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domingo, 15 de noviembre de 2020

CARCANO 1891/38, EL ARMA QUE MATÓ A KENNEDY

 

¿Quién no conoce esta icónica imagen? Fue tomada junto a otra más por Marina Oswald en el patio de su casa en la calle Neely, en Dallas, con una cámara réflex Imperial a petición del controvertido Lee Harvey Oswald, que según la mentalidad yankee fue el más despiadado asesino del mundo superado solo por Caín y el más villano del planeta solo por debajo de Judas Iscariote. En la foto aparece empuñando el fusil Carcano con que escabecharía al amado y odiado JFK el 22 de noviembre de 1963 desde el sexto piso del almacén de libros escolares de Dallas donde curraba el asesino. En la cadera derecha se atisba el revólver Smith&Wesson modelo Victory en calibre .38 Special con el que liquidó al probo agente Tippit apenas 45 minutos después de perpetrar el atentado más famoso del siglo XX. No creo que haya habido un crimen que haya hecho correr más tinta y haya dado lugar a más documentales y películas, para no hablar de las mil y una teorías sobre supuestas conspiraciones que empezaron a tenerse en consideración cuando el fiscal de distrito de Nueva Orleans Jim Garrison, que fue llevado a la pantalla grande por Kevin Costner en la peli de Oliver Stone "JFK", procesó a Clay Laverne Shaw, un renombrado empresario y al parecer miembro de la CIA que, según sus indagaciones, podría estar implicado en un tremebundo complot y cuyo proceso acabó en agua de borrajas. Se han hecho tropocientas simulaciones de la secuencia de los tres disparos, cienes y cienes de pruebas balísticas, se ha calculado la posición de Júpiter en el momento del crimen por si podía haber ejercido alguna influencia chunga en Oswald e incluso se ha estudiado cuántos gorriones había en el momento del atentado sobre la plaza Dealey por si alguna cagadita volátil pudo afectar la trayectoria de la famosa "bala mágica" y, tras atravesar el cuello de Kennedy, producir tres heridas al gobernador de Tejas. Pero, a pesar de ello, al día de hoy la verdad oficial la sigue ostentando el tocho con las conclusiones de la archifamosa comisión presidida por el entonces presidente del Tribunal Supremo Earl Warren, así que nos ceñiremos a dichas conclusiones y que cada cual piense lo que le de la real gana. Pero antes de llegar al crimen habrá que empezar por el origen del arma asesina, digo yo... ¿o no?

Salvatore Carcano (1827-1903)
Lo último que podía imaginar Salvatore Carcano cuando correteaba por las calles de su Bobbiate natal era que su apellido quedaría eternamente unido a uno de los magnicidios más famosos de todos los tiempos. Carcano, que con apenas diez años se había quedado sin padre y tuvo que dejar de ir a la escuela para ponerse a currar, pasó una farragosa juventud a raíz de los conflictos que acabaron derivando en la unificación de Italia. Con 21 años se alistó en la Artillería Lombarda y, aunque carente de estudios, nuestro hombre debía tener un talento natural para la cosa mecánica porque solo unos meses más tarde, en enero de 1849, se unió al ejército del Piamonte como técnico en reparaciones de artillería. Ciertamente, era uno de esos hombres con una inteligencia innata que les permite desmontar un carro de combate con una llave del 10-11 y volverlo a montar sin mirar siquiera las instrucciones, porque en sus ratos libres se dedicó a inventar los chismes más variopintos, desde trampas para ratones a extintores de incendios automáticos o sistemas de iluminación por gas o electricidad, lo que le valió tras concluir su periplo militar tres años más tarde para entrar en la Regia Manifattura d'Armi di Torino (Real Fábrica de Armas de Turín), donde no tardó en alcanzar el grado de maestro de primera clase. Pronto demostró que su inventiva iba mucho más allá de diseñar ratoneras, porque desarrolló maquinaria para fabricar cañones de fusil, bayonetas e incluso sistemas de retrocarga para armas ligeras.

.577/.450 Martini-Henry comparado con un .303 British.
El de la izquierda, con un proyectil de 480 grains y carga de
pólvora negra, da una energía de 2.630 julios. El de la 
derecha, con un proyectil de 150 grains y carga de cordita,
3.463 julios. Conclusión: el gordo acojona más
pero mata menos que el canijo
Recordemos que a partir del tercer cuarto del siglo XIX tuvo lugar una verdadera explosión de creatividad que permitió dejar atrás las vetustas armas de avancarga por las de retrocarga, que mataban más y mejor, así como la reducción de sus calibres gracias a la invención de la pólvora sin humo. Si alguien no capta qué tiene que ver eso de los calibres pequeños con el tipo de pólvora, se resuelve con una facilísima ecuación: pólvora negra de combustión lenta +  proyectil pesado = energía cinética suficiente para matar. Pólvora sin humo de combustión rápida + proyectil ligero = energía cinética suficiente para matar. Si la energía cinética se obtiene de la masa por la velocidad al cuadrado dividido por dos, o sea, Ec = 0,5 x (m x v²), pues tenemos que si el propelente imprime al proyectil poca velocidad, este tendrá que ser pesado para obtener una energía cinética adecuada. Si por el contrario el propelente arde tan rápido como para impulsar el proyectil a gran velocidad, pues no hace falta que sea pesado porque la velocidad compensa su falta de masa. ¿Qué tenía de interesante eso de usar calibres más pequeños? Principalmente, que el soldado podría portar una dotación de cartuchos tres o cuatro veces mayor y, no menos importante, los cañones no se ensuciarían tanto ni precisarían de una limpieza constante del ánima para mantenerlos en buen estado, aparte de obtener una precisión y un alcance mayores. Pero bueno, no quiero enrollarme con esto más que lo justo para que los que desconozcan estos detalles se pongan al día, así que volvamos a la  vida y milagros del probo italiano.

Salvatore Carcano en su vejez
La carrera de Carcano fue tranquila pero en constante ascenso, siendo promocionado cada vez a puestos de mayor responsabilidad. En 1854, el conde de Cavour, uno de los principales artífices de la unificación, le encargó la fabricación de 50.000 cañones estriados para fusil a fin de que el reino de Cerdeña (Italia aún no existía) pudiera participar en la Guerra de Crimea en igualdad de condiciones que sus aliados: Francia (Dios maldiga al enano corso), Inglaterra (también a Nelson, naturalmente) y Turquía (y a los malditos agarenos también, qué carajo). Pero era evidente que el camino a seguir no estaba en reciclar armas obsoletas, y menos cuando los enemigos naturales de Italia eran los prusianos y, sobre todo, los austriacos. Al cabo, algunos territorios del país que iba surgiendo de la unificación formaron parte del Sacro Imperio y, posteriormente, el nordeste de la nueva nación- el Véneto- estaba bajo el dominio del imperio Austro-Húngaro. Y el problema era que los prusianos ya habían adoptado el nuevo sistema de aguja con su flamante Dreyse, y la eficacia de las nuevas armas quedó demostrada cuando los belicosos prusianos les dieron las del tigre a sus primos austriacos en la batalla de Sadowa, librada el 3 de julio de 1866 en el contexto de la guerra de las Siete Semanas, un breve pero intenso debate que sirvió para dejar clara la hegemonía prusiana de cara a la reunificación de Alemania. 

Fusil de aguja mod. 1860-67 obtenido de la unión del fusil de avancarga
modelo 1860 y el cerrojo patentado por Carcano en 1867
En dicha batalla se llevaron la palma con un porcentaje de bajas de cuatro a uno a favor de los tedescos, despejando por completo las dudas acerca de la eficacia del sistema de aguja cargándose a 40.000 austriacos de una tacada. Por otro lado, los gabachos también habían adoptado el Chassepot aquel mismo año, así que no  les quedaba más remedio que mandar a paseo a su vetusto armamento si no querían ser barridos del mapa en la primera batallita decente que se organizase. 
Apenas un mes más tarde de la sonada escabechina de Sadowa se formó la comisión de turno, como no podía ser menos, para ir buscando el relevo a su desfasado arsenal, si bien la idea era optar por una solución de circunstancias ya que las arcas del nuevo país contenían más aire que oro. O sea, en vez de diseñar y fabricar un arma nueva, reciclar las que ya tenían, concretamente el fusil de avancarga modelo 1860. Obviamente, la culata, guarniciones y el cañón podían ser aprovechados, así que solo habría que idear un sistema para adaptarles un mecanismo de retrocarga de aguja, todo ello sin que el costo de la modificación superase las diez liras. 

Aspecto del cerrojo cerrado y abierto. En la foto inferior se aprecia la
fina aguja que percutía el pistón del cartucho. La aleta situada en la
parte trasera era el sistema de seguro, bastante eficiente por cierto.
En el guardamontes, delante del gatillo, vemos el pulsador que
permitía extraer la cabeza del cerrojo. La parte trasera se sacaba
presionando el gatillo
El cerrojo elegido fue el Doersch-Baumgarten alemán que montaba el fusil 1861, pero el método seguido para unirlo al fusil italiano resultó bastante deficiente, sobre todo debido a las fugas de gases que se producían por un mal ajuste al arma receptora del nuevo cerrojo, así como por las grandes cantidades de residuos del pólvora que se acumulaban en los mecanismos. 
Y aquí intervino de nuevo el ingenio de Carcano, que llevó a cabo una serie de modificaciones en el cerrojo que eliminaron los problemas iniciales y permitiendo la puesta en servicio del que sería el Fucile di Fanteria modello 1860/67, del que se fabricarían inicialmente 18.000 unidades. El arma en cuestión disparaba un cartucho que contenía una bala de nada menos que 17 mm. con un peso de 555 grains impulsada por una carga de 69,5 grains de pólvora negra con la que obtenía una Vo de 316 m/seg. que, a su vez, proporcionaba una energía de 1.797 julios. Como vemos, estos calibres con aspecto de abatir a la primera a un elefante picado de tábanos no eran tan contundentes como su aspecto podría sugerir. Por lo demás, este nuevo cerrojo, patentado aquel mismo año, se conoció ya con el nombre de su creador, y sirvió de base para el futuro fusil 1891. Por lo demás, el invento no solo le proporcionó una gratificación bastante generosa, sino también el ascenso a inspector jefe de 1ª clase de su amada fábrica de Turín, donde desarrolló toda su carrera.

El Remington pontificio. En los detalles podemos ver el cartuchos que
disparaba, así como el punzonado con el emblema del Vaticano
Sin embargo, y como ya sabemos, la vida operativa del sistema de aguja fue bastante breve. Los cartuchos de papel eran muy sensibles a la humedad, las agujas se rompían una cosa mala y la obturación de los cerrojos no era todo lo estanca que debía. Por otro lado, las vainas de latón eran las que claramente tomaban ventaja al permitir fabricar una munición que podía lloverle, ensuciarse con barro, vísceras o sudor sin que se viese afectada. Bastaba limpiarla o secarla antes de introducirla en el arma para que funcionasen, así que no pasó mucho tiempo para que los Dreyse, Chassepot, Carcano y demás inventos revolucionarios de anteayer cayeran en la obsolescencia. En el caso de los italianos, lo tuvieron claro en 1870, apenas tres años después de la entrada en servicio del nuevo fusil, cuando el V Cuerpo de Ejército al mando del general Raffaele Cadorna entró en Roma y se enfrentaron con las tropas pontificias, armadas con el Remington Rolling Block de calibre 12,7
x45R Pontificio (la coletilla era de una obviedad palmaria), el mismo modelo que tan brillantes servicios prestó en el ejército español y que dejó un poco preocupado a los italianos porque el armamento papal le daba veinte vueltas a sus Carcanos de aguja.

En la foto superior vemos el Vetterli-Bartoldo, y en la inferior el
Vetterli-Vitali, un arma mucho más conocida por todos
Nueva comisión al canto que, finalmente, se decidió por el fusil suizo Vetterli modelo 1870, un arma de cerrojo monotiro de calibre 10,35
x47R.  Con todo, nada más adoptar el arma ya se planteó modificarla para obtener de ella un fusil de repetición como Dios manda, así que el capitán de ingenieros Giovanni Bertoldo y el capitán de artillería Giuseppe Vitali empezaron a buscar una solución aceptable al problema. Tras diseñar ocho versiones diferentes, el resultado final fue el modelo 1870/82, una carabina provista de un cargador tubular para nueve cartuchos diseñado por Bartoldo  que solo fue adoptada por la Regia Marina. Vitali, por el contrario, optó por un cargador de petaca para cuatro cartuchos que fue adoptado por el ejército y que fue denominado como Vetterli-Vitali 1870/87.

Paul Vieille (1854-1939). El primer cartucho que usó su nueva
pólvora fue el 8x50R para el fusil Lebel modelo 1886
Pero en esta ocasión Italia también llegó un poco tarde, porque en 1884 el gabacho
Paul Marie Eugène Vieille inventó la pólvora de base nitrocelulósica que permitió olvidarse de los calibres elefantiásicos para dar paso a municiones mucho más ligeras pero, como hemos visto, mucho más letales. Pero en esta ocasión, antes de diseñar una nueva arma decidieron buscar en primer lugar qué calibre sería el más adecuado. Tedescos y austriacos se habían decantado por el 8 mm., así que prefirieron uno inferior que permitiría a las tropas aumentar la dotación de cartuchos. Las opciones iniciales eran de 6 y 6,5 mm. La decisión final la tendría la Comisión de Armas Ligeras dirigida por el general de artillería Gustavo Parravicino y convocada en la Escuela de Tiradores de Parma. En la fábrica de Brescia se prepararon dos cañones de ambos calibres cuya munición, inicialmente con reborde, usaba balistita como propelente, pero los resultados no pudieron ser peores debido a la erosión que producía en los cañones, así como su inestabilidad ante los cambios bruscos de temperatura. Así pues, se desechó y se cambió por solenita, un propelente tubular hueco similar a la cordita usada por los british. Finalmente, en abril de 1889 se acabaron decidiendo por el calibre 6,5 con una bala de plomo con camisa de una aleación de cupro-níquel al 15%. Para no alargarnos más en este aspecto, comentar solo que tuvieron infinidad de problemas debido a que no daban con un paso de estrías adecuado, lo que producía un desgaste excesivo en el último tramo del ánima, así como desprendimiento de la camisa. Una vez solucionado, más o menos, toda esta serie de problemas, era la hora de buscar el fusil.

El Arsenal de Turín actualmente
El 31 de diciembre de 1891 se realizó una convocatoria para seleccionar la nueva arma. De todas las fábricas estatales solo se presentaron las de Turín, Terni y Torre Annunziata. Turín presentó un millar de unidades designadas por la comisión como Tipo nº 1; Terni y Torre Annunziata, otro millar entre ambas que fueron designadas como Tipo nº 2, siendo todo el material enviado a seis regimientos para someterlos a pruebas, durante las cuales se decidió sustituir la vaina con pestaña por una sin reborde sugerida por Luigi Scotti, de la Fábrica de Municiones de Bolonia, lo que obligó a modificar los cerrojos para la nueva vaina. Tras efectuar las pruebas oportunas con el nuevo cartucho, cuya denominación final fue de 6,5
x52 mm., el 5 de marzo de 1892 la comisión aprobó definitivamente el modelo presentado por la fábrica de Turín, o sea, el diseñado por Carcano, que fue oficialmente aceptado en el Acta Ministerial Nº 59 de fecha 29 de marzo. Por fin, tras un larguísimo embarazo, había nacido el germen del arma que acabaría con la vida del trigésimo quinto presidente de los Estados Juntitos. En cuanto a nuestro hombre, recibió una jugosa gratificación por sus méritos y en 1896 se retiró con el rango de jefe técnico principal de 1ª clase. Palmó en Turín en 1903.

No obstante, aún hubo que hacer un pequeño cambio porque Carcano había diseñado un sistema de carga basado en el de Mauser, que salía excesivamente caro de fabricar. Por ello, se prefirió adoptar el sistema de Mannlicher, al que se le pagó la suntuosa cifra de 300.000 liras como royalty, el equivalente aproximado a 1.300.000 dólares de nuestros días. El sistema Mannlicher era en realidad más cómodo y eficiente que el de Mauser. El primero funcionaba mediante clips se seis cartuchos que solo había que introducir en el cargador, mientras que el de Mauser era a base de peines de cinco cartuchos que había que colocar en una ranura del cajón de mecanismos, empujar la munición hacia el cargador, retirar clip del peine y, finalmente, acerrojar el arma. Veamos con detalle el sistema Mannlicher para comprobar que, en efecto, era más eficiente aparte de permitir un cartucho más. Antes de nada, una observación: 
los clips se fabricaron tanto de latón como de acero estampado y no se podían recargar a mano porque se doblaba la chapa. En teoría eran desechables, pero los que se podían recoger eran enviados a las fábricas de municiones para reutilizarlos en munición de fogueo o de entrenamiento. Para distinguirlos de los nuevos se les troquelaba una cruz. Aclarado esto, prosigamos. 

Figura A: Vemos el clip introducido en el cargador. Queda sujeto por el retén (flecha blanca) cuya uña se introduce en cualquiera de las muescas que vemos en la parte trasera (foto del detalle superior), por lo que no tenían derecho ni revés. Este retén se usaba solo cuando se quería extraer un clip sin gastar, ya que si se agotaba la munición caían por una ventana de expulsión situada bajo el cargador (foto de la derecha). Al introducirlo se comprime la teja elevadora (flecha roja), y a continuación se acerroja el arma, introduciéndose el primer cartucho en la recámara.

Figura B: Ya hemos gastado tres cartuchos. La teja elevadora va ascendiendo, empujando la munición por la acción del resorte marcado con la flecha verde.

Figura C: Los seis cartuchos se han disparado. Al introducir el último en la recámara, el clip sale por la ventana de expulsión y cae solo. Una vez disparado ese último cartucho se abre el cerrojo, se introduce un clip lleno, se acerroja y el arma queda lista de nuevo para abrir fuego. Como creo que es evidente, es un sistema más rápido que el de Mauser.

Fusil Carcano modelo 1891, el padre de la saga
Bien, esta fue la génesis del Carcano que, por cierto, es frecuente verlo nombrado erróneamente como Mannlicher-Carcano por el sistema de carga, o incluso como Carcano-Parravicino por el general que, como vimos antes, presidió la comisión para elegir el cartucho, pero que no tuvo nada que ver con el diseño del fusil. Su nombre es Carcano a secas, con el añadido del año y del tipo de arma, fusil o carabina, pero nada más. A lo largo del tiempo fueron surgiendo diversas variantes para artillería y caballería y una versión para truppi speciali, abreviado como TS que, en realidad, no se refería a unidades de élite, sino a las que por su cometido no precisaban del fusil largo normal, sino de uno más corto. Igualmente, se fabricaron en calibre 7,35
x51 y hasta en 8x57 mm. Mauser, pero hoy no toca hablar de la historia de los Carcano, sino del que se usó para escabechar a Kennedy. Así pues, el que nos ocupa y que veremos a continuación fue el Fucile Corto modello 1891/38, variante que ha dado pie a muchas confusiones por parte de los cuñados ahítos de documentales pero que no se aclaran porque afirman que el arma homicida fue el muy parecido Moschetto TS modello 38

¿En qué se diferencian? Veámoslo. En la foto de la derecha tenemos tres modelos, cada uno de ellos con su identificación. El de abajo es el que usó Oswald y que se conserva en los Archivos Nacionales yankees. El de arriba es el Moschetto 38 TS, que es el que se suele prestar a más confusión, y el del centro es el modelo 91/24, una variante creada para aprovechar los cañones con el estriado desgastado por el final del ánima, por lo que se recortaban y se convertían en mosquetones. Bien, no hace falta ser un Sherlock Holmes para captar las diferencias, pero por si alguno no las ve las he señalado: las alzas y los engarces de las bayonetas son distintos, por lo que no hay lugar a dudas. Además, el cañón de los erróneos tienen una longitud de 455 mm. en el TS y de 452 mm. en el 91/24, mientras que el del 91/38 es de 536 mm. Finalmente, observemos las bayonetas. La A era para el 91/24, la B para el TS, y la C para el 91/38, un curioso modelo de daga-bayoneta plegable que podía llevarse siempre engarzada en el cañón. Así pues, y para que ningún cansino nos suelte el rollo de turno, la respuesta es más que evidente: el arma que usó Oswald fue un Fucile Corto modello 1891/38 y punto.

Este fusil surgió a raíz de la necesidad de armas largas surgida en Italia cuanto entró en guerra en 1940. Sus mecanismos son exactamente iguales a los del viejo modelo 91, y por señalar solo las diferencias y así acabamos antes, aparte de tener un cañón más corto la palanca del cerrojo se dobló en codo como las carabinas fabricadas anteriormente, y lo más peculiar era su alza fija a 300 metros (foto de la izquierda). Aunque parezca un atraso, en realidad tenía bastante lógica. Esas miras de fusil graduadas hasta dos kilómetros carecían de sentido en una guerra moderna, donde se combatía a distancias mucho más cortas. Considerando la trayectoria tensa del 6,5
x52, si apuntamos a un objetivo situado a solo 50 metros la bala impactará como mucho unos 5 cm. por encima del punto señalado, y si lo hacemos contra un objetivo a 400 metros impactará a menos de 15 cm. por debajo. Es decir, que en cualquier caso el fulano que recibe el balazo queda listo de papeles, y en este fusil en concreto no hablamos de un arma superguay para aliñar enemigos a kilómetro y medio, sino para producir bajas a distancias por lo general de no más de 100 o 150 metros.

Pinchar para verlo a tamaño real
Bien, así fue como se gestó el arma asesina. El modelo 91/38 en cuestión se fabricó durante los años 1940 y 1941 en las fábricas de Terni (514.800 unidades) y Gardone Val Trompia (66.000 unidades), y únicamente a lo largo de 1940 en la Beretta (40.000 unidades) y en Brescia (40.000 
unidades), por lo que se alcanzaron un total de 660.800 ejemplares que, tras la guerra, tuvieron los destinos más dispares, entre ellos ir a parar a las empresas dedicadas a la adquisición de surplus militares. En este caso, una partida de Carcanos de al menos dos modelos fueron a parar a la Crescent Firearms Co. de Nueva York, que a su vez vendió un lote a la firma Klein's Sporting Goods Co., de Chicago. Fue un anuncio de esta última publicado en el número de febrero de 1963 de la revista "American Rifleman" el que marcaría el comienzo de la gestación del atentado. Como se puede ver, ofrecían una "carabina italiana de 6,5" sin especificar el modelo por el módico precio de 12,88 dólares con la opción de servirlo con un visor de 4x18 por solo 7,07 dólares, lo que subiría el precio total a 19,95 dólares. Además, ofrecían 108 cartuchos con sus correspondientes clips por solo 7,50 dólares y poder así pegar unos tiritos con los colegas. A todo ello habría que añadir 1,50 dólares por gastos de envío.

Pero, si se fijan, el arma que aparece en el anuncio no era el Fucile Corto Modello 1891/38 (foto B), sino el Moschetto Modello 1891/24 (foto A) que hemos mencionado antes. ¿Por qué lo cambiaron? No se sabe. Posiblemente se agotaría el que aparece en el anuncio y empezaron a servir el otro. Total, ambos eran una "carabina italiana", y por menos de 13 dólares tampoco se quejarían muchos. Si vemos el Garand M1 que aparece encima, cuesta 89,95 pavos, así que el Carcano lo ofrecían a un precio irrisorio. De hecho, era un arma que había cosechado muy mala fama cuando, en realidad, sus estándares de producción eran más que aceptables para ser un arma militar. Parece ser que el origen de la leyenda de arma poco fiable e imprecisa se debió a lotes de munición con cargas y proyectiles diferentes, lo que impedía hacerse con un control adecuado del arma. Sea como fuere, lo cierto es que no gozaba de prestigio. Sin embargo, fue la elegida por Oswald. ¿Por qué, si un poco más arriba aparece un magnífico Springfield 1903 del 30-06, un calibre mucho más potente, por 36,38 dólares?

Las razones pudieron ser muchas, desde algo tan simple como que Oswald estuviera tieso en aquel momento o, tal vez, porque el Carcano se ajustaba más a sus planes. Era un arma pequeña, de solo 102 cm. de largo, lo que permitía ocultarla o llevarla encima sin llamar la atención. De hecho, cuando transportó el arma el día del atentado la envolvió en papel diciendo que eran barras de cortina. Su calibre era suficiente para dejar seco a cualquiera y su visor, aunque bastante cutrecillo, de esos de marca blanca bajo la firma "Optics Ordnance Inc." de Hollywood y fabricado en Japón, tenía unas características que lo hacían perfecto para disparar sobre un blanco móvil a menos de 100 metros. Sus cuatro aumentos permitían una rápida toma de miras tras cada disparo, y sus 18 mm. de foco le daban un campo de visión muy amplio, lo que facilitaba la adquisición de un objetivo en movimiento. De hecho, los visores más adecuados para montería, aparte de los pijos que prefieren lucir un Zeiss de 3.000 pavos con un foco de 40 mm., son los de 22 mm. ya que son los más idóneos para enfilar a un bicho que galopa entre la maleza abarcando un amplio campo visual, que en los visores se reduce a medida que aumenta el diámetro del foco. 
Así pues, el 13 de marzo de 1963, la Klein's recibió el cupón de la revista (foto de la derecha) con un pedido a nombre de un tal A. Hidell-uno de los muchos alias que usó Oswald-, de 28 años de edad, y como dirección de envío el apartado de correos 2915 de Dallas. Junto al cupón iba un comprobante del giro postal efectuado el día anterior por un importe de 21,45, o sea, el precio del arma con visor más los gastos de envío. El día 20, la Klein's envió por correo el Carcano 91/38 con número de serie C2766 que permitiría al malvado entre los malvados perpetrar la más vil fechoría desde que Adán mordió la manzana.

El archicanalla espera que el vehículo presidencial tome la curva
de la calle Elm para enfilar la calle Houston, momento en que
abrirá fuego. Son las 12:30 horas
No vamos a redundar en el atentado en sí porque creo que, salvo las tribus amazónicas, todo el mundo se sabe de memoria cómo se llevó a cabo. Solo señalar que la Comisión Warren, así como otros muchos investigadores independientes, realizaron mil y una pruebas para corroborar si Oswald habría sido capaz de efectuar tres disparos en un tiempo que se calcula entre 4,8 y 7,1 segundos (tomando como válido un tiempo de 3 segundos para repetir cada uno y considerando que para el primero ya tenía el arma cargada) y que, encima, uno de ellos fuese casi perfecto ya que acertó en la base posterior del cuello, por lo que es obvio que apuntaba a la cabeza, mientras que otro fue un disparo profesional. Acertar en la cabeza a un blanco en movimiento- según la medición de la velocidad de la película Zapruder, el coche iba a 18 km/h en el momento fatal-, situado a unos 80 metros de distancia y desde una cota superior no era cosa de novatos (la diferencia de altura cambia el punto de impacto, lo que el tirador debe tener en cuenta para corregir la puntería). No se sabe qué fue del tercer disparo que falló, ni en qué orden salió del arma si bien el gobernador Connally afirmó haber oído un disparo sin que ocurriese nada, y fue el segundo el que lo hirió. En todo caso, lo cierto es que los testimonios de los testigos fueron absolutamente dispares, cada cual escuchó uno, dos, tres y hasta seis disparos, y ni siquiera se pusieron de acuerdo en el orden de los mismos respecto a las heridas.

Así debió ser lo que Oswald vio por su visor japonés de 7 dólares cuando
acertó a Kennedy en el cuello y, de paso, producir tres heridas a Connally
Otra de las muchas controversias surgidas tras el atentado para alimentar las teorías conspiranoicas fue precisamente la supuesta incapacidad de Oswald para realizar dos disparos muy buenos con un solo fallo, una hazaña propia de un francotirador. Se ha repetido la escena por los mejores tiradores yankees tanto del ejército como de la Asociación Americana del Rifle y, en realidad, es imposible probar algo tan relativo. Durante su periplo militar, Oswald fue debidamente adiestrado en tiro por instructores cualificados, y sus puntuaciones, sin ser excepcionales, estaban en el límite inferior de la que se exigía a los francotiradores. Esto, traducido a un paisano, significaría que era un tirador excelente. Por otro lado, se sabe que tras abandonar el ejército siguió practicando el tiro con armas de calibre .22, y cuando un tirador conoce el comportamiento de su arma suele ser infalible a una distancia tan escasa. El testimonio del mayor Anderson, uno de los expertos citados por la Comisión Warren, creo que no deja lugar a dudas cuando afirmó qu
e "...en comparación con otros Marines que recibieron el mismo tipo de entrenamiento, Oswald fue un buen tirador, algo mejor o igual que el promedio. En comparación con un civil que no había recibido este entrenamiento intensivo, sería considerado un tirador de bueno a excelente". Dicho testimonio se vio corroborado por otro experto, el sargento Zahm, que aseguró que "con el equipo que tenía y con su habilidad lo considero un tiro muy fácil (el del cuello)". En resumen, no era ni remotamente el pésimo tirador que pelis como la de Oliver Stone pretendieron hacernos ver.

Tres minutos después del atentado, Oswald abandonó el arma y se largó del depósito de libros. Hacia las 13:00 horas, el ayudante del sheriff Luke Mooney reparó en una pila de cajas de cartón delante de la ventana de donde habían partido los disparos, aunque en aquel momento aún se desconocía la posición del tirador. Unos 10 minutos después encontró tres vainas, lo que se comunicó al capitán Fritz, jefe del departamento de homicidios de la policía de Dallas. Fritz ordenó que nadie tocase nada hasta que se presentaran los técnicos del laboratorio de criminalística para la recogida de pruebas y tal. El fusil apareció a las 13:22 entre dos filas de cajas cerca de la escalera del sexto piso (foto de la izquierda). El teniente Day, experto en dactiloscopia, comprobó que en el arma no había huellas, entre otras cosas por la textura áspera de la madera, así que lo que habría sido la prueba rotunda se acababa de esfumar. 

Cartucho que se recuperó del arma homicida
A continuación, el capitán Fritz procedió a abrir el cerrojo, siendo expulsado un cartucho sin disparar. Nuevo dilema: si los clips venían de fábrica con seis cartuchos, ¿dónde estaban los dos que faltaban? Uno pudo ser, aunque no quedó claro, el que se empleó para atentar el anterior 10 de abril contra el mayor general Edwin Walker cuando estaba en su casa a las 21:00 horas del aquel día. Se recuperó una bala que pasó muy cerca de su cabeza cuando estaba en su despacho, pero la bala en sí no aportaba nada hasta que, meses más tarde, se relacionó con el arma de Oswald. No obstante, el proyectil no pudo ser identificado de forma irrefutable, y la Comisión Warren basó la supuesta intervención de Oswald en testimonios de su mujer, cogidos con alfileres, y notas de su marido supuestamente a modo de despedida por si lo detenían dando detalles sobre el estado de las finanzas domésticas, pero que en realidad podían interpretarse de muchas formas. O sea, que le colgaron el marrón.

Instante en que Ruby dispara contra Oswald. Curiosamente, el único que
parece sorprendido es el agente Leavelle. El resto, o aún no se han dado
cuenta de nada o parece como si esperasen que algo así iba a ocurrir
En fin, así se perpetró el magnicidio. Como podrán imaginar, hemos tenido que hacer un esfuerzo notable para sintetizar los cientos de páginas del informe de la Comisión Warren para entresacar lo más relevante y, obviamente, omitiremos los pormenores del asesinato de Tippit ya que este se realizó con otra arma. Todos sabemos cómo acabó Oswald, tiroteado cuando iba a ser trasladado desde la cárcel de Dallas. Al salir de la misma iba escoltado por los agentes Leavelle a su derecha, Graves a su izquierda y Montgomery detrás, mientras que el capitán Fritz se había adelantado al vehículo que los conduciría a la cárcel del condado. En aquel momento y aprovechando la avalancha de periodistas que aguardaban la salida de Oswald, surgió de entre la multitud el misterioso Jack Ruby, que le pegó un único pero definitivo tiro con un revolver calibre .38 Special que lo liquidó al cabo de hora y media, falleciendo a las 13:07. El crimen dio mucho que hablar tanto en cuanto había nada menos que 70 policías presentes y nadie lo vio entrar ni nadie fue capaz de impedir el asesinato
 si bien, como es lógico, ¿quién reacciona con la rapidez de un rayo ante una acción semejante? Oswald, herido mortalmente en el abdomen, fue trasladado al hospital Parckland donde dos días antes habían conducido el cadáver de Kennedy, que con el boquete que tenía en la cabeza aún pretendieron reanimarlo, y al gobernador  Connally.

En fin, el que quiera profundizar en este tema puede consultar el informe de la Comisión Warren, que se puede leer de cabo a rabo en la red y llegar a las conclusiones que prefiera. ¿Mató Oswald a Kennedy? La única persona que lo sabía, el mismo Oswald, se llevó el secreto a la fosa y, a pesar de las desclasificaciones de documentos y tal cuando pasen 75 años de los hechos me temo que, si verdaderamente hubo una conspiración, los testimonios que impliquen a la CIA, a la NSA, la mafia o al lechero se los habrán comido los ratones. Aún no se sabe ni se sabrá donde nació Colón, ni tampoco dónde fue a parar el cadáver de Jimmy Hoffa, así que no creo que lo de Kennedy se sepa jamás si es que verdaderamente hay algo que saber. En lo que a mí respecta, solo hay algo que no me cuadra: los fotogramas 312 al 315 de la película Zapruder. 

Fotograma 312: Kennedy se lleva las manos al cuello mientras que Connally da muestras de haber sido alcanzado.

Fotograma 313: La nube rosa. En teoría, el impacto abre un tremendo orificio de salida, esparciendo fragmentos de cerebro y hueso, pero la cabeza de Kennedy no sale despedida hacia adelante sino hacia atrás. He visto ese fotograma cienes de veces y no tengo dudas. La energía del disparo lo lanzó contra el asiento.

Fotograma 314: La parte trasera de la cabeza aparece aparentemente intacta. Mientras tanto, el cuerpo del presidente resbala hacia su izquierda.

Fotograma 315: Aún sigue saliendo restos de la cavidad craneana por la herida sin que en la nuca de Kennedy se vea nada raro. Su cuerpo sigue resbalando sobre el de su mujer.

Por lo tanto, la frente debería presentar un boquete del tamaño de una manzana, pero si vemos las fotos de la autopsia lo que aparece es esto otro: la frente aparece intacta salvo un desgarro en la parte superior de la sien derecha. Sin embargo, la parte trasera está completamente destrozada. De hecho, para hacer las fotos que muestran el supuesto orificio de salida tuvieron que coger el colgajo de cráneo y cuero cabelludo y sujetarlo con la mano, porque todo el parietal derecho estaba hecho literalmente puré. ¿Cómo es posible? ¿Otra..."bala mágica" que producía efectos contrarios a lo habitual? En fin, tras casi 60 años, cientos de libros sobre el tema y miles de informes y páginas cada cual da una opinión, por lo que saber la verdad se me antoja imposible. Así pues, como decíamos al principio, mientras no aparezca una prueba definitiva que no aparecerá nunca, el asesino de Kennedy fue Lee Harvey Oswald.

Hale, he dicho


Fotograma de la película Zapruder en la que se ve al agente del Servicio Secreto Clinton Hill
encaramarse en la trasera del coche presidencial mientras que el conductor William Greer, que inicialmente confundió los disparos con el petardeo de una moto, acelera. Jacqueline Kennedy, que parece querer ayudar al agente, en realidad estaba recogiendo los trozos de sesos y cráneo de su marido, pero al ver a Hill hizo intento de ayudarlo a subir. Y digo yo: ¿cómo había restos de la cabeza de Kennedy precisamente por donde había recibido el disparo, cuando lo lógico es que hubiesen salpicado a Connally y a su mujer, que iban justo delante? Misterio misterioso...

miércoles, 9 de octubre de 2019

Martini-Henry. Bayonetas y accesorios


Cuadro de infantería preparada para rechazar una carga de caballería. Esta obsoleta formación acabó resultando de
bastante utilidad para hacer frente a ejércitos que los superaban con creces para impedir ser rodeados. Una muralla
de bayonetas era lo más parecido a un cuadro de picas del Renacimiento y eso, unido a una disciplina adecuada,
hacía muy difícil romper las formaciones británicas para los abnegados enemigos de la civilización occidental

Bueno, con esto llegamos al término de esta pequeña monografía sobre el mítico fusil. Pero antes de comenzar, una aclaración para que no haya confusiones al respecto. Se fabricaron bastantes modelos de bayonetas para esta familia de armas, pero en algunos casos podemos liarnos porque algunas de ellas aparecen como bayonetas de Martini-Henry cuando en realidad eran para el Martini-Enfield o el Martini-Metford. Ya comentamos en su momento que, básicamente, eran armas similares con la diferencia del calibre y algún detallito más, como las miras. Sea como fuere, en puridad hablamos de armas distintas que, tal como avanzamos, serán tratadas como tales por lo que sus accesorios serán así mismo estudiados por separado. Por lo tanto, en este artículo hablaremos solo de las bayonetas reglamentarias para el Martini-Henry calibre .450. Y aclarado esto, vamos al grano granulado.


Aspecto de la bayoneta con su funda y el tahalí
Cuando nació la criatura, había un solo modelo de bayoneta de uso general en circulación, la Pattern 1853 Socket Bayonet, conocida vulgarmente como "common socket bayonet". Esto, traducido a una lengua hermosa y descriptiva como el español se traduciría como bayoneta de cubo modelo 1853, conocida como bayoneta de cubo común, o sea, que valía para cualquier fusil aunque en realidad fue diseñada para armar el Enfield 1853 y era también usada por el Snider-Enfield ya que ambas armas eran del mismo calibre, .577. Las enormes existencias de este modelo hacían inviable dedicar tiempo y dinero a fabricar una bayoneta ex-profeso para el Martini-Henry, así que no se calentaron mucho la cabeza y se limitaron a adaptar el modelo existente al diámetro del cañón, de menor diámetro en el caso del nuevo fusil por la diferencia de calibre. La adaptación consistía en algo tan simple como soldar en el interior del cubo un casquillo para reducir su diámetro y santas pascuas. La denominación oficial que recibió la bayoneta reciclada fue modelo 1853/72, siendo la segunda cifra el año en que se autorizó su fabricación, concretamente en diciembre de ese año. La conversión fue llevada a cabo por la Royal Small Arms Factory (RSAF) de Enfield exclusivamente, modificando un total de 224.278 unidades entre 1872 y 1879.


Esta bayoneta era similar a las que por aquel entonces funcionaban en todas partes donde disponían de fusiles en los que colocarlas. Se trataba de un arma de 52 cm. de longitud con una hoja de sección triangular de 43 cm. con un leve vaceo en cada una de sus caras. Como vemos, su longitud era suficiente para metérsela a un enemigo por la barriga y sacársela por la espalda. Lo más característico de esta bayoneta era que su hoja, ideada en principio para armar un fusil de avancarga, estaba curvada hacia fuera para dejar más espacio a la mano que debía manejar la baqueta a la hora de cargar sin desollársela o darse un puntazo con su aguzada hoja. En la foto de la derecha podemos apreciar esa peculiaridad. La vaina, como vemos en el párrafo anterior, era de cuero con el brocal y la contera de latón, y se fijaba al tahalí de cuero mediante un botón con forma de almendra.


En las fotos vemos el proceso de anclaje completo. Como podemos observar,
la hoja de la bayoneta quedaba situada en el costado derecho del fusil
El sistema de fijación al cañón era el convencional en estas armas, pero por si alguno lo desconoce pues lo explicamos. Veamos el gráfico de la izquierda. La figura A muestra el cubo ya colocado en el cañón. Lo hemos girado hacia la derecha hasta hacer tope con el punto de mira marcado de azul. En la figura B hemos empujado el cubo hasta el fondo, de forma que el punto de mira ha pasado por debajo de la anilla de presión. Finalmente, en la figura C giramos dicha anilla hacia la derecha para fijar la bayoneta. ¿Que cómo es posible que la anilla no se mueva, si carece de un resorte que la inmovilice? Porque se fijaba a presión. El tornillo que une los dos extremos de la anilla- cuyo interior era de forma aovada- se apretaba de forma que al girarlo presionaba el cubo. Cuando se obtenía el punto de apriete adecuado se dejaba en esa posición y no se tocaba más salvo que por el uso o el desgaste se aflojase. Este sistema perduró en todas las bayonetas de cubo planetarias hasta que, por ejemplo, la del Mosin-Nagant ruso o el modelo de pica del Enfield Nº 4, fueron provistas de sistemas de retención mediante un resorte, pero estas son la excepción, no la regla.


Bayoneta modelo 1876 con su vaina
A medida que las existencias del modelo 1853 empezaron a disminuir se empezó a plantear poner en producción un nuevo modelo diseñado para el Martini-Henry, dando lugar al modelo 1876 o Long Common Bayonet (Bayoneta común larga), que salvo en el sistema de engarce de cubo era un arma totalmente distinta a su predecesora. La hoja del modelo anterior tenía la cara que miraba al cañón más ancha, costumbre habitual de la época para ofrecer una superficie más lisa y reducir el riesgo de que el soldado se desollase los dedos al recargar el arma. En este caso, al tratarse de un arma de retrocarga esa precaución carecía de sentido, por lo que las hojas, aunque seguían siendo de sección triangular, tenían sus tres lados iguales.


Pero además de cambiar la sección de la hoja, esta se alargó hasta los 55 cm. y la longitud total del arma a los 63,5 cm. Esto convirtió al Martini-Henry en una pica de alrededor de 1,85 metros, lo que era una mejora notable de cara a enfrentarse con hombres que iban armados con lanzas. Por este motivo, este modelo fue apodado "the lunger", término que si cualquiera busca en el diccionario le aparecerá con cuestiones relacionadas con el pulmón pero, en este caso, hace referencia a un golpe de esgrima, concretamente "la estocada". En lo referente a la vaina, aunque su apariencia era similar a la del modelo 1853, en su interior llevaba un fleje para darle rigidez a la pieza y, al mismo tiempo, presionar contra la hoja de la bayoneta para impedir que se saliera. Dicho fleje estaba sujeto con tres remaches de latón, como vemos en el ejemplar superior de la foto. Posteriormente, en julio de 1877 se eliminó el remache central, quedando solo dos tal como vemos en el ejemplar inferior. Al parecer, se hizo un tercer modelo con un solo remache ideado para que la vaina se flexionase un poco si el soldado apuntaba rodilla en tierra, pero se construyeron muy pocas unidades.  El modelo 1876 se empezó a fabricar en junio de ese año, siendo producidas un total de 560.959 unidades: 532.759 por la RSAF de Enfield y 28.200 por la Birmingham Small Arms Co. (BSA).


Batalla de Abu Klea, librada el 17 de enero de 1885 contra las tropas del
malvado mahdi, una especie de mesías moro, Muhammad Ahmad. En esta
ocasión los british pudieron comprobar que sus bayonetas eran un churro
aunque, eso sí, ganaron la batalla
Como avanzamos en la entrada anterior, la potencia de fuego de los british obligó a sus enemigos peor armados, especialmente en las campañas de Egipto y Sudán, a llegar a toda costa al cuerpo a cuerpo, donde se podían aprovechar su superioridad en efectivos. Sin embargo, la nueva bayoneta empezó a dar problemas que, debidamente adobados por la prensa de la época, dieron lugar a tal escándalo que la cosa acabó debatiéndose incluso en el parlamento. Al parecer, el método de templado no era idóneo y, lo que es peor, aunque se detectó en la fábrica de origen el personal miró para otro lado. Como era habitual en la fabricación de armas blancas en toda Europa, cada pieza era sometida a una prueba de resistencia que, en este caso, consistía en meter la punta por una plantilla de madera curvada, donde se presionaba para corroborar que la flexibilidad y el temple eran correctos. Si la pieza tenía un temple excesivo saltaría como el cristal, y de lo contrario se doblaría pero sin recuperar su forma original. Bien, pues muchas de estas últimas se enderezaron y se enviaron a las tropas coloniales de África, concretamente al Sudán, donde las tropas se quedaron con un palmo de narices al ver que sus magnificentes "lunger" se doblaban cuando las clavaban en los cuerpos de sus enemigos, quedando inutilizadas. 


Bayoneta de yatagán modelo 1860
Pero movidas de armas defectuosas aparte, los mandamases se habían planteado cambiar las vetustas bayonetas de cubo por una espada-bayoneta. De hecho, el ejército ya disponía del modelo 1860, una magnífica arma con hoja de yatagán, tan de moda por aquella época, que hasta el momento solo se había distribuido entre suboficiales y unidades de fusileros de primera línea para armar los Snider-Enfield. En este caso también hubo que modificar el diámetro interno del ojo de la bayoneta para adaptarlas al cañón del Martini-Henry y, como contrapartida, adaptar también los Martini-Henry a este tipo de bayoneta. 


En las fotos de la derecha podemos ver las distintas modificaciones que hubo que llevar a cabo. Al carecer de ranura o banda de engarce se adoptó una solución muy funcional y económica que evitó tener que fabricar una pieza y soldarla al cañón. Se limitaron simplemente a modificar la anilla delantera del fusil, a la que solo hizo falta añadirle una pequeña banda de engarce que podemos ver en la foto inferior izquierda. En cuanto a la bayoneta, pues lo que ya se ha dicho: soldar un casquillo en el interior del ojo para adaptarlo al diámetro del cañón. Podemos verlo en el detalle de la derecha, donde la flecha señala la soldadura y nos permite apreciar el grosor del casquillo. En el centro tenemos un fusil con la anilla ya instalada, y arriba una vista superior del arma con la bayoneta calada. Francamente, nunca he entendido la obsesión por las bayonetas de cubo en vez de los cuchillos/espadas/sables bayoneta, porque estos últimos matan más y mejor. Una herida de una bayoneta de cubo puede interesar un órgano importante o producir una muerte cuasi instantánea si se tiene la suerte de alcanzar una arteria o el corazón, lo que no creo que fuese habitual. Así pues, si tenemos a un probo enemigo muy cabreado porque le han agujerado el pellejo, aunque le hayan perforado el estómago o el hígado aún tendrá tiempo sobrado para abrirle la cabeza como un melón a su adversario o arrancarle las venas del pescuezo a mordiscos si hace falta antes de que empiecen a fallarle las fuerzas. Por el contrario, una cuchillada tiene más probabilidades de cortar órganos y vasos sanguíneos importantes que, aunque no produzcan una muerte fulminante, sí una hemorragia que degenere en un shock hipovolémico en cuestión de pocos segundos. O sea, que eso que sale en las pelis del fulano que pinchan, cae redondo y palma con una sonrisa, contentito de haber dado la vida por la patria, como que nones. Una herida en el vientre puede tardar horas en producir la muerte, y si se logra evacuar al herido ser perfectamente viable su curación. Bien, dicho esto prosigo.


Esta bayoneta era un arma de generosas dimensiones: su hoja medía 58 cm., y el total alcanzaba los 71,6 de longitud, con un peso de 794 gramos. Además, en caso de llegar a un cuerpo a cuerpo tan cerrado que el fusil se convirtiera más en un estorbo que otra cosa, siempre se podía usar como una espada corta capaz de producir heridas fastuosas, sobre todo por su hoja curvada hacia abajo que haría el mismo efecto que un tajo de machete. En cuanto a la vaina, era de una sola pieza de cuero negro cosida por el reverso, y estaba provista de brocal y contera de acero. El tahalí también difería del usado en las bayonetas de cubo, siendo en este caso una pieza de cuero blanco con el ojal abierto para introducir el botón con más facilidad, quedando luego asegurado con una correa. El visto bueno para comenzar la versión reformada tuvo lugar en enero de 1873 si bien la conversión no dio comienzo hasta 1875. Alucino en colores con la parsimonia que se lo tomaban todo estos herejes, que sabiendo que esas armas eran necesarias se dejaban ir dos años solo para soldar un puñetero casquillo al ojo de la bayoneta. Igual ponían uno entre taza y taza de té, digo yo... En todo caso, la firma encargada de llevarla a cabo las reformas fue la RSAF del Enfield, que entre 1872 y 1889 modificó 103.585 unidades que fueron enviadas a las unidades coloniales.


Espada-bayoneta modelo 1887 Mark I
Pero el yatagán no era más que un apaño de circunstancias porque desde hacia algún tiempo llevaban estudiando un modelo de espada-bayoneta que, en teoría, iba a destinarse al Martini-Enfield que también estaba ya en proyecto, la espada-bayoneta modelo 1886. Sin embargo, lo de las bayonetas de cubo doblándose como si fueran de atrezzo de peli de serie B obligó a adelantarse un poco y dejar de lado el proyecto inicial para el futuro sustituto del Martini-Henry que, en principio, se preveía dotarlo de un cañón de calibre .402, por lo que las unidades ya fabricadas fueron almacenadas para dar preferencia a una versión adaptada al cañón de .450. Esta bayoneta, que fue denominada como modelo 1887 Mark I y de la que se hicieron varios prototipos, también se calaba en el lado derecho del arma. Su hoja de 47 cm. tenía recazo y un vaceo en la primera mitad, y un vaciado a dos mesas y doble filo en la segunda. La longitud total del arma era de 60  cm., y la vaina con unos materiales y acabados similares a los del modelo 1860.


Pero lo más peculiar estaba en la cruceta, donde se habían instalado un labio que actuase como guía (flecha roja) para facilitar el calado en el cañón y un punto de mira que anulaba al del fusil. El objeto de este peculiar accesorio era compensar la tendencia a inclinar el arma hacia la derecha en el momento de apuntar debido al peso de la bayoneta. No obstante, esta pijadita se suprimió junto al muelle plano del botón de retenida, que fue sustituido por un muelle helicoidal interno (como el que usan las bayonetas modernas). Las unidades que ya estaban fabricadas fueron enviadas a Birmingham para eliminarles el punto de mira y cambiarles el sistema de retención, dando lugar a las variantes Mark II y Mark III que se fabricaron entre 1888 y 1889. 


Cuando el Martini-Henry dio paso al Martini-Enfield y al Martini-Metford, estas armas fueron enviadas como era habitual a las zonas del imperio donde menos movimiento había. Al parecer, muchas de estas bayonetas acabaron en Australia, donde los aborígenes daban poca guerra y los canguros ninguna. La producción inicial del modelo destinado a pruebas del Martini-Enfield alcanzó las 21.113 unidades que fueron reconvertidas para el Martini-Henry, a las que hay que añadir otras 36.400, ambas producidas por la RSAF. Las variantes Mark II y III fabricadas por esta misma firma y la Wilkinson fue de 52.739 unidades producidas entre 1888 y 1889. A la derecha podemos ver la empuñadura ya desprovista del punto de mira y con el resorte de retención helicoidal. Hay que ver la de vueltas y revueltas que le daban a todo esta gente, carajo. Y entra una cosa y otra pasaban los meses y los años como si nada.


Bueno, estas fueron las bayonetas que armaron los Martini-Henry. Para la carabina de artillería se fabricó el modelo 1879, un arma basada en el sable-espada modelo 1859 de la marina al que solo se le cambió la guarnición y se le serraron 23,5 cm. del lomo con 41 dientes, como ya explicamos en la primera entrada de esta serie. Esta bayoneta, que como ya se comentó era apenas 15 cm. más corta que la carabina de artillería, estaba destinada como herramienta, bayoneta o arma de mano. En la foto podemos verla mostrando en la empuñadura el resorte plano para el botón de retención, el vaceo que recorre la mitad de la hoja y, debajo, la vaina con el tahalí, ambas piezas similares en todo a la de los modelos anteriores de espada-bayoneta. 


Vista superior de la bayoneta calada en su carabina. Imagino que semejante
chisme debía desequilibrar el arma una enormidad a la hora de apuntar
Sus dimensiones eran más que generosas: la hoja medía 64,5 cm. de largo y 17,5 de ancho, y el total del arma era de 79,2 cm. Posteriormente se hizo una versión un poco más corta con un total de 75,5 de longitud total y de 61,5 la hoja. La anchura de la misma permaneció invariable. La producción de esta bayoneta se aprobó en julio de 1879, que en realidad era más que una fabricación la autorización para modificar 1.340 sables-bayoneta modelo 1859. Posteriormente se fabricaron un total de 65.143 unidades entre ambas versiones, la corta y la larga manufacturadas por la RSAF de Enfield excepto 2.000 unidades subcontratadas a la Wilkinson. Esta gente se debió hacer de oro con tantos centenares de miles de armas que fabricaron en apenas 25 años.

Bueno, criaturas, con esto terminamos. Estas fueron las distintas bayonetas que usaron los Martini-Henry a lo largo de su vida operativa. Pero por si algún cuñado se resiste, añado de regalo un par de accesorios que seguramente desconocen. Helos aquí:


La herramienta multiusos para el fusil o Implement Action en la execrable lengua anglosajona. Este curioso chisme se suministraba a razón de cinco unidades en cada embalaje con 20 fusiles o carabinas, llegándose a producir un total de 15.790 unidades entre 1874 y 1882. Sus utilidades son: 

1: Destornillador para tornillos pequeños.

2: Codo de la herramienta que permitía usarla como martillo para golpear el punzón para extraer pasadores.

3: Destornillador mediano.

4: Destornillador para el tapón trasero del bloque de cierre.

5: Botador/punzón

6: Solapa que, usándola en combinación con una de las herramientas, actuaba como un pequeño alicate para presionar e introducir el pasador partido que sujetaba el bloque de cierre.

7: Aguja retráctil de limpieza para eliminar mugre de los recovecos, el orificio del percutor o de los pasadores.

Las herramientas quedaban en poder de los suboficiales si bien imagino que todo el que podía trincaba una para él solo.


Y por otro lado, ese curioso chisme que permitía a los instructores de tiro comprobar si los reclutas apuntaban adecuadamente. Denominado oficialmente como Auxiliary Sight Aiming (Mira auxiliar de puntería), se colocaba tal como vemos en las fotos, atornilladas en el alza y delante del punto de mira. El alza no creo que precise explicación, y el punto consistía en el disco que vemos en el centro del tornillo entre dos contratuercas que lo inmovilizaban. Una vez que el instructor calibraba la mira auxiliar, cada recluta iba pasando por la prueba. Cuando decía que ya estaba apuntando, el instructor comprobaba si lo hacía correctamente o le daba las instrucciones adecuada para que lo hiciera bien. Sino se aclaraba, le daba seis collejas y lo mandaba a pelar patatas para todo el regimiento. Este práctico accesorio se introdujo en marzo de 1878, y ciertamente debió ahorrar cantidades ingentes de munición por parte de la tropa que no tenía ni puñetera idea de como apuntar correctamente. 

En fin, esto es todo. Espero que les haya resultado interesante, que chinchen a sus cuñados y esas cosas que se dicen. Y como es la hora de reponer energías, me piro, vampiro.

Hale, he dicho


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Bayonetas yatagán


Esto que ven era una de las principales causas por la que se insistía en efectuar un fuego pausado. Generalmente se suele
considerar que era para evitar un gasto excesivo de munición y apuntar cuidadosamente para no desperdiciar ni un cartucho,
lo cual es cierto, pero pocos saben que había una tercera razón: el humo de la pólvora. Varias descargas seguidas sin que
hiciera aire que disipara la espesa nube de humo hacía invisible al enemigo. Las tropas debían dejar de disparar para
esperar a que se aclarase la humareda acre de la pólvora negra, momento en que los enemigos aprovechaban para
aproximarse e intentar llegar al cuerpo a cuerpo. Más de una vez, los british vieron salir de entre el humo a las hordas de
zulúes, sudaneses, etc. a escasa distancia y sin dar tiempo más que a intentar rechazarlos a bayonetazos. Hale, ya saben
una cosa más.