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miércoles, 12 de febrero de 2020

ASHIGARU, LA INFANTERÍA PLEBEYA


Contingente de ashigaru armados con lanzas. Estas tropas, surgidas de los campesinos del más bajo nivel social,
lograron convertirse en piezas fundamentales en los ejércitos de los daimyo

Cuando vemos una película ambientada en el Japón medieval, puede que muchos piensen que los ejércitos que aparecen en las batallitas que tienen lugar se nutrían exclusivamente de samurai. Total, todos llevan armaduras, todos llevan en la espalda el sashimono que los distinguía de las tropas enemigas y todos usaban un armamento similar. En resumen, la impresión que dan es que en Japón había más samurai que políticos en España ya que había suficientes para formar mogollón de ejércitos de miles de hombres con los que los daimyo se dedicaron durante décadas y décadas a masacrarse bonitamente. Sin embargo, la realidad es que los efectivos de samurai con pedigree eran los menos, afirmación ante la que cualquier cuñado ahíto de documentales de Canal Historia levantaría la ceja perplejo. ¿Quiénes formaban entonces el grueso de los vistosos ejércitos nipones? Pues los ashigaru que ya mencionamos en la entrada anterior. Los "pies ligeros" que eran básicamente una réplica de los milicianos medievales europeos, o sea, campesinos que acudían a la llamada de las armas para sumarse al pequeño contingente de samurai para defender el territorio o bien hacerle una visita al daimyo vecino y dejarle el cortijo arrasado hasta los cimientos. Veamos pues en qué consistían los ashigaru y como, con el paso del tiempo, se acabaron convirtiendo en unos elementos fundamentales en los ejércitos de la época.

El emperador Tenmu (c.631-186)
La necesidad de formar ejércitos razonablemente numerosos contando con la población ya la planteó el emperador Tenmu a principios de su reinado, a partir del último cuarto del siglo VII. Pero por aquel entonces el estado no disponían de infraestructuras ni medios para establecer un sistema de reclutamiento, y menos aún para controlar que los llamados a filas acudieran en su momento a prestar servicio militar. El pueblo se preocupaba más por dedicar todos sus hombres útiles a sus labores, y el personal pasaba del tema y desertaban sin que nadie pudiera evitarlo. Total, que a la vista del fracaso obtenido por lograr disponer un ejército como Buda manda, Tenmu les hizo dos higas y se olvidó del tema. Así pues, se tuvieron que conformar con recurrir a los terratenientes con medios económicos suficientes como para disponer de un caballo y armas- los primeros samurai- y que además pudieran aportar campesinos de sus tierras o incluso aumentar sus efectivos contratando los de otros dominios. 


Genin escoltando a su señor. Como vemos,
está provisto de armadura y va armado con
espada y naginata cuya hoja lleva cubierta
con una funda de cuero
Los que por lazos de parentesco y fidelidad al clan del samurai eran considerados como hombres de confianza eran denominados genin, asistentes del guerrero, cuya misión principal era transportar toda la impedimenta del samurai al que servían y, llegado el caso, prestarle su ayuda en el campo de batalla si la vida de este corría peligro. Además, debían ir recolectando las cabezas cortadas por su señor para la ya conocida ceremonia de presentación tras la batalla para darse postín y tal. Hay que considerar que, en aquella época y según el código de conducta de estos probos orientales, la guerra era una especie de duelo personal entre los samurai de un bando y otro, y no dos masas de combatientes que se abalanzaban como carneros en celo para darse estopa con saña bíblica. Si por su valor y dedicación se hacían merecedores de ello, un genin podía verse elevado al rango de samurai con lo que ello conllevaba. Pero el resto de la infantería estaba formada por labriegos cuya fidelidad era más que cuestionable, mal armados y peor entrenados, por lo que no era raro que si la campaña se alargaba más de la cuenta tomasen las de Villadiego y dejasen a su señor/contratador tirado. En realidad, estos hombres eran lo más bajo del escalafón social del Japón, gente sin los elevados principios morales y éticos y demás zarandajas a los que les daba una higa todo lo que no fuera intentar trincar algo de botín si, tras la batalla, su bando era el vencedor. Así, no era raro que se dedicaran al pillaje e incluso a rematar a los samurai heridos para expoliarlos, robándoles sus armas, armaduras, etc.


De izquierda a derecha vemos a Noda Shirô, Koshirô Hyôgo y Kusunoki
Masatsura bajo una lluvia de flechas. Obviamente no salieron con vida
del brete
La primera vez que aparece en las crónicas el término ashigaru es en la batalla de Shijōnawate, librada en febrero de 1348 en el contexto de las Guerras Nanboku-chō que enfrentó a las dos facciones lideradas por sendos emperadores, el del Norte y el del Sur. En las crónicas de la batalla de cita a los shashu no ashigaru, que eran contingentes de arqueros que habían copiado el sistema mongol aprendido de estos cuando invadieron Japón un siglo antes. Hasta aquel momento el arquero por antonomasia era el samurai, cuya destreza con el arco era incluso más valorada que con la espada. Pero el samurai a caballo solo podía ofender a un enemigo en concreto, mientras que los shashu no ashigaru, disparando andanadas de flechas contra la masa atacante, especialmente la caballería enemiga, resultaban devastadores. La ilustración de la derecha nos muestra de forma bastante gráfica como la densa lluvia de flechas acabó dando la victoria a la Corte del Norte, con varios samurai muertos a causa de los proyectiles y a tres de sus líderes que no saben ya donde meterse para esquivarlos.


Ashigaru durante la Guerra de Onin. Como vemos, ofrecen
un aspecto deplorable, armados con simples cañas de bambú
afiladas e incuso uno que ha atado una hoz a una caña
En el sigo XV y tras el estallido de la sangrienta Guerra de Onin y el posterior Período de los Estados Combatientes en los que los daimyo acabaron con el bofuku de los shogun, estaba ya más que claro que la única forma de disponer de tropas suficientes era reclutando a campesinos que nutriesen de forma notable los ejércitos de los daimyo. Sin embargo, su fidelidad y su rendimiento en combate seguían siendo más que cuestionables. Si se les echaba encima la época de la cosecha se largaban sin dar explicaciones, su entrenamiento seguía siendo más que deficiente y, lo peor de todo, que no tenían el más mínimo reparo a la hora de cambiar de bando, y mientras una campaña la hacían bajo la bandera de una daimyo podían hacer la siguiente bajo la de otro si este les ofrecía unos jugosos incentivos. Como vemos, aumentar el número de efectivos de un ejército con semejante morralla no tenía mucho sentido, y la única forma de conseguir tropas fiables que, además, fuesen verdaderamente útiles en el campo de batalla era estableciendo lazos de fidelidad entre los daimyo y sus tropas y proporcionarles tanto las armas como el adiestramiento adecuados para hacer de ellos verdaderos soldados y no una banda de chusma dedicada ante todo al pillaje.


Dos armaduras originales de ashigaru del siglo XV. En el detalle central
vemos un tipo de protección más básico para la cara, consistente en un
protector de hierro que cubría frente y mejillas y se anudaba en el cogote
El primer paso para fidelizar a los ashigaru y, tanto o más importante, crear un espíritu de cuerpo, fueron las okashi gusaku, las armaduras en préstamo. Eran unas armaduras básicas, consistentes en una coraza o do lisa formada por láminas de hierro y provistas de faldones o kitsazuri que les protegían la parte superior de los muslos. Para protegerse los brazos usaban unas kote, unas mangas cubiertas en parte por placas metálicas, y las piernas se las protegían con suneate, unas grebas de hierro atadas sobre unas polainas de tela o kaihan. Para la cabeza era habitual el uso del jingasa, el típico sombrero cónico oriental que, en este caso, se fabricaba de hierro y se proveía de un cubrenucas de tela para proteger el cogote del sol si bien algunos se protegían con kabuto sencillos. Los daimyo con más medios económicos hacían pintar su mon en el peto, y algunos incluso mandaban lacar todas las armaduras del mismo color. De ese modo se lograba una uniformidad que siempre ayudaba a igualar a los hombres y aumentar los lazos que les unían a su señor.


Los tres tipos de armas en que se especializó la
infantería: lanza, arco y arcabuz
Con todo, la infantería de la época no solo se nutría de ashigaru, sino también de ji-samurai, hombres pertenecientes a un rango inferior a los samurai normales cuyos medios económicos les obligaban a trabajar a tiempo parcial como labradores y solo acudían a la llamada a las arma cuando el daimyo los convocaba. El constante y voraz afán expansionista de estos últimos obligó a muchos ji-samurai a optar por dedicarse por entero a la milicia o, por el contrario, pasar del tema y ejercer exclusivamente como granjeros. En caso de decidirse por la vida militar ingresaron en los ejércitos de los daimyo como ashigaru, abandonando sus aldeas y yéndose a vivir a los castillos de los grandes señores para sumarse a la guarnición de los mismos. Así, entre los ashigaru y los jin-samurai acabaron formando una competente fuerza de infantería que, además, se vio cada vez más especializada mediante la división de hombres en base al tipo de arma que usaban, arqueros, lanceros y, a partir de mediados del siglo XVI, arcabuceros. De hecho, estas tropas acabaron siendo decisivas en los campos de batalla hasta el extremo de que su importancia superaba notablemente a la de los samurai.


Arigashu pertenecientes al zori tori de un samurai cuidan y dan de comer
al penco de su señor. Como vemos, uno le ofrece el grano directamente
de su jingasa
Con los ashigaru ocurrió algo similar. Como su permanencia en filas se limitaba al tiempo de la campaña y, a pesar de los avances en los medios de reclutamiento, aún seguían alistándose los oportunistas de siempre que solo buscaban medrar a base de pillaje y expolio de cadáveres, los daimyo con medios suficientes se inclinaron por disponer de un contingente de ashigaru de élite que permanecían todo el año sujetos a filas. En realidad, para estos hombres era una oportunidad de mejorar su estatus social y olvidarse de acabar artríticos hasta la cejas por pasarse media vida en los campos de arroz. Los que lograban destacar y presentar alguna que otra cabeza a su señor tenían muchas opciones para ser elevados de rango y ser nombrados samurai, lo que conllevaba además obtener un feudo. El inicio de su carrera era como genin para, a base de méritos, lograr un puesto en el zori tori, un cuerpo de asistentes personales de un samurai de alto rango o el daimyo compuesto por sus ashigaru personales incluyendo el portador de sandalias- que aunque parezca una chorrada era uno de los cargos más anhelados-, el portador del yari, la lanza del señor, el del nobori, la bandera del mismo, y un ordenanza que igual valía como camarero, para ayudarle a armarse o para darle un masaje en el pescuezo con cremita y tal.


Teppo ko gashira con el bastón de bambú
propio de su rango. Lo que parece una ristra
de chorizos alrededor del cuello es en realidad
una bolsa con las raciones diarias de arroz
Los cuadros de infantería eran puestos bajo el mando de un samurai de confianza del daimyo que, por lo general, solía imponer una disciplina férrea entre su gente.  Estos samurai estaban distribuidos en una escala jerárquica perfectamente organizada para un mejor control de las tropas en el campo de batalla y, ante todo, organizar el entrenamiento que les permitiría rendir al máximo. Así pues, las unidades de ashigaru de un ejército estaban al mando de un arigashu taisho, hombres de la máxima confianza del daimyo ya que bajo ellos tenían tanto a los arqueros como los lanceros como los arcabuceros. Por debajo de ellos estaban los ashigaru  kashira, al mando de unidades equivalentes en efectivos a los de una compañía de infantería moderna, por lo general 150 hombres divididos en dos tipos de armas, V. gr. 75 arqueros y 75 arcabuceros. Finalmente estaban los  los ashigaru ko kashira, lugartenientes de los anteriores  que tenían bajo su mando a 30 hombres. Otro oficial era el teppo ko gashira, encargado exclusivamente de las escuadras de arcabuceros formadas por cinco de ellos más un arquero cuya misión eran mantener un mínimo de potencia de fuego o alejar a posibles enemigos mientras que sus compañeros recargaban. El distintivo de mando de los ko gashira era una caña de bambú por lo general lacada de rojo a modo de bastón de mando en cuyo interior llevaba una baqueta especialmente sólida para usarla como repuesto en caso de que a alguno de sus hombres se le partiera la suya. 


Escuadra de arcabuceros protegidos por manteletes. Estas unidades
se convirtieron en armas decisivas a partir de mediados del siglo XVI
Este elevado nivel de especialización se logró por mediación de Toyotomi Hideyoshi, cuyo padre había servido como ashigaru bajo Oda Nobuhide, padre de Oda Nobunaga, pertenecientes al famoso clan de daimyo de la provincia de Owari. Hideyoshi, que logró unificar el Japón durante el período Sengoku, tenía bastante claro que si permitía que otros daimyo lograban acumular tropas bien armadas y entrenadas como habían hecho Nobunaga, jamás lograría someter a los poderosos señores feudales deseosos de adueñarse de los territorios de sus vecinos y más allá. Así pues, en 1588 emitió un edicto, la Caza de las Espadas, mediante el cual los ashigaru que se enrolaban a tiempo parcial tenían prohibido abandonar los campos y portar armas. Por lo tanto, los daimyo se veían en la coyuntura de sumar el máximo posible de campesinos a sus ejércitos a costa de dejar los campos abandonados, lo que no se podían permitir porque eran la base del sustento tanto familiar como del personal a su servicio y sus tropas. 


Samurai rodeado por su guardia personal formada por otros samurai de rango
inferior y ashigaru. A los lados se pueden ver los porteadores que el Edicto
de Separación impedía usar como combatientes
No obstante, y precisamente para evitar maniobras por parte de los taimados daimyo que intentasen eludir la norma, Hideyoshi añadió en 1591 el Edicto de Separación, una segunda ley por la que se prohibía que los vasallos de los señores feudales cambiasen de estado. O sea, que un campesino ya no podría dejar de serlo bajo pena de muerte de la misma forma que un ashigaru no podía volver a sus labores rurales. Por lo tanto, los campesinos solo podían servir en un ejército como trabajadores, es decir, ejerciendo de porteadores, forrajeadores, carpinteros, leñadores o, en resumen, cualquier actividad que no implicase tomar las armas. Takeda Shingen llegó incluso a hacer uso de sus mineros- su clan explotaba varias minas de oro- para usarlos como tuneladores durante los asedios para minar las muralla, así que ya vemos que siempre hubo opciones para sacarles provecho a los currantes de cada feudo si bien para cuestiones puramente militares estuvieron vedados para siempre. 


Ashigaru portando el hata jirushi y el uma-jirushi de su señor.
Esto suponía un gran honor para los miembro del zori tori
El sucesor de Hideyoshi, Tokugawa Ieyasu, pudo llegar a culmminar la implantación definitiva del Edicto de Separación, labor que no fue nada fácil precisamente por las constantes fullerías de los daimyo para escaquearse de la norma. Pero por aquel tiempo, los ashigaru ya habían logrado ascender de estatus, siendo considerados como samurai de rango inferior. Su nivel de especialización permitió incluso establecer sistemas de respuesta rápida en cuanto algún señor tenía noticia de que sus dominios estaban bajo amenaza. Para ello, desde antes de la Caza de las Espadas los ashigaru acudían a sus labores cotidianas en el campo dejando las lanzas clavadas en el suelo junto a un par de sandalias de paja, pendientes del sonido de la horagai, una bocina hecha con una caracola que era la señal de acudir a los puntos de reunión y aprestarse a la defensa. Takeda Shingen estableció incluso un sofisticado sistema de atalayas de madera conocidas como noroshi, que eran unas torres en cuya parte superior se suspendía un recipiente con material combustible que se elevaba sobre un mástil y que era visible a gran distancia. O sea, un sistema básicamente idéntico al de las almenaras hispanas. Estas noroshi estaban distribuidas por toda la frontera de su feudo y llegaban hasta Kofu, la capital del mismo, siendo complementadas por mensajeros a caballo que recorrían una determinada comarca para poner sobre aviso al personal. Con este sistema, Takeda podía multiplicar por diez los efectivos de las guarniciones permanentes de sus castillos en muy poco tiempo. Ese tipo de actuaciones fueron precisamente las que obligaron a Hideyoshi y a su sucesor Ieyasu a imponer el Decreto de Separación, porque de no ser así cualquier daimyo podía formar un ejército de miles de hombres entre sus tropas fijas y las provisionales sacadas de los campos de arroz.

Bien, con esto ya podemos hacernos una idea de qué fueron los ashigaru y de la importancia que llegaron a tener pese a surgir de simples campesinos. Para lo referente a los distintos tipo de tropas y su organización ya dedicaremos otro artículo para poder estudiarlos con detenimiento.

Bueno, de momento vale por hoy.

Hale, he dicho


Un samurai acosado por varios ashigaru dispuestos a dejarlo en cueros tras darle muerte. Los otrora invencibles
y respetados samurai acabaron siendo  muy a su pesar uno más en el campo de batalla ante una infantería capacitada

viernes, 24 de enero de 2020

Lanzas del ejército francés

Lanceros del Regimiento Polaco de Caballería Ligera de la Guardia Imperial iniciando una carga. Obsérvese que la prenda
de cabeza es el típico zcapka polaco que luego se propagaría en todas las unidades de ulanos de Europa

Retomamos el tema lancero para conocer un poco más a fondo la resurrección y evolución de esta arma tan elegante y útil para escabechar enemigos sin que a uno le salpique la sangre y le ponga perdido el uniforme. Como ya comentamos en la entrada anterior, a finales del siglo XVIII solo había dos países que mantenían unidades armadas con lanzas, Prusia y Austria. Sin embargo, los que de verdad potenciaron el uso de estas armas fueron los gabachos, concretamente el enano corso (Dios maldiga al mini-tirano cienes de trillones de veces) a raíz de los grandes cambios territoriales que hubo en Europa a lo largo de las Guerras Revolucionarias que, entre 1792 y 1802 tuvieron a todo el continente sumamente entretenidos matándose unos a otros, haciendo aparecer y desaparecer estados satélites y, en fin, llevando a cabo lo que, en puridad, podríamos llamar la 1ª Guerra Mundial Antecessor, porque en el mundo mandaba Europa, ergo si Europa estaba en guerra estaba en guerra todo el mundo.

El general Dabrowski (1755-1818)
En 1806, Francia había logrado ocupar parte del territorio polaco que, como ya comentamos en el artículo anterior, se habían repartido entre Rusia, Austria y Prusia. Los polacos, que siempre han sido los vapuleados, disgregados o sometidos durante décadas, vieron en el enano una especie de mesías que les permitiría ser de nuevo un estado independiente (pobres ilusos...), así que no dudaron en acudir en masa a la llamada del general Jan Henrik Dabrowski, que por aquel entonces estaba al mando de la Legión Polaca, una unidad de voluntarios al servicio de Francia destinada en Italia. Aunque no de forma oficial, esta unidad ya contaba con algunos efectivos armados con lanzas que, como recordaremos, era el arma tradicional de la caballería polaca. Dabrowski fue apoyado en masa por sus paisanos, especialmente los miembros de la nobleza, que no dudaron ni un segundo en apuntarse a la fiesta para derrotar a los rusos poniendo a disposición del Hitler decimonónico nada menos que 40.000 hombres. Cuando entró en Varsovia el 19 de diciembre de 1806, por iniciativa del conde Michał Ogiński se creó una Guardia de Honor para escoltar y proteger al libertador. Dicha guardia fue puesta al mando del coronel conde Wicenty Krasiński, y fue nutrida por lo más granado de las familias pertenecientes a la aristocracia polaca, o sea, los más guapos, más altos, mejor educados de todos. La releche, vaya...

El conde Michał Ogiński (1765-1833)
Tan impresionado quedó el enano por el aspecto de estos aristocráticos guardias que, apenas un mes después de su gloriosa entrada en Varsovia, ordenó al mariscal Berthier la formación de una unidad de caballería ligera nutrida por los más selectos de la Guardia de Honor creada por el conde Ogiński. Este escuadrón debía estar compuesto por cuatro compañías de 120 hombres, lo que haría un total de 480 efectivos. Tras la batalla de Eylau, librada entre el 7  el 8 de febrero y donde sus flamantes polacos tuvieron, además de su bautismo de fuego, ocasión de lucirse ante su nuevo mandamás, el enano se puso tan contentito ante el rendimiento y la bravura de sus jinetes que ordenó que la nueva unidad fuera ampliada hasta los 600 hombres, y que para marzo los quería ya funcionando. Serían el Regimiento Polaco de la Guardia Imperial, si bien hasta aquel momento solo había en todo el ejército francés una unidad de lanceros procedente de la Legión Polaca, el 1er. Rgto. de Lanceros del Vístula al mando de Dabrowski, que sería el germen de las unidades de lanceros que servirían hasta la Gran Guerra.

Bien, sirva este breve resumen para conocer cómo la lanza entró en servicio en la horda de violadores de monjas y profanadores de tumbas del enano. Veamos pues como fue evolucionando esta arma desde su modelo inicial, destinado en principio en exclusiva al 1er. Rgto. de Lanceros del Vístula. Una advertencia: las longitudes totales de cada modelo no eran rigurosamente exactas por las tolerancias propias de los distintos lotes, etc. Las que se dan proceden de ejemplares que se conservan.


Lancero del Vístula. Esta unidad iba armada con lanza,
sable y pistola
En la foto superior podemos ver la lanza modelo 1807, la primera en establecer una uniformidad para armas de este tipo. Recordemos que en aquella época era habitual que cada regimiento tuviera un arma y un uniforme diferente, a gusto de su comandante o del noble que había puesto el dinero para su formación. Esta lanza se componía de un asta fabricada de fresno o nogal oscurecida con óxido de hierro. La moharra tenía una longitud de 25 cm. con sección de diamante, con una anchura máxima de 30 mm. y un grosor de 15,5 mm. El cubo tenía 30 mm. de diámetro y 82 mm. de largo. A 3 cm. del extremo inferior de la moharra vemos una pequeña bola elíptica para que actuase de tope, aunque a la vista de sus dimensiones serviría más bien de poco, por no decir de nada. En la foto superior podemos ver el aspecto general del arma, cuya longitud total era de 2,79 metros. El extremo inferior del asta estaba protegido por un regatón consistente en un simple cono de 93 mm. de largo fijado al asta con un remache pasante. Lo más característico de esta lanza eran quizás sus dos larguísimas barretas de enmangue soldadas al cubo, cada una de 97,5 cm. de largo. Estaban embutidas en el asta, y fijadas a la misma por tornillos alternos, cinco a un lado y seis a otro. Para colocar el gallardete llevaba tres cáncamos atornillados en una de las barretas. El modelo 1807 estuvo en servicio tanto en el Rgto. de Lanceros del Vístula como en el 2º Rgto. de Lanceros de Caballería Ligera de la Guardia Imperial a partir de 1810, cuando el enano había decidido aumentar las unidades armadas con lanzas.

El coronel Krasiński (1782-1856)
En febrero de 1809, el corso había ordenado al general Walther, comandante de la Guardia Imperial, que reciclara a los jinetes polacos en servicio en la misma como lanceros. Los polacos, que se estaban batiendo el cobre en España, fueron enviados a la Escuela Militar de París para recibir el adiestramiento adecuado ya que, hasta aquel momento, solo habían usado el sable por ser una unidad de caballería ligera. El 20 de marzo siguiente, el regimiento llegó a la capital, donde los esperaban varios oficiales y suboficiales del Vístula para adiestrar al personal, que por cierto no supieron nada de su cambio de arma hasta que no llegaron a destino. Con todo, en poco tiempo pudieron adaptarse al uso de la lanza y entrar en fuego en Wagram, batalla librada entre los días 5 y 6 de julio de 1809 y que no fue una victoria gabacha, sino más bien una retirada ordenada austriaca. Sin embargo, el comportamiento de los polacos fue lo que hizo que el corso tomase en serio reformar su caballería y aumentar de forma consistente los regimientos de lanceros. 

Victor Roman hacia 1811, cuando ya había
ascendido a capitán del 2º Rgto. de Lanceros
del Vístula
Al parecer, fue el coronel Krasiński el que solicitó al enano el cambio de arma para su unidad si bien no hay constancia de los motivos que lo indujeron a tomar esa decisión. Lo cierto es que hizo que un sargento llamado Víctor Roman, que se había unido al regimiento en 1807, hiciese una demostración ante el corso combatiendo contra tres dragones de la Guardia, logrando descabalgar a dos de ellos. También se dijo en su momento que lo que acabó de decidirle a llevar a cabo la profunda reforma que tuvo lugar tras Wagram no solo fue el comportamiento de los polacos en la batalla, sino ver como algunos miembros de unidades de la misma nacionalidad armadas con sable se apoderaron de las lanzas de los ulanos austriacos y se desenvolvieron sin problema con ellas. Sea como fuere, la cuestión es que lo tuvo tan claro que en 1811, concretamente el día de su cumpleaños, 15 de agosto, mandó formar nueve regimientos de lanceros ante la inminente invasión a Rusia: a los dos regimientos existentes de lanceros polacos se añadieron seis más procedentes de otros tantos regimientos de dragones y uno de cazadores, este último nutrido de forma mayoritaria por alemanes. Así pues, y con sus  nueve flamantes regimientos de lanceros se largaron a congelarse los testículos a la Santa Madre Rusia armados con un nuevo modelo de lanza, que no era plan de partir a formar parte de la historia sin estrenar alguna cosilla.


Lancero Rojo del 2º Rgto. de la Guardia Imperial, una
unidad formada por los húsares de la Guardia Real
holandesa tras la anexión de Holanda como estado
títere para uno de los hermanos del enano
Bueno, pues en la imagen superior tenemos el modelo 1812, un arma totalmente distinta a su predecesora. En la parte superior vemos su apariencia con el portalanzas anudado. La longitud total era de 2,74 metros, un poco más corta que el modelo anterior. La diferencia más notable la tenemos en la moharra, que en este caso tenía una sección cuadrangular con profundos vaceos en cada cara, lo que le daba en realidad una sección cruciforme aplanada debido a que dos de los falsos filos tenían menos anchura. El largo total de la hoja era de 207 mm. y su anchura máxima de 27 mm. La hoja estaba unida a un cubo de forma ojival de 70 mm. de largo y 25 mm. de diámetro que llevaba soldadas dos barretas de distintas longitudes: una de 57 cm. y otra más corta de 48 cm., con una anchura de 10 mm. En la más larga vemos en el gráfico seis tornillos y tres cáncamos para el gallardete, mientras que la más corta llevaba solo cuatro tornillos. Estas barretas, no lo olvidemos, no solo servían para darle más solidez a la unión con el asta, sino para impedir que esta fuera cortada de un sablazo enemigo. En el extremo opuesto del asta vemos el regatón, de forma ojival y con una longitud de 155 mm. y un diámetro de 28 mm. La fijación a la misma es también mediante dos pequeñas barretas fijadas don dos tornillos cada una. Todas las barretas, tanto las del cubo como las del regatón, estaban embutidas en el asta. Su peso, de unos 3,3 kilos, la hacía un arma excesivamente pesada, por lo que se recomendaba no hacer filigranas como los barridos y los volteos defensivos, que eran la mejor forma de perder el arma o romperse la muñeca. Por lo demás, para darle mayor alcance se contrapesó situando el centro de gravedad a unos 107 cm. de la punta del regatón, por lo que quedaban disponibles unos dos tercios de su longitud total. En todo caso, su excesivo peso obligó a buscarle un sustituto igual que al enano, que tras ser derrotado en buena hora en Waterloo lo mandaron a hacer puñetas cuando lo que debieron hacer con él era pasarlo por las armas por tirano y por haber dejado tras de sí un reguero de muerte y destrucción nunca visto hasta entonces.


Se trata del modelo 1816, un arma que pasó sin pena ni gloria y de la que incluso cuesta trabajo encontrar datos. Para hacerla más ligera se fabricó la moharra con el cubo y las barretas de una sola pieza, siendo estas dos últimas mucho más cortas de lo habitual como vemos en la foto superior. De hecho, solo precisaba de dos tornillos para fijarla al asta, por lo que dos de los cáncamos para el gallardete- que en este modelo eran de forma rectangular- había que atornillarlos al asta. La hoja también se redujo de tamaño hasta los 20 cm., y la sección pasó a ser triangular y mucho más estrecha que su predecesora. La cuestión es que los mandamases consideraron que la solidez de la unión de la moharra al asta era más que cuestionable, así que la mandaron rápidamente a paseo.


Para sustituir ambos modelos se creó uno nuevo en 1823 que, a la vista de su aspecto, da la impresión de que pretendieron fusionar las ventajas de los anteriores. La moharra era la de sección triangular del modelo 1816, así como el cubo que, en este caso, estaba unido a unas largas barretas que asegurasen la fijación al asta. Estas seguían fabricándose de fresno o nogal ennegrecido, así que en ese aspecto permanecieron invariables. En la segunda foto empezando desde arriba podemos ver la tornillería, cuatro en este caso, más los cáncamos rectangulares que ya se emplearon en el modelo anterior. El regatón era similar al modelo 1812, pero con las dos barretas de la misma longitud y fijadas al asta por dos tornillos. A la derecha podemos ver el aspecto de la lanza con su gallardete con dos franjas de rojo sobre blanco que, como en los modelos anteriores, se fijaba a los cáncamos mediante unas cintas. Por lo general, el gallardete se llevaba siempre enrollado en el asta y solo se desplegaba para los desfiles y demás saraos militares y, por supuesto, para entrar en combate. Siempre se ha dicho que, aparte de servir como identificación, tenía la misión de espantar a los caballos enemigos. Pero del mismo modo me he preguntado cómo es que no espantaban a los propios, considerando que los pencos del adversario también estarían habituados a ver flamear ante ellos estas vistosas banderitas de colores. En fin, colijo que es la enésima leyenda que por repetida ya se tiene por cierta. 

Caricatura de un jinete en plena instrucción con una lanza
modelo 1890. El impacto contra el estafermo le hace salir
despedido de la silla
El modelo 1823 tuvo una vida operativa de casi 70 años a pesar de que a comienzos del tercer cuarto del siglo XIX se quiso sustituir por otro modelo con el asta de bambú, que era la última moda en aquel momento. El bambú macho, que era la variedad ideal para estos fines, se caracterizaba porque su interior no era hueco, sino macizo. Esto le daba una mayor solidez pero con una flexibilidad mayor que la del fresno o el nogal de siempre. Sin embargo, el bambú no era en modo alguno una madera fácil de obtener ya que había que traerla de las junglas sudamericanas, de África central o de Extremo Oriente, o sea, que no era nada fácil disponer de las cantidades necesarias para armar a todas las unidades de caballería. Finalmente, en 1890 pudo hacerse realidad el nuevo modelo si bien no hubo nunca materia prima necesaria para cubrir la demanda. Esta lanza se convirtió en la más larga de todas las usadas por el ejército francés hasta aquel momento, alcanzando los 2,90 metros de longitud y un peso de 1.850 gramos. No obstante, parece ser que aunque un asta más larga proporcionaba un mayor alcance, le restaba movilidad y, de hecho, las antiguas unidades de polacos siempre prefirieron lanzas de entre 2,3 y 2,5 metros. En cualquier caso, el modelo 1890 tuvo que sufrir una profunda modificación en sus partes metálicas ya que, como sabemos, el bambú no se debe perforar so pena de restarle solidez en la parte donde se haga el orificio por lo que había que optar por embutir y crimpar los cubos de la moharra y el regatón por debajo de un nudo de la madera como vimos en el modelo argentino de 1915. Por este motivo se suprimieron las barretas y solo se colocaron sendos pasadores en los cubos de la moharra y el regatón para afianzarlos.


En la imagen podemos ver la posición de los remaches en los círculos
blancos. El marcado en rojo es el que fijaba la rosca de la cuchilla al cubo
En la parte superior vemos el aspecto general del arma con su portalanza y el gallardete, que en este caso era más estrecho ya que solo se fijaba con dos pequeñas correas al no poder usar cáncamos. La superior se colocaba en un ojal que vemos en el extremo del cubo de la moharra, y la inferior se abrochaba con una hebilla al asta. La cuchilla era similar al modelo 1812 pero de inferior longitud, de apenas 15 cm., y tras la misma vemos un disco tope que como en el viejo modelo 1807, su escaso diámetro de poco ayudaría para detener la penetración de la hoja. Esta se fijaba al cubo atornillándola y luego colocando un remache pasante para impedir que se aflojara. El regatón también fue modificado, siendo provisto de un labio o resalte para que no se clavase más de la cuenta en suelos blandos cuando se apoyaba la lanza o incluso para usarlo como arma. Esta lanza estuvo operativa durante toda la Gran Guerra, sirviendo en los regimientos de dragones 10, 15, 19, 20, 24 y 25. Al resto del personal no le alcanzó, así que se tuvieron que aviar con el último modelo que entró en servicio que, ante las dificultades para proveerse de bambú, se decidió, como hicieron muchos países, fabricarlas con el asta de acero.

Escuadrón de dragones. Aunque el enano llevaba ya ya torta de años criando
malvas, estos seguían con la misma facha que sus abuelos
En 1899 se empezó a estudiar el nuevo modelo enteramente metálico, cuyas astas serían de acero al níquel o de acero semiduro y recocido. Las lanzas estarían enteramente pavonadas en negro para evitar reflejos, y aquel mismo año se completaron 60 unidades para pruebas, siendo enviadas a los regimientos de dragones 24 y 27. Las pruebas quedaron suspendidas hasta 1902 con la fabricación de otras 12o lanzas provistas de astas tubulares de acero templado suministrado por la Societé Française de Fabrication de Corps Creux radicada en Montbard. Entre 1903 y 1905, estas lanzas fueron probadas a fondo por los regimientos de dragones 2, 9 y 16 para llegar a la conclusión de que el material era un churro y no resistía ni los impactos contra hipotéticos enemigos ni la flexión que se producía en los mismos. A la vista de que no lograban dar con el material adecuado, en 1909 se decidió seguir con el mismo, pero aumentando el grosor de las paredes de 0,8 a 1 mm. Un año después se modificó, eliminando el tope original por otro provisto de una ranura que, como en el caso del modelo 1890, serviría para sujetar la parte superior del gallardete. Esta lanza recibió el nombre de modelo 1911, y se realizó un pedido de 11.832 unidades para suministrar a 24 regimientos de caballería ligera y dragones a razón de 493 por unidad más 30 de repuesto. Pero mientras tanto se llevaron a cabo nuevas modificaciones que obligó a retrasar la fabricación de las nuevas lanzas, no autorizándose su producción hasta noviembre de 1912. Finalmente se puso en marcha la producción, pero bajo la denominación de modelo 1913, que fue el definitivo.

En la imagen de la izquierda podemos ver la moharra de la lanza y una vista en plano del tope con la abertura para la correa del gallardete. La cuchilla, de sección triangular, se fijaba al tubo de la misma forma que el modelo 1890 si bien era aún más corta: solo 12 cm. Sin embargo, la longitud total del arma era mayor, convirtiéndose en la lanza más grande en servicio ya que alcanzaba los 2,98 metros y un peso de 2.068 gramos. El grosor del tubo era de 25 mm., y el regatón idéntico al modelo anterior. 




Portaregatón. Se unía al estribo mediante unos
cordones de cuero
En la foto superior podemos ver el aspecto de la lanza, que era larga como un purgatorio. Observemos que el tubo se ensanchaba ligeramente por la parte trasera. En el centro vemos la empuñadura, formada por dos anillas de hierro entre las cuales se cosía un forro de piel de vacuno para mejorar el agarre. En el extremo más cercano a la punta podemos ver la anilla de fijación del portalanza. Abajo tenemos a la izquierda el regatón y a la derecha la moharra. Al parecer, el portaregatón de cuero que iba unido al estribo derecho no era capaz de amortiguar el ruido de los roces que producía el asta metálica cuando las tropas iniciaban el trote, por lo que el personal, siempre proclive a ponerle motes a todo, llamó a las unidades que usaban este modelo "los tapiceros" por el ruido que hacían, similar al de una cortina al descorrerse.


Unidad de lanceros vadeando un río hacia 1916
En 1913 se ordenó la fabricación de otras 9.200 unidades del último modelo para suministrar a los regimientos de húsares, dragones y cazadores, enviándose en principio 32 ejemplares a cada uno de los 32 regimientos de lanceros para que fueran probándolas mientras se seguían fabricando a razón de 75 armas diarias. Pero, una vez iniciada la contienda y a la vista del cariz que estaban tomando las cosas, cada día estaba más claro que la época de las cargas gloriosas no tenían lugar en la asquerosa guerra de trincheras, así que en mayo de 1915 se limitó la fabricación de lanzas a 1.000 unidades mensuales, quedando suprimida la del modelo 1890 que aún seguía en producción para ir proveyendo a los regimientos pendientes de recibir el nuevo modelo. Finalmente, en junio de aquel mismo año cesó definitivamente la producción del modelo 1913. La lanza acababa de pasar a la historia del ejército gabacho, y ya solo sería empleada en paradas y demás actos castrenses. Con todo, en los primeros meses de la guerra aún tuvieron ocasión de dar muestra de su eficacia cuando las tropas aún no se habían enterrado de forma definitiva en las trincheras, teniendo lugar algún que otro encuentro con unidades de ulanos tedescos donde se dieron estopa a base de bien.

En fin, con esto concluimos por hoy. Como decíamos al principio, Francia fue el principal impulsor de la lanza moderna, pero en modo alguno quiere decir que el resto del personal se durmiera en los laureles así que ya iremos dando cuenta de la trayectoria de estas armas en otros ejércitos de la Europa.

Hale, he dicho

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Tropas obsoletas

Añado a petición de un lector una ilustración donde podemos ver cómo se anudaba el portalanza. Se elaboraba con una tira de cuero de entre 3 y 4 mm. de grosor, 17 mm. de ancho y 2,5 metros de largo. Un extremo de la correa se cortaba terminada en punta, y el el otro extremo se abría un ojal de 3 cm. para pasarla y, tirando de la lazada, apretar todo el conjunto.





Un grupo de dragones en la Gran Guerra armados con la lanza 1913. Les acompañan media docena de húsares

sábado, 18 de enero de 2020

LA LANZA DE CABALLERÍA MODERNA




Desde antes de los tiempos de Noé, la lanza ha sido el arma por antonomasia de la caballería. Tras la aparición del estribo, un probo ciudadano encaramado en un penco veloz y con un palo rematado por una afilada cuchilla bajo el brazo era una combinación irresistible a la que no podía enfrentarse ningún escudo o armadura. Si a la velocidad del caballo sumamos su peso más el del jinete obtenemos una demoledora energía cinética concentrada en la punta de una moharra que atravesará a cualquier enemigo como si fuera una sandía madura. Sin embargo, la aparición de las armas de fuego y de los cuadros de picas mandaron al baúl de los recuerdos bélicos esta milenaria arma que, no obstante, se resistió heroicamente a desaparecer en manos de algunas naciones que las tenían poco menos que somo símbolos de sus ejércitos, verbi gratia, los polacos o los cosacos. En el resto de la Europa subsistió el tiempo necesario para considerar a la caballería pesada como una unidad más obsoleta que las máquinas de coser a pedales. Pero, ¿por qué ocurrió eso?

Fragmento de la obra de Ucello "La batalla de
San Romano" (1456), donde podemos apreciar
el tamaño y grosor de una lanza de caballería
pesada de la época, así como lo retrasado de su
centro de gravedad
Ante todo, recordemos la imagen de un caballo coraza. El jinete, forrado literalmente de hierro, embraza una lanza de entre 3,5 y 4 metros cuya morfología permite que el centro de gravedad de la misma esté situado en la parte trasera ya que, de otra forma, no podría sujetarla más que por el centro, desperdiciando gran parte de su ventaja: la longitud. Para no perder un ápice de potencia ya que su brazo no podría absorber por entero el impacto contra el enemigo, en su peto lleva un ristre que hará de tope, lo que la hará aún más contundente y con una capacidad de perforación tremenda. Con esa lanza sobresalen por delante del caballo al menos 2,5 metros, suficientes para ofender a los alabarderos y demás infantería enemiga provistos de armas enastadas que, en los momentos previos al contacto, se hacen pipí y popó encima al verse venir un alud de carne de caballo y acero a más de 40 km/h. Y para acabar de ponerles las cosas complicadas, el jinete es un sujeto que aprendió a montar al mismo tiempo que aprendía a caminar, y lleva toda su puñetera vida dedicado al oficio de la guerra; y cuando no guerrea emplea su tiempo libre en participar en justas y torneos para no entumecerse y mantenerse en forma para no perder un ápice de destreza. O sea, que tienen las mismas probabilidades de derrotarlo que de ver como un político se vuelve honrado.

Un cuadro de picas era como un castillo móvil. No ofrecía al enemigo ni
un solo punto débil, y solo si la disciplina fallaba eran vulnerables ante la
caballería por muy pesada que fuese
Durante siglos, estos aguerridos ciudadanos eran los amos del cotarro, temidos como la peste y su sola presencia en los campos de batalla hacía que la infantería, nutrida de forma mayoritaria por labriegos que acudían a la llamada de las armas y que sabían que no eran enemigos para ellos, optasen por dar media vuelta y largarse del campo del honor por haber recordado de repente que se habían dejado el cocido en el fuego. Pero, como comentamos en el párrafo anterior, la aparición y propagación de las armas de fuego, el nuevo uso táctico de la infantería en forma de falanges y, además, la profesionalización de las tropas, empezó a poner las cosas difíciles a los caballos coraza. Sus lanzas no ofendían antes porque la infantería estaba armada con picas de 5 metros, y los piqueros no eran labriegos acojonados, sino tropas que vivían del oficio de las armas y no se dejaban casi nunca el cocido en el fuego. Los cuadros de picas tampoco permitían flanquearlos e intentar penetrar por ninguna parte. Eran una formación monolítica que, si mantenía la disciplina y no se dejaba dominar por el miedo, no había caballería capaz de romperla. Y a eso, sumarle las mangas de arcabuceros que podían ir causando bajas desde antes de llegar al contacto, disminuyendo así la principal baza de la caballería pesada: la masa. Pocos, muy pocos podían pagarse un arnés a prueba que resistiera un balazo de arcabuz, por lo que sus costosas corazas no les servían de gran cosa, y las picas de los enemigos aliñaban a sus igualmente onerosos pencos que les habían costado los ahorros de 10 años. Lo que venía luego ya lo sabían de sobra: caballo abatido + jinete en tierra = peón que te acuchilla bonitamente por la ocularia del almete y te deja listo de papeles. 

Ironsides ingleses intentando romper las filas de infantería que, como vemos
combina picas con arcabuces
Esa ecuación tan obvia fue la que acabó con la caballería pesada y dio paso a los reitres y herreruelos armados de varias pistolas para intentar abrir una brecha en el cuadro enemigo haciendo una caracola y, de lograrlo, infiltrarse por la misma metiendo mano a las espadas, martillos o mazas para intentar romper definitivamente la formación mientras la infantería propia acudía con presteza para ayudar a rematar la faena. Y en este tipo de guerra ya no pintaba nada la lanza, como es más que evidente. Solo unidades muy especializadas como los húsares alados polacos mantuvieron una lanza igualmente muy específica para mantenerlas operativas hasta el último cuarto del siglo XVIII, pero aunque les costó trabajo reconocer que un cuadro de fusileros tenía más peligro que un cuñado hambriento, se resignaron a lo evidente y mandaron sus enormes lanzas y sus alas postizas a los museos. En cuanto a grupos o etnias como los cosacos o los bosnios siguieron haciendo uso de estas armas si bien el empleo táctico de estas tropas se basaba ante todo en el merodeo, la escaramuzas y la persecución del enemigo. El resto de las unidades de caballería se pasó en masa a las espadas y los sables, que traían más cuenta por ser más manejables y permitían una mayor flexibilidad en su uso en combate, así como un entrenamiento menos complejo.

Bien, así fue, grosso modo, como la ancestral y gallarda lanza quedó reducida al mínimo en las unidades de caballería, mientras que la infantería relegó al olvido las picas y los arcabuces para armarse con fusiles y bayonetas que se habían convertido en una especie de arma bivalente: arcabuz y pica todo en uno. La lanza había quedado en estado latente, a la espera de que alguien la resucitara mientras que, como hemos dicho, subsistía a duras penas en manos de tropas que la tenían como su arma emblemática y pasaban de combatir con otra cosa que no fueran sus amadas lanzas, que lógicamente fueron experimentando notables cambios en su morfología para adaptarlas adecuadamente a los nuevos campos de batalla, que ya no tenían nada que ver con los de 200 años antes.

El primer ejército "moderno" que contó con una unidad de lanceros fue el prusiano (como no...), si bien estas tropas se unieron a ellos de una forma un tanto peculiar. En 1745, en el contexto de la Segunda Guerra de Silesia entre Prusia y Austria, un joyero albanés llamado Stephan Sarkis reclutó un contingente de bosnios procedentes de Ucrania para ponerlos al servicio de los sajones. En aquella época era normal que los nobles o la gente adinerada formase compañías o escuadrones pagados de su bolsillo para ganarse el favor de los monarcas, y en este caso el probo joyero se vio con sus lanceros sin poder endosarlos a los sajones, así que se los ofreció al rey Federico II, que los aceptó y los agregó al 5º Rgto. de Húsares aquel mismo año. El Bosniaken-Regiment debió hacer un buen papel, porque en 1773 sus efectivos fueron aumentados a diez escuadrones, formando el 9º Rgto. de Húsares aunque de forma nominal ya que hasta 1788 no tuvieron su propio comandante, permaneciendo hasta esa fecha al mando del coronel del 5ª Rgto. A la derecha podemos ver el aspecto de su uniforme y armamento una vez consolidada su unidad en el ejército prusiano. Además de la lanza, el bosnio está armado con un sable y una pistola de arzón. Las astas iban pintadas en espirales rojas y negras y provistas de un banderín de diversas combinaciones de colores en base a la compañía a la que pertenecían salvo los de los suboficiales, que eran blancos y negros con la parte negra decorada con un sol dorado y la blanca con un águila negra coronada de oro. Las lanzas de los oficiales llevaban el asta enteramente blanca y el banderín con el color de la compañía que mandaban fabricado de seda, que para eso eran los mandamases. Como vemos, estas lanzas ya no tenían nada que ver con las que perduraron hasta el Renacimiento. Su longitud se limitó hasta los 2,15-2,30 metros, estaban provistas de un portalanza y su centro de gravedad se encontraba aproximadamente en el centro. Las astas se fabricaban de fresno, madera que desde tiempos inmemoriales se mostró como la más adecuada para este tipo de armas por su resistencia y flexibilidad.

Ulano austriaco hacia 1798
Los siguientes en recuperar las unidades de lanceros fueron los austriacos, pero en este caso reclutando polacos que habían quedado bajo su dominio tras la Segunda Partición de Polonia en 1783. El emperador José II echó mano del personal disponible en los territorios anexionados para formar un pulk o cuerpo de caballería ligera armado con lanzas, que era el arma tradicional polaca a pesar de que los húsares alados ya solo se veían en los grabados y los cuadros de batallas molonas. Esta unidad se creó conforme al antiguo sistema de towarszysz (véase el artículo sobre los húsares alados) nutrido por nobles. Tras la muerte de José II en 1790 le sucedió su hermano Leopoldo, que creó un nuevo cuerpo formado por dos Flügeldivisionen (divisiones de flanqueo) armadas con lanzas de 2,40 metros de largo con moharras de 21 cm. y sable, y otras dos de carabineros a caballo. Su empleo táctico consistía en que los tiradores atacasen de frente para intentar desorganizar las filas enemigas mientras que los lanceros se abalanzaban por los flancos para, a base de escaramuzas, acabar de romper la formación. Estas unidades dieron paso a los primeros regimientos de ulanos, de los que ya hablaremos en su momento con detalle.

Lancero polaco de la Guardia Imperial del enano.
Esta unidad dio un rendimiento notable en su ejército
La llegada del siglo XIX y la abyecta tiranía del enano corso (Dios lo maldiga mil trillones de veces), ese Hitler decimonónico que sumió toda la Europa en tres interminables lustros de guerras inútiles, supuso la resurrección total de la lanza, que permaneció activa hasta que la Gran Guerra hizo ver al personal que la época de las gloriosas cargas y tal ya eran historia. Solo Polonia, en su pertinaz empeño por conservarla, aún la estiró unos años más para salir en las fotos cargando contra los carros de combate tedescos en 1939 si bien parece ser que en esa archiconocida acción hay más de mito que otra cosa. Sea como fuere, con lo dicho hasta ahora ya podemos tener claro cómo y por qué desaparecieron las lanzas de los campos de batalla pero, ¿por qué resurgieron? Todos los teóricos y estudiosos de la época y posteriores debatieron intensamente los motivos, así como la utilidad de un arma de este tipo en campos de batalla cada vez más modernos, con armas de fuego más eficaces y tropas más profesionales o procedentes de levas pero debidamente adiestradas por instructores capaces de hacer que un cojo marchase al paso de oca tres días seguidos sin pararse ni a mear. Veamos pues los pros y los contras, y luego que cada cual saque sus conclusiones porque, como es de todos sabido, en estos temas jamás hay consenso ni para decidir de qué color convenía pintar las astas o incluso si era mejor pintarlas, encerarlas o barnizarlas.

Dragones intentando, sin éxito, romper las filas de fusileros
La principal ventaja de la lanza residiría en el alcance. Aunque las de "2ª generación", por llamarlas de alguna forma, oscilaban aproximadamente entre los 2,5 y los 3 metros de largo, es obvio que podían ofender al enemigo a más distancia. Podemos hablar de entre 1,25 y 1,75 metros dependiendo del modelo, mientras que una espada alcanzaba un máximo de 90 cm. sin tener en cuenta la envergadura del jinete. Esos 35 u 85 cm. extra eran una notable ventaja contra un infante que, tras efectuar una última descarga, ya solo le restaba esperar estoicamente el contacto con el fusil y su bayoneta, que en ningún caso superaba la longitud disponible de la lanza. Una unidad de caballería de línea armada con espadas tenía muy difícil abrir una brecha en un cuadro de infantería, pero los lanceros podían ofender a los infantes, acuchillarlos a su sabor y retirarse para volver a cargar de nuevo hasta hacerlos flaquear.

Cosaco aliñando a un tedesco en la Gran Guerra
La ventaja del alcance tenía más aplicaciones nada desdeñables. Otra de ellas era la facilidad para herir o rematar enemigos situados en una posición muy baja respecto al jinete- tumbado, refugiado en una pequeña zanja o cuneta, etc.-, donde por lo general quedaban fuera del alcance del que iba armado con espada y aún más de sable ya que, como sabemos, estas armas no son las más indicadas para herir de punta, y su misma curvatura reduce su radio de acción. Del mismo modo, se mostraban especialmente eficaces contra artilleros que, superados por una carga, se refugiaban debajo de sus cañones, de donde no sería posible sacarlos a sablazos. Otra ventaja la tenían a la hora de perseguir y matar enemigos en desbandada, tanto a pie como a caballo. Un lancero podía liquidar sin problema a un húsar o a cualquier otro tipo de tropa montada sin que estos pudieran defenderse. A lo más, intentar ir desviando los lanzazos con su arma hasta que su montura, agotada, lo dejara a merced del lancero y lo pasase de lado a lado sin más historias. Sin embargo, si los papeles se invertían, un lancero podía mantener a raya o incluso matar a su perseguidor si este empuñaba una espada.

Sin embargo, esta ventaja desaparecía en caso de formarse una mêlée. Si la carga se estrellaba contra las filas enemigas y, por el motivo que fuera, los lanceros no podían reagruparse para intentarlo de nuevo, lo tenían bastante crudo. El peso y la longitud de la lanza que tantas ventajas les daban para ofender al enemigo en el primer choque se volvía en su contra si se veían rodeados. No podían herir a los infantes cercanos, apenas disponían de sitio para desviar sus culatazos o bayonetazos, y para colmo la mano que empuñaba la lanza estaba desprotegida, por lo que bastaba un golpe o una cuchillada para desarmarlo. Y mientras tanto, los enemigos que lo rodeaban aprovecharían para matar su montura a bayonetazos o, ya puestos, acuchillar a mansalva al jinete. Los lanceros recibían entrenamiento para manejar su arma en estos casos, basando su técnica en diversos tipos de barridos y volteos en círculo para mantener alejado al personal pero, en realidad, cuando varios fulanos cabreados te rodean no hay virguería lancera que a uno lo libre de verse derribado y cosido a bayonetazos. Y este mismo problema lo tenían contra jinetes armados con espadas o sables en caso de verse envueltos en una mêlée entre dos unidades de caballería. El lancero necesitaba distanciarse de su enemigo para herirle, cosa que lógicamente el otro no permitiría intentando a toda costa mantenerse a corta distancia para acuchillarlo. Una lanza pesa demasiado para intentar detener o desviar tajos o estocadas constantes, y más si el enemigo le atacaba por la izquierda. La ilustración superior es bastante significativa respecto a este punto.

Adiestramiento de lanza contra espada. A ambos jinetes les convenía adquirir
la mayor destreza posible con su arma para defenderse del enemigo
Por otro lado tenemos su capacidad letal que, curiosamente, era bastante cuestionada por algunos militares de la época, y mientras unos afirmaban que las lanzas eran absolutamente mortíferas, otros aseguraban que no era para tanto, y daban testimonios de hombres con múltiples heridas de lanza que salieron vivos del brete mientras que sus opuestos juraban haber visto como más de un enemigo eran ensartado literalmente como una perdiz en un espetón, metiéndole el asta hasta el portalanza. Obviamente, estas apreciaciones eran muy relativas porque la eficacia de un arma de este tipo no solo se mide por sí misma, sino también por la destreza y la fuerza del que la maneja. Ya sabemos que la estocada era por norma más letal que el tajo, así que aplicando el mismo principio tendríamos que aceptar que la lanza era un arma perfecta para herir de punta ya que la energía de la cuchillada partía de un arma sujeta con mano y brazo, no solo con la mano. Las moharras, en su mayoría de forma prismática, no producían cortes en en interior del cuerpo, pero la perforación de los órganos o vísceras que pillaba en su camino eran mortales de necesidad. Si a los 25 o 30 cm. de la hoja añadimos varios más de asta ya podemos hacernos una idea de sus efectos.

Arriba, lanza modelo 1820. Abajo, lanza modelo 1868 modificada por la
caballería india. Ambas son británicas. Obsérvense los topes de que están
provistas para limitar la penetración
Los detractores planteaban una objeción que ya vimos en el artículo sobre el sable Patton: ¿qué pasaba si el lanzazo ensartaba al enemigo hasta mucho más allá de la moharra? Ciertamente, podían presentarse dificultades a la hora de extraer el arma, y más si el jinete se había dejado el portalanza en el brazo ya que podía verse arrastrado por su víctima y descabalgado, o bien salir despedido por encima del caballo al no darle tiempo para desembrazar el arma. Para evitarlo, algunos modelos fueron provistos de topes que limitaran la penetración de la moharra, pero la mayoría carecían de este accesorio. Esto suponía que los lanceros debían recibir un adiestramiento más minucioso y específico que un coracero o un húsar ya que un fallo a la hora de clavar podía resultarle fatal. De hecho, incluso se consideraba que un lancero debía tener un mayor dominio de la monta, y en ejércitos como el inglés, que no adoptaron la lanza hasta después de que el enano corso fuese historia, las usaban para adiestrar a sus jinetes precisamente por la destreza que obtenían manejándola durante la instrucción. 

Ulanos tedescos persiguiendo a infantería rusa
en desbandada. En este tipo de acción la lanza
mostraba su letal eficacia
Como vemos, no habría forma de establecer un consenso respecto a la eficacia de las lanzas en los campos de batalla modernos. Solo restaría mencionar el incuestionable efecto psicológico que ejercía sobre las tropas enemigas, que es prácticamente en lo único en lo que están de acuerdo todos los teóricos del arma de caballería. Al personal le acojonaba enormemente verse ensartado como un pinchito moruno, y sabían que si una estocada de una espada era temible, un lanzazo era igual o peor por mucho que el comandante Fulano o el capitán Mengano asegurasen en sus memorias que vieron como a Zutano le endilgaron veinte lanzazos y lo dieron de alta aquel mismo día. Pero lo cierto es que, a pesar de tantos dimes y diretes, de tanto compendio y tanto artículo como se escribió en su momento sobre esta cuestión, lo cierto es que, tras su resurrección, la lanza permaneció operativa hasta la desaparición de la caballería. La relación de virtudes y defectos enumerados podría ser igual si hablamos de un sable o una espada, y en realidad colijo que sus ventajas sobrepasaron a sus defectos independientemente de que tal o cual modelo estuviera más logrado.

Bueno, con esto acabamos de momento. Con todo lo explicado ya podemos tener un conocimiento más concreto sobre cómo y por qué la lanza, que quedó al borde de la extinción a mediados del siglo XVII, tuvo un glorioso resurgimiento años después, sobre todo a partir de 1800. Otro día hablaremos más detenidamente sobre diseños, fabricación y demás chorraditas para chinchar al cuñado ese que se trajo una lanza cutre de una tienda toledana para guiris donde le aseguraron que era una réplica fiel del modelo que usó Alí Babá.

Hora de merendar. Me piro.

Hale, he dicho

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Lanceros gabachos durante la Gran Guerra. Aunque por aquel entonces su obsolescencia era palmaria, aún tuvieron
ocasión por ambas partes de darse estopa en alguna que otra escaramuza en los albores del conflicto