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jueves, 4 de julio de 2019

Armaduras de aviador. Cascos


El atribulado navegante del Memphis Belle en plena crisis existencial porque tenía un pálpito chungo desde el día antes: no
volvería vivo de la última misión, y el estrés le pudo finalmente en forma de repentino apretón que no le dio ni tiempo para
aliviarse abriendo la bodega de las bombas. Y es que volar viendo como a tu alrededor se llena el espacio de siniestras
nubecillas negras que desprenden porquerías metálicas a gran velocidad debe ser sumamente preocupante

El sargento John Stankiewicz muestra muy contentito el casco
M4 que lo libró de ver sus sesos desparramados. En abril de
1944 lo alcanzó un fragmento de metralla de 2'6 cm. de
ancho por 1'5 de espesor cuyos efectos vemos en el casco.
Según su propio testimonio, sintió como si un martillo le
hubiera golpeado en la cabeza. Quedó aturdido, pero vivo
Bueno, los cascos... En la entrada anterior ya vimos con detalle como los chalecos ideados por el coronel Grow salvaron a muchos de ser heridos de mayor o menor gravedad o, lo que es peor, de palmarla. Y, peor aún, palmarla porque recibían una herida pero no podían ser atendidos por un sanitario. Este era uno de los grandes inconvenientes que padecían las tripulaciones de los bombarderos y en lo que la mayoría no suele pensar, por lo que volvemos a la idea generalizada de que estos probos aviadores eran cuasi invulnerables. ¿Verdad que no han caído en ese detalle tan chorra? Un soldado de tierra cae herido y en un tiempo razonablemente breve podía ser atendido para estabilizarlo y, a continuación, ser evacuado a un hospital de sangre, por lo que una herida de gravedad no tenía por qué ser necesariamente mortal. Sin embargo, un tripulante que era alcanzado no disponía más que del botiquín de primeros auxilios de a bordo y de la sangre fría de sus compañeros para hacerle una cura de circunstancias- léase espolvorear sulfamidas sobre la herida y ponerle encima una gasa para contener la hemorragia o hacerle un torniquete- y meterle un chute de morfina para que no berrease demasiado y pusiera de los nervios al resto del personal. Porque el avión no podía dar media vuelta, y aunque pudiera igual estaba a una hora o dos de la base en un momento en el que lo que contaban eran los minutos.

Tripulante de un bombardero evacuado nada más tocar tierra. Este tipo de
escena era más habitual de lo que pensamos
O sea, que el riesgo de entregar la cuchara a causa de heridas relativamente graves era mucho más elevado que en los combatientes de tierra y, además, se había comprobado de forma rotunda que el porcentaje de heridas de efectos fulminantes era muy inferior al de heridas potencialmente mortales que tardaban un rato en acabar con la vida del personal. En resumen, que solo con el hecho de proteger a las tripulaciones con una armadura cuyo costo era despreciable en comparación, no ya con el de una vida humana, sino con lo invertido en adiestrarlos, era motivo sobrado para poner sus atribulados pellejos a buen recaudo de la metralla que les enviaban los cualificados tedescos de la Flak. En cualquier caso, las cifras con las que se enfrentaban eran de 5'44 tripulantes heridos por cada mil que tomaban parte en una misión, y de 6'53 heridas por cada millar, o sea, que algunos recibían más de una herida. Ojo, que a diario había misiones y a diario miles de hombres tomaban parte en las mismas, así que nadie piense que es una cifra birriosa si se limita a compararla con las del ejército de tierra, y en este cómputo no se incluyen los que eran derribados y no volvían jamás.

Piloto de un B-29 vistiendo un chaleco M2 y con la
cabeza protegida por un casco M4A1
Bien, de estas heridas el porcentaje más elevado de mortalidad se lo llevaba, como es lógico, la cabeza, eso que todo el mundo tiene encima de los hombros pero cuyo contenido solo usa un porcentaje muy reducido de ciudadanos. Un tercio de las bajas mortales entre las tripulaciones eran a causa de heridas en la cabeza, así que de poco servía proteger un hígado saturado de bourbon o unos pulmones como el hollín a base de tabaco si la sesera se iba al garete, de modo que también se llevaron a cabo varios diseños para facilitar el uso de estos chismes ya que, como comentamos en la entrada anterior, el M1 reglamentario era incómodo de llevar si se usaban auriculares y, en menor grado, gafas de vuelo y máscaras de oxígeno. Pero como eran imprescindibles, sobre todo los auriculares, pues nadie se ponía el casco como no vieran el panorama tan negro que fuese preferible la incomodidad a la muerte.

Para elaborar los prototipos se recurrió también a los expertos armeros del Museo Metropolitano, que de yelmos y cascos sabían más que nadie. Antes de nada y en estrecha colaboración con el personal del Laboratorio de Investigación Aero-Médica del ejército, elaboraron una pequeña colección de doce cabezones que sirvieran de referencia en base a un estudio de medidas antropométricas para obtener promedios que permitiera aproximarse al máximo a la mayoría de las cabezas del personal. Como vemos en la foto, no se limitaron a fabricar maniquíes con las mismas proporciones pero de tamaños sucesivamente mayores, sino que tomaron posibles cabezas de todo tipo: más alargadas, más estrechas, más gordas... en fin, intentando abarcar un promedio aceptable para diseñar un casco que, aunque ajustable en talla, tuviera unas proporciones que se ajustaran lo mejor posible a cualquier ciudadano volátil. 

El primer modelo, denominado M3, era el paso más obvio: si lo que más molestaba eran los puñeteros auriculares, lo suyo era hacerles sitio. Así pues, no hizo falta devanarse mucho la sesera para concluir que lo más fácil era coger un M1 y recortarle los laterales. Para hilar más fino se añadieron dos orejeras de generoso tamaño para cubrir los dichosos auriculares que, al cabo, estaban fabricados con materiales blandos y un cacho metralla podría impactar en ellos, arrancándoles un fragmento y proyectándolo hacia la cabeza junto con la esquirla metálica. En la foto tenemos varias vistas que nos permiten verlo con detalle. El casco, enteramente rebordeado para eliminar superficies cortantes, estaba fabricado con el mismo tipo de acero al manganeso que el M1, siendo su peso total de 3 libras y 3 onzas (1'45 kg.). Como vemos, no llevaba el característico sotocasco de fibra del M1, sino un atalaje regulable fijado directamente en el casco mediante remaches. Las orejeras, sujetas por grandes bisagras soldadas en los laterales, tenían unos discos de fieltro para no dañar los auriculares. La sujeción a la cabeza era mediante un barbuquejo de lona regulable provisto de un simple broche en vez del sofisticado sistema del M1. Al cabo, un tripulante no tenía que ir por el mundo corriendo y dando saltos de un lado a otro. Este casco estaba destinado a todos los miembros de la tripulación, desde los pilotos a los artilleros, navegantes, bombarderos y operadores de radio. El M3 fue el modelo más prolífico. Fue declarado reglamentario en diciembre de 1943, y hasta el final de la guerra se fabricaron 213.543 unidades.

Con todo, el M3 presentaba un problema, y era su volumen, excesivo para los artilleros confinados en las torretas de cola y, sobre todo, en las burbujas  que los B-17 y B-24 llevaban en la panza, donde por norma destinaban al personal más enano y birrioso de cada unidad porque un tipo de dimensiones normales no cabía. De hecho, incluso los birriosos iban literalmente como sardinas en lata. Para estos sufridos tripulantes se diseñó el M4 (foto de la derecha), un casco tipo calota de una sola talla que carecía de guarnición interior ya que se colocaba encima del gorro de vuelo. El M4 constaba de varios segmentos o láminas colocadas longitudinalmente dentro de una cubierta textil. Estas láminas estaban fabricadas con el mismo acero que el M1, siendo el peso total del casco de 2 libras y 1 onza (935 gramos). Como podemos ver, estaba recortado por los laterales para dejar sitio a los omnipresentes auriculares, y la sujeción a la cabeza era mediante un barbuquejo con una hebilla dentada. 

Y, como se pensó en el caso del M3, si algún fragmento de metralla impactaba con los auriculares podía darle un disgusto al personal, así que se mejoró este detalle con la versión M4A1, que era el mismo pero con unas orejeras similares a las del M3 si bien en este caso forradas entramente de tela ya que no se sujetaban al casco mediante bisagras, sino cosiendo la funda de las mismas a la cubierta del casco. En la foto tenemos a la izquierda una vista delantera del M4A1, y a la derecha su aspecto por la parte trasera. Se aprecia una de las dos tiras de lona que llevaba a cada lado sujetas mediante corchetes para impedir que la cinta elástica de las gafas de vuelo se saliera de su sitio. Al igual que su antecesor, carecía de guarnición interior, era de una sola talla y se colocaba directamente sobre el gorro de vuelo. El peso de este modelo era de 2 libras y 12 onzas (1'25 kg.) En junio de 1944 se introdujo un modelo idéntico pero de dimensiones un poco mayores, el M4A2, porque había personal al que había que ponerle el casco a martillazos por lo visto. En todo caso, como decimos, ambos modelos eran exactamente iguales.

El último modelo operativo durante la guerra fue el M5, introducido a principios de 1945 y destinado a ser el modelo estándar para todas las tripulaciones, sustituyendo en teoría al M3 y a la serie M4. Como vemos en la foto, era de un tamaño inferior al M3, habiéndosele eliminado además la visera frontal para mejorar la capacidad visual de su usuario, por lo que podrían usarlo los artilleros de torretas. También se rebajó un poco la parte trasera para poder mover la cabeza hacia arriba con más facilidad. Por otro lado, ofrecía una protección más eficaz que los M4 ya que era de una sola pieza y no de segmentos entre los que podía colarse una esquirla traidora. Sin embargo, se aumentó el tamaño de las orejeras para ofrecer más protección en los laterales de la cabeza. Este modelo pesaba lo mismo que el M4A1, y de no haber sido por el fin de la guerra habría ido sustituyendo a todos los modelos anteriores.

Bien, estos fueron los cascos con los que los tripulantes de los bombarderos yankees protegieron sus cabezas imbuidas de elevados sentimientos de democracia y libertad mientras que sus cuñados y demás inútiles para el servicio se quedaban en casa linchando negros y tirándole lo tejos a Mary Jane. Pero las investigaciones de Grow no se limitaron a proteger los cráneos, sino también a las jetas y zonas adyacentes a las mismas. Por ejemplo, entre octubre de 1943 y julio de 1944 se llevaron a cabo varios diseños para proveer al personal de una máscara que les protegiesen los belfos. Los ojos ya contaban con gafas adecuadas, pero la nariz y la mitad inferior quedaban a merced de la metralla enemiga. En esto no tuvieron mucho éxito porque las máscaras de oxígeno hacían complicado diseñar algo que las cubriese sin producir molestias ni añadir un peso extra excesivo, por lo que se llegaron a probar incluso materiales no metálicos. En la foto vemos el prototipo T6, una máscara metálica destinada a usar en combinación con el casco M3. Como podemos suponer, no debía ser un trasto precisamente cómodo y ligero.

Pero aparte de las máscaras, en la misma época se había empezado también a estudiar la forma de proteger el espacio que quedaba desprotegido entre el chaleco y el casco, o sea, cuello y parte donde se unía con el tórax. En 1945 se introdujo a nivel experimental la Armadura de Cuello T44 que vemos en la foto. Estaba fabricada de la misma forma que los chalecos, con chapas solapadas de acero de 5×5 cm. y 1 mm. de espesor, lo que hacía que el peso total de la pieza fuera de 4 libras y 5 onzas (1'98 kilos). Se apoyaba en los hombros y se abrochaba por delante, y las tiras inferiores se fijaban a los cascos de la serie M4. Se llegaron a fabricar 10.969 unidades hasta junio de 1945, pero el final de la guerra acabó con el desarrollo del proyecto.

Más sofisticada era la T59E1, un prototipo de armadura de cuello formada por dos piezas y destinada a complementar el casco M5. La parte delantera se fijaba al peto del chaleco y la posterior se unía a la parte trasera de forma que quedaban conectadas a las cintas que liberaban la armadura en caso de emergencia. En este caso el blindaje no estaba formado por placas de acero, sino de la misma aleación de aluminio del T46. Este modelo, que se llegó a introducir como M13 en septiembre de 1945 aunque ya su vida operativa era nula, ofrecía muchas más ventajas que el anterior ya que, al no estar fijado al casco, permitía una total libertad de movimientos de la cabeza y, lo más importante, se desprendía junto a la armadura corporal si era necesario. La T59E1 ofrecía una protección total en la nuca, los laterales del cuello y la zona superior del tórax a cambio de un peso de 4 libras y 8 onzas (2'03 kilos), casi lo mismo que el prototipo anterior a pesar de cubrir una superficie más amplia gracias a su blindaje de aluminio. 

B-29 alcanzado por la artillería antiaérea. A los fragmentos de metralla
habría que añadir los trozos de aluminio del fuselaje, cortantes como
cuchillas, que salían despedidos hacia el interior de aparato
En fin, el 9 de agosto de 1945, una brillante bola de fuego sobre Nagasaki  hizo ya prescindibles todas estas armaduras que tan concienzudamente habían sido diseñadas por Grow con la ayuda de los armeros del Museo Metropolitano. No obstante, el balance final fue sobradamente satisfactorio ya que los porcentajes de bajas se redujeron a la mitad, de los 5'44 por mil a un 2'29 por mil, lo que supuso un 58% menos de heridos que, de no haber contado con las armaduras y cascos que hemos visto en estos dos artículos, posiblemente muchos de ellos no habrían vuelto a casa para ser cálidamente recibidos por Mary Jane. Las heridas mortales en el tórax se redujeron de forma contundente: de un 36% a apenas un 8%, y las abdominales de un 39% a un 7%, por lo que hablamos de miles de hombres que lograron salir ilesos o con un moretón gordo cuando en otras circunstancias habrían acabado tirados en el suelo del avión con las tripas fuera pidiéndole a un colega que se despidiera en su nombre de Mary Jane, que en aquel momento se estaba dejando querer por un apuesto capitán de Estado Mayor que no sabía lo que era poner un pie en el frente.

Bueno, criaturas, espero que les haya resultado interesante y tal.

Hale, he dicho

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B-26 bastante perjudicado por los disparos de un caza enemigo. En la mitad trasera se aprecian cantidad de impactos,
mientras que el alerón y parte del carenado del motor han pasado a mejor historia. Otros no tuvieron tanta suerte

miércoles, 3 de julio de 2019

Armaduras de aviador. Chalecos


Recepción de bienvenida a una oleada de B-17. Las densas barreras de fuego antiaéreo que desplegaba la Flak tedesca
debía poner de los nervios a los tripulantes, que solo tenían la opción de seguir avanzando como si tal cosa
mientras rezaban a Dios, Yahvé, Buda o al ectoplasma del abuelo si hacía falta para salir vivos y razonablemente
enteros del brete. Aunque la imagen de esos aparatos erizados de ametralladoras han dado siempre una sensación de
poder e invulnerabilidad, ante el fuego antiaéreo la artillería de a bordo no servía absolutamente para nada

Miles de fotos como esta han contribuido quizás a transmitir la idea de
que las tripulaciones de los bombarderos llevaban una vida apacible,
libres de sobresaltos y bien lejos de sus cuñados
Por cambiar de tema, al hilo de la monografía que vamos desarrollando sobre las Flaktürme y, simplemente, porque me parece un tema curioso y bastante desconocido, hoy vamos a hablar sobre las armaduras que usaron las tripulaciones de los bombarderos pesados yankees (Dios maldiga a Hearst). Es posible que más de uno ya conozca algo del tema, pero seguramente serán más los que en este momento habrán levantado la ceja con aire incrédulo, como preguntándose qué leches pintaba un aviador con una armadura. Obviamente, la intención era que no lo escabecharan, porque si les diera lo mismo no se las habrían puesto. Para la mayoría del personal, la imagen del aviador, ya fuese el piloto o cualquier tripulante, es la de un sonriente WASP con una chupa de cuero chulísima de la muerte, las Ray-Ban, la gorra de plato o el gorro cuartelero y, lo más importante, el transmitir una apariencia de invulnerabilidad tal que parecía que sus incursiones eran apacibles paseos en avión, llegar a la vertical del objetivo, soltar las bombas y dar media vuelta para volver a sus confortables barracones llenos de pósters de pin-up girls, botellas de bourbon y montañas de paquetes de Lucky Strike para contarse mogollón de chistes malos o leer las emocionantes y lánguidas cartas de Mary Jane, la chica más frondosa del barrio/pueblo/condado, que les producían deleitosos sueños húmedos.

B-17 tras una incursión sobre Colonia, donde además de su famosa agua
aromática le dieron estopa en cantidad. El aparato pudo volver, pero con
el bombardero convertido en comida para gatos
Sin embargo, la realidad era muy distinta. Los eficientes pilotos de caza y la devastadora potencia de fuego de las baterías antiaéreas de los tedescos perpetraban unas escabechinas bastante inquietantes, y entre los aparatos que derribaban y los que volvían hechos un colador el número de bajas entre las tripulaciones no dejaba de ser un problema. Obviamente, el porcentaje sería ridículo si lo comparamos con las que sufría la infantería, pero adiestrar a un tripulante no era lo mismo que hacer lo propio con un soldado de tierra. Más aún, lo que en apariencia es tan simple como ser artillero de un B-17 o un B-24, los principales protagonistas de los ataques aéreos yankees en Europa, conllevaba un adiestramiento bastante complejo, caro y largo. Los vemos en las pelis disparando como locos sus M-2, pero acertar a un Me-109, un Me-110 o un Fw-190, para no hablar de un Me-262, no era ni remotamente un pim-pam-pum ya que, además de revolotear alrededor de las pesadas moles que tripulaban como moscas cojoneras a más velocidad y con más agilidad, les disparaban con cañones de hasta 30 mm. extremadamente eficaces. En infinidad de ocasiones, los daños producidos eran de tal envergadura que parecía cuasi milagroso que pudieran retornar a la base de partida, y ciertamente sus pilotos eran en gran parte los artífices de la hazaña por ser capaces de mantener en vuelo aparatos medio desintegrados. 

Surtido es esquirlas de metralla que van desde las más
grandes de varios gramos de peso a las pequeñas, partículas
diminutas que, no obstante, podían hacer bastante daño en
zonas como la cara o el cuello
Los yankees, que como sabemos no entraron en guerra hasta que los honolables guelelos del mikado les dieron las del tigre en Pearl Harbor en diciembre de 1941, enviaron su poderosa fuerza aérea a la brumosa Albión (Dios maldiga a Nelson) ya que el Soberano Celestial era aliado del ciudadano Adolf y del inefable Benito, y pronto empezaron a notar los desagradables efectos de las barreras de fuego antiaéreo que había que cruzar hasta llegar a sus objetivos, aparte de las bandadas de cazas que salían a interceptarlos durante su trayecto. Pero, curiosamente, para los tripulantes podía ser más mortífero un impacto directo de una bala de 8×57 mm. de una ametralladora ligera que la explosión de un proyectil antiaéreo de 88, 105 o 128 mm. ¿Por qué? Muy sencillo. Una bala atravesaba el fuselaje de lado a lado y, de paso, al que pillase por medio. Una ráfaga de las MG-17 que armaban los Me-110 o algunas versiones del Me-109 podía barrer desde la cola hasta la cabina de un bombardero sin que sus efectos fuesen verdaderamente peligrosos para el aparato, pero a los tripulantes que alcanzase podía matarlos sin problema. Sin embargo, la explosión de un proyectil antiaéreo, que lógicamente podía derribar un avión enemigo si detonaba cerca, y por supuesto si se trataba de un impacto directo, se fragmentaba en miles de esquirlas que atravesaban el fuselaje, pero si alcanzaban a un tripulante este podía salir ileso si llevaba una protección adecuada. La metralla producida por estos proyectiles salía despedida a una velocidad de unos 1.000 m/seg., pero sus pésimas cualidades balísticas- al cabo no eran más que cachos deformes de hierro- hacían que perdiesen más de la mitad de su velocidad tras un recorrido relativamente corto, por lo que sus efectos eran menos peligrosos para un ciudadano tripulante que una bala birriosa que, además de volar más rápido, tenía una capacidad de penetración muy superior.

En fin, que en vista del panorama decidieron que era hora de estrujarse las meninges y empezar a diseñar protecciones adecuadas para que sus sonrientes muchachos pudieran volver a casa a devorar los pasteles de manzana de mummy y sobar frenéticamente a Mary Jane en el asiento trasero del Chevrolet de daddy.

Malcolm C. Grow (1887-1960)
En octubre de 1942 la 8ª Fuerza Aérea llevó a cabo un estudio que analizaba detalladamente las heridas que habían recibido los tripulantes de los B-17 y B-24 que tomaban parte en los ataques contra el enemigo en Europa. De 303 bajas no mortales, un 38% fueron causadas por metralla de los proyectiles antiaéreos, un 39% por fragmentos de proyectiles de 20 mm. tanto de artillería antiaérea como de los cañones de los cazas, un 15% de balas de ametralladoras ligeras, y un 8% por fragmentos del fuselaje o de piezas del avión que salían despedidas por los impactos de la metralla enemiga. O sea, que un elevado porcentaje de heridas habían sido producidas por esquirlas metralla de pequeño tamaño, en algunos casos hablamos de milímetros, y de fragmentos del mismo aparato. En teoría eran proyectiles poco contundentes, pero sobraban para acabar con un hombre si alcanzaban una arteria o un órgano importante. La cuestión radicaba lógicamente en reducir ese porcentaje buscando la forma de disminuir el nivel de bajas entre los tripulantes, que llegaron a Europa con la única protección del casco M1 que nunca usaban porque si llevaban puestos los auriculares, imprescindibles para comunicarse entre ellos o para usar la radio, apenas les cabía el casco en la cabeza. 

La MRC Body Armour
La iniciativa la tomó el coronel Malcolm Cummings Grow, cirujano de la 8ª Fuerza Aérea, que había seguido con interés el desarrollo de la MRC Body Armour (Armadura Corporal del Consejo de Investigación Médica) de los british, que fueron los únicos que siguieron investigando sobre ese tema tras la Gran Guerra. Esta armadura era en realidad un proyecto destinado a la infantería, por lo que primaba la ligereza y protegía lo justo para reducir en lo posible heridas mortales en el pecho y la zona abdominal. Estaba formada por tres placas de acero al manganeso de 1 mm. de grosor y levemente curvadas para adaptarse al cuerpo y que, para protegerlas de la intemperie y reducir roces, iban dentro de unas fundas de lona. La placa frontal, de 9×8 pulgadas (22'8×20'3 cm.) protegía el corazón y los pulmones; unida mediante dos correas de lona llevaba otra para la zona abdominal de 8×6 pulgadas (20'3×15'2 cm.). En la espalda estaba la tercera, de 14×4 pulgadas (35'5×10'1 cm.) que protegía los riñones, el hígado y, mediante una proyección  de 5 pulgadas (12'7 cm.) en el borde superior, una porción de la columna vertebral. En total apenas pesaba 3,5 libras (1'58 kg.) incluyendo los atalajes y las fundas de lona, llegándose a fabricar nada menos que 200.000 unidades que fueron distribuidas entre el ejército, la marina y unidades especiales. Sin embargo, prácticamente no se usó porque resultaba molesta de llevar, restaba movilidad y producía dolorosas rozaduras. En resumen, un churro de armadura. Sin embargo, sirvió como punto de partida a Grow por una razón bastante simple: la armadura británica no valía para hombres que tuvieran que moverse, pero los tripulantes de un bombardero se movían más bien poco o nada y, por otro lado, el peso era un tema secundario tanto en cuanto unos kilos extra en hombres que combatían sentados o de pie con poco sitio para moverse dentro del avión no era lo mismo que un soldado de tierra cargado hasta las trancas de armas, munición y equipo que debía correr, saltar, arrastrarse, etc. 

Chaleco M1 fabricado por la Wilkinson. Obsérvense las diferencias
con el mismo modelo fabricado en USA que aparece más abajo
Grow no perdió el tiempo y se puso en contacto con la Wilkinson Sword Co. Ltd. de Londres para que fabricaran los prototipos que había ideado y que en realidad se parecían más a una brigantina de finales de la Edad Media ya que el "flak suit" (traje antiaéreo en referencia a la flak, la artillería antiaérea alemana), como inicialmente fue denominada esta armadura, era un chaleco de lona con el interior forrado de chapas cuadradas de acero de 5 cm. de lado y 1 mm. de grosor que, a su vez, estaban recubiertas por un forro interior de algodón. En octubre de 1942, el general Spaatz, comandante de la 8ª Fuerza Aérea, aprobó la fabricación de diez unidades para pruebas, cantidad que poco después se aumentó a las necesarias para dotar a las tripulaciones de doce B-17. Los chalecos fueron entregados en marzo del año siguiente, y las pruebas resultaron enteramente satisfactorias por lo que el general Ira Eakes, que había relevado a Spaatz el mes de marzo anterior, ordenó la fabricación de chalecos para cubrir al menos el 60% de las tripulaciones de la unidad bajo su mando. Se enviaron a Estados Unidos varios de ellos para estudiar su producción en masa mientras que la Wilkinson, lógicamente con una capacidad de producción muy inferior, siguió elaborando unidades para ir saliendo del paso hasta un total de 600 chalecos. 

Aspecto de un chaleco M1 desprovisto del forro interior para mostrar las
chapas de acero solapadas. Como se vio en una entrada dedicada a las
armaduras de escamas, este efecto de solapamiento hacía que hubiese
zonas en que el grosor de la armadura se multiplicase por cuatro
Las muestras llegaron a destino en el mes de julio, siendo puestas en manos del personal del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York que, como recordaremos, tuvieron bastante protagonismo en la fabricación de multitud de prototipos de cascos y armaduras para infantería durante la Gran Guerra bajo la dirección de Bashford Dean. El Departamento de Artillería, del que dependía el desarrollo del proyecto, promovió igualmente el estudio de un prototipo de casco presentado por Grow para las tripulaciones y basado en el mismo problema que había propiciado la aparición de los chalecos: un tercio de las heridas mortales se producían en la cabeza.

El modelo inicial, denominado como "Flyer's Vest M1" (Chaleco de Aviador M1), estaba formado por dos partes construidas con un sistema similar a los chalecos fabricados por la Wilkinson, con chapas de acero Hadfield de 5×5 cm. Se unían por los hombros mediante cuatro broches, dos en cada lado, que permitían quitarse la armadura dando un simple tirón de la lengüeta roja que vemos en la foto. Dicha lengüeta separaba el cierre del cinturón que ajustaba el chaleco al cuerpo, y al mismo tiempo tiraba de dos cintas de lona que, como se puede apreciar, estaban unidas a las hombreras. Se introducían por unos ollados para impedir que se engancharan en cualquier parte. De ese modo, en caso de necesidad bastaba dar el tirón de la lengüeta para que el chaleco se dividiera en dos partes y cayera por su propio peso.

Hay que tener en cuenta que estas armaduras se vestían con el bombardero en vuelo sobre toda la impedimenta de los tripulantes, desde los trajes térmicos al paracaídas. Su peso, 17 libras y 6 onzas (7'87 kilos) no solo serían una molestia en caso de tener que saltar del avión, sino que incluso podría suponer un riesgo por el peso extra. Así pues, este sistema permitía liberarse del chaleco en un periquete por si había que salir de naja con los motores ardiendo o el piloto y el copiloto hechos puré por un impacto directo de un proyectil de la Flak. En las fotos vemos la secuencia. La de la izquierda muestra el instante en que un artillero tira de la lengüeta, y en la de la derecha vemos como el chaleco cae de inmediato, dejando al descubierto el arnés del paracaídas, el chaleco salvavidas, el tubo de oxígeno, etc. Las fotos nos dan además una imagen bastante exacta de la cantidad de chismes en los que un tripulante podía engancharse al moverse dentro del avión, motivo por el que las cintas de desenganche iban ocultas bajo el chaleco, como ya comentamos antes. 

El M1 era usado por artilleros, navegantes, operadores de radio y bombarderos ya que por su ubicación en el avión podían ser alcanzados desde cualquier ángulo. En total se fabricaron 338.780 unidades de esta armadura que, a la vista de los numerosos testimonios que se fueron recopilando, salvaron mogollón de vidas. Como complemento, especialmente para los artilleros, se diseñaron dos delantales que protegía la parte baja del abdomen, las ingles y la parte superior de los muslos. En la foto de la izquierda podemos ver el aspecto del M3, un modelo de forma triangular destinado sobre todo a los artilleros situados en torretas o posiciones de espacio reducido. Como vemos, como estaba unido al chaleco mediante tres correas con broches, y su peso era de 4 libras y 14 onzas (2'2 kilos). La foto de la derecha muestra un artillero de costado (waist gunner, artillero de cintura los llaman los yankees) en acción con el modelo M4, de forma rectangular y mayor tamaño ya que por su posición en el interior del aparato disponía de más espacio. Este delantal pesaba 7 libras y 2 onzas (3'75 kilos) por lo que, en caso de usar estos delantales en el M1, el peso total de la armadura ascendía a  10'07 y 11'62 kilos respectivamente. Hasta el final de la contienda se fabricaron un total de 142.814 unidades del M3, y 209.144 del M4. No escatimaron, las cosas como son. Además, hay que tener en cuenta que la práctica totalidad de estas armaduras fueron enviadas a Europa ya que en el Pacífico el riesgo de palmarla a causa de la artillería antiaérea japonesa era muy inferior.

Para los pilotos y copilotos se fabricó el M2, un chaleco que solo protegía la parte delantera del cuerpo ya que los asientos estaban blindados. Su aspecto era muy similar al M1 y con el mismo sistema de liberación, pero la parte trasera no estaba acorazada por lo que su peso era muy inferior, solo 7 libras y 13 onzas (3'53 kilos). Y para mejorar su protección en los bajos y partes pudendas, que no era plan de volver a casa olvidándose de los restregones con Mary Jane en el asiento trasero del Chevrolet de daddy, se fabricó la "Flyer's Groin Armor M5" (Armadura de Ingles para Aviadores M5). En la foto de la izquierda podemos ver su aspecto por la parte interna de la misma. Constaba de tres piezas separables, dos para los muslos y una central que se metía entre las piernas como si de un braguero se tratase para conservar la máquina de la testiculina en buen estado. La foto de al lado muestra a un piloto con su chaleco M2 complementado con la M5. Este aditamento pesaba 15 libras y 4 onzas (6'9 kilos), el doble que el chaleco, por lo que el peso total del conjunto ascendería a 10'44 kilos de nada. La producción de la M5 alcanzó un total de 109.901 unidades.

Artilleros de costado de un B-24. El que aparece en segundo término lleva
el chaleco M1 y el delantal M3. El otro va de inmortal por la vida y solo
lleva, al igual que su colega, el casco M3
A comienzos de 1944 ya se habían distribuido estas armaduras entre la 8ª y la 9ª Fuerza Aérea, y poco después se pudo ampliar a la 12ª y la 15ª. Ojo, no se entregaban a nivel individual, sino que cada tripulante retiraba una del almacén y la devolvía a su regreso, por lo que con los 13.500 ejemplares que se habían fabricado en los escasos meses transcurridos desde octubre del año anterior, cuando fueron declaradas como reglamentarias, había de momento para cubrir las necesidades de ambas unidades. Con todo, el Departamento de Artillería no se conformó con los buenos resultados obtenidos con la M1 y la M2 más sus respectivos complementos, sino que siguió investigando para mejorarlas, sobre todo en lo referente al peso sustituyendo el acero de los modelos iniciales por aluminio y el forro de algodón por nylon. Muchas de las pruebas que se habían llevado a cabo durante la Gran Guerra habían demostrado que, curiosamente, había tejidos que tenían una especial capacidad para "atrapar" las esquirlas de metralla e incluso proyectiles de pequeño calibre. Se pudo comprobar que una plancha de seda con un peso de 1 libra por pie cuadrado (454 gramos por 0'09 m²) ofrecía una resistencia satisfactoria a la metralla a velocidades inferiores a los 460 m/seg., o sea, una velocidad superior a la de la metralla y esquirlas procedentes de los proyectiles antiaéreos que detonasen a más de 30 metros del aparato. 

Chaleco T46. Su apariencia era la misma que la
de su predecesor de acero
Cuando se pusieron a desempolvar viejos expedientes que llevaban archivados desde 1918 recuperaron estos datos y empezaron a probar con otros materiales ya que era imposible disponer de las cantidades de seda necesaria para las armaduras (recordemos que los paracaídas debían fabricarse sí o sí con este material), encontrando que el nylon podía suplirla con bastante eficacia usando varias capas en el forro interno de los chalecos y sus accesorios. Así pues, se sustituyeron las placas de acero Hadfield por otras de una aleación de aluminio de 3×5 pulgadas (7'62×12'7 cm.) y su correspondiente forro de nylon. El fragmento de metralla podría atravesar el aluminio, pero el impacto le haría perder su velocidad de forma que sería detenido sin problema por la capa textil. Al final, y según los testimonios de los que pasaron por esa experiencia tan desagradable, el sujeto solo acusaba un golpe capaz de derribarlo e incluso dejarlo aturdido unos instantes, pero las consecuencias serían un hematoma bien gordo, acaso alguna costilla rota o, a lo sumo, una herida superficial. Eso sí, las armaduras no obraban milagros, y si lo alcanzaba un proyectil de los gordos o un fragmento de un antiaéreo detonado a escasa distancia, adiós muy buenas. No obstante, se dieron casos de tripulantes alcanzados por proyectiles de 20 mm. que, al estallar contra el chaleco, se convirtieron en miles de partículas de metralla que no llegaron a atravesarlo, sino que solo produjeron los efectos anteriormente descritos. Naturalmente, el afectado sentía algo parecido a si le hubiese atropellado un camión, pero bueno... Así, los modelos fabricados con aluminio pasaron a denominarse como T46 en lugar del M1, T55 por el delantal M3, T56 por el M4 y T57 por la armadura de ingles M5. Sus pesos se vieron obviamente reducidos de forma proporcional por la sustitución del acero por aluminio.

Bueno, ya me he enrollado bastante, así que dejamos los cascos para el siguiente artículo. Con este seguro que podrán sorprender a sus cuñados que hayan visto 18 veces "Memphis Belle" y les dejan la jeta a cuadros cuando les den detalles sobre el tema.

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONADAS:


Fotograma de "Memphis Belle", dirigida en 1990 por Michael Caton-Jones y en la que se recrea la vigésimo quinta y última
misión del famoso B-17. La peli, aparte de las obligadas alusiones patrioteras, familieras y demás chorraditas sentimentaloides  a las que son tan aficionados los yankees, nos permite ver con todo lujo de detalles como se desenvolvían los atribulados tripulantes dentro del aparato. De hecho, media película transcurre en el interior del mismo. En la imagen vemos a los dos artilleros de costado protegidos con sus chalecos M1 y los delantales M3. Por debajo se atisba el arnés del paracaídas. Por cierto, obsérvense los enormes cajones de madera para la munición que también se aprecia en la
foto donde vemos a un artillero flotando sobre vainas de 12'70 mm. Con estas cajas se ahorraban tener que reponer
munición en vuelo, que como está mandado se acababa cuando el malvado as nazi se abalanzaba contra uno de ellos

jueves, 13 de junio de 2019

FLAKTÜRME BERLIN. FRIEDRICHSHAIN


Maqueta de uno de los proyectos presentados inicialmente por Tamms, en este caso de una Flakturm construida enteramente
de piedra en vez de hormigón, que es como más feillo y tal. Como ya comentamos anteriormente, la idea era que estas
fortificaciones se integrasen armoniosamente en el entorno monumental de la ciudad como una muestra del poder militar
de la futura capital del mundo: Germania 

Bueno, criaturillas, retomamos las poderosas Flaktürme para proseguir con las situadas en Berlín. Conviene aclarar que las tres parejas eran de características muy similares, lo que se dio en llamar Bauart 1 o, como denominaríamos actualmente, de primera generación. Por ello, lo tocante a su distribución interior, dimensiones y tal eran básicamente las mismas salvo los detallitos que se irán enumerando, no sea que algún cuñado tenga información sobre el tema y le demos el gustazo de humillarnos vilmente. No se puede bajar la guardia con esos malvados, ya saben... Así pues, para ir comparando o recordando cualquier dato de interés no estará de más que abran el enlace sobre la Flakturm Zoo por si quieren consultar algo y, de paso, vuelvo a poner la ortofoto donde aparecen las tres parejas de torres para que podamos situarnos. Hela aquí:



Bien, como ya sabemos, tras mogollón de cónclaves, reuniones y ataques de ansiedad, finalmente se decidió la construcción de tres parejas de torres, la primera de la cuales fue la del Tiergarten que se estudió en la entrada anterior de esta pequeña monografía, así que hoy daremos cuenta de las de Friedrichshain, situadas al este de Berlín para ir completando el triángulo que debía proteger la zona central de la población y donde se encontraban los centros del poder político, policial y militar de la misma. Y dicho esto, comencemos sin más demora.

GEFESCHTSTURM II FRIEDRICHSHAIN


La G-Turm de Friedrichshain durante su construcción. A la izquierda se ve
la grúa especial que hubo que usar para elevar las cúpulas blindadas de los
ascensores de munición. El barracón que aparece en primer término era
para los obreros
El 20 de enero de 1941, cuando el hormigón de las Flaktürme del Tiergarten estaba aún fraguando a base de toberas de vapor, se empezó a estudiar la ubicación de la siguiente pareja en el Friedrichshain, un barrio obrero que, para colmo de males, fue de los más castigados por los bombardeos y encima hasta tuvieron la desgracia que quedar en el lado oriental cuando se construyó el Muro en 1961. Lo que sí se tenía claro era que las torres estarían en el Volkpark Friedrichshain, un parque proyectado en 1840 para conmemorar el centenario del ascenso al trono de Federico II de Prusia cuyas obras se desarrollaron entre 1846 y 1848. En principio, la torre de mando estaría ubicada en el centro del parque con la G-Turm situada a 350 metros al oeste, junto a la confluencia de la Am Friedrichshain y la Friedenstraße y justo detrás de la Märchenbrunner, la Fuente del Cuento de Hadas, un monumental estanque inaugurado en 1913 y decorado con estatuas de los personajes de los cuentos de los hermanos Grimm. Sin embargo, la construcción de un proyecto anterior de un edificio de grandes dimensiones en ese lugar obligó a desplazar la G-Turm, lo que a su vez también hizo que la ubicación de la L-Turm se viera modificada de forma que, finalmente, la torre de combate quedó situada en el centro del parque y la de mando a unos 480 metros al nordeste de su hermana mayor.


En la foto podemos ver el parque de Friedrichshain. Los círculos blanco y azul muestran las ubicaciones proyectadas en principio para la G-Turm y la L-Turm respectivamente. Las cruces señalan la posición final de ambas. A la derecha del circulo blanco se ve un pequeño óvalo marrón que corresponde a la Märchenbrunner actual.

Las dimensiones de la G-Turm eran las mismas que la del Tiergarten con solo una diferencia, y es que en la que nos ocupa los nidos de golondrina de la plataforma artillera inferior eran un poco más grandes y que el puesto de mando de la plataforma superior era cuadrangular en vez de circular. Por lo demás, el resto era igual y estaba artillada con piezas similares, inicialmente de 10'5 cm. y posteriormente con los montajes dobles de 12'8 cm. además de las piezas ligeras de 3'7 y 2 cm. emplazadas en la plataforma inferior. Además, como ya se ha comentado, en esta torre fue la única junto a la del Tiergarten en la que se colocaron las descomunales cúpulas blindadas para proteger los ascensores de munición, una grande en cada batería y dos pequeñas para la evacuación de las vainas servidas.

En octubre de 1941 la G-Turm ya estaba operativa, aunque no terminada del todo. En la foto de la izquierda, tomada durante el verano del año siguiente, la vemos erguirse entre la espesa fronda del parque con los cuatro Flak 38/39 de 10'5 cm., pero en los nidos de golondrina de la izquierda se ven aún los encofrados de madera. Además, los postigos blindados de las ventanas aún estaban sin colocar, y solo se aprecian los huecos con las mortajas previstas para su instalación. Estos postigos, que en realidad tenían el tamaño de una puerta de cualquier casa normal, tenían una altura de 2'10 metros, una anchura de 1'07 metros y un grosor de 6 cm. Como recordaremos de la entrada anterior, por dentro disponían de una ventana acristalada normal y corriente.

En cuanto a las instalaciones interiores de luz, agua, etc., eran las mismas que en la G-Turm del Tiergarten. Disponía de su propio generador de electricidad, su hospital, sus dos plantas destinadas a refugio de la población, depósito para obras de arte procedentes de los museos y alojamientos para el personal militar. En la foto de la derecha podemos ver el aspecto del enorme generador que permitía disponer de suministro eléctrico aunque toda la ciudad se quedase a oscuras. Y esto no solo era importante para el funcionamiento de los instrumentos de seguimiento y tiro, quirófanos y tal, sino para los miles de personas apiñadas como sardinas en lata dentro de la torre. Imaginen a diez o veinte mil personas dominadas por el pánico y, encima, sumidos en la oscuridad más absoluta, con los nenes berreando, sus mamás dando alaridos y los papás echando sapos y culebras. Inquietante, ¿no?

La G-Turm del Friedrichshain no tuvo tanta suerte como la del Tiergarten, que apenas sufrió daños durante la contienda. Al estar situada, como hemos dicho, en una zona especialmente castigada por los bombardeos, sufrió varios impactos que dejaron tras de sí las bajas de rigor. La foto nos muestra el incidente de más gravedad, acaecido durante la noche del 3 de febrero de 1945. Una bomba acertó de lleno en el pañol de uso inmediato de la batería "Cäsar"(marcado con la flecha), partiéndolo en pedazos y haciendo explotar nada menos que 400 proyectiles de 12'8 cm. almacenados en su interior y matando a nueve servidores de la pieza. No obstante, y a pesar de los daños producidos, la solidez de la construcción quedó patente ya que un impacto directo más la friolera de 400 proyectiles explotando de golpe solo pudieron romper el pañol de hormigón y poco más.

La G-Turm de Friedrichshain totalmente operativa con los cañones dobles
de 12'8 cm. y la plataforma inferior atestada de artillería ligera
En las primeras horas del 2 de mayo de 1945, el el teniente coronel Karl Hoffmann, comandante de Turmflakabteilung 123, intentó romper el férreo cerco enemigo con todo el personal de la Luftwaffe disponible. Conviene aclarar que Hoffman no tenía su puesto de mando en la G-Turm, sino en la torre de mando, por lo que quizá su intención era sumarse a la defensa de otras torres o incluso de la misma torre de combate. Sea como fuere, debió tener claro que seguir resistiendo tenía menos sentido que pretender que un político sea un sujeto honorable, así que se largó y se acabó lo que se daba.

Plano de la plataforma artillera de la G-Trum, igual al de la
Tiergarten salvo en la forma del puesto de mando. Las
baterías se designaban por nombres de la A a la D:
Anton, Bertha, Cäsar y Dora
Como ocurrió con la G-Turm del Tiergarten y, de hecho, ocurriría con las demás Flaktürme de Berlín, su destino quedó sellado en 6 de diciembre de 1945, cuando mediante el  Decreto Aliado nº 22 se ordenaba destruir todos los edificios y fortificaciones incluidas en el plan de desmilitarización de Alemania. Se dividió la capital en zonas para que cada ejército aliado se encargase de demoler las instalaciones señaladas, quedando Friedrichshain bajo la tutela de los belicosos hijos del padrecito Iósif. Los rusos no estaban por la labor de perder el tiempo, así que nada más publicarse el decreto se pusieron manos a la obra empezando a volar los edificios que les correspondían. No obstante, las autoridades civiles de Berlín lograron convencerlos para que demorasen la destrucción de las Flaktürme que, como ya vimos en la entrada anterior, pretendían destinar como refugio a las ingentes cantidades de personas cuyas casas habían desaparecido y se veían con el invierno encima y sin tener un techo donde cobijarse.

Aspecto de la G-Turm tras el segundo intento. Fue como si la hubieran
cortado con un cuchillo, pero de ahí no pasaron
Pero en cuanto pasó el invierno, los soviéticos mandaron a hacer puñetas a los sin techo, heridos convalecientes y demás personal de la torre y se dispusieron a volarla por los aires. El 29 de abril tuvo lugar un primer intento que, como no podía ser menos, resultó fallido porque estos monstruos, como ya hemos visto, tenían una solidez monolítica. El 2 de mayo siguiente se llevó a cabo un segundo intento que, esta vez sí, logró al menos partir en dos el edificio. O sea, que lo dañaron, pero en modo alguno pudieron demolerlo. Se desconoce la cantidad de explosivos que usaron, así como la distribución de los mismos porque los hijos del padrecito Iósif eran aún más obsesivos con los secretos militares que los tedescos. 

La G-Turm ante la que se puede ver circulando el tren de vía estrecha para
acarreo de materiales
Al igual que hicieron los british (Dios maldiga a Nelson) en primera instancia con la G-Turm del Tiergarten, los rusos decidieron que seguir gastando explosivos y tiempo en reducir a gravilla aquella mole no tenía mucho sentido, así que optaron por enterrarla, lo que ciertamente no era un trabajo rápido. Entre 1946 y 1950 se reclutaron "Notstandsarbeiten", trabajadores de emergencia, para acometer la ardua tarea. Estos eran obreros procedentes de las listas de parados que, caso de no encontrar ocupación en su oficio, debían trabajar de forma obligatoria en las obras públicas. Para transportar los materiales con que sepultar la enorme mole de hormigón, en el verano de 1946 se tendió una línea de ferrocarril de vía estrecha en la que una pequeña locomotora remolcaba un tren formado por vagonetas mineras de esas que vuelcan el contenido hacia un lado. Al parecer, el puñetero tren tenía más peligro que un cuñado ávido de marisco porque descarrilaba cada dos por tres, y la locomotora acababa deslizándose cuesta abajo porque el firme, que había que compactar a medida que el montículo iba ganando altura, no tenía la consistencia adecuada.

Mujeres sepultando la G-Turm en el invierno de 1946/47. Lo verdaderamente
penoso y agotador de este trabajo es que no se trataba de mover paletadas de
tierra, sino de escombros y adoquines, más pesados y difíciles de manejar
Pero aparte del tren con las vagonetas, los obreros no dispusieron de más herramientas para su trabajo que picos y palas. O sea, que tuvieron que mover cientos de miles de metros cúbicos de tierra y escombros para sepultar la G-Turm. De hecho, se emplearon también bastantes cantidades de mujeres que, a la vista del hambre y la necesidad reinante, no debían ser precisamente fortachonas tedescas, sino más bien tedescas canijas que tuvieron que batirse el cobre con frío, calor, lluvia o nieve hasta conseguir sepultar la mole, lo que por fin se consiguió en la primavera de 1950 con la creación de lo que desde entonces se denomina como Großer Bunkerberg, la Montaña del Búnker Grande. Este montículo, de 78 metros de altura, está actualmente cubierto por una densa arboleda y coronado por un mirador. Para llegar a la cima hay unos senderos en los que aún se pueden ver algunas partes de la antigua G-Turm que no quedaron completamente cubiertas. 

La Großer Bunkerberg en 1950. Poco menos que levantar una pirámide mediana a pico y pala. Su altura es la misma
que el cuerpo de campanas de la Giralda de Sevilla, así que los que hayan subido ya pueden hacerse una idea de las
vistas que se contemplan desde esas alturas.

LEITTURM II FRIEDRICHSHAIN

La L-Turm de Friedrichshain era idéntica a la del Tiergarten que ya conocemos pero con la salvedad de que, en este caso, carecía de la plataforma de observación en la azotea de la torre. Por lo demás, sus características y morfología eran las mismas: una grúa en la plataforma inferior, otra en la superior con carril de desplazamiento y la base del radar Würzburg-Riese que, al igual que la del Tiergarten, era ocultado en un pozo de 12 metros en el interior de la torre. La artillería ligera se componía de varios Flakvierling de 2 cm. distribuidos tanto en los nidos de golondrina como en el resto de la plataforma. A mediados de julio de 1944, las piezas de 2 cm. fueron sustituidas por Flak 43 de 3'7 cm. que al cabo de un año fueron nuevamente sustituidos, en esta ocasión por las MG-151/20 de tres cañones.

En esta torre instaló su puesto de mando el teniente coronel Hoffmann, que como ya hemos comentado antes era el comandante de la Turmflakabteilung 123, y en el interior de la primera planta se habilitaron 700 m² para poner a buen recaudo 1.636 pinturas procedentes del Museo Káiser Guillermo además de gran cantidad de obras de arte procedentes de museos etnográficos, esculturas, arte egipcio, griego y romano, etc. En la foto de la izquierda vemos el comienzo del extenso inventario de más de 200 páginas en el que los aliados detallaron minuciosamente todo lo que contenían las torres, en este caso especificando la procedencia de las obras depositadas en las Flaktürme de Friedrichshain. Sin embargo, los rusos ya habían trincado mogollón de objetos y pinturas que, o bien desaparecieron para siempre, o bien desaparecieron hasta que, como por arte de magia, aparecieron de nuevo en museos de Moscú. De hecho, cuando Hoffmann tomó las de Villadiego con el personal militar todo el contenido quedó a merced de los soviéticos, que serían un poco analfabetos en su mayoría pero no tan tontos como para no darse cuenta de que lo que los tedescos guardaban con tanto celo debía ser valioso. El día 6 de mayo, uno de los directores de los museos cuyos fondos se guardaban en la L-Turm fue a recuperar lo que pudiera y vio que la primera planta había ardido entera, y posteriormente, el día 18, también el 2º y el 3er. piso. Cabe suponer que los soviéticos arramblaron con todo y luego metieron fuego al mobiliario o lo que fuera para simular el expolio ya que años después aparecieron más de 400 obras en Moscú, como hemos comentado.

Guarnición completa de la L-Turm: 161 hombres
En cuanto al personal, al igual que ocurrió con la torre de mando de la Tiergarten, a medida que avanzaba el conflicto había que echar mano a lo que había ya que los 100 hombres de la Luftwaffe destinados a cada L-Turm no eran suficientes. Para aumentar la dotación de la artillería de las torres se recurrió a los Luftwaffenhelfer, Auxiliares de la Luftwaffe, una unidad nutrida por mozalbetes de entre 15 y 18 años que, a pesar de su poca edad, estaban muy motivados políticamente y bastante fanatizados. Para no perder los estudios- alucino con el sentido del deber de esta gente- acudían a las L-Türme profesores que por su edad o estado físico no eran aptos para ir al frente, impartiendo clases durante las horas en que estos voluntariosos mocitos estaban libres de servicio. Así mismo se sumaron a la guarnición Blitzmädchen, auxiliares femeninas dedicadas a operadoras de radar y telecomunicaciones. Incluso se aceptaron voluntarios rusos y ucranianos; los primeros porque eran renegados que odiaban a muerte a los comunistas desde el padrecito Iósif para abajo, y los segundos porque odiaban, además de a los comunistas, a los rusos en general y al padrecito Iósif en particular. 

Una vista de la G-Turm del Friedrichshain, al fondo de la imagen, tomada
desde un nido de golondrina de la L-Turm, ambas aún sin terminar. Los sacos
terreros actúan como rudimentario parapeto para proteger a los servidores
del Flakvierling 38. En los arcones junto al parapeto de hormigón está
la munición para uso inmediato
El final llegó poco después de que Hoffmann rompiese el cerco de tropas enemigas, rindiendo ambas torres el médico de mayor graduación ya que los pocos oficiales que quedaban eran todos del cuerpo sanitario. Su destino corrió paralelo al de la G-Turm: el 20 de abril de 1946 se hizo un primer intento de voladura que no logró acabar con la torre. Un segundo intento a principios de mayo acabó con ella sin que, al igual que con la G-Turm, trascendiesen las cantidades de explosivos que necesitaron para volarla. No obstante, debieron meter dinamita como para volarla siete veces porque, según dijeron los que presenciaron la explosión, los muros reventaron hacia fuera como si los hubiesen golpeado con un martillo pilón gigante. Del mismo modo, una vez destruida se procedió a sepultarla formando la Kleine Bunkerberg, la Montaña del Búnker Pequeño, que alcanzó los 68 metros de altura, o sea, diez menos que el de la G-Turm. En 1950, cuando se terminaron los trabajos, se habían removido la friolera de 2,1 millones de m³ de tierra y escombros, o sea, suficiente para llenar unas 825 piscinas olímpicas.

En fin, con esto terminamos por ahora. Con la próxima daremos término a las Flaktürme berlinesas, que ya va siendo hora, qué carajo.

Hale, he dicho

Vista aérea del Volkpark Friedrichshain tras la voladura de las dos torres. Abajo se atisban los restos de la L-Turm, y en
la parte central de la foto la G-Turm partida en dos y volcada hacia atrás, bueno, o hacia adelante, según se mire. Cuatro
años más tarde ya estaban sepultadas, y al día de hoy son meros montículos cubiertos de una espesa arboleda donde acuden
los berlineses a correr con los pinganillos del móvil enchufados en las orejas, a hacer el gamba en los monopatines o a mostrar su chispeante ingenio artístico haciendo pintadas chorras en los escasos restos que aún asoman a la superficie