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sábado, 5 de enero de 2019

El Cañón de París


Cañón de París montado en el campo de tiro de la marina de Altenwalde. Su excesivo alcance impidió que las pruebas
se llevaran a cabo en el polígono de la Krupp en Meppen porque se quedaba corto para este monstruo

Dilectos lectores, el 2018 se fue al carajo. Pero lo horripilante es que parece que empezó ayer, así que miedo me da pensar cómo pasará de rápido el 2019 para, en un año más, empezar con la tercera década del siglo XXI. Bueno, ya sabemos que el tiempo es el enemigo inexorable del hombre y tal, así que ajo y agua. Me da la impresión de que ya he dicho algo parecido anteriormente, pero bueno, da lo mismo. Dicho esto, comencemos.

Terminando de montar un cañón al que aún no se le han colocado los tirantes
que lo mantienen alineado
Como anticipé antes de que el año que se acaba de ir al carajo se fuese al carajo, este 2019 lo iniciaríamos con la precuela del famoso Wilhelm-Geschütz que tanto dio que hablar en su día por sus increíbles prestaciones en lo referente a alcance, porque en lo tocante a poder destructivo obtuvo unos resultados un tanto birriosos pero, eso sí, acojonar acojonó enormemente al personal. En los comentarios derivados de la entrada anterior, varios lectores hicieron especial hincapié en la cuestionable utilidad de invertir el pastizal que debió costar sacar adelante este chisme para unos resultados tan magros pero, como iremos viendo, aparte de mostrar al mundo la superioridad tecnológica de los tedescos colijo que este descomunal cañón fue en realidad un primer paso que acabó en costalada debido al final de la contienda con la derrota alemana. Es más que posible que, de haber dispuesto de más tiempo, su creador, el profesor Rausenberger, habría podido desarrollar el proyecto obteniendo prestaciones cada vez más asombrosas y, posiblemente, un poder destructivo mucho más contundente que el inicial. 

Bertha Krupp, heredera del imperio metalúrgico, y su
marido, Gustav von Bohlen und Halbach, verdadero
artífice del encumbramiento de la empresa y principal
fautor del rearme alemán tras la guerra. Por concesión
especial del káiser se le permitió usar el ilustre apellido
de su cónyuge anteponiéndolo al suyo propio.
El Cañón de París no surgió de un repentino avenate neuronal de Rausenberger. Como ya podemos suponer, fue el resultado de un proceso iniciado mucho antes de su puesta en servicio. Concretamente, fue en 1914, cuando el imparable avance del ejército imperial permitió a sus mandamases acariciar la esperanza de alcanzar la costa gabacha (Dios maldiga al enano corso) y, desde allí, bombardear Dover, distante 34 km. de Calais, en la costa normanda. En los albores del conflicto, la artillería terrestre estaba basada en artillería de campaña y en artillería de sito, esta última compuesta por obuses de gran calibre y un alcance relativamente corto, de alrededor de los 15 km. y cuyo paradigma fue el mostruoso Gamma Gërat de 42 cm., un arma de solo 12 calibres de largo concebida inicialmente como pieza de artillería costera y, posteriormente, como obús de asedio para machacar literalmente los poderosos cinturones de fortificaciones que defendían la frontera enemiga. Pero para alcanzar distancias superiores era necesario disponer de una artillería de largo alcance que, en aquel momento, solo estaba en servicio en la marina a bordo de los poderosos acorazados y cruceros de la Kriegsmarine. Así pues, surgió la idea de emular a los nipones que, durante la Guerra Ruso-Japonesa, emplearon a fondo artillería naval contra las fortificaciones rusas en Port Arthur. 

38 cm. SK/L 45, más conocido como Langer Max, emplazado en una
posición que combina el trazado ferroviario con la Bettungsschiessgerüst,
una plataforma giratoria que también empleó el cañón de París
Y, como no, fue la omnipresente Krupp la que recibió el encargo de la Junta Naval de desarrollar un cañón capaz de dar un susto de muerte a los british (Dios maldiga a Nelson), acometiendo la empresa con eficiencia germánica para ofrecer en poco tiempo unos resultados bastante alentadores con un cañón naval de 380 mm. y 45 calibres de largo que disparaba un proyectil de 1.050 kg. con el que se obtuvieron distancias de hasta 43 km., superando los requerimientos de la marina para alcanzar Dover. Sin embargo, el ejército imperial no fue capaz de alcanzar la costa de Calais, por lo que se tuvieron que conformar con bombardear Dunkerque, Yprés, Nancy y Verdún. Pero mientras que este monstruo primigenio era emplazado en afustes fijos, se desarrolló un proyecto para adaptar otro cañón naval, en este caso de 355 mm. y 53 calibres de largo, como pieza de artillería ferroviaria, logrando colocar un proyectil de 325 kilos a 57 km. de distancia. Fue durante las pruebas con este tipo de cañones cuando descubrieron, como siempre de forma casual en casos así que, contrariamente a la teoría de que el alcance máximo se obtenía con un ángulo de elevación de 45º, se lograban alcances notablemente superiores entre los 50 y los 55º. El motivo lo descubrieron en seguida: al lograr ascender a una altura mucho mayor, alcanzando prácticamente la estratosfera donde el proyectil volaba en casi en el vacío o con una densidad del aire mínima, la fricción cuasi inexistente permitía llegar mucho más lejos. ¿Que por qué no se dieron cuenta antes, ya que estas piezas llevaban tiempo en servicio? Pues porque cuando estaban montadas en las casamatas de acero de los barcos de guerra su máxima elevación oscilaba entre los 20 y lo 3o grados. Evidentemente, el alcance era muy inferior, pero como un barco enemigo era un objetivo muy pequeño y los instrumentos de puntería y visión tampoco daban para distancias mayores, pues nadie cayó en la cuenta de que, en realidad, estos enormes cañones estaban siendo desaprovechados, bastándoles el hecho de que pudieran perforar las planchas de acero del casco o la cubierta de las naves enemigas llegado el caso.

Proyectil flecha moderno en el momento en que el sabot se desprende del
mismo. La Vo que alcanzan es escalofriante, y a pesar de su ínfimo calibre
traspasan la coraza frontal de un carro de combate como si fuera mantequilla
Y mientras el ejército imperial seguía arrollando todo lo que encontraba a su paso, París empezó a estar a una distancia cada vez más corta del frente de batalla, lo que hizo que, ya que no pudieron bombardear la costa británica, al menos pudieran arrasar un poco la capital del enemigo. Pero para ello haría falta disponer de una pieza capaz de ir aún más allá de los casi 60 km. alcanzados con el cañón naval de 355 mm., así que el profesor Rausenberger, el jefe del departamento de artillería de la Krupp, metió la sesera en la exprimidora para asacar un artefacto capaz de alcanzar una distancia mucho mayor. Aquí se presentó una disyuntiva entre las teorías de Rausenberger y las de su asistente y director técnico de su departamento, el profesor Otto von Eberhard. Este último estaba estudiando la posibilidad de usar el cañón L/52 de 355 mm. para disparar proyectiles sub-calibrados de 210 mm. envueltos en un sabot, o sea, una carcasa que contenía el proyectil para ajustarlo al calibre real del arma y que se desprendía nada más abandonar el cañón. El sabot permitía aumentar notablemente la carga de pólvora ya que el peso del proyectil era muy inferior, lo que se traducía en unas presiones en recámara mucho más bajas con un alcance mayor. Y como colijo que a más de uno esto le sonará a chino, abriremos un paréntesis para explicarlo.

Una de las plataformas giratorias en pleno montaje. Se instalaban sobre
una gruesa cama de hormigón para resistir el enorme peso de la pieza
Hay una serie de reglas fijas en balística. Una de ellas es que si un proyectil pesa X kilos, con una carga de X1 kilos logrará un alcance A con una presión en recámara P. Si aumentamos la carga, aumenta la presión, lo que puede llevar a picos insoportables para la resistencia del arma y hacerla explotar. Por lo tanto para aumentar la carga sin subir la presión solo queda una opción: reducir el peso del proyectil o emplear una pólvora de quemado más lento, pero esta última posibilidad no es válida para las piezas de artillería porque usan un tipo de pólvora diferente al de las armas portátiles. En resumen: para hacer que un cañón de calibre 355 mm. que dispara un proyectil de 325 kilos con un alcance de 57 km. duplique ese alcance solo cabe una posibilidad, reducir el calibre y, por ende, el peso, pudiendo así aumentar la carga de proyección obteniendo una presión en recámara similar. ¿Me he explicado? ¿No? Pues la jodimos, porque no sé como exponerlo de forma más básica. En todo caso, igual alguno de sus cuñados sabe algo del tema, aunque lo dudo. Sea como fuere, lo cierto es que los sabot ideados por von Eberhard son hoy de uso común en la artillería moderna, especialmente en la munición flecha que disparan los carros de combate armados con cañones de 120 mm.

A la izquierda vemos el SMS "Prinz Eitel Friedrich", hermano también
inacabado del "Ersatz Freya", junto al acorazado clase Bayern "Württenberg"
en el puerto de Hamburgo en 1920. Obsérvense los cuatro alojamientos
para las casamatas de la artillería principal prevista para las naves
Pero Rausenberger no acababa de ver claro lo de los proyectiles sub-calibrados, entre otras cosas porque eran algo tan novedoso que sus resultados estaban aún por ver. Así pues, se inclinó por aplicar su teoría, más conservadora por cierto, que consistía en aprovechar cañones de 355 mm. y recalibrarlos con cañas de 210 mm., disparando un proyectil de alrededor de 100 kilos con el que aseguraba podría alcanzar sin problemas los 100 km. Para ello, requirió a la Kriegsmarine que le fueran entregados los nueve cañones SK/L45 de 35 cm. que estaban destinados al Ersatz Freya, un crucero de batalla de la clase Mackensen que no se llegó a construir. Rausenberger presentó el proyecto al coronel Max Bauer, con el que tenía buena amistad y, además, era el jefe de la sección de artillería del estado mayor, el cual a su vez lo pasó al mariscal Hindenbrug y al general Ludendorff para su aprobación, la cual dependía en realidad del Reichmarineamt, ya que la marina era la dueña de los cañones. Finalmente se aprobó la cesión de los cañones con la condición de que fuesen servidos por personal de la armada. Recordaremos como en la entrada anterior se especificó que las tres unidades emplazadas en Mont-de-Joie fueron manejadas por un batallón de artillería naval al mando de un contralmirante. Así pues, con las bendiciones y parabienes de los mandamases, nació el Wilhelmmunternehmen, o sea, el Proyecto Wilhelm con el que se bautizó la empresa en honor al káiser y que acabaría generando el Wilhelm-Geschütz.

La criatura en pleno parto en los talleres de la Krupp
de Essen
Apenas iniciado el proyecto, en febrero de 1917 el general Ludendorff ordenó que el alcance del cañón debía ser de 120 km. en lugar de los 100 previstos inicialmente. La orden se basaba en que el ejército imperial llevaría a cabo una retirada hacia el nordeste de París, alejando el objetivo esos 20 km. de diferencia. Esta medida supuso tener que rehacer mogollón de cálculos, especialmente en lo tocante a la Vo del proyectil, que debía ser al menos de 1.600 m/seg. cuando en aquel momento se estaban moviendo en cifras que oscilaban entre los 940 y los 1.000 m/seg. Por otro lado, el diseño original se basaba en introducir en los cañones de 35 cm. una caña calibrada a 21 cm. de 21 metros de longitud. Para alargar el tiro 20 km. más era necesario aumentar la longitud hasta los 24 metros como mínimo para aprovechar al máximo los gases de la deflagración de la pólvora, pero las máquinas de estriar de la Krupp alcanzaban solo los 18 metros. La solución que dio Rausenberger fue añadir un tramo final de ánima lisa que sería unido al cañón de ánima rayada mediante una brida. Al parecer, se fabricaron extensiones de tres longitudes diferentes, 3, 6 y 12 metros, que podían intercambiarse para modificar el alcance. El resultado final fue un cañón de 34 metros de longitud compuesto por las siguientes partes: un metro del cierre, una recámara de 3 metros, un tramo estriado de 18 metros y una extensión de ánima lisa de 12 metros. 12+18+3+1=34, ¿no?

El cañón ya montado en un afuste naval listo para abrir fuego en el campo de
Altenwalde. Este tipo de afuste permitía girar, pero pivotando la parte
delantera mientras que la trasera rodaba por un raíl. Obsérvense los enormes
contrapesos de hierro colocados sobre la recámara para compensar la
enorme longitud del cañón, así como la estructura que lo sustenta
Pero los problemas técnicos no acababan ahí. Los cálculos hechos sobre la carga se fueron al garete y hubo que rehacerlos, aumentando la carga básica de 120 kilos hasta los 200 de carga máxima, lo que generaría un aumento de 1.000 atmósferas en recámara, 4.000 contra las 3.000 probadas hasta el momento. Y como guinda del pastel, mantener totalmente recto un tubo muy fino en relación a su longitud y que, encima, pesaba más que un mulo ahogado. Resultado: una caída de 90 mm. que se solventó con el característico armazón y los tirantes que sujetaban el cañón en toda su longitud. Para hacer las correcciones pertinentes se colocaba un instrumento óptico en la recámara y un cristal esmerilado en la boca del cañón. En dicho cristal aparecía un retículo en forma de cruz que debía coincidir en el instrumento trasero, lo que se conseguía tensando los tirantes de la estructura del cañón. Una vez que se lograba alinear ambas piezas se bloqueaban los tirantes. Cabe suponer que esta medición se llevaría a cabo con cierta frecuencia debido a las distorsiones surgidas a raíz del calentamiento de la pieza, pero no hay datos al respecto.

Y a toda esta serie de interminables problemas se sumaba uno más: la munición, cuyo diseño fue un verdadero alarde de ingenio, y más tras las primeras pruebas de tiro real en Altenwalde que resultaron un verdadero churro. Estas se llevaron a cabo entre el 23 y el 24 de julio de 1917, disparando en dirección suroeste en dirección a la isla de Borkum, una lugar de poco más de 30 km² en el archipiélago de las Frisias Orientales a una distancia aproximada de 130 km. del campo de tiro. Supongo que no apuntarían a la isla, porque estaba habitada por pescadores y, además, contaba con algunas instalaciones militares. Para empezar, el disparo inicial, efectuado con un proyectil inerte por si acaso, se llevó por delante la extensión de ánima lisa, que tuvo que ser sustituida porque la enorme presión la arrancó de cuajo. Una vez solventado el problema se realizaron dos disparos más que nunca se supo dónde leches fueron a parar. Un tercero, que tras recalcular carga y ángulo de tiro pensaban que alcanzaría los 76 km. se quedó en menos de 56. Los dos siguientes se volatilizaron, cayendo sus cachos a menos de 2 km. de distancia, y tras el magnífico estreno se comprobó que el desgaste del ánima había sido muy superior a lo esperado, aunque del tema del desgaste hablaremos más tarde. Como nadie sabía a qué podrían deberse tantos fallos decidieron enviar el cañón a la Krupp, en cuyo campo de tiro de Meppen, provisto de terraplenes de recuperación, podrían ver el estado de los proyectiles para investigar los errores.

Una vez que se recuperaron los cachos de los proyectiles disparados se vio claramente donde estaba el problema. Como vemos en el gráfico de la izquierda, era un modelo diseñado por Rausenberger provisto de una aguzadísima ojiva hueca ideada para mejorar de forma notable su aerodinamismo, ofreciendo una mínima resistencia al aire. Esta ojiva estaba atornillada a un cuerpo central que, a su vez, actuaba como tapón del cuerpo principal, donde iba la carga explosiva de TNT y la espoleta. Como vemos en el gráfico, las paredes de este cuerpo principal eran especialmente gruesas, de unos 5 cm., para que resistiera la enorme fricción que sufriría al recorrer el cañón, y de ahí el poco espacio disponible para los apenas 7,7 kilos de explosivo que almacenaba. Pero el problema estaba en que, como si se tratara de un proyectil convencional, solo estaba provisto de dos bandas de forzamiento de bronce que, como recordaremos, son unos anillos (lo habitual es que lleven solo uno) destinados a tomar las estrías que lo hacen girar y, al mismo tiempo, sellan dichas estrías para impedir que los gases de la deflagración de la pólvora adelanten al proyectil, creando una turbulencia al salir por la boca del cañón que influye notablemente en la trayectoria y, por ende, en la precisión. Y la cuestión es que, debido a las altas presiones, la enorme temperatura y la elevada velocidad que alcanzaba el proyectil a lo largo de su recorrido por la parte estriada del ánima, las bandas de forzamiento simplemente se fundían, o sea, que el resultado era una trayectoria errática incapaz de acertar a un mamut con sobrepeso a medio kilómetro de distancia.

Pero al problema de las bandas de forzamiento inservibles había que añadir otro, y era la transición del ánima rayada a la lisa, en cuyo momento, con las bandas de forzamiento prácticamente fundidas, los gases adelantaban al proyectil y creaban tales turbulencias que era imposible predecir su trayectoria. En resumidas cuentas, había que rediseñar totalmente el puñetero proyectil. Como era evidente que el bronce no valía, Rausenberger optó por mecanizar las estrías en dos resaltes de la misma carcasa, de forma que al introducir el proyectil en el cañón se alojasen directamente en el estriado del mismo. Al ser de acero, en teoría debían resistir todo el estrés consecuencia del disparo. Para sellarlo, ya que este material no era dúctil como el bronce, se empleó una banda de una aleación de asbestos y estaño. El modelo resultante lo tenemos en la figura A, donde apreciamos las dos bandas estriadas. El resultado fue otro fiasco porque el sellado era totalmente defectuoso, y aunque las estrías de las bandas de forzamiento resistían el roce las turbulencias que adelantaban al proyectil le producían la misma trayectoria errática del anterior. Una vez suprimido el asbestos se colocó tras la segunda banda estriada una banda de forzamiento de bronce cuya misión sería únicamente sellar las estrías, pero sin resultados satisfactorios porque se seguía fundiendo y con los gases colándose a través de las bandas estriadas de acero, sobre todo en el momento en que el proyectil pasaba del ánima rayada a la lisa. Esto tenía un efecto añadido, que era una notable pérdida de presión que repercutía negativamente en el alcance del arma.

En noviembre de 1917 y tras tropocientos cañonazos fallidos dieron por fin con la fórmula correcta. El problema de la toma de estrías quedaba solucionado con las dos bandas mecanizadas directamente en la carcasa, pero el paso del ánima rayada a la lisa fue, las cosas como son, un alarde de ingenio. En el instante en que el proyectil entraba en el extensor, el espacio vacío que quedaba tanto en las estrías de acero como en las bandas de forzamiento de bronce permitían el paso de los gases con las consabidas consecuencias: turbulencias, pérdida de presión y disminución de la velocidad, lo que se traducía en trayectoria errática y disminución del alcance. Había que idear pues la forma de que al pasar a la extensión de ánima lisa el sellado no se perdiera. Y para ello se diseñó el proyectil que vemos a la izquierda. ¿Qué es igual a los anteriores pero con una banda de forzamiento más? Sí, pero con truco. En este caso, las dos bandas de bronce estaban montadas sobre una hilera de muescas mecanizadas en sentido longitudinal, de forma que el interior de dichas bandas quedaba encajado en ellas. Al ser los senos donde se alojaban estas muescas de un tamaño mayor, esto les permitía un leve giro de forma que al pasar de una sección del cañón a la siguiente, las de bronce girarían lo justo para mantener el sellado cerrando el paso a los gases a través de las estrías de las bandas de acero. Veamos la secuencia del disparo para entenderlo mejor:

En el gráfico inferior podemos ver el proyectil a punto de pasar a la extensión de ánima lisa. Se aprecia la brida que une las dos partes del cañón, la rayada y la lisa, y la masa de gas incandescente empujando al proyectil. Las bandas de forzamiento de bronce mantienen selladas las estrías para que los gases no adelanten al proyectil. Observemos que las estrías de las bandas de bronce y las de acero están alineadas. No olvidemos este detalle porque es importante. Por último, la línea de puntos señala la "frontera" entre las dos secciones del cañón.


En el siguiente gráfico, las bandas delanteras acaban de pasar al extensor de ánima lisa. Es el momento clave que permite que el proyectil permanezca sellado. Apenas 50 mm. después de pasar al lado liso, la banda de bronce sufre un efecto de contragiro que, en realidad, significa que al tener cierta capacidad de movimiento se detiene por una fracción de segundo mientras que el proyectil sigue girando en el sentido horario. Observemos, tal como señala la flecha, que gira unos milímetros a la izquierda, interponiéndose delante del fondo de las estrías de la banda de acero. Al mismo tiempo, la banda trasera, que aún permanece alineada, permite el paso de gases hacia el centro del cuerpo principal del proyectil, pero sin dejarlos pasar de ahí ya que las bandas delanteras han sellado por completo el cañón.


Y, finalmente, las bandas traseras pasan al lado liso, teniendo lugar en la banda de bronce un efecto idéntico a la que le precede: ha girado en sentido contrario al reloj, sellando la parte trasera del proyectil. Solo queda un remanente de gas entre ambas bandas que no supone nada en términos de efectividad. El proyectil proseguirá su avance por los 12 metros de ánima lisa sin que ninguna turbulencia ni pérdida de presión afecte para nada su velocidad ni su trayectoria. Como vemos, un derroche de tecnología que pocos habrían sido capaces de solucionar.


Esta vez, los resultados fueron enteramente satisfactorios. Los primeros disparos alcanzaron sin problemas los 100 km. de distancia, llegando a los 126 con un aumento de la carga sin que se produjeran picos de presión. Según los ingenieros presentes en la prueba, ese día las condiciones atmosféricas no habían sido todo lo buenas que hubieran deseado porque, de ser así, afirmaban que podrían haber llegado incluso a los 130 km. 

Proyectil, carga suplementaria, carga principal y vaina
contenedora de un cañón de 21 cm. Obsérvese que la vaina
mide nada menos que 125 cm. de altura
Ya solo quedaba solventar el tema del enorme desgaste que sufría el ánima debido a las altísimas presiones y a la fricción. Recordemos que al cuarto disparo de la batería nº 1 de Mont-de-Joie ya se había comido casi 7 cm. de material, y que un oficial de balística debía ir midiendo el desgaste tras cada disparo. De hecho, el desgaste se traducía en dos efectos: uno, un aumento progresivo del calibre del cañón a medida que las estrías se iban desgastando, y otro, un desgaste en el comienzo de la recámara que, según detallamos en la entrada anterior, hacía que el valor de introducción del proyectil fuese aumentando de forma paulatina. Para hacernos una idea del desgaste tan bestial que sufrían estas armas basta compararlo con el de un cañón naval de 35 cm. en condiciones normales: mientras que este último tenía una vida operativa de unos 800 disparos- lo que ninguno llegaba a efectuar en toda una guerra y les daba prácticamente para toda la vida operativa del buque donde servían- el Cañón de París debía reemplazar la caña a los 60-70 disparos, momento en que debían ser enviados a la Krupp para sustituir las cañas desgastadas por otras nuevas. Pero, para no perder prestaciones mientras llegaba ese momento, el equipo de Rausenberger había creado un ingenioso sistema para ir compensando el progresivo desgaste del ánima que, no lo olvidemos, se dejaba sentir a partir de los 4 o 6 disparos. Para ello, la munición de cada cañón se producía en serie de 20 unidades secuenciales, y cada proyectil con un calibre determinado en función del nivel de desgaste que medía el oficial de balística tras cada disparo. Estos proyectiles iban debidamente numerados para saber en qué orden debían usarse, y en las tablas que vimos en la entrada anterior figuraba la carga que debía llevar cada uno junto a los demás datos de presión, temperatura, etc. que había que tener en cuenta por cada cañonazo que se daba. Todo estaba meticulosamente calculado, hasta el extremo de que los polvorines situados cerca de los emplazamientos en el frente se mantenían a una temperatura constante de 15º para que no se viese afectada la cantidad de pólvora necesaria para cada nuevo disparo.

Aspecto actual de uno de los emplazamientos, que a este paso aún durará
posiblemente varios siglos antes de que el tiempo y la vegetación lo destruya
A partir de aquí hay que retomar la entrada anterior, cuando en el verano de 1917 se envió a un grupo de observadores del Oberste Heeresleitung en busca del lugar más adecuado para emplazar los tres primeros cañones, que empezaron a batir la capital gabacha el 23 de marzo del año siguiente. Rausenberger afirmaba que podría haber reconvertido varios cañones más para mantener París bajo fuego artillero durante un año entero, e incluso se estaba proyectando una extensión de ánima lisa de 15 metros que habrían permitido alargar el tiro hasta los 142 km., con lo que podrían haber bombardeado Londres desde las costas de Calais llegado el caso. Por otro lado, también se estaba estudiando un nuevo proyectil que sustituyera el de 210 mm., cuyos efectos eran poco más que psicológicos, por uno de 305 mm. de 300 kilos y un alcance de 170 km. Pero, como ya sabemos, el término de la guerra puso fin a toda esta serie de proyectos. 

El cañón en su posición más elevada
Los cañones en servicio fueron rápidamente enviados a Alemania, donde fueron fundidos para no dejar ni rastro de ellos. Las cañas de repuesto disponibles también fueron reducidas a virutas, y con ellas toda la documentación habida y por haber para que nada pudiera llegar a manos de los aliados, que por cierto ofrecían jugosas recompensas a los que facilitaran información sobre el Cañón de París. Incluso se prohibió por parte del gobierno alemán la publicación de las memorias de Rausenberger cuando este palmó en 1926, si bien hubo personal del equipo técnico que pasó cantidad de información al coronel yankee Henry Miller, que en 1930 publicó en Londres el único libro sobre esta peculiar arma. Los tedescos que se fueron de la lengua fueron procesados por un tribunal de Leipzig y les metieron un paquete de aúpa por boquiflojos, pero colijo que el tal Miller debió untarles a base de bien para que soltaran información. No fue hasta 1988 cuando el ingeniero canadiense Gerald Bull pudo hacerse con las memorias inéditas de Rausenberger y publicar otro libro al respecto. Por cierto que este personaje, que al parecer colaboró con el extinto Sadam Hussein, fue liquidado por el Mosad por ser amiguito del siniestro dictador iraquí. Las amistades peligrosas, ya se sabe...

Cañón ya montado en la posición de Mont-de-Joie. Obsérvese el cuidadoso
camuflaje a base de vegetación al que se añadían redes llegado el caso
Bien, así se gestó el controvertido Cañón de París, cuya vida operativa fue de apenas unos meses, desde finales de marzo de 1918 hasta el Armisticio, disparando un total de 393 proyectiles, todos sobre París. Y como ya me he enrollado bastante por hoy, dejaremos para otro día las acciones en las que intervino y una serie de conclusiones finales acerca de su dudosa relación costo/eficacia. Sea como fuere, lo cierto es que fue un reto que en la época en que tuvo lugar dejó claro a todo el mundo que la capacidad tecnológica de los tedescos estaba muy por encima de la que disponían los Aliados. Hoy sabemos que la aviación resultaba mucho más eficaz en todos los sentidos, pero desconocemos hasta dónde podrían haber llegado disparando cañones que igual podrían poner un proyectil de varios cientos de kilos a 200 km. por detrás de las líneas enemigas, que no es moco de pavo.

Bueno, con esto concluimos. El 2019 queda oficialmente inaugurado, amén de los amenes.

Hale, he dicho

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Espléndida foto que nos permite apreciar con todo detalle el cañón montado sobre una plataforma giratoria. 

domingo, 30 de diciembre de 2018

El Cañón de París entra en acción



Dilectos lectores, el 2018 está a punto de irse al carajo. Pero lo horripilante es que parece que empezó ayer, así que miedo me da pensar cómo pasará de rápido el 2019 para, en un año más, empezar con la tercera década del siglo XXI. Bueno, ya sabemos que el tiempo es el enemigo inexorable del hombre y tal, así que ajo y agua. Dicho esto, comencemos.

Postal que muestra la única plataforma hallada intacta por los aliados en
Chateau-Thierry. Obsérvese que la clasifican como el emplazamiento
de un Bertha porque, simplemente, no tenían conocimiento del monstruo.
De hecho, esa en concreto no fue usada por un Wilhelm-Geschütz, sino
por un Langer Max de 380 mm. Ambos cañones usaban el mismo modelo
Aprovechando esta época gozosa en que los pequeños orcos del vecindario se dedican a alterar mi delicado biorritmo contraviniendo la normativa municipal respecto a los fuegos de artificio ante la total pasividad de la policía municipal, que en vez de mandar a sus abominables progenitores encadenarlos en algún sótano les ríen las gracias, nada mejor para finiquitar el 2018 que un petardo a lo bestia, el Lange 21 cm. Kanone Wilhelm-Geschütz, más conocido como Paris Gun o confundido por los aliados con el Langer Max e incluso con alguna nueva versión del Bertha, del que ya hablamos en su día. Porque la realidad es que el Cañón de París fue quizás el secreto mejor guardado de la Gran Guerra, hasta el extremo de que no se sabe con exactitud cuántos ejemplares se fabricaron, ni se pudo encontrar ni rastro de ellos tras el Armisticio, ni planos, ni documentación sobre su diseño, movimientos, etc. La única prueba tangible de su existencia, aparte de los testimonios fotográficos, fueron los tendidos ferroviarios que las unidades de ingenieros del ejército imperial construyeron para poner a tiro nada menos que la capital del enemigo, París. Pero la cosmopolita urbe gabacha (Dios maldiga al enano corso) no estaba a los 47 km. del frente que la pondría dentro del alcance de la artillería pesada tedesca, sino un poco más lejos. Concretamente, la distancia entre París y la zona más cercana de las posiciones alemanas era de unos 120 km. hasta el centro de la ciudad. Lejos de cojones, ¿que no?

Uno de los protagonistas de esta historia en su emplazamiento con parte del
personal necesario para ponerlo en orden de combate, que eran
unos 90 hombres
En aquella época, hablar de una pieza de artillería con un alcance semejante sería como si, de repente, todos los políticos de España se volviesen honrables y decentes y todos los cuñados buenas personas, o sea, una quimera, algo imposible, impensable. Pero, por lo que llevamos visto en las diversas entradas en las que hemos mencionado la capacidad de los tedescos para idear chismes enormemente dañinos, no era ninguna invención de la propaganda, sino una implacable realidad: la capital de la república gabacha estaba al alcance de la artillería enemiga, y ya no les hacía falta arriesgar sus valiosos aeroplanos para sembrar muerte y destrucción + IVA entre el atribulado vecindario que, inicialmente, no podía ni imaginar de qué iba la cosa. Así pues, y conforme a mi sacrosanta costumbre de hacerlo todo al revés, de forma caótica y sin método alguno, pues en vez de contar en primer lugar cómo se fraguó el puñetero cañón daremos cuenta de su puesta en escena, que ciertamente fue bastante ruidosa, casi tanto como los malditos petardos que esos malvados orientales venden a los pequeños orcos para dar el coñazo de forma inmisericorde. Pero que nadie se angustie, que el 2019 lo inauguraremos con los entresijos del Wilhelm-Geschütz, el cañón del káiser con el que el otrora poderoso ejército imperial puso las peras a cuarto a los aliados y, a pesar de estar ya extenuado y casi al borde del colapso, aún tuvo energías para acojonar sobremanera a los poilus y los british (Dios maldiga a Nelson) con aquel chisme salido de la nada y que, llegado el caso, podría incluso provocar un vuelco en el desarrollo de la contienda. 

El ataque inaugural se llevaría a cabo con tres piezas que serían emplazadas en el bosque de Saint-Gobain, concretamente en la ladera de Mont-de-Joie, cerca de la vía ferroviaria de Rheims-Amiens, al norte de un villorrio llamado Crépy-en-Laonnois. El motivo de elección era bastante simple: Mont-de-Joie, que paradójicamente significa monte de la alegría, estaba en el saliente más cercano a París tras el retroceso de las líneas tedescas después de la batalla del Somme. Durante el verano de 1917 el Oberste Heeresleitung (Alto Mando del Ejército) ordenó la construcción de tres ramales ferroviarios que partirían desde la estación de Crépy hacia Mont-de-Joie, donde se construirían las  plataformas giratorias que permitirían orientar cada pieza. Para ello había que desbrozar una superficie rectangular de unos 20 metros de ancho por 45 de largo. En el mapa superior vemos los tres emplazamientos debidamente numerados. El nº 3, el situado más abajo, era el más cercano al objetivo elegido como referencia, la catedral de Notre Dame, en la Île de la Cité, situado exactamente a 119,082 km. El nº 2, más arriba, en el centro, estaba a 119,845 km., y el más lejano, a la derecha, el nº 1, a 120,109 km. En el círculo azul señalamos la estación de Crépy. El manejo de los cañones se encomendó a la artillería naval, concretamente el 1100 Fußartillerie Bataillon al mando del contra-almirante Maximilian Rogge. El entorno boscoso permitiría camuflar sin problemas las instalaciones de forma que quedaran fuera de la vista de la aviación enemiga que, de vez en cuando, se daba un garbeo por la zona haciendo más fotos que un turista coreano a la Giralda.

Una de las tablas de cálculo de tiro donde aparecen
el alcance, la presión, la temperatura del propelente,
etc. El alcance máximo se obtenía con una elevación
de 55º. Como vemos en la tabla era de 128 km.
Trabajando a marchas forzadas, se decidió que la plataforma nº 1 debía ser terminada en primer lugar para empezar la fiesta lo antes posible y hacerla coincidir con la Kaiserschlacht, dando guerra mientras que los zapadores concluían las otras dos. Montar aquellos chismes no era ninguna tontería porque, aparte de las tropas de ingenieros, debían intervenir los técnicos de la Krupp- los fabricantes de las armas- para organizar el montaje de los cañones, más los expertos en cuestiones de balística al mando del comandante Kinzel. Disparar aquellos monstruos requería cálculos mucho más complejos que los de un simple obús de campaña ya que había que considerar multitud de factores en los que intervenía desde la temperatura de la pólvora al efecto Coriolis o la curvatura de la corteza terrestre, que hacía que la diferencia de distancia de un objetivo situado en plano a 120 km. fuese de unos 800 metros más. De hecho, tuvieron incluso que recurrir a geógrafos del ejército para señalar en cada emplazamiento el punto cero orientado exactamente al norte para poder calcular los datos de tiro con la brújula con que se equipaba a cada uno de ellos. Incluso se proveyó a los cañones de medidores de presión con los que, gracias a unas tablas, podían calcular con bastante precisión el lugar de impacto ya que con ellas obtenían la distancia recorrida por el proyectil. Vamos, que no era un tema apto para párvulos o políticos.

Uno de los emplazamientos perfectamente
camuflado entre los árboles de Mont-de-Joie
A comienzos de marzo de 1918, el emplazamiento nº 1 estaba listo para entrar en acción. Como complemento, se habían distribuido en toda la zona frontal de Mont-de-Joie tubos lanza-humos para ocultar la sorpresa que estaban preparando, aparte de distribuir baterías antiaéreas para proteger los cañones y artillería de grueso calibre, esta con dos intenciones: una, protegerlos de un ataque enemigo en caso de ser descubiertos, y dos, abrir fuego al mismo tiempo que el Wilhelm-Geschütz  para que el enemigo no fuese capaz de identificarlo entre el fragor artillero. Para coordinar el fuego con la artillería de apoyo se habían previsto líneas telefónicas de forma que todas las baterías estarían conectadas con el emplazamiento nº1, desde donde partiría la orden de abrir fuego para hacerlo al unísono. Y a todo ello sumaron un cuidadoso camuflaje tanto de las piezas como de los emplazamientos, los barracones e incluso de los ramales ferroviarios que debió funcionar a la perfección, porque el 6 de marzo sobrevolaron la zona varios aviones gabachos sacando fotos y no fueron capaces de detectar absolutamente nada. El personal se escabulló bajo las redes de camuflaje, y nadie movió ni un pelo del bigote hasta que el ruido de los aparatos se alejó de la zona. 

El padre de la criatura, el profesor Fritz Rausenberger
(1868-1926), jefe del departamento de artillería
de la Krupp 
El 23 de marzo estaba todo listo para el disparo inicial. La Kaiserschlacht había comenzado dos días antes y la dotación del L/21 llevaba ya un par de semanas entrenándose en su manejo. Aunque por sus dimensiones pueda parecer que recargar semejante trasto podía ser enormemente engorroso, la realidad es que su calibre era inferior al de muchas piezas de artillería naval, y el proyectil pesaba solo 106 kilos con una carga explosiva de 7,7 kilos de trinitrotolueno. La pólvora era envasada en bolsas que se introducían en vainas de latón que, en teoría, podrían ser reutilizadas tras cada disparo. O sea, que la capacidad destructiva del Wilhelm-Geschütz no se aproximaba ni remotamente a la de un cañón naval de 380 mm. como los usados en la marina tedesca, por no hablar del obús Gamma de 420 mm. pero, a cambio, tenía un alcance casi tres veces mayor que el Langer Max, lo que permitiría a los belicosos germanos tener a tiro cualquier instalación, base de aprovisionamiento, puerto, etc. sin que los enemigos pudieran contrarrestarlo con su propia artillería, teniendo como única opción llevar a cabo incursiones aéreas que, lógicamente, podrían ser rechazadas con los cazas y los cañones antiaéreos desplegados alrededor de los emplazamientos. Por lo tanto, aunque no fuera un arma especialmente destructiva, el impacto psicológico sobre el enemigo y, en especial, entre la población civil, podía ser demoledor como hoy día lo es un misil balístico. Una de las cosas que más atacan a la moral es saber que se está dentro del radio de acción de las armas enemigas, y que en cualquier momento puede uno verse convertido en comida para peces como si tal cosa.

Maqueta de un emplazamiento con plataforma giratoria. Obsérvese que,
además de la vía para transportar el cañón, había que colocar una a cada
lado para poder mover la grúa empleada para su montaje
El día 23 amaneció con una ligera niebla que actuaría de pantalla protectora al cañón. Contrariamente en París, 120 km. al suroeste, empezaba un maravilloso día primaveral con el cielo despejado y un sol esplendoroso. A las 7 de la mañana el personal salía de sus casas para emprender la última jornada laboral de la semana, y las calles empezaban a atestarse de gente, vehículos de todo tipo, y el metro se ponía en marcha para trasladar a los currantes a sus respectivos trabajos. Recordemos que en aquella época aún no se había inventado esa maravilla de dar de mano, al menos la mayoría, los viernes por la tarde. Y mientras que los parisinos, que en aquella época andaban por los tres millones, leían en el periódico las últimas novedades acerca de la nueva ofensiva alemana iniciada dos días antes, en el emplazamiento nº 1 de Crépy se efectuaban las últimas comprobaciones para proceder a cargar el monstruo. Se ajustaron los aparatos de medición, se revisaron por enésima vez los mecanismos de disparo y elevación y, finalmente, se procedió a iniciar la carga, que se dividía en dos partes: una de 70 kilos en el fondo de la vaina contenedora y otra superior que se calculaba en base a la temperatura de la pólvora y del arma. En este caso, al estar demasiado fría, se pesaron y envasaron 50,5 kg. como carga secundaria, por lo que la vaina contendría nada menos que 120,5 kilos de nada.

Otra postal que muestra los misteriosos restos del "emplazamiento de un
Bertha que disparó sobre París
". En este caso se trata del foso de una de
las plataformas de Crépy usadas durante el bombardeo inicial.
Obsérvense el descomunal tamaño de los tornillos y las tuercas que
fijaban la plataforma a la base de hormigón
Una vez preparada tanto la carga como el proyectil, ambos fueron colocados en una vagoneta que los llevaría hasta la grúa elevadora. Mientras tanto y en base a que el parte meteorológico indicaba que la niebla matinal se iría disipando a medida que avanzase el día, se ordenó activar los tubos lanza-humos para que en ningún momento pudieran ser visibles por la aviación o los globos de observación de la artillería enemiga. Recordemos que París estaba en la gran puñeta, pero la línea de frente se encontraba a menos de 20 km. al sur, por lo que el enemigo podría localizarlos llegado el caso. En cuanto el proceso de carga concluyó se ajustó un medidor de presión en la culata del arma, se procedió a orientarla hacia el objetivo y, finalmente, se contactó por teléfono con las baterías de apoyo para abrir fuego todos a una. A las 07:17 horas, un estampido bestial acompañado de una enorme llamarada anunciaba al mundo que, en breve, caería sobre el planeta el primer objeto fabricado por el hombre a la mayor altura desde el comienzo de los tiempos. Es decir que, salvo los meteoritos, nunca antes había caído nada sobre la Tierra desde una altitud semejante.

Secuencia del disparo durante la fase de ensayos. La llamarada debió alcanzar
los 40 metros de largo. Fíjense en el personal tapándose las orejas para no
verse con los tímpanos vaporizados
El proyectil de 106 kilos había salido camino de París a una velocidad de 1.603 metros por segundo o, lo que es lo mismo, 5.772 km/h., generando una presión en recámara de 3.709 atmósferas. Para hacernos una idea de lo que significa eso podemos compararla con la presión a la que someten en los bancos de pruebas a las escopetas de calibre 12, entre 700 y 1.200 atmósferas. El oficial de tiro no apartaba la vista del cronómetro para saber cuándo habría llegado a destino el proyectil, que a los 25 segundos de producirse el disparo se había elevado ya a una altitud de unos 19 km. La densidad del aire había reducido su velocidad hasta los 900 m/seg., pero a medida que se elevaba dicha densidad desaparecía ya que estaba previsto que alcanzase una altitud máxima de unos 38 km., donde se puede decir que volaba en el vacío. En ese momento, su velocidad era de apenas 685 m/seg. que, no obstante, es el doble de la Vo. de un proyectil de 9 mm. Parabellum. A partir de ahí comenzaría el descenso en el que volvería a ganar velocidad hasta recuperar los 900 m/seg. El vuelo duró casi tres minutos. Concretamente, 176 segundos fue lo que el proyectil tardó en recorrer los 120 km. que lo separaban de su objetivo tras elevarse a casi 40 km. de altura. Una bestialidad, ¿que no?

El nº 6 de Quai de la Seine donde estalló el primer proyectil
A las 07:20 el proyectil cayó en Quai de la Seine, una calle situada en el barrio de Villette, al NE de la ciudad, y que transcurre paralela al Sena a lo largo de 850 metros. La explosión tuvo lugar concretamente a la altura de la casa nº 6 de dicha calle abriendo un pequeño cráter y haciendo saltar los cristales de las ventanas de las cercanías. En una enorme ciudad en plena actividad como París solo escucharon la detonación la gente que estaba relativamente cerca y la mayoría no le dieron mucha importancia ya que varios días antes se había producido un percance en la fábrica de granadas de mano de La Courneuve, y las autoridades habían dado aviso de que habían quedado unidades sin estallar. Por ese motivo, desde el día del suceso se venían escuchando explosiones aisladas cada vez que localizaban una y los artificieros la detonaban, así que una explosión más pasaba prácticamente desapercibida. Solo los que estaban cerca del lugar de la explosión se dieron cuenta de momento que aquello era algo más gordo, así que la idea que saltó en sus magines de forma automática era que se trataba de un ataque aéreo. Todas las miradas se elevaron al cielo en busca de aviones o dirigibles, pero en el luminoso cielo parisino solo había gorriones y vencejos, y esos no solían lanzar bombas.

Así más o menos debieron verse los parisinos tras las explosiones, mirando
al cielo y dando por hecho que se trataba de una incursión aérea
Y mientras los parisinos se percataron de que algo raro estaba pasando, en el emplazamiento nº 1 ya habían colocado el cañón en posición para recargarlo. Al abrir la recámara vieron que la vaina se había fundido excepto el culote, así que de reutilizarla nada de nada. Por otro lado, se comprobó que la presión generada había sido inferior a la que habían calculado, lo que fue achacado a que el arma estaba aún fría. Como comentamos anteriormente, la presión registrada fue de 3.709 atmósferas cuando debería haber sido de 4.068, por lo que se añadieron 3,4 kilos de pólvora a la carga del segundo disparo. El oficial de balística hizo sus cálculos y dedujo que el proyectil había recorrido una distancia total de 113,05 km., aterrizando precisamente en Quai de la Seine salvo que el viento hubiese desviado en exceso el proyectil. Para cargar el siguiente, el oficial de tiro tenía que medir con un instrumento especial el calibre del ánima tras el primer disparo porque el desgaste que padecía era tan bestial que el valor de introducción del proyectil variaba de uno a otro. Es más, en previsión de este desgaste tenían preparados proyectiles de diversos calibres debidamente numerados para introducirlos a medida que fuera necesario por el aumento de calibre del cañón. Y mientras los parisinos seguían mirándose unos a otros sin entender de dónde había salido aquella cosa, a las 07:37, veinte minutos después del primer disparo, tuvo lugar el segundo.

Efectos de la segunda explosión: un pequeño cráter y un kiosko de prensa
destrozado que vemos a la derecha. Sin embargo, sí hubo que lamentar
las primeras víctimas por ser un lugar con gran afluencia de gente
En París, el vecindario ya había empezado a dar aviso a la policía, que acudieron a tomar nota de lo ocurrido. Algunos probos ciudadanos les entregaron restos de la carcasa que, por su grosor de unos 5 cm., era improbable que fuesen de una bomba de aviación. Pero como era impensable que fuesen de un proyectil de artillería, el estupor fue en aumento porque nadie tenía ni puñetera idea de qué era aquello ni de dónde habían podido lanzarlo. Lo único que se les ocurrió pensar es que se trataba de algún tipo de proyectil arrojado desde un dirigible a una altura tal que se quedaba fuera de la vista del personal. Las dudas aumentaron cuando estalló el siguiente proyectil a las 07:40 en el Boulevard de Strasbourg delante de la Gare de l'Est, la Estación del Este de París, que a aquellas horas era una zona atestada de personas que iban a sus trabajos y tal. A menos de 30 metros del lugar de la explosión había además una entrada al metro, así que esta vez sí hubo mogollón de testigos. La onda expansiva reventó los cristales de toda la zona y, por desgracia, en esta ocasión si hubo bajas civiles. Ocho personas resultaron muertas y trece heridas de diversa consideración, y esta vez la gente se acojonó y salieron echando leches en busca de refugio, pensando también que se trataba de un ataque aéreo. Porque la cuestión es que, debido a la escasa carga de explosivo del proyectil, al lejano fragor de la batalla que tenía lugar y a que hablamos de una gran ciudad en plena actividad, solo los que estaban cerca de la explosiones podían constatar que estaba ocurriendo algo fuera de los normal. Según algunos poilus que pudieron escuchar las detonaciones, las compararon con las de un proyectil alemán de alto explosivo de 7,7 cm.

Reconstrucción de uno de los
proyectiles con los fragmentos
aportados por la población
Y a pesar de que todo el mundo seguía pensando que se trataba de un bombardeo aéreo, entre los fragmentos que la población fue entregando a los gendarmes había un trozo de cobre muy caliente y lleno de acanaladuras. Era una banda de forzamiento, o sea, lo que obliga al proyectil a tomar las estrías del ánima, por lo que era evidente que solo un cañón podía haberlo disparado pero, ¿dónde leches se encontraba el cañón si el frente estaba a 100 km. de distancia? Y, por otro lado, las 21 bajas producidas ya no eran ninguna tontería. La noticia empezó a correr de boca en boca y los periodistas se acercaron a la Estación del Este a recabar testimonios para lanzar ediciones especiales (era habitual en la prensa de aquella época sacar ediciones extra cada vez que ocurría algo fuera de lo normal. No había un internet que te permite saber que un esquimal tiene urticaria al cabo de dos minutos de sentir el picor por el cuerpo). Se dio aviso al cuartel general del ejército en Provins para preguntar por qué no se había dado aviso de que aviones alemanes habían pasado por allí camino de París, pero en Provins no sabían una papa de nada. De inmediato despegaron varios aviones en busca de los supuestos atacantes, pero por mucho que ascendieron para dar con un dirigible o una escuadrilla de bombardeos no encontraron nada. Y, para rematar la cosa, la censura militar estaba de los nervios porque algunas ediciones extras ya estaban en circulación contando tropocientos bulos sin confirmar y las autoridades sin saber aún lo que estaba pasando. Los fragmentos entregados por el vecindario fueron enviados a toda prisa al Servicio de Defensa de París para que fueran examinados por expertos en artillería a ver si lograban averiguar algún dato fiable. En fin, la cosa se estaba poniendo emocionante porque, ante la duda, no se atrevían a ordenar que se hicieran sonar las sirenas de las alarmas aéreas. Tres millones de personas aterrorizadas dando carreras de un lado a otro en busca de refugio sin saber de qué se debían refugiar era para pensárselo detenidamente, así que optaron por esperar.

Proyectil de 210 mm. del Cañón de París. Su longitud era de 113 cm.
Ya hablaremos a fondo de sus entresijos en la próxima entrada
A las 08:02 tuvo lugar la tercera andanada, que cayó en la calle de Château-Landon tres minutos más tarde. En esta ocasión pasó prácticamente desapercibida porque el proyectil aterrizó en un edificio de reciente construcción fabricado de hormigón. Tras atravesar la techumbre, la enorme velocidad del proyectil hizo que la espoleta de contacto se activara cuando ya estaba dentro del segundo piso, que quedó arrasado mientras que en de la planta baja ni se rompieron los cristales. Solo los que vivían en los alrededores tuvieron constancia de esta tercera explosión. A las 08:14 se disparó por cuarta vez, y en las mediciones de desgaste se comprobó que el valor de introducción había aumentado hasta los 7 cm. nada menos, lo que permitió calcular que la vida operativa de la caña sería de unos 60 disparos, tras los cuales debería ser sustituida por otra nueva. La cuestión que planteaba este tipo de artillería monstruosa estaba precisamente ahí, en si era verdaderamente viable la relación costo/eficacia, y si la destrucción producida compensaba los enormes gastos, inconvenientes y trabajos que suponía extraer una caña desgastada de 30 metros de largo para sustituirla por otra. Además, el desgaste que se producía tras cada disparo obligaba a tener que recalcular todos los datos de tiro, desde la carga de pólvora a la elevación, deriva, etc., por lo que pretender obtener una precisión aceptable era cuasi imposible.

Foto comparativa que permite apreciar
las dimensiones del proyectil, la
vaina contenedora y las cargas de pólvora
Este cuarto disparo cayó a las 08:17 sobre una vivienda de la calle Charles V, matando a una persona que había en su interior y aumentando a nueve el número de bajas mortales. Finalmente, y tras varias explosiones más, las autoridades decidieron actuar. A las 09:15 se hicieron sonar las alarmas, y ya nadie en todo París puso en duda que algo verdaderamente extraordinario estaba ocurriendo porque aún se creía que se trataba de una incursión aérea, pero nadie había visto aviones o dirigibles ni se tenía noticia de que los cazas que partieron en su busca hubieran vuelto con alguna información al respecto. Ningún aparato alemán había sido avistado. A las 09:30 los artilleros hicieron saber a las autoridades que, en base a los restos que había estudiado, pertenecían indudablemente a proyectiles de artillería disparados por un arma que les imprimía una altísima velocidad inicial. Eso estaba ya fuera de toda duda, pero lo que aún era un misterio era desde dónde les estaban disparando. Por otro lado, y en base a la trayectoria de los impactos, calcularon que debían provenir de alguna zona cercana a Crépy, a más de 100 km., porque era el punto más cercano con las líneas tedescas, pero no porque la lógica indicase que pudiera ser así. Y como algo había que decir a la población para serenar los ánimos, se decidió emitir el siguiente comunicado:

A las ocho y veinte de esta mañana, algunos aviones alemanes que volaban a gran altura lograron cruzar las líneas y atacar a París. Fueron inmediatamente perseguidos, tanto por los aviones de la Defensa de París como por los del frente. Varios de los puntos de caída de sus bombas han sido reconocidos y hay algunas víctimas. En un comunicado posterior se especificarán los resultados y los detalles del ataque.”

Además, se secuestraron todas las ediciones extra que pudieron, pero con magros resultados porque nada más salir a la calle volaban literalmente de manos de los vendedores por una población ávida de noticias sobre aquel extraño suceso.

Imagen del bosque de Saint-Gobain actualmente. Los círculos señalan los
lugares de los emplazamientos en Mont-de Joie. La flecha señala la estación
de Crépy, y la línea roja el trazado del ferrocarril. Compárese con el mapa
anterior en el que se muestra la misma zona en 1918
A las 10:52 se habían realizado ya quince disparos. El cañón estaba muy caliente y el punto de asentamiento del proyectil había avanzado hasta los 30 cm. nada menos, lo que suponía un 25% de desgaste del ánima. El jefe de la pieza ordenó cesar el fuego para que los técnicos de la Krupp pudieran examinar a fondo el cañón y permitir que se enfriara. Mientras tanto, un enlace llegó hasta el emplazamiento para informar que el mismísimo káiser visitaría la posición a las 13:00, lo que suponía todo un acontecimiento como es lógico. El monarca llegó un poco antes y tras las salutaciones y peloteos de rigor, a las 12:57 se reinició el fuego. Tras presenciar varios disparos más, el káiser se largó muy sonriente de ver como aquella monstruosa pieza de artillería con su nombre pegaba unos petardazos bestiales. A las 13:30 la niebla había desaparecido, a lo lejos se atisbaban los globos de observación de los gabachos así como varios aparatos dando vueltas en busca del cañón misterioso, por lo que se decidió cesar el fuego hasta el día siguiente. El último disparo se realizó a las 14:42.

En total se efectuaron 25 disparos que causaron 45 bajas, 16 muertos y 29 heridos, y además le dieron el día a una pareja de novios que, justo cuando salían de la iglesia la mar de contentitos, les cayó uno justo enfrente sin que afortunadamente causara bajas entre los presentes, lo que no dejó de provocar cierta pesadumbre al novio, que veía como su flamante cuñado escapaba ileso. La ciudad quedó paralizada durante dos horas desde que se hizo sonar la alarma, que cesó a las 16:30. Tuvieron que pasar dos horas más para que la gente se atreviese a salir de sus refugios- a muchos hubo que echarlos de los túneles del metro porque decían que no salían de allí ni a tiros-, y todos se quedaron bastante mohínos cuando se emitió un nuevo comunicado que decía así:
El enemigo ha disparado sobre París con un arma de largo alcance, comenzando el ataque a las ocho de la mañana con intervalos de un cuarto de hora. Los proyectiles, de 240 mm. de calibre (obviamente era un cálculo basado en los restos hallados), han caído sobre la capital y sus suburbios. Hay alrededor de una docena de muertos y unos quince heridos. Se están tomando medidas para contrarrestar el arma. 
Mapa de París con los lugares donde cayeron las bombas. La línea roja marca
la trayectoria de donde procedían los disparos. La cruz blanca señala la
posición de Notre-Dame, el punto de referencia del blanco, y la flecha
negra señala el lugar de Quai de la Seine donde cayó el primer proyectil
Esto quería decir que ya no solo debían temer a la aviación tedesca, que unos meses antes, en la noche del 30 al 31 de enero, les habían hecho una desagradable visita en forma de 144 bombas, sino también a sus cañones. Con todo, tras aquel primer día de bombardeo hubo un detalle que llamó poderosamente la atención a los gabachos, y es que, a la vista de las zonas alcanzadas, parecía que no buscaban acertar en puntos concretos, ni en ningún momento se habían aproximado a objetivos de valor militar. Simplemente habían sembrado un reguero de explosiones en dirección nordeste sudoeste que, eso sí era innegable, habían producido un impacto notable en la población civil. Pero la fiesta acababa solo de empezar. Al día siguiente se retomó el ataque, que se prolongó hasta el 1 de mayo con un total de 206 proyectiles de los cuales 97 cayeron en el núcleo urbano y el resto en los suburbios. Posteriormente, los emplazamientos se trasladaron a Beaumont y a Bruyères para, finalmente, volver a Crépy, donde prosiguieron bombardeando París hasta el 9 de agosto. En total, el Wilhelm-Geschütz causó 256 muertos y 625 heridos que, en sí, fueron unas cifras ridículamente bajas para un ataque que duró 44 días, pero a nivel psicológico sus efectos fueron abrumadores. El día más negro fue el 29 de marzo, que encima caía en Viernes Santo, cuando un proyectil acertó de lleno en la iglesia de los Santos Gervasio y Protasio en plena misa, matando a 91 personas e hiriendo a 68.

Interior de la iglesia de los Santos Gervasio y Protasio. El proyectil atravesó
las bóvedas y estalló dentro del recinto atestado de fieles
En fin, así fue el estreno del Cañón de París. Como vemos, sus efectos no fueron precisamente apocalípticos, pero lo cierto es que los tedescos hicieron un verdadero alarde de tecnología al ser capaces de fabricar semejantes monstruos que, a pesar de su relativa eficacia a nivel militar, sentó un precedente que fue posteriormente retomado durante el rearme alemán y la siguiente contienda mundial con piezas monstruosas como el Leopold, el mortero Karl o el Dora, el cañón más grande jamás fabricado. Por cierto, todos los intentos por parte de los gabachos para neutralizar los emplazamientos de Crépy-en-Laonnois fueron inútiles. Ni su artillería ni su aviación fueron capaces de causarles ni una sola baja. 

Bueno, criaturas, ya'tá. El año que viene proseguiremos con esta historia, amén y esas cosas que se dicen.

Hale, he dicho

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