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lunes, 21 de abril de 2025

AÑO NUEVO, VIDA VIEJA, y 4


Ciertamente, la reedición de mi obra postrera estará unida a una efemérides sonada. PAPA MORTVVS EST. Lo acabo de leer en la prensa. En realidad, este anuncio lo iba a hacer ayer, pero hasta por la noche no me dieron conformidad los de Amazon, así que decidí hacerlo en Lunes de Pascua y, mira por dónde, me encuentro con que el controvertido Francisco- que debo reconocer que me caía como una patada en el bazo- ha palmado. Bueno, que tanta paz lleve como descanso deja, porque ha sido un politicastro rendido a la extrema izquierda del planeta y al Islam. Bueno, a lo que vamos...

Ahí tienen la que es y será mi última obra publicada, "Montségur, la Sinagoga de Satán", como llamaban los inquisidores de Tolosa a esa pequeña fortaleza encaramada en un risco imposible. Montségur se convirtió en una pequeña Meca de los cátaros hasta que la corona francesa, en manos de la regente Blanca de Castilla, y la inquisición, lograron rendirla y dar comienzo así al ocaso del catarismo en el Languedoc. Es una historia apasionante, con mogollón de batallitas, traiciones, el implacable fanatismo del Santo Oficio, la ambigüedad del conde de Tolosa, el odio hacia la Iglesia y la inquisición por parte de los faidits, los nobles que vieron sus posesiones confiscadas por pertenecer a la secta, y mil malos rollos más a cual más jugoso. Y, como marca de la casa, con un rigor histórico seguido al detalle, para que además de distraerse aprendan una parte de la historia bastante desconocida por lo general. Ahí tienen la portada:


Y aquí el enlace a Amazon, donde la pueden adquirir tanto en E-book como impresa. 

En fin, a los compradores les deseo que la disfruten, y a los que no la compren, pues no les deseo nada.

Hale, he dicho

lunes, 7 de abril de 2025

AÑO NUEVO, VIDA VIEJA 3

 

La musa sigue en paradero desconocido, de modo que sigo aprovechando la coyuntura para reeditar mis criaturas literarias. Ahora es el turno de "Yago, el asesino", una estupenda novela histórica donde podremos seguir las andanzas del tal Yago, un hidalgo venido a menos que pasa por mil avatares a lo largo de su azarosa existencia, acabando por convertirse en un primate con muy mala leche, por no titularlo como psicópata de manual.

Los amantes de emociones fuertes, de evisceraciones implacables y de homicidas sin compasión pasarán un rato estupendo con este relato que, modestia aparte, está bastante bien ambientado, da mucho repeluco y nos ilustra sobre lo chungo que era vivir en el medioevo.

Está disponible en libro electrónico y en edición impresa, en ambos casos a precios tan módicos como los ya publicados. He ahí la portada, diseño de la casa, como siempre. Chula, ¿qué no?



Bueno, ahí queda eso. Por mis muelas del juicio que las aventuras y desventuras de Yago les resultarán extremadamente entretenidas.

CURATE VT VALEATIS, CIVES

Hale, he dicho

miércoles, 5 de marzo de 2025

AÑO NUEVO, VIDA VIEJA 2

 

BENEDICO VOBIS, pacientes y abnegados lectores. Como la musa no se digna retornar, cosa que como sabemos no es nada nuevo, pues he aprovechado la coyuntura para reeditar la segunda parte de mis relatos cortos de zuzto, paranormalidades y demás historias que le encogen el ombligo a los más timoratos y dejan indiferentes a los más valerosos. Bueno, ahí dejo la portada y el enlace a Amazon, donde por la mísera cantidad de 2'99 podrán hacer un obsequio a sus cuñados, a ver si con la jindama les da una pájara y palman de una vez. Por cierto, por error también he reeditado la versión impresa, pero infiero que a los amantes de pasar hojas les resultará más gratificante que dejarse las retinas en una pantalla. He ahí la portada:




Y ahí el enlace: PESADILLAS DE GUERRA 2

Y rásquense un poco las faltriqueras, carajo, no sean rácanos.

Bueno, espero que les produzca terribles pesadillas y tengan que dormir con la luz encendida,

CVRATE VT VALEATIS, CIVES

Hale, he dicho

lunes, 6 de enero de 2025

AÑO NUEVO, VIDA VIEJA

 


PAX VOBISCVM, dilectos lectores, cuñados, primos lejanos y demás parientes y afectos. Los más veteranos quizás recuerden mi vena literaria que, por culpa de la maldita musa, un buen día cesó sin más. Publiqué en Amazon varios libros molones, siempre ambientados en la cosa bélica, bien a modo de novela histórica, bien como relatos cortos en el contexto de la Gran Guerra. Bueno, pues hoy, no sé por qué, me ha dado el avenate y he re-estrenado uno de ellos que, debido a otro avenate, despubliqué hace varios años junto con varios más, quedando solo en activo "Sevilla para Castilla" y "¡Oh, Campeador!".

Así pues, y a modo de cebo para ver si la jodida musa retorna y me permite concluir los que tengo empezados, he reeditado este en primer lugar. Puede que algunos lo recuerden. "Pesadillas de guerra" trata de diez relatos cortos en plan misterioso, paranormal y de acojonamiento en general, que es un tema que me gusta y da morbo al personal. Ahí les dejo el enlace, donde podrán leer íntegro el primero de ellos con la lectura parcial que permiten los de Amazon, y podrán hacerse una idea de qué va el tema. Ah, y sale baratito: 2'99 en versión libro electrónico, con lo que podrán leerlo en el esmarfon, la tableta o el ordenador. Bueno, no me enrollo más, que aún tengo que pesar el carbón que me han dejado los magos esos para ver si puedo ganarle unos eurillos.

CVRATE VT VALEATIS CIVES

Hale, he dicho

martes, 26 de marzo de 2024

HISTORIAS DE LA MILI. DE CUERNOS E INFIDELIDADES

 


Amados hermanos en Cristo, me temo que para seguir haciendo relleno tengo que continuar recurriendo a anécdotas castrenses. Seis articulillos, seis, tengo empezados y por mi vida que llevo unos meses más atocinado que un morlaco aculado en tablas pidiendo la muerte. En fin, es lo que hay. Con todo, al menos dispongo de un extenso surtido de narraciones- todas rigurosamente ciertas, doy fe- de las peripecias sufridas por mí o por conocidos en los ambientes cuarteleros que tanto me gratificaban el espíritu porque, como ya saben soy un militar frustrado que lleva la torta de años arrepintiéndose de haber perdido la baja del ejército. ERRARE HVMANVM EST, y en este caso erré de forma incluso inhumana, pero la vida no da nunca segundas oportunidades más que en las películas. Bueno, a lo que vamos...

Esta peculiar historia no la viví yo personalmente, sino que me la contó con pelos y señales un teniente coronel de Infantería de Marina que servía en San Fernando, en la provincia de Cádiz. Conocí a este BELLATOR en el campo de tiro del Puerto de Santa María, donde acudía con cierta frecuencia porque allí había un ambiente mucho más sano y fraternal que en Sebiya, donde abundaban los que, como decía el inefable visir Iznogud, estaban deseando ser presidente en lugar del presidente. Presidente de la Federación Andaluza, se entiende. Puñaladas traperas se daban constantemente, villanías sin cuento se perpetraban, y al final pagábamos los federados, que estábamos hasta los cojones de aquel juego de tronos de chichinabo, porque la presidencia no daba más que para algún viajito a Madrid con los gastos pagados y algún almuerzo con el politicucho de turno. 

El teniente coronel en cuestión era un sujeto bastante divertido. Odiaba a su suegra de forma palmaria, rotunda e inexorable, sentimiento que era recíproco, como no podía ser menos, y yo me partía la caja escuchándole las putaditas que se hacían mutuamente ante la total impotencia de su cónyuge, que ya no sabía de lado de quién ponerse. En fin, lo cierto es que me lo pasaba bien escuchándole narrar sus historias mientras nos regalábamos el gaznate con zumo de cebada bien frío en el bar del polígono de tiro. 

Un día, no recuerdo a santo de qué, salió a relucir el tema de las vasectomías que, por aquel entonces, empezaron a ponerse de moda entre los ciudadanos hartos de fornicar con el miembro viril forrado de látex o de practicar el pecado de Onán que, contrariamente a la común creencia, no consistía en machacársela como un bonobo en celo, sino el COITVS INTERRVPTVS, vulgo marcha atrás. Así pues, para satisfacer a la propia sin riesgo de preñeces indeseadas o incluso de refocilarse con la querida sin que esta pudiera aparecer un mal día con un crío acusándote de ser el progenitor, la cosa es que hubo una avalancha de primates deseosos de pseudo-castrarse, y más si, como en el caso que nos ocupa, el interfecto ya tenía más que cumplidos sus deberes para la propagación de la especie.

El fulano en cuestión era un brigada, también de Infantería de Marina, cuya parienta había engendrado la escandalosa cifra de seis retoños. Al parecer, era una de esas prolíficas hembras a las que basta husmear la bragueta del maromo para quedar preñadas de forma inexorable. El abnegado suboficial, cuya soldada no daba para mucha virguerías, las pasaba putas para llegar a fin de mes sacando adelante a aquella tropa que, como todos los mocitos, devoraban como pirañas, la ropa se les quedaba pequeña en meses y, encima, había que pagarles los estudios. Por lo visto, la parienta no podía tomar píldoras anticonceptivas por no sé qué contraindicación hormonal, así que al brigada solo le quedaban dos opciones para cumplir el débito conyugal de manera satisfactoria: seguir forrándose el pito de goma con el consiguiente riesgo de rotura y esparcimiento del licor seminal en el útero o, si quería garantías absolutas, cortar por lo sano y cercenar el conducto deferente, cerrando así el paso a la legión de bichitos cabezones con cola que solemos fabricar los hombres para atacar sin piedad los óvulos mujeriles. Con seis críos sanos es evidente que se decidió por la segunda opción.

Total, que el brigada se largó al hospital militar de su circunscripción a pedir cita al urólogo y manifestar su deseo de ser esterilizado. El urólogo le replicó que no había problema pero, contrariamente a las normas de los hospitales civiles en aquella época, a los que solicitaban una vasectomía se les hacía previamente un análisis para comprobar si, en efecto, sus testículos aún estaban operativos y cualificados para seguir fabricando bichitos con cola. El brigada, extrañado ante aquel protocolo, preguntó el motivo del mismo. El galeno le explicó que, cuando se trataba de hombres ya maduros, había ocasiones en las que la capacidad reproductiva había menguado por completo, y que lo que emitían al eyacular contenía bichitos totalmente inútiles, o bien que, por cualquier enfermedad padecida en algún momento, se hubiesen quedado estériles. Esta prueba previa no tenía otro fin que comprobar si, en efecto, el solicitante seguía siendo fértil ya que, de lo contrario, tanto él como el Ejército se ahorraban, uno el mal rato, y el otro el dinero de la intervención.

El brigada se tuvo que resignar y sentirse un poco avergonzado, como nos pasaría a cualquiera, cuando una enfermera le dio un bote y una revista bastante manoseada llena de imágenes de señoritas de formas rotundas como su madre las trajo al mundo para estimular su libido. Le señaló una pequeña habitación donde podría ejercer de bonobo en celo y, al cabo de pocos minutos, nuestro hombre salió con la jeta amoratada a causa del esfuerzo, las prisas y la vergüenza. Hizo entrega del bote y la revista ante la total indiferencia de la enfermera, a la que la visión de botes llenos de bichitos con cola le daba una soberana higa, y le dio cita para que, pasados unos días, volviera a recoger los resultados y el dictamen del urólogo, que por cierto era comandante médico.

Llegado el día, el brigada se personó en la consulta del urólogo, que muy sonriente lo invitó a sentarse y tal. Abrió una carpeta y, ante la jeta cuadriculada del suboficial, emitió su diagnóstico.

-Güeno, una buena notisia, brigada- dijo sin saber la tormenta que iba a desencadenar-. No se tié uhté que operá. É uhté ehtéri, no pué tené hijoh.

Obviamente, el urólogo no estaba al tanto de la abundosa prole del brigada, que no sabía si ponerse blanco como una tapia o colorado como un tomate.

-¿Cómo que no pueo tené hijoh, mi comandante? ¡Tengo séi ná meno!

El comandante se quedó perplejo ante aquella réplica.

-Imposible- insistió-. É uhté ehtéri.

-Po será de un tiempo pa'cá, hohtia, porque a vé quién sino ha preñao a mi mujé.

-A vé, creo que no m'ha entendío, brigada...- musitó el urólogo sin saber cómo soltarlo-. É uhté ehtéri de nasimiento. Uhté no ha podío engendrá en su vía.

El brigada no sabía cómo tomarse aquello, y el comandante no atinaba a explicarle que, tras el análisis, era patente que padecía alguna tara de nacimiento que le impedía procrear. El suboficial, al que le iba a dar un soponcio, hasta sacó una foto familiar de la cartera y se la enseñó al médico.

-¡Pero, mire uhté, mi comandante, si tó tien mi cara, cohone!- protestaba enseñando la dichosa foto en la que, en efecto, aparecían seis chavales que eran clavados a su padre.

-Mire uhté, brigada- concluyó el urólogo, que ya empezaba a maldecir la hora en la que mandó analizar el semen del tipo aquel, al que si le hubiesen hecho la vasectomía sin tantas historias se habría largado tan tranquilo-, uhté ha nasío sin posibilidá de fabricá ehperma. No tengo ni idea de quién carajo son loh crío, pero le aseguro que de uhté no son. Pregúntele a su mujé. 

El brigada salió del hospital como un miura picado de tábanos, y con lo que rumió camino de su casa llegó como un rinoceronte en pleno brote psicótico. Como es lógico, se encaró con la parienta pidiéndole explicaciones. Al parecer, al principio la mujer se hizo la nueva, como no podía ser menos. A los dos minutos se hizo la ofendida por poner en duda su decencia, y a los cinco minutos, cuando el brigada le soltó la primera tanda de hostias (hoy día, además de cornudo, se vería camino del trullo por malvado heteropatriarca maltratador), confesó una verdad que, imagino, a aquel pobre hombre le debió sentar como una coz en el hígado. Los seis críos, los seis retoños por los que llevaba años luchando para sacar adelante, a los que velaba cuando se ponían pachuchos, a los que quería más que a su vida, eran de su hermano, y de ahí el parecido en la foto que mostró al médico. La parienta había estado toda su vida matrimonial refocilándose con su cuñado (¡Ay, los cuñados...!), y no la había dejado preñada una, ni dos, ni tres, sino seis veces. La mujer, que ni podía imaginar que su marido era estéril de nacimiento, pues no se preocupaba de poner medios para evitar embarazos inexplicables ya que el brigada, además, era de los que gustaban de verse de viejo con una tropa de nietos destrozándolo todo a su alrededor. En resumen, un desastre.

Tras jurarle venganza y tal, dejó al pendón de la parienta llorando a moco tendido victimizándose un poco, como suelen hacer la mujeres aún siendo culpables, y se largó en busca del hermano, con el que tuvo un cambio de impresiones extremadamente violento, como ya podrán imaginar. Está de más decir que el vínculo fraternal quedó totalmente vaporizado PER OMNIA SECVLA SECVLORVM, y que al día siguiente el brigada ya estaba en un despacho de abogados para iniciar los trámites de divorcio. Si no recuerdo mal, en aquella época aún no estaba vigente el divorcio sin más, sino que tenía que pasar un determinado tiempo de separación legal por si la cosa se arreglaba y, de lo contrario, cumplido ese plazo se procedía a la disolución del vínculo. Y, naturalmente, una vez justificado ante el juez que los críos no eran suyos, no solo se libraba de aquella arpía, sino de tener que seguir manteniéndolos por mucho que le doliera porque, al cabo, los quería como hijos. 

Dejando aparte lo chusco de la historia, que parece sacada de una comedia española de los 80 aunque es totalmente verdadera, lo cierto es que aquello fue un drama de categoría. Ver de repente que tu mujer, a la que has amado y respetado, te la ha estado pegando durante años, y no con un extraño, sino con tu propio hermano, debe ser algo demoledor. Y ver que tus seis queridos retoños son los seis bastardos que el hideputa de tu hermano ha puesto en el mundo con la colaboración del putón de tu mujer, ni te cuento.

En fin, así de jocosa y, a la par, terrible fue esta historia. Mi conocimiento de todos los detalles no son producto de mi imaginación, sino de que el brigada servía en la unidad del teniente coronel que me contó el drama y que fue su paño de lágrimas y se tuvo que tragar de cabo a rabo esta ominosa historia de cuernos, infidelidades y, lo peor de todo, de traiciones por parte de las personas que más puedes querer: tu mujer y tu hermano.

CETERVM CENSEO PETRVM SANCHODICI ESSE DELENDAM

Hale, he dicho



jueves, 29 de febrero de 2024

Historias de la mili. La gilipollez también se paga, y cara

 


Ese chisme que ven en la foto superior es una pistola Star modelo A de calibre 9 mm. Largo o, si los puristas lo prefieren, 9 mm. Bergmann o 9x23 mm., es decir, un cartucho con una bala de 9 mm. de calibre y una vaina de 23 mm. de largo. Así, a bote pronto, muchos la identificarían como una Colt 1911 A1 y, ciertamente, no estarían muy desencaminados tanto en cuanto el diseño de la Star estaba sumamente inspirado en el de la mítica pistola yankee. Básicamente, sus mecanismos y funcionamiento eran similares salvo en un detalle: la española carecía de seguro de empuñadura- un accesorio que a mi entender no sirve de nada- y la yankee sí, quizás porque cuando se diseñó a principios del pasado siglo todo quisque usaba revólver y convenía que el personal se habituara a empuñar correctamente el arma para no soltarle un balazo al cuñado más cercano. La Star era una pistola espléndida, sólida, fabricada íntegramente por mecanizado, no a base de microfusión o polímeros. Era un tocho de 1 kilo de peso que nunca fallaba aunque tuviera mugre a espuertas, y alojaba un cargador con capacidad para 8 cartuchos, suficientes para liquidar a 7 enemigos y dejar la última bala para ti si las cosas se ponían chungas porque, junto a los 7 enemigos difuntos, había 84 más vivitos y coleando dispuestos a convertirte en pinchitos morunos.

Bien, esa era el arma corta reglamentaria en el Ejército del Aire, actualmente también del Espacio (¿o era de la Galaxia?) por obra y gracia del autócrata megalómano y alevoso que nos tiraniza, en la época en que ocurrió esta historia de la mili. De hecho, fue la coprotagonista. Veamos...

INTROITO

A los probos guripas que eran destinados a la Policía de Aviación se les sometía a un breve pero intenso entrenamiento dedicado exclusivamente a cuestiones derivadas con el servicio que iban a prestar. Prácticas de tiro con pistola y subfusil, reducción, cacheo y conducción de presos, algunas nociones de defensa personal incluyendo técnicas para estrangular, degollar y romper cuellos ajenos, y a un manejo más enjundioso de las armas que a los guripas normales que, salvo durante las prácticas de tiro durante el período de instrucción, solo volverían a tocar un CETME para el llamado "martes militar", un día en el que el resto de escuadrillas se paseaban un rato por el patio de armas para no olvidar como marcar el paso o marchar en formación con el fusil al hombro. Obviamente, se llevaba a cabo los martes.

Bueno, pues una de las cosillas que enseñaban en la policía, y en la que los instructores insistían bastante, era que, en caso de encañonar a alguien, sobre todo si se hacía con una pistola, se mantuviera una distancia tal que, en caso de despiste, el enemigo no pudiera agarrar el arma. En el caso de la pistola se debía, no solo porque podría arrebatártela, sino porque podría incluso impedirte disparar por una cuestión mecánica: si empujaba la corredera hacia atrás los escasos milímetros que permitía el arma estando amartillada, desconectaría el disparador, y por mucho que apretases el gatillo no se produciría el disparo. De ese modo, mientras uno apretaba el gatillo como un poseso pero infructuosamente, el enemigo podría patearte bonitamente, derribarte y, una vez reducido, te quitaba la "cacharra" (pistola en argot castrense) y te volaba los sesos con tu propia arma. 

Forma correcta de empuñar el arma a una mano. Por cierto
que el pellizco que te daba el martillo al retroceder la corredera
cuando disparabas era asaz doloroso

El sargento Mostachos, un suboficial bastante chulesco, desagradable y con aspecto de bandido mejicano o esbirro de Pancho Villa, se encargaba de demostrarlo tomando una pistola- sin munición, obviamente- la amartillaba y, a continuación, apretaba el extremo de la corredera con la palma de la mano izquierda. A continuación apretaba el gatillo y, en efecto, no disparaba. Luego, señalaba como voluntario al guripa con jeta de seminarista más birrioso del grupo, le ordenaba encañonarlo y, finalmente, mostraba al personal como, agarrando la muñeca de la mano derecha y propinando un fuerte empujón al arma, el seminarista birrioso no podía disparar para, finalmente, ser derribado haciéndole un barrido para provocarle una costalada clase A-extra superior. En resumen, a todo el personal le quedaba bastante claro que, caso de tener que encañonar a algún malvado, lo más sensato era situarse al menos a un par de metros, y caso de que el malvado intentase avanzar, pues se le soltaba un balazo en plena jeta y a otra cosa, mariposa.

Bien, llegados a este punto, más de uno se preguntará qué carajo tienen que ver la dichosa pistola y la instrucción policial con la gilipollez palmaria que, por desgracia, campa a sus anchas por el planeta desde que Caín apioló al memo de Abel pensando que, como solo había cuatro habitantes en la Tierra, no habría testigos del parricidio. Pues a eso vamos...

HECHOS

Pocas cosas hay más aplatanantes y aburridas que una guardia. Las dos horas de puesto se hacen eternas. Miras el reloj, al cabo de un laaaargo rato vuelves a mirar, y resulta que la jodida manecilla del minutero solo ha avanzado un palito o dos. Cuando por fin llega el relevo, el relevado siempre protesta enérgicamente porque le han "rateado" (en argot, han llegado tarde, endosándole unos minutos extra de puesto), mientras que el cabo de guardia lo manda a callar so pena de mandarlo a fregar las letrinas antes del cambio de guardia. Eso sí, las dos horas de descanso pasan volando, bicheando con mirada lasciva revistas de señoritas frondosas en pelota picada con las hojas mugrientas y especialmente manchadas por la zona del póster central, jugando a las damas o, simplemente, dormitando un rato o zampándote el bocata que mamá te ha preparado con todo su cariño para que no caigas víctima de una hipoglucemia por currar tanto.

Durante la noche, como suele estar oscuro y nadie te ve, pues el personal se entretenía fumando- eso sí, ocultando el clavillo con la mano para que no te vieran a dos kilómetros- o escuchando la radio con un pinganillo. En aquella época, cada guripa tenía su transistor sí o sí. Hoy día, con los esmarfones esos, un regimiento enemigo se colaría en una base mientras el centinela intercambia guasas llenos de pasión con su novia, que le responde con fotos de sus maravillosas y turgente tetas que el guripa le devuelve con otras mostrando su miembro viril morado como una berenjena y tieso como un ariete. Eso daría como resultado un apareamiento o coito virtual que, las cosas como son, harían las dos horas de puesto más... gratificantes.

Pero en aquellos tiempos no había esmarfones y las novias eran muy decentes y no mostraban sus tetas así como así, por lo que el único recurso para combatir el aburrimiento era escuchar programas deportivos en los que solo se hablaba de balompié o, caso de un calentón, sacar del bolsillo alguna foto cochina y recurrir a la autoayuda manual para aliviar los humores viriles que, con 18 o 20 años, son abrumadoramente irritantes. Sin embargo, el centinela de Acceso Base lo tenía crudo. Como pueden ver en la foto de cabecera de mi relato anterior, dicha garita estaba junto al cuerpo de guardia, por lo que no podía fumar ni escuchar la radio, no fuese a aparecer el oficial de guardia a estirar las piernas y te metiera un paquete. Además, en los turnos de día, ese puesto lo cubría una pareja, pero de noche había un solo centinela porque, como no había movimiento de personal, no hacían falta dos guripas para controlar y anotar en el estadillo los que entraban y salían. Resumiendo: el fulano de Acceso Base se aburría como un galápago. Su única ventaja era que jamás le rateaban porque estaba a 15 metros del cuerpo de guardia y el relevo siempre era puntual.

Bien, tras ponernos en contexto, demos paso al otro protagonista de esta historia, el soldado que llamaremos Obtuso. El soldado Obtuso era un ciudadano extremadamente enjuto, de esos que cuando caminan parecía que el uniforme flotaba solo. Piel tan pálida que podría leerse la Biblia a través de su mano y un bigotito que más bien parecía un desfile de hormigas que la densa pelambre subnasal del sargento Mostachos. Obtuso estaba destinado en el tercer turno, que era el que entraba de guardia a las 23:00 horas y era relevado a las 07:00. Dentro del turno, Obtuso estaba destinado precisamente a Acceso Base, por lo que tenía garantizados dos períodos de dos horas cada uno en los que ni siquiera podía sentarse dentro de la garita ante el riesgo de quedarse dormido y ser despertado con el colchón a cuestas camino del caleto (el calabozo), donde pasaría un mes entero mirando al techo y con la fecha de la licencia tres meses más lejos. 

Aparte de eso, Obtuso era de esos malos ciudadanos que detestaban el servicio militar, y si se alistó como voluntario fue para quedarse en Sevilla y no verse enviado a la otra punta de España. Y encima de que odiaba profundamente la mili, van y lo destinan a la Policía, y dentro de la Policía al tercer turno, y dentro del tercer turno, a Acceso Base. Es obvio que el karma del soldado Obtuso se cebó con él, porque hasta los guripas de Torre Cooperación o Garita Sur- que eran como estar en mitad de la nada- lo pasaban mejor con sus transistores y fumando Celtas o Winston de contrabando a porrillo.

Un mal día, no quedó claro si como consecuencia del aburrimiento o con la intención de obtener una baja prematura en el ejército, a Obtuso no se le ocurrió otra cosa que comprobar si aquella historia que contaba el sargento Mostachos acerca de que, si se apretaba la corredera, la pistola no disparaba, era cierta. Pero Obtuso, haciendo honor al mote que le he puesto, no se limitó a amartillarla con la recámara vacía, sino que la cargó. A continuación apoyó la palma de la mano derecha- ojo, era diestro, por lo que era su mano útil- empuñando la pistola con la izquierda. Apretó la corredera, apretó el gatillo y, no se sabe cómo, la advertencia del sargento Mostachos se mostró totalmente invalidada. Un estampido, aumentado por el silencio de la noche, se vio seguido de los alaridos de Obtuso, que con los ojos abiertos como platos contemplaba su mano hecha una auténtica mierda.

Movida gorda. El teniente, el sargento, los dos cabos de guardia y resto del personal salieron en tromba del cuerpo de guardia por si el enemigo había hecho acto de presencia, pero lo único que vieron fue al memo de Obtuso dando berridos y chorreado sangre. Tras unos breves balbuceos con los que Obtuso quiso explicar que las clases del sargento Mostachos eran falsas, llamaron a la ambulancia, le envolvieron la mano con una toalla y se lo llevaron echando leches al hospital militar porque aquello no se solucionaba en la enfermería cuartelera echando un par de puntos. 

Colijo que Obtuso no debió calcular acertadamente las consecuencias de su absurdo experimento. Imagino que pensó que la bala le atravesaría limpiamente la mano y que se tiraría un mes o dos de baja. Luego, siempre podría alegar que no podía moverla bien, que le dolía mucho y blablabla. Uséase, pasar las revisiones en base a síntomas que nadie podría rebatirle y cumplir lo que le quedaba de mili de baja ambulatoria, es decir, quedarse en su casa rascándose los cojones hasta que llegase la fecha para recoger "la blanca" (en argot, la cartilla militar) y licenciarse. Sin embargo, aquella malvada recubierta de latón y con un peso de apenas 125 grains (8'10 gramos) le hizo puré la mano. Aunque, por ser munición blindada, la bala no se deformó al atravesar la mano, sí le hizo un desgarro bestial, llevándose por delante la maraña de tendones, huesecillos y ligamentos que tenemos en las manos hasta el extremo que de que le hizo un orificio de salida en estrella.

Para los que no vean qué relación tienen las estrellas con el agujero que hace una bala, observen la foto de la izquierda. La bala, que sale a unos 350 metros por segundo, arrasa con todo, y más cuando se trata de un disparo a bocajarro. Todas las menudencias óseas y cartilaginosas de la mano son desgarradas, y la piel  se rompe en jirones de la forma que ven en la foto. A ello, sumarle el destrozo en los vasos sanguíneos que, aunque de poca relevancia en una mano, pueden provocar una severa hemorragia. Está de más decir que a Obtuso lo tuvieron un laaargo rato metido en un quirófano, donde un cirujano intentaba recomponer el puzzle en que se había convertido la manita del gilipollas aquel. Una vez recompuesto- más o menos- lo que quedaba medianamente entero porque tuvo pérdida de masa ósea y de tendones que hubo que empalmar, el diagnóstico no pudo ser más demoledor: aquella mano ya era historia. Tras un largo proceso de rehabilitación y dedicando todo el día a apretar una pelotita de goma, a lo más que llegaría, no sin esfuerzo, sería a coger un vaso sin derramar el agua o coger objetos ligeros, pero que si pretendía tocar el piano o, simplemente, escribir, ya se podía ir olvidando. Más aún, le recomendaron que se comprara varios cuadernos de esos de la Editorial Rubio para hacer palotes e ir aprendiendo a usar la mano izquierda, porque empuñar un simple lápiz con la derecha ya no sería posible.

Y, ojo, aún quedaba un hilo suelto que seguro que el soldado Obtuso no tuvo en cuenta. Fueran cuales fuesen sus intenciones- probar la veracidad de las teorías del sargento Mostachos o largarse del cuartel por la vía rápida- la cuestión es que Obtuso había perpetrado un delito severamente castigado por el Código de Justicia Militar: autolesionarse para eludir sus obligaciones. Eso podía saldarse con varios años de huésped en un castillo, y en caso de guerra ser pasado por las armas tras un consejo de guerra sumarísimo de apenas media hora de duración. La cosa estuvo bastante chunga hasta que, finalmente, los mandamases optaron por aceptar pulpo como animal de compañía. Al memo aquel le quedaban tres o cuatro meses de servicio, y para librarse de ellos se arruinó la mano de por vida, así que lo tomaron como una herida accidental y lo mandaron al carajo. Total, en el pecado llevaba la penitencia. Una vez dado de alta, solo tenía que ir al cuartel cada quince días a pasar una revisión en la enfermería para comprobar que, en efecto, la mano seguía hecha una mierda inútil, completamente muerta. Una vez comprobado que Obtuso no podía ni limpiarse el culo con esa mano le firmaban el parte y se largaba a su casa.

Y concluyo: uno de esos días coincidí con él. Yo estaba apostado precisamente junto a la garita de Acceso Base a la caza y captura de soldados desarrapados cuando vi venir a Obtuso, que hasta saludar militarmente le quedaba fatal cuando se llevaba al gorro aquella cosa achuchurría que tenía al final del brazo. Le pregunté por su salud y tal, y por lo visto tenía una depresión de caballo. Me enseñó la mano y se me pusieron los cojones del tamaño de perdigones cuando vi cómo le había quedado el dorso. Mostraba una estrella irregular de seis puntas que abarcaba desde los nudillos hasta la muñeca y desde la base del pulgar hasta el canto. Lo dicho, una mierda de mano. Me hice cargo de que tenía motivos para deprimirse pero, por consolarlo, le dije que peor habría sido perderla enterita o algo peor.

Poniendo jeta de pesadumbre, me replicó que se lo tenía merecido por imbécil, y más jodiéndose la mano derecha porque el trabajo que le esperaba una vez licenciado ya lo había perdido. ¿Qué cuál era? Taquimecanógrafo. 

Obviamente, un ciudadano con una mano muerta puede ejercer muchos oficios, pero la taquimecanografía o tocar el acordeón, como que no. Total, moví la cabeza solidarizándome con su pesadumbre, le estreché la mano ilesa y se largó cabizbajo. No volví a verlo más porque no tomó parte en el evento habitual que se organizaba para las licencias. La sombra de la duda siempre pesó sobre él, de modo que lo llamaron desde el CRM, le entregaron la blanca y un papel que lo eximía de pasar las revistas anuales porque lo declaraban ya inútil para el servicio PER OMNIA SECVLA SECVLORVM.

En fin, criaturas, ya vemos como hasta para escaquearse hay que tomar las debidas precauciones y no pasarse de listo, porque las consecuencias pueden tomar un cariz bastante chungo. Es más: si al coronel de la base se le cruzan los cables, al Obtuso le hubieran metido un paquete de antología, y habría salido años después del castillo con una mancha en la cartilla militar en una época en la que aún se miraba la puñetera cartilla para obtener un trabajo como funcionario, bedel o similares, de modo que contento se pudo ir con solo una mano tullida para siempre.

Sirva de aviso para listillos, enterados y demás morralla que eluden el cumplimiento del deber.

CETERVM CENSEO PETRVM SANCHODICI ESSE DELENDAM

Hale, he dicho

POST SCRIPTVM: Sí, la musa sigue en paradero desconocido. Ya volverá un día de estos, supongo...

lunes, 5 de febrero de 2024

Historias de la mili. Abuso sesssuá

 

Acceso a base. A la derecha, el cuerpo de guardia. A continuación, el Estado Mayor

INTROITO

No hay nada nuevo bajo el sol. Nada. Todo lo que vivimos en nuestro día a día ya ha ocurrido antes cienes y cienes de veces aunque algunos se empeñen en vestir de novedoso determinados sucesos como el acoso y los abusos sexuales, que el hembrerío misándrico actual cree que se inventó anteayer solo para agredirlas a ellas. Esta panda de histéricas, enloquecidas por el odio al hombre y con su escasa sesera más lavada que las enaguas de la abuela, afirman rotundamente que los malvados machos de la especie solo vienen al mundo con un fin: acosarlas, maltratarlas y, en resumen, hacerles la vida imposible. De hecho, dan por sentado que los fetos que salen por el útero materno aprovechan cuando las matronas que los cogen amorosamente para meterles mano, que los nenes en las guarderías aprovechan las visitas al baño para hacer tocamientos obscenos y contemplar la rajita de la nenas y que, en nuestra penosa adolescencia con superávit de hormonas y escasez de medios para aliviar los humores viriles como no sea a base de ayuda manual, ya nos hemos convertido en monstruos de lujuria, predadores a la caza de honestas mocitas que vuelven a casa a las 5 de la mañana solas y borrachas para dar rienda suelta a nuestra irrefrenable lascivia.

El recientemente fallecido Henry Kissinger, que algunos le
atribuyen la co-autoría del siniestro plan de ingeniería
social que vivimos hoy

Sin embargo, estas hembristas fanatizadas hasta el tuétano y autoerigidas en sacerdotisas de los mantras más arraigados entre el mujerío odiador de hombres no tienen en cuenta un detalle: el acoso y los abusos sexuales, aparte de ser más antiguos que la tos, no solo se practican en una dirección- hombres hacia mujeres- sino también a la inversa y, por supuesto, de hombres hacia hombres y de mujeres hacia mujeres. Pero, claro, eso no "vende", y además se contradice con sus dogmas, por lo que sucesos de este tipo son debidamente silenciados por los medios de comunicación absolutamente rendidos a la corrección política y a los dictámenes de políticos, políticas y polítiques que solo buscan un fin en forma de ecuación tenebrosa: fomentamos el odio hacia los hombres hasta que los hombres se harten de ser odiados y manden al carajo a las odiadoras. ¿Qué sentido tiene esto? Ya es de todos sabido que el actual mamoneo tiene su origen en un plan desarrollado hace 50 años en yankeelandia como una forma más de reducir la superpoblación mundial, anulando la familia como base de nuestra sociedad para que la tasa de nacimientos descienda a niveles ínfimos. Lo malo es que las lumbreras que diseñaron tan magnífico plan no tuvieron en cuenta que otras culturas, especialmente las que encontramos en África y Asia, se pasan las planificaciones demográficas de los Occidentales por el forro, y mientras ellos siguen engendrando hijos a cascoporro, aquí ya hay más viejos que críos.

Y un ejemplo de acoso sessuá que no tiene nada que ver con el de los lúbricos varones hacia las indefensas féminas es el motivo del relato de hoy. Sí, aunque a alguno le extrañe, en una época en la que los cuarteles solo estaban habitados por hombres, había casos de acoso, abuso e incluso cosas más graves que no trascendían fuera del acuartelamiento porque lo que ocurría en un cuartel se quedaba en el cuartel, y en aquella época no había canales televisivos de telebasura ni redes sociales donde ir a contar tus miserias a cambio de un estipendio con tal de lograr más audiencia ávida de morbo y escándalos en vez de los ilustrativos documentales de la 2. 

Y dicho esto, procedamos con esta historia de la mili...

HECHOS

Por lo general, en todos los cuarteles había una barbería. Ojo, desde siempre, estos establecimientos se denominaban barberías aunque ya nadie se rasurase la jeta en ellos y se dedicaran a trasquilar ciudadanos, pero como el término peluquerías se aplicaba a los que trasteaban en las cabelleras mujeriles, pues imagino que, por diferenciarlos, se mantenía el añejo apelativo de barbería. Sea como fuere, la cosa es que, obviamente, nadie se afeitaba allí, y los guripas solo iba a cortarse el pelo para cumplir el canon: deslizando un lápiz desde el cogote hacia arriba, dicho lápiz no podía durante su recorrido ascendente verse cubierto de pelambre. De lo contrario, falta de policía, parte que te crió y paquete al canto.

En el caso de la Base de Tablada el barbero no era un civil dedicado a ese oficio, sino un guripa seleccionado cuando el ocupante de la plaza estaba ya a punto de licenciarse. Así, cuando una hornada de reclutas estaba ya a punto de jurar bandera, preguntaban si había algún barbero. Raro era que entre trescientos y pico o cuatrocientos fulanos no hubiese alguno aunque solo se hubiera dedicado a trasquilar ovejas, así que daba un paso al frente y era destinado a la Escuadrilla de Tropas y Servicios, donde iban a parar los albañiles, los electricistas, los mecánicos y, en resumen, cualquiera que ya tuviera un oficio remunerado antes de incorporarse a filas para dedicarlos a cuestiones de mantenimiento. 

Así pues, el coprotagonista de esta historia era un sujeto que llamaremos el soldado Tijerillas, cuya cualificación como peluquero era puesta en duda por todo el personal porque sus cortes de pelo era bastante... deficientes, la verdad. Sin embargo, era vox populi que había logrado el destino por obra y gracia de su amante, un cabo primero que logró que lo destinaran a la barbería. Sí, el soldado Tijerillas perdía aceite a manta. Era un sujeto bajito, enjuto, con jeta de monaguillo seminarista, piel cetrina y vocecita de castrato barroco. Vamos, que no era precisamente un mocetón al uso. Sea como fuere, lo cierto es que ser nombrado barbero era un destino magnífico: todo el día sentado en el sillón ojeando revistas porno (del porno que gustan los homosexuales, naturalmente, no de señoritas frondosas), y a las 14:30 se largaba a su casa. Pocos se pelaban en el cuartel porque la inmensa mayoría lo hacían en la calle ya que tenían pase de pernocta y solo estaban en la base para cumplir el servicio de turno, o bien estaban allí una semana entera a cambio de pasar otra en su casa, momento que aprovechaban para darse un repaso capilar. El soldado Tijerillas no tenía asignado un estipendio por su trabajo, o sea, que pelaba gratis salvo que su víctima le diera una propina, cosa que creo no sucedió jamás. 

El otro coprotagonista era el soldado que llamaremos Modosito. Modosito era uno de los integrantes de la siniestra, tenebrosa y odiada Patrulla de Vigilancia, de la cual yo era el mandamás. Inciso: me gané tal fama que, 25 años después de largarme, fui un día con mi segundogénito a saludar a mi antiguo capitán, y el guripa de la entrada se quedó con la jeta a cuadros al ver mi nombre en el DNI, y a mí se me quedó el careto a triángulos cuando, estrechándome la mano efusivamente, me aseguró que, entre la Policía, yo era considerado como poco menos que una leyenda de quien se narraban tropocientas historias acerca de mi estricto sentido de la disciplina y mi proverbial mala leche durante mi periplo castrense. Bien, la cosa es que el soldado Modosito, al que deberían haber enviado a la 22 Escuadrilla, la 407 o a cualquier otro destino más apacible, era un ciudadano callado, taciturno y tímido. Creo que jamás tuvo la osadía de echar una bronca a ningún guripa desarrapado, y menos aún de meterle un paquete. Es más, yo mismo tuve una vez que endilgarle dos días de arresto (ampliados a una semana por el capitán cuando se enteró del tema) porque vi cómo en plena calle era un guripa el que le echaba la bronca a él, que muy contrito aguantaba el chaparrón mirando al suelo. No sé cómo no estrangulé allí mismo a los dos, al guripa y al memo de Modosito.

En resumen, el soldado Modosito no era precisamente uno de esos fulanos nasío pa matá, sino un auténtico cordero pascual con menos ímpetu que un paramecio artrítico y más acoquinado que un hereje impío delante de siete feroces dominicos del Santo Oficio. 

Bueno, pues la cuestión es que, un buen día, me encuentro a Modosito en unos bancos de fábrica que había junto al cuerpo de guardia junto a su pareja. Pareja en sentido castrense, ojo. Las patrullas siempre la formaban dos fulanos y, de vez en cuando, íbamos allí a descansar un rato de tanto patear cuartel arriba, cuartel abajo, y a echar un cigarrito. Pero, cual no fue mi sorpresa cuando veo a Modosito llorando como una Magdalena acosada por fariseos cabreados. Pero llorar, llorar a moco tendido. Levanté la ceja que siempre se levanta cuando uno está un poco bastante asombrado y le pedí amablemente que se me informara del motivo de la llantina.

-A vé, ¿qué cohone te pasa?- inquirí mientras el colega de Modosito lo consolaba dándole palmaditas en el lomo- ¿Se t'ha muerto er gato o qué?

Modosito no podía articular palabra. Tenía la cara amoratada, literalmente bañada en lágrimas, dando hipidos y con un moquero que ya necesitaba ser exprimido de tan empapado como estaba.

-¿Qué carajo le pasa a ehte?- pregunté al otro, que llamaremos soldado Orejón

-Er Tijerilla, que l'ha metío mano- respondió Orejón sin dejar de pasear la mano por el lomo de Modosito, que al escuchar a su compañero arreció la llantina por la vergüenza.

-¿Qué...?- pregunté asombrado- ¿Cómo que l'ha metío mano?

-Sí, coño, que lo ha querío violá- insistió Orejón haciendo un gesto explícito que no dejaba lugar a dudas. El Tijerilla había agarrado a Modosito por sus partes pudendas como paso previo al fornicio contra natura.

Tardé más de un minuto en asimilar aquello. Pero, a medida que mi sesera iba haciéndose una idea de lo ocurrido, mi naturaleza extremadamente colérica empezó a despertar, y un regusto a sangre me invadió la boca.

-A vé...- gruñí con mirada torva y acumulando espumarajos en mis fauces- ¿Me ehtá disiendo que'r Tijerilla t'ha metío mano y tú no lo ha reventao a hohtia allí mihmo? ¿Tú no sabe de sobra qu'un polisía en servisio de arma é sagrao, giliposha de lo cohone? ¡Cuéntame qué hohtia a jesho esa mamona o te fohtio vivo, que me tié ya jahta loh güevo, Modosito der copón!

Mi enérgico revulsivo pareció causar efecto en el llorón, que en pocos minutos pudo amainar la pataleta, sonarse los mocos varias veces y enjugarse la jeta con el moquero, que ya daba asco de cómo estaba de fluidos corporales. A trancas y barrancas me contó la película, y por lo que dijo la cosa venía de lejos.

Resulta que el Tijerillas se había enamorado perdidamente de Modosito, y el muy tontaina, en vez de ir a pelarse en su Coria del Río natal, pues iba a la barbería cuartelera. Pero no por la destreza del Tijerillas, sino porque era incapaz de negarse a las súplicas del palomo aquel. Era tan timorato y apocado que no podía mandarlo literalmente a tomar por culo o, en un momento dado, informarme del acoso que sufría, que ya me encargaría yo de meterle las cabras en el corral al promiscuo barberillo. Orejón, que sí estaba en el ajo, se encogió de hombros cuando le pregunté si sabía algo del tema, y me respondió que le había suplicado que no dijera nada a nadie. 

Pero lo cierto es que el Tijerillas no paraba de hacer zalemas a Modosito. Hasta le regalaba cositas guais para seducirlo: botes de colonia, ropa y, por lo visto, incluso un tanga negro con un corazón rosa de peluche delante de la picha. Y el Modosito, en vez de darle una tragantada que le sacase la nuez por el cogote, pues se dejaba querer. Pero no porque los requerimiento del Tijerillas le hicieran efecto- el tipo hasta tenía novia en Coria- sino porque era materialmente incapaz de hacerle "el feo" de rechazar los obsequios que le hacía mientras le dedicaba miradas llenas de pasión. Esto que yo he narrado en medio párrafo tuve que sacárselo al Modosito con un sacacorchos tras un largo interrogatorio, porque la vergüenza por su nula reacción ante el agobiante acoso del Tijerillas le superaba.

Finalmente, le pregunté por el intento de violación. De verdad, aquello fue de película...

Resulta que el Modosito se presentó en la barbería a darse un repaso y, sin que se diera cuenta, el Tijerillas cerró con llave mientras él tomaba asiento. Antes de ponerle el babero, el muy bribón le entregó una caja con una docena de pasteles de no sé dónde para que se los zampara en la merienda. Y a continuación, sin que a Modosito le diera tiempo a reaccionar, el Tijerillas se le sentó encima, le echó los brazos al cuello, le estampó el morro y le declaró abiertamente su amor. Modosito, totalmente abrumado, se lo quitó de encima como pudo y salió corriendo hacia la puerta. Tras comprobar que estaba cerrada con llave, se sintió como animal acorralado y empezó a dar vueltas por la amplia dependencia de la barbería seguido por el Tijerillas, que le aseguraba que estaba loco, ¿o debería decir loca?, por él, que le haría lo que él quisiera, que se moría de ganas por...(aquí pongan todos las cochinadas que se les ocurran), y que no podía vivir sin él.

Sintiéndose acorralado, Modosito tuvo un destello de genialidad y, sin dudarlo, se tiró por una ventana. Afortunadamente, la barbería estaba en un bajo y un salto de un metro no era en modo alguno peligroso para su integridad, por lo que se largó corriendo como un galgo a la cercana cantina de tropa, donde Orejón lo esperaba jugando en la máquina de matar marcianos. En fin, cuando terminó de narrarme los hechos tenía claro que aquello no debía trascender, y no por el Tijerillas, sino por Modosito, que bastante desgracia tenía con ser tan apocado como para ser la rechifla de toda la base. Con la ira brotándome por los poros, le ordené que se quedase allí y que llorara un ratito más si le apetecía, que mientras tanto yo me encargaría del Tijerillas.

La banda de Tablada ensayando en el patio de armas de la 22 Escuadrilla. Al fondo a la derecha se ve el local de la barbería, y la flecha señala la ventana por donde Modosito pudo huir del acoso sessuá del Tijerillas

Dando grandes zancadas, me dirigí a la barbería acompañado de Orejón. En Tablada, las distancias eran enormes, y se echaban varios minutos para ir de un sitio a otro. Invertí ese tiempo en pensar qué haría con el Tijerillas, si patearle el hígado o hundirle el cráneo. Finalmente decidí que a semejante personaje le bastaría una bronca de antología, y que no merecía la pena que me metieran un paquete por dejarlo allí tirado chorreando sangre. Ahora, los ofendiditos me tacharán de fascista, homófobo, etc., pero, aparte de que me da una soberana higa, justo es reconocer que el que se la buscó fue el Tijerillas por su promiscuidad.

Cuando por fin llegué a la barbería le ordené a Orejón que se quedara fuera, y que no dejase entrar a nadie. Abrí la puerta de un manotazo y allí estaba el Tijerillas, apalancado en el sillón mirando al infinito, tal vez apenado por las calabazas que le dio Modosito. Al verme aparecer, su jeta aceitunada se puso completamente verde. Mi fama me precedía, y mi corpachón uniformado y con el casco en la cabeza causaba bastante inquietud, las cosas como son. El Tijerillas estaba tan acojonado que ni se movió, como un gazapo ante una boa. Cuando llegué hasta él lo agarré por las solapas y lo levanté en vilo hasta que su jeta quedó delante de la mía. Lo llevé contra la pared y lo sujeté por el pescuezo con la mano derecha, de forma que los pies le quedaban a unos 20 cm. del suelo. Obviamente, del verdoso pasó al morado a los pocos segundos.

-Cusha, mamonaso de mierda- espeté murmurando peligrosamente si bien no le dije mamonaso, sino otro palabro que omito porque hoy es políticamente incorrecto- como yo m'entere de que vuerve a meté mano al Modosito, no solo acabah un mé en er caleto (el calabozo), sino que ante de meto una manta de hohtia que no te va a conosé ni la mare que te parió. ¿T'ha enterao, joputa?

Dando ya muestras de asfixia, el Tijerillas movía la cabeza de arriba abajo con los ojos muy abiertos. Le pregunté dos o tres veces más si la cosa estaba clara hasta que, finalmente, lo solté. Cuando tocó el suelo se le doblaron las rodillas, y allí quedó tosiendo y jadeando.

-Y una cosa má...Yo he venío a pelarme, ¿verdá?- pregunté antes de largarme.

El Tijerillas, entre tos y tos, afirmaba con mucho convencimiento que, en efecto, mi visita a la barbería se debía a lo lógico, pelarme, aunque yo siempre lucía un primoroso corte de pelo a la taza, que para eso tenía que dar ejemplo al personal. En fin, sin decir más palabra me largué, dejando al fulano aquel recuperándose del susto y el ahogo. Está de más decir que Modosito nunca más fue a la barbería, que el Tijerillas nunca más se metió en camisa de once varas, y todos fuimos felices y comimos perdices.

Bien, como han visto, el tema del acoso sessuá no es nada nuevo, y no solo lo sufren las mujeres a manos de los malvados hombres. La cosa es que la mujer lo proclama- y ahora más que nunca porque hay más de 300 leyes que las favorecen- y los hombres se lo callan, generalmente por vergüenza. Pocos se atreven a reconocer que un ser de luz los ha acosado, y aún más que un "guey" los ha porculizado o lo ha intentado. 

Posiblemente, este relato encenderá a más de un ofendidito, que dirá que el Tijerillas era un probo ciudadano homosexual empoderado, resiliente y blablabla, y el Modosito un retrógrado incapaz de reconocer que el amor es libre y que no tenía por qué montar semejante número por lo que era una simple demostración de afecto. De mí dirán que me porté como un homófobo machista, un tirano del heteropatriarcado y tal, pero ya quisiera yo ver a estos ofendiditos si soltaban sus mantras en un acuartelamiento de hace unos añitos. Sea como fuere, lo cierto es que el Tijerillas se pasó siete pueblos con un chaval que acababa de salir de las faldas de mamá para ir a parar a un mundo donde nadie te iba a sacar las castañas del fuego salvo tú mismo. Por eso, en la mili entrabas siendo un crío y salías convertido en un hombre. Mala cosa se hizo al abolirla, y ya vemos como muchos países occidentales se están empezando a plantear volver a implantarla, entre otras cosas para inculcar a los jóvenes el concepto de defensa de la Patria y el espíritu de sacrificio, que tantos niñatos de hoy día tienen totalmente atrofiado.

Bueno, se acabó lo que se daba.

CVRATE VT VALEATIS CIVIS

Hale, he dicho

viernes, 26 de mayo de 2023

HISTORIAS DE LA MILI. LA BATALLITA ONÍRICA DE PAPÁ

 

Papá de uniforme posando con el tío Enrique y mi
otro abuelo. Este no participó en ninguna batallita
en su vida. Por cierto que, las cosas como son, los
uniformes de antaño les daban mil trillones de vueltas
a los actuales, que parecen de bedel de ministerio

Mientras que el abuelo y yo representábamos la faceta más belicosa de la familia, papá era todo lo opuesto. Pero, ojo, no porque fuese contrario al cumplimiento de los deberes patrios o un pacifista de chichinabo, sino porque su carácter era diametralmente opuesto a del que fue su suegro y al de su amado retoño, uséase, yo.

SEMBLANZA PATERNA: Para hacernos una idea de su carácter, papá era un hombre apacible, templado, poco o nada dado a la vida social, muy religioso, muy culto y un gran conversador que solo conversaba con quienes consideraba adecuado hacerlo, ya que de lo contrario lo consideraba una pérdida de tiempo. Jamás lo vi cabreado, y no como yo, que heredé del abuelo un mal pronto que me convertía en un orco con dolor de muelas en un periquete. Sentencioso, lapidario a veces, afectuoso, todo un señor en todos los aspectos, muy trabajador... En fin, debo reconocer que sentí y siento veneración por la figura de papá, y hasta le agradezco profundamente las escasísimas ocasiones en las que me tuvo que sentar la mano porque, pa qué negarlo, me lo merecía. Mi indómito y colérico carácter siempre me ha dado más disgustos que placeres, pero ya saben eso de genio y figura...

Su hermano, el tío Enrique, era una versión amplificada de papá en lo tocante a su desmedido anhelo por pasar la vida lo más tranquilamente posible. Solterón empedernido, apático y sin interés o aficiones por nada, vivió como un auténtico maharajá haciendo durante toda su vida lo que le dio la real gana arropado por sus dos hermanas, solteronas como él, y que lo cuidaban como un bebé. A él si le tocó participar en la guerra, donde se alistó voluntario para poder elegir cuerpo, Transmisiones en este caso, pero jamás pude sacarle una sola palabra sobre sus batallitas. Eran un tema tabú. Solo cuando entregó la cuchara y pude hurgar en sus papeles pude ver que había cumplido como los buenos, siendo condecorado dos o tres veces e incluso recibió alguna que otra citación y hasta una Medalla Militar Colectiva, que no es cosa baladí. Sin embargo, y contrariamente a la mayoría del personal, él no valoraba esas recompensas. Cumplió porque le tocó, y cuando se acabó la fiesta volvió a su casa y se olvidó de todo. De hecho, ni siquiera aparecieron las medallas que había ganado, por lo que seguramente ni se molestó en comprarlas. Fue uno de tantos héroes anónimos que, cuando regresó a casa comido de roña y piojos, la abuela y mis dos tías lo metieron en una tina y lo dejaron pelado a base de jabón Lagarto y estropajo mientras el uniforme ardía en la azotea para no infestar la casa con parásitos. Tras el acto de purificación, jamás volvió a mencionar la guerra, y si le peguntaba al tío Enrique por sus andanzas bélicas te respondía que si estaba nublado o hacía sol.

CONTEXTO

Papá bien tostado por el sol estival durante las
prácticas. Como se ve, no dormían en ningún edificio,
sino en las tiendas de campaña que se vislumbran
al fondo

Bien, volvamos a papá. Por su edad, tuvo la suerte de escaquearse de la fiesta, pero le tocó servir en la inmediata posguerra. Como está mandado, y estando estudiando una carrera, pues cumplió con sus deberes patrios en la Milicia Universitaria, un invento que, como los alféreces provisionales, palió la escasez de oficiales en un ejército que, en aquel momento, era bastante grande y precisaba de mandos.

La Milicia Universitaria era una forma estupenda de hacer la mili. Fácil y cómoda ya que, en vez de tirarte dos años (dos y medio en la Armada) mamando fango, pues la hacías a plazos aprovechando las vacaciones estivales. Básicamente, una vez pasadas las pruebas oportunas, se realizaban seis meses de prácticas donde al personal le enseñaban a marcar el paso y que la bala salía por delante del fusil, no por detrás. Luego, al año siguiente y ya ascendido a alférez de Complemento, pues se hacían otros seis meses para completar el período de servicio militar. Papá eligió Seuta, no sé si porque habría tropocientos mil aspirantes a quedarse en Sebiya o, más probablemente, por largarse a ver mundo. Papá nunca fue aficionado a alejarse del terruño, por lo que colijo que ir a Seuta fue para él como viajar a otra galaxia.

Es justo reconocer que calificar como batallita el periplo castrense de papá es pecar de optimista. En Seuta el endosaron el mando de una compañía de ametralladoras, en aquella época las Hotchkiss modelo 1914 (de la que por cierto llevo ya casi un año para terminar un articulillo sobre ella), donde aprendió a desarmarla y volverla a armar con los ojos vendados. No crean que esto era una mera gilipollez para hacer perder el tiempo al personal, sino para habituarlos a solucionar cualquier problema u avería en la obscuridad ya que, en pleno combate y de noche, usar una linterna para ello supondría convertirse en un blanco perfecto para los enemigos. Bien, pues además de las Hotchkiss le asignaron un hermoso penco porque, en aquella época, todos los oficiales eran plaza montada, y más en su caso ya que las máquinas, afustes, bastimentos y munición eran transportados por mulos.

Joven oficial posando con una Hotchkiss

En plena Segunda Guerra Mundial, en Seuta había más cuarteles que bloques de pisos, y más militares que paisanos. Con el Marruecos francés como frontera y con la que había liada en el planeta, es evidente que se hacía necesario disponer de tropas en cantidad. Sin embargo, la mili de papá fue un paraíso. Por las mañanas, prácticas de tiro con su compañía en las que, obviamente, solo tiraba la tropa mientras él miraba y el sargento se encargaba de que todo funcionase correctamente. Y por las tardes, tertulia en el pabellón de oficiales y/o paseo a caballo por la ciudad con otros camaradas para ir a la caza y captura de las gentiles señoritas en edad de merecer, hijas de militares y funcionarios civiles del ejército y la administración que se aburrían como ostras en aquel reducto y que recibían de buen grado la compañía de apuestos oficiales a ver si, con suerte, alguno de buena familia se la llevaba consigo de vuelta a la Península para perder de vista de una puñetera vez las añejas fortificaciones seutíeh.

Bueno, con este breve compendio podrán hacerse una idea de las circunstancias de papá hasta que llegó la hora de largarse a Seuta. Pero, antes de proseguir, debemos incluir un breve episodio que, en realidad, fue la causa de esta peculiar anécdota onírica.

Papá contaba que, hacia finales de su infancia y a lo largo de su adolescencia, tuvo un sueño recurrente que se le repetía con una regularidad y frecuencia inusuales. Era, como la mayoría de los sueños, una chorrada sin pies ni cabeza que consistía en lo siguiente:

Se veía caminando por un lugar sumido en la más absoluta obscuridad, pero no por ello se sentía atemorizado. Simplemente, avanzaba por aquel paraje negro como la pez y sabiendo que el suelo era liso y sin irregularidades, por lo que no le preocupaba tropezar y darse una costalada. Tras un tiempo indeterminado (ya sabemos que es imposible medir el tiempo en los sueños), se encendieron de golpe unos potentes focos, y la luz descubrió el sitio donde estaba: un paseo enlosado en cuyos flancos crecían sendas hileras de naranjos inusualmente altos. Ya saben que esos árboles no suelen superar los 3 ó 4 metros de altura, pero aquellos los doblaban. Y ahí terminaba el sueño. Absurdo, como todos los sueños.

Bien, volvamos a Seuta, donde papá acababa de desembarcar ya bastante avanzada la tarde. Con el petate a cuestas se dirigió al Cuartel de la Reina, donde estaba acantonada su unidad. Cuando llegó al cuerpo de guardia era ya de noche, y el oficial a cargo le endosó un guripa para que lo guiase hasta el pabellón de oficiales. Iba bastante cansado porque, en aquella época, ir de Sebiya a Seuta suponían unas cuantas horas de tren, trasbordos y, finalmente, la travesía del Estrecho, que si hoy dura hora y media en aquella época duraría más. Total, que el guripa se hace cargo del petate paterno y le indica el camino, que transcurría entre el edificio del acuartelamiento y una altísima tapia, propia de estas construcciones para dificultar el acceso o la salida al personal, que muchos eran especialmente aficionados a largarse de picos pardos en cuanto tocaban silencio saltando la puñetera tapia para volver antes de diana, todo ello previo pago del soborno de rigor al imaginaria de la hora de partida y al de la llegada.

Bueno, pues poco antes de doblar la esquina, las luces se apagaron de golpe, dejándolo todo sumido en la obscuridad más obscura.

-No se preocupe, mi arfere- informó el guripa-, a ehta hora ya cortan la lú. Ehpere uhté un momento, que voy'avisá pa que la ensiendan.

El guripa salió al trote camino del cuerpo de guardia y papá, por no quedarse allí como un pasmarote, pues cogió el petate, dobló la esquina y prosiguió el camino. Perderse allí era imposible, y fue andando muuuyyy despacio mientras encendían la luz y el guripa volvía. Y, de repente, el sueño se hizo realidad.

Llevaba un trecho recorrido a obscuras, pero iba tan tranquilo porque sabía que allí no había peligro. Simplemente prefirió caminar un poco en vez de quedarse parado y, cuando encendieron la luz, se le quedó la jeta a cuadros al ver que el espacio situado entre el edificio y la elevada tapia estaba flanqueado por unos naranjos descomunales, que habían crecido el doble de lo normal buscando la luz del sol.

Papá se quedó literalmente petrificado, porque el entorno aquel era exactamente igual que el que durante años había soñado una y otra vez.

-¿Ehtá uhté bien, mi arfere?- preguntó el guripa al volver cuando lo vio poco menos que convertido en una estatua de sal, plantado en mitad del paseo mirando a ambos lados. Hasta había dejado caer el petate.

-Ná, no pasa ná- le respondió haciéndose el sueco- Anda, tira pa'lante qu'ehtoy molío y quiero cogé'r catre cuanto ante.

¿Un sueño premonitorio? ¿Algún rollo paranormal? ¿Simple casualidad? Quién sabe... La cosa es que papá no comentó a sus compañeros la anécdota porque, como ya podrán imaginar, en aquella época tardaban 0'2 en declararte el chalado del regimiento si contabas algo así, de modo que se calló y punto pelota. 

En fin, poco más dieron de sí las batallitas de papá. Su paso por el glorioso ejército español fue bastante irrelevante, se limitó a cumplir lo que le ordenaban hasta que, finalmente, lo licenciaron y se vino pa Sebiya a empezar otra etapa en su vida, la laboral, mucho más compleja, larga, putativa y chinchante que pasarte unos meses en Seuta tirando los tejos a las mocitas y/o yéndose a algún tugurio moruno a desfogar los humores viriles que, con esa edad, son irritantemente insistentes e irrefrenables.

Bueno, ya'tá

Hale, he dicho

martes, 23 de mayo de 2023

HISTORIAS DE LA MILI. LAS BATALLITAS DEL ABUELO

 

El Vértice Mangadas. En esa loma vivió el abuelo los últimos meses de la guerra civil, y fue donde tuvo lugar la batallita que narraremos hoy

Aún quedan ocho días para que este mes pavoroso se vaya al carajo hasta el año que viene, por lo que mi ánimo sigue tan sombrío como el de un político mientras los de la UDEF le registran el despacho, que no ha tenido tiempo de vaciar de pruebas con las que podrían enviarlo al trullo durante 20 años si no fuera porque, en España, los políticos tienen la misma impunidad ante el latrocinio y la prevaricación que un fulano de las SS en Auschwitz ante el homicidio. En resumen, que odio el mes de mayo profundamente y, por ello, no estoy para muchas virguerías, de modo que hago relleno con otra historia de la mili.

¿Recuerdan al entrañable abuelo de la familia Cebolleta, del genial Vázquez? Siempre estaba contando batallitas en las que, al frente de sus cipayos, derrotaba a mogollón de enemigos. El abuelo Cebolleta había participado en todos los conflictos bélicos habidos y por haber, desde las Guerras Púnicas a la de Cuba, y no paraba de narrar sus supuestas hazañas. Bueno, pues mi abuelo (materno) era un espécimen similar, pero con una diferencia: sus batallitas sí habían sido reales. Fueron batallitas donde la gente palmaba una cosa mala, y tuvo ocasión de vivir y sentir la guerra, la forma de depredación humana por excelencia. En fin, ya que he contado algunas de mis vivencias, qué menos que dar cabida a una curiosa anécdota que es de las que dan que pensar, comprobando que el destino es lo más caprichoso del universo.

ANTECEDENTES

El abuelo era de Falange, ergo tardó 0'2 en apuntarse a la fiesta cuando, el 18 de julio de 1936, comenzó nuestra guerra fratricida. Ojo, que el abuelo no era ningún señorito de familia adinerada, sino el hijo de un simple maestro nacional. Aclaro esto para que el imbécil adoctrinado de turno y el rojeras de caviar y Moët no piensen que todos los falangistas eran gente de posibles, sino todo lo contrario. La gran mayoría eran personas normales, un poco bastante hartas del caos surgido a lo largo de la república. 

No voy a narrar con pelos y señales las andanzas del abuelo durante los casi tres años que duró el conflicto que se mamó íntegramente, sino que me limitaré a dar cuenta del contexto donde comenzó esta anécdota, ya en las postrimerías de la guerra. En aquel momento, el abuelo era alférez provisional, y su unidad estaba destinada en el Frente de Extremadura, concretamente en una posición denominada como Vértice Mangadas. Esta posición dominaba una extensa vaguada por donde transcurre la carretera que comunica Cabeza de Buey con Belalcázar, y que cruza sobre el río Zújar. Aunque había sido una zona bastante movida, ya por aquella época era un sector tranquilo donde se limitaban a dispararse mutuamente algunos morterazos de vez en cuando para informar al enemigo de que seguían allí. La guerra se estaba decidiendo en el Frente de Aragón cuando, tras la Batalla del Ebro, la zona republicana quedó partida en dos.

Bien, observen la ortofoto inferior. 


Lo que ven es la zona descrita, la extensa vaguada por donde serpentea el Zújar en dirección este-oeste.  A la izquierda tenemos la carretera de Cabeza de Buey a Belalcázar, por el centro vemos el río y, en la parte superior, de azul, las posiciones nacionales. El Vértice Mangadas era el cerro situado a la derecha de la carretera. Debajo, sombreadas de rojo, las posiciones republicanas. Pero lo importante son los tres círculos blancos. Cada uno señala una añejísima encina que deben llevar ahí siglos. Desde las trincheras donde el abuelo se aburría como un galápago hasta la encina más cercana hay unos 1.500 metros de distancia, medidos con Google Earth.

Un alférez provisional (no es el abuelo, que conste,
aunque tiene cierto aire, las cosas como son).
Caían como moscas. Les sacaron un remoquete que decía:
"Alférez provisional, cadáver efectivo. La primera paga
para el uniforme, la segunda para el entierro"

Bueno, pues una mañana, cuando apenas había clareado, el abuelo estaba atisbando con sus prismáticos la zona que tenía ante sí. El que fuera un sector tranquilo no implicaba que podía bajarse la guardia sin más, y ambos bandos no se perdían de vista por lo que pudiera pasar. Y, de repente, ve como un fulano sale corriendo desde la encina situada a la derecha, la más alejada de las posiciones republicanas. Sin pensarlo dos veces, decidió darle al tipo aquel un buen susto porque, seguramente, había aprovechado la noche para aproximarse a ellos a indagar lo que fuera. Echó mano de un Mauser alemán, un K-98 que le había agenciado un tedesco de la Legión Cóndor y que tenía cuidadosamente envuelto en una manta. Aunque carecía de visor, era un arma con una precisión acojonante, y lo guardaba como oro en paño debajo de la camilla donde dormía. Debo aclarar que el abuelo tenía su "aposento" en una chabola construida de piedra con el techo de chapa ondulada, y para dormir le habían dado una simple camilla de las que usaban los sanitarios.

INCISO: Siendo crío, visité con el abuelo el lugar aquel. La chabola de piedra aún estaba en pie, y se veía claramente el trazado de las trincheras en la ladera del cerro, aunque ya medio cegadas por la tierra que la lluvia había ido arrastrando durante décadas. A lo lejos se divisaban las tres encinas, y me contó in situ toda esta historia. Fin del INCISO.

Total, que cogió su Mauser, lo apalancó en un saco terrero e hizo puntería. Según él ni quería ni podía matarlo a aquella distancia, sino solo darle el susto de su vida. Apuntó cuidadosamente, disparó y, a los dos segundos, una nube de polvo se levantó varios metros por delante del tipo aquel, que frenó en seco y se volvió al galope a resguardarse en la encina. Ante la rechifla general, el abuelo, muy satisfecho, le dio los prismáticos a un guripa.

-Tate ahí vigilando a ese peaso mamón, y si asoma la gaita otra vé, m'avisa- le ordenó.

El "peaso mamón" no tardó mucho en intentar retornar a sus posiciones.

-¡Mi arfere, mi arfere!- llamó el guripa- ¡Ya sale otra vé!

El abuelo, que había dejado el fusil en el saco terrero listo para abrir fuego, repitió la misma jugada. Disparo, polvareda, y el fulano que se vuelve a toda leche a la encina. Y así tooooodo el día. Varias veces más lo intentó, pensando que el cabronazo que lo tiroteaba se habría aburrido o habría dado por imposible acertarle, pero la cosa es que, hasta que no se hizo de noche, no pudo volver.

Y aquí acaban los antecedentes. La guerra siguió su curso hasta que terminó en buena hora. El abuelo, al que la cosa militar le molaba una burrada, permaneció en el ejército como oficial de la Escala de Complemento, siendo destinado en Sebiya a, si mal no recuerdo, el Parque Automovilístico. 

NUEVO INCISO: Los combatientes del ejército republicano que, simplemente, habían sido llamados a filas porque le pilló en aquella zona, no fueron represaliados ni nada por el estilo. Una vez que se comprobaba que no tenían ninguna filiación política y no habían tenido nada que ver con sindicatos ni similares, pues se largaron a sus casas pero, eso sí, a los que aún estaban en edad de hacer el servicio militar, tuvieron que volver a hacerlo. O sea, que además de la jodida guerra, luego les tocó mamar dos años de mili. Una putada, pero nadie dijo que el mundo es un lugar agradable. Fin del NUEVO INCISO.

Bien, un buen día, un oficial amigo del abuelo le preguntó si tenía ordenanza, a lo que el abuelo respondió que no, que se acababa de licenciar. Entonces, este hombre le pidió que le hiciera el favor de aceptar como sustituto a un paisano suyo que se acababa de incorporar a filas. Era, decía, un buen muchacho que le había pillado en la otra zona, pero que no había estado metido en política ni nada similar, que era un tipo formal, de toda confianza y que respondía de él personalmente. El abuelo no tuvo inconveniente, de modo que quedaron en que se presentase al día siguiente.

La Plaza Nueva en la Sebiya de los años 40, donde vemos las criadas
con los nenes de paseo y los guripas a la caza y captura

UN INCISO MÁS. Como puede que muchos no lo sepan, un ordenanza era, por decirlo de forma que todos me entiendan, un sirviente castrense. En aquella época, todos los oficiales tenían un ordenanza cuyos cometidos eran bastante apacibles: lustrar las botas, cepillar el uniforme, hacer algún recado o llevar algún papel a cualquier sitio. Pero, como pueden imaginar, los ordenanzas eran usados también a nivel familiar, uséase, que como unas botas se lustran en cinco minutos y un uniforme se cepilla en dos, pues no tenían mucho más que hacer, de modo que los oficiales solían enviarlos a sus casas para hacer la compra o a ayudar a la chacha a mover un mueble o cualquier otra chorrada, lo cual siempre era más agradable que la vida cuartelera.

Y si alguien dice que ser ordenanza era algo denigrante y tal, pues que se muerda la lengua porque no sabe de lo que habla. Estamos refiriéndonos a una época y una sociedad distintas, y en todos los ejércitos del mundo había ordenanzas. Además, era el destino soñado de cualquier pueblerino porque los ordenanzas estaban libres de servicios de armas y servicios mecánicos, lo que significa que no hacían guardias, imaginarias, cuarteleros, limpiar, barrer, o lo que fuese. Además, por las tardes se piraban a los paseos, parques y alamedas a cortejar a las muchachas del servicio doméstico que salían a dar un garbeo a los nenes de la casa, y no pocos noviazgos y casorios surgieron de aquellas peladas de pava vespertinas. Fin del INCISO MÁS

Prosigamos...

Tal como acordaron, al día siguiente se presentó el guripa. El abuelo, por trabar conocimiento con él, le preguntó dónde había estado en la guerra, cómo le había ido y, en fin, un apacible interrogatorio para saber más del soldado Venturoso.

-¿Y ande te pilló er finá de la guerra?- quiso saber el abuelo.

-Frente a Cabesa de Buey, mi arfere- respondió.

El abuelo levantó la ceja que se levanta cuando uno se sorprende porque ya era casualidad que aquel fulano hubiese estado en la misma zona que él.

-¿Y qué tal te fue?- volvió a preguntar sin decirle que habían sido vecinos.

-Fatá, mi arfere- respondió Venturoso poniendo jeta de pesadumbre-. No s'imagina uhté la jambre que pasamo. No teníamo de ná, ni un mendrugo que llevarno a la boca.

-Vaya por Dió... ¿Y qué jasíai pa comé?

-Po toa lah noshe jeshábamo a suerte pa que uno fuera a por bellota a una ensina c'abía frente a nuestra posisión. Llenaba dó o tré macuto y vorvía ante de la amanesía. Pa que no noh vieran, íbamo a una que quedaba serca del río, ande lah nea y lah caña noh ocurtaban del enemigo.

-¿Y a ti te tocó arguna vé?- volvió a preguntar el abuelo, absolutamente asombrado por la casualidad.

-Vaya que sí- respondió Venturoso-. Y no se imagina uhté lo que me pasó. Tenía tanta jambre atrasá que me pasé toa la noshe comiendo bellota, y cuando quise darme cuenta ya era casi de día. En vé de vorvé junto al río, po tiré en línea recta con tá de llegá ante a mi posisión.

-¿Y qué pasó?

-Pasó c'un hijoputa me vio y se lió a tiro conmigo, mi arfere. To'r día me tuvo detrá de la joía ensina, porque ca vé que salía, me pegaba un tiro, aunque creo que no me quiso matá, sino na má jaserme la puñeta. Eso sí, me puse de bellota jahta la seja.

En ese momento, el abuelo no pudo más y estalló en carcajadas ante el pasmo de Venturoso.

-¡Po aquí tié al hijoputa que te tuvo to'r día detrá de la ensina!

-Déjese uhté de cahondeo, mi arfere- replicó Venturoso-. Eso é imposible

Para convencerlo, el abuelo le dio pelos y señales del lugar, y le detalló cómo fue toda la jornada, hacia dónde salía huyendo, que le tiraba siempre por delante, hasta que Venturoso tuvo que reconocer que era cierto. Dudo que se den muchas casualidades como esta, pero ocurrió tal como la he narrado.

Venturoso pasó el resto de la mili más a gusto de que un arbusto. Mamá conserva fotos donde aparece ella de cría de la mano con Venturoso, paseando por la Plaza de España. Cuando se licenció, Venturoso siempre se acordó del abuelo, y durante muuuuuuuchos años, siempre le enviaba un pequeño obsequio el día de su santo con una postal agradeciéndole por enésima vez la buena mili que pasó a su servicio.

En fin, una historia curiosa y bonita a pesar del terrible contexto en la que tuvo lugar, ¿no?

Hale, he dicho