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domingo, 30 de enero de 2022

BUCANEROS

 

Probos canallas carne de horca según un grabado obra de Howard Pyle aparecido en 1887 en la Harper's Magazine bajo el título "El saqueo de Panamá", "gloriosa gesta" perpetrada por estos indeseables que hicieron del latrocinio pseudo-legal su modo de vida

Por lo general, cuando salen a relucir temas sobre piratas que no estén relacionados con políticos y demás entes parasitarios, los términos bucanero, filibustero y corsario también salpican el debate como si fueran todos sinónimos. Bueno, pues no. Estos ciudadanos lo que tenían en común era básicamente que llevaban a cabo sus fechorías en el mar o en ciudades costeras, pero ahí acaban las coincidencias. Un pirata no es lo mismo que un bucanero, y un corsario no es lo mismo que un filibustero. Los únicos que podrían abarcar todas las categorías son los trepas que nos chupan la sangre desde el congreso, los parlamentos de las taifas, diputaciones, ayuntamientos y demás patios de Monipodio, pero el artículo de hoy no va de ladrones de guante blanco, sino de mangantes marítimos. Así pues, acomódense, sírvanse una copita de algún destilado de su elección y tomen buena nota de quiénes eran los bucaneros para, cuando echen por la caja tonta alguna peli de esas de los años 50 donde el capitán pirata es un guaperas que se lleva de calle a todas las chicas que secuestra, puedan planchar a sus cuñados con sus extensos conocimientos sobre ladrones navales con 3ª fase de hepatopatía alcohólica, vulgo cirrosis irreversible y, por ende, mortal.

Captura y posterior ejecución del pirata Eustaquio el Monje frente
a las costas de la isla de Sandwich a manos del almirante Hugh
de Burgh en 1217. Como vemos, la piratería no era nada nuevo

Si tomamos el término pirata como genérico para todo aquel que ejerce su vil latrocinio en el mar, entonces podemos decir que la piratería es más antigua que los balcones de palo. Desde hace siglos, estos chorizos náuticos han hecho de las suyas aprovechando que las naves cargadas de mercaderías estaban más indefensas que un ciudadano honrado en el congreso de los diputados. Eran presa fácil ante una tripulación nutrida por despojos humanos ávidos de riquezas sin tener que doblar el lomo para ganarlas como si de un ministro cualquiera se tratase, y aprovechaban la impunidad que otorga la inmensidad del mar para robar a su sabor, arrojar al agua a los atribulados mercaderes y los marinos de la nave expoliada y en el juzgado nos veremos dentro de un trillón de años. Los ladrones de secano siempre lo han tenido más difícil por razones obvias, y muchos acababan ejecutados a los dos minutos de haber caído en las garras de la autoridad. Hasta el gran César fue capturado por unos malvados acuáticos cuando tuvo que salir de naja de Roma por sus desavenencia con Lucio Cornelio Sila, teniendo que pagar un suntuoso rescate para ser liberado. En resumen, el atraco naval ha sido, y aún es como vemos que ocurre en aguas del cuerno de África, un modo de obtener jugosas ganancias con relativa facilidad.

Galeón español. Estas naves fueron las que durante mucho tiempo
nos dieron la supremacía marítima en todo el mundo
Sin embargo, hasta el descubrimiento del Nuevo Mundo la piratería tenía un campo de acción más limitado tanto en cuanto las zonas para ejercerla eran más reducidas. Pero la expansión de España y, posteriormente, de Inglaterra, Francia y Holanda (Dios maldiga a ese trío de bellacos) hacia la tierra donde manaba leche, miel y, sobre todo, oro y plata, permitió la proliferación de piratas hasta el extremo de dar lugar a una auténtica edad de oro del atraco acuático entre la segunda mitad del siglo XVII y principios del XIX, cuando el acoso de las armadas de las potencias de la época y la expulsión de sus otrora reductos cuasi inexpugnables les acabó presionando hasta que, finalmente, la carrera de pirata tenía menos salidas laborales que la de un biólogo con un doctorado en los hábitos de apareamiento del gorgojo. Sin embargo, esa época dorada que hemos mencionado no surgió por las buenas, sino como consecuencia de una serie de factores que iban más allá del mero afán de latrocinio de unos cuantos ladrones alcoholizados. El hecho palmario es que podrían haber sido enviados al fondo del mar en un periquete si el trío de bellacos antes mentado no los hubieran usado como instrumento para expoliar y minar el poder del creciente imperio español, y la infestación en las aguas del Caribe por parte de piratas de todo tipo fue apoyada descaradamente por las monarquías inglesa y francesa más la república de la Provincias Unidas de los Países Bajos, vulgo Holanda, para facilitar la implantación de colonias que les facilitasen tomar su parte del inmenso pastel que suponía el continente americano para las depauperadas arcas europeas, llenas de aire a causa de las interminables guerras que mantenían todos contra todos con tal de ser el que llevase la voz cantante.

Las islas del Caribe, donde durante décadas se coció el liderazgo
naval de España, Francia e Inglaterra

A medida que la expansión española por Tierra Firme, como los conquistadores llamaban al continente, fue aumentando, las islas caribeñas fueron dejadas de lado poco a poco. Al cabo, lo que importaba eran las minas de oro y plata para alimentar las menguadas arcas hispanas que, sobre todo tras la Guerra de los Treinta Años, estaban llenas de aire. Los continuos conflictos bélicos con Francia e Inglaterra, las revueltas en Flandes y el esfuerzo por mantener las posesiones de la corona de los Habsburgo en Italia contra el expansionismo gabacho costaban verdaderos ríos de oro. Por ello, aunque el descubrimiento colombino e inmediata ocupación se llevó a cabo en las Antillas, este cúmulo de islas no reportaban beneficios a la corona y su dominio implicaba un enorme gasto que, en aquel momento, España no podía arrostrar. De hecho, Cuba y Puerto Rico fueron a efectos prácticos las únicas que se conservaron en todo momento bajo control español y, en lo posible, bien guarnicionadas. Sin embargo, otras de menor tamaño o importancia como Jamaica, La Española, Bahamas y todo el archipiélago de las Antillas Menores habían sido abandonadas aunque su posesión nominal seguía siendo española... de momento. La realidad es que esas islas eran improductivas, solo valían para algunos tipos de cultivos, especialmente caña de azúcar y tabaco, y donde estaba de verdad la enjundia era en Tierra Firme con las inagotables minas de oro y plata de Méjico, Perú, etc.

Un boucannier con su mosquete y sus chuchos de caza

El fragante aroma de los metales preciosos llegó a Europa en menos tiempo que un cuñado pela un gamba, y no tardaron en acudir aspirantes a probos colonos huyendo de las guerras y la miseria del Viejo Continente. De ahí que durante el primer cuarto del siglo XVII comenzara un flujo, lento pero constante, de gente en busca de un lugar donde asentarse, y nada mejor para ello que estas islas desechadas por España donde no había otra ley que la que ellos quisieran imponerse, libres de servir como carne de cañón en los ejércitos de sus respectivos países y de verse libres de impuestos para alimentar el inmenso agujero negro que eran los erarios de sus monarcas, siempre endeudados para pagarse sus inacabables guerras. Naturalmente, tampoco faltaban los aventureros de todos los pelajes, fugitivos, y demás canallería europea con las cabezas pregonadas que veían más atrayente vivir en una isla mohosa que en una mazmorra para, finalmente, acabar siendo protagonista de cualquiera de los brutales sistemas de ejecución de la época o, en el mejor de los casos, simplemente colgados en cualquier encrucijada como aviso a los mangantes de la comarca.

Dos bucaneros despiezando unos cerdos salvajes cuya
carne ahumarán en el boucan que aparece en la imagen

Así pues, la población de estas islas se componía de desertores, marineros hartos de sentir el chasquido del rebenque en sus lomos, esclavos fugados y criminales de todo tipo. Uséase, un vecindario de lo más recomendable. Inicialmente se limitaban a ganarse la vida de forma pacífica plantando tabaco que luego introducían de contrabando en Cuba o Tierra Firme o, más frecuentemente, cazando los animalitos de la isla cuya carne ahumaban para venderla a las tripulaciones que pasasen por allí, obviamente gabachos, ingleses o cualquier otro que no fuera español ya que los hispanos, celosos propietarios de las islas, llevaban a cabo alguna que otra incursión para dejarles claro que el título de propiedad era nuestro, y que su presencia no solo era indeseable, sino también tóxica. Pero si los expulsaban, pues se mudaban a otra isla o volvían cuando pasaba el peligro ya que, como hemos dicho, España carecía de medios para mantener un control eficaz sobre tanta isla. De estos cazadores nómadas surgieron los bucaneros, palabro procedente de la lengua arawak usada por los nativos del Caribe, América Central y la parte septentrional de Sudamérica. Tras filetear a sus presas ahumaban su carne colocándola sobre una especie de caseta a modo de ahumadero llamada boucan, que los gabachos afrancesaron como boucannier por ser ellos los primeros en generar esta forma de vida cuando se asentaron en La Española, emblemática isla que, a pesar de ser la primera posesión castellana en el Nuevo Mundo, fue abandonada salvo algunos asentamientos en la costa sur junto a otras, como ya se ha explicado. La Española fue rebautizada por los gabachos como Santo Domingo y actualmente cohabitan en ella la República Dominicana y Haití.

Plantación de tabaco en una colonia francesa. El acoso español
obligó a muchos de estos colonos a abandonar los cultivos o la
caza para dedicarse al pillaje a tiempo completo

La existencia de los boucanniers era bastante básica. Cuando avistaba algún barco de bandera que no fuese española, montaban sus chiringuitos playeros de carne ahumada en las playas, donde los tripulantes llegaban para reponer víveres y hacer aguada. Su economía se ceñía ante todo al trueque ya que en una isla mohosa no hay donde gastar dinero, así que a cambio de su carne aceptaban armas y municiones con las que, además de cazar, intentaban de alguna forma defenderse de las incursiones españolas, otro tipo de alimentos como queso o salazones y, especialmente, ron, destilado sin el cual un probo canalla carne de horca se siente un poco bastante desamparado. Como vemos, la vida de los bucaneros no era especialmente apacible. Las poblaciones de estas pseudo-colonias estaban formadas casi exclusivamente por hombres, y no precisamente de lo más selecto de las sociedades de sus respectivos países. Ya podemos suponer que la necesidad de hembra con la que desfogar los humores viriles debía ponerlos especialmente irritables, y las reyertas y broncas serían bastante habituales. Si a eso sumamos el acoso a que los sometían las tropas españolas cada vez que les hacían una visita, es evidente que su existencia en sus lugares de origen debía ser asquerosísima para preferir la vida asquerosa que tenían que arrostrar.

Vista de la isla de Tortuga en la que podemos ver la posición del
fuerte de Rocher. Artillado con 40 bocas de fuego, convertían el
puerto en un lugar inaccesible para cualquier nave enemiga
No obstante a finales de la década de 1620 empezaron a hartarse de vegetar en La Española / Santo Domingo, roídos de miseria y viendo como su magras ganancias se iban al garete cada vez que un galeón español pasaba por allí, desembarcaban un contingente de infantes de marina y los obligaban a abandonar sus bohíos y escasos enseres para ocultarse en la selva hasta que se largaban con viento fresco tras meterle fuego a todo. Defender la isla de las visitas non gratas era misión imposible porque había demasiadas calas donde podían desembarcar sin problemas, y carecían del número de hombres suficientes para mantenerlas bajo vigilancia y, más aún, para su defensa. Era el momento de liar el petate y buscar un asentamiento más seguro. Este no estaba lejos, a apenas 7 km. al norte de La Española. Era la isla de Tortuga, un pedrusco abrupto y alargado que emergía del mar con una superficie de apenas 180 km² pero que ofrecía una ventaja superlativa a la hora de resguardarse: su costa norte era totalmente inaccesible ante un intento de desembarco, y solo había un puerto en el lado sur donde recalar. A partir de 1640, este puerto estaba defendido por el fuerte de Rocher construido por Jean le Vasseur, un ingeniero militar enviado por el gobernador de San Cristóbal. Por lo tanto, la orografía de la isla la convertía en una fortaleza natural donde los bucaneros podían dormir sus comas etílicos apaciblemente sabiendo que con sus escasas fuerzas podrían repeler las incursiones españolas, que por otro lado eran cada vez más escasas debido a la necesidad de tropas y dinero para sus guerras en la añeja y caduca Europa, donde no sabían vivir sin matarse unos a otros sin solución de continuidad.

Isla de La Española. La presencia hispana se limitaba a algunos
asentamiento en la costa sur. El resto pasó a manos de los bucaneros
hasta que lograron apoderarse de todo el territorio

Los bucaneros no tardaron mucho tiempo en darse cuenta de un detalle que podía cambiarles la vida de cazadores y contrabandistas al ver que gran parte del tráfico mercante español circulaba precisamente por las aguas situadas entre Cuba y Florida, un canal denominado el Paso de los Vientos. Por allí circulaban los barcos procedentes de San Agustín, Veracruz, Portobelo y Cartagena camino de La Habana, punto de partida hacia la Casa de Contratación de Sevilla, que por aquella época tenía el monopolio del tráfico con las posesiones de Ultramar y por donde pasaba hasta la última onza de oro y plata provenientes del Nuevo Mundo. Esos barcos, cargados hasta las trancas de lingotes de metales preciosos, de especias, maderas tropicales y mil y un artículos que eran importados por los mercaderes de la metrópoli, se convertirían en la nueva fuente de ingresos de estos probos canallas carne de horca. Obviamente, esa imagen de los bucaneros tripulando un poderoso galeón erizado de cañones es el enésimo camelo propalado por el cine. Los bucaneros, al menos en sus comienzos, no disponían de naves de porte para perpetrar sus latrocinios, así que optaron por medios a su alcance que, aunque aparentemente escasos, acabaron resultando más eficaces de lo que podamos imaginar.

Pinaza inglesa

Básicamente, la táctica usada por los bucaneros consistía en aprovechar la sorpresa, actuando con nocturnidad y alevosía contra los galeones mercantes que se les pusieran a tiro. Por lo general, formaban pequeños grupos embarcados en canoas o, a lo sumo, en pinazas provistas de artillería ligera en forma de cañones de pivote y poco más. Las pinazas eran embarcaciones muy marineras, capaces de alcanzar elevadas velocidades que les permitieran escapar de posibles perseguidores y sumamente maniobrables. Sus bodegas tenían capacidad para dar cabida a lo más suculento de los botines que trincaban de sus presas, y sus buenas cualidades en el mar les facilitaban salir echando leches hacia puerto seguro antes de que algún buque de guerra de la armada española pudiera ponerlos en aprietos. No obstante, lo más habitual era recurrir a pequeñas flotas de canoas a remo que, fácilmente, se aproximaban a los mercantes y, de forma inopinada, abordarlos, reducir a los tripulantes y saquear a fondo. Luego cargaban los bienes robados y se iban por donde habían venido o, si les interesaba, se apoderaban del galeón entero, lanzando sus víctimas al mar y artillándolo adecuadamente para usarlo en sus rapiñas navales. Lógicamente, a medida que los bucaneros iban capturando barcos también pudieron mejorar el potencial de sus flotas con naves de más tonelaje y mejor armadas para enfrentarse incluso a barcos de guerra.

A partir de ese momento se estableció una peculiar simbiosis entre los bucaneros y los gobernadores enviados por Francia y Holanda a sus pequeñas colonias en La Española / Santo Domingo y San Cristóbal (Saint Kitts según los gabachos) en el caso de los primeros, y la isla de San Martín en el de los segundos, ambas situadas en el extremo septentrional de las Antillas Menores. En el mapa inferior podemos ver la posición de estas islas, así como el reducto bucanero de Tortuga y Jamaica, que se convirtió en el primer asentamiento inglés en el Spanish Main, nombre que daban estos isleños a las posesiones caribeñas españolas.

Esas cuatro islas birriosas tuvieron en jaque a las posesiones españolas debido a la falta de medios para defenderlas adecuadamente. Solo cuando se pudieron trasladar hombres y armas al Nuevo Mundo se pudo poner coto a la tropelías de los bucaneros


Robert Venables (c.1613-1687)

Oliver Cromwell, el abyecto puritano que hizo rodar la cabeza de Carlos I y que ejerció una dictadura de manual bajo el ambiguo título de Lord Protector entre 1653 y 1658, apenas se hizo con el poder ya puso los ojos en las posesiones españolas de Ultramar. En 1655 envió una flota al mando del general Robert Venables para hacerse un hueco en el Caribe con vistas a que ese asentamiento fuese la cabeza de puente que serviría de trampolín a posteriores invasiones. El objetivo inicial fue La Española, de donde fueron rechazados. A continuación se dirigieron a Jamaica, una isla prácticamente abandonada, sin defensas adecuadas y cuya mínima población no podía hacer frente a los invasores, que se apoderaron de ella sin problemas. Una vez consumada la conquista de Jamaica, Venables volvió a Inglaterra dejando al mando de la isla a su inmediato subordinado, Robert Fortescue, que apenas tuvo tiempo de disfrutar del cargo porque palmó a los tres meses. Le sucedió Edward D'Oyley, que tras ostentar inicialmente el mando militar fue nombrado por Cromwell gobernador de la colonia, cargo que fue refrendado por Carlos II tras la restauración de la monarquía en 1660.

Un convoy de la Flota de Indias. Como salta a la vista, nadie se
atrevería a enfrentarse a ellos

Obviamente, D'Oyley tampoco se puede decir que estuviera en una posición privilegiada, rodeado de enemigos y asentado en una isla cuya ocupación no era nada rentable salvo por el hecho de estar en una posición de igualdad con los sempiternos enemigos de España: Francia y Holanda, formando así el trío de malvados envidiosos ávidos de apoderarse de los territorios que con tanto esfuerzo ganamos. Pero lo que estaba claro es que ellos tampoco disponían de tropas para atreverse a presentar batalla en Tierra Firme y a lo más que podían aspirar era a hostigar las naves que trasladaban mercancías a hacia España, porque las escuadras que transportaban los tesoros que generaban las minas continentales, o sea, la Flota de Indias, partía formando un convoy de naves mercantes fuertemente protegidas por galeones que las hacía prácticamente invulnerables, y solo algún barco despistado por una tempestad podía ser capturado por los buques enemigos que merodeaban por el Caribe. Sin embargo, sí podían capturar barcos civiles o atacar poblaciones costeras mal defendidas, esquilmarlos como a borregos y retornar a sus puertos en cualquiera de sus islas, donde se sabían a salvo de la armada española. ¿Y quiénes podían ser los más indicados para perpetrar estas fechorías? Exacto, los bucaneros.

Henry Morgan (1635-1688), uno de los bucaneros más famosos.
A pesar de su innoble oficio llegó a ser lugarteniente del
gobernador de Jamaica

Aunque Inglaterra, Francia y Holanda tampoco estaban precisamente en buenas relaciones y llevaban ya tropocientas guerras entre ellos, los unía un enemigo común, España, y la mejor forma de contar con la colaboración de estos probos canallas carne de horca era darles un leve barniz de legalidad a sus rapiñas concediéndoles patentes de corso que los convertían de facto en colaboradores de los gobiernos de sus respectivos países. La patente de corso o, como también se les llamaba, cartas de represalia, permitía a estos bellacos a hacer de las suyas y, a cambio de un porcentaje de lo obtenido en sus botines, les ofrecían protección en sus puertos. Obviamente, un bucanero gabacho no podría atacar una nave de los british, ni un british podía robar en un barco holandés, pero todos podían asaltar a mansalva los barcos que iban por sistema repletos de mercaderías valiosas, los españoles. De ese modo surgieron dos grupos principales de bucaneros. Por un lado, los gabachos asentados en Tortuga y en la zona occidental de La Española y, por otro, los british de Jamaica, concretamente en Port Royal, donde eran bienvenidos por los mercaderes y traficantes isleños cuando volvían de perpetrar alguna de sus fechorías.

No obstante, y a pesar de gozar de los privilegios que les daban las patentes de corso, los bucaneros nunca aceptaron la autoridad de nadie que no fuera ellos mismos. Los frères de la côte gabachos o brethren of the coast (hermanos de la costa en ambos idiomas) tenían sus propias reglas y, de hecho, solo aceptaban de buen grado la autoridad de los capitanes en cuyos barcos se enrolaban. Durante dos décadas, el Caribe se vio infestado por estos mangantes navales que no pararon de abordar barcos y saquear poblaciones, siempre amparados por las patentes de corso que les darían refugio para gozar de lo ganado y preparar nuevas incursiones. Pero no les duró mucho el chollo porque la existencia de los bucaneros estaba supeditada a la política de los países que los protegían, y si hay algo cambiante en este mundo son las filias y las fobias de los gobernantes, que giran como veletas cuando el viento favorable cambia de dirección. 

Saqueo de Veracruz a manos de bucaneros gabachos en 1683
Los bucaneros ingleses se vieron en el paro tras la firma en 1670 del Tratado de Madrid por el que España reconocía la posesión inglesa de las islas de Jamaica y las Caimán, acordando que ningún navío de ambas potencias se adentraría en aguas ajenas salvo en caso de necesidad y, por supuesto, se daban por terminadas las agresiones en uno u otro sentido. Los más renombrados capitanes bucaneros ingleses como Henry Morgan, John Coxton o Edmond Cooke se la tuvieron que enfundar porque Port Royal le cerró las puertas, así que solo les quedaban dos opciones: ponerse al servicio de los gabachos o hacer un máster de piratería, oficio que empezaría a ganar popularidad entre esta gentuza que no sabían ganarse la vida honradamente y, en este caso, no se veían limitados a robar solo a España, sino a todo bicho viviente. Los gabachos, gracias a las malas relaciones entre Francia y España, pudieron alargar su vida operativa un par de décadas más en las que los gobernadores de Santo Domingo no dudaron en seguir usándolos para saquear a mansalva los principales puertos caribeños como Maracaibo, Veracruz o Campeche. Pero, al igual que sus colegas ingleses, vieron la llegada de su ocaso en 1697 tras la firma del Tratado de Ryswick, que permitió que las potencias europeas pudieran descansar un poco de tanta matanza. Obviamente, los bucaneros gabachos vieron también cómo se les terminaba el momio, así que tuvieron que cambiar sus privilegios de corsarios por la ajetreada vida de piratas. Resumiendo: los bucaneros ya eran historia.

Bueno, sirva este articulillo para desmontar mitos y leyendas sobre estos fulanos que, como hemos visto, tuvieron en realidad una existencia bastante más breve de lo que se suele imaginar, apenas 70 años de los cuales solo 50 fueron de verdadera expansión para, finalmente, desaparecer en el momento en que las mismas potencias que los ayudaron a crecer les retiraron su apoyo. Como ya sabemos, su siguiente paso fue la piratería, pero eso ya es otra historia, y en ese caso el enemigo no era solo España, sino todas las potencias coloniales de la época ya que sus barcos podían ser abordados en cualquier parte del mundo, y ningún mercante estaba a salvo de ser víctima de estos perros del mar, como los llamaban los españoles.

En fin, ya sabemos quiénes eran los bucaneros, cómo surgieron y cómo fue su ocaso. En otro artículo ya entraremos en más detalles sobre las andanzas de estos personajes. Debo decir que me ha costado la propia vida dar término a esta historia porque hace unos días me provoqué un desgarrón muscular en el bíceps izquierdo que me ha puesto el brazo como el de Chuarcheneguer en sus mejores tiempos de "Acabator" y aún duele de cojones, así que igual me demoro un poco para continuar esta entrada hasta que termine de recomponerse la parte afectada, que luce un hematoma como nunca en mi vida he visto, juro a Cristo.

Bueno, ya'tá.

Hale, he dicho

Pinaza francesa. Estos pequeños pero ágiles y veloces barcos eran ideales para abordar mercantes desarmados. De hecho, la mayoría de las fechorías perpetradas por esta gentuza fueron llevadas a cabo con naves de este tipo, de la misma forma que los piratas somalíes actuales se apoderan de un mercante de varias decenas de miles de toneladas con una lancha provista de un motor fuera borda y media docena de melaninos armados con AK-47

viernes, 24 de diciembre de 2021

UNIDAD 731. ORIGEN

 

Oficiales de la Unidad 731 ante la fachada de su primera sede en Harbin. En el centro de la primera fila aparece Kitano Masaji, jefe de la unidad desde 1942 hasta el final de la guerra

Dos fulanos de la Unidad 731 haciéndole perrerías a un joven
chino. Los afortunados eran los que palmaban de un ataque
cardíaco, única forma de ahorrase semanas de sufrimientos
inenarrables que pondrían los pelos de punta a Jack el Destripador

Las figuras más siniestras de la "medicina" experimental en seres humanos se suelen relacionar con el nazismo, cuya lista de monstruos encabeza Josef Mengele si bien en el caso de este pájaro creo que se debe, más que a su trayectoria, al hecho de que lograse escapar impune para, años más tarde, palmarla en buena hora de un chungo que le dio mientras se bañaba en una playa brasileña y feneciendo ahogado que, al cabo, vendría a ser algo similar al justo destino que tuvieron sus colegas Brand, Brack, Gebhardt, Sievers y demás "científicos". Sin embargo, en la otra punta del mundo los honolables guelelos del mikado perpetraban estas prácticas aberrantes cuando programas de exterminio como la Aktion 4 aún no estaban siquiera planteados, y si los crímenes perpetrados por los "médicos" de las SS hacen palidecer de espanto a más de uno, los de la Unidad 731 provocarían pesadillas a Hannibal Lecter. 

Manos congeladas de un preso chino para estudiar tanto el proceso
de la congelación como de la subsiguiente gangrena. Una vez
concluido el estudio, al chino le pegaban dos tiros. Ya no era útil
a la "ciencia"
De hecho, las actividades de esta organización durante más de una década no se limitaron, como en el caso de los nazis, a experimentar con los desgraciados que les facilitaban en los campos de exterminio, sino a la captura de cientos de miles de personas destinadas a pasar por los tormentos más inimaginables con fines militares. La Unidad 731 llevó a cabo un genocidio de manual cuyas cifras de víctimas jamás podrán saberse con certeza, pero las estimaciones más pesimistas hablan de alrededor de 400.000, la mayoría de ellas destinadas a la inoculación de microbios con muy mala leche, ensayos de guerra bacteriológica, química y vivisección. Vivisección a pelo, naturalmente. O sea, sin anestesia. En resumen, cualquier película "gore" de esas que están tan de moda en la que varios adolescentes se ven en mitad de un bosque, sin cobertura en el móvil y perseguidos por un fulano con una motosierra o un machete enorme con el lomo serrado no llegaría ni de lejos a los experimentos llevados a cabo por la Unidad 731.

Documento de identidad de un miembro de la Unidad 731

Por cierto, y antes de proseguir, una puntualización de tipo semántico. Ignoro el motivo, pero en español se la denomina como Escuadrón 731 cuando, en realidad, el término original es 部隊, unos dibujitos ininteligibles para los occidentales que trasliteramos como butai, palabro traducible como unidad o destacamento y que veo más acorde que el de escuadrón, más aplicable a unidades aéreas o de caballería que a matasanos con más mala leche que un político cesado antes de cumplir el cómputo de tiempo para trincar la paguita vitalicia. Tras un rato peleándome con un diccionario y un traductor y para que puedan darle un berrinche a sus cuñados, el nombre completo en la lengua de los honolables guelelos del mikado es 731 部隊, que una vez trasliterado sería nan-san ichi butai, uséase, algo así como "unidad setecientos tres uno". Así pues, y aunque en las referencias en español a esta mortífera caterva de galenos enloquecidos es la de escuadrón, aquí usaremos el término unidad y santas pascuas.

Bien, hecho el introito de rigor y la aclaración semántica para los aficionados a exprimir detallitos con los que fardar delante de la familia política, vamos al tema en cuestión...

Hospital japonés durante la Guerra Ruso-Japonesa.
Salta a la vista que no se asemeja mucho a las
imágenes de los hospitales militares de esa época

Paradójicamente, el origen de la Unidad 731 era lo totalmente opuesto al concurso de psicópatas SVMMA CVM LAVDE en que acabó degenerando. Antes al contrario, el cuerpo de sanidad militar japonés se dedicó en cuerpo y alma a combatir el "enemigo invisible", uséase, los gérmenes y bacterias que provocaban más bajas que los enemigos visibles, es decir, los enemigos. Y no era para menos porque, tras el recuento de bajas producidas en la Primera Guerra Sino-Japonesa entre agosto de 1894 y abril de 1895, palmaron apenas 1.132 honolables guelelos del mikado. Sin embargo, casi 12.000 de ellos se marcharon al Celeste Edén del Loto Sagrado debido al taimado y alevoso enemigo silencioso, en este caso y de forma mayoritaria, por disentería. Curiosamente, mientras que en los ejércitos occidentales el personal caía como moscas por todo tipo de enfermedades, a la sanidad militar parecía darle una higa esa cuestión porque no se podían muchos medios- cuando no ninguno- para impedirlo. Pero, por el contrario, los médicos militales del mikado se quedaron con jeta de crisantemo imperial cuando vieron que por cada guelelo caído en combate, diez se habían vaciado a causa de una cagalera atroz. Un poco desproporcionado para una guerra de poco más de ocho meses.

Shiga Kiyosi (1871-1957) en su campo de exterminio para bacterias,
o sea, su laboratorio

El razonamiento subsiguiente fue de una obviedad palmaria: los microbios matan una cosa mala, ergo hay que hacerle una guerra sin cuartel a los microbios. Todos los galenos del mikado se pusieron manos a la obra con el tesón y la machaconería propia de estos orientales y, en pocos años, sus avances fueron tan notables que a principios del siglo XX el Japón contaba con la mejor sanidad militar del mundo. Y no por curar un balazo, que eso era lo fácil, sino por poner coto a las enfermedades que diezmaban literalmente los ejércitos, descubriendo entre otras cosas los bichos que producían el beriberi y la disentería. De hecho, la SHIGELLA DYSENTERIÆ, la bacteria de Shiga que produce la disentería, fue descubierta por el doctor Shiga Kiyoshi, por lo que el puñetero microbio asqueroso pasó a los anales de la medicina con su nombre. En resumen, aprendieron tan bien la lección que, en su siguiente guerra contra los rusos (febrero 1904-septiembre 1905), sus bajas por enfermedades se redujeron al asombroso porcentaje de apenas un 0'2%, algo absolutamente impensable en las grandes masas humanas que se ponían en liza en las guerras de la época.

Un herido es evacuado al hospital de campaña. Lo acompañan un
médico, un sanitario y los camilleros. Aunque la foto tiene toda la
pinta de ser propagandística, es un reflejo de lo en serio que se
tomaban estos orientales la cosa sanitaria
Los médicos japoneses impusieron una doctrina totalmente opuesta a la convencional: desde sus inicios, la sanidad militar solo entraba en acción cuando se producía una baja. En la japonesa, su trabajo empezaba en el instante en que su ejército se ponía en movimiento, previniendo ante todo las enfermedades producidas por el consumo de alimentos y/o agua en mal estado que se traducían a los pocos días en epidemias de tifus, disentería o cólera que dejaban a miles de hombres fuera de combate ante siquiera de haber pegado un tiro. Así, hasta los hospitales de campaña estaban provistos de laboratorios bacteriológicos, aparatos de rayos X e incluso un pequeño equipo portátil para analizar el agua, mientras que los rusos caían como moscas a causa del agua contaminada. Y cuando decimos como moscas hablamos de decenas de miles de hombres que, por cierto, cuando cayeron en manos de los japoneses, estos se preocuparon de proporcionarles el tratamiento médico adecuado, cosa que no se molestaron en hacer los suyos, dejándolos tirados a merced del enemigo. Obviamente, en aquella época los honolables guelelos del mikado tenían un sentido del honor y una ética que, por desgracia, se evaporó unos años más tarde. Más aún, los médicos militares no estaban supeditados al ejército, sino que tenían autoridad, conforme a su graduación, para imponer determinadas normas dentro de su ámbito de actuación, como prohibir el consumo de agua o alimentos que se habían comprobado previamente que no eran aptos para ello u obligar a las tropas a tomar medidas de tipo higiénico o sanitario, desde el mismo aseo personal al uso de profilácticos en los putiferios destinados al desfogue de las tropas.

Anuncio en la prensa de 1923 que confirma que el Sol
Naciente resplandece más si uno se toma la pastillita de
Seirogan antes de cada comida para no irse de vareta
Su afán de perfeccionismo llegó al extremo de distribuir píldoras de creosota para prevenir infecciones producidas por el consumo de alimentos en mal estado o contaminados. La creosota tiene por lo visto un sabor bastante asquerosillo, como a madera quemada, por lo que muchos soldados hacían caso omiso de la recomendación y las tiraban. Al darse cuenta y ante la imposibilidad de controlar que decenas de miles de hombres se tomaran puntualmente la pastilla, bastó colocar en los envases el siguiente mensaje: "Es la voluntad del emperador que cada soldado tome este medicamento después de cada comida". Bastó esa orden concisa para que no se saltaran ni una sola toma. Era la voluntad del mikado, y la voluntad del mikado era la voluntad de los dioses. Como dato curioso, estas pastillas fueron apodadas como "píldoras para conquistar Rusia" ya que, obviamente, sus enemigos carecían de ellas. Recibían el nombre de seirogan, un acrónimo que contenía los palabros "sei", que significa conquistar, y "ro" que en la grafía nipona significa rocío y Rusia. Años más tarde, al término de la 2ª Guerra Mundial y para eliminar referencias enojosas, se cambió el grafismo de "sei" para variar el significado, pero de forma que la pronunciación sería la misma, seirogan, si bien ya no tenía connotaciones agresivas, sino más pacíficas: "eficaces gotas de rocío". Por lo visto, hoy día fabrican esas píldoras más de treinta firmas farmacéuticas y se siguen vendiendo por millones en las boticas niponas para combatir la diarrea, así que supongo que será un remedio bastante eficaz para no acabar con una gastroenteritis tras una paella preparada por algún cuñado de esos que le ponen mejillones caducados.

Empleados del Ferrocarril del Sur inspeccionando el lugar
del sabotaje, que a la vista de los ínfimos daños producidos no
harían descarrilar ni una vagoneta
Sin embargo, el buen rollito y los beatíficos matasanos nipones no iban a durar mucho. A principios de los años 30, la URSS miraban con ojos tiernos a Manchuria como una forma de aumentar sus ya de por sí inmensos dominios hacia el sur. Y justo en la Península de Corea estaban los honolables guelelos del mikado, que también ansiaban apoderarse de la desdichada Manchuria para aumentar sus posesiones continentales y, quizás con el tiempo, extenderlas aún más a costa de sus vecinos. El detonante para iniciar la invasión, que al parecer pudo haber sido un ataque de falsa bandera, fue el llamado el "Incidente de Mukden". Este suceso tuvo lugar a las 22:30 horas del 18 de septiembre de 1931 contra la vía férrea del Ferrocarril del Sur de Manchuria en Liu-tiao kou, entre las estaciones de Mukden y Wen-kuan-tun, y oficialmente perpetrado por tropas regulares chinas, que fueron repelidas por la guarnición nipona. El Ferrocarril del Sur era la joya de la corona ferroviaria japonesa en el continente. Vagones confortables, coches cama suntuosos, vagón restaurante de lujo, empleados que hablaban perfectamente inglés y ruso... en fin, un Orient Express en plan nipón que, además, era una arteria de vital importancia para el trasiego de personas, mercancías y tropas hasta la costa.

Tropas japonesas entrando en una ciudad de Manchuria. No
podían imaginar los chinos lo que se les venía encima

Tres días más tarde, un contingente de honolables guelelos del mikado procedente de Corea se presentó en la frontera de Manchuria, que ocuparon en apenas tres meses, creando a continuación un pseudo-estado bajo el protectorado del Japón. Esta nación ficticia fue bautizada como Manchukuo, y como dirigente títere recurrieron al último emperador de China, Pu Yi, enviado al paro en 1912 y postrero vástago de la dinastía Qing que, muy occidentalizado él, había adoptado el nombre de Henry Puyi. Vamos, como un chino que monta un bazar en Los Ángeles. Pu Yi fue puesto al frente del país con el título de Director Ejecutivo de Manchukuo, como si fuera un empleado de alguna multinacional si bien, muy a su pesar, Pu Yi mandaba menos que un guardacoches, y en todo momento permaneció bajo la férrea tutela de los japoneses sin tener la posibilidad de firmar ni un autógrafo sin que los fulanos del Kempeitai le dieran permiso. Era literalmente un pelele, un jarrón decorativo y nada más. Y aparte de eso, como ya se habló en su día, los japoneses despreciaban profundamente a los chinos, considerándolos seres inferiores cuya misión en este planeta era ser sus siervos. Digamos que para los nipones eran los judíos y eslavos orientales. Por lo tanto, la ocupación de Manchuria dio a los japoneses material humano de sobra para llevar a cabo la segunda desgracia que les deparaba el destino: Shirō Ishii. ¿Qué quién leches es ese? Ahora mismo lo veremos...

Shirō Ishii (1892-1959)

Decir que Shirō Ishii fue el Mengele japonés sería elevar al tedesco varios grados de perversidad. Digamos que el ciudadano Josef se lo tomaría como un cumplido, porque no le llegaba a Ishii ni a las suelas. Nuestro psicópata de ojos rasgados había nacido en 1892 en Shibayama, en la prefectura de Chiba. Era el cuarto retoño de una familia de terratenientes que, gracias a la posición económica paterna, pudo matricularse en 1916 en la Universidad Imperial de Kioto, ya en aquella época reconocida como un centro docente de gran prestigio. Desde su ingreso en la facultad, Ishii ya empezó a darse a conocer debido a su personalidad un tanto peculiar, que chocaba bastante con la idiosincrasia y las buenas formas imperantes en la sociedad japonesa. Era un tipo agresivo, manipulador, egoísta y, sobre todo, dominado por una ambición desmedida que le llevó muchas veces a faltar el respeto a los que por jerarquía o estatus estaban por encima de él. No obstante, nuestro hombre tenía bastante talento ya que se graduó en 1920, especializándose en microbiología y bichos especialmente malignos que, aunque invisibles al ojo humano, mataban más que una horda de hunos cabreados.

El Protocolo de Ginebra de 1925 pretendía acabar con imágenes
como esta. Los japoneses hicieron una lectura inversa: el horror
que producía la perspectiva de usar armas químicas y
bacteriológicas podía ser usado como elemento persuasivo

Pronto comprendió que en el ejército tendría un campo de investigación muchísimo más extenso, porque estaba muy interesado en todas las cuestiones relacionas con la propagación de plagas y demás desastres, así que en 1921 se presentó para formar parte del cuerpo de sanidad militar, siendo aceptado como oficial a prueba y teniente médico en la Guardia Real de Japón. Su actividad castrense fue alternada con diversos estudios universitarios, donde destacó sobremanera alcanzando el reconocimiento de los más encumbrados científicos nipones por sus enjundiosos artículos. Sin embargo, el 17 de junio de 1925 Japón firmó junto a 36 países más el Protocolo de Ginebra, lo que en teoría pondría término a los proyectos del ciudadano Ishii, que se moría de ganas de preparar porquerías sumamente letales. Dicho protocolo consideraba que "...el uso en la guerra de gases asfixiantes, venenosos o de otro tipo, así como todos los líquidos, materiales y recursos similares, han sido justamente condenados por la opinión general del mundo civilizado." Obviamente, la Gran Guerra fue el acicate para prohibir el uso de estas substancias chungas, pero Ishii tenía argumentos de sobra para convencer a los mandamases de que el uso más idóneo para el tratado era como papel higiénico. Su razonamiento eran tan simple como contundente: si las potencias del mundo habían llegado a la conclusión de que la guerra química y bacteriológica debía ser prohibida, es que porque era de una eficacia fuera de toda duda. Por lo tanto, sus proyectos estaban bien encaminados.

Sadao Araki (1877-1966)

Para ilustrarse largo y tendido sobre el tema, entre 1928 y 1930 se pateó a fondo varios países de Europa y Oriente Próximo para estudiar todo lo referente a las experiencias de sus respectivos ejércitos en lo tocante a guerra química y, sobre todo, guerra bacteriológica. Porque el ciudadano Ishii tenía metido en la cabeza que enfrentarse al enemigo con microbios era mucho más barato y eficaz que con tropas y, de hecho, tomó como ejemplo las devastadoras epidemias de peste bubónica que asolaron Europa durante siglos. Había llegado al convencimiento de que la propagación del bacilo YERSINIA PESTIS podría acabar con la vida de medio planeta llegado el caso, y que si era capaz de demostrar la validez de sus ideas sobre el uso militar de este tipo de bichos Japón aplastaría sin problemas a sus más enconados enemigos, empezando por los chinos, naturalmente. Cuando volvió al Japón, presentó sus conclusiones al general Sadao Araki, un aristócrata de rancia estirpe samurai que en aquel momento ostentaba el cargo de Ministro de Guerra. Araki era un ultranacionalista tanto o más agresivo que Ishii que en 1924 había fundado la Kokuhonsha, una sociedad secreta formada por militares y civiles de alto rango cuya doctrina era bastante parecida a la del ciudadano Adolf: convertir el Japón en un estado totalitario con la misión de expandir sus territorios, todo ello bajo la directriz del emperador, al que profesaban una lealtad monolítica. Para que se hagan una idea del pelaje de este personaje, he ahí una de sus máximas: "La misión del Japón es alcanzar la supremacía en Asia, los Mares del Sur y, finalmente, las cuatro esquinas del mundo." En fin, está de más decir que las ideas de Ishii cuadraban a la perfección con las de Araki, al que le faltó tiempo para facilitar al siniestro galeno todos los medios para poner en marcha su proyecto.

Filtro modelo Otsu, con capacidad para filtrar agua para
un batallón. Se podía trasportar a lomos de una acémila
En 1932 se fundó en el hospital militar de Tokio el Laboratorio de Investigación de Prevención de Epidemias, donde Ishii se dedicó a buscar medios para impedir la propagación de enfermedades en las tropas del mikado, llegando a diseñar y patentar un sistema portátil de filtrado de agua para que no tuvieran que beber de los charcos. El filtro consistía en un cilindro de un metro de largo y 45 cm. de diámetro provisto de una palanca que introducía el agua a presión y la forzaba a pasar a través de un filtro a base de diatomita, por lo que las tropas podían coger agua de cualquier sitio, filtrarla y trasvasarla a unos porteadores que acompañaban a cada unidad con un pequeño bidón en la espalda para reponer las cantimploras. El invento fue probado por Ishii delante de los mandamases de turno y, para dar fe de la confianza que tenía en el mismo, se meó en el agua, la filtró y se la bebió. Lo que no sabemos es si el fulano este era de una de esas sectas que se beben sus meados antes del desayuno, pero la cosa es que impresionó tanto al personal que se adoptó de inmediato. 

Aguadores en plena acción. Un soldado puede luchar estando
hambriento, pero la sed acaba con cualquiera en 24 horas, y si
a la sed producida por la fatiga se suma el calor, ni te cuento
La firma Nippon Tokusho Kogyo Kabushiki Kaisha obtuvo la concesión en exclusiva para su fabricación previo pago al inventor de 50.000 yenes, pero les trajo cuenta porque se forraron. De hecho, el filtro de Ishii se fabricó en varios tamaños para suministrar agua potable tanto a un solo hombre- el modelo Bo, que era muy similar a una bomba para inflar ruedas- como a un regimiento- el modelo Ko-, produciéndose en total cinco modelos de distintos tamaños para servir según los efectivos de una unidad. A cada uno lo suyo: Ishii era un mal bicho, pero hizo posible que Japón fuera en esa época el único país del mundo con un ejército equipado para que cualquier hombre dispusiera de agua potable sin tener que recurrir a productos químicos que hacían el agua imbebible o a grandes y complejas depuradoras que en muchos casos no se podían trasladar al frente. En resumen, estos filtros no solo fueron una innovación totalmente adelantada a su tiempo, sino que evitó que decenas de miles de hombres de vieran, como ocurrió en la Primera Guerra Sino-Japonesa, combatiendo sin pantalones (no es coña) porque se estaban vaciando sin descanso por la puñera disentería hasta que la deshidratación los derrotaba y caían redondos al suelo.

Ocho prisioneros chinos esperando a que dé comienzo un experimento
sobre congelación. Salta a la vista que hace un frío acojonante
Pero Ishii tenía un defectillo, nada de importancia... Su obsesión por adelantarse a las consecuencias de las enfermedades o a los efectos de agentes externos como el gas en cualquiera de sus variantes hizo que llegara a la conclusión de que experimentar con animales no era viable tanto en cuanto sus organismos no son una réplica del humano. Algo que a un macaco lo mata de inmediato, a un hombre le hace menos efecto y viceversa. Por otro lado, tenía especial interés en estudiar hasta dónde era capaz de resistir una persona la agresión de cualquier patógeno o veneno, llevarlo al límite y, a continuación, averiguar la forma de recuperarlo. En puridad, el concepto en sí tiene su lógica porque si se sabe cómo atajar una enfermedad en su estado más avanzado, obviamente es mucho más fácil sanar al paciente cuando apenas muestra síntomas o, en el caso de tropas afectadas por gas, tener previsto el tratamiento para hombres que han estado expuestos al mismo durante lapsos de tiempo tan largos que serían casi mortales. Pero, como es lógico, provocar esos efectos en personas sanas y forzadas a ello es un tanto monstruoso. Sin embargo, los conceptos sobre la ética médica y la moral de Ishii debían ser similares a los de un bordillo de acera, porque a él lo que le importaba era avanzar en sus investigaciones a toda costa. Finalmente, Ishii no solo pretendía disponer de medios para sanar a sus propias tropas, sino crear armas biológicas y químicas que cualquier ejército o población no fueran capaces de anular, propalando epidemias o substancias tóxicas que no dejaran títere con cabeza.

Primera sede de la Unidad 731 en Harbin
Para disponer de material experimental, o sea, gente con la que probar los efectos de bacterias y demás maldades, a mediados de 1932, cuando la ocupación militar de Manchuria estaba ya terminada, Ishii se trasladó con su equipo a Harbin, ciudad situada en un importante nudo ferroviario que facilitaba la llegada de material y personal. La invasión de Manchuria supuso la expulsión de Japón de la Sociedad de Naciones, lo que le liberaba por completo de ceñirse a pautas moralmente aceptables. O sea, que le vino de perlas para tener carta blanca y hacer todas las perrerías que quisiera a la gente. Entre los prisioneros de guerra puestos a buen recaudo en campos de concentración y los elementos subversivos que el Kempeitai iba recolectando, Ishii se vio con cantidades ingentes de personas de todas las edades y de ambos sexos (entonces había solo dos, no como ahora, que ya he perdido la cuenta) para llevar a cabo todo tipo de experimentos.

Miembros de la Unidad 731. Como vemos, también se componía
de mujeres
Ishii no tardó mucho en percatarse de que Harbin no era precisamente el lugar más adecuado para montar su chiringuito. Era una ciudad con un enorme trasiego de gente, y las actividades de su equipo médico debían permanecer en el más absoluto secreto. Y no ya por impedir que trascendieran a la población, sino a los tropocientos espías que pululaban por la ciudad al servicio de Rusia y China, los principales enemigos de Japón en aquel momento. Así pues, recogieron los bártulos y se largaron a Beiyinhe, situada a 100 km. al sur de Harbin y escasamente poblada, con no más de 300 casas y una extensa superficie despejada al sur de la población. Antes de la llegada de Ishii y su gente se presentó un destacamento militar que informó al jefe de la aldea que tenían tres días para liar el petate y largarse de allí. Los atribulados vecinos no se lo hicieron repetir dos veces, así que se marcharon a toda velocidad por si las moscas, porque ya sabían como las gastaban los honolables guelelos del mikado cuando no se les obedecía con presteza.

Cuartel General del ejército japonés en Kuantung
Una vez desalojada la zona, se incendiaron las casas y se arrasó todo para construir lo que sería la sede de la Unidad Tōgō. Se seleccionó un área de 500 m² para la construcción del edificio, y en la extensa explanada al sur de la ex-aldea se acondicionó el terreno para disponer de un aeródromo. Las obras se llevaron a cabo con más hermetismo que la cámara funeraria de un faraón. Para llevarlas a cabo se contrató personal chino con unos salarios muy inferiores a lo habitual en el país, cosa que aunque no les hizo ni pizca de gracia tuvieron que aceptar sí o sí. El edificio estaba formado por dos secciones: una albergaría las oficinas, las viviendas para el personal, comedores y almacenes, y la otra los laboratorios, las celdas para tener a buen recaudo a sus cobayas humanas y un horno crematorio con el que deshacerse de sus víctimas sin dejar ni rastro de ellos. Para las obras de esta última sección se usaron currantes nipones para que los chinos no tuvieran ni idea de lo que se cocía allí. La obsesión por el secreto llegaba al extremo de que, cuando había que recurrir a ellos para llevar materiales o equipo, les obligaban a meterse en una especie de cestas fabricadas con ramas de sauce de forma que no veían absolutamente nada. Una vez dejada su carga en la zona indicada, salían caminando dentro de la cesta y no se la podían quitar hasta que no estuvieran bien lejos.

El complejo, que se construyó en apenas un año, estaba rodeado por un muro de tres metros de altura coronado por una concertina electrificada. Un foso rodeaba todo el perímetro del muro, y la única puerta de acceso tenía ante ella un puente levadizo, talmente como un castillo medieval, por lo que recibió el nombre de Fortaleza de Zhongma. Zhongma era el nombre con que los lugareños conocían a la aldea de Beiyinhe. Tenía capacidad para un millar de reclusos, y una guarnición militar patrullaba las 24 horas del día para impedir que absolutamente nadie se acercase. Ojo, no te avisaban para decirte que estabas entrando en una zona restringida, simplemente te soltaban un balazo. El secreto llegaba al extremo de que los vagones de los trenes que pasaban a un kilómetro de distancia del recinto debían echar las cortinillas mientras la Fortaleza estuviera al alcance de la vista. El nivel de paranoia obsesiva con el secretismo hizo que incluso los chinos que trabajaron en las zonas del complejo menos comprometidas y que habían sido llevados desde otras poblaciones fueron liquidados una vez concluida las obras. Solo pudieron contarlo los que trabajaron exclusivamente en la construcción del muro exterior. Acojonante, ¿qué no?

La fortaleza de Zhongma tras ser abandonada
La Unidad Tōgō comenzó su actividad bajo el mandato de Ishii, que por aquel entonces había alcanzado el rango de Cirujano Principal del ejército si bien su complejo dependía jerarquicamente del Estado Mayor del Ejército de Kwantung. Sin embargo, el complejo celosamente guardado por Ishii tuvo una vida operativa bastante corta. El 23 de septiembre de 1934, y aprovechando el Festival del Medio Otoño, dos presos, Tsuyang Wang y un tal Li que habían sido capturados junto con otros chinos en una de las arbitrarias redadas del Kempeitai, aprovecharon para tomar las de Villadiego cuando el carcelero, que con lo de el festival tenía una cogorza fastuosa, les acercó a la celda un cesto con comida y una botella de sake. Mientras Wang cogía el cesto que le pasaba por entre los barrotes, Li lo agarró por la cabeza y lo golpeó con saña bíblica contra la puerta hasta dejarlo sin sentido. Le cogió las llaves y salieron de la celda junto con unos 40 presos más. Pudieron echar mano de una escalera para subir al muro donde, en teoría, se habría quedado fritos por la concertina electrificada pero, providencialmente, en aquel momento hubo un corte de luz que anuló las defensas y apagó los reflectores, así que pudieron ir escapando a toda prisa. Li se quedó sobre el muro para ayudar a los que subían, y al parecer fue alcanzado por un disparo. El resto salieron en todas direcciones como gazapos si bien fueron capturados o abatidos todos menos una docena. Cinco de ellos se marcharon a Xinfatun, y los otros siete a Chengjagang. Tras su exitosa fuga se unieron a la resistencia china para hacerles la puñeta a los honolables guelelos del mikado, como es lógico.

Pero la fuga implicaba algo más que cuestionar la seguridad del recinto. Lo verdaderamente chungo era que doce testigos de lo que se cocía en la Fortaleza  de Zhongma estarían al día siguiente contando a todo bicho viviente, no solo los experimentos que se llevaban a cabo, sino la distribución de las dependencias, el número de guardias, etc. En resumen, ya no era un lugar seguro, así que tocaba largarse de allí y, por supuesto, desmantelar el complejo para no dejar ni rastro de nada. El lugar elegido para la mudanza fue Pingfang, en aquella época un suburbio de Harbin. El nombre japonés de la zona era Heibo. Para proceder a la construcción del nuevo complejo se procedió de forma similar a Beiyinhe, si bien en esta ocasión se eligió una superficie aún mayor de forma que abarcaba nada menos que una superficie de 6'1 km² y comprendía 60 edificios más un aeródromo en su interior.

Plano de uno de los bloques de celdas. Obsérvese el pasillo
posterior que las rodea para que ninguna de al exterior del recinto
A los habitantes de la zona se les compraron sus casas y sus tierras por un precio marcado por las autoridades japonesas que, obviamente, era muy inferior a su valor de mercado, por lo que dejaron al vecindario sin casa, sin tierra donde trabajar y, encima, con las cosechas ya sembradas sin poder ser recolectadas. Para agilizar al máximo el ritmo de las obras se trajeron del Japón operarios del Grupo Suzuki, que trabajaron como enanos las 24 horas al día en turnos de 12 horas. Los bloques destinados a las celdas, denominados como "edificios ro", estaban divididos en dos secciones: la nº 7 para hombres y la 8 para mujeres y críos. Sí, los niños no se libraban de pasar por las garras de Ishii y sus investigadores. Estos bloques estaban concebidos como los de una prisión de altísima seguridad para impedir otro episodio como el de la fuga de Zhongma, por lo que solo disponían de una ventana que daba al pasillo central y una abertura para sacar los brazos cuando se les hacían extracciones de sangre. Los tabiques entre las celdas eran una masa de hormigón de entre 30 y 4o cm. de espesor. La parte trasera no daba al exterior, sino a un corredor interno que transcurría entre las celdas y el muro del edificio. También se construyeron tres grandes hornos crematorios para eliminar los cadáveres de los que ya habían amortizado su utilidad para la investigación.

No obstante, las celdas era relativamente confortables en comparación con las de las prisiones de la poca. Disponían de calefacción y refrigeración, un inodoro con cisterna y el suelo era de madera. Más aún, la dieta destinada a los presos era abundante y variada, y se observaba en todo momento que la higiene tanto de los reclusos como de las celdas fuera impecable. Pero no nos confundamos. Tantas comodidades no estaban destinadas a hacer la vida menos penosa en una cárcel de la que nadie salía vivo, sino para que el personal estuviera en perfectas condiciones físicas para arrostrar los experimentos que harían con sus cuerpos. Se suponía que la guerra química y bacteriológica estaba destinada a afectar a hombres sanos y bien alimentados, no a despojillos medio muertos, por lo que para calibrar de forma precisa las dosis o sesiones de "tratamiento" debían hacerse sobre personas en un estado físico similar. El Ishii pensaba en todo, el muy cabrito. 

Núcleo central del complejo de Pingfang. Los edificios que se
ven en el interior de los patios son los bloques de celdas

Y mientras duraban las obras, que por su envergadura no pasaban desapercibidas a los habitantes de los alrededores, cuando preguntaban a los japoneses qué estaban construyendo allí les respondían que un aserradero. Uno de los médicos soltó una coña en privado diciendo que, en efecto, era un aserradero en el que los presos eran los troncos, maruta en japonés. El chiste tuvo éxito, hasta el extremo de que por norma a los desdichados que iban a dar con sus huesos en el complejo de Pingfang se les llamó por norma maruta. Por lo demás, las condiciones de seguridad eran draconianas: un muro de 2,5 metros de alto y un metro de ancho, un foso de 3 metros de ancho y profundo, concertinas electrificadas con alto voltaje y, debido a la proximidad de una ciudad con aeropuerto, el espacio aéreo sobre el complejo estaba cerrado a cal y canto para cualquier avión que no perteneciera al ejército japonés. De hecho, ante la presencia de cualquier intruso, un caza despegaría de inmediato desde el aeródromo del complejo y lo derribaría sin contemplaciones. Este aeródromo era especialmente útil a Ishii, que viajaba con bastante frecuencia a Tokio para presentar los resultados de sus investigaciones.

Criadero de ratas donde eran infectadas con el bacilo de la peste
bubónica para usar las pulgas como agente transmisor

El 25 de junio de 1936 y, en teoría, con la autorización del emperador (muchos sostienen que en realidad firmó una cosa y luego el gobierno hizo otra), quedó establecida la Unidad 731, dependiente del Departamento de Prevención de Epidemias y Purificación del Agua del Ejército de Kwantung, si bien esta denominación no empezó a usarse oficialmente hasta agosto de 1941, denominando de forma genérica como Unidad 731 a todas las sucursales del complejo de Pingfang que se habían ido añadiendo a la siniestra lista de centros de experimentación a modo de campos subsidiarios en Anda, Xinjing, Guangzhou, Beijing, Singapur y la isla de Okunoshima, a escasa distancia de Hiroshima y donde desde 1928 se había establecido una fábrica de iperita. Además, se empezó a permitir personal civil en el complejo para que pudieran llevar a cabo prácticas y obtener información de primera mano. Al parecer, hubo bastantes científicos y médicos que no tenían ni idea de las aberraciones que se estaban llevando a cabo en Pingfang, y se les pusieron los pelos como escarpias al ver el panorama. Pero, ¿quién era capaz siquiera de elevar una mínima protesta al todopoderoso Shirō Ishii, que por aquel entonces tenía ya el rango de Cirujano General de Ejército?

Vista general del enorme complejo de Pingfang. En la parte
central derecha se ven perfectamente las chimeneas de los
hornos crematorios

En fin, con esto ya podemos conocer a fondo cómo y por qué nació esta horripilante unidad que, entre el personal de Pingfang y sus sucursales llegó a tener a unas 20.000 personas trabajando en estas factorías de muerte. De las perrerías y demás canalladas que practicaban con los chinos ya hablaremos en otro artículo, pero para que se hagan una idea, la vida media de los reclusos era de un mes salvo en el caso de las mujeres preñadas que, por meras cuestiones "científicas", iban estudiando la evolución del embarazo hasta que, tras el parto, madre e hijo acababan en los crematorios. Por lo demás, y para que no me salga algún cuñado haciéndome un "spoiler" de esos, si alguien se pregunta si Ishii y sus conmilitones no acabaron colgado de una soga como tantos procesados por crímenes de guerra en Alemania y Japón, sepan que todos los miembros de la Unidad 731 escaparon impunes. Sí, cierren sus bocas abiertas como brocales de pozo. Los yankees, como detallaremos más delante, no tuvieron problemas para ofrecer a Ishii la impunidad a cambio de sus vastos conocimientos sobre guerra química y bacteriológica de la misma forma que hicieron la vista gorda con Von Braun, sin el cual nunca habrían dispuesto de misiles balísticos. No dudaron en ahorcar militares que obedecían órdenes, o a un chalado como Streicher que se limitaba a escribir libelos bastante bordes contra los judíos, pero no mató a nadie. Sin embargo, el creador, impulsor y perpetrador de una de las mayores infamias de la historia moderna se fue de rositas junto a sus colegas porque sus conocimientos valían más que los cientos de miles de víctimas que causaron. Solo una docena de personajes que cayeron en manos de los rusos fueron juzgados y condenados a diversas penas de cárcel. Flipante, ¿no?

En fin, criaturas, esta noche no olviden activar la Claymore del felpudo y soltar los perros de presa por si se presenta la familia política a dar buena cuenta el marisco y demás delicadezas gastronómicas. PAX IN VNIVERSA TERRA y esas cosas que se dicen. 

Hale, he dicho

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KEMPEITAI

Otra panorámica, esta tomada en 1940, que permite contemplar las descomunales dimensiones del complejo de la Unidad 731. En su interior cabría un pueblo pequeño