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sábado, 6 de julio de 2024

PARTES DEL CASTILLO: ALBACARA

 

Vista aérea del castillo de Peracense, en la provincia de Teruel, que por si no lo saben, existe. En la imagen se puede apreciar la extensa albacara y, a la derecha, el castillo propiamente dicho.

Hace ya dos eras geológicas que no disertamos sobre castillos, de modo que va siendo hora de elaborar un articulillo sobre el tema, aunque no sea especialmente enjundioso porque, como saben, la llegada del estío y la joía caló me reblandece la cosa esa que habita dentro de mi cráneo. Así pues, hablaremos de los albacares, parte muy importante de los castillos medievales y que, por lo general, solemos pasar por alto cuando visitamos uno de ellos. Además, no es plan de que un cuñado nos sorprenda con el palabro y nos humille delante de toda la familia. Bien, para ponernos en contexto, procedamos con un breve

INTROITO

Castillo de Olvera (Cádiz), encaramado en un peñasco y cuyo
acceso se encuentra al final de un empinado y serpenteante
sendero por el que solo cabe un hombre de frente. Como es
obvio, no necesitaba una guarnición numerosa para defenderlo

Según su ubicación sobre el terreno, los castillos no solo servían para albergar una guarnición militar destinada a complicar la existencia de una hueste dispuesta a adentrarse en territorio ajeno. Aunque en la Península, debido a su abrupta orografía (recuerden que España es el segundo país más montañoso de Europa tras Suiza), abundan los castillos roqueros, nidos de águilas absolutamente inexpugnables y que solo podían ser rendidos por hambre y/o sed, cuando los aljibes se vaciaban y los defensores empezaban a devorarse unos a otros, muchos otros se edificaban en posiciones que, aunque ventajosas para su defensa, eran mucho más accesibles. Estos castillos, de dimensiones más amplias y con capacidad para albergar guarniciones más numerosas, podían servir de refugio a los pobladores de la comarca, de forma que, cuando se detectaban movimientos de tropas en las fronteras, los siempre sufridos ciudadanos rurales tuvieran un lugar donde refugiarse y poner la honra de sus mujeres e hijas, sus bienes muebles y sus ganados a salvo de las ávidas zarpas de los invasores, ya fueran los participantes de una aceifa agarena o una cabalgada cristiana.

Reconstrucción de una mota castral, donde vemos la torre del
señor feudal y la mínima población que se refugiaba tras la
empalizada. La defensa del reducto se veía mejorada con un
foso húmedo que se inundaba mediante un alquezar conectado
con el río cercano

Ojo, esta función secundaria de refugio para civiles no solo se dio en la Península, sino en toda la Europa si bien, en este caso, el enemigo no era un moro deseoso de saquear a destajo, sino el noble del feudo vecino que se dedicaba a expoliar a todo quisque, bien por ganas de chinchar, por pura necesidad para calentar el puchero o por añejos odios de cuyo origen nadie se acordaba ya. En este caso hablamos de las motas castrales, pequeñas poblaciones o aldeas defendidas por una simple empalizada y un foso que eran defendidos por las exiguas guarniciones de la torre construida sobre un montículo, ya fuera natural o artificial. Cuando comenzaba la jornada, los habitantes salían a trabajar sus tierras y a pastorear con sus ganados, que obviamente permanecían a buen recaudo durante las noches. Cuando atardecía, todos volvían a casa, izaban el puente levadizo y cerraban la puerta de la empalizada para impedir visitas non gratas. Sea como fuere, y como ya se explicó en su día, la mota castral apenas tuvo difusión en la Península salvo en algunas zonas lindantes con la Marca Hispánica.

Este era el último acto de cualquier saqueo de manual. Obviamente,
no era lo mismo verte dentro de tu casa en llamas que ver de lejos
como quemaban tu casa aunque aún te quedasen 3 lustros de
hipoteca por delante
Bien, la cosa es que el estado de guerra permanente que se dio en la Península durante siglos obligó a crear fortificaciones específicas en las que dar cabida a los pobladores o la gente que vivía cerca de las fronteras que, por razones obvias, eran por sistema las más expuestas a sufrir en sus enjutas carnes las violencias y los saqueos del vecino, independientemente de que adorase a Alláh o a Dios nuestro Señor, que siendo el mismo hay que ver la de siglos que llevamos matándonos por eso. La cosa es que el peligro de que la aceifa o cabalgada anual se llevara por delante el esfuerzo de años, más la posibilidad de verse pasado a cuchillo o esclavizado, obligó a diseñar espacios seguros donde los pobladores de alquerías, granjas o asentamientos cercanos tuvieran un lugar donde refugiarse y donde los hombres, gente ruda habituada a la guerra, podían sumarse a la guarnición usando como armas sus aperos de labranza. No olvidemos que las horcas, mayales, zapapicos, hachas y guadañas eran unos chismes temibles en manos de estos ciudadanos que, además, eran extremadamente diestros en su manejo. Así surgió la albacara.

Castillo de Medellín (Badajoz), situado al NE de la población. Dotado
de un antemuro del que ya queda poco, el interior estaba claramente
dividido en dos partes por un muro diafragma: la situada al oeste,
sombreada de verde, era la albacara. La oriental, de rojo, era el patio
de armas del castillo. La flecha señala la posición de la puerta de acceso
Albacara o albácar es un palabro de origen árabe, concretamente de al-baqqāra, que viene a significar la vaquería, tomando las reses vacunas como término genérico para cualquier ganado, ya fuese bobino, caprino, ovino o cuñadino. La albacara, contrariamente a las motas castrales, permanecían desocupadas mientras no hubiera peligro de un ataque, y se pueden ver tanto en castillos cristianos como en los hisn agarenos. Cuando la paz reinaba en el mundo y tal, para lo más que se usaban, caso de no haber espacio disponible en otra zona del recinto, era para construir en ellas cuadras y corrales de donde se suministraba a la guarnición de carne fresca, pero nada más. Sin embargo, en cuanto algún mensajero traía noticias chungas o las atalayas lanzaban ahumadas para alertar de la presencia de enemigos, todos los habitantes de la zona de influencia del castillo salían echando leches hacia el mismo con los bienes que podían llevar consigo y, lo más preciado de todo, el ganado y/o las reservas de grano, tocino, encurtidos y demás provisiones con las que llenar el buche mientras pasaba la tormenta.

No necesariamente se construía la albacara al mismo tiempo que el castillo. En la Península, donde por lo general se reformaban las fortalezas agarenas tomadas por los cristianos, podían estar inicialmente conformadas como un castillo mondo y lirondo. Sin embargo, cuando la zona empezaba a repoblarse, uno de los factores más importantes para incentivar al personal era, precisamente, ofrecerles protección asegurada en una fortificación guarnecida por belicosos freires de alguna orden militar o los hombres de armas del noble al que había sido concedida la tenencia. Así pues, llegado el caso, se procedía a construir una muralla anexa a la del castillo para dar cabida a la albacara pero, eso sí, siempre separada del patio de armas que albergaba la zona militar del mismo. A la derecha tenemos otro ejemplo, en este caso el castillo de Feria. Como ven, la distribución es idéntica a la de Medellín con las salvedades de la morfología del recinto ya que este se tenía que adaptar a la orografía del terreno. Y, al igual que el caso anterior, vemos la zona militar de rojo, el muro diafragma con la torre del homenaje en el centro y, de verde, la albacara. Obviamente, su muralla disponía de torres de flanqueo y adarve para su mejor defensa, ya que el ataque podía venir desde cualquier sitio llegado el caso.

Veamos un ejemplo más, por si alguno aún no lo tiene claro. En la ortofoto podemos ver el castillo de Trujillo, situado en un cerro al norte de la ciudad. Es un hisn andalusí en toda regla provisto de varias albarranas y accesos directos defendidos por torres. El castillo, sombreado de rojo, fue edificado con anterioridad a la albacara, por lo que en este caso no tenemos el muro diafragma habitual, sino la muralla norte del recinto separándolo de la albacara que vemos sombreada de verde, en un amplio espacio totalmente despejado. Además, se construyó con su propia entrada, que vemos señalada con una flecha también de verde, en la muralla oeste, embutida entre dos potentes torres. El acceso al castillo se hace por la puerta original, situada al sur (flecha roja). Por lo demás, veremos que es habitual que las cisternas o, al menos, las de más capacidad, se encuentren en la zona militar ya que, siendo el último reducto defensivo, era el que debía disponer de las mayores reservas de agua. Por otro lado, estando los albacares vacíos la mayor parte del tiempo, tampoco se consideraría importante cavar un aljibe, siendo más fácil fabricar pequeñas albercas de superficie.

Concluimos con otro detalle que puede que más de uno se esté preguntando: ¿por qué la albacara siempre esta separada de la zona militar, aunque fuera construida al mismo tiempo que el castillo? Observen ese plano. Pertenece al castillo de Noudar, en el distrito de Beja (Portugal), y literalmente pegado a la frontera española. Vean el pequeño tamaño del recinto del castillo comparado con la enorme albacara que, como se aprecia por los restos de cimientos, cuando el peligro agareno se alejó dio lugar a una pequeña ciudad con su muralla. Los agarenos se habían ido, pero los castellanos estaban al acecho. Obviamente, había que mantener bien diferenciadas las zonas de uso civil del militar.

Pero, incluso en tiempos anteriores, una avalancha de labriegos acojonados podía incluir a espías alevosos que se infiltraban en el interior del castillo para informar a los suyos. No era complicado dejar caer un cacho papel desde la muralla con un plano acerca de la situación de poternas, puntos débiles, etc., por lo que es más que evidente que los civiles no debían tener ni puñetera idea de la distribución de la zona militar y el reducto. En la foto de la izquierda pueden ver el patio de armas del castillo de Feria visto desde el muro diafragma, que además sirve de acceso a la torre. En la esquina izquierda se encuentra el aljibe principal a ras del suelo. Esa zona debía permanecer siempre en el más absoluto secreto.

Bueno, dilectos lectores, con esto terminamos. Así pues, ya saben por qué hay castillos que parece que tienen dos patios de armas cuando, en realidad, solo tienen uno. Lo otro es la albacara.

Hale, he dicho

Albacara del castillo de Burgalimar, en Baños de la Encina (Jaén), antes de su restauración. En primer término vemos la torre y parte del muro diafragma que separaban la alcazaba del resto del recinto que, en este caso, se construyó todo ex-novo

miércoles, 13 de enero de 2021

LOS CASTILLOS DE LOS FARAONES 2ª PARTE

 

Mercaderes nubios pasando el puesto fronterizo establecido en la fortaleza de Semna Occidental. Solo los mercaderes y los mensajeros podían cruzar hacia el norte, pero no más allá de Mirgissa, donde podían vender sus cargamentos a los tratantes egipcios. Obsérvese la coracha que baja desde la muralla hasta el Nilo para asegurarse el suministro de agua en caso de asedio

Escena de un asedio representada en la tumba de Khety I. Como
vemos, la fortaleza ha sido representada de forma muy esquemática
y solo nos permite hacernos una idea de su aspecto general
Bueno, como la conjuntiva parece que tiene menos "itis" y me casi no me pican los ojos cuando fijo la vista, prosigamos. No obstante, antes de empezar debemos hacer una aclaración aclaratoria para aclarar lo referente a las medidas que iremos desgranando en este artículo ya que la totalidad de los restos que se conservan están, en el mejor de los casos, bastante mermados en sus estructuras, cuando no prácticamente en los cimientos. Esto ha permitido saber con cierta exactitud la superficie de sus recintos, la longitud de sus murallas o el grosor de las mismas, pero nada en lo tocante a la altura, que se ha deducido de forma aproximada en base a la anchura de paramentos, muros, etc. Por otro lado, las representaciones gráficas de la época no son fiables para deducir tamaños ya que están fuera de escala, así que solo han valido para tener una idea aproximada de la morfología de estas fortificaciones, así como de determinados elementos defensivos como la merlatura que coronaba las murallas. Así pues, recordemos en todo momento que cuando decimos que tal muralla o recinto tenía tal altura hablamos de cifras muy aproximadas, pero en modo alguno exactas como lo puedan ser la anchura o extensión de las diversas estructuras que se mencionarán.

Dicho esto, en la entrada anterior ya cometamos los orígenes de las fortificaciones faraónicas, así como los materiales de construcción usados en las mismas, por lo que ahora toca meternos en los entresijos de su

DISEÑO Y ELEMENTOS DEFENSIVOS

A la derecha vemos la fortaleza de Semna Occidental, y frente a ella
la de Kumma. Ambas cerraban literalmente el paso en ese sector del Nilo
Los castillos de los faraones eran recintos de tamaño más que respetable. De hecho, bastante mayores que un castillo convencional de la Edad Media. Los motivos podrían ser varios, a saber: ante todo, hablamos de fortificaciones situadas en lugares muy comprometidos, fronterizos con los nubios con los que anduvieron a la greña durante siglos. Obviamente, para defender las fronteras era necesario disponer de contingentes de tropas numerosos, así como de espacio para albergar refuerzos en caso de ser necesarios. Por otro lado, estos castillos eran también almacenes donde se guardaban, no solo las provisiones y bastimentos para la guarnición, sino también los bienes procedentes de la Nubia que debían ser puestos a buen recaudo hasta que llegase el momento de enviarlos a la metrópoli, especialmente el oro y el cobre. Finalmente, cabe suponer que, caso de intentar un asedio, los nubios no juntaban a cuatro compadres para formar un ejército, sino que debían organizar una hueste respetable a la vista de las formidables fortificaciones con que los egipcios protegieron sus fronteras.

Básicamente, hablamos de recintos que podemos dividir en dos tipos: los emplazados en las llanuras junto al Nilo y los situados en elevaciones del terreno. Los primeros eran mucho mayores y, por norma, rodeados por fosos de considerables dimensiones ya que hablamos en cavas de unos 3 a 5 metros de profundas y de hasta 7 o 9 metros de ancho. En una época en que la poliorcética aún estaba prácticamente en pañales, debemos suponer que los asedios solo se solucionaban de dos formas: o sentándose a esperar a que los defensores se empezasen a comer unos a otros, lo que no debía ser frecuente a la vista de las grandes cantidades de grano que almacenaban y muchas de ellas con el Nilo junto a sus murallas, o tomándolas por asalto, como vemos representado en muchos testimonios gráficos. Pero como algunos dibujitos valdrán más que una extensa filípica, mejor vamos explicando sobre ejemplos conocidos y así nos aclaramos antes y mejor...

A la derecha tenemos un plano de la fortaleza de Semna Occidental, situada en un promontorio en la orilla oeste del Nilo. Fue construida en el 8º año del reinado de Senusret III y se apoyaba con las fortalezas de Semna Meridional y Kumma, separadas unas de otras menos de dos kilómetros. Como vemos, se trata de un  amplio  recinto en forma de L con una superficie total de 7.856,5 m². Para darle consistencia al edificio el terreno se niveló con escombros de granito. En A y A' aparecen las puertas principales, mientras que en B se encuentra la puerta  del río. Por lo general, estas fortalezas tenían una o dos puertas mirando hacia tierra y otras tantas al Nilo, usadas como muelle de carga y como coracha de agua para asegurarse el suministro del líquido elemento. Semna estaba rodeada por un foso por los lados sur, oeste y norte, quedando el sector oriental protegido por el río. La muralla no era para tomarla a broma: fabricada con ladrillo crudo, su espesor oscilaba entre los 5 y los 8 metros y se le calcula una altura aproximada de nada menos que 14 metros, lo mismo que un edificio de cinco pisos aproximadamente. Como vemos, salvo en el lado oriental, en el resto de la muralla se reparten varias torres en cuyo extremo se ensanchan para dar cabida a más defensores. En el detalle vemos que actuaban básicamente como albarranas ya que, proyectadas varios metros por delante de la muralla, podían cubrir las zonas situadas junto a la base de la misma. Pero lo más significativo, y que es un elemento común en todas las fortalezas de la frontera nubia, son los resaltes que dan a las murallas un aspecto dentado y que son hasta la fecha motivo de enjundiosos debates ya que, al no existir la parte superior de los mismos, se dan diversas teorías sobre su utilidad.

La explicación que se dio cuando se comenzaron a estudiar estas fortalezas entre finales del siglo XIX y principios del XX era que se trataba de torres de flanqueo. Pero su pequeño tamaño, así como la escasa distancia entre unas y otras, por lo general inferior a los 5 metros, pronto hizo pensar que una serie de torres tan cercanas y que apenas dejaban sitio para, a lo sumo, dos hombres, eran inviables. De hecho, para que un defensor pudiera hostigar a un asaltante pegado a la muralla tendría literalmente que volcar medio cuerpo entre las almenas, lo que no era precisamente aconsejable cuando los arqueros enemigos estarían a la caza de cualquier tontaina que asomase la cabeza. Como vemos en el gráfico, el arquero situado en la supuesta torre lo tendría muy complicado para hostigar a los atacantes que se aproximasen a la muralla. Así pues, surgió la teoría de que, en realidad, se trataba de simples contrafuertes como el que vemos a la izquierda, que ocuparían una altura equivalente a unos ⅔ de la altura total. El hecho de que estos contrafuertes no tuvieran trabazón con la muralla y que en caso de colapsarse no afectase en nada la solidez de la misma parece una teoría más cercana a la realidad.

No obstante, algunos autores han sugerido una tercera posibilidad, y es que fuesen pilares para sustentar estructuras voladizas similares a los cadalsos medievales. Al ser el ladrillo mucho más pesado que las estructuras lignarias de dichos cadalsos, en vez de ménsulas requerirían algo más resistente, que en este caso serían precisamente los pilares de ladrillo. La opción de los voladizos la vemos plasmada en el gráfico A de la ilustración de la derecha. Los pilares permitirían darles una base sólida y en el suelo, fabricado de madera, se abrirían buheras entre pilar y pilar para arrojar sobre los enemigos cualquier porquería disponible. No obstante, hay una cuarta teoría, que es la que vemos en la figura B. Ya que el escaso espacio entre contrafuertes se convertiría en un refugio para los asaltantes, para impedirlo se colocarían pequeños balcones a modo de ladroneras sustentados por troncos y puntales con su correspondiente buhera en el suelo. De ese modo, el espacio muerto entre contrafuertes sería adecuadamente protegido ya que, obviamente, servían de protección a los enemigos que lograran alcanzarlos ya que quedarían a resguardo del fuego de flanqueo procedentes de las torres, que solían distar entre 20 y 50 metros unas de otras, o sea, dentro del campo de tiro eficaz de cualquier arco de la época.

LOS FOSOS

Aparte de sus generosas dimensiones ya mencionadas anteriormente, tenían unas características que los hacían especialmente eficaces ante unos enemigos que solo dispondrían de escalas para intentar un asalto. Veamos el gráfico de la izquierda, correspondiente a la fortaleza de Buhen que, como ya se comentó, es la que ha salido mejor parada al cabo de los siglos y ha permitido conocer mejor este tipo de fortificaciones. En primer lugar vemos un murete de escasa altura ante el cual se extiende un talud de varios metros de largo. Este primer obstáculo tenía dos funciones: una, impedir que la arena entrase en el foso. Considerando que el viento mueve cantidades masivas de la misma en aquella zona, tendrían que estar cada dos por tres paleando arena para impedir que quedase cegado en poco tiempo. Y por otro lado, el talud impedía a los atacantes ver el foso, que quedaba oculto tras el mismo. Los que se acercasen al castillo solo verían la muralla, pero al llegar al murete se quedarían con la jeta a cuadros al ver que no solo había un foso, sino unas torres que, a modo de barrefosos o caponeras, aniquilaría a todo aquel que se atreviese a bajar al mismo. Y además de las caponeras, todo el perímetro estaba provisto de un antemuro desde donde también podrían hostigar a los agresores. Como vemos en el detalle, las aspilleras eran de una tipología única: cada una de ellas se dividía en tres ramales para dar mayor ángulo de tiro a los arqueros y, además, disponían de dos niveles, o sea, seis aspilleras en total: las tres superiores cubrían el murete o el glacis dependiendo de si estaban situadas en el antemuro o la muralla, y las inferiores cubrirían la liza y el fondo del foso en el mismo caso. En resumen, pasar del foso era bastante complicado ya que, además, se tenía por norma chapar las escarpas y las contraescarpas con ladrillos para impedir a los asaltantes trepar por ellas, precisando necesariamente de escaleras que, como ya podemos imaginar, retrasaría el asalto y los dejaría a merced de los arqueros que defendían la fortaleza.

LAS PUERTAS

Sin duda, eran las estructuras más formidables. De hecho, eran talmente similares a las barbacanas medievales, por lo que podrían continuar la resistencia aún en el caso de ver la fortaleza invadida por los enemigos. La que vemos a la derecha es una reconstrucción de la puerta de tierra de Buhen, que disponía de dos más de menor tamaño en el sector del río. La ilustración procede de las primeras excavaciones, por lo que vemos los misteriosos salientes de la muralla con forma de torres. Bien, como vemos, la puerta estaba formada por un recinto con forma de U que avanzaba entre 15 y 25 metros de la muralla principal. En su extremo exterior vemos como el pasillo se estrecha, dejando apenas unos tres metros de ancho para pasar y, de ese modo, dificultar una invasión en masa. Pero la invasión lo tenía crudo porque a partir de ahí se encontraban con una empinada rampa y varias puertas consecutivas, incluyendo en algunos casos, como por ejemplo en Buhen, un foso o salto de lobo con un puente levadizo en la parte central del pasillo, tras el cual había otras dos puertas más. En el grabado se puede ver la puerta que daba acceso a la liza, lo que permitiría a los defensores tanto ocuparla en caso de ataque como evacuarla en caso de verse desbordados. Este que vemos no era un diseño único, habiendo variantes como, por ejemplo, estar proyectadas más hacia el interior que hacia el exterior y con el pasillo de acceso formando un embudo cada vez más estrecho a medida que se avanzaba.

En cuanto a las puertas del río, a la izquierda podemos ver su aspecto, en esta ocasión también las pertenecientes de Buhen. Como vemos, se trata de sendas puertas de pasillo con acceso directo como la principal, pero de menor tamaño. De cada puerta sale un muelle destinado a facilitar la carga y descarga de las naves, así como para asegurarse el suministro de agua. Para impedir que los enemigos se infiltrasen en el reducido espacio que quedaba entre la muralla y el río, en algunas fortalezas se construían corachas que cerraban literalmente el paso y que resultaban infranqueables ya que solían tener entre dos y tres metros de espesor y seis de altura. Como complemento, estas fortalezas también disponían de postigos para facilitar el paso de tropas de un punto a otro y, en el caso de grandes recintos como Buhen o Mirgissa, que eran en realidad asentamientos fortificados con una ciudadela interior, para que la población pudiera salir y entrar del mismo sin que se produjeran aglomeraciones en las puertas principales que, recordemos, eran solo una o dos a lo sumo. Hablamos de murallas que, como la de Buhen alcanzaron un perímetro de 1,6 km., lo que la convertía en una población con un tamaño más que decente para la época. Su misión no solo era dar protección a colonos, tratantes y demás probos hijos de Amón para sus trapicheos con los nubios sin que se vieran asaltados por partidas de bandidos, sino también para alojar tropas de refuerzo en caso de necesidad. En fin, ya vemos que no se diferenciaban gran cosa, por no decir nada, de cualquier estructura similar de la Edad Media.

DEPENDENCIAS INTERNAS

Una fortaleza egipcia disponía todo un complejo de dependencias en su interior incluyendo el templo de turno, que la cosa religiosa siempre la tenían muy presente y no era plan de cabrear al extenso panteón patrio por no dedicarle las preces adecuadas. Básicamente, podemos dividirlas en varias partes bien definidas: en primer lugar estarían las dependencias del comandante de la guarnición que, en una sociedad profundamente clasista como la egipcia, es evidente que dispondría de todas las comodidades imaginables, como si estuviera en su palacio de Tebas. En realidad, era la mejor forma de tenerlos contentitos y, por ende, alejados de corruptelas, alevosías o ambas cosas. En cuanto a las tropas, como ya podemos imaginar, no disponían de tantas comodidades. 

En el gráfico de la derecha podemos ver el aspecto de los cuarteles y que es similar en las fortalezas donde han aparecido este tipo de recintos. En la figura 1 vemos un plano que nos muestra su distribución: formaban un rectángulo de 8 x 5 metros dividido de la siguiente forma: En A tenemos un espacio común que serviría para esparcimiento de la tropa, para cocinar o contarse chistes verdes. B y B' eran los dormitorios con una superficie interior de 5 x 2 metros. No sabemos cuántos hombres los ocupaban, pero teniendo en cuenta la época y las condiciones de vida de esta gente igual metían a cuatro en cada habitación. Los muros estaban fabricados de ladrillo, con un grosor de 50 cm. En la figura 2 podemos ver una recreación de su apariencia. Se ha representado con una segunda planta, a la que se accedería por las escalas que vemos apoyadas en el muro. Así mismo, podrían tener una salida por el techo con la finalidad de que, caso de ser invadidos, tener una salida de emergencia para moverse por el recinto de un lado a otro a fin de prolongar la defensa. Por lo demás, estas dependencias se agrupaban en manzanas, o sea, dos filas de cuarteles adosados por los muros traseros.

Otra parte importante eran los graneros, donde no solo se almacenaba el que serviría de alimento a la tropa, sino el que sería enviado a la metrópoli. Afortunadamente, tenemos cantidad de testimonios gráficos hallados en los frescos que adornan tumbas y templos, así que en este caso no creo que podamos tener dudas al respecto. A la izquierda tenemos un par de ellas que muestran escenas similares: mientras los esclavos proceden al llenado de los silos, los capataces y contables llevan un control riguroso de las cantidades que se almacenan. Al parecer, una vez terminada la operación se sellaban las puertas para impedir robos, y cada vez que había que sacar o meter más grano el capataz rompía los sellos para acceder al interior, sellos que eran nuevamente colocados cuando se acababa la faena. Estos sellos eran simples galletas de barro fresco que unían los extremos de la soga con que se cerraban las puertas. En el sello se estampaba el cartucho con el nombre del faraón. Por lo demás, como vemos en ambas ilustraciones, podían ser abovedados o con el techo raso si bien en ambos casos las escaleras dejan claro que se accedía a ellos desde la parte superior.

Por último, quedarían por mencionar los almacenes. En ellos se guardaba todo lo que no era grano: cerveza, salazones, dátiles y provisiones de todo tipo, además de servir de armería y posiblemente de talleres. No obstante, parece ser que había un SANCTA SANCTORVM cuya custodia era de vital importancia: la dependencia donde se guardaba el oro que en lengua egipcia se denominaba "casa de plata". Su existencia está corroborada por multitud de impresiones en tablillas de barro y, concretamente en el caso de Uronarti, estaba formada por un patio rectangular con tres dependencias paralelas estrechas y largas adosadas a los cuarteles. Imagino que en el patio se contabilizaba la pasta gansa, mientras que en las dependencias se guardaba bajo siete llaves hasta que llegase la hora en embarcarlo hacia el norte.

Por último, solo nos resta mencionar las atalayas, de cuya existencia hay testimonios gráficos que nos permiten conocer su morfología e incluso su distribución interior. En el centro, arriba, vemos una tablilla procedente del cementerio real de Abidos, mientras que la figurita de marfil inferior, de solo 4,9 cm. de alta, representa un edificio prácticamente idéntico datado hacia el 3100 a.C., por lo que podemos suponer que este tipo de torre, aparte de tener un diseño más antiguo que Noé, permaneció invariable durante siglos. A la izquierda hemos recreado su aspecto original, con un cuerpo cónico rematado por la típica merlatura ondulada egipcia. El acceso, como es habitual en este tipo de torres aisladas, estaba a una considerable altura y solo se podía llegar al mismo mediante una escala de cuerda que sería retirada en caso de peligro. El interior estaría dividido en tres plantas separadas mediante entresuelos de madera. La baja sería el almacén y las otras dos los alojamientos de la guarnición. Para pasar de una a otra, así como a la azotea, se valdrían de simples trampillas y escalas de mano. Estas torres se encontrarían diseminadas por el territorio para, como es de rigor, avisar a las fortificaciones principales de posibles movimientos sospechosos de tropas enemigas.

Bueno, creo que con esto ya podemos conocer un poco más las desconocidas fortificaciones construidas por los egipcios hace miles de años, cuando en Europa aún andaban a garrotazos y metidos en chozas que, a lo sumo, rodearían con burdos muros de lajas de piedra. Otro día hablaremos de la organización de las tropas que servían en estas fortalezas, y así tenemos todo el repertorio necesario para chafarle la tarde a esos cuñados que se han visto los documentales de Canal Historia donde siempre sale un experto que no lo conocen ni en su casa revelándonos detalles tan sorprendentes que no se entiende como se le pasaron por alto a Emery, Petrie, Borchardt, Lawrence etc.

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONANDAS:



Recreación de Buhen obra de J.C. Golvin vista desde el lado oeste. Obsérvese la magnificencia de la puerta principal, el foso y la ciudadela interior, provista también de su correspondiente foso y un antemuro. Así mismo, merece la pena reparar en las pequeñas corachas que aparecen a ambos lados, al fondo del recinto, que impedían el paso a la zona portuaria de la fortificación. Salta a la vista que no tiene nada que envidiar a cualquier plaza fuerte medieval o incluso posterior. Su superficie alcanzó 2,7 Ha., y su muralla exterior tenía 5 metros de espesor y entre 10 y 14 metros de altura

jueves, 7 de enero de 2021

LOS CASTILLOS DE LOS FARAONES 1ª parte

 

Reconstrucción de la fortaleza de Uronarti, en la región de la Segunda Catarata. Este castillo, salvado por su posición de verse sumergido en las aguas del lago Nasser tras la construcción de la presa de Asuán, fue construido posiblemente por el faraón Senusret III (Sesostris según la denominación griega), de la XII Dinastía. Como se puede ver, por su aspecto no tenía nada que envidiar a las más complejas fortalezas medievales

Sí, sí, castillos faraónicos. Pero castillos de verdad, no empalizadas o pequeños reductos a base de pedruscos apilados. Castillos que, como vemos en la imagen de cabecera, tenían unas dimensiones y unos elementos defensivos dignos del más sofisticado castillo medieval. Con todo, lo cierto es que tenemos tan inculcado el binomio castillo-Edad Media que, por lo general, la mayoría asimila ese tipo de fortificación con un período concreto de la historia cuando, en realidad, son más antiguos que la tos. De hecho, la representación más antigua que se reconoce es la que vemos a la derecha, una pequeña pieza de arcilla de apenas 10 cm. de alto hallada en una tumba en Abadiyeh, a pocos kilómetros al este de Beirut. En la misma se ven las jetas de dos guardias que más bien parecen alienígenas por sus rasgos- cabe suponer que la erosión y los siglos han hecho sus efectos- asomándose por las almenas de lo que sería una muralla. Esa pieza está datada entre los años 3500-3200 a.C., por lo que hablamos de una fortificación con nada menos que 5.500 años de nada, o sea, mil años anterior a la pirámide de Keops o, más correctamente dicho, Jufu. Y, obviamente, la supuesta fortificación de la muestra no sería la primera que se construyó, por lo que podemos tener claro que el origen de las fortalezas en esa zona del planeta era muy anterior, cuando ni siquiera existía Egipto ni sus hieráticos faraones endogámicos.

Valga pues esta breve introducción para ponernos en contexto y desechar los estereotipos que, seguramente, más de uno tiene incrustados en el cerebro porque, ante todo, debemos tener claros dos conceptos, a saber: uno, que los pueblos expansionistas se han dedicado a ocupar territorios vecinos. Y dos, que para mantener el dominio sobre dichos territorios hace falta una constante presencia militar la cual solo se asegura con la construcción de fortificaciones que les permitan mantenerse a salvo de sus enojados nuevos vasallos, deseosos de tener la primera ocasión para rebanarles el pescuezo de oreja a oreja. Siendo pues los egipcios unos imperialistas de primera clase, es evidente que desde que se alejaron unos kilómetros de su benéfico Nilo ya tuvieron que devanarse la sesera para planificar una red de fortalezas y atalayas que controlasen tanto los territorios conquistados como los intentos de sus pobladores por echarlos a patadas en buena hora.

Reproducción de una inscripción hallada en una roca en Gebel
Sheik  que da noticia de una invasión llevada a cabo por Dyer, 3er. faraón
de la I Dinastía, contra la segunda catarata en territorio nubio. A la derecha
aparecen varios enemigos ahogados bajo el barco del faraón, y a la izquierda
un caudillo nubio maniatado. Es evidente que los ojos de los faraones miraban
hacia el sur desde siempre


Aunque el tiempo y la abrasiva acción de la arena impulsada por el viento, así como el expolio de siglos han reducido a la mínima expresión los restos de los castillos faraónicos, aparte de los que quedaron sepultados en el lago Nasser tras la construcción de la presa de Asuán entre 1959 y 1970, estos probos imperialistas tuvieron la gentileza de legarnos infinidad de testimonios gráficos y escritos donde nos dan con bastante lujo de detalles muchos aspectos referentes a sus cuestiones militares, por lo que la recreación de sus fortalezas es a veces más fácil que la de una de hace apenas seis o siete siglos. Más aún, no solo nos han llegado sus nombres, sino su situación geográfica e incluso los nombres y desempeños de sus comandantes. Los egipcios, obsesionados con demostrar al resto del planeta los logros de sus gobernantes, plasmaron en piedra, arcilla, pergamino y papiro todo lo habido y por haber, y gracias a su climatología más reseca que el ojo de un tuerto han llegado a nuestros días escritos que en Europa se habrían desintegrado hace siglos y siglos. Así pues, y con los datos de que disponemos y gracias a las concienzudas campañas arqueológicas llevadas a cabo desde finales del siglo XIX, veremos los detalles más relevantes de las impresionantes fortificaciones con que los egipcios defendieron su imperio de los enemigos del divino faraón.

Amanemhat I, fundador de la XII Dinastía

Bien, por meras razones de espacio y porque esto no es una enciclopedia, vamos a ceñirnos al momento en que comienza de verdad el expansionismo egipcio. Los interesados en la evolución de esta civilización desde tiempos predinásticos tienen mogollón de información en la red, así que nos ocuparemos de la parte que nos interesa, que comenzó durante el Imperio Medio, concretamente con el advenimiento de la XII Dinastía fundada por el faraón Amanemhat I hacia el año 1991 a.C. Hasta aquel momento, Egipto tenía tres fronteras, a saber: al nordeste, en la Península del Sinaí, estaban los asirios y los hicsos, que eran tenidos a raya desde tiempos anteriores por una línea fortificada que recibía el nombre de "Caminos de Horus". El advenimiento de Amanemhat I supuso un importante refuerzo con la construcción de una serie de nuevas fortalezas que comprendían las "Murallas del Príncipe" (según otras fuentes, "del Gobernante"). Al oeste las fronteras era un tanto difusas. El desierto occidental que se extendía entre Egipto y Libia era una zona muerta donde los súbditos del faraón se adentraban y creaban sus asentamientos en los oasis, dónde el único peligro que corrían eran las incursiones de pequeñas partidas de bandidos libios que se limitaban a rapiñar lo que podían y se largaban. Para proteger a los colonos se crearon ciudades fortificadas donde pudieran mantenerse a salvo de las depredaciones que los libios llevaban a cabo pero, en cualquier caso, no eran unos enemigos tan temibles como los asirios, un pueblo mucho más organizado y complejo en todos los sentidos.

Senusret I, 2º faraón de la XII Dinastía y principal
instigador del expansionismo egipcio hacia Nubia

Finalmente tenemos la frontera sur, que era la verdaderamente jugosa y donde, de hecho, se edificó la primera fortaleza allá por la I Dinastía, concretamente en la isla de Elefantina. En el sur estaba Nubia, y en Nubia había oro, cobre, madera- de la que Egipto era muy pobre y de mala calidad- y, en resumen, recursos naturales en cantidad incluyendo esclavos para aumentar la población currante de los faraones. No obstante, a lo largo del tiempo no siempre mantuvieron un continuo estado de guerra, sino que hubo períodos de, digamos, tensa calma en los que el comercio entre los nubios del sur y los egipcios del norte era bastante fecundo aprovechando la magnífica red de comunicación que suponía el Nilo. La ocupación de los invasores egipcios llegó en la época que nos ocupa hasta la segunda catarata, pero eso no supuso ningún problema ya que se construyeron muelles fluviales en los que se comerciaba entre ambos bandos, siendo transportadas las mercancías por tierra catarata arriba o catarata abajo y, a continuación, cada mochuelo a su olivo. Obviamente, este territorio, así cómo las vías comerciales, había que defenderlos, y para ello se construyeron una serie de fortalezas en las que, además de disponer de tropas, servían como depósitos para el control de los metales, grano, vino y demás mercaderías. El impulsor de esta expansión fue Senusret I, que tuvo clarísimo que si quería seguir recibiendo oro y cobre tenía que rascarse el bolsillo y edificar las fortificaciones necesarias para tener a los nubios a raya.

Senusret III

El primer punto a fortificar fue la zona situada en el extremo norte de la segunda catarata, siendo la principal fortaleza Buhen, seguida por las de Aniba, Kubban e Ikkur, todas ellas construidas bajo un patrón similar. A estas hay que añadir la base de Mirgissa, construida por Senusret II y que disponía de un complejo de edificios destinados al trasiego de mercancías en una amplia plataforma de carga destinada a evitar la segunda catarata. Posteriormente, bajo el reinado de Senusret III, se mejoraron las defensas de las anteriores y se construyeron otras nuevas más al sur, poco antes de la tercera catarata. Hablamos de una densa línea fortificada que agrupaba en un espacio relativamente reducido al menos seis fortificaciones: Kumma, Uronarti, Shalfak, Askut y dos denominadas como Semna al sur y al oeste. En la ilustración inferior podrán ver un mapa con la máxima extensión del imperio en tiempos de Ramsés II- o sea, el Imperio Nuevo- y en el detalle la zona que nos ocupa entre la segunda y la tercera catarata.



Funcionario controlando el almacenamiento de grano, misión que
también llevaban a cabo en los silos dispuestos en los castillos para
evitar robos
Bien, con esta breve reseña creo que bastará para ponernos en contexto y tener una aproximación de la época que nos ocupa y, lo más importante, comprobar que, en efecto, los faraones fueron unos grandes constructores de fortificaciones con la finalidad de mantener los territorios ocupados, así como la defensa de los mercaderes e incluso como puestos de tránsito para las mercancías que eran transportadas a la metrópoli, especialmente los metales que eran minuciosamente contabilizados por funcionarios del estado a los que no se les escapaba ni medio grano de polvo de oro oculto tras la muela del juicio del defraudador de turno, porque si algo infalible tenían los egipcios eran sus sistemas de contabilidad, precisos y fieles como ningún funcionario moderno podría igualar con muchísimos más medios. Estos probos funcionarios se plantaban delante de una caravana de trigo y tomaban nota hasta del grano que se caía de los puñeteros sacos, y tenían la autoridad necesaria para poner las peras a cuarto a los trincones de turno.

Y dicho esto, pasemos pues a la enjundia de esta entrada: ¿cómo eran los castillos de los faraones? ¿Cómo los construían? ¿Qué tenían de especiales? Veamos...

LOS MATERIALES DE CONSTRUCCIÓN

Aunque la piedra abundaba en Egipto, parece ser que la reservaban para obras de otro tipo, léase templos, palacios y, sobre todo, las enigmáticas pirámides. Para el resto de construcciones usaban ladrillos de adobe, que eran capaces de producir por miles y miles como si tal cosa. De hecho, salvo la fortaleza de Buhen, hecha con una piedra basta, el resto de ellas fueron construidas con ladrillos. 

Para su elaboración solo eran necesarios tres ingredientes: arcilla, paja y agua. La paja era imprescindible ya que no cocían los adobes en hornos, sino al sol, por lo que era imprescindible añadirle la paja en la masa para impedir que se resquebrajasen. Por otro lado, compensaba la tensión capaz de soportar cada ladrillo ya que un tallo de paja es muy frágil si se dobla, pero extraordinariamente resistente ante la tracción, por lo que se puede decir que actuaba de forma similar a los redondos corrugados que se usan actualmente en las estructuras de hormigón armado. De este modo, los adobes eran resistentes tanto a la presión, ya que debían soportar moles de decenas de miles de ellos, y a la tensión, impidiendo así que los bordes se desmoronasen fácilmente. En el grabado de la derecha, procedente de una pintura mural la tumba de Rejmira, un influyente noble que ejerció diversos cargos durante la XVIII Dinastía, siendo gobernador de Tebas, donde fue enterrado, y visir de Thutmosis III y Amenhotep II, vemos en la parte superior izquierda como dos operarios, seguramente esclavos o prisioneros de guerra, recogen agua de un depósito y la llevan hasta la parte central de la escena, donde sus compañeros preparan un pocillo para hacer la mezcla pisándola. Otro operario los va alineando una vez que extrae las piezas del molde, y el resto se dedican a acarrearlos a su destino. 

Por otro lado, el ladrillo tenía una innegable ventaja, y es que se fabricaba a pie de obra. No era como la piedra, que había que acarrearla desde muy lejos con el costo y el trabajo que podemos imaginar, por lo que ésta solo se usaba como pavimento y/o para construir la base de las murallas- colocada a hueso, o sea, sin argamasa- con dos posibles finalidades: una, prevenir el minado en caso de asedio, y la otra proteger los paramentos de la arena que, impulsada por el viento, era como un chorro abrasivo capaz de devorar cualquier material. Para impedirlo, parece ser que también se solían revocar los paramentos con gruesas capas de yeso. En un territorio donde la lluvia era escasita no requeriría mucho mantenimiento a causa de la humedad. A la izquierda vemos un molde para fabricar ladrillos, así como uno ya terminado. En el centro del mismo aparece un cartucho con el nombre del faraón, que para eso era el dueño y señor de todo y debía quedar claro en el reinado de cuál de ellos se fabricó el ladrillo. Esta sana costumbre nos ha permitido datar con precisión obras que, de otro modo, habría sido imposible situar en el tiempo.

Los ladrillos egipcios eran de generosas dimensiones. Los que se han encontrado en Buhen son de 37 x 18 x 12 cm., y para aliviar la presión que ejercían sobre las capas inferiores se intercalaban esteras de juncos cada seis o siete hiladas, a las que se añadían vigas de madera colocadas en sentido perpendicular al de las hileras de ladrillos, todo ello para repartir el enorme peso que semejante masa de adobes podía ejercer sobre la estructura ya que hablamos de murallas de varios metros de espesor y aún más metros de altura. En todo caso, estos probos imperialistas no tenían problemas si había que fabricar cientos de miles de ladrillos para edificar una de sus fortalezas. Para eso disponían de mano de obra esclava en cantidad que, animada por los estimulantes latigazos de los capataces, trabajaban de sol a sol como máquinas y, encima, sin darse nunca de baja. En la foto de la derecha podemos ver una escena en la que un operario está precisamente a punto de sacar un ladrillo del molde para ponerlo a secar, lo que en el ardiente clima de la zona no se llevaba más que un par de días a lo sumo.

Bueno, me temo que con esto acabamos por hoy. Llevo ya varios días con una fastuosa conjuntivitis que me han traído por anticipado los Reyes Magos a pesar de que les dije que sé que son los padres, pero lo han preferido al carbón habitual. En cuanto me alivie un poco proseguimos con las técnicas constructivas y los sistemas defensivos, que como dije al comienzo eran dignos de castillo de Viollet-le-Duc.

Hale, he dicho

miércoles, 7 de octubre de 2020

PARTES DEL CASTILLO: TIPOS DE PUERTAS


Puerta del castillo de Carisbrooke, en la isla de Wight, datada hacia 1335. Como
vemos, independientemente de su vetusta apariencia, salta a la vista que
los carpinteros medievales no se preocupaban mucho de dar un toque de distinción
a las puertas de los recintos militares, donde ante todo primaba la solidez
Sí, las puertas. Hemos dedicado varias entradas a los distintos tipos de puertas, pero nunca hemos hablado de las puertas. Nos referimos a las puertas, o sea, esas cosas de madera que se cerraban con dos fines: uno, que no hubiese corrientes de aire, y dos, que no entrara ni saliera nadie del castillo. Ciertamente, no deja de ser un verdadero despiste propio de mi incurable y caótico anti-sistema de trabajo dar pelos y señales de todas las tipologías de accesos a un castillo y no haya dicho una sola palabra de lo principal: las puertas. Bueno, pues nunca es tarde si la dicha es buena, qué carajo...

Ante todo, conviene aclarar un punto importante: quedan muy muy pocas puertas originales en Europa. La carcoma, el meteoro, los años, los expolios y mil razones más han hecho que se conserven solo unas cuantas, tanto las principales como las que cerraban los vanos en el interior del edificio. Rejas y cancelas hay muchísimas más, como vimos en la entrada que dedicamos a esos chismes, pero gracias a que el hierro es más resistente que los materiales lignarios que, carentes de cualquier tipo de protección en forma de aceitados o pinturas y, por supuesto, de un mantenimiento adecuado, pues se han ido desintegrando poco a poco. No obstante, y guiándonos por los pocos ejemplares que han llegado a nuestros días, así como sus sistemas de fijación a los quicios podemos hacernos una idea bastante aproximada, cuando no exacta, de su forma, las técnicas de construcción empleadas para fabricarlas y, por supuesto, los medios para dejarlas bien cerradas y que no se escapara el gato.

Majestuoso roble con más años que el hilo negro. Las cosas como
son: talar esa maravilla para fabricar una puerta es una cabronadita

Bien, antes de nada conviene hablar del material empleado para la fabricación de puertas, la madera. Obviamente no valía cualquiera. Un portón sólido que debía durar años resistiendo tanto la humedad como la carcoma y los embates de las máquinas enemigas no se podía fabricar con una madera debilucha. Como ya podrán suponer, la ideal era el roble, dura como un cuerno y, tanto o más importante, no ardía con facilidad. Cualquiera que tenga una chimenea en casa habrá visto que, por ejemplo, un tronco de pino, saturado de resina, arde una cosa mala, mientras que uno de encina se pone incandescente y arde con una pequeña llama durante horas. No obstante, en caso de no disponer de roble siempre se podía echar mano de maderas como el nogal, la haya o el castaño, que también daban buenos resultados.

Probos sacavirutas mevievales en plena faena. Su pericia era envidiable,
y eran capaces de desarrollar los diseños más primorosos. Con todo,
si se fijan, las herramientas manuales que usaban eran exactamente
iguales que las actuales
Es tal la dureza de esta madera que, a modo de ejemplo, en mi época de fervoroso tirador de avancarga me fabriqué un mazo iniciador con un cacho de rama de encina de la chimenea, usando como mango un cilindro de aluminio que le embutí. Bien, pues tras miles y miles de martillazos en los que, además de la bala de plomo golpeaba la boca del cañón del arma, no tenía ni una sola marca. Nada. Liso con el culito de un neonato, y eso que era una madera con un secado que ni de lejos se acercaba al considerado por los carpinteros como adecuado para alcanzar el nivel óptimo de uso. Para estos menesteres se recurría a árboles con 200 o 300 años de edad ya que si eran más viejos la madera era propensa a agrietarse y a ser atacada por la carcoma. Los troncos, una vez cortados, se almacenaban en primer lugar en dependencias húmedas para que un secado excesivamente rápido no los deformase o agrietase, siendo posteriormente apilados en almacenes secos y volteados regularmente para evitar alabeos, añadiendo de vez en cuando sesiones de ahumado. Este proceso duraba alrededor de seis años y los troncos, a los que una vez eliminada la corteza y la albura se quedaban en un diámetro de entre 70 y 100 cm., eran aserrados longitudinalmente en cuatro partes de las que el carpintero extraía el material que mejor se adaptaran a cada tarea.

Carpintero sacando una viga de un tronco a golpe
de segur. Aunque parezca inreíble tardaban solo un
rato en completar el trabajo, quedando una
pieza perfectamente escuadrada aunque prácticamente
trabajaban a ojo
En lo referente a las técnicas constructivas al uso en la época, en las puertas para los vanos de un castillo primaba ante todo la solidez antes que la estética, que quedaba preservada para los palacios donde la nobleza y el alto clero se podía dar pisto con los invitados. Sin embargo, un castillo lo que necesitaba era un portón bien gordo, y no lleno de altorrelieves y filigranas. El método básico consistía en alternar dos capas: una externa con los tablones colocados en vertical y otra interna con tablones en horizontal para contrarrestar la veta. Era, por así decirlo, como un contrachapado moderno, pero a lo bestia. Sin embargo, este sistema no solo suponía un gasto enorme de madera, que siempre ha sido muy cara, sino un peso añadido notable. Por ello, se ceñían a fabricar tablones para la cara externa, por lo general de no más de 22 cm. de ancho, y en la trasera montantes y travesaños que, sin restar solidez al conjunto, suponían un importante ahorro de material. Por otro lado, siempre que fuera posible se optaba por darles una forma rectangular ya que las piezas curvadas, aparte de un gasto mayor, obligaba a trabajar una parte de la pieza a contrapelo, que creo es de todos sabido que es un engorro. En fin, ya vemos que no se limitaban a unir tablones, llenarlos de clavos y santas pascuas. Por cierto, ya podemos suponer que los herreros eran importante coadyuvadores en la fabricación de puertas ya que de ellos dependían los cientos de clavos necesarios, así como los goznes, gorrones, cerrojos, etc.

En cuando a los sistemas de ensamblaje, se tiene constancia de varios de ellos que ya eran usados desde tiempos remotos. En la figura A tenemos el más básico: una mortaja transversal donde se ensambla un listón. Como se ve en el plano de sección, los clavos atravesaban las piezas y se doblaban por el reverso para impedir su extracción. Era el mismo sistema que se venía usando en la construcción naval desde hacía siglos. En la figura B podemos apreciar un ensamblaje con doble cola de milano que, sin usar un clavo, proporcionaba una unión extremadamente sólida entre los tablones de una hoja. En la figura C aparece un sistema similar al A, pero que tampoco precisa de clavos porque la mortaja y el listón que las une tienen forma de cola de milano. Solo podrían desmontarse sacando el listón transversal. Finalmente, en D vemos un ensamblaje mediante lengüetas introducidas en mortajas que podían asegurarse con un clavo o una clavija de madera. Al parecer, no era raro que estas uniones se asegurasen con pegamentos.

Bueno, con estos datos ya tenemos una idea de los materiales necesarios para fabricar una puerta como San Portón manda. Pero para colocarla hace falta un vano ya que de otro modo una puerta carece de sentido. Veamos la ilustración de la derecha. En los círculos rojos y amarillos aparecen las gorroneras o ranguas, donde giraban los gorrones que hacían de bisagras. El enorme peso de estas puertas requería un sistema que permitiera que su masa descansara preferentemente sobre el suelo para que no se descabalgaran de su sitio. Por otro lado, era quizás el sistema que facilitaba más el montaje de las hojas, como ya se explicó en su momento. Manejar un portón enorme de más de 300 o 400 kilos en un angosto pasadizo a fuerza de brazo y palancas porque no había sitio para meter un polipasto requería un método para colocar cada hoja en su lugar sin tener que desmontar medio castillo. Recordemos además que estas puertas no eran inmortales, y que a lo largo de su vida operativa requerirían reparaciones, cuando no su sustitución por otras nuevas. En verde vemos los huecos para el alamud, la tranca corrediza que bloqueaba la puerta y que, como vemos, no tienen nada que ver con lo que sale en las películas. Sustituir un alamud roto sí era un problema ya que su longitud era mayor que el hueco del vano, por lo que habría que abrir una regola en el paramento exterior para colocar uno nuevo. O sea, había que llamar al seguro para que mandase a los albañiles, y como los seguros siempre se escaquean pues era un problema gordo. Coñas aparte, si la puerta era de dimensiones más grandes de lo habitual se solían usar dos alamudes o bien recurrir a aldabas y/o cerrojos. En cualquier caso, lo que sí es cierto es que estas puertas no usaban cerraduras, que solo se verían en alacenas, despensas y algunos cerrojos, así que eso del castellano que rinde la fortaleza y entrega las llaves del castillo es un tanto irreal. Ni una sola puerta de paso en un castillo tenía cerraduras, y se cerraban siempre por dentro. Ah, por cierto, alamud es, como salta a la vista, un palabro de origen árabe, concretamente el al-ámüd, la barra. Pero no la de bar, sino la otra.

En la foto de la izquierda tenemos un primer plano de una gorronera superior. Las del suelo era iguales, salvo por el hecho de que quedaban enrasadas con el pavimento. Como vemos, eran simples sillares empotrados en cada esquina del vano y en los que se practicaban sendos orificios cilíndricos para acoger el gorrón. Cuando visiten un castillo, miren en la parte superior de la puerta y verán que, por lo general, ahí siguen tras siglos y siglos rezando porque no aparezca un "arquitecto" dispuesto a "poner en valor", eufemismo muy de moda para decir "perpetrar una infamia" y los sustituyan por bisagras de paleta de acero corten. Las del suelo suelen ser poco visibles, pero no porque las hayan robado, sino porque están tapadas por la tierra. Del mismo modo, tanto en puertas de paso interior como en ventanas también verán gorroneras similares si bien de un tamaño acorde a las hojas que debían sustentar.

Obviamente, el punto flaco de las gorroneras era el orificio que, sometido a un constante roce con el gorrón iba agrandándose cada vez más. En algunos castillos se ven algunos por donde cabría un puño, lo que indica que no usaban un accesorio que los buenos constructores no dejaban atrás. Se trataba, como vemos en el gráfico, de un casquillo de hierro provisto de unas aletas para proteger la piedra del roce del gorrón. Las aletas eran para que el casquillo no girase ya de, de lo contrario, haría el mismo efecto abrasivo en el orificio. Es posible que muchos acabaran desapareciendo a consecuencia del óxido a pesar de que les untaban grasa en cantidad para disminuir el roce y, sobre todo, impedir los siniestros chirridos que siempre son indicio de mal agüero en las noches de luna nueva. Luego, la falta de mantenimiento igual hizo que muchos pasaran de reponer los casquillos desintegrados por el orín, pero bueno, aquí nos movemos en el campo de las conjeturas. Lo ideal sería fabricarlos de bronce, un material inoxidable, pero en aquella época la fundición era mucho más cara que la forja y un herrero se encontraba en cualquier parte, pero un fundidor no. En todo caso, ya saben qué método usaban para impedir un desgaste prematuro en la piedra de las gorroneras, especialmente en las inferiores, que eran las que soportaban el peso de la puerta.

Pero este sistema, aunque sea el más extendido por su incuestionable solidez, no era el único. En puertas de menor peso, como las interiores, o bien porque por su forma o la del pasadizo donde se instalaban no era posible el uso de gorroneras se recurría a los goznes, galicismo tomado del francés gond o gonz, proveniente a su vez del latín bajo
GOMPHVS, que se aplicaba a las piezas articuladas. Básicamente había dos tipos que podemos ver en el gráfico de la izquierda. La pieza A estaba formada por un cilindro unido a una garra que se empotraba en el muro, y la B era la que se fijaba en la puerta mediante clavos. Para unirlas se recurría a un simple pasador. Por razones obvias, la pieza A siempre debía quedar situada debajo para soportar el peso de la puerta. En la parte superior del gráfico vemos otro diseño similar pero, en este caso, difiere la pieza C, que no requiere del perno o pasador ya que está incorporado en la pletina que se une al bastidor de la puerta. 

Por último nos restarían por mencionar las bisagras capuchinas, si bien estas se empleaban solo para postiguillos, contraventanas, alacenas y, en fin, cualquier puerta de poco peso. Estas bisagras aún se ven en viejas casonas y cortijos y tienen, al igual que los demás sistemas mencionados, la ventaja de que permiten desmontar la puerta en un periquete. Constan de dos piezas: la A, en cuyo extremo vemos un cono hueco como un cucurucho de helado puesto al revés y de donde toman el nombre por su apariencia de capucha frailuna, y la B, formada por un cono macizo que entraba en el hueco del cucurucho. Una vez encajadas su aspecto lo vemos en la figura inferior. Se fijaban mediante largos clavos de forja (o sea, no eran redondos, sino de sección cuadrangular) que se clavaban profundamente en la madera. Para afianzar el agarre se les retorcía un poco el extremo, actuando como un rudimentario tornillo. Por cierto, en este caso la pieza B era la que se clavaba en la jamba y la A en la hoja de la puerta. Siempre, recordémoslo, queda por encima la pieza que va unida a la puerta.

Bien, ya sabemos cómo se fijaban las puertas a los vanos pero, ¿cuáles eran sus dimensiones? Las puertas principales eran por norma de dos hojas, prevaleciendo la altura sobre la anchura por una sencilla razón: lo angosto es más fácil de defender que lo extenso. La altura es irrelevante en ese sentido, y siempre podría facilitar el acceso de vehículos que, aunque de poca anchura entre ejes, podían acumular sobre ellos bastantes bultos que contenían bastimentos, víveres, etc. Y si el castillo estaba situado en un lugar donde era imposible el acceso de carromatos, pues bastaba con que la puerta tuviera el espacio necesario para el paso de acémilas con angarillas en las que transportaban lo necesario. Aquí ni siquiera importaba la altura ya que los jinetes se agachaban sobre la montura al entrar o incluso se apeaban y santas pascuas. En las fotos tenemos dos ejemplos que muestran ambos casos: a la izquierda vemos la puerta de acceso del castillo de Santa Olalla, en Huelva, construido a finales del siglo XIII. Como vemos, muestra un vano razonablemente amplio ya que hasta él podían acceder carros para suministrar a la guarnición. Este castillo, construido por orden de Sancho IV, era más un centro de control policial de la comarca que un castillo destinado a defender el territorio ya que, de hecho, se edificó para acabar con los malhechores que infestaban la Vía de la Plata. El de la derecha es todo lo opuesto. Pertenece al castillo de Olvera, en Cádiz, y aparte de estar emplazado en un elevado risco que hace imposible subir incluso a acémilas, su angosto acceso hacía mucho más fácil la defensa de una fortificación enclavada durante décadas en una zona extremadamente conflictiva, la Banda Morisca.

El extremo a lo dicho en el párrafo anterior lo tenemos en las puertas de las cercas urbanas y los postigos y puertas de escape, que precisaban de puertas muy distintas. En la foto de la izquierda vemos el postigo del castillo de Cumbres Mayores (Huelva) que, como era habitual, se encuentra muy bien disimulado entre una torre y un muro avanzado. Es una puerta que solo permite el paso de un hombre y, como se comentó en su día, en caso de asedio eran rápidamente tapiadas para impedir que los enemigos la vulnerasen por ser mucho más débil, o bien que un cuñado alevoso la abriera para dar paso a los invasores. Todo lo opuesto eran las puertas de las cercas urbanas como la que vemos a la derecha, perteneciente al Alcázar de la Puerta de Sevilla, en Carmona. Obsérvese que, además de una anchura superior, el vano tiene una altura de varios metros para facilitar el paso de cualquier artefacto o vehículo con una carga muy especial. Como dato curioso, si se fijan en las partes inferiores de las jambas verán que en su día fueron agrandadas para permitir el paso de vehículos modernos al casco antiguo de la ciudad, que tendría muchos problemas con las furgonetas y camiones de reparto.

Finalmente, veamos las puertas interiores. En este caso, y por sistema, hablamos de vanos angostos y de poca altura que, en algunos casos. incluso obligan a agachar la cabeza para pasar. Los motivos para construirlos así ya los sabemos: solo permitían atacar de uno en uno si los asaltantes lograban introducirse en el castillo, y las torres y demás dependencias se convertían en el último reducto defensivo. Eran puertas de una sola hoja con sus correspondientes gorroneras que casi siempre se pueden ver a ambos lados de los vanos, o bien eran montadas con goznes. La de la izquierda se puede ver en una de las puertas en recodo de la cerca urbana de Niebla (Huelva), y daba paso a la cámara superior de la misma, donde los defensores podían hostigar a los asaltantes a través de la buhera que se abre en la bóveda. La otra es una de las puertas de la torre del homenaje del castillo de Las Aguzaderas, en El Coronil. Como vemos, en ambos casos son vanos en los que un hombre medianamente fortachón tiene que entrar un poco de lado, y derribarlas era prácticamente imposible. 

Bueno, con todo lo dicho no creo que queden dudas sobre el cómo y el por qué de las puertas, así que veamos algunos ejemplos prácticos porque, como digo siempre, un dibujito chulo vale por diez filípicas interminables.

A la derecha vemos el que sería el tipo más común. Se trata de una puerta de doble hoja sustentada mediante gorrones. La parte exterior la forma un tablazón en sentido vertical montado sobre un bastidor con travesaños intercalados con largueros, formando un enrejado. Todas las puertas de este tipo de edificios carecían de batientes, o sea, se instalaban directamente sobre el vano de las formas que ya hemos visto. La estructura de la cara interna aumenta de forma notable la solidez del conjunto sin añadir un peso extra excesivo que, de no ser así, podría acercarse e incluso superar la tonelada en una puerta de buen tamaño. En una de las hojas vemos un postigo asegurado mediante dos cerrojos. Estos postigos eran habituales para el tránsito de personas sin necesidad de abrir la puerta. El conjunto lo cierra un alamud, que era lo normal en una puerta de esas dimensiones si bien en caso de asedio se reforzaban con puntales. También podría tener uno o dos cerrojos para reforzar las partes superior e inferior de la unión entre las dos hojas.

Aunque el sistema más habitual y que veremos casi en la totalidad de la fortificaciones que visitemos es el alamud corredizo, hubo alguno que otro más que no gozaron de tanta difusión, bien por lo engorroso de su manejo, bien por resultar una complicación añadida a la fabricación de la puerta. A la izquierda vemos una tranca basculante que, fijada a una de las hojas, giraba hasta quedar encastrada en las mortajas abiertas en los laterales de mampostería o sillería del vano. Este método es citado por Viollet-le-Duc, pero sin mencionar en qué edificio o edificios lo vio por lo que solo podría reconocerse, caso de dar con una puerta así, por las mortajas donde encajaba la tranca. Sea como fuere, lo cierto es que aportaba más problemas que ventajas. En primer lugar, carecía de la resistencia del alamud convencional, que era introducido un buen tramo en los muros y, como afirma Mora-Figueroa, el peso añadido de la tranca hacía susceptible de descabalgar la hoja donde estuviera montada, dificultando la apertura y/o el cierre de la puerta. 

Recordemos que las hojas debían encajar con facilidad porque pretender forzar un portón de varios cientos de kilos no debía ser ni fácil ni recomendable para no provocarse una hernia chunga. En todo caso, ahí queda constancia de este sistema que, por otro lado, sí se puede ver en algunas fortificaciones pirobalísticas, pero fabricados de hierro como el que vemos a la derecha, que se conserva en el fuerte de Gracia, en Portugal. En esta majestuosa fortificación aún perduran las trancas originales del siglo XVIII que, como se aprecia en la foto, eran mucho más livianas que una viga de madera pero, al mismo tiempo, mucho más resistentes. En el extremo izquierdo de la tranca se puede ver que pende una pletina que se encaja en una cerradura para que nadie la abriera por la cara, que siempre ha habido mucho golfo en las guarniciones militares deseando irse de picos pardos.

En esta otra foto podemos ver con más detalle este tipo de cierre, también del mismo fuerte aunque perteneciente a la puerta del reducto central. Se trata de una gruesa y pesada barra de hierro que gira en el centro de la hoja y que, en vez de con una cerradura, se aseguraba mediante un candado. Para conseguir un cierre más sólido, la hoja derecha tiene montada una falleba como las que aún se usan en los balcones de las casas particulares, pero de dimensiones acordes al enorme portón. De ese modo, además de quedar cerrada por los lados, la puerta era asegurada por los extremos verticales. Obviamente, en este tipo de puertas el alamud medieval ya era historia.

El otro sistema de cierre era mediante un alamud fijado en una de las hojas. O sea, no era corredizo. Se conserva uno original en el castillo de Carisbrooke y otro en la Puerta Narbonnaise de Carcassonne, si bien imagino que esta última no es la original, sino procedente de la restauración de Viollet-le-Duc. Con todo, y a la vista del rigor que solía guiar a este probo ciudadano, cabe suponer que se trata de una réplica fiel a la original. Como vemos en la foto, de la hoja izquierda sobresale la viga que, cuando la puerta se abre, queda alojada en una mortaja labrada en el lateral del pasadizo para permitir una apertura total. En este caso, al igual que el que hemos visto de la tranca basculante, añadía un peso extra a la puerta que posiblemente causaría más de un problema. En todo caso, el cierre se efectuaba encastrando el extremo derecho del alamud en una lengüeta, argolla o similar fijada al muro, asegurando la viga mediante un simple pasador de hierro que la dejaría completamente bloqueada.

En este grabado podemos ver la Puerta Narbonnaise antes mencionada, y donde se aprecia con más claridad el sistema de bloqueo. Como vemos, el extremo de la viga tiene una acanaladura que encaja en una de las argollas que se ven en el muro de la derecha. De una de ellas pende un pasador unido a la misma con una cadena, y que se introduciría por la viga y la argolla para bloquearlas. En el paramento izquierdo se ve claramente la mortaja destinada a dar cabida al alamud cuando se abre la puerta y, como algo excepcional, e intuyo que de cosecha propia de Viollet-le-Duc, dos cerrojos verticales, uno en la hoja izquierda hacia arriba y otro en la derecha hacia abajo. Ignoro si se colocaron basándose en pruebas contundentes, porque el tacón de piedra central tenía ante todo la misión de impedir que la puerta se venciera por el peso, y habría que ver de cerca dónde se alojaría el cerrojo superior pero, en fin, le daremos a este hombre el beneficio de la duda aunque no sería raro que dichos cerrojos procedieran de alguna reforma posterior a la Edad Media

En esta otra ilustración mostramos una puerta provista de dos alamudes y un cerrojo que, en este caso, sí podía asegurarse con una cerradura. A la derecha vemos un sistema bastante eficaz para prevenir sorpresas en caso de asedio, el tablacho tapiador. Consistía en una barrera formada por gruesos tablones encajados en dos acanaladuras situadas a ambos lados del pasadizo y a una determinada distancia de la puerta. El espacio libre se llenaba de tierra mezclada con cascotes y se colmataba bien. Esto permitía asegurar la puerta con más rapidez que el tapiado que se llevaba a cabo en los postigos y, del mismo modo, hacía más fácil su eliminación cuando pasase el peligro o hubiese que optar por la rendición tras dos semanas comiendo suelas de botas y bebiendo orines. Además, la masa de tierra amortiguaba los efectos de los arietes, caso de usarlos el enemigo.

Otra forma de lograr una estructura muy sólida sin necesidad de aumentar el peso de la puerta era instalar por la parte trasera una estructura de panal similar a una celosía. La hemos recreado en una puerta ojival para que se aprecie claramente la disposición de los goznes, más habituales en este tipo de puertas porque el arco hacía más complicada la instalación de los gorrones. Ese entramado enteramente claveteado a los tablones de la cara exterior, formaban un conjunto de una robustez de primera clase ya que se contraponía el sentido de la veta en toda su extensión, a lo que habría que añadir el de la parte externa. Por lo demás, al igual que las anteriores le hemos plantado su alamud y, de regalo, un lustroso cerrojo. El postigo, que también tenía su entramado, está unido a la puerta mediante goznes y cerrado con un par de cerrojos. Esta recreación está basada en la puerta del castillo de Carisbrooke, que además está reforzada por varios flejes de hierro.

Pero el mayor peligro para las puertas no eran los arietes, sino el fuego. En muchas ocasiones, la situación de la puerta impedía adosarle máquinas de batir, aparte de que, como se ha hablado en otras ocasiones, al ser una zona muy bien defendida se optaba por abrir una brecha en la muralla. No obstante, una buena andanada de faláricas siempre era una amenaza a tener en cuenta, por lo que muchos optaban por blindar la puerta con chapas de hierro o bronce tal como en la ilustración de la derecha. Como vemos, el blindaje lo conforman tiras metálicas clavadas sobre la cara exterior y que se solapan para impedir que entre el agua y haga estragos tanto en el hierro como en la madera. Obsérvese que en la parte superior del postigo también se ha añadido una pequeña visera con el mismo fin. En España se conserva una puerta de este tipo con su blindaje original en el castillo de La Calahorra, en Granada.

Otra forma de prevenir los efectos del fuego era el encorado, o sea, un revestimiento de cuero que impediría o retardaría la acción de cualquier ingenio incendiario. Una observación: recordemos que muchos castillos disponían de buzones matafuegos para eliminar de inmediato cualquier conato de incendio. Como ya podrán imaginar, no ha llegado a nuestros días ninguna puerta de este tipo, así que hemos echado mano a la imaginación para recrear cómo podría ser una de ellas. En este caso, hemos reforzado el revestimiento con láminas de metal y una abundante clavazón para mantener el cuero bien fijado a la madera ya que el paso del tiempo, la lluvia y el calor lo dilatarían y contraerían constantemente. Este sistema, aunque barato y razonablemente eficaz, no debía ser muy resistente y necesitaría un mantenimiento bastante regular. Es posible incluso que se recurriera a un encorado de circunstancias, como se hacía con las tortugas, bastidas y demás máquinas de aproche. Es decir, ante la perspectiva de recibir visitas non gratas, rápidamente echaban mano de un montón de pieles crudas y la clavaban hasta cubrir la totalidad de la puerta, y cuando las visitas se largaban en buena hora se quitaban y sanseacabó.

Un sistema para evitar que un grupo de héroes les diese por echar mano a un tronco e intentar derribar la puerta es el que vemos a la derecha, donde hemos reconstruido la puerta del castillo de Pedraza, en Segovia. Esa puerta, erizada de petos piramidales de hierro, haría que cada vez que se golpeaba en ella el extremo del tronco se clavaría, teniendo que tirar de él una y otra vez mientras que los golpes lo irían desmenuzándolo poco a poco. Eso sí, si la puerta era golpeada con un ariete provisto de cabeza metálica los petos no servían de nada. Como curiosidad, en la India sí era habitual dotar a las puertas de una hilera de largas puntas formando una franja más o menos ancha en el centro de la misma, pero en esos casos no era para fastidiar arietes, sino la testuz de los elefantes que usaban para empujar las puertas y echarlas abajo aprovechando la descomunal fuerza de esos animalitos. Francamente, siempre he pensado que esta puerta, de la que no hay otra igual en España, estaba concebida para ejercer un efecto disuasorio más que real porque, lo repito una vez más, las puertas eran por lo general el último sitio en el que se concentraban los ataques de los enemigos, más preocupados por echar abajo un tramo de muralla a golpe de ariete o bolaño, cavar una mina o tomarla por asalto. Por cierto, acabo de caer en que ni un solo cuñado del planeta se atrevería a llamar a una puerta así so pena de dejarse los nudillos convertidos en comida para gatos, así que tomen nota de la idea.

Y por añadir una más, en esta otra ilustración recreamos una puerta reforzada con flejes de hierro. Es un sistema que se conserva en algún castillo foráneo y que, como vemos, consistía en revestir ambas hojas con un entramado a base de pletinas de hierro embutidas en la madera. Como es obvio, la solidez del conjunto aumentaría de forma muy notable, pero con el inconveniente de que, en caso de necesitar reponer uno de los tablones, había que desmontarlo, hacerle las mortajas al nuevo y volverlo a clavar. En fotos antiguas de algunas puertas de época se observa que, casi por sistema, se optaba más por parchear de mala manera que por llevar a cabo una reparación decente, y se ven partes con un añadido tras otro encima hasta el extremo de dar la impresión de que dándole dos patadas se desintegraría. Sea como fuere, lo cierto es que cuando los castillos que montaban estas puertas fueron abandonados no tardarían mucho en ser víctimas de expoliadores en busca de materiales caros como las rejas, la madera y todas las guarniciones de hierro que pudieran pillar. 

Bueno, con estos ejemplos ya nos hemos ilustrado de cómo eran las puertas de los castillos que, según vemos, no tienen mucho que ver con las burdas réplicas que se fabrican actualmente para reponer las originales. Veamos para terminar las puertas de una sola hoja válidas para interior o para postigos y demás salidas secretas por si se presentaba la familia política sin avisar.

A la derecha vemos en primer lugar la más habitual, una puerta rectangular aunque el vano tuviese un arco apuntado, de medio punto, quebrado o de cualquier tipo. La bóveda interior, mucho más alta, permitía usar una puerta de ese tipo de forma que ocultaba la totalidad del hueco a cubrir. Para asegurarla la hemos dotado de un pequeño alamud y una aldaba si bien también podría tener cerrojos. También se le ha añadido una pequeña aspillera triangular para, caso de ver la torre invadida por los enemigos, poder hostigarlos y vigilar sus movimientos. La siguiente es una puerta de hoja con arco apuntado. 
Estas puertas solían estar embutidas en un rebaje practicado en el vano de forma que por fuera quedaban enrasadas con el muro. Por ese motivo, el larguero donde se colocaban los gorrones debía sobresalir por su parte superior ya que de lo contrario no podría abrirse la puerta. De hecho, para este tipo era más viable el uso de goznes, como vimos anteriormente ya que facilitaban el montaje y, por su menor peso, podían resistir sin problemas. En cuanto a los cierres, pues los habituales. No había mucho donde elegir, pero lo cierto es que los huecos para los alamudes los he visto hasta en las letrinas, imagino que para usarlas de escondite en caso de ser asaltados porque para preservar la intimidad bastaría un pequeño cerrojo. 

Por cierto que, en algunos casos, los alamudes de estas puertas menores no se corrían de un lado a otro, sino que eran introducidos por unos rebajes practicados en el muro del pasadizo. O sea, no estaban permanentemente embutidos en el muro, sino que se colocaban según la necesidad tal como vemos en la foto de la izquierda. Sombreado en rojo podemos ver los rebajes hechos en la piedra para deslizar los alamudes. En el lado opuesto hay dos huecos de escasos centímetros de profundidad donde se introducían en primer lugar. Luego se encajaban en los rebajes de la foto y se deslizaban hasta su posición correcta. En la ilustración hemos recreado una poterna en la que también se ha marcado de rojo uno de estos rebajes para que podamos verlo con más claridad. Este sistema, aunque menos sólido que el alamud convencional, tenía la ventaja de que, en caso de deterioro, no había que hacer una obra en toda regla para sustituirlo, sino simplemente tirarlo y fabricar uno nuevo ya que cuando la puerta permanecía abierta el alamud era un simple palo cuadrado apoyado contra la pared como una escoba.

Bueno, con esto terminamos por hoy. Cuando visiten un castillo y, como por desgracia es habitual, lo vean despojados de toda su carpintería, al menos podrán cerrar los ojos un instante e imaginar cómo serían las puertas que lo cerraban. Antes de concluir, una aclaración: salvo las recreaciones basadas en ejemplares que aún subsisten a duras penas, las demás están inspiradas en descripciones y en las técnicas al uso en la época. Como ya podrán imaginar, había tantos diseños como castillos, y aquí nos hemos centrado ante todo en tipologías habituales en lo tocante a su solidez y no en los diferentes tipos de tachones, añadidos decorativos o si el alamud era todo de madera o tenía refuerzos de hierro, porque es simplemente imposible de saber cómo eran en cada caso. De hecho, en los ejemplares que se conservan se puede ver claramente la cantidad de modificaciones que han sufrido a lo largo del tiempo, y es frecuente que la datación varíe hasta en un siglo arriba o abajo. 
Para terminar, dejo la cara interior de la puerta del castillo de Durham, un ejemplar en un estado más que aceptable que muestra un montaje sobre goznes y un curioso cerrojo que cierra al revés, o sea, entrando en el lateral del muro. Como podemos comprobar, la creatividad de los que diseñaban y fabricaban estas puertas era notable.

En fin, s'acabó lo que se daba, amén.

Hale, he dicho

Puertas de carros y peatonal del castillo de Vila Viçosa, en Portugal. No son las originales, pero no
me digan que el conjunto no es chulísimo de la muerte. Es una pena que no repongan el puente
de la puerta de carros porque el efecto sería suntuario