Mostrando entradas con la etiqueta Murallas urbanas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Murallas urbanas. Mostrar todas las entradas

lunes, 21 de septiembre de 2020

CÁMARAS DE TIRO

 

Cámaras de tiro del cubete artillero del Alcázar de Arriba, en Carmona (Sevilla). Este proto-baluarte, construido en tiempos
de los Reyes Católicos, barría de flanco las murallas norte y oeste. La foto nos muestra las cámaras de tiro que circunvalan el recinto con forma de herradura


En su día vimos con detalle el desarrollo de las aspilleras, las troneras y los buzones, diferentes tipos de aberturas para poder disparar a través de ellas contra los enemigos sin que este tuviera muchas posibilidades, por no decir ninguna, de replicar al defensor que lo estaba escabechando bonitamente a flechazos, virotazos, arcabuzazos o incluso cañonazos. Sin embargo, las aspilleras más primitivas adolecían de un problema: el grosor de los muros, a veces de dos metros o más, limitaba mucho el ángulo de tiro aún cuando el abocinamiento y el derrame fuese generoso. De hecho, lo que solemos encontrar es lo que vemos en la foto de la derecha, unas ínfimas rendijas que, situadas a gran altura en lo alto de la muralla, dan lugar a un ángulo muerto de varios metros a partir de la misma. Es decir, que todo aquel que lograra situarse a menos de seis o siete metros de la muralla, 
 o a veces incluso más, se volvía invisible, y solo si había cerca una torre de flanqueo se le podía seguir hostigando si bien el defensor corría el riesgo de que un ballestero enemigo lo dejase seco en el momento en que se asomaba por una almena. Estos probos homicidas tenían la fea costumbre de acechar los movimientos de los defensores bien protegidos tras gruesos manteletes de forma que, en el momento en que tenían ocasión, soltaban un virotazo al imprudente y se relamían satisfechos cuando los oían pegar un berrido, señal inequívoca de que habían hecho blanco.

Bien, aunque las aspilleras son un invento bastante antiguo ideado por el prolífico Arquímedes durante el cerco a Siracusa entre los años 214 y 212 a.C., lo cierto es que no llegaron a Europa hasta el siglo XII, como está mandado de la mano de los cruzados que tuvieron ocasión de verlas. De hecho, en la muralla construida por Teodosio en Constantinopla disponían de amplias cámaras de tiro destinadas a albergar escorpiones y cheirobalistras para hostigar a los visitantes non gratos. Como ya podemos suponer, los árabes también hacían uso de este dispositivo defensivo como el que vemos en la foto A, correspondiente al castillo de Haruniye, construido en 785 por el califa abasí Harun al-Raschid (c.763-809) en la actual provincia de Osmaniye, en Turquía. Este castillo, que se yergue en la cima de un empinado risco, contiene once cámaras similares distribuidas a lo largo de las murallas norte o noroeste. La de la foto B pertenece al castillo de Kantara, al norte de Chipre, y aunque las que se conservan datan de principios del siglo XIII, están basadas en las construidas por los bizantinos hacia los siglos X-XI.

¿Y qué hacían mientras tanto en los castillos europeos? Pues cabe suponer que disparar a través de las almenas protegiendo el cuerpo tras un merlón, que para eso se inventaron. La aparición de las aspilleras obviamente disminuyó las probabilidades de que un enemigo lograra acertar a un defensor al mismo nivel que las de que un político se vuelva honrado. No obstante, ya vimos al comienzo que sus mínimas dimensiones sumadas al generoso espesor de un muro limitaba enormemente el ángulo de tiro, sobre todo hacia abajo, tal como vemos en el gráfico de la derecha. A pesar del acentuado derrame que muestra la aspillera la posibilidad de apuntar hacia abajo es bastante escasa, y más si tenemos en cuenta que un arco requiere un espacio libre por delante para que al soltar la cuerda no golpee el muro y dañe las palas, lo que obliga al arquero a situarse a cierta distancia del mismo disminuyendo aún más el ángulo de tiro. Y si el muro es el doble de grueso, pues ya podemos dar por hecho que dicho ángulo se reducirá aún más. ¿Cómo solucionarlo? Pues metiendo al arquero en el muro.

En este gráfico vemos la sección de una cámara de tiro, que en sí no es más que un nicho con las dimensiones necesarias para que uno de estos probos homicidas ejerza sus habilidades cómodamente. Como podemos apreciar, al avanzar hacia la parte interior de la aspillera el arquero puede apuntar mucho más abajo, para lo cual incluso se ha añadido un pequeño derrame que permitiría enfilar a un enemigo que corretease a escasa distancia de la muralla, logrando en algunos casos ángulos de tiro de apenas 5º. Por otro lado, las amplias dimensiones de la cámara permiten a nuestro hombre mover su arma en cualquier ángulo sin estorbos ya que tiene una altura superior a la suya. Y ya que hay espacio de sobra, pues el ingeniero que diseñó el castillo llegó a la conclusión de que era una chorrada desaprovechar el espacio disponible labrando una aspillera birriosa, así que hizo una abertura vertical que abarcaba toda la altura de la cámara de forma que los defensores podían apuntar incluso a enemigos que merodeasen a bastante distancia de su posición. Otra cosa es que les acertasen, pero poder, podían disparar hacia donde les diera la gana.

Puede que alguno se pregunte que para eso no hacía falta fabricar una cámara de tiro. Bastaría hacer la aspillera hasta el nivel del suelo y ya está. El arquero seguiría disparando desde fuera del muro, pero con el derrame de esta nueva aspillera extra-larga no vería mermado su ángulo de tiro. Cierto, pero eso tenía unos problemillas, y no despreciables. Veamos el gráfico de la derecha, donde hemos construido una aspillera 4XL para no tener que fabricar la cámara de tiro. El derrame, que hemos marcado de rojo, tiene dos graves inconvenientes, a saber: uno, debilita la parte superior del muro de la planta situada debajo. Un bolaño que acierte en ese lugar abriría un boquete e inutilizaría la aspillera y, lo que es peor, podía producir un serio desperfecto en el arranque de la bóveda, cuando no un derrumbe de la misma; y dos, observen las flechitas rojas, cuya alevosa trayectoria es una trampa mortal si llegan a entrar por la aspillera. Si golpean en el derrame lo más seguro es que salgan desviadas hacia arriba, acertando al arquero. ¿Qué las aspilleras era muy estrechas y que colar por ahí una flecha era muy difícil? Sí, eso dije. Pero las aspilleras normales. Estas, al estar el tirador mucho más alejado de la abertura tenían que ser más anchas, más o menos como la palma de una mano, para no dejar el ángulo de tiro horizontal limitado poco menos que a 0º. 

¿Qué algo parecido podría pasar en una cámara de tiro? Podría, aunque con menos probabilidades porque, como vimos antes, el derrame está limitado a unos pocos centímetros en la parte inferior de la aspillera. No obstante, siempre podía construirse un pequeño parapeto de escasa altura como el de este gráfico. Como vemos, dicho parapeto no influye para nada en la puntería hacia una cota inferior, y detendría sin problemas cualquier proyectil dirigido hacia la aspillera, ya fuera un virote, una flecha o una bala de arcabuz. Y aprovechamos este dibujito, que ya he hecho bastantes por hoy, para reseñar que las cámaras de tiro para ballesteros eran más bajas que las destinadas a arqueros por razones obvias: una ballesta no requiere altura, sino anchura. ¿Qué por qué se limitaban a los ballesteros y no daban opción a poder usarlas tanto arqueros como ballesteros? Bueno, ya sabemos que el arco fue un arma con una difusión muy limitada en Europa, siempre tras la supremacía de la ballesta. En los reinos cristianos de la Península no se usó otra cosa que la ballesta, un arma que en campo abierto estaba en inferioridad respecto al arco pero que tras un parapeto era devastadora tanto por su potencia como por su precisión. Una ballesta podía estar cargada durante horas mientras que el ballestero acechaba a su próxima víctima, y en cuanto alguien asomase la cabeza sería hombre muerto. Un arco requería primero tensar la cuerda, tiempo suficiente para que el que asomó la cabeza la volviera a esconder. En fin, de las ventajas e inconvenientes de ambas armas ya se ha hablado varias veces y no vamos a redundar en ello. En todo caso, ya sabemos por qué motivo se crearon las cámaras de tiro. Veamos a continuación algunas tipologías...

A la izquierda tenemos dos ejemplos. La foto A muestra una aspillera de palo de Carcassonne (Francia), que presenta en su parte inferior un pequeño ensanchamiento para el derrame. Obsérvese que algunos sillares muestran unas protuberancias que pueden hacer pensar que se trata de piezas mal labradas. No es así. En realidad era un sutil método de aumentar el grosor del muro ahorrando material y peso que ya usaban los romanos. Dichas protuberancias, repartidas de forma un tanto aleatoria alrededor de la aspillera, reforzaban la zona del muro más delgada contra los impactos de bolaños lanzados por manganas o fundíbulos. La foto B muestra una aspillera de cruz y palo del castillo de Warkworth (Northumberland, Inglaterra) con un notable ensanchamiento en el derrame que aumenta sensiblemente el ángulo de tiro hacia abajo, que es de donde verdad provenía el peligro. Si observan a través de la ranura verán como un pequeño murete protegía al arquero o ballestero que disparaba a través de la aspillera, en este caso más susceptible de que se colase un proyectil enemigo precisamente a causa de la abertura inferior que le proporcionaba un ángulo de tiro mayor.

Veamos la parte interna de las cámaras de tiro donde se abre este tipo de aspilleras. La de la foto A pertenece al castillo de Caernarfon, en Gales. Muestra un amplio nicho que permitiría a un arquero adosarse a un lado u otro a la hora de apuntar de manera que tendría unos 90º de ángulo de tiro horizontal. En la zona inferior se observa a pesar de la luz que entra del exterior el ensanchamiento del derrame. La foto B pertenece a la cerca urbana de Aigues Mortes, en la Occitania, y curiosamente están casi a ras del suelo por lo que cabe pensar que en sus tiempos estaba precedida de un foso. Esta cámara de tiro presenta dos curiosos detalles: uno, los poyetes destinados a los guardias porque no creo que usasen ese sitio como cortejador, que era el nombre que recibían los tabucos ventaneros provistos de esos bancos de piedra. Pero lo más interesante quizás sean los salientes que vemos a la mitad de la cámara, que podrían seguramente ser usados para instalar una plataforma de madera para acoger a dos tiradores aprovechando la gran altura del nicho, que debía rondar los 2,5-3 metros de altura. De ese modo y ya que por ancho que fuese nunca podría ser usado por dos hombres uno al lado del otro, nada más acertado que ponerlos uno sobre otro. Más adelante veremos ejemplos similares.

Cuando empezaron a propagarse las armas de fuego, estas convivieron durante muchos años con las ballestas, por lo que se fabricaron aspilleras aptas para el uso de ambas armas. La más difundida era la de cruz u orbe. Algunos afirman que la cruz era un simple aditamento decorativo que a mi entender se me antoja un trabajo inútil, cuando no perjudicial ya que daba más sitio al enemigo por donde colar un proyectil. Lo lógico es que se usara la cruz para la ballesta y el orbe para el trueno de mano o el arcabuz y, de hecho, muchas aspilleras de cruz- se conservan bastantes tal cual- habrían sido modificadas con la adición del orbe al aparecer las armas de fuego. En la foto A mostramos una cámara de tiro con aspillera de cruz del castillo de Corfe, en Dorset. Como vemos, es mucho más baja que las destinadas a albergar un arquero, tal como se señaló anteriormente. El ballestero que la servía podía disparar tanto de pie como rodilla en tierra. La de la foto B es del castillo de Santa María da Feira, en el distrito de Aveiro (Portugal). Aquí vemos dos troneras de cruz y orbe que defendían el acceso al recinto con una posición muy peculiar, una sobra otra. Solo cabe pensar que estos no se complicaron la existencia: uno tiraba con un arcabuz tumbado en el suelo y otro de pie con arcabuz o ballesta.

Algo parecido, pero más sofisticado, debió pensar el constructor del castillo de Raglan, en el sureste de Gales, que vemos en la foto A. Las mortajas que se aparecen a los lados de la cámara podrían servir para instalar una plataforma destinada a un tirador situado en la parte superior si bien la estrechez del nicho hace pensar que sería un arcabucero. En la parte inferior y viendo el diámetro de la tronera, así como la losa que protege del rebufo del disparo, imagino que emplazarían una pequeña pieza de artillería como una cerbatana o un ribadoquín. La foto B, del castillo de la Latte, en Bretaña, muestra otro tipo de cámara de tiro bastante amplia, en este caso para tres armas: dos arcabuces en los lados y en el centro cualquier cosa que disparase, ya fuese un arco, una ballesta o un arcabuz gracias a su larga aspillera de orbe y palo o de cerradura invertida, como prefieran.

Ya en el siglo XV y con las armas de fuego totalmente implantadas, se crearon o modificaron las cámaras de tiro para hacerlas más adecuadas al uso de este tipo de armas. La foto de la izquierda, perteneciente al castillo de Coetfrec, construido en 1462 en Ploubèzre, Bretaña, nos muestra una cámara de tiro provista de un pequeño nicho en un lateral a modo de repuesto para disponer de cierta cantidad de pólvora y municiones, virotes de ballesta o incluso una bota de alpiste para las gélidas noches de guardia. La cámara, provista de una tronera de orbe y palo fabricada con piedra, estaba situada en un nivel superior. Obsérvense los mechinales que hay justo debajo de la cámara donde se empotrarían las vigas para sustentar una escalera o quizás unas ménsulas para soportar la tablazón de un entresuelo. En todo caso, y dejando de lado el hueco lateral que la hace más peculiar, este tipo de cámara de tiro se convirtió en el más difundido por toda Europa para las armas de fuego: un nicho con bóveda de medio punto o escarzana y una tronera de orbe y palo o cruz y orbe.

Y del mismo modo que los truenos de mano y posteriormente los arcabuces se fueron haciendo los amos del cotarro, la artillería ligera también se fue extendiendo en las fortificaciones neurobalísticas con cerbatanas, ribadoquines e incluso falconetes que, cargados con pelotas de hierro podían responder al fuego de las bombardas de los enemigos y, cambiando la munición por pedernales o ferralla, perpetrar verdaderas escabechinas entre los asaltantes que se aproximasen a la muralla, bien batiéndolos de frente con fuego cruzado o, más efectivo aún, de flanco cuando intentasen lanzar escalas o adosar a la muralla una máquina de aproche. Para ello se construyeron o modificaron cámaras de tiro como las que vemos en la ilustración superior, ambas del castillo de Mula, en Murcia, construido a principios del siglo XVI por el marqués de los Vélez con medios defensivos propio de la época. En este caso vemos que ambas cámaras disponen de mortajas y entalladuras diseñadas para emplazar bocas de fuego de pequeño calibre de forma que pudiesen contener su retroceso sin salir disparadas del nicho a causa del mismo. Ojo, no confundamos estas cámaras con las casamatas artilleras ya que estas tenían el abocinamiento y el derrame por la parte exterior, y estaban destinadas a piezas de mayor calibre.

Está de más decir que una cámara de tiro podía situarse en cualquier punto que se considerase adecuado, desde el antemuro o las torres de flanqueo a los recintos y dependencias interiores, incluyendo la torre del homenaje que, al cabo, era la fortificación más potente de un castillo y el último reducto defensivo en caso de que los enemigos lograran asaltarlo de forma exitosa. Y para ello, aparte de las aspilleras o troneras convencionales, se habilitaban como cámaras de tiro los tabucos ventaneros donde, en tiempo de paz, las damas pasaban las horas dándole a la aguja o contándose los devaneos de doña Fulana con el gentil trovador Mengano, o los caballeros urdían sañudas venganzas contra el vecino o planeaban la próxima cabalgada a tierras moriscas para recordarles que no pararían hasta echarlos a patadas al mar. El que vemos a la izquierda se encuentra en el castillo de Caldicot, Gales, y bajo el alféizar de la ventana podemos ver una aspillera de cruz. Este tabuco proceda seguramente de las obras que llevó a cabo Thomas de Woodstock en 1381, cuando en la convulsa Inglaterra de la época rodaban cabezas de villanos, nobles y monarcas como quien juega a los bolos.

Alguno se dirá que usar como elemento defensivo un tabuco con una ventana no parece muy sensato, pero las ventanas, como se explicó en su día, estaban muy bien protegidas precisamente para impedir que un bolaño o una pella entrase por la misma con las consecuencias que podemos imaginar. A la derecha vemos uno de los tabucos de la Torre das Águias, una casa fuerte que se yergue cerca de Brotas, en el distrito de Évora, Portugal, y que fue construida en 1520 por Nuno Manuel. En sus dos plantas señoriales dispone de varios de estos tabucos para dar la bienvenida a los cuñados que se aventuraban a pasar por ese aislado paraje. La foto izquierda muestra uno de ellos en el que, como vemos, se abre un vano de generoso tamaño. Bajo el alféizar tenemos una tronera de cruz y orbe, y si nos fijamos en los muros laterales, a media altura se pueden ver los huecos para un alamud. En la foto de la derecha hemos recreado el tabuco en situación de defensa. Una buena reja trabada podía detener un bolaño, pero no un virote o una bala, por lo que la gruesa ventana que se colocaba tras la reja para impedir el paso del frío o la humedad se atrancaba con el alamud, cerrando por completo la dependencia. Cuando visiten un castillo con tabucos ventaneros verán que en los poyetes y en la parte superior de las jambas aún perduran las gorroneras donde se alojaban los goznes de estas ventanas. Así pues, con todo bien cerrado, a los defensores les bastaba situarse en estos tabucos para hostigar a los enemigos como en una cámara de tiro convencional.

Bueno, criaturas, con esto creo que no se me queda nada atrás. Espero que les haya resultado ilustrativo y puedan ilustrar a propios y extraños con este dispositivo de defensa que, por lo general, suele pasar desapercibido.

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONADAS:



Curiosa cámara de tiro "biplaza" del castillo de Santa María da Feira. La verdad, no sé si la idearon para dos hombres o para 
aumentar el campo de tiro de uno solo. En todo caso, lo cierto es que está prácticamente al ras del suelo, y que su escasa altura obligaría a los defensores a disparar rodilla en tierra o tumbados. Obsérvese el ennegrecimiento de la parte delantera de la cámara a causa del humo producido por los disparos

jueves, 17 de septiembre de 2020

BARBACANAS Y ANTEPUERTAS


Fotograma de la cinta "Juana de Arco" (1999), de Luc Besson, que muestra la llegada de la alucinada doncella a Orleans.
Ante el río se ve el puente de las Tourelles, defendido por una potente barbacana que los british (Dios maldiga a Nelson)
reforzaron con un fortín de madera precedido de un foso

Repasando las entradas sobre temas castrales, me he percatado de que solo se mencionó en su día a las barbacanas como un palabro usado de forma errónea como sinónimo de antemuro. Para los que no lo leyeran, cito textualmente a Alberto de Aquisgrán cuando en su Historia de Jerusalén comenta que sus murallas tenían un “…ANTEMVRALE QVOD VULGO BARBICANAS VOCAMVS”, un "antemuro que llamamos vulgarmente barbacana". Bien, la cuestión es que un antemuro, también denominado como barrera o con el galicismo falsabraga, era un segundo perímetro defensivo que rodeaba todo o parte de una fortificación o cerca urbana. Y la cosa es que en la Península se tomó dicho término como válido a pesar de que, en realidad, en la castramentación hispana es un elemento defensivo prácticamente inexistente. Según Covarrubias en su Tesoro de la Lengua Castellana o Española, una barbacana es "la muralla baxa, cerca del foso que está deláte del muro". En una segunda acepción añade que es un término latino, "ANTEMVRALE POMERIVM, dicho assi porque defiende y adorna la fortaleza en lo exterior como alla dentro de los palacios". 

Por lo tanto, cuando vemos imágenes como esta que muestra el acceso al castillo de Ponferrada y nos dicen que es la barbacana, pues nadie protesta vehementemente y acepta que, en efecto, se trata de dicho sistema defensivo. Sin embargo, en realidad lo que estamos viendo es una puerta flanqueada por dos torres, norma incuestionable en todos los manuales de "Defienda su castillo Vd. mismo". O sea, eso no es una barbacana, sino un antemuro, y las dos torres y el macatán son simples aditamentos para mejorar su defensa, pero no es una barbacana que, por lo general, es como se denominan a las pequeñas fortificaciones- y algunas no tan pequeñas- avanzadas o exentas del recinto principal y unidas a este mediante caminos cubiertos o pasadizos. Por norma, se construían para mejorar la defensa en puntos especialmente sensibles como puertas, puentes, desenfiladas y, en definitiva, cualquier sitio que el enemigo pudiera aprovechar en caso de asedio.

La etimología del palabro, de ignota procedencia, no aclara demasiado las cosas porque según la fuente tiene su origen en la abominable lengua de los anglosajones, mientras que otras la consideran germánica y otras de procedencia árabe. En este caso aceptan bäb al-báqqara (puerta de las vacas), lo que no me cuadra ya que designa el acceso a los vacares, los recintos que algunos castillos destinaban para guardar el ganado de la población bajo cuyo abrigo vivían en caso de ser atacados por una razzia de malvados agarenos adoradores del falso profeta Mahoma o, en caso contrario, de bondadosos cristianos deseosos de hacerles ver que sus impías creencias eran una abominación. Otros optan por el término persa bâlâ-khanech, de donde proviene balcón en el sentido a una dependencia situada en la parte alta de una vivienda para su defensa. Los partidarios de la etimología anglosajona consideran que proviene de "barge kenning", que a su vez tiene su origen en la palabra alemana "bërgen" (cubrir, proteger) y "kenning" (vista, ver en el sentido de vigilar). Como vemos, hay para todos los gustos si bien en lo que a mí respecta me inclino por su origen árabe-persa por una sencilla razón: los hititas ya usaban este tipo de fortificación siglos antes de los tiempos de Cristo, así que no iban a ponerle un nombre derivado de unos ciudadanos de cuya existencia no tenían ni idea. Sea como fuere, lo que sí parece cierto es que el término en inglés barbicane, en francés barbacane, en italiano barbacani, en alemán barbakane o en portugués barbacão tienen su origen en el español barbacana, donde curiosamente le damos un uso inexacto.


Uno de los ejemplos más tempranos lo tenemos en la ciudad de Sam'al, al sudeste de la península de Anatolia. Fundada por los hititas allá por el 1700 a.C. con el nombre de Yadiya y posteriormente ocupada por los arameos, la población estaba protegida por una doble muralla circular y en cuyo centro se erguía un castillo. La muralla, defendida por cien torres, tenía tres accesos orientados hacia levante y poniente flanqueadas por sendas parejas de torres y otro, el más importante, hacia el sur, que es el que vemos en la reconstrucción de la derecha. Como podemos observar, esta entrada estaba fortificada con una barbacana que avanzaba hacia el exterior y se dividía en dos partes bien diferenciadas a distintos niveles. Este principio defensivo se seguía usando siglos después en las fortificaciones pirobalísticas, basado en que las obras exteriores debían ser de menor altura a medida que avanzaban hacia el glacis para que, caso de ser invadidas por los enemigos, pudieran ser batidas desde una posición más ventajosa por la zaga. En este caso, los atacantes debían vulnerar dos puertas con un patio interior entre ellas y, si alguno lograba traspasar esta barrera, aún le quedaría otra más para poder acceder al interior de la ciudad. En resumen, que no era nada fácil.


Otro ejemplo, más tardío ya que data del siglo VIII a.C., lo tenemos en la ciudad de Karatepe, donde el rey Azitawatas mandó erigir una fortaleza no lejos de la anterior. El recinto tenía dos accesos, uno al norte y otro al sur fortificados con sendas barbacanas de aspecto similar. La que vemos en la reconstrucción de la izquierda corresponde a la del lado norte y, como se puede apreciar, era básicamente una puerta en recodo protegida por torres de flanqueo desde donde podrían hostigar de frente y por los flancos a los atacantes. La barbacana sur era aún más peligrosa ya que de la torre más avanzaba salía una cortina que corría paralela a la muralla, formando un largo pasillo para moler a collejas a los invasores y darles la puntilla si llegaban medio vivos al recodo. 


Como vemos, cuando apareció en Europa allá por los siglos XII-XIII la barbacana estaba ya más que inventada, extendiéndose por Francia, Italia, Inglaterra y Centro Europa, seguramente de la mano de los cruzados y las órdenes militares que retornaban al terruño hartos de las solaneras, simunes y alacranes de Tierra Santa. A la derecha podemos ver un ejemplo de barbacana destinada a defender el acceso de una cerca urbana, en este caso la de Caen en Francia, edificada por Felipe Augusto tras arrebatarle la ciudad a Juan Sin Tierra en 1202. Como podemos ver, se trata de una pequeña fortificación cuadrangular provista de cuatro torres de flanqueo a la que se accedía con toda seguridad por un puente levadizo que actualmente es una simple pasarela. El acceso a la ciudad se llevaba a cabo por otra pasarela, formando así una puerta con patio interior en recodo. En la foto principal se puede apreciar dicha puerta que, por lo que podemos ver, también disponía de diversos elementos defensivos. Así pues, este edificio es lo que en puridad se podría considerar como una barbacana reglamentaria que, además, está construida a un nivel inferior conforme al principio de defensa escalonada que, según comentamos anteriormente, se conservó en las fortificaciones pirobalísticas.


Veamos otro ejemplo, este en East Sussex, en la brumosa Albión. Se encuentra en el castillo de Lewes, y fue construida en el siglo XIV sobre el foso que circunvalaba la mota castral original mandada construir por William de Warenne a finales del siglo XI. En este caso se trata de un edificio a modo de torre-puerta defendido por dos grandes escaraguaitas en los flancos y un matacán sobre la puerta. Si observamos la foto de la derecha podemos ver la distribución interior del recinto, con una primera puerta al fondo, seguramente precedida por un puente levadizo, un pasillo, un patio interior y una segunda puerta tras la cual se iniciaba una curva que llevaba al castillo, no sin antes tener que cruzar por una tercera puerta instalada en el muro que vemos tras la barbacana. Como podemos imaginar, franquear una de estas defensas era bastante complicado ya que no había posibilidad de adosar máquinas de batir o torres de asalto. 


Y además de defender murallas y castillos, tenían un papel primordial en la defensa de puentes, como ya se ha dicho. Quizás la más famosa sea la que defendía el Puente de las Tourelles (Puente de las Torrecillas), que daba acceso a la ciudad de Orleans sobre el río Loira, que corre al sur de la misma. Este puente, de 21 arcos nada menos, fue construido entre 1120 y 1140, para ser finalmente demolido en 1760 por su pésimo estado. En 1417 fue fortificado con una potente barbacana en la ribera izquierda más un pequeño fortín en la isla de San Antonio, a unos 100 metros de la orilla derecha donde se encontraba la cerca urbana. A la derecha tenemos un grabado que nos muestra una reconstrucción de la barbacana según Viollet-le-Duc y que presenta un primer recinto rodeado por un foso inundado al que se accedía por un puente levadizo. Haciendo un recodo se enfilaba un segundo puente que daba paso al segundo recinto que, conforme a los cánones de la época, tendría dos o más rastrillos, buhederas y puertas bien gordas para detener al más pintado. Les Tourelles fue el principal reducto de John Talbot durante el cerco a Orleans hasta que cayó en manos de los gabachos (Dios maldiga al enano corso) al mando de Jean de Dunois y el asesoramiento espiritual de Juana de Arco.


Ojo, no solo en Occidente proliferaron este tipo de fortificaciones. En Oriente también se construyeron algunas verdaderamente impresionantes, siendo las de Alepo las que sin duda de llevan a palma. El edificio más significativo es sin duda la potente torre que cierra el paso en la larga y empinada rampa que cruzaba el foso y conduce a la aún más impresionante puerta de acceso (llevo la torta de tiempo preparando un artículo sobre Alepo, que conste), construida por el último sultán mameluco  al-Malik al-Axraf Qānṣawh al-Ḡawrī. Este probo agareno edificó además las dos torres o barbacanas exentas situadas al norte  y al sur de la ciudadela, y a las que se accedía mediante pasadizos secretos desde el interior de la muralla, por lo que era imposible entrar a ellas desde fuera como no fuese trepando por el muro o volando. Dichas barbacanas podían actuar como albarranas en caso de asedio, y por su tamaño y capacidad defensiva quitarían las ganas de avanzar a cualquier tropa invasora que, además, tendría que encaramarse por el empinado talud que lleva a la muralla. En la foto inferior podemos ver ambas fortificaciones que, con la que tienen liada en Siria, me temo que cuando acaben de matarse entre ellos van a quedar bastante perjudicadas. 





Bien, grosso modo lo que acabamos de ver son barbacanas en toda regla que no tienen nada que ver con puertas de antemuros ni nada por el estilo. Como hemos visto, se trata de edificios exentos con capacidad por sí mismos de resistir ataques en toda regla por parte de los enemigos. Pero la llegada y posterior propagación de la artillería empezó a relegar a la obsolescencia a las barbacanas junto a los castillos medievales que defendían, por lo que hubo que modificarlas para mantenerlas en servicio. Esta evolución de la barbacana dio lugar a unos proto-baluartes como los que vemos en la imagen, correspondiente al castillo de Salses construido entre 1497 y 1503 por orden de Fernando el Católico cuando el Rosellón aún pertenecía a la corona de Aragón. Como vemos, se trata de una fortaleza de transición embutida en un extenso foso, con torres y murallas con parapetos a barbeta y cañoneras para artillería. 




Según podemos apreciar en la foto superior, la barbacana, situada en el lado sur, se dividía en dos partes, una inicial más pequeña dotada de un puente levadizo y otra de mayor altura a continuación provista de dos bocas de fuego. El acceso al castillo se realizaba mediante el puente de rigor. Pero además tenemos dos obras exteriores dignas de mención: al este, otra barbacana que vendría a ser una caponera o barrefosos tempranos que en Francia recibieron el nombre de boulevard, y al noroeste otra similar con un través cerrando el paso al foso. Así pues, ya vemos cómo estas fortificaciones medievales fueron evolucionando hasta convertirse en baluartes, revellines y caponeras, obras exteriores exentas que cumplían exactamente la misma misión que las barbacanas: defender accesos y zonas comprometidas, por lo que estas no se acabaron extinguiendo como otros tipos de defensas, sino que evolucionaron con el tiempo y permanecieron operativas hasta la desaparición de los fuertes pirobalísticos en el siglo XIX.


Y visto esto, ¿qué es entonces lo que en los reinos peninsulares se consideraba una barbacana además de los antemuros? Pues las antepuertas. La antepuerta era básicamente un muro de menor altura que la muralla y cuya puerta estaba por norma situada en un trayecto desenfilado respecto al acceso al recinto principal, ya fuese cerca urbana o castillo. A la izquierda podemos ver la que defendía el acceso del castillo de Sigüenza, en Guadalajara, construida por el cardenal Pedro González de Mendoza a finales del siglo XV. El muro, de menos espesor que la muralla principal, solo dispone de una ladronera almenada para defender la puerta. Tras la misma se observa una antigua, tapiada en tiempos anteriores, y a la izquierda, entre dos torres y superada por una buhedera, vemos la puerta principal. La misión de las antepuertas era en sí la misma que la de las barbacanas, pero adosadas al castillo y con muchos menos elementos defensivos.


Alguno me dirá que se ha pateado mogollón de castillos y no ha visto ni una antepuerta y, ciertamente, es así. Pero no porque no hayan existido, sino porque fueron demolidas o simplemente se cayeron de viejas hace la torta de años. Sin embargo, eran una defensa bastante frecuente porque, además, eran bastante baratas y fáciles de construir. Gracias al "Livro das Fortalezas" de Duarte de Armas podemos ver que la mayoría de los castillos portugueses contaban con este elemento defensivo. El plano de la derecha corresponde al castillo de Castro Marim, en el Algarve, y nos muestra las dos antepuertas que defendían los dos accesos del castillo. Como vemos, ambas tienen sus puertas desenfiladas, formando un símil a las puertas en recodo andalusíes.


Con todo, sí se conservan algunas. Por ejemplo, en el castillo de Medellín, Badajoz, cuya entrada estaba defendida por una antepuerta con una ladronera y una pequeña torre de flanqueo. La puerta principal está junto a la torre del homenaje, por lo que los asaltantes que lograran vulnerar la antepuerta debían cruzar el patio interior de la misma hostigados desde la muralla y la torre, y sin espacio para maniobrar con un ariete por muy birrioso que fuera. Coligo que este tipo de defensas con posibilidad de hostigamiento de flanco  desde la muralla antes de llegar a las mismas tenían su inspiración en las torres-puerta en recodo andalusíes más que en las barbacanas. De hecho, su distribución es igual con la diferencia de que, en este caso, sustituían la torre por un muro, lo que abarataba costes.


Y por añadir una más, veamos la antepuerta del castillo de Terena, en Portugal. En este caso se trata de una modificación realizada hacia 1514 por Francisco de Arruda ya que la anterior tenía la puerta alineada con la del castillo y, además, orientada hacia la calle mayor de la población. Por lo tanto, se optó por abrir un vano desenfilado y orientado hacia el lado opuesto de la calle, no fueran a meterle un alunizaje en forma de ariete a lo bestia. Al carecer del grosor necesario para que la recorriera un adarve, cabe suponer que al menos dispondría de una pasarela de madera con una escala para acceder a ella y, caso de verse superados por los enemigos, bajar de inmediato y encerrarse en el castillo. 

En fin, podríamos mostrar bastantes más ejemplos de las antepuertas que ha habido o que aún perduran en la Península, pero con las que hemos visto ya sabemos cómo eran y para qué servían, así como sus notables diferencias respecto a las barbacanas europeas, algunas de las cuales eran por sí solas un castillo en toda regla. Como ejemplo nos vamos a la ilustración de cierre, que muestra la barbacana de la cerca urbana Cracovia antes de su demolición en el siglo XIX. Construida a finales del siglo XV, estaba circunvalada por un matacán, y para su defensa contaba con 130 buzones. Como se puede ver, la precedía un puente levadizo para cruzar el extenso foso que llegaba hasta la muralla hoy desaparecida que, a su vez, también tenía otro puente ante su puerta de acceso. Afortunadamente, la barbacana al menos sí se conserva en perfecto estado.

Bueno, criaturas, con esto aumentamos la colección de artículos dedicados a elementos defensivos castilleros. Y ojo, cuando algún cuñado señale un antemuro afirmando que es la barbacana, a saco con él.

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONADAS:

PARTES DEL CASTILLO: ANTEMUROS

SISTEMAS DEFENSIVOS: TORRES-PUERTA 1ª PARTE

SISTEMAS DEFENSIVOS: TORRES-PUERTA 2ª PARTE

PUENTES LEVADIZOS



martes, 28 de abril de 2020

Técnicas constructivas. La mampostería


Castillo de Cortegana, en Huelva, un magnífico ejemplo de construcción de mampostería. Formó parte de
la Banda Gallega, la línea defensiva creada para contener las incursiones de los portugueses procedentes de Beja
y Olivenza, por aquella época bajo el dominio de Portugal

Bueno, mientra se me pasa el atocinamiento protoprimaveral y repasando mis notas y tal resulta que los gráficos acerca del mampuesto están casi todos terminados desde que Noé hizo la primera comunión, por lo que aprovecho para dar cuenta de esta técnica constructiva que no es menos interesante que el tapial y, además, es quizás la que más abunda en la Península salvo en Portugal, más rico en granito del bueno sobre todo en su mitad norte.

Vista del castillo de Hierro (Pruna, Sevilla), tomada desde el castillo de
Olvera (Cádiz) En el círculo se ven los cortes de donde se extrajo la piedra
para la construcción del edificio. En el detalle podemos verlo de cerca
El mampuesto era la solución barata a la sillería, un material que podía resistir el paso de los siglos prácticamente sin inmutarse pero que, a cambio, salía muy caro. En primer lugar, si no había disponibilidad de piedra de calidad en las cercanías había que traerla de lejanas canteras con el consiguiente gasto del acarreo. Por otro, era imprescindible contratar una cuadrilla de canteros bajo la dirección de su MAGISTER PETRVM, que no solían vender baratos sus servicios aunque fuera para edificar una caseta para el perro. Por último, era un material que alargaba enormemente la conclusión de una obra. Mientras que un cantero daba forma a un sillar, un par de albañiles completaban una hilada de mampostería, y eso en un edificio de enormes dimensiones como una cerca urbana o un castillo se traducía en un ahorro de tiempo- hablamos de años- y jornales. 


Afloramiento rocoso junto al castillo de Fatetar en Espera (Cádiz), donde
se aprecian aún los cortes hechos con las cuñas para extraer la piedra
A su favor, el mampuesto tenía sus ventajas aunque carecía de la resistencia de la sillería: ante todo, no precisaba de canteros. Cualquier albañil sabía colocar un pedrusco en su sitio ayudado por una buena pella de mortero y, a lo más, ayudarse de una piqueta para ajustarlo un poco mejor. El material podía obtenerse casi en cualquier sitio ya que, como se ha comentado en más de una ocasión, generalmente se procuraba asentar el castillo aprovechando afloramientos rocosos para impedir su minado, por lo que el material lo tenían literalmente a pie de obra. Además, prácticamente cualquier tipo de piedra valía: desde pizarra a gres pasando por arenisca, toba, granito de mala calidad, no adecuado para la sillería pero sí para el mampuesto o, ya puestos, hasta cantos rodados obtenidos de los lechos pedregosos de muchos ríos o incluso la piedra suelta que se encontraba en las cercanías procedente de una vieja fortificación anterior. 

Por lo tanto, para acometer una obra de mampostería solo era necesario contratar un alarife que proyectase el edificio y a un maestro de obras con su cuadrilla y, si acaso, un cantero para solventar el problema principal que tenía este tipo de material: las esquinas y los vanos de puertas, ventanas, aspilleras y/o troneras. Y junto a ellos, el carpintero y el herrero obligatorios en cualquier obra del tipo que fuera para fabricar andamios, cimbras, puntales, etc. y forjar clavos y demás ferralla. La tierra se obtenía in situ, si bien la más idónea era la arcilla y a ser posible la más grasa que se pudiera encontrar; en cuanto a la cal, se podían transportar las arrobas necesarias del horno más cercano, que en aquellos tiempos abundaban bastante por ser un material tan imprescindible en la construcción como hoy lo es el cemento.  En la foto de la derecha podemos ver el aspecto de uno de estos hornos, que estuvieron en funcionamiento hasta hace unos 70 u 80 años. Bien, dicho esto veamos cómo se desarrollaba el proceso de levantar un desafiante castillo o una potente muralla a base de cachos de piedra.


Una vez que el alarife había trazado el contorno del recinto ubicando sus torres, puertas y demás partes del mismo, al igual que en el caso del tapial se abría una pequeña zanja para el zócalo que constituiría la base donde se iría construyendo el edificio. Caso de construir sobre un afloramiento rocoso no se precisaban cimientos tanto en cuanto la misma roca era la mejor cimentación que se podía tener, así que bastaba con labrar varias hiladas recibidas con mortero para nivelar el arranque de los paramentos. A partir de ahí, y teniendo en cuenta la absoluta desigualdad del material empleado, por lo general se recurría a colocar fajas de diversos materiales una vez que se alcanzaba una determinada altura. Es decir, se nivelaban los paramentos con cantería más menuda, lajas o ladrillos, estos últimos formando fajas que podían ser de una o más hiladas. En el gráfico de la izquierda podemos ver el comienzo de la obra, que debía llevar el ritmo que marcaba el tiempo de fraguado del mortero empleado para unir la cantería de los paramentos porque no se podía rellenar el espacio entre ellos hasta que no obtuvieran la consistencia necesaria para no reventarlos debido al peso. Este relleno o, más propiamente dicho, migajón, consistía por lo general en tierra y/o arcilla con cal para darle consistencia y cantería y/o restos cerámicos que solían recogerse de las piezas que salían defectuosas de los alfares. En la foto se puede ver el aspecto del migajón que hay tras un paramento derruido.



A medida que la obra avanzaba había que comenzar a colocar andamiaje empotrando en los paramentos travesaños de forma cuadrangular sobre los que se formaba una plataforma a base de costeros, tablas con el grosor adecuado para resistir el peso del personal y los materiales que se iban acumulando sobre dicha plataforma. Como vemos en el gráfico, se añadía una garrucha para subir los serones con tierra, piedras, mortero, etc. En realidad, en ese sentido las obras no han variado en siglos porque ese tipo de andamios se han estado usando hasta hace medio siglo, y en algunos lugares hasta menos. Bien, cada vez que el albañil colocaba un nuevo pedrusco, su peso aplastaba el mortero y lo hacía rebosar, por lo que tenía que ayudar a mantenerlo introduciendo en la llaga pequeñas lajas de pizarra, fragmentos cerámicos o escoria. Esta escoria, procedente de las fraguas y los restos de carbón de los hogares, eran partículas ignífugas que ayudaban a impedir que el mortero se agrietase durante el fraguado al verse sometidos a la presión del material que le ponían encima así como a la contracción propia de un material al perder la humedad. Y así se iba añadiendo hilada tras hilada con su correspondiente faja de nivelación según las instrucciones del maestro de obras, que para eso era el que sabía más del tema. Por cierto que, como era habitual en las obras de la época, la llegada del otoño suponía la apertura de un paréntesis para permitir un tiempo de fraguado para consolidar todo lo construido y, por supuesto, porque el clima tampoco permitía trabajar y que un temporal se llevase por delante toda la faena de varios días.


Los aparejos más habituales podemos verlos en la ilustración de la izquierda si bien eso no quiere decir que no veamos castillos enteramente construidos con mampuesto a pelo, sin refuerzos en las esquinas o sin fajas de nivelado, con piedra sin carear y, en resumen, construidos de una forma burda y aparentemente descuidada. Sea como fuere, casi se podría decir que hay tantos aparejos como castillos, porque cada maestro de obras tenía su propia técnica y la usaba como consideraba oportuno.

Figura A: Paramento formado por fajas de mampuesto con un encintado a base de lajas. El ancho de las fajas era, como se ha dicho, decisión del maestro de obras, no habiendo pues un baremo establecido. 

Figura B: Paramento similar al anterior pero con el encintado de lajas sustituido por verdugadas de ladrillo. La finalidad de dichas verdugadas era la misma que el encintado, pudiendo estar formadas por hileras de uno, dos o tres ladrillos por lo general. 

Figura C: Paramento formado por fajas estrechas, de una o dos hiladas de piedra, separadas por verdugadas de ladrillo o lajas.


Con estas tres tipologías podríamos resumir todos los aparejos que podamos ver, variando la disposición de los ladrillos, que pueden ir también colocados en espiga, de pie o de canto, el tipo de laja de los encintados, etc. Referente a los aparejos de las esquinas, estamos en la misma tesitura: el aparejo ordinario consistía simplemente en cantos esquineros que se adaptaban o eran adaptados al ángulo formado por el paramento. Sin embargo, las esquinas eran precisamente el principal punto flaco de este tipo de fábrica, por lo que solía reforzarse con la adición de otro tipo de materiales más adecuados.

Figura D: Ahí tenemos un paramento de mampuesto con cadenas de ladrillo en las esquinas, las cuales se alinean con las verdugadas del mismo material si es que las lleva. El ladrillo tenía una ventaja sobre la piedra, y es que era un material más elástico y toleraba mejor las tensiones producidas por el enorme peso que debían sustentar. Ahí tenemos la Giralda, construida enteramente con adobes y que lleva casi ocho siglos en pié soportando de todo, incluyendo terremotos y hordas de turistas.

Figura E: Paramento con cadenas sillería o sillarejo. Como ya podemos suponer, era el acabado más resistente y el preferible siempre y cuando hubiera disponibilidad tanto de piedra adecuada como de canteros para trabajarla.

Figura F: Caso de no disponer de sillería, siempre se podía recurrir a grandes cantos a los que se les daba forma para adaptarlos a las esquinas y que, cuestiones estéticas aparte, cumplían perfectamente su cometido.

En cuanto a la merlatura, en este tipo de obras se solían fabricar también de mampuesto, rematadas con albardillas a cuatro aguas que, para impedir las filtraciones, se acababan con un enjabelgado. Como vemos en la foto, se solían construir sobre una base saliente de ladrillo que actuaba como vierte aguas. Debemos de tener en cuenta la constante atención que ponían los constructores para evitar las filtraciones, que eran la gangrena de estos edificios y que obligaba a constantes labores de mantenimiento.

A la hora de levantar una torre, el proceso era similar pero combinando los materiales tal como hemos visto en los gráficos anteriores. Se construía la zapata que actuaría de base de cimentación y, posteriormente, se añadían varias hiladas de sillería para darle consistencia al conjunto. A partir de cierta altura ya solo se colocaban las cadenas esquineras mientras que el resto de los paramentos se fabricarían de mampuesto como el resto de la muralla. El hueco interior se rellenaría con su correspondiente migajón salvo el caso de las bestorres, siendo macizas hasta la altura del adarve. Por cierto que una norma habitual era ir levantando todo el edificio al mismo tiempo para que hubiese trabazón entre sus distintas partes. Una torre construida a posteriori quedaba, por decirlo de algún modo, "separada" de la muralla, ergo carecía del apoyo que le prestaría su masa a la hora de resistir los embates de las máquinas de asedio. Un buen maestro de obras se preocuparía de ahuecar los paramentos de la muralla donde iría la torre para trabar ambas partes y formar así un conjunto lo bastante sólido. Recordemos que, a lo largo del tiempo, los castillos iban sufriendo constantes reformas, reparaciones y añadidos que hacían que muchas partes del mismo se levantasen con solo el mero apoyo contra el resto de la estructura, pero desligados de la misma.

En la foto de la derecha tenemos un buen ejemplo de lo dicho. Corresponde a una de las dos torres circulares del castillo de las Aguzaderas, en El Coronil (Sevilla), añadidas alrededor de un siglo después de la construcción de esta fortaleza. Como vemos, la larga fisura que recorre toda la parte que está en contacto con el paramento indica que es un añadido y, por razones obvias, su resistencia será inferior. Aprovechemos la foto para comentar que otra de las ventajas del mampuesto era facilitar la construcción de estructuras de planta circular, lo que no era viable con el tapial salvo que se empeñasen en acometer una compleja obra que redoblaría su costo y su tiempo de construcción. Este tipo de torres empezó a proliferar a medida que la artillería pirobalística fue progresando por razones obvias: un paramento con forma circular tenía más facilidad para desviar un bolaño, mientras que un paño de muralla se lo comía enterito y absorbía toda su energía con las consecuencias que ya podemos imaginar. Siendo las torres de flanqueo primordiales para la defensa del recinto, y más en caso de asalto, mejor era que la artillería concentrase sus disparos sobre la muralla siempre y cuando las torres permanecieran indemnes, ya que desde ella podrían rechazar a los enemigos cuando intentasen asaltar la brecha.

Con los vanos de puertas y ventanas tenían otro inconveniente. No se puede fabricar un arco y colocar como dovela una piedra de cualquier forma, así que había que recurrir a sillería o ladrillo de la forma que vemos en la ilustración de la izquierda. El carpintero fabricaba la cimbra de las dimensiones adecuadas tanto para la puerta de salida como de postigos y demás vanos del interior del edificio incluyendo ventanas, y se construían las jambas y el arco que, una vez cerrado, permitía eliminar la cimbra. El resto de los paramentos se seguían construyendo con la mampostería del resto del edificio. Obviamente, se añadían las ranguas para los goznes de las puertas y, si era posible, los huecos para los alamudes, que siempre se deslizaban mejor sobre una superficie uniforme que no por una llena de irregularidades.

Obsérvese el llagueado que sella las uniones entre las piedras
Y con las aspilleras, troneras y buzones pues ocurría exactamente lo mismo si bien en este caso no era necesaria la intervención del carpintero debido a lo exiguo del vano. Bastaba colocar una base de ladrillo o piedra, fabricar las jambas de cualquiera de ambos materiales y rematar el dintel de la misma forma. Cierto es que en muchos castillos pasaban de estos refinamientos, limitándose a dejar una burda abertura usando piedras que se ajustasen más o menos a la forma deseada, pero también veremos muchos en los que este tipo de acabados era el elegido entre otras cosas por su resistencia. No era lo mismo un arcabuzazo en una piedra malucha que podía sacar lascas e incluso que estas hirieran al defensor que sobre un tocho de granito de 25 cm. de espesor al que no le dejaba ni la marca del balazo.

Castillo de Segura de León (Badajoz)
En las fotos de la izquierda podemos ver un par de ejemplos bastante ilustrativos de lo dicho. En la de la izquierda vemos la sillería esquinera en un paramento de mampostería en el que se abre el vano, también de piedra, de una ventana geminada. La merlatura en este caso es de ladrillo aunque habría que ver si corresponde a la original o procede de una restauración posterior. En la foto de la derecha vemos un vano de una puerta con jambas y arco fabricados enteramente de ladrillo. Obsérvese en ambas imágenes el llagueado de los paramentos, que casi cubre las piedras que lo conforman y que seguramente estuvo en su día enteramente enjabelgado. 

O sea, su apariencia no era esa masa gris que es la que todos tenemos en la cabeza cuando se habla de un castillo, sino un edificio blanco cuidadosamente encalado como el que mostramos en la entrada anterior sobre los falsos aparejos de sillería. Y como una imagen vale más que mil palabras, y más si es para desterrar estereotipos, ahí pueden ver una maqueta que representa dos vistas del castillo de Sesimbra, en Portugal, fabricado enteramente de mampuesto junto a la cerca urbana. Como queda patente, no tiene nada que ver con la imagen que tenemos de estos edificios. Más aún, la maqueta nos muestra la apariencia de las dependencias interiores basadas en los restos de las mismas y que, como he repetido tropocientas veces, alejan el concepto de patio de armas totalmente diáfano que solemos ver.

Y por si alguien aún no lo ve claro y piensa que la maqueta es un mero subterfugio, vean esa foto del castillo de Setefilla. En la misma se aprecia perfectamente la cantería de los paramentos, las cadenas de sillería esquinera de la torre, los mechinales, que a veces no se tapaban para conservarlos de cara a posibles reformas o reparaciones futuras y el enjabelgado que cubre prácticamente la totalidad de las fachadas aunque el encalado haya desaparecido porque no es eterno. Queda pues claro que este edificio no tuvo en su época ese triste color gris, sino que sería blanco o, a lo sumo, de un color beige muy claro del mortero sin encalar.

En cuanto a los grosores de las diferentes partes del castillo, se basaban en múltiplos de varas (83,5 cm.) y codos (41,8 cm.). Una muralla normal solía tener dos varas de espesor, o sea, alrededor de 165 cm. más o menos. Los parepetos, de un codo. Las torres de flanqueo eran macizas, así que los muros de sus cámaras solían ser similares a los de los parapetos. Solo la torre del homenaje podía superar esos espesores, alcanzando en algunos casos el descomunal grosor de, por ejemplo, la del castillo de Olivenza, de unas seis varas y media. Este castillo es un magnífico ejemplo de mampostería finamente careada que da a su fachada un aspecto pulcro y uniforme.

En resumen, la mampostería fue un sistema que permitió fabricar castillos y murallas razonablemente sólidos a precios muy inferiores a la sillería a costa de obtener una solidez inferior, aunque ni remotamente despreciable. Pero su misma estructura, muy fragmentada, era quizás su punto flaco ante el embate de un ariete, un trépano y los bolaños lanzados por fundíbulos o las bombardas. Incluso en estos casos era viable acometer una mina de superficie que sería completamente inútil ante una muralla de sillares. Como vemos en la ilustración, bastaba construir una galería cubierta similar a las VINÆ romanas y emplazar una gata para proteger a los operarios. Para impedir que desde el adarve pudieran hostigarlos, varios ballesteros se distribuían en las cercanías resguardados tras paveses y manteletes dispuestos a dejar seco de un virotazo al primero que se asomase por una almena con aviesas intenciones. Con varias palancas de hierro era muy difícil sacar un solo sillar de su sitio, pero en el mampuesto se abría un hueco en poco tiempo hasta llegar al migajón. A partir de ahí, pico y pala hasta abrir un hueco lo bastante grande como para entibarlo, llenarlo de madera bien remojada en pez o aceite, meterle fuego y esperar a que el entibado se fuese al garete, colapsando ese tramo de muralla y abriendo una brecha por donde se colarían los sitiadores deseosos de rebarnarles el gaznate a los defensores. 

En fin, con esto creo que está todo explicado, así que ya pueden añadir algo más para chinchar a sus miserables cuñados porque castillos de mampostería en España hay para dar y tomar. Por lo demás, prosigo mi aclimatación a duras penas. Debí nacer en Suecia o, mejor aún, en las Aleutianas, carajo...

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONADAS:



La impresionante mole del castillo de Almourol, en Portugal. Construido en una isla del Tajo entre 1169 y 1171 por
Gualdim Pais, maestre del Temple, es un buen ejemplo de cómo en apenas tres años se podía levantar un poderoso
castillo de mampostería. Por cierto, si tienen la ocasión no dejen de visitarlo. Solo sacarle la foto ya merece la pena