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martes, 10 de octubre de 2017

Sharpshooters. Los primeros visores 2ª parte


Fotografía del controvertido Alexander Gardner que presenta un ciudadano confederado completamente difunto como
consecuencia del disparo de un francotirador. Obsérvese como su fusil está aún amartillado, lo que indicaría que lo
dejaron literalmente en el sitio. No obstante, conviene aclarar que Gardner fue acusado multitud de veces de manipular
la postura de los cadáveres para aumentar el dramatismo de la imagen, cosa que naturalmente nunca admitió porque, en
casos como este, igual el confederado había estirado la pata como consecuencia de un atracón de tocino y maíz,
alimentos que creo eran base nutricional de estos sujetos. Ahora prefieren la comida basura al parecer.
Bien, prosigamossss...

En la entrada anterior nos quedamos en que para acercar el objetivo era necesario plantar una lente delante del ojo, cosa que hoy nos resulta tan evidente como la estulticia y el afán de latrocinio de los políticos. Sin embargo, hace 150 años no lo eran tanto. Sí, ya sabemos que Galileo fabricó un telescopio chulísimo de la muerte, y que en el siglo XVIII los marinos usaban catalejos para atisbar en la inmensidad de los mares si algún cuñado se aproximaba. Pero la óptica de esos chismes no era precisamente la más adecuada para un tirador ya que la imagen que daban era de una calidad muy pobre, generalmente nítida por los extremos y desenfocada en el centro. Eso carecía de importancia a la hora de observar el cosmos o de divisar las velas de un barco, pero para localizar y apuntar a un sujeto semi-oculto a decenas o cientos de metros de distancia no valía un churro. Por lo tanto, había que devanarse la mollera para dar con los materiales adecuados para obtener un visor provisto de una óptica lo suficientemente buena como para dar una imagen de calidad, nítida y precisa de lo que había ante ella. Veamos pues el proceso que se siguió para obtener un visor decente con el que escabechar al prójimo como Dios manda.

Tubo de puntería montado en un kentucky.
Como podemos ver, su aspecto es similar al de un visor
Hacia 1830 ya se usaban unos artilugios denominados "tubos de puntería" o, dicho con propiedad en la abominable lengua de los anglosajones, aiming tubes. Básicamente eran un túnel como los usados con los diópteros, pero de mucha mayor longitud para evitar, como ya explicamos, las reverberaciones y demás molestias a la hora de apuntar. En vez de los postes, círculos y demás puntos usados en los túneles, los tubos empleaban un retículo en forma de cruz fabricado con alambre muy fino o con cerdas. Naturalmente, carecían de lentes de ningún tipo y, además, por lo general carecían de la posibilidad de regular la altura o la deriva, o sea, eran fijos, por lo que las correcciones quedaban a cargo del tino del tirador, que apuntaba más alto, más bajo o más hacia un lado u otro en función de la distancia. 

No obstante, estos tubos se prestaban bastante bien a servir como base para, acoplándoles unas lentes, convertirse en un visor telescópico decente. Pero el tema de la óptica no era moco de pavo porque el vidrio de aquella época era bastante deficiente, con multitud de imperfecciones que impedían obtener una imagen nítida ofreciendo en cambio alteraciones como las comentadas más arriba. La solución se presentó elaborando lentes a base de sílice, calcio y álcali que, una vez fundidos, se dejaban solidificar pero sin que llegase a cristalizar. Este compuesto daba como resultado una lente limpia de imperfecciones, pero su proceso de fabricación era muy lento y, como está mandado, caro. Además, la producción se centraba en unas pocas empresas en Suiza, Francia y Reino Unido, donde solo había una sola firma radicada en Birmingham. Por lo tanto, disponer de un visor óptico quedaba relegado a los escasos bolsillos que en aquel momento pudieran apoquinar el elevado precio de las lentes.

Visor Davidson
En la época que nos ocupa, la década de los 30 del siglo XIX, fue cuando se empezaron a crear diseños verdaderamente prácticos provistos de una óptica fiable. Al parecer, el primero que llevó a cabo uno de estos diseños fue un oficial del ejército británico que, además, era un apasionado de la caza. Hablamos de David Davidson que, en 1832 estaba destinado como teniente en el fuerte Asseergurh, en la India, cuando servía en la Compañía de las Indias Orientales. Este probo militar encargó a Samuel Staudenmeyer, un armero suizo radicado en Londres, un rifle equipado con un "telescopio" unido al cañón. No sabemos en qué consistía dicho "telescopio", ni tampoco si verdaderamente contenía algún tipo de lente. Posteriormente le encargó a la famosísima firma Purdey (es de las pocas que aún fabrican armas a medida) un rifle también equipado con un visor óptico que le costó la friolera de 90 guineas, el equivalente al triple del sueldo anual de cualquier currante. El tal Davidson debía estar podrido de dinero, obviamente.

Charles Piazzi Smyth
Bien, la cuestión es que, como vemos, ya en aquella época se elaboraban visores en plan artesanal que costaban un verdadero pastizal y que solo se podían permitir los ricachones muy ricachones para darse pisto en sus jornadas venatorias. Pero eso estaba muy lejos de lo que debía ser un visor óptico fabricado a gran escala para proveer a un ejército, y ahí es donde Davidson intervino tras su regreso a la brumosa Albión una vez jubilado con el rango de teniente coronel. Con quien contactó inicialmente fue con el profesor Charles Piazzi Smyth, un astrónomo escocés que ya se había interesado anteriormente por este tema y con el que intercambió su vasta experiencia adquirida durante sus años en la India. Como ya explicamos anteriormente, para apuntar con miras convencionales hay que alinear y enfocar tres objetos colocados a distancias distintas: alza, punto de mira y objetivo. Enfocarlos al mismo tiempo es imposible, por lo que se dedicó a buscar la forma de prescindir de dicha miras sustituyéndolas por un retículo que, puesto encima del objetivo, gracias a las lentes permitía enfocar ambos objetos, lo que lógicamente favorecía la puntería. Con el tema óptico solventado, contactó con John Dickson, un armero de Edimburgo que, junto a su hijo Richard y un óptico llamado Alexander Adie empezaron a fabricar un visor a partir de 1850 destinado al mercado indio principalmente. La demanda de estos chismes empezó a aumentar porque, como es obvio, los militares y funcionarios británicos destinados allí veían más prudente liarse a tiros con un tigre estando lo más lejos posible de esos inquietantes animalitos.

Sistema de regulación del retículo
de un visor Davidson
Inicialmente, los visores de Dickson eran montados sobre el cañón mediante colas de milano, es decir, carecían de posibilidad de ajuste. Como es lógico, eso limitaba enormemente sus posibilidades así que se diseñó un nuevo modelo que iba instalado en el lateral izquierdo del guardamanos, y con unos anclajes que facilitaban montarlo y desmontarlo. Además, Adie creó un sistema de regulación que permitía ajustar el retículo tanto en elevación como en deriva, así como el enfoque. De esta forma ya no era preciso fabricar el visor a medida de cada usuario y destinarlo a una única arma, sino que el mismo se podía montar en cualquier rifle y ajustarlo rápidamente en función de su calibre. El visor era un tubo con una longitud de 42 cm. y su foco era de 22 mm. de diámetro. La distancia al ojo oscilaba por los 19 cm.

Withworth con un visor Davidson
Cabe suponer que Davidson hizo valer sus contactos en el ejército para intentar que su visor fuese adoptado por el mismo ya que, en buena lógica, si valían para dejar seco a un elefante, pues mucho más para escabechar a un sij cabreado, que eran tela de peligrosos. En enero de 1858 recibió el encargo de montar cuatro visores en dos fusiles Enfield mod. 53 y Withworht para ser probados en la Hythe School Musketry. Durante los preparativos, Withworth quedó tan impresionado con la eficacia del invento que le soltó un pastizal a Davidson por los derechos de la patente, así como la firme promesa de presentarlos él mismo al Ministerio de la Guerra. Sin embargo, mientras que los jerifaltes british no prestaron atención al visor (cómo no), el ejército de la Confederación sí se mostró muy interesado en los mismos, hasta el extremo de adquirir a Withworht un centenar de armas equipadas con sus respectivos visores para aliñar yankees bonitamente a distancias de hasta 2.000 yardas, que no es moco de pavo para un arma de avancarga.

Portada del libro de Chapman. Como se
puede leer, indica que contiene
instrucciones para jóvenes tiradores
Sin embargo, otros consideran que el inventor del visor fue un ingeniero británico por nombre John Ratcliffe Chapman. Este probo súbdito del gracioso de su majestad se largó a hacer las Américas en 1845 con el sano propósito de forrarse adquiriendo grandes extensiones de tierra y haciendo jugosos negocios en el Nuevo Mundo. Sin embargo, su vena ingeniosa le inducía a inventar cosas chulas como un visor sumamente eficaz, polivalente y, lo más importante, barato, ya que su costo oscilaba por los 20 dólares de la época, mucho menos que los que fabricaban en Gran Bretaña e incluso más económico que un rifle de caza de calidad. Chapman editó en 1844 un enjundioso libro titulado The Improved American Rifle el cual, además de describir con precisión su modelo, era un manual muy detallado acerca del uso adecuado de los mismos, así como del entrenamiento que debía llevarse a cabo para convertirse en un sharpshooter, o sea, un asesino a distancia como Dios manda. 


Fragmento de un folleto publicitario de los visores de Chapman
Sin embargo, la industria óptica en América no era ni tan precisa ni tan abundante como la europea, por lo que inicialmente tuvo bastantes problemas para suministrarse de lentes de calidad. Afortunadamente, dio con Morgan James, un armero de Utica, Nueva York, que además de estar muy interesado en potenciar el invento disponía de la tecnología para fabricar ópticas decentes. Además, James ideó un sistema para fijar las lentes mediante aros de caucho que se mostró sumamente eficaz ya que el potente retroceso de las armas en las que se montaban los visores hacía que se salieran de su sitio. Por otro lado, su sistema de anclaje estaba tan bien concebido que firmas como Lyman o Stevens lo siguieron empleado hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Chapman cedió los derechos de fabricación a James, que los estuvo produciendo entre 1849 y 1865. Este visor estaba fabricado con un tubo de hierro y era mucho más largo que el de Davidson. Nada menos que 94 cm. de longitud, y un diámetro de 16 mm. Normalmente se servían con 3 aumentos si bien por encargo se podían fabricar de hasta 20. Pero a Chapman se le fue el santo al cielo o debió pensar que los yankees eran unos auténticos caballeros, porque no se preocupó de patentar el invento, por lo que no tardaron mucho en copiarlo de cabo a rabo, como está mandado.

Rifle Williams con un visor Malcom. Estos eran por lo general unos 10
o 15 cm. más largos que los cañones de las armas en que se usaban
Sin embargo, el que logró fabricar un visor de calidad muy superior a los de Davidson y Chapman fue otro escocés radicado en los Estados Unidos por nombre William Malcom, un ingeniero aficionado que, a pesar de todo, logró obtener las primeras lentas acromáticas. Para los que desconozcan la importancia de ese tipo de lentes, sepan que las fabricadas en aquella época producían por sistema lo que se conoce como aberración cromática, o sea, una fina línea de color magenta, azul o verde con sus infinitas variaciones de color en los bordes de la imagen, lo que obviamente resultaba bastante molesto. Para entenderlo mejor, observen cualquier foto ampliándola en el ordenador y verán que casi siempre se verá dicha aberración en los contornos de cada objeto, que solo se evitan con objetivos que valen más caros que pagar a un sicario por las cabezas de todos sus cuñados.

Además, Malcom diseñó un sistema de fijación para las lentes tan bueno o mejor que el de James ya que era mediante aros de latón fijados con tornillos. El mismo método era el empleado para ajustar el enfoque, permitiendo obtener un conjunto más resistente de cara tanto al retroceso del arma como al duro trato que recibiría durante su vida operativa. A ello contribuía además el tubo con que se fabricaban, que era de una sola pieza y no de una lámina doblada y soldada. En cuanto a su potencia, al igual que el de Chapman podía alcanzar los 20 aumentos. En resumen, el tal Malcom logró una pieza de incuestionable calidad cuyos componentes y métodos de fabricación estuvieron vigentes durante medio siglo.

Por último, comentar que hubo armeros que, como ocurrió en los primeros ejemplares adquiridos por Davidson treinta años antes, vendieron a título personal armas con sus correspondientes visores que, por lo general, carecían de capacidad de ajuste en el interior de los mismos, teniendo que efectuarse regulando la montura. En la foto podemos ver un ejemplo, en este caso un Tidd fabricado en 1854. Como podemos observar, el anclaje trasero dispone de una palometa para regular la altura y de una tuerca de ajuste para la deriva. En la parte delantera lleva un montaje con una bola que le permite moverse en cualquier dirección. Ojo, este sistema no es que fuese malo, pero era menos preciso que el que actuaba directamente en el retículo.

En fin, estos fueron groso modo los visores con los que los sharpshooters se iniciaron en el noble arte de asesinar al prójimo a distancia. Pero antes de echar el cierre no quiero dejar de comentar un par de detalles que resultarán bastante clarificadores a aquellos que no hayan usado un visor en sus vidas, y es respecto a los aumentos. Puede que más de uno se haya preguntado por qué motivo se fabricaban de 3 aumentos cuando, en teoría, lo lógico sería optar siempre por el de máxima potencia. La respuesta es simple: cuantos más aumentos tiene un visor más difícil es apuntar ya que el retículo parece que tiene el mal de San Vito solo por estar en contacto con nuestro cuerpo. O sea, que tiembla una cosa mala, y solo si disponemos de una base muy firme podremos controlar tanto movimiento. Apuntar a un objetivo situado a 300 metros o más con un retículo que no se está quieto es muy, pero que muy molesto. Por otro lado, cuantos más aumentos tiene el visor menos campo visual podremos abarcar, lo que dificulta enormemente la localización del objetivo porque, simplemente, apenas vemos unos pocos metros de campo. De ahí pues que muchos tiradores prefieran menos aumentos ya que les permite controlar mejor la puntería en situaciones en que no pueden lograr una buena postura, y por otro lado se obtiene un campo visual mucho más amplio. Recordemos que, por ejemplo, los visores de los Mosin Nagant eran de 3,5 aumentos. Usar más de 9 ya requiere fijar muy bien el arma, y si se usan 20 hay que asentarla en un saco lleno de arena (doy fe) y, con todo, solo por empuñarla ya empiezan los meneos. Y a todo eso, añadir que cuantos más aumentos tiene un visor menos luminoso será, por lo que apuntar en condiciones de escasa visibilidad se hace bastante complicado, cuando no imposible.

Bueno, con esto basta por hoy. Conste que he tenido que hacer un esfuerzo titánico entre diazepam y diazepam porque las malvadas cervicales no me dan tregua. No me lo agradezcan, criaturas, soy así de generoso. En fin, ya seguiremos con este tema.

Hale, he dicho

Entradas relacionadas: Los primeros francotiradores

domingo, 1 de octubre de 2017

Sharpshooters. Los primeros visores 1ª parte


Famoso dibujo de Winslow Homer tomado del natural en 1862 en el que se ve a un tirador de la Unión acechando
al prójimo con un fusil Sharps equipado con una mira telescópica desde lo alto de un pino


Hace unos meses dedicamos una entrada a los orígenes de los francotiradores, esos ciudadanos tan competentes y, a la par, tan letales, cuyo cometido es aliñar de forma taimada y sutil a otros ciudadanos que militan en el bando enemigo. Ya vimos como estos sujetos, provistos de armas especialmente precisas, podían dejar en el sitio a cuñados situados a distancias tan asombrosas para la época como medio kilómetro o incluso más si bien justo es reconocerlo, en esos disparos tan larguísimos también debió influir el factor suerte aunque no por ello podemos restarles mérito. Sin embargo, las armas de aquella época, a pesar de su esmerada fabricación, adolecían de un defecto que, por muy precisas que fuesen, las limitaban bastante, y no era otro que sus elementos de puntería. 

Dichos elementos, constituidos por el alza y el punto de mira, eran del tipo que actualmente denominamos como miras abiertas, es decir, no están cubiertas por ningún tipo de protección que impida que el exceso de luminosidad, la humedad ambiental, etc. produzcan distorsiones que permitan hacer una buena puntería. Eso no quiere decir que estuviesen mal fabricadas ni nada por el estilo. Antes al contrario, su precisión en el mecanizado era soberbio y sus mecanismos regulación permitían ajustes micrométricos como el ejemplar que vemos en la foto superior. Se trata del alza de un fusil Whitworht graduada hasta las 1.200 yardas (1.097 metros) con subdivisiones de 5 yardas. La parte superior, justo encima del tornillo de regulación, nos muestra una escala fina que permitía un ajuste aún más preciso, yarda a yarda. O sea, que en teoría un tirador avezado podía colocar un disparo donde le diera la real gana sobre cualquier pardillo que se le pusiera a tiro. Pero, como vemos, estas alzas carecían de regulación horizontal, es decir, la deriva, y como los puntos también eran fijos dichas correcciones debían efectuarse a ojo. Obviamente, esto influía notablemente en la precisión del disparo, que erraba en mayor o menor medida en función de la experiencia y la técnica del tirador.

Sin embargo, este sistema adolecía de varias limitaciones, y no en sus precisos mecanismos, sino debidos a que el ojo humano no es absolutamente perfecto y no puede, por ejemplo, enfocar al mismo tiempo dos objetos situados a distancias diferentes, y más cuando se trata de un punto de mira y un alza colocados en un cañón larguísimo. Pero, antes de proseguir, creo que convendría explicar como se apunta un arma ya que es posible que muchos de los que me leen no hayan disparado en su vida y que, a pesar de conocer la existencias de las miras no conocen los entresijos de su manejo. Para ello, observemos el gráfico de la derecha. En la figura A vemos el alza y el punto correctamente alineados, o sea, el punto colocado exactamente en el centro de la muesca del alza, pero al mismo tiempo sin que rebase o no alcance la línea horizontal de la misma. El espacio en blanco es lo que se denominan "luces", y deben ser exactamente iguales en ambas partes para que el centrado sea perfecto. Lograr eso es más difícil de lo que puedan imaginar ya que el ojo enfocará el alza o el punto, quedando uno u otro levemente desenfocados mientras se hace puntería. Al mismo tiempo hay que mantener a toda costa esa alineación para que el disparo sea preciso, lo que no es moco de pavo ya que el cuerpo respira, vibra, el corazón late, etc. Bien, a partir de ahí se pueden cometer varios errores de puntería que, lógicamente, se verán magnificados cuanto más lejos esté el objetivo. Si está, por ejemplo, a 50 metros, salvo que se cometa un error monumental la diferencia entre el sitio donde se apunta y el lugar del impacto serán de escasos centímetros, lo que supone que en vez de darle en mitad del pecho será herido un poco a la derecha o la izquierda, pero el disparo será seguramente mortal o lo dejará hecho una piltrafilla. Si está a 150 metros, le daremos en un brazo. Y si está a 200, pues no le daremos más que un susto. Eso ocurriría en el caso que mostramos en la figura B, y es lo que se conoce como error angular. Como vemos, el punto está a la altura adecuada, pero desviado a la izquierda, por lo que el disparo irá en esa dirección. A más error angular, mayor será la desviación, y lo mismo en el caso de que el punto esté a la derecha. O sea, estaremos disparando a la altura que deseamos, pero el tiro irá desviado a la derecha o a la izquierda. 

Luego tenemos los errores derivados de una mala colocación del punto respecto a la vertical. En la figura C vemos como el punto supera la altura del alza, por lo que el disparo se verá desplazado hacia arriba. En estos casos, como en los anteriores, a mayor distancia mayor será el error. Si disparamos a 50 metros apuntando al pecho acertaremos en el cuello, y si lo hacemos a 150 metros en la cabeza, y a más distancia pasará por encima del blanco. Ojo, estas distancias y variaciones son subjetivas y a modo de ejemplo ya que cada arma tendrá un comportamiento específico y, por otro lado, una diferencia de apenas 1 mm. en el error se transforman en centímetros o incluso metros. En cuanto a la figura D, pues tenemos el caso inverso, en el que el proyectil irá bajo. 

Por último, podemos encontrarnos con un tirador tan pésimo que cometa ambos errores a la vez, o sea, un error angular al que se le suma un error en la puntería vertical. La figura E nos muestra un disparo que iría alto y a la derecha, mientras que la F tendría como resultado alto y a la izquierda. Si en ambos casos el punto estuviera por debajo del alza, pues bajo a la izquierda y bajo a la derecha respectivamente. O sea, que no le darían ni a un mamut bien criado a 50 metros, lo mandarían a primera línea a morir como un héroe y caería ensartado en las bayonetas enemigas por inútil.

Como vemos, apuntar correctamente no es fácil. Porque a la dificultad que de por sí implica el manejo del arma debemos añadir factores que lo complican aún más: el viento, la luz, que en exceso o en defecto puede llevar a errores de calado sin darnos ni cuenta y, por supuesto, la tensión, el miedo y demás sensaciones que hacen que efectuar un disparo acertado sea toda una heroicidad. Y a todo lo dicho, añadir que un buen tirador debe estar dotado de una vista excelente, lo que puede parecer una perogrullada pero que no lo es tanto ya que, además, el ojo maestro puede ser el opuesto a nuestra tendencia natural. O sea, que si uno es diestro y apoya la culata en el hombro derecho puede ser, y de hecho no es raro, que su ojo maestro sea el izquierdo. ¿Que qué es el ojo maestro? Pues lo que veremos a continuación...

El ojo maestro u ojo director como también se denomina es, por así decirlo, el ojo que manda en que nuestra visión estereocópica, o sea, el que impide que nos partamos la boca chocando contra una farola cuando vamos por la calle. Para saber qué ojo es haremos la siguiente prueba. Tal como vemos en la figura A, con los dos ojos abiertos alinearemos el dedo pulgar con un objetivo, colocándolo debajo del mismo. Nos será imposible enfocar ambos a la vez, así que procuraremos alinear bien ambas referencias enfocando a uno y a otro varias veces para intentar que sea lo más correcto posible. En el caso de un diestro, según vemos en la figura B, si cerramos el ojo izquierdo el objeto permanecerá prácticamente en el mismo sitio, o variará muy muy poco. Por lo tanto, el ojo derecho sería el ojo maestro, que es lo normal en un diestro. Para corroborarlo, cerraremos el derecho y abriremos el izquierdo y el resultado será que el objeto se habrá desplazado a la derecha. Pero si resulta que el ojo maestro es el izquierdo, si cerramos el ojo derecho el objeto se desplazará a la izquierda tal como mostramos en la figura C. Esta chorrada, desconocida para muchos probos ciudadanos cazadores, ha hecho que se hayan pasado la vida disparando miles de veces y agarrándose unos cabreos de aúpa al ver que jamás acertaban a nada. Y no por ser malos tiradores, sino porque apuntaban con el ojo equivocado.

Bien, estos son, grosso modo, los inconvenientes que entraña efectuar una puntería correcta, que no son pocos ciertamente. Bastaría con que el sol incidiera directamente sobre los elementos de puntería para que una ínfima reverberación afectase a la correcta alineación de los mismos. Una vez ajustados con una determinada luminosidad, bastaría con que una nube ocultase el sol repentinamente para que variase el punto de impacto, etc., etc., porque el ojo abrirá o cerrará la pupila en función de esas variaciones. En fin, que lo que muchos puedan pensar que es una chorrada no lo es, y más cuando se trata de colocar una bala en un objetivo que a partir de los 150 o 200 metros ya lo tapa el punto de mira. Dificilillo, ¿verdad?

Bueno, hecho este preámbulo para aclarar estas cuestiones, sin las cuales no se podría entender la evolución de los elementos de puntería para llegar a los visores telescópicos, vamos al grano...

La Guerra de Secesión supuso una fuente de inspiración a los cerebros dedicados a la creación y mejora del armamento. Como ya sabemos, los francotiradores ya existían desde mucho antes, pero fue en este conflicto donde se empezó a evolucionar en muchos aspecto a una velocidad increíble. El primer paso para facilitar la puntería se llevó a cabo con la adopción de lo que los anglosajones llaman globe sight, o sea, miras de túnel, destinadas a sustituir los puntos de mira tradicionales. Estas consistían, según vemos en la foto de la derecha, en una anilla más o menos larga en cuyo interior se colocaba inicialmente un fino poste que podía estar rematado por una minúscula bolita para facilitar la puntería. Este túnel impedía que la incidencia de la luz crease reverberaciones que influyesen en la visión del tirador y, lo más importante, permitía regular el ángulo de deriva, lo que antes era imposible. Como vemos en el ejemplar de la foto, en la base del túnel tiene un escalado para efectuar las correcciones necesarias, que se llevarían a cabo con el tornillo que tiene debajo del mismo. Esto ya permitía afinar la puntería de forma notable ya que las correcciones no había que hacerlas a ojo de buen cubero.

El complemento al túnel era el dióptero, un alza de precisión que se instalaba en la rabera del cañón o en una mortaja abierta en la garganta de la culata. En la foto podemos ver un ejemplar montado en un fusil Sharps que, según vemos, conserva el alza original que ya no era de utilidad. Imaginen lo que era intentar no cometer errores angulares con un alza de ese tipo (esas en concreto se denominaban longhorn por su similitud con la enorme cornamenta de una raza bovina), con unas luces enormes que no perdonaban el más mínimo error. Bueno, el dióptero era un alza, por lo general abatible aunque también los había fijos, que permitía una regulación micrométrica extremadamente precisa. El disco tenía en el centro un orificio no más grande que la cabeza de un alfiler de costurera y con el que debíamos alinear el punto del túnel, que en estos casos ofrecían formas más diversas como un círculo, una corona circular, un cuadrángulo o, simplemente, los postes más básicos. Bastaba centrar el punto en el centro del orificio, lo que era más cómodo para el ojo porque, además, al verse la entrada de luz muy reducida por lo ínfimo del orificio, permitía a muchos tiradores enfocar al mismo tiempo alza y punto y acusar menos los cambios de luminosidad, con las ventajas que eso conllevaba de cara a la precisión.

Sharpshooter del ejército de la Unión armado con un rifle
Tidd provisto de dióptero
Bien, como ya podemos imaginar estas mejoras permitieron mandar al Más Allá a muchos ciudadanos desde el Más Acá. Conste que este sistema de puntería ya era empleado en Suiza y Alemania desde hacía muchos años, si bien en unas vertientes más pacíficas como eran la caza y el tiro al blanco. Pero, obviamente, las guerras permiten encontrar aplicaciones más siniestras a los inventos más inocentes, ya saben. En cualquier caso, y aún considerando la notable mejora en la precisión de las armas usadas por los francotiradores, aún quedaba un problema por solventar, y no era cosa baladí precisamente. Y este problema no era otro que la limitada capacidad del ojo humano para ver a grandes distancias. Basta con que caiga un sol a plomo para que la reverberación nos impida ver con claridad cualquier cosa del tamaño de un hombre a 200 o 300 metros. Basta con que se mueva en un entorno de vegetación para que no seamos capaces de diferenciar su silueta. Basta, en definitiva, con que no tengamos una vista de águila para que ver un carajo, así que lo del dióptero era estupendo, pero no permitía atisbar con claridad al enemigo en determinadas circunstancias. Era pues necesario acercar el objetivo al ojo humano que ya no daba más de sí.

Para ello era preciso recurrir a lentes de aumento que, en realidad, eran más antiguas que la tos. De hecho, en una excavación llevada a cabo en 1853 en Nimrud por un tal sir Henry Austen encontraron una lente de cristal que suponían habría sido usada por algún administrador o escriba para escribir sus minúsculos signos cuneiformes en arcilla o cera. Hasta Nerón usaba una lente para ver más de cerca como los gladiadores se destripaban bonitamente, de modo que ya vemos que estaban más que inventadas. Solo quedaba ver la forma de adaptarlas para que fuera posible que un enemigo situado en la gran puñeta se viera mucho más cerca y, de ese modo, apiolarlo con más eficacia. Pero eso lo veremos en la próxima entrada, que por hoy ya está bien.

Hale, he dicho

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