Metacomet, o rey Philip para los
colonos
Las buenas relaciones con los wampanoag y su jefe tribal, Metacomet, duraron el tiempo que los ingleses tomaron la buena voluntad de los nativos como signo de debilidad y empezar a tomarles por el pito de un sereno para ocupar más tierras. Esto dio lugar a un largo y sangriento enfrentamiento entre los años 1675 y 1678 que se conoció como Guerra del Rey Felipe, nombre cristiano que los british dieron a Metacomet. Lo de darle el título de rey era al parecer una costumbre de los british para designar a los jefes tribales. Los colonos recurrieron a partidas de rangers que, con la ayuda de tribus amigas como los mohawk y los mohegan, lograron derrotar a los wampanoag que amenazaban los asentamientos de Plymouth y Massachusetts, un vasto territorio que actualmente comprende los estados de Maine, Rhode Island, Massachusetts y Connecticut. Uno de los líderes de estos grupos de rangers fue Benjamin Church, que fue el primero en reclutar indios amigos para sumarlos a sus rangers y que, por razones obvias, eran hombres sumamente eficaces para el tipo de guerra que se desarrollaba por aquellos lares.

Benjamin Church (c.1639-1717)
Church era un criollo nacido en Plymouth hacia 1639, y está considerado como uno de los padres de los rangers actuales por haber sido el primero en establecer una serie de métodos de combate y plasmarlos por escrito. Supo llevar a cabo una inteligente combinación de las tácticas de lucha de los nativos con el armamento europeo, donde obviamente tenían ventaja contra unos enemigos que seguían usando armas del paleolítico. Pero lo más importante era que aprendió a guiar a su gente como si fuera un auténtico guerrero indio basándose en lo que había aprendido de ellos, como por ejemplo no usar nunca la misma ruta para hacer el mismo recorrido, emboscar al enemigo y dispersarse para no darles opción a perseguirlos o atacar de noche para hacer prisioneros e interrogarlos para obtener información sobre los movimientos de sus compañeros. Y a pesar de su aparente falta de jerarquía o de fuerza poco disciplinada, nada más lejos de la realidad porque Church mantenía entre sus hombres un rigor cuartelero y les había infundido un gran espíritu de sacrificio para poder soportar las duras condiciones de vida que debían arrostrar constantemente. Además, tuvo la sensatez de hacer tratar a los indios amigos que les acompañaban como camaradas, dejando de lado la típica arrogancia europea hacia los que consideraban razas inferiores. 

Ranger de Church tras dar caza a un indio hostil
Sin embargo, durante la Guerra del Rey Felipe, Church se obsesionó de tal forma con la captura de Metacomet que sus métodos con los presos nativos llegaron a ser inhumanos, recurriendo a brutales interrogatorios que pusieron en entredicho su liderazgo. De hecho, tras la guerra aún prosiguió con sus razzias contra tribus enemigas, especialmente contra la colonia de Arcadia, en territorio francés del Canadá, donde se despachaba a gusto con los nativos y sus poblados hasta que, finalmente, los mandamases de la colonia de Plymouth, de quién dependía, le exigieron garantías sobre la seguridad y la integridad física de los indios que apresaba. Tras retirarse en 1704 con el grado de coronel escribió sus memorias que tituló "Entertaining Passages  Relating to Philip's War" (Textos Entretenidos Relativos a la Guerra de Felipe), que en realidad eran un compendio de sus notas acerca de sus movidas con Metacomet pero que fueron considerados como el primer manual militar de América. Fueron publicadas en 1716. Por cierto que Church no dudó en pasar de sus propios preceptos cuando se le empezaron a cruzar los cables, concretamente el nº 4 que recomendaba no causar daños o perjuicios inútilmente, de lo que hizo caso omiso cuando se vanagloriaba de no haber dejado en pie más que cinco casas en Arcadia en su postrera incursión a aquel territorio.

Tropas inglesas en las colonias
La llegada del nuevo siglo no implicó en modo alguno el establecimiento de la paz, sino todo lo contrario. Durante la primera mitad del siglo XVIII, las colonias del norte se vieron obligadas a mantener sus partidas de rangers para salvaguardar sus fronteras que, además del hostigamiento por parte de los nativos, también se veían amenazadas por los gabachos del Canadá. De hecho, todo lo que ocurría en Europa se veía trasladado al Nuevo Mundo, empezando por la Guerra de Sucesión española en la que Francia y España lucharon aliadas contra los british, partidarios del pretendiente de la Casa de Habsburgo. Esto los mantuvo entretenidos entre 1702 y 1713. Posteriormente, la Guerra de los Siete Años (1756-1763) también tuvo su eco americano con las Guerras Franco-Indias (1754-1763), y en esta ocasión los mandamases british llegados con contingentes de tropas a las colonias vieron claramente que eso de poner cuadros de infantería a pegarse tiros unos a otros no traía cuenta en un terreno cuasi selvático y contra un enemigo, Francia en este caso, que contaba con el apoyo de tribus aliadas.

Retrato hipotético de Robert Rogers (1731-1795)
La primera compañía de rangers formada oficialmente por el ejército británico se creó el 23 de marzo de 1756. Estaba compuesta por 50 hombres, tres sargentos, un abanderado, un teniente y un capitán. Sus miembros fueron cuidadosamente seleccionados entre los más fuertes y curtidos, experimentados en la caza y en moverse por el territorio en cualquier época del año. Y en esta ocasión ya no estaban bajo las órdenes de los colonos que los contrataban, sino sujetos a la disciplina del ejército británico y a su Código de Justicia Militar. Su misión eran ante todo infiltrarse en territorio enemigo para hostigarlo sin descanso, destruir almacenes, atacar columnas de aprovisionamiento, etc. y, naturalmente, también a las tribus aliadas del francés. Al mando de la compañía se puso a un personaje de lo más controvertido, Robert Rogers. Tenía todas las "virtudes" para convertirse en un personaje legendario: infiel, hembrero, dado a toda clase de vicios, estafador, falsificador, jugador, bebedor, apresado y asesinado tropocientas veces por los enemigos, acabó convirtiéndose en el típico mito de los más afamados hombres de frontera. Sin embargo, lo incuestion era su eficacia contra los gabachos, que no tuvieron más opción que preparar unidades contra-rangers que, acompañadas por indios amigos, intentaban dar caza a los Rogers Rangers, como bautizaron a su unidad en su honor, de la misma forma que los rangers en Vietnam llevaban a cabo operaciones LRRP contra el Viet Cong.

Rangers de Rogers haciendo de las suyas en territorio enemigo
El buen resultado de la compañía de Rogers hizo que se formaran diez compañías más para combatir a los gabachos siguiendo siempre la misma táctica que tan buenos resultados les daban: emboscadas e incursiones en terrenos ventajosos, dispersión y reunión en puntos previamente establecidos en caso de verse superados e infiltración en el territorio enemigo que a veces alcanzaban varios cientos de kilómetros, donde menos podían imaginar ver aparecer a una partida de energúmenos deseosos de sembrar muerte y destrucción + IVA. Porque de la misma forma que Church optó por imponer una disciplina adecuada, Rogers, fiel a su carácter, era totalmente contrario a ella, y tanto sus mandos como sus tropas y él mismo no eran precisamente proclives a observar las normas y usos de la guerra. Un tipo de guerra nada ortodoxa requería hombres totalmente heterodoxos, cuando no faltos totalmente de escrúpulos. 

Rangers tras un enfrentamiento con gabachos e indios aliados. Al que está
tumbado le están pelando el cráneo
Los british estaban tan contentitos con el rendimiento de sus rangers que el 14 de septiembre de 1757 autorizaron la formación de la "Ranging School" propuesta por Rogers para adiestrar a los cadetes en las técnicas de combate desarrolladas por su controvertido creador, que redactó un decálogo de 28 reglas tácticas básicas que se debían seguir a rajatabla: las "Rogers Rules of Discipline" (Reglas de Disciplina de Rogers), que aún siguen vigentes en forma abreviada entre los rangers actuales. Ojo, estas normas no deben confundirse con las "Standing Orders" (Órdenes Permanentes), otro decálogo de solo 19 breves normas que, al parecer, son fruto de la ficción, concretamente reflejados en la novela de Kenneth Roberts mencionada anteriormente. No obstante y a pesar de su origen espurio figuran en el manual actual de esta unidad. 

Bien, así es como nacieron los rangers, como unos meros grupos de merodeadores cuya misión no era otra que repeler las agresiones de los nativos hostiles. Está de más decir que se mantuvieron operativos durante la Guerra de la Independencia, pero eso ya lo contaremos otro día. Hoy tocaba solo hablar de cómo surgieron y sus primeros pasos por este latente mundo. Por cierto, no deben confundir estos rangers con los Rangers de Texas, una fuerza policial creada en 1823 para proteger a los colonos llegados a dicho estado cuando se lo apropiaron a los mejicanos y de quienes también daremos cumplida cuenta en su momento.

Bueno, por hoy s'acabó lo que se daba.

Hale, he dicho

Rangers de New Hampshire durante un descanso. Como vemos, ni el más crudo invierno detenía a estos correosos
merodeadores, que aprovechaban incluso el mal tiempo para hostigar a las tribus hostiles. Eran hombres habituados
a moverse sin descanso sin importarles el hambre, la sed o el cansancio