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lunes, 2 de diciembre de 2024

MISTERIOS MISTERIOSOS: EL ARCO

 


Cuando vemos documentales sobre pirámides, es habitual que surjan debates sobre la autoría de esas gigantescas construcciones cuyo origen es cada vez más discutido. De ser obras faraónicas hemos pasado a obras alienígenas, y de tumbas faraónicas a cualquier cosa menos tumbas. De hecho, actualmente nadie es capaz de datarlas de forma fehaciente. Lo mismo ocurre con otras obras similares repartidas por el mundo. Misma forma, tamaños descomunales y una finalidad que no está del todo clara. Todos los estudiosos se hacen la misma pregunta: ¿quién y para qué leches se invirtió un esfuerzo monstruoso al construirlas? Ah, misterio misterioso, y me temo que nunca lo sabremos.

Bien, pues no hace falta irse a contemplar pirámides para devanarse la sesera ya que hay mogollón de objetos que, por comunes, nadie repara en ellos. Pero, sin embargo, son artefactos muy complejos y, lo más intrigante, también surgieron por todo el planeta sin que exista, al menos en teoría, la posibilidad de propagar el invento entre primates que no tenían conocimiento de lo que había a poco más de dos o tres días de camino de sus asentamientos. Hablamos del arco. ¿Qué vaya chorrada? Bueno, bueno, ahora veremos...

Escena de caza en uno de los abrigos del Barranco de Valltorta,
en Castellón. En el mismo vemos a un grupo de cazadores disparando
sus flechas sobre una manada de ciervos. Se aprecian las hembras
con sus crías, e incluso el macho de la manada

Ante todo, debemos tener en cuenta un detalle: las pinturas rupestres donde aparecen estas armas en escenas de caza y guerra están datadas en unos 10.000 años las más antiguas. Estamos hablando del Neolítico Inicial, cuando en Europa aún no existía la agricultura y los primates veganos tenían que conformarse con recolectar lo que pillaban. En todo caso, si hay constancia de la existencia del arco desde hace al menos 10.000 años, quiere decir que ya existía antes. Ante todo, debemos considerar que el arco surgió como una necesidad para poder abatir presas a distancia, ya fuesen de caza o de ciudadanos de otra tribu. La lanza ya estaba inventada, pero es obvio que, a la hora de enfrentarse a un enemigo armado con una maza obtenida del fémur de un mamut o de dar muerte a un oso cavernario, era menos peligroso hacerlo a una distancia prudencial. El mismo razonamiento nos vale para los herbívoros que, siempre asustadizos y extremadamente veloces, eran bastante difíciles de abatir a lanzazos. Para solucionar el brete, un probo troglodita se debió pasar un año dándole vueltas al magín para idear cómo arrojar una proyectil a distancia.

Juro por mis muelas que a ninguno de nosotros se nos ocurriría esa idea partiendo del cero más absoluto porque no había nada ya existente en qué basarse y mejorarlo. Además, debemos considerar que el inventor era un fulano que farfullaba un vocabulario de unas decenas de gruñidos y que su nivel intelectual debería estar, al menos en teoría, por debajo del nuestro. No sabía cultivar la tierra, no sabía lo que era la escritura, no sabía tejer pero, sin embargo, era capaz de recrear vívidas escenas con unos pigmentos que llevan 100 siglos en perfecto estado y, además, fabricar un arma de lo más sofisticada sin tener una base de partida. Deducir que si a un palo le sacaba punta pinchaba más no era complicado. Añadirle un cacho piedra a otro palo para hacerlo más contundente, tampoco. Pero idear que colocando una cuerda en un palo podía lanzar un dardo y, encima, acertar a un blanco situado aunque sea a 10 o 20 metros, era todo un alarde.

Porque el arco, como hemos dicho, es un artefacto complejo. Sí, muy complejo, aunque su aspecto de palo con un cacho cuerda le de una apariencia muy simple. Pero un arco es una máquina capaz de transformar energía mecánica en energía cinética que, además, requiere una serie de conocimientos que cualquiera de nosotros no tiene. No todas las maderas valen, hay que saber el estado de secado óptimo de la misma para obtener su máximo rendimiento, hay que saber fabricar las cuerdas, ya sean de fibra vegetal o de tendones. Y, aún más difícil, hay que saber fabricar las flechas, cuyas puntas de sílex eran verdaderas obras de arte. Algunas son diminutas, de apenas un par de centímetros de largo, y eran sólidamente unidas al astil con una fina tira de piel cruda que, al secarse, se contraía, reforzando así el conjunto. En la foto de la derecha pueden ver el proceso de fabricación, a base de sacar mínimas lascas de una pieza de sílex con la ayuda de un trozo de asta de ciervo. En el detalle pueden ver varios tipos que nos muestran que ya tenían muy clara la morfología más idónea para dificultar su extracción al añadirles barbas y un pedúnculo de enmangue que se introducía en el astil  para fijarlas. ¿Quién de nosotros sería capaz de terminar una punta decente en menos de un mes tras desollarnos la mano 53 veces como mínimo? Pocos o ninguno, me temo...

En esta recreación podemos ver el aspecto de un punta unida al astil con una fina tira de piel. Obsérvense las entalladuras en la base de la punta para afianzarla aún más al astil. Y, por si no lo saben, el filo de un instrumento de sílex es similar o incluso superior al que se puede dar al acero, por lo que esas flechas no solo se clavaban, sino que producían una serie de daños muy importantes en los músculos, tendones y, sobre todo, los vasos sanguíneos de la víctima

Pero la cosa no queda ahí. Para la elaboración del astil se requería un vara totalmente recta, ligera y, a la par, sólida y, lo más sofisticado: ¿a qué genio se le ocurrió añadirle estabilizadores fabricados con plumas? ¿Cómo dedujo que si añadía plumas partidas en dos en el extremo del astil, éste tendría una trayectoria más estable y precisa? Y a eso, sumemos el proceso de fabricación, separando las dos mitades de las plumas y que precisan de agua para recuperar su forma ya que, tras quedar unidas al astil, habría que unir las barbas separadas al pasarles un hilo de fibra vegetal. ¿Quién leches se dio cuenta de que la única forma de repararlas era humedeciéndolas para que la queratina actuase? Muchos de nosotros no sabemos qué carajo es la queratina, y menos aún que las barbas se reparan humedeciéndolas. Yo me enteré por un documental del inmortal Rodríguez de la Fuente, pero ahora los jóvenes prefieren hacer el gamba con el esmarfon de los cojones y no saben un carajo de nada.

Pintura rupestre en Tassili n'Ajjer, Argelia, que muestra una
batallita entre primates cabreados. Las pinturas de Tassili están
datadas entre los diez mil y tres mil años de antigüedad
Veamos ahora los entresijos del arco que, en sí, tiene menos mecanismos que un chupete. Ante todo, reparemos en un detalle: desde su invención hasta el día de hoy, el principio del artefacto no ha variado un ápice. Es exactamente el mismo. Podrán variar los materiales, podrán ser recurvados, de poleas o largos. Las flechas podrán tener el astil de aluminio o de fibra de carbono, los estabilizadores de plástico y las puntas de acero, pero el funcionamiento es igual. No ha variado nada en siglos, ergo fue creado siendo inmejorable. Ya tiene mérito, ¿no? Sin embargo, si vemos un cañón de mano del siglo XV y una pistola moderna, en lo único que se parecen es en que ambas hacen "pum" y poco más. Pero el arco no. Hoy día podemos fabricar un arco réplica de uno de hace 5.000 años y obtener de él el mismo rendimiento que con uno moderno. 

Escena de caza en una cueva de Alta, en Noruega, que muestra
un cazador disparando contra un alce desde una canoa. Observen
la peculiar forma del arco, muy similar a la del arco turco. Estas
pinturas tienen unos 4.000 años
Y, como decíamos, para fabricar un arco no vale cualquier madera. Recordemos que, por ejemplo, para el arco galés era preferida la madera del tejo español por ser el que otorgaba las mejores prestaciones. No tejo inglés, francés o alemán, sino español. Por lo tanto, los probos trogloditas tuvieron que efectuar un largo proceso de prueba y error para dar con la más idónea y, además, averiguar qué momento era el más adecuado para cortar la rama y cuánto tiempo debía dejarse secar antes de acometer la elaboración del arma. Así mismo, debían tener en cuenta el veteado, así como darle una forma ahusada para obtener más elasticidad. Fabricar algo tan simple como la cuerda no era un tema baladí hace decenas de siglos. Había que buscar las fibras vegetales más finas y resistentes, trenzarlas y, una vez terminada, hacer una lazada en cada extremo y confiar en que sería lo suficientemente robusta como para soportar la tensión. ¿Y a qué eminencia se le ocurrió que los tendones eran mejores para ese cometido? ¿A quién leches se le pasó por la cabeza echar mano de los grandes tendones de las patas de los herbívoros que mataban, dejarlos secar, sacar cada fibra y trenzarlos? La mayoría de nosotros no tendríamos ni puñetera idea de que un tendón sirve para eso, y menos aún cómo trabajarlo, pero a un fulano de hace miles de generaciones sí. Manda cojones, ¿qué no?

Probo troglodita de Lakha Juhar, en la India. Observen
las flechas a la espalda provistas de estabilizadores y la
muesca del arco donde se engancha la cuerda,
posiblemente fabricada con hueso o asta 
Bien, ya hemos visto que idear, fabricar y usar un arco fue una genialidad, y salió tan bien que, pasados los siglos sigue funcionando perfectamente. Nadie ha podido superar su diseño. Si acaso, mejorar su rendimiento gracias a los materiales modernos, pero nada más. Eso no requiere genialidad, solo disponer de los medios adecuados. Pero ahora viene la pregunta que se me antoja la más misteriosa de todas: ¿Cómo es posible que el arco aparezca en pinturas rupestres de todo el planeta? Hablamos de una época en la que un fulano de China tenía complicado copiar a uno de África del Sur, por no hablar de Oceanía o de América. ¿Cómo es posible que un artefacto tan complejo surgiera en diversas partes de un planeta habitado en aquel entonces por unos milloncejos de primates cuyo mundo se terminaba cuando topaban con un río excesivamente caudaloso, por el cual no podían cruzar su impedimenta? ¿Acaso un rayo celestial impactó en la sesera de varios homínidos al mismo tiempo? ¿O también fueron los marcianos los que les entregaron el manual de instrucciones? El arco no pudo ser inventado por casualidad. No es un garrote que, al golpear en la cabeza a un cuñado, ves sorprendido que le has roto el cráneo y cae fulminado. Un arco requiere un diseño muy específico, una serie de requerimientos sin los cuales no funciona, y una selección de materiales muy meticulosa. No, no pudo surgir por casualidad, y menos en todo un planeta más o menos al mismo tiempo. Pero la cosa es que se inventó. El cómo y el quién o quienes es el misterio misterioso que, como las pirámides, nunca podremos desentrañar. Pero, ¿a que nunca habían pensado en este tema? ¿Ven como no? Ya se los advertí... Ah, y si creen que este es el único misterio misterioso sobre este tema, va a ser que no. Ya seguiremos...

Hale, he dicho



martes, 28 de mayo de 2024

HASTA VELITARIS

 

Grupos de VELITES infiltrándose entre los paquidermos enemigos, a los que hostigan arrojándole sus aguzadas jabalinas para cabrearlos y romper la formación

Hace ya varios cientos de lustros virtuales publicamos un articulillo sobre los VELITES, la infantería ligera del ejército romano durante la República. Como recordarán, y si no lo recuerdan echen un vistazo al mismo pinchando en el enlace, estos probos homicidas eran los ciudadanos-soldados con menos poder adquisitivo de la augusta Roma. Como ya se explicó en su día, en aquellos tiempos, la aspirante a capital del imperio carecía de ejército profesional, por lo que cada ciudadano acudía a la llamada de las armas pagándose su panoplia de su bolsillo y, por ende, era destinado a una unidad conforme a las características del mismo. El ejército se dividía en HASTATI, PRINCIPES y TRIARII, que conformaban la infantería pesada, más los EQVITES pertenecientes a las clases más pudientes ya que podían pagarse un penco para no tener que caminar mucho. Los menos pudientes eran los VELITES (hagan el favor de pronunciar "uelites", con U), que nutrían la infantería ligera y que, por la misma razón, eran los menos pudientes de todos. 

VELES dispuesto para el combate. Su mínimo armamento
defensivo, limitado a la PARMA, le permitía más agilidad
y velocidad que sus compañeros de la infantería pesada

Cada legión contaba entre sus efectivos con 1.200 VELITES cuya misión era mucho más importante de lo que se suele pensar, siendo generalmente más tenida en cuenta la infantería pesada que se movía por el campo de batalla conforme al despliegue táctico propio de los helenos, la falange, pero sin el apoyo de los VELITES podían tenerlo bastante crudo. Estos hombres, generalmente los más jóvenes del ejército- de ahí por lo general sus escasos medios económicos-, podían ofrecer dos ventajas innegables: una, su juventud y agilidad les permitían moverse rápidamente donde su presencia era requerida; y dos, su escaso armamento les facilitaba esa rapidez para desplegarse, si bien no por ello ofrecían una capacidad ofensiva despreciable. Como ya vimos en su momento, su panoplia defensiva se limitaba a un casco baratucho de bronce o, simplemente, nada, y a una PARMA, una rodela mucho más liviana y manejable que el SCVTVM de la infantería pesada. En cuando a las arma ofensivas, solo portaban un gladio o un puñal y tres o cuatro HASTÆ VELITARIS, unos dardos de pequeño tamaño que eran la base de su panoplia y con los que hacían mucho más daño de lo que imaginan. Sin embargo, poco se habla de esas armas que, a lo tonto, eran capaces de deshacer una carga de caballería, de elefantes o de diezmar un cuadro de infantería enemiga, tras lo cual salían echando leches a sus líneas en busca de la protección que les brindaban sus compañeros de armas. El gladio quedaba relegado a las escasas ocasiones en las que se veían obligados a llegar al cuerpo a cuerpo, por lo que su arma principal era el HASTA VELITARIS o VERUTVM, un chisme bastante ignorado y que, por ello, será el protagonista de este articulillo. Bueno, al grano...

Ojo, que eso de la infantería ligera tampoco lo inventaron los
romanos. Ahí ven a un peltasta tracio dando guerra en tiempos
del macedonio Alejandro, allá por el 300 a.C. Como se puede
comprobar, su panoplia es idéntica a la romana

Ante todo, debemos tener en cuenta algunos detalles que se suelen pasar por alto. Como ya saben, la infantería pesada procedía al lanzamiento de sus PILA tras el IMPETVS contra la formación enemiga. Al marchar en filas compactas, las probabilidades de herir o matar a un enemigo eran bastante grandes, por lo que el infante no tenía que ser un fenómeno a la hora de buscar precisión en sus lanzamientos. Con ser capaz de cubrir la distancia habitual ya había cumplido. Su PILVM, provisto de una enorme capacidad de penetración, atravesaría el escudo de cualquier cuñado con la energía suficiente para herirlo o, en el peor de los casos, obligarle a soltar el escudo porque el peso de la lanza lo hacía inmanejable, y pretender arrancarlo en plena fiesta era misión imposible. Sin embargo, el VELES se veía obligado a tener una precisión mucho mayor tanto en cuanto no solía arrojar sus HASTÆ VELITARIS contra una masa compacta, sino contra objetivos mucho más dispersos: infantería ligera enemiga durante una escaramuza, caballería que se cruzaba con ellos a toda velocidad o incluso diez o doce elefantes que, aunque lentos y torpones, iban tripulados por uno o dos arqueros que podían mantener a distancia a los VELITES antes de que estos pudieran ofenderlos. Por lo tanto, tenían que tener una destreza notable en el lanzamiento de sus dardos, y no le quedaba otra que aprovechar cada uno de ellos si no querían verse "sin munición" en plena movida. Luego hablaremos con detalle de la dotación de VERVTI de la que disponían. Como es obvio, lograr esa destreza en un ejército profesional en el que se podían pasar horas practicando no tenía ningún misterio, pero cuando se era el ciudadano panadero, el ciudadano curtidor o el ciudadano albañil que acudían a la llamadas de las armas de higos a brevas, la cosa ya no era tan fácil. Un currante tenía que calentar el puchero a diario, y no tenía mucho interés y aún menos tiempo para irse a un descampado a hacer prácticas.

VELITES cabreando seriamente a los cartagineses que tripulan un elefante un
poco pasado de tamaño para los que se usaban en realidad. En todo caso, un
grupo de estos infantes podía convertir al paquidermo en un acerico en un
periquete, matándolo por la abundante hemorragia producida por las HASTÆ
VELITARIS
que penetraban hasta sus entrañas

Y no solo tenían que adquirir la destreza necesaria para acertar en el blanco, sino también la potencia mínima para lograr el máximo alcance posible con la suficiente energía como para ofender a los enemigos. Como ya sabemos, la energía cinética se obtiene de la masa y la velocidad del proyectil, por lo que un dardo ligero, pero muy rápido o pesado pero muy ligero o lento no tenían la efectividad que lograba una combinación de ambos factores- velocidad y masa- capaz de perforar un escudo o una coraza enemigos y, además, hacer carne y penetrar en el cuerpo produciendo una herida grave o mortal. Y, por otro lado, cuanto más alcance se lograse, más fácil era mantener alejados a los enemigos ávidos de devorar sus vísceras bien regadas con GARVM. En resumen, ser destinado como VELES no era precisamente ningún chollo, y más si consideramos que eran los primeros en empezar a establecer escaramuzas con el enemigo, acudir con presteza como apoyo al lugar del campo de batalla donde hicieran falta refuerzos o adelantarse al ejército para realizar o prevenir emboscadas o divisar los movimientos enemigos. ¿Qué cómo sabemos si estos ciudadanos eran capaces de alcanzar la destreza necesaria para el desempeño de sus funciones? Pues esa es la cosa, que no lo sabemos. Nadie ha dejado constancia de las actividades del personal cuando no estaban sujetos a filas y se dedicaban a sus oficios, de modo que, lo más que podemos hacer es suponer que, en efecto, dedicarían parte de su tiempo a ir adquiriendo cada vez más destreza en el manejo de las armas, entre otras cosas porque les iba la vida en ello.

VELES con su panoplia al completo. Obsérvense los distintos yelmos que
solían emplear. Los tres superiores son del tipo Montefortino galo que fue
adoptado por todo el ejército romano
Bien, la cosa es que no han llegado a nosotros testimonios gráficos de los VELITES, ni en forma escultórica ni pictórica. Supongo que nadie mandaría decorar su TABLINVM (el despacho del PATER FAMILIAS) o el ATRIVM con las tropas más pobretonas del ejército, prefiriendo poner al peleida Aquiles dándole estopa al priamida Héctor ante los muros de Troya o, mejor aún, a Vercingétorix humillado ante Roma. Sin embargo, afortunadamente, sí disponemos de fuentes históricas solventes con las que reconstruir de forma bastante aproximada el aspecto de estos inopes homicidas. La más detallada procede de Polibio, el cual fue enviado como rehén a Roma en 167 a.C. tras la batalla de Pidna y tuvo ocasión de empaparse a fondo acerca del universo de los futuros amos del mundo. En su Libro VI de "Historias" nos dice que a los VELITES "...se les ordena llevar una espada, jabalinas y un escudo, el cual es fuerte y lo suficientemente grande como para brindar protección, es circular y mide tres pies de diámetro (1 metro). También usan un casco sencillo, y a veces lo cubren con una piel de lobo o algo similar para protegerse y actuar como un distintivo por el cual sus jefes pueden reconocerlos y juzgar si luchan con valentía o no". 

Y de la misma forma que nos describió a los VELITES, Polibio también se tomó la molestia de legarnos en aspecto de su arma principal, la HASTA VELITARIS. Con todo, debemos tener en cuenta un detalle, y es que no había una estandarización en lo referente a su longitud y tipo de moharra. Al cabo, los PILA de la infantería pesada tampoco observaban una uniformidad determinada, y en ambos casos podemos decir que, partiendo de un patrón básico, cada unidad o en cada provincia se fabricaban de una forma u otra, quizás considerando el enemigo a batir. No era lo mismo tener que vulnerar la gruesa piel de un elefante que el fino pellejo de un nubio, por poner un ejemplo. 

Bien, según el probo Polibio, la HASTA VELITARIS tenía un asta de dos codos de longitud (90 cm.), y estaba armada con una moharra de alrededor de un palmo, uséase, unos 20 cm. si bien en este detalle nos extenderemos un poco más adelante. Su morfología era más básica que la sesera de un alcalde de pueblo: un cubo de enmangue del que emergía una larga pica cuadrangular que se iba afilando hacia la punta hasta convertirla literalmente en una aguja o bien en una mínima pirámide, también cuadrangular, lo que aumentaba enormemente su poder de penetración. El grosor del asta, en base a los ejemplares que se han hallado, oscilaba entre los 17 y los 19 mm., y se solían usar maderas muy densas para aumentar el peso de estas armas y dar, en lo posible, más estabilidad a su vuelo. Generalmente se recurría al fresno o al cornejo, un arbusto que produce gran cantidad de ramas bastante derechitas y que, como su nombre genérico indica, era duro como un cuerno (CORNVS, de donde proviene el término cornejo). Esto no era óbice para que se emplearan otros tipos de madera en caso de no disponer de las mencionadas, como haya, castaño, etc. En la ilustración de la izquierda hemos recreado las moharras más generalizadas de estos chismes. En A podemos ver una cuyo proceso de forjado está casi concluido. Tras dar forma a la moharra, se bate el extremo inferior hasta convertirlo en una lámina, la cual será enrollada para formar el cubo de enmangue tal como vemos en B. El cubo no se soldaba, sino que ambos extremos de la chapa se solapaban sin más. Al ser unida la moharra al asta mediante un pasador remachado, el conjunto era lo bastante sólido. En C tenemos otra tipología, en este caso la descrita por Polibio: un hierro aguzado de sección cuadrangular sin más y el cubo de enmangue. 

Varias moharras procedentes del yacimiento de Šmihel, en Eslovenia.
Se pueden apreciar los diversos grados de deformación de las mismas
Estas moharras se deformaban fácilmente tanto al impactar contra un escudo enemigo como si se clavaban en el suelo. ¿Recuerdan la famosa polémica acerca de este efecto provocado en los PILA? Bueno, pues aquí no hay polémicas ni leches. Esos hierros tan finos se doblaban una cosa mala, y se tiene constancia de ello gracias a la cantidad de ejemplares hallados en contextos que no dejan lugar a dudas. Más aún, al clavarse en un escudo, lo habitual era que se deformasen aún más si se intentaba extraer, por lo que tenía lugar el archimanido efecto que obligaba al dueño del escudo a deshacerse de él por razones obvias, dejándolo descubierto ante sus enemigos. Siendo la dotación de HASTÆ VELITARIS más bien escasita- tres o, a lo sumo, cuatro unidades-, y considerando que en una simple escaramuza inicial podían agotarlos, parece ser que los reparaban en plena batalla. Marco Anneo Lucano lo explica claramente cuando dice que "...TVNC OMNIS LANCEA SAXO ERIGITVR" (... luego, las lanzas se enderezaban con una piedra), lo que nos induce a pensar que, tras un choque inicial y como era norma en los VELITES, estos se retiraban tras los HASTATI hasta que llegase el momento de actuar nuevamente, momento que aprovecharían para, tras recoger las HASTÆ tiradas por el suelo, enderezar en lo posible las moharras golpeándolas con una piedra. No debía ser muy complicado tanto en cuando no estaban templadas. Aún más, al final de la batalla se podrían recoger y ponerlas en manos de los herreros de la legión, que las repararían a base de forja o, llegado el caso, cortarían la parte deteriorada y las afilarían de nuevo, lo que explicaría la diferencia de longitudes entre moharras.

Pero este diseño no era precisamente óptimo, especialmente en lo tocante a la precisión. Su corta asta y su escaso peso le daban una trayectoria bastante errática, de forma que más allá de los 15 o 20 metros a lo sumo era francamente difícil acertar a un blanco con forma y tamaño de primate. A todo ello contribuía el mínimo diámetro del asta, que impedía un agarre capaz de impulsar el arma aprovechando al máximo la fuerza del tirador, como ocurría con el PILVM. Observen la foto de la izquierda, donde podemos apreciar el agarre de una jabalina. Un asta de 15 o 20 mm. de diámetro se pierde en la mano, que cuando más grande sea peor lo tiene para obtener un buen lanzamiento. Si alguna vez han jugado a las batallitas, quizás recuerden que el impulso lo da solo la base del dedo índice, desaprovechando el potencial que proporciona el conjunto de la mano y la muñeca. Para remediarlo, los VELITES equipaban sus HASTÆ con un mínimo accesorio más antiguo que la tos, que como está mandado tampoco inventaron ellos y que les permitía mejorar notablemente el rendimiento del arma: el AMENTVM.

El AMENTVM era algo tan simple como una lazada hecha con una tira de cuero de unos 8 o 10 mm. de ancho que ya usaban tanto los guerreros como los atletas griegos en sus juegos olímpicos. De hecho, hay mogollón de testimonios gráficos de la época en los que aparecen probos lanzadores arrojando sus jabalinas provistos de este accesorio. En lo tocante a nuestros imperialistas, Polibio no hizo mención al mismo cuando describió a los VELITES, pero sabemos que lo usaban gracias a Cicerón, que menciona las HASTÆ VELITIBVS AMENTATÆ, uséase, las jabalinas de VELITES provistas de AMENTVM. AMENTVM es un palabro que no tiene traducción a otros idiomas actuales, y en sus Etimologías, mi paisano Isidoro se limita a decir que "... es una correa que se adapta a la parte central del asta de las armas arrojadizas. Y se denomina AMENTVM porque, atada en medio de la lanza, facilita su lanzamiento." Esta lazada birriosa era la clave para convertir una jabalina poco eficiente en un arma absolutamente temible ya que, además de impulsarla con más fuerza y velocidad, lo que aumentaba su energía cinética, le proporcionaba una trayectoria mucho más estable, tensa y, por ende más precisa. Un VELES bien adiestrado en su manejo pasaba de ser una simple mosca cojonera a un tábano que, si te picaba con su VERVTVM, te podía pasar de lado a lado como sardinilla malagueña en espeto. Pero no crean que el AMENTVM era una simple tira de cuero que se ponía en cualquier sitio y santas pascuas. Antes al contrario, su manejo requería una depurada técnica, y en función de las circunstancias se podía recurrir a más de una forma de uso.

Ante todo, el VELES debía estar muy familiarizado con sus armas y conocer el punto exacto del centro de gravedad, donde debía empuñarla. Hacerlo más adelante o más atrás darían como resultado un lanzamiento pésimo y, peor aún, con un alcance mínimo. El método de lanzamiento más habitual lo vemos en las fotos de la izquierda, por el que el asta se apoyaba en la mano siendo sujetada por los dedos meñique, anular y pulgar. El AMENTVM, de unos 20-25 cm. de largo, debía situarse de forma que el bucle quedara justo en el centro de gravedad del arma para obtener las mejores prestaciones. Dicho centro de gravedad lo hemos marcado de rojo en ambas astas. En cuanto a la forma de fijar el AMENTVM, tenemos dos, cada cual a elegir por su usuario. En A vemos un AMENTVM unido al asta mediante un nudo que podía incluso reforzarse con un pequeño clavo. Como es obvio, era la unión más sólida ya que impedía que la tira de cuero se deslizase por el asta en el momento del lanzamiento pero, por contra, si el AMENTVM se alargaba por el uso o una humedad excesiva, podía variar por completo las prestaciones del lanzamiento. En B tenemos otra forma, basada simplemente en un bucle (Fig. B') que se desliza hasta que el AMENTVM quede a la distancia exacta, dando así a más opciones según las circunstancias. Sea como fuere, en ambos casos el lanzamiento se realiza impulsando el arma con los dedos más potentes de la mano, el índice y el corazón.

A la derecha tenemos otra forma de colocar el AMENTVM. En este caso, y con la correa fijada de las dos maneras que ya hemos visto, se le da una vuelta alrededor del asta con la finalidad de imprimir al arma una rotación similar a la de un proyectil moderno. La idea era, como ya podrán imaginar, mejorar la estabilidad del vuelo hacia el objetivo. No obstante, había que calcular bien la porción de correa que envolvía el asta ya que, caso de darle más de una vuelta, el giro resultante hacía que a, a partir de los 15 metros aproximadamente, el arma girase en sentido lateral, impactando de lado y no de punta ya que al dar más vueltas al AMENTVM, este se aleja del centro de gravedad del arma, empeorando en lanzamiento. Todas estas experiencias son resultado, como ya supondrán, de pruebas llevadas a cabo actualmente con réplicas basadas en la descripción de Polibio, que dan como resultado una HASTA VELITARIS de aproximadamente 500 gramos de peso incluyendo el de una moharra de 210 gramos y una longitud total de 115 cm. 

VELES en plena acción. Observen cómo empuña
su VERVTVM, y los dedos índice y corazón metidos
en el AMENTVM
En cuanto a las prestaciones obtenidas, la diferencia entre usar o no el AMENTVM es notable. Lanzándolo sin el mismo, la distancia obtenida oscila entre los 30-35 metros si el lanzamiento se realizaba en una posición estática. Si por el contrario se efectúa tras una carrera previa, se puede alargar hasta los 35-37 metros. Sin embargo, con el AMENTVM usado de la forma más habitual, que es la que vimos en primer lugar, el alcance se alarga hasta los 50-55 metros tanto si se lanza en posición estática como con carrera previa. Con el AMENTVM enrollado en el asta, la distancia se reducía un poco, alrededor de los 45-50 metros como máximo. No obstante, esto supone alrededor de un 40-50% más de alcance que sin el AMENTVM. En lo tocante a la capacidad de penetración sobre una coraza o peto de bronce, con el blanco a 15 metros o menos,  sin AMENTVM se obtienen unos 11 mm., suficientes para provocar al menos una herida superficial. Curiosamente, a distancias cortas el rendimiento del AMENTVM es inferior, alcanzando solo 90 mm. Pero a 25 metros los resultados se invierten, logrando 60 mm. sin AMENTVM y 70 con el mismo. Obviamente, si el enemigo era alcanzado en una zona de su anatomía sin protección ya podía encomendarse a los dioses y tal, porque quedaba listo de papeles en un periquete.

Y para concluir, la enésima duda que devana las seseras de los aficionados a estos temas. ¿Cuál  era la dotación de VERVTI de los VELITES? Livio menciona que el número de jabalinas era de siete por hombre, y ciertamente hay testimonio de ello. En la foto de la derecha podemos ver el monumento funerario datado en el siglo III d.C. de un tal Aurelio Muciano, que en su mano derecha empuña una especie de carcaj con al menos seis HASTÆ (puede que sean más). Sin embargo, salta a la vista que tantas astas, por finas que fuesen, no cabrían en una mano que, además, tenía que empuñar la manija del escudo. Por otro lado, no parece lógico que unas tropas a las que ante todo se les exigía movilidad y rapidez se vieran entorpecidos por ese chisme colgando de la espalda. Así pues, en lo que a mí respecta, solo caben dos opciones partiendo de la base que cada VELES no portaba en combate más de tres.

Opción 1: Cabe la posibilidad de que llevasen encima HASTÆ con distintos tipos de moharra, según el enemigo  batir. Antes de entrar en combate, se extraían del carcaj las más adecuadas, quedando el resto depositadas en el suelo a la espera del regreso de sus dueños.

Opción 2: Eran todas iguales, pero como solo podía llevar tres o, si acaso, cuatro si el VELES tenía una manaza importante, pues permanecían de reserva. De ese modo, tras volver de un primer choque con el enemigo podían reponer las HASTÆ perdidas o inutilizadas independientemente de que pudieran enderezar las que tenían tiempo de recoger durante su retirada.

Bien, con todo lo dicho colijo que ya saben algo sobre unas armas de las que sabían más bien poco o nada, de modo que ya tienen otra herramienta más para chinchar a sus miserables cuñados. Y tras varios meses de sequía, esperemos que con la llegada de la joía caló la musa de los cojones no vuelva a tomar la de Villadiego, que estas últimas vacaciones han sido más bien un año sabático, qué carajo.

CETERVM CENSEO PETRVM SANCHODICI ESSE DELENDAM

Hale, he dicho

Los VELITES se reagrupan tras los HASTATI tras una escaramuza inicial contra los elefantes púnicos, algunos de los cuales vemos en franca huida ya que sus conductores han palmado o se ven sin el combatiente que les acompañaba

viernes, 10 de marzo de 2023

HERIDAS DE GUERRA. EXTRACCIÓN DE FLECHAS Y VIROTES

 

HAROLD REX INTERFECTVS EST, que en román paladino viene a querer decir "Al rey Harold se lo han cargado". Harold palmó en Hastings a consecuencia de un flechazo en el ojo que lo dejó listo de papeles. Ahí lo ven, intentando extraer la flecha. Vano intento, porque la extracción hacía aún más daño

En las pelis, principales propaladoras de camelos, es habitual ver caer redondo al suelo al fulano que le meten un flechazo, como si más bien le hubieran metido una bala en el cerebro. Más raramente, el herido parte el asta para impedir que se le clave más o no le estorbe para seguir combatiendo. Bueno, sírvanse borrar de sus magines todas las chorradas que han visto en las películas y todos los embustes propalados por sus cuñados. Mienten como bellacos, de modo que vamos a ponernos al día en lo tocante a una de las facetas más importantes de la cirugía militar tanto en cuanto las heridas de flecha eran, desde los tiempos más remotos, causa de multitud de bajas entre los ejércitos en liza.

Antes y después de la avería ocular
No se sabe cuándo se empezó a desarrollar una técnica quirúrgica para la extracción de estos proyectiles, pero es lógico pensar que su uso militar debió aguzar el ingenio del personal para idear una metodología razonablemente eficaz. Dejando de lado los evidentes riesgos de sepsis y/o tétanos, era evidente que dejar un cuerpo extraño paseándose por los recovecos del organismo no era nada recomendable, y ya los antiguos griegos habían evolucionado lo suficiente como para crear escuela y, además, diseñar los instrumentos quirúrgicos adecuados para facilitar las extracciones, así como el tratamiento a seguir con los heridos para lograr su recuperación. Todos conocemos las reconstrucciones forenses que se han llevado a cabo para devolver al fiero y desmedido Filipo II su aspecto cuando aún habitaba en su envoltura carnal, y muestra le herida que le provocó la enucleación del ojo derecho por una flechazo recibido durante el cerco a la ciudad de Metone en 354 a.C. Como vemos en la foto, la flecha penetró por el arco superciliar de arriba abajo. Parece ser que lo cazaron mientras inspeccionaba las murallas enemigas, así que el flechazo partió del adarve. Cabe suponer que al ojo se lo reventó
 la flecha allí mismo, pero extraer la punta en una zona donde bien pudo quedarse la punta incrustada en el hueso no era cosa baladí. Sin embargo, dicha punta se extrajo y la herida sanó satisfactoriamente aunque le dejara el careto con un aspecto un tanto desagradable. Pero antes de entrar en el meollo de la cuestión, quizás convenga aclarar cómo era una herida de flecha y sus efectos.

Orificio de entrada de un proyectil de arma de fuego en el muslo
de un ciudadano, posiblemente de un calibre de arma corta. Como
podemos ver, no resulta muy aparatoso y apenas sangra
Aunque hoy día se han hecho estudios que comparan los efectos de un flechazo a los de un disparo con postas, colijo que es la enésima gilipollez pseudo-científica para justificar subvenciones. Los efectos de una posta- o una bala cualquiera- se basan en la transmisión de la energía cinética que alcanza gracias a su velocidad y su peso, que al impactar contra un cuerpo producen un trauma y, una vez dentro, lesiones en tejidos musculares, tendones, ligamentos o huesos. Pero, salvo que el destrozo sea importante o se vean alcanzados vasos sanguíneos de los gordos u órganos vitales, no es definitivamente incapacitante. Un proyectil moderno en sí no produce daños una vez que se detiene, y lo que acusa el herido es el trauma producido por el golpe y los daños en músculos y huesos. De hecho, una vez recuperado del shock inicial y administrado algún opiáceo para calmar el dolor, el herido puede incluso seguir operativo una vez realizada una primera cura. Ojo, hablamos de un disparo con munición normal, no un postazo a bocajarro que le arranca un brazo a cualquiera. Por otro lado, si la herida es un sedal que solo ha hecho carne, sin tocar nada importante, lo que queda es una molestia que se mitiga con analgésicos (doy fe). Sin embargo, una punta de flecha es más malvada.

Herida causada por una punta de caza moderna. Estas puntas están
afiladas literalmente como navajas barberas, por lo que si la herida
se hubiese producido en la cara interna del muslo podría haberle
seccionado la safena o la femoral y adiós muy buenas
Un proyectil, aunque sea disparado por una ballesta de torno, no llega ni de lejos a acumular la energía cinética de uno disparado por un arma de fuego salvo que sea uno de esos calibres enanos que matan poquísimo. Sin embargo, su coeficiente balístico es muy superior, lo que le permite atravesar defensas corporales que no acusarían los golpes o puntazos de otro tipo de armas. Más aún: mientras que un chaleco antibalas moderno detiene una bala disparada por un poderoso .357 Magnum, no servirá de nada contra una flecha, que atravesará las placas de Kevlar. Su escasa energía no provocará un shock al ceder su energía al cuerpo, e incluso en el fragor del combate puede que el herido ni se entere salvo que le acierten en algún sitio chungo. Mientras penetra, la punta producirá distintos efectos según su morfología. Un pasador o un cuadrillo serían lo menos malo y lo más parecido a una bala ya que su carencia de filos produciría un orificio más o menos limpio. Aún más, si el proyectil solo hacía carne y no se incrustaba en un hueso, incluso sería posible extraerlo dando un tirón del astil, si bien eso solía ser contraproducente como luego veremos.

Fémur perforado por una punta barbada. Obsérvese el astillamiento
longitudinal que produjo la presión del proyectil sobre el hueso. En
estos casos, la extracción se complicaba extraordinariamente
Pero si la punta es una barbada en cualquiera de sus variantes, la cosa es distinta. Una barbada producirá un corte limpio de masa muscular, tendones, ligamentos, vasos sanguíneos y todo lo que pille. Por esa razón, provocará una intensa hemorragia aún sin llegar a interesar una vena o una arteria importante. Y cuando por fin se detiene, se podría decir que es cuando comenzaba lo peor. El herido se ve con una cuchilla dentro de su cuerpo. Una cuchilla que seguirá produciendo daños cada vez que se mueve, con el consiguiente riesgo de que dañe algún órgano, víscera o vaso sanguíneo momentáneamente ileso. Y, además, produce un dolor bastante enojoso cada vez que el astil se mueve. El herido ni se atreve a pestañear, y procura salirse del campo de batalla a la espera de recibir ayuda o intentar hacerse una cura. Lo tiene crudo, la verdad. La punta le ha metido en el cuerpo tierra (recordemos que los arqueros solían clavar en el suelo su dotación de flechas para acelerar la cadencia de tiro), óxido o cardenillo si se trata de una punta de bronce. Recordemos que el cardenillo es venenoso y, aunque no se suela mencionar, no era raro que impregnaran sus flechas con porquerías varias.

Probo matasanos procurando extraer una punta de flecha del
muslo del héroe de turno. Obsérvese el fórceps con que intenta
sacar el proyectil. Su diseño permaneció inalterable durante siglos
Naturalmente, al herido ni se le ocurre extraer la flecha. El más mínimo tirón hace que las barbas se claven en la carne, provocando un dolor absolutamente lacerante. Además, sabe que es habitual que las puntas no estén fijadas a los astiles con un remache pasante, sino pegadas con cera o algún pegamento orgánico de la época. Esa práctica no solo estaba destinada a abaratar los costes de fabricación, sino también a que, en caso de querer sacar la punta, esta se desprendiera del astil y se quedase dentro, complicando mucho más la extracción. Y, por si fuera poco, los estabilizadores solían pegarse describiendo una leve curvatura helicoidal respecto al eje del astil para imprimir un giro a la flecha, algo similar al efecto que produce el estriado de un cañón. Esta disposición aumentaba la precisión en el vuelo, pero tenía un efecto secundario muy desagradable: la punta entraba en el cuerpo girando, por lo que el desgarro producido era aún más grave. En resumen, esta sería de forma muy resumida la lista de consecuencias de un flechazo, a los que debemos añadir los derivados de las infecciones, gangrenas, septicemias y demás cosas chungas incluyendo palmarla rápidamente.

Bien, lo que hemos descrito es, grosso modo, una herida de flecha. Ya en su día se publicó una articulillo donde dábamos cuenta de la evolución de estos artefactos, pero no estaría de más plasmar aquí un breve recordatorio. De izquierda a derecha tenemos un mínimo compendio de las tipologías más representativas, ya que a lo largo de la historia se fue formando un catálogo extensísimo. En primer lugar tenemos una punta de arponcillo, un diseño propio de la Península Ibérica usado por nuestros ancestros y fabricada con bronce fundido o hierro. Observen el cruel y pequeño arpón que impedía su extracción, mientras que sus dos filos harían una buena escabechina en las carnes de la víctima. La siguiente es una punta barbada que creo no requiere comentarios. Imaginar esa cosa hincada en cualquier parte de nuestra anatomía da grima. La siguiente es otra tipología de barbada que, aunque en apariencia sea menos terrorífica, podía causar más dificultades para extraerla debido a la extensión de las puntas hacia fuera, lo que requeriría una intervención más compleja. Finalmente, tenemos la típica punta "todo uso" lanceolada que, dentro de lo malo, era lo menos dañino, al menos de cara a una extracción.

A continuación podemos ver una muestra de cuadrillos y pasadores, puntas muy difundidas en la Edad Media para vulnerar las defensas corporales del enemigo, especialmente las armaduras de placas. Se trata de puntas con cubo de enmangue o pedúnculo (la del extremo derecho) con sección piramidal o cónica. Obviamente, su capacidad de penetración era muy superior, y concretamente los pasadores estaban concebidos para colarse entre las anillas de las lorigas. Estos modelos, debido a sus aguzadas puntas, solían partirse al impactar con algún hueso, lo que provocaba que, aunque la punta se extrajera exitosamente, quedase dentro un resto que podía provocar y, de hecho, provocaba, una infección más las lesiones subsiguientes. Como ya podemos imaginar, llevar a cabo una intervención para localizar una partícula metálica en aquella época era una mera utopía. Por lo tanto, se dejaba allí y solo tocaba encomendarse a San Sebastián, patrón de los asaeteados. Más aún, se han encontrado puntas con orificios aparentemente inútiles en sus cubos de enmangue ya que no servirían para alojar un remache ni nada por el estilo. Se ha deducido pues que su misión era sujetar fragmentos de hierro que se desprendían al penetrar en el cuerpo, por lo que si no te mataban de mismo flechazo se aseguraban de que la septicemia o el tétanos posterior te mandase a la fosa.

Bien, hecho este pequeño compendio flechero para ponernos en contexto, vayamos sin más demora al meollo de la cuestión: ¿cómo se extraían las puñeteras puntas?

Curioso diorama a tamaño natural que nos muestra al ciudadano Súsruta
hurgando en el ojo de un probo paciente, que es moralmente apoyado en
tan difícil trance por su compadre y su  cuñado para ver si lo dejaban tuerto
Las primeras referencias acerca de métodos para la extracción de flechas las tenemos en el Súsruta Samhita, una compilación de tratamientos médicos para los males más dispares y cirugía desarrollados por Acharya Súsruta, un probo matasanos hindú considerado como el padre de la cirugía que vivió allá por el siglo VI a.C. Este sesudo ciudadano practicaba las extracciones realizando incisiones en la carne según el tipo de punta, optando si era preciso por empujarlas hasta que salieran por el lado opuesto ya que, de ese modo, se evitaban intervenciones extremadamente agresivas que se solían realizar en vivo. Por lo visto, hasta operaba cataratas como quien pone una tirita, de modo que su talento queda fuera de toda duda.

Cabe suponer que los conocimientos del Súsruta éste pudieron llegar a Europa gracias al megalómano Alejandro, porque hasta su excursión a los confines del mundo nadie tenía noticia de lo que se cocía en el Lejano Oriente. Ojo, esto es una conjetura mía, porque en la Ilíada- cuya datación es aún tema de intensos debates- ya aparece la figura del ιατρός (iatrós, médico), que asistía a los aqueos heridos por los troyanos extrayendo las flechas y aplicándoles emplastos a base de yerbajos que aliviaban el dolor. Los griegos temían sobre todo a las flechas envenenadas usadas por los escitas, que tenían la fea costumbre de embadurnar sus proyectiles con un tósigo fabricado a base de veneno de serpientes mezclado con la carne podrida de esos animalitos tan repelentes, y todo ello combinado con excrementos humanos. La porquería esa la enterraban en estiércol y la dejaban fermentar hasta que el nivel de descomposición la hacía especialmente mortífera. Con todo, colijo que tanta floritura era prescindible, porque para inocular un tétanos de antología no hacía falta tanta parafernalia. A la derecha tenemos un grabado decimonónico que nos muestra a Macaón, hijo de Asclepio y corregente con su hermano Poladirio de la ciudad-estado de Tricca, en Tesalia, extrayendo la flecha que el alevoso Pándaro incrustó en el cuerpo de Menelao. Macaón, que aunaba a su faceta de monarca la de matasanos, es una figura un tanto legendaria, pero el hecho de ser mencionado como un 
ιατρός especialmente hábil es un claro indicio de que el tratamiento y curación de este tipo de heridas eran ya cosa común en la Europa de la época.

Arquero escita y τοξόται (toxotai, arquero) cretense
Sea como fuere, parece ser que el σκυτικον τοξικός (skytikon toxikós, veneno escita) tenía unos efectos absolutamente desagradables, ya que provocaba una necrosis de los tejidos- seguramente por el veneno de la serpiente-, acompañada de hinchazón en las extremidades, vómitos y convulsiones. Si el afectado no palmaba en pocas horas, pues los ejércitos de bacterias contenidas en la caquita que formaba parte de la fórmula desencadenaban una gangrena gaseosa que lo remataba en dos o tres días. En fin, algo muy desagradable. Por cierto que el término “tóxico” proviene precisamente del veneno usado por los escitas, que lo lanzaban con sus arcos, τόξo (tóxo, arco en griego). En todo caso, y en prevención de la existencia del puñetero veneno, tras la extracción de la punta se succionaba la herida para intentar eliminarlo. Sí, tal como sale en las pelis cuando al memo de turno le pica la serpiente malvada que pasaba por allí. 

Bien, aunque se supone que el hindú Súsruta ya disponía de una amplia panoplia de instrumental quirúrgico, la noticia del más antiguo que se conoce procede también de Grecia. Se trata de la “cuchara de Diocles” (κυαθίσκος τομ Διοκλέους, kyathískos toý Diokléoys) que podemos ver a la derecha. Ojo, es una reconstrucción del instrumento basada en la descripción del mismo que dio Aulo Cornelio Celso (c. 25 a.C.- 50 d.C.), porque no se tiene constancia de la existencia de ningún ejemplar original y, de hecho, algunas fuentes incluso niegan la existencia de ese chisme. No obstante, no veo motivo para pensar que Celso se entretenía contando camelos en sus escritos, pa qué mentí... Diocles era un afamado médico natural de la isla de Caristo que, al parecer, fue el que extrajo a Filipo la flecha que lo dejó tuerto, probablemente con el instrumento que mostramos. Como vemos, tenía el extremo ensanchado y con forma cóncavo-convexa, con unos labios en la parte cóncava (Fig. A) cuya misión era envolver las barbas de la flecha para impedir que se clavaran en la carne al tirar de ella. La punta de la misma se introducía en el orificio que vemos en el extremo de la cuchara para tirar de la punta sin necesidad de otro instrumento o fórceps. En la figura B podemos ver el reverso o parte convexa. 

Ojo, alcanzar la punta a extraer no era precisamente fácil ni indoloro. Primero había que localizar la posición del objeto, para lo que habría que hurgar en la herida con una sonda hasta saber exactamente su trayectoria y si se había clavado en un hueso ya que, de ser así, la extracción se debía llevar a cabo con otros métodos. Si era viable, entonces se abría un poco la herida y se separaban los bordes de la misma para introducir la cuchara, atrapar la flecha y, finalmente, extraerla. Esta operación podía durar pocos minutos, pero colijo que los alaridos del herido debían oírse en la Atlántida por lo menos. No obstante, es más que evidente que la cuchara de Diocles permitía una extracción menos cruenta y evitaba desgarros y/o lesiones internas muchísimo peores que el hecho de agrandar limpiamente la herida para facilitar el uso de la dichosa cuchara. Por cierto, este instrumento podía emplearse tanto si la punta conservaba el astil como si este se había desprendido al intentar sacar la flecha en plan compadre, que era lo habitual. Pero, por otro lado, los que reconstruyeron el instrumento parece ser que no tuvieron en cuenta un detallito, y es que cada flecha podía tener una anchura distinta. Ello obligaría a llevar encima cucharas de varios tamaños o, lo que se me antoja más probable, una única cuchara articulada como si de unas tijeras se tratase, de forma que los labios de la parte cóncava pudieran envolver cualquier punta y, apretando firmemente los dedales, tirar de ella. En resumen, un chisme como el que vemos en la ilustración, mezcla de cuchara y fórceps y que ha sido recreado por este menda.

Con todo, florituras quirúrgicas aparte, el instrumental básico del mundo antiguo para este tipo de intervenciones es el que vemos en la foto. Un escalpelo, un cuchillo, unos separadores, un fórceps y unas tijeras. Con eso, más la abrumadora dosis de dolor lacerante, se solían ventilar la mayoría de extracciones que, en muchos casos, terminaban de mala manera si el médico tenía más de tundidor de mejillas que de galeno y se le daba mejor rasurar jetas o sacar muelas que puntas de flechas, y todo ello sin contar los efectos secundarios derivados de una casi segura infección. Porque sabemos que al macedonio Alejandro también lo hirió una flecha, como a su padre, a Menelao o al mismo Macaón, pero lo que desconocemos, entre otras cosas porque nadie lo mencionó en su día, es la cantidad de fulanos que palmaron por un flechazo, bien porque la punta seccionó una arteria y se vació en dos minutos, bien porque le atravesaron la cabeza de lado a lado y ahí ya no había nada que operar, o bien porque una septicemia, una gangrena o un tétanos galopante lo remató antes de una semana.

El excelso Celso aplicando unas ventosas para extraer los malos
humores, de cuyo equilibrio dependía la buena salud
Con el paso del tiempo y el chorreo de ciudadanos heridos por flechas, es obvio que la técnica para extraerlas fue evolucionando sin prisa pero sin pausa. Buena prueba de ello es la obra de Celso DE RE MEDICA LIBRI OCTO (en román paladino, Los Ocho Libros de Medicina), en la que dedica un capítulo del séptimo volumen a la extracción de puntas de flecha, glandes de plomo y piedras arrojadas por hondas y escorpiones. Sin embargo, fue Pablo de Egina (625-690), un sesudo médico bizantino, el primero que dedicó un estudio en profundidad a este tema, especificando el método a seguir según el tipo de punta lo que, junto a la situación de la herida y lo que la flecha había profundizado, podría hacer conveniente practicar la expulsión antes que la extracción, sobre todo si el astil permanecía unido a la punta. Por lo tanto, en base a la exploración realizada por el médico como acto previo a la intervención quirúrgica a realizar, si se apreciaba que la flecha casi había atravesado el cuerpo o una extremidad del herido, o incluso era evidente que la punta casi había aflorado o roto la piel del lado opuesto, no había lugar a dudas: se procedía a empujarla por el lado del orificio de entrada. Esto permitía eliminar la malvada flecha con un mínimo de berridos y de destrozos extras en la anatomía del sujeto, que se veía con un sedal menos cruento que la escabechina necesaria para una extracción convencional. Solo en caso de haber interesado un vaso importante o, por supuesto, un órgano de los que hacen falta para seguir vivo, las cosas se complicaban, pero eso ya se sale de nuestro tema, que es las extracciones en sí.

En el caso de que el astil se hubiera desprendido y la posición de la flecha aconsejaban la extirpación, previamente había que averiguar el sistema de fijación de la punta al mismo para saber cómo actuar. Si se trataba de una punta con pedúnculo como la de la ilustración de la derecha, se recurría a un PROPVLSORIVM (empujador), que era la sonda que vemos en la figura A. Previamente se abría la herida con los separadores para localizar el pedúnculo, tras lo cual se insertaba este en el extremo del PROPVLSORIVM y se empujaba con un movimiento seco y rápido para abreviar el trance. Si se trataba de una punta con cubo de enmangue, se empujaba con un PROPVLSORIVM (Fig. B) que, en vez de tener la punta hueca, tenía un cono que se ajustaba al diámetro del cubo y, una vez aflorada la punta, se empujaba del mismo modo que hemos explicado antes o se ayudaban haciendo uso de un fórceps. La intervención se remataba con la aplicación de los emplastos habituales y se dejaba la herida abierta para que supurase la pus que se produciría en poco tiempo. Si el sujeto podía con la infección, saldría vivo del brete y en poco tiempo estaría nuevamente operativo luciendo un chirlo más en su anatomía. Por cierto que, antes de iniciar la eliminación de la flecha, Pablo recomendaba ligar los vasos sanguíneos interesados, técnica que empezó a desarrollar Galeno. Obviamente, la sutura de los mismos era un procedimiento menos irritante que la aplicación de cauterio habitual hasta entonces.

En caso de que la situación de la punta no permitiera su expulsión se recurría a la extracción, lo que era preciso cuando dicha punta había tocado hueso y era imposible empujarla, o bien cuando se había detenido a punto de herir algún órgano o vaso sanguíneo importante. En cualquier caso, como se ha dicho, en primer lugar se ligaban los vasos sanguíneos interesados, tras lo cual se procedía a abrir la herida y buscar la punta. Una vez localizada y en vista de su morfología, se procedía a extraerla, bien usando la cuchara de Diocles o los instrumentos que vemos en la ilustración, dos sondas rematadas por sendas cucharillas de forma angular que se colocaban a ambos lados de la flecha para impedir que las barbas se clavaran en la carne mientras se tiraba de la misma con la ayuda de un fórceps. Como ayuda a la extracción, antes de empezar a tirar se procuraba romper las puntas de las barbas o se cubrían con unos tubitos metálicos, siempre buscando que no dañaran aún más la zona herida. Por cierto que, en caso de que se sospechase que la flecha estuviera envenenada, aparte de succionar la herida se eliminaba el tejido afectado, lo que supongo daría lugar a otra sesión de berridos muy desagradables. 

Y si la punta se había incrustado en un hueso, pues la sesión de berridos se vería alargada, porque antes de iniciar la extracción en sí había que liberar la flecha. Para ello, lo habitual era romper cuidadosamente los bordes del orificio con un cincel. Un hueso vivo "atrapa" cualquier cosa que se clave en él, dificultando su enormemente la liberación del objeto. Por ese motivo, en caso de que la punta estuviera profundamente clavada, no quedaba otra opción que romperlo y, tras sacarla, tratar la herida como una fractura independientemente de las lesiones producidas en la carne. Si por el contrario la flecha no había profundizado demasiado, se podía intentar sacarla sin dañar el hueso según el método que vemos a la derecha, que nos muestra una barbada clavada en un fémur. En estos casos, el cirujano procuraba deslizar un fino alambre o un cordel provistos de un lazo corredizo por delante de las barbas y, ayudado con un fórceps, sacar la punta del hueso. Una vez liberada se procedería como una extracción normal según hemos explicado. Está de más decir que todo este proceso debía ser increíblemente doloroso, y la consecución del mismo no era cuestión de dos minutos porque había que actuar en todo momento despacio y con cuidado de no hacer más daño del que ya había provocado la maldita flecha.

CORDA FORTIS BALLISTÆ
La llegada del medioevo supuso una involución en temas médicos. La prohibición por parte de la Iglesia de estudiar en cadáveres y la reclusión en los SCRIPTORIA de los beaterios de las obras de los autores del mundo antiguo, así como la prohibición de ejercer la medicina a los frailes que eran los únicos que tenían acceso a dichas obras, hizo que todo el conocimiento atesorado por hombres como Galeno o Pablo de Egina quedara relegado al olvido. Las hemorragias volvieron a tratarse con la aplicación de cauterio y, para los casos de extracciones un poco complejas, se limitaban a dejar la herida abierta, serrando el astil un poco por encima de la herida en caso de que este no se hubiera desprendido. Tras varios días, la misma infección ya había reblandecido los tejidos de forma que sacar la punta era menos complicado, aunque el herido tenía todas las papeletas para palmarla por una septicemia de caballo o un tétanos a lo bestia. La mínima asepsia de antaño fue simplemente olvidada, y el riesgo de contraer cualquier enfermedad chunga notablemente elevado. No obstante, uno de los más destacados continuadores de la ciencia olvidada durante la Edad Media fue Henri de Mondeville (c. 1260-1316), que fue de los primeros médicos occidentales en recuperar la teoría de realizar las extracciones cuanto antes para alejar en lo posible el riesgo de infecciones. Además, parece ser que fue el creador del método que muchos toman como un camelo de la época y que consistía en extraer flechas con la ayuda de una ballesta como vemos en la lámina de la izquierda.

Otro cirujano que llevó a cabo un impulso notable en lo referente a las extracciones de flechas fue John Bradmore, que vivió durante la segunda mitad del siglo XIV y murió en 1412. Bradmore fue el autor de PHILOMENA, un tratado de cirugía bastante innovador, y gracias a sus habilidades como orfebre diseñó un extractor fue que usado hasta tiempos modernos. Consistía en una sonda partida en dos por cuyo interior corría un vástago que abría la punta a medida que se atornillaba. Así, una vez escaldada la herida con aceite hirviendo y aplicando el cauterio para cerrar los vasos afectados, introducía el extractor por el cubo de enmangue de la punta y lo abría hasta que la presión lo bloqueaba por completo, pudiendo tirar de la flecha o, en este caso, del cuadrillo, sin temor a dejarlo atrás. Con este chisme fue con el que pudo curar a Enrique V, al que uno de estos cuadrillos se le incrustó en plena jeta en la batalla de Shrewsbury, en 1403. Finalmente, dejaba la herida abierta para que drenada introduciendo un tampón impregnado con esencia de trementina.

Este instrumento también era válido para la extracción de puntas barbadas. Como vemos en la lámina de la izquierda, bastaba con embutir los cañones de dos plumas en las barbas, algo similar a la técnica de los clásicos que, en vez de plumas, usaban finos tubos de metal. De esta forma se impedía que las barbas se clavaran en la carne mientras se tiraba del extractor hasta sacar la punta. A continuación se procedía de la misma forma que la descrita en el párrafo anterior para sanear la herida y aminorar en lo posible el riesgo de infección.

Litografía de Hans von Gensdorff que muestra
a un cirujano hurgando con una sonda en el pecho
de un herido buscando la punta de flecha
Con todo, no fue hasta la llegada del Renacimiento cuando se pudieron recuperar las obras de los clásicos, así como de los hebreos y agarenos que las habían usado para aprender y mejorar sus técnicas. El más aventajado de todos los médicos de su época fue Ambroise Paré (1510-1590), del que ya hemos hablado en alguna ocasión y que es considerado como padre de la cirugía moderna. Paré fue el que, entre otras cosas, recuperó la ligazón de vasos antes de iniciar la intervención para aminorar las hemorragias que, hasta aquel momento, aún se seguían tratando con cauterio. Del mismo modo, impulsó el saneamiento de la herida mediante escarificación y una irrigación a base de aguardiente y vinagre en detrimento del cauterio al uso en la época. Obviamente, los tratamientos de Paré no estaban al alcance de todo el mundo, y menos de la abnegada y sufrida tropa de la época, pero al menos sentó las bases que marcaron la evolución para el tratamiento de este tipo de heridas. Los avances de Paré se debieron, entre otras cosas, a la realización de autopsias y estudios de cadáveres que, supongo llevaría a cabo en secreto para no caer en el entredicho eclesiástico. En aquella época, cualquier práctica contraria a los dogmas ya sabemos como podía terminar. Pero que nadie crea que con la llegada de las armas de fuego y la extinción progresiva de las ballestas en los campos de batalla se terminó la historia de las heridas por flechas.

De hecho, aún quedaban en el planeta probos homínidos cuya escasa tecnología les obligaba a continuar dependiendo de arcos y flechas para defenderse, como quedó patente en las guerras mantenidas por los yankees para robar sus tierras a los nativos en el Nuevo Mundo. De hecho, los médicos militares del ejército USA tuvieron que seguir haciendo frente a este tipo de heridas cada vez que sus tropas tenían un violento cambio de impresiones con las belicosas tribus que se resistían a someterse al ojo blanco. Por ello, las doctrinas y métodos de Pablo de Egina se mantuvieron vigentes siglos después de que su creador se largara de este atribulado mundo, siendo seguidas sobre todo por el coronel Joseph Bill, un afamado cirujano castrense que se puede decir que calcó los tratamientos de Pablo de Egina, sobre todo en lo referente a abreviar al máximo la extracción, la localización e identificación de la flecha, la apertura de la herida para facilitar la extracción e incluso el uso de los dedos en vez de sondas para ubicarlas correctamente antes de iniciar la intervención. Hasta diseñó un nuevo tipo de fórceps especialmente robusto para facilitar la extracción de flechas incrustadas en huesos que podemos ver en la ilustración de la izquierda. Ese chisme podía abrazar con gran fuerza cualquier tipo de punta independientemente del sistema de fijación al astil y tirar con fuerza del mismo para desincrustar la punta. 

Y la historia aún no acabaría aquí. Durante la 2ª Guerra Mundial, aún se produjeron unas 5.000 bajas entre los aliados que combatieron en Asia y se enfrentaron a tribus hostiles, y en Vietnam también pudieron probar lo irritante que es un flechazo cuando algún panoli era víctima de una trampa para bobos o de cualquier camboyano o vietnamita cabreado por haber visto su aldea reducida a pavesas a causa del napalm. En fin, incluso hoy día se siguen tratando heridas de flecha entre los aficionados al tiro con arco y, por supuesto, a la caza con arco, que a veces dicen que confunden a un venado con su cuñado para darle matarile sin tener que pasar por los tribunales. Y, por supuesto, las producidas por miembros de unidades de élite que prefieren el arco al silenciador para aplicar una muerte silenciosa pero eficaz a sus enemigos. En fin, estas heridas aún tienen mucho recorrido por delante.

Bueno, ya'tá.

Hale, he dicho