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jueves, 2 de septiembre de 2021

DISCIPLINA NAVAL. PENAS Y CASTIGOS

 

- Cuñao, ehtoy cagaíto, ehto tié mu mala pinta...
- Ya te lo dije, so mamón... Quitarle er güifi y loh móvile no era la mejó solusión
- ¿Qué pueo jasé...?
- ¿Tú llegahte a aprendé a nadá? Po vete preparando...
- Quién me mandaba a mí meterme a marino con lo a guhto que ehtaba yo en Siudá Reá, que é má de secano que un alacrán...

Celebración de un consejo de guerra en la cubierta de un barco.
Generalmente, el acusado no tenía derecho a un defensor
Bien, ya hemos visto cómo estaba el tema disciplinario en la edad de oro de la navegación, así como los motivos que impulsaron a las potencias navales a establecer una serie de normas que, de forma minuciosa, establecían todas y cada una de las posibles faltas o delitos punibles, así como los castigos que había que imponer a los faltones para hacerles ver que no era nada recomendable saltarse a a torera las reglas establecidas. De forma genérica, los capitanes tenían autoridad para imponer castigos salvo en el caso de delitos graves que, llegado el caso, eran los consejos de guerra los que debían decidir al respecto. Sin embargo, eran precisamente los capitanes los que menos interés tenían en que llegara la sangre al río porque la convocatoria de un consejo de guerra era un arma de doble filo. 

Cuando la tripulación flaqueaba o la moral se
venía abajo en pleno combate, de la autoridad y
la entereza del capitán dependía todo, incluyendo
su misma reputación si no era capaz de detener
la incipiente rebelión
El hecho de que un marinero o incluso un guardiamarina o un oficial perpetrara un delito grave podía volverse contra el capitán ya que tanto sus iguales como sus superiores podrían poner en tela de juicio su capacidad para el mando, así como su misma autoridad. Por poner un ejemplo, un marinero que se cargaba a otro en una reyerta a bordo era obviamente un tema chungo. El marinero tenía todas las papeletas para acabar colgado del pescuezo, pero las consecuencias de la reyerta iban más allá del simple acto homicida. ¿Cómo es que el capitán no mantenía una férrea disciplina en su nave? ¿Cómo permitió que su gente llegara a esos extremos sin que nadie lo impidiera? Y ya puestos, ¿y si fue la mano del capitán la que guió al asesino porque tenía entre ceja y ceja a la víctima? La lista de suposiciones que ponían en entredicho al capitán era tan larga que a este le entraban sudores fríos si, llegado el caso, el consejo de guerra le pedía más explicaciones de la cuenta, y si los testigos no afirmaban rotundamente que todo fue consecuencia de un avenate por cualquier chorrada, se le podían poner las cosas bastante chungas hasta el extremo de que lo mejor que podía pasarle era ser expulsado de la armada antes de entrar en más profundidades. Siempre podía trabajar en la marina mercante, donde los capitanes de la marina de guerra estaban bien cotizados. Pero no nos adelantemos que las prisas son malas. Veamos paso a paso los delitos punibles y los castigos que se aplicaban.

Pero, ante todo, una advertencia: obviamente, no podemos reproducir las interminables retahílas de artículos que detallan de forma minuciosa los posibles delitos o faltas, así cómo la forma de reprimirlos o castigarlos. Sirva de ejemplo el hecho de que el reglamento de 1648 de la Armada española, en su Título Cuarto contempla nada menos que 80 artículos, y los que estaban vigentes en Francia o Inglaterra eran igualmente de enjundiosos, así que tendremos que sintetizar un poco estas cuestiones. 

Los capitanes no lo tenían fácil ya que, además de mantener
la disciplina, prácticamente tenían vetado rendirse salvo
contadas excepciones, como quedarse sin munición, ver su
nave a punto de hundirse o enfrentarse a una fuerza tan
superior que sería imposible enfrentarse a todos
Como ya pueden imaginar, los delitos más graves eran los que atañían a la rebelión, los motines, las agresiones físicas a los superiores con o sin armas en la mano, la desobediencia en combate o la sodomía, pecado nefando especialmente perseguido. Todos eran susceptibles de ser castigados con la pena de muerte tras ser sometido a un consejo de guerra el o los culpables. Pero, como ya se ha comentado, no solo la marinería, los suboficiales o los guardiamarinas y oficiales subalternos podían verse ante un tribunal. De forma genérica, cualquier capitán debía dar cuenta de su actuación en cualquier circunstancia, desde un simple naufragio a una rendición indecorosa. La pérdida de un buque de guerra no era ninguna tontería, y si el consejo de guerra acababa dictando que se había debido a una negligencia de su capitán, la cosa podía acabar muy mal. Tan mal como ser pasado por las armas, vaya... En España, los consejos de guerra eran presididos por el Comandante General del Departamento donde estuviera asignado el buque, el cual convocaba a una serie de oficiales que no podían ser menos de siete ni más de trece, no pudiendo negarse a participar en el consejo de guerra salvo motivos justificados. De lo contrario sería suspendidos de empleo. 

Verse colgado de un penol fue el final de muchos marineros
Las penas, dependiendo por lo general del delito, podía ser muerte por ahorcamiento o fusilamiento, dependiendo también si el reo era marino- en cuyo caso lo habitual era la horca- o pertenecía a la gente de guerra del buque, o sea, un infante de marina que sería pasado por las armas. Si uno se libraba de ser ejecutado tampoco es que acabase muy bien parado. Por poner algún ejemplo, según el artículo XIII del Título Cuarto "el que en qualquiera ocasion amotinare la gente de su navío, ocasionando desobediencia o excitando a resistir a los oficiales, será ahorcado; y el que echare mano a las armas a bordo, o en tierra, para favorecer el motín, se cortará la mano sea individuo de guerra o de mar". Como vemos, no se andaban con tonterías. 

Las galeras del rey, otra forma de muerte en vida
En el artículo siguiente se detalla que si un infante de marina o un artillero mete mano a su arma contra un centinela, será fusilado, mientras que el marinero que agrediera a un centinela, sargento o cabo de escuadra "... será condenado a diez años de galeras, y a muerte si hiciera armas contra ellos". Ser enviado a darle al remo, como ya explicamos en su día, era casi una muerte segura por las infames condiciones de vida en esas naves, en las que pocos forzados lograban licenciarse tras cumplir la condena. No obstante, cuando las galeras pasaron a la historia se cambió la pena por trabajos forzados en los astilleros, donde en vez de remar echaban el bofe realizando las tareas más pesadas y asquerosas, y por cierto que el Reglamento español contenía infinidad de delitos punibles con penas de galeras, presidio en África o trabajos forzados de entre 4 y 10 años. En cuanto al fusilamiento, se procedía de la siguiente forma: toda la tripulación debía subir a las jarcias y las vergas, mientras que la gente de guerra se reunía en el alcázar. De este modo, la cubierta quedaba totalmente despejada, ocupada solo por los centinelas de rigor. El reo era conducido a cubierta custodiado y puesto de rodillas ante la tropa, momento en que el escribano le leía la sentencia. Una vez concluida la lectura se le llevaba al castillo de proa, donde era atado a la serviola y se le vendaban los ojos antes de ser pasado por las armas. En caso de ahorcamiento, se procuraba que se ejecutase en puerto a la vista del mayor número de tripulantes posibles. En este caso, la sentencia la ejecutaba un verdugo civil si bien, en caso de no haber posibilidad de poder llevarse a cabo el ahorcamiento, se fusilaba. 

Fusilamiento por la espalda de un traidor
Los gabachos (Dios maldiga al enano corso) actuaban de una forma similar y, evidentemente, por delitos similares, que en eso prácticamente todas las armadas se regían por los mismos baremos. En este caso, los consejos de guerra  eran presididos por un general de la flota, tres capitanes de navío, dos tenientes de navío y un alférez de navío, todos obligatoriamente mayores de 30 años. En cuanto a las penas, eran similares: fusilamiento, horca o galeras, que entre estos ciudadanos eran denominados como galériens o forçats que, con la llegada de la Revolución eran enviados por parejas encadenados uno al otro a trabajos forzados en los puertos. Donde sí se establecía una pequeña diferencia era en el fusilamiento: en caso de ser reo de traición o cobardía era fusilado por la espalda. La ejecución se llevaba a cabo en la nave, izando previamente una bandera roja y disparando un cañonazo para advertir a los demás buques anclados en el puerto que se iba a proceder a la ejecución. Para que sirviera de escarmiento, todas las tripulaciones debían formar en cubierta tras lo cual sus respectivos capitanes anunciaban el motivo por el que el fulano iba a ser pasado por las armas en breve. El reo era conducido al castillo de proa, donde según su delito sería colocado mirando hacia el pelotón o de espaldas y palmaría en un periquete.

Fusilamiento del almirante Byng
Entre los british (Dios maldiga a Nelson) los consejos de guerra eran más complicados de organizar ya que requerían un mínimo de cinco y un máximo de trece oficiales superiores, o sea, capitanes o almirantes que, caso de que el delito se hubiera cometido en cualquier colonia del planeta, ya podrán imaginar que no era fácil reunirlos. Por otro lado, los Artículos de Guerra no eran tan minuciosos como el Reglamento español, que daba pelos y señales de cada posible delito. En este caso, la pena se aplicaría "como se considerase que merece el consejo de guerra", por lo que el mismo delito podía ser castigado de distintas formas en base a una serie de factores. Por ejemplo, se tenía en consideración si el capitán era un veterano o, por el contrario, un hombre inexperto, o si el que se había rendido era el capitán o, por el contrario, un joven oficial que había tomado el mando porque todos los que estaban por delante de él habían palmado en combate. Sea como fuere, las penas de muerte se ejecutaban mediante fusilamiento en el caso de oficiales y de ahorcamiento para la tropa o marinería. Pero ojo, esta aparente flexibilidad no significaba que los consejos de guerra no fuesen inexorables a la hora de aplicar la pena capital si consideraban que el culpable había faltado a su deber, y más si por su rango tenía más responsabilidad. El caso más famoso fue el del almirante John Byng, fusilado el 14 de marzo de 1757 en la cubierta del HMS Monarch como reo de cobardía por haber perdido la isla de Menorca a manos de los gabachos. Fue un tema polémico porque, a pesar de que hubo muchas voces pidiendo la conmutación de la pena, se dijo que fue el chivo expiatorio del Almirantazgo por la derrota sufrida. En todo caso, y por consideración a su rango, fue ejecutado de rodillas sobre un cojín y se le permitió dar la orden de abrir fuego al piquete de infantes de marina que lo liquidó dejando caer un pañuelo.

En cuanto a las ejecuciones por ahorcamiento (véase grabado de la izquierda), eran básicamente iguales en todas partes. La soga se pasaba por una polea en un penol y se colocaba el dogal en el cuello del reo. A una señal, un grupo de marineros tirarían con fuerza de la soga para procurar partirle el cuello, evitando así una muerte más lenta por estrangulamiento. Hubo casos de reos que, a la vista del panorama, optaban por arrojarse desde la cubierta al mar para, con la caída, desnucarse y partir de este mísero mundo en un santiamén. Por cierto que, en caso de que el delito cometido fuese de extrema gravedad, como un conato de motín o cobardía, el capitán podía actuar por su cuenta y mandar colgar al que fuese sin necesidad de encerrar al fulano en la bodega a la espera de tocar puerto. Ante la necesidad de imponer la disciplina en momentos en que la supervivencia de todos dependía de la disciplina, era preferible mancar ahorcar a los cabecillas y engrilletar al resto, que serían juzgados al llegar a puerto, y ya daría el capitán las explicaciones oportunas al consejo de guerra sobre los motivos que le impulsaron a ejecutar a los sediciosos. Obviamente, con el testimonio de los oficiales y los tripulantes que habían permanecido leales a su capitán bastaba y sobraba para dar por bueno el ahorcamiento de los amotinados.

Bien, así se cumplían las penas capitales y las penas para delitos chungos que cambiaban una muerte rápida por una lenta currando varios años hasta deslomarse o palmar de cualquier enfermedad en los arsenales, astilleros o presidios que España, Francia o Inglaterra tenían repartidos por todas partes. Veamos a continuación el resto de castigos del extenso catálogo disponible en los reglamentos de la época.

PASAR POR LA QUILLA

Este castigo, inventado al parecer por los holandeses, era una pena de muerte de facto. El reo era amarrado con una soga que previamente se había pasado por debajo del barco de costado a costado. A la orden del capitán, era arrojado al agua mientras que un grupo de marineros tiraba de la soga para que pasase por debajo del casco. Puede parece una chorrada, pero era un castigo despiadado. Toda la fauna parasitaria pegada al casco, mucha de ella en forma de moluscos con afiladas conchas, producían cientos de cortes al desdichado mientras que tiraban de él. Si jalaban más rápido los cortes serían más profundos, y si lo hacían despacio se ahogaría. Lo habitual era que cuando se le sacaba a la superficie, el hombre se había convertido en comida para gatos, y generalmente salía muerto del agua o, a lo sumo, moría al poco tiempo. Este brutal castigo fue suprimido entre finales del siglo XVIII y mediados del XIX. En Francia en concreto se abolió en 1848 pero, al igual que en otras armadas, hacía ya muchos años que no se practicaba por lo cruento del mismo. Total, el merecedor de ser pasado por la quilla podía ser fusilado o ahorcado y acababan antes.

AZOTES

El famoso gato de nueve colas
Era el castigo más habitual para los delitos que, dentro de la gravedad, se solían cometer con más frecuencia: faltas de respeto, no cumplir las órdenes con la debida diligencia, ser negligente en el cumplimiento del servicio, emborracharse, meter mujeres en el barco, pasar la noche fuera del barco estando en puerto, encender fuego o fumar sin permiso o en el sitio inadecuado y, en resumen, una lista tan larguísima que harían falta tropocientos párrafos para enumerarlas. En estos casos, hasta los guardiamarinas estaban expuestos a ser castigados con una pena que, además de dolorosa, era humillante, pero así se metía en cintura el personal aunque, curiosamente, se daban bastantes casos de reincidencia a pesar de que una tanda de azotes te dejaban los lomos, según testigos de la época, como "
carne asada quemada casi negra ante un fuego abrasador". La cantidad de azotes habitual era una docena, que ya eran suficientes para dejarle a uno las costillas al aire. Para más cantidad era en teoría necesario que lo autorizase un consejo de guerra pero, ante la imposibilidad de convocarlo ya que hablamos de delitos cometidos en el mar, muchos capitanes recurrían a una sutil estratagema: no castigaban por un delito, sino por varios, por lo que el reo recibiría tantas tandas de latigazos como faltas cometidas. 

Flogging round the fleet, el más bestial de los castigos.
En la chalupa va el reo medio muerto de las palizas recibidas
llegando a otro buque donde recibirá su ración de latigazos
propinados por el contramaestre que lo espera en la mesa
de guarnición mientras la tripulación contempla el castigo
En España, al reo se le sujetaba a un cañón y se le daba estopa si bien, pero en caso de que el castigo pusiera en peligro la vida del marinero se suspendía. Pero ojo, suspender no era condonar, y si habían quedado pendientes cuatro latigazos pues se le completaba la tanda cuando se recuperase de la paliza anterior. Los british eran bastante más cafres en este tema. El archifamoso gato de nueve colas dejaba las espaldas convertidas en una masa de carne picada, y se dieron casos de reos condenados a decenas de latigazos que, obviamente, acabaron con sus miserables vidas. El gato en cuestión era un mango de unos 60 cm. provisto de nueve cuerdas con varios nudos separados uno 8 cm. y que, obligatoriamente, debían descargarse con toda la fuerza posible. De hecho, si el capitán se percataba de que el contramaestre- eran los encargados de ejecutar este castigo- no se empleaba a fondo, este podía verse sustituyendo al reo en el enjaretado donde el sujeto era inmovilizado para recibir el castigo. El capitán más brutal fue al parecer un tal Hugh Pigot, que durante su mandato en el HMS Success entre el 22 de octubre de 1794 y el 11 de septiembre de 1795 ordenó 85 flagelaciones que sumaron un total de 1272 golpes, lo que sale a una media de 15 latigazos por hombre si bien las tandas no fueron lógicamente iguales. Al parecer, algunos llegaron a recibir 48 latigazos, cuatro veces más de lo permitido para un capitán. 

El castigo, como se ha dicho, se impartía inmovilizando al reo en un enjaretado colocado verticalmente junto a la escalerilla del castillo de popa. El capitán y los oficiales, así como toda la tripulación debían presenciar el castigo que aplicaba el contramaestre, depositario del puñetero gato que guardaba en una bolsa de tela roja. Una variante extrema de la flagelación entre los british era el flogging round the fleet, flagelación alrededor de la flota. Era un castigo reservado para delitos graves que, de hecho, era una pena de muerte de lo más sanguinaria. Se aplicaba cuando el buque donde servía el reo estaba en puerto, y consistía en inmovilizarlo en un trípode colocado en un bote que recorría todos los navíos anclados en el mismo. Cuando llegaba ante uno de ellos lo esperaba toda la tripulación formada y el contramaestre con el gato de nueve colas preparado. El capitán daba lectura a la sentencia y recibía la cantidad de latigazos dictada por el consejo de guerra, y así hasta completar el recorrido por la última balandra o cañonera. De ese modo, un tal Thomas Young recibió 300 latigazos por haber desertado, y ya podemos imaginar cómo acabó el fulano este.

Guardiamarina castigado por sus propios compañeros
En cuanto a los pajes y grumetes, no se libraban de estos castigos debido a su corta edad, si bien no se aplicaban con un látigo, sino con una vara y nunca más de una docena de golpes. Lo habitual era ponerlos boca abajo sobre un cañón y, cómo los niños malos, endilgarles los varazos en el culo. Ojo, que una vara de ratán de un dedo de gruesa te produce un verdugón suntuario, y para mantenerlas flexibles y que el golpe abarcara más superficie los colgaban encima de los fogones para que el vapor impidiera que se pusieran rígidas. Otra opción eran las ramas de abedul, que se sumergían en vinagre o salmuera con la misma finalidad. En cuanto a los guardiamarinas, en vez del infamante látigo se recurría a la vara o al rebenque, que también era cosa fina pero, al menos, "solo" te dejaba doce hematomas bestiales y alguna costilla fisurada. Por cierto que los british llamaban "besar a la novia del artillero" lo de colocar al reo sobre un cañón.

LA CARRERA DE BAQUETAS

Una carrera de baquetas. La paliza podía
ser mortífera si se juntaba una tripulación
de varios cientos de hombres
Este era un castigo típicamente militar que, como muchos sabrán, consistía en formar dos filas por las que el reo debía pasar mientras recibía golpes de baqueta en la espalda. Como es evidente, no podía pasar al galope, ya que se lo impedía un soldado que se colocaba delante con el fusil con la bayoneta calada mirando hacia atrás mientras caminaba parsimoniosamente para que el reo recibiese el mayor número de baquetazos que, no lo olvidemos, eran propinados con las baquetas de acero al uso en las armas militares, no las de madera propias de las armas de uso civil. Por lo general se aplicaba a los ladrones, delito muy mal visto ya que suponía faltar a la confianza que todos los tripulantes depositaban en sus compañeros, por lo que el castigo lo ejecutaban ellos mismos a modo de venganza hacia el chorizo que había faltado a uno de los más importantes principios que debía regir en un buque de guerra.  
En la Armada española, este castigo se practicaba solo con la gente de guerra y pudiendo alcanzar hasta las seis carreras, mientras que a la marinería les reservaban por sistema los latigazos. Además, en caso de que el bien robado no apareciese, al ladrón se le detraía de la paga el valor del mismo, el cual le era entregado a la víctima del robo. Y ojo, que si el contramaestre o el marinero encargado por este de impartir el castigo se negaban, también pasaban a recibir su paliza reglamentaria por ser tan compasivos.

Sin embargo, los british aplicaban la carrera de baquetas (running the gauntlet, según estos isleños) indistintamente tanto a unos como otros. En su caso, sentaban e inmovilizaban al reo en un balde que a su vez se colocaba sobre un enjaretado. Antes de empezar la sesión, el contramaestre le calentaba el lomo con una docena de latigazos y, a continuación, se tiraba de un cabo para deslizar el enjaretado entre las dos filas de marineros que esperaban al mangante provistos de sendas cuerdas formadas por tres cordeles trenzados y con un nudo en el extremo. Para impedir que el reo se inclinase o intentara esquivar los golpes, delante del mismo caminaba un maestro de armas con la espada apuntándole al pecho. En la marina francesa también se aplicaban las carreras de baquetas (châtiment de baguettes), pero solían ser más aficionados a 

LAS ZAMBULLIDAS

Colgando de un penol vemos al reo en plena sesión de
zambullidas. Al rededor, las tripulaciones de otros navíos
contemplan el castigo para que sepan lo que vale un peine
Este castigo se aplicaba por delitos similares a los merecedores de azotes, si bien variaba la forma de ejecutarlo. Los gabachos le daban el nombre de cale (literalmente, ahogamiento), y para ejecutarlo pasaban una soga por una polea de un penol y colocaban al final una barra del cabrestante, en la cual se sentaba el reo. Para aumentar el castigo se solía lastrar la barra con una bala de 30 libras. Una vez inmovilizado el reo en la barra se le izaba hasta el penol y se le dejaba caer de golpe al agua. El lastre contribuía a que la caída fuese más violenta, ergo más dolorosa (hablamos de caer desde una altura de 10 o 15 metros), y a hundirse más profundamente, por lo que la extracción duraba más tiempo aumentado así la sensación de asfixia. En la marina francesa no se podía exceder de tres zambullidas. Una variante especialmente dolorosa era la llamada cale seche (ahogamiento seco), que consistía en detener bruscamente la caída antes de tocar el agua, lo que provocaba que la soga se clavase en la carne. Si la zambullida se ejecutaba en puerto, el buque izaba una señal y anunciaba el castigo con un cañonazo, convocando a todas las naves presentes incluyendo las civiles a presenciar el castigo. Si había muchas, formaban un semicírculo alrededor del navío protagonista de la fiesta para que nadie se la perdiera. 

En la marina española también se practicaban las zambullidas, que podían llegar hasta seis según la gravedad del delito, mientras que los british ejecutaban este castigo de forma similar. En ambos casos también se lastraban a los reos con balas de cañón o palanquetas, pero en vez de sentarlos en una barra de cabrestante eran simplemente colgados con una soga por los sobacos.

LA MORDAZA

Marinero engrilletado y amordazado
Este era un castigo que podría parecer chorra, pero que a alguno que otro le costó la vida, muriendo asfixiado. La mordaza la aplicaban los british y los gabachos a los que insultaban o faltaban el respeto a los superiores, mientras que los españoles hacían lo mismo, pero aumentando el abanico de opciones aplicando el castigo a los blasfemos. Como ya comentamos en la entrada anterior, con el tema religioso no se pasaba ni una, y a los reincidentes no dudaban el atravesarles la lengua con un hierro al rojo, con lo cual no solo no podrían blasfemar más, sino que apenas podrían balbucear su nombre durante el resto de sus vidas. La mordaza consistía en abrir la boca del reo y colocarle un perno de hierro en la misma firmemente sujeto a la cabeza con cuerdas. La duración del castigo quedaba al arbitrio del capitán, y podía dejarlo así tantas horas como le diese la gana. Obviamente, mantener la boca forzada durante horas podía producir unos dolores horribles en la cara y la cabeza, e incluso provocar la muerte como hemos dicho.  Los british, siempre tan creativos, añadían un extra a este de por sí doloroso castigo: obligaban al reo a permanecer en cuclillas con los pies apoyados en sendos cañones y vigilado por un guardia para que no variase de postura, por lo que al dolor de jeta se sumaban los calambres que empezaría a sentir en las piernas al cabo de un rato en tan incómoda posición.

IR AL CARAJO

Un guardiamarina al que han mandado al carajo
Aunque se da por sentado que este castigo consistía en mandar al reo a morirse de asco en un mastelero, lo cierto es que el término carajo no aparece en los diccionarios navales de la época. No sabemos si era un palabro tomado de otro idioma, una corrupción fonética o una forma familiar de denominar una parte del mástil. Sea como fuere, lo cierto es que ser enviado a lo más alto de un palo mayor no era ninguna tontería. Con buen tiempo, pasarse varias horas en un sitio así podía ser incluso agradable hasta que el sol empezaba a achicharrarte, pero con marejada o en plena tempestad sería infernal. Los bandazos de la nave se multiplicaban en amplitud, la hipotermia no tardaba mucho en presentarse, y si no se quería acabar estampado contra la cubierta o zambullido en el mar había que atarse al mastelero y esperar la orden para bajar. Este castigo, del que no se libraban los guardiamarinas, los pajes y los grumetes, podía durar hasta 24 horas o más en las cuales el reo no podía bajar a comer o beber salvo que algún gaviero compasivo se molestase en subirle algo para aliviarle la sed y el hambre. Si le pillaba la noche, para poder descansar algo se bajaban de la mesa del mastelero donde se sustentaban (eran cuatro tablones cruzados por parejas) y se tumbaban como podían en la cofa, donde había más espacio. En resumen, que ser mandado al carajo no era precisamente un premio. Por cierto, una variante española de ser mandado al carajo consistía en sentar al reo en un estay con los tobillos lastrados con palanquetas, por lo que el dolor de culo al cabo de un rato sería simplemente fastuoso. Permanecer sentado en un cable durante horas no debía ser nada aconsejable para las hemorroides, y si le fallaban las fuerzas se caía sobre cubierta poniéndolo todo perdido de vísceras desparramadas.

SPREAD EAGLE

Literalmente, despatarrado. Este castigo era exclusivo de los british, y consistía en inmovilizar al reo en los obenques apoyado sobre un flechaste tal como vemos en la imagen, o sea, abierto de brazos y piernas, y a una determinada altura sobre las batayolas. Este castigo también podía durar varias horas y, tampoco era ninguna chorrada por una sencilla razón: el agua salpicaba constantemente al reo, lo que en caso de mal tiempo suponía un elevado riesgo de hipotermia o agarrar una pulmonía antológica. En determinadas latitudes, la ropa empapada podía helarse y matar al hombre en cuestión de minutos. Aparte de eso, los bandazos del barco lo zarandeaban, clavándole las ligaduras en muñecas y tobillos. Y si el tiempo era bueno, pues igual de malo porque al cabo de un rato el sol hacía sus efectos, y en zonas tropicales la insolación estaba asegurada, aparte de verse con el torso achicharrado. Como vemos, lo que en apariencia son castigos poco mortificantes, al cabo de varias horas podían convertirse en un verdadero suplicio. Todo el peso del cuerpo reposando sobre un delgado flechaste, las ligaduras que lo mantenían inmovilizado a los obenques y el constante balanceo, más el frío gélido o el calor achicharrante podían convertir este castigo en algo que el reo no olvidaría en su vida. Curiosamente, a pesar de los severos correctivos las reincidencias no eran raras, lo que hace suponer que a mucha de esta gente le importaba todo tres leches y la disciplina se la tomaban a su aire.

STARTING

Como ya anticipamos en la entrada anterior, el starting (sobresalto o susto) era una práctica habitual en la Royal Navy con la que se estimulaba continuamente al personal para que trabajasen con la mayor diligencia posible. Se aplicaba con varas de ratán o rebenques que los contramaestres y guardiamarinas no dudaban en emplear sobre todo aquel que, con o sin motivos, considerasen que debía ser advertido de que no rendía adecuadamente. No era un castigo propiamente dicho, sino que se consideraba un mero estímulo sin más, pero el caso es que un varazo en plena jeta o un golpe de rebenque en la espalda no eran ninguna tontería, y más de un marinero reaccionaba al castigo como podemos imaginar, o sea, dándole dos hostias al guardiamarina de 15 años que acababa de provocarle un hematoma serio a un marinero veterano con varios años de travesía. Pero el problema era que en la Royal Navy, soltarle un guantazo a un niñato aprendiz de oficial era una agresión a un superior, cuando no un conato de motín, por lo que la víctima se convertía en victimario y tendría que verse las caras con el capitán, que no duraría ni medio segundo en mandar al contramaestre que le dejara una docena de firmas en la espalda como recuerdo. 

GRILLETES, CEPOS Y PRISIÓN

Condenados a grilletes y encierro en la bodega mientras
estén libres de servicio
Estos eran los castigos menores que se aplicaban en cualquier armada contra faltas de escasa relevancia como la falta de higiene, arrojar inmundicias por la borda, pillar una cogorza y chorradas por el estilo. Los grilletes se debían llevar un determinado número de días en los que debía efectuar sus labores con los mismos, lo que obviamente era una molestia notable, y más en un cascarón que no paraba de moverse. El cepo era similar, pero fabricado de madera, y según los deberes del reo, se le liberaba del mismo mientras durase su servicio para, a continuación, volver a colocárselo. Los british también usaban un cepo colocado en el cuello que, para más recochineo, se lastraban con balas de cañón. Estos castigos solían ir acompañados de acortamiento de raciones, un determinado número de días a pan y agua, restricciones de vino o grog, multas y retenciones de la paga. Además, durante el tiempo que durase el castigo, el tiempo libre lo pasaría encerrado en la bodega. En cuanto a la prisión, era un tema complicado porque en un barco era necesario que hasta el último hombre estuviera operativo, por lo que mantenerlo encerrado era para el reo unas vacaciones en las que se pasaba el día sin dar ni golpe hasta que tocasen puerto. De ahí a que se optara por imponerle los grilletes y que currase el tiempo que le tocara, y cuando arribaban a su destino era entregado a las autoridades para que fuera conducido a prisión, donde cumpliría su pena sin que la tripulación se viese mermada ya que, lógicamente, el reo era de inmediato sustituido por otro hombre.

Meter mujeres en los barcos era quizás el delito
más frecuente cuando tocaban puerto por razones
obvias. Los que no podían desembarcar por estar de
servicio optaban por meter las que pudieran de
tapadillo para aliviar sus humores reprimidos
durante meses y meses de travesía
Bueno, criaturas, como vemos, los temas relacionados con la disciplina no eran cosa de risa. Nadie, absolutamente nadie estaba a salvo de recibir un castigo, la lista de faltas y delitos punibles era más larga que la de políticos corruptos, y los castigos que se infligían acabamos de enumerarlos, y ninguno de ellos era para tomarlo a broma porque absolutamente todos suponían un maltrato físico bastante importante, cuando no mortal si se aplicaban en exceso. Sin embargo, no podemos dejar de reconocer que, de no haber existido esa férrea disciplina y el temor reverencial a los mandos, las tripulaciones habrían hecho lo que les hubiera dado la gana, para no hablar de los hombres secuestrados por la leva que estaban deseando aprovechar la mínima ocasión para tomar las de Villadiego. Y solo esa disciplina era la que hacía posible que miles y miles de hombres arrostrasen los innumerables peligros que acechaban a los que se aventuraban a embarcarse en una época en que eso de los botes salvavidas estaban por inventar, no había forma de que te rescataran en caso de hundimiento y las batallas navales eran verdaderas carnicerías donde, al contrario que en las terrestres, no había la posibilidad de huir entre otras cosas porque largarse le suponía al capitán acabar delante de un piquete de ejecución. En el mar, cuando se combatía solo había dos opciones: vencer o morir, y ante esa perspectiva solo hombres muy disciplinados tenían una posibilidad de salir vivos del brete.

En fin, ya he tecleado en demasía, y sus cuñados recién llegados de las vacaciones estarán deseosos de contarles alguna chorrada naval porque los pasearon media hora en una lancha neumática, así que aprovechen para clavar un clavo más en sus ataúdes de pino barato.

Hale, he dicho

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A la vista de lo visto, dudo que hubiese cola para enrolarse en las marinas europeas


domingo, 29 de agosto de 2021

DISCIPLINA NAVAL

 

Fotograma de la cinta "Rebelión a bordo" (1962) en la que el cruel y tiránico capitán Bligh, interpretado magistralmente por Trevor Howard, contempla impasible junto al resto de la oficialidad del navío cómo el contramaestre está breando a latigazos a un marinero. Esta escena podía verse en cualquier buque de la época independientemente de su nacionalidad

¿Quién no ha visto una peli o leído una novela ambientada en temas navales dónde en algún momento no salga a relucir el estirado y gélido oficial que ordena una tanda de latigazos a su cuñado por tardar 0,8 segundos en obedecer una orden? Creo que cualquiera, hasta los totalmente profanos en la materia, tienen aunque sea un vago conocimiento de la férrea disciplina que se imponía en las marinas de guerra europeas donde, curiosamente, los castigos para meter en cintura al personal eran similares con alguna que otra variante. Al cabo, la letra con sangre entra.

La Flota de Indias, sueño dorado de cualquier corsario. Aunque los
british han vendido la milonga de que los cazaban como conejos, la
realidad era precisamente lo contrario. La proporción de buques
apresados o hundidos por esos mangantes isleños fue ínfima en
comparación con los que les apresó y hundió la armada española

Ente los siglos XVII y XIX, cuando España, Inglaterra y Francia estaban constantemente a la gresca por ver quién le hacía la puñeta al otro, las armadas de estas tres naciones en particular ya no eran las típicas escuadras que se formaban para llevar a cabo una acción concreta y, una vez terminada, languidecer en los puertos a la espera de otra llamada a las armas. Antes al contrario, la expansión del imperio español por el Nuevo Mundo y Extremo Oriente supuso un aumento del tráfico naval de tal envergadura que hizo imprescindible la presencia de naves de guerra para vigilar que los corsarios ingleses, gabachos y holandeses (Dios maldiga a Nelson, al enano corso y a Orange) hicieran de las suyas. Posteriormente, la presencia de ingleses y gabachos en Norteamérica y el Caribe aumentó de forma progresiva el merodeo marítimo hasta llegar un punto en el que había cientos de buques de guerra de un lado para otro, bien a la caza de convoyes que a su vez iban protegidos por escuadras, bien en busca de algún cacho de tierra que aún no hubiera sido tomado "en nombre de su católica/graciosa/cristianísima majestad e incluso buscando los buques enemigos que, a su vez, buscaban mercantes que apresar. Entre las incursiones llevadas a cabo por mar, las travesías que surcaban los océanos intentando avistar como fuese nuevos territorios que colonizar y las expediciones científicas que eran por lo general protagonizadas por miembros de las fuerzas navales, había tantos buques navegando por el agua como actualmente aeroplanos circulando por los cielos soltando esos chorros de gas que dicen que nos devoran las mentes o no sé qué chorrada conspiranoica.

Caricatura de Thomas Rowlandson que muestra a un piquete de
marineros al mando de un oficial en pleno secuestro de personal
para ser embarcados. A la derecha aparece dicho oficial agradeciendo
a un panzudo tabernero el chivatazo que le ha permitido dar con
varios candidatos para servir al rey quieran o no quieran
Como es lógico, pretender que un buque tripulado por decenas, cuando no cientos de hombres, realizara una travesía en la que no se registrase un solo incidente, ni una mala palabra, donde todos cumplían sus deberes de forma puntual y con una amplia sonrisa dibujada en sus curtidas jetas requemadas por el salitre y el sol, era un quimera. Pretender que en el minúsculo universo donde esos hombres pasaban días, semanas o meses sin tocar tierra y que encima se respirase buen rollito era una absurda utopía, y más si tenemos en cuenta que no eran precisamente probos ciudadanos procedentes de los mejores colegios, criados en familias burguesas o incluso aristocráticas y que, encima, servían de buen grado en las armadas reales. Y mucho menos aún se podía aspirar a que estos hombres, sin poder desfogar sus humores viriles como no fuera machacándosela como babuinos o, en ocasiones, practicando la sodomía con sus compañeros o los grumetes, pudieran contener su superávit hormonal así como así. Los turnos de doce horas, el aislamiento, el durísimo trabajo a bordo, la pésima alimentación, las enfermedades, el clima y un et cétera kilométrico acababan convirtiendo a estos ciudadanos en energúmenos bastante agresivos que, en muchos casos, ni siquiera se enrolaban motu proprio, sino que eran literalmente secuestrados cuando había escasez de personal para completar las tripulaciones. Las levas, expeditivo método de reclutamiento extendido por toda Europa, se impusieron ante la necesidad de hombres para completar las tripulaciones. En España se diferenciaban las levas honradas de las que se nutrían de delincuentes, vagos, vagabundos o gitanos a los que pudieran echar el guante. Obviamente, el rendimiento de estos hombres era muy inferior al de los marineros vocacionales y, por ende, los más susceptibles de perpetrar todo tipo de desmanes. Al cabo, eran embarcados por la fuerza.

El brigadier Cosme Damián Churruca, muerto en Trafalgar
tras ver como una bala de cañón le arrancaba una pierna.
Se negó a ser evacuado y metió el muñón en un balde con
arena para contener la hemorragia hasta que no pudo más.
Antes de entrar en combate mandó clavar la bandera al
mástil, lo que significaba que aquel día o vencían o morían.
Hombres así eran capaces de someter a su tripulación con
solo desparramar la vista sobre ellos porque eran los
primeros en entregar la vida si era preciso

Ahora debemos ponernos en el lugar del capitán, que en el barco era primo hermano de Dios y, por ende, su autoridad debía ser indiscutida e indiscutible. El capitán era el eslabón intermedio de la cadena, situado en el peor sitio posible: entre los energúmenos alcoholizados hartos de todo y los mandamases que no dudarían en degradarlo, expulsarlo o, en casos extremos, pasarlo por las armas si consideraban que no había sido capaz de someter un motín o que sus hombres no rindieran como se esperaba de ellos. El capitán debía ejercer una hábil mezcla de paternalismo con severidad. Su tripulación debía verlo como un hombre capaz de comprender sus cuitas pero que, si alguno sacaba los pies del tiesto, con harto dolor de su corazón se vería obligado a disciplinarlo por el bien de todos. Algo así como el padre estricto que se quitaba el cinturón cuando el boletín de las notas era preocupante y nos dejaba el culo calentito para un día o dos. Pero comprendíamos que nuestros venerable progenitores lo hacían por nuestro bien para que "el día de mañana fuésemos hombres de provecho", frase por cierto totalmente extinta porque hace años que no la escucho. Bien es verdad que si hoy le endiñas al nene dos hostias, el nene te denuncia por malos tratos y acabas en la trena, y cuando te sueltan te espera una orden de alejamiento, una petición de divorcio y una pensión suntuaria que te obligará a irte a vivir con papá y mamá en plan hijo pródigo con 40 años porque el sueldo no te da para otra cosa pero, en fin, eso es otra historia.

El verdadero capitán William Bligh (1754-1817),
que a pesar de haber sido víctima del motín
del HMS Bounty salió ileso del consejo de guerra
al que, por norma, se sometía a los oficiales al
mando de los tripulantes rebeldes. No se saben
con exactitud las causas del motín, pero lo cierto
es que Bligh salió con su reputación intacta y se
jubiló como vicealmirante

La cuestión es que los capitanes no eran por lo general los sádicos reglamentistas que encarna el capitán Bligh peliculero, sino hombres que se veían en la obligación de cumplir sí o sí las órdenes que recibían, y que por lo general sabían que sus tripulaciones no estaba generalmente por la labor de actuar con la diligencia requerida. Debían dosificar cuidadosamente los castigos para que su imagen paternal no se derrumbase para no provocar un motín por el que luego tendrían que dar explicaciones y, al mismo tiempo, que los castigos tuvieran un grado de severidad acordes al delito para que el reo no se sintiera humillado ante sus compañeros. Sí, cierto es que hubo capitanes que ejercieron una disciplina tan brutal que inspiraban a sus hombres ataques de ansiedad con solo ver la sombra de sus tricornios, pero la realidad es que esos fueron la excepción y no la regla. Lo habitual era que tanto el capitán como sus oficiales y guardiamarinas se limitaran a mantener una distancia adecuada con el personal porque un exceso de confianza era tan perjudicial como un exceso de disciplina, y procurando que, a la hora de imponer un castigo, la tripulación lo viera como un correctivo en beneficio de todos ya que, en el mar, los errores de uno podían significar la perdición de todos. En resumen, un equilibrio muy complicado de arrostrar porque dividía el mundo en dos: los oficiales y la marinería, pero con la salvedad de que ese mundo era un cascarón en mitad de la nada y con la mayor parte de su población formada por hombres incultos, pendencieros, poco o nada dados a aceptar el orden jerárquico de buen grado y, sobre todo, deseando tocar tierra para irse de putas a agarrar una gonorrea suntuaria y pillar unas cogorzas de esas que te dejan en coma dos o tres días.

Paje recibiendo un tirón de orejas. En la armada
española, estos críos solían ser hijos de contramaestres
o marineros que se enrolaban para iniciar su carrera.
La edad para ingresar en un barco comprendía entre
los seis y los diez años. Cuando cumpliesen veinte
estarían ya más curtidos que una suela, porque no
por ser niños se les hacían concesiones en temas
disciplinarios, sino todo lo contrario
En España, las ordenanzas vigentes a partir de 1717 eran las de Patiño, las cuales desmenuzaban cuidadosamente las faltas y delitos que debían ser castigados. No eran especialmente severas porque, si se comparan con las de otros países, da la impresión de que las tripulaciones hispanas eran más disciplinadas o menos dadas a hacer travesuras. Se castigaban las mismas cosas que en otras armadas, o sea, murmurar, injuriar, jugar a las cartas, no cumplir las órdenes con diligencia, robar, escaquearse del barco para irse de juerga cuando atracaban en algún puerto o meter de tapadillo una mujer a bordo y, como buenos católicos, que en temas de religión hemos sido siempre más papistas que el papa, blasfemar y, sobre todo, no descubrirse o arrodillarse en presencia del Santísimo Sacramento. Los castigos no eran precisamente draconianos: ser aherrojado y puesto varios días a pan y agua. Los reincidentes eran amarrados al cabrestante para verse expuestos a la humillación pública, o bien se les retraía una parte de la paga como multa, especialmente a los dados al juego, a los ladrones o los que no volvían al barco al anochecer. Pero ojo, no solo la marinería estaba expuesta a ser castigada. Los oficiales también recibían su merecido tanto en cuanto eran susceptibles de cometer los mismos delitos si bien, por meras cuestiones derivadas del clasismo de la época, en su caso solo eran castigados con multas o siendo suspendidos de empleo.

Contramaestre de la Royal Navy con su chifle en la mano.
Estos probos suboficiales eran el escalón intermedio entre
la oficialidad y la marinería, y ejecutores de los castigos que
debían aplicarse a los reos de algún delito
No obstante, en 1748 y bajo el reinado de Fernando VI entraron en vigor las "Ordenanzas de Su Majestad para el Gobierno Militar, Político y Económico de su Armada Naval" cuyo Título V, el cual se mantuvo vigente hasta finales del siglo XIX, disponía una serie de normas mucho más estrictas y se contemplaban castigos muy severos, en los que la lista de delitos punibles con la muerte era kilométrica, así como otros no menos acongojantes como amputar la mano a los que propiciasen un motín, atravesar la lengua con un hierro al rojo a los blasfemos (con la Iglesia hemos topado), ser pasado por la quilla a los que por negligencia o por mala fe provocasen un incendio o ser mandado a galeras toda una década por desertar, y eso en una época en que lo de la reinserción y la aplicación del tercer grado y tal aún no se había inventado. O sea, que diez años eran diez años que se cumplían hasta el último día salvo que el forzado lograse huir, cosa difícil estando aherrojado a todas horas, si la nave se iba a pique o si palmaba de alguna enfermedad chunga. Los acusados de robar eran azotados sobre un cañón si eran marineros u obligados a pasar una carrera de baquetas si pertenecían a la infantería de marina, los reos de motín eran ahorcados y los que perpetraban un ultraje estando de guardia eran pasados por las armas. Sin embargo, y como comentábamos anteriormente, parece ser que estas normas tan severas rara vez se aplicaban porque, como decíamos, las tripulaciones españolas parece que aceptaban de mejor grado la disciplina y, por otro lado, los oficiales tampoco parece ser que fueran especialmente proclives a imponer castigos como no fueran estrictamente necesarios, de lo que podemos colegir que las relaciones entre la oficialidad y las tripulaciones en las naves españolas era más apacibles que en las de otros países.

Cuando un motín tenía éxito, el capitán y los oficiales
y tripulantes fieles tenían dos opciones: o eran
arrojados al mar sin contemplaciones o, con suerte,
les permitían largarse en un bote en el que
podrían alcanzar algún puerto si antes no palmaban
de hambre y sed
Los british actuaban con más severidad ante los pecadillos menores. Sus ordenanzas más antiguas databan de 1336, concretamente el llamado "Libro Negro del Almirantazgo", pero estas normas fueron cambiadas por los "Artículos de Guerra" en 1652. Este cambio se produjo a raíz de la derrota sufrida a manos de los holandeses el Dungeness el 30 de noviembre de aquel mismo año, y tiempo les faltó para introducir el nuevo código en base a la supuesta "bajeza de espíritu" mostrada por los oficiales. Los "Artículos de Guerra" se convirtieron en la Biblia de la Royal Navy, sufriendo diversas modificaciones a lo largo del tiempo para mantenerlos actualizados en todo momento. Y ojo, no solo se enumeraban las faltas propias de la marinería, sino que la oficialidad se la tenía que coger con un papel de fumar para no ver arruinada su carrera, degradados o incluso pasados por las armas. Y para que nadie pudiera alegar desconocimiento de las normas, estas se leían a la tripulación cuando el buque entraba en servicio por primera vez, así como los domingos tras el servicio religioso dirigido por el capitán. Estas amenas lecturas se machaconeaban simplemente porque la mayoría de la tripulación no sabía leer, si bien eran expuestas en algún lugar destacado a la vista de todos. Por lo demás, las faltas punibles eran similares a las españolas salvo las que atañían a la cosa de la religión ya que esos isleños han sido y son unos herejes enemigos de la Fe.

El contramaestre, justo detrás del capitán, aplica el "starting" a
un marinero para que se ponga las pilas. La escena es de de un
fotograma de la versión de "Rebelión a bordo" de 1935, en la que
Bligh es interpretado por un inconmensurable Charles Laughton
Sin embargo, tanto los oficiales como los guardiamarinas y contramaestres eran más expeditivos a la hora de estimular a los perezosos o a los que ellos creían de forma arbitraria que no cumplían con la presteza debida. Para ello, no dudaban en aplicar el "starting", palabro que entre sus muchas acepciones creo que la que mejor podríamos aplicar al español sería susto o sobresalto. El "starting" no era más que uno o varios golpes de vara o rebenque en los lomos. El rebenque era un trozo de cabo alquitranado con un nudo en el extremo que, como podemos imaginar, debía tener unos efectos muy desagradables. En sí, el "starting" no se consideraba un castigo propiamente dicho, sino una especie de cariñoso estímulo. De hecho, eran tan constantes a lo largo del día que ni siquiera quedaban registrados, al contrario que otros castigos de más importancia. Por lo demás, las faltas habituales eran castigadas de forma similar a la armada española: reducción de raciones, de grog, un brebaje a base de ron rebajado con agua al que estos isleños eran muy aficionados o ser aherrojados durante un determinado período de tiempo.

Un capitán gabacho se niega a abandonar su nave, desarbolada y
a punto de hundirse, a pesar de los ruegos de su gente. El código
de honor de la época no solo le obligaba a ser el último largarse,
sino que si su actuación en combate pudiera ser puesta en
entredicho lo mejor era hundirse con el barco antes que pasar
por un consejo de guerra
En cuanto a los gabachos, al parecer eran los más dados a la severidad, pero dejando al arbitrio de los capitanes imponer el castigo que consideraban oportuno y sin que hubiera un baremo que permitiese establecer distinciones y castigos concreto según qué delito. De hecho, en 1790 la Asamblea Nacional examinó el código vigente y lo encontró "tan insuficiente como riguroso, no habiendo graduación en el castigo, una severidad excesiva y la muerte o las galeras como penas por crímenes producto de la debilidad humana". Por lo tanto, se optó por introducir una serie de castigos menores que dieran a los capitanes una alternativa a la severidad extrema, que no era plan de cargarse a un fulano por haber robado una galleta mohosa. Del mismo modo, y dentro del espíritu de la égalité revolucionaria, se permitió a las tripulaciones formar parte de los consejos de guerra, que se constituirían con un oficial, tres oficiales de infantería de marina y tres marineros. Esta en apariencia sensata y justa medida dio como resultado todo lo contrario a lo que se esperaba. Dar a la marinería esa sensación de poder no era nada aconsejable, y los actos de desobediencia se multiplicaron ya que los más proclives a causar problemas se sentían de algún modo protegidos por sus compañeros, lo que a su vez produjo gran cantidad de renuncias por parte de oficiales que se veían totalmente desautorizados e inhabilitados para imponer la disciplina hasta el extremo que las tripulaciones se negaban abiertamente a obedecer, ya que la concesión gubernamental se la tomaron como una potestad para poner en tela de juicio las órdenes. Por todo ello, castigos habituales como ser aherrojados con grilletes, cadena y bola o ser atados a un mástil lo consideraban algo humillante por considerarlo una pena propia de galeotes, que estos sí eran verdaderos delincuentes profesionales.

Los ciudadanos de Tolón reciben muy contentitos al capitán de
infantería de marina Elphinstone para que tome posesión del
arsenal el 28 de agosto de 1793. Al parecer, el cariz que estaba
tomando la Revolución daba bastante grima al personal y preferían
la restauración de la monarquía antes que seguir viendo rodas cabezas
Obviamente, hubo que poner coto a las libertades que se tomaban las tripulaciones, y más cuando, en el contexto de las Guerras Revolucionarias, la desidia de estas supuso la pérdida de la flota de Tolón tras la entrega del arsenal por el barón D´Imbert a la escuadra anglo-española, y la de Brest se amotinó en la bahía de Quiberon. Así pues, en noviembre de 1793 se cercenaron las concesiones y se promulgó un nuevo reglamento mucho más severo, dando por terminado el experimento de la égalité. El mismo enano corso no dudó en endurecer las normas aún más cuando, en 1801 y siendo primer cónsul, puso las peras a cuarto a los tripulantes proclives a delinquir. En defensa de su estricta severidad afirmaba que "...puede ser que estos castigos parezcan algo severos pero, en muchas circunstancias, son menores que los pronunciados por la mayoría de las potencias marítimas europeas, todas las cuales, como nosotros, han reconocido la necesidad de una disciplina exacta a bordo de los buques". Así, los castigos se dividieron en tres categorías: los menos severos eran los disciplinarios, que iban desde los aherrojamientos y acortamiento de raciones a la flagelación y el encarcelamiento. Los aflictivos eran más chungos, e incluso podían acabar con la vida del reo: ser pasado por la quilla o someterlo al cale, literalmente ahogamiento en este contexto, pero que detallaremos más adelante. Finalmente estaba la pena de muerte, que se aplicaría por fusilamiento.

Bien, criaturas, así era a grandes rasgos la disciplina que se aplicaba en las marinas de guerra. Y como ya saben que no me gusta elaborar artículos especialmente largos que solo invitan a sestear un rato, pues dejamos para la próxima (sí, próxima de siguiente, lo juro) detallar con pelos y señales los delitos más reseñables, así cómo los castigos que se aplicaban por si les apetece emularlos con la ayuda desinteresada de sus cuñados. El que tenga piscina en casa puede incluso organizarle una sesión de prueba en la que ellos harán de reos y Vds. de capitanes inexorables, naturalmente. Al término de dicha sesión, con suerte, igual no les dirigen más la palabra en una buena temporada o, con la intercesión del santo del día, igual palman en plena demostración. Si acude la policía, pues con decir que se resbaló y se desnucó contra el bordillo o que le sobrevino un corte de digestión por zambullirse tras zamparse cuatro platos de paella están al cabo de la calle. 

Bueno, ya'tá.

Hale, he dicho

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Guardiamarina al que han castigado mandándolo al carajo. Pasar varias horas en lo más alto de un mástil, y más si la mar estaba picada o en plena tormenta, podía llegar a acabar con la vida del penado por una hipotermia, independientemente de que echara la primera papilla con los vaivenes de la nave, multiplicados por diez debido a la altura. El palo mayor de un navío normalito podía tener unos 20 metros de altura desde la cubierta, el equivalente a un edifico de unos seis pisos, altura que podía duplicarse en un navío de línea de 1ª clase. En fin, una experiencia muy desagradable


miércoles, 21 de octubre de 2020

HERIDAS Y MUTILACIONES AUTOINFLIGIDAS EN LA GRAN GUERRA

 

Fotograma de la cinta "Largo domingo de noviazgo" (2004) que muestra a dos poilus a punto de
dispararse mutuamente en la mano en el momento en que la caja de música de la saboneta que se ve
sobre la cureña de la derecha se detenga. Muchos hombres prefirieron eso a una muerte casi segura

Hay ocasiones en que la población civil es más temible que un ejército.
El soldado puede respetar los usos de la guerra. El paisano que ha
visto como violan y matan a su mujer e hijas no tiene piedad. De ahí
que fuese preferible acabar sin dientes o sin mano antes que sin cabeza

Provocarse uno mismo una herida o una lesión para escaquearse de ir al frente es un fenómeno relativamente moderno. Es una forma de actuar surgida a raíz de las guerras modernas que obligan al combatiente a permanecer largos períodos de tiempo sujetos a filas y, por ende, a tomar parte y saborear largamente las miserias de la guerra en todas sus variantes: miedo, estrés, violencia gratuita, etc. Como ya sabemos, las guerras medievales no planteaban semejante perspectiva ya que, aunque durasen décadas, el combatiente solo participaba en alguna batalla que duraba pocas horas, mientras que el resto del tiempo estaría en su casa dedicado a su oficio hasta una nueva llamada a las armas. De hecho, incluso los caballeros y hombres de armas, profesionales de la guerra, debían esperar a que se organizase una ofensiva contra territorio enemigo si bien en su caso dicha espera se sobrellevaba de mala manera ya que era su medio de vida. Posteriormente, ya en el Renacimiento, los ejércitos profesionales nutridos por hombres curtidos en los espantos bélicos no tenían problema a la hora de arrostrar tan desagradables eventos castrenses, y no se les movía un músculo de la jeta ni durante la batalla como en los posteriores saqueos, violaciones y masacres contra civiles que solían tener lugar a veces. En aquellos tiempos, el cobarde no lo tenía complicado: desertaba y santas pascuas. Quitarse de en medio era relativamente fácil, y bastaba largarse a un territorio lejano a su lugar de origen con un nombre distinto para iniciar una nueva vida lejos de los prebostes deseosos de colgarlo de una rama como ejemplo al resto del personal.

Y cuando los veteranos contaban lo divertida que había sido la
excursión, menos interés había por apuntarse. Restos de gabachos
aparecidos en Kalinigrado

Sin embargo, las guerras iniciadas por el enano corso (Dios lo maldiga cienes y cienes de teratrillones de veces) cambiaron el panorama. En la misma Francia, la demanda de tropas para cubrir todos los frentes abiertos por el enano en su insana obsesión por colocar un trono debajo de los indignos culos de sus aún más indignos hermanos hizo necesario recurrir al reclutamiento de hombres jóvenes que, una vez pasadas las primeras victorias y a la vista de lo que contaban los veteranos de España y Rusia, pues como que se desmotivaban un poco. Los relatos sobre la crueldad de los españoles, que convertían en comida para gatos a los que trincaban en cualquiera de las emboscadas que tendían a las columnas que se desplazaban por su abrupta orografía, ponía verdosos de miedo a más de uno. Y la visión de los veteranos que habían vuelto de Rusia sin manos, nariz ni orejas perdidos en cualquier parte porque, simplemente, se les caían al suelo congeladas, pues tampoco resultaba un estímulo. Muchos de ellos se veían de por vida en un carrito con cuatro ruedas porque habían perdido las piernas, y eran observados por los jóvenes en edad militar mendigando en las puertas de las iglesias con sus añejas medallas, verdaderas o no, colgando de la pechera para inspirar compasión en la indiferente multitud que pasaba ante ellos. Ya no era unos héroes, sino unos parias.

Y si al hambre y el frío se suma el acoso implacable de un enemigo ansioso
de venganza, pues más motivos para pegarse un tiro donde sea. La escena
pertenece a un fotograma de la magistral cinta de Ridley Scott "Los
duelistas", rodada en 1977. El que no la haya visto ya está tardando

Como vemos, las circunstancias ya no eran las mismas que las guerras vividas por sus abuelos, y la perspectiva de ser enviados a cientos o miles de kilómetros de casa, abandonar familias, novias u oficios sin saber cuándo tocaría volver, si es que se volvía, tuvo como consecuencia que los conscriptos recurrieran a cualquier cosa con tal de librarse de la escabechina. Unos se metían en el primer barco que saliera con destino al Nuevo Mundo, pero otros, más expeditivos, se aseguraban que de ninguna forma pudieran ser declarados aptos para el servicio sin necesidad de largarse al quinto pino. Bastaba saltarse los premolares de una buena pedrada o, de un tajo, cortarse el pulgar derecho. Los primeros serían inútiles porque no podían morder los cartuchos de papel y cargar sus armas, y los segundos tampoco valdrían porque sin el pulgar no se puede ni llevar el fusil ni agarrarlo para abrir fuego con él. ¿Y quién demuestra que el dedo no lo perdió poniendo un cepo para cazar alimañas, y que los premolares no tomaron camino por su cuenta durante una reyerta tabernaria? Con actos como los que hemos puesto de ejemplo podríamos decir que se inauguró la herida autoinfligida para librarse de ir a la guerra. Sí, cierto es que más de uno quedó señalado como cobarde, pero el 99'9% de ellos estaban convencidos de que más vale cobarde vivo que héroe difunto.

Zuavo del ejército de la Unión a punto de decirle adiós a su brazo
derecho, y al parecer a pelo, sin ningún tipo de anestesia

Este fenómeno vino para quedarse. En la Guerra de Secesión, durante la cual las tropas se vieron abocadas a cuatro largos años de penurias, también proliferaron los casos de autolesión entre soldados que, hastiados de todo, optaron por provocarse cualquier tipo de herida que, no solo los librase de permanecer en el ejército, sino que les supusiese la licencia y, de ese modo, volver a casa aunque fuera con un cacho de menos. ¿Y qué mejor excusa que haber sido herido en combate? Un hombre con un agujero de bala siempre lo tenía más fácil que uno con un brazo roto alegando una mala caída, y siempre podían repararte el hueso y enviarte de nuevo al frente. De ahí que, ya avanzado el conflicto y con ello la desesperación de muchos, proliferasen de forma inquietante las heridas en las manos, sobre todo las que producían la pérdida de dedos. Un agujero en la mano podía curarse si los tendones no habían resultado dañados, pero si la mano derecha de un hombre diestro se quedaba sin índice y pulgar lo tenía hecho, porque los dedos no crecen como el pelo o las uñas. De hecho, no crecen, así que padecer un breve pero intensísimo dolor a cambio de la licencia y del salvoconducto para volver a casa merecía la pena sobradamente.

Orificio de entrada de una herida de bala a quemarropa. Salta a la vista
el círculo de piel quemada producido por la pólvora

Obviamente, los cirujanos militares no se chupaban el dedo y veían que muchas de esas heridas iban acompañadas de quemaduras y restos de pólvora, lo que dejaba claro que eran heridas autoinfligidas. Por aquel tiempo aún no se castigaba de forma reglamentaria estas lesiones provocadas por uno mismo. De hecho, posiblemente no estaban contempladas en los códigos de justicia militar y, en realidad, un desertor o un rebelde lo tenía mucho más crudo porque, mientras que estos eran enviados a prisión o ejecutados sin más, los segundos eran simplemente puestos en manos de los médicos militares que, a modo de sutil venganza, les aplicaban las curas de la forma más dolorosa posible, sin emplear ningún tipo de anestésico y manipulando la herida hasta que el desdichado soltase unos berridos que se oirían en Canadá. Por ejemplo, los que eran enviados al hospital de sangre con media mano colgando como consecuencia de un disparo, ni éter ni leches. Se la terminaban de amputar y reparar en vivo por cobardica. Pero todo era soportable con tal de perder de vista el frente de batalla. De hecho, tras el comienzo de la Campaña de Overland el 4 de mayo de 1864, apenas cuatro días después se contabilizaron en el ejército de la Unión al menos cien casos de autolesiones, lo que induce a pensar que el personal debía estar ya al límites de su resistencia psíquica y física y no era para menos: en apenas siete semanas se produjeron 88.000 bajas de un total de 185.000 efectivos entre ambos bandos, o sea, nada menos que el 47%.

Oficina de reclutamiento en Toronto, agosto de 1914. Al personal se
le borró la sonrisa de la jeta antes de que acabase el año

El estallido de la Gran Guerra no supuso ni mucho menos una merma de este tipo de bajas por voluntad propia, sino más bien lo contrario. Desde el primer momento, la versión industrializada del Apocalipsis produjo verdaderas avalanchas de probos ciudadanos que, tras el entusiasmo inicial, se dieron cuenta de que permanecer allí no era nada recomendable, así que empezaron a buscar mil formas de escaquearse. Los niveles de bajas eran algo jamás visto, y la artillería cosechaba a diario su ración de vidas incluso entre los que estaban a varios kilómetros de primera línea. En el ejército alemán tomaron parte un total de 11.000.000 de combatientes, de los cuales fueron baja en algún momento 7.142.558 hombres incluyendo 1.773.700 muertos, por lo que hablamos nada menos que de un 65%. En el ejército austro-húngaro el porcentaje fue aún más terrorífico: de un total de 7.800.000 de combatientes, 7.020.000 fueron bajas, lo que se traduce en un asombroso 90%, incluyendo 1.200.000 muertos. Para los que no lo asimilen fácilmente, porque semejantes matanzas a veces no se digieren bien, hablamos de que 9 de cada 10 hombres fueron heridos o murieron. Está de más decir que a los aliados no les fue mejor. Los gabachos enviaron al matadero un total de 6.161.000 hombres de los que fueron baja 5.624.000 incluyendo 1.358.000 muertos, lo que nos da un jugoso 70% solo en heridos, y los british (Dios maldiga a Nelson) sin incluir canadienses, australianos y demás tropas coloniales que lucharon tanto en el Frente Occidental como en Turquía, pues de un total de 3.190.000 hombres pasaron por los hospitales 2.090.000, mientras que 908.000 fueron enviados del tirón a la fosa común, o sea, un porcentaje similar a de los austriacos. Y en esta siniestra relación no se han incluido los desaparecidos en combate, que también fueron en total varios cientos de miles, ni las potencias menores o las que, como Rusia o Estados Unidos, tuvieron una intervención limitada en el conflicto, así que cualquiera puede imaginar las dimensiones astronómicas de bajas.

Cartucho desmontado del .303 British. Los fideos son las barras de cordita

Ya desde el comienzo de la fiesta el personal buscaba como sea quitarse de en medio, y no ya para buscar la herida que los enviase de vuelta a casa, sino incluso para ejercer los servicios mecánicos en retaguardia. Los métodos elegidos eran generalmente supuestas enfermedades imposibles de comprobar si eran o no falsas o provocadas: lumbago, sordera, ceguera, locura eran los más recurrentes. ¿Quién te demuestra que no te duele la espalda después de cargar pesadas cajas de munición? ¿Y quién demuestra que tras una explosión cercana no te has quedado sordo como una tapia o cegado por el destello? ¿Y quién dice que no estás loco cuando se pasas el día haciendo el gilipollas y aunque te den de hostias sigues haciendo el gamba? Otros optaban por medios más, digamos, sofisticados. Por ejemplo, simulaban ataques de epilepsia haciéndose cortes en las encías y metiéndose un trocito de jabón para provocar espuma o recurrían al "chewing cordite", masticar cordita. La munición británica usaba cordita en finas barras como propelente para la munición del calibre .303 British, por lo que bastaba extraer el proyectil, sacar un poco de cordita y masticarlo un rato. Sus efectos eran de lo más convincentes: fiebre alta y alteraciones en el ritmo cardiaco. Obviamente, un análisis de sangre delataría al infractor, pero el frente no era un hospital de Londres.

Paciente con ambas extremidades afectadas por pie de trinchera. Como
vemos, ya ha perdido los dedos y poco le falta para perder el resto.
No obstante, muchos preferían volver mutilados, pero vivos
Otros ingerían ácido pícrico, un explosivo usado tanto como potenciador como detonador en las espoletas, por lo que era muy abundante en el frente. Una dosis de esa porquería lo ponía a uno amarillo como un limón, por lo que era inmediatamente evacuado con un supuesto ataque de ictericia. Del mismo modo, se vertían substancias irritantes en los ojos para provocarse conjuntivitis, se echaban cualquier cosa que produjese una severa infección en una herida leve que, si llegaba a gangrenarse, supondría la amputación del miembro afectado y la vuelta a casa sin la más mínima sospecha porque la gangrena estaba tan presente como los piojos. Una opción muy creíble era empeorar los síntomas del pie de trinchera si este aparecía. Cierto era que posiblemente acabaría con uno o dos pies amputados, pero pasearse en una silla de ruedas en la brumosa Albión era más atractivo que pasearse de uniforme por una trinchera asquerosa de Flandes. Algunos incluso se inyectaban gasolina o esencia de trementina en las rodillas para producirse sinovitis, que es una inflamación aguda de la membrana sinovial que recubre la articulación de la rodilla y que si se cronifica te deja cojo de por vida. Otros, en fin, sobornaban sin más historias a los sanitarios para que les facilitasen medicamentos que, usados en demasía, producían unos efectos secundarios sumamente persuasivos como para librar a cualquiera de la semana obligatoria en primera línea, y hasta se dieron casos de hombres que contrajeron enfermedades venéreas, con el riesgo que conllevaba en aquella época pillar un sifilazo, refocilándose con las putas más tóxicas para largarse a casa aunque fuera con el miembro viril medio desintegrado, y eso que ese tipo de enfermedades en aquellos tiempos era, además de peligroso y extremadamente doloroso, un estigma imborrable a nivel social.

Para los médicos, estos simuladores no era precisamente un problema menor. Hablamos de miles de hombres urdiendo mil formas a cuál más sofisticada para quitarse de en medio, y sin medios para desenmascarar a los falsarios que se habían puesto morados de mascar cordita o de meterse gasofa en cada articulación del cuerpo. Aparte del "ojo clínico" de cada cual, que ciertamente hubo médicos con una asombrosa capacidad para captar los subterfugios del personal, se optó por incentivar a las tropas para que delatasen a los infractores aunque con magros resultados. Al cabo, nadie delata a un camarada así como así y, de hecho, eran más proclives a testificar y jurar por sus cuñados que los males del farsante eran totalmente ciertos. Otros no se andaban con remilgos y, ante la más mínima sospecha, les apretaban bien las clavijas con tratamientos de choque hasta que el supuesto enfermo se curase de forma cuasi milagrosa y poco menos que pidiese de rodillas ser enviado de nuevo a su unidad. 

Víctima de la neurosis de guerra, pasando más tiempo debajo de la
piltra que sobre ella buscando refugio ante cualquier ruido
No obstante, los médicos se encontraban en estos casos ante un dilema bastante grave. Ya tenían sobrada experiencia con los casos que se presentaban de neurosis de guerra, hombres que, como vimos en su momento. acababan con la psique literalmente vaporizada, convertidos en peleles convulsivos que apenas podían moverse o con tales desórdenes psicológicos que no podían dormir en lugares cerrados por la claustrofobia o, como aparece en una película de la época, mostrarse aterrado ante la sola visión de un quepis de oficial que le mostraba un médico, a tal grado de pánico le llevaba la simple idea de que un superior se le acercase aunque fuera solo su gorra. Por todo ello, muchos médicos daban por sentado que los hombres que se autolesionaban eran víctimas de la neurosis de guerra cuando, en realidad, no necesariamente estaban relacionados. Esta forma de ver las heridas autoinfligidas sirvió para librar a muchos de ser castigados por cobardía ante el enemigo, así de claro.

Dos manos con heridas autoinfligidas en proceso de curación. Con
suerte, la bala no destrozaba los tendones y la mano recuperaría su
movilidad tras la convalecencia
Aunque es obvio que alguien que se pega un tiro en la mano o un pie, o que ingiere cualquier porquería que igual lo acaba matando no está con la sesera al 100% de rendimiento, hay que considerar que la autolesión era un acto perfectamente premeditado, planificado y llevado a cabo con pleno conocimiento de cómo dañarse sin que la herida resultase especialmente peligrosa con una sola finalidad: librarse de combatir. Por lo tanto, autolesionarse no era en sí una enfermedad mental, sino cobardía pura y dura. De hecho, millones de hombres arrostraron las mismas penurias sin llegar a esos extremos, y los afectados por neurosis de guerra solían tener una sintomatología similar, pero practicada de una forma distinta. Por ejemplo, no se dispararía cuidadosamente en una mano procurando no estropeársela demasiado, sino que agarraría un cuchillo en pleno ataque de histeria y se daría catorce puñaladas en las piernas o, llegado el caso, se volaría la tapa de los sesos. Sin embargo, esa duda siempre estuvo presente en la ética de muchos médicos, que confundiendo churras con merinas optaban por mirar hacia otro lado o hacer la vista gorda salvo que fuese algo tan flagrante que no podría dejarse pasar bajo ningún concepto.

Por otro lado, los camelos para escaquearse de forma circunstancial no valían en realidad para largarse a casa. No se podía alegar cada vez que la unidad partía a primera línea una enfermedad, aunque fuese distinta, porque ni los oficiales, ni muchos menos los sargentos que previamente habían sido soldados y se las sabían todas, iban a dejarse engañar sin más. Por lo tanto, lo más viable era buscar la bonne blessure (buena herida en francés), el heimatschuss (literalmente el disparo de casa, o sea, la herida que te permitiría ser repatriado) o la blighty one, frase en argot sin traducción en español que viene a querer decir "la herida que te manda a casa". Blighty era un término acuñado en la India para denominar al terruño. Es la corrupción fonética del hindú bilāyatī, "el país que gobierna", o sea, Inglaterra. Así pues, todos los british o, al menos la gran mayoría, estaban deseando recibir la blighty one que los mandase a casa, bien lejos de aquel infierno.

Una aparatosa herida autoinfligida en la axila que,
probablemente, dejará al sujeto con el brazo inútil. Uno
de los médicos nos la muestra mientras otro le administra
anestesia antes de intervenirlo. Estas heridas podían acabar
muy mal porque, aparte de la infección, en el momento del
disparo podía interesar una arteria y palmarla en dos minutos
Obviamente, dispararse conllevaba, aparte de la molestias que ya podemos imaginar, un riesgo añadido porque una cosa era decir que te dolía la espalda y otra presentarse ante el médico con un boquete en la mano y un cerco de piel quemada con abundantes restos de pólvora. Ni el médico más benevolente se tragaría el camelo, así que había que idear formas de despistar al más sagaz matasanos. Algunos se untaban yodo en cantidad en la zona de la piel quemada por el disparo para que se formasen ampollas y la eliminasen, si bien este proceso tardaba algunos días en surtir efecto, por lo que solo era factible en los hospitales de sangre y con la complicidad de algún sanitario. Por ello, lo habitual era disparar a través de un saco terrero para impedir las quemaduras, pero eso de la mano- siempre la mano izquierda salvo zurdos- o un pie- el sitio donde era más raro recibir un disparo un hombre que camina, seguía resultando enormemente sospechoso. De ahí que algunos optaran por intentar dispararse en el brazo, la pierna o incluso en el sobaco, poniendo el cañón debajo del mismo y apretando el gatillo con el pulgar del pie debido a la longitud del fusil. Esto era un problema añadido, porque si te encontraban berreando con una herida en el brazo y la bota y el calcetín al lado, como que no era nada creíble. De ahí que algunos, más astutos, se dejaran herir de verdad por el enemigo. Bastaba subirse a la banqueta de la trinchera y dejar a la vista la parte del cuerpo adecuada, en este caso un brazo o el hombro porque poner un pie en el parapeto sería de estúpidos redomados. Los francotiradores enemigos, que jamás dormían ni descansaban, avistarían rápidamente el posible objetivo, regalándole al falsario un espléndido y preciso disparo. Como ya podemos suponer, era imposible además identificar qué calibre y tipo de proyectil había producido la herida ya que eran por norma sedales y la bala no se podía recuperar.

Y, en fin, algunos llegaban a tal extremo de desesperación- aquí si habría que considerar la neurosis de guerra- que en vez de asomar una mano asomaban la cabeza, deseosos de recibir un balazo en plena jeta porque a ellos les faltaba valor para pegarse un tiro. Con todo, los suicidios no fueron en modo alguno casos aislados. Más de una vez aparecía en un recoveco de una trinchera un camarada con el cañón del fusil metido en la boca y con el cogote volatilizado, o bien convertido en puré con la ayuda de una bomba de mano.

Parte de defunción del soldado Michel Seguin, fusilado
el 8 de diciembre de 1914 en Elverdinge, Bélgica. Igual que
con los autolesionados tenían menos rigor, con los cobardes
y los rebeldes no pasaban ni una
Ahora bien, ¿cuáles eran las consecuencias de ser sospechoso de autolesionarse? En teoría, en cualquier ejército suponía ser pasado por las armas sin más historias, precisamente porque se consideraba un acto de cobardía ante el enemigo. Sin embargo, parece ser que los tedescos no padecieron esa plaga, al menos de forma tan generalizada como los aliados y especialmente los australianos que sirvieron en Gallipoli. Estos últimos llegaron a tales extremos de agotamiento físico y psicológico durante su penosa estancia en la siniestra península que acabaron literalmente convertidos en sombras que apenas podían caminar cien metros sin detenerse so pena de caer redondos al suelo. De ahí que se prefiriese correr un tupido velo por varios motivos sobre el tema de las heridas autoinfligidas a pesar de que en los estados mayores se tenía perfectamente asumido que era un delito muy común aunque no quisieran enterarse oficialmente de ello. ¿Por qué ese silencio? Ante todo, por una mera cuestión de honra. Un ejército que reconoce que tiene miles de casos de autolesionados al mes es un ejército que reconoce estar nutridos por cobardes, y eso queda fatal de cara a la omnipresente propaganda. Por otro lado, dar pábulo a ese tipo de noticias era aún más nocivo a la hora de alentar al personal a alistarse y para las familias de los combatientes. Lo primero que pensarían es en qué clase de infierno estarían viviendo para verse obligados a pegarse un tiro aunque fuera en una mano. Por lo tanto, lo más sensato era callarse y dejar que todo quedara dentro de los círculos castrenses. Donde no se mostraba piedad era con los desertores, los rebeldes o los que mostraban una manifiesta cobardía ante el enemigo. Esos eran fusilados sin contemplaciones tras un consejo de guerra sumarísimo. 

Brazalete para los autolesionados. Llevar uno era poco menos
que el estigma de Caín
Con todo, los infractores no se iban de rositas. Los sospechosos eran señalados con las siglas SIW (Self Inflicted Wound, herida autoinfligida) con una interrogante al lado en sus fichas médicas, lo que los convertía literalmente en unos apestados en los hospitales, siendo objeto de burlas y desprecios por los demás pacientes, así como de un tratamiento médico sin miramientos incluso por parte de las bondadosas VAD (Voluntary Aid Detachment, Destacamento de Auxiliares Voluntarias), que veían con malos ojos a los falsarios que intentaban escaquearse. Los yankees, por orden del general Pershing, incluso eran marcados con un brazalete amarillo que llevaban sobrepuestas las letras SIW con fieltro negro para mayor escarnio y, caso de ser un falsario redomado, que optase por una recuperación milagrosa y se largarse a su unidad antes de soportar la humillación. Lo malo era cuando ingresaban a un herido que verdaderamente lo había sido por accidente o por la imprudencia de un compañero ya que recibía un trato similar sin ser culpable de nada. Y la cosa es que nadie estaba libre de sospecha ya que se dieron casos de heridas autoinfligidas en hombres que previamente habían sido condecorados por su valor pero, por desgracia, llegaba un momento en que las dosis de testiculina se agotaban y ya no daban más de sí.

Médico controlando la evolución de los hombres que presentan síntomas
de pie de trinchera. Uno de ellos ya se ha puesto de un inquietante color
negro, por lo que lo más probable es que degenere en una gangrena.
Más de uno se alegraría horrores ante la perspectiva de una amputación
En cualquier caso, la cuestión es que no hay cifras fiables de los casos de autolesionados porque se prefirieron ocultar sin más. De hecho, los archivos de los ejércitos canadiense y australiano susceptibles de obtener información al respecto fueron destruidos tras la guerra, y de los 343.153 consejos de guerra celebrados en el ejército británico, apenas 3.904 fueron de acusados de autolesionarse, y ninguno acabó delante de un pelotón de fusilamiento. Afortunadamente para ellos, se limitaron a aplicarles correctivos a base de servicios más penosos, multas, suspensión de paga o, en resumen, todo el amplio surtido de medidas disciplinarias capaces de poner las peras a cuarto al más empecinado impostor, siendo la peor de ellas pasar una buena temporada en prisión. Curiosamente, el porcentaje más elevado de heridas autoinfligidas del que se tiene noticia lo tuvieron los hindúes enviados al Frente Occidental a principios de la guerra. En apenas dos semanas entre los meses de octubre y noviembre de 1914, el 57% de sus bajas sufrían heridas en una mano, lo que no dejaba lugar a dudas. Como con los hindúes no tenían los mismos miramientos que con los autóctonos, no se anduvieron en esta ocasión con remilgos y fusilaron a cinco por cobardía ante el enemigo, lo que actuó de forma balsámica para reducir el índice de autolesionados. Con todo, estaba claro que aquellos hombres no solo no se habituarían jamás al infierno bélico occidental, sino que el clima y las condiciones de vida les resultaban insoportables así que un año más tarde los mandaron a Mesopotamia, donde había menos cañones, menos fango pútrido y menos humedad. Un caso similar ocurrió con los australianos, que procedentes de un clima diametralmente opuesto y hechos a combatir en el secarral turco, vieron como los casos de amputaciones por pie de trinchera alcanzaban cifras pasmosas. 


Curiosamente, cuando la guerra iba alcanzando su final, especialmente tras la Kaiserschlacht en la primavera de 1918, los casos de autolesiones, antes de disminuir, aumentaron. Es evidente que la causa no fue otra que la obsesión por ver el final cercano y caer en combate cuando ya casi había terminado la fiesta. Es comprensible que hombres que habían pasado por un infierno en vida durante años se vieran acometidos por un pánico cerval, en las postrimerías del conflicto, a dejar el pellejo cuando igual faltaban días o semanas para volver a casa. Eso pudo con la entereza de muchos que, durante su permanencia en el frente, jamás habían dado muestras de cobardía. Pero el instinto de supervivencia pudo más y no dudaron en acelerar su retorno, por si las moscas. Afortunadamente para ellos, pudieron escapar con una bronca y verse limpiando letrinas el resto de la guerra o, si la herida lo merecía, ser enviado a casa sin honor pero vivito y coleando. Otros, como el que vemos en la ilustración de la izquierda, no aguantaron hasta el final y prefirieron largarse de este mundo sin más historias. El dibujo es de la colección editada por Otto Dix en 1924 titulada "Der Krieg", donde muestra con toda su crudeza la verdadera cara del conflicto.

En fin, así fue como proliferaron las heridas autoinfligidas. Como ya sabemos, lo que empezó cortándose un dedo o saltándose los dientes no ha terminado ni creo que termine nunca mientras haya guerras. Los casos de autolesionados siguieron apareciendo durante la 2ª Guerra Mundial, Corea y, sobre todo, en Vietnam. Y hoy día, en las “misiones de paz” donde los yankees, líderes de la democracia por cojones, pues también se les dispara el fusil mientras lo limpian o se pillan los dedos con la puerta de un Humvee, que eso de que te trinquen diez afganos cabreados o fanáticos del califato ese para filetearte no es nada interesante. 

Bueno, no creo que olvide nada, así que vale por hoy. 

Hale, he dicho

Sutil método para que un francotirador te chafe una mano. En la oscuridad de la noche, el cigarrillo que
sostiene haría pensar el enemigo que se trata de un pardillo que piensa que la paz reina en el mundo, por lo que no dudaría en volarle supuestamente la cabeza. Sin embargo, solo le revienta una mano. Si no hay testigos que delaten el subterfugio, ¿quién demostraba que era intencionado?