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viernes, 30 de diciembre de 2016

Morteros de trinchera. Morteros de 58 mm. tipos 1, 1 bis y 2


Mortero de 58 mm. tipo 1 bis rodeado por la escuadra de cinco hombres que lo sirven y el oficial de su sección. Uno de
los servidores sujeta la lanada que pasará tras cada disparo mientras que otro carga una bomba  de 16 kg. Obsérvese como
han emplazado la pieza contra la pared de la posición para aminorar el retroceso


Mortero de 58 mm. tipo 2 en posición de tiro
Bueno, hoy toca Gabacholandia. La presencia de los morteros de trinchera de 25 cm. tedescos debieron ser una inquietante sorpresa tanto para los british como los poilus (Dios maldiga a Nelson y al enano corso fifty-fifty), que no podían imaginar que a menos de un kilómetro de sus posiciones sus enemigos disponían de un arma tan devastadora como para alcanzar un refugio situado entre 7 y 10 metros bajo tierra, o para abrir un cráter de 6 metros de profundidad y 10 de diámetro. Colijo pues que a los primeros se les atragantaron las pastas de la tea time, y los segundos el tintorro peleón que solían llevar en las cantimploras. No obstante, los magines del personal comenzaron a humear ostentosamente a fin de dar con algún tipo de arma con la que contrarrestar la abrumadora potencia de fuego que los probos súbditos del káiser desencadenaban sobre ellos y les dejaban las alambradas, las trincheras y los nidos de ametralladoras hechos unos zorros, independientemente del elevado número de bajas que les producían.

La solución por parte de los gabachos no tardó en llegar más que unos meses de la mano de un sesudo militar, el comandante ingeniero Duchêne, perteneciente al X Ejército, el cual diseñó una pieza para salir del brete basada en el mismo concepto que el lanzaminas alemán no sin tener que sortear mil trabas para desarrollar su proyecto ya que, aún en una época tan temprana de la guerra, ya se hacían notar la escasez tanto de materias primas como de explosivos y munición. Recordemos que, por ejemplo, muchos fuertes se vieron despojados de casi toda su artillería para enviarla al frente, como ocurrió con el otrora poderoso fuerte de Douaumont. Como podemos suponer, los aliados daban por hecho que podrían detener a los belicosos tedescos en el campo de batalla, y la realidad es que todas esas fortificaciones desarmadas habrían sido quizás las únicas capaces de detener el empuje del ejército imperial. A finales de diciembre de 1914, Duchêne pudo concluir una pieza de forma casi artesanal, recurriendo al reciclado de materiales porque el general Joffre no permitía que se gastase ni un cartucho de fusil de más. El invento, por no llamarlo engendro, podemos verlo a la derecha, y según reza el gráfico recibió la denominación de mortier de 58 nº1 o mortier 58 T nº1.

Un poilu se dispone a encender la mecha que disparará la bomba de 16
kilos que carga su mortero. Sus colegas, al parecer, han optado por
contemplar la escena desde un discreto octavo plano, por si acaso.
Se trataba de un simple tubo de 58'3 mm. de calibre en cuya parte posterior se había añadido una barra de acero macizo roscada en un tope de vagón de ferrocarril que hacía de placa base. El conjunto se sustentaba sobre un rudimentario bípode provisto de un arco lleno de perforaciones que permitían graduar el tiro vertical, pero para correcciones horizontales había que mover la pieza entera. Para cargarla se introducía en el tubo un saquillo con 60 gramos de pólvora BC, la de uso reglamentario para artillería. Para los amantes de los datos minuciosos por si algún cuñado se resiste a ser humillado, sepan que en el ejército gabacho la pólvora era designada con la letra B, más una letra más que indicaba la filiación y la mezcla según el arma a la que estaba destinada. Dichas pólvoras estaban fabricadas a base de nitrato de celulosa, etanol y una pequeña porción de difenilamina para dar estabilidad al compuesto. A continuación se cebaba la carga con una mecha de 5 segundos y se introducía el proyectil, una bomba de 16 kilos fabricada también de forma artesanal aprovechando carcasas de proyectiles de artillería de 150 mm. De hecho, la ojiva, que en circunstancias normales era una pieza de acero soldada o enroscada al cuerpo del proyectil, en este caso era de madera con un ovalillo roscado en su interior para poder atornillar la espoleta. Bajo la bomba vemos un vástago con el interior hueco que era lo que se introducía en el tubo del mortero, cuya ánima era lisa, y tres aletas de chapa para darle estabilidad durante el vuelo. Por su apariencia... ¿aeronáutica?... le dieron el pomposo y sonoro apodo de "torpedo aéreo". En cuanto a la carga, era de 6 kilos de perclorato de amonio. No obstante, sus prestaciones no estaban mal del todo: su cadencia de tiro era de un disparo cada dos minutos, con un alcance máximo de 350 metros.

Corrigiendo el ángulo de tiro vertical. Lo malo es
que si el disparo fallaba por 30 metros a la derecha
había que corregir a ojo de buen cubero
A mediados de enero de 1915, los "Ateliers Métallurgiques de La Chaléassière" de St. Etienne enviaron al frente las primeras 70 unidades que, todo hay que decirlo, dieron un resultado satisfactorio a pesar de sus carencias y su escasa precisión, propiciada ante todo por su rudimentaria base. No obstante, al menos pudieron demostrarle a los germanos que ya disponían de un chisme capaz de dar respuesta a sus morteros de trinchera si bien, lógicamente, los efectos de la bomba de 16 kilos estaban muy lejos de equipararse a los devastadores proyectiles de 25 cm. alemanes.  Pero el que se puso más contentito fue Joffre, que vio como el probo Duchêne era capaz de fabricar un arma con cachos de trenes viejos y carcasas de desecho, así que lo mandó a paso ligero a la Escuela de Pirotecnia de Bourges para mejorar el invento. Duchêne tardó apenas el tiempo de ajustarse las gafas y sacarle punta al lápiz, porque en febrero ya había creado un modelo que no solo era mejor, sino que no se parecía en nada a su predecesor.

Cabe suponer que mientras trabajaba en su primer y rudimentario proyecto, Duchêne ya andaba maquinando como sería su sucesor, porque de no ser así no se comprende como en menos de un mes ya tenía listo el sustituto del T1. Así, en febrero de 1915 ya estaba listo el mortier 58 T nº2 que se parecía a su predecesor lo mismo que un botijo a una cuchara de palo. En el grabado superior podemos ver a la criatura ya emplazada con todos sus accesorios y, como podemos comprobar, tenía una apariencia como que más sólida que el modelo anterior. 

A la derecha tenemos el tubo, una rechoncha pieza de acero de apenas 55 cm. de largo y un peso de 75 kilos. Como vemos, está formada por dos partes, el tubo en sí y una culata de donde emergen los muñones que fijarán el conjunto a la estructura del mortero. En la parte superior vemos el orificio donde se acoplaba el mecanismo de disparo Forgeat, el cual veremos con detalle más abajo. La sustancia detonante era a base de fulminato de mercurio. No obstante, el primitivo sistema de mecha se continuó usando.


El tubo se montaba en un armazón de acero tal como vemos en la figura A. Dicho armazón contenía el mecanismo de elevación, que se ve bajo el tubo, consistente en un tornillo sin fin y una rueda de bronce. Dicho ángulo iba desde los +45 a los +82,5º, y para asegurar la posición del tubo este se fijaba con las palometas situadas en los arcos laterales. Esta estructura pesaba 226 kilos y, como vemos, carecía de sistemas para amortiguar el retroceso. Para absorber dicho retroceso se instalaba la estructura sobre la base de la figura B que, además, disponía en su parte posterior de un arco que permitía regular el azimut 17'5º a cada lado. La base estaba compuesta de cinco gruesos durmientes de nogal unidos con pernos y reforzados en la parte delantera con un ángulo de hierro en forma de U. Finalmente, en la figura C podemos ver el mortero en posición de tiro. El peso total de la base incluyendo el arco de hierro era de 162 kilos, por lo que el conjunto total del arma ascendía a 463 kilos de nada. Para su acarreo manual eran precisos 15 hombres: dos para el tubo, siete para la estructura, que se podía desmontar en cuatro piezas, y seis para la base. 


Pero si las condiciones del terreno así lo exigían, la pieza podía emplazarse sobre una base de madera aún más amplia y resistente a fin de darle al arma la estabilidad necesaria e impedir que tras varios disparos se hubiese hundido de forma desigual en el suelo. Esta estructura, formada por durmientes de madera unidos por pernos a escuadras y ángulos de hierro tenía un peso de 890 kilos, y para su transporte hasta la posición a través de los dédalos de trincheras del frente se precisaba de otros catorce hombres más. Para emplazarla era preciso cavar previamente una superficie de unos 2 m² y unos 13 cm. de profundidad con la finalidad de inmovilizarla totalmente.


En la foto de la izquierda podemos ver el aspecto del mortero en su base que, debido a su achaparrado aspecto así como por el mínimo brinco que daban cuando eran disparados, fueron rápidamente apodados por los servidores de estas piezas como crapouillots, o sea, sapitos. Por cierto que la foto procede de uno de los tropocientos monumentos a los caídos que hay en Francia y, curiosamente, gran cantidad de ellos están decorados con estos morteros, así que debieron tomarles mucho cariño o bien les sobraron por cientos. En todo caso, el resultado del proyecto de Duchêne fue un arma sólida, robusta y que además funcionaba sin dar problemas ya que, como vemos, tenía menos mecanismos que un chupete. De hecho, el de elevación era el único porque hasta carecía de sistemas de puntería, la cual se calculaba a base es escuadra y plomada, como hacía el bisabuelo Jean-Baptiste cuando servía en la artillería en tiempos del enano corso. Para su puesta a tiro solo había que juntar las piezas, atornillarlas y, a continuación, fijarla a la base, operación esta que solo requería un rato dándole a la llave inglesa. Una vez emplazado, sus prestaciones eran bastante decentes ya que, dependiendo del sistema de disparo, podía alcanzar una cadencia de 1 disparo cada 2 minutos en caso de emplear la mecha de 5 segundos, o de 1 disparo al minuto si se usaba el mecanismo de percusión, lo que suponía una cadencia de 60 disparos a la hora en fuego sostenido, que no es moco de pavo para un arma de estas características.


Rápidamente se puso en producción el nuevo modelo, ordenándose el cese de la fabricación del tipo 1, del que en total se entregaron 180 unidades. Debido a la premura por disponer del tipo 2 se encargó la manufactura de los mismos a una empresa privada de St. Étienne, la cual entregó las 140 primeras unidades en el mes de abril. Ante la masiva demanda de este tipo de armas, el Estado Mayor decidió crear unidades destinadas exclusivamente al manejo de las mismas para recibir el adiestramiento adecuado y sacarles así el máximo rendimiento posible. Estas unidades, contrariamente a lo que hicieron los alemanes, dependían del arma de Artillería. Cada pieza estaba encomendada a una sección compuesta por un jefe, un adjunto y los 15 pardillos que debían deslomarse transportando los componentes de cada mortero hasta primera línea. Además, para facilitar el suministro de munición se fabricaron sencillos pero eficaces soportes y atalajes que, colocados a la espalda como una mochila o colgando de los hombros, permitían el acarreo de entre dos y tres proyectiles dependiendo del peso. Ojo, que nadie piense que por norma se recurría a fastidiar las cervicales del personal ya que el transporte a mano se efectuaba solo en las trincheras, donde lógicamente no había cabida para vehículos o acémilas.


Así pues, se diseñaron dos carretones que permitían acercar tanto el mortero como las municiones hasta primera línea y los podemos ver en las ilustraciones de la izquierda. La superior nos muestra el destinado al mortero, el cual podía ser tirado tanto por acémilas como por hombres, y además de la pieza transportaba dos cajas para las espoletas. Abajo vemos el vehículo para los proyectiles cuya capacidad dependía del tipo de bomba. A título orientativo, podía transportar 18 bombas L.S. o 10 bombas D.L.S., de 18 y 35 kilos respectivamente. Y si no había disponibles ninguno de los inventos mostrados, pues se cogía "voluntarios" a la docena de pringados que siempre hay en todas las compañías y se les invitaba amablemente a transportar los proyectiles a cuestas, indicándoles que tuvieran especial cuidado con no dañar los estabilizadores o la cola del proyectil ya que, de ocurrir, quedarían inutilizados.


Sin embargo, la aparición del tipo 2 no detuvo el genio creativo de Duchêne, que además había preparado de forma paralela otro diseño para sustituir, en teoría, al primer modelo. Básicamente era una versión ligera del tipo 2, y recibió el nombre de tipo 1 bis, y podemos compararlo con su hermano mayor en la foto de la derecha. El 1 bis estaba formado por un tubo del mismo calibre pero con las paredes menos gruesas, y se asentaba sobre una placa base más pequeña que, no obstante, le proporcionaba un asentamiento lo suficientemente estable. 


Carecía de mecanismo de elevación, por lo que para regular el tiro vertical había que aflojar las palometas laterales y ajustar el ángulo con la escuadra, tal como vemos en la foto de la izquierda. Y, tal como le ocurría a su predecesor, no tenía capacidad de regulación horizontal, así que se tenían que conformar con el típico sistema de prueba-error. No obstante, este pequeño mortero de solo 181 kilos de peso puesto en batería vino de perlas al ejército para aumentar la gama de piezas disponibles que, por otro lado, al disparar los mismos proyectiles no causaban problemas logísticos. Por otro lado, el 1 bis precisaba de una dotación menor, en este caso de un suboficial y cuatro hombres que se bastaban para transportar la placa base y el tubo. Su producción se encargó también a empresas privadas, y las primeras unidades salieron de la línea de producción prácticamente al mismo tiempo que el T2. Hacia el mes de junio de 1915 había operativos, además de los primeros T1, nada menos que 564 T1 bis y 276 T2, y se calcula que hacia el final del conflicto debía haber más de 3.000 unidades dando guerra si bien este tipo de armas cayó en la obsolescencia en la fase final de la guerra por su condición de armas estáticas. En cualquier caso, durante los años que estuvieron activos no defraudaron a sus usuarios, que es lo importante cuando se acude a la llamada de las armas a chinchar al enemigo bonitamente.


En lo referente a la munición, estas armas disponían de una extensa gama de proyectiles a elegir. El primero que entró en acción fue una versión mejorada de la bomba de 16 kilos que vimos anteriormente. Esta mantenía la misma carga explosiva, pero el cuerpo del proyectil ya estaba fabricado de forma totalmente industrializada. Según vemos en la ilustración de la derecha, estaba compuesto por tres partes soldadas entre ellas, con su correspondiente orificio roscado en la ojiva para alojar la espoleta y otro, también roscado, en el culote para acoplar la cola. Para darle estabilidad a su trayectoria disponía de tres aletas colocadas a 120º una de otra que eran soldadas al cuerpo de la bomba. Su velocidad inicial era de apenas 80 metros por segundo, por lo que casi podría verse como volaba, y su alcance máximo estaba en los 650 metros. Su longitud total era de 62,6 cm., y se fabricaron en dos versiones, la A y la B. La única diferencia entre ambas era la forma más redondeada de la primera y más angulosa de la segunda. La que mostramos en la ilustración superior es la B.





Un poilu cargando un T1 bis con una
bomba de 16 kg., lo que nos permite
hacernos una idea de sus dimensiones
En lo referente a los colores, dependiendo de la carga se empleaba un determinado color o una combinación de varios. En la figura A vemos el, digamos, color básico denominado gris artillería, un tono celestón más o menos como el que se aprecia en el dibujo. Los proyectiles pintados enteramente de este color estaban cargados con chedita, un explosivo a base de clorato con una porción de aceite de ricino que le daba más estabilidad. Debe su nombre a la ciudad de Chedde, donde se empezó a fabricar a inicios del siglo XX. La figura B pertenece a los proyectiles cargados con explosivos cuyo principal componente era el perclorato de amonio o de potasio, que eran identificados con una banda verde de 20 mm. de ancho. La figura C es la que corresponde a los explosivos a base de nitrato, como la melinita, a base de ácido pícrico y quizás el más empleado por el ejército francés, o cresylita 60/40, alto explosivo combinado en dicha proporción con ácido pícrico y nitrato. En último lugar vemos la figura D que presenta un proyectil con la ojiva en negro y en el extremo una banda azul de 20 mm. de ancho, los cuales estaban cargados con pólvora negra y se empleaban para instrucción y prácticas de tiro. En cuanto al que vimos en el párrafo anterior pintado de verde, este color correspondía a cualquier proyectil que contuviese sustancias tóxicas. El número que vemos en la ojiva, así como la existencia de una banda blanca en el centro, indica que es un proyectil de gas, en este caso de collongita, una porquería inventada en 1915 por un fabricante de tintes llamado Descollonges en su planta de Villeurbanne. La collognita era una mezcla de fosgeno, tetracloruro de estaño y cloruro de arsénico, por lo que colijo que respirar semejante porquería no debía ser nada recomendable. Por cierto, la cola del proyectil nunca se pintaba, e iba engrasada para facilitar su introducción en el mortero, y el interior de las carcasas era pintado con brea para impedir que la carga tocase las paredes de las mismas ya que el contacto con el hierro podría producir cambios en la composición del explosivo.


A continuación podemos ver la bomba de 45 kilos, 23 de los cuales eran de explosivo, y con una longitud de 80,3 cm. En este caso, el cuerpo estaba también formado por tres partes, estado la posterior remachada al resto del conjunto. Como su hermana menor, tenía también tres aletas estabilizadoras. Lo único que permanecía invariable en todos los modelos era la cola del proyectil, diferenciándose solo en la longitud de la misma. En este caso hemos presentado la bomba cargada en otro T1 bis, siendo más grande el proyectil que el arma. En lo referente a sus prestaciones, su velocidad de salida era más lenta aún: 63 metros por segundo, o sea, como un saque de tenis a manos de un artrítico crónico. Su alcance máximo estaba en los 400 metros.


Y la que vemos ahora es, más que una bomba, un bombón. Concretamente la hermana mayor, con una longitud de 107 cm. y un peso de 40 kilos de los que 10 eran de explosivo. Su denominación oficial era bomba flecha tipo D, y no variaba en nada en lo tocante a su construcción respecto a las que hemos visto anteriormente. No obstante, a pesar de su forma más estilizada sus prestaciones eran similares a la de 45 kilos ya que su velocidad inicial era de 67 metros por segundo y su alcance máximo de 450 metros. En la foto la vemos cargada en un T2, y debe tratarse de una imagen de propaganda o hecha por el poilu para enviarla a casa porque no tiene la espoleta montada y, además, esa mirada condescendiente al infinito poniendo jeta de ángel exterminador recién desayunado no parece propia de un soldado en plena acción.


Con la entrada en servicio del T2 se fabricaron otros tres tipos de proyectiles que incorporaban algunas novedades. Una de ellas consistía en los estabilizadores que, en dos de los modelos, de tres pasaron a seis. Para darles más rigidez, se les estampaba por su parte central una nervadura tal como se aprecia en la ilustración. El modelo más ligero era la bomba L.S. con un peso total de 18 kilos, de los que 5,35 eran de explosivo. Su longitud era de 79 cm., y tenía una velocidad inicial de 117 m/seg. con un alcance muy superior al de la bomba de 16 kilos: 1.250 metros. El de la izquierda es un proyectil cargado con chedita, mientras que el de la derecha presenta la tonalidad verde de los que iban llenos de porquería. Las letras y números que lleva pintados son una variación que solo usaron las bombas L.S. entre 1917 y 1918, y estas indican de arriba abajo: el 5 y las letras CO, el contenido, en este caso collognita. A continuación la fecha de carga, el lugar donde se fabricó (en clave) y el peso que, al parecer, en los proyectiles de gas superaba un poco al nominal. En cuanto a las espoletas, son la I.T. de impacto de las que ya hablaremos más adelante.


La siguiente en potencia era la bomba D.L.S. de 35 kilos con una carga de 10. Su longitud era de 95 cm., y tenía una velocidad inicial de 83 m/seg. y un alcance máximo de 670 metros. La que presentamos a la izquierda sería un ejemplar cargado con chedita ya que está enteramente pintada de gris artillería, mientras que la otra, con medio cuerpo pintado de amarillo, estaría cargada con melinita. Por cierto que, en caso de usar este explosivo, se añadía una banda roja en el centro para indicar que la carga era inferior al nominal, mientras que si se pintaba una banda similar en blanco era al contrario, la carga era superior. Un dato específico de esta bomba, así como de la L.S. mostrada en el párrafo anterior, es que disponían de un eficaz sistema de obturación para impedir fugas y aprovechar de ese modo todos los gases producidos por la deflagración de la carga. Dicho sistema era bastante básico, pero no menos eficiente; consistía en colocar en el extremo de la cola un disco de cobre que se expandía en el momento del disparo, cerrando de ese modo el mínimo espacio de viento entre la cola y el ánima.


Por último tenemos la bomba A.L.S., un proyectil provisto de tres estabilizadores y con un peso de 20 kilos con una carga de 6'4 de explosivo. Sus prestaciones eran de 117 m/seg. y un alcance máximo de 1.250 metros. Pero lo más significativo de este modelo consistía en que la carga de proyección iba dentro de la cola del proyectil. Esto suponía que, al detonar dicha carga más cerca del centro de gravedad del cuerpo de la bomba, mejorase de forma ostensible su precisión. En la foto podemos ver su apariencia cargado en un T2, y la espoleta con que hemos ilustrado este ejemplar es una R.Y. de impacto. Por norma, según veremos más abajo, todos los proyectiles de mortero gabachos se cargaban casi siempre con espoletas de este tipo, y no como hacían los tedescos que de forma sistemática empleaban espoletas de doble uso, mucho más fiables por cierto.


A la izquierda tenemos las espoletas en cuestión. La figura A es el modelo R.Y. de impacto. Se armaba gracias a la repentina aceleración del proyectil al ser disparado, y su carga detonante era a base de fulminato de mercurio, compuesto habitual en las espoletas debido a su sensibilidad y su velocidad de ignición si bien era un producto bastante inestable y corrosivo. La figura B es el modelo I.T, que carecía de mecanismos de armado. Debido a ello tenía que llevar un alambre y un casquillo a modo de pasador y tope de seguridad respectivamente, siendo retirados ambos en los instantes previos al disparo. En cuanto a la figura C, es la espoleta de impacto 24/31 modelo 1916, la cual tenía un sistema de armado por inercia similar a la R.Y. Estas espoletas armaban sobre todo a las bombas de 16 kg. Por último, en la figura D vemos el mecanismo de percusión Forgeat empleado en el mortero tipo 2. Consta de un casquillo que se roscaba en un orificio situado en la parte superior del tubo, como ya mostramos en el croquis en sección del mismo. Para iniciar la carga de proyección se le añadía un estopín similar a una vaina cargado con pólvora negra y, a continuación, se tiraba de un cordel unido a la anilla para comprimir el muelle helicoidal que impulsaba el percutor. Al llegar al límite de tracción, la anilla dejaba escapar el cordel, el muelle empujaba el percutor y se producía el disparo. A continuación, mientras uno de los servidores recargaba el arma, otro extraía el mecanismo para reponer el estopín. Este sistema, aparte de resultar más fiable y rápido que la mecha de retardo, favorecía la obturación en el momento del disparo ya que no dejaba escapar gases por el orificio de carga.


Con todo, la ignición por mecha de 5 segundos siguió vigente durante todo el conflicto. En la foto de la derecha vemos como un servidor de un T1 bis arrima una cerilla para prender dicha mecha, tras lo cual todo el personal se apartaba y se ponía a cubierto, por si acaso, hasta que se producía el disparo. Por cierto que, como podemos suponer, esto de encender mechas se volvía bastante complicado cuando el tiempo se ponía chungo y caía agua a raudales, lo que era relativamente frecuente en el frente Occidental durante casi todo el año. 


Dos servidores de un tipo 2 en plena acción. Mientras uno de
ellos pasa una lanada para limpiar el ánima, otro coloca el
mecanismo de disparo
En lo tocante a las cargas de proyección, consistían en saquillos con diferentes pesos según el tipo de proyectil a emplear y el alcance que se deseaba obtener. Así pues, estos saquillos se confeccionaban con tubos de lino blanco de unos 5 cm. de diámetro con cuatro cargas base: 60, 135, 160 y 185 gramos. La inferior era de B.C., o sea, pólvora de cañón, mientras que las tres superiores eran de ballistita, una de las primeras pólvoras sin humo fabricadas por Nobel a base de nitroglicerina y algodón pólvora que, al parecer, era excesivamente corrosiva y deterioraba las ánimas de los cañones. Además, había dos cargas de incremento de 25 y 65 gramos de ballistita para aumentar la carga si era preciso. Dentro de los saquillos de las cargas base iba una pequeña bolsa de muselina con 12 gramos de pólvora negra de filiación FFF que, en realidad, era la que iniciaba la carga de proyección cuando la mecha o el estopín cumplían su trabajo. Cada saquillo llevaba impreso el peso de la carga, el tipo de pólvora, la fecha de producción y las siglas de la fábrica pero, para evitar errores, los de la carga de 160 gramos eran de tela color verde, y estaba cosido en dos mitades para reconocerlo mejor durante la noche.


Grupo de poilus tomándose un respiro durante el acarreo de bombas de
45 kg. hasta primera línea. Junto a ellos aparece un tedesco prisionero al que
seguramente le han obligado a echar una mano so pena de dejarlo libre
con un cartel colgando que diga "Amo al enemigo" o "Soy un traidor,
pegadme un tiro, me lo merezco"
Las bombas D.L.S empleaban la carga de 60 gramos y la de 135, si bien esta última era para obtener su máximo alcance. Las L.S. las de 60 y 160 gramos, y las A.L.S. las de 185 gramos. A todas ellas se les añadían cuando procedía las cargas de incremento. Así pues, para hacernos una idea, un mortero que iba a disparar una bomba D.S.L. de 18 kilos contra un objetivo situado a, por ejemplo, 320 metros, era cargado en primer lugar con un saquillo de 60 gramos con su carga de iniciación de 12 gramos de pólvora negra que, lógicamente, debía quedar en el fondo de la recámara. A dicha carga se le añadían dos más de incremento de 25 gramos. Con esa carga y las tablas de que disponían los artilleros sabían qué ángulo debían dar exactamente a la pieza para alcanzar su objetivo, que en este caso sería de 71º. 


Posando ante un tipo 2 armado con una L.S.
Merece la pena comparar la posición cutre y
fangosa de esta gente con las que vimos en la
entrada del sMW de 25 cm. alemán, perfectamente
entibadas y camufladas
En fin, con esto creo que cualquiera podrá apabullar bonitamente a su cuñado o incluso una alianza de varios de ellos juramentados para desafiarnos tras tragarse 94 documentales del Canal Historia y de cartearse con los profes de la academia de Sandhurst que aparecen en los mismos. A modo de colofón, comentar que el empleo casi exclusivo de espoletas de impacto en la munición de estos morteros obedecía a su empleo táctico, basado ante todo en la destrucción de alambradas, trincheras, fuego de barrera y lanzamiento de gas. Su masa no era capaz de alcanzar las profundidades de su colega tedesco y, por otro lado, la destrucción de fortificaciones de más envergadura era preferible dejarla en manos de la artillería pesada. No obstante, para cometidos muy concretos se armaban espoletas de retardo, sobre todo a la hora de intentar destruir trincheras impactando en el interior de las mismas. Así pues, para hacernos una idea del poder destructivo de estas armas daremos una breve pero ilustrativa relación de sus efectos contra diversos objetivos a modo de epílogo.


Curioso fotograma en el que vemos a un poilu salir a escape tras encender la
mecha en  un T2, la cual se ve como humea de forma ostentosa. La bomba
es una DLS en la que, por cierto, no se aprecia ninguna espoleta, así que
igual se trataba de una película de propaganda
Si caía dentro de una trinchera o, a lo sumo, a medio metro de distancia, una bomba L.S. o una de 16 kg. podían destruir entre 1 y 3 metros, mientras que una D.S.L. destruía entre 2 y 4 metros. Estas últimas podían además destruir el techo de troncos y tierra de un nido de ametralladoras. Las mismas bombas y en el mismo orden podían destruir entre 2 y 2,5 metros de alambrada en los primeros casos y entre 3 y 4 en el segundo. Para acabar con un tramo de unos 100 metros de trincheras hacían falta entre 300 y 400 L.S. o bien entre 150 y 200 D.L.S. A la vista de estas cifras puede que ahora más de uno comprenda el motivo de aquellas preparaciones artilleras bestiales en las que se disparaban decenas de miles de proyectiles de todo tipo ya que, de lo contrario, no había forma de destruir las defensas enemigas y más en el caso de los alemanes que, como sabemos, fortificaban como nadie.

En fin, creo que no olvido nada relevante, así que corto ya porque esta entrada ha sido XXXL por lo menos. 

Hale, he dicho


Después de cien años, aún siguen apareciendo proyectiles de los "sapitos" por los campos de Flandes. En este caso se
trata de dos bombas de 16 kilos que, al menos la que vemos en primer término, incluso conserva la espoleta. Según
estimaciones llevadas a cabo por el ejército francés, aún tardarán unos siete siglos más hasta dejar totalmente limpias
las zonas donde se batieron el cobre, y eso que cada año destruyen cientos y cientos de proyectiles que aparecen
por todas partes, incluyendo sembrados donde son arrancados de la tierra por las gradas de los tractores. Acojona, ¿eh?

sábado, 24 de diciembre de 2016

Morteros de trinchera. 25 cm. schwerer Minenwerfer



Lanzaminas de 25 cm. en una posición fortificada del frente. A ambos lados de la pieza podemos ver las ruedas
que se usaban para su transporte

Bien, para completar de alguna forma la entrada anterior, daremos cuenta del que fue el primer mortero de trinchera propiamente dicho ya que no es plan de "bombardear" al personal de golpe y porrazo con todos y cada uno de los que se emplearon durante la Gran Guerra. Así pues, poco a poco iremos estudiando los modelos más representativos de todos los contendientes, lo que nos vendrá de perlas para callarle la boca al cuñado que se ha visto todos los documentales habidos y por haber sobre las batallas de Verdún, el Somme y el Marne. Procedamos pues. Por cierto que, antes de empezar, conviene hacer una aclaración respecto al término "Minenwefer" ya que, bajo la acepción que el término mina tiene en español, puede dar lugar a ciertas confusiones. Y es que en alemán, una "Minengranaten" hace referencia a un proyectil provisto de una carga elevada de alto explosivo, lo que obviamente no tiene nada que ver con el concepto que nosotros tenemos de mina, que puede ser una excavación subterránea, bélica o no, o un dispositivo que se entierra para que explote al ser pisado por una persona o un vehículo. Aclarado esto, comencemos pues.

En pleno proceso de carga. Obsérvese el enorme tamaño
del proyectil
El 25 cm. schwerer Minenwerfer (25 cm. sMW en su forma abreviada) es, en cristiano, el lanzaminas pesado de 25 cm. Como ya anticipamos en la entrada anterior, estos probos súbditos del káiser no consideraban estos artefactos como piezas de artillería en sí, sino como una especie de arma de ingenieros destinada ante todo a la destrucción de las fortificaciones enemigas. Por otro lado, para los que lo desconozcan, los tedescos tenían la costumbre de dar los calibres en centímetros y no en milímetros. Este trasto, como ya hemos comentado, fue el resultado de un proyecto llevado a cabo por la Rheinmetall entre 1907 y 1909 tras las enseñanzas adquiridas durante el asedio a Port Arthur a manos de los japoneses durante la guerra Ruso-Japonesa, las cuales fueron elevadas al Estado Mayor alemán por el mariscal Moltke mientras que los british y los gabachos estaban en Babia. La idea en sí consistía en crear un arma de pequeño tamaño pero capaz de disparar munición de gran calibre, lo suficientemente potente como para aniquilar las poderosas defensas de las fortificaciones de la época, herederas directas de las pirobalísticas tipo Vauban que habían estado operativas hasta aquel momento y que, en realidad, muchas aún lo estaban. 

Beta-Gërat de 30,5 cm. Como vemos, una fastuosa pieza de 24,5 Tm que
era de todo menos manejable
Debemos tener en cuenta que la artillería de sitio en aquellos años consistía en monstruosos obuses de varias toneladas de peso cuyo emplazamiento suponía una inversión de muchas horas de trabajo y la intervención de docenas de hombres para poder preparar el terreno y las plataformas de tiro. A modo de ejemplo, un obús Beta-Gërat de 30,5 cm. precisaba de 12 horas, mientras que un Gamma de 42 cm., el famoso Bertha del que ya hablamos en su día, requería de un día entero trabajando sin descanso. Sin embargo, la opción de mortero de trinchera permitía obviar todos esos inconvenientes ya que, aunque pesado y engorroso, podía emplazarse en poco rato con la única exigencia de allanar el mínimo espacio de terreno donde se asentaría la plataforma y, en caso de necesidad, podía ser rápidamente trasladado de sitio gracias a las ruedas de que iba provisto.

Gabacho posando junto al proyectil de 42 cm. de un Gamma.
Esa cosa pesaba 886 kg., y para dispararla hacía falta una
pieza de 150 Tm. ¡Ah!, la carga de proyección iba aparte
Pero lo más significativo era el concepto de la munición que empleaban. Al ser un arma de corto alcance, no más de 710 metros en su primera versión, su velocidad inicial era muy reducida, lo que permitía que el grosor de las paredes del proyectil fuesen mucho más finas que las de un obús convencional. Esto implicaba que a igualdad de calibre la carga fuese ostensiblemente mayor y, por ende, su relación calibre-capacidad destructiva mucho más ventajosa que en otras piezas de mayor envergadura. A modo de ejemplo usaremos un proyectil de calibre similar, el modelo 1906 de 28 cm. para alto explosivo cuyo peso era de 350 kg. con una carga de 11,38 kg. Por contra, el primer modelo de proyectil empleado por el lanzaminas de 25 cm. pesaba solo 63 kg. mientras que su carga explosiva era de 26 kg. Así pues, mientras que en el proyectil de 28 cm. la carga explosiva suponía un 3,3% del peso total del mismo, en el caso del empleado por el lanzaminas era de un 41,2%. Esto implicaba un notable ahorro tanto en materiales como en mano de obra, ambos cada vez más escasos a medida que iría avanzando el conflicto, como suele pasar. Y, de igual modo, al no precisar de potentes cargas de proyección para lanzar el proyectil a varios kilómetros de distancia, se eliminaba la vaina convencional de latón, muy cara tanto en lo referente al material como a su manufactura. 

Los proyectiles de alto explosivo estaban especialmente indicados para
barrer las más espesas alambradas, y más en el caso de los de este mortero
Pero el lanzaminas era además un arma más versátil que la artillería convencional ya que, por ejemplo, un obús de sitio no era precisamente válido para efectuar fuego de barrera o como arma de apoyo de la infantería, así que todos estos datos que hemos dado son referentes a su capacidad destructiva contra fortificaciones o alambradas. Si ahora establecemos una comparativa con los cañones empleados para llevar a cabo preparaciones artilleras o fuego de barrera, el mortero de trinchera se lleva también la palma. Tomemos dos proyectiles de artillería de campaña de uso frecuente como eran en los primeros meses de la guerra el modelo 1912 de 15 cm.  y el modelo 1915 de 7,7 cm, ambos para alto explosivo. En el primer caso, la carga explosiva era de 6,1 kg., mientras que en el segundo de apenas 380 gramos. Así pues, para lograr un efecto similar al de un proyectil de 25 cm. serían necesarios 4 disparos de 15 cm. y nada menos que 68 de 7,7 cm., y eso siempre y cuando fueran efectuados al mismo tiempo y cayeran todos en el mismo sitio. Así pues, queda claro que la relación precio-capacidad letal también estaba del lado de los morteros de trinchera.

Cargando el mortero mientras el tirador ajusta la puntería. Estas posiciones
fortificadas bajo tierra eran invisibles para el enemigo.
A ello debemos añadir la cadencia de tiro. El lanzaminas de 25 cm. podía efectuar 20 disparos a la hora (a la hora, y no al minuto, como comentan en algunos artículos cuyos autores no se paran a pesar que preparar y cargar un proyectil de 63 kilos de peso más el cebado y la carga de proyección cada 3 segundos es simplemente imposible). Por contra, el Beta-Gërat de 30,5 cm. efectuaba entre 12 y 15 dependiendo de la versión, y un Gamma apenas 8. O sea, que los lanzaminas podían desplegar una potencia de fuego devastadora en caso de efectuar fuego de barrera o una preparación artillera capaz de volatilizar no solo las alambradas enemigas, sino incluso las trincheras si se armaban los proyectiles con espoletas de retardo, como veremos más abajo.

Foto que nos permite ver claramente el tamaño de la pieza, en este caso
en servicio en el ejército austro-húngaro. Sus dimensiones eran inferiores
a las de un cañón de campaña de calibre medio
Por último, el tamaño. Todos sabemos el descomunal tamaño de las piezas de artillería de grueso calibre, lo que las hace obviamente muy pesadas y, además, requerían de un amplio espacio para su emplazamiento. Solo la culata que contenía el cierre suponía alrededor de una quinta parte del largo total del cañón, y a eso había que sumarle el peso del mismo. La solución adoptada por la Rheinmetall no pudo ser más simple: hacer una pieza de avancarga, por lo cual sobraba el cierre y, por otro lado, al ser un arma concebida para disparos a corta distancia, pues también podían fabricar el cañón de una longitud en apariencia ridícula. Pero la realidad es que era suficiente ya que estos cañones disponían de un estriado que  daría al proyectil la precisión adecuada a pesar de su escasa longitud, con lo cual lograban una pieza compacta, ligera si se la compara con la artillería de sitio de la época, barata de fabricar ya que costaba diez veces más barato que un Gamma, y con una munición igualmente económica por emplear menos materias primas y prescindir de la vaina.

Bien, estas son las comparaciones que nos permiten calibrar de forma bastante aproximada las prestaciones entre los morteros de trinchera y la artillería convencional y, como hemos visto, salen siempre ganando los primeros. El resultado del proyecto era el lanzaminas que vemos a la derecha y cuyo diseño no podía ser más simple. Constaba de una placa base provista de un soporte regulable para el tubo que permitía una corrección de ángulo vertical de +45 a +75º, y de 12º de ángulo horizontal en ambos sentidos. De los radios de acción hablaremos más adelante ya que variaban dependiendo de la munición. La placa base disponía así mismo de dos amortiguadores de retroceso hidro-neumáticos acoplados a un tubo de 76,3 cm. de largo provisto de seis estrías. En dicha base se podían acoplar dos ruedas para facilitar su transporte, y contaba con una serie de abrazaderas en las que se podían montar largueros que facilitasen su manejo a la hora de ponerlo en posición. El peso total del arma era de 628 kilos, y para su transporte y emplazamiento se requerían 21 hombres, lo que tampoco era una cifra escandalosa si la comparamos con los cinco vagones de ferrocarril que requería un obús Beta-09. 


Postal francesa que muestra un 25 cm. sMW a/A capturado. Delante de la pieza se puede ver uno de los cestones de mimbre
empleados para el transporte de la munición. Se abría por la base mediante una tapa metálica provista de cierres.


Cuando estalló el conflicto apenas había 44 lanzaminas operativos,  y ciertamente dejaron totalmente perplejos a los british y los gabachos cuando abrieron fuego contra las poderosas fortificaciones de Lieja a comienzos de agosto de 1914, las cuales fueron barridas del mapa por la artillería pesada tedesca entre la que figuraban los lanzaminas en cuestión. Está de más decir que los mandamases, en cuanto vieron los excelentes resultados obtenidos, ordenaron poner en marcha toda una gama de calibres de diferente tamaño para cubrir el máximo posible de objetivos, así como una modificación del mortero que nos ocupa para mejorar sus prestaciones. Así, en 1916 surgió un nuevo modelo cuya única diferencia con el anterior radicaba el la longitud del cañón, que en este caso era de 124,5 cm., lo que suponía un aumento del peso hasta los 768 kilos en total (foto de la izquierda). Debido a la existencia de dos modelos diferentes se establecieron unas siglas para diferenciarlos: a la denominación del modelo inicial se le añadió la coletilla "a/A", o alter Art (tipo antiguo), mientras que al de cañón largo se le puso "n/A" o neuer Art (tipo nuevo). Al final de la guerra se habían fabricado unas 1.234 unidades, las cuales salieron infinitamente más baratas que los impresionantes obuses de sitio que tanto dieron que hablar y que son conocidos hoy día por todos mientras que, curiosamente, los lanzaminas suelen ser los grandes ignorados.


Aunque inicialmente se emplazaban en campo abierto, como si de una pieza de artillería convencional se tratase, cuando la guerra se enquistó y todo el personal optó por enterrarse en vida en las trincheras fue cuando los lanzaminas acompañaron a la infantería hasta primera línea. Debido a su escaso alcance era imposible emplazarlos con los cañones y obuses en retaguardia, así que se construían emplazamientos en las mismas trincheras que, aparte de proteger a los servidores de la pieza, la hacían totalmente invisible incluso para los observadores que atisbaban el panorama desde sus globos cautivos y los pilotos de la naciente aviación de combate. Arriba tenemos un ejemplo de la configuración de una de estas posiciones, en las que solo un impacto directo que se colase por el mínimo espacio abierto podría silenciar la pieza. Al mismo tiempo, la profundidad a la que se encuentra no le impide abarcar todo su radio de tiro, que recordemos iba desde los 45 a los 75º.


En cuanto a la munición, a continuación veremos los diferentes tipos que se emplearon. En la figura de la derecha aparece el modelo corto inicial. Se trata de un proyectil fabricado de acero cuyas paredes tenían un grosor de apenas 16 mm., mucho menos que, por ejemplo, los 35 mm. del modelo 1912 de 30,5 cm. Recordemos que esta diferencia de grosores era lo que permitía aumentar de forma notable la carga explosiva del proyectil del lanzaminas. La longitud era de 593 mm. y el peso del mismo era de 63 kg., con una carga de 26 kg. de nitrolit, un explosivo alemán empleado para voladuras y compuesto a base de nitrato de amonio y trinitro-anisol. Posteriormente, en 1916, apareció una versión más ligera con un peso de 61 kg. y una carga de 20 kg. Para diferenciarlo del anterior iba pintado con tres bandas negras. En cuanto al alcance, en el modelo inicial era de un máximo de 710 metros, mientras que el otro se alargaba hasta los 840. En la base se aprecia la banda de forzamiento de zinc que le permitía tomar las estrías. Este proyectil era empleado contra alambradas, parapetos, trincheras, posiciones de ametralladoras y morteros. Solo adolecía de poder de penetración debido a su peso, relativamente escaso si se lo compara con el de los obuses de sitio convencionales. No obstante, uno de estos chismes podía enterrarse hasta una profundidad de 9 metros en tierra, lo que los hacía temibles porque podían llevarse por delante líneas enteras de trincheras, y tampoco tenían mucho que envidiar a los 12 metros de tierra y hormigón que podía penetrar un proyectil de 42 cm.


A continuación vemos el destinado a contener fosgeno. Aunque las dimensiones son iguales al anterior, el espesor de las paredes del proyectil era de solo 8 mm. para facilitar la rotura y expansión del gas. El peso total de este chisme era de 61 kg., y la carga explosiva, lo justo para romper la carcasa, era de 290 gramos de TNT con una mezcla de fósforo rojo y arsénico, todo ello embutido en una envuelta de hierro acoplada a la espoleta. Esta última mezcla era lo que favorecía que el fosgeno en estado líquido se convirtiera en gas. La carga era de 23,5 kg. de porquería de esa que aliñaba al personal como no anduviese listo y se pusiera la máscara antigás a toda leche. En lo referente al alcance, en este caso era de 850 metros máximo. Por cierto que, como era habitual en los proyectiles destinados a contener gas, todas las juntas eran selladas para evitar fugas que envenenaran al personal sin que se dieran cuenta, que igual te formaban un consejo de guerra por auto-lesionarte y te mandaban fusilar mientras te asfixiabas.


Por último, mostramos el hermano mayor. Se trata de un enorme proyectil de 102 cm. de largo con un peso total de 94 kg., de los cuales 47 pertenecían a la carga explosiva, en este caso de donarit, un explosivo en escamas fabricado por la Carbonite Co. de Hamburgo compuesto por nitrato de amonio, trinitrotolueno, nitroglicerina y harina de centeno en una proporción de 80-12-4-4. Su empleo era el mismo que el de sus hermanos menores, pero con unos efectos el doble de potentes. Para hacernos una idea, más de 4 veces la carga de un cañón naval de 30,5 cm., o sea, una bestialidad. El alcance máximo era de 550 metros, y en cuanto a las cargas de proyección se distribuían en discos de pólvora sin humo compactada de diferentes pesos. Había tres cargas que se combinaban entre sí para obtener más o menos potencia, cada una de 100, 130 y 155 gramos, más una cuarta que apareció posteriormente de 185 gramos. Como iniciador usaban unos estopines provistos de un frictor que se roscaban en la base del tubo y que había que reponer tras cada disparo. Luego, al parecer, se sustituyeron por un sistema de ignición eléctrico. En cuanto a poder destructivo, ya podemos hacernos una idea. Una carga de 47 kg. de alto explosivo era capaz de aniquilar cualquier refugio, puesto de observación e incluso un bunker construido con hormigón, y todo ello, como ya hemos comentado, por un precio módico si lo comparamos con los proyectiles de la artillería más sofisticada en manos del ejército imperial.


En lo referente a las espoletas, usaron dos tipos. Inicialmente se empleó la que vemos en la figura A, el modelo Z.s.W.M., siglas de Zünder schwerer Wurf-Mine, que en un idioma que podamos entender significa espoleta para proyectiles de lanzaminas pesados. Podía funcionar tanto como espoleta de impacto como de tiempo, en este caso mediante un contador de 1 a 15 segundos con fracciones de 1/5. Si se colocaba el indicador en la cruz negra, entonces actuaba por impacto, dando igual que el proyectil chocase de punta como por la base. La figura B muestra el otro modelo, la Z.s.u.m.W.M, o sea, Zünder schwerer und mittlerer Wurf-Mine, espoleta para proyectiles de lanzaminas pesados y medios. Esta espoleta funcionaba básicamente igual que la anterior, si bien el reglaje de tiempo iba desde los 7 hasta los 21 segundos con fracciones de 1/5. Por lo demás, como se ve en la imagen, estas espoletas llevaban su correspondiente pasador de seguridad que solo se retiraba en los instantes previos al disparo.

Con este tema de las espoletas con retardo es posible que más de uno no se acabe de aclarar respecto a su utilidad. Para ello, hemos confeccionado un par de gráficos que le despejarán cualquier duda. 



En la figura A vemos un proyectil que está impactando en el suelo. Su espoleta ha sido regulada en posición de impacto, así que tal como choca detona según mostramos en la figura B. El resultado de la explosión es el cráter de la figura C, que tendrá una profundidad y un diámetro determinados por la potencia del proyectil. ¿Cuándo se usa entonces una espoleta de impacto? Pues cuando queremos hacer daño a lo que está en la superficie: tropas que avanzan, campos de alambradas, baterías de artillería enemiga, etc. Pero veamos a continuación qué pasa cuando se retarda la explosión:



En este caso, según vemos en la figura A, el proyectil tiene tiempo de enterrarse gracias a su peso. El artillero ha calculado previamente el tiempo que, según le convenga, deberá pasar hasta que detone la carga explosiva. Si por ejemplo pretende actuar contra refugios situados a gran profundidad, regulará la espoleta con bastante tiempo, mientras que si solo desea destruir una trinchera o nido de ametralladoras situado a un metro bajo el nivel del suelo bastarán un par de segundos. Así pues, una vez que el proyectil explota como vemos en la figura B la tremenda onda expansiva producirá un derrumbamiento en todo su entorno, en este caso derruyendo la trinchera, haciéndola desaparecer y sepultando a todos sus ocupantes. Chungo, ¿qué no? En definitiva, cuando uno de estos lanzaminas entraba en acción lo tenía uno complicado para salir vivo del brete, porque incluso metido en un refugio a varios metros de profundidad podía uno palmarla y desaparecer para siempre, sepultado bajo toneladas de tierra. Así pues, las situaciones en que era aconsejable el uso de espoletas de retardo eran las preparaciones artilleras previas al ataque, la destrucción de posiciones fortificadas, refugios, trincheras, observatorios, etc. Y, aparte del indudable poder destructivo de estas armas, no debemos olvidar el brutal impacto psicológico que sufrían aquellos que caían bajo su radio de acción. Si una traca valenciana de las gordas lo deja a uno atronado un rato, y hablamos de unas decenas de kilos de pólvora negra, ¿qué no será el estampido seco e instantáneo de cientos de kilos de alto explosivo. Y como una imagen vale más que tropocientos discursos, las de abajo creo que reflejan perfectamente los efectos de estos devastadores proyectiles.



Para curiosos y cinéfilos, las imágenes corresponden a la película "Un largo domingo de noviazgo", dirigida en 2004 por Jean-Pierre Jeunet y, a mi entender, una muy buena cinta.


En fin, creo que no olvido nada importante. Con lo explicado ya podemos tener claro de qué iba el tema de los morteros de trinchera, en especial este pavoroso lanzaminas que fue el terror de sus enemigos durante todo el conflicto. Sin embargo, este diseño no trascendió a la guerra debido ante todo a lo engorroso de su manejo por su excesivo peso, y el que acabó triunfando fue el concepto desarrollado por el británico Stokes, pero de eso ya se hablará en su momento.

Y vale por hoy, que es sábado sabadete.

Hale, he dicho