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viernes, 24 de diciembre de 2021

UNIDAD 731. ORIGEN

 

Oficiales de la Unidad 731 ante la fachada de su primera sede en Harbin. En el centro de la primera fila aparece Kitano Masaji, jefe de la unidad desde 1942 hasta el final de la guerra

Dos fulanos de la Unidad 731 haciéndole perrerías a un joven
chino. Los afortunados eran los que palmaban de un ataque
cardíaco, única forma de ahorrase semanas de sufrimientos
inenarrables que pondrían los pelos de punta a Jack el Destripador

Las figuras más siniestras de la "medicina" experimental en seres humanos se suelen relacionar con el nazismo, cuya lista de monstruos encabeza Josef Mengele si bien en el caso de este pájaro creo que se debe, más que a su trayectoria, al hecho de que lograse escapar impune para, años más tarde, palmarla en buena hora de un chungo que le dio mientras se bañaba en una playa brasileña y feneciendo ahogado que, al cabo, vendría a ser algo similar al justo destino que tuvieron sus colegas Brand, Brack, Gebhardt, Sievers y demás "científicos". Sin embargo, en la otra punta del mundo los honolables guelelos del mikado perpetraban estas prácticas aberrantes cuando programas de exterminio como la Aktion 4 aún no estaban siquiera planteados, y si los crímenes perpetrados por los "médicos" de las SS hacen palidecer de espanto a más de uno, los de la Unidad 731 provocarían pesadillas a Hannibal Lecter. 

Manos congeladas de un preso chino para estudiar tanto el proceso
de la congelación como de la subsiguiente gangrena. Una vez
concluido el estudio, al chino le pegaban dos tiros. Ya no era útil
a la "ciencia"
De hecho, las actividades de esta organización durante más de una década no se limitaron, como en el caso de los nazis, a experimentar con los desgraciados que les facilitaban en los campos de exterminio, sino a la captura de cientos de miles de personas destinadas a pasar por los tormentos más inimaginables con fines militares. La Unidad 731 llevó a cabo un genocidio de manual cuyas cifras de víctimas jamás podrán saberse con certeza, pero las estimaciones más pesimistas hablan de alrededor de 400.000, la mayoría de ellas destinadas a la inoculación de microbios con muy mala leche, ensayos de guerra bacteriológica, química y vivisección. Vivisección a pelo, naturalmente. O sea, sin anestesia. En resumen, cualquier película "gore" de esas que están tan de moda en la que varios adolescentes se ven en mitad de un bosque, sin cobertura en el móvil y perseguidos por un fulano con una motosierra o un machete enorme con el lomo serrado no llegaría ni de lejos a los experimentos llevados a cabo por la Unidad 731.

Documento de identidad de un miembro de la Unidad 731

Por cierto, y antes de proseguir, una puntualización de tipo semántico. Ignoro el motivo, pero en español se la denomina como Escuadrón 731 cuando, en realidad, el término original es 部隊, unos dibujitos ininteligibles para los occidentales que trasliteramos como butai, palabro traducible como unidad o destacamento y que veo más acorde que el de escuadrón, más aplicable a unidades aéreas o de caballería que a matasanos con más mala leche que un político cesado antes de cumplir el cómputo de tiempo para trincar la paguita vitalicia. Tras un rato peleándome con un diccionario y un traductor y para que puedan darle un berrinche a sus cuñados, el nombre completo en la lengua de los honolables guelelos del mikado es 731 部隊, que una vez trasliterado sería nan-san ichi butai, uséase, algo así como "unidad setecientos tres uno". Así pues, y aunque en las referencias en español a esta mortífera caterva de galenos enloquecidos es la de escuadrón, aquí usaremos el término unidad y santas pascuas.

Bien, hecho el introito de rigor y la aclaración semántica para los aficionados a exprimir detallitos con los que fardar delante de la familia política, vamos al tema en cuestión...

Hospital japonés durante la Guerra Ruso-Japonesa.
Salta a la vista que no se asemeja mucho a las
imágenes de los hospitales militares de esa época

Paradójicamente, el origen de la Unidad 731 era lo totalmente opuesto al concurso de psicópatas SVMMA CVM LAVDE en que acabó degenerando. Antes al contrario, el cuerpo de sanidad militar japonés se dedicó en cuerpo y alma a combatir el "enemigo invisible", uséase, los gérmenes y bacterias que provocaban más bajas que los enemigos visibles, es decir, los enemigos. Y no era para menos porque, tras el recuento de bajas producidas en la Primera Guerra Sino-Japonesa entre agosto de 1894 y abril de 1895, palmaron apenas 1.132 honolables guelelos del mikado. Sin embargo, casi 12.000 de ellos se marcharon al Celeste Edén del Loto Sagrado debido al taimado y alevoso enemigo silencioso, en este caso y de forma mayoritaria, por disentería. Curiosamente, mientras que en los ejércitos occidentales el personal caía como moscas por todo tipo de enfermedades, a la sanidad militar parecía darle una higa esa cuestión porque no se podían muchos medios- cuando no ninguno- para impedirlo. Pero, por el contrario, los médicos militales del mikado se quedaron con jeta de crisantemo imperial cuando vieron que por cada guelelo caído en combate, diez se habían vaciado a causa de una cagalera atroz. Un poco desproporcionado para una guerra de poco más de ocho meses.

Shiga Kiyosi (1871-1957) en su campo de exterminio para bacterias,
o sea, su laboratorio

El razonamiento subsiguiente fue de una obviedad palmaria: los microbios matan una cosa mala, ergo hay que hacerle una guerra sin cuartel a los microbios. Todos los galenos del mikado se pusieron manos a la obra con el tesón y la machaconería propia de estos orientales y, en pocos años, sus avances fueron tan notables que a principios del siglo XX el Japón contaba con la mejor sanidad militar del mundo. Y no por curar un balazo, que eso era lo fácil, sino por poner coto a las enfermedades que diezmaban literalmente los ejércitos, descubriendo entre otras cosas los bichos que producían el beriberi y la disentería. De hecho, la SHIGELLA DYSENTERIÆ, la bacteria de Shiga que produce la disentería, fue descubierta por el doctor Shiga Kiyoshi, por lo que el puñetero microbio asqueroso pasó a los anales de la medicina con su nombre. En resumen, aprendieron tan bien la lección que, en su siguiente guerra contra los rusos (febrero 1904-septiembre 1905), sus bajas por enfermedades se redujeron al asombroso porcentaje de apenas un 0'2%, algo absolutamente impensable en las grandes masas humanas que se ponían en liza en las guerras de la época.

Un herido es evacuado al hospital de campaña. Lo acompañan un
médico, un sanitario y los camilleros. Aunque la foto tiene toda la
pinta de ser propagandística, es un reflejo de lo en serio que se
tomaban estos orientales la cosa sanitaria
Los médicos japoneses impusieron una doctrina totalmente opuesta a la convencional: desde sus inicios, la sanidad militar solo entraba en acción cuando se producía una baja. En la japonesa, su trabajo empezaba en el instante en que su ejército se ponía en movimiento, previniendo ante todo las enfermedades producidas por el consumo de alimentos y/o agua en mal estado que se traducían a los pocos días en epidemias de tifus, disentería o cólera que dejaban a miles de hombres fuera de combate ante siquiera de haber pegado un tiro. Así, hasta los hospitales de campaña estaban provistos de laboratorios bacteriológicos, aparatos de rayos X e incluso un pequeño equipo portátil para analizar el agua, mientras que los rusos caían como moscas a causa del agua contaminada. Y cuando decimos como moscas hablamos de decenas de miles de hombres que, por cierto, cuando cayeron en manos de los japoneses, estos se preocuparon de proporcionarles el tratamiento médico adecuado, cosa que no se molestaron en hacer los suyos, dejándolos tirados a merced del enemigo. Obviamente, en aquella época los honolables guelelos del mikado tenían un sentido del honor y una ética que, por desgracia, se evaporó unos años más tarde. Más aún, los médicos militares no estaban supeditados al ejército, sino que tenían autoridad, conforme a su graduación, para imponer determinadas normas dentro de su ámbito de actuación, como prohibir el consumo de agua o alimentos que se habían comprobado previamente que no eran aptos para ello u obligar a las tropas a tomar medidas de tipo higiénico o sanitario, desde el mismo aseo personal al uso de profilácticos en los putiferios destinados al desfogue de las tropas.

Anuncio en la prensa de 1923 que confirma que el Sol
Naciente resplandece más si uno se toma la pastillita de
Seirogan antes de cada comida para no irse de vareta
Su afán de perfeccionismo llegó al extremo de distribuir píldoras de creosota para prevenir infecciones producidas por el consumo de alimentos en mal estado o contaminados. La creosota tiene por lo visto un sabor bastante asquerosillo, como a madera quemada, por lo que muchos soldados hacían caso omiso de la recomendación y las tiraban. Al darse cuenta y ante la imposibilidad de controlar que decenas de miles de hombres se tomaran puntualmente la pastilla, bastó colocar en los envases el siguiente mensaje: "Es la voluntad del emperador que cada soldado tome este medicamento después de cada comida". Bastó esa orden concisa para que no se saltaran ni una sola toma. Era la voluntad del mikado, y la voluntad del mikado era la voluntad de los dioses. Como dato curioso, estas pastillas fueron apodadas como "píldoras para conquistar Rusia" ya que, obviamente, sus enemigos carecían de ellas. Recibían el nombre de seirogan, un acrónimo que contenía los palabros "sei", que significa conquistar, y "ro" que en la grafía nipona significa rocío y Rusia. Años más tarde, al término de la 2ª Guerra Mundial y para eliminar referencias enojosas, se cambió el grafismo de "sei" para variar el significado, pero de forma que la pronunciación sería la misma, seirogan, si bien ya no tenía connotaciones agresivas, sino más pacíficas: "eficaces gotas de rocío". Por lo visto, hoy día fabrican esas píldoras más de treinta firmas farmacéuticas y se siguen vendiendo por millones en las boticas niponas para combatir la diarrea, así que supongo que será un remedio bastante eficaz para no acabar con una gastroenteritis tras una paella preparada por algún cuñado de esos que le ponen mejillones caducados.

Empleados del Ferrocarril del Sur inspeccionando el lugar
del sabotaje, que a la vista de los ínfimos daños producidos no
harían descarrilar ni una vagoneta
Sin embargo, el buen rollito y los beatíficos matasanos nipones no iban a durar mucho. A principios de los años 30, la URSS miraban con ojos tiernos a Manchuria como una forma de aumentar sus ya de por sí inmensos dominios hacia el sur. Y justo en la Península de Corea estaban los honolables guelelos del mikado, que también ansiaban apoderarse de la desdichada Manchuria para aumentar sus posesiones continentales y, quizás con el tiempo, extenderlas aún más a costa de sus vecinos. El detonante para iniciar la invasión, que al parecer pudo haber sido un ataque de falsa bandera, fue el llamado el "Incidente de Mukden". Este suceso tuvo lugar a las 22:30 horas del 18 de septiembre de 1931 contra la vía férrea del Ferrocarril del Sur de Manchuria en Liu-tiao kou, entre las estaciones de Mukden y Wen-kuan-tun, y oficialmente perpetrado por tropas regulares chinas, que fueron repelidas por la guarnición nipona. El Ferrocarril del Sur era la joya de la corona ferroviaria japonesa en el continente. Vagones confortables, coches cama suntuosos, vagón restaurante de lujo, empleados que hablaban perfectamente inglés y ruso... en fin, un Orient Express en plan nipón que, además, era una arteria de vital importancia para el trasiego de personas, mercancías y tropas hasta la costa.

Tropas japonesas entrando en una ciudad de Manchuria. No
podían imaginar los chinos lo que se les venía encima

Tres días más tarde, un contingente de honolables guelelos del mikado procedente de Corea se presentó en la frontera de Manchuria, que ocuparon en apenas tres meses, creando a continuación un pseudo-estado bajo el protectorado del Japón. Esta nación ficticia fue bautizada como Manchukuo, y como dirigente títere recurrieron al último emperador de China, Pu Yi, enviado al paro en 1912 y postrero vástago de la dinastía Qing que, muy occidentalizado él, había adoptado el nombre de Henry Puyi. Vamos, como un chino que monta un bazar en Los Ángeles. Pu Yi fue puesto al frente del país con el título de Director Ejecutivo de Manchukuo, como si fuera un empleado de alguna multinacional si bien, muy a su pesar, Pu Yi mandaba menos que un guardacoches, y en todo momento permaneció bajo la férrea tutela de los japoneses sin tener la posibilidad de firmar ni un autógrafo sin que los fulanos del Kempeitai le dieran permiso. Era literalmente un pelele, un jarrón decorativo y nada más. Y aparte de eso, como ya se habló en su día, los japoneses despreciaban profundamente a los chinos, considerándolos seres inferiores cuya misión en este planeta era ser sus siervos. Digamos que para los nipones eran los judíos y eslavos orientales. Por lo tanto, la ocupación de Manchuria dio a los japoneses material humano de sobra para llevar a cabo la segunda desgracia que les deparaba el destino: Shirō Ishii. ¿Qué quién leches es ese? Ahora mismo lo veremos...

Shirō Ishii (1892-1959)

Decir que Shirō Ishii fue el Mengele japonés sería elevar al tedesco varios grados de perversidad. Digamos que el ciudadano Josef se lo tomaría como un cumplido, porque no le llegaba a Ishii ni a las suelas. Nuestro psicópata de ojos rasgados había nacido en 1892 en Shibayama, en la prefectura de Chiba. Era el cuarto retoño de una familia de terratenientes que, gracias a la posición económica paterna, pudo matricularse en 1916 en la Universidad Imperial de Kioto, ya en aquella época reconocida como un centro docente de gran prestigio. Desde su ingreso en la facultad, Ishii ya empezó a darse a conocer debido a su personalidad un tanto peculiar, que chocaba bastante con la idiosincrasia y las buenas formas imperantes en la sociedad japonesa. Era un tipo agresivo, manipulador, egoísta y, sobre todo, dominado por una ambición desmedida que le llevó muchas veces a faltar el respeto a los que por jerarquía o estatus estaban por encima de él. No obstante, nuestro hombre tenía bastante talento ya que se graduó en 1920, especializándose en microbiología y bichos especialmente malignos que, aunque invisibles al ojo humano, mataban más que una horda de hunos cabreados.

El Protocolo de Ginebra de 1925 pretendía acabar con imágenes
como esta. Los japoneses hicieron una lectura inversa: el horror
que producía la perspectiva de usar armas químicas y
bacteriológicas podía ser usado como elemento persuasivo

Pronto comprendió que en el ejército tendría un campo de investigación muchísimo más extenso, porque estaba muy interesado en todas las cuestiones relacionas con la propagación de plagas y demás desastres, así que en 1921 se presentó para formar parte del cuerpo de sanidad militar, siendo aceptado como oficial a prueba y teniente médico en la Guardia Real de Japón. Su actividad castrense fue alternada con diversos estudios universitarios, donde destacó sobremanera alcanzando el reconocimiento de los más encumbrados científicos nipones por sus enjundiosos artículos. Sin embargo, el 17 de junio de 1925 Japón firmó junto a 36 países más el Protocolo de Ginebra, lo que en teoría pondría término a los proyectos del ciudadano Ishii, que se moría de ganas de preparar porquerías sumamente letales. Dicho protocolo consideraba que "...el uso en la guerra de gases asfixiantes, venenosos o de otro tipo, así como todos los líquidos, materiales y recursos similares, han sido justamente condenados por la opinión general del mundo civilizado." Obviamente, la Gran Guerra fue el acicate para prohibir el uso de estas substancias chungas, pero Ishii tenía argumentos de sobra para convencer a los mandamases de que el uso más idóneo para el tratado era como papel higiénico. Su razonamiento eran tan simple como contundente: si las potencias del mundo habían llegado a la conclusión de que la guerra química y bacteriológica debía ser prohibida, es que porque era de una eficacia fuera de toda duda. Por lo tanto, sus proyectos estaban bien encaminados.

Sadao Araki (1877-1966)

Para ilustrarse largo y tendido sobre el tema, entre 1928 y 1930 se pateó a fondo varios países de Europa y Oriente Próximo para estudiar todo lo referente a las experiencias de sus respectivos ejércitos en lo tocante a guerra química y, sobre todo, guerra bacteriológica. Porque el ciudadano Ishii tenía metido en la cabeza que enfrentarse al enemigo con microbios era mucho más barato y eficaz que con tropas y, de hecho, tomó como ejemplo las devastadoras epidemias de peste bubónica que asolaron Europa durante siglos. Había llegado al convencimiento de que la propagación del bacilo YERSINIA PESTIS podría acabar con la vida de medio planeta llegado el caso, y que si era capaz de demostrar la validez de sus ideas sobre el uso militar de este tipo de bichos Japón aplastaría sin problemas a sus más enconados enemigos, empezando por los chinos, naturalmente. Cuando volvió al Japón, presentó sus conclusiones al general Sadao Araki, un aristócrata de rancia estirpe samurai que en aquel momento ostentaba el cargo de Ministro de Guerra. Araki era un ultranacionalista tanto o más agresivo que Ishii que en 1924 había fundado la Kokuhonsha, una sociedad secreta formada por militares y civiles de alto rango cuya doctrina era bastante parecida a la del ciudadano Adolf: convertir el Japón en un estado totalitario con la misión de expandir sus territorios, todo ello bajo la directriz del emperador, al que profesaban una lealtad monolítica. Para que se hagan una idea del pelaje de este personaje, he ahí una de sus máximas: "La misión del Japón es alcanzar la supremacía en Asia, los Mares del Sur y, finalmente, las cuatro esquinas del mundo." En fin, está de más decir que las ideas de Ishii cuadraban a la perfección con las de Araki, al que le faltó tiempo para facilitar al siniestro galeno todos los medios para poner en marcha su proyecto.

Filtro modelo Otsu, con capacidad para filtrar agua para
un batallón. Se podía trasportar a lomos de una acémila
En 1932 se fundó en el hospital militar de Tokio el Laboratorio de Investigación de Prevención de Epidemias, donde Ishii se dedicó a buscar medios para impedir la propagación de enfermedades en las tropas del mikado, llegando a diseñar y patentar un sistema portátil de filtrado de agua para que no tuvieran que beber de los charcos. El filtro consistía en un cilindro de un metro de largo y 45 cm. de diámetro provisto de una palanca que introducía el agua a presión y la forzaba a pasar a través de un filtro a base de diatomita, por lo que las tropas podían coger agua de cualquier sitio, filtrarla y trasvasarla a unos porteadores que acompañaban a cada unidad con un pequeño bidón en la espalda para reponer las cantimploras. El invento fue probado por Ishii delante de los mandamases de turno y, para dar fe de la confianza que tenía en el mismo, se meó en el agua, la filtró y se la bebió. Lo que no sabemos es si el fulano este era de una de esas sectas que se beben sus meados antes del desayuno, pero la cosa es que impresionó tanto al personal que se adoptó de inmediato. 

Aguadores en plena acción. Un soldado puede luchar estando
hambriento, pero la sed acaba con cualquiera en 24 horas, y si
a la sed producida por la fatiga se suma el calor, ni te cuento
La firma Nippon Tokusho Kogyo Kabushiki Kaisha obtuvo la concesión en exclusiva para su fabricación previo pago al inventor de 50.000 yenes, pero les trajo cuenta porque se forraron. De hecho, el filtro de Ishii se fabricó en varios tamaños para suministrar agua potable tanto a un solo hombre- el modelo Bo, que era muy similar a una bomba para inflar ruedas- como a un regimiento- el modelo Ko-, produciéndose en total cinco modelos de distintos tamaños para servir según los efectivos de una unidad. A cada uno lo suyo: Ishii era un mal bicho, pero hizo posible que Japón fuera en esa época el único país del mundo con un ejército equipado para que cualquier hombre dispusiera de agua potable sin tener que recurrir a productos químicos que hacían el agua imbebible o a grandes y complejas depuradoras que en muchos casos no se podían trasladar al frente. En resumen, estos filtros no solo fueron una innovación totalmente adelantada a su tiempo, sino que evitó que decenas de miles de hombres de vieran, como ocurrió en la Primera Guerra Sino-Japonesa, combatiendo sin pantalones (no es coña) porque se estaban vaciando sin descanso por la puñera disentería hasta que la deshidratación los derrotaba y caían redondos al suelo.

Ocho prisioneros chinos esperando a que dé comienzo un experimento
sobre congelación. Salta a la vista que hace un frío acojonante
Pero Ishii tenía un defectillo, nada de importancia... Su obsesión por adelantarse a las consecuencias de las enfermedades o a los efectos de agentes externos como el gas en cualquiera de sus variantes hizo que llegara a la conclusión de que experimentar con animales no era viable tanto en cuanto sus organismos no son una réplica del humano. Algo que a un macaco lo mata de inmediato, a un hombre le hace menos efecto y viceversa. Por otro lado, tenía especial interés en estudiar hasta dónde era capaz de resistir una persona la agresión de cualquier patógeno o veneno, llevarlo al límite y, a continuación, averiguar la forma de recuperarlo. En puridad, el concepto en sí tiene su lógica porque si se sabe cómo atajar una enfermedad en su estado más avanzado, obviamente es mucho más fácil sanar al paciente cuando apenas muestra síntomas o, en el caso de tropas afectadas por gas, tener previsto el tratamiento para hombres que han estado expuestos al mismo durante lapsos de tiempo tan largos que serían casi mortales. Pero, como es lógico, provocar esos efectos en personas sanas y forzadas a ello es un tanto monstruoso. Sin embargo, los conceptos sobre la ética médica y la moral de Ishii debían ser similares a los de un bordillo de acera, porque a él lo que le importaba era avanzar en sus investigaciones a toda costa. Finalmente, Ishii no solo pretendía disponer de medios para sanar a sus propias tropas, sino crear armas biológicas y químicas que cualquier ejército o población no fueran capaces de anular, propalando epidemias o substancias tóxicas que no dejaran títere con cabeza.

Primera sede de la Unidad 731 en Harbin
Para disponer de material experimental, o sea, gente con la que probar los efectos de bacterias y demás maldades, a mediados de 1932, cuando la ocupación militar de Manchuria estaba ya terminada, Ishii se trasladó con su equipo a Harbin, ciudad situada en un importante nudo ferroviario que facilitaba la llegada de material y personal. La invasión de Manchuria supuso la expulsión de Japón de la Sociedad de Naciones, lo que le liberaba por completo de ceñirse a pautas moralmente aceptables. O sea, que le vino de perlas para tener carta blanca y hacer todas las perrerías que quisiera a la gente. Entre los prisioneros de guerra puestos a buen recaudo en campos de concentración y los elementos subversivos que el Kempeitai iba recolectando, Ishii se vio con cantidades ingentes de personas de todas las edades y de ambos sexos (entonces había solo dos, no como ahora, que ya he perdido la cuenta) para llevar a cabo todo tipo de experimentos.

Miembros de la Unidad 731. Como vemos, también se componía
de mujeres
Ishii no tardó mucho en percatarse de que Harbin no era precisamente el lugar más adecuado para montar su chiringuito. Era una ciudad con un enorme trasiego de gente, y las actividades de su equipo médico debían permanecer en el más absoluto secreto. Y no ya por impedir que trascendieran a la población, sino a los tropocientos espías que pululaban por la ciudad al servicio de Rusia y China, los principales enemigos de Japón en aquel momento. Así pues, recogieron los bártulos y se largaron a Beiyinhe, situada a 100 km. al sur de Harbin y escasamente poblada, con no más de 300 casas y una extensa superficie despejada al sur de la población. Antes de la llegada de Ishii y su gente se presentó un destacamento militar que informó al jefe de la aldea que tenían tres días para liar el petate y largarse de allí. Los atribulados vecinos no se lo hicieron repetir dos veces, así que se marcharon a toda velocidad por si las moscas, porque ya sabían como las gastaban los honolables guelelos del mikado cuando no se les obedecía con presteza.

Cuartel General del ejército japonés en Kuantung
Una vez desalojada la zona, se incendiaron las casas y se arrasó todo para construir lo que sería la sede de la Unidad Tōgō. Se seleccionó un área de 500 m² para la construcción del edificio, y en la extensa explanada al sur de la ex-aldea se acondicionó el terreno para disponer de un aeródromo. Las obras se llevaron a cabo con más hermetismo que la cámara funeraria de un faraón. Para llevarlas a cabo se contrató personal chino con unos salarios muy inferiores a lo habitual en el país, cosa que aunque no les hizo ni pizca de gracia tuvieron que aceptar sí o sí. El edificio estaba formado por dos secciones: una albergaría las oficinas, las viviendas para el personal, comedores y almacenes, y la otra los laboratorios, las celdas para tener a buen recaudo a sus cobayas humanas y un horno crematorio con el que deshacerse de sus víctimas sin dejar ni rastro de ellos. Para las obras de esta última sección se usaron currantes nipones para que los chinos no tuvieran ni idea de lo que se cocía allí. La obsesión por el secreto llegaba al extremo de que, cuando había que recurrir a ellos para llevar materiales o equipo, les obligaban a meterse en una especie de cestas fabricadas con ramas de sauce de forma que no veían absolutamente nada. Una vez dejada su carga en la zona indicada, salían caminando dentro de la cesta y no se la podían quitar hasta que no estuvieran bien lejos.

El complejo, que se construyó en apenas un año, estaba rodeado por un muro de tres metros de altura coronado por una concertina electrificada. Un foso rodeaba todo el perímetro del muro, y la única puerta de acceso tenía ante ella un puente levadizo, talmente como un castillo medieval, por lo que recibió el nombre de Fortaleza de Zhongma. Zhongma era el nombre con que los lugareños conocían a la aldea de Beiyinhe. Tenía capacidad para un millar de reclusos, y una guarnición militar patrullaba las 24 horas del día para impedir que absolutamente nadie se acercase. Ojo, no te avisaban para decirte que estabas entrando en una zona restringida, simplemente te soltaban un balazo. El secreto llegaba al extremo de que los vagones de los trenes que pasaban a un kilómetro de distancia del recinto debían echar las cortinillas mientras la Fortaleza estuviera al alcance de la vista. El nivel de paranoia obsesiva con el secretismo hizo que incluso los chinos que trabajaron en las zonas del complejo menos comprometidas y que habían sido llevados desde otras poblaciones fueron liquidados una vez concluida las obras. Solo pudieron contarlo los que trabajaron exclusivamente en la construcción del muro exterior. Acojonante, ¿qué no?

La fortaleza de Zhongma tras ser abandonada
La Unidad Tōgō comenzó su actividad bajo el mandato de Ishii, que por aquel entonces había alcanzado el rango de Cirujano Principal del ejército si bien su complejo dependía jerarquicamente del Estado Mayor del Ejército de Kwantung. Sin embargo, el complejo celosamente guardado por Ishii tuvo una vida operativa bastante corta. El 23 de septiembre de 1934, y aprovechando el Festival del Medio Otoño, dos presos, Tsuyang Wang y un tal Li que habían sido capturados junto con otros chinos en una de las arbitrarias redadas del Kempeitai, aprovecharon para tomar las de Villadiego cuando el carcelero, que con lo de el festival tenía una cogorza fastuosa, les acercó a la celda un cesto con comida y una botella de sake. Mientras Wang cogía el cesto que le pasaba por entre los barrotes, Li lo agarró por la cabeza y lo golpeó con saña bíblica contra la puerta hasta dejarlo sin sentido. Le cogió las llaves y salieron de la celda junto con unos 40 presos más. Pudieron echar mano de una escalera para subir al muro donde, en teoría, se habría quedado fritos por la concertina electrificada pero, providencialmente, en aquel momento hubo un corte de luz que anuló las defensas y apagó los reflectores, así que pudieron ir escapando a toda prisa. Li se quedó sobre el muro para ayudar a los que subían, y al parecer fue alcanzado por un disparo. El resto salieron en todas direcciones como gazapos si bien fueron capturados o abatidos todos menos una docena. Cinco de ellos se marcharon a Xinfatun, y los otros siete a Chengjagang. Tras su exitosa fuga se unieron a la resistencia china para hacerles la puñeta a los honolables guelelos del mikado, como es lógico.

Pero la fuga implicaba algo más que cuestionar la seguridad del recinto. Lo verdaderamente chungo era que doce testigos de lo que se cocía en la Fortaleza  de Zhongma estarían al día siguiente contando a todo bicho viviente, no solo los experimentos que se llevaban a cabo, sino la distribución de las dependencias, el número de guardias, etc. En resumen, ya no era un lugar seguro, así que tocaba largarse de allí y, por supuesto, desmantelar el complejo para no dejar ni rastro de nada. El lugar elegido para la mudanza fue Pingfang, en aquella época un suburbio de Harbin. El nombre japonés de la zona era Heibo. Para proceder a la construcción del nuevo complejo se procedió de forma similar a Beiyinhe, si bien en esta ocasión se eligió una superficie aún mayor de forma que abarcaba nada menos que una superficie de 6'1 km² y comprendía 60 edificios más un aeródromo en su interior.

Plano de uno de los bloques de celdas. Obsérvese el pasillo
posterior que las rodea para que ninguna de al exterior del recinto
A los habitantes de la zona se les compraron sus casas y sus tierras por un precio marcado por las autoridades japonesas que, obviamente, era muy inferior a su valor de mercado, por lo que dejaron al vecindario sin casa, sin tierra donde trabajar y, encima, con las cosechas ya sembradas sin poder ser recolectadas. Para agilizar al máximo el ritmo de las obras se trajeron del Japón operarios del Grupo Suzuki, que trabajaron como enanos las 24 horas al día en turnos de 12 horas. Los bloques destinados a las celdas, denominados como "edificios ro", estaban divididos en dos secciones: la nº 7 para hombres y la 8 para mujeres y críos. Sí, los niños no se libraban de pasar por las garras de Ishii y sus investigadores. Estos bloques estaban concebidos como los de una prisión de altísima seguridad para impedir otro episodio como el de la fuga de Zhongma, por lo que solo disponían de una ventana que daba al pasillo central y una abertura para sacar los brazos cuando se les hacían extracciones de sangre. Los tabiques entre las celdas eran una masa de hormigón de entre 30 y 4o cm. de espesor. La parte trasera no daba al exterior, sino a un corredor interno que transcurría entre las celdas y el muro del edificio. También se construyeron tres grandes hornos crematorios para eliminar los cadáveres de los que ya habían amortizado su utilidad para la investigación.

No obstante, las celdas era relativamente confortables en comparación con las de las prisiones de la poca. Disponían de calefacción y refrigeración, un inodoro con cisterna y el suelo era de madera. Más aún, la dieta destinada a los presos era abundante y variada, y se observaba en todo momento que la higiene tanto de los reclusos como de las celdas fuera impecable. Pero no nos confundamos. Tantas comodidades no estaban destinadas a hacer la vida menos penosa en una cárcel de la que nadie salía vivo, sino para que el personal estuviera en perfectas condiciones físicas para arrostrar los experimentos que harían con sus cuerpos. Se suponía que la guerra química y bacteriológica estaba destinada a afectar a hombres sanos y bien alimentados, no a despojillos medio muertos, por lo que para calibrar de forma precisa las dosis o sesiones de "tratamiento" debían hacerse sobre personas en un estado físico similar. El Ishii pensaba en todo, el muy cabrito. 

Núcleo central del complejo de Pingfang. Los edificios que se
ven en el interior de los patios son los bloques de celdas

Y mientras duraban las obras, que por su envergadura no pasaban desapercibidas a los habitantes de los alrededores, cuando preguntaban a los japoneses qué estaban construyendo allí les respondían que un aserradero. Uno de los médicos soltó una coña en privado diciendo que, en efecto, era un aserradero en el que los presos eran los troncos, maruta en japonés. El chiste tuvo éxito, hasta el extremo de que por norma a los desdichados que iban a dar con sus huesos en el complejo de Pingfang se les llamó por norma maruta. Por lo demás, las condiciones de seguridad eran draconianas: un muro de 2,5 metros de alto y un metro de ancho, un foso de 3 metros de ancho y profundo, concertinas electrificadas con alto voltaje y, debido a la proximidad de una ciudad con aeropuerto, el espacio aéreo sobre el complejo estaba cerrado a cal y canto para cualquier avión que no perteneciera al ejército japonés. De hecho, ante la presencia de cualquier intruso, un caza despegaría de inmediato desde el aeródromo del complejo y lo derribaría sin contemplaciones. Este aeródromo era especialmente útil a Ishii, que viajaba con bastante frecuencia a Tokio para presentar los resultados de sus investigaciones.

Criadero de ratas donde eran infectadas con el bacilo de la peste
bubónica para usar las pulgas como agente transmisor

El 25 de junio de 1936 y, en teoría, con la autorización del emperador (muchos sostienen que en realidad firmó una cosa y luego el gobierno hizo otra), quedó establecida la Unidad 731, dependiente del Departamento de Prevención de Epidemias y Purificación del Agua del Ejército de Kwantung, si bien esta denominación no empezó a usarse oficialmente hasta agosto de 1941, denominando de forma genérica como Unidad 731 a todas las sucursales del complejo de Pingfang que se habían ido añadiendo a la siniestra lista de centros de experimentación a modo de campos subsidiarios en Anda, Xinjing, Guangzhou, Beijing, Singapur y la isla de Okunoshima, a escasa distancia de Hiroshima y donde desde 1928 se había establecido una fábrica de iperita. Además, se empezó a permitir personal civil en el complejo para que pudieran llevar a cabo prácticas y obtener información de primera mano. Al parecer, hubo bastantes científicos y médicos que no tenían ni idea de las aberraciones que se estaban llevando a cabo en Pingfang, y se les pusieron los pelos como escarpias al ver el panorama. Pero, ¿quién era capaz siquiera de elevar una mínima protesta al todopoderoso Shirō Ishii, que por aquel entonces tenía ya el rango de Cirujano General de Ejército?

Vista general del enorme complejo de Pingfang. En la parte
central derecha se ven perfectamente las chimeneas de los
hornos crematorios

En fin, con esto ya podemos conocer a fondo cómo y por qué nació esta horripilante unidad que, entre el personal de Pingfang y sus sucursales llegó a tener a unas 20.000 personas trabajando en estas factorías de muerte. De las perrerías y demás canalladas que practicaban con los chinos ya hablaremos en otro artículo, pero para que se hagan una idea, la vida media de los reclusos era de un mes salvo en el caso de las mujeres preñadas que, por meras cuestiones "científicas", iban estudiando la evolución del embarazo hasta que, tras el parto, madre e hijo acababan en los crematorios. Por lo demás, y para que no me salga algún cuñado haciéndome un "spoiler" de esos, si alguien se pregunta si Ishii y sus conmilitones no acabaron colgado de una soga como tantos procesados por crímenes de guerra en Alemania y Japón, sepan que todos los miembros de la Unidad 731 escaparon impunes. Sí, cierren sus bocas abiertas como brocales de pozo. Los yankees, como detallaremos más delante, no tuvieron problemas para ofrecer a Ishii la impunidad a cambio de sus vastos conocimientos sobre guerra química y bacteriológica de la misma forma que hicieron la vista gorda con Von Braun, sin el cual nunca habrían dispuesto de misiles balísticos. No dudaron en ahorcar militares que obedecían órdenes, o a un chalado como Streicher que se limitaba a escribir libelos bastante bordes contra los judíos, pero no mató a nadie. Sin embargo, el creador, impulsor y perpetrador de una de las mayores infamias de la historia moderna se fue de rositas junto a sus colegas porque sus conocimientos valían más que los cientos de miles de víctimas que causaron. Solo una docena de personajes que cayeron en manos de los rusos fueron juzgados y condenados a diversas penas de cárcel. Flipante, ¿no?

En fin, criaturas, esta noche no olviden activar la Claymore del felpudo y soltar los perros de presa por si se presenta la familia política a dar buena cuenta el marisco y demás delicadezas gastronómicas. PAX IN VNIVERSA TERRA y esas cosas que se dicen. 

Hale, he dicho

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KEMPEITAI

Otra panorámica, esta tomada en 1940, que permite contemplar las descomunales dimensiones del complejo de la Unidad 731. En su interior cabría un pueblo pequeño

viernes, 13 de septiembre de 2019

Ratas de túnel. 6 curiosidades curiosas 6


Más o menos así sería la trampilla que localizó de forma fortuita el
sargento Green en Cu Chi
Bien, dilectos lectores, con este artículo terminamos esta ilustrativa monografía vietnamita. En el mismo veremos además algunas piezas de su equipo que se mencionaron de pasada y no nos detuvimos a analizarlas un poco más a fondo. Al grano pues...

1. La primera vez que los yankees tuvieron constancia física de la existencia de los túneles fue el martes, 11 de enero de 1966 en el contexto de la Operación Crimp, en Cu Chi. El "afortunado" descubridor fue el sargento Stewart Green, perteneciente al 1er. batallón del 28º Rgto. de Infantería al mando del teniente coronel Robert Haldane. Green era un sujeto canijo y reseco de apenas 58 kilos que, agotado de ver como los charlies aparecían y desaparecían como por ensalmo sin que nadie pudiera perseguirlos o hacerles frente, se echó un rato a descansar junto a sus compañeros. De repente, notó que algo le pinchaba en la espalda, y dando por sentado que se trataba de alguno de los bichos que poblaban la zona y que tenían más mala leche que los vietcongs, se levantó rápidamente para buscarlo y chafarlo de un pisotón. Pero, cual no fue su sorpresa cuando vio que no había bichos, y que lo que le había "picado" en la espalda era un clavo que sobresalía de una pequeña trampilla de madera llena de agujeros de ventilación. Era la primera vez que se encontraba uno de esos túneles de los que tanto habían oído hablar pero que, hasta el momento, permanecían más invisibles que la lista de gastos de las tarjetas black de los políticos. 

Un rata saliendo de un túnel. Generalmente ofrecían el mismo
aspecto: sudorosos, sucios y con la mirada extraviada
Tras informar a Haldane, Green y algunos hombres más se internaron en el túnel. De inmediato encontraron una enfermería con suministros médicos que fueron llevados a la superficie por uno de los hombres del grupo y entregados al capitán Kennedy, de la Unidad de Inteligencia. Mientras que bicheaban el hallazgo, las demás neo-ratas tuneleras salieron echando leches por el boquete aquel. El último en salir fue Green, que informó que en un pasadizo lateral se habían topado con unos 30 charlies que, al igual que ellos, se quedaron con la jeta a cuadros. Se asustaron tanto unos como otros y cada cual dio media vuelta y salieron zumbando en direcciones opuestas. Kennedy ordenó a Green, que ya debía estar maldiciendo la hora en que descubrió el puñetero túnel, que volviera con un intérprete para conminar a los charlies a rendirse, de lo que podemos deducir que el tal Kennedy no debía estar en Inteligencia, sino pegando sellos en una estafeta militar porque los vietcongs no se iban a rendir porque se lo pidiera un paisano acompañado por un sargento yankee birrioso. En cualquier caso, al poco rato salieron con Green dándole collejas al intérprete porque, según aseguraba, se había negado a decir una palabra. El vietnamita se defendía alegando que le faltaba el aire, que no podía respirar y que por eso no pudo hablar. Obviamente, a aquellas horas los vietcongs estaban ya en Birmania por lo menos.

Evacuando a un rata herido
Haldane ordenó entonces verter un poco de gasofa y arrojar varios botes de humo rojo en el túnel para obligar a salir a los malvados enemigos. Cual no fue la sorpresa de los presentes cuando, al cabo de pocos minutos, vieron emerger del suelo mogollón de fumarolas rojas. Era los respiraderos del túnel, por lo que aquel día también tuvieron conocimiento de que aquellas ratoneras eran más complejas de lo que habían imaginado. A la vista de lo visto ordenó arrojar granadas de CS, pero sin resultado porque lo que no sabía era que el complejo tenía miles de metros de galerías. Finalmente, Green, que se consideraría  gafe entre los gafes, tuvo que entrar una vez más para guiar al equipo de demolición encargado de destruir el túnel. Cuando la entrada fue colapsada Haldane puso jeta de satisfacción ante el deber cumplido, pero en realidad lo único que había conseguido era echar abajo una ínfima parte del complejo. La historia de los ratas de túnel acababa de empezar, y durante casi una década tendrían que enfrentarse con los peores miedos del ser humano: la oscuridad absoluta, la asfixia, ser enterrado vivo o verse rodeado de los bichos y sabandijas más asquerosos que se pueda uno imaginar.

Trampa con estacas punji para visitas non gratas. Son fáciles de preparar y,
sobre todo, baratas. No estaría de más instalar una en el recibidor  de casa
para defender el sacrosanto hogar de la familia política.
2. Las dos trampas más habituales que un rata se podía encontrar eran pozos con estacas punji y granadas accionadas por un hilo. En realidad, prácticamente eran las únicas que podían funcionar en un túnel. No creo que ninguno que los que me leen desconozcan las malvadas estacas esas. Los vietcongs las ponían por todas partes y de las formas más variopintas: en senderos, en vados de ríos o canales, plantadas en el fondo de un pozo, en pasarelas basculantes, en rodillos... En fin, la lista sería interminable. En los túneles no era preciso que el pozo tuviera mucha profundidad ya que el rata iría gateando, por lo que no debería exceder de más de la mitad de la longitud de un brazo. De ese modo, al plantar la mano en el suelo este se hundiría y se vería con una o más estacas atravesándosela en base a la densidad de palos que hubieran plantado en el fondo. 

Malvados y alevosos vietcongs preparando un pozo con estacas punji
en un sendero que era el paso habitual de sus cuñados
Preparar una de estas trampas era tan básico que hasta un político aprendería en dos minutos. Bastaba cavar el pozo, plantar varias hileras de finos troncos de bambú afilados en bisel- en algunos casos les daban a la punta forma de arpón para dificultar su extracción-, lo cubrían con una fina estera de palma o tiras de bambú y esta a su vez la ocultaban con tierra. Si una de esas estacas se clavaba lo más sensato no era intentar extraerlas in situ, sino cortarla y evacuar al herido fuera del túnel para ser trasladado a un hospital. Como añadido al evidente destrozo que podía causar en los tendones, los vietcongs las solían untar con excrementos o substancias venenosas. Por lo demás, el término punji parece ser de origen birmano, y aunque este tipo de trampas ya debían usarlas los hombres primitivos, no fue hasta 1872, con la llegada de los british (Dios maldiga a Nelson) a Extremo Oriente, cuando se tuvo constancia de ellas. Cabe suponer que, originariamente, se usaban ante todo para cazar animales. Con todo, aunque este tipo de heridas puede dar bastante repeluco, en realidad no albergaban complicaciones para un equipo médico yankee. Bastaba abrir la herida, extraer la estaca, limpiar y comprobar que no quedasen restos y coserla. Le metían un chute de antitetánica,  lo tenían cinco días a base de penicilina y estreptomicina y santas pascuas. Peor era un balazo de un Kalashnikov, obviamente.

La otra trampa era más chunga por razones obvias, pero no parece ser que se cobrase muchas vidas. Consistía en algo tan simple como una lata embutida en la pared del túnel. Dentro se colocaba una granada de mano, por lo general de origen ruso o chino si bien no eran despreciadas las de procedencia yankee que caían en manos del Vietcong. Como vemos en el detalle, tenemos una granada F1 rusa metida en la lata con el pasador de seguridad extraído. Un finísimo hilo atado a la granada se tendía hacia la pared opuesta de forma que si el rata no lo veía tiraba del mismo, sacando la granada de la puñetera lata. En ese momento la palanca saltaría, explotando entre los 32 y 42 segundos habituales en el retardo de las granadas comunistas. Obviamente, al rata no le daba tiempo de poner tierra de por medio, por lo que si la bomba explotaba adiós muy buenas. Sin embargo, como decíamos al principio, no era un tipo de trampa que funcionase bien en ese entorno ya que el hilo era detectado con cierta facilidad al brillar con la luz de la linterna. Caso de ser detectada, el rata sacaba cuidadosamente la granada de la lata y le colocaba un pasador de seguridad, de los que iba bien provisto. El pasador yankee ajustaba perfectamente en las granadas soviéticas y chinas, así que conjuraba el peligro y seguía adelante. Donde sí eran verdaderamente peligrosas estas trampas era en el exterior, cuando la maleza hacía invisibles los hilos, pero de eso ya hablaremos otro día. Bueno, no quiero mentir, un mes de estos. O un año de estos, seamos realistas...

3. Como hemos comentado, los yankees disponían de un amplio surtido de granadas para perjudicar severamente a los enemigos. A la derecha podemos verlas. La A es una granada de fragmentación M26 "Lemon", por su evidente forma de cítrico. Estaba cargada con 575 onzas (164 gramos) de Compuesto B y una espoleta de retardo de 5 segundos. La B es la M67, otra granada de fragmentación. Estaba cargada con 180 gramos de compuesto B y una espoleta de retardo entre 4 y 55 segundos. La C es una granada ofensiva Mk 3A2, cargada con 8 onzas (226 gramos) de trinitrotolueno. Ese chisme era devastador, con un radio de acción mortal de 2 metros. Pero donde se mostraba más eficaz era en los espacios cerrados debido a la gran onda expansiva que desarrollaba el explosivo. Por último, la D es una M34 "Willie Pete", una granada con una carga de 430 gramos de fósforo blanco activada por un retardo de 4 segundos. Su radio de acción era de unos 30 metros, así que arrojada dentro de un túnel podía ser algo fastuoso. Sin embargo, estas monerías solo podían usarse para despejar la entrada antes de que el rata se aventurase en el interior del túnel, eliminando posibles enemigos y/o activando trampas explosivas. Sin embargo, una vez dentro el rata no podía hacer uso de ellas ni siquiera lanzándolas contra una cámara lateral o un recodo. La onda expansiva lo dejaría hecho un despojillo, por lo que no le quedaba otra que confiar en su pistola. No disponía de otra arma ya que, como vemos, las granadas podían volverse contra él.

4. Ahí tenemos el teléfono TA-1/PT del que tanto hemos hablado pero que aún no hemos visto. En la parte superior vemos el estuche del aparato. En cuanto al teléfono, tenía un peso de 125 kilos y un potencia para emitir hasta una distancia de 4 millas (64 km.). Lo que parece un enchufe son en realidad los bornes de presión donde se metían los cables. En la base está el regulador de volumen. Entre el receptor y el emisor aparece la luz de aviso de llamada. Se encendía cuando desde superficie querían hablar. Y en los costados aparecen dos teclas, la de abajo había que mantenerla pulsada mientras se hablaba, y la otra, que apenas se ve, se pulsaba cuando se quería transmitir, avisando a superficie.  En la parte trasera llevaba un clip para sujetarlo al cinturón o el correaje. Ese chisme era de vital importancia para el rata ya que bajo tierra los aparatos de radio funcionaban menos que un cerebro en plena siesta tras devorar tres platos de lentejas con chorizo. Como es obvio, se empleaban dos aparatos, uno el rata y otro en superficie.

5. El cordón umbilical que unía ambos teléfonos era el cable WD-1, que se distribuía en estos casos en la bobina MX-306A/G, con una capacidad de media milla (804 metros). El cable iba saliendo por el orificio central y, aunque no lo pueda parecer, cuando se llevaban varias decenas de metros fuera era bastante engorroso tener que ir tirando del mismo, y más cuando se habían dejado atrás varios recodos en los que invariablemente se quedaba un poco pillado. En caso de que el rata fuera con un hombre de apoyo, era este el que iba cargando con el puñetero teléfono y tirando del dichoso cable. Eso sí, en base al cable extraído de la bobina al menos se podía saber con bastante exactitud la distancia recorrida hasta que el rata decidía dar media vuelta y salir del hoyo.

6. La compañera inseparable del rata era la linterna en ángulo recto MX-991/U. Estaba fabricada de plástico y era estanca, así que podía usarse sin problema en los asquerosamente húmedos, cuando no chorreantes túneles. Como vemos, tenía un clip para sujetarla al correaje, y a partir de 1973 el interruptor estaba protegido por unas solapas para impedir apagones repentinos por error o en caso de caerse. En la parte inferior está el interruptor en sí, y encima un pulsador para emitir en morse. Estaba alimentada por dos baterías BA-10. Dentro de la tapa tenía una bombilla de repuesto y varios filtros, dos rojos, uno azul, uno blanco y otro blanco difuso. Estas lentes se usaban para emitir distintos tipos de señales. Con todo, algunos ratas preferían usar linternas rectas, si bien eran los menos.

Bueno, imagino que con estas seis curiosidades curiosas podrán chinchar bonitamente al cuñado que se compró los fascículos esos de "Nam", que salieron hace la torta de años. En cualquier caso, creo que con todo lo explicado hemos podido aprender y comprender la penurias de estos probos exploradores subterráneos cuando "corrían el hoyo" y se veían en el "black echo", el eco negro, como denominaban a esos túneles infinitos donde solo había tinieblas impenetrables.

En fin, es la sacrosanta hora de merendar, así que me piro, vampiro.

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONADAS:


RATAS DE TÚNEL (Serie completa de artículos)

Sacando a un rata de un pozo. Algunas entradas no estaban configuradas en forma de suave pendiente, sino como
pozos de varios metros de profundidad en los que, a veces, había varios accesos perpendiculares  a distintos niveles.
Ya los veremos en su momento

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Ratas de túnel. Demolición de túneles


Preparando una voladura con dos cargas de demolición
M37, que junto a la M183 eran las más habituales
Bueno, criaturillas, este artículo es el penúltimo de la pentalogía sobre los insignes roedores de las procelosas profundidades indochinas. Ya hemos visto cuáles fueron sus orígenes, como asesinaban y como gaseaban a los enemigos, así que solo nos resta detallar como inutilizaban sus intrincadas ratoneras para chincharles a base de bien. La última entrada que completará esta ilustrativa monografía la dedicaremos a dar cuenta de algunas curiosidades curiosas para rematar cuñados ahítos de ver como Forrest... Forrest Guuummp se mete en un túnel sin dudarlo ni un instante cuando se lo ordena el controvertido y exaltado teniente Dan (por cierto, este mes se cumple nada menos que un cuarto de siglo del estreno de esta fantástica película. Carajo, como pasa el tiempo, blablabla, etc...). 

Bien, ya vimos como se recurría a expulsar o gasear cual moscas cojoneras a los inquilinos de los túneles, tras lo cual se procedía a su demolición a base de meter explosivos como para poner en órbita a una docena de cuñados. Los miembros de las unidades de ingenieros que eran enviados como apoyo de superficie se encargaban de dictaminar la cantidad necesaria y el tipo de carga más adecuado para mandarlo todo a hacer puñetas si bien, como ya comentamos, en caso de tener ante ellos un complejo de categoría se tenían que limitar a colapsar las entradas que se habían podido localizar, así como los respiraderos. De ahí la importancia de esas bocas de túneles como la que mostramos situada bajo el agua, ya que de ese modo la mayor parte del complejo quedaba indemne y se podían reabrir las entradas que habían sido voladas. Total, si habían sido capaces de excavar decenas o incluso centenares de metros, podían volver a rehacer uno o más túneles de 10 o 20 metros para recuperar los accesos colapsados por los explosivos.


Sonriente vietcong cavando uno de los túneles
de Cu Chi. Obsérvese la peculiar textura del
terreno que, una vez seco, adquiriría la
consistencia de una puñetera roca. Un día de estos
ya dedicaremos algunas entradas al proceso de
construcción de esas fortificaciones subterráneas
No debía ser fácil demoler estos túneles. Es posible que, a pesar de que hayan visto mogollón de fotos de ratas de túnel no se hayan percatado de un detalle: nunca se ven entibados. La naturaleza del terreno no los hacía necesarios porque en muchas zonas de Vietnam era a base de laterita, una tierra arcillosa rica en hierro- de ahí su característico tono rojizo- que cuando está seca es dura como el hormigón. Solo se ablanda con la humedad, por lo que generalmente cavaban los túneles en la época de lluvias que era cuando se podía trabajar con relativa facilidad. Pero en época seca, que era cuando se llevaban a cabo la mayoría de las operaciones de búsqueda y destrucción porque cuando se habla de "época de lluvias" en Vietnam hablamos de lluvias torrenciales durante días y días, la tierra de los túneles estaba dura como si fuera granito, ergo había que meter estopa en cantidad para echarlos abajo.

Dicho esto, el ingeniero encargado de llevar a cabo la voladura se basaba principalmente en la profundidad y la longitud del túnel. Básicamente, el cálculo era el siguiente: para una profundidad de tres metros o menos se requerían 2 libras (900 gramos) de explosivo por cada 30 cm. de longitud. Haciendo una sencilla regla de tres sabríamos que, por ejemplo, para un túnel de solo cinco metros, que equivalen a 16 pies, serían necesarios aproximadamente 15 kilos de explosivo. ¿Que no se hacen una idea de a qué equivale esa cantidad? Pues una mera orientación: era casi la misma carga de la bomba alemana SC50, en este caso concreto 16,4 Kg., así que con esto podemos calcular lo que hacía falta para acabar con un túnel birrioso. Lógicamente, a medida que aumentaba la profundidad la proporción aumentaba: entre tres y seis metros había que duplicar la carga, por lo que un túnel similar requeriría 30 kilos, y entre seis y nueve metros se triplicaba, uséase, 45 kilos de nada. Está de más decir que para los líderes del mundo libre y de la democracia planetaria eso no suponía ningún problema, pero no por ello el dato no deja de ser interesante ya que nos aclara puntos curiosos como la ausencia de entibado y la correosa resistencia del suelo vietnamita, que permitió que gran cantidad de complejos quedaran cuasi intactos aunque se colapsaran las bocas y pozos de acceso a los mismos.


Mochila M85 y bloques de C4 M112 y M5A1 (no están a escala)
El ejército disponía de un extenso surtido de cargas de demolición, principalmente a base del archiconocido C4, dinamita, trinitrotolueno, nitrato de amonio y B4 para diversos dispositivos ideados para cometidos muy concretos. De este amplio abanico solo se emplearon los que se adaptaban mejor a la destrucción de los túneles y, llegado el caso, para despejar zonas de maleza circundante a las entradas. Veamos los más usados. Las cargas de demolición que alcanzaron más difusión eran las denominadas como satchel carges, cargas de mochila o macuto, que no eran más que determinadas cantidades de paquetes de explosivo contenidos en un macuto M85. Aunque inicialmente se llenaban con paquetes de TNT, este explosivo quedó relegado a la gran cantidad de gases tóxicos que producían al explotar. Fue sustituido por el mucho más versátil y manejable C4 en las cargas de mochila M37, que contenía ocho bloques M5A1 de 2,5 libras (1,1 kilos, o sea, 8,8 kilos en total). Cada bloque estaba envasado en plástico traslúcido blanco, y en las tapas de los extremos traían ya previstos dos orificios para perforar el bloque e introducir los detonadores. Los bloques M5A1 fueron reemplazados por los M112, de 1,25 libras (566 gramos, 9 kilos en total) de C4 dando lugar a la carga de mochila M183, que contenía 16 bloques M112 envueltos en Mylar de color verde con un respaldo adhesivo. El Mylar es como se conoce en USA al PET, uséase, el plástico con que se fabrican las botellas de agua, refrescos, etc.


En una solapa interior de la mochila M85 ya traía la mecha o el cordón detonante más los detonadores necesarios para llevar a cabo la voladura. En el caso de la M37 llevaba 1,5 metros de mecha convencional con un detonador M7 en cada extremo. Estos detonadores consistían en una simple cápsula de aluminio que contenía una pequeña carga de ignición que se activaba con la mecha y que, a su vez, detonaba una carga principal de RDX que era la que producía la explosión del C4. Veamos la secuencia de fotos que nos muestra todo el proceso a seguir para preparar la carga.

1. Ahí tenemos la mochila, en la que aparece escrito el tipo de carga que contiene. Era una bolsa de lona que se cerraba con cintas y provista de un asa para transportarla. 

2. Esta foto muestra la mochila abierta y los dos paquetes de cuatro bloques en que se dividía el explosivo. Ayudado con el punzón de la tenaza M2, el ingeniero está practicando un orificio para introducir uno de los detonadores M7. A continuación hará lo mismo en uno de los bloques del otro paquete. En el detalle podemos ver el bloque M5A1.



En la foto vemos más cerca como el ingeniero engarza el
detonador M7. En el detalle tenemos una tenaza M2 como
la que tiene en la mano. La primera muesca engarza el
detonador, la segunda corta la mecha. El punzón superior del
mango es para perforar el C4, y el inferior es un destornillador
3. El ingeniero muestra el metro y medio de mecha que acompaña al kit explosivo. Esta mecha era convencional, o sea, no funcionaba con detonadores eléctricos lo que no quiere decir que, si se deseaba, se pudiera sustituir por cordón detonante, que siempre era preferible ya que permitía controlar el momento exacto de la explosión.

4. El ingeniero introduce los detonadores en los orificios practicados en cada bloque de C4

5. Aquí vemos como prepara la mecha que unirá a la de la carga. En función del retardo deseado será más o menos larga. Estas mechas eran un simple cordón de fibra con un núcleo de pólvora negra, todo ello dentro de una funda de plástico para impermeabilizarlo. En el extremo de la mecha ha colocado un detonador M7 que activará la mecha de la carga. En la foto vemos como lo engarza con la tenaza M2.

6. Une la mecha de la carga con el detonador de la mecha principal con cinta aislante. 


Para introducir la mecha se aflojaba un poco el casquillo del
extremo derecho y se removía el tapón de seguridad. Se metía
la mecha y se enroscaba el casquillo para fijarla al iniciador.
7. En el extremo de la mecha principal coloca el iniciador M60 (foto de la derecha) que prendía la mecha. Esta se consumía a una velocidad de 40 segundos por cada 30 cm., o sea, que había tiempo de ir a tomarse unas birras llegado el caso. En la secuencia que hemos mostrado, el ingeniero ha usado unos dos metros de mecha principal más el metro y medio de mecha secundaria, o sea, 2,75 metros por paquete ya que la mecha secundaria está dividida en dos. Traduciendo: 9 pies de mecha, a 40 segundos por pie serían 360 segundos, que es lo mismo que 6 interminables minutos. Obviamente, esta secuencia está filmada durante unas prácticas, y en situaciones reales el largo de la mecha sería muy inferior. 

8. Introduce la carga en el túnel


9. Activa el iniciador. Para ello retiraba el pasador de seguridad, tiraba de la anilla colocada en el extremo, la soltaba y un muelle helicoidal en el interior lanzaba un percutor contra el pistón que, al detonar, prendía la mecha. A partir de ahí solo restaba ponerse a cubierto y esperar a que la mecha se consumiera. Por cierto que, caso de no disponer de iniciadores, con una simple cerilla se podía prender el cordón de la forma que mostramos en el gráfico.

10.¡BOOOMMM! Al carajo el túnel.


Con la carga M183 el proceso era básicamente el mismo pero con dos diferencias: en vez de una mecha secundaria con dos detonadores se usaban dos tramos de cordón detonante y cuatro detonadores que, en este caso, se activaban mediante un detonador eléctrico. El cordón detonante era en la práctica igual que la mecha, pero en vez de contener pólvora negra llevaba un núcleo de pentrita que, además de ser un potente explosivo, era muy adecuado para usar en ambientes muy húmedos o incluso bajo el agua ya que no es soluble en la misma. Veamos la secuencia de fotos porque una imagen vale más que dieciocho discursos.


Tras proceder a colocar los detonadores y el cordón detonante de forma similar a lo descrito en el caso anterior, ya solo queda preparar la detonación.

A. El ingeniero une el cable eléctrico al detonador. Bastan un par de vueltas en cada borne y apretarlos.

B. Prepara la llave que al girar producirá la corriente eléctrica que iniciará los detonadores.

C: Media vuelta a la llave y adiós muy buenas.

D:¡BOOOMMM! Otro túnel al carajo. Como es evidente, este sistema era más fiable, cómodo y garantizaba un control total sobre la detonación porque aquí no había que andar midiendo mechas ni calculando el tiempo que tardaría en explotar la carga. Con los detonadores eléctricos solo se producía la explosión cuando se activaba el mismo, ni antes ni después. Por cierto, había otros detonadores que en vez de llave usaban una tecla de presión, en este caso muy usados en las minas Claymore que se distribuían alrededor de los campamentos para convertir en comida para gatos a los enemigos que se acercaran con aviesas intenciones.


Preparando la voladura de un árbol con un par
de bloques de C4
Como hemos dicho, el ejército disponía de un extenso surtido de cargas de demolición, pero aunque podían ser válidas para volar túneles, su diseño estaba destinado ante todo a acabar con fortificaciones de hormigón o para abrir cráteres de gran tamaño capaces de inutilizar carreteras o pistas de aterrizaje, así que las obviaremos tanto en cuando se salen del tema que nos ocupa. Si acaso, mencionar que cuando se localizaba un túnel ubicado entre una espesa fronda se recurrían a bloques sueltos de C4, TNT o dinamita para despejar la zona de arboleda o, caso de encontrarse en el interior de masas de arbustos o bambú, se empleaban los conocidos torpedos Bangalore (sí, los de "Salvar al soldado Ryan"), diseñados originariamente para destruir alambradas. Y si eran capaces de destruir alambradas, pues también bambúes, naturalmente. De hecho, incluso se llegaron a usar para destruir tramos de túneles ya que estaban diseñados de forma que podían empalmarse unos tramos con otros hasta un total de 60 metros nada menos. El Bangalore M1A2 tenía una longitud de 1,5 metros, 8,2 cm. de diámetro y una carga de 10'5 libras (4,7 kilos) de Compuesto B4. El B4 contiene un 60% de RDX, un 39,5% de TNT y un 0,5% de silicato de calcio. Como carga de iniciación y refuerzo lleva en cada extremo media libra (226 gramos) de Compuesto A3, formado por un 91% de RDX y un 9% de cera, esta última destinada a recubrir, insensibilizar y unir las partículas de RDX.


Los Bangalore se suministraban en cajas de madera con diez unidades más sus correspondientes manguitos de empalme y un manguito delantero redondeado para facilitar el avance cuando se empujaba el torpedo entre zonas pedregosas, con vegetación, etc. Como vemos en el gráfico de la derecha, los manguitos de empalme estaban ranurados para encajar sólidamente los extremos de cada torpedo. En la parte inferior vemos el proceso de empalme de dos torpedos, que se repetiría las veces que fuera necesario hasta obtener la longitud necesaria. Al final de cada torpedo tenemos el iniciador/refuerzo de Compuesto A3 que podía ser detonado de cualquier forma: con detonador de mecha convencional, eléctrico o incluso con cordón detonante, para lo cual bastaba con envolver el iniciador de A3 con ocho vueltas de cordón, pero ni una más ya que podría romper el tubo y separar el iniciador del cuerpo principal, separándolo e impidiendo así que explotase todo el conjunto. Por lo demás, los Bangalores también podían usarse, llegado el caso, para despejar campos de minas, abriendo un sendero libre de ellas por donde las tropas podían avanzar sin problema. No obstante, los charlies carecían de medios para minar grandes áreas de terreno, por lo que eran más dados a llenar la jungla de trampas más primitivas y, por ende, mucho más difíciles de detectar aunque no por ser más rudimentarias eran menos eficaces. Un simple cartucho de escopeta o de calibre .50 podía hacerle picadillo el pie al que lo pisara, pero de esas putaditas ya hablaremos en mejor ocasión.  


Para concluir no quisiera dejar de citar un par de sistemas de voladura un tanto peculiares y poco usados pero que nos vendrán muy bien para sorprender a algún cuñado que se haya ilustrado sobre el tema. Uno de ellos consistía en aparcar cerca del túnel un helicóptero cargado con bombonas de acetileno que podían inundar hasta 9 m³ de túnel cada una. Con el compresor del helicóptero se insuflaba el acetileno, que actuaría en combinación con las cargas de demolición depositadas previamente. Cuando se procedía a detonarlas, el acetileno se inflamaba y alcanzaba una temperatura de unos 2.700º; esta letal combinación de gas y explosivos convertía en un horno crematorio los túneles situados hasta unos 6 metros de profundidad, que era más de lo habitual en la mayoría de ellos. 


Otro método similar, pero sin necesidad de helicópteros era el equipo de demolición XM-242 a base de nitrometano (foto A), un combustible líquido con una potencia superior incluso al trinitrotolueno y que se usaba para destruir túneles de hasta 150 metros de largo y tres metros de profundidad sin verse limitados por recodos o pozos interiores ya que se introducía mediante una manguera de plástico blando que se adaptaba al recorrido sin problemas. Para ello se recurría a dos bidones con 55 galones (208 litros) de nitrometano cuyo contenido era introducido mediante la citada manguera en cuyo extremo se hacía un simple nudo para hacer de tapón (foto B). El líquido era impulsado por una bomba de gasolina. Una vez que el rata había llevado la manguera hasta el lugar deseado, para producir la explosión del nitrometano se colocaba una lámina de C4 de media libra (227 gramos) y media pulgada de grosor (1,27 cm.) envolviendo la manguera (foto C), junto con dos detonadores accionados por electricidad. Una vez que la manguera y el explosivo estaban dispuestos se procedía a llenarla con los 416 litros de combustible de los dos bidones. Una sonda indicaba cuando estaban vacíos, momento en que se procedía a la voladura (Foto D). Los efectos debían ser fastuosos, porque más de 400 litros de una porquería más potente que el TNT en el interior de un angosto túnel no eran para tomarlos a broma. No obstante, a pesar de su indudable contundencia parece ser que este sistema no tuvo excesiva difusión, llevándose la palma las mochilas explosivas detalladas anteriormente. Es evidente que, al cabo, primó lo más manejable sin por ello perder poder destructivo, y en la puñetera jungla no era fácil transportar e instalar los dos pesados bidones con su compresor o despejar la zona para que aterrizase un helicóptero para meter acetileno como para soldar la chapa de un acorazado.

Bueno, con esto podemos terminamos. Como hemos visto, el tema de las demoliciones requería una notable inversión de tiempo y material, aparte del personal cualificado para ello porque hasta para determinar la colocación de los paquetes de explosivos había que saber lo que se hacía. No bastaba con colocarlos junto a la entrada o en mitad de un túnel, sino buscando los lugares donde la demolición sería más eficaz e hiciese más complicado para el Vietcong excavar de nuevo el túnel o buscar su trayectoria original. Para ello, se ubicaban en los recodos, en las entradas de las cámaras laterales y a intervalos determinados de forma precisa en caso de querer demoler trayectos de túneles demasiado largos. 

En fin, no creo que se me olvide nada, así que s'acabó lo que se daba, amén.

Hale, he dicho

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