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martes, 24 de septiembre de 2019

Misterios misteriosos. ¿Cómo se fraguó el viernes 13?


Felipe IV de Francia. Este taimado monarca dejaría
en pañales a cualquiera de nuestros viles políticos
en lo tocante a doblez y falta de escrúpulos
Tal como he jurado varias veces por la magnificente cobertura capilar de mi careto, de unos años acá se ha escrito sobre el Temple todo lo escribible, desde enjundiosos estudios y ensayos sobre su origen, evolución y caída a chorradas conspiranoicas, novelas de misterio y, por supuesto, muchos "tesoros malditos", "secretos mortales", "códigos tenebrosos" y hasta si el postrero gran maestre de la orden, el atribulado Molay, prefería las lentejas con morcilla o con chorizo. En todo caso, lo cierto es que cuando se habla de la controvertida orden siempre aparece la misma disyuntiva: por un lado, la vertiente, digamos, histórica, comprobada. Por otro, la oculta, esa de la que se sospecha pero que, precisamente por el desconocimiento de la misma da opción a los creadores de camelos a dar forma a mil y una teorías a cual más descabellada.

Con todo, sí es cierto que incluso en su época de esplendor la orden daba que hablar. Expresiones como "beber como un templario" o "jurar como un templario" no son modernas precisamente, e incluso era cosa sabida que entre los críos se prevenían sobre "los besos de los templarios", gesto que, aún siendo una muestra de cariño sin malas intenciones causa extrañeza en una orden que tenía terminantemente prohibido a sus miembros besar a sus madres o hermanas. Por otro lado, el ocultismo de sus ritos iniciáticos ya exacerbaban la imaginación del personal y mientras que nadie comentaba cosas raras sobre otras órdenes, los templarios eran por lo general blanco de las sospechas más variopintas, ya fuesen con o sin fundamente pero, como se suele decir, cuando el río suena agua lleva. Es un hecho que esto ya ocurría desde mucho antes de su estrepitosa caída, y ocurría solo con ellos porque, como es evidente, nadie puso nunca en tela de juicio la ortodoxia de otras órdenes militares de la época que aún perduran empezando por sus principales competidores, los hospitalarios reciclados como Orden de Malta, o los temibles teutones.

Un templario y un hospitalario, las dos órdenes rivales.
¿Saben que el papa Clemente estaba firmemente decidido
a fusionar ambas órdenes? De haberse logrado, su poder
militar habría sido inmenso, y encima supeditado a Roma
Por otro lado, su misma fundación ya fue de lo más misteriosa. Los hospitalarios tenían tras de sí toda una organización creada anteriormente a base de albergues y hospitales para los peregrinos, aparte del monopolio del transporte de los mismos desde Italia a Tierra Santa, todo ello organizado por la banca Amalfi. El negocio del peregrinaje siempre ha producido pingües beneficios como todos sabemos por lo que el "departamento militar", como diríamos actualmente, fue un mero complemento cuando el ambiente empezó a ponerse chungo y los agarenos se vieron acometidos por unas repentinas ansias de vísceras cristianas. Si no querían que el negocio se viniera abajo ante el temor de los peregrinos de verse convertidos en pinchitos morunos, no quedaba más remedio que garantizar la seguridad de las rutas mediante contingentes de militares cualificados a los que los malditos agarenos adoradores del falso profeta Mahoma temían como la peste porque, para estos probos y beatíficos freires, arrancar a dentelladas la tráquea a un musulmán era un acto piadoso que les garantizaba la salvación eterna. 

Balduino II departiendo con Hugues de Payens. ¿Por qué les cedió un lugar
situado sobre el templo de Salomón? ¿Qué buscaron? ¿Sabían lo que estaban
buscando? ¿Lo encontraron? Misterios misteriosos...
Pero en cuanto a los templarios, ¿qué leches iban a proteger nueve caballeros que podían ser aplastados por cualquier mesnada de chichinabo de moros cabreados? Más aún, ¿cómo es posible que el rey Balduino los recibiera de tan buen grado y les cediese amplias dependencias junto a su palacio cuando eran cuatro gatos- bueno, nueve gatos-, que encima se pasaron unos ocho años hurgando en las entrañas del antiguo templo de Salomón en vez de cumplir con su oferta de proteger peregrinos? ¿Cómo lograron en tan poco tiempo hacerse inmensamente ricos, montar un sistema bancario sumamente eficiente y obtener cuantiosas donaciones de todos los monarcas de Occidente? En fin, como vemos todo en esta gente es un puñetero misterio encerrado en un enigma dentro de una adivinanza. Y precisamente tanto misterio y tanta habladuría fue lo que permitió al taimado Felipe IV acabar con ellos de un plumazo en la operación policial más perfecta de la historia. Y digo de la historia porque hace 700 años no había móviles o aparatos de radio para comunicarse de forma inmediata, ni satélites para vigilar hasta quién y cuando mea en una tapia, ni micros ocultos ni, en resumen, ninguno de los medios actuales para investigar y atrapar delincuentes de todo tipo. Más aún, fue tan perfecta que ni siquiera hubo la más mínima filtración, y eso que hablamos de un plan que abarcaba un país entero, no una ciudad o una comarca. Sin embargo, todo salió redondo. Solo unos pocos pudieron escapar, y la otrora todopoderosa orden fue literalmente desmembrada muy a pesar del papa Clemente V que, aunque hechura de Felipe IV al que debía la tiara, le sentó como un tiro que su autoridad fuese puesta en entredicho por el siniestro monarca que, recurriendo a una hábil política de hechos consumados, impidió que el pontífice pudiera intervenir para bien o para mal ya que, al cabo, la orden solo respondía ante el papa y nadie más.

En fin, cualquiera se preguntará que para qué escribir sobre los templarios cuando nos sabemos en mayor o menor medida sus andanzas. Sin embargo, hay un periodo de esta historia que es más desconocido: ¿cómo se gestó y se organizó la caída de la orden? ¿Quién y cómo preparó la sonada acción policial? Pues a eso vamos...

1. LOS MOTIVOS

Dinero tornés de Felipe IV. Estas monedas acabaron teniendo
menos plata que un empaste de la muela del juicio
Si preguntamos a cualquier cuñado que se haya visto unos cuantos documentales qué impulsó a Felipe IV a acabar con el Temple nos dirá lo mismo: hacer "prescribir" por la vía rápida la inmensa deuda que tenía contraída con la orden y, ya puestos, apoderarse de su aún más inmenso patrimonio en forma de tierras, casas, molinos, castillos, etc. Y tendrá razón porque, ciertamente, el gabacho estaba entrampado hasta las cejas con los freires. En 1297 obtuvo de ellos un préstamo de 2.500 libras tornesas. Un año más tarde la deuda aumentó en 200.000 florines, y en 1300 el importe de la dote de su hermana Blanca, una suculenta cifra cuyo importe no he podido averiguar pero que, según parece, fue suntuaria. Aparte de eso, la orden estaba exenta de pagar impuestos y, según las malas lenguas que en este caso no creo que fuesen tan malas, la política monetaria de la orden había hecho posible que la economía del estado estuviese literalmente en sus manos, obligando de forma soterrada a las constantes devaluaciones de moneda que tuvo que hacer el rey Felipe y que acabaron reduciendo en un 66%  su valor facial. Pero la cuestión económica no fue la única.

La isla de Arwad. Como vemos, es bastante birriosilla. En el círculo se
aprecia el castillo que la defendía
Al parecer, el Temple llegó a planificar la creación de un estado propio tal como hicieron los teutones con su Ordensstaat en el Báltico. Tras la pérdida de Acre en 1291, los efectivos supervivientes del desastre se trasladaron a la isla de Arwad, un pedrusco birrioso de apenas 0,2 km² de superficie a solo 2,6 km. de Tartús, una ciudad costera en la actual Siria. Esta isla debía ser la cabeza de puente para una futura invasión de cara a recuperar el reino de Jerusalén, pero en esa ocasión no sería para coronar la testa de un noble franco, sino para instaurar allí su estado de Outremer (Ultramar). La isla, de unos 500 metros de largo por 350 de ancho, tenía un castillo que fue guarnecido por un contingente de 120 caballeros, 500 servants y 400 turcoples a sueldo al mando de frey Barthélemy de Quincy. Pero en el verano de 1302 fueron atacados por mamelucos procedentes de Egipto para, finalmente, tener que rendirse el 26 de septiembre siguiente. No obstante, la idea del estado propio no fue desechada. Solo había que buscar otro sitio donde implantarlo, y ese sitio podía estar en Francia. 


Castillo de Arwad, el último reducto de los templarios en Outremer
Una teoría a este respecto y nada desechable a mi parecer, es la que sugería que ese estado templario podría implantarse en el Languedoc. Bertrand de Blanchefort, sexto gran maestre de la orden, provenía de una familia cátara, y la actitud de los templarios hacia esta controvertida secta fue bastante ambigua a pesar de su obediencia al pontificado, e incluso su intervención en la Cruzada Albigense (1209-1244) fue totalmente irrelevante. Al parecer, hasta podrían haber facilitado la huida de muchos cátaros hacia la Lombardía, cuando no defenderlos abiertamente. En cualquier caso, es preferible no adentrarnos en esta opción y dejarla como una mera posibilidad más ya que, de lo contrario, nos veríamos obligados a profundizar en los entresijos de las coincidencias entre el dualismo cátaro y el Nuevo Credo que, al parecer, idearon los templarios como una forma de aunar las tres religiones antagónicas, judaísmo, cristianismo e Islam. Con todo, ya fuese el Languedoc o cualquier otro territorio, al Temple le sobraban hombres y dinero para aplastar a cualquiera que les hiciera frente y, para colmo, disfrutaban de la impunidad que les proporcionaba tener sobre ellos a una sola autoridad: el pontificado, que veía al monarca francés como un cuñado o algo peor.

Podríamos enumerar varios más, pero ya entramos en demasiadas especulaciones y esto no se acabaría nunca. En todo caso, colijo que con las que hemos mencionado ya son suficientes para dar por hecho que Felipe IV tenía motivos sobrados para querer eliminarlos como fuera.

2. LA TRAMA

El rey don Dinis de Portugal. Muy unido al Temple, no solo
no movió un dedo contra ellos, sino que les facilitó
reciclarlos en la Orden de Cristo para callarle la boca al papa.
La cruz de dicha orden es actualmente el símbolo de Portugal
Una operación de semejante envergadura no se gesta en dos días, y menos cuando la presa es la organización militar y económica más poderosa de Europa. No hablamos de unos cuantos frailes timoratos, sino de miles de guerreros de élite procedentes de las más linajudas familias del continente apoyados por aún más miles de servants con mogollón de encomiendas provistas de castillos perfectamente pertrechados y dispuestos para la defensa y, por si fuera poco, con dinero de sobra para, llegado el caso, contratar miles de mercenarios para sumarlos a su ejército. Ni un solo monarca de la época podría oponerse por la fuerza a semejante emporio, así que no quedaba otra que recurrir a la paciencia y a buscar sin prisa pero sin pausa los puntos flacos donde asestar el golpe mortal. Y ese golpe no podía fallar, porque no habría una segunda oportunidad. O se les eliminaba a la primera o se acababa la fiesta, porque si les daban tiempo a reaccionar todo el plan se vendría abajo. Recordemos que el Temple no solo estaba representado en Francia, sino también en Castilla, Aragón, Portugal, Italia, Inglaterra y Escocia sobre todo, y con cuyos monarcas estaban en buenas relaciones. ¿Qué ocurriría si todos a una acudían en defensa de sus hermanos de Francia? No era una opción agradable para el hermoso Felipe el Hermoso.

SIGILLVM de la orden. Aunque los dos jinetes sobre un
mismo caballo quería simbolizar la pobreza de la misma, la
realidad es que hoy día encabezarían la famosa Lista Forbes
de ricachones, y con diferencia sobre el segundo
Por lo tanto, los "malos" no debían ser solo los templarios gabachos, sino toda la orden. De ese modo, nadie movería un dedo en su favor o, al menos, no de forma clara y decidida. A lo más, facilitarles la huida o dejarse ir en caso de que Roma ordenase actuar contra ellos. Porque ese era el otro gran problema: Roma. La orden era soberana y, como hemos dicho, solo respondía ante el papa. Si el papa no daba el visto bueno ningún rey tenía potestad para acusarlos ni, mucho menos, expoliarlos. Por eso era necesario preparar tal cúmulo de pruebas acusatorias que al mismo papa no le quedase, al menos de momento, más remedio que aceptar que el Temple era una organización malvada y traidora a la Santa Madre Iglesia. Para cuando el papa se quisiera dar cuenta de que había gato encerrado ya no habría nada que hacer. Por lo tanto, además de trazar un plan minucioso había que prever que el golpe debía ser rotundo, fulminante, sin dejar el más mínimo margen de respuesta a nadie. Pero, ¿quién podía permitirse acusar al Temple de pecados contra la ortodoxia católica siendo como eran los paladines de la fe, los más denodados defensores de Cristo, etc., etc...? 


Nogaret, el verdadero artífice de la caída del Temple.
Seguramente, sin él no hubiese sido posible acabar
con la todopoderosa orden, y menos de una forma tan
limpia y calculada
Felipe tenía el hombre ideal para semejante misión: el guardasellos real, Guillaume de Nogaret. De este taimado, despiadado y todos los "ado" que puedan imaginar ya hablamos en su momento, de modo que el que quiera ilustrarse sobre el personaje en cuestión, en los enlaces que verán al final del artículo pueden bichear a su sabor, que no es plan de repetir la misma historia dos veces. Entre sus muchas... cualidades, Nogaret era el típico individuo con mentalidad de funcionario. Lo anotaba todo, lo revisaba todo y no olvidaba nada porque tenía claro eso de que la información es poder, y cuantos más trapos sucios se obtengan sobre alguien, mejor. Nunca se sabe cuándo hará falta sacarlos a relucir, y cualquier dato comprometedor, cualquier habladuría sin aparente importancia o cualquier pecadillo chorra podía, convenientemente adobado, convertirse en el arma definitiva para acabar con el poder y/o la influencia de los personajes más encumbrados. Murmuraciones, chismes de criados, algún desliz de tipo sexual, vicios ocultos... cualquier cosa podía ser válida para destruir la reputación de alguien y eso, en una época en que lo del Twitter o como se llame aún no existía tenía su mérito, las cosas como son. En este caso, el Twitter que le llegó a Nogaret como llovido del cielo fue Esquieu de Floyran o Floyrac, un sujeto un tanto misterioso que, en cierto modo, fue la pieza clave de esta truculenta historia.

3. PREPARANDO LA RED


Novicio obligado a profanar la cruz. Según muchos autores,
el gesto de pisar la cruz tenía otras connotaciones
totalmente ajenas al acto blasfemo en sí.
Ya hablaremos de eso en su momento
El tal Floyran, al parecer natural de Béziers, había sido prior de la encomienda de Montfaucon, en Limoges. En 1305 estaba encarcelado en Agen acusado de delitos comunes y había sido expulsado de la orden. Según algunas fuentes se había cargado al prior de la encomienda de Monte Carmelo, pero eso no me cuadra mucho ya que un crimen dentro de la orden se solventaba dentro de la orden sin necesidad de escándalos. Aquí tenemos una de las muchas contradicciones de esta intrigante trama ya que el Temple no admitía a cualquiera, y menos a un sujeto que, según su historial, era un bellaco CVM LAVDE. Compartía celda con otro prenda de calaña similar, un florentino llamado Noffo Dei, también expulsado de la orden por golfo. Al parecer, no estaban por la labor de pasar el resto de su condena en las incómodas prisiones de antaño, donde no había tele por cable, gimnasio ni duchas decentes, así que tramaron ofrecer al rey Jaime II de Aragón una pavorosa historia de perversiones e infamias varias a cambio de su libertad. Pero Floyran y Dei no tuvieron en cuenta un detalle, y es que la Casa de Aragón estaba muy vinculada con la orden. De hecho, Alfonso I el Batallador había legado sus dominios al Temple, al Hospital y a la Orden del Santo Sepulcro. Los aragoneses dijeron que nones y proclamaron rey a Ramiro II el Monje pero, aunque eso ya es otra historia, este ejemplo nos vale para hacernos una idea de la sólida relación de la corona con la orden. El resultado es, como podemos imaginar, que Jaime II los mandó a hacer gárgaras y no se creyó una palabra.


Baphomet, el ídolo que se decía adoraban los
templarios
Pero los dos bellacos tenían más candidatos para vender su truculenta historia, y así fue como llegó a oídos de Felipe, que se creyó todo lo que había que creer entre otras cosas porque era justo lo que necesitaba para poner en marcha su plan. Nogaret se relamió sumamente contentito cuando le dijeron que al ingresar en la orden los obligaron a renegar de Jesucristo, siendo amenazados de muerte cuando se negaron a cometer semejante blasfemia. Pero eso no era todo. Además de abjurar del Salvador tuvieron que escupir sobre la cruz, y adorar a una cabeza barbuda que representaba a Baphomet o, según otras fuentes, era lo que denominaban la CAPVT MORTVVM, la cabeza muerta, un símbolo alquímico. Y por si la herejía y la idolatría no eran bastante, Floyran añadió el pecado nefando, que siempre era el complemento ideal para convertir a un hombre en un monstruo depravado y vicioso. Según estos alevosos boquiflojos, la sodomía no solo no estaba condenada en la orden, sino que era alentada e incluso se recomendaba que ningún freire hiciese ascos a los arrumacos de cualquiera de sus conmilitones. ¿Recuerdan lo de los besos a los nenes? Con todo eso, alguien como Nogaret podía dar forma a un guión que convertiría a la prestigiosa orden en un nido de degenerados enemigos de la fe y la moral cristianas en menos que canta un gallo.


El "beso obsceno" en la rabadilla. Obviamente,
sus connotaciones eran de clara índole homosexual
y, por lo tanto, heréticas
Obviamente, las declaraciones de dos tipos de semejante catadura no tenían el más mínimo valor de cara a un posible juicio. La palabra de cualquier templario valdría más que la de dos criminales como Floyran o Dei, pero para Nogaret era una buena base de partida. Por otro lado, la corona, como ya sabemos, no tenía potestad para actuar contra los freires, así que hizo lo más inteligente: seguir recabando información infiltrando en diversas encomiendas espías que, lógicamente, sabían a quien tantear: homosexuales, borrachuzos, putañeros, viciosos de todo tipo, ludópatas... porque por mucho que el Temple alardease de que todos sus miembros eran puros defensores de la Iglesia, en realidad no eran más que hombres mondos y lirondos donde habría de todo incluyendo los que no podían contener sus instintos o, a lo sumo, no lograban someterlos del todo. Jurar como un templario, beber como un templario... y con toda seguridad refocilarse entre templarios con nocturnidad y alevosía en algún rincón de sus encomiendas porque la lujuria ha existido y existirá siempre. Y ojo, porque la homosexualidad era un delito equiparable a la herejía, y ya sabemos el fin que les esperaba a los que practicaban los "actos contranatura, ya fuese el haciente como el paciente". Nogaret tenía la voluntad y el tesón de un inspector de trabajo de la Seguridad Social buscando defraudadores, y durante dos años estuvo recopilando toda la información que sus espías le fueron facilitando para dar forma a la más fastuosa y terrorífica lista de acusaciones que se podía concebir. 


La Torre del Temple
Y mientras tanto, Felipe, en un alarde de doblez como pocas veces se ha visto, mantenía una cordial relación con Molay, confiaba las finanzas de su reino a la orden y hasta había depositado el erario de la corona en la Torre del Temple de París, donde por cierto tuvo que refugiarse cuando su amado pueblo, harto de impuestos y de la pésima gestión económica que llevó de una devaluación a otra, se levantó en armas en 1306. Más aún, para no levantar sospechas hasta invitó a Molay a portar una cinta del féretro de su cuñada, Catalina de Courtenay, mujer de Carlos de Valois, durante sus exequias celebradas en la víspera de la redada. El hermoso Felipe debía tener la sangre de horchata, ¿que no? En todo caso, Nogaret ya tenía preparados los cargos, los testigos y las órdenes de detención selladas que debían ser distribuidas entre todos los bailes y senescales de Francia. Estas habían sido entregadas el 14 de septiembre,  justo un mes antes del "Día D". Ya solo faltaba el beneplácito del papa Clemente porque, no lo olvidemos, el rey carecía de autoridad para incoar proceso a la orden. Había que convencer al papa de que los templarios eran malos malosos y, si no se avenía a colaborar, recordarle que le debía la tiara al francés.

4. TENDIENDO LAS REDES


Clemente V. Ni aunque hubiese querido habría
logrado salvar a la orden. Su indecisión o su falta de
valor, nunca sabremos cuál de las dos, en el
momento decisivo fue determinante para facilitar
la caída de la orden
El día de Pentecostés de 1307, el hermoso Felipe el Ídem se entrevistó en Poitiers con el papa para ponerlo al corriente de las gravísimas acusaciones "que habían llegado a sus oídos", como si se hubiese enterado una semana antes. Al papa se le puso la jeta a cuadros ante aquella avalancha de aberraciones detalladamente enumeradas por el monarca, hasta el extremo de que se negó en redondo a aceptarlas. La realidad es que el francés no podía aportar testigos de peso, lo que fue aprovechado por Clemente para intentar dilatar la cuestión y ganar tiempo. Así pues, se limitó a sugerir vagamente que se indagaran más a fondo todas las acusaciones hasta tener verdaderos motivos para emprender un proceso en toda regla que, lógicamente, debía estar dirigido por el Santo Oficio. Pero si la Inquisición intervenía, Nogaret y su minucioso plan quedarían fuera de juego, así que había que ir preparando el golpe definitivo.

El mismo Clemente se lo puso en bandeja. Informó a Molay de todo lo hablado con el rey, y el gran maestre se dejó atrapar como un gazapo porque no dudó en permitir una investigación en toda regla para lavar el buen nombre de la orden. Pero aunque lo hizo de total buena fe, aceptar la investigación también suponía de cara al público admitir de forma implícita que, ciertamente, había algo que investigar, ergo la orden no era tan pura e impoluta como afirmaba. Esa fue la señal. Felipe no podía permitir que el papa tomara la iniciativa, porque de ser así el proceso sería dirigido por la Iglesia y, lo que verdaderamente le preocupaba, los bienes de la orden permanecerían intactos hasta que se resolviera el mismo, y aún así en caso de ser confiscados irían a parar a las arcas de Roma. Por lo tanto, había que poner en marcha el plan que Nogaret venía preparando desde hacía dos largos años. Para asegurar aún más la presa, el guardasellos se aseguró la complicidad de Guillaume Humbert, inquisidor de París al que el monarca había concedido plenos poderes mediante una cédula fechada el 24 de agosto de 1307. Había llegado el momento de cerrar la red de golpe para que no escapase un solo pez.

5. 13 DE OCTUBRE DE 1307

El día 12 de octubre, los bailes y senescales que llevaban un mes mirando el pliego con el sello real devorados por la curiosidad, procedieron a romper los lacres y leer su contenido. No deja de causar admiración la granítica fidelidad de estos funcionarios, que en ningún caso osaron siquiera a recurrir a algún truco, que los había, para separar el lacre sin partirlo, leer la carta y volverlo a pegar. Solo cabe pensar que, además de lealtad debían sentir un profundo temor reverencial hacia las personas del rey y el guardasellos, porque no hubo una sola filtración que permitiera a los templarios ponerse en guardia o aprestarse a la defensa. La excusa ante la más que segura protesta del papa también estaba prevista: debido a la gravedad de los hechos y ante el temor de que los acusados pongan tierra de por medio, hemos decidido que lo más sensato es arrestarlos para mantenerlos bajo custodia hasta que la Iglesia o la Inquisición  tengan a bien iniciar el proceso.


Molay en pleno interrogatorio. Las prácticas llevadas a cabo por orden de
Nogaret harían que un mudo cantase romanzas de zarzuela tras media hora
de intenso tratamiento
A la hora de laudes del viernes, 13 de octubre de 1307, los senescales y bailes de la corona se personaron debidamente escoltados en todas y cada una de las casas, encomiendas y castillos de la orden para proceder al arresto de sus ocupantes. El mismo Nogaret hizo lo propio en la Torre del Temple, donde apresó a 140 miembros de la orden incluyendo al mismísimo Molay, al que tuvo que sacar de su cama porque aún estaba planchando la oreja y lo último que esperaría era verse conducido en camisa a las mazmorras de su propia fortaleza y engrilletado como un criminal. Y, por supuesto, tras la redada Nogaret hizo lo más importante: echar mano al fabuloso tesoro depositado en sus entrañas. 

Esta fulgurante operación no deja de albergar también sus misterios misteriosos. ¿Cómo es que los templarios, hombres que por su condición de nobles y militares no eran precisamente sumisos borregos se entregaron sin ofrecer la más mínima resistencia? ¿Cómo es que Molay no tomó precauciones independientemente de que le ofrecieran participar en un puesto de honor en el entierro de la cuñada del rey ya que sabía lo que se estaba cociendo? ¿Cómo es que Clemente, ante las supuestas denuncias aportadas por el rey, no puso el tema en manos de la Inquisición de inmediato, impidiendo así darle a Felipe carta blanca para actuar por la vía de los hechos consumados? Solo cabe pensar que, en efecto, el papa no se creyó una sola palabra, por lo que pasó del tema. Buena prueba de ello es que Hugues de Pairaud, visitador de la orden en Francia, se entrevistó con Clemente varios días antes de la redada y el papa no hizo mención alguna a las acusaciones que había referido el monarca. 


La celebración de rituales de este tipo, ya fuesen ciertos
o no, fue en gran parte lo que permitió a Nogaret dar
forma a su extenso pliego de cargos. Eso de ir por la
vida adorando demonios está mal visto en el siglo XXI,
así que en los albores del siglo XIV ni les cuento
En fin, los peces estaban en la red y todo había salido a pedir de boca. A partir de ahí ya podía Roma incoar el proceso cuando le diera la gana, pero eso ya le daba una soberana higa tanto a Felipe como a Nogaret. Los bienes de la orden fueron inmediatamente requisados, todos los miembros de la orden estaban a buen recaudo y, para "facilitar" las cosas a la Inquisición, incluso habían empezado a llevar a cabo los interrogatorios para ir recabando testimonios que, obviamente, eran todo lo creíbles que pueden ser las declaraciones obtenidas bajo tortura. Pero como eso era un método válido en la época, pues solo había que apretar las clavijas al personal, y a algunos ni eso porque les bastó la contemplación de los hierros para cantar de plano, para que diesen por buenas todas las acusaciones que pesaban contra ellos. 

Solo lograron escapar algunas decenas de templarios, el preceptor de Francia, Gérard de Villiers y el tesorero de la orden. Según declaró un tal Jean de Chalons durante el proceso, Villiers pudo salir de la Torre del Temple con cincuenta caballeros escoltando tres carros donde, según la leyenda de turno, iba parte del tesoro de la orden. Pero, más que un tesoro material digamos que se trataba de posesiones sumamente valiosas de tipo espiritual de las que ya hablaremos un día de estos. La pequeña caravana pudo alcanzar sin problemas el puerto de La Rochelle, donde la orden disponía de naves, fue cargado en 18 galeras y nunca más se supo de ellos.


Así acabaron los freires que no se avinieron a aceptar las
acusaciones. La mayoría prefirió aceptar lo inaceptable
y acabar en una puñetera mazmorra, que siempre era menos
inquietante que ser reducido a pavesas
En fin, así fue como se gestó la caída del Temple. Lo que vino después ya es más conocido si bien un día de estos dedicaremos un artículo a los inicios del proceso, los cargos que se presentaron y algún que otro misterio misterioso que no se pudo aclarar porque lo cierto es que la orden tenía mucho que guardar. Es más, fue precisamente ese ocultismo empecinado lo que permitió a Nogaret tejer su tupida red de acusaciones. La gente sabía que se ocultaban muchas cosas, pero pensaban que si ponían tanto empeño en ocultarlas es porque no eran precisamente buenas. Nadie se paró a pensar en cuestiones de tipo espiritual e iniciático reservadas a unos pocos elegidos y que no entrañaban en sí nada relacionado con las tremebundas acusaciones presentadas por el guardasellos, pero tanto misterio se les atragantó.

Bueno, por hoy ya vale, ¿no?

Hale, he dicho

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Malvados 2. Guillaume de Nogaret

sábado, 9 de diciembre de 2017

Mitos y leyendas: la ejecución de Molay y la maldición templaria


Jacques de Molay siendo armado caballero del Temple en la comandancia de Beaune en 1265. En aquella época
ni imaginaría que acabaría reducido a pavesas por obra y gracia de un rey avaro y un papa sometido


Desde hace unos años a esta parte, la extinta orden del Temple ha experimentado un auge tremendo. En cualquier librería por birriosa que sea hay tropocientos libros, generalmente menos rigurosos que un discurso político en plena campaña electoral, en los que se habla, no de la orden histórica en sí, sino de toda una serie de chorradas tan de moda surgidas a raíz de la publicación de algunas novelas de misterio. Que si el Grial, el "código" templario, el "secreto mortal" de los templarios, que si un tesoro ignoto, que si tenían una vertiente esotérica, que si habían recibido de los agarenos profundos conocimientos que aún nadie ha sabido descifrar y, por supuesto, tropocientas teorías conspiratorias y añejas maldiciones que aún hoy día, cuando la orden lleva ya siete siglos oficialmente abolida por la Iglesia, siguen teniendo vigencia gracias a las asociaciones de neo-templarios que han surgido como hongos en los últimos 25 años.

Sin embargo, todas estas milongas no son más que el producto de la imaginación del personal, cuyos magines empiezan a echar humo en cuanto salen a relucir este tipo de temas. Es de todos sabido que cualquier cosa relacionada con las órdenes militares y mezcladas con unas cucharadas de esoterismo, unos adarmes de tesoros y unos cuantos ciudadanos de elevado rango muertos de forma inopinada, es más que suficiente para dar pie a un estrambótico cóctel  que, una vez creado, admite todos los añadidos habidos y por haber y, por supuesto, es el caldo de cultivo para que los "expertos" y los "investigadores" de turno empiecen a divagar y a anunciar descubrimientos de lo más extravagantes que, naturalmente, carecen de toda base histórica e incluso racional. Por cierto, ¿se han dado cuenta de que la inmensa mayoría de los que se dedican a pasar el rato con estas chorradas se auto-titulan pomposamente como "investigadores" aunque ni siquiera sean capaces de investigar por qué se les ha atascado el fregadero?

Los templarios ya han llegado a América. Pronto quizás nos informen que
también fueron los primeros en pisar a la Luna
En cualquier caso, lo cierto es que de esta miríada de códigos secretos, leyendas, etc. con que actualmente contaminan los cerebros de la ciudadanía en esos documentales tan  ridículos del Canal Historia o del Canal Discovery dan al parecer cierto morbillo al personal porque, al cabo, todo lo que esté relacionado con temas misteriosos resulta atrayentes de un modo u otro. En estos documentales siempre aparece un supuesto "experto" en no se sabe qué con pinta de pseudo-Indiana Jones que entrevista a una serie de "investigadores" que afirman categóricamente haber desvelado tal o cual misterio misterioso en base a unas pruebas irrefutables que serían refutadas por un parvulario, y encima hasta les pagan y todo. De todo ello colijo que he equivocado mi camino en la vida, y debería haberme dedicado a "investigador" o a "experto" lo que, probablemente, me habría deparado pingües beneficios.

El beso obsceno consistía en besar a
otro en la rabadilla, o sea, donde acaba
la espina dorsal
Es posible, por no decir casi seguro, que estas absurdas leyendas sobre la orden templaria tengan su origen en el largo y tortuoso proceso al que fueron sometidos gran cantidad de sus miembros, desde el gran maestre al último sergeant al que pudieron echar el guante. Estos procesos, basados en una serie de acusaciones y pruebas falsas minuciosamente elaboradas por Guillaume de Nogaret, el guardasellos de Felipe IV de Francia, con la ignominiosa complicidad de la Iglesia en la persona de Clemente V, se alargaron durante siete largos años, y concluyeron con la ejecución del gran maestre y el preceptor de Normandía el 18 de marzo de 1314. Nogaret echó mano de cualquier cosa que supusiera un pecado nefando y merecedor de la muerte, desde la adoración de ídolos a la sodomía, pasando por blasfemar, escupir en el crucifijo, simonía, practicar el beso obsceno y mil chorradas más para que el papa Clemente diera el visto bueno al expolio de la orden, que en realidad era lo único que deseaba el pérfido monarca. 



Retrato de Felipe IV (1268-1314) inspirado
en su efigie sepulcral
Felipe IV, cuya codicia no tenía límites y siempre andaba necesitado de dinero a causa de sus constantes guerras, había obligado en 1292 a los comerciantes y banqueros lombardos a comprar la nacionalidad francesa. En 1306 ya había sacado a los judíos hasta la última onza de oro, expulsándolos del reino y confiscando sus bienes y, por último, exprimía a la población con impuestos de todo tipo como la maltôte, una especie de IVA medieval con el que la corona gravaba las ventas de las mercaderías de la misma forma que hoy día nos saca la sangre Hacienda. Verbi gratia, el tejedor pagaba al ganadero por un saco de lana 3 dineros de plata de maltôte; esta lana, una vez manufacturada y convertida en paño, era vendida al sastre con su correspondiente maltôte y, finalmente, el sastre también cobraba el impuesto por la prenda ya terminada. Lógicamente, el rey subía el porcentaje cada vez que estaba tieso y, como esa era la situación más frecuente, el pueblo estaba un poco hasta las gónadas del constante saqueo llevado a cabo por los implacables funcionarios estatales para llenar las siempre vacías arcas regias. Además, había llevado a cabo tal cantidad de devaluaciones monetarias que acabaron dándole el apodo de "el acuñador avariento". 


Libra tornesa de Luis VI (siglo XII)
A modo de ejemplo, en tiempos de su abuelo Luis IX (San Luis para los amigos), la libra tornesa tenía un 96% de plata y un 4% de cobre, siendo devaluada durante el reinado de nuestro hombre un 66% nada menos. Esto, en una época en que el peso y la ley de la moneda eran lo que marcaban su valor, significaba que la libra contenía un 32,6% de plata y que el de cobre era de 67,4%, o sea, una birria monetaria. Con estos antecedentes, a nadie debe extrañar que este personaje pusiera a la orden, famosa por sus riquezas acumuladas por todo el mundo conocido, en su punto de mira porque, entre otras cosas, necesitaba devolver a la moneda su antiguo valor para lograr que la economía se activase, por lo que precisaba plata de forma perentoria, plata que esperaba encontrar en el tesoro de la orden en París que, según se calcula, podría oscilar entre 100 y 160 toneladas de este metal. Además, los bienes que acumulaban en Francia en forma de tierras, casas, huertas, molinos, etc., irían a parar a sus insaciables manos, lo le producía espasmos de placer, así que puso en marcha toda su maquinaria para perder a la orden y quedarse con todo.

Clemente V (1264-1314)
La complicidad necesaria para dar al expolio una apariencia legal la puso Bertrand de Goth, elegido papa en junio de 1305 con el nombre de Clemente V gracias a la influencia del rey Felipe. Este sujeto, primer papa de Avignon, fue en todo momento hechura del monarca ya que, aunque el rey francés no tenía autoridad para incoar proceso a la orden tanto en cuanto esta dependía directamente del pontífice, al final Felipe se salió con la suya, logrando que el papa aceptase por la vía de los hechos consumados la redada llevada a cabo el 13 de octubre de 1307 contra los templarios. Así, mediante la publicación de la bula PASTORALIS PRÆMINENS el 22 de noviembre siguiente, se permitía con efectos retroactivos el arresto llevado a cabo contra los miembros de la orden en todo el reino. Pero el gabacho no se conformó con eso, y siguió presionando a Clemente hasta lograr que convocase, mediante la publicación en 1308 de la bula REGNUM IN CŒLIS,  el Concilio de Vienne (1311-1312) para dirimir, entre otras cosas, qué hacer con los templarios, con sus bienes y con la orden en sí. Pero las cosas no salieron como el rey quería. 


Bula VOX IN EXCELSO
El 22 de marzo de 1312, un Clemente presionado por todas partes publicó la bula VOX IN EXCELSO en la que, de entrada, detenía todo el proceso y, lo que era peor, cuestionaba la forma en que se había llevado a cabo alegando que "...la mayor parte de los cardenales y casi todo el consejo [...] llegaron al acuerdo casi unánime de que a la orden se le debería dar una oportunidad para defenderse a sí misma, y  que no podía ser condenada sobre la base de la prueba proporcionada hasta ahora", es decir, que ponía en tela de juicio todo el montaje organizado por el taimado Nogaret. Y, por si eso fuera poco, le quitaba el caramelo de la boca añadiendo que "...estrictamente prohibimos a alguien, de cualquier estado o condición, interferir de cualquier modo en materia de las personas y propiedades de los templarios", es decir, que ya podía olvidarse el rácano de Felipe de echar mano al tesoro y los bienes de la orden- en realidad ya se había apropiado una parte antes de la publicación de la bula-, así como de seguir ejecutando a sus miembros. A todo ello, y para acabar con el escándalo y salvaguardar la fe cristiana,  la bula concluía con la abolición de la orden "...con la aprobación del consejo sagrado [...], así como su regla, hábito y nombre por decreto inviolable y perpetuo, y prohibimos completamente que alguien de aquí en adelante entre en la orden, o reciba o lleve puesto su hábito, o se comporte como un templario". La disolución implicaba que, aunque inicialmente se reconocía el derecho de los templarios a defenderse, dicho derecho quedaba de facto eliminado con la abolición, lo que no era óbice para dejar claro que todo el proceso llevado a cabo por la corona era cuestionado. No obstante, dicha disolución lo liberaba de la monstruosa deuda contraída con la orden, la cual le había prestado dinero infinidad de veces así que, muerto el acreedor, se acababa la deuda.


Bula AD PROVIDEM CHRISTI
Pero eso de que no podía disponer de los demás propiedades lo debió cabrear bastante porque al tesoro que guardaban en París ya le había metido mano, pero la apropiación del resto de los bienes repartidos por el reino quedaban en suspenso. De hecho, la misma mañana del famoso 13 de octubre, Nogaret se personó en la Torre del Temple junto al preboste de París y una nutrida guardia para apoderarse del copioso tesoro que la orden guardaba celosamente para disponer de fondos de cara a una nueva cruzada. Pero Clemente aún le jugó al taimado Felipe una postrera jugarreta emitiendo una nueva bula el 2 de mayo siguiente, la AD PROVIDEM CHRISTI, mediante la cual los bienes de la orden en Francia serían entregados a los hospitalarios. 


Guillaume de Nogaret (1260-1313)
Sin embargo, esto era un mal menor contra alguien tan sibilino como Felipe que, con el siempre eficaz asesoramiento de Nogaret y Enguerrand de Marigny, uno de sus más venenosos ministros, alegaron que inventariar y tasar un patrimonio tan descomunal llevaría su tiempo, tiempo este que dedicaron a vender bajo cuerda todo lo que quisieron, de forma que a los hospitalarios solo llegó una ínfima parte en forma de tierras baldías, casas medio en ruinas y, por supuesto, ni una moneda raspada. Además, alegando en un alarde de cinismo descomunal que la orden le debía dinero, se apropió de 200.000 libras más otras 60.000 en concepto de gastos administrativos derivados tanto del inventariado como de la administración de las propiedades de la orden que, durante aquellos años, había sido llevada a cabo por funcionarios reales. En resumen, tenía la jeta de hormigón el rey Felipe.

Enguerrand de Marigny (1260-1315)
Como vemos, hasta ahora los sucesos acaecidos son equiparables a los de cualquier escándalo moderno. Al cabo, cuando se trata de cochino dinero las cosas siempre han funcionado igual desde que a un listo se le ocurrió coger un cacho de metal en forma de disco y convencer al resto del vecindario que equivalía a una gallina o a un modio de trigo. Hasta el momento, la trama tiene tres protagonistas: el rey Felipe IV de Francia, el papa Clemente V y el guardasellos real, Guillaume de Nogaret. Nos faltan las víctimas. Apenas quedaban cuatro mandamases en prisión ya que al resto o los habían liquidado o habían puesto tierra de por medio (los menos). Así, al gran maestre Jacques de Molay se sumaban el preceptor de Normandía, Geoffroi de Charnay, el visitador de la orden, Hugues de Pairaud, y el preceptor de la Aquitania, Geoffroi de Gonneville. Todos sin excepción habían acabado reconociendo todas las acusaciones cuando los interrogadores de Nogaret les apretaron las clavijas a base de bien. 


El rey Felipe presenciando el suplicio de unos templarios
en París. Al fondo se ve el patíbulo de Montfaucon, donde
se ahorcaba a los criminales y se dejaban expuestos sus
cadáveres como escarmiento
El papa Clemente no quería ni podía permitir que el rey Felipe se arrogase la potestad de juzgar y condenar a unos hombres que dependían de la autoridad de la Iglesia, así que organizó un tribunal compuesto por obispos para hacer un paripé que dejara claro que nadie estaba por encima de él. El 18 de marzo de 1314 se llevó a los presos ante dicho tribunal, que para la ocasión se instaló en una tribuna montada ante el atrio de la catedral de Notre Dame. Pero allí no se escuchó ningún testimonio por parte de los acusados, sino que se limitaron a leer las antiguas confesiones sacadas bajo tortura y, finalmente, condenarlos a cadena perpetua, quizás porque Clemente, que sabía que la orden era inocente, no quería tener sus muertes sobre su conciencia. Pairaud y Gonneville aceptaron en silencio la condena porque, a aquellas alturas, debía darles una higa todo aquello y solo querían morirse de una vez. Pero Molay, que se había mostrado bastante sumiso durante el proceso, se rebeló, negando las acusaciones y proclamando la inocencia de la orden. Charnay se unió a las protestas del maestre, por lo que todo el entramado que con tanta paciencia había tejido Nogaret podía irse al garete y, ante la retractación de dos de los acusados, tener que reiniciar de nuevo todo el proceso con lo que ello suponía. En cuanto fue informado de todo aquello, Felipe no lo dudó ni un instante.


Ortofoto en la que vemos la zona que correspondía a la isla de los Judíos.
En el detalle podemos ver la plaza del Vert Galant que ocupa el lugar
Los obispos, abrumados ante las declaraciones de Molay y Charnay, decidieron suspender el proceso hasta el día siguiente, pero el alevoso monarca no estaba por la labor de perder ni un minuto más. Pasándose por el forro las decisiones de un tribunal sobre el que carecía de la más mínima autoridad, ordenó al preboste de París que aquella misma tarde, antes de vísperas (antes de la puesta de sol), los dos relapsos fuesen ejecutados en la hoguera. Acerca del lugar elegido, como suele pasar, hay diversas versiones. Una de ellas sitúa el lugar en la isla de Javiaux, otros en la isla de la Cité y la mayoría en la denominada como isla de los Judíos, que según la tradición recibía dicho nombre por haber sido en tiempos anteriores lugar de ejecución de los ciudadanos de esa atribulada raza. Deben saber vuecedes que, en aquellos tiempos, había mogollón de islas fluviales a lo largo del Sena que, en muchos casos, estaban habitadas y unidas a la ciudad mediante puentes. Dando pues por buena la que según la mayoría de las opiniones fue el escenario de la ejecución, los guardias del rey llevaron a los dos reos a la isla en cuestión que, curiosamente, pertenecía a la abadía de Saint-Germain-des-Prés por lo que, en teoría, el monarca debería haber pedido permiso al abad para hacer uso de la isla. Está de más decir que Felipe no pidió permiso a nadie. Con el paso del tiempo, los sedimentos acabaron uniendo la isla de los Judíos con otras tres más, la isla de la Cité, situada más al este, la de Gournaine, y otra más pequeña llamada Passeur des Vaches, el Barquero de las Vacas. En la actualidad, el espacio que ocupaba la isla de los Judíos se sitúa en la plaza del Vert-Galant.

Y llegado el momento supremo, no hay una sola referencia histórica que afirme que Molay maldijo ni siquiera a su cuñado. El único testimonio en teoría verídico lo aportó un cronista por nombre Geoffroi de París que, en su Chonique Métrique de Philipple le Bel, manifiesta como presenció el suplicio, y describió los últimos momento de Molay con bastante precisión de esta forma:


"El gran maestre, viendo la pira preparada, se desnudó rápidamente. Lo digo tal como lo vi. Se despojó de la camisa con alegría y de buena gana, sin un ápice de temblor a pesar de que fue arrastrado y sacudido con fuerza. Lo agarraron para atarlo al poste y le estaban atando las manos con una cuerda cuando dijo: "Señores, permitidme unir mis manos durante un rato para orar a Dios, porque verdaderamente es tiempo para ello. Estoy preparado para morir, pero de forma injusta como bien sabe Dios. Por lo tanto, la desgracia vendrá más pronto que tarde contra quienes nos condenan sin una causa. Dios vengará nuestra muerte."

El personal contempla el suplicio desde la orilla del Sena mientras el rey
hace lo propio desde el castillo del Louvre. Al fondo destaca
la poderosa silueta de la torre de Nesle, donde se forjaron egregias
cornamentas en las testas de los hijos de Felipe IV
Y en eso quedó todo. Sin más discursos ni más proclamas, Molay fue atado al poste junto a Charnay y ambos ardieron ante una multitud que, como suele ser habitual en casos así, murmuraba echando pestes del rey y del papa, dando por hecho que la orden, a la que muchos debían su subsistencia, era inocente de todas las infamias tramadas por Nogaret. Cuando la pira se consumió, dicen que algunas personas se acercaron a los restos de la misma para recoger los pocos trozos de hueso que aún quedaban entre las brasas humeantes para llevarlos a un lugar seguro. Cabe suponer que serían algunos de los muchos templarios que, habiendo podido escapar de la redada, vivían en el anonimato a la espera de acontecimientos. A la vista del panorama que se les presentaba en Francia, huyeron a reinos donde no eran perseguidos, como Portugal o Inglaterra.

Bien, como vemos, Molay no lanzó ninguna maldición terrible, ni emplazó al papa y al rey a reunirse con él en el Más Allá a rendir cuentas por su felonía, ni nada por el estilo. Se limitó a decir que Dios vengaría su muerte, pero sin más florituras y de forma generalizada. Las versiones, surgidas a posteriori, son de lo más variadas. Desde la que emplaza al papa a palmarla en cuarenta días y al rey en cien, a la que el siempre ameno Maurice Druon daba en su magnífica novela "El rey de hierro", haciendo lo propio con Clemente, Felipe y Nogaret (que por cierto llevaba meses muerto en aquel momento), y a los que, además de darles cita antes de un año, los maldice hasta la decimotercera generación de su linaje. Así pues, en este caso solo cabe dar por seguro que la maldición de marras fue la enésima leyenda urbana porque, en aquella época llena de supersticiones, eso de que todo un maestre del Temple fuese convertido en un torrezno sin más no era adecuado ¿De dónde pudo surgir entonces la leyenda?


Placa que recuerda el lugar de la ejecución del maestre en un lateral del
Puente Nuevo, bajo la estatua ecuestre de Enrique IV. El lugar está marcado
con una flecha en la ortofoto anterior
Pues aparte del habitual proceso de ir magnificando lo relatado por Geoffroi de París, que el boca a boca se encargaría de dramatizar cada vez más, es evidente que contribuyó la repentina muerte del papa, acaecida el 20 de abril siguiente, o sea, 33 días después del suplicio, al parecer de disentería, lo que era relativamente frecuente en aquella época debido a la pésima calidad del agua. El rey Felipe no tardó en seguirle, pasando a mejor vida el 29 de noviembre a raíz de un percance durante una jornada de caza en la que un jabalí lo hirió gravemente. Hay autores que afirman que se debió a un accidente vascular cerebral, pero Dante, que fue contemporáneo a estos hechos, nos dice en su "Divina Comedia" (Parte XIX, Sexto Cielo, 118-120) : "Y se verá el dolor del que en el Sena, por moneda falsificada, diente de jabalí sufrir en pena", lo que viene a querer decir, para el que no lo haya pillado, que el que se dedicó a trapicheos monetarios en París, o sea, el rey Felipe, sufrirá pena, o sea, morirá y será condenado, por el diente del jabalí, es decir, que un jabalí lo mataría. Está de más afirmar que me creo más lo dicho por Dante, que tendría noticias de primera mano sobre el deceso del monarca, que las conjeturas de historiadores modernos sobre un suceso sobre el que no hay detalles que permitan afirmar que se trató de una apoplejía, teoría por cierto que aventura Druon.

En este caso, además, contamos de nuevo con el testimonio de Geoffroi de París según el cual, tras el percance el rey fue llevado al castillo de Fontainebleau, donde ordenó que acudieran su hermano, Carlos de Valois, y sus hijos. Cuando llegaron y le preguntaron por su estado, el rey les respondió bastante mustio:

-Enfermo de cuerpo y alma, y si Nuestra Señora la Virgen no me salva con sus oraciones, veo que la muerte se apoderará de mí. He creado tantos impuestos y he puesto mis manos sobre tantas riquezas que nunca seré absuelto, señores, y sé que estoy en un estado tal que moriré, creo, esta misma noche porque sufro mucho, herido por las maldiciones que me persiguen. No se contarán historias buenas sobre mí.


Efigie funeraria de Felipe IV en Saint Denis
Obviamente, al decir maldiciones se referiría a las que durante su farragoso reinado había recibido por parte de media Europa, y no solo las de los templarios. Como cabe suponer, un hombre que durante toda su vida había llevado a cabo innumerables traiciones y felonías y cuya codicia era insaciable no debía tener la conciencia muy tranquila en una época en que eso del infierno y el cielo se creía a pie juntillas. En definitiva, que debía estar bastante acojonado ante la perspectiva de ver a los templarios esperándolos en la puerta del infierno para darle la bienvenida. El tema monetario, que había sido manejado con gran maestría por Enguerrand de Marigny, era un compendio de abusos de todo tipo que no podían ser denominados de otra forma que expolio. Y no ya al Temple, sino a todo bicho viviente incluyendo, como comentábamos al principio, a los banqueros lombardos, a los judíos y a su mismo pueblo, al que no dudó en sangrar hasta la extenuación con impuestos que incluso no estaban permitidos por el derecho feudal. En definitiva, era un buitre redomado. Y, en efecto, murió aquel mismo día contando 59 años de edad, siendo su cuerpo conducido a la basílica de Saint-Denis, mausoleo de los reyes de Francia. Felipe murió al cabo de ocho meses y once días, o sea, 256 después del suplicio al que sometió a Molay y a Charnay.


Tumba de Clemente V en la colegiata de Uzeste, en Aquitania
Así pues, y dado que el pueblo siempre ha tenido la tendencia, y en aquellos tiempos aún más, a dar pábulo a todo tipo de fantasías y leyendas, las inopinadas muertes de los causantes de la perdición del Temple eran el ingrediente perfecto para que, a raíz de ellas, surgieran bulos asegurando que el papa y el rey habían muerto como consecuencia del emplazamiento ante el tribunal divino que el maestre, envuelto en llamas, había proclamado. Qué dramático, ¿no? Pero, como hemos visto, el maestre se conformó con arder apaciblemente y, además, no sería raro que lo viese como una liberación tras siete largos años sometido a los más crueles tormentos a manos de los interrogadores que le hicieron reconocer hasta que amaba profundamente a todos sus cuñados.


Grabado decimonónico que muestra a Molay
en la pira echando maldiciones terribles
antes de palmarla
En fin, criaturas, así fue, grosso modo, como se gestó la ejecución del vigésimo tercer y último maestre la orden del Temple y su postrera maldición. Como hemos visto, fue un suplicio más de los muchos que ordenó el taimado Felipe IV, y sus consecuencias no tuvieron la más mínima relevancia porque todo el complot urdido por Nogaret fue simplemente perfecto. Nadie los defendió abiertamente, nadie osó oponerse al rey de Francia, y nadie se avino a mover un dedo por los freires, quedando todo en el mero apoyo de boquilla en las reuniones tabernarias donde el personal pasaría el rato poniendo a caldo al rey y al papa pero, eso sí, sin perder de vista la puerta por si entraba el preboste y los pillaba in fraganti. Por cierto, cuando ejecutaron a Luis XVI, el ciudadano Capeto según los revolucionarios aunque en realidad era un Borbón, muchos aseguraron que se escuchó una voz que decía "¡Jacobo de Molay ha sido vengado!". Los amantes de las conspiraciones tampoco podrán ver en esto ningún presagio por parte del maestre, ya que Luis XVI fue el vigésimo segundo rey de Francia tras Felipe IV, cuya dinastía, los Capeto, solo duró cuatro reyes más. O sea, que lo de la maldición hasta la decimotercera generación como que tampoco nos vale aunque rime bastante bien.

Bueno, así fue la historia. Es hora de la merienda.

Hale, he dicho