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domingo, 20 de diciembre de 2020

REDUCTOS Y BATERÍAS

Reducto de São Pedro, en Elvas. Esta pequeña fortificación formaba parte del sistema defensivo que protegía el sur de la población junto a los de São Mamede y Santo Domingos


Hace ya qué sé yo la de tiempo que hace que no se habla de fortificaciones pirobalísticas, así que mataremos dos pájaros de un tiro actualizando este artículo de cuando Noé aún estaba empezando el curso de carpintería básica. Como vemos, habla de reductos y baterías, unas pequeñas fortificaciones  conocidas generalmente como fortines y destinadas a las más variopintas misiones, desde cubrir ángulos muertos, padrastros o desenfiladas de fuertes y plazas de guerra a defender pasos, estuarios o cursos fluviales, playas susceptibles de convertirse en coladeros de enemigos o, en resumen, de cualquier sitio donde conviniera situar medios lo bastante persuasivos como para quitar al invasor las ganas de pasar por allí.

Según las técnicas de la época, la gola de la batería estaba abierta para,
caso de ser ocupada por el enemigo, poder batirla desde otra posición
situada a retaguardia. En el centro vemos el pañol de munición
Podían tener formas diversas: triangulares, circulares, cuadradas o trapezoidales si bien las rectangulares eran las más habituales, así que estudiaremos esta morfología por ser la más común. En todo caso, fuese cual fuese su forma, su cometido era el mismo. Otra opción es que podían ser de fábrica, como el que aparece en la foto de cabecera, o bien a base de salchichones cubiertos de tierra, todo ello dependiendo de la disponibilidad de materiales o la urgencia para construirlos. Por poner un ejemplo de estos últimos, varios de los que se construyeron en la zona de Chiclana y San Fernando, en Cádiz, cuando esta ciudad estaba sitiada por los franceses, se fabricaron a base de salchichones recubiertos de sal (la zona es una marisma que aún sigue siendo una salina enorme). Otros, como el que vemos en la foto de la derecha, estaban construidos con sillería bien labrada con la idea de que no fueran fortificaciones de circunstancias, sino más duraderas. En este caso se trata de la batería de San Pedro, en San Fernando (Cádiz), que defendía el puente de Zuazo sobre el Caño de Sancti Petri, paso forzoso para los gabachos (Dios maldiga al enano corso) que quisieran atacar por tierra a Cádiz. A pesar de sus pequeñas dimensiones, disponía de doce bocas de fuego: 8 cañones de a 24, 1 de a 18 y 3 de a 4, o sea, que para pasar por ahí había que pensárselo dos veces.

En el plano en sección podemos estudiar la morfología de un reducto, por decirlo de algún modo, estándar: como se ve, consta de un foso precedido por un pequeño talud a fin de dificultar la aproximación del enemigo. Este foso, para complicar aún más un posible asalto, podía estar sembrado de abrojos de hierro o de estacas. Tras el foso, un parapeto cuyo grosor iba en función de la protección que se quería dar a su guarnición. Ello dependía del tipo de agresión que se esperaba, ya que si se suponía que sería atacado por fusileros, no se le daba un espesor mayor de unos 60 cm., suficientes para detener una bala de fusil. Si por el contrario esperaban ser atacados con artillería, se aumentaba hasta los dos metros aproximadamente. Como es lógico, no se pretendía que tuviesen la misma resistencia que un fuerte en toda regla. La altura del parapeto debía tener al menos unos 180 cm. de alto, a fin de que la guarnición quedara a cubierto de los disparos del enemigo. Para hacer fuego disponían de una banqueta, como aparece en el plano, para tirar a pecho cubierto. En todo caso, no convenía excederse en la altura del mismo, ya que ello restaría ángulo de tiro inferior a los fusileros.

Para acceder al reducto se emplazaba una pasarela levadiza la cual, una vez elevada, lo cerraba. Si el reducto estaba destinado solo a fusileros, el acceso apenas tenía poco más de unos 50 ó 60 cm. de ancho, lo suficiente para que pasase un hombre. Si por el contrario se quería emplazar artillería, lógicamente debía tener la anchura necesaria para poder pasar el o los cañones de dotación. Por lo general, los reductos solían tener los parapetos a barbeta, o sea, sin cañoneras, de forma que podían emplazar las bocas de fuego en el sitio más ventajoso en cada momento. Si se trataba de reductos de fábrica, destinados a formar parte de un sistema defensivo permanente más complejo y considerando que no eran obras de circunstancias, se fabricaban cañoneras en unos parapetos de mayor grosor.

En el plano de planta podemos ver un hipotético reducto dotado con tres bocas de fuego y parapeto a barbeta. En el mismo podemos ver la pasarela levadiza, la cual podía ser de tracción manual o, caso de ser de mayores proporciones, de contrapeso como aparece en la figura superior. Pintados en gris se pueden ver dos traveses de fábrica. Eran unas barreras de alrededor de 150/200 cm. de grosor por unos 2,5 metros de alto, destinadas a proteger a los servidores de las piezas en caso de que una granada o una bomba alcanzase el interior del reducto. Considerando sus pequeñas dimensiones, caso de estar totalmente diáfano, una sola bomba podría aniquilar a toda su guarnición. Caso de tratarse de un reducto permanente, contaba con su correspondiente pañol a prueba de bomba, como ya se puede suponer. De lo contrario, se instalaba un repuesto adecuadamente protegido para proveer las bocas de fuego en servicio. Por lo general, los repuestos solían contar con munición para dos días, tras los cuales se reponían siempre y cuando fuese posible. Si quedaban cercados, pues se acabó la fiesta.

En otros casos, los reductos se construían para cubrir desenfiladas de fortificaciones mayores. Un buen ejemplo lo tenemos en el Real Fuerte de la Concepción, en Aldea del Obispo (Salamanca), que podemos ver en el lado izquierdo del plano. Esta plaza fuerte, considerada por cierto como una de las fortificaciones tecnológicamente más perfectas de su época, disponía de unas caballerizas (círculo rojo) para 180 animales unidas al recinto mediante un camino cubierto que podemos ver entre el recinto principal y el reducto. El camino cubierto seguía avanzando hacia una pequeña elevación situada al sur, comunicando con el reducto de San José, dotado con nueve bocas de fuego y pañoles a prueba de bomba. En caso de ser arrollados por los enemigos, la guarnición del reducto se retiraba por el camino cubierto y se sumaba a la guarnición del fuerte, que los cubriría friendo a los atacantes con polladas, botes de metralla y demás porquerías sumamente persuasivas.

En primer término vemos un pañol de munición. Por lo general,
por dentro eran un semi-sótano, mientras que bajo la techumbre
había una bóveda de medio punto a prueba de bomba
En cuanto a las dimensiones de estas fortificaciones, iban en función de la guarnición que se pensaba destinar al mismo. Por norma, se consideraba que el parapeto debía tener una longitud a razón de 3 pies como mínimo (pies de Burgos, 83 cm.) por hombre. El tamaño más pequeño admisible era de unos 12 metros de lado lo que, siendo cuadrado, permitiría albergar una guarnición de entre 40 y 60 hombres con sus pertrechos. Lógicamente, los había mucho mayores, con capacidad para 300 hombres o más. Todo iba en función de las necesidades tácticas del momento. 
En lo referente a las dependencias interiores del reducto, si era de fábrica disponía de las habituales en cualquier fortificación: pañol, cuartel, cocina, habitación para el oficial al mando y, si era posible, un pozo o una cisterna. Si era un reducto de circunstancias, pues un sombrajo para protegerse del relente de la noche y gracias. En estos casos, por lo general, la guarnición iba rotando cada un determinado número de días con tropas procedentes de la fortificación principal. No eran plan de permitir que bajase la moral por llevar unas condiciones de vida tan extremas.

Bueno, explicado queda lo que eran los reductos o fortines. Cierro esta entrada con una imagen que muestra, señalados con una flecha roja, los tres traveses del reducto  de Santo Domingos antes mencionado para que se puedan hacer una idea más clara de en qué consistían estas defensas interiores. En este caso, hay un través por cada dos bocas de fuego, lo que impediría que, caso de caer una bomba en el terraplén, se llevase por delante a todos los ocupantes del mismo. Para entendernos, estos traveses actuaban como parapeto para que no palmara toda la guarnición de un solo bombazo. En todo caso, en el enlace que verán más abajo podrán ilustrarse largo y tendido sobre este tipo de obras defensivas.

En fin, ya está...

Hale, he dicho

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Ortofoto que nos muestra el fuerte de Santa Luzia, al sur de Elvas, junto a los dos reductos que lo
defendían: al sudeste, marcado de amarillo, vemos el de São Mamede. Al oeste, de rojo, el reducto de São Pedro, este último situado sobre una elevación del terreno que limitaba la visión desde el fuerte en esa dirección 

viernes, 1 de marzo de 2019

PATINES, PASARELAS Y RAMPAS


Castillo de Montalegre (Portugal) Su acceso elevado
tenía ante sí una terraza a la que se accedía mediante
una escalera, posiblemente de madera. Quizás la terraza
estuviera ideada para depositar la escalera si era necesario
removerla de su sitio en caso de peligro. Para ello,
bastaría elevarla con unas sogas desde la azotea de la torre
En nuestras andanzas castilleras habremos visto multitud de veces que la puerta de acceso de la torre del homenaje se encuentra a varios metros de altura respecto al suelo. Como seguramente todos habrán imaginado, esta peculiar disposición estaba encaminada no solo a dificultar la profanación del sacrosanto hogar a los cuñados más indeseables, sino también a los enemigos que intentaran hacerse con el control de la torre. Pero, ¿de dónde surgió la idea? 

Como ya tuvimos ocasión de ver en su momento, las motas castrales dieron paso allá por el siglo XII a la aparición de la torre del homenaje en la Península, el keep en la brumosa isla de los anglosajones (Dios maldiga a Nelson) y el donjon en la tierra de los francos (Dios maldiga al enano corso). Estas torres, que en su origen apenas disponían para su defensa de una empalizada, se veían seriamente amenazadas en caso de que los asaltantes lograran traspasar su débil y única línea defensiva, por lo que a alguien se lo ocurrió que si la puerta se situaba a una altura adecuada, los enemigos lo tendrían muy difícil para invadir la torre. Sí, podrían adosar una escala al muro pero, ¿quién se sube a intentar derribar un portón de roble de 15 cm. de grosor asegurado con uno o dos alamudes mientras que desde la azotea o la ladronera que defendía la puerta le tiraban pedruscos enormes? Era virtualmente imposible, por lo que solo restaba sentarse a esperar a que los ocupantes de la torre se quedaran sin agua ni víveres, siendo por lo general más habitual que fuesen los sitiadores los que tuviesen que abandonar el cerco al quedarse sin vituallas o por la llegada del invierno.

Reconstrucción virtual de la Torre de los Herberos
(c. siglo XIII) en Dos Hermanas (Sevilla) Estas
atalayas solían tener casi siempre accesos elevados
como defensa para los torreros
Pero, como es lógico, el mismo problema que tenían los atacantes para entrar lo tenían los habitantes del castillo ya que, al carecer de alas que les permitieran volar como gorriones, no podían salvar la altura a la que se encontraba la puerta. Para ello se idearon una serie de obras o accesorios que, sin restar eficacia a los accesos elevados, permitieran al personal entrar y salir del edificio o incluso eliminarlos llegado el caso de peligro. Hablamos de los patines, pasarelas retráctiles, puentes levadizos y rampas que, salvo que se construyeran de fábrica, no han llegado a nuestros días o bien han sido sustituidos por aborrecibles engendros de acero inoxidable o del maldito acero corten tan de moda entre los "expertos" que "ponen en valor" nuestras añejas fortalezas. Así pues, dedicaremos esta entrada a dar cuenta de estas estructuras que pasan prácticamente desapercibidas cuando, en realidad, eran de una importancia vital hasta el extremo de que de ellas podía depender la supervivencia de los que defendían una torre. A continuación veremos algunos ejemplos que nos permitirán comprender mejor en qué consistían.


En la foto de la derecha tenemos lo que podríamos llamar el arquetipo del origen de los patines. Se trata de la poderosa torre del homenaje del castillo de Melgaço, el el distrito de Viana do Castelo (Portugal) construido en el siglo XIII. Estamos ante la típica torre exenta aislada en el interior del recinto, heredera directa de las torres que formaban parte de las motas castrales. Eran, como salta a la vista, edificios de gran altura en cuyos paramentos prácticamente no se abría ni un solo vano salvo alguna aspillera. La puerta se encuentra aproximadamente a unos cinco metros de altura sobre el nivel del suelo, y originariamente solo se podía acceder a ella mediante una escala removible. O sea, una escalera de mano monda y lironda que, en caso de necesidad, una vez que la guarnición se encerraba en la torre era retirada al interior, dejando a los enemigos con un palmo de narices. Obviamente, la zapa era prácticamente imposible por dos motivos: uno, porque la torre está basada en un afloramiento granítico. Y dos, porque el matacán que la circunvala impedía la aproximación. Este matacán está actualmente cegado porque antaño la torre fue usada como campanario y torre de reloj, que fueron suprimidos en buena hora cuando se restauró en 1962.

En esta foto, precisamente de las obras de restauración, se puede ver la torre sin la escalera metálica que actualmente permite el acceso a su interior. Sin embargo, lo mejor es que la rudimentaria escalera usada por los operarios nos permite ver con toda claridad cómo sería la forma de acceder al recinto en su forma primigenia. Cabe suponer que más de uno debió partirse la crisma subiendo o bajando por ella, pero mejor eso que verse con enemigos ávidos de vísceras entrando por la angosta puerta de la torre. Es posible, y esto es una conjetura mía, que incluso la escala podría quedar suspendida a gran altura pegada al muro colgando de una soga que se manejaba desde la azotea, lo que ahorraba el indudable trabajo de tener que estar metiendo y sacando la escalera. Con todo, cabe suponer que esto solo se haría en caso de peligro ya que no tenía mucho sentido remover la escala si no había necesidad o la perspectiva de un ataque inminente.

Este tipo de torres románicas, muy frecuentes en la mitad norte peninsular, se basaban por norma en un patrón similar. Por citar otro ejemplo mostramos la torre del castillo de Linhares, en el distrito portugués de Guarda. Como en el caso anterior, se trata de una potente torre que, en esta ocasión no es exenta sino que está integrada en el muro diafragma que parte en dos la fortaleza. Aunque el origen de la fortaleza medieval data de tiempos de Alfonso III de León, que la arrebató a la morisma, su aspecto actual se debe a Don Dinis. Como en el ejemplo anterior, la entrada está a varios metros sobre el nivel del suelo, y en este caso defendida por una ladronera que impediría la aproximación a la puerta.


La foto de la izquierda, datada en 1958, nos permite ver, como en el ejemplo anterior, el aspecto de la torre sin el adefesio de acero inoxidable que le adosaron. Además, también tiene su escala apoyada en el muro, lo que nos viene de perlas para no tener que esforzar mucho la imaginación. Si alguien se pregunta si no podría ser posible que en su época usaran una escalera como la metálica, pero fabricada de madera, diría que en este caso lo dudo por la ausencia de mechinales en el paramento de la torre. Sí, podría construirse apoyada solo en el suelo, pero dudo mucho que una gente que cuando hacían algo lo planteaban a largo plazo se molestaran en fabricar una escalera cuya vida operativa sería bastante corta. Bastarían dos o tres inviernos para que los encastres dieran tanto de sí con los cambios de temperatura y humedad que no tardaría mucho en venirse abajo, por lo que sería imprescindible contar con el apoyo de la estructura en mechinales para darle solidez y durabilidad al conjunto.

Y para concluir con este tipo de accesos más primitivos tenemos la torre del castillo de Vilar Maior, también en el distrito de Guarda. En esta ocasión podemos observar una torre adosada a la muralla y convertida además en un elemento flanqueante de la misma. El acceso a la puerta, como podemos ver, se lleva a cabo por el adarve, pero como medida de seguridad la puerta está a alrededor de 140 cm. por encima del nivel del terrado. Bastaba una pequeña escala para entrar y salir, pero esa mínima altura complicaba mucho las cosas a un enemigo que, aunque dueño del adarve, no podía emplear ni un pequeño ariete para embestir la puerta ya que carecía de espacio para ello y, como es lógico, sus servidores se verían hostigados tanto desde la azotea como desde la aspillera que se abre en la segunda planta. Así pues, como hemos visto, en principio el problema de la seguridad de la torre lo solventaban con una simple escala que, aunque incómoda e insegura de manejar, suponía una notable ventaja contra los enemigos.

Lógicamente, cabe suponer que este sistema tan elemental estaba limitado a fortificaciones puramente militares habitadas solo por la guarnición y el alcaide, lo que no quita que en un momento dado pudiera acompañarle su familia en alguna dependencia del patio de armas o en la misma torre. En todo caso, su simplicidad castrense hace pensar lo primero. Sin embargo, otras fortalezas eran el hogar de casas nobles o incluso de monarcas que, como podemos imaginar, disponían de medios para preservar la seguridad sin riesgo de partirse el cuello de una costalada. El ejemplo que mejor nos viene para este caso sería el emblemático castillo de Guimarães, reconstruido por Enrique de Borgoña en el siglo XII y que le dio parte de su aspecto actual, convirtiéndolo en su propia residencia y la de su mujer Teresa, la bastarda de Alfonso VI de Castilla y León que propició la secesión del Condado Portucalense para formar el nuevo reino. No obstante, la torre fue obra de don Dinis, por lo que debemos datarla hacia la segunda mitad del siglo XIII. Este castillo, considerado como una de las siete maravillas de Portugal, es un típico ejemplar de fortaleza románica cuya potente torre del homenaje, exenta y situada en el centro del recinto, tiene su acceso a la altura del adarve, pero para llegar al interior hay que cruzar una pasarela. La torre, que como vemos en la foto carece de elementos defensivos salvo las aspilleras que se abren en sus muros, se unía al adarve mediante una pasarela que, por lo que podemos deducir en base a lo que se conserva, podría ser retráctil, o sea, se retiraba hacia el interior de la torre en caso de peligro ayudándose quizás con una soga desde la azotea.

La foto de la derecha nos permite ver el durmiente que sustentaba la pasarela. Como salta a la vista, carece de ranguas para colocar una pasarela basculante a modo de puente levadizo, así que solo cabe pensar en dos posibilidades: una, que la pasarela fuese, como hemos dicho, retraída hacia el interior. Y otra, que fuese elevada tirando de una soga a través del orificio que se abre sobre el dintel, quedando adosada al muro y sirviendo como una segunda puerta. Los pequeños mechinales que se ven a ambos lados de las jambas no creo que sean de la época original de la torre, sino abiertos siglos más tarde para colocar una pasarela fija con pasamanos como la que existe actualmente para impedir que los turistas se caigan en un despiste, lo que sería bastante enojoso y tal. En cualquier caso, ya vemos como esta torre podía quedar totalmente aislada del resto del edificio. Su planta baja tenía capacidad para almacenar provisiones para mucho tiempo antes de que sus defensores se vieran obligados a rendirse por anorexia obligatoria.

Los accesos mediante pasarelas no fueron raros. Otro ejemplo lo tenemos en el castillo de Chaves. Debido a que a lo largo de su historia ha sufrido infinidad de reformas, nos limitaremos a poner nuestra atención en el voladizo que hemos señalado con la flecha ya que la entrada inferior, que da a un entresuelo bajo el cual se encuentra un aljibe, se abrió posteriormente. El voladizo en cuestión era lo que permitía el acceso al interior de la torre, al cual se llegaba también por el adarve, pero en este caso sin que la torre estuviera exenta, sino adosada a la camisa que la protegía y cuyo acceso vemos en el muro que aparece en primer término. Este voladizo estaba cortado, quedando vacío un espacio de más de dos metros que solo podía salvarse mediante una pasarela tendida desde el lado del balcón que quedaba unido a la torre. Las ladroneras que coronan el edificio datan de finales del siglo XIV aproximadamente, así que no debe confundirnos a la hora de identificarlos como construidos inicialmente para defender la torre, edificada hacia mediados del mismo siglo.

Pero si nos fijamos en esa vieja foto cuando la pasarela actual no existía, vemos señaladas por las flechas dos gruesas argollas que, en este caso, sí podían haber sustentado el eje de una pasarela levadiza que sería fácilmente basculada tirando con un torno instalado junto a la ladronera que hay sobre la puerta o incluso desde la azotea. Otra opción sería tirar desde el mismo balcón ayudados por alguna garrucha colocada en el muro. En fin, las opciones podrían ser muchas, pero ya vemos que con estas pasarelas podía aislarse el edificio sin verse limitados a la incomodidad de las escaleras de mano. Por cierto, el voladizo que vemos en este caso no es un matacán ni una ladronera. Las ménsulas solo sirven de sostén al balcón en sí.

Quizás nos ayude a comprenderlo mejor este grabado de Viollet-le-Duc, que presenta un tipo de torre aislada usada como atalaya o para controlar los pasos de montaña en zonas abruptas con una orografía que era necesario controlar para impedir que ejércitos enteros se adentraran en el territorio como si tal cosa. Como podemos ver, se trata de una torre protegida por una camisa cuyo acceso, situado a una determinada altura del suelo, solo es posible mediante un puente levadizo que iba desde la ménsula que lo sustentaba al durmiente colocado en el adarve. Para abatirlo o tenderlo se valía de una cadena tendida desde el torno situado en la ladronera, por lo que en caso de que el enemigo lograra traspasar la primera línea defensiva siempre se encontraría con la imposibilidad de llegar a la puerta de la torre. La ladronera y las aspilleras que cubrían los dos flancos que no daban al abismo permitirían a los defensores hostigarlos hasta aburrirlos y hacer que se largaran enhorabuena de allí.

Pero no siempre se recurría a pasarelas para alcanzar vanos abiertos por encima del nivel del suelo. En este otro grabado podemos ver como una puerta situada a menos de dos metros de altura podía convertirse en inaccesible como el caso del castillo de Vilar Maior que vimos al principio. Se trata de la poterna de la torre de Saint-Nazaire, una barbacana situada al sur de la cerca urbana de Carcassonne. Esta poterna, a la que actualmente se accede por una rampa de fábrica, en origen contaba con una rampa retráctil similar a la que aparece en el grabado. Solo había que tirar de ella hacia dentro, bajar el rastrillo, cerrar la puerta y allí no entraban ni los ratones. No se podía usar un ariete ni tampoco intentar meterle fuego porque los defensores situados en el cadalso superior se encargarían de mantener a raya tanto a los posibles servidores de un ariete como a los que intentaran arrimar algo ardiente. Así pues, cuando vean este tipo de puertas situadas a escasa altura no significa que el nivel del suelo haya bajado, sino que en su día disponían de estas pequeñas rampas retráctiles para facilitar el paso.

En cuanto a los patines, se trataba de obras de fábrica, generalmente adosadas al muro de la torre o, en algunos casos, exentos para dificultar aún más el acceso. Un ejemplo lo podemos ver en el castillo de Olvera (Cádiz). Este edificio, construido tras su conquista a los malditos agarenos en 1327, tiene su entrada al nivel de la primera planta, con una inferior que se usaría como almacén aunque actualmente se puede acceder a ella mediante un vano a ras del suelo. Para la extracción de agua se valían de un amplio bajante abierto en el grosor del muro por el que se podía descolgar un balde hasta el aljibe que se abre al pie de la torre. Este patín podría incluso haber tenido pequeños merlones para mejorar su defensa, aunque eso es una conjetura mía. Sea como fuere, lo cierto es que su angosta escalera y el mínimo rellano que quedaba libre en su parte superior no permitía otra cosa que ser machacado desde la azotea porque apenas cabrían dos personas más bien canijas. Este tipo de patín de fábrica adosado es bastante habitual en muchas fortificaciones que lo añadieron en fechas posteriores a la edificación de la torre.

Un tipo de patín más sofisticado lo podemos ver en la torre de los Velasco, en Espinosa de los Monteros (Burgos). En este caso, el patín no da acceso directo a la puerta situada en el primer piso, sino a una pequeña torre o borje cuadrangular provisto de su propia puerta y merlatura aspillerada para facilitar su defensa además de dos buzones. Este edificio, mandado edificar por Pedro Fernández de Velasco en la primera mitad del siglo XV, se vio añadido con el patín y el borje hacia finales del mismo siglo y es además un ejemplo muy ilustrativo sobre lo que eran las torres señoriales de la época: pequeños castillos palaciegos fortificados que, aunque con las comodidades de una casa solariega y sin las carencias de un castillo puramente militar, no por ello dejaban de lado los elementos defensivos que permitiesen a sus ocupantes resistir las agresiones de vecinos con mala leche, villanos levantados en armas contra su señor o, ya puestos, incluso a los mismos reyes que la nobleza no paraba de fastidiar con sus interminables exigencias, su insufrible arrogancia y sus insaciable voracidad por poseer más tierras y más poder. 


Bien, estos serían grosso modo los sistemas de acceso más habituales en las puertas elevadas al uso en la Edad Media. Lógicamente, como en tantas otras cosas, la variedad o el estilo no estaban marcados por una norma fija, sino por el capricho del constructor si bien, como vemos, más o menos se solían ceñir a un patrón común. La creatividad de los constructores medievales rayaba a veces en lo diabólico, así que podemos encontrarnos las cosas más variopintas. Por último, conviene tener en cuenta que, como tantos otros elementos defensivos de la Edad Media, estos no desaparecieron cuando estas añejas fortificaciones cayeron en la obsolescencia. Tal como ocurrió con los matacanes y las ladroneras, los accesos elevados siguieron en uso durante mucho tiempo más. En la foto vemos una de las poternas que se abren en la escarpa del foso principal del fuerte de Graça, en Elvas (Portugal), a las que se accede mediante unas escaleras exentas conectadas con la puerta mediante una pequeña pasarela levadiza. Estas poternas, de las que se cuentan dos por cortina, una en cada extremo, estaban ideadas para permitir a los defensores de las obras exteriores evacuar el foso en caso de verse rebasados. Una ver subida la pasarela y cerrada la gruesa cancela que hay tras la misma, la defensa quedaba en manos de los fusileros situados en la escarpa y la contraescarpa, más los cañones que batían de flanco las cortinas desde las cañoneras que vemos sobre la pasarela.


Torre de las Palomas (Málaga)
De hecho, incluso se conservó el primitivo sistema de escalas, particularmente en las torres de defensa costeras que se edificaron en el siglo XVII para prevenir los ataques de los piratas berberiscos que infestaban el Mediterráneo en aquella época. Estas torres estaban generalmente basadas en un patrón similar: una planta principal donde se abría el acceso, y la planta baja usada casi siempre como aljibe que se alimentaba de las aguas pluviales que llegaban al mismo mediante conductos abiertos en la azotea. Por lo general, en estas se emplazaban una o dos bocas de fuego para intentar persuadir a los piratas que aquel sitio no era adecuado para llevar a cabo sus rapiñas pero, no obstante, en caso de verse asediados sus escasos defensores disponían de agua y provisiones para resistir, así como de leña para hacer una fogata con la que avisar a las torres cercanas y a la población de que había moros en la costa, y nunca mejor dicho. En muchas de ellas se construyeron ladroneras para defender el acceso, que como vemos estaba a una altura más que respetable. Debido a ello, es más probable que usaran escalas de cuerda en vez de madera. En la azotea, sobre la puerta, se pueden observar los restos de las dos ménsulas que sujetaban la ladronera que defendía el acceso a la torre. 


Para concluir, veamos el peculiar patín exento que permitía el acceso al fuerte de San Sebastián, en Castro Marim (Portugal). Este fuerte, construido durante la Guerra de Restauración a mediados del siglo XVIII, tenía su único acceso por el terraplén del recinto, al que se llegaba por esa angosta escalera que ponía a prueba el equilibro del personal. Una vez arriba solo se podía cruzar mediante la pasarela levadiza que había en la puerta que, curiosamente, era la espadaña de la antigua ermita situada donde se erigió el fuerte y que se desmontó para este uso. En el siglo XIX se abrió una puerta de paso al piso inferior cuando se usó como acuartelamiento para el Batallón de Cazadores nº 4, que permaneció en el fuerte entre 1819 y 1829.

Bueno, hijos míos, no creo que olvide nada importante, así que vale por hoy.

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONADAS:

LAS MOTAS CASTRALES

CASTILLOS DE MADERA

Vista lateral del patín exento del fuerte de San Sebastián. Da un poco de repeluco imaginarse subiendo por ahí a toda prisa.
El tramo inicial que falta se derribó para dejar espacio para dependencias militares cuando se abrió la puerta a nivel del
suelo, haciendo inservible el patín

sábado, 27 de agosto de 2016

Fortificaciones pirobalísticas. Las obras exteriores


Vista aérea de las impresionantes obras exteriores del fuerte de Bourtange, en Holanda. Por cierto que, para un amante
de este tipo de edificios, lograr adquirir una casita de esas que se ven dentro del fuerte debe suponer un orgasmo mortífero

Plaza fuerte de Theresienstadt (Chequia) rodeada por sus obras exteriores.
Situada a orillas del río Ohre y a apenas 2,5 km. de la confluencia de este con
el Elba, disponía para su defensa de la Kleine Festung (la pequeña fortaleza)
y dos pequeños bastiones, quedando patente la complejidad del conjunto.
Y sí, en el Kleine Festung es donde estuvo el tristemente célebre campo
de exterminio, y es donde fue encerrado Gavrilo Princip.
Bien, tras el receso producido por el pequeño examen fortificado, prosigamos con las fortificaciones pirobalísticas. No obstante, creo oportuno antes de seguir estudiando los diversos tipos de obras exteriores que defendían estas fortalezas explicar qué sentido tenían las mismas. O sea, para qué se invertían sumas ingentes en fortificar decenas o incluso centenares de metros alrededor de una plaza fuerte que, de por sí, tenía la suficiente potencia de fuego y las tropas necesarias para hacer frente a cualquier ataque. Seguramente, muchos se habrán hecho esa pregunta, y más cuando hayan observado los planos y vistas cenitales que se han ido presentando en las diversas entradas que se han publicado sobre ese tema. En ellas se pueden ver, como ya comentaba en la entrada anterior, intrincados laberintos geométricos cuya misión no era que el enemigo se perdiese en semejante dédalo, sino intentar controlar al máximo posible el terreno circundante para prevenir la aproximación de la artillería y las tropas de los sitiadores. Porque, ante todo, debemos considerar un aspecto que, aunque es de una evidencia palmaria, no siempre lo solemos tener en cuenta. No es otro que la orografía del terreno, imposible de adaptar en la mayoría de los casos al ideal de la defensa ya que no siempre el lugar donde había que edificar el fuerte de turno era llano como el electroencefalograma de un político o bien no disfrutaba de una posición dominante en kilómetros a la redonda.

Coracha del castillo de Buitrago sobre el río Lozoya. Este
tipo de obra exterior no solo permitía abastecerse de agua,
sino también controlar el paso de los ríos
Si nos remontamos a la entrada dedicada a los padrastros, vemos que ya en la Edad Media había que tener en cuenta el entorno de un castillo a la hora de construirlo. Pequeñas elevaciones o incluso cerros en toda regla a unas distancias peligrosamente cercanas- en aquellos tiempos no más de 200 o 300 metros-, podían poner en serio peligro la integridad del recinto ya que bastaría emplazar en esa altura un fundíbulo para ir demoliendo poco a poco las murallas a golpe de bolaño. Ese problema no desapareció con la aparición de las fortalezas de traza italiana, sino que incluso se vio aumentado ya que un cañón tenía más alcance que un fundíbulo, así que había que poner especial cuidado en la elección del lugar ya que la distancia de seguridad, por denominarlo de alguna forma, se ampliaba bastante. Del mismo modo, muchas veces se hacía necesario controlar el paso a los distintos accesos de una fortaleza, o bien los cursos de agua cercanos como se explicó en la entrada dedicada a las corachas. Y, por otro lado, también existían depresiones en el terreno que, al quedar fuera del ángulo de tiro de la artillería del fuerte, permitirían al enemigo emplazar sus morteros para bombardear la plaza a su sabor, o bien acuartelar en ellas tropas de cara a un asalto sin que los defensores se enterasen de ello por quedar fuera de su vista. Por poner un ejemplo que nos permita verlo con más claridad, veamos a foto inferior, la cual nos muestra una panorámica del impresionante complejo fortificado de Alarcón, en Cuenca.



La flecha blanca señala la Torre del Campo, distante apenas 300 metros de la ciudad. La roja marca la Torre de Alarconcillo, que corona el cerro de la pequeña península formada por un meandro del río Júcar. Al fondo, en amarillo, tenemos la Torre de Cañavate. Como se puede ver, son obras exteriores destinadas a diversos cometidos que veremos mejor en la foto cenital inferior.


Los círculos tienen el mismo color que las flechas de la imagen anterior, de modo que podemos situarnos perfectamente en esta foto en la que además se aprecia que Alarcón es prácticamente una isla con un único acceso controlado por la Torre del Campo, la cual no solo cerraba el paso a posibles agresores sino que, además, impedía la aproximación o el emplazamiento de máquinas o artillería en la meseta que se extiende en dirección NE. Por otro lado tenemos la Torre de Cañavate, que cerraba el paso a la pequeña península situada al norte de la población y, por si esta caía en manos enemigas, aún quedaba la Torre de Alarconcillo para impedir que dicha península fuese empleada como padrastro por los enemigos.

Como vemos, esto de las obras exteriores data de bastante tiempo atrás, pero fue con la aparición de las fortalezas de traza italiana cuando ganaron en complejidad ya que evolucionaron en una época en que el enemigo no empleaba fundíbulos, manganas o bombardas, sino una eficaz artillería de sitio en forma de cañones, morteros y, posteriormente, obuses, con un alcance efectivo de varios kilómetros y una precisión acorde al mismo. Era pues necesario disponer de fortificaciones capaces de repeler o, al menos, alejar al máximo posible las bocas de fuego de los sitiadores para impedir sus demoledores efectos sobre la población. Un ejemplo de la necesidad de fortificar todo aquel terreno susceptible de ser empleado de forma ventajosa por el enemigo lo tenemos en Elvas, en el famoso fuerte de Graça (foto superior) del que tanto hemos hablado ya. Dicho fuerte se construyó simplemente porque el cerro donde se yergue, situado al norte de la ciudad, fue empleado por las tropas de don Luis de Haro en 1658 para bombardearlos bonitamente, así que aprendieron la lección y fortificaron tan peligroso padrastro para que nunca más se pudiera aprovechar. Como vemos, desde la cima del monte da Graça al centro de Elvas hay poco más de 1.600 metros, distancia que un cañón o un mortero de aquella época cubría de sobra.

Pero tan peligroso era un accidente geográfico situado a una cota igual o superior a la de la fortaleza como si era inferior. En una tipología en la que precisamente para ofrecer el menor blanco posible se eliminaron las altivas murallas de antaño, el ángulo visual sobre la campaña se veía también muy mermado. De ahí que fuese necesario fortificar esos sectores para impedir que fuesen aprovechados por el enemigo de la forma que se comentó más arriba. Veamos un ejemplo para comprenderlo mejor. A la derecha tenemos una foto cenital del fuerte de Santa Luzia, en Elvas. Está situado a un altura de 315 metros sobre el nivel del mar. A su espalda, a una cota más elevada, está la plaza fuerte de Elvas, y ante él, el fortín de São Mamede a una cota 15 metros por debajo. Si observamos la imagen vemos que el terreno va descendiendo en dirección SE de forma que a solo medio kilómetro ya pierde otros 30 metros más.

Vista del fortín de São Mamede en dirección sureste
La cuestión es que precisamente en esa dirección se encuentra a poco más de 7 kilómetros el río Guadiana, 150 metros por debajo del fuerte de Santa Luzia, y formando en ese sector una depresión notable que vemos en la foto de la izquierda sombreada de rojo. Esa amplia vega queda totalmente fuera del ángulo visual del fuerte, lo que hizo necesario construir el fortín que se anticipase a la llegada de una fuerza invasora. Dicho fortín estaba unido al fuerte principal mediante un camino cubierto para que la guarnición pudiera replegarse en caso de necesidad, pudiendo sumarse a la de Santa Luzia. Así mismo, si era ocupado podía ser bombardeado por la zaga desde su posición dominante.

Porque, eso sí, todas las obras exteriores estaban totalmente indefensas por la espalda para permitir que, en caso de caer en manos del enemigo, esos carecieran de defensa posible salvo que andasen listos y se preocupasen de acarrear a toda velocidad fajinas y demás pertrechos para fabricar un parapeto de circunstancias. Veámoslo en el gráfico inferior:


En A tenemos el recinto principal situado en la cota más elevada. Separado por un foso tenemos B, una primera línea de obras exteriores que, como mostramos, está bajo el ángulo de tiro de las bocas de fuego emplazadas en A. Al tener la gola totalmente desprovista de defensas, los enemigos que ocupen esa obra están muertos si no se largan de allí a toda velocidad. Y lo mismo ocurre en C, que queda bajo el fuego de los cañones y la fusilería de la guarnición de B. De ese modo, las obras exteriores permitían una muy efectiva defensa en profundidad que solo podía expugnarse con santa paciencia, abriendo trincheras de aproximación y dedicando días y días a bombardearlas hasta que, finalmente, se intentaba un asalto si la guarnición había sido barrida del terreno, sus cañones desmontados a tiros o bien se lograba abrir una brecha.

En fin, básicamente este era el motivo de las obras exteriores. Como vemos, no era una cuestión baladí ya que de su buen diseño podía depender el mantener o perder una plaza fuerte, así que ahora puede que muchos se expliquen el motivo de estas extensas, complejas y onerosas obras. 

En fin, ya tá.

Hale, he dicho

domingo, 21 de agosto de 2016

Fortificaciones pirobalísticas. Tenazas


He aprovechado estos días en que tengo el cerebro gasificado por la puta caló para echar un vistazo a algunas entradas antiguas. Varias de ellas, con más de cinco años de antigüedad, la verdad es que han envejecido peor que un cuñado repudiado por todo el clan y privado de gorronear a mansalva, especialmente en lo tocante a los gráficos e ilustraciones. Sirva de excusa el hecho de que fueron elaboradas en los albores del blog y, para más inri, con el Paint, programa este que no da para muchas virguerías, la verdad. Por otro lado, los textos, aunque correctos, pecan de cierta brevedad y son un tanto escuetos, así que no estaría de más llevar a cabo una re-edición de estas entradas que, al fin y al cabo, son la esencia del blog. Recordemos que la temática primigenia de Castra in Lusitania son las fortificaciones tanto medievales como pirobalísticas, así que colijo debo mantener en buen estado las entradas dedicadas a esos temas. Es más, la intención es mejorar de forma sensible estas entradas antiguas a fin de que su contenido esté al nivel de calidad deseable.

Vista aérea de Valença do Minho (Portugal). Cada una de esas obras tiene
un nombre y una función específicos
Por otro lado, en un intercambio epistolar con uno de los probos castilleros con los que suelo cambiar impresiones sobre estos asuntos pétreos, me di cuenta de que la morfología y los distintos tipos de construcciones de estas fortificaciones suelen ser bastante desconocidas por lo general tanto en su denominación como en las funciones que desempeñaban. Estos fuertes, que vistos desde el aire o en un plano parecen un laberíntico  galimatías geométrico, constaban de diversas obras exteriores- algunas tan complejas que cuesta trabajo "descifrarlas"- que, casi siempre, no sabemos diferenciar o ni siquiera sabemos por qué están ahí. Así pues y sin enrollarme más, vamos a comenzar con una más concienzuda actualización de este tipo de fortificaciones a fin de que podemos formar un glosario lo más completo posible sobre las mismas. Sí, ya sé que a la mayoría de los que me leen les molan más otras temáticas como las entradas dedicadas a curiosidades, al armamento o a como se despedazaban nuestros ancestros, pero, repito, el origen del blog son las fortificaciones, y con ellas fue como me di a conocer. 

Así pues, al grano. Comenzaremos por la actualización de una de las obras exteriores más ensalzada en los manuales de fortificación de la época tanto por su sencillez como por su efectividad: la tenaza.

Grabado que muestra la población de Verrua, en el Piamonte. Sombreado en
rojo podemos ver la falsabraga que defendía el lado suroeste de la muralla
El origen de este tipo de obra se debió al parecer a la necesidad de sustituir o, en caso de fortificaciones ex novo, prescindir de la falsabraga. Las falsabragas tenían como finalidad en este caso aumentar la potencia de fuego de la fusilería ya que los ocupantes de la misma se sumarían a los del recinto principal situado a sus espaldas. Al parecer, fueron  los ingenieros holandeses los más proclives al empleo de este tipo de obra que pronto demostró su inutilidad ya que las falsabragas no eran sino la versión modernizada de los añejos antemuros medievales, y perdieron la razón de su existencia debido precisamente a la proliferación de la artillería de sitio. Porque mientras que en una fortaleza medieval el antemuro era una eficaz protección para impedir o dificultar tanto los asaltos mediante el lanzamiento de escalas como la posibilidad de adosar máquinas de batir- arietes o trépanos- o de aproximación- bastidas, tolenos, etc.-, en las fortificaciones pirobalísticas se podían convertir en un medio que facilitase al enemigo entrar por una brecha o, simplemente, perder su utilidad debido al derrumbe de la cortina  o el baluarte que defendía. El gráfico inferior nos permitirá comprenderlo mejor.


A la izquierda tenemos una fortificación B precedida por una falsabraga A. Como vemos, la cortina está siendo bonitamente cañoneada con la finalidad de abrir una brecha en la misma. Los escombros que caigan sobre la falsabraga obligará a sus ocupantes a desalojar la zona porque una cosa es morir heroicamente de un balazo en el cráneo, y otra palmarla con la cabeza aplastada como un higo bajo pezuña burrera a causa de un cascote. En una situación real, los disparos contra la cortina del recinto principal se alternarían con los efectuados contra la falsabraga a fin de abrir en la misma otra brecha que permita la escalada, por lo que ese sector quedaría totalmente desguarnecido. Una vez abierta la brecha, tal como vemos en la figura de la derecha, los mismos escombros servirían para facilitar el asalto. Así pues, como queda patente, las falsabragas podían convertirse en una trampa fatal para los defensores, por lo que eliminarlas era imprescindible de cara a presentar ante los enemigos unas obras exteriores lo más eficaces posibles.

Pero había algún que otro elemento defensivo que también precisaba de una revisión a fondo porque su utilidad era más que cuestionable. Observemos en el gráfico inferior la figura A, donde aparece el espaldón de un baluarte con una casamata baja. La artillería enemiga está cañoneando la parte superior para abrir una brecha, por lo que los escombros caerán ante la tronera, cegándola y neutralizando así su capacidad defensiva. Debido a ese evidente punto flaco, las casamatas se eliminaron en favor de las plazas bajas, de las que ya se habló en su momento y que vemos representadas en la figura B. Se daba por sentado que al estar separadas del espaldón podrían seguir activas aún en el caso de que el baluarte fuese bombardeado. Pero, obviamente, pretender que los servidores de las bocas de fuego emplazadas en una plaza baja permanecieran impasibles mientras que les llovían los cascotes y su reducido espacio disponible se llenaba de los mismos era absurdo, por lo que su utilidad también era más que cuestionable.


Así pues y a la vista de toda esta serie de inconvenientes, era preciso crear un nuevo tipo de obra que permitiese defender las cortinas de una fortificación y, al mismo tiempo, que sus defensores pudieran actuar sin más trabas que el fuego enemigo, que ya era bastante. Al mismo tiempo, esa nueva obra debería defender la gola de las obras que las precediesen- revellines, hornabeques o bonetes, todos ellos en sus distintas versiones-, pero también cubrir la retirada de las guarniciones de los mismos en caso de ser desalojados por los enemigos y, además, batir a estos por la zaga si se llegaban a apoderar de esas defensas. La solución a todo ello era algo tan asombrosamente simple y, a la par, tan eficiente como la tenaza.

La impresionante ciudadela de Lille. Sombreadas en rojo se
aprecian las cinco tenazas que defendían las cortinas de la
muralla principal
Según qué tratadista, este tipo de obra exterior tuvo un padre diferente. Lucuze afirma que el creador de la tenaza fue un ingeniero boloñés, concretamente el capitán Francesco de Marchi (1504-1576), mientras que el coronel Noizet Saint-Paul, en su obra "Elementos de fortificación" asegura, como no, que fue su ilustre paisano el marqués de Vauban. El general prusiano Heinrich von Zastrow también se inclinaba por la autoría de Vauban, e incluso añade que las primeras tenazas fueron construidas en la ciudad francesa de Lille. Pero en esto, como en tantas otras cosas, los gabachos pecan de un chovinismo feroz y nos quiere colar la paternidad del invento al marqués el cual, sin negarle su incuestionable genio militar, no inventó tanto como muchos creen sino que, más bien, supo hacer un uso muy inteligente de las obras escritas por tratadistas españoles, italianos y franceses anteriores a él. 

Francesco de Marchi
En todo caso, parece ser que, ciertamente, el invento fue producto del ingenio del tal Marchi si bien Lucuze comete un fallo en la datación del mismo ya que afirma que salió a la luz en 1599, cuando nuestro hombre llevaba ya 23 años de nada criando malvas. Pero, sea como fuere, lo cierto es que en la obra del abate Ercole Corazzi (editada en Bolonia el 2 de enero de 1720) "L'architettura militare di Francesco Marchi" se menciona como creación del boloñés una "cortina en ángulo entrante" así que, quizás, la idea de Marchi fuera un nuevo tipo de cortina, y fue Vauban el que tuvo la feliz ocurrencia de adaptar ese diseño como obra exterior posiblemente al ilustrarse en su obra "Della architettura militare". Bien, esto es lo que tenemos acerca del origen de esta obra pero, ¿en qué consistía? Lo veremos mejor en el gráfico inferior.

La tenaza, tenallón o tenazón consistía en un talud colocado en el hueco entre los flancos de dos baluartes, quedando de ese modo situado ante la cortina que unía los mismos. Estaba conformada por un terraplén invertido situado dentro del foso ante dicha cortina, con una altura igual a la del camino cubierto, el revellín o cualquier otra obra situada ante ella. Para defensa de su guarnición estaba provista de parapeto y banqueta para la infantería, de modo que pudieran disparar a pecho cubierto. En la figura A tenemos una tenaza simple, cuyo parapeto, como salta a la vista, forma una pequeña cortina entrante tal como sugería Marchi. Su ángulo seguían el mismo trazado que el de las caras de los baluartes que la flanquean. En la figura B aparece una tenaza doble la cual ofrecía un frente fortificado aún más eficiente ya que presentaba una cortina, dos caras y dos flancos, como si de un pequeño hornabeque se tratase. En ambos casos, estas obras estaban separadas no menos de 7 varas (5,9 metros) del recinto principal, por lo que no le afectaban los derrumbes producidos por la artillería tal como se explicó más arriba.


Con la vista en perspectiva de la izquierda podremos hacernos una idea más clara de la efectividad de la tenaza. Delante de la misma hemos colocado un revellín, el cual tiene la misma altura. Desde la tenaza se impedirá que los enemigos que avancen por el foso puedan acceder a dicho revellín ya que los contendrán con fuego de fusilería y, caso de que logren apodarse del mismo, estarían a merced de la guarnición de la tenaza. Recordemos que, por norma, todas las obras exteriores de las fortificaciones pirobalísticas estaban construidas de forma que las golas carecían de defensas para, caso de ser ocupadas, impedir al enemigo hacerse fuerte en ellas. Por otro lado, la tenaza permitiría a la guarnición del revellín replegarse con seguridad sin quedar a merced del enemigo, sumándose al contra-ataque de esa fortificación junto a los ocupantes de la tenaza. Por último, caso de ser imposible mantener el sector, solo restaría largarse echando leches por una poterna o por las generalmente laberínticas obras exteriores de que disponía cualquier fortaleza medianamente importante.


Puede que alguno se pregunte qué necesidad había de tanta obra exterior cuando desde el recinto principal podía repeler impunemente a la infantería enemiga. La respuesta la tienen en el gráfico de la derecha. Como se puede ver, A es el recinto principal cuyo terraplén está a varios metros por encima del nivel del suelo. La artillería emplazada en el mismo carece de ángulo de tiro para distancias cortas, de forma que los fusileros enemigos pueden aproximarse impunemente en el momento en que las bocas de fuego no puedan disparar más hacia abajo. Además, el grosor del parapeto no permitía abrir fuego a corta distancia ni a la guarnición a causa del espesor del parapeto, de tres o cuatro metros o incluso más. Sin embargo, desde la tenaza B, situada a una cota inferior, sí había ángulo de tiro para disparar a todo lo que se moviera por el foso C, o bien por el camino cubierto, revellín u hornabeque D. Y aprovechando que en este gráfico se puede apreciar mejor, comentar que, además de todas las ventajas señaladas acerca de este tipo de obras, su altura permitía que pequeños grupos de defensores salieran de la fortaleza por una poterna y, protegidos por la tenaza mientras se agrupaban, iniciar un ataque por sorpresa contra los atacantes que pudiera haber en el foso o intentando apoderarse de cualquier obra exterior. 

Bien, ya hemos visto como fue el origen de este tipo de fortificación, así como las cualidades que la caracterizaban y que la hicieron, según todos los tratadistas de la época, imprescindible en cualquier fortaleza. Sin embargo, la evolución de la tenaza no se quedó en las dos tipologías que hemos estudiado hasta ahora, la simple y la doble, sino que fueron surgiendo otras para fortificar determinadas zonas sensibles más allá de la mera defensa de una cortina. En este caso sí fue Vauban el que empleó las tenazas para combinarlas con otro tipo de obras para mejorar la defensa de los recintos principales sin necesidad de emplear muchos y costosos elementos. En el gráfico superior tenemos una tenaza flanqueada por dos contraguardias A y B (no confundirlas con los revellines), presentando así un amplio frente ante la fortaleza. Desde estas obras se podía controlar el camino cubierto o cualquier otro tipo de construcciones y, al mismo tiempo, estarían fuera del ángulo visual de los atacantes ya que se encontraban dentro del foso. Solo con bombas de mortero o un ataque en masa de infantería podría desalojarse a los defensores, los cuales verían aumentado su número en caso de repliegue de las guarniciones de las obras precedentes. Los espacios libres entre las tenazas y las contraguardias permitían una retirada rápida y, al mismo tiempo, dificultaba a los enemigos el acceso al la escarpa del foso.

En fin, esto es lo que da de sí este tipo de obra. No obstante, la tenaza evolucionó según qué circunstancias para fortificar determinados sectores especialmente sensibles como, por ejemplo, elevaciones en las que los enemigos podrían emplazar su artillería, o en zonas por las que convenía cerrar el paso ante un hipotético asalto. Pero eso lo veremos en otra entrada porque ya me he enrollado más de la cuenta y no tengo ganas de darle más a la tecla.

Hale, he dicho