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domingo, 28 de junio de 2020

Las condecoraciones en el ejército romano. CORONA MURALIS y CORONA VALLARIS

Como vemos, las fortificaciones de hace 20 o 22 siglos no tenían nada que envidiar a las medievales, y tomarlas por asalto
era igual de complejo y peligroso tanto en cuanto los medios para ello no variaron en siglos. O sea, que se valieron de
escalas o bastidas tanto en el siglo II a.C. como en el XV. Los ascensores y montacargas estaban aún por inventar


El fuerte de Tre'r Ceiri, en Gales, construido hacia el 200 a.C. Como vemos,
la complejidad de su estructura, las barbacanas y antemuros y sus murallas,
de más de 4 metros posiblemente, no casa con la imagen de un poblado
rodeado por cuatro palos medio podridos que se tiene de los "bárbaros".
En su época de esplendor albergó más de 150 casas y unos 400 habitantes
Antes de comenzar, un par de comentarios, a saber. Uno: como ya recordarán, en su día se comenzó una serie monográfica sobre las DONA MILITARIS, uséase, las condecoraciones en el ejército romano que, como es habitual en mí, interrumpí sin más hace ya algo más de cuatro años. No, esta no vez ya no diré lo de "carajo, cómo pasa el tiempo... etc." sino "cómo pasa el tiempo, carajo... etc." Bueno, la cuestión es que me he acordado que está incompleta aún, ergo lo que procede es ir añadiendo las que faltan aunque tarde otros cuatro años. Dos: es habitual, cuando no cuasi algo generalizado, que la gente tenga un concepto totalmente erróneo de los sistemas de castramentación de los pueblos enemigos de Roma. Sólo leer el título de este artículo ya creo que está claro que se trataba de distinciones relacionadas con los asedios, tanto de castillos o cercas urbanas como de fortificaciones de materiales lignarios. Por todo esto, como indicaba antes, colijo que más de uno se ha creído las afirmaciones de sus cuñados sobre el tema, y dan por sentado que los celtas, iberos, germanos, etc. no sabían fortificar, y que sus poblaciones eran defendidas por una empalizada birriosa que no aguantaba ni el embate de media docena de legionarios canijos. Pues va a ser que nones.

Construcción de la rampa para alcanzar la imponente fortaleza de Masada,
en Judea. El asalto se pudo llevar a cabo con una bastida provista de un
ariete. Solo el acarreo de tierra y cascotes ya mereció 100 coronas colectivas
para las sufridas tropas del legado Lucio Flavio Silva. Dos mil años
después, la rampa aún sigue donde mismo la dejaron los romanos
De hecho, los enemigos de Roma construían unas murallas igual de sólidas que estos probos imperialistas, a base de piedra de la buena y con la altura y el grosor necesarios para resistir la acción de máquinas de asedio. ¿O acaso el gran César montó el asedio que montó en Alesia para reducir una mísera valla de jardín? ¿Y lo de Masada, no lo recuerdan? ¿Y Jerusalén? ¿Y Numancia? ¿Acaso los hititas, los asirios y los egipcios no construían unas fortificaciones formidables cuando Roma no era más que un prado donde pastaban tanto las ovejas como sus pastores? Tomar esas ciudades supuso un esfuerzo militar de primera clase, comprometer en dichos asedios a miles de hombres y lo más granado de la ingeniería militar y los mejores expertos en poliorcética y tormentaria del ejército. Y no solo sabían fortificar enclaves de gran importancia, sino meros poblados. Los iberos y celtas peninsulares encerraban sus poblaciones u OPPIDA tras gruesas murallas de mampuesto coronadas posiblemente por empalizadas de troncos. Los pictos y celtas de Britania aprovechaban el terreno para fortificar los poblados con varios cinturones de murallas formando terrazas y, en resumen, bastaba con que se juntara una docena de casas para que sus habitantes las rodearan con fuertes empalizadas que no eran precisamente fáciles de superar, y más si las defendían varias decenas o incluso centenas de ciudadanos extremamente belicosos y muy indignados por la visita de aquellos extranjeros dispuestos a dejarlos con lo puesto o, peor aún, a esclavizarlos.

Dicho esto, y como ya podrán imaginar, coronar el primero una muralla o una empalizada era ganarse todas las papeletas para palmarla como un auténtico y verdadero héroe, y qué menos que, si el osado que lo lograba salía vivo del brete, pues premiarlo por su arrojo. Ya sabemos que las condecoraciones se inventaron para estimular al personal y que sirvieran de acicate a los demás cuando, si las fuerzas flaqueaban, no dieran media vuelta y se dieran de baja por depresión. Bien, con este introito creo que queda bastante claro el motivo de la existencia de estas dos distinciones de las que hablaremos hoy, así que, sin más dilación, vamos al grano.

CORONA MVRALIS

Un eficaz método para expugnar murallas era
formar rampas con los escudos. De ese modo,
los asaltantes podían llegar arriba sin exponerse
como lo harían usando solo escalas
La alusión más temprana a este premio proviene de un pasaje de Polibio en el que comentaba que se entregaba al primero que, sin distinción de rango, lograba coronar la muralla de una fortificación enemiga. No hizo alusión alguna a su aspecto o su nombre, sino solo que se trataba de una corona de oro. Si tenemos en cuenta la época en que vivió este probo historiador, entre el 200 y el 118 a.C., ya vemos que no se trataba de un premio inventado durante el Principado, sino mucho antes. El nombre por el que la conocemos proviene del muy posterior Aulo Gelio (125-180 d.C.), que explicaba que los comandantes de los ejércitos daban una CORONA MVRALIS al primero que lograse traspasar por la fuerza el parapeto de una muralla enemiga. Obviamente, entre el relato de Polibio y el de Gelio, con más de dos siglos por medio, pudo haber inicialmente un período en el que estas distinciones carecían de un nombre específico, pero de momento nos quedaremos con las ganas de saber si fue así o si desde el primer momento ya recibió la designación de CORONA MVRALIS aunque Polibio no la mencionase, bien por desconocimiento o porque no le dio la gana. 

Según Aulo Gelio, la corona tenía forma de muralla almenada formando un círculo que se asentaba sobre una especie de burelete o rosco acolchado para ajustarla a la cabeza. La muralla estaba perfectamente definida, mostrando tanto el relieve de la sillería como la merlatura, las ventanas y la puerta de acceso. Han llegado a nuestros días algunos testimonios gráficos gracias a la costumbre de estos probos homicidas de rellenar sus cipos funerarios con sus condecoraciones para dejar constancia a la posteridad de sus elevadas dosis de testiculina. El ejemplo más preclaro lo tenemos en el de Sexto Vibio Gallo, PRIMVS PILVS de la LEGIO XIII GEMINA y jubilado como PRÆFECTVS CASTRORVM, que debió ser una especie de Rudel a la romana por la enorme cantidad de distinciones que alcanzó y que vemos en la ilustración de la derecha.  Sus condecoraciones las obtuvo sirviendo bajo Domiciano y Trajano en el Rin y el Danubio. En la cara izquierda presenta dos CORONÆ VALLARE, una ARMILLA, cinco HASTIS PVRÆ y un VEXILLVM. En la cara de la derecha vemos otro VEXILLVM y tres CORONÆ MURALE. Y para que no quedase duda de cuál era cada una, hasta mandó grabar el nombre junto a cada condecoración. Debió ser todo un personaje porque, en las otras dos caras, en una se dan pelos y señales en latín y en griego, y en la otra se ve a nuestro hombre cabalgando sobre sus enemigos derrotados .

Y no es este el único ejemplo. A la izquierda vemos la estela funeraria de Sulpicio Celso que, por su armadura musculada, la posición del gladio en el costado izquierdo y su empuñadura con cabeza de águila podemos deducir que, cuando menos, era un centurión de cierto rango. Sobre la armadura vemos a la izquierda una torque con cabezas zoomorfas, y a la derecha una CORONA MVRALIS  sobre lo que podría ser una HASTA PVRA. Este caso también guarda bastante similitud con la descripción de Gelio ya que la corona muestra su forma circular, los merlones y las ventanas.

Así pues, tenemos constancia de su aspecto y, ante su escasez, lo que sí está claro es que no debía ser fácil dirimir quién era el que llevaba a cabo la proeza, y más si tenemos en cuenta que un asalto nunca se llevaba a cabo con una sola escala, sino varias. ¿Quién o quiénes eran los que lograban alcanzar la cima? ¿Cómo podía saberse cuando es evidente que más de uno se arrogaría la proeza? Colijo que solo en casos en que el asalto se efectuase con una bastida podría saberse con exactitud si bien en ese caso el riesgo no era el mismo por razones obvias. Cuando descendía la sambuca y las tropas entraban en tromba hacia el adarve no se corría el mismo riesgo que encaramarse por una tambaleante escala mientras los enemigos le arrojaban de todo. En resumen, no era un acto en el que desde el primer momento quedaba claro que lo había llevado a cabo un hombre de forma totalmente individual, como el caso de la CORONA CIVICA. Si salvas la vida a tu compadre no hay dudas al respecto, y más si tanto el compadre como sus cuñados testifican ante el legado que, en efecto, le salvaste el pellejo justo cuando un germano iba a filetearlo. 

Recreación de una CORONA
MVRALIS
según Connolly
De hecho, solo hay constancia de un caso de disputa entre dos hombres reclamando la primicia muraria. Fue durante el cerco a Cartago Nova por Escipión Africano, concretamente un centurión y un marinero de la flota. Como no podía ser menos, la cosa empezó por la reclamación y acabó con una bronca en la que llegaron a las manos los infantes del centurión y los demás marineros, que apoyaban de forma incondicional a su candidato. Escipión los aplacó proponiendo un arbitraje con tres jueces, que decidirían para quién sería la puñetera corona que, como ya podrán imaginar, fue concedida EX ÆQVUO para impedir que aquello no acabara en un motín en toda regla, con la infantería y la marinería matándose a puñaladas. Puede que fuese este el motivo por el que, con el paso del tiempo, la CORONA MVRALIS fuese una distinción rara y difícil de obtener y que, poco a poco, fuese cada vez más exclusiva.

Escena de la Columna de Trajano que muestra a legionarios y auxiliares
intentando un asalto. En la escena se aprecian tres escalas, mientras que
los dacios que defienden la fortaleza les hacen ver amablemente que su
presencia no es grata. Como podemos imaginar, no debía ser fácil dirimir
quién era el primero el coronar la muralla, y más en unos momentos en los
que el personal estaba pendiente de que no lo mataran, y no en ver lo que
hacían sus colegas
Con la llegada del Principado no cambiaron las cosas y, según Suetonio, Augusto la concedió en contadas ocasiones siempre y cuando el mérito quedara demostrado. Sin embargo, la llegada al poder del depravado Gaio Calígula hizo que esta preciada condecoración empezase a perder, digamos, prestigio, porque empezó a concederse solo a oficiales de elevado rango, raramente a centuriones y nunca a legionarios. El primer ejemplo de esto fue la concesión de la CORONA MVRALIS a un tal Anicio Maximo, que ostentaba el rango de PRÆFECTVS CASTRORVM de su legión. Francamente, es más que cuestionable que el tercero en la escala de mando de una legión se arriesgara a encabezar un asalto y palmarla en el mismo. Y no porque le faltasen arrestos para ello, sino porque sería una grave irresponsabilidad. Si el legado moría o era puesto fuera de combate, el mando recaería sobre el tribuno laticlavio, que igual tenía dos meses de experiencia militar, por lo que tendría que delegar de forma soterrada en el PRIMVS PILVS si no quería verse un año dando explicaciones de por qué no supo mantener la disciplina y tal. En resumen, que no sería raro que este probo ciudadano obtuviera su corona como una especie de "premio a toda su trayectoria", o tal vez porque fue el que ordenó el asalto o lo controló desde cerca.

Poco a poco, la CORONA MVRALIS perdió su verdadero simbolismo para pasar a ser una mera distinción con la que permitir a los EQVITES volver a casa con alguna medallita tras su periplo militar, que siempre venía bien iniciar el CVRSVS HONORVM mostrando a la plebe que uno los tenía bien puestos y que se había jugado el pellejo por el senado y el pueblo de Roma aunque lo más cerca que estuviese del asalto fue en un cerro, sosteniendo la copa de tinto aguado del legado cuando este se cabreaba al ver como sus tropas no acababan de penetrar en las defensas enemigas. O sea, algo similar a la Cruz de Hierro de 1ª clase, que por norma solo se obtenía de oficial para arriba, mientras que los que caían como moscas y se jugaban de verdad el pellejo, soldados, clases y suboficiales, como mucho obtenían la de 2ª clase salvo contadas excepciones. Mención aparte merecen las distinciones que aparecen en los SIGNI usados por los pretorianos como el que vemos en la ilustración de la derecha y que está basado en el relieve de la estela funeraria de Marco Pompeyo Asper, centurión de la III COHORTE y que está datada en el siglo I d.C. El SIGNVM muestra las distinciones obtenidas por los miembros de su unidad, y en el mismo podemos ver, además de varias CORONÆ  CIVICA y retratos de emperadores, una CORONA MVRALIS.  De ese modo, cada cohorte podía fardar de tener entre sus miembros a ciudadanos bragados, y cuantos más chismes pusieran en el SIGNVM, mejor. Parece ser que este privilegio solo lo tenían los pretorianos, que para eso eran la élite militar o, mejor dicho, político militar hasta que Constantino se hartó de ellos y los vaporizó lentamente hasta su extinción.

Bien, poco más podemos aportar al respecto porque no disponemos de datos acerca del tiempo que esta distinción permaneció en uso pero, a la vista de que quedó relegada a una mera condecoración honoraria, perdió su valor en el momento en que ya no la daban por protagonizar un acto de heroísmo, sino para poner contentitos a los EQVITES que quería hacer carrera y alcanzar el rengo senatorial.

CORONA VALLARIS

Si asaltar una fortaleza de piedra no era precisamente fácil, hacer lo propio con una erigida sobre un terraplén y rematada por una empalizada de gruesos troncos tampoco era moco de pavo. Sí, una empalizada no tenía la altura de una muralla de piedra, pero para eso las construían sobre elevaciones, naturales o artificiales, muy complejas para la aproximación. Los taludes eran generalmente recubiertos con tepes para impedir corrimientos de tierra, y el césped constantemente mojado en los climas húmedos de la brumosa Albión o de Europa Central no hacía fácil encaramarse por sus empinadas y resbaladizas pendientes. Una buena muestra la tenemos a la derecha. Es una recreación de la empalizada de Alt Clut, en Escocia, un reducto usado por los pictos que, con el tiempo, se convirtió en el castillo de Dumbarton, el más antiguo de Gran Bretaña (Dios maldiga a Nelson). Como vemos, el acusado desnivel lo solventaban con gruesos maderos, rellenando el espacio vacío con piedras. Sobre la plataforma construían un parapeto de madera.  Encaramarse ahí no debía ser nada fácil, y menos con los defensores dejando caer hasta los meados de sus cuñados para contagiarles alguna porquería.

Asalto nocturno de los galos de Alesia a la línea de contravalación romana.
Como vemos, superar el talud rematado por afiladas estacas y defendido por
la empalizada y las torres no era nada fácil. Obviamente,este tipo de
fortificación lignaria era factible para cualquier nación de la época
Bien, ya vemos que obtener una CORONA VALLARIS era tan complicado como una MVRALIS. Por cierto, VALLARIS proviene de VALLVM, que significa empalizada, parapeto o valla. Polibio no la menciona, quizás porque en su época la CORONA MVRALIS valía para todo lo que fuera asaltar una fortificación, ya estuviera construida de piedra o de madera. Sin embargo, Aulo Gelio sí menciona una CORONA CASTRENSIS, que hace referencia de forma indudable a una fortificación de campaña, o sea, protegida por una empalizada. Esto indica que sí se diferenció entre ambas coronas y, además, tenemos el testimonio de nuestro archicondecorado Sexto Vibio Gallo, que ganó dos de ellas. Livio menciona que entre las tropas que participaron en el triunfo del dictador Lucio Papirio Cursor tras derrotar a los samnitas en 293 a.C. había hombres que lucían CORONÆ MVRALES y VALLARES, por lo que podían ser tan antiguas la una como la otra independientemente de que Polibio, que al parecer no se explayó en este tema, ni se molestase en mencionarlas. 

Reducto costero picto. A lo escarpado del emplazamiento se suma una
base de mampuesto con troncos trabados rematada por una espesa empalizada
También las menciona Valerio Máximo, un escritor contemporáneo de Tiberio, que narra como, al igual que el centurión y el marinero se disputaban el haber coronado en primer lugar la muralla de Cartago Nova, en este caso hubo dos candidatos a hacer lo propio en un campamento de los brucios- al sur de Italia, en la actual Calabria- en 283 a.C. Los reclamantes no obtuvieron respuesta a su petición, por lo que sus compañeros, supersticiosos a rabiar como buenos romanos, dedujeron que no tenían méritos para lograr la distinción porque, en realidad, habían logrado su hazaña ayudados por Marte, el dios de la guerra. Sea como fuere, lo cierto es que la CORONA VALLARIS siguió el mismo proceso que la MVRALIS, o sea, que con la llegada del Principado fue una recompensa reservada a los hombres de rango más elevado si bien parece ser que la MVRALIS gozaba de más categoría ya que, en este caso, era más habitual que le fueran entregadas a los centuriones. 

En cuando a su morfología, recuperemos la imagen de la colección de medallas del valeroso Sexto Vibio Gallo. Según vemos, su aspecto es muy similar a la CORONA MVRALIS si bien en este caso su forma es cuadrangular. Se supone que dicha forma obedecía a su similitud geométrica con los CASTRA romanos, o quizás la hicieran así simplemente para poder diferenciar una de otra.  Sin embargo, la apariencia de sus muros no son los de una empalizada, sino de sillería convencional. Se teoriza, que ya es echarle imaginación a mi entender, que en realidad no pretenden representar sillares, sino bloques de tepes como los que las tropas romanas cortaban para asentarlos en los taludes cuando construían un CASTRVM para pasar una invernada o más tiempo acantonados en el mismo lugar. En mi opinión, si hubieran querido representar una empalizaba habrían puesto postes, no rectángulos, así que solo me cabe la explicación de que ambas coronas llevaban lo que para ellos era el símbolo de una fortificación, la piedra, independientemente de con qué estuviera construida, y solo la forma, circular o cuadrada, las diferenciaba. Por lo demás, ambas coincidían en el burelete acolchado para ajustarla a la cabeza.

Asalto al templo de Jerusalén, donde hasta el sanedrín
en pleno se sumó a los defensores. Otra ocasión para
ganar una CORONA MVRALIS pero, ¿quién subió el
primero?
Mi conclusión personal es que este tipo de condecoración acabó siendo relegada a mera quincallería militar porque, simplemente, era imposible saber quién puso pie en primer lugar en el adarve de la fortaleza sitiada. Nunca se lanzaba una sola escala, y cuando se lanzaban subían por todas al mismo tiempo. Habría que poner una "photo finish" de esas para ver quién se adelantaba aunque fuera un centímetro, o sea, imposible. Colijo que en sus inicios las obtuvieron hombres que formaban parte de contingente más reducidos, donde sí se veía quién era el que subía cuando se lanzaban dos o tres escalas, o incluso podría tratarse de asaltos por sorpresa en los que, obviamente, participaban pocos hombres para no alarmar al enemigo. Luego, si lograban entrar y abrir la puerta, sus colegas harían el resto. Así, lo que en un inicio pretendía premiar e incentivar el arrojo en el asalto acabó siendo una distinción de la que todos pasaban porque era absurdo reclamarla. Se podían premiar actos llevados a cabo de forma individual, pero en un asalto precisamente la individualidad no traía cuenta, y cuantos más tomasen parte en el mismo mejor.

CORONA VALLARIS según Connolly
Bueno, con esto terminamos. Por cierto que nunca entenderé la relación entre la CORONA MVRALIS y la república, que por no usar la corona real echó mano de esa que, como hemos visto, no tenía ninguna connotación política, sino militar. Para no usar la corona real mejor no poner nada, digo yo... ¿O no?

En fin, ya seguiremos.

Hale, he dicho





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Recreación del asedio de Avaricum a manos de César. Obsérvese la magnitud de las obras para asaltar la murallas, a base
de plataformas, vineas, bastidas, etc. Igual echaban a suertes quién daría el primer paso, porque con miles de asaltantes
atacando por varios sitios a la vez se me antoja complicado saber quién fue el primero

sábado, 5 de marzo de 2016

Las condecoraciones en el ejército romano. CORONA ROSTRATA


"Vivificación" del gran Marco Vipsanio Agripa ante el templo
que lleva su nombre. En su noble testa porta la
CORONA ROSTATA concedida por Augusto tras vencer a Sexto
Pompeyo en el contexto de la cuarta guerra civil. La recreación
se ha realizado sobre el busto que se conserva en el Louvre.
Bien, prosigamos con la cuestión coronaria, que aún queda tema por delante. Hoy hablaremos de una distinción no exenta de cierta polémica ya que las fuentes de la época no nos han legado datos exactos sobre ella. Hablamos de la CORONA ROSTRATA y, ya de entrada, en el mismo nombre tenemos el primer escollo porque según que autor la denominan de una forma u otra. Pero, antes de nada, conviene explicar lo de ROSTRATA, que no tiene nada que ver con ningún rostro, sino con los espolones de las galeras o ROSTRVM, malignos artefactos a los que se dedicó en su momento una interesante entrada que pueden vuecedes bichear pinchando justamente aquí. ¿Ya la han visto? Bien, como es evidente, se trataba pues de una distinción naval. Sin embargo, no data de los más remotos tiempos de Roma ya que estos ciudadanos nunca habían tenido que enfrentarse a nadie hasta que los cartagineses empezaron a tener violentas diferencias de opinión con ellos allá por el 264 a.C. Los cartagineses, hombres diestros en cuestiones navales, obligaron a los romanos de secano a combatir en un medio para el que no estaban precisamente preparados ya que ni siquiera habían inventado aún una condecoración adecuada para premiar a los marinos valerosos. No obstante, no hay menciones concretas a esta corona hasta tiempos de la República, quizás porque no tuvo la relevancia de las CORONAS CIVICAS



Momento decisivo en que la sambuca de una galera acaba de
caer sobre la cubierta de una nave enemiga, hincándole el
cuervo para impedir que se alejen. El primero que salte por
encima de la borda adversaria gana el premio.
Según la Historia Natural de Plinio, esta distinción se otorgaba al que primero abordase una nave enemiga durante una batalla naval, denominando al galardón como CORONA ROSTRATA. No obstante, en la misma obra cambia el nombre de esta condecoración cuando explica que, allá por el 67 a.C., Marco Terencio Varrón fue premiado con una CORONA NAVALIS por Gneo Pompeyo por su triunfo contra los piratas que infestaban el Mediterráneo en aquellos tiempos. Así mismo, Aulo Gelio y Livio la llaman también CORONA NAVALIS, con lo que aquí tenemos una de las cuestiones por solventar y que, hasta ahora, los historiadores no han podido dirimir. Sólo coinciden en su morfología, que era más o menos como la que vemos en la cabeza del Agripa vivificado de la imagen de cabecera: una corona de laurel con espolones, o sea, ROSTRI de galeras. Además, especifican que estaban hechas de oro. Añadiremos también los datos que aporta Virgilio, recogidos a su vez de Plinio, y que dan en el mismo párrafo los dos nombres a la misma corona:



ROSTRATA CORONA, CORONA NAVALIS AVREA, IN SPECIEM ROSTRORVM NAVALIVM
COMFORMATA, DATA RARO: PRIMVM A POMPEIO MAGNO M. VARRONIS BELLIS PIRATICIS.
SECUNDO AB AUGUSTO M. AGRIPPÆ BELLIS SICULIS ADVERSVS SEXTVM POMPEIVM
QVÆ ILLE CONFECIT EXTREMA AD FRETVM SICVLVM PVGNA, ANNO U.C.710



Denario de Augusto  (c. 21 a.C.) en cuyo reverso podemos
ver una CORONA NAVALIS.
Esto, traducido en román paladino, viene a decir que la CORONA ROSTRATA o CORONA NAVALIS de oro tiene el aspecto de un espolón de nave y fue dada raramente. Primero, Pompeyo Magno a M. Varrón en la guerra contra los piratas. Segundo, de Augusto a M. Agripa en la guerra de Sicilia contra Sexto Pompeyo, con el que terminó finalmente en la batalla del estrecho de Sicilia (se refiere al estrecho de Mesina), en el año 710 de la fundación de Roma (U.C. = AB URBE CONDITA, fundación de la ciudad). Para complicar aún más la cuestión, Veleyo Patérculo (manda cojones el apellido) y Séneca le dan un tercer nombre: CORONA CLASSICA. Ojo, que en este caso el término no está relacionado con las clases o el clasicismo, ya que CLASSICA en latín hace referencia a una flota o escuadra naval. ¿Hablamos de la misma corona con diferentes nombres, o por el contrario había diferentes tipos o categorías como distinción naval? No se sabe a ciencia cierta y, como está mandado, hay opiniones de todo tipo. 



Fragmento de la
Columna de Trajano
en el que aparece un
estandarte en cuya
parte inferior se ve
la proa de una galera.
¿Implica esto que
esta corona fue
concedida a nivel
colectivo? No se sabe
En primer lugar debemos tener en consideración un detalle, y es la ausencia de fuentes de cualquier tipo que nos hagan saber quiénes habían ganado esta corona desde su supuesta aparición a raíz de las Guerras Púnicas hasta el Principado. De hecho, igual que hemos visto en entradas anteriores que los ciudadanos condecorados dejaban testimonio de su testiculina en sus lápidas y demás monumentos funerarios, no hay ninguna que muestre claramente que su difunto dueño hubiese ganado una corona naval. Ya es raro, ¿no? Por otro lado, hasta el Principado solo hay dos fuentes que testifican la entrega de sendas coronas, tal como hemos citado más arriba. Sin embargo, Séneca afirmaba que solo Agripa había sido premiado con la corona en cuestión, lo que siembra aún más dudas al respecto. Pero, con todo, no es posible que fuese solo un hombre, o dos si no nos fiamos de Séneca, el que la hubiese ganado mientras que las fuentes de la época aseguraban que esa distinción se concedía al primero en abordar la nave enemiga. Así pues, en mi opinión debía haber dos tipos de coronas: una, más primitiva que desapareció posiblemente antes del Principado y que se concedía a los rangos inferiores, y otra destinada a los comandantes de la flota los cuales, obviamente, no se dedicaban a encabezar abordajes por razones obvias. Lo que ya no es tan fácil es concretar a quién estaba destinada a ROSTRATA y a quién la NAVALIS ya que, como hemos visto, se confunden ambos términos. Con todo, lo que sí está claro es que el término NAVALIS fue el que se usó a partir del Principado, por lo que la ROSTRATA bien podría ser la destinada a los héroes anónimos de las antiguas batallas navales. ¿Y qué pasa entonces con la CLASSICA? Pues, también en mi opinión, era la misma cosa que la NAVALIS ya que, al hacer referencia a una escuadra naval, es lógico pensar que su destino era el cráneo del que mandaba la flota. Y, además, ese término solo aparece precisamente tras el Principado, por lo que no es aplicable a las coronas otorgadas anteriormente a esa época.



Como vemos, la puñetera corona tiene más enigmas que la tumba de un faraón. De hecho, ni siquiera tuvo remotamente la profusión de las coronas cívicas o incluso las coronas de hierba ya que, aparte de los dos personajes anteriormente mencionados, apenas hay datos al respecto. Uno de ellos lo aporta Suetonio, que nos narra como Clau-Clau-Claudio se auto-concedió una tras su inane campaña en la Britania, a cuyo regreso al cabo de seis meses se organizó a sí mismo un fastuoso triunfo tras el que mandó poner en el frontón de palacio una corona cívica y otra naval, esta última como símbolo de su victoria sobre el océano. El aspecto de estas coronas solo nos ha llegado a través de algunas monedas en las que aparece Agripa portando una de ellas. En la foto superior tenemos algunos ejemplos. Las dos de arriba son sendos denarios. El de la izquierda muestra el perfil de Agripa con una corona naval combinada con hojas de laurel y proas de galeras. A la derecha tenemos otro del mismo personaje, pero en esta ocasión con una corona mural combinada con un espolón de la naval. Abajo a la izquierda tenemos un dupondio de bronce en el que se ven los perfiles de Agripa  con su corona naval y Augusto con una corona triunfal de laurel. A la derecha mostramos una imagen similar, pero en esta ocasión sobre un denario.



Poco más se puede aportar a la vista de los escasos testimonios que han llegado a nuestros días. Uno de ellos es la averiada lápida que vemos a la izquierda, la cual da cumplida cuenta de la abundante colección de galardones obtenidos por Marco Cornelio Nigrino, un hispano natural de la actual Liria, en Valencia, que vivió en tiempos de Domiciano y que fue cónsul y legado propretor de Siria, donde ganó fama y gloria. Según reza la lápida en cuestión, durante la guerra con los dacios obtuvo entre otras recompensas nada menos que dos coronas navales que, en este caso, son denominadas como CLASSICIS. Esto corroboraría lo que comentamos anteriormente respecto a que este término se usó durante la época imperial. 



Denario de Gneo Pompeyo en cuyo reverso aparece una
PRORA ROSTRATA como símbolo de su victoria
contra los piratas de Cilicia
En fin, esto es lo que ha dado de sí la CORONA ROSTRATA, o NAVALIS o CLASSICA. Como hemos visto, su origen y sus primeros años de vigencia son bastante misteriosos para, a partir de finales de la República, ser concedida literalmente con cuenta gotas si bien, las cosas como son, los romanos tampoco se vieron envueltos en muchas batallas navales si las comparamos con las habidas en tierra firme. No obstante, no deja de ser curioso el hecho de que las galeras o las proas rostradas hayan sido un tema muy recurrente en monedas y bajorrelieves, al menos durante la República, habiendo gran cantidad de testimonios de los mismos. Como curiosidad final, comentar que los prefectos pretorianos estaban excluidos de la escala de rangos que podían optar a este tipo de premio ya que, obviamente, esta prestigiosa unidad jamás luchaba embarcada. Por otro lado, ese detalle corroboraría el hecho de que la CORONA ROSTRATA era una condecoración que, al menos a partir del Principado, solo podía ser obtenida por los más encumbrados personajes, o sea, cónsules o emperadores.

Bueno, es hora del yantar, así que me piro inmediatamente.

Hale, he dicho

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miércoles, 2 de marzo de 2016

Las condecoraciones en el ejército romano. CORONA CIVICA


En los sangrientos combates cuerpo a cuerpo de primera línea era donde 
más probabilidades había de obtener una CORONA CIVICA
La razón es obvia: es donde el personal caía como moscas
La CORONA CIVICA fue la segunda en importancia tras la OBSIDIONALIS que estudiamos en la entrada anterior. La diferencia era que, mientras que la segunda se obtenía salvando a mogollón de ciudadanos de la aniquilación, la primera se ganaba salvando solo a uno sin incluir cuñados, lo que no solo no debía estar premiado, sino incluso penado. Bueno, coñas aparte, la cuestión es que la CORONA CIVICA se convirtió desde su creación en la más importante distinción militar romana tras la citada CORONA OBSIDIONALIS. Obviamente, era un galardón más accesible ya que eso de librar de una ominosa muerte a todo un ejército no estaba al alcance de todo el mundo, pero la CORONA CIVICA no solo podía alcanzarla cualquier ciudadano, desde un simple legionario hasta el mismo legado o, ya puestos, un cónsul, sino que, además, otorgaba a su poseedor de una serie de beneficios y dignidades nada despreciables. Veamos su historia...


A este no lo salvaron a tiempo. Seguro que era un cuñado
La primera referencia a este galardón proviene de un oscuro autor de comedias que vivió durante el siglo II a.C. llamado Cecilio Estacio el cual, a pesar de su nombre genuinamente romano, era al parecer de origen galo y, antes de dedicarse a temas literarios, fue incluso esclavo. En un fragmento que se conserva de una de sus obras cita esta recompensa con la frase "Son llevados con corona de ílex y con clámide: ¡Dioses, os pongo por testigos!" (el QVERCVS ILEX es como esta gente denominaba a la encina), de donde en principio llamaban a este tipo de premio como CORONA ILIGNA en referencia a que estaba hecha con ramas del citado árbol. No obstante, disponemos de fuentes más amplias que nos permiten saber no solo el material con que se hacían, sino también bajo qué condiciones se ganaban. Según Polibio, Plinio y Aulo Gelio en el Libro V de sus Noches Áticas, la CORONA CIVICA se obtenía cuando se salvaba la vida de un ciudadano en combate, ocupando y manteniendo el puesto del compañero hasta que diese término la batalla. Pero, ojo, era el salvado el que tenía que reconocer de forma implícita que Fulanus o Zutanus le había salvado su miserable pellejo ya que, de lo contrario, aunque toda la legión en pleno jurase por sus dioses manes y lares que, en efecto, Menganus le había salvado la vida, no habría recompensa. De hecho, en los primeros tiempos era el mismo rescatado de la muerte segura el que, motu proprio, confeccionaba in situ la corona y se la ofrecía a su salvador.


Casco de caballería destinado a los ejercicios de
HIPPICA GYMNASIA en el que se ve una CORONA
CIVICA repujada en el metal, lo que indicaría que
su dueño poseía una
A pesar de que, al igual que la CORONA OBSIDIONALIS, carecía de valor material, la CORONA CIVICA conllevaba una serie de privilegios a los que la ganaban. De entrada, el rescatado tenía la obligación de reverenciar al rescatador como a un padre de por vida. Este dato lo corrobora el mismo Cicerón al hacer referencia al rechazo que inspiraba a algunos el verse obligado a guardar con un extraño la misma deferencia que la que se debía a un padre, lo que en una sociedad patriarcal como la romana debía ser ciertamente un mal trago. Pero lo más importante no era que el salvado le estuviera haciendo la pelota de forma vitalicia, sino que los premiados con tan preciado galardón tenían la potestad de usarla de forma permanente. O sea, no era la típica condecoración que se portaba solo en el ámbito militar, sino que se la podía encasquetar en el cráneo las veinticuatro horas del día en la vida civil, lo que le suponía recibir grandes muestras de respeto por parte de los demás ciudadanos que, muy obsequiosamente, le ofrecían las debidas muestras de respeto. De hecho, incluso hubo algunos que, al igual que ocurrió con los TORQVATVS, tomaron el nombre de la condecoración para sí, de forma que todos supieran que era poseedor de tan valioso galardón. Tal fue el caso de Marco Helvio Rufo el cual, según Tácito, ganó la CORONA en África en el 18 d.C. y se añadió el mote de CIVICA, lo que debió sentarle como un tiro o, mejor dicho, como un golpe de PILVM en el "CRANIVM" a sus cuñados.


El sueño dorado de cualquier
plebeyo romano
Y a ese privilegio había que añadir que, por haber engendrado a tan valeroso ciudadano, el padre y el abuelo paterno del héroe en cuestión se veían liberados de todos los deberes cívicos, lo que era un chollo que les caía del cielo sin quererlo ni beberlo. Y, por otro lado, podían optar a otros beneficios de más enjundia y mucho más rentables que verse con el vecindario haciéndole la pelota: los poseedores de la CORONA CIVICA tenían la posibilidad de ascender en la estricta escala social de Roma, ascendiendo de su estatus de plebeyo birrioso a posiciones más elevadas como, por ejemplo, el senado. Según Livio, cuando era preciso rellenar las plazas que habían quedado vacantes por el deceso de sus ocupantes, se echaba mano entre a otros a los premiados con la CORONA CIVICA, por lo que más de uno y más de dos con menos linaje que un chucho callejero se veían bonitamente encumbrados vistiendo la toga laticlavia. En cuanto a su vigencia, fue más longeva que la CORONA OBSIDIONALIS que, como se comentó en la entrada anterior, dejó de existir de facto en tiempos de Augusto, que fue el último en ser premiado con ella si bien por cortesía de sus pelotas del senado. No fue así con la CIVICA, de la que se siguieron teniendo referencias a lo largo del siglo I d.C. Tenemos por ejemplo el caso de Marco Ostorio Scapula, hijo del gobernador de la Britania, que la obtuvo en el 48 d.C., o cuando Gneo Domicio Corbulón, gobernador de Siria catorce años más tarde, exhortó a sus tropas a ganar mogollón de CORONÆ CIVICA cuando fueron a sacar las castañas del fuego al atribulado Cesonio Peto, al que los partos tenían un poco acorralado en Armenia. La última referencia a este galardón data de tiempos de Caracalla (siglo III d.C.), el cual premió al centurión Gaio Didio Saturnino con una CORONA CIVICA AVREA, lo cual hace que algunos autores duden de si se trataba de una nueva condecoración o bien se hacía referencia a la obtención de dos diferentes, la CIVICA y la AUREA, lo que es ciertamente más probable.


Recreación de un joven Augusto a partir de un busto en el
que aparece tocado con una CORONA CIVICA. La imagen
nos permite por otro lado tener una idea de su aspecto.
Sea como fuere, la cuestión es que en esa época es cuando, como ya hemos comentado en entradas anteriores, desaparecieron las DONA MILITARIS que desde hacía siglos eran el orgullo de los legionarios romanos. Sin embargo, la CORONA CIVICA prevaleció en el tiempo, aunque despojada de su categoría de condecoración militar, ya que se convirtió en el símbolo de los emperadores romanos. Aunque por lo general todo el mundo asocia la corona de laurel con estos monarcas, la realidad es que fue la CORONA CIVICA la que desde Augusto los césares portaron sobre sus augustos cráneos hasta que fue sustituida siglos después por las diademas o las coronas radiadas. Así pues, que quede claro: la corona de laurel, de la que ya hablaremos en otra entrada, era la que usaban los triunfadores, y los césares la cívica. La costumbre surgió cuando el senado concedió a Augusto el privilegio de colgar una CORONA CIVICA en la puerta de su casa como símbolo de sus victorias y de las vidas de ciudadanos que se habían salvado gracias a él. Dicho privilegio se fue extendiendo a sus sucesores si bien, al parecer, Tiberio la rehusó, pero no es de extrañar a la vista del extraño y amargado carácter del hermano del gran Druso.


Denario de plata de Augusto en el que aparece con una
CORONA CIVICA. Como vemos, es la típica corona que
muchos confunden con la del laurel
Bien, ese es la historia de esta prestigiosa recompensa. Solo nos resta dar un repaso a las teorías acerca de por qué se hacían con ramas de encina. Plinio aporta dos de ellas. En una sugiere que el motivo no era otro que ser la encina un árbol dedicado a Júpiter y a Juno, dioses estos a los que se encomendaba la custodia de las ciudades. La otra sugiere que, simplemente, era porque los ancestros de los romanos se alimentaban del fruto de estos árboles. De hecho, en un oráculo del dios Apolo a los arcadios llaman a los primitivos romanos comedores de bellotas. Sin embargo, Plutarco es el que aporta la teoría más simple y, por ende, la más aceptable: en todas partes hay encinas, por lo que era el árbol más socorrido a la hora de fabricar una corona razonablemente simbólica y tal para premiar al que acababa de salvarle el pellejo a un probo ciudadano. Con todo, justo es reconocer que estos árboles siempre han estado envueltos de simbolismo y connotaciones espirituales y religiosas en muchas culturas. Por último, recordar que las tropas auxiliares no podían optar a estas recompensas aunque salvaran la vida de tropocientos ciudadanos, por lo que si acaso le concederían la ciudadanía como premio a su valor era para que, si salvaba a más, entonces sí se la dieran. Así mismo, también debemos tener presente que en el ejército romano no se concedían recompensas póstumas como se hace actualmente. Esto quiere decir que si un legionario salvaba a un compañero pero dejaba la vida en el intento, pues el muerto al hoyo, el vivo al bollo y si te vi no me acuerdo. Ciertamente, vivimos en un mundo ingrato desde hace la torta de siglos, ¿verdad?

Bueno, no creo que olvide nada, así que condió.

Hale, he dicho