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sábado, 28 de diciembre de 2019

Yelmos de colmillos de jabalí


Un tripulante de un carro de guerra con una panoplia similar a la de Dendra se dispone a subir a su vehículo. Tanto él como
el conductor y los infantes que aparecen al fondo protegen sus valiosos cráneos con yelmos de colmillos de jabalí

Como complemento al artículo que dedicamos a la armadura de Dendra y para dar término a la segunda década del siglo XXI (carajo, el tiempo vuela, etc.), hoy toca el complemento del armatoste micénico: el yelmo, concretamente esos peculiares cubrecabezas forrados con láminas de los colmillos de esos feroces suidos que, cuando se ven acorralados, tienen más peligro que un político sin tener ya dónde meter mano. Bueno, a lo que vamos...

Como algunos ya sabrán pero muchos no tendrán ni idea, esta peculiar tipología tuvo bastante profusión en el mundo micénico, concretamente entre los años 1600 y 1300 a.C., siendo su época de mayor esplendor hacia los años 1550-1500 a.C. si bien estas fechas está basadas en los restos hallados hasta nuestros días, por lo que esta datación es susceptible de variar si aparece algún ejemplar o parte del mismo que nos permita ampliar su vida operativa. No obstante, estos probos ciudadanos se preocuparon de legarnos abundantes representaciones gráficas de sus panoplias, algunas de periodos tan lejanos como el tercer milenio antes de los días de Cristo. Un ejemplo lo tenemos en esas dos estatuillas que vemos a la derecha, datadas entre el 3200 y el 2800 a.C. y procedentes de Plastiras y Louros. Ambas van tocadas con un pilos, un casco cónico típico de los griegos que, según vemos, están divididos en franjas horizontales. Lo esquemático de la talla no nos permite saber cómo ni con qué material estaban fabricados si bien lo más probable es que se tratase de cuero o algún tejido, como el lino o el fieltro pero, al menos, nos da la certeza de que en esa época tan remota el yelmo ya formaba parte de la panoplia de lo guerreros egeos.

Por otro lado, no deja de ser curioso que recurrieran a forrar sus cascos con algo tan peculiar como los colmillos de un animal considerando que sus conocimientos metalúrgicos les permitirían fabricarlos del mismo bronce con que elaboraban sus armaduras, espadas o hachas. De todo ello quizás podamos colegir que el motivo no debía ser otro que marcar un estatus dentro del grupo, siendo exclusivos de los régulos tribales, la aristocracia local o, al menos, de los que disponían de medios económicos como para pagarlos ya que, por razones obvias, la elaboración de estas piezas debía ser bastante cara. Respecto a su origen, como no podía ser menos, hay teorías para todos los gustos. Algunos autores consideran que fueron introducidos en la zona de influencia egea por poblaciones que emigraron hacia la parte continental de Grecia procedentes del norte y el centro de Europa hacia el 1800 a.C., mientras que otros afirman que surgieron en Creta, y de ahí pasaron al continente. Un ejemplo que corroboraría esta teoría sería la pelekys (πέλεκυς, bipenne o hacha de doble filo) que hemos recreado en la ilustración de la izquierda y que corresponde a un ejemplar hallado en Knossos (Creta), datado entre el 1700 y el 1450 a.C. La pieza en cuestión lleva grabado en ambas caras un yelmo que inconfundiblemente es de colmillos de jabalí, rematado por un penacho circular de crin. Esta puede que sea la representación más antigua de este tipo de yelmos.

A partir de ahí las representaciones artísticas de estos yelmos, ko-ru en lengua micénica, son abundantes tanto en pinturas como cerámica y esculturas y, por supuesto, por la cantidad de colmillos aparecidos en ajuares funerarios. En el de Dendra concretamente había 50 láminas además de dos carrilleras de bronce. El motivo de que solo aparecieran estas piezas y no el yelmo completo es debido a que estaba casi en su totalidad fabricado con materiales perecederos, posiblemente cuero y/o lino o fieltro que, por razones obvias, desaparecieron hace la torta de años. Pero de eso hablaremos más adelante, cuando analicemos las distintas tipologías. La cuestión es que podemos tener la certeza, al menos de momento, de que el siglo XVII a.C. los yelmos de colmillos de jabalí se habían propagado por toda Grecia. Otro ejemplar, datable hacia el Heládico Tardío B (1300-1200 a.C.), es el que hemos recreado a la izquierda. Este casco aparece representado en una tumba en Spata, Ática, y tiene la peculiaridad de que las láminas de colmillos están colocadas en sentido vertical, cosidas sobre un casquete seguramente de cuero o fieltro. Este ejemplar es el yelmo de esta tipología más antiguo encontrado en la Grecia continental, lo que también ayudaría a desechar la teoría de su procedencia del centro o el norte de Europa. Si reparamos en las zonas que quedan al descubierto cualquiera se preguntaría acerca de la verdadera eficacia o utilidad de este aditamento dental, que deja mogollón de sitios donde hundir el filo de una pesada hacha o una espada, así que podemos seguir pensando que, como comentamos anteriormente, estos cascos estaban reservados a la élite tribal de turno. De hecho, los pequeños cuernos laterales, también fabricados con colmillos enteros, denotan que su dueño era alguien importante ya que estas culturas asociaban los cuernos, no a la falta de decencia de sus parientas, sino a la fuerza y el poder. En cuanto al remate superior, lo hemos recreado como un cono de bronce de donde seguramente emergería un penacho de crin para distinguirse en la batalla.

La difusión de estos yelmos debió ser tan notable como para figurar en papiros egipcios datados hacia el 1350 a.C. en cuyos fragmentos se aprecian guerreros aqueos cuyas cabezas se muestran cubiertas por yelmos cónicos de apariencia similar a los que estudiamos hoy, y hasta el mismo Homero hace referencia a que Ulises poseía uno de ellos cuando dice: 

"El Laertiada [Ulises el Laertiada. Es el patronímico usado por los aqueos por ser hijo de Laertes] puso en su cabeza un casco de piel revestido de correas por dentro y erizado por fuera con los blancos dientes de un jabalí y un mechón de cerdas hacia la mitad. Se apoderó Autolico de este casco en Eleón, forzando la sólida morada de Amintor Ormenida (...). Entonces, Ulises lo llevaba en la cabeza."

Debió dejar huella este casco ya que Homero, que vivió siglos más tarde, lo describe con tanta precisión. Este tipo de yelmo podría ser similar al que mostramos en la foto de la derecha. Se trata de una figura de marfil procedente de Micenas que representa la cabeza de un guerrero cubierto por un yelmo de colmillos datada hacia el siglo XIII a.C. 

Guerreros micénicos que aparecen en un fresco de la habitación Nº 5 de la
Casa Oeste de Akrotiri. Esta obra, datada hacia el 1600 a.C. muestra a
varios combatientes portando yelmos de colmillos adornados con penachos
de crin de caballo. Al parecer, representa una batalla entre estos y piratas
libios, a los que logran vencer
Observemos como por la parte trasera emergen del casco dos o tres filas de tiras de cuero que actúan como cubernucas, mientras que la parte superior de las mismas asoman por la coronilla anudadas con una cuerda o una tira de cuero (óvalo rojo). Las carrilleras están también cubiertas de colmillos, y lo que parece la oreja podría ser un añadido de marfil para darle un acabado más lujoso a la pieza. Según d'Amato, este yelmo estaría inspirado posiblemente en alguno procedente de Mariupol, en Ucrania, donde aparecieron varios colmillos que pudieron ser usados como refuerzo para un casco y que fueron datados hacia el 2000 a.C., lo que nos llevaría a la teoría de su origen del interior de Europa. Pero, al menos en lo que a mí respecta y por pura probabilidad, si solo han aparecido colmillos en un determinado lugar del continente mientras que en la zona del Egeo hay multitud de testimonios de todo tipo, pienso que es más lógico que esos colmillos, caso de haber pertenecido a un yelmo, fueran de uno que viajó a Ucrania, no al  revés. En la foto inferior podemos ver otros ejemplares similares de procedencia micénica

De izquierda a derecha: cabeza de marfil procedente de Micenas. Centro: cabeza de marfil procedente de Spata, Ática. Derecha: Cabeza de marfil procedente de Phylaki Apokoronou, Chania

En cualquier caso, la conocida reconstrucción realizada por Connolly debió salir de estos ejemplares por sus más que evidentes coincidencias. Según nos muestra su recreación, el interior estaba formado por multitud de tiras de cuero superpuestas sobre una base de grueso  fieltro. En la parte superior vemos como están anudadas y con el añadido de la pieza de marfil o hueso que aparece en el detalle y que podría ser desde un simple remate decorativo a un soporte para un penacho. En cuanto a las láminas de colmillos, se alinean horizontalmente solapándose unas con otras y están cosidas con una banda de refuerzo de cuero. Según la curvatura natural de colmillo, vemos que se alternan de derecha a izquierda y viceversa entre unas y otras. Por detrás vemos como asoman las mismas tiras de cuero que conforman el interior del casco. Obviamente, esta pieza proporcionaría un nivel de protección aceptable pero, como comentábamos anteriormente, ¿no sería más barato y eficaz un yelmo de bronce o cobre al que, llegado el caso, se le podían añadir pequeñas placas de metal para hacerlo más resistente? En fin, es un misterio misterioso que, como ya se ha dicho, solo induce a pensar que estas virguerías estaban destinadas a los gerifaltes de turno para diferenciarse de los viles plebeyos porque, de hecho, se fabricaban yelmos metálicos y se sabe que eran contemporáneos a los de colmillos de jabalí, de modo que solo podemos reafirmarnos en que eran un artículo de lujo o para marcar un estatus personal. Veamos las tipologías más representativas:

A la derecha tenemos una recreación del casco perteneciente a la armadura de Dendra. Está compuesto por tres hileras de colmillos rematadas por una perilla formada por las tiras de cuero con que está fabricado y donde se ha fijado un penacho de crin de caballo. Es más que probable que las tiñeran de determinados colores ya que, como sabemos, estos aditamentos no solo estaban destinados a servir de adorno, sino también con fines identificativos. Como ya hemos comentado, en este caso las carrilleras eran de bronce y, conforme a los orificios que las circunvalan, no debían estar forradas de colmillos. Dichos orificios servían para fijar un forro interior de cuero y fieltro. Al final de las mismas vemos un cordón que, a modo de barbuquejo, permite unir el casco a la cabeza sin que salga disparado al primer golpe o la primera costalada que diese su dueño. En este caso, y conforme a algunas representaciones artísticas, se han omitido los faldoncillos de cuero que protegían la nuca.  

Este otro ejemplar está basado en la reconstrucción de Connolly. Se compone de cuatro hileras alternas de colmillos con las carrilleras también forradas con el mismo material. En este caso hemos embutido el penacho de crin en una boquilla de bronce en la que también podría fijarse el penacho circular característico de los micénicos. Por detrás vemos las tiras de cuero que caen sobre la nuca del combatiente. Conviene reparar en un detalle, y es que la anchura y el largo de cada lámina variaba conforme las hileras se añadían de abajo hacia arriba, lo que indicaría que recurrían a colmillos de distinto tamaño según el lugar donde irían colocados, pero ese tema lo dejamos para el final del artículo. Por lo demás, el sistema de construcción es el mismo que en los demás ejemplares mostrados hasta ahora, uniendo las hileras de colmillos al armazón del casco mediante una sólida costura y un dobladillo de cuero. No he podido obtener datos acerca de su peso, pero por la cantidad de material que requerían no debían ser piezas precisamente livianas.

Por último mostramos la tipología más básica, similar a los guerreros del fresco de Akrotiri. Es un casco similar al anterior pero desprovisto de carrilleras, que obviamente encarecerían el precio de la pieza. Básicamente era el típico pilos de los aqueos, pero con el forro de colmillos. Para fijarlo a la cabeza lleva un barbuquejo formado por una tira de cuero, y está desprovisto de penacho. En este caso podría usar un aplique de marfil o hueso como el que hemos mostrado en la reconstrucción de Connolly o bien una pequeña perilla del mismo material o de bronce, como aparece en algunos fragmentos cerámicos donde se pueden ver este tipo de cascos. Podrían ser para los ricos menos ricos o tal vez para guerreros más notables pero sin llegar a las clases aristocráticas. Por desgracia, y a pesar de la cantidad de información gráfica que nos ha llegado, han omitido un manual de instrucciones para estos puñeteros cascos y la forma concreta de distinguirse unos de otros conforme a su rango. Bien, con los ejemplos que se han mostrado ya podemos hacernos una idea acerca del origen, datación, aspecto y la forma de construir los yelmos de colmillos de jabalí. Con esto es con lo que las fuentes consultadas suelen acabar la información respecto a los mismos, pero omiten un detalle que considero es de bastante importancia. ¿Cómo y de qué forma aprovechaban la materia prima para fabricarlos, o sea los colmillos de jabalí? Esto, aunque suele ser pasado por alto, tiene más enjundia de lo que parece.

Por lo general, se considera que eran necesarios entre 20 y 40 jabalíes para elaborar un casco. Esto nos da entre 40 y 80 colmillos, pero en modo alguno podría sacarse más de una lámina de cada pieza. Veamos por qué. Como vemos en la foto de la izquierda, la sección del colmillo es triangular, siendo la cara más plana la que queda mirando hacia el interior de la boca y, por otro lado, carecen de raíz. De hecho, una parte de los mismos está hueca, quedando fijados a la mandíbula mediante una poderosa encía. Por otro lado, el extremo del colmillo sería inservible ya que es la parte que se afila chasqueando contra las amoladeras, o sea, los colmillos superiores. Este "auto-desgaste" no solo impide que les crezcan hasta que se les claven en la jeta, sino que los afila como navajas. Un gañafón de uno de estos temibles bichos abre en canal a un perro, y de eso puedo dar fe sobradamente porque he visto montones de veces como un cochino aculado contra un terraplén o una roca ha liquidado a una rehala entera (lo más que he visto han sido 18 perros de una tacada). Por lo tanto, de cada colmillo solo podríamos aprovechar el tramo comprendido entre la líneas azules aproximadamente, y de ese tramo solo podríamos sacar una lámina porque de intentar obtener más serían demasiado estrechas.

Salvo que en Grecia hubiese en aquellos tiempos un subtipo de suido con unas defensas mucho más anchas de los que vemos hoy día en la Península, un colmillo de buen tamaño no tiene más allá de un par de centímetros por su base, y debemos tener en cuenta que se estrechan hacia arriba hasta terminar en punta. Bien, a la derecha tenemos los colmillos y las amoladeras, que por cierto podrían ser usadas para la hilera superior de uno de estos cascos. De hecho, son más gruesas que los colmillos y puede que incluso pudieran obtenerse dos láminas de cada una de ellas. Así pues, y dando por sentado que sólo aprovechaban la dentadura de cochinos provistos de una boca suntuaria, tenemos que si las láminas se solapaban aunque fuera solo 3 mm. tenemos que la superficie útil de un colmillo de postín sería de 17 mm. por la base. Por lo tanto, vamos a dar una media generosa de 14 mm. aprovechables para los colmillos que formaban las tres o cuatro primeras hileras, dejando la última para las amoladeras y, por lo tanto, no quedan de momento incluidas en la cuenta de piezas necesarias para forrar el casco ya que forman parte de la dentadura disponible.

Recuperemos el cabezón ebúrneo del guerrero micénico que vimos antes. Contando solo las tres primeras hiladas y dejando las dos últimas para las amoladeras, tenemos 36 láminas a la vista, que multiplicadas por dos serían 72. A eso, añadir las que no se aprecian en la frente y la nuca. Añadamos 8 por hilera, cuatro delante y cuatro detrás, por lo que sumarían un total de 88 láminas. A esta cifra tenemos que añadir las de las carrilleras, que por ser más cortas vamos a conceder que salen dos por colmillo. Serían 46 por carrillera, que divididas entre dos nos dan 23 colmillos, que a su vez sumamos a los 23 de la otra carrillera por lo que tenemos un total de 46 colmillos. Así pues, sumando las 88 del casco más las 46 de las carrilleras hacen un total de 134 colmillos. Considerando que cada animal tiene dos, pues necesitaríamos 67 de ellos para elaborar ese casco y, repito, las dos últimas hileras las hemos sacado de las amoladeras, por lo que no cuentan. Esta cifra queda un poco lejos de los "20 o 40" que se suelen citar, ¿no? Porque con 20 jabalíes tendríamos solo 40 láminas, por lo que la anchura del colmillo debería ser bestial. Pero lo que reflejan las estatuillas que hemos mostrado no indican nada de jabalíes enormes, sino más o menos similares a los actuales. Vuelvan a echar un vistazo a los tres cabezones en blanco y negro de antes y podrán corroborarlo. Sea como fuere, me atrevería a asegurar que, en algunos casos, el número de animales necesarios para un yelmo de postín (a más lujo más espesor y, por ende, más cantidad) podría acercarse sin problemas al centenar. Ojo, y esta cifra, repito, dando por sentado que las dos últimas hiladas se obtenían de las amoladeras, porque de no ser así la cifra aumentaría al menos en un par de decenas más.

Puede que alguien piense que esa cifra puede estar basada en réplicas actuales como la que vemos en la foto de la derecha, donde se pueden apreciar unos supuestos colmillos de una anchura notable. Las tres primera hileras arrojan un total de 82  piezas que, una vez más siendo generosos, subiremos solo a 90 para añadir las que quedan fuera de encuadre. Eso nos da un total de 45 animales sin contar la hilera superior, e ignoro si lo que vemos son verdaderos colmillos de jabalí o más bien son láminas de hueso. Y lo dudo por una razón bastante simple. Ignoro la procedencia de esa réplica, pero aquí en España solo los colmillos para elaborarla costarían un riñón, y eso si uno encuentra quien se los venda ya que son un preciado trofeo de caza mayor del que nadie se desprende así como así. En todo caso, y aún dando por bueno que sean colmillos auténticos de cochinos con bocas especialmente descomunales, hablamos de 45 animales mínimo. En resumen, que lo del "20 a 40" es más que cuestionable hasta para un cuñado que no sepa recitar de memoria la tabla de multiplicar del 1.

Por lo demás, la elaboración de las láminas no tenía ningún misterio salvo que sería una labor tediosa a más no poder. Primeramente seleccionarían los colmillos en función de su anchura para posicionarlos según la misma: los más anchos abajo y los más estrechos arriba. A continuación sacarían la lámina, imagino que usando algún tipo de matriz para cortarlas todas con el mismo espesor. Una vez cortadas, solo había que taladrarlas y pulirlas frotando con arena muy fina hasta obtener el resultado requerido. Por último, coserlas al armazón de cuero del casco y santas pascuas. Obviamente, la reparación y/o sustitución de piezas dañadas tenía el mismo proceso que una armadura de escamas: bastaba eliminar la lámina rota y sustituirla por una nueva. 

Bueno, criaturas, con esto concluimos la entrada y el año. Espero que les resulte de interés y no olviden activar las minas Claymore del recibidor de casa la tarde del 31, que los cuñados y la familia política en general aprovechan esos días señalados para saquear de forma inmisericorde las despensas, trincar los langostinos más gordos y no lo dejan a uno ni probar las deleitosas hojaldrinas de Rute que son digna de mesa pontificia.

AVE ATQVE VALE

Hale, he dicho

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La armadura de Dendra




Al hilo de la entrada anterior, dedicada a la LORICA SEGMENTATA, pusimos como ejemplo de primitiva armadura de placas la famosa panoplia de Dendra, una peculiar pieza de bronce bastante conocida por lo general en cuanto a su existencia, pero ya no tanto en sus detalles, uso táctico, etc. Así pues, y ya que hace tiempo que no dedicamos nada al armamento del mundo griego, abriremos un paréntesis para dedicar un artículo a esta armadura que, por si no lo saben, es el ejemplar completo más antiguo hallado hasta ahora. 

La necrópolis de Dendra está situada cerca de la población homónima, en la Argólida, una región situada al este del Peloponeso. Las excavaciones de Dendra no son cosa de hace dos días ya que a lo largo de la primera mitad del siglo XX el arqueólogo sueco Axel Waldemar Persson anduvo por allí bicheando tumbas y buscando afanosamente los orígenes del sistema Lineal B, una escritura silábica usada por los micénicos considerada como la forma más arcaica del griego datada hacia mediados del siglo XV a.C. La necrópolis estaba formada por thóloi (Θόλοι en singular tholos, Θόλος), una tipología de tumba habitual en la zona formada por una cámara precedida de un largo pasillo o dromos. La cámara, de planta circular y con una falsa bóveda ojival, era el lugar de reposo del probo régulo tribal de turno donde sus deudos lo depositaban junto al correspondiente ajuar funerario compuesto ante todo por sus armas, así como de objetos y enseres que le harían falta para la vida de ultratumba: dinero, perfumes, utillaje doméstico, etc. Este tipo de enterramiento debió extenderse por la ribera mediterránea ya que en España hay ejemplos de thóloi repartidos por nuestra geografía, y por su costosa fabricación podemos dar por sentado que solo se usaban para personajes de cierto rango. A los pelagatos y a los cuñados lo tirarían en cualquier hoyo y santas pascuas.

Aspecto de la cámara con el ajuar aún intacto
Persson palmó en 1951, pero las excavaciones en Dendra prosiguieron de la mano de su paisano Paul Åström con la colaboración de arqueólogos griegos. Así, en mayo de 1960 apareció una peculiar tumba catalogada como la número 12 que, contrariamente a las habituales en la necrópolis, no tenía su acceso a través del dromos habitual, sino que se accedía a la cámara mediante un pozo. La cúpula se había colapsado en algún momento de la historia, pero una vez despejada la cámara dieron con la que sería hasta el día de hoy la armadura completa más antigua del mundo. Imagino que debió ponerse sumamente contentito y dedicar horas, meses y lustros a investigar a fondo el hallazgo, porque tardó nada menos que 17 años en publicar el informe pertinente sobre la dichosa tumba en 1977.

El acceso a la Tumba 12
Además de la armadura apareció una carrillera de bronce procedente de un yelmo de colmillos de jabalí, un puñal con la hoja de un solo fijo, dos remaches de bronce pertenecientes a una espada de la que no quedaba ni rastro, restos de un material indefinible que consideraron eran de un carcaj y esa especie de bandeja con dos asas que tampoco está nada claro qué era y para qué servía. Y, naturalmente, la osamenta del inquilino de la tumba, un sujeto esbelto y fibroso al que se le calcula una estatura de 1,75 metros y un peso de unos 60-65 kilos. Como tantos guerreros de su época, a pesar de no ser una mole musculosa debía ser fuerte, resistente y extremadamente ágil para usar semejante trasto sin caer agotado a los dos minutos. Ojo, este tipo de armadura no fue una pieza única ni mucho menos, sino solo la que apareció completa porque, de hecho, en otras nueve tumbas se encontraron piezas similares sueltas. Esto indica que estas peculiares armaduras eran de uso común en el mundo micénico entre los siglos XVI y XV a.C. independientemente de que por su elevado costo estuvieran reservadas a ciudadanos económicamente desahogados, o sea, con el riñón bien cubierto. Cuando se procedió a la reconstrucción de la armadura surgieron, como está mandado las teorías más variopintas acerca de su uso y, como no podía ser menos, cada estudioso en la materia ha defendido con furia visigoda sus ideas. Obviamente, es muy difícil saber cuál es la que más se acerca a la verdad, pero con un poco de sentido común, que como decía mi venerable abuelo es el menos común de los sentidos, al menos intentaremos aproximarnos a su empleo en el campo de batalla.

Réplica actual
La armadura se compone de quince piezas que, a la vista de las perforaciones que muestra en cada una de ellas, estaban unidas y articuladas entre sí mediante correas de cuero. Además, aparecieron dos grebas y dos guardabrazos. Todo el conjunto está fabricado con bronce, una aleación de cobre y estaño que, en esa época, solía contener entre un 8 y un 10% de este último metal. A más estaño, más dureza. La chapa de la armadura tiene un grosor medio de 1 mm., un poco menos en algunas zonas, por lo que es más que probable que en su época dorada fuese algo más gruesa. El constante pulido durante su vida operativa- un guerrero debía ir brillante como una patena a la batalla- más la corrosión deben haberle hecho perder algo de espesor, por lo que las recreaciones modernas se han hecho con una chapa de alrededor de 1,2/1,3 mm. Estas dos o tres décimas, que aparentemente pueden resultar insignificantes, supone un aumento de peso notable, desde los 18 kilos de la armadura original a los 25 de una réplica moderna. El interior debía estar enteramente cubierto con un forro textil, seguramente el lino al que tan aficionados eran los aqueos, o de cuero, formando un reborde en todas las piezas para proteger de roces y cortes. Veamos con detalle cada una de sus partes...

La coraza o thōrāx. Se compone de dos piezas, peto y espaldar. El peto lo forma una lámina fabricada de una sola pieza con una pequeña gorguera. Como podemos apreciar, todo su interior está forrado con textil o cuero, rebordeado y cosido por todo el contorno. En la figura A podemos ver el sistema de cierre para unir el peto al espaldar. Según Connolly constaba de unas pequeñas argollas fijadas mediante remaches, una al costado derecho y dos en los hombros, una a cada lado. Estas argollas pasaban por unos huecos ad hoc en el espaldar, donde serían fijadas mediante un cordón o algún pasador cuyo posible aspecto desconocemos. En la figuba B podemos ver el costado izquierdo con una charnela formada por tres alambres de bronce o cobre que unían peto y espaldar, permitiendo un pequeño giro, lo suficiente para introducir el cuerpo. Los orificios que se aprecian en la parte inferior eran simplemente para unir el peto al faldón mediante tiras de cuero.

El espaldar era una pieza similar pero un poco más larga. Mientras el peto llegaba aproximadamente a la altura del ombligo, el espaldar cubría la zona lumbar. Esto no tenía otra finalidad que permitir cierta capacidad para inclinarse hacia adelante, aunque embutido en ese chisme no debía ser precisamente fácil. En la figura A vemos el espaldar completo con el resalte que lo prolonga hasta donde la espalda pierde su casto nombre, vulgo culo. Las flechas marcan las hendiduras por donde se introducían las anillas de fijación del peto. En la figura B tenemos ambas piezas sobrepuestas con el aspecto aproximado que tendrían una vez colocadas sobre el cuerpo. Obsérvese el amplio hueco disponible para los brazos, lo que hace suponer que los usuario de estas armaduras disponían al menos de un buen nivel de movilidad en los mismos. 

La gorguera o perilaimio. La coraza estaba remada por su parte superior por una enorme gorguera formada por una sola pieza doblada y remachada en el lado derecho. Al igual que las demás piezas, el interior estaba forrado y rebordeado para evitar roces. Esta pieza carecía al parecer de sujeción por lo que cualquier movimiento brusco suponía un golpe en la cara o la nuca. Además, debía colocarse después de ponerse el yelmo ya que no dejaba espacio para anudar el barbuquejo bajo el mentón. Aunque pueda parecer una pieza de poca relevancia salvo por el hecho de que protegía el cuello y la parte inferior de la cara de su usuario, revela un detalle que algunos autores parecen pasar por alto: esta gorguera limitaba enormemente la visión hacia abajo, sobre todo lo que estaba cerca del combatiente con el obvio riesgo que entrañaba. ¿Qué quiere decir esto? Pues que aunque algunos consideran que esta armadura era válida para combatir a pie, su empleo lógico no era ese precisamente por la limitación visual. Una simple piedra o desnivel del suelo que pasase desapercibido bastaría para darse una costalada y acabar convertido en comida para gatos a manos de los enemigos. Pero dejemos este tema de momento hasta que llegue la hora de las conclusiones finales porque aún no está todo dicho al respecto.

Las hombreras o guala. Son unas piezas perfectamente moldeadas y complejas de fabricar, lo que denota el nivel tecnológico alcanzado en la época. Cada hombrera estaba compuesta por tres piezas: una (fig. A) que cubría el hombro y quedaba unida a la coraza mediante la correspondiente lazada de cuero, y dos secundarias. La B estaba formada por un triángulo y su misión era la misma que la de los varaescudos de las armaduras góticas fabricadas 30 siglos más tarde: cubrir la axila del combatiente cuando subía el brazo para golpear con su espada o arrojar la lanza. El hueco que quedaría entre el peto y la pieza A sería cubierto por este pequeño pero importante triángulo de bronce. Finalmente tenemos la pieza C que, como en el caso de la LORICA SEGMENTATA, era una simple prolongación móvil de la hombrera para proteger la parte superior del brazo. Por último, cabe señalar la pequeña anilla que sobresale de la hombrera. Se desconoce su utilidad aunque la opinión más extendida es que servía para fijar la correa del tahalí de donde pendía la espada. Solo aparece en la hombrera derecha ya que, en este caso, la espada estaría situada en el costado izquierdo.

El faldón o mitrè. Está formado por dos mitades de tres piezas cada uno. La parte delantera cubre desde el bajo vientre hasta las rodillas, y la trasera es un poco más larga. La que vemos en el gráfico de la delantera. Como se puede apreciar, las tres partes se solapan de abajo arriba, lo que no es precisamente recomendable para deflectar golpes de espada, hoces, etc. Este es precisamente otro de los motivos por lo que, a pesar de las afirmaciones de algunos autores, hacen difícil comprender como un guerrero metido en ese tubo podía moverse con facilidad. Algunos podrían compararla con una armadura de tonelete renacentista, pero recordemos que el faldón de esas armaduras tenía una forma acampanada muy amplia que no estorbaba en absoluto para el combatiente a pie, aparte de que solo se usaban en justas, no en batalla. Por lo tanto, volvemos a plantear que la hipótesis más acertada es que la armadura de Dendra estaba concebida para un uso estático. Ojo, eso no quita que si no quedase otro remedio sería válida para luchar a pie, pero sería lo mismo que ponerse una armadura de tonelete para montar a caballo: un engorro.

Si observamos al probo ciudadano recreacionista de la foto, podemos ver que no sería precisamente fácil trotar con esa cosa golpeando las rodillas de forma constante. Según Howard, que es precisamente uno de los autores que defienden la teoría de que estas armaduras eran "todo uso", los cordones que hemos marcado con flechas rojas en la lámina anterior serían para regular la altura del faldón delantero, de forma que quedase por encima de las rodillas para poder correr pero, a pesar de todo, unas piezas de varios kilos oscilando y golpeando las piernas no eran lo más adecuado para ir a combatir. Connolly no solo no plantea sea opción, sino que da por sentado que la armadura de Dendra estaba destinada a un hombre que luchaba en un carro. Más aún, si observamos la posición del recreacionista, casi no quedarían dudas de que su forma de combatir era estática. Quizás luchase a pie amparado en la formidable protección que le brindaba la armadura, o quizás lo hiciese solo en su carro de guerra junto al conductor, que eso de ir a la guerra a pie siempre ha sido cosa de pobretones. En fin, las teorías están ahí, que cada cual coja la que prefiera. Prosigamos...

Las piezas complementarias eran las grebas (knèmides) y los guardabrazos (perikarpio). Ambas piezas, según manifestó Åström en su informe, estaban fabricadas con una chapa muy fina, "como de papel", lo que hace suponer que formaban parte de una protección más completa a base de textil o cuero. En la ilustración de la derecha hemos realizado una hipotética recreación de la greba- la del guardabrazo sería similar- en la que vemos la pantorrilla envuelta en una especie de polaina de lino sobre la que se fija la greba. Recordemos que el lino era empleado de forma profusa por los aqueos y demás pueblos de la zona y que su resistencia era notable cuando se unían varias capas del mismo. En el ajuar no aparecieron rastros de este tipo de protección, pero ante lo endeble de grebas y guardabrazos solo cabe plantear una opción similar salvo el caso de que fueran piezas destinadas exclusivamente a ornato, paradas militares y demás saraos para lucirse. Sea como fuere, y como el resto el conjunto, en este caso también tendremos de momento que ceñirnos a teorías.

¿Cuál es la válida? No se sabe y, salvo que aparezcan nuevos hallazgos que revelen alguna novedad, nos quedaremos como estamos. En lo que a mí respecta, me inclino casi sin dudarlo por la hipótesis de que los guerreros armados con estas armaduras estaban destinados a combatir desde un carro, una posición estática donde podía ofender al enemigo sin preocuparse de otra cosa más que ensartarlos como aceitunas de martini. Ellos eran prácticamente invulnerables, y salvo que el carro volcase podían pasearse impunemente por el campo de batalla. Incluso en el caso de que el conductor palmase siempre podía tomar las riendas y volver a sus líneas sin problemas. Otra opción, esta de cosecha propia, es que usasen los faldones para combatir en carro, mientras que para hacerlo a pie se despojasen de ellos ya que bastaría soltar los cordones de cuero para desprenderse de lo mismos. En todo caso, hay constancia es de que los tripulantes de carros hacían uso de armaduras. Las tabletas en Lineal B de Knossos muestran el suministro de al menos 36 corazas, incluyéndose además el número de carros con sus ruedas y caballos asignados. De esas 36 corazas, ocho estaban asignadas a razón de una por carro, lo que indica que el
Paul Aström (1929-2008)
conductor iba desarmado, mientras que se señala la existencia de dos unidades para 14 carros, por lo que ambos tripulantes iban protegidos si bien cabe suponer que el conductor usaría un modelo más ligero. Por lo tanto, el hecho de que al menos un tripulante de carro fuese fuertemente armado no debe ser desechado e, insistimos una vez más, los régulos y mandamases tenían el privilegio de luchar sobre ruedas, que se cansa uno menos y es no es tan peligroso como hacerlo pie en tierra.

Bueno, con esto creo que ya sabemos algo más sobre la peculiar armadura de Dendra. El casco lo dejamos para otro día, que mis odiosas cervicales están en franca rebelión.

Hale, he dicho

sábado, 16 de mayo de 2015

Yelmos griegos. El tipo corintio




El hoplita armado con un yelmo corintio
es quizás la imagen más extendida de
los ejércitos del mundo antiguo
Indudablemente, dentro de todas las tipologías de yelmos usados por los pueblos griegos la corintia es la que todo el mundo suele asimilar a estos belicosos ciudadanos. Obviamente, en esto no solo ha intervenido la cinematografía, sino la infinidad de representaciones gráficas con las que decoraban todo tipo de cacharros de cerámica y en la que, de forma muy mayoritaria, aparece este tipo en sus diversas versiones. Por otro lado, es quizás la única denominación que no es moderna. Ya sabemos que la terminología que usamos para denominar el armamento del mundo antiguo procede del ingenio de historiadores y arqueólogos que, de forma más o menos acertada, los bautizaron como les pareció bien a fin de distinguir unas tipologías de otras, optando casi siempre por basarse en su morfología o por el lugar donde apareció el primer ejemplar de la misma tal como vimos en la entrada anterior, dedicada al tipo ilirio. Sin embargo, en este caso nos encontramos con que ya en su época eran llamados así, yelmos corintios. La información se la debemos a Herodoto (428-425 a.C.) el cual narra en su obra "Historia" como dos tribus libias que vivían junto al lago Tritonis (del cual no se conoce su situación geográfica e incluso es posible que desapareciera en algún momento de la historia), los maclies y los auseos, celebraban anualmente un festival dedicado a la diosa Atenea en la que se formaban dos grupos nutridos por doncellas las cuales combatían con piedras y palos para honrar la memoria de sus ancestros. Previamente al combate, "...el pueblo elige a la más hermosa de todas y la arman con un yelmo corintio (seguramente de la tipología más arcaica) y una panoplia griega para luego ser montada en un carro y ser llevada a lo largo de toda la orilla del lago". (Historia, 4.180.3). Así pues, tras el paseo en el carro estas mozuelas se daban de palos y algunas hasta palmaban, lo que achacaban a que eran falsas doncellas que habían sido castigadas por Atenea por haber mentido en lo tocante a su doncellez cuando, en realidad, eran unos pendones desorejados. Una forma un poco chorra de honrar tanto a los difuntos como a la diosa, digo yo...

Por cierto que, ya que mencionamos a Herodoto, lo verdaderamente curioso es lo que dice en el siguiente capítulo el cual reproduzco íntegramente:

"No puedo decir con qué armadura equipaban a sus doncellas antes de que los griegos vivieran cerca de ellos, pero supongo que la armadura era egipcia ya que sostengo que los griegos tomaron su escudo y su yelmo de Egipto"

Da que pensar, ¿no? Como ya sabemos, los griegos ya habían empezado a extender su influencia por toda la ribera mediterránea desde siglos antes con el consiguiente intercambio cultural con todos los pueblos con los que entraron en contacto, así que vete a saber. A la vista de esto, igual resulta que la falcata ibera, considerada como una evolución de la kopis o la machaira griegas, pues fue al revés, y que estas últimas tomaron nuestra falcata como modelo. Pero no nos desviemos del tema, que lo único que quería era dejar constancia de que el tipo corintio ya era conocido así antes de los tiempos de Cristo, así que vamos al grano.

Esta tipología surgió de forma simultánea a la del yelmo ilirio, hacia el siglo VIII a.C. alcanzando un nivel de popularidad mucho mayor ya que su diseño permitía una defensa más eficaz y, por otro lado, su sistema de fabricación le proporcionaba mayor solidez. Recordemos que el tipo ilirio tenía dos graves defectos: no protegía la cara, que quedaba totalmente despejada, y estaba fabricado en dos piezas, lo que lo hacía especialmente vulnerable por la zona de unión de ambas partes. Estos dos defectos se corrigieron sobradamente en el tipo corintio ya que, aunque hay constancia de algunos ejemplares fabricados en dos piezas, la norma era obtenerlos de una sola a base de batir una chapa de bronce. No obstante, a la derecha tenemos una pieza de una de las variantes más primitivas en la que, aparte de los desperfectos y reparaciones llevadas a cabo motivados por daños recibidos en combate, se puede apreciar perfectamente la unión entre las dos mitades que conforman el yelmo. Con todo, debemos tener en cuenta que fabricarlo en dos partes era mucho más barato que si se elaboraba en una sola, así que siempre cabe la posibilidad de que ciudadanos con menos poder adquisitivo- recordemos que la panoplia se la pagaban de su bolsillo- optaran por piezas de peor calidad pero más económicas. En cuanto a la protección del rostro, baste decir que, como se aprecia en la imagen, solo quedaban a la vista los ojos y una franja vertical más o menos ancha que iba desde el bigote hasta la barbilla. 

Busto de Pericles portando un
yelmo corintio
Lógicamente, una mayor protección también conllevaba una serie de inconvenientes: el yelmo era más pesado- podía alcanzar los dos kilos-, el campo visual se reducía de forma notable y, en este caso, la capacidad auditiva se veía muy mermada ya que esta tipología carecía de aberturas u orificios junto a las orejas que permitieran oír mejor. No obstante, estos inconvenientes eran en parte soslayables  debido a la forma de combatir de los hoplitas. Su formación en falange no requería ni tener el oído fino más que para escuchar los toques de bocina con que se deban las órdenes, y su campo visual necesario era el que tenía ante sus narices, donde estaría el enemigo. Lo que sí era un defecto de imposible solución era que, precisamente debido a su forma totalmente envolvente, tenían que ser fabricados a medida, lo cual suponía un gasto extra ya que no era viable la producción en masa y, por otro lado, no se podían aprovechar los recuperados en los campos de batalla o los heredados de los padres salvo que, casualmente, se encontraran con un yelmo cuyo anterior propietario tuviera la cabeza y "accesorios" de la misma repartidos de la misma forma. Bastaría una diferencia de solo dos centímetros menos desde los ojos a la coronilla para que el nuevo usuario quedara totalmente cegado, o la misma diferencia en la anchura del cráneo o el rostro le impedirían meter la cabeza dentro. 

Por lo demás, su excesivo peso y la sensación de agobio que producía entre la tropa hizo habitual que, en las variantes más evolucionadas, se llevara echado hacia atrás, colocándoselo en su posición correcta solo a la hora de entrar en combate, siendo bastante habitual que veamos ese detalle en multitud de representaciones gráficas de la época como el busto de Pericles del párrafo anterior. Pero su mayor peso y su fabricación en una sola pieza no lo convertían en invulnerable, y menos si el enemigo iba armado con una buena espada o una lanza de hierro. De hecho, en museos y colecciones privadas se conservan yelmos de esta tipología en la que se aprecian, como vimos más arriba, los desperfectos causados en combate y,  la vista de muchos de ellos, sus dueños no debieron escapar ilesos del golpe. A la izquierda tenemos un ejemplo bastante gráfico, una pieza de origen espartano que se conserva en el Museo Británico. Se pueden apreciar en la calva del mismo varias abolladuras y, en especial, una hendidura que debió dejar el cráneo de su usuario un tanto averiado. Por la anchura de la misma colijo que pudo tratarse de un lanzazo que le debió llegar casi con toda seguridad al cerebro, aliñando al probo y valeroso ciudadano en un santiamén para poder volver "sobre el escudo" para mayor gloria de su nombre.

En el gráfico inferior podemos ver la evolución de esta tipología de forma que nos resultará más fácil entender los cambios que fueron surgiendo a lo largo del tiempo. En todo caso, debemos tener en cuenta que el yelmo corintio fue la tipología más longeva de todas las usadas por los griegos ya que, según veremos a continuación, algunos llegaron al siglo I d.C.



Tipo A: Es la variante más primitiva, formando prácticamente un cilindro que se ajustaba a la cabeza y que no permitía echarlo para atrás cuando no se combatía. O sea, que o se llevaba puesto o colgando del cuerpo. En un clima cálido como el de Grecia, pasearse con ese chisme de bronce recalentado sobre la cabeza durante horas debía ser asaz irritante. En cuanto a su nivel de protección, esta variante carecía de barra nasal, llevando solo un pequeño escusón que protegía el entrecejo. En cuanto a la defensa del cuello y la nuca, aún era bastante deficiente ya que ambas zonas estaban totalmente expuestas a los tajos del enemigo. Estuvo operativo a lo largo del siglo VIII a.C.

Tipo B: Es una evolución del anterior cuya única diferencia radica en la adición de la barra nasal. Su uso se mantuvo desde mediados hasta principios del siglo VII a.C.

Tipo C: Esta variante ya muestra cambios notables. Tanto los laterales como la zona trasera se han alargado un poco y se ha aumentado el diámetro del yelmo por la zona inferior. De ese modo no solo se protege cuello y nuca, sino que permitía una mejor movilidad gracias al ala trasera que se impuso en las demás variantes. Otra peculiaridad de esta variante radica en la barra nasal, siempre con un acusado ángulo hacia fuera quizás para amortiguar los tajos de espada antes de que pudieran alcanzar la nariz. Este yelmo estuvo operativo durante los siglos VII y VI a.C.

Tipo D: Es una variante del anterior surgida en el siglo VI a.C. denominada MYROS y cuya única diferencia consistía en la decoración de la misma, con el reborde craneal y las cejas que fueron características de las variantes más avanzadas de esta tipología.

Tipo E: Versión contemporánea a la anterior usada por los pueblos itálicos, especialmente etruscos y apulios. Esta variante surgió debido a la costumbre que adoptaron de entrar en combate con el yelmo echado hacia la coronilla, lo que supuso disminuir su tamaño ya que solo necesitaban cubrir la bóveda craneana y parte de la nuca. El tipo E dio paso a las variantes H, I y J que veremos más adelante.

Tipo F: Esta variante, surgida en el siglo VI a.C., tiene la morfología más conocida del yelmo corintio. En este caso, tanto las carrilleras como la parte trasera del yelmo aumentan notablemente de tamaño de forma que cubren por completo el cuello y la nuca de su portador. En algunos ejemplares, la franja que queda entre las carrilleras del yelmo es cuasi inexistente, limitándose a una mera rendija por lo que la única zona vulnerable eran los ojos como si se tratase de un yelmo de cimera del siglo XIII.

Barbota italiana del último cuarto del
siglo XV
Tipo G: Esta variante es la culminación de esta tipología. Básicamente es igual a la anterior salvo por la decoración, consistente en el reborde craneal y las cejas. Muchos de ellos llevaban además delicados cincelados en la parte frontal del yelmo, así como en los laterales. A eso, añadir que se le abrieron dos aberturas para las orejas y poder así aumentar la capacidad auditiva. Esta variante, de una elegancia proverbial, fue por ello tomado por los artistas de todas las épocas como complemento de esculturas de dioses, héroes, etc. Además, su apariencia daba un aire especialmente agresivo al que lo portaba, siendo incluso resucitado durante el Renacimiento en forma de las elegantes barbotas que gozaron de tanta popularidad desde mediados del siglo XV hasta finales del XVI y que se inspiraron en las obras que les llegaron procedentes del mundo antiguo.


Tipos H, I y J: Variantes del tipo E que mencionamos más arriba que derivaron del corintio griego y gozaron de bastante popularidad entre los pueblos itálicos. Estos yelmos, que puede que más de uno los haya visto con unas proporciones extrañas, demasiado pequeños para cubrir enteramente una cabeza y con unas aberturas oculares mínimas, se prestan por ello a ciertas confusiones. Como se ha dicho, la costumbre de portar los yelmos corintios convencionales echados para atrás incluso en combate, los armeros de la zona fabricaron una serie de variantes que, conservando su apariencia original, eran válidos para su nueva forma de portarlos. O sea, que el visor y la barra nasal pasaban a convertirse en meros adornos porque estos cascos solo cubrían la parte superior de la cabeza tal como vemos en la ilustración de la derecha. Las diferencias entre las tres variantes radicaban solamente en la abertura frontal: en el caso de la H, iba cerrada en algunos tramos. En la I, totalmente cerrada, dejando solo el visor y la barra nasal. La J es la única que conservaba los rasgos originales de esta tipología. A eso, añadir que en algunos casos se les añadían carrilleras similares a las usadas en los yelmos áticos que ya veremos en su entrada correspondiente. 


Réplica actual de un yelmo
etrusco corintio con carrilleras
Por lo demás, el sistema de anclaje de los penachos era diferente al usado por los griegos. Por norma, y según era muy habitual entre los pueblos itálicos, estos yelmos iban provistos de un penacho longitudinal anclado a la calva mediante un soporte que podía ir soldado o ser removible según los ejemplos que vemos en el detalle inferior derecho aportados por Conolly. Dicho penacho, fabricado como era habitual con crines de caballo teñidas de colores, se sustentaba en una cresta de madera o incluso de bronce. Al penacho hay que añadir dos antenas laterales en las que se fijaban sendas plumas. Este tipo de yelmo, como decíamos, se mantuvo operativo hasta el siglo I d.C., especialmente entre los tribunos militares romanos que, pertenecientes a un estamento social superior, siempre buscaban elementos de su panoplia que los diferenciaran del resto de las tropas. Veamos a continuación algunas cuestiones referentes a los complementos de este tipo de yelmos.

Las guarniciones

Como ya comentamos en la entrada sobre el tipo ilirio, no ha llegado a nuestros días ningún yelmo que nos permita saber con certeza cómo eran las guarniciones que usaban, habiendo teorías para todos los gustos. La opinión más generalizada es que las variantes más primitivas, A y B, llevaban el interior enteramente forrado de fieltro, lino o cuero, quedando fijado dicho forro al yelmo mediante un cosido a lo largo de todo su contorno gracias a las pequeñas perforaciones que se aprecian en los mismos. En la ilustración inferior podremos verlo con claridad:


Como vemos en el dibujo de la izquierda, todo el borde del yelmo va perforado. La guarnición se adaptaba al interior tras lo cual podía ser cosida como vemos en la ilustración central, o bien rebordeándola  por fuera tal como aparece a la derecha. Esto permitiría sustituirla en caso de necesidad con gran facilidad con solo descoserla. Sin embargo, en las variantes posteriores desaparecen los orificios por lo que solo caben dos opciones: una, que el relleno fuera pegado. Y dos, que simplemente no usaran guarnición. Analicemos ambas posibilidades.


Los pegamentos de la época se basaban en resinas las cuales, una vez endurecidas, eran bastante complicadas de eliminar. Además, el fieltro o el lino con que se fabricaban los rellenos absorberían dichas resinas por lo que, finalmente, se convertirían en una plasta dura, rasposa y molesta para llevarla en contacto con la piel. Recordemos también que hay constancia del uso de gorros de cuero o algún material textil que, obviamente, estaba destinado a proteger la cabeza del roce del metal y del que ya dimos cuenta en la entrada anterior. Así pues, ello nos permitiría suponer que los yelmos de este tipo carecían de guarnición porque, además del tema del gorro, he observado un detalle ciertamente revelador en la decoración de una vasija la cual podemos ver arriba. Los que hayan leído La Ilíada puede que recuerden la expresión "los melenudos acayos" en referencia a los griegos, los cuales se dejaban crecer el pelo de forma notable formando una cascada de guedejas o trenzas que les llegaban muy por debajo de los hombros. Observemos ahora la escena superior, en la que cuatro hoplitas se están armando y todos sin excepción usan yelmos corintios. El segundo por la izquierda lleva su abundante melena recogida en un moño, mientras el siguiente tiene el pelo más corto pero lo lleva sujeto con una cinta y, por último, el de la derecha se está recogiendo el pelo en ese momento. ¿Qué sentido tendría recogerse el pelo, que en esa cantidad resultaría complicado de meter dentro de un casco? A mi entender, la intención era que fuesen precisamente sus largas melenas las que actuasen como guarnición, rellenando con ellas el espacio libre y sirviendo para amortiguar los golpes. Y si a alguien le parece una teoría descabellada añado, y eso se sabe con certeza absoluta, que los toreros de principios del siglo XIX se recogían el pelo con una redecilla para protegerse la nuca de las costaladas que les propinaban los broncos morlacos de la época, detalle que cualquiera puede comprobar en las ilustraciones de aquellos tiempos y que, para los amantes de conocer las fuentes donde me ilustro, leí en su día en el Cossío, que es la biblia de la tauromaquia. O sea, que una buena mata de pelo bien apelmazada es, al fin y al cabo, tanto o más consistente que una capa de fieltro de menos de un centímetro de espesor.

En todo caso, debemos recordar que, como era habitual en los yelmos de bronce, la maleabilidad del material permitía además ajustar las carrilleras a la cabeza para impedir que el casco bailara en la cabeza o, lo que era peor, saliera despedido en pleno combate. Si unimos este detalle a lo dicho más arriba creo que podemos dar por sentado que la eliminación del relleno interior no es una insensatez. 

El maldito enigma de los penachos

Sí, maldito enigma porque no hay tampoco forma de tener nada en claro. Pero vayamos por partes. Hay mogollón de representaciones tanto gráficas como escultóricas en las que es más que evidente que se usaban penachos, lo cual tampoco tendría nada de extraordinario si pudiéramos saber cómo los fijaban al yelmo. En la imagen de la derecha tenemos cuatro figuritas de diversas épocas y procedencias las cuales nos dejan bien claro que se usaban si bien la segunda por la derecha, procedente de Esparta, es la única que muestra un penacho transversal, variante esta de la que también hay constancia en un fragmento de cerámica de la misma procedencia y que, según algunos autores, podrían ser de uso exclusivo para personajes de elevado rango o incluso monarcas. Pero, en todo caso, repito, es evidente que usaban los dichosos penachos.

Connolly aporta una teoría acerca de la fijación de los mismos basada en un ejemplar conservado en Berlín, la cual vemos a la izquierda. Al parecer, ese ejemplar muestra dos pequeños ganchos en la parte delantera y uno en la trasera que permitirían fijar el soporte con un pasador por delante y un cordón por detrás, tal como se muestra en la ilustración. Sin embargo, considerando que es el único yelmo en el que se han detectado estos ganchos me resulta muy atrevido, aun partiendo de Conolly, asegurar que este sistema era el habitual porque no hay constancia de que haya otros yelmos corintios provistos de este accesorio. O sea, no es la respuesta definitiva, al menos para mí.

Por otro lado, tenemos los ejemplos que nos aportan las esculturas de la época como la que vemos a la derecha. En este caso, el soporte estaría fabricado de bronce y soldado o remachado a la calva del casco, uniéndose a continuación el penacho con su cresta de madera pintada de colores. Conozco al menos un yelmo que lleva una especie de cimera de bronce el cual, aunque es de otra tipología y no lleva penacho sino que va rematada con una cabeza de carnero, concuerda en este caso con esta solución. Pero, ¿qué pasa con la infinidad de yelmos que se conservan en museos y colecciones privadas que no tienen el más mínimo rastro de nada que indique que se les podía poner un penacho? ¿Cómo es posible que haya cantidades masivas de representaciones de todo tipo en la que aparecen yelmos corintios con el puñetero penacho y que no haya sobrevivido uno solo que nos permita saber qué métodos seguían para fijarlos a la calva? 

Solo se me ocurren dos posibilidades y conste que, en todo lo que llevo leído al respecto, no se aporta ninguna teoría y la mayoría se quedan en que no se sabe como lo hacían. Algún autor sugiere que podrían ser crestas de bronce soldadas pero, ¿cómo es que no ha sobrevivido ni una sola, o no se ven rastros de soldaduras en un solo ejemplar? Así pues, como digo, solo quedan dos teorías que, al no haber más tienen que ser válidas las dos o, al menos, una de ellas:

1. Que fueran pegados, cosa que se me antoja poco práctica ya que bastaría un tajo para arrancarla salvo que los griegos hubiesen inventado el epoxi, cosa que dudo. Tampoco vale la teoría de que irían clavados desde dentro ya que no hay ni rastro de orificios en la calva de estos yelmos. O sea, que aunque poco práctico y con la perspectiva de tener que repararlas con frecuencia, podemos pensar que estos penachos podrían ir pegados con resina.

La elevada meticulosidad de las representaciones
artísticas griegas nos han permitido conocer hasta
el último detalle de su panoplia... menos lo de los
malditos penachos, carajo
2. Que solo usaran el penacho personajes muy señalados como símbolo de su rango. Esto disminuiría el número de ejemplares con posibilidades de tener elementos de fijación y, además, si eran enterrados con sus panoplias como era habitual podría explicar por qué no ha llegado ni uno solo a nuestros días. Sí, ya sé que en las decoraciones de la cerámica griega es muy frecuente ver el penacho, pero reparemos en una cuestión: si observamos estas pinturas, vemos que el nivel de detalle que alcanzan es cuasi fotográfico. Basta echar un vistazo al ejemplo que puse más arriba, en el que se aprecian todos los pormenores de los linothorax con que cubren sus cuerpos, la forma de vestirlos, como ponerse las grebas, la decoración de los yelmos, etc. etc. Sin embargo, nunca vemos el detalle de la fijación de los penachos porque, simplemente, no lo hay. O sea, ¿sería posible que al ser pinturas decorativas lo añadieran como un mero ornato para hacer bonito ya que, además, los personajes representados solían ser héroes, reyes, dioses, etc.? ¿Podría ser entonces que, como sugería anteriormente, solo los personajes de rango elevado y los mandos de los ejércitos llevasen el penacho para ser fácilmente identificados mientras que el resto usaban un yelmo sin adornos que, por otro lado, encarecerían bastante una pieza de por sí bastante cara? En fin, ahí dejo las teorías y que cada cual se quede con la que prefiera porque saber, lo que se dice saber con certeza, al día de hoy no sabemos nada al respecto. Sí, ya sé que es una chorrada y que el mundo seguirá girando aunque no lo averigüemos pero, al fin y al cabo, a los que nos apasionan estas cosas nos gusta disolvernos las neuronas para encontrar respuestas a estos temas, ¿no?

En fin, esto es lo que hay. No creo que se me haya escapado nada relevante, así que explicado queda el tipo corintio, amén.

Hale, he dicho