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domingo, 26 de septiembre de 2021

ÓRGANOS DE STALIN. EL BM-13

 

Pseudo-apocalipsis a pequeña escala y en formato económico

Ante todo, hay un detalle que debe quedar bien claro: el padrecito Iósif no sabía tocar el órgano. Más aún, durante su estancia en el seminario de Tiflis no solo no aprendió a tocarlo, sino que se convirtió en un marxista irredento. Además, la música sacra ortodoxa no hace uso de ese instrumento, de modo que dudo que alguna vez estuviera cerca de uno de ellos. Para los que lo desconozcan el mote de Stalinorgel lo crearon los tedescos debido a la semejanza de los lanzadores con los tubos de los órganos, así como por el siseante y siniestro silbido que emitían cuando se disparaban. Aclarado este sutil detalle semántico, procedamos:

Ya en su día dedicamos algún que otro artículo a los cohetes Congreve y su uso tanto terrestre como naval a principios del siglo XIX. Por otro lado, ya sabemos que estos chismes eran usados por los chinos hace la torta de años para sus masacres, así que hablamos de un arma con siglos de antigüedad. Solo el perfeccionamiento de la artillería en lo referente al alcance y, sobre todo, a la precisión, envió al baúl de los recuerdos a un arma en apariencia tan prometedora. Sin embargo, y a pesar del atraso endémico en lo tocante a tecnología por aquella época, Rusia introdujo estas armas en su arsenal en 1827, dándoles un extenso uso durante la Guerra Ruso-Turca entre 1828 y 1829, llegando a producir un lanzador remolcable para seis proyectiles. Sin embargo, como hemos dicho, el imparable avance de la artillería convencional  relegó al olvido a los cohetes, que se vieron limitados a su uso como bengalas y permanecieron en estado latente unos añillos hasta que, curiosamente, fueron resucitados por los mismos rusos. 

V. A. Artemiev (1885-1962) y N. K. Tichomírov (1859-1930)

El resucitador fue Vladímir Andréevich Artemiev , que ya en 1908 y con apenas 23 años andaba investigando con cohetes de bengalas en la fortaleza de Brest-Litovsk. Este probo ingeniero fue enviado en 1919 al Laboratorio de Dinámica de Gases (Gazodinamicheskoy laboratorii para el que quiera fardar ante sus cuñados), donde se puso en contacto con otro sesudo cohetero, Nikolái Ivánovich Tichomírov, con la intención de desarrollar cohetes de combustible sólido. La solución vino de la mano del por aquel entonces coronel Ivan Platonovich Grave, que en 1916 había inventado un propelente a base de polvo de piroxilina mezclado con trinitrotolueno, lo que daba como resultado una combustión potente y estable. La patente le fue confirmada en 1924 y consistía en barras compactadas de 70 mm. de diámetro que fueron fabricadas en la Fábrica de Pólvora de Shlisselburg. Hasta aquel momento se había usado como propulsor pólvora negra, pero su rendimiento era obviamente muy inferior al del nuevo compuesto. Este se probó por primera vez el 3 de marzo de 1928 tras haber pasado tropocientas pruebas hasta dar con las proporciones adecuadas, alcanzando el cohete una distancia de 1.300 metros. Este chisme fue la base de partida para la posterior creación de los cohetes disparados por los dichosos órganos.

G. E. Langemák (1898-1938)
Pero encontrar el propulsor adecuado era solo parte del problema porque, en realidad, lo que aún estaba por solucionar era la forma de dar al proyectil la estabilidad y la precisión adecuadas. Recordemos que los cohetes de Congreve usaban una simple varilla como estabilizador, y que no fue hasta 1844 cuando William Hale desarrolló una pieza helicoidal que hacía girar el cohete, pero la precisión obtenida no se consideraba la idónea para un arma moderna. Artemiev se dedicó a ir probando sistemas de guiado, lo que le llevó varios años de investigación porque hasta mediados de 1933 no pudo probar algo con un éxito aceptable. Se experimentó con dos diseños, el RS-82 y el RS-132 (RS = Rakietnyi Snariad, misil cohete, para los que insistan en fardar ante sus cuñados), de 82 y 132 mm. de calibre y provistos de estabilizadores de aletas con los que obtuvo una trayectoria razonablemente precisa a distancias comprendidas entre los cinco y seis mil metros, si bien estaban muy lejos de la precisión de cualquier pieza de artillería. En este diseño participó Geórgi Érijovich Langemák, un ingeniero militar de origen alemán de los más cercanos a Artemiev que, cómo no, acabó sus días víctima de la purga de 1937 con la que el psicótico padrecito Iósif eliminó de un plumazo a la mayoría del personal que tenía más de dos dedos de frente. De hecho, aunque el desarrollo del proyecto inicial era de Artemiev, Langemák es considerado como el padre del órgano staliniano que, en realidad, en Rusia era conocido de forma mayoritaria como Katyusha (Катюша en cirílico, por si aún no se han quedado contentos y quieren seguir chinchando a sus cuñados), aunque del origen del mote ya hablaremos al final del artículo. 

Fuego de saturación producido por una salva de Katyusha. Al
impactar sobre una zona relativamente pequeña, sus efectos eran
demoledores
Bien, en vista de que de momento no era posible obtener una precisión que permitiese que un cohete acertara en el objetivo como el proyectil de un cañón, se optó por la posibilidad de hacer fuego mediante salvas, o sea, disparando al unísono mogollón de cohetes para batir una determinada zona. Es lo que se conoce como fuego de saturación. Para los que nunca hayan oído ese término, el fuego de saturación es un concepto por el que un área relativamente pequeña es sometida a un bombardeo breve, pero de una intensidad devastadora que la artillería convencional no puede alcanzar. Pongamos un ejemplo: los informes del frente nos dicen que en tal zona el enemigo ha concentrado un regimiento entero para iniciar una ofensiva. 

Y estas eran las herramientas para lograr la saturación. Mientras que
un cañón convencional podía disparar un proyectil cada cinco o
diez segundos, un Katyusha disparaba una docena o más-
dependiendo del modelo- en el mismo tiempo
Si abrimos fuego con la artillería disponible, imaginemos que una docena de bocas de fuego con una cadencia de tiro de seis proyectiles por minuto, implicaría que en cinco minutos de bombardeo caerían sobre el enemigo 360 proyectiles. Obviamente, las tropas enemigas no se iban a quedar como pasmarotes esperando a ser machacados, sino que nada más oírse el silbido de la primera andanada saldrían corriendo como conejos en busca de refugio. Esa primera andanada sería lógicamente la más efectiva, mientras que las restantes pillarían a la mayor parte del personal a cubierto, pudiendo salir razonablemente indemnes del susto. Sin embargo, una batería formada por 12 lanzacohetes con capacidad para 24 proyectiles, solo en la primera salva dejaría caer sobre las atribuladas cabezas de los enemigos 288 cohetes de golpe. Y si los lanzadores eran de 48 cohetes, la cifra se elevaría al doble: 576 proyectiles de una tacada y sin que a los pardillos de turno les de tiempo a buscar un hoyo donde meterse. Y no solo produciría gran cantidad de bajas, sino que una parte importante de su material también sería destruido sin posibilidad de ponerlo a salvo. En resumen, es un concepto táctico tan eficaz que hoy día sigue totalmente vigente, y no hay guerra en la que no hagan acto de presencia vehículos provistos de lanzadores que, eso sí, están armados con cohetes mucho más potentes y precisos que los usados por los rusos si bien no son raros de ver en algunos de los interminables conflictos de Oriente Medio lanzadores de la época soviética que aún siguen operativos.

Bien, estos son los antecedentes del Katyusha que, en puridad, fue el cohete en sí ya que el soporte para los lanzadores no fue el mismo a lo largo de su vida operativa. Se recurrió a camiones rusos, así como a americanos obtenidos gracias a la Ley de Préstamo y Arriendo, chasis de carros de combate, trineos, trenes blindados, vehículos sobre orugas e incluso se instalaron en barcos, pero de la amplia variedad de medios sobre los que funcionaron estos chismes hablaremos con detalle en otra ocasión para no alargarnos demasiado. De hecho, incluso se llegaban a disparar cohetes sustentados sobre bastidores colocados directamente sobre el suelo, e incluso simplemente dentro de un armazón colocado dentro de un hoyo que les permitiera orientarlos en dirección a donde en teoría estaba el enemigo. Un alarde de tecnología, vaya... Con todo, su uso masivo- el fuego de saturación, ya saben- los hizo bastante eficaces, y donde caían solo quedaba una extensión de terreno calcinada y los restos achatarrados de los vehículos que hubiese en el mismo aparte de cachos dispersos del personal a los que no dio tiempo de escabullirse.
 En la ilustración de la derecha tenemos un ejemplo del variopinto uso que se podía dar a estos artefactos: dos guripas soviéticos ocultos tras unas ruinas se disponen a lanzar un M-31 de 300 mm. colocado dentro de un armazón (metálico o de madera) sustentado sobre unos ladrillos.

Ferviente hija del padrecito Iosif instalando cohetes RS-82 bajo
las alas de un avión. Obsérvense las peculiares hélices para el
armado de las espoletas
En cuanto a la vida operativa de estos cohetes, curiosamente no comenzó sobre los lanzadores que estamos hartos de ver en fotos, sino instalados en aviones. Su estreno en una acción de guerra tuvo lugar en el río Jaljin Gol, que marcaba los límites de China con la URSS, durante un breve conflicto con los honolables guelelos del mikado entre mayo y septiembre de 1939 por cuestiones fronterizas entre la república soviética de Mongolia y las tropas japonesas que ocupaban Manchuria. En esta ocasión se armaron inicialmente en los Polikarpov I-16 de una escuadrilla de cinco aparatos al mando del capitán Nikolái Ivánovich Zvonarev, agregada al 22º Rgto. de Cazas del mayor  Grigory Panteelevich Kravchenko, instalándose bajo las alas ocho raíles (4 en cada ala) para otros tantos cohetes RS-82. Además, no fueron usaros como armamento aire-tierra, sino para abatir aviones enemigos. 

I-16 armado con ocho cohetes RS-82

N. I. Zvonarev (1911-1986)
El grupo de Zvonarev, que actuó entre los días 19 de agosto y 16 de septiembre, realizó 85 salidas, participando en 14 acciones de combate en las que lograron alcanzar 13 victorias, las cuales se debieron principalmente a que atacaron formaciones cerradas de aparatos nipones, lo que facilitó su derribo ya que la precisión de los RS-82 estaba aún un poco lejos de la de un Sidewinder. Bueno, no nos engaños, el RS-82 estaba en el neolítico cohetero aire-aire, pero al menos tuvieron la primicia. Ojo, ya en la Gran Guerra se habían empleado contra dirigibles y globos de observación, pero obviamente estos artefactos eran un poco más grandes que un caza japonés, el primero de ellos muy lento, y el segundo totalmente estático, así que tampoco había que tener un prodigio de precisión para acertarles. En cualquier caso, el padrecito Iósif, celoso de que la existencia y, sobre todo, los detalles de esta nueva arma cayeran en manos enemigas, ordenó que todo lo concerniente a su manejo y uso fuera llevado con el máximo secreto, hasta el extremo de que los pilotos que tomaron parte en la escuadrilla de Zvonarev eran miembros especialmente seleccionados del NKVD cuya fidelidad al padrecito Iósif y al partido estaba por encima de cualquier comentario. 

G. I. Kravchenko (1912-1943)
Los mentados pilotos fueron, (por si aún desean hundir más en la miseria a sus cuñados) los tenientes I. Mikhailenko, S. Pimenov, V. Fedosov y T. Tkachenko. Más aún, ante el temor que de alguno de los I-16 fuera derribado y cayese en manos enemigas, Kravchenko había recibido la orden, que a su vez transmitió a Zvonarev, de que bajo ningún concepto se involucraran en combates aéreos contra los aparatos de los honolables guelelos del mikado, superiores en velocidad y armamento. Por lo tanto, su misión era localizar al enemigo, abalanzarse contra ellos, dispararles la salva de cohetes a una distancia de entre 1.500/850 metros aproximadamente y salir echando leches antes de que los nipones se recuperasen del susto. Por cierto que el uso de cohetes aire-tierra se propaló de forma increíble durante la 2ª Guerra Mundial. En el caso de los yankees, hicieron gran uso de ellos desde sus cazas Corsair y Mustang principalmente para ataques a tierra, y los tedescos perpetraron fastuosas escabechinas con los R4M que armaban los Me-262, con los que derribaron cantidad de bombarderos B-17. En fin, ya sabemos que el uso de cohetes aire-aire y aire-tierra son actualmente la principal arma de que disponen los aviones modernos para hacer la puñeta al enemigo, ya vaya volando o dándose un paseo por una carretera.

Vista trasera de un ZIS-5 con el lanzador cargado
Con todo, y a pesar de que la escuadrilla de Zvonarev salió de aquella guerrita indemne y con varios derribos en su haber, lo cierto es que fueron necesarios una media de 24 cohetes por derribo, lo que no se puede decir que fuese especialmente rentable cuando se podía lograr lo mismo con un par de docenas de cartuchos de ametralladora que costaban bastante menos dinero, así que estaba claro que el verdadero potencial de estas armas era como cohete tierra-tierra. De forma paralela a su uso como arma aire-aire, en octubre de 1938 y bajo la dirección del Instituto de Innovación para Propulsión a Chorro Nº 3 (Reaktivnyy nauchno-issledovatel'skiy institut, Реактивный научно-исследовательский институт en cirílico y más conocido por sus siglas РНИИ3 y a partir de 1937 НИИ3 (NII3), por si les apetece impulsar a sus cuñados a una autolisis definitiva) se creó un prototipo de lanzador instalado sobre el chasis de un camión ZIS-5, un vehículo de 3 Tm. y dos ejes de diseño moderno ya que su producción había comenzado en 1933. El lanzador consistía en un bastidor colocado de forma transversal, mirando hacia el lado derecho del vehículo para que los chorros de fuego no afectaran la cabina del camión si bien la ventanilla del copiloto estaba provista de una chapa de blindaje. Sobre dicho bastidor iban 24 raíles que permitirían disparar una salva de otros tantos cohetes del modelo M-13 de 132 mm. El M-13 era un modelo derivado del RS-132 con una carga explosiva de 4'9 kilos, y tenía un alcance de unos 8-8'5 km. aproximadamente.

Vista lateral del MU-1 sobre un ZIS-6. En el extremo de la
caja se aprecia el mecanismo para regular el ángulo de tiro,
así como la ventanilla blindada
Sin embargo, este prototipo salió un churro por varios motivos. En primer lugar, los lanzadores eran el mismo modelo usado en los aviones, por lo que la carga de los cohetes se efectuaba por la parte delantera de los mismos, lo que retrasaba enormemente el proceso. Por otro lado, la posición fija del lanzador obligaba a apuntar moviendo el camión hasta situarlo en una posición más o menos aproximada hacia el objetivo y, finalmente, la escasa sustentación que ofrecía daba como resultado un churro de precisión. Además, la elevada temperatura que alcanzaban los chorros de los cohetes, entre los 1.100-1.200º, dañaba al vehículo, especialmente a los neumáticos traseros que recibían la primera llamarada de lleno. En vista del éxito obtenido, cambiaron de vehículo, usando un ZIS-6 de tres ejes con un lanzador de 24 raíles, pero dando unos resultados igual de pésimos porque, en realidad, el problema estaba en la posición del lanzador, no en la plataforma que lo sustentaba. No obstante, a esta versión se le añadió un mecanismo para regular el ángulo de tiro vertical que demás permitía un pequeño giro horizontal lo que, aunque ya suponía un adelanto, no solucionaba el problema. Este prototipo recibió el nombre de MU-1 (МУ-1, механизированная установка, mekhanizirovannaya ustanovka = instalación mecanizada nº 1).

En vista de que el MU-1 resultó un fiasco, estaba claro que había que ver la forma de diseñar un MU-2 que funcionase si no querían acabar todos metidos en un vagón de ganado camino de un gulag en el quinto pino, así que se pusieron las pilas y vieron que solo había que cambiar la posición del lanzador, colocándolo en sentido longitudinal al vehículo. Al disponer de menos espacio a lo ancho hubo que reducir el número de raíles del lanzador a ocho, si bien para compensarlo en cada raíl se podían colocar dos cohetes, uno arriba y otro abajo. El bastidor sobre el que reposaban era una estructura un poco más compleja a base de tubos con una capacidad de giro horizontal de 10º a cada lado (20º en total), y la elevación vertical podía regularse entre los 15º y 45º, lo que permitía un alcance mínimo de 3 km. y un máximo de 9 km. En el gráfico de la derecha vemos el mecanismo de elevación (fig. A) y el horizontal (fig. B) mediante un tornillo sin fin. Además, se acopló en el lado izquierdo del bastidor un visor de artillería convencional, por lo que ya no era preciso estar una hora maniobrando el camión hasta colocarlo más o menos mirando al objetivo. Con estas mejoras solo había que situarlo en dirección al blanco, ajustando la puntería moviendo el lanzador hacia donde fuera preciso.

También se añadieron dos gatos hidráulicos en la parte trasera de la caja para proporcionar una base estable en el momento del disparo que, como veremos a continuación, no se producía mediante una salva simultánea, sino con un intervalo de medio segundo. Así mismo, la puesta en batería se acortaba de forma notable, requiriendo solo entre 5 y 1o minutos, siendo el tiempo de carga de otros 5 minutos más. Para completar la lista de mejoras, como la nueva disposición del lanzador haría que las llamaradas de los cohetes dieran de lleno en la cabina, se instalaron chapas sujetas mediante bisagras para poder bajarlas cuando se entraba en acción. Cuando llegaba la hora de largarse bastaba plegarlas sobre el techo. Ambos accesorios podemos verlos en las fotos de la izquierda.

BM-13 sobre un camión ZIS-6. Obsérvese la posición de los gatos
traseros cuando no estaba en posición de tiro, así como las
perforaciones de los raíles del lanzador para aligerarlos de peso
Tras las pruebas pertinentes y corroborar que, finalmente, el arma funcionaba como Lenin manda, el MU-1 pasó a convertirse en el BM-13 (Boyovaya Maszina 13 = vehículo de combate 13), del que se fabricaron cinco unidades para ir adiestrando a sus futuros servidores. Además se construyó un lanzador extra que fue enviado a Sebastopol para ser instalado en una patrullera y probar su rendimiento como arma embarcada. El Comité de Defensa del Estado quedó sumamente satisfecho con los resultados de las pruebas, por lo que en la primavera de 1941, cuando el ciudadano Adolf ya estaba a punto de dar la orden para iniciar la Operación Barbarroja, se comenzó la producción en serie. Con apenas tiempo para disponer de cantidades aceptables de la nueva arma, cuando los tedescos entraron en la Santa Madre Rusia sin molestarse ni en llamar a la puerta apenas se habían fabricado siete unidades que, junto con 3.000 cohetes M-13 habían sido enviados a Moscú. El mismo día en que dio comienzo la invasión, el 22 de junio de 1941, se comenzaron a fabricar tanto camiones como cohetes en la fábrica Komintern de Voronezh, seguida de los talleres Kompressor de la capital soviética. En octubre, y ante el peligro de verse desbordados, la producción se trasladó a Chelyábinsk, remota población situada en los Urales que quizás recuerden de cuando hablamos de los carros de combate rusos. 

El capitán Flerov (1905-1941). Palmó como los
buenos el 6 de octubre sin llegar a disfrutar de
los laureles de la victoria, durante una refriega
en Bogatyri tras una breve pero muy intensa
vida operativa
Estas siete unidades formaron la primera batería operativa de BM-13 al mando del capitán Ivan Andreevich Flerov, que entró en servicio el 28 de junio, apenas seis días después del comienzo de la invasión. Cada vehículo tenía una dotación de siete hombres: un artillero jefe, un artillero, un encargado de manejar los mandos de regulación del lanzador y cuatro cargadores. Dichas dotaciones fueron seleccionadas entre el personal de la Escuela de Artillería Feliks Dzierzynski, anteponiendo ante todo que fuesen miembros del partido. Al padrecito Iósif no se le quitaba de la cabeza lo de mantener a ultranza el secreto sobre la existencia de la nueva arma, hasta el extremo de que el término "BM-13" no se pudo usar en el papeleo administrativo hasta después de la guerra, cuando hasta el Tato ya sabía de qué iba la cosa. Más aún, poco después del inicio de la guerra se obligaba al personal a firmar una declaración por la que se comprometían a, en caso de peligro, destruir los vehículos para impedir que cayeran en manos enemigas, así como a escapar como fuese para no caer prisioneros y ser obligados a dar información sobre los mismos, llegando si era preciso a suicidarse. Chungo, ¿qué no? Para que no hubiera dudas al respecto, en una orden emitida por el padrecito Iósif el 1 de octubre de 1941 se dejaba bien claro que los BM-13 "...deben ser protegidos como tecnología de alto secreto del Ejército Rojo. Por este motivo, estas máquinas y la munición para ellas no deben caer en ningún caso en manos del enemigo. Este material debe mantenerse bajo una constante y particularmente severa vigilancia en todo momento. La responsabilidad de la preservación de estos secretos recaerá sobre los comandantes de los frentes y los ejércitos." En resumen, que si no te pegabas un tiro ya se encargaría el NKVD de hacerlo por ti, y si los tedescos te echaban el guante toda tu familia se iría de vacaciones a Siberia solo con billete de ida. Incluso se ordenó de forma explícita que, para un mejor aprovechamiento del material, jamás se emplearan los BM-13 contra objetivos pequeños o de poca importancia, debiendo reservarse solo para neutralizar el avance de grandes formaciones de infantería o carros de combate, para romper las líneas enemigas en caso de participar en una ofensiva y sobre concentraciones de tropas. Además, nunca debía hacerse uso de los lanzadores sobre objetivos situados a una distancia relativamente lejana, en la que su escasa precisión restaría eficacia, delegando esos cometidos para la artillería convencional.

BM-13 de la primera serie preparado para abrir fuego en Stáyara
Russa, en septiembre de 1941
El estreno del BM-13 tuvo lugar el 14 de julio, tras ocupar los tedescos la ciudad de Orsha, nudo ferroviario de vital importancia. La batería de Flerov se trasladó al sector y se dispuso para lanzar la primera salva, que tuvo tugar a las 15:15 horas. Hay varias versiones sobre esta acción de guerra, alguna incluso asegurando que, en realidad, no tuvo lugar hasta dos días más tarde debido a que los ingenieros tedescos tenían que adaptar el ancho de las vías para sus trenes (las rusas eran más estrechas) pero, en todo caso, en lo que sí coinciden todos es que el estreno supuso una escabechina fastuosa ya que los cohetes alcanzaron vagones cargados de munición, con las consecuencias que podemos imaginar. El BM-13 se mostró como un arma indudablemente eficaz, y aunque tenía sus ventajas también presentaba una serie de inconvenientes.

Cargando un M-13 en su raíl. Para realizar
esta operación bastaban escasos segundos
Entre las ventajas, la principal era su obvia contundencia. La batería de Flerov, con apenas siete lanzadores, podía dejar caer sobre los enemigos 112 cohetes cargados con casi 5 kilos de alto explosivo en menos de diez segundos, lo que no dejaba prácticamente tiempo para reaccionar. Su recarga era relativamente rápida, y con dotaciones bien entrenadas el tiempo podía reducirse a un par de minutos o poco más. Los raíles, al contrario que las cañas de los cañones, que debían ser sustituidas cada un determinado número de disparos, tenían una vida operativa ilimitada, y cada lanzador era acompañado por dos camiones cargados con más cohetes para que la fiesta no terminase en seguida. En cuanto a los inconvenientes, el principal era, aparte de que la precisión nunca llegó a ser la deseable, la descomunal humareda que producía cada salva, localizable a kilómetros de distancia. Esto obligaba a que, salvo que la batería estuviera en una posición protegida por elevaciones que la ocultaran de la vista del enemigo, nada más realizar los disparos tenían que salir echando leches y cambiar de emplazamiento antes de que la artillería enemiga los machacara con fuego de anti-batería, y esos sí tenían precisión de sobra para acertarles de lleno sin problemas. Con todo, la posibilidad de moverse con rapidez de un sitio a otro llegó a convertirse en una ventaja ya que despistaba totalmente a los observadores tedescos, que se veían incapaces de ubicar en los mapas de dónde habían salido los disparos.

Bien, con todo lo que hemos visto ya conocemos la gestación, el nacimiento y los primeros pasos de estas emblemáticas armas. De sus distintas versiones, los diferentes vehículos que se usaron como plataforma y la variedad de proyectiles que fueron surgiendo durante la guerra ya hablaremos otro día, que en esta ocasión ya me he explayado en demasía. Solo nos resta ver los entresijos del cohete B-13, así como su sistema de disparo y el origen del sobrenombre "Katyusha".

En primer lugar, el cohete. En el gráfico de la derecha tenemos una vista en sección del mismo para ver con detalle la distribución de su interior. Como podemos apreciar, el cohete se dividía en tres partes: la cabeza de guerra, que contenía la espoleta, el detonador y  la carga explosiva que, en este caso, era de 4,9 kilos de trinitrotolueno o de termita si se quería usar como arma incendiaria. También se estudió usarlo como proyectil de guerra química, pero eso lo veremos más adelante. A continuación tenemos el cuerpo que contiene la carga de propelente, formada por siete barras de polvo de piroxilina perforados longitudinalmente por el centro. Su distribución la vemos en la figura F'. El propelente se iniciaba con dos cartuchos piro-eléctricos como el que vemos en la figura E', colocados a ambos lados del tetón de enganche delantero. Estos cartuchos se iniciaban mediante una descarga eléctrica que inflamaba la carga de pólvora que llevaban en su interior y que, a su vez, iniciaba el propelente del cohete. Por último tenemos los escapes por donde salía el gas producido por la combustión del propelente, que se realizaba de adelante hacia atrás. 

El proceso de carga era muy simple. Bastaba deslizar los dos tetones de fijación por la ranura del raíl hasta que quedasen bloqueados en su posición, para lo cual se accionaba hacia la derecha la palanca marcada con la flecha roja. El bloqueo debía asegurarse antes de elevar el lanzador si no querían ver como los 16 cohetes caían uno tras otro al puñetero suelo. En el círculo vemos el terminal eléctrico que llevaba cada raíl en cada costado, y que contenían los bornes que daban la corriente necesaria para iniciar los cartuchos piro-eléctricos. Una vez que se completaba la carga del lanzador, el artillero realizaba los ajustes de altura y deriva y todo el personal se retiraba a una distancia prudencial para no quedarse convertidos en torreznos soviéticos o verse asfixiados por la enorme temperatura que desprendían los cohetes, así como la densa polvareda de humo tóxico que desprendían. A partir de ahí solo había que abrir fuego, de lo cual se encargaba el artillero jefe accionando el cuadro de mandos colocado delante del asiento del copiloto.

A la derecha podemos verlo. Se trataba de una pequeña caja conectada mediante la manguera G a una batería auxiliar situada sobre el chasis, de donde tomaba la corriente. De ahí partían dos cables: uno conectado a la carrocería para hacer masa, y el otro se dividía en ramales que iban a las cajas de cada raíl. En primer lugar, se cerraba el circuito accionando el interruptor de cuchillas F. A continuación se introducía y giraba la llave A en la caja de conexión C para establecer el contacto, tras lo cual se encendía el chivato D para comprobar que todo estaba en orden. A partir de ahí, el arma estaba lista para abrir fuego, para lo que se giraba el disco del disparador a razón de dos vueltas por segundo durante 17 veces. De ese modo no se producía una descarga al unísono, sino escalonada con una escasa diferencia de tiempo. La duración de la andanada dependía del número de cohetes, pero en este caso sería de unos 15 segundos como mucho. La verdad es que presenciar una salva de uno de estos chismes debía ser algo sobrecogedor.

A medida que el artillero giraba a toda pastilla el disco, la corriente eléctrica iba llegando a los raíles, produciéndose una chispa en el contacto entre la superficie del raíl y el tapón del contenedor de los cartuchos piro-eléctricos. En ese momento, se inflamaba el contenido e iniciaba el propelente del cohete, saliendo disparados a una velocidad de unos 350 m/seg., o sea, similar a la de una bala de 9 mm. Parabellum, lo que no es ninguna tontería para semejante trasto. Los cohetes podían armarse con espoletas de impacto o de proximidad, dependiendo del objetivo, y su dispersión al caer sobre el terreno elegido como blanco formaba una densa cadena de explosiones casi simultáneas. Para hacernos una idea, la batería del capitán Flerov, formada por siete lanzadores de 16 cohetes permitía arrojar sobre las atribuladas testas tedescas nada menos que 112 cohetes en un intervalo de diez segundos. Por lógica, para conseguir lo mismo con artillería convencional harían falta 112 cañones. Con todo, algunas versiones posteriores que podían disparar hasta 48 cohetes, si hablamos de una batería convencional formada por cuatro lanzadores hablamos de nada menos que 192 proyectiles, y como ya podrán imaginar una batería no solía actuar en solitario. Podían juntarse varias y, con ello, disparar cientos de cohetes de golpe sobre un enemigo que no sabría dónde leches meterse para escapar del fin del mundo a escala reducida.

Lidiya Ruslanova cantando ante las ruinas del Reichstag de
Berlín el 2 de mayo de 1945
Bueno, con esto no creo que queden dudas acerca del sistema de disparo. En cuanto al mote, hay tropocientas versiones, aparte de más apodos que ya iremos desgranando. En esta ocasión nos quedamos con el más conocido, Katyusha, que era el título de una canción que, como está mandado, narra como una jovencita llamada así echa de menos a su amado que está haciendo el servicio militar. La canción fue compuesta en 1938 con música de Matvéi Blanter y letra de Mijáil Isakovski, e interpretada por primera vez por Lidiya Andreevna Ruslanova, una famosa cantante floclórica de la época. Katyusha es el diminutivo de un diminutivo, o sea, el diminutivo de Katya que, a su vez, lo es de Yekaterina, Catalina. Por lo tanto, Katyusha sería lo mismo que si en español decimos Catalinita. La teoría más aceptada es que, debido al secretismo que impedía denominarlos como BM-13, en la documentación oficial se les asignó la letra K, correspondiente a la fábrica Komintern de Voronezh, donde comenzó la producción del arma, por lo que se recurrió, como es habitual en todos los ejércitos del mundo, a ponerle un mote que coincidiera, en este caso, con la inicial extra-oficial del BM-13. Puede que, cuando la oigan, a más de uno le suene la música. Es la del "Casatschok", una pegadiza canción que puso muy de moda el cantante francés Georgie Dann en 1969, pero cuya letra no tiene nada que ver con la original. De hecho, este fulano se tiró la torta de tiempo forrándose con sus cancioncillas que, año tras año, eran declaradas "la canción del verano" y se escuchaban en todas las verbenas, ferias, tómbolas y hasta en los bailes juveniles de la época. Ahí pueden escucharla.


En fin, espero que les haya resultado interesante. Como ya he dicho, más adelante y con suerte antes de que acabe el año seguiremos con el tema. Mientras tanto, vayan provocando arcadas en sus cuñados y primos lejanos contemplando cualquier documental sobre el tema. 

Hale, he dicho

La batería del capitán Flerov lista para abrir fuego y sembrar muerte y destrucción más IVA sobre los malvados tedescos

sábado, 14 de octubre de 2017

Cazadores de globos




L'Entreprenant en plena batallita
En una entrada anterior, dedicada a los albores de la artillería autopropulsada, ya hicimos referencia a los globos cautivos ya que estos cañones automotrices fueron ideados inicialmente para derribar tanto dirigibles como los globos de observación que, desde las alturas, eran capaces de detectar cualquier movimiento incluyendo hasta si algún tontaina se salía de la trinchera a echar una discreta meadita. En dicha entrada, cuya lectura recomiendo para no tener que repetir todo lo referente a la gestación de estos simpáticos chismes flotantes, ya se comentó como L'Entreprenant (El Intrépido), el primer globo de observación destinado a fines bélicos, fue decisivo en la batalla de Fleurus, ganada por los gabachos (Dios maldiga al enano corso por siempre en el más profundo abismo llameante) contra las monarquías europeas aliadas en aquella ocasión para reinstaurar el antiguo régimen y mandar a hacer puñetas a los revolucionarios que habían tenido la osadía de amputar la cabeza del ciudadano Capeto, antes Luis XVI, y de su adorable y pizpireta reina María Antonieta. Sin embargo, y a pesar de que L'Entreprenant mostró sus cualidades, el enano acabó desechando el invento porque, aparte de engorroso, en aquellos tiempos la tecnología disponible para la elaboración del hidrógeno necesario para inflarlos era incapaz de producirlo con la presteza y en la cantidad necesarios, así que se conformó con seguir contemplando el campo de batalla desde una loma, como se llevaba haciendo desde tiempos inmemoriales.

El Intrepid en acción. Lo que no sé es si al decir
intrépido se referían al globo o al insensato que
lo tripulaba, porque ya había que echarle valor...
No obstante, el invento no acabó arrumbado para siempre en los archivos de los estados mayores, sino todo lo contrario. De hecho, en el momento en que la capacidad de fabricar hidrógeno a un ritmo adecuado se hizo posible, inmediatamente desempolvaron todo lo referente a los globos cautivos y los pusieron nuevamente en liza aunque, eso sí, de manos de personal civil porque los militares de la época igual habían olvidado donde habían guardado los expedientes referentes a estos aparatos. En el caso que nos ocupa, fue en la Guerra de Secesión cuando el uso de globos de observación empezó de nuevo a tomar fuerza, en esta ocasión a manos del ejército de la Unión. Concretamente fue Thaddeus C. S. Lowe, un probo autodidacta inventor, meteorólogo y aficionado a los aerostatos, el que puso sus conocimientos al servicio de la causa para hacerle la pascua a base de bien a los rebeldes esclavistas. Tras las gestiones oportunas se acordó llevar a cabo una prueba ante el mismísimo Lincoln el 17 de junio de 1861 en la que se hizo ascender el globo "Intrepide" a unos 150 metros de altura, pudiendo tener contacto con tierra en todo momento mediante un hilo telegráfico. De esa forma, lo que el observador veía desde su globo podía ser re-enviado de forma casi instantánea a la misma Casa Blanca si era preciso, lo que en aquellos tiempos sonaría a ciencia-ficción. Tanto le entusiasmó la idea a Lincoln, que era un sujeto inteligente abierto a toda innovación válida para ganar la guerra, que ordenó la creación de un Balloon Corps, un Cuerpo de Globos que, desgraciadamente, nació con un defecto garrafal: estaba nutrido por civiles bajo el mando de militares que pretendían en todo momento arrogarse los éxitos derivados del empleo de estos artefactos.

Lowe y LaMountain
Para rematar la cosa, a Lowe le salió un competidor, John LaMountain, otro pionero de los aerostatos que ya había hecho sus pinitos antes de la guerra llevando a cabo travesías a bordo de su globo "Atlantic". LaMountain fue contratado directamente por el general Benjamin Butler, y puso en su punto de mira a Lowe para apartarlo y convertirse en el jefe del Balloon Corps. De hecho, desde el primer momento se convirtió en una mosca cojonera, no parando de hostigar a Lowe restándose méritos y vanagloriándose de que su globo fue el primer en entrar en combate de forma efectiva. Al final, tanta disputa solo sirvió para crear tan mal rollo ante los militares que, en agosto de 1863, se decidió finalmente disolver el Cuerpo de Globos a pesar de los buenos resultados obtenidos. 

Y gran parte de esos buenos resultados se debieron a que en aquella época aún no existía ningún tipo de arma antiaérea como no fuesen las enormes escopetas de calibre 8 o 10 para matar patos, las cuales obviamente no servirían de nada en este caso. Incapaces de dar con una solución inmediata, se limitaron a algo tan básico como lo que vemos en el esquema de la derecha: una pequeña zanja para permitir que la cureña quedara por debajo del nivel del suelo, ganando así varios grados de elevación ya que la artillería de la época no contemplaba abrir fuego sobre algo que estuviera a más de 8 o 10 metros de altura, o sea, la muralla de un fuerte o algo por el estilo. Sin embargo, esta no era ni remotamente una solución eficaz ya que lo más que podían conseguir era perforar el globo disparándole un bote de metralla, pero sus efectos se limitaban a que este empezara a desinflarse lentamente, dando tiempo de sobra de bajarlo a tierra para proceder a su reparación. O sea, que dejarlos fuera de combate para siempre jamás era complicadillo.

Tropas de la Unión inflando un globo en Fair Oaks, Virginia, en 1862
Bien, así quedó la cosa a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX. Los globos de observación habían demostrado claramente su utilidad si bien adolecían de un defecto de diseño que aún se tardó en corregir, y es que su forma esférica o de pera era extremadamente sensible a la acción del viento. A pesar de permanecer en todo momento unidos a tierra, los cambios de dirección o la fuerza del mismo los volvían bastante inestables, girando sobre sí mismos o dando bandazos según soplara el viento en una dirección u otra, lo que se traducía, aparte de en la vomitona del tripulante a causa de tanto meneo, en las grandes dificultades que entrañaba sacar fotos o levantar mapas adecuados. Eso se compensaba, como hemos dicho, con la casi total impunidad con la que operaban ya que, a pesar de los avances que experimentó la artillería hasta la llegada del nuevo siglo, a nadie se le ocurrió diseñar algo capaz de echar por tierra aquellos irritantes artefactos que delataban de inmediato cualquier movimiento en el campo enemigo, fastidiando al glorioso general de turno su taimada estrategia para sorprender al enemigo y derrotarlo bonitamente con un audaz golpe de mano.

Globo de observación británico hacia 1908 que,
como vemos, aún conserva la tradicional
forma esférica
El estallido de la Gran Guerra supuso una gran proliferación de los globos de observación. Habiéndose convertido la artillería en la que cortaba el bacalao en un campo de batalla en el que las tropas eran invisibles desde tierra por estar metidos en sus trincheras, era imprescindible disponer de capacidad de visión a gran altura tanto para localizar las posiciones enemigas como para corregir el tiro de la artillería. De ese modo, los globos pasaron de ser meras moscas cojoneras a tábanos sumamente irritantes porque, desde ellos, un observador podía informar en todo momento de lo que ocurría en el frente, bien mediante un hilo telefónico o, un poco más avanzada la guerra, con aparatos de radio-telegrafía, lo que les liberaba de la posibilidad de que una rotura del cable los dejara incomunicados. Pero, además, tenían una serie de ventajas que eran a veces inasumibles para la incipiente arma aérea, empezando por el hecho de que un globo podía permanecer durante horas y horas estacionado en el aire, mientras que los aviones disponían de una autonomía muy limitada y eran más fáciles de derribar tanto por la artillería antiaérea como por los cazas enemigos. Pero vayamos por partes y no nos adelantemos...

Drachen a punto de ser soltado. Obsérvense la gran cantidad de tirantes
que ayudaban a darle el máximo de estabilidad horizontal
Ante todo, conviene aclarar que el diseño de los globos experimentó un cambio radical a fin de favorecer la estabilidad de la que carecían sus ancestros esféricos. Los primeros en sacar un globo capaz de mantenerse en el aire sin acusar tanto los cambios de dirección del viento fueron, como no, los alemanes, con el modelo Parseval-Sigsfeld. Este aerostato fue diseñado por August von Parseval y Hans Bartsch von Sigsfeld a finales del siglo XIX, obteniendo la licencia para su construcción en 1901. Era un chisme con forma de salchicha al que se le añadieron dos estabilizadores laterales más otro inflable situado en la parte inferior-trasera que daban al globo la apariencia de un miembro reproductor masculino a lo bestia, lo que dio lugar a motes muy inspirados. Para aminorar el posible cabeceo se le añadía llegado el caso una cola como las que usan las cometas, pero en vez de ponerle lacitos les colocaron una especie de estabilizadores en forma de varios conos similares en su aspecto a los de una pantalla de mesa puestas en fila una tras otra.

A nivel oficial se les llamaba Drachen (Dragón) término que, además de resultar más elegante, se debía a su similitud con esas cometas chinas que se parecen a esos animalitos mitológicos. El Drachen se inflaba con hidrógeno excepto el estabilizador con aspecto de escroto, que disponía de una abertura frontal en la parte inferior para que se llenase con el aire que venía de cara, lo que le permitía permanecer casi inmóvil como una veleta salvo que el viento variase de posición, en cuyo caso se limitaba a girar lentamente sin más problemas. Dicha abertura podía abrirse o cerrarse a voluntad por el tripulante del globo, y en caso de que hubiera una pérdida de hidrógeno esta se vería compensada por el aire acumulado en el estabilizador. Para inflarlo, cada globo disponía de un generador de gas de hidrógeno como el que vemos en la parte superior de la foto, capaz de producir 56.634 litros de gas a la hora, mientras que en la foto inferior tenemos en cabrestante accionado por un motor de gasolina que permitía recoger el globo con toda rapidez en caso de peligro. Los belgas adquirieron algunas unidades mucho antes de estallar la guerra, lo que permitió a los aliados copiarlo de cabo a rabo una vez iniciadas las hostilidades ya que, hasta aquel momento, tanto los british como los gabachos (Dios maldiga a Nelson y al enano corso fifty-fifty) aún seguían con los globos esféricos de siempre.

Globo Caquot
La réplica al Drachen llegó en 1915 de manos del capitán Albert Caquot. Se trataba de otro aerostato en forma de salchicha gorda provisto de un timón vertical inspirado en el que usaba el Drachen pero que, sin embargo, solo provocó graves problemas de cabeceo. Unos meses más tarde llevó a cabo otro diseño, en este caso provisto de tres estabilizadores colocados a 120º que si se mostró sumamente eficaz, hasta el extremo de que, a partir de 1917, fue copiado por los tedescos bajo la denominación de Tipo AE y que incluso fue sustituyendo a los Drachen a medida que estos iban siendo derribados o quedaban inútiles para volar. En todo caso, ambos modelos dieron un servicio más que satisfactorio ya que fueron los dos únicos tipo de globos de observación empleados en todo el conflicto, lo que nos hace suponer que sus características se ajustaron desde el primer momento al cometido para el que fueron diseñados.

En cuanto a su principal accesorio, la cesta, básicamente era similar en ambos tipos. Se trata del típico receptáculo fabricado con mimbre para aligerarlo de peso para uno o dos tripulantes. La que vemos en la foto corresponde a un Caquot tripulada por el observador, a la izquierda, y el radio-telegrafista, a la derecha. Las dos bolsas cónicas que penden de la cesta son los paracaídas que, en aquella época, aún no se usaban colgados a la espalda. El tripulante llevaba puesto el arnés, y solo tenía que saltar para que con su propio peso sacase el paracaídas del envoltorio y caer lo más elegantemente posible. Los primeros en hacer uso de estos salvavidas aéreos fueron los tedescos si bien los aliados no tardaron mucho en imitarles. Ya comentamos en una entrada anterior que, absurdamente, los paracaídas estaban vedados a los pilotos de caza o los bombarderos porque se pensaba que la confianza de salir vivos de una situación apurada les restaría agresividad, así que ajo y agua.

Así pues, los que se veían favorecidos por el uso de estos gratificantes moqueros gigantes eran solo los tripulantes de los globos, a los que bastaba ver que las cosas se ponían chungas para salir del cesto echando leches porque si el globo se incendiaba se caía con él. En la foto de la izquierda vemos como un observador british no lo ha dudado ni un instante y se arroja al vacío. En la foto se aprecia perfectamente el atalaje del paracaídas, así como las cuerdas que salen de la parte inferior del saco que lo contiene. Las cosas como son: había que echarle muchos, pero que muchos cojones a eso de saltar a la nada dando por sentado que el paracaídas saldría y se desplegaría sin problemas. Basta ver la altura a la que se encuentra para, encima, tener la sangre fría de mirar hacia el suelo. Da grima, carajo...

Porque la cuestión es que una vez que el globo se inflamaba ardía como una tea a una velocidad increíble, por lo que la cesta y su contenido, o sea, el observador, iniciarían una caída inquietantemente veloz hacia el suelo conforme a la inexorable ley de la gravedad. Eso querría decir que, ya que el paracaídas actuaba por tracción, el tripulante se podría ver en la desagradable situación de caer al mismo tiempo que la cesta, por lo que el invento no funcionaría y seguiría cayendo y cayendo hasta estamparse contra el suelo sin lograr que el maldito paracaídas saliese del envase. Y luego me dicen a mí que por qué me dan tanto susto los aviones... En fin, los fulgurantes efectos de la combustión del hidrógeno podemos verlos en esa curiosa instantánea tomada desde un aeroplano, quizás el mismo que lo derribó. Vemos como el globo prácticamente ha desaparecido, mientras que del tripulante no se ve ni rastro, por lo que podemos deducir que tomó las de Villadiego a tiempo.

Sugestiva foto que recoge el instante en que un piloto aliado
se dispone a ametrallar un globo alemán
Bien, esto sería grosso modo como se desarrolló la evolución de los globos de observación a lo largo del conflicto. Su presencia en los campos de batalla los convirtió en un elemento de vital importancia por motivos diversos. El primero y más importante era dirigir el tiro de la artillería ya que hablamos de una época en que los cañones ya disparaban sin ver al enemigo, situados a varios kilómetros tras la línea del frente. De ahí que fuera imprescindible conocer de primera mano si las andanadas acertaban en el objetivo señalado para llevar a cabo las correcciones necesarias hasta alcanzar una precisión cuasi quirúrgica. Pero, además, detectaban los movimientos previos al inicio de cualquier ofensiva en forma de llegada al frente de tropas de refresco, pertrechos, municiones, etc. Detectaban el inicio de un ataque y la posición de la infantería enemiga durante su avance para que el fuego de barrera los machara impunemente y, en fin, les caían fatal a todo el mundo. Eso los convirtió en objetivo de primera clase, y su destrucción en una necesidad para quitar de en medio a aquellos enojosos testigos de todo lo que pasaba en el frente.

Secuencia en que se ve como un globo empieza a inflamarse tras ser
alcanzado mientras el piloto enemigo se eleva para esquivar el fuego
proveniente de tierra
Llegado a este punto tras este kilométrico introito para ponernos en situación es cuando trataremos cómo se llevaba a cabo el derribo de los globos de observación que, según hemos explicado, eran tan chinchantes. Muchos pensarán que derribar algo tan grande y, encima, estático en el aire era algo así como un pim-pam-púm aerostático, un agradable pasatiempo con el morbillo añadido de convertirlos en una bola de fuego visibles a varios kilómetros de distancia. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. De hecho, los pilotos que derribaban estos globos son los grandes desconocidos de la guerra aérea a pesar de sus hazañas, e incluso para muchos aficionados a estos temas son algo ignoto. Es más, ninguno de los grandes ases de la aviación se enfrentó jamás a un globo cautivo o, a lo más, a alguno que otro y sin saber donde se metían. Por el contrario, los que tenían en su haber el mayor número de derribos de globos, curiosamente, abatieron poquísimos aviones. Parece un sinsentido, ¿no? Pues veamos algunos ejemplos:

Ese sonriente ciudadano belga es el mayor Willy Omer François Jean,
barón de Coppens de Houthulst, Willy Coppens para los amigos. Ahí donde
lo ven fue el máximo as de esta modalidad con 35 globos y 2 aviones.
Como la mayoría de los balloom busters, sus victorias se centraban en los
globos y no en los aparatos enemigos. ¿Sabían vuecedes algo acerca de la
existencia de este sujeto tan valeroso y certero? Seguro que no
Von Richthofen, el máximo as de todo el conflicto con 80 victorias, jamás se enfrentó a un puñetero globo. René Fonck, máximo as francés con 75 victorias, tampoco, y encima diciendo que "no me gusta enfrentarme a ese tipo de enemigos, y prefiero dejarlos para los especialistas en ese tipo de ataques", tócate el níspero con Fonck. William Bishop, as canadiense con 72 victorias, no se acercó a ni uno en toda la guerra. El único que se enfrentó a un globo, que por cierto fue su primera victoria confirmada, fue el máximo as británico, Edward Mannock, con 61 victorias, y tras la experiencia cosechada juró por sus muertos que era la primera y última vez que se dedicaba a atacar un globo de observación. Como vemos, estos artefactos producían severas urticarias entre el personal, hombres que son el paradigma del valor, del arrojo, de la testosterona en dosis masivas. ¿Cómo pues pasaban de llevar a cabo misiones de tanta importancia para sus respectivos ejércitos? 

Ametralladora Maxim Flak 14 de 37 mm. Si un avión fabricado con madera
y tela era alcanzando por ese chisme lo convertía en un puñado de
astillas y jirones de trapos
En primer lugar debemos tener en cuenta que los globos jamás se estacionaban en primera línea. Antes al contrario, su emplazamiento siempre se encontraba varios kilómetros tras la línea del frente, lo que obligaba a los pilotos a cubrir esa distancia expuestos al fuego enemigo. Por otro lado, los globos no solo no carecían de protección sino que estaban fuertemente defendidos por baterías antiaéreas tanto de cañones como de ametralladoras. De hecho, incluso los mismos tripulantes podían estar provistos de una ametralladora ligera tipo Lewis o MG-08/15 con las que podían escabechar al piloto sin más historias. Incluso en un perverso alarde de ingenio, cuando se tenía constancia de que había en el sector un piloto especialmente dotado para derribar globos disponían uno en una determinada situación que lo convertía en una verdadera perita en dulce, un blanco al que ningún piloto podría resistirse a intentar el derribo. Sin embargo, el globo tenía trampa. Consistía en colocar un monigote haciendo las veces de observador, pero al que se le añadía una gran cantidad de explosivos en la cesta. Cuando el piloto se aproximaba para ametrallarlo, lo detonaban desde tierra, alcanzando la onda expansiva al avión enemigo además de la enorme llamarada del hidrógeno almacenado en el globo. Qué malvados, ¿no? 


Cañón antiaéreo de 7,7 cm. sobre plataforma móvil. Esos ya no dejaban
ni rastro del avión enemigo si lo alcanzaban de lleno
Y, por último y por si todo lo detallado no fuese bastante, debían enfrentarse a los cazas enemigos que acudían como un enjambre para defender su globo como los zánganos acuden a proteger a la abeja reina de cualquier agresor. O sea, que solo aproximarse al dichoso globo ya era de por sí un acto heroico. A todo ello debemos añadir que los globos solían estacionarse a una altura por lo general inferior a los 1.000 metros para permanecer en todo momento bajo el alcance de las armas antiaéreas que lo defendían. Además, tenían la ventaja añadida de que, al estar a una altitud exacta y conocida en todo momento por los artilleros, estos ya tenían las espoletas de sus proyectiles calibradas a esa altura, por lo que fallar era cuasi imposible al no tener que estar probando distintas altitudes hasta dar con la correcta aún con la ayuda de telémetros como el de la foto superior.

Secuencia del lanzamiento de una bomba de fósforo sobre un Drachen y
su posterior inflamación
Pero las dificultades no acababan ahí. El hidrógeno era  ciertamente muy inflamable, pero para ello era necesario usar munición adecuada. Por otro lado, no bastaba con penetrar en el globo ya que el hidrógeno no arde si no se mezcla previamente con el oxígeno del aire, así que una bala incendiaria que perforaba la cubierta del globo no servía de nada si no se producía un escape de gas al exterior. Para ello hubo que desarrollar determinados tipos de proyectiles que veremos a continuación pero, en todo caso, lo que queda claro es que echar por tierra un globo de observación era lo más parecido a tener todas las papeletas para acabar chafado contra el suelo convertido en una momia calcinada. ¿Qué era pues lo que empujaba a algunos hombres a embarcarse en semejante reto y que, encima, a que su abnegado heroísmo pasase desapercibido incluso para sus mismos camaradas?

No solo los aliados derribaban globos. El que vemos en
la foto fue el máximo as alemán con 20 victorias más 8
aviones. Se trata del teniente Friedrich, ritter Von Röth
De entrada, eran por norma voluntarios. No se obligaba a nadie a tomar parte en uno de aquellos ataques por la sencilla razón de que eran casi un suicidio cantado. Sin embargo, los que se presentaban ya de por sí eran considerados como unos insensatos, una especia de suicidas en potencia dominados por un ansia irrefrenable de sentir la adrenalina corriendo a raudales por la sangre y con cierta paranoia tendente a la piromanía, tipos a los que eso de convertir en una bola de fuego uno de aquellos artefactos producía espasmos de placer. Balloon busters, quemadores de globos, los llamaban los aliados, y muchos de ellos no llegaron a conocer el fin de la guerra, precisamente porque pagaron muy cara su osadía. Otros, como el teniente Leon Boujarde, máximo as francés con 27 globos derribados más un avión que debió pillarle de camino, decía que se apuntaba a estas movidas para vengarse de las escabechinas que la artillería enemiga llevaba a cabo contra sus camaradas gracias a los puñeteros globos.


Restos del Albatros D.III del teniente Rudolf von Eschwege, derribado por
un globo trampa cargado con 250 kilos de explosivos cuya detonación
lo alcanzó de lleno. Contaba apenas 22 años, y había logrado 17 victorias
sobre aviones y tres globos derribados
Para llevar a cabo sus misiones recurrieron a munición incendiaria con balas de fósforo blanco que se inflamaba al contacto con el aire. Este tipo de proyectil, fabricado por la firma Buckingham al precio de 2 chelines por unidad, tenía en su interior hueco la carga de fósforo sellada con una fina capa de plomo que se fundía al ser disparada, dando lugar a la típica cola fosforescente durante su trayectoria. Para agrandar el orificio que permitiese la salida del hidrógeno para que se produjera la inflamación del mismo, esta munición tenía una punta chata similar a las aborrecidas Dum-Dum, lo que hizo que más de un piloto capturado por los tedescos fuera pasado por las armas ipso-facto si veían que sus ametralladoras estaban cargadas con las Buckingham pensando que eran Dum-Dum, que estaban prohibidas por la Convención de La Haya. En prevención de esas medidas tan expeditivas, los pilotos llevaban encima una especie de certificado expedido por sus superiores en el que se garantizaba que dicha munición estaba destinada exclusivamente a los objetivos marcados, y nunca para ser usadas contra personas. Obviamente, ese alarde de supuesta caballerosidad le daba una higa a los alemanes, y salvo que algún oficial especialmente puntilloso estuviese de por medio, al british lo dejaban seco sin más historias. Los tedescos solían recurrir a otros métodos para producir grandes boquetes en los globos, como combinar los distintos tipos de munición: la ametralladora izquierda la cargaban con una cinta alternando un cartucho normal cada cuatro incendiarios, mientras que la derecha llevaba la misma proporción, pero al revés: un incendiario cada cuatro normales. De esa forma, de una ráfaga de apenas 20 disparos por arma salían 20 balas de fósforo y 20 normales, lo que solía bastar para inflamar un globo.

Pero el que sería el más sofisticado armamento para derribar globos lo desarrolló el capitán de navío Ives Le Prieur, que ideó lo que sería el primer misil aire-aire de la historia. En realidad no eran más que ocho cohetes emplazados en los puntales de un avión Nieuport 16 provistos de un disparador eléctrico que, en teoría, convertirían en una tea cualquier globo sin las complicaciones que conllevaba ametrallarlos. El estreno se llevó a cabo el 22 de mayo de 1916 con ocho voluntarios procedentes de las escuadrillas 23, 31, 57, 65 y 95, todos al mando del capitán Louis Robert de Beauchamp. Como vemos, no debió haber peleas para formar parte de la expedición, consistente en derribar ocho globos localizados al norte del río Mosa. La misión salió razonablemente bien ya que pudieron ser abatidos seis de los ocho globos, si bien el Nieuport del adjutant (un rango equivalente a sargento mayor) Henri Réservat fue obligado a tomar tierra acosado por los aviones tedescos que se le echaron encima. En la foto podemos ver el aparato conservando la mitad de sus proyectiles, lo que delató el mismo día del estreno la existencia del invento.

No obstante, este tipo de cohete no se mostró a la larga satisfactorio. De entrada, la aproximación debía llevarse a cabo por el costado del globo con un ángulo de 45º y a una cota inferior, lo que le exponía aún más al fuego antiaéreo enemigo. El lanzamiento se debía efectuar como mucho a unos 120 metros de distancia por lo que, una vez efectuada la salva, el piloto se encontraba a 100 metros o menos de la enorme masa del globo que, obviamente, debía esquivar sí o sí. Pero lo peor era que, casi siempre, estos cohetes llevaban una trayectoria totalmente errática, siendo lo habitual que no acertase ni uno solo. Eso obligaba al piloto a jugarse el pellejo por partida doble y llevar a cabo una segunda pasada para ametrallar el objetivo, lo cual era, más que un riesgo enorme, un suicidio casi declarado. La foto de la izquierda muestra un Nieuport 16 que acaba de lanzar sus cohetes, cuyas trayectorias no parecen ser muy uniformes que digamos. Al final se acabó imponiendo el ametrallamiento porque los Torpilleurs Le Prieur, como se les designaba oficialmente, no fueron ni remotamente lo eficaces que se esperaba.

Otro artificio fue una especie de bomba cargada con 10 kilos de fósforo blanco que era lanzado sobre el globo, lo cual resultaba infalible en caso de acertar teniendo en cuenta que eran lanzadas a ojo por un piloto que, además de dirigir el aparato, debía intentar evitar el infierno de fuego antiaéreo que se desencadenaba sobre él en aquellos momentos. Con todo, si por un casual no acertaba al menos tenía garantizado hacerle la pascua a base de bien a los enemigos que controlaban el globo desde tierra ya que la carga de fósforo podía destruir todos los pertrechos que acompañaban al mismo. El grabado de la derecha nos muestra precisamente un Drachen alcanzado de lleno por una de esas bombas lanzada por una S.E.5a británico. En fin, ya vemos que el surtido para echar por tierra estos chismes no era especialmente extenso, pero el arrojo de los pilotos acometidos por la fiebre del globo, como llamaban de forma coloquial a esas incomprensibles ansias por destruir estos artefactos, era ya de por sí un arma temible. De hecho, la mayoría de ellos no vieron el fin del conflicto, bien derribados por la artillería antiaérea, bien por los cazas enviados a acabar con ellos. Precisamente, uno de los Nieuport que partieron el día antes de la acción del 22 de mayo a reconocer el terreno para buscar una ruta de ataque más adecuada fue abatido por el gran Oswald Boelcke que, por cierto, apenas vivió cuatro meses para contar la batallita ya que fue abatido con apenas 25 años y 40 victorias en su haber.

Personal de tierra inflando un Drachen. Obsérvense la gran cantidad de
bombonas de hidrógeno necesarias para llevar a cabo la operación
Bien, ya solo nos resta comentar como se llevaban a cabo las operaciones contra estos artefactos. Lo habitual era intentar dar un rodeo esquivando la presencia de armas antiaéreas para atacar desde atrás ya que, obviamente, la atención de los defensores de las baterías solía dirigirse hacia el frente. De ese modo, aprovechando la sorpresa, efectuaban la aproximación al blanco descendiendo hasta la altura precisa y efectuando una única pasada que, si salía bien pues cojonudo, pero si salía mal apaga y vámonos porque dar la vuelta para un segundo intento era tener todas las papeletas para dejarse el pellejo debido a la intensidad del fuego antiaéreo. Así mismo, era habitual llevar a cabo la acción formando dos grupos: uno atacaba directamente a los globos mientras que el otro aguardaba situado a una cota más alta a la espera de que apareciesen los cazas enemigos que debían repeler el ataque, apoyando de ese modo la retirada de sus compañeros. No obstante, a las dificultades anteriormente mencionadas habría que añadir una más, y es que en cuanto los observadores avistaban los aviones enemigos se apresuraban a comunicarlo para que hicieran descender el globo lo antes posible, de forma que la escasa altura hiciese el ataque tan peligroso que los hiciesen desistir. Sea como fuere, si no lograban que el globo se incendiase bastaba con repararlo, volverlo a llenar de hidrógeno y santas pascuas.

Tumba del 2º teniente Frank Luke (1897-1918)
Su vida operativa fue de apenas 18 días en los
que pudo derribar 14 globos y 4 aviones. No
fue derribado, sino que se vio obligado a tomar
tierra tras ser herido. Fue hallado a escasa
distancia de su aparato, muerto por la infantería
alemana
Bueno, espero que esta entrada haya sido del interés de vuecedes, ya que imagino que muchos de los que me leen no conocían la existencia de este tipo de guerra aérea tan arriesgada y, al mismo tiempo, tan desconocida. Fueron decenas de hombres los que pasaron de las glorias que proporcionaba la caza pura al estilo de la que practicaban Richthofen y demás famosos ases, pero su esfuerzo y su anónima valentía permitió salvar miles de vidas cada vez que un globo de cualquiera de los bandos en liza era abatido.

Hale, he dicho