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miércoles, 13 de enero de 2021

LOS CASTILLOS DE LOS FARAONES 2ª PARTE

 

Mercaderes nubios pasando el puesto fronterizo establecido en la fortaleza de Semna Occidental. Solo los mercaderes y los mensajeros podían cruzar hacia el norte, pero no más allá de Mirgissa, donde podían vender sus cargamentos a los tratantes egipcios. Obsérvese la coracha que baja desde la muralla hasta el Nilo para asegurarse el suministro de agua en caso de asedio

Escena de un asedio representada en la tumba de Khety I. Como
vemos, la fortaleza ha sido representada de forma muy esquemática
y solo nos permite hacernos una idea de su aspecto general
Bueno, como la conjuntiva parece que tiene menos "itis" y me casi no me pican los ojos cuando fijo la vista, prosigamos. No obstante, antes de empezar debemos hacer una aclaración aclaratoria para aclarar lo referente a las medidas que iremos desgranando en este artículo ya que la totalidad de los restos que se conservan están, en el mejor de los casos, bastante mermados en sus estructuras, cuando no prácticamente en los cimientos. Esto ha permitido saber con cierta exactitud la superficie de sus recintos, la longitud de sus murallas o el grosor de las mismas, pero nada en lo tocante a la altura, que se ha deducido de forma aproximada en base a la anchura de paramentos, muros, etc. Por otro lado, las representaciones gráficas de la época no son fiables para deducir tamaños ya que están fuera de escala, así que solo han valido para tener una idea aproximada de la morfología de estas fortificaciones, así como de determinados elementos defensivos como la merlatura que coronaba las murallas. Así pues, recordemos en todo momento que cuando decimos que tal muralla o recinto tenía tal altura hablamos de cifras muy aproximadas, pero en modo alguno exactas como lo puedan ser la anchura o extensión de las diversas estructuras que se mencionarán.

Dicho esto, en la entrada anterior ya cometamos los orígenes de las fortificaciones faraónicas, así como los materiales de construcción usados en las mismas, por lo que ahora toca meternos en los entresijos de su

DISEÑO Y ELEMENTOS DEFENSIVOS

A la derecha vemos la fortaleza de Semna Occidental, y frente a ella
la de Kumma. Ambas cerraban literalmente el paso en ese sector del Nilo
Los castillos de los faraones eran recintos de tamaño más que respetable. De hecho, bastante mayores que un castillo convencional de la Edad Media. Los motivos podrían ser varios, a saber: ante todo, hablamos de fortificaciones situadas en lugares muy comprometidos, fronterizos con los nubios con los que anduvieron a la greña durante siglos. Obviamente, para defender las fronteras era necesario disponer de contingentes de tropas numerosos, así como de espacio para albergar refuerzos en caso de ser necesarios. Por otro lado, estos castillos eran también almacenes donde se guardaban, no solo las provisiones y bastimentos para la guarnición, sino también los bienes procedentes de la Nubia que debían ser puestos a buen recaudo hasta que llegase el momento de enviarlos a la metrópoli, especialmente el oro y el cobre. Finalmente, cabe suponer que, caso de intentar un asedio, los nubios no juntaban a cuatro compadres para formar un ejército, sino que debían organizar una hueste respetable a la vista de las formidables fortificaciones con que los egipcios protegieron sus fronteras.

Básicamente, hablamos de recintos que podemos dividir en dos tipos: los emplazados en las llanuras junto al Nilo y los situados en elevaciones del terreno. Los primeros eran mucho mayores y, por norma, rodeados por fosos de considerables dimensiones ya que hablamos en cavas de unos 3 a 5 metros de profundas y de hasta 7 o 9 metros de ancho. En una época en que la poliorcética aún estaba prácticamente en pañales, debemos suponer que los asedios solo se solucionaban de dos formas: o sentándose a esperar a que los defensores se empezasen a comer unos a otros, lo que no debía ser frecuente a la vista de las grandes cantidades de grano que almacenaban y muchas de ellas con el Nilo junto a sus murallas, o tomándolas por asalto, como vemos representado en muchos testimonios gráficos. Pero como algunos dibujitos valdrán más que una extensa filípica, mejor vamos explicando sobre ejemplos conocidos y así nos aclaramos antes y mejor...

A la derecha tenemos un plano de la fortaleza de Semna Occidental, situada en un promontorio en la orilla oeste del Nilo. Fue construida en el 8º año del reinado de Senusret III y se apoyaba con las fortalezas de Semna Meridional y Kumma, separadas unas de otras menos de dos kilómetros. Como vemos, se trata de un  amplio  recinto en forma de L con una superficie total de 7.856,5 m². Para darle consistencia al edificio el terreno se niveló con escombros de granito. En A y A' aparecen las puertas principales, mientras que en B se encuentra la puerta  del río. Por lo general, estas fortalezas tenían una o dos puertas mirando hacia tierra y otras tantas al Nilo, usadas como muelle de carga y como coracha de agua para asegurarse el suministro del líquido elemento. Semna estaba rodeada por un foso por los lados sur, oeste y norte, quedando el sector oriental protegido por el río. La muralla no era para tomarla a broma: fabricada con ladrillo crudo, su espesor oscilaba entre los 5 y los 8 metros y se le calcula una altura aproximada de nada menos que 14 metros, lo mismo que un edificio de cinco pisos aproximadamente. Como vemos, salvo en el lado oriental, en el resto de la muralla se reparten varias torres en cuyo extremo se ensanchan para dar cabida a más defensores. En el detalle vemos que actuaban básicamente como albarranas ya que, proyectadas varios metros por delante de la muralla, podían cubrir las zonas situadas junto a la base de la misma. Pero lo más significativo, y que es un elemento común en todas las fortalezas de la frontera nubia, son los resaltes que dan a las murallas un aspecto dentado y que son hasta la fecha motivo de enjundiosos debates ya que, al no existir la parte superior de los mismos, se dan diversas teorías sobre su utilidad.

La explicación que se dio cuando se comenzaron a estudiar estas fortalezas entre finales del siglo XIX y principios del XX era que se trataba de torres de flanqueo. Pero su pequeño tamaño, así como la escasa distancia entre unas y otras, por lo general inferior a los 5 metros, pronto hizo pensar que una serie de torres tan cercanas y que apenas dejaban sitio para, a lo sumo, dos hombres, eran inviables. De hecho, para que un defensor pudiera hostigar a un asaltante pegado a la muralla tendría literalmente que volcar medio cuerpo entre las almenas, lo que no era precisamente aconsejable cuando los arqueros enemigos estarían a la caza de cualquier tontaina que asomase la cabeza. Como vemos en el gráfico, el arquero situado en la supuesta torre lo tendría muy complicado para hostigar a los atacantes que se aproximasen a la muralla. Así pues, surgió la teoría de que, en realidad, se trataba de simples contrafuertes como el que vemos a la izquierda, que ocuparían una altura equivalente a unos ⅔ de la altura total. El hecho de que estos contrafuertes no tuvieran trabazón con la muralla y que en caso de colapsarse no afectase en nada la solidez de la misma parece una teoría más cercana a la realidad.

No obstante, algunos autores han sugerido una tercera posibilidad, y es que fuesen pilares para sustentar estructuras voladizas similares a los cadalsos medievales. Al ser el ladrillo mucho más pesado que las estructuras lignarias de dichos cadalsos, en vez de ménsulas requerirían algo más resistente, que en este caso serían precisamente los pilares de ladrillo. La opción de los voladizos la vemos plasmada en el gráfico A de la ilustración de la derecha. Los pilares permitirían darles una base sólida y en el suelo, fabricado de madera, se abrirían buheras entre pilar y pilar para arrojar sobre los enemigos cualquier porquería disponible. No obstante, hay una cuarta teoría, que es la que vemos en la figura B. Ya que el escaso espacio entre contrafuertes se convertiría en un refugio para los asaltantes, para impedirlo se colocarían pequeños balcones a modo de ladroneras sustentados por troncos y puntales con su correspondiente buhera en el suelo. De ese modo, el espacio muerto entre contrafuertes sería adecuadamente protegido ya que, obviamente, servían de protección a los enemigos que lograran alcanzarlos ya que quedarían a resguardo del fuego de flanqueo procedentes de las torres, que solían distar entre 20 y 50 metros unas de otras, o sea, dentro del campo de tiro eficaz de cualquier arco de la época.

LOS FOSOS

Aparte de sus generosas dimensiones ya mencionadas anteriormente, tenían unas características que los hacían especialmente eficaces ante unos enemigos que solo dispondrían de escalas para intentar un asalto. Veamos el gráfico de la izquierda, correspondiente a la fortaleza de Buhen que, como ya se comentó, es la que ha salido mejor parada al cabo de los siglos y ha permitido conocer mejor este tipo de fortificaciones. En primer lugar vemos un murete de escasa altura ante el cual se extiende un talud de varios metros de largo. Este primer obstáculo tenía dos funciones: una, impedir que la arena entrase en el foso. Considerando que el viento mueve cantidades masivas de la misma en aquella zona, tendrían que estar cada dos por tres paleando arena para impedir que quedase cegado en poco tiempo. Y por otro lado, el talud impedía a los atacantes ver el foso, que quedaba oculto tras el mismo. Los que se acercasen al castillo solo verían la muralla, pero al llegar al murete se quedarían con la jeta a cuadros al ver que no solo había un foso, sino unas torres que, a modo de barrefosos o caponeras, aniquilaría a todo aquel que se atreviese a bajar al mismo. Y además de las caponeras, todo el perímetro estaba provisto de un antemuro desde donde también podrían hostigar a los agresores. Como vemos en el detalle, las aspilleras eran de una tipología única: cada una de ellas se dividía en tres ramales para dar mayor ángulo de tiro a los arqueros y, además, disponían de dos niveles, o sea, seis aspilleras en total: las tres superiores cubrían el murete o el glacis dependiendo de si estaban situadas en el antemuro o la muralla, y las inferiores cubrirían la liza y el fondo del foso en el mismo caso. En resumen, pasar del foso era bastante complicado ya que, además, se tenía por norma chapar las escarpas y las contraescarpas con ladrillos para impedir a los asaltantes trepar por ellas, precisando necesariamente de escaleras que, como ya podemos imaginar, retrasaría el asalto y los dejaría a merced de los arqueros que defendían la fortaleza.

LAS PUERTAS

Sin duda, eran las estructuras más formidables. De hecho, eran talmente similares a las barbacanas medievales, por lo que podrían continuar la resistencia aún en el caso de ver la fortaleza invadida por los enemigos. La que vemos a la derecha es una reconstrucción de la puerta de tierra de Buhen, que disponía de dos más de menor tamaño en el sector del río. La ilustración procede de las primeras excavaciones, por lo que vemos los misteriosos salientes de la muralla con forma de torres. Bien, como vemos, la puerta estaba formada por un recinto con forma de U que avanzaba entre 15 y 25 metros de la muralla principal. En su extremo exterior vemos como el pasillo se estrecha, dejando apenas unos tres metros de ancho para pasar y, de ese modo, dificultar una invasión en masa. Pero la invasión lo tenía crudo porque a partir de ahí se encontraban con una empinada rampa y varias puertas consecutivas, incluyendo en algunos casos, como por ejemplo en Buhen, un foso o salto de lobo con un puente levadizo en la parte central del pasillo, tras el cual había otras dos puertas más. En el grabado se puede ver la puerta que daba acceso a la liza, lo que permitiría a los defensores tanto ocuparla en caso de ataque como evacuarla en caso de verse desbordados. Este que vemos no era un diseño único, habiendo variantes como, por ejemplo, estar proyectadas más hacia el interior que hacia el exterior y con el pasillo de acceso formando un embudo cada vez más estrecho a medida que se avanzaba.

En cuanto a las puertas del río, a la izquierda podemos ver su aspecto, en esta ocasión también las pertenecientes de Buhen. Como vemos, se trata de sendas puertas de pasillo con acceso directo como la principal, pero de menor tamaño. De cada puerta sale un muelle destinado a facilitar la carga y descarga de las naves, así como para asegurarse el suministro de agua. Para impedir que los enemigos se infiltrasen en el reducido espacio que quedaba entre la muralla y el río, en algunas fortalezas se construían corachas que cerraban literalmente el paso y que resultaban infranqueables ya que solían tener entre dos y tres metros de espesor y seis de altura. Como complemento, estas fortalezas también disponían de postigos para facilitar el paso de tropas de un punto a otro y, en el caso de grandes recintos como Buhen o Mirgissa, que eran en realidad asentamientos fortificados con una ciudadela interior, para que la población pudiera salir y entrar del mismo sin que se produjeran aglomeraciones en las puertas principales que, recordemos, eran solo una o dos a lo sumo. Hablamos de murallas que, como la de Buhen alcanzaron un perímetro de 1,6 km., lo que la convertía en una población con un tamaño más que decente para la época. Su misión no solo era dar protección a colonos, tratantes y demás probos hijos de Amón para sus trapicheos con los nubios sin que se vieran asaltados por partidas de bandidos, sino también para alojar tropas de refuerzo en caso de necesidad. En fin, ya vemos que no se diferenciaban gran cosa, por no decir nada, de cualquier estructura similar de la Edad Media.

DEPENDENCIAS INTERNAS

Una fortaleza egipcia disponía todo un complejo de dependencias en su interior incluyendo el templo de turno, que la cosa religiosa siempre la tenían muy presente y no era plan de cabrear al extenso panteón patrio por no dedicarle las preces adecuadas. Básicamente, podemos dividirlas en varias partes bien definidas: en primer lugar estarían las dependencias del comandante de la guarnición que, en una sociedad profundamente clasista como la egipcia, es evidente que dispondría de todas las comodidades imaginables, como si estuviera en su palacio de Tebas. En realidad, era la mejor forma de tenerlos contentitos y, por ende, alejados de corruptelas, alevosías o ambas cosas. En cuanto a las tropas, como ya podemos imaginar, no disponían de tantas comodidades. 

En el gráfico de la derecha podemos ver el aspecto de los cuarteles y que es similar en las fortalezas donde han aparecido este tipo de recintos. En la figura 1 vemos un plano que nos muestra su distribución: formaban un rectángulo de 8 x 5 metros dividido de la siguiente forma: En A tenemos un espacio común que serviría para esparcimiento de la tropa, para cocinar o contarse chistes verdes. B y B' eran los dormitorios con una superficie interior de 5 x 2 metros. No sabemos cuántos hombres los ocupaban, pero teniendo en cuenta la época y las condiciones de vida de esta gente igual metían a cuatro en cada habitación. Los muros estaban fabricados de ladrillo, con un grosor de 50 cm. En la figura 2 podemos ver una recreación de su apariencia. Se ha representado con una segunda planta, a la que se accedería por las escalas que vemos apoyadas en el muro. Así mismo, podrían tener una salida por el techo con la finalidad de que, caso de ser invadidos, tener una salida de emergencia para moverse por el recinto de un lado a otro a fin de prolongar la defensa. Por lo demás, estas dependencias se agrupaban en manzanas, o sea, dos filas de cuarteles adosados por los muros traseros.

Otra parte importante eran los graneros, donde no solo se almacenaba el que serviría de alimento a la tropa, sino el que sería enviado a la metrópoli. Afortunadamente, tenemos cantidad de testimonios gráficos hallados en los frescos que adornan tumbas y templos, así que en este caso no creo que podamos tener dudas al respecto. A la izquierda tenemos un par de ellas que muestran escenas similares: mientras los esclavos proceden al llenado de los silos, los capataces y contables llevan un control riguroso de las cantidades que se almacenan. Al parecer, una vez terminada la operación se sellaban las puertas para impedir robos, y cada vez que había que sacar o meter más grano el capataz rompía los sellos para acceder al interior, sellos que eran nuevamente colocados cuando se acababa la faena. Estos sellos eran simples galletas de barro fresco que unían los extremos de la soga con que se cerraban las puertas. En el sello se estampaba el cartucho con el nombre del faraón. Por lo demás, como vemos en ambas ilustraciones, podían ser abovedados o con el techo raso si bien en ambos casos las escaleras dejan claro que se accedía a ellos desde la parte superior.

Por último, quedarían por mencionar los almacenes. En ellos se guardaba todo lo que no era grano: cerveza, salazones, dátiles y provisiones de todo tipo, además de servir de armería y posiblemente de talleres. No obstante, parece ser que había un SANCTA SANCTORVM cuya custodia era de vital importancia: la dependencia donde se guardaba el oro que en lengua egipcia se denominaba "casa de plata". Su existencia está corroborada por multitud de impresiones en tablillas de barro y, concretamente en el caso de Uronarti, estaba formada por un patio rectangular con tres dependencias paralelas estrechas y largas adosadas a los cuarteles. Imagino que en el patio se contabilizaba la pasta gansa, mientras que en las dependencias se guardaba bajo siete llaves hasta que llegase la hora en embarcarlo hacia el norte.

Por último, solo nos resta mencionar las atalayas, de cuya existencia hay testimonios gráficos que nos permiten conocer su morfología e incluso su distribución interior. En el centro, arriba, vemos una tablilla procedente del cementerio real de Abidos, mientras que la figurita de marfil inferior, de solo 4,9 cm. de alta, representa un edificio prácticamente idéntico datado hacia el 3100 a.C., por lo que podemos suponer que este tipo de torre, aparte de tener un diseño más antiguo que Noé, permaneció invariable durante siglos. A la izquierda hemos recreado su aspecto original, con un cuerpo cónico rematado por la típica merlatura ondulada egipcia. El acceso, como es habitual en este tipo de torres aisladas, estaba a una considerable altura y solo se podía llegar al mismo mediante una escala de cuerda que sería retirada en caso de peligro. El interior estaría dividido en tres plantas separadas mediante entresuelos de madera. La baja sería el almacén y las otras dos los alojamientos de la guarnición. Para pasar de una a otra, así como a la azotea, se valdrían de simples trampillas y escalas de mano. Estas torres se encontrarían diseminadas por el territorio para, como es de rigor, avisar a las fortificaciones principales de posibles movimientos sospechosos de tropas enemigas.

Bueno, creo que con esto ya podemos conocer un poco más las desconocidas fortificaciones construidas por los egipcios hace miles de años, cuando en Europa aún andaban a garrotazos y metidos en chozas que, a lo sumo, rodearían con burdos muros de lajas de piedra. Otro día hablaremos de la organización de las tropas que servían en estas fortalezas, y así tenemos todo el repertorio necesario para chafarle la tarde a esos cuñados que se han visto los documentales de Canal Historia donde siempre sale un experto que no lo conocen ni en su casa revelándonos detalles tan sorprendentes que no se entiende como se le pasaron por alto a Emery, Petrie, Borchardt, Lawrence etc.

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONANDAS:



Recreación de Buhen obra de J.C. Golvin vista desde el lado oeste. Obsérvese la magnificencia de la puerta principal, el foso y la ciudadela interior, provista también de su correspondiente foso y un antemuro. Así mismo, merece la pena reparar en las pequeñas corachas que aparecen a ambos lados, al fondo del recinto, que impedían el paso a la zona portuaria de la fortificación. Salta a la vista que no tiene nada que envidiar a cualquier plaza fuerte medieval o incluso posterior. Su superficie alcanzó 2,7 Ha., y su muralla exterior tenía 5 metros de espesor y entre 10 y 14 metros de altura

jueves, 7 de enero de 2021

LOS CASTILLOS DE LOS FARAONES 1ª parte

 

Reconstrucción de la fortaleza de Uronarti, en la región de la Segunda Catarata. Este castillo, salvado por su posición de verse sumergido en las aguas del lago Nasser tras la construcción de la presa de Asuán, fue construido posiblemente por el faraón Senusret III (Sesostris según la denominación griega), de la XII Dinastía. Como se puede ver, por su aspecto no tenía nada que envidiar a las más complejas fortalezas medievales

Sí, sí, castillos faraónicos. Pero castillos de verdad, no empalizadas o pequeños reductos a base de pedruscos apilados. Castillos que, como vemos en la imagen de cabecera, tenían unas dimensiones y unos elementos defensivos dignos del más sofisticado castillo medieval. Con todo, lo cierto es que tenemos tan inculcado el binomio castillo-Edad Media que, por lo general, la mayoría asimila ese tipo de fortificación con un período concreto de la historia cuando, en realidad, son más antiguos que la tos. De hecho, la representación más antigua que se reconoce es la que vemos a la derecha, una pequeña pieza de arcilla de apenas 10 cm. de alto hallada en una tumba en Abadiyeh, a pocos kilómetros al este de Beirut. En la misma se ven las jetas de dos guardias que más bien parecen alienígenas por sus rasgos- cabe suponer que la erosión y los siglos han hecho sus efectos- asomándose por las almenas de lo que sería una muralla. Esa pieza está datada entre los años 3500-3200 a.C., por lo que hablamos de una fortificación con nada menos que 5.500 años de nada, o sea, mil años anterior a la pirámide de Keops o, más correctamente dicho, Jufu. Y, obviamente, la supuesta fortificación de la muestra no sería la primera que se construyó, por lo que podemos tener claro que el origen de las fortalezas en esa zona del planeta era muy anterior, cuando ni siquiera existía Egipto ni sus hieráticos faraones endogámicos.

Valga pues esta breve introducción para ponernos en contexto y desechar los estereotipos que, seguramente, más de uno tiene incrustados en el cerebro porque, ante todo, debemos tener claros dos conceptos, a saber: uno, que los pueblos expansionistas se han dedicado a ocupar territorios vecinos. Y dos, que para mantener el dominio sobre dichos territorios hace falta una constante presencia militar la cual solo se asegura con la construcción de fortificaciones que les permitan mantenerse a salvo de sus enojados nuevos vasallos, deseosos de tener la primera ocasión para rebanarles el pescuezo de oreja a oreja. Siendo pues los egipcios unos imperialistas de primera clase, es evidente que desde que se alejaron unos kilómetros de su benéfico Nilo ya tuvieron que devanarse la sesera para planificar una red de fortalezas y atalayas que controlasen tanto los territorios conquistados como los intentos de sus pobladores por echarlos a patadas en buena hora.

Reproducción de una inscripción hallada en una roca en Gebel
Sheik  que da noticia de una invasión llevada a cabo por Dyer, 3er. faraón
de la I Dinastía, contra la segunda catarata en territorio nubio. A la derecha
aparecen varios enemigos ahogados bajo el barco del faraón, y a la izquierda
un caudillo nubio maniatado. Es evidente que los ojos de los faraones miraban
hacia el sur desde siempre


Aunque el tiempo y la abrasiva acción de la arena impulsada por el viento, así como el expolio de siglos han reducido a la mínima expresión los restos de los castillos faraónicos, aparte de los que quedaron sepultados en el lago Nasser tras la construcción de la presa de Asuán entre 1959 y 1970, estos probos imperialistas tuvieron la gentileza de legarnos infinidad de testimonios gráficos y escritos donde nos dan con bastante lujo de detalles muchos aspectos referentes a sus cuestiones militares, por lo que la recreación de sus fortalezas es a veces más fácil que la de una de hace apenas seis o siete siglos. Más aún, no solo nos han llegado sus nombres, sino su situación geográfica e incluso los nombres y desempeños de sus comandantes. Los egipcios, obsesionados con demostrar al resto del planeta los logros de sus gobernantes, plasmaron en piedra, arcilla, pergamino y papiro todo lo habido y por haber, y gracias a su climatología más reseca que el ojo de un tuerto han llegado a nuestros días escritos que en Europa se habrían desintegrado hace siglos y siglos. Así pues, y con los datos de que disponemos y gracias a las concienzudas campañas arqueológicas llevadas a cabo desde finales del siglo XIX, veremos los detalles más relevantes de las impresionantes fortificaciones con que los egipcios defendieron su imperio de los enemigos del divino faraón.

Amanemhat I, fundador de la XII Dinastía

Bien, por meras razones de espacio y porque esto no es una enciclopedia, vamos a ceñirnos al momento en que comienza de verdad el expansionismo egipcio. Los interesados en la evolución de esta civilización desde tiempos predinásticos tienen mogollón de información en la red, así que nos ocuparemos de la parte que nos interesa, que comenzó durante el Imperio Medio, concretamente con el advenimiento de la XII Dinastía fundada por el faraón Amanemhat I hacia el año 1991 a.C. Hasta aquel momento, Egipto tenía tres fronteras, a saber: al nordeste, en la Península del Sinaí, estaban los asirios y los hicsos, que eran tenidos a raya desde tiempos anteriores por una línea fortificada que recibía el nombre de "Caminos de Horus". El advenimiento de Amanemhat I supuso un importante refuerzo con la construcción de una serie de nuevas fortalezas que comprendían las "Murallas del Príncipe" (según otras fuentes, "del Gobernante"). Al oeste las fronteras era un tanto difusas. El desierto occidental que se extendía entre Egipto y Libia era una zona muerta donde los súbditos del faraón se adentraban y creaban sus asentamientos en los oasis, dónde el único peligro que corrían eran las incursiones de pequeñas partidas de bandidos libios que se limitaban a rapiñar lo que podían y se largaban. Para proteger a los colonos se crearon ciudades fortificadas donde pudieran mantenerse a salvo de las depredaciones que los libios llevaban a cabo pero, en cualquier caso, no eran unos enemigos tan temibles como los asirios, un pueblo mucho más organizado y complejo en todos los sentidos.

Senusret I, 2º faraón de la XII Dinastía y principal
instigador del expansionismo egipcio hacia Nubia

Finalmente tenemos la frontera sur, que era la verdaderamente jugosa y donde, de hecho, se edificó la primera fortaleza allá por la I Dinastía, concretamente en la isla de Elefantina. En el sur estaba Nubia, y en Nubia había oro, cobre, madera- de la que Egipto era muy pobre y de mala calidad- y, en resumen, recursos naturales en cantidad incluyendo esclavos para aumentar la población currante de los faraones. No obstante, a lo largo del tiempo no siempre mantuvieron un continuo estado de guerra, sino que hubo períodos de, digamos, tensa calma en los que el comercio entre los nubios del sur y los egipcios del norte era bastante fecundo aprovechando la magnífica red de comunicación que suponía el Nilo. La ocupación de los invasores egipcios llegó en la época que nos ocupa hasta la segunda catarata, pero eso no supuso ningún problema ya que se construyeron muelles fluviales en los que se comerciaba entre ambos bandos, siendo transportadas las mercancías por tierra catarata arriba o catarata abajo y, a continuación, cada mochuelo a su olivo. Obviamente, este territorio, así cómo las vías comerciales, había que defenderlos, y para ello se construyeron una serie de fortalezas en las que, además de disponer de tropas, servían como depósitos para el control de los metales, grano, vino y demás mercaderías. El impulsor de esta expansión fue Senusret I, que tuvo clarísimo que si quería seguir recibiendo oro y cobre tenía que rascarse el bolsillo y edificar las fortificaciones necesarias para tener a los nubios a raya.

Senusret III

El primer punto a fortificar fue la zona situada en el extremo norte de la segunda catarata, siendo la principal fortaleza Buhen, seguida por las de Aniba, Kubban e Ikkur, todas ellas construidas bajo un patrón similar. A estas hay que añadir la base de Mirgissa, construida por Senusret II y que disponía de un complejo de edificios destinados al trasiego de mercancías en una amplia plataforma de carga destinada a evitar la segunda catarata. Posteriormente, bajo el reinado de Senusret III, se mejoraron las defensas de las anteriores y se construyeron otras nuevas más al sur, poco antes de la tercera catarata. Hablamos de una densa línea fortificada que agrupaba en un espacio relativamente reducido al menos seis fortificaciones: Kumma, Uronarti, Shalfak, Askut y dos denominadas como Semna al sur y al oeste. En la ilustración inferior podrán ver un mapa con la máxima extensión del imperio en tiempos de Ramsés II- o sea, el Imperio Nuevo- y en el detalle la zona que nos ocupa entre la segunda y la tercera catarata.



Funcionario controlando el almacenamiento de grano, misión que
también llevaban a cabo en los silos dispuestos en los castillos para
evitar robos
Bien, con esta breve reseña creo que bastará para ponernos en contexto y tener una aproximación de la época que nos ocupa y, lo más importante, comprobar que, en efecto, los faraones fueron unos grandes constructores de fortificaciones con la finalidad de mantener los territorios ocupados, así como la defensa de los mercaderes e incluso como puestos de tránsito para las mercancías que eran transportadas a la metrópoli, especialmente los metales que eran minuciosamente contabilizados por funcionarios del estado a los que no se les escapaba ni medio grano de polvo de oro oculto tras la muela del juicio del defraudador de turno, porque si algo infalible tenían los egipcios eran sus sistemas de contabilidad, precisos y fieles como ningún funcionario moderno podría igualar con muchísimos más medios. Estos probos funcionarios se plantaban delante de una caravana de trigo y tomaban nota hasta del grano que se caía de los puñeteros sacos, y tenían la autoridad necesaria para poner las peras a cuarto a los trincones de turno.

Y dicho esto, pasemos pues a la enjundia de esta entrada: ¿cómo eran los castillos de los faraones? ¿Cómo los construían? ¿Qué tenían de especiales? Veamos...

LOS MATERIALES DE CONSTRUCCIÓN

Aunque la piedra abundaba en Egipto, parece ser que la reservaban para obras de otro tipo, léase templos, palacios y, sobre todo, las enigmáticas pirámides. Para el resto de construcciones usaban ladrillos de adobe, que eran capaces de producir por miles y miles como si tal cosa. De hecho, salvo la fortaleza de Buhen, hecha con una piedra basta, el resto de ellas fueron construidas con ladrillos. 

Para su elaboración solo eran necesarios tres ingredientes: arcilla, paja y agua. La paja era imprescindible ya que no cocían los adobes en hornos, sino al sol, por lo que era imprescindible añadirle la paja en la masa para impedir que se resquebrajasen. Por otro lado, compensaba la tensión capaz de soportar cada ladrillo ya que un tallo de paja es muy frágil si se dobla, pero extraordinariamente resistente ante la tracción, por lo que se puede decir que actuaba de forma similar a los redondos corrugados que se usan actualmente en las estructuras de hormigón armado. De este modo, los adobes eran resistentes tanto a la presión, ya que debían soportar moles de decenas de miles de ellos, y a la tensión, impidiendo así que los bordes se desmoronasen fácilmente. En el grabado de la derecha, procedente de una pintura mural la tumba de Rejmira, un influyente noble que ejerció diversos cargos durante la XVIII Dinastía, siendo gobernador de Tebas, donde fue enterrado, y visir de Thutmosis III y Amenhotep II, vemos en la parte superior izquierda como dos operarios, seguramente esclavos o prisioneros de guerra, recogen agua de un depósito y la llevan hasta la parte central de la escena, donde sus compañeros preparan un pocillo para hacer la mezcla pisándola. Otro operario los va alineando una vez que extrae las piezas del molde, y el resto se dedican a acarrearlos a su destino. 

Por otro lado, el ladrillo tenía una innegable ventaja, y es que se fabricaba a pie de obra. No era como la piedra, que había que acarrearla desde muy lejos con el costo y el trabajo que podemos imaginar, por lo que ésta solo se usaba como pavimento y/o para construir la base de las murallas- colocada a hueso, o sea, sin argamasa- con dos posibles finalidades: una, prevenir el minado en caso de asedio, y la otra proteger los paramentos de la arena que, impulsada por el viento, era como un chorro abrasivo capaz de devorar cualquier material. Para impedirlo, parece ser que también se solían revocar los paramentos con gruesas capas de yeso. En un territorio donde la lluvia era escasita no requeriría mucho mantenimiento a causa de la humedad. A la izquierda vemos un molde para fabricar ladrillos, así como uno ya terminado. En el centro del mismo aparece un cartucho con el nombre del faraón, que para eso era el dueño y señor de todo y debía quedar claro en el reinado de cuál de ellos se fabricó el ladrillo. Esta sana costumbre nos ha permitido datar con precisión obras que, de otro modo, habría sido imposible situar en el tiempo.

Los ladrillos egipcios eran de generosas dimensiones. Los que se han encontrado en Buhen son de 37 x 18 x 12 cm., y para aliviar la presión que ejercían sobre las capas inferiores se intercalaban esteras de juncos cada seis o siete hiladas, a las que se añadían vigas de madera colocadas en sentido perpendicular al de las hileras de ladrillos, todo ello para repartir el enorme peso que semejante masa de adobes podía ejercer sobre la estructura ya que hablamos de murallas de varios metros de espesor y aún más metros de altura. En todo caso, estos probos imperialistas no tenían problemas si había que fabricar cientos de miles de ladrillos para edificar una de sus fortalezas. Para eso disponían de mano de obra esclava en cantidad que, animada por los estimulantes latigazos de los capataces, trabajaban de sol a sol como máquinas y, encima, sin darse nunca de baja. En la foto de la derecha podemos ver una escena en la que un operario está precisamente a punto de sacar un ladrillo del molde para ponerlo a secar, lo que en el ardiente clima de la zona no se llevaba más que un par de días a lo sumo.

Bueno, me temo que con esto acabamos por hoy. Llevo ya varios días con una fastuosa conjuntivitis que me han traído por anticipado los Reyes Magos a pesar de que les dije que sé que son los padres, pero lo han preferido al carbón habitual. En cuanto me alivie un poco proseguimos con las técnicas constructivas y los sistemas defensivos, que como dije al comienzo eran dignos de castillo de Viollet-le-Duc.

Hale, he dicho

sábado, 3 de octubre de 2020

EL DONJÓN, SÍMBOLO DEL PODER FEUDAL

 

El castillo de Coucy, del que emerge su poderoso donjón. Este castillo, paradigma de la castramentación feudal en Francia,
fue construido por Enguerrand de Boves, III señor de Coucy, entre 1223 y 1230. Su enorme donjón de planta circular y 55 metros de
altura fue uno de los edificios militares más sofisticados y complejos de Europa. Desgraciadamente, hoy día solo queda de
él un montón de escombros. Los tedescos lo volaron en mil pedazos en 1917

Si preguntamos a cualquier cuñado qué es un donjón, seguramente nos responderá que la torre del homenaje de un castillo. Si miramos en San Google del Dato Conciso, probablemente nos dirá lo mismo, y si hacemos lo propio en la tan controvertida Wikipedia también saldrá que es la torre del homenaje si bien cuando pinchamos en el idioma gangoso de los gabachos (Dios maldiga al enano corso), veremos un tanto perplejos que, en realidad, no hablan exactamente de lo mismo. El eximio Mora-Figueroa afirma que  es "la torre más conspicua de una fortificación, sea del homenaje o no", y que se trata de un galicismo introducido en el siglo XIX. Bien, esas respuestas son una verdad a medias ya que el concepto de torre del homenaje que tenían en la Península era totalmente distinto al de los vecinos del norte, así que antes de entrar a fondo en el tema quizás convenga explicar en qué radican sus diferencias.

Mota castral. Como vemos, la torre señorial dominaba la aldea que, a su vez, estaba
protegida por una empalizada. Este era sistema defensivo habitual hasta la llegada
de los normandos

Ante todo, debemos desechar las fortificaciones andalusíes. Los malditos agarenos adoradores del profeta Mahoma no usaban esta torre mayor en sus castillos, y los que vemos actualmente que sí la tienen son añadidos cristianos de cuando cayeron en sus manos ávidas de vísceras de infieles. Como ya se explicó en su día, estas torres tienen su origen en las antiguas fortificaciones de madera de la motas castrales en las que los señores feudales surgidos tras el colapso del imperio carolingio se resguardaban de sus vecinos, siempre deseosos de ampliar sus dominios a costa del personal. La torre era la residencia del señor, el tenente o el alcaide, así como el último reducto defensivo en caso de verse desbordados, pero ahí acaban las similitudes entre una torre del homenaje peninsular y un donjón. El motivo no podemos buscarlo solo en cuestiones puramente militares, ni de diseños más o menos avanzados, sino en la organización social y política de cada reino. Mientras que en la Baja Edad Media peninsular los monarcas y nobles tenían claramente definido quién era el enemigo a batir, independientemente de que algún noble sacara los pies del tiesto de vez en cuando, en Francia no había moros, pero se caían fatal entre ellos y los reyes recurrían a entregar tierras en feudo a cambio de la lealtad de la nobleza. Esta estructura social dio lugar a la mota castral que ya estudiamos en su día y que, como sabemos, se componían de una torre de madera ubicada sobre un empinado montículo, bien natural, bien artificial, rodeado de una empalizada que abarcaba además la población situada al pie de la ladera de dicho montículo. De ese modo, los plebeyos podían dormir razonablemente tranquilos sabiendo que si algún desaprensivo se personaba con la intención de hacer política... estooo, no, quiero decir de robar a mansalva, el DOMINVS del lugar les protegería con los criados y hombres de armas a su servicio.

Bien, así era la tierra de los francos tras el imperio carolingio hasta que a la lista de mangantes profesionales se sumaron los vikingos que, como sabemos, basaban su economía en el pillaje que perpetraban durante sus correrías en las costas de la brumosa Albión (Dios maldiga a Nelson), Francia (Dios maldiga al enano corso) e incluso la Península Ibérica. Y mientras que unos reinos se dedicaban a intentar expulsarlos, otros, como el de los francos, optaron por algo más fácil: darles un cacho de tierra para ponerlos contentitos y, de ese modo, hacer que combatieran por ellos contra sus paisanos para que estos no les robaran el cacho que les habían regalado. Así surgió el ducado de Normandía en 911, cuando Carlos el Simple cedió a Hrolf Ganger, una mosca cojonera rubia y de grandes dimensiones, un territorio en la Neustria tras la firma del tratado de St. Clair-sur-Epte por el que el vikingo juraba defender el reino de posibles agresores. Para reforzar su fidelidad se recurrió, como era habitual, a matrimoniar a este personaje con Giselle, una hija bastarda del monarca francés, para lo cual el nórdico se avino a renunciar tanto él como sus seguidores a su fe pagana y a bautizarse como Dios manda. De ese modo, Francia se aseguró la integridad de su territorio a cambio de ceder una pequeña parte al más peligroso de sus enemigos que, de un plumazo, se convirtió en el conde de Normandía- luego alcanzó la categoría de ducado-, la tierra de los hombres del norte y, por ende, en su más denodado defensor. El tal Carlos sería Simple, pero de tonto no tenía un pelo. En el mapa de la derecha vemos la evolución del ducado hasta mediados del siglo XI, cuando el belicoso Guillermo cruzó el charco para ponerle las peras a cuarto a los anglosajones y ascenderse a rey, que era más que duque y tenía una corona más guay.

Hipotético aspecto del palacio fortificado de Bayeux construido por
el duque Ricardo de Normandía
Este era el contexto histórico en que surgió el donjón que, en realidad, no era más que el sucesor pétreo de las debiluchas torres de madera de las motas castrales que con una simple andanada de faláricas ardían como teas. O sea, que las fortificaciones lignarias dieron paso a las de piedra en el momento en que se les iluminó la mente y llegaron a la conclusión de que era un material más resistente a su tormentaria, al fuego y, tanto o más dañino a medio plazo, los parásitos y el meteoro. El donjón, dongun, doignon o dangon, palabros que por norma se consideran una derivación del latín DOMINIVM o DOMINVM, pudo tener su origen en las primeras construcciones de piedra llevadas a cabo a mediados del siglo X por el duque Ricardo I en el castillo de Ruan, capital del ducado, y posteriormente en el palacio fortificado que mandó construir en Bayeux. Tras la conquista de Inglaterra por Guillermo I, este tipo de construcción también pasó a formar parte de la castramentación isleña que no fue hasta 1586 cuando adoptó el nombre de keep con que se les conoce en Inglaterra. ¿Que cómo se les llamaba antes? Pues donjón, naturalmente. Guillermo hablaba en francés con ramalazos de la lengua nativa de sus ancestros, la corte y las élite militares y políticas también hablaban el mismo idioma ya que, sino todos, la mayoría eran normandos, y solo usaban el sajón para dirigirse a sus nuevos vasallos, lengua esta que consideraban como de segunda categoría. De hecho, en la corte inglesa se estuvo usando el francés como idioma oficial durante siglos.

Donjón de Gisors, cuya muralla poligonal fue construida por Enrique I
en el tercer cuarto del siglo XII
Así pues, las viejas torres de madera fueron sustituidas poco a poco por enormes moles pétreas si bien esta transición supuso no pocos problemas ya que los montículos de las motas castrales no podían por lo general soportar tanto peso, y más cuando eran artificiales, lo que obligó en muchos casos a edificar el donjón sobre terreno firme y luego fabricar el talud rodeando el edificio hasta cubrirlo con varios metros de tierra que era compactada mezclándola con cascotes y derretidos de cal. En la base del montículo se cavaba el correspondiente foso el cual, para ver aseguradas la escarpa y la contraescarpa y evitar derrumbamientos se solía revestir con gruesos tablones o troncos. En otros casos, si los nuevos amos del cotarro decidían que la antigua mota castral que había dado cobijo a una población ya no era defendible, pues se construía una muralla, bien de piedra o de mampostería, y se edificaba un nuevo castillo generalmente adosado a la cerca urbana. En sí, como vemos, conservaba el mismo concepto defensivo de la mota castral, pero adaptado a nuevas técnicas de castramentación que los hacía mucho más resistentes de cara a un asedio.

Murallas de Caen, construidas junto a su castillo por Guillermo I hacia 1060
con vistas a convertir la ciudad en su capital. Inicialmente, la muralla carecía
de torres, que fueron añadidas a finales del siglo XII
En resumen, que los normandos, en cierto modo invitados por obligación en un territorio y en otros, como Inglaterra, Sicilia y el sur de Italia, implantados por la fuerza de las armas, veían que su supervivencia dependía de una buena red de fortificaciones que quitasen las ganas a sus vecinos de echarlos de sus tierras. Sirva de ejemplo el hecho de que en pocos años construyeron 26 castillos entre Caen y Falaise. Pero, además, las normas feudales que aceptaron eran otro problema potencial que debían tener muy en cuenta porque sus vasallos los seguían viendo en muchos casos como invasores, por lo que era muy frecuente que se pusieran de parte de un hipotético agresor si este pertenecía a la nobleza autóctona. Al cabo, preferían servir a un señor francés con pedigrí antes que a unos ex-vikingos que apenas dos generaciones antes se dedicaban a merodear por las costas y a robar, violar y matar a todo bicho viviente. Las leyes feudales, como se ha dicho, obligaban a los señores a defender a los vasallos y a los vasallos a pagar a cambio tributos a los señores y, además, a colaborar con la mesnada del mismo en la defensa de la tierra. Por ese motivo, los nobles normandos en particular sentían sobre ellos la amenaza de la traición, y tenían claro que en caso de asedio todos los defensores que no fueran miembros de su séquito personal- criados, caballeros y hombres de armas a sueldo- podían en cualquier momento rebanarles el pescuezo mientras dormían o, simplemente, abrir las puertas de par en par a los atacantes. Ante semejante perspectiva, el donjón se convertía no solo en el último reducto defensivo en caso de que los enemigos lograran rebasar las murallas del castillo, sino también ante la posibilidad de que sus volubles vasallos chaquetearan y se sumaran a las fuerzas de los sitiadores.

Castillo de La Roche-Guyon. Como vemos, para llegar
al donjón había que cruzar previamente dos murallas con
sus respectivos fosos. Los accesos al reducto donde se erguía
el donjón eran dos angostos postigos marcados de amarillo
fácilmente defendibles. 
En azul aparece el pasadizo
subterráneo de escape
Por esta serie de motivos, el donjón era, como hemos dicho, algo más que una simple torre del homenaje que servía de aposento y despacho al alcaide o el que detentara la autoridad en el castillo. El donjón, ante el temor de una rebelión o incluso de que el amigo de hoy fuera el enemigo de mañana, era un cofre cerrado con siete candados donde solo entraban el
DOMINVS, su familia y sus hombres de absoluta confianza. Más aún, si el castillo disponía de dependencias aceptables para ser usadas como aposentos, incluso permanecía cerrado en tiempos de paz para que nadie pudiera conocer sus entresijos, y si había que recibir invitados o celebrar algo se hacía en dependencias exteriores. Esa era ante todo la principal diferencia con las torres del homenaje convencionales. El donjón estaba diseñado para defenderse de posibles invasores a base de muros de grosores descomunales que alcanzaban incluso los 4 metros precedidos por uno o más cinturones de murallas, profundos fosos y/o camisas. Pero a todo ello había que añadir accesos situados a gran altura, imposibles de vulnerar ya que transcurrían por empinadas y estrechas escaleras que daban a pequeñas puertas defendidas por puentes levadizos o escaleras removibles y defendidos por ladroneras, buhederas o cadalsos. Por todo ello, estos poderosos reductos disponían de postigos en lugares ocultos por donde poder escapar al exterior, postigos estos mejor escondidos que la honra de las hijas del DOMINVS y cuyo emplazamiento solo conocían un reducidísimo grupo de personas.

Pasadizo excavado en la roca que conduce al donjón del castillo de La
Roche-Guyon. Este acceso daba a un escarpe cortado a cuchillo en el lado
sur del recinto, imposible de ver por los sitiadores
Ante semejante perspectiva, a los sitiadores solo les restaba la opción de rendirlos por hambre y/o sed, lo que era bastante difícil porque se preocupaban de tener en todo momento acopio de provisiones y, por supuesto, de una gran cisterna, ambos en las entrañas del donjón, donde nadie podría llegar con facilidad. Pero también se tenía en cuenta una posible traición por parte de los villanos reciclados en defensores. Estos probos campesinos, obligados por las leyes de la época a convertirse en soldados de circunstancias, podrían verse en la disyuntiva de traicionar a su señor, bien
mottu proprio, bien ante la amenaza de ver sus tierras y casas arrasadas. Pero el DOMINVS ya había tenido eso en cuenta cuando se construyó el donjón, convirtiéndolo en un laberinto interior que los villanos jamás habían pisado y de cuya distribución no tenían ni puñetera idea. En una misma planta podía haber varias dependencias, pero no se comunicaban entre sí, sino de forma diabólicamente enrevesada. Un ejemplo: para llegar a la sala contigua había que subir a la planta superior y bajar por una escalera que llegaba al sótano, desde el cual se tomaba otra escalera que finalmente llegaba a dicha sala, que era desde donde se subía a la azotea donde se encontraba el cadalso mientras que en la sala contigua solo se podía acceder a un pasillo con un salto de lobo y al final del mismo otra angosta escalera- siempre eran de caracol y recorriendo el grosor del muro- que daba a una poterna defendida por un rastrillo y una gruesa puerta tras la cual se podía salir al exterior por el lado más escarpado del terreno, fuera del campo visual de los sitiadores. 

La imponente torre del homenaje del castillo de La Mota.
A pesar de sus dimensiones, su interior carece de la
complejidad de un donjón
¿Qué se pretendía con esto? Pues simplemente poder hacerse fuertes en el interior del donjón contra parte de los defensores que hubiesen decidido pasarse al enemigo. Si desconocían su distribución y cruzar una puerta podía ser suicida porque eran tan pequeñas que solo cabía un hombre, poco podían hacer para reducir a los escasos defensores que quedaban, todos ellos profesionales de las armas y conocedores de los entresijos del reducto. Una puerta de roble con una hoja de 15 cm. de grosor reforzada con flejes de hierro y atrancada con un alamud era imposible de derribar como no fuera aporreándola con un pesado ariete, pero dentro del donjón ni había arietes ni tampoco era posible introducirlos debido a la estrechez de los accesos, por lo que se veían en una sala sin saber dónde estaba la salida mientras que el
DOMINVS y sus muchachos igual habían subido a la planta superior, desde donde los asaeteaban a su sabor a través de la buhera que se abría en el entresuelo. Como vemos, los donjones eran un prodigio de arquitectura militar concebido para poder defenderlo con cuatro gatos hasta las últimas consecuencias.

Bueno, así eran grosso modo estas impresionantes fortificaciones que se extendieron por Francia, Inglaterra y las zonas de Italia bajo dominio normando. En otro artículo detallaremos sus métodos constructivos así como su evolución a lo largo del tiempo ya que desde los primeros donjones románicos hasta los edificados en el siglo XIII hay diferencias notables. Con todo, y a pesar de su imponente presencia, el donjón también tenía sus puntos flacos y sus defectos de diseño, que no todo iban a ser ventajas, pero de eso hablaremos más despacio en su momento. En cualquier caso, lo que sí es cierto es que estas peculiares fortificaciones se convirtieron en todo un símbolo del poder de los señores feudales de la época, y su posesión fue motivo de violentos cambios de impresiones entre nobles o bien entre estos y los monarcas que veían en ellos un peligro para la estabilidad del reino.

Hora de yantar. Pírome.

Hale, he dicho

POST SCRIPTVM: Creo que por fin he dado con una forma de poner los textos en las fotos, por lo que agradeceré que si alguien ve algo raro o descuadres me avise. Si sale un churro es por culpa de Blogger, que conste.

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Donjón de Chambois, construido en tiempos del duque Ricardo II. Esta poderosa torre es un ejemplo perfecto del donjón románico que se
extendió por los dominios normandos

lunes, 21 de septiembre de 2020

CÁMARAS DE TIRO

 

Cámaras de tiro del cubete artillero del Alcázar de Arriba, en Carmona (Sevilla). Este proto-baluarte, construido en tiempos
de los Reyes Católicos, barría de flanco las murallas norte y oeste. La foto nos muestra las cámaras de tiro que circunvalan el recinto con forma de herradura


En su día vimos con detalle el desarrollo de las aspilleras, las troneras y los buzones, diferentes tipos de aberturas para poder disparar a través de ellas contra los enemigos sin que este tuviera muchas posibilidades, por no decir ninguna, de replicar al defensor que lo estaba escabechando bonitamente a flechazos, virotazos, arcabuzazos o incluso cañonazos. Sin embargo, las aspilleras más primitivas adolecían de un problema: el grosor de los muros, a veces de dos metros o más, limitaba mucho el ángulo de tiro aún cuando el abocinamiento y el derrame fuese generoso. De hecho, lo que solemos encontrar es lo que vemos en la foto de la derecha, unas ínfimas rendijas que, situadas a gran altura en lo alto de la muralla, dan lugar a un ángulo muerto de varios metros a partir de la misma. Es decir, que todo aquel que lograra situarse a menos de seis o siete metros de la muralla, 
 o a veces incluso más, se volvía invisible, y solo si había cerca una torre de flanqueo se le podía seguir hostigando si bien el defensor corría el riesgo de que un ballestero enemigo lo dejase seco en el momento en que se asomaba por una almena. Estos probos homicidas tenían la fea costumbre de acechar los movimientos de los defensores bien protegidos tras gruesos manteletes de forma que, en el momento en que tenían ocasión, soltaban un virotazo al imprudente y se relamían satisfechos cuando los oían pegar un berrido, señal inequívoca de que habían hecho blanco.

Bien, aunque las aspilleras son un invento bastante antiguo ideado por el prolífico Arquímedes durante el cerco a Siracusa entre los años 214 y 212 a.C., lo cierto es que no llegaron a Europa hasta el siglo XII, como está mandado de la mano de los cruzados que tuvieron ocasión de verlas. De hecho, en la muralla construida por Teodosio en Constantinopla disponían de amplias cámaras de tiro destinadas a albergar escorpiones y cheirobalistras para hostigar a los visitantes non gratos. Como ya podemos suponer, los árabes también hacían uso de este dispositivo defensivo como el que vemos en la foto A, correspondiente al castillo de Haruniye, construido en 785 por el califa abasí Harun al-Raschid (c.763-809) en la actual provincia de Osmaniye, en Turquía. Este castillo, que se yergue en la cima de un empinado risco, contiene once cámaras similares distribuidas a lo largo de las murallas norte o noroeste. La de la foto B pertenece al castillo de Kantara, al norte de Chipre, y aunque las que se conservan datan de principios del siglo XIII, están basadas en las construidas por los bizantinos hacia los siglos X-XI.

¿Y qué hacían mientras tanto en los castillos europeos? Pues cabe suponer que disparar a través de las almenas protegiendo el cuerpo tras un merlón, que para eso se inventaron. La aparición de las aspilleras obviamente disminuyó las probabilidades de que un enemigo lograra acertar a un defensor al mismo nivel que las de que un político se vuelva honrado. No obstante, ya vimos al comienzo que sus mínimas dimensiones sumadas al generoso espesor de un muro limitaba enormemente el ángulo de tiro, sobre todo hacia abajo, tal como vemos en el gráfico de la derecha. A pesar del acentuado derrame que muestra la aspillera la posibilidad de apuntar hacia abajo es bastante escasa, y más si tenemos en cuenta que un arco requiere un espacio libre por delante para que al soltar la cuerda no golpee el muro y dañe las palas, lo que obliga al arquero a situarse a cierta distancia del mismo disminuyendo aún más el ángulo de tiro. Y si el muro es el doble de grueso, pues ya podemos dar por hecho que dicho ángulo se reducirá aún más. ¿Cómo solucionarlo? Pues metiendo al arquero en el muro.

En este gráfico vemos la sección de una cámara de tiro, que en sí no es más que un nicho con las dimensiones necesarias para que uno de estos probos homicidas ejerza sus habilidades cómodamente. Como podemos apreciar, al avanzar hacia la parte interior de la aspillera el arquero puede apuntar mucho más abajo, para lo cual incluso se ha añadido un pequeño derrame que permitiría enfilar a un enemigo que corretease a escasa distancia de la muralla, logrando en algunos casos ángulos de tiro de apenas 5º. Por otro lado, las amplias dimensiones de la cámara permiten a nuestro hombre mover su arma en cualquier ángulo sin estorbos ya que tiene una altura superior a la suya. Y ya que hay espacio de sobra, pues el ingeniero que diseñó el castillo llegó a la conclusión de que era una chorrada desaprovechar el espacio disponible labrando una aspillera birriosa, así que hizo una abertura vertical que abarcaba toda la altura de la cámara de forma que los defensores podían apuntar incluso a enemigos que merodeasen a bastante distancia de su posición. Otra cosa es que les acertasen, pero poder, podían disparar hacia donde les diera la gana.

Puede que alguno se pregunte que para eso no hacía falta fabricar una cámara de tiro. Bastaría hacer la aspillera hasta el nivel del suelo y ya está. El arquero seguiría disparando desde fuera del muro, pero con el derrame de esta nueva aspillera extra-larga no vería mermado su ángulo de tiro. Cierto, pero eso tenía unos problemillas, y no despreciables. Veamos el gráfico de la derecha, donde hemos construido una aspillera 4XL para no tener que fabricar la cámara de tiro. El derrame, que hemos marcado de rojo, tiene dos graves inconvenientes, a saber: uno, debilita la parte superior del muro de la planta situada debajo. Un bolaño que acierte en ese lugar abriría un boquete e inutilizaría la aspillera y, lo que es peor, podía producir un serio desperfecto en el arranque de la bóveda, cuando no un derrumbe de la misma; y dos, observen las flechitas rojas, cuya alevosa trayectoria es una trampa mortal si llegan a entrar por la aspillera. Si golpean en el derrame lo más seguro es que salgan desviadas hacia arriba, acertando al arquero. ¿Qué las aspilleras era muy estrechas y que colar por ahí una flecha era muy difícil? Sí, eso dije. Pero las aspilleras normales. Estas, al estar el tirador mucho más alejado de la abertura tenían que ser más anchas, más o menos como la palma de una mano, para no dejar el ángulo de tiro horizontal limitado poco menos que a 0º. 

¿Qué algo parecido podría pasar en una cámara de tiro? Podría, aunque con menos probabilidades porque, como vimos antes, el derrame está limitado a unos pocos centímetros en la parte inferior de la aspillera. No obstante, siempre podía construirse un pequeño parapeto de escasa altura como el de este gráfico. Como vemos, dicho parapeto no influye para nada en la puntería hacia una cota inferior, y detendría sin problemas cualquier proyectil dirigido hacia la aspillera, ya fuera un virote, una flecha o una bala de arcabuz. Y aprovechamos este dibujito, que ya he hecho bastantes por hoy, para reseñar que las cámaras de tiro para ballesteros eran más bajas que las destinadas a arqueros por razones obvias: una ballesta no requiere altura, sino anchura. ¿Qué por qué se limitaban a los ballesteros y no daban opción a poder usarlas tanto arqueros como ballesteros? Bueno, ya sabemos que el arco fue un arma con una difusión muy limitada en Europa, siempre tras la supremacía de la ballesta. En los reinos cristianos de la Península no se usó otra cosa que la ballesta, un arma que en campo abierto estaba en inferioridad respecto al arco pero que tras un parapeto era devastadora tanto por su potencia como por su precisión. Una ballesta podía estar cargada durante horas mientras que el ballestero acechaba a su próxima víctima, y en cuanto alguien asomase la cabeza sería hombre muerto. Un arco requería primero tensar la cuerda, tiempo suficiente para que el que asomó la cabeza la volviera a esconder. En fin, de las ventajas e inconvenientes de ambas armas ya se ha hablado varias veces y no vamos a redundar en ello. En todo caso, ya sabemos por qué motivo se crearon las cámaras de tiro. Veamos a continuación algunas tipologías...

A la izquierda tenemos dos ejemplos. La foto A muestra una aspillera de palo de Carcassonne (Francia), que presenta en su parte inferior un pequeño ensanchamiento para el derrame. Obsérvese que algunos sillares muestran unas protuberancias que pueden hacer pensar que se trata de piezas mal labradas. No es así. En realidad era un sutil método de aumentar el grosor del muro ahorrando material y peso que ya usaban los romanos. Dichas protuberancias, repartidas de forma un tanto aleatoria alrededor de la aspillera, reforzaban la zona del muro más delgada contra los impactos de bolaños lanzados por manganas o fundíbulos. La foto B muestra una aspillera de cruz y palo del castillo de Warkworth (Northumberland, Inglaterra) con un notable ensanchamiento en el derrame que aumenta sensiblemente el ángulo de tiro hacia abajo, que es de donde verdad provenía el peligro. Si observan a través de la ranura verán como un pequeño murete protegía al arquero o ballestero que disparaba a través de la aspillera, en este caso más susceptible de que se colase un proyectil enemigo precisamente a causa de la abertura inferior que le proporcionaba un ángulo de tiro mayor.

Veamos la parte interna de las cámaras de tiro donde se abre este tipo de aspilleras. La de la foto A pertenece al castillo de Caernarfon, en Gales. Muestra un amplio nicho que permitiría a un arquero adosarse a un lado u otro a la hora de apuntar de manera que tendría unos 90º de ángulo de tiro horizontal. En la zona inferior se observa a pesar de la luz que entra del exterior el ensanchamiento del derrame. La foto B pertenece a la cerca urbana de Aigues Mortes, en la Occitania, y curiosamente están casi a ras del suelo por lo que cabe pensar que en sus tiempos estaba precedida de un foso. Esta cámara de tiro presenta dos curiosos detalles: uno, los poyetes destinados a los guardias porque no creo que usasen ese sitio como cortejador, que era el nombre que recibían los tabucos ventaneros provistos de esos bancos de piedra. Pero lo más interesante quizás sean los salientes que vemos a la mitad de la cámara, que podrían seguramente ser usados para instalar una plataforma de madera para acoger a dos tiradores aprovechando la gran altura del nicho, que debía rondar los 2,5-3 metros de altura. De ese modo y ya que por ancho que fuese nunca podría ser usado por dos hombres uno al lado del otro, nada más acertado que ponerlos uno sobre otro. Más adelante veremos ejemplos similares.

Cuando empezaron a propagarse las armas de fuego, estas convivieron durante muchos años con las ballestas, por lo que se fabricaron aspilleras aptas para el uso de ambas armas. La más difundida era la de cruz u orbe. Algunos afirman que la cruz era un simple aditamento decorativo que a mi entender se me antoja un trabajo inútil, cuando no perjudicial ya que daba más sitio al enemigo por donde colar un proyectil. Lo lógico es que se usara la cruz para la ballesta y el orbe para el trueno de mano o el arcabuz y, de hecho, muchas aspilleras de cruz- se conservan bastantes tal cual- habrían sido modificadas con la adición del orbe al aparecer las armas de fuego. En la foto A mostramos una cámara de tiro con aspillera de cruz del castillo de Corfe, en Dorset. Como vemos, es mucho más baja que las destinadas a albergar un arquero, tal como se señaló anteriormente. El ballestero que la servía podía disparar tanto de pie como rodilla en tierra. La de la foto B es del castillo de Santa María da Feira, en el distrito de Aveiro (Portugal). Aquí vemos dos troneras de cruz y orbe que defendían el acceso al recinto con una posición muy peculiar, una sobra otra. Solo cabe pensar que estos no se complicaron la existencia: uno tiraba con un arcabuz tumbado en el suelo y otro de pie con arcabuz o ballesta.

Algo parecido, pero más sofisticado, debió pensar el constructor del castillo de Raglan, en el sureste de Gales, que vemos en la foto A. Las mortajas que se aparecen a los lados de la cámara podrían servir para instalar una plataforma destinada a un tirador situado en la parte superior si bien la estrechez del nicho hace pensar que sería un arcabucero. En la parte inferior y viendo el diámetro de la tronera, así como la losa que protege del rebufo del disparo, imagino que emplazarían una pequeña pieza de artillería como una cerbatana o un ribadoquín. La foto B, del castillo de la Latte, en Bretaña, muestra otro tipo de cámara de tiro bastante amplia, en este caso para tres armas: dos arcabuces en los lados y en el centro cualquier cosa que disparase, ya fuese un arco, una ballesta o un arcabuz gracias a su larga aspillera de orbe y palo o de cerradura invertida, como prefieran.

Ya en el siglo XV y con las armas de fuego totalmente implantadas, se crearon o modificaron las cámaras de tiro para hacerlas más adecuadas al uso de este tipo de armas. La foto de la izquierda, perteneciente al castillo de Coetfrec, construido en 1462 en Ploubèzre, Bretaña, nos muestra una cámara de tiro provista de un pequeño nicho en un lateral a modo de repuesto para disponer de cierta cantidad de pólvora y municiones, virotes de ballesta o incluso una bota de alpiste para las gélidas noches de guardia. La cámara, provista de una tronera de orbe y palo fabricada con piedra, estaba situada en un nivel superior. Obsérvense los mechinales que hay justo debajo de la cámara donde se empotrarían las vigas para sustentar una escalera o quizás unas ménsulas para soportar la tablazón de un entresuelo. En todo caso, y dejando de lado el hueco lateral que la hace más peculiar, este tipo de cámara de tiro se convirtió en el más difundido por toda Europa para las armas de fuego: un nicho con bóveda de medio punto o escarzana y una tronera de orbe y palo o cruz y orbe.

Y del mismo modo que los truenos de mano y posteriormente los arcabuces se fueron haciendo los amos del cotarro, la artillería ligera también se fue extendiendo en las fortificaciones neurobalísticas con cerbatanas, ribadoquines e incluso falconetes que, cargados con pelotas de hierro podían responder al fuego de las bombardas de los enemigos y, cambiando la munición por pedernales o ferralla, perpetrar verdaderas escabechinas entre los asaltantes que se aproximasen a la muralla, bien batiéndolos de frente con fuego cruzado o, más efectivo aún, de flanco cuando intentasen lanzar escalas o adosar a la muralla una máquina de aproche. Para ello se construyeron o modificaron cámaras de tiro como las que vemos en la ilustración superior, ambas del castillo de Mula, en Murcia, construido a principios del siglo XVI por el marqués de los Vélez con medios defensivos propio de la época. En este caso vemos que ambas cámaras disponen de mortajas y entalladuras diseñadas para emplazar bocas de fuego de pequeño calibre de forma que pudiesen contener su retroceso sin salir disparadas del nicho a causa del mismo. Ojo, no confundamos estas cámaras con las casamatas artilleras ya que estas tenían el abocinamiento y el derrame por la parte exterior, y estaban destinadas a piezas de mayor calibre.

Está de más decir que una cámara de tiro podía situarse en cualquier punto que se considerase adecuado, desde el antemuro o las torres de flanqueo a los recintos y dependencias interiores, incluyendo la torre del homenaje que, al cabo, era la fortificación más potente de un castillo y el último reducto defensivo en caso de que los enemigos lograran asaltarlo de forma exitosa. Y para ello, aparte de las aspilleras o troneras convencionales, se habilitaban como cámaras de tiro los tabucos ventaneros donde, en tiempo de paz, las damas pasaban las horas dándole a la aguja o contándose los devaneos de doña Fulana con el gentil trovador Mengano, o los caballeros urdían sañudas venganzas contra el vecino o planeaban la próxima cabalgada a tierras moriscas para recordarles que no pararían hasta echarlos a patadas al mar. El que vemos a la izquierda se encuentra en el castillo de Caldicot, Gales, y bajo el alféizar de la ventana podemos ver una aspillera de cruz. Este tabuco proceda seguramente de las obras que llevó a cabo Thomas de Woodstock en 1381, cuando en la convulsa Inglaterra de la época rodaban cabezas de villanos, nobles y monarcas como quien juega a los bolos.

Alguno se dirá que usar como elemento defensivo un tabuco con una ventana no parece muy sensato, pero las ventanas, como se explicó en su día, estaban muy bien protegidas precisamente para impedir que un bolaño o una pella entrase por la misma con las consecuencias que podemos imaginar. A la derecha vemos uno de los tabucos de la Torre das Águias, una casa fuerte que se yergue cerca de Brotas, en el distrito de Évora, Portugal, y que fue construida en 1520 por Nuno Manuel. En sus dos plantas señoriales dispone de varios de estos tabucos para dar la bienvenida a los cuñados que se aventuraban a pasar por ese aislado paraje. La foto izquierda muestra uno de ellos en el que, como vemos, se abre un vano de generoso tamaño. Bajo el alféizar tenemos una tronera de cruz y orbe, y si nos fijamos en los muros laterales, a media altura se pueden ver los huecos para un alamud. En la foto de la derecha hemos recreado el tabuco en situación de defensa. Una buena reja trabada podía detener un bolaño, pero no un virote o una bala, por lo que la gruesa ventana que se colocaba tras la reja para impedir el paso del frío o la humedad se atrancaba con el alamud, cerrando por completo la dependencia. Cuando visiten un castillo con tabucos ventaneros verán que en los poyetes y en la parte superior de las jambas aún perduran las gorroneras donde se alojaban los goznes de estas ventanas. Así pues, con todo bien cerrado, a los defensores les bastaba situarse en estos tabucos para hostigar a los enemigos como en una cámara de tiro convencional.

Bueno, criaturas, con esto creo que no se me queda nada atrás. Espero que les haya resultado ilustrativo y puedan ilustrar a propios y extraños con este dispositivo de defensa que, por lo general, suele pasar desapercibido.

Hale, he dicho

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Curiosa cámara de tiro "biplaza" del castillo de Santa María da Feira. La verdad, no sé si la idearon para dos hombres o para 
aumentar el campo de tiro de uno solo. En todo caso, lo cierto es que está prácticamente al ras del suelo, y que su escasa altura obligaría a los defensores a disparar rodilla en tierra o tumbados. Obsérvese el ennegrecimiento de la parte delantera de la cámara a causa del humo producido por los disparos