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sábado, 26 de noviembre de 2016

7 curiosidades curiosas sobre los "militari arditi"


Grupo de oficiales pertenecientes al IX Reparto tras su victoria sobre los austriacos en Col Moschin, una de las montañas
que conforman el macizo del Grappa, en junio de 1918. La gran mayoría de los que aparecen en la foto no sobrevivieron
a la guerra, y eso que ya quedaban pocos meses para la firma del armisticio. Esto da fe de la dureza de las acciones en
las que intervenían los Reparti d'Assalto

Bueno, prosiguiendo con el tema de los arditi, nada mejor que una entrada para dar cuenta de algunas curiosidades curiosas, de esas que dejan perplejos a los compadres y amiguetes ante nuestra sapiencia, embelesada a la parienta, que podrá presumir de tener un maromo culto y, por supuesto, humillados a esos abyectos cuñados que solo parecen vivir para demostrar lo que saben de todo. Así pues, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, que está lloviendo más que el día que enterraron a Bigote y que no ando especialmente exultante de ánimo, procedamos a elaborar esta entrada que tampoco requiere demasiada enjundia porque las curiosidades en cuestión las he ido recopilando a medida que iba preparando los artículos anteriores sobre los arditi.

Unas tropas que atacaban al enemigo con una pierna
de menos, una muleta en una mano y el fusil en la
otra debían tener mejor paga sí o sí.
Esto es propaganda y lo demás son chorradas
1. Pertenecer a una tropa de élite tiene sus pros y sus contras, como todo en esta vida. Uno de los pros más importantes es el tema pecuniario ya que, por razones obvias, uno suele palmarla más contentito si nota en el bolsillo de la guerrera la cartera bien llena de billetes. Y así es como solían morirse los arditi tanto en cuanto cobraban un salario notablemente más alto que sus colegas del ejército regular. La paga diaria de un soldado del ejército era de 89 céntimos de lira a los que había que descontar 38 del rancho, 27 del pan y 14 en concepto de indumentaria, por lo que al sufrido guripa italiano le quedaban solamente 10 céntimos a los que se sumarían 40 céntimos que el estado concedía a cada hombre en concepto de prima de guerra. Total, 50 céntimos  para gastárselos en su persona si es que vivía para ello. La realidad es que era una birria de paga ya que, por ejemplo, un kilo de pan costaba 55 céntimos, así que tenía que batirse el cobre durante un día para poder comprarse de su bolsillo una hogaza. Sin embargo, un ardito veía su paga aumentada en 20 céntimos al día, lo que suponían 70 céntimos que ya daban para añadir a la hogaza una cajetilla de 10 cigarrillos. Sí, era también una paga mierdosa, pero al menos se podían permitir elegir entre palmarla de un tiro o de un cáncer de pulmón, ¿no? Además de los soldados, el resto del personal de cada Reparto obtenía su correspondiente plus: los sargentos aumentaban su paga convencional de 1 lira y 88 céntimos con 30 céntimos más, y los marescialli (mariscales, lo que para nosotros serían los sargentos primeros y los brigadas) entre 1 y 2,5 liras dependiendo de su categoría (hay hasta cinco).

De vuelta de una acción de guerra en Bassano del Grappa.
Otro de los privilegios de los arditi es que eran
transportados al frente en camiones mientras que la
infantería regular solo se movía a pie
2. Otro pro importantísimo eran las raciones, más abundantes que en el ejército. Así, mientras que en este la ración diaria de carne era de 200 gramos, un ardito se podía zampar 30 gramillos más. Los 200 gramos de pasta del ejército eran aumentados hasta los 250, mientras que de pan recibían lo mismo (menos mal), 700 gramos. Sin embargo, les daban un cuarto de litro de vino al día mientras que sus colegas se tenían que conformar con la misma cantidad cada cinco días, y 10 gramos diarios de café que, del mismo modo, los del ejército solo veían cada dos días. Pero esto era lo que los arditi obtenían de forma reglamentaria, lo que tampoco daba para ganar una guerra con la barriga llena, así que se valían de su condición de candidatos de primera clase a la fosa común para llevar a cabo toda clase de tropelías y hurtos en las poblaciones cercanas donde, al parecer, no solían privarse de echar el guante a la fauna doméstica para dar buena cuenta de gallinas, gansos, etc. De hecho, su descaro llegaba a extremos inauditos ya que hasta se daban casos de grupos de arditi que asaltaban las columnas de aprovisionamiento de su propio ejército amenazando a los conductores de los camiones con granadas de mano. Unos golfos, vaya...

No tenían abuela ni la necesitaban
a la vista de esta postal de la época,
en la que una signorina cae rendida
ante la viril prestancia de un ardito
3. Esta permisividad no solo producía severas tortícolis entre los mandos de tanto mirar para otro lado, sino que también daba lugar, además de a gamberradas y robos, a excesivos escarceos con el hembrerío de la comarca. Conviene señalar que los arditi nunca permanecían estacionados en primera línea más tiempo que el necesario para llevar a cabo una acción determinada, tras la cual volvían a retaguardia o a sus campamentos a la espera de volver a ser llamados para sacar las castañas del fuego a sus colegas de la infantería. Al estar exentos de servicios mecánicos (ambigua expresión cuartelera que designa a todos los trabajos desagradables como barrer, fregar, cocina, etc.) y de hacer guardia, estos fogosos sujetos se aburrían como galápagos, así que aprovechaban las noches para largarse en busca de frondosas mocitas que no dudaban en dejarse meter mano por aquellos valerosos soldados que tanta guerra daban tanto en el campo de batalla como en la piltra. Al final, el Comando Supremo decidió trasladar los campamentos bien lejos de los núcleos de población porque la cosa pasaba ya de castaño oscuro.

A la izquierda, soldado de infantería de línea.
A la derecha, un ardito.
4. Otro privilegio consistía en el uniforme. El teniente coronel Bassi, creador de los Reparti d'Assalto, tuvo claro desde el primer momento que los hombres destinados a llevar a cabo operaciones especiales debían ir a la muerte lo más cómodos posible. Por ello, sustituyó la guerrera reglamentaria del ejército, la típica prenda de la época con cuello alto y sin bolsillos exteriores, por la que usaban las unidades ciclistas de los bersaglieri. Esta prenda tenía el cuello abierto con solapas y dos bolsillos de pecho. Además, tenía un bolsillo grande situado en la parte trasera, como los chalecos de caza menor, destinado a contener las numerosas granadas de mano de dotación de estas tropas. Como prenda interior usaban un jersey de cuello vuelto, también propio de los ciclistas, abotonados desde el hombro izquierdo hasta el cuello. En cuanto a los pantalones, empleaban los calzones hasta las rodillas mod. 1909 de las unidades alpinas en vez del bombacho de la infantería. 

Las pantorrillas las cubrían con vendas o con calcetines altos si bien, desconozco el motivo, muchos preferían las vendas. Las botas solían ser también las usadas por los alpinos, un calzado especialmente robusto con las suelas claveteadas y con grapas en todo el contorno de las mismas. En la foto de la derecha podemos ver su apariencia, en este caso calzadas por alpinos. Ciertamente, debían ser el arma secreta de los arditi ya que un pisotón o una patada con eso debía tener unos efectos simplemente demoledores. Las cabezas se las cubrían con el scodellino (la pantalla), o sea, el quepis reglamentario modelo 1905, o el fez de fieltro negro rematado por una generosa borla del mismo color inspirado en la red de pelo usada por los bersaglieri. En fin, un uniforme ciertamente avanzado para su época ya que el resto de las tropas en liza aún seguían con sus guerreras de cuello alto incluidos los Stormtruppen tedescos. Bueno, y los oficiales british (Dios maldiga a Nelson), que usaban guerrera abierta con camisa y corbata, prenda esta última cuyo uso en el frente siempre me ha parecido propio del típico esnobismo de esos isleños.

Aprendiendo el manejo de los lanzallamas
5. Pero no era oro todo lo que relucía. Ciertamente, recibían mejor paga, raciones más abundantes y hasta se pasaban tres pueblos cuando no combatían, pero a cambio caían como moscas y su número de bajas era escandalosamente alto tras cada acción a pesar de que, contrariamente a la infantería regular, los arditi dedicaban sus estancias en retaguardia a entrenar a diario. Pero no chorradas de instrucción en orden cerrado y cosas así, sino el duro entrenamiento diseñado por Bassi para tener al personal fibroso, ágil, en perfecta forma física y dispuestos a salir hacia el frente en cualquier momento. Se tocaba diana a las seis de la mañana, pero no con la típica corneta, sino con una andanada de morteros para saltar de la piltra con alegría y tal. Tras el aseo personal comenzaba una inolvidable jornada en la que los oficiales de cada Reparto deleitaban a sus hombres con un completo programa de actividades gracias al cual, cuando daba término la instrucción las seis de la tarde, por lo general estaban todos para el arrastre. A las 10 de la noche se tocaba silencio pero, curiosamente, no se pasaba lista porque se daba por sentado que más de uno se largaría fuera del campamento a darse un revolcón o a otros temas menos... espirituales. Sin embargo, nadie faltaba nunca cuando se volvía a tocar diana. Obviamente, plantear semejante conducta en un campamento alemán, austriaco, inglés o francés era simplemente impensable.

Practicando un avance protegidos por una cortina de humo
6. Pero a pesar de tan dura existencia y del elevado número de bajas que solían acaparar, las solicitudes de ingreso en los Reparti d'Assalto nunca faltaron. Los candidatos a convertirse en militari arditi eran enviados al campo de adiestramiento situado en Sdricca di Manzano donde, aparte de recibir su nuevo uniforme propio de este tipo de tropas, se veían sometidos a un riguroso programa de entrenamiento que incluía pruebas psicológicas, instrucción de combate con fuego real y hasta los entretenían con chispeantes juegos para poner a prueba el valor del personal. Uno de los preferidos era sorprenderlos con una voz de alarma para, a continuación, lanzarles cerca un Thévenot. En función a la reacción por parte del aspirante a ardito se estimaba cómo sería su comportamiento en combate. Otro de los enjundiosos test para calibrar la testiculina del personal era el denominado dondolo, "el columpio" el cual no consistía precisamente en balancearse en uno de esos deleitosos chismes. En realidad, en lo único en que se asemejaban era en la estructura, igual a la de un columpio, pero en lugar del asiento ponían una soga con una longitud acorde a la estatura del soldado. Al final de la soga anudaban un peso que, al oscilar como un péndulo, debía pasar tan cerca de la jeta del soldado que podría arrancarle la gorra al golpearle la visera. Para salir airoso de este juego tan guay debía uno permanecer como una estatua mientras veía como el péndulo se aproximaba peligrosamente, y al parecer solo unos cuantos de todos los que pasaron por Sdricca di Manzano resistieron sin que se les encogiera en ombligo. En cualquier caso, lo cierto es que alrededor de un 10% renunciaban y volvían a sus unidades de origen por lo que, por norma, las insignias y distintivos del Reparto no se entregaban hasta después de dos o tres semanas, cuando lo más duro del entrenamiento ya había pasado. 

-¡Te pegooo! ¡Te pegooooooo! (Ruiz Mateos dixit)
Está de más decir que esta gente tenía un elevadísimo
concepto de sí mismos, y se hacían una propaganda
bestial, las cosas como son
7. El entrenamiento de los arditi no tenía nada que envidiar al de las modernas unidades de asalto. No solo practicaban con armas de todo tipo, sino que llevaban a cabo maniobras bajo fuego real de lo más estimulantes a fin de crear entre las tropas un sentimiento de inmunidad que, a la hora de la verdad, les permitía dominar el miedo y las ganas de salir echando leches de aquel infierno. Para lograr ese estado psicológico, Bassi había diseñado todo un sofisticado programa de entrenamiento en el que, además de lo detallado anteriormente, se despertaba en plena noche al personal y se les hacía equiparse a toda velocidad para salir de maniobras, o incluso lanzaban petardos en el interior de los barracones para que aprendieran a controlarse y a actuar en todo momento sin perder la sangre fría, lo que obviamente salvó muchísimas vidas. No obstante, y a pesar de que lo que ocurría en Sdricca di Manzano no salía de allí, no pasó mucho tiempo hasta que empezó a correr el rumor de que las bajas producidas por semejante entrenamiento eran poco menos que similares a las del frente, si bien eso nunca se pudo corroborar. El ejercicio más elaborado y que dio pie a estos rumores era la collina tipo, la colina de los monigotes. Consistía en una reproducción exacta de una posición fortificada austriaca que debía ser atacada bajo fuego real una y otra vez hasta que la unidad asaltante lograra sincronizarse a la perfección con el fuego de cobertura de la artillería propia y las armas de apoyo. Este ejercicio podía ejecutarse en cualquier momento, de día o de noche, bajo la luz del sol, la lluvia, la nieve o el siniestro fulgor de la luz de magnesio de las bengalas. En fin, muy divertido y estimulante, ¿que no? Eso sí, una vez que lograban funcionar como una máquina bien engrasada eran muy difíciles de vencer, como demostraron sobradamente en el campo de batalla y pudieron dar fe de ello las tropas austro-húngaras.

Bueno, con esto ya han tenido vuecedes lectura para un ratito. En una próxima entrada daremos cuenta del armamento de estas tropas a nivel de unidad para sumarla a la que se publicó no hace mucho sobre el armamento individual.

Hale, he dicho

martes, 15 de noviembre de 2016

El armamento de los "militari arditi". Armamento individual


Grupo de arditi en pleno orgasmo bélico. Mientras los que se vislumbran en el fondo apuñalan con saña bíblica a los enemigos, de los que aparecen en primer término al menos cinco de ellos se disponen a arrojar sendas bombas de mano. No deja de ser curioso que precisamente el puñal y las granadas fuesen precisamente las armas más emblemáticas de estas
unidades de asalto


Trío de colegas posando para la posteridad.
Los tres muestran sus carabinas
Mannlicher mod. 91 TS, y en la cintura
se pueden ver sus puñales
Hace unos días publicanos una entrada sobre el origen de estos fogosos italianos que, a partir de 1917, se dedicaron a chinchar bonitamente a los austro-húngaros del káiser Carlos I el cual apenas tuvo tiempo de reinar un año hasta que, con el fin de la contienda y la derrota de las potencias centrales, lo mandaran a hacer puñetas. Así pues y como con un par de entradas no podríamos detallar la historia de los arditi, lo suyo será fraccionarlas por temas ya que no me gusta elaborar entradas de esas interminables que, más que ilustrar, aburren. Por lo tanto proseguiremos esta temática con el armamento empleado por estas unidades que, como veremos, estaba bastante bien concebido para el despliegue táctico de las mismas en el campo de batalla.

Los arditi, tanto en cuanto estaban concebidos como tropas de asalto, debían ir provistos de armamento abundante, fiable, contundente y surtido. O sea, debían acarrear todo tipo de armas ya que dependían de sí mismos a la hora de llevar a cabo cualquiera de sus operaciones, especialmente cuando se trataba de infiltrarse en las trincheras enemigas para dar golpes de mano que, aparte de sembrar el caos, venían muy bien para liquidar posiciones claves en el entramado trincheril del adversario, Vg. reductos, nidos de ametralladoras, depósitos de munición, etc. La guerra de trincheras era algo tan novedoso que, como ya hemos comentado en las entradas dedicadas a este concepto táctico, los ejércitos convencionales carecían de armas diseñadas específicamente para desenvolverse en semejante maremagno, y se veían limitados a sus fusiles de toda la vida, las bayonetas y las bombas de mano, y estas últimas solo cuando los mandamases se dieron cuenta de que hacía falta un tipo de arma explosiva para repeler o agredir al enemigo a corta distancia, donde la artillería no podía actuar so pena de llevarse por delante a amigos y enemigos.

Grupo de arditi en 1918 enarbolando sus puñales. Estos cuchillos eran el
arma más emblemática de las tropas de asalto italiana, y ciertamente no
perdían ocasión de enseñarlo para demostrar que no eran infantería corriente
El pionero en estas cuestiones en lo que atañe al ejército italiano fue el entonces capitán Bassi que, como ya anticipamos en la entrada anterior, fue el padre de los "militari arditi". Ya en noviembre de 1916 presentó un proyecto para la formación y empleo táctico de secciones armadas con subfusiles, precisamente porque las tropas no tenían posibilidad de atacar provistos de un arma capaz de desarrollar la potencia de fuego necesaria para compensar su enorme disparidad numérica respecto al enemigo. No olvidemos que se trataban de pequeñas unidades a nivel de pelotón o sección las que debían introducirse en una trinchera literalmente atiborrada de enemigos, por lo que los fusiles convencionales servían de poco. El éxito de las teorías de Bassi cuando fueron aplicadas en el campo de batalla fue lo que hizo que el Comando Supremo decidiera crear el primer Reparto d'Assalto, el germen de las unidades de arditi las cuales, como no podían ser menos, serían equipadas con los distintos tipos de armas que el ya ascendido a teniente coronel Bassi había demostrado que eran más adecuadas. Comencemos pues.

Armas largas


Los arditi no iban armados con el fusil reglamentario de la infantería, el Mannlicher-Carcano modelo 1891, un arma de calibre 6,55×52, el mismo con el que, según siguen insistiendo en las novelas de ciencia-ficción, Oswald mató a Kennedy. Pero este chisme era, como todos los fusiles de infantería de la época, demasiado grande y pesado para equipar a unidades que tendrían que arrastrarse por la tierra de nadie o combatir en una angosta trinchera, así que se decidió que los Reparti d'Assalto fueran armados con dos versiones cortas de este fusil: el moschetto mod. 91 da cavalleria y el mosquetto mod. 91 TS- destinado a tropas de ingenieros y artillería-, los cuales podemos ver en la foto inferior.



Como podemos ver, son armas mucho más ligeras y manejables. El fusil 1891 pesaba 3,8 kilos sin bayoneta y medía 128 cm., mientras que la carabina pesaba 3,1 kilos y medía solo 91 cm. La diferencia entre las dos carabinas radicaba básicamente en que la de caballería estaba armada con una bayoneta plegable de sección triangular y la TS- siglas de Truppe Speciali- montaba la bayoneta modelo 1891 provista de una hoja de 30 cm. Por lo demás, la culata del modelo de caballería carecía de guardamanos, y el alza era distinta de la que montaba la TS. 

En sí, estas dos carabinas no eran precisamente ninguna maravilla en lo tocante a precisión y potencia ya que, por ejemplo, el cartucho de 8×57 de los Mauser mod. 98 alemanes o el de 8×50R de los Steyr-Mannlicher mod. 85 austriacos eran mucho más potentes; sin embargo, ambas tenían dos ventajas notables que las hacían muy útiles para las tropas de asalto. En primer lugar tenemos el peine, el cual podemos ver en la foto de la derecha y que, como se puede apreciar, carga seis cartuchos en vez de los cinco habituales. Un cartucho más podía significar la diferencia entre salir vivo de una refriega o entregar la cuchara allí mismo, así que no era un tema baladí. Y, por otro lado y no menos importante, los peines eran simétricos por lo que podían ser introducidos en cualquier posición, lo que no era posible con el sistema Mannlicher original. Ello facilitaba enormemente la recarga en situaciones de estrés o con baja o nula visibilidad. Por otro lado, se introducían enteros, siendo expulsados por una ventana inferior cuando se agotaba la munición. La dotación de cartuchos para este tipo de unidades era de solo 72 en lugar de los 120 de la infantería convencional ya que, en teoría, sus acciones duraban menos tiempo.

Armas cortas


Dependiendo de la graduación y la especialidad de cada hombre se le entregaba un arma corta en concreto. No olvidemos que en aquella época se tenía siempre en cuenta que un oficial era ser elegido para la gloria y que, por lo tanto, debía tener preferencia a la hora de usar armas que marcasen la diferencia con el resto de los míseros humanos. Curiosamente, no se miraba que fuesen mejores o más potentes- los oficiales no usaban armas largas, por lo que dependían de una puñetera pistola salvo que se rebajasen a empuñar una carabina-, sino que fuesen más ligeras, de un calibre menos molesto de disparar o, simplemente, que fuesen más bonitas. 

Un ejemplo preclaro de esta absurda costumbre lo tenemos en la pistola que vemos en la foto de la derecha, una Glisenti modelo 1910, uno de los mayores bodrios armeros de la historia. La Glisenti era la pistola destinada a mandar al baúl de los recuerdos al revólver Bodeo, un trasto decimonónico más trasnochado que Drácula y más si lo comparamos con las fastuosas pistolas germanas, la P-08 y la Mauser C96. Sin embargo, a pesar de su remoto parecido estético con la mítica Parabellum, era un arma mala, cara de fabricar y tan endeble que hubo que modificar su calibre, originariamente 9 mm. Parabellum, por otro idéntico pero con menos potencia, el 9 mm. Glisenti. 


La flecha azul señala la pieza que acerroja el arma, la cual
era su talón de Aquiles debido a que la corredera la golpeaba
y la rompía con una irritante frecuencia
Además, su cargador solo tenía capacidad para 7 cartuchos, el sistema de extracción era apretando el pulsador que aparece sobre el tacón del mismo, y la palanca de seguro era el resalte que se ve justo delante del guardamonte. ¿Que qué más da la posición del pulsador del cargador? Mucho, cuando el que empuña la pistola está en un fregado de los buenos. Porque cuando ve que el cargador se ha agotado, mientras que con el pulgar pulsa un botón situado tras el guardamonte, como por ejemplo ocurría en la P-08 o la Colt 1911, la mano izquierda busca un nuevo cargador. Sin embargo, en este caso hay que apretar y sacar el cargador con la mano izquierda mientras que con la derecha se sujeta el arma. Hablamos de pocos segundos, pero los suficientes para que un tedesco cabreado te estampe su maza de trinchera en plena jeta. Al final, muchos prefirieron comparar de su bolsillo una pistola eibarresa (se hicieron de oro en Eibar a raíz de la Gran Guerra por la carencia de pistolas decentes en los ejércitos italiano y gabacho) o recuperar su viejo Boleo que, aunque con un disparo menos, al menos nunca fallaban.

Un salto cualitativo notable se experimentó cuando Tulio Marengoni, diseñador jefe de la firma Beretta, diseñó su modelo 1915 que vemos a la derecha. En sí, esta pistola no aportaba mejores prestaciones que la Glisenti ya que disparaba el mismo cartucho y tenía la misma capacidad de cargador pero, sin embargo, su funcionamiento y su robustez superaban con creces a la anterior. La Beretta era una pistola extremadamente sólida, muy bien concebida (de hecho, es la abuela del actual modelo 92) y, lo más importante, no dejaba tirado al personal en el momento clave. Aparte de eso, disponía de dos seguros, uno en el costado que se puede apreciar en la foto y que bloqueaba el gatillo, y otro en la parte trasera del armazón que hacía lo propio con el martillo, que en este caso también era oculto. Este detalle era habitual en muchas pistolas de la época ya que impedía posibles enganchones a la hora de extraer el arma de la funda. Disponía de una argolla para colocar un fiador y, al igual que la Glisenti, también se fabricaba en calibre 7,65 mm., lo que permitía disponer de un cartucho más a costa de perder potencia, cosa nada recomendable por cierto.


Bien, estas eran las dos pistolas que usaban los oficiales. Los suboficiales, operadores de lanzallamas y los tiradores de subfusil y ametralladoras iban armados con el vetusto Bodeo modelo 1889, del cual se fabricaron dos versiones: el tipo I, que vemos en la parte inferior de la foto, y el II. Como salta a la vista, la única diferencia radica en que el I tiene guardamonte y el II carece del mismo, siendo el gatillo plegable. ¿Que por qué esta diferencia chorra? Por lo que dijimos anteriormente: el clasismo de la época obligaba a que las armas de los oficiales fueran más guays, así que el destinado a los suboficiales no tendría guardamonte y santas pascuas porque así se ahorraban el costo de una pieza más. En el caso de los oficiales arditi nos encontramos con la misma historia, y los que prefirieron mandar a paseo las Glisenti se buscaron Bodeos del tipo I, que para eso eran los mandamases. El resto del personal armado con arma corta fue equipado con el tipo II que, en realidad, funcionaba exactamente igual. Por lo demás, se trataba de un arma que, aunque anticuada, era extremadamente sólida y, ante todo, fiable, porque un revólver no se encasquilla jamás y solo en el caso de que, debido a un cartucho defectuoso una bala se quede dentro del cañón, siempre funcionan.


La foto muestra un Bodeo con la trampilla de recarga abierta.
En este caso, no se abatía hacia el lateral, sino hacia atrás.
Como es más que evidente, el Bodeo tiene un diseño muy similar al de otros revólveres de la época como el Nagant belga o el Lebel gabacho. Sin embargo, mientras que los anteriores tenían el típico problema de la lentitud de recarga que ya se explicó detalladamente en la entrada dedicada al Nagant, en el caso del Bodeo se pudo agilizar gracias a un ingenioso mecanismo mediante el cual, una vez abierta la trampilla del tambor, quedaba desactivado el martillo por lo que al apretar el gatillo podía girar el tambor pero sin que hubiese percusión. Esto permitía acelerar un poco el ya de por sí lentísimo proceso de recarga de estos tipo de revólveres. El tambor tenía una capacidad para seis cartuchos, y su sistema de disparo era únicamente de doble acción. Esto permitía una mayor cadencia de tiro, pero restaba precisión a la hora de disparar sobre blancos situados a más de 15 ó 20 metros. En cuanto al calibre, se trataba del 10,35×21R, lo suficientemente potente como para incrustarle una bala en el pecho a un tedesco y borrarlo de la lista de su compañía para siempre. Como dato curioso, añadir que por la forma de su culata era apodado coscia d'agnello, pata de cordero, y en Eibar se fabricaron miles de ejemplares por encargo del gobierno italiano.


Armas blancas




Sin duda, la daga d'assalto era el arma por antonomasia de los arditi. Tan orgullosos estaban de sus cuchillos de trinchera que incluso en las fotos de estudio era habitual verlos posando daga en mano, sujetándola con los dientes o incluso haciendo gesto de apuñalar con ella, tal como vemos en los dos tontainas de la foto de la derecha, en la que uno blande su daga mientras que su cuñado hace el gesto de lanzar una granada. Ya sabemos que el uso de cuchillos de trinchera se extendió entre todas las tropas que tomaron parte en la sangrienta contienda, pero en el caso de los arditi hablamos de un arma reglamentada y que formaba parte del armamento de cada miembro de los Reparti d'Assalto. Es más, la daga se llevaba siempre encima independientemente del rango de cada cual, y no solo en el frente, sino también en retaguardia cuando estaban de permiso y empezaban a darse de restregones con la novia nada más bajar del tren, que la falta de hembra era lo que peor sobrellevaban las tropas alejadas tanto tiempo del terruño. Es obvio que pasearse con la daga encima era lo mismo que demostrar al personal que uno era un tipo valeroso y que pertenecía a una unidad de élite, lo que garantizaba mogollón de invitaciones a vino y grappa en las tabernas y no menos miradas tiernas por parte del hembrerío presente, también muy contritas porque en el pueblo solo quedaban señores maduros casados, viejos y críos.


Pero, a pesar de ser un arma reglamentaria, no hubo nunca un criterio concreto en lo tocante a su tamaño, tipo de empuñadura, etc. O sea, no ocurría como con las bayonetas, que eran fabricadas siguiendo unas dimensiones exactas y con una empuñadura conforme a un diseño previamente establecido. Por el contrario, la daga d'assalto había surgido en realidad de la misma forma que los cuchillos de trinchera del resto de ejércitos en liza: reciclando bayonetas. En este caso se limitaron a echar mano de las viejas bayonetas modelo 1871 destinadas a armar los antiguos fusiles Vetterli 1871 y Vetterli-Vitali 1871/87. Esta bayoneta, provista de una larga hoja de 51,5 cm. de largo, podría proporcionar material para dos dagas según podemos ver en la imagen superior. Arriba del todo aparece el modelo 1871, en el centro el modelo 1891 usado en la Gran Guerra y con el que podemos comparar el enorme tamaño de la anterior. Por último vemos una daga d'assalto que nos permite comprobar que, en efecto, podían extraerse dos de ellas de cada hoja del modelo 1871.


En la foto de la derecha tenemos varios ejemplares que nos permitirán ver algunos de los diferentes acabados de estas armas. Arriba tenemos una daga provista de un tipo de empuñadura denominada "de lima" por su obvia similitud con las de estas herramientas. No era la morfología más habitual, aunque tampoco eran raras. Las otras tres ofrecen una apariencia similar si bien las crucetas presentan ciertas diferencias, así como el vaciado de las hojas. Las dos primeras tienen la hoja de doble filo y están vaciadas a una sola mesa, mientras que la de abajo está vaciada a dos mesas y conserva el recazo original de la hoja de donde procede. 


Porque, si nos fijamos, lo más frecuente es que tanto el recazo como la acanaladura desaparezcan ya que rebajaban el generoso grosor de las hojas originales, por lo que dichas acanaladuras desaparecían, quedando solo un resto en el primer tercio de la hoja de la daga, quizás intencionadamente para poder apoyar el pulgar. En cuanto a las vainas, estaban fabricadas de cuero en una sola pieza y cosidas por el reverso. A la derecha de la foto tenemos dos ejemplares: la de arriba tiene el extremo reforzado con dos remaches mientras que la otra conserva la contera de bronce de una vaina de bayoneta mod. 1891. En todo caso, el tipo más frecuente es el que vemos con su daga envainada, cuyo extremo estaba reforzado con una grapa de acero que impedía que la punta pudiera perforarla. En lo referente a la sujeción en el cinturón, se efectuaba mediante una simple presilla muy ajustada que permitía llevarla terciada sobre el lado izquierdo de la barriga, tal como nos lo muestra el ardito de la foto de la izquierda, ya que esta forma de llevar la daga facilitaba la extracción en caso de necesidad. Como dato curioso y como muestra de lo que son los bulos que se extienden por los frentes de batalla, los austriacos daban  por sentado que todos los arditi eran procedentes de Sicilia, y que por ese mismo motivo eran todos sumamente diestros en el manejo de sus dagas.  Por cierto que los arditi también echaban mano de los sturmmesser de las tropas de asalto austriacas, y al parecer eran piezas especialmente codiciadas las bayonetas cromadas Mannlicher mod. 95 que fabricaban para los suboficiales.  


Bombas de mano



Imagen de propaganda en la que aparece en primer
término un ardito que se dispone a arrojar una
granada y, encima, guiado por un ángel y todo.
Tal como comentábamos al inicio de la entrada, las bombas de mano eran, junto con las dagas, las armas por antonomasia de los arditi. La razón no era otra más que la necesidad de disponer de granadas que cubrieran su avance, y que les abrieran paso cuando llevaban a cabo un golpe de mano y tenían que ir limpiando las trincheras que se encontraban a su paso. Por esta misma razón, los Reparti d'Assalto no usaban granadas defensivas, sino ofensivas o incendiarias, estas últimas destinadas a crear cortinas de humo que les permitieran moverse o retirarse sin que el enemigo pudiera verlos. Para aquellos que desconozcan el tema, sepan que las granadas defensivas están concebidas, como su nombre indica, para usarlas desde una posición defensiva contra un enemigo que ataca, por lo que al explotar se fragmentan en decenas de trozos que crean un perímetro letal de 3o, 40 o incluso 5o metros. Por el contrario, las ofensivas pretenden desconcertar al enemigo con sus explosiones, pero al estar fabricadas con simple hojalata (hoy día con materiales plásticos), la metralla resultante son simples esquirlas que solo pueden hacer verdadero daño hasta una distancia máxima de unos 10 metros. Ojo, esto no quiere decir que su onda expansiva no sea letal ya que una granada ofensiva arrojada dentro de un refugio o aprovechando la estrechez de una trinchera no deja títere con cabeza. 


La granada más habitual era el petardo Thévenot, de origen gabacho aunque fabricada en Italia bajo licencia por la firma "Sutter y Thévenot". Esta era una granada de un tamaño notable que pesaba nada menos que 400 gramos, 170 de los cuales eran de explosivo Echo. Esta potente carga producía un estampido formidable que causaba un gran impacto psicológico en un enemigo que se veía bajo su fuego, si bien su radio efectivo era de apenas 5-10 metros. Solo si al gafe de turno le acertaba el cilindro de inercia podía palmarla a más distancia. Estas granadas explotaban mediante una espoleta de percusión que impedía al enemigo devolverla ya que, una vez liberado el percutor, en teoría cualquier impacto, aunque fuera contra un cuerpo humano, bastaría para que el multiplicador iniciara la carga explosiva y lo dejara a uno en un estado lamentable. No obstante, el nivel de fallos era más elevado de lo deseable debido a lo complejo de sus mecanismos.


Restos de un Thévenot sin detonar. La pieza cilíndrica que
vemos en el centro era la que separaba el percutor
del multiplicador a base de fulminato de mercurio
El funcionamiento de este chisme era el siguiente: una vez retirado el pasador de seguridad se lanzaba, pero procurando no imprimirle un movimiento de giro ya que eso podía retardar o impedir el desliado de la cinta en cuyo extremo estaba la pieza que liberaba el cilindro de inercia. Cuando la cinta se desenrollaba por completo, el peso de la chapa de seguridad hacía que se desprendiera del petardo. Al impactar contra el suelo se liberaba el cilindro que retenía el percutor y el muelle de este, percutiendo a continuación en el multiplicador. Este sería el proceso salvo que el percutor o el multiplicador fallasen por cualquier causa o si chocaban contra una superficie blanda, como barro, hierba, etc. En todo caso, estas granadas eran preferibles por la imposibilidad de que los enemigos las devolvieran ya que, en el caso de una espoleta de tiempo, para impedirlo habría que esperar al menos 5 ó 6 segundos antes de lanzarla (lo normal eran espoletas de 8 segundos), lo que suponía una eternidad en pleno ataque. Por cierto que si alguien piensa que se me ha ido la pinza y he confundido este chisme con una Lafitte, pues no. De hecho, la Lafitte era una versión alargada del Thévenot y, por ende, más potente ya que cargaba 200 gramos de nitramina.


Además del Thévenot usaban el petardo ofensivo PO, una granada que entró en servicio en 1918 y de dimensiones y peso similares al anterior si bien su radio de acción era superior, entre los 10 y los 15 metros. Al parecer, el motivo de introducir una nueva granada era el nivel de fallos que daba el Thévenot, lo que se traducía en granadas tiradas por el suelo sin explotar pero que sí lo harían si alguien le daba una patada cuando avanzaba hacia el mismo lugar donde la había lanzado previamente. Así pues, se puso en producción una granada cuyos efectos serían similares ya que cargaba 160 gramo de Echo o 150 de TNT, pero con una espoleta Olergon. Esta espoleta se diferenciaba de la del Thévenot en que, mientras que la de este el multiplicador lo iniciaba un muelle, en el PO el percutor lo impulsaba una masa que, por inercia, lo detonaba, por lo que era más fiable y aseguraba la explosión de la carga. Al igual que el Thévenot, el PO se fabricaba en versiones incendiarias y defensivas si bien este último tipo nunca era empleado por los arditi. Por último y para hacernos una idea de por qué estas armas eran tan representativas de estas unidades de asalto baste el hecho de que, mientras que la dotación de granadas de la infantería normal era de seis unidades, en el caso de los arditi era de una docena que, como ya podemos imaginar, se duplicarían a la hora de iniciar un ataque. Para llevarlas encima de valían de macutos de circunstancias del mismo modo que las strumtruppen alemanas.

En fin, este era el armamento individual de los militari arditi. En otra entrada ya hablaremos del colectivo, que por hoy ya le he dado a la tecla más de la cuenta. Además, es hora de merendar y eso, como todos saben, jamás lo perdono. 

Bueno, ahí queda eso.

Hale, he dicho

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El origen de los "militari arditi"

sábado, 5 de noviembre de 2016

El origen de los "militari arditi"


Imagen propagandística de la época en que se puede contemplar un violento intercambio de opiniones entre
arditi italianos y tropas austro-húngaras


Esploratori posando en plan "mira mamma
mía que aspecto más feroz tengo"
Justo es reconocer que en cuanto un cuñado ahíto de documentales menciona algo referente a las tropas de asalto que participaron en la Gran Guerra, lo primero que se viene a las cabezas del personal son las Sturmtruppen con que los tedescos sembraban muerte y destrucción + IVA en las trincheras enemigas, y escabechaban bonitamente a los british (Dios maldiga a Nelson) y a los gabachos (Dios maldiga al enano corso) que pillaban en la inopia o pajeándose como macacos en un rincón de una trinchera contemplando su última adquisición en forma de postal en la que una frondosa señorita en pelota picada posa haciendo gestos obscenos. Bueno, esos al menos palmaban razonablemente contentitos, las cosas como son. Sin embargo, las Sturmtruppen no fueron las únicas unidades de asalto que combatieron durante el sangriento conflicto. Al invento tedesco hay que añadir las unidades de militari arditi creadas por los italianos, unos ciudadanos que desde la caída del imperio habían perdido de forma progresiva el espíritu combativo que les permitió hacerse los dueños del mundo pero que, sin embargo, aún conservaban el ardor propio de los latinos cuando se enfadan seriamente.

Tte. coronel Bassi
Sin embargo, los arditi no fueron un tipo de unidad creada, como en el caso de las Sturmtruppen, para llevar a cabo desde el primer momento las acciones de guerra propias de estas tropas, sino que tuvieron que pasar por distintas fases hasta que los mandamases italianos se dieran cuenta de que el concepto ideado por el capitán Wilhelm Rohr, creador de las Sturmtruppen, era el mejor camino a seguir. De hecho, los arditi como unidades operativas no fueron oficialmente formadas hasta junio de 1917 bajo la dirección del teniente coronel Giuseppe Bassi, considerado como el padre de las mismas. Pero, como ya hemos dicho, para llegar hasta ahí el ejército italiano tuvo que pasar por un proceso de dos largos años hasta dar forma definitiva a sus propias tropas de asalto. Veamos pues como fue el camino que tuvieron que recorrer.

Esploratori en acción. Obsérvese la
cizalla Malfatti que lleva, ideada para
cortar alambradas a distancia. Está
rematada por una bayoneta para
emplearla como arma de cuerpo a cuerpo
El 30 de junio de 1914, cuando aún nadie había empezado siquiera a afilar su bayoneta, el Comando Supremo del ejército italiano creó un nuevo tipo de tropas, los Esploratori, término éste que no creo precise de traducción. Su misión no era otra que actuar como avanzadilla para estudiar la orografía del terreno por donde avanzaría el grueso de las tropas. Para facilitarles el camino tenían que crear pasillos por donde pudieran avanzar sus camaradas a la hora de iniciar una ofensiva, para lo cual debían cortar las alambradas enemigas aprovechando la noche o en condiciones de muy baja visibilidad, proteger su avance por los flancos cuando se iniciase la ofensiva y, ya puestos, tender emboscadas a las patrullas enemigas que intentasen dar golpes de mano en sus posiciones. Además, debían ser capaces de confeccionar detallados planos de las líneas enemigas dando cuenta del máximo posible de datos, como situación de los nidos de ametralladoras, reductos, etc. Como es lógico, cualquier pelanas no era admitido en estas selectas unidades ya que, a un valor y una sangre fría por encima de toda duda, había que sumar un mínimo de capacidad intelectual para saber interpretar mapas, orientarse sobre el terreno y, en definitiva, estar lo suficientemente cualificado como para no aparecer en Birmania más perdido que un político en una conferencia sobre conceptos éticos y morales.

Así pues, se dictaminó que cada regimiento de infantería y cada batallón de unidades alpinas dispusiera de una compañía de Esploratori formada por cuatro oficiales, entre 80 y 90 hombres entre suboficiales, clases y tropa, un ordenanza en bicicleta que actuaría como correo y enlace, y una sección de mulos para los pertrechos en caso de tener que efectuar desplazamientos largos. Obviamente, al decir mulos nos referimos a los equinos, no a soldados especialmente forzudos. Como distintivo se les puso en la manga izquierda, por encima del codo, una estrella negra de seis puntas como la que vemos a la derecha. Los suboficiales la llevaban de color plata, y los oficiales de oro, faltaría más. 

Casco Farina. Ese trasto pesaba nada menos
que 2,85 kg., así que debía provocar unas
cefaleas suntuarias
Sin embargo, cuando Italia entró en guerra el 24 de mayo de 1915 se encontró con un panorama totalmente distinto a lo que el Estado Mayor italiano había previsto, y las unidades de Esploratori tal como estaban concebidas lo tenían crudo para desenvolverse en un frente con alambradas de decenas de metros de profundidad, y con sistemas trincheras tan intrincados que había que olvidarse de intentar siquiera inspeccionarlas más allá de la primera línea. Solo las unidades alpinas pudieron seguir haciendo uso de las compañías de Esploratori tal como estaban concebidas ya que, en el medio montañoso donde italianos y austriacos se batían el cobre, las distancias entre las posiciones de ambos ejércitos y los sistemas defensivos empleados permitían el uso de este tipo de tropas. 

Compañía de la Muerte en acción. El soldado de la izquierda prepara unas
cargas de gelignita protegido por un escudo, mientras los otros dos
van cortando la alambrada
Pero en el frente occidental las cosas eran totalmente distintas. De ahí que se optara por formar patrullas de 3 o 4 zapadores equipados con cizallas para cortar las alambradas y paquetes de gelignita para volar las estacas de hierro que las sustentaban. Como escolta llevarían otros tantos fusileros. Además, todos llevaban un macuto con varias bombas de mano con las que sembrar el pánico en las posiciones enemigas, o bien destruir refugios, polvorines o depósitos de provisiones. Así mismo, se dedicaban a merodear durante las noches más oscuras para intentar pescar a algún centinela despistado para sacarles información sobre las posiciones enemigas. Estas patrullas estaban nutridas por voluntarios porque, las cosas como son, se jugaban el pellejo cada vez que salían a hacer de las suyas, y está de más decir que su arrojo y su valentía eran incuestionables. De forma extraoficial se denominaban a sí mismos como "Compañías de la Muerte", pero no por batir records de masacres, sino porque caían como moscas y sufrían un elevadísimo número de bajas a manos de sus enemigos, que en cuanto detectaban su presencia entre las alambradas los trituraban a golpe de bomba de mano, morterazos y el terrorífico fuego cruzado de sus ametralladoras.

Petardo Thevenot. Esta granada ofensiva era la preferida por este tipo de
tropas.  Hacía ruido, acojonaba, pero su radio de acción era de solo
10 metros, ideal para avanzar sin correr peligro de ser herido por su propia
bomba de mano. Estaban armadas con una espoleta de impacto, lo que
impedía al enemigo devolverlas al lanzador
Además de sus cizallas y los paquetes de gelignita, los componentes de estas patrullas estaban equipados con cascos Farina, un espanto pseudo-medieval mucho más grueso que los endebles cascos Adrián reglamentarios en el ejército italiano, el pesado escudo Masera para proteger al artificiero mientras disponía las cargas, corazas con hombreras, unas botas altas que llegaban por encima de las rodillas, las cuales estaban protegidas a su vez por rodilleras metálicas, y unos gruesos guantes de cuero para no dejarse la piel en las densas y asquerosas alambradas germanas. Sin embargo, toda esta impedimenta les resultaba, además de excesivamente pesada, muy engorrosa y les limitaba mucho la capacidad de movimiento sin que les ofreciera una protección verdaderamente eficaz contra las balas y la metralla enemigas, por lo que fueron desechándolo. Así pues, ante el abrumador nivel de bajas que costaba cada acción se acabó recurriendo a morteros de grueso calibre para destruir las alambradas enemigas sin necesidad de que cayeran varios hombres en cada intento, por lo que las patrullas de corta-alambradas acabaron siendo disueltas a finales de 1916.

En pleno entrenamiento con las máscaras antigás
Con todo, el Comando Supremo no se había quedado cruzado de brazos ante la perspectiva de que sus Esploratori no servían de gran cosa. De hecho, ya en el otoño de 1915 se habían cursado las órdenes oportunas para que se creasen unidades independientes destinadas a infiltrarse en las líneas enemigas. Estas unidades deberían estar nutridas por hombres especialmente valerosos que recibirían un extenso adiestramiento en técnicas de guerrilla y que, además, deberían actuar como fuerza de apoyo durante el avance de unidades de más envergadura. Así, en octubre de ese mismo año surgió la denominada como "Compagnia Esploratori Volontari Baseggio", Compañía de Exploradores Voluntarios Baseggio, en referencia a su comandante, el capitán Cristóforo Baseggio.

El capitán Baseggio
Este oficial ya había estado anteriormente al mando de unidades alpinas en las que había puesto en práctica este tipo de doctrina, por lo que fue el elegido para ponerse al frente de esta unidad que, siguiendo la costumbre de la época, tomó su nombre de la misma forma que los tedescos denominaron al Sturmbataillon Rohr de ese modo en referencia a su comandante. Para nutrir la Compagnia Baseggio se recurrió a voluntarios procedentes de la infantería, unidades alpinas, antiguos esploratori e incluso oficinistas. Los efectivos teóricos eran de 13 oficiales, 450 suboficiales, clases y tropa, 120 mulos con sus respectivos conductores y dos secciones de ametralladoras si bien al parecer nunca llegaron a exceder de los 200 hombres. A efectos administrativos estaban integrados en la 15ª división. La compañía del capitán Baseggio cosechó diversos éxitos al comienzo de su andadura, pero su cuota de fortuna finiquitó en abril de 1916, en la batalla de San Osvaldo, cuando su unidad fue casi aniquilada por los austriacos, sufriendo un 75% de bajas entre muertos, heridos y desaparecidos en solo tres días, lo que no estaba nada mal para poder pasar a la historia. El día 12 relevaron a su maltrecha compañía, tras lo cual el contrito capitán soltó un discurso de despedida, le dieron una palmadita en el lomo y lo mandaron a hacer puñetas a su unidad originaria. En cuanto a la Compagnia Baseggio, fue disuelta el 4 de mayo siguiente.

Coraza de esploratori. Estaba fabricada con chapa de
1 mm. de grosor, y pesaba 8,6 kg. Como vemos, solo
para proteger la cabeza y el torso había que cargar con
casi 12 kilos que, unidos a las armas y las municiones,
convertían en una proeza reptar en el más
absoluto silencio hacia las líneas enemigas
Así pues, ya vemos que los italianos no acababan de acertar en el empleo táctico de este tipo de unidades de élite. Ni las patrullas corta-alambradas sirvieron de nada, ni tampoco la compañía de valerosos combatientes del capitán Baseggio que, al cabo, fue empleada básicamente como una unidad convencional. Y, mientras tanto, la moral del ejército italiano descendía con más rapidez que la de un probo ciudadano que coincide en el bar a la hora del aperitivo con su cuñado más glotón, de modo que el curso de la guerra no pintaba bien para los hijos de la augusta Roma. El Comando Supremo decidió recurrir a estimular a nivel individual el coraje de las tropas por aquello de que los más bravos igual contagiarían al resto su valentía. Así pues, y como al cabo el cochino dinero siempre es el estímulo más eficaz, establecieron un baremo de recompensas en metálico para premiar la captura de prisioneros o material enemigos que, eso sí, solo recibirían en caso de haberse llevado a cabo por iniciativa propia, y no como consecuencia de una orden superior. De ese modo, por capturar a un soldado el héroe de turno recibiría 10 liras, por un sargento 20, por un oficial 50, lo mismo por una ametralladora, y si la captura era de una pieza de artillería, el premio era fastuoso: 500 liras que, si las comparamos con los 10 céntimos diarios que la paga de un soldado raso, pues ya podemos hacernos una idea de lo suntuario de una prima equivalente a más de trece años y medio de paga.

Pero como el dinero se lleva en la cartera y no permite dejar constancia al personal de lo valiente que es uno salvo que se gaste un pastizal en convidarlos como testimonio de que tienen fondos, qué mejor que instaurar una serie de distintivos que permitieran a los valerosos soldados que los habían ganado demostrar a todo quisque que los tenían bien puestos, y para que las agraciadas señoritas que aguardaban en el pueblo el retorno de sus hombres cayeran rendidas ante su incuestionable arrojo. Coñas aparte, es evidente que la psicología militar actúa en este aspecto de forma muy sutil: los distintivos al valor- medallas, emblemas, etc.- son envidiados por todos, lo que crea un fuerte instinto de emulación. Para ello, el 15 de julio de 1916 se instauró un distintivo especial para el "militare ardito", el militar valeroso que había logrado merecerlo llevando a cabo alguna acción a nivel personal. Dicho distintivo podemos verlo a la izquierda. Consistía en un anagrama con las letras V y E, las iniciales del rey Vittorio Emmanuele, bajo las cuales aparece el nudo de los Saboya. Ambos estaban bordados en hilo de plata, y portarlo era todo un honor para las tropas italianas, y se convertía en objeto de deseo de los camaradas del que lo ostentaban. 

Grupo de abanderados de varios Reparti d'Assalto
Así fue como el término ardito apareció de forma oficial en la terminología militar del ejército italiano. Con todo, como comentábamos anteriormente, no fue hasta el verano de 1917 cuando se creó el primer Reparto d'Assalto (Unidad de Asalto) tras el éxito de las unidades experimentales formadas bajo la dirección del teniente coronel Bassi, pero de eso ya hablaremos otro día.


Arditi con los pesados cascos y corazas Farina. El pasamontañas que vestían bajo el casco y que les daba ese aspecto de
guerreros medievales no tenía otra finalidad de proteger la cara y la cabeza de los roces del metal, ya que ese rudimentario
casco carecía de guarniciones interiores. De hecho, igual se usaba del derecho como del revés