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miércoles, 4 de agosto de 2021

ARMAMENTO DE FRANCOTIRADORES EN LA GRAN GUERRA. ESTADOS UNIDOS


Probo homicida yankee posando con su Springfield 1903 equipado
con un visor Winchester A5

Durante estas semanas de letargo he aprovechado para repasar algunas etiquetas y, entre otras cosas, veo que se echa en falta una serie dedicada al armamento de los francotiradores. Hemos hablado con pelos y señales de los ardides y apostaderos sutilmente camuflados en el entorno para escabechar más y mejor a los enemigos pasando desapercibidos, hemos hablado del armamento usado por los primeros francotiradores allá por el siglo XIX, pero no hemos dedicado nada a los fusiles y visores que usaron estos probos homicidas con sangre de horchata durante la Gran Guerra donde, como sabemos, tuvieron cuatro largos años para aprender todo lo aprendible y, de ese modo, acumular conocimientos para futuros conflictos. Es más que evidente que eso de que un solo ciudadano-tirador pudiera aplastar contra el suelo a toda una compañía sin que nadie tuviera valor para separar la nariz del suelo y dejarlos en tan incómoda posición durante horas era bastante rentable, y no hablemos de los fastuosos efectos que ejercían sobre la moral de la tropa cuando, en la aparente seguridad de las trincheras, veían caer a un colega literalmente fulminado para, un segundo después, oír el sonido del disparo. El occiso había bajado la guardia durante los tres segundos que se consideraban necesarios para que un francotirador avistase su cabeza, que sobresalía un poco sobre el parapeto, apuntase y apretase el gatillo. Como es evidente, los que habían presenciado tan luctuoso suceso se quedaban bastante mohínos, especialmente los que tenían que quitar los restos de sesera del difunto de la pared de la trinchera y llegaban a la conclusión de que aquella guerra era, como todas, un asco. En fin, vamos al grano y, como es habitual, empezaremos por el final, o sea, por los últimos en sumarse a la fiesta, los yankees (Dios maldiga a Hearst).

Francotirador alemán. Armado con uno de los mejores fusiles del mundo
equipados con una óptica insuperable, tras tres años de guerra habían
desarrollado una técnica que dejó a los yankees un poco inquietos

Los sobrinos del tío Sam no llegaron a Europa sin saber lo que se cocía allí si bien no se esperaban que el Frente Occidental fuera un sitio tan desagradable. Antes de eso, con el único ejército moderno que se habían batido el cobre fue con el español, aprovechando que nuestro otrora inmenso imperio estaba en las últimas, y con la nación totalmente agotada tras décadas de guerras civiles, revoluciones y demás desastres que nos llevaron a la ruina. No obstante, poco les faltó para tener que reembarcar a sus tropas cuando se vieron las caras con los exhaustos soldados hispanos en las Lomas de San Juan, pero eso es otra historia. Lo cierto es que estos WASP llegaron al Viejo Continente para corroborar que los tedescos era más peligrosos que las tribus indias, que tenían cientos de miles de hombres esperando la ocasión de aliñarlos con sus enormes cañones, sus mortíferas ametralladoras y, por supuesto, sus francotiradores que, provistos de fusiles Mauser equipados con visores con la mejor tecnología del momento, llevaban ya más de tres años sembrando de cadáveres las trincheras enemigas. No obstante, los yankees ya habían tomado buena nota de lo útil que eran los francotiradores, como vimos en las entradas dedicadas a los sharpshooters de su guerra civil que los convirtió en realidad en el primer ejército en hacer uso masivo de tiradores selectos. Obviamente, les hacía falta una buena guerra para ponerse al día, porque siendo como eran pioneros en el uso de este tipo de tropas, la verdad es que se habían dormido en los laureles, empezando por el fusil.

Tropas españolas en Cuba armadas con el Mauser 1893. Estos
hombres no eran las tribus con que estaban habituados a luchar,
y cualquier hispano canijo y depauperado le daba cien vueltas
a estos anglosajones que, aún hoy día, para neutralizar a un
tirador enemigo solicitan un ataque aéreo que cuesta millones

En la guerra de Cuba ya pudieron comprobar que el Mauser usado por los españoles le daba cien vueltas al Krag-Jorgensen en calibre 30-40 Krag, cuyas prestaciones- tanto del arma como de la munición- eran claramente inferiores. Así pues, llegaron a la conclusión de que no merecía la pena inventar nada, sino limitarse a seguir los mismos baremos que el fusil enemigo, el Mauser. No deja de ser curioso que un país que ha sido y es el paraíso de las armas de fuego tuviese que pagar a la firma tedesca los royalties correspondientes por fabricar un fusil con un cerrojo, un mecanismo de cierre y una alimentación por peines, y encima cuando tuvieron que enfrentarse a ellos. Así nació el Springfield 1903, declarado como fusil reglamentario el 19 de junio de aquel mismo año. Estaba recamarado para el espléndido 30-06 que, sin duda, es uno de los mejores calibre militares de la historia y actualmente protagonista de la mayoría de lances de caza mayor por sus excelencias, así como por la variedad de tipos de proyectil que carga. No obstante, inicialmente se había pensado en mantener operativo el 30-40 Krag que, sin embargo, mostró unas prestaciones muy pobres en el cañón de 30 pulgadas que armaba el fusil. Se acortó hasta las 24 pulgadas, pero los resultados seguían siendo bastante birriosos, así que se optó por un nuevo cartucho, el 30-03 que, con algunas modificaciones, dio paso finalmente al 30-06 con bala puntiaguda que todos conocemos. El nuevo calibre disparaba una bala de menor peso a más velocidad, lo que daba como resultado una trayectoria más tensa y una energía cinética mayor, o sea, que mataba más. No nos extenderemos más sobre el fusil en cuestión ya que en la red hay información sobrada sobre el mismo, y para no aportar nada reseñable pues mejor nos centramos en otras cuestiones, empezando por la madre del cordero: los visores.

Ambrose Swasey (1846-1937) y Worcester Warner (1846-1929)

Años antes de que empezara el conflicto, los yankees ya se habían preocupado de actualizar el visor para sus tiradores. Como vimos en su momento, la guerra civil dio ocasión para empezar a fabricar los primeros ejemplares de visión directa, o sea, los visores que todos conocemos con varias lentes dentro de un tubo, y a principios del siglo XX la tecnología en cuestiones de óptica había avanzado enormemente, sobre todo en Alemania y Austria (cómo no...). Sin embargo, el país que más uso había dado a estos chismes se encontraba en plena sequía en ese aspecto, y cuando apareció su nuevo y fabuloso fusil no disponían de gran cosa para equipar a sus tiradores selectos. De hecho, cuando aún estaba operativo el Krag-Jorgensen ya habían empezado a tantear posibilidades, pero la cuestión es que, salvo que recurrieran al mercado exterior, no disponían de gran cosa. Para un país dónde la industria armera era un referente mundial sería bastante paradójico tener que contactar con los representantes de las firmas europeas, así que se aviaron con lo que tenían en aquel momento, un visor prismático diseñado por Ambrose Swasey, que junto a Worcester Reed Warner habían fundado en 1880 una empresa dedicada a la fabricación de maquinaria de precisión y de instrumentos astronómicos.

El visor empezó a desarrollarse en 1900, buscando ante todo un modelo compacto, sin nada que ver con aquellos tubos casi tan largos como el cañón del arma que habían usado sus padres en la Guerra de Secesión. Pero para obtener un visor más corto había que renunciar a los modelos de visión directa porque la tecnología en óptica disponible en yankeelandia no daba para muchas virguerías, así que optaron por un diseño de visor prismático, es decir, con lentes que reflejaban la imagen. ¿Qué de qué va eso? Pues es el mismo principio que los gemelos o prismáticos que usan vuecedes en las playas para, disimuladamente y sin que la parienta se percate, atisbar las lozanas y tersas carnes de las consumidoras de gimnasios, hormonas e implantes de silicona para parecer chicas de cómic en vez de chicas humanas si bien, justo es reconocerlo, mientras sigan en el gimnasio, sigan consumiendo porquerías y sigan metiéndose implantes están como un tren, pa qué mentí... Así pues, un visor prismático ofrecía la gran ventaja de ser en efecto muchísimo más compacto que uno de visión directa, pero a cambio de una serie de inconvenientes bastante enojosos que detallaremos más adelante. 

El desarrollo del proyecto se llevó a cabo con los técnicos de la Warner & Swasey Co. y el Arsenal de Frankford hasta dar con el modelo definitivo en 1908 tras ser probados por tiradores expertos y dar cada uno su parecer al respecto. Ciertamente, no despertó un entusiasmo especialmente fervoroso, pero era lo que había y a eso era a lo que debían ceñirse. Como vemos en la foto del párrafo anterior, el visor consistía en una caja de bronce donde se alojaban las lentes y con un corto visor en cada extremo. La montura estaba bien concebida, ya que constaba de una pletina con cola de milano y dos muescas de engarce e iba instalada en el costado izquierdo del arma mediante tres tornillos. El visor se encajaba en la montura mediante un brazo provisto de una pestaña (círculo rojo) que, mediante un resorte, encajaba en una de las muescas de la montura (flechas amarillas), si bien este sistema se mostró poco fiable y en muchas ocasiones se optó por añadirle uno o dos tornillos de cabeza moleteada para lograr un bloqueo más sólido. Cada visor llevaba grabado en la montura el número de serie del arma al que había sido asignado (véase detalle del óvalo blanco), costumbre bastante inteligente para no variar la precisión del visor si pasa de un arma a otra. 

Los fusiles seleccionados para francotirador eran los denominados como "star gauged", o sea, armas cuyo cañón había sido verificado con instrumentos de alta precisión para comprobar la uniformidad del calibre, la rectitud del ánima y el estriado, armas estas que a partir de 1921 se empezaron a marcar con una estrella de seis puntas en la boca del cañón para diferenciarlas del resto (foto de la derecha). Inicialmente se solicitaron a la Springfield Armory mil unidades de ellos con destino a los tiradores selectos con la intención de suministrar dos unidades por compañía de infantería y dos por escuadrón de caballería. Debemos tener en cuenta un detalle no mencionado antes, y es que el acortamiento del cañón de 30 a 24 pulgadas permitió suministrar el mismo fusil a la infantería y la caballería sin necesidad de, como era habitual, fabricar una versión más corta para los segundos, lo que facilitaba enormemente las cuestiones de tipo logístico.

Bien, la criatura resultante fue el Telescopic Musket Sight mod. 1908 (Mira Telescópica para Mosquetón modelo 1908), que salía por cierto por un precio exorbitante: nada menos que 80 dólares, cuatro veces más que el precio del fusil. Veamos su funcionamiento para humillar al cuñado que porque se gastó 6.000 pavos en un Zeiss para no acertarle ni a un mamut a 20 metros se cree que lo sabe todo sobre visores.


En la foto superior podemos ver el visor montado en el arma. Como ventaja principal tenemos dos detalles: uno, que al estar la montura en el costado izquierdo permitía usar las miras del fusil, lo que siempre era un alivio si el visor se estropeaba o el blanco estaba tan cerca que la imagen obtenida era borrosa; y dos, que por la misma razón se podía recargar usando los peines de cinco cartuchos, que era más rápido y cómodo que tener que introducirlos uno a uno, sobre todo cuando los enemigos te han localizado y te están friendo a tiros. Sin embargo, el visor pesaba 1.020 gramos, lo que era un poco bastante molesto debido a que tendía a desestabilizar el arma hacia el lado izquierdo. 

En cuanto a sus prestaciones, tenía 6 aumentos fijos, un foco de 20 mm. y un retículo cruciforme de cabello de ángel que podemos ver a la derecha. Las tres rayas que aparecen en el cuadrante superior izquierdo son un rudimentario telémetro para calcular la distancia del objetivo en base a un hombre de una estatura, según el manual de instrucciones, de 68 pulgadas de alto (172 cm.). La de la izquierda es para 1.000 yardas, la del centro para 1.500 y la de la derecha para 2.000. Pero el sistema de prismas y la prestaciones en general del visor adolecían una serie de problemas que no se manifestaron hasta que llegó la hora de usarlos fuera de los campos de tiro, como suele pasar. Y para comprenderlo mejor, un breve párrafo didáctico sobre este tema que es válido para cualquier visor.

Los visores prismáticos son mucho más delicados que los de visión directa ya que las lentes tienen más facilidad para desajustarse a causa de los golpes y el mal trato habitual en campaña. Por otro lado, un foco de 20 mm. proporciona un campo de visión más amplio- 9'6 metros a 100 yardas (90 metros) en este caso-, pero disminuye la luminosidad de lo que vemos a través del visor, defecto que aumenta notablemente en el caso de los visores prismáticos. Esto se traduce en que para obtener una imagen razonablemente clara es necesario que luzca un sol espléndido, y de no ser así la toma de puntería es complicada, y más si la luz ambiental es escasa. Finalmente, sus 6 aumentos eran excesivos para un aparato especialmente susceptible a acumular mugre, sobre todo la procedente del esmalte negro con que se pintaba el cuerpo de bronce del mismo. Debido a que el retículo estaba grabado en una lente del visor, una simple pelusa se convertía en una especie de jaramago gigante, y una mota de polvo en un pedrusco. En fin, que la calidad de visión que ofrecía era simplemente un churro, y más si consideramos el pastizal que costaba. 

Por otro lado, los dispositivos ópticos prismáticos tienen una distancia visual muy corta, en este caso de solo 3'8 cm. del ojo. A modo de ejemplo, recuerden que cuando usan unos gemelos hay que ponerlos muy cerca de los ojos para evitar la visión de túnel. Esta distancia visual tan corta se traducía en un casi seguro castañazo en el ojo en el momento del disparo a causa del retroceso, por lo que se había provisto al visor de un protector de caucho. Sin embargo, aún contando con el protector a nadie le entusiasma un golpe en un ojo, lo que significaba que el tirador alejaba en muchos casos la cara del visor, empeorando así su ya de por sí deficiente calidad visual. Aclarado este punto, veamos los mecanismos para regular este chisme.



En este caso, las dos ruedas que vemos no actuaban sobre el retículo, que como hemos dicho estaba fijo en una lente, sino sobre el conjunto del visor, de la misma forma de sus abuelos de la guerra civil, o sea, el visor pivotaba sobre la parte delantera, elevándose o descendiendo la parte trasera; para graduar la deriva, pues lo mismo, pero de izquierda a derecha. En la foto principal vemos el ocular de goma, ya bastante perjudicado por los años, el cuerpo de bronce que albergaba las lentes con el esmalte bastante descascarillado, y marcado con la flecha amarilla un tornillo de bloqueo añadido a posteriori para reforzar la unión del visor con la montura. Pasemos al detalle. La rueda grande es para regular el alcance con un máximo de 3.000 yardas. Para girarla se aflojaba la contratuerca (flecha blanca) y se situaba la distancia en la muesca que vemos en el círculo rojo. Luego se bloqueaba volviendo a apretar la contratuerca. La deriva, pues lo mismo, pero sin contratuerca. Bastaba colocar la posición deseada en la flecha del otro círculo rojo. En la parte superior del cuerpo del visor (foto de la derecha) vemos una chapa de latón con una guía de correcciones rápidas para compensar la deriva lateral a izquierda o derecha según el viento, así cómo una corrección del alcance. Como podrán imaginar, los tiradores expertos se fiaban más de su instinto que de las indicaciones del fabricante. De hecho, incluso el ocular de goma era modificado o simplemente eliminado por muchos de ellos, un poco aburridos de verse con el ojo como un tomate cada vez que pegaban un tiro.

Vista superior del arma que nos permite apreciar con toda claridad la posición del visor. Como vemos, la ventana de expulsión y la ranura para el peine de munición están totalmente despejadas, facilitando la recarga. Sin embargo, como ya se ha dicho, el peso del visor desestabilizaba el arma y, además, impedía accionar la aleta del seguro (flecha blanca). La flecha azul señala la anilla de enfoque, que como sabemos hay que regular según quien lo use

Bien, estas son las características y el funcionamiento de este peculiar visor, del que se fabricaron 2.075 unidades entre 1908 y 1912 si bien parece ser que solo 1.550 de ellas llegaron a ser instaladas en sus respectivos fusiles. Pero, como está mandado, no pasó mucho tiempo antes de que los militares sugirieran una serie de cambios a la vista de los inconvenientes que presentaba el modelo inicial. En primer lugar se redujeron levemente los aumentos, que se quedaron en 5'2. Esta reducción de 8 décimas permitió obtener un poco más de luminosidad, que era el talón de Aquiles del Warner & Swasey. Para asegurar el protector de caucho del ocular, que en el modelo inicial entraba a presión, se añadió un casquillo roscado, y el mismo ocular fue notablemente modificado, como podemos ver en la foto inferior. Esta nueva morfología aminoraba el golpe que, inexorablemente, recibía el tirador tras cada disparo, pero el maldito ocular actuaba como una ventosa, y en las primeras pruebas a más de uno casi le saca el ojo del chupetón. No obstante, el problema se subsanó añadiendo un par de orificios para que entrase aire y anulase el efecto ventosa. Finalmente, la contratuerca de la rueda de regulación de altura se cambió por un modelo cruciforme que es claramente visible en la imagen. Por lo demás, el visor seguía siendo básicamente el mismo salvo en un detalle substancial, el precio, que se rebajó hasta los 58 dólares si bien seguía siendo excesivamente costoso. El nuevo modelo recibió la denominación oficial de Telescopic Musket Sight mod. 1913.



Por lo demás, el visor se servía en un estuche de cuero que podía transportarse colgando del cinturón del correaje o bien mediante una correa, colgado del hombro. A la derecha tenemos un ejemplar de cada modelo. La foto A pertenece al de 1908, y como se puede observar lleva en el interior de la solapa un pequeño bolsillo donde se alojaba una herramienta para desmontar el visor. La foto B es la funda del modelo de 1913, y solo se diferencia de la anterior en la ubicación del bolsillo del útil, que podemos ver en la cara exterior. La producción total del modelo 1913 alcanzó las 5.041 unidades, de las que fueron instaladas 4.000 que, en este caso, no recibieron el punzonado con el número de serie del arma al que fueron asignados. En total se vendieron al ejército yankee 7.116 unidades, incluyendo los visores adquiridos en 1906 para pruebas. 

Curiosamente, no solo el ejército yankee hizo uso del 
Warner & Swasey 1913. Alrededor de unas 3.000 unidades fueron adquiridas por la Commonwealth que las 500 se instalaron en su fusil Ross tal como vemos en la foto de la izquierda. El Ross no era lo que se dice un arma robusta, por lo que no dio un resultado aceptable en la asquerosa guerra de trincheras pero, sin embargo, el rendimiento del visor sí les resultó satisfactorio y, de hecho, aún estaban operativos en el siguiente conflicto, en el que entraron en acción instalados en el fusil Pattern 14. En cuanto a los yankees, a la vista de lo visto, optaron por irlos retirando del servicio, siendo definitivamente dados de baja a mediados de los años 20. Los supervivientes fueron vendidos en surplus para usarlos en armas destinadas al tiro deportivo.

Pershing haciendo el gamba en Méjico. De él dijo Villa que
"...vino aquí como un águila y se fue como una gallina mojada".
Vamos, que se cubrió de gloria...
Como curiosidad, debemos añadir que el 
Warner & Swasey no se estrenó en la Gran Guerra, sino unos años antes, concretamente en el violento cambio de impresiones que mantuvieron los yankees con los mejicanos de Pancho Villa entre marzo de 1916 y febrero de 1917 como respuesta a la llamada batalla de Columbus, donde el revolucionario se salió con la suya y liquidó a más WASP's de los que su orgullo de anglosajones podía tolerar. Diez mil hombres al mando del insufrible y arrogante John Pershing entraron en territorio mejicano para dar caza a Villa sin que por cierto lograran atraparlo y, de hecho, fueron derrotados en todos y cada uno de los enfrentamientos que mantuvieron con sus tropas irregulares, así que ya vemos que la preparación del ejército yankee para un conflicto como el que se libraba en Europa no era precisamente el más adecuado. Sin embargo, como decimos, fue durante esa guerra no declarada cuando una unidad, los Lingler's Sharpshooters, hicieron sus pinitos con sus flamantes fusiles Springfield equipados con visor. 

Pero el accesorio más significativo fue el silenciador que, desde 1910, estaban desarrollando, lo cual sí que era toda una novedad para la época ya que estos supresores de sonido son la herramienta más eficaz para impedir que el tirador pueda ser localizado. Inicialmente se probó el modelo fabricado por la Maxim Silent Firearms Co., propiedad del hijo de prolífico creador de ametralladoras. Este supresor, muy avanzado para la época, contenía varias cámaras deflectoras en espiral que retenían los gases de la deflagración, pero que producía un sobrecalentamiento del tubo. Por otro lado, la reducción era de dos tercios del sonido producido por el disparo, lo que se consideró insuficiente.



Primer plano del silenciador Maxim
En la foto superior podemos ver un Springfield 1903 con el visor Warner & Swasey y el silenciador Maxim que, como se puede apreciar, tenía un diseño sumamente práctico ya que una vez instalado quedaba en una posición excéntrica, lo que no anulaba la posibilidad de usar las miras abiertas. La Maxim llevaba ya tiempo comercializando silenciadores para tiradores deportivos interesados en conservar su aparato auditivo en el mejor estado posible- recordemos que aún no se usaban auriculares protectores- especialmente para disparar armas de calibre .22 en el jardín de casa sin que el vecino saliera protestando. Así pues, para no tener que gastar dinero en enviar el arma a un tornero para que le fabricase un paso de rosca, junto al silenciador se servían una serie de piezas con las que podía ser fácilmente acoplado al arma sin tener que realizar ninguna modificación en la misma. En este caso, bastaba desmontar el punto de mira, colocar un manguito por la parte trasera del mismo, dos medios casquillos que al ser apretados con el manguito formaban una cubierta con el extremo roscado, y ahí era donde se colocaba el supresor, tras lo cual el punto de mira se volvía a colocar en su sitio. El precio del mismo era de 8'50 dólares, y hasta preveía la colocación de la bayoneta situando el ojo de la misma en un saliente que podemos ver en la parte inferior del tubo. 
Sin embargo, el ejército no lo consideró adecuado y, aunque durante el año 1912 se probaron modelos de las firmas  Corumboef y Moore, finalmente se desechó la compra de este accesorio que, bien desarrollado, habría resultado una inmejorable herramienta en el campo de batalla. Finalmente, las unidades adquiridas para las pruebas fueron destinadas a los entrenamientos de la Guardia Nacional.

Y mientras el ejército seguía intentando sacar partido al más que cuestionable Warner & Swasey, la Infantería de Marina optó por tomar camino por su cuenta y se dedicó a buscar otro modelo más eficiente y, sobre todo, más robusto. El modelo elegido fue el Winchester A5 (foto de la derecha), un visor comercial de visión directa que había salido al mercado en 1910 destinado al tiro deportivo y que, además, era más barato que el otro modelo, apenas 27 dólares más 3'50 de la funda de transporte. Su aspecto no difería demasiado de aquellos primitivos visores empleados por los sharpshooters. De hecho, tenía una longitud de 40,3 cm. y un diámetro de 20 mm., pero era especialmente sólido ya que el tubo partía de una barra maciza de acero perforada y torneada, por lo que no se habían empleado plegadoras ni soldaduras para darle forma. Sus prestaciones eran las habituales: 5 aumentos, un retículo fijo de cabello de ángel  y, para su centrado, disponía de dos grandes torretas con capacidad para modificar la elevación y la deriva con 1 MOA por clik, o sea, 1 pulgada a 100 yardas. 

Springfield 1903 con el visor Winchester. Como se puede observar, la parte superior del guardamanos tenía que ser rebajada para instalarle la base de la montura


Su campo de visión era similar al modelo prismático ya que tenían el mismo foco, 20 mm., pero al ser de visión directa su luminosidad era manifiestamente mejor. Sin embargo, este visor tenía una serie de peculiaridades que también lo convertían en una RARA AVIS en lo tocante a visores de uso militar. Como vemos en la foto, el tubo era flotante, o sea, como sus abuelos de los sharpshooters en los que el retículo estaba fijo en una lente y lo que se movía era el visor. En la foto de la derecha podemos verlo mejor. Las dos uñas fijadas mediante un tornillo son la referencia donde deben colocarse las muescas de las torretas según la distancia y deriva deseadas. En el lado opuesto de cada torreta habrá un tetón con un muelle en su interior para mantener firme el tubo, que se moverá de un lado a otro conforme manipulemos dichas torretas. En la base delantera hay una anilla con el interior cónico, de forma que el tubo pueda variar de ángulo sin doblarse, y con unos pequeños tetones para impedir que dicho tubo gire, cambiando con ello el punto de impacto.

Como se ve en las fotos, las bases carecen de tornillos de bloqueo. Este sistema de bases, fabricadas por la Mann-Neider, estaba inspirado en el que empleaba la firma tedesca Goerz y, aunque pueda parecer que carecen de la fiabilidad necesaria para un arma militar, la realidad es que proporcionaban un anclaje bastante sólido. Si nos fijamos en la foto de la izquierda, veremos que la cola de milano estaba fresada formando un trapecio con la parte más ancha hacia adelante. Para montar el visor solo había que introducir las bases y empujar a tope, bastando su ajuste para inmovilizar el visor. Pero cada vez que se efectuaba un disparo, la inercia empujaba el visor hacia adelante, aumentando así el bloqueo. Asombrosamente básico, pero bastante eficiente. Para desmontar el visor bastaba empujarlo hacia atrás hasta extraerlo, sin más historias.

Otra particularidad era que, al disparar, el tubo se deslizaba por las anillas hacia adelante. Aunque su campo ocular era un poco mayor que el del Warner & Swasey, apenas alcanzaba los 5 cm., lo que podía dar más de un golpe en la ceja al tirador. Además, su posición en el arma obligaba a usar una carrillera de cuero para ajustar la cara a la culata (ver foto inferior). Así, cuando se producía el disparo, el tubo avanzaba de forma que dejaba más espacio para manipular el cerrojo y, además, permitía activar el seguro a voluntad. Antes de volver a hacer puntería había que tirar para atrás del visor y devolverlo a su posición original. No era precisamente un adelanto tecnológico ya que, caso de tener que repetir el tiro con rapidez, se perdía la oportunidad de escabechar al enemigo, pero eso era lo que había y, además, en este caso la recarga de munición sí había que efectuarla cartucho a cartucho porque el visor estaba justo encima de la ventana de expulsión. Sea como fuere, la cosa es que las ópticas yankees estaban por aquella época a años luz de los fabulosos visores fabricados por tedescos y austriacos, equiparables en calidad a un visor moderno.



Aunque el visor tampoco despertó un entusiasmo desmesurado por las razones expuestas, en plena guerra no había mucho donde elegir, y las prestaciones del Winchester eran en todo caso superiores a las del 
Warner & Swasey del ejército. Así pues, cuando los yankees se sumaron a la fiesta adquirieron 500 visores que no tuvieron apenas tiempo de mostrar sus prestaciones en combate. A titulo orientativo, el estándar de la época requería que el arma fuese capaz de acertar en la cabeza de un hombre a 200 yardas y en el cuerpo a 400, lo que tampoco era para tirar cohetes a la vista de la mortífera precisión de los francotiradores enemigos. En 1928, la Lyman Gun Sight Co. compró los derechos del A5 a la Winchester, siguiendo en producción durante varios años más hasta la 2ª Guerra Mundial. Para terminar, en la foto de la derecha podemos ver la funda de transporte, provista de una correa para llevarla en bandolera. La tapa era deslizable, y en el interior traía impresa de fábrica una lista de correcciones rápidas similar a la del Warner & Swasey.

El mortífero Davis (1888-1828). Palmó durante
una operación para solucionarle un problema
pulmonar derivado de haber respirado gas en
la guerra
En fin, con esto terminamos. Imagino que más de uno se habrá quedado un tanto perplejo ante los modelos de visor presentados, dando por hecho que los yankees dispondrían de material de lo más novedoso, pero ya hemos visto que no fue así. No obstante, su cometido como francotiradores tras pasar por las escuelas de tiro de los british (Dios maldiga a Nelson) les permitió demostrar su capacidad. Recordemos que, al fin y al cabo, los yankees procedían de un país donde se rinde culto a las armas, y muchos de ellos eran gente de campo que aprendían a disparar antes de echar los dientes. De hecho, se dio más de un caso de tiradores que hicieron gala de una precisión asombrosa disparando con las miras abiertas del fusil, como el soldado Herman Davis, perteneciente al 113 Bon. de Infantería y que, sin la ayuda del visor, liquidó a pelo a los cuatro servidores de una ametralladora tedesca a nada menos que 900 metros de distancia. Davis, que tenía ya 30 años cuando se alistó, preguntó a sus colegas por qué no callaban de una puñetera vez a la dichosa máquina, a lo que le respondieron que estaba a 1.000 yardas de distancia, demasiado lejos para acertarles. Davis replicó que "esa es una buena distancia de tiro", encaró su Springfield y escabechó a los cuatro tedescos en un avemaría. El Davis este debía tener la vista de un águila como poco y, naturalmente, le dieron mogollón de medallas, faltaría más.

En fin, vale por ahora. No creo haberme dejado atrás, pero si así ha sido, pues ya lo arreglaré si me acuerdo.

Hale, he dicho

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Tirador yankee con su Springfield 1903 provisto de un visor Warner & Swasey modelo 1913. Obsérvese la culata pintada de camuflaje, lo que denota que los sobrinos del tío Sam aprendieron pronto que en el Frente Occidental las cosas no estaban para bromas, y que los "huns", como llamaban a los tedescos, tenían más peligro que Toro Sentado y todos sus cuñados juntos

viernes, 6 de septiembre de 2019

Ratas de túnel. Armamento y equipo


Rata de túnel con un revólver provisto de supresor.
Estas armas eran bastante apreciadas por su fiabilidad
Prrrrrosigamossssss... Hoy toca hablar del armamento y demás utensilios necesarios para que estos probos homicidas subterráneos pudieran cumplir su cometido con propiedad, enviando si era necesario a posibles habitantes del subsuelo al paraíso comunista de forma eficiente y, sobre todo, contundente. Porque uno de los problemas que se suelen presentar cuando se lucha contra enemigos especialmente fanatizados, ya sean por motivos religiosos o políticos, es que no tienen inconveniente en vender muy caras sus miserables envolturas carnales y palmarla sin pestañear si de ese modo pueden llevarse por delante a uno o más adversarios, así que para acabar con ellos era recomendable recurrir a medios lo suficientemente expeditivos como para dejarlos en el sitio sin darles tiempo a accionar alguna trampa explosiva, arrojar una granada o, simplemente, soltar una postrera ráfaga de su Kalashnikov mohoso pero que siempre funciona. Sin embargo, y según iremos viendo a lo largo del artículo, el ejército yankee (Dios maldiga a Hearst) tampoco mostró lo que se dice un interés especial en dotar a sus abnegados topos guerreros con armas adecuadas a su peculiar oficio considerando el medio en el que debían desenvolverse: angosto, oscuro, húmedo, asqueroso y con la opción de poder usar solo una mano ya que la otra debía sujetar la linterna, el teléfono, la sonda, la bayoneta o la figurita vudú llena de alfileres con cabeza negra del cuñado que le recomendó ir voluntario porque le aseguró que podría elegir destino y quedarse en una base Hawai tocándose el escroto o disfrutando de la compañía de frondosas y complacientes señoritas hippies hasta las cejas de farlopa.

En los albores del conflicto, cuando los yankees pudieron corroborar que sus corruptos e inútiles aliados de la RVN no habían hecho los deberes y tenían todo su territorio con más agujeros que la contabilidad de un partido político, el "kit" para ratas de túnel se limitaba a lo que vemos en la foto de la izquierda: la pistola Colt 1911A1, la linterna MX-991/U y la bayoneta M7 o un K-Bar. Con eso se tenían que aviar porque no había otra cosa disponible. Pero, aunque parezca más que suficiente para adentrarse en las entrañas de la arcillosa tierra vietnamita, este mínimo equipo adolecía de ciertos inconvenientes, sobre todo la pistola. No vamos a entrar en detalles sobre ella porque nos sabemos de memoria cada pieza de la misma, pero sí en su funcionalidad para combatir en un angosto túnel. Por un lado, es innegable que el calibre .45 ACP era y es óptimo para neutralizar a cualquier agresor con un solo disparo. Me retrotraigo a lo comentado en el párrafo anterior, cuando mencionaba que a los enemigos fanáticos hay que dejarlos literalmente en el sitio para impedir que mueran matando. La bala de 240 grains que disparaba esa pistola tenía la suficiente energía cinética como para, caso de no impactar en la cabeza o el corazón, producir un shock que dejase momentáneamente aturdido o sin conocimiento a la víctima, dando al agresor la opción de rematarlo sin temor a que hiciese una postrera puñetería y lo matase antes de estirar la pata. Vervi gratia, finiquitarlo con un certero disparo en el cerebro o, si no se quería hacer más ruido, metiéndole la bayoneta por el plexo solar y filetearle el músculo cardíaco.

Pero cuando se dispara un arma de ese tipo en un sitio cerrado, el sonido se magnifica enormemente al rebotar contra las paredes, de forma que lo deja a uno medio sordo y con un pitido en los oídos que tarda un rato en desaparecer (doy fe). En algunos casos puede incluso producir una perforación del tímpano con las consecuencias que podemos imaginar. Así pues, aparte de la molesta y dolorosa sensación que produce el sonido del disparo, incapacitaba durante un breve pero vital tiempo la capacidad auditiva del rata, que podía no escuchar como el cuñado del difunto vietcong se aproximada por el siguiente recodo para abrasarlo a tiros. Ante algo tan palmario, los mandamases decidieron actuar en consecuencia introduciendo diversas armas para darle al personal la opción de defenderse sin quedarse sordo o, peor aún, palmarla en el hoyo por no haber podido oír como se le echaba encima un enemigo. 

Las cosas como son: dedicarse a rata de túnel no estaba
pagado con nada. ¿Se imaginan en el lugar de ese sujeto?
Por otro lado, a medida que se iban descubriendo complejos cada vez más grandes quedó claro que también había que mejorar los medios para que el rata que actuaba en solitario sin hombre de apoyo pudiera mantener el contacto con la superficie sin tener que ir cargando con el pesado teléfono TA-1/PT con la mano que le quedaba libre para sujetar la linterna o tantear el suelo con la bayoneta o la sonda, porque la pistola como que era mejor no soltarla ni para mear. Y todo ello teniendo en cuenta que, salvo contadas excepciones, la escasa altura de los túneles obligaba al rata a avanzar gateando, lo que dificultaba aún  más su movilidad y su capacidad para manejar varios objetos al mismo tiempo. En realidad, lo raro es que unos pijos armamentísticos como los yankees, que hasta formaban comisiones de estudio e invertían un pastizal para diseñar un simple abrelatas, no hubiesen dedicado más medios y atención a solventar un problema tan grave ya que, y ellos eran plenamente conscientes, incluso tenían túneles a escasas decenas de metros de sus bases con mogollón de vietcongs paseándose bajo ellos como Pedro por su casa.

A medida que las bajas por sordera aumentaban mientras que el ejército tomaba cartas en el asunto, algunas unidades se agenciaron revólveres Smith & Wesson modelo 10 (foto superior) o Colt Police Positive Special (foto inferior) que solían ser los que se distribuían entre los pilotos. Ambas armas estaban recamaradas para disparar munición del .38 Sp. y tenían el mismo largo de cañón, 4 pulgadas. El .38 Sp. es un calibre muy extendido para uso policial y defensa personal, con una potencia similar o algo inferior al 9 mm. Para., o sea, inferior en cualquier caso al poderoso .45 ACP de la Colt reglamentaria. Pero, a cambio, ofrecían una ventaja innegable: los revólveres nunca se encasquillan, motivo sobrado para tenerlos en cuenta por alguien que se jugaba literalmente el pellejo si el arma le fallaba en el momento supremo. Lo más que podía pasar era que un cartucho fallase, en cuyo caso bastaba con apretar nuevamente el gatillo para que el tambor girase y, con él, un nuevo cartucho. Por otro lado, eran armas menos sensibles a la suciedad por tener menos mecanismos en movimiento que una pistola, y con sus seis cartuchos de capacidad no es que fuesen sobrados de munición- la Colt llevaba 7 + 1-, pero no era habitual que se formase un tiroteo dentro de un túnel.

Por fin, en 1966 se distribuyeron para ser probados sobre el terreno media docena de "Tunnel Exploration Kit", o sea, Equipo para Exploración de Túneles, diseñado por el Limited Warfare Laboratory. Este equipo estaba ideado para que el rata pudiera tener más libertad de movimientos, disponer de un arma eficaz y, al mismo tiempo, que no le dejase los tímpanos convertidos en comida para peces. Porque los supresores que ya han visto en más  de una foto no estaban destinados para actuar de forma taimada y silenciosa, sino para no dejar sordo a medio ejército. El kit en cuestión estaba formado por un revólver Smith & Wesson modelo 10 como el que hemos visto en el párrafo anterior, pero provisto de un generoso supresor y una luz de puntería sobre el armazón; un foco de minero que se colocaba sobre la gorra del uniforme de faena y un sistema de comunicaciones. Veamos cada pieza paso a paso...

Fotograma de una película de alta velocidad que muestra con toda claridad
la fuga de gases que se produce entre el tambor y la recámara en el momento
del disparo. Esa fuga tiene lugar antes incluso de que la bala salga del cañón
El revólver. El arma en sí era perfectamente válida, pero como ya sabemos, y al que no lo sepa yo se lo digo, los supresores no son totalmente efectivos en un revólver. El motivo es el siguiente: cuando se efectúa un disparo en realidad oímos tres sonidos producidos prácticamente al unísono: el estampido del pistón que inicia la carga, los gases de la pólvora, que salen por la boca de fuego a velocidad supersónica, y la bala rompiendo también la barrera del sonido si supera los 330 m/seg. de Vo.  teniendo en cuenta que la velocidad del sonido no es un valor exacto ya que varía en función a una serie de factores. Como sabemos, los revólveres no son estancos. Hay una pequeña ranura entre el tambor y la recámara por donde escapa una parte de esos gases supersónicos. Es ínfima, cuasi despreciable, pero lo suficiente como para que la supresión del sonido del disparo no sea tan efectiva como en una pistola. Por otro lado, la excesiva longitud del supresor desequilibraba el arma y lo hacía poco manejable en la angustiosa estrechez de los túneles. En cuanto a la luz, prácticamente no servía de nada porque el foco era tan potente que la anulaba. La pieza más peculiar era la enorme funda que, como ya podemos imaginar, era totalmente inútil e incluso molesta y engorrosa cuando se arrastraban por un túnel.

El foco. Era un trasto alimentado con una pila de 6 voltios que se encendía y se apagaba mordiendo esa especie de chupete que lleva en la boca el fulano de la foto. De ese modo no tenía que usar la mano libre para ese menester. En sí no era una idea nada mala, pero el problema es que, al parecer, fallaban más que las promesas de un político. Por otro lado, el peso del foco hacía que se volcase hacia adelante, o que la visera de la gorra le restase eficacia o que en túneles especialmente angostos sufriese golpes constantemente contra el techo. En resumen, un churro de foco que, además, pesaba horrores. La batería la llevaba a la espalda, en la bolsa que vemos a la izquierda y cuyo cable de alimentación era susceptible de engancharse en todas partes.

Un primer plano del engorroso sistema de comunicaciones, el foco, el
revólver con el supresor y la luz de puntería. Salta a la vista que no debía
ser nada cómodo, y la jeta sonriente del yankee en camiseta lo dice todo
El equipo de trasmisiones. Constaba de un micrófono de alta sensibilidad de conducción ósea  que se colocaba en la parte trasera de la gorra en contacto con la cabeza. Para los que lo desconozcan, este sistema recoge la voz que se transmite por la osamenta del cráneo. Para que me entiendan: si se tapan los oídos y hablan siguen oyendo su propia voz, pero con una frecuencia más baja aunque con más nitidez. Es lo que hacen muchos cantantes que, imagino, habrán visto alguna vez, que se tapan al menos un oído para escuchar su voz con más claridad cuando cantan a coro. Bien, pues este era el sistema ideado para transmitir la voz del rata aunque, la verdad, podrían haber recurrido a un laringófono como los que usaban los carristas y los aviadores desde hacía la torta de años con excelentes resultados, pero en fin... Y para transmitir, el rata se colocaba un micrófono en la oreja, claro está. Los cables- demasiados cables ya- iban a una bobina que colgaba del cinturón (la que vemos en el lado derecho), e iba soltando hilo a medida que avanzaba. En teoría era más cómodo que ir tirando de decenas o centenas de cable de la bobina situada en superficie. En este caso, en vez del teléfono TA-1/PT el cable era conectado a un TA-312/PT.

A la izquierda podemos ver el teléfono en cuestión con sus partes más importantes. 

A: Regulador de volumen de recepción del auricular.

B: Alojamiento para dos baterías BA-10 (las mismas que usaban los bazookas, ¿las recuerdan?)

C: Bornes de conexión para baterías externas.

D: Conector del cable telefónico

E: Tecla de llamada. Cuando se quería hablar había que mantenerla presionada, y soltarla para recibir. O sea, no era bidireccional como los teléfonos normales, en los que dos personas pueden insultarse simultáneamente sin problemas. Aquí hay que esperar a que la parte opuesta termine para poder darle la réplica.

F: Manivela de llamada. Cuando el operario del teléfono quería contactar con el rata debía avisarlo girando esa rueda. El rata solo tenía que hablar para que su voz se escuchase, aunque para ello había que tener descolgado el auricular.

Y aparte de todo lo mencionado, con cada equipo se adjuntaba un juego de tapones para los oídos que, en teoría, no harían falta si se usaba el supresor, pero ya en origen daban por sentado que la eficacia del mismo no era la deseable. De hecho, para lograr una disminución notable del ruido del disparo había que usar una munición especial con carga reducida que hacía que la bala saliera a velocidad subsónica y la fuga de gases fuese menos escandalosa pero, cosas de yankees, ese tipo de munición nunca estuvo disponible, así que tuvieron que emplear la normal para ese tipo de armas. 

El 6 de enero de 1967 se elaboró un informe con las conclusiones tras las pruebas efectuadas por los cuatro grupos a los que se distribuyó el equipo. Dichas conclusiones acerca del dichoso kit ratonil no eran para tirar cohetes, sobre todo en lo referente al foco. No obstante, parece ser que se distribuyeron 250 equipos de los que no se sabe nada, ni siquiera si llegaron a usarse. Imagino que al poco de llegar a destino los mandarían a hacer puñetas y se quedaron solo con los revólveres, que estaban más cotizados a pesar de que el supresor no funcionaba como debía pero, al menos, eran armas sólidas, fiables y jamás lo dejarían a uno tirado a la hora de la verdad. 

De hecho, hubo ratas que optaron por usar revólveres que, aunque anticuados, no habían perdido su vigencia para este tipo de guerra asquerosa. El rata de la foto superior empuña un Smith & Wesson M1917 de 5'5 pulgadas y calibre .45 ACP. Al carecer la vaina de reborde, era necesario engarzarlos en unos clips con forma de media luna para tres cartuchos como los que vemos en la foto de la derecha. Una vez disparados las vainas servidas se extraían de los clips. Este sistema permitía llevar en el bolsillo varios de ellos ya preparados para recargar con más rapidez que mediante el sistema habitual, introduciendo los cartuchos uno a uno en el tambor.

Como vemos, el tema del arma idónea no acababa de solucionarse y, de hecho, algunos ratas incluso optaban por las opciones más dispares y extrañas: escopetas con cañones recortados o carabinas M1 con el cañón y la culata recortados adaptándole un pistolete, algo similar a lo que vemos en la foto de la izquierda. Obviamente, estas armas tenían una contundencia más que sobrada para aliñar a un vietcong canijo, pero si disparar un .45 en un túnel ya era un sacrificio imaginemos un postazo de calibre 12 o un disparo de un .30 Carabina. En fin, cada cual se buscaba la vida como podía si bien las armas más usadas seguían siendo las Colt reglamentarias y los revólveres con o sin silenciador, y si se te chingaban los tímpanos pues mejor para ti porque así te mandaban a casa aunque tuvieras que usar un audífono de por vida, pero mejor sordo que muerto y, total, para las chorradas que hay que escucharle a la gente mejor se desconecta el aparatito y santas pascuas. 

Tras el fiasco del "Tunnel Exploration Kit" y en un nuevo un intento por dar con la solución al problema, en 1967 el Comando de Asistencia Militar empezó a devanarse un poco el cerebro a la vista de los informes que les llegaban del frente. En sus conclusiones finales dedujeron que los ratas de túnel necesitaban un arma totalmente silenciosa, muy manejable, fiable y sin posibilidad de interrupciones y que no precisara de una munición devastadora, sino que su capacidad letal cumpliera para acabar con cualquier fulano que se encontrasen dentro de un túnel y que, por razones obvias, no estaría a más de 8 o 10 metros de distancia. Y para asegurar el disparo, lo más adecuado no era que el cartucho contuviera un único proyectil, sino varios, como si de un cartucho de escopeta se tratase. Obviamente, de ahí solo podía salir un engendro, pero ya sabemos que los yankees no dudan en llegar a donde sea si creen que van en la dirección correcta aunque al final se caigan por un precipicio. El ejército puso el proyecto en manos de una firma particular, la Aircraft Armaments Inc. de Baltimore, que llevaba tiempo trabajando en un tipo de munición basado en la proyección de los proyectiles mediante un émbolo interno para la NASA y la industria aeroespacial. Igual era por si había que ir a matar marcianos, vete a saber...

En realidad, el invento no era el arma, sino la munición, para la cual solo hubo que adaptar un arma que se ajustase a sus características. El cartucho consistía en una vaina de acero en cuyo interior se encontraba la carga de propelente, la cual empujaría un émbolo que a su vez haría lo mismo con un sabot que contenía 15 pequeñas bolas de Mallory, una aleación de acero al tungsteno más dura que la jeta de un cuñado. Cuando se producía el disparo, la vaina quedaba sellada en todo momento por lo que el ruido era mínimo, así que se podía prescindir de silenciadores y demás incordios. De hecho, la denominación oficial del arma era Quiet Special Purpose Revolver (QSPR), o sea, Revólver Silencioso para Usos Especiales. Para entenderlo mejor veamos los siguientes gráficos...

Ahí tenemos el cartucho. Se trata de una vaina de acero de calibre .52 cromada en negro, y con una longitud de 47'4 mm. La figura A es el yunque que golpeaba el martillo del arma. Este yunque percutía a su vez en el pistón B. El motivo de esta peculiaridad en vez del método convencional por el que se golpea el pistón directamente era para sellar la parte trasera de la vaina. La figura C es el émbolo en cuyo interior vemos la carga de pólvora. La figura D es el sabot de calibre .40 que contiene 15 sub-municiones de 3'5 mm. de calibre y 7'5 grains de peso cada una. Estas postas o como queramos llamarlas no eran en realidad esféricas, sino que presentaban el aspecto de una bola con una pequeña banda o faja alrededor. Esto se debía a su proceso de fabricación, consistente en obtenerlas mediante troquelado. Por último, la figura E muestra un paso de rosca cuya finalidad no era otra que frenar el émbolo para impedir que se saliera de la vaina, con lo cual se anularía el efecto de supresión de sonido deseado.

En esta ilustración tenemos el momento del disparo. El martillo del revólver golpea el yunque, este hace lo propio con el pistón y se inicia la carga de pólvora, cuyos gases empujarán el émbolo hacia adelante, y este a su vez empujará el sabot. Como vemos, el sellado de la parte trasera no permite ningún tipo de fuga, y el único sonido que se ha producido en ese momento es el de la detonación del pistón, que queda bastante apagado por estar dentro de una vaina de acero de gruesas paredes. 

El émbolo sigue empujando el sabot, que comienza a salir por la boca de la vaina y se introduce en el cañón del revólver. Como se puede apreciar, los gases del propelente en plena combustión permanecen dentro de la vaina ya que el émbolo la mantiene completamente sellada. Su ajuste es absoluto, así que no hay ninguna fuga que produzca un ruido anormal. El sabot pasa limpiamente a través del paso de rosca que detendrá al émbolo.

Y, finalmente, el sabot sale por la boca del revólver. Se abre en tres pétalos dejando salir los 15 proyectiles a una velocidad de 228 m/seg., o sea, muy inferior a la velocidad del sonido, por lo que tampoco se producirá el estampido habitual cuando es una bala supersónica. Como podemos ver, el émbolo es frenado progresivamente por los hilos de rosca hasta llegar casi a la boca de la vaina, y los gases de la deflagración empiezan a enfriarse. Como mucho, solo algunas chispas de poca intensidad a causa de alguna pequeña fuga entre el émbolo y los hilos de rosca delatarán el disparo, pero no producirán ningún ruido. De hecho, las mediciones efectuadas dieron entre 110 y 120 decibelios a un metro de la boca de fuego, que es algo menos del ruido que hace un arma de calibre .22 LR con supresor. Al decir de algunos que probaron este revólver, era similar al de esas pistolas de juguete con mixtos. 

Obsérvense los orificios del culote de la vaina, destinados
al útil que permitía atornillar la pieza donde se alojaba el
yunque
El arma elegida fue el Smith & Wesson modelo 29 de calibre .44 Magnum (el de Harry el Sucio) por ser la única con el tamaño suficiente para acoger unas vainas de semejante tamaño.  Las recámaras del tambor tuvieron que ser recalibradas hasta las 0'528 pulgadas que, aunque lo dejaron con las paredes demasiado finas, no suponía ningún peligro por dos motivos: uno, porque la vaina de acero ya era por sí sola una recámara, y dos, porque la carga era muy reducida. El cañón fue desenroscado y sustituido por un simple tubo de 3'5 cm. de longitud de calibre de .40", que era el diámetro del sabot. El ánima era lisa. Finalmente, se eliminó el alza ya que no tenía ninguna utilidad, dejando solo una muesca para puntería instintiva. Por otro lado, se reforzó el muelle real para que el martillo golpease con más fuerza ya que, no lo olvidemos, no caía sobre el pistón directamente, sino sobre un yunque de acero. Posteriormente hubo que reforzarlo aún más porque en las pruebas se detectaron un 18% de fallos de ignición por este motivo, y además hubo que sustituir el percutor original por otro de mayor dureza. Como vemos en la foto superior, el resultado fue un arma rechoncha y fea de castigo, que alcanzaba un peso cargada de 1.075 gramos.

Un QSPR en su sobaquera. Delante vemos las cananas para la munición de
reserva. Un arma pequeña y manejable era lo más deseado entre los ratas
En julio de 1969, la Aircraft Armaments Inc. había preparado diez armas más una que se quedaron ellos de muestra y que fueron enviadas a Vietnam para ser probadas en combate con los 992 cartuchos que acompañaron a los revólveres. El lote se dividió en dos, enviándose cinco QSPR's y 496 cartuchos a la 1ª y 25ª Divisiones de Infantería para testarlas durante tres meses. Los resultados fueron bastante aceptables y en algunos casos incluso elogiosos. Su capacidad letal quedó demostrada hasta aproximadamente los 10 metros, no siendo preciso hacer puntería ni nada similar. Bastaba el tiro instintivo para meter unos cuantos proyectiles en un charlie por muy canijo que fuera. Obviamente, no tenían ni de lejos el poder de parada de una bala normal, pero se mostraron suficientes para dejar malheridos o matar al sujeto. Se consideraba que sus efectos eran similares a los de una escopeta de cartuchos de calibre .410. Se comprobó que podían atravesar una tabla de madera contrachapada de 2 cm. de grosor a 4'5 metros, más que suficiente para que penetrasen en lo más profundo de las negras almas comunistas de los vietcongs. 

Caja de munición para las QSPR. En sí eran las mismas que
usaba el ejército para otras municiones salvo por el refuerzo interno
Con todo, esta munición se mostró especialmente peligrosa ya que cada vaina era en sí un cañón, y si se producían disparos fortuitos por golpes o aumento anormal de la temperatura, podía tener lugar una escabechina entre el personal cercano. Para almacenar esta munición sin tener que llevarse un susto gordo se reforzaron las cajas de munición con un revestimiento de 3 mm. de acero para impedir que, en caso de un accidente, salieran las postas disparadas en todas direcciones. Pero cuestiones de seguridad aparte, para aumentar el número de hombres que probasen la nueva arma, el 22 de agosto la 1ª División envió sus cinco QSPR y 125 cartuchos a la 23ª División de Infantería para que pudieran aportar sus conclusiones y sugerencias aprovechando el tiempo que quedaba de prueba. Al final de las mismas, la impresión general fue buena, e incluso pudieron disponer de estas armas tropas convencionales destinadas a operaciones de búsqueda y destrucción que se mostraron muy satisfechos por su rendimiento, sobre todo de noche ya que la ausencia de fogonazo no delataba su posición, y su mínimo ruido era apenas audible en el fragor nocturno de la jungla. Sin embargo, la renuencia de muchos ratas de túnel, muy apegados a sus armas de siempre aunque no fueran las ideales y, por otro lado, el empeoramiento de la situación política en USA a partir de comienzos de lo 70 por el rechazo a la guerra hizo que el proyecto quedara relegado al olvido. 

Y para terminar con el tema del armamento, mencionar dos pistolas que, en este caso, sí tenían una gran demanda aunque su disponibilidad era escasa. Ante todo, estaba la High Standard modelo HD, una pistola de calibre .22 LR con un cargador para diez cartuchos. Aún más golosa era la modelo HDM (foto de la derecha), una versión diseñada en 1943 para la OSS y provista de un silenciador integrado. Era la típica arma de asesinato destinada a escabechar enemigos en operaciones de infiltración y similares. La HDM tenía, como decimos, el supresor integrado, o sea, formaba parte del arma sin que pudiera desmontarse. Su vida útil era de unos 200 disparos, tras lo cual habría que enviarla a fábrica para cambiarle el relleno del supresor. En la foto de la derecha podemos ver el arma que, como salta a la vista, era un trasto de generosas dimensiones. En el detalle superior podemos ver un corte en sección de la envuelta que permite ver el cañón perforado con la envuelta de fibra que absorbía los gases. 

No obstante y a pesar de ser una pieza codiciada, la High Standard tenía sus inconvenientes, que no eran pocos. De entrada, era muy larga, o sea, todo lo contrario a lo que se venía predicando desde el primer momento. Por otro lado, un calibre .22 LR mata poco, pero al menos podían efectuarse varios disparos en una secuencia rápida por su escaso retroceso y meterle al charlie el cargador entero en el cuerpo si era necesario. Para cambiarlo se accionaba una pequeña pestaña situada en el talón de la empuñadura. En cualquier caso, la cuestión es que, como decíamos anteriormente, eran armas escasas que, además, estaban muy solicitadas por las unidades de Boinas Verdes que se infiltraban en lo más profundo de la jungla en busca de vietcongs que asesinar con premeditación y alevosía, cuando no cruzaban la frontera de Camboya o Laos para hacer alguna visita al extranjero. Otra pistola que tuvo cierta difusión fue la Ruger Mk I (foto superior), un arma del mismo calibre y misma capacidad de cargador muy fiable, robusta y precisa. Yo tuve una con cañón pesado para tirar "Pistola Standard" (una modalidad de tiro deportivo) y puedo dar fe de que iba de maravilla, no se encasquillaba jamás de los jamases, y su precisión no tenía nada que envidiar a otras armas que costaban cuatro veces más. Solo tenía un inconveniente: era complicada de desmontar para su limpieza.  En todo caso, tampoco logró una amplia difusión, imagino que más bien por cuestiones burocráticas ya que no era un arma reglamentaria que cada unidad tendría que adquirir a título particular. 

Bueno, criaturas, con esto vale de momento. En la próxima entrada seguiremos estudiando con detalle el material de estos sufridos y abnegados homicidas del subsuelo.

Hale, he dicho

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