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miércoles, 7 de octubre de 2020

PARTES DEL CASTILLO: TIPOS DE PUERTAS


Puerta del castillo de Carisbrooke, en la isla de Wight, datada hacia 1335. Como
vemos, independientemente de su vetusta apariencia, salta a la vista que
los carpinteros medievales no se preocupaban mucho de dar un toque de distinción
a las puertas de los recintos militares, donde ante todo primaba la solidez
Sí, las puertas. Hemos dedicado varias entradas a los distintos tipos de puertas, pero nunca hemos hablado de las puertas. Nos referimos a las puertas, o sea, esas cosas de madera que se cerraban con dos fines: uno, que no hubiese corrientes de aire, y dos, que no entrara ni saliera nadie del castillo. Ciertamente, no deja de ser un verdadero despiste propio de mi incurable y caótico anti-sistema de trabajo dar pelos y señales de todas las tipologías de accesos a un castillo y no haya dicho una sola palabra de lo principal: las puertas. Bueno, pues nunca es tarde si la dicha es buena, qué carajo...

Ante todo, conviene aclarar un punto importante: quedan muy muy pocas puertas originales en Europa. La carcoma, el meteoro, los años, los expolios y mil razones más han hecho que se conserven solo unas cuantas, tanto las principales como las que cerraban los vanos en el interior del edificio. Rejas y cancelas hay muchísimas más, como vimos en la entrada que dedicamos a esos chismes, pero gracias a que el hierro es más resistente que los materiales lignarios que, carentes de cualquier tipo de protección en forma de aceitados o pinturas y, por supuesto, de un mantenimiento adecuado, pues se han ido desintegrando poco a poco. No obstante, y guiándonos por los pocos ejemplares que han llegado a nuestros días, así como sus sistemas de fijación a los quicios podemos hacernos una idea bastante aproximada, cuando no exacta, de su forma, las técnicas de construcción empleadas para fabricarlas y, por supuesto, los medios para dejarlas bien cerradas y que no se escapara el gato.

Majestuoso roble con más años que el hilo negro. Las cosas como
son: talar esa maravilla para fabricar una puerta es una cabronadita

Bien, antes de nada conviene hablar del material empleado para la fabricación de puertas, la madera. Obviamente no valía cualquiera. Un portón sólido que debía durar años resistiendo tanto la humedad como la carcoma y los embates de las máquinas enemigas no se podía fabricar con una madera debilucha. Como ya podrán suponer, la ideal era el roble, dura como un cuerno y, tanto o más importante, no ardía con facilidad. Cualquiera que tenga una chimenea en casa habrá visto que, por ejemplo, un tronco de pino, saturado de resina, arde una cosa mala, mientras que uno de encina se pone incandescente y arde con una pequeña llama durante horas. No obstante, en caso de no disponer de roble siempre se podía echar mano de maderas como el nogal, la haya o el castaño, que también daban buenos resultados.

Probos sacavirutas mevievales en plena faena. Su pericia era envidiable,
y eran capaces de desarrollar los diseños más primorosos. Con todo,
si se fijan, las herramientas manuales que usaban eran exactamente
iguales que las actuales
Es tal la dureza de esta madera que, a modo de ejemplo, en mi época de fervoroso tirador de avancarga me fabriqué un mazo iniciador con un cacho de rama de encina de la chimenea, usando como mango un cilindro de aluminio que le embutí. Bien, pues tras miles y miles de martillazos en los que, además de la bala de plomo golpeaba la boca del cañón del arma, no tenía ni una sola marca. Nada. Liso con el culito de un neonato, y eso que era una madera con un secado que ni de lejos se acercaba al considerado por los carpinteros como adecuado para alcanzar el nivel óptimo de uso. Para estos menesteres se recurría a árboles con 200 o 300 años de edad ya que si eran más viejos la madera era propensa a agrietarse y a ser atacada por la carcoma. Los troncos, una vez cortados, se almacenaban en primer lugar en dependencias húmedas para que un secado excesivamente rápido no los deformase o agrietase, siendo posteriormente apilados en almacenes secos y volteados regularmente para evitar alabeos, añadiendo de vez en cuando sesiones de ahumado. Este proceso duraba alrededor de seis años y los troncos, a los que una vez eliminada la corteza y la albura se quedaban en un diámetro de entre 70 y 100 cm., eran aserrados longitudinalmente en cuatro partes de las que el carpintero extraía el material que mejor se adaptaran a cada tarea.

Carpintero sacando una viga de un tronco a golpe
de segur. Aunque parezca inreíble tardaban solo un
rato en completar el trabajo, quedando una
pieza perfectamente escuadrada aunque prácticamente
trabajaban a ojo
En lo referente a las técnicas constructivas al uso en la época, en las puertas para los vanos de un castillo primaba ante todo la solidez antes que la estética, que quedaba preservada para los palacios donde la nobleza y el alto clero se podía dar pisto con los invitados. Sin embargo, un castillo lo que necesitaba era un portón bien gordo, y no lleno de altorrelieves y filigranas. El método básico consistía en alternar dos capas: una externa con los tablones colocados en vertical y otra interna con tablones en horizontal para contrarrestar la veta. Era, por así decirlo, como un contrachapado moderno, pero a lo bestia. Sin embargo, este sistema no solo suponía un gasto enorme de madera, que siempre ha sido muy cara, sino un peso añadido notable. Por ello, se ceñían a fabricar tablones para la cara externa, por lo general de no más de 22 cm. de ancho, y en la trasera montantes y travesaños que, sin restar solidez al conjunto, suponían un importante ahorro de material. Por otro lado, siempre que fuera posible se optaba por darles una forma rectangular ya que las piezas curvadas, aparte de un gasto mayor, obligaba a trabajar una parte de la pieza a contrapelo, que creo es de todos sabido que es un engorro. En fin, ya vemos que no se limitaban a unir tablones, llenarlos de clavos y santas pascuas. Por cierto, ya podemos suponer que los herreros eran importante coadyuvadores en la fabricación de puertas ya que de ellos dependían los cientos de clavos necesarios, así como los goznes, gorrones, cerrojos, etc.

En cuando a los sistemas de ensamblaje, se tiene constancia de varios de ellos que ya eran usados desde tiempos remotos. En la figura A tenemos el más básico: una mortaja transversal donde se ensambla un listón. Como se ve en el plano de sección, los clavos atravesaban las piezas y se doblaban por el reverso para impedir su extracción. Era el mismo sistema que se venía usando en la construcción naval desde hacía siglos. En la figura B podemos apreciar un ensamblaje con doble cola de milano que, sin usar un clavo, proporcionaba una unión extremadamente sólida entre los tablones de una hoja. En la figura C aparece un sistema similar al A, pero que tampoco precisa de clavos porque la mortaja y el listón que las une tienen forma de cola de milano. Solo podrían desmontarse sacando el listón transversal. Finalmente, en D vemos un ensamblaje mediante lengüetas introducidas en mortajas que podían asegurarse con un clavo o una clavija de madera. Al parecer, no era raro que estas uniones se asegurasen con pegamentos.

Bueno, con estos datos ya tenemos una idea de los materiales necesarios para fabricar una puerta como San Portón manda. Pero para colocarla hace falta un vano ya que de otro modo una puerta carece de sentido. Veamos la ilustración de la derecha. En los círculos rojos y amarillos aparecen las gorroneras o ranguas, donde giraban los gorrones que hacían de bisagras. El enorme peso de estas puertas requería un sistema que permitiera que su masa descansara preferentemente sobre el suelo para que no se descabalgaran de su sitio. Por otro lado, era quizás el sistema que facilitaba más el montaje de las hojas, como ya se explicó en su momento. Manejar un portón enorme de más de 300 o 400 kilos en un angosto pasadizo a fuerza de brazo y palancas porque no había sitio para meter un polipasto requería un método para colocar cada hoja en su lugar sin tener que desmontar medio castillo. Recordemos además que estas puertas no eran inmortales, y que a lo largo de su vida operativa requerirían reparaciones, cuando no su sustitución por otras nuevas. En verde vemos los huecos para el alamud, la tranca corrediza que bloqueaba la puerta y que, como vemos, no tienen nada que ver con lo que sale en las películas. Sustituir un alamud roto sí era un problema ya que su longitud era mayor que el hueco del vano, por lo que habría que abrir una regola en el paramento exterior para colocar uno nuevo. O sea, había que llamar al seguro para que mandase a los albañiles, y como los seguros siempre se escaquean pues era un problema gordo. Coñas aparte, si la puerta era de dimensiones más grandes de lo habitual se solían usar dos alamudes o bien recurrir a aldabas y/o cerrojos. En cualquier caso, lo que sí es cierto es que estas puertas no usaban cerraduras, que solo se verían en alacenas, despensas y algunos cerrojos, así que eso del castellano que rinde la fortaleza y entrega las llaves del castillo es un tanto irreal. Ni una sola puerta de paso en un castillo tenía cerraduras, y se cerraban siempre por dentro. Ah, por cierto, alamud es, como salta a la vista, un palabro de origen árabe, concretamente el al-ámüd, la barra. Pero no la de bar, sino la otra.

En la foto de la izquierda tenemos un primer plano de una gorronera superior. Las del suelo era iguales, salvo por el hecho de que quedaban enrasadas con el pavimento. Como vemos, eran simples sillares empotrados en cada esquina del vano y en los que se practicaban sendos orificios cilíndricos para acoger el gorrón. Cuando visiten un castillo, miren en la parte superior de la puerta y verán que, por lo general, ahí siguen tras siglos y siglos rezando porque no aparezca un "arquitecto" dispuesto a "poner en valor", eufemismo muy de moda para decir "perpetrar una infamia" y los sustituyan por bisagras de paleta de acero corten. Las del suelo suelen ser poco visibles, pero no porque las hayan robado, sino porque están tapadas por la tierra. Del mismo modo, tanto en puertas de paso interior como en ventanas también verán gorroneras similares si bien de un tamaño acorde a las hojas que debían sustentar.

Obviamente, el punto flaco de las gorroneras era el orificio que, sometido a un constante roce con el gorrón iba agrandándose cada vez más. En algunos castillos se ven algunos por donde cabría un puño, lo que indica que no usaban un accesorio que los buenos constructores no dejaban atrás. Se trataba, como vemos en el gráfico, de un casquillo de hierro provisto de unas aletas para proteger la piedra del roce del gorrón. Las aletas eran para que el casquillo no girase ya de, de lo contrario, haría el mismo efecto abrasivo en el orificio. Es posible que muchos acabaran desapareciendo a consecuencia del óxido a pesar de que les untaban grasa en cantidad para disminuir el roce y, sobre todo, impedir los siniestros chirridos que siempre son indicio de mal agüero en las noches de luna nueva. Luego, la falta de mantenimiento igual hizo que muchos pasaran de reponer los casquillos desintegrados por el orín, pero bueno, aquí nos movemos en el campo de las conjeturas. Lo ideal sería fabricarlos de bronce, un material inoxidable, pero en aquella época la fundición era mucho más cara que la forja y un herrero se encontraba en cualquier parte, pero un fundidor no. En todo caso, ya saben qué método usaban para impedir un desgaste prematuro en la piedra de las gorroneras, especialmente en las inferiores, que eran las que soportaban el peso de la puerta.

Pero este sistema, aunque sea el más extendido por su incuestionable solidez, no era el único. En puertas de menor peso, como las interiores, o bien porque por su forma o la del pasadizo donde se instalaban no era posible el uso de gorroneras se recurría a los goznes, galicismo tomado del francés gond o gonz, proveniente a su vez del latín bajo
GOMPHVS, que se aplicaba a las piezas articuladas. Básicamente había dos tipos que podemos ver en el gráfico de la izquierda. La pieza A estaba formada por un cilindro unido a una garra que se empotraba en el muro, y la B era la que se fijaba en la puerta mediante clavos. Para unirlas se recurría a un simple pasador. Por razones obvias, la pieza A siempre debía quedar situada debajo para soportar el peso de la puerta. En la parte superior del gráfico vemos otro diseño similar pero, en este caso, difiere la pieza C, que no requiere del perno o pasador ya que está incorporado en la pletina que se une al bastidor de la puerta. 

Por último nos restarían por mencionar las bisagras capuchinas, si bien estas se empleaban solo para postiguillos, contraventanas, alacenas y, en fin, cualquier puerta de poco peso. Estas bisagras aún se ven en viejas casonas y cortijos y tienen, al igual que los demás sistemas mencionados, la ventaja de que permiten desmontar la puerta en un periquete. Constan de dos piezas: la A, en cuyo extremo vemos un cono hueco como un cucurucho de helado puesto al revés y de donde toman el nombre por su apariencia de capucha frailuna, y la B, formada por un cono macizo que entraba en el hueco del cucurucho. Una vez encajadas su aspecto lo vemos en la figura inferior. Se fijaban mediante largos clavos de forja (o sea, no eran redondos, sino de sección cuadrangular) que se clavaban profundamente en la madera. Para afianzar el agarre se les retorcía un poco el extremo, actuando como un rudimentario tornillo. Por cierto, en este caso la pieza B era la que se clavaba en la jamba y la A en la hoja de la puerta. Siempre, recordémoslo, queda por encima la pieza que va unida a la puerta.

Bien, ya sabemos cómo se fijaban las puertas a los vanos pero, ¿cuáles eran sus dimensiones? Las puertas principales eran por norma de dos hojas, prevaleciendo la altura sobre la anchura por una sencilla razón: lo angosto es más fácil de defender que lo extenso. La altura es irrelevante en ese sentido, y siempre podría facilitar el acceso de vehículos que, aunque de poca anchura entre ejes, podían acumular sobre ellos bastantes bultos que contenían bastimentos, víveres, etc. Y si el castillo estaba situado en un lugar donde era imposible el acceso de carromatos, pues bastaba con que la puerta tuviera el espacio necesario para el paso de acémilas con angarillas en las que transportaban lo necesario. Aquí ni siquiera importaba la altura ya que los jinetes se agachaban sobre la montura al entrar o incluso se apeaban y santas pascuas. En las fotos tenemos dos ejemplos que muestran ambos casos: a la izquierda vemos la puerta de acceso del castillo de Santa Olalla, en Huelva, construido a finales del siglo XIII. Como vemos, muestra un vano razonablemente amplio ya que hasta él podían acceder carros para suministrar a la guarnición. Este castillo, construido por orden de Sancho IV, era más un centro de control policial de la comarca que un castillo destinado a defender el territorio ya que, de hecho, se edificó para acabar con los malhechores que infestaban la Vía de la Plata. El de la derecha es todo lo opuesto. Pertenece al castillo de Olvera, en Cádiz, y aparte de estar emplazado en un elevado risco que hace imposible subir incluso a acémilas, su angosto acceso hacía mucho más fácil la defensa de una fortificación enclavada durante décadas en una zona extremadamente conflictiva, la Banda Morisca.

El extremo a lo dicho en el párrafo anterior lo tenemos en las puertas de las cercas urbanas y los postigos y puertas de escape, que precisaban de puertas muy distintas. En la foto de la izquierda vemos el postigo del castillo de Cumbres Mayores (Huelva) que, como era habitual, se encuentra muy bien disimulado entre una torre y un muro avanzado. Es una puerta que solo permite el paso de un hombre y, como se comentó en su día, en caso de asedio eran rápidamente tapiadas para impedir que los enemigos la vulnerasen por ser mucho más débil, o bien que un cuñado alevoso la abriera para dar paso a los invasores. Todo lo opuesto eran las puertas de las cercas urbanas como la que vemos a la derecha, perteneciente al Alcázar de la Puerta de Sevilla, en Carmona. Obsérvese que, además de una anchura superior, el vano tiene una altura de varios metros para facilitar el paso de cualquier artefacto o vehículo con una carga muy especial. Como dato curioso, si se fijan en las partes inferiores de las jambas verán que en su día fueron agrandadas para permitir el paso de vehículos modernos al casco antiguo de la ciudad, que tendría muchos problemas con las furgonetas y camiones de reparto.

Finalmente, veamos las puertas interiores. En este caso, y por sistema, hablamos de vanos angostos y de poca altura que, en algunos casos. incluso obligan a agachar la cabeza para pasar. Los motivos para construirlos así ya los sabemos: solo permitían atacar de uno en uno si los asaltantes lograban introducirse en el castillo, y las torres y demás dependencias se convertían en el último reducto defensivo. Eran puertas de una sola hoja con sus correspondientes gorroneras que casi siempre se pueden ver a ambos lados de los vanos, o bien eran montadas con goznes. La de la izquierda se puede ver en una de las puertas en recodo de la cerca urbana de Niebla (Huelva), y daba paso a la cámara superior de la misma, donde los defensores podían hostigar a los asaltantes a través de la buhera que se abre en la bóveda. La otra es una de las puertas de la torre del homenaje del castillo de Las Aguzaderas, en El Coronil. Como vemos, en ambos casos son vanos en los que un hombre medianamente fortachón tiene que entrar un poco de lado, y derribarlas era prácticamente imposible. 

Bueno, con todo lo dicho no creo que queden dudas sobre el cómo y el por qué de las puertas, así que veamos algunos ejemplos prácticos porque, como digo siempre, un dibujito chulo vale por diez filípicas interminables.

A la derecha vemos el que sería el tipo más común. Se trata de una puerta de doble hoja sustentada mediante gorrones. La parte exterior la forma un tablazón en sentido vertical montado sobre un bastidor con travesaños intercalados con largueros, formando un enrejado. Todas las puertas de este tipo de edificios carecían de batientes, o sea, se instalaban directamente sobre el vano de las formas que ya hemos visto. La estructura de la cara interna aumenta de forma notable la solidez del conjunto sin añadir un peso extra excesivo que, de no ser así, podría acercarse e incluso superar la tonelada en una puerta de buen tamaño. En una de las hojas vemos un postigo asegurado mediante dos cerrojos. Estos postigos eran habituales para el tránsito de personas sin necesidad de abrir la puerta. El conjunto lo cierra un alamud, que era lo normal en una puerta de esas dimensiones si bien en caso de asedio se reforzaban con puntales. También podría tener uno o dos cerrojos para reforzar las partes superior e inferior de la unión entre las dos hojas.

Aunque el sistema más habitual y que veremos casi en la totalidad de la fortificaciones que visitemos es el alamud corredizo, hubo alguno que otro más que no gozaron de tanta difusión, bien por lo engorroso de su manejo, bien por resultar una complicación añadida a la fabricación de la puerta. A la izquierda vemos una tranca basculante que, fijada a una de las hojas, giraba hasta quedar encastrada en las mortajas abiertas en los laterales de mampostería o sillería del vano. Este método es citado por Viollet-le-Duc, pero sin mencionar en qué edificio o edificios lo vio por lo que solo podría reconocerse, caso de dar con una puerta así, por las mortajas donde encajaba la tranca. Sea como fuere, lo cierto es que aportaba más problemas que ventajas. En primer lugar, carecía de la resistencia del alamud convencional, que era introducido un buen tramo en los muros y, como afirma Mora-Figueroa, el peso añadido de la tranca hacía susceptible de descabalgar la hoja donde estuviera montada, dificultando la apertura y/o el cierre de la puerta. 

Recordemos que las hojas debían encajar con facilidad porque pretender forzar un portón de varios cientos de kilos no debía ser ni fácil ni recomendable para no provocarse una hernia chunga. En todo caso, ahí queda constancia de este sistema que, por otro lado, sí se puede ver en algunas fortificaciones pirobalísticas, pero fabricados de hierro como el que vemos a la derecha, que se conserva en el fuerte de Gracia, en Portugal. En esta majestuosa fortificación aún perduran las trancas originales del siglo XVIII que, como se aprecia en la foto, eran mucho más livianas que una viga de madera pero, al mismo tiempo, mucho más resistentes. En el extremo izquierdo de la tranca se puede ver que pende una pletina que se encaja en una cerradura para que nadie la abriera por la cara, que siempre ha habido mucho golfo en las guarniciones militares deseando irse de picos pardos.

En esta otra foto podemos ver con más detalle este tipo de cierre, también del mismo fuerte aunque perteneciente a la puerta del reducto central. Se trata de una gruesa y pesada barra de hierro que gira en el centro de la hoja y que, en vez de con una cerradura, se aseguraba mediante un candado. Para conseguir un cierre más sólido, la hoja derecha tiene montada una falleba como las que aún se usan en los balcones de las casas particulares, pero de dimensiones acordes al enorme portón. De ese modo, además de quedar cerrada por los lados, la puerta era asegurada por los extremos verticales. Obviamente, en este tipo de puertas el alamud medieval ya era historia.

El otro sistema de cierre era mediante un alamud fijado en una de las hojas. O sea, no era corredizo. Se conserva uno original en el castillo de Carisbrooke y otro en la Puerta Narbonnaise de Carcassonne, si bien imagino que esta última no es la original, sino procedente de la restauración de Viollet-le-Duc. Con todo, y a la vista del rigor que solía guiar a este probo ciudadano, cabe suponer que se trata de una réplica fiel a la original. Como vemos en la foto, de la hoja izquierda sobresale la viga que, cuando la puerta se abre, queda alojada en una mortaja labrada en el lateral del pasadizo para permitir una apertura total. En este caso, al igual que el que hemos visto de la tranca basculante, añadía un peso extra a la puerta que posiblemente causaría más de un problema. En todo caso, el cierre se efectuaba encastrando el extremo derecho del alamud en una lengüeta, argolla o similar fijada al muro, asegurando la viga mediante un simple pasador de hierro que la dejaría completamente bloqueada.

En este grabado podemos ver la Puerta Narbonnaise antes mencionada, y donde se aprecia con más claridad el sistema de bloqueo. Como vemos, el extremo de la viga tiene una acanaladura que encaja en una de las argollas que se ven en el muro de la derecha. De una de ellas pende un pasador unido a la misma con una cadena, y que se introduciría por la viga y la argolla para bloquearlas. En el paramento izquierdo se ve claramente la mortaja destinada a dar cabida al alamud cuando se abre la puerta y, como algo excepcional, e intuyo que de cosecha propia de Viollet-le-Duc, dos cerrojos verticales, uno en la hoja izquierda hacia arriba y otro en la derecha hacia abajo. Ignoro si se colocaron basándose en pruebas contundentes, porque el tacón de piedra central tenía ante todo la misión de impedir que la puerta se venciera por el peso, y habría que ver de cerca dónde se alojaría el cerrojo superior pero, en fin, le daremos a este hombre el beneficio de la duda aunque no sería raro que dichos cerrojos procedieran de alguna reforma posterior a la Edad Media

En esta otra ilustración mostramos una puerta provista de dos alamudes y un cerrojo que, en este caso, sí podía asegurarse con una cerradura. A la derecha vemos un sistema bastante eficaz para prevenir sorpresas en caso de asedio, el tablacho tapiador. Consistía en una barrera formada por gruesos tablones encajados en dos acanaladuras situadas a ambos lados del pasadizo y a una determinada distancia de la puerta. El espacio libre se llenaba de tierra mezclada con cascotes y se colmataba bien. Esto permitía asegurar la puerta con más rapidez que el tapiado que se llevaba a cabo en los postigos y, del mismo modo, hacía más fácil su eliminación cuando pasase el peligro o hubiese que optar por la rendición tras dos semanas comiendo suelas de botas y bebiendo orines. Además, la masa de tierra amortiguaba los efectos de los arietes, caso de usarlos el enemigo.

Otra forma de lograr una estructura muy sólida sin necesidad de aumentar el peso de la puerta era instalar por la parte trasera una estructura de panal similar a una celosía. La hemos recreado en una puerta ojival para que se aprecie claramente la disposición de los goznes, más habituales en este tipo de puertas porque el arco hacía más complicada la instalación de los gorrones. Ese entramado enteramente claveteado a los tablones de la cara exterior, formaban un conjunto de una robustez de primera clase ya que se contraponía el sentido de la veta en toda su extensión, a lo que habría que añadir el de la parte externa. Por lo demás, al igual que las anteriores le hemos plantado su alamud y, de regalo, un lustroso cerrojo. El postigo, que también tenía su entramado, está unido a la puerta mediante goznes y cerrado con un par de cerrojos. Esta recreación está basada en la puerta del castillo de Carisbrooke, que además está reforzada por varios flejes de hierro.

Pero el mayor peligro para las puertas no eran los arietes, sino el fuego. En muchas ocasiones, la situación de la puerta impedía adosarle máquinas de batir, aparte de que, como se ha hablado en otras ocasiones, al ser una zona muy bien defendida se optaba por abrir una brecha en la muralla. No obstante, una buena andanada de faláricas siempre era una amenaza a tener en cuenta, por lo que muchos optaban por blindar la puerta con chapas de hierro o bronce tal como en la ilustración de la derecha. Como vemos, el blindaje lo conforman tiras metálicas clavadas sobre la cara exterior y que se solapan para impedir que entre el agua y haga estragos tanto en el hierro como en la madera. Obsérvese que en la parte superior del postigo también se ha añadido una pequeña visera con el mismo fin. En España se conserva una puerta de este tipo con su blindaje original en el castillo de La Calahorra, en Granada.

Otra forma de prevenir los efectos del fuego era el encorado, o sea, un revestimiento de cuero que impediría o retardaría la acción de cualquier ingenio incendiario. Una observación: recordemos que muchos castillos disponían de buzones matafuegos para eliminar de inmediato cualquier conato de incendio. Como ya podrán imaginar, no ha llegado a nuestros días ninguna puerta de este tipo, así que hemos echado mano a la imaginación para recrear cómo podría ser una de ellas. En este caso, hemos reforzado el revestimiento con láminas de metal y una abundante clavazón para mantener el cuero bien fijado a la madera ya que el paso del tiempo, la lluvia y el calor lo dilatarían y contraerían constantemente. Este sistema, aunque barato y razonablemente eficaz, no debía ser muy resistente y necesitaría un mantenimiento bastante regular. Es posible incluso que se recurriera a un encorado de circunstancias, como se hacía con las tortugas, bastidas y demás máquinas de aproche. Es decir, ante la perspectiva de recibir visitas non gratas, rápidamente echaban mano de un montón de pieles crudas y la clavaban hasta cubrir la totalidad de la puerta, y cuando las visitas se largaban en buena hora se quitaban y sanseacabó.

Un sistema para evitar que un grupo de héroes les diese por echar mano a un tronco e intentar derribar la puerta es el que vemos a la derecha, donde hemos reconstruido la puerta del castillo de Pedraza, en Segovia. Esa puerta, erizada de petos piramidales de hierro, haría que cada vez que se golpeaba en ella el extremo del tronco se clavaría, teniendo que tirar de él una y otra vez mientras que los golpes lo irían desmenuzándolo poco a poco. Eso sí, si la puerta era golpeada con un ariete provisto de cabeza metálica los petos no servían de nada. Como curiosidad, en la India sí era habitual dotar a las puertas de una hilera de largas puntas formando una franja más o menos ancha en el centro de la misma, pero en esos casos no era para fastidiar arietes, sino la testuz de los elefantes que usaban para empujar las puertas y echarlas abajo aprovechando la descomunal fuerza de esos animalitos. Francamente, siempre he pensado que esta puerta, de la que no hay otra igual en España, estaba concebida para ejercer un efecto disuasorio más que real porque, lo repito una vez más, las puertas eran por lo general el último sitio en el que se concentraban los ataques de los enemigos, más preocupados por echar abajo un tramo de muralla a golpe de ariete o bolaño, cavar una mina o tomarla por asalto. Por cierto, acabo de caer en que ni un solo cuñado del planeta se atrevería a llamar a una puerta así so pena de dejarse los nudillos convertidos en comida para gatos, así que tomen nota de la idea.

Y por añadir una más, en esta otra ilustración recreamos una puerta reforzada con flejes de hierro. Es un sistema que se conserva en algún castillo foráneo y que, como vemos, consistía en revestir ambas hojas con un entramado a base de pletinas de hierro embutidas en la madera. Como es obvio, la solidez del conjunto aumentaría de forma muy notable, pero con el inconveniente de que, en caso de necesitar reponer uno de los tablones, había que desmontarlo, hacerle las mortajas al nuevo y volverlo a clavar. En fotos antiguas de algunas puertas de época se observa que, casi por sistema, se optaba más por parchear de mala manera que por llevar a cabo una reparación decente, y se ven partes con un añadido tras otro encima hasta el extremo de dar la impresión de que dándole dos patadas se desintegraría. Sea como fuere, lo cierto es que cuando los castillos que montaban estas puertas fueron abandonados no tardarían mucho en ser víctimas de expoliadores en busca de materiales caros como las rejas, la madera y todas las guarniciones de hierro que pudieran pillar. 

Bueno, con estos ejemplos ya nos hemos ilustrado de cómo eran las puertas de los castillos que, según vemos, no tienen mucho que ver con las burdas réplicas que se fabrican actualmente para reponer las originales. Veamos para terminar las puertas de una sola hoja válidas para interior o para postigos y demás salidas secretas por si se presentaba la familia política sin avisar.

A la derecha vemos en primer lugar la más habitual, una puerta rectangular aunque el vano tuviese un arco apuntado, de medio punto, quebrado o de cualquier tipo. La bóveda interior, mucho más alta, permitía usar una puerta de ese tipo de forma que ocultaba la totalidad del hueco a cubrir. Para asegurarla la hemos dotado de un pequeño alamud y una aldaba si bien también podría tener cerrojos. También se le ha añadido una pequeña aspillera triangular para, caso de ver la torre invadida por los enemigos, poder hostigarlos y vigilar sus movimientos. La siguiente es una puerta de hoja con arco apuntado. 
Estas puertas solían estar embutidas en un rebaje practicado en el vano de forma que por fuera quedaban enrasadas con el muro. Por ese motivo, el larguero donde se colocaban los gorrones debía sobresalir por su parte superior ya que de lo contrario no podría abrirse la puerta. De hecho, para este tipo era más viable el uso de goznes, como vimos anteriormente ya que facilitaban el montaje y, por su menor peso, podían resistir sin problemas. En cuanto a los cierres, pues los habituales. No había mucho donde elegir, pero lo cierto es que los huecos para los alamudes los he visto hasta en las letrinas, imagino que para usarlas de escondite en caso de ser asaltados porque para preservar la intimidad bastaría un pequeño cerrojo. 

Por cierto que, en algunos casos, los alamudes de estas puertas menores no se corrían de un lado a otro, sino que eran introducidos por unos rebajes practicados en el muro del pasadizo. O sea, no estaban permanentemente embutidos en el muro, sino que se colocaban según la necesidad tal como vemos en la foto de la izquierda. Sombreado en rojo podemos ver los rebajes hechos en la piedra para deslizar los alamudes. En el lado opuesto hay dos huecos de escasos centímetros de profundidad donde se introducían en primer lugar. Luego se encajaban en los rebajes de la foto y se deslizaban hasta su posición correcta. En la ilustración hemos recreado una poterna en la que también se ha marcado de rojo uno de estos rebajes para que podamos verlo con más claridad. Este sistema, aunque menos sólido que el alamud convencional, tenía la ventaja de que, en caso de deterioro, no había que hacer una obra en toda regla para sustituirlo, sino simplemente tirarlo y fabricar uno nuevo ya que cuando la puerta permanecía abierta el alamud era un simple palo cuadrado apoyado contra la pared como una escoba.

Bueno, con esto terminamos por hoy. Cuando visiten un castillo y, como por desgracia es habitual, lo vean despojados de toda su carpintería, al menos podrán cerrar los ojos un instante e imaginar cómo serían las puertas que lo cerraban. Antes de concluir, una aclaración: salvo las recreaciones basadas en ejemplares que aún subsisten a duras penas, las demás están inspiradas en descripciones y en las técnicas al uso en la época. Como ya podrán imaginar, había tantos diseños como castillos, y aquí nos hemos centrado ante todo en tipologías habituales en lo tocante a su solidez y no en los diferentes tipos de tachones, añadidos decorativos o si el alamud era todo de madera o tenía refuerzos de hierro, porque es simplemente imposible de saber cómo eran en cada caso. De hecho, en los ejemplares que se conservan se puede ver claramente la cantidad de modificaciones que han sufrido a lo largo del tiempo, y es frecuente que la datación varíe hasta en un siglo arriba o abajo. 
Para terminar, dejo la cara interior de la puerta del castillo de Durham, un ejemplar en un estado más que aceptable que muestra un montaje sobre goznes y un curioso cerrojo que cierra al revés, o sea, entrando en el lateral del muro. Como podemos comprobar, la creatividad de los que diseñaban y fabricaban estas puertas era notable.

En fin, s'acabó lo que se daba, amén.

Hale, he dicho

Puertas de carros y peatonal del castillo de Vila Viçosa, en Portugal. No son las originales, pero no
me digan que el conjunto no es chulísimo de la muerte. Es una pena que no repongan el puente
de la puerta de carros porque el efecto sería suntuario 

sábado, 3 de octubre de 2020

EL DONJÓN, SÍMBOLO DEL PODER FEUDAL

 

El castillo de Coucy, del que emerge su poderoso donjón. Este castillo, paradigma de la castramentación feudal en Francia,
fue construido por Enguerrand de Boves, III señor de Coucy, entre 1223 y 1230. Su enorme donjón de planta circular y 55 metros de
altura fue uno de los edificios militares más sofisticados y complejos de Europa. Desgraciadamente, hoy día solo queda de
él un montón de escombros. Los tedescos lo volaron en mil pedazos en 1917

Si preguntamos a cualquier cuñado qué es un donjón, seguramente nos responderá que la torre del homenaje de un castillo. Si miramos en San Google del Dato Conciso, probablemente nos dirá lo mismo, y si hacemos lo propio en la tan controvertida Wikipedia también saldrá que es la torre del homenaje si bien cuando pinchamos en el idioma gangoso de los gabachos (Dios maldiga al enano corso), veremos un tanto perplejos que, en realidad, no hablan exactamente de lo mismo. El eximio Mora-Figueroa afirma que  es "la torre más conspicua de una fortificación, sea del homenaje o no", y que se trata de un galicismo introducido en el siglo XIX. Bien, esas respuestas son una verdad a medias ya que el concepto de torre del homenaje que tenían en la Península era totalmente distinto al de los vecinos del norte, así que antes de entrar a fondo en el tema quizás convenga explicar en qué radican sus diferencias.

Mota castral. Como vemos, la torre señorial dominaba la aldea que, a su vez, estaba
protegida por una empalizada. Este era sistema defensivo habitual hasta la llegada
de los normandos

Ante todo, debemos desechar las fortificaciones andalusíes. Los malditos agarenos adoradores del profeta Mahoma no usaban esta torre mayor en sus castillos, y los que vemos actualmente que sí la tienen son añadidos cristianos de cuando cayeron en sus manos ávidas de vísceras de infieles. Como ya se explicó en su día, estas torres tienen su origen en las antiguas fortificaciones de madera de la motas castrales en las que los señores feudales surgidos tras el colapso del imperio carolingio se resguardaban de sus vecinos, siempre deseosos de ampliar sus dominios a costa del personal. La torre era la residencia del señor, el tenente o el alcaide, así como el último reducto defensivo en caso de verse desbordados, pero ahí acaban las similitudes entre una torre del homenaje peninsular y un donjón. El motivo no podemos buscarlo solo en cuestiones puramente militares, ni de diseños más o menos avanzados, sino en la organización social y política de cada reino. Mientras que en la Baja Edad Media peninsular los monarcas y nobles tenían claramente definido quién era el enemigo a batir, independientemente de que algún noble sacara los pies del tiesto de vez en cuando, en Francia no había moros, pero se caían fatal entre ellos y los reyes recurrían a entregar tierras en feudo a cambio de la lealtad de la nobleza. Esta estructura social dio lugar a la mota castral que ya estudiamos en su día y que, como sabemos, se componían de una torre de madera ubicada sobre un empinado montículo, bien natural, bien artificial, rodeado de una empalizada que abarcaba además la población situada al pie de la ladera de dicho montículo. De ese modo, los plebeyos podían dormir razonablemente tranquilos sabiendo que si algún desaprensivo se personaba con la intención de hacer política... estooo, no, quiero decir de robar a mansalva, el DOMINVS del lugar les protegería con los criados y hombres de armas a su servicio.

Bien, así era la tierra de los francos tras el imperio carolingio hasta que a la lista de mangantes profesionales se sumaron los vikingos que, como sabemos, basaban su economía en el pillaje que perpetraban durante sus correrías en las costas de la brumosa Albión (Dios maldiga a Nelson), Francia (Dios maldiga al enano corso) e incluso la Península Ibérica. Y mientras que unos reinos se dedicaban a intentar expulsarlos, otros, como el de los francos, optaron por algo más fácil: darles un cacho de tierra para ponerlos contentitos y, de ese modo, hacer que combatieran por ellos contra sus paisanos para que estos no les robaran el cacho que les habían regalado. Así surgió el ducado de Normandía en 911, cuando Carlos el Simple cedió a Hrolf Ganger, una mosca cojonera rubia y de grandes dimensiones, un territorio en la Neustria tras la firma del tratado de St. Clair-sur-Epte por el que el vikingo juraba defender el reino de posibles agresores. Para reforzar su fidelidad se recurrió, como era habitual, a matrimoniar a este personaje con Giselle, una hija bastarda del monarca francés, para lo cual el nórdico se avino a renunciar tanto él como sus seguidores a su fe pagana y a bautizarse como Dios manda. De ese modo, Francia se aseguró la integridad de su territorio a cambio de ceder una pequeña parte al más peligroso de sus enemigos que, de un plumazo, se convirtió en el conde de Normandía- luego alcanzó la categoría de ducado-, la tierra de los hombres del norte y, por ende, en su más denodado defensor. El tal Carlos sería Simple, pero de tonto no tenía un pelo. En el mapa de la derecha vemos la evolución del ducado hasta mediados del siglo XI, cuando el belicoso Guillermo cruzó el charco para ponerle las peras a cuarto a los anglosajones y ascenderse a rey, que era más que duque y tenía una corona más guay.

Hipotético aspecto del palacio fortificado de Bayeux construido por
el duque Ricardo de Normandía
Este era el contexto histórico en que surgió el donjón que, en realidad, no era más que el sucesor pétreo de las debiluchas torres de madera de las motas castrales que con una simple andanada de faláricas ardían como teas. O sea, que las fortificaciones lignarias dieron paso a las de piedra en el momento en que se les iluminó la mente y llegaron a la conclusión de que era un material más resistente a su tormentaria, al fuego y, tanto o más dañino a medio plazo, los parásitos y el meteoro. El donjón, dongun, doignon o dangon, palabros que por norma se consideran una derivación del latín DOMINIVM o DOMINVM, pudo tener su origen en las primeras construcciones de piedra llevadas a cabo a mediados del siglo X por el duque Ricardo I en el castillo de Ruan, capital del ducado, y posteriormente en el palacio fortificado que mandó construir en Bayeux. Tras la conquista de Inglaterra por Guillermo I, este tipo de construcción también pasó a formar parte de la castramentación isleña que no fue hasta 1586 cuando adoptó el nombre de keep con que se les conoce en Inglaterra. ¿Que cómo se les llamaba antes? Pues donjón, naturalmente. Guillermo hablaba en francés con ramalazos de la lengua nativa de sus ancestros, la corte y las élite militares y políticas también hablaban el mismo idioma ya que, sino todos, la mayoría eran normandos, y solo usaban el sajón para dirigirse a sus nuevos vasallos, lengua esta que consideraban como de segunda categoría. De hecho, en la corte inglesa se estuvo usando el francés como idioma oficial durante siglos.

Donjón de Gisors, cuya muralla poligonal fue construida por Enrique I
en el tercer cuarto del siglo XII
Así pues, las viejas torres de madera fueron sustituidas poco a poco por enormes moles pétreas si bien esta transición supuso no pocos problemas ya que los montículos de las motas castrales no podían por lo general soportar tanto peso, y más cuando eran artificiales, lo que obligó en muchos casos a edificar el donjón sobre terreno firme y luego fabricar el talud rodeando el edificio hasta cubrirlo con varios metros de tierra que era compactada mezclándola con cascotes y derretidos de cal. En la base del montículo se cavaba el correspondiente foso el cual, para ver aseguradas la escarpa y la contraescarpa y evitar derrumbamientos se solía revestir con gruesos tablones o troncos. En otros casos, si los nuevos amos del cotarro decidían que la antigua mota castral que había dado cobijo a una población ya no era defendible, pues se construía una muralla, bien de piedra o de mampostería, y se edificaba un nuevo castillo generalmente adosado a la cerca urbana. En sí, como vemos, conservaba el mismo concepto defensivo de la mota castral, pero adaptado a nuevas técnicas de castramentación que los hacía mucho más resistentes de cara a un asedio.

Murallas de Caen, construidas junto a su castillo por Guillermo I hacia 1060
con vistas a convertir la ciudad en su capital. Inicialmente, la muralla carecía
de torres, que fueron añadidas a finales del siglo XII
En resumen, que los normandos, en cierto modo invitados por obligación en un territorio y en otros, como Inglaterra, Sicilia y el sur de Italia, implantados por la fuerza de las armas, veían que su supervivencia dependía de una buena red de fortificaciones que quitasen las ganas a sus vecinos de echarlos de sus tierras. Sirva de ejemplo el hecho de que en pocos años construyeron 26 castillos entre Caen y Falaise. Pero, además, las normas feudales que aceptaron eran otro problema potencial que debían tener muy en cuenta porque sus vasallos los seguían viendo en muchos casos como invasores, por lo que era muy frecuente que se pusieran de parte de un hipotético agresor si este pertenecía a la nobleza autóctona. Al cabo, preferían servir a un señor francés con pedigrí antes que a unos ex-vikingos que apenas dos generaciones antes se dedicaban a merodear por las costas y a robar, violar y matar a todo bicho viviente. Las leyes feudales, como se ha dicho, obligaban a los señores a defender a los vasallos y a los vasallos a pagar a cambio tributos a los señores y, además, a colaborar con la mesnada del mismo en la defensa de la tierra. Por ese motivo, los nobles normandos en particular sentían sobre ellos la amenaza de la traición, y tenían claro que en caso de asedio todos los defensores que no fueran miembros de su séquito personal- criados, caballeros y hombres de armas a sueldo- podían en cualquier momento rebanarles el pescuezo mientras dormían o, simplemente, abrir las puertas de par en par a los atacantes. Ante semejante perspectiva, el donjón se convertía no solo en el último reducto defensivo en caso de que los enemigos lograran rebasar las murallas del castillo, sino también ante la posibilidad de que sus volubles vasallos chaquetearan y se sumaran a las fuerzas de los sitiadores.

Castillo de La Roche-Guyon. Como vemos, para llegar
al donjón había que cruzar previamente dos murallas con
sus respectivos fosos. Los accesos al reducto donde se erguía
el donjón eran dos angostos postigos marcados de amarillo
fácilmente defendibles. 
En azul aparece el pasadizo
subterráneo de escape
Por esta serie de motivos, el donjón era, como hemos dicho, algo más que una simple torre del homenaje que servía de aposento y despacho al alcaide o el que detentara la autoridad en el castillo. El donjón, ante el temor de una rebelión o incluso de que el amigo de hoy fuera el enemigo de mañana, era un cofre cerrado con siete candados donde solo entraban el
DOMINVS, su familia y sus hombres de absoluta confianza. Más aún, si el castillo disponía de dependencias aceptables para ser usadas como aposentos, incluso permanecía cerrado en tiempos de paz para que nadie pudiera conocer sus entresijos, y si había que recibir invitados o celebrar algo se hacía en dependencias exteriores. Esa era ante todo la principal diferencia con las torres del homenaje convencionales. El donjón estaba diseñado para defenderse de posibles invasores a base de muros de grosores descomunales que alcanzaban incluso los 4 metros precedidos por uno o más cinturones de murallas, profundos fosos y/o camisas. Pero a todo ello había que añadir accesos situados a gran altura, imposibles de vulnerar ya que transcurrían por empinadas y estrechas escaleras que daban a pequeñas puertas defendidas por puentes levadizos o escaleras removibles y defendidos por ladroneras, buhederas o cadalsos. Por todo ello, estos poderosos reductos disponían de postigos en lugares ocultos por donde poder escapar al exterior, postigos estos mejor escondidos que la honra de las hijas del DOMINVS y cuyo emplazamiento solo conocían un reducidísimo grupo de personas.

Pasadizo excavado en la roca que conduce al donjón del castillo de La
Roche-Guyon. Este acceso daba a un escarpe cortado a cuchillo en el lado
sur del recinto, imposible de ver por los sitiadores
Ante semejante perspectiva, a los sitiadores solo les restaba la opción de rendirlos por hambre y/o sed, lo que era bastante difícil porque se preocupaban de tener en todo momento acopio de provisiones y, por supuesto, de una gran cisterna, ambos en las entrañas del donjón, donde nadie podría llegar con facilidad. Pero también se tenía en cuenta una posible traición por parte de los villanos reciclados en defensores. Estos probos campesinos, obligados por las leyes de la época a convertirse en soldados de circunstancias, podrían verse en la disyuntiva de traicionar a su señor, bien
mottu proprio, bien ante la amenaza de ver sus tierras y casas arrasadas. Pero el DOMINVS ya había tenido eso en cuenta cuando se construyó el donjón, convirtiéndolo en un laberinto interior que los villanos jamás habían pisado y de cuya distribución no tenían ni puñetera idea. En una misma planta podía haber varias dependencias, pero no se comunicaban entre sí, sino de forma diabólicamente enrevesada. Un ejemplo: para llegar a la sala contigua había que subir a la planta superior y bajar por una escalera que llegaba al sótano, desde el cual se tomaba otra escalera que finalmente llegaba a dicha sala, que era desde donde se subía a la azotea donde se encontraba el cadalso mientras que en la sala contigua solo se podía acceder a un pasillo con un salto de lobo y al final del mismo otra angosta escalera- siempre eran de caracol y recorriendo el grosor del muro- que daba a una poterna defendida por un rastrillo y una gruesa puerta tras la cual se podía salir al exterior por el lado más escarpado del terreno, fuera del campo visual de los sitiadores. 

La imponente torre del homenaje del castillo de La Mota.
A pesar de sus dimensiones, su interior carece de la
complejidad de un donjón
¿Qué se pretendía con esto? Pues simplemente poder hacerse fuertes en el interior del donjón contra parte de los defensores que hubiesen decidido pasarse al enemigo. Si desconocían su distribución y cruzar una puerta podía ser suicida porque eran tan pequeñas que solo cabía un hombre, poco podían hacer para reducir a los escasos defensores que quedaban, todos ellos profesionales de las armas y conocedores de los entresijos del reducto. Una puerta de roble con una hoja de 15 cm. de grosor reforzada con flejes de hierro y atrancada con un alamud era imposible de derribar como no fuera aporreándola con un pesado ariete, pero dentro del donjón ni había arietes ni tampoco era posible introducirlos debido a la estrechez de los accesos, por lo que se veían en una sala sin saber dónde estaba la salida mientras que el
DOMINVS y sus muchachos igual habían subido a la planta superior, desde donde los asaeteaban a su sabor a través de la buhera que se abría en el entresuelo. Como vemos, los donjones eran un prodigio de arquitectura militar concebido para poder defenderlo con cuatro gatos hasta las últimas consecuencias.

Bueno, así eran grosso modo estas impresionantes fortificaciones que se extendieron por Francia, Inglaterra y las zonas de Italia bajo dominio normando. En otro artículo detallaremos sus métodos constructivos así como su evolución a lo largo del tiempo ya que desde los primeros donjones románicos hasta los edificados en el siglo XIII hay diferencias notables. Con todo, y a pesar de su imponente presencia, el donjón también tenía sus puntos flacos y sus defectos de diseño, que no todo iban a ser ventajas, pero de eso hablaremos más despacio en su momento. En cualquier caso, lo que sí es cierto es que estas peculiares fortificaciones se convirtieron en todo un símbolo del poder de los señores feudales de la época, y su posesión fue motivo de violentos cambios de impresiones entre nobles o bien entre estos y los monarcas que veían en ellos un peligro para la estabilidad del reino.

Hora de yantar. Pírome.

Hale, he dicho

POST SCRIPTVM: Creo que por fin he dado con una forma de poner los textos en las fotos, por lo que agradeceré que si alguien ve algo raro o descuadres me avise. Si sale un churro es por culpa de Blogger, que conste.

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Donjón de Chambois, construido en tiempos del duque Ricardo II. Esta poderosa torre es un ejemplo perfecto del donjón románico que se
extendió por los dominios normandos

viernes, 11 de septiembre de 2020

¿Cómo se construía un castillo?


Nada mejor para ilustrarse acerca de los métodos constructivos empleados en la Edad Media que una visita al castillo de
Guédelon, en la Borgoña. Este peculiar proyecto, iniciado en 1997, se está llevando a cabo con los materiales, herramientas
y medios de le época, lo que lo convierte en un fiel reflejo del largo y penoso periplo que suponía levantar una de esas
moles pétreas que, sin embargo, vemos como se desmoronan poco a poco sin que a nadie parezca importarle mucho

Un amable lector me ha sugerido que no estaría de más un artículo sobre la construcción de fortificaciones y, ciertamente, tiene razón. Bien es verdad que se ha hablado con detalle de las diferentes técnicas constructivas, así como de sus diversas partes, todos los entresijos de los sistemas de defensa pasiva y, en cierto modo, podríamos decir que extrayendo determinadas partes de todos esos artículos podríamos deducir cómo y en base a qué baremos se construía un castillo, pero lo suyo es detallarlo englobándolo todo en un solo texto para hacerlo más comprensible, sobre todo para los que no se han leído las tropocientas entradas que se han dedicado a cuestiones castilleras en estos años. Así pues, y aprovechando que hace tiempo que no hablamos nada sobre las venerables piedras que enmohecen en nuestro vapuleado territorio, veamos cómo, cuándo y por qué se construía un castillo.

Un buen ejemplo de fortificación reciclada una y otra vez es el
alcázar de la Puerta de Sevilla, en Carmona. De origen
cartaginés, ha sido sucesivamente empleada y reformada por
romanos, visigodos, andalusíes y castellanos
Pero, en primer lugar, debemos hacer una concreción. En España tenemos, por decirlo de algún modo, dos tipos de castillos, a saber: unos, los construidos por romanos y cartagineses que, a lo largo del tiempo, han sido reutilizados por los que les sucedieron, o sea, visigodos, árabes y los descendientes de visigodos e hispano-romanos que solemos llamar cristianos. Y por otro, las construcciones ex-novo tanto árabes como cristianas cuya ubicación en el territorio era consecuencia del surgimiento de fronteras interiores que antes no existían. Así fueron apareciendo líneas fortificadas que, sobre todo por parte de los reinos cristianos, fueron avanzando hacia el sur gracias al empuje de los ejércitos que, poco a poco, fueron arrinconando a los otrora poderosos andalusíes hasta dejarlos confinados en el reino nazarí de Granada para, finalmente, echarlos en buena hora de nuestra piel de toro camino de sus puñeteros desiertos llenos de alacranes, serpientes venenosas y dromedarios. Por todo ello, nos centraremos en las construcciones ex-novo ya que las anteriores, de ignoto origen, eran mayoritariamente CASTRA donde las legiones destinadas en Hispania eran acantonadas durante décadas, o simples atalayas para controlar el territorio, pero no eran castillos tal como los conocemos.

LA ELECCIÓN DEL LUGAR

Una vez que se autorizaba la construcción de un castillo para controlar un determinado territorio, la orden militar o el noble al que se le encomendaba la tarea se tenían que dar sus buenos garbeos en busca del sitio más idóneo en función a la orografía del terreno. Por razones obvias, se prefería un lugar elevado a un llano para disponer del mayor campo visual posible, pero si lo más alto que había era una loma o poco más, pues se chinchaban porque eso les obligaría a construir un foso, un antemuro o ambas cosas. ¿Por qué? Porque si el castillo estaba en la cima de una montaña rocosa, el minado sería imposible. En un llano, salvo que por casualidad encontraran un afloramiento pétreo donde edificar, había que poner las cosas lo más difícil posible a los enemigos que, caso de atacarles, lo primero que harían sería abrir una mina o bien adosar máquinas de aproche como arietes o bastidas. El foso y el antemuro lo impedirían o, al menos, lo retrasarían tanto que podrían hacer que los sitiadores se tuvieran que largar con viento fresco si se quedaban sin vituallas o se les echaba el invierno encima.


A la derecha tenemos un ejemplo de castillo roquero totalmente inexpugnable que solo podía tomarse si la guarnición se rendía por falta de alimentos y/o agua. Se trata del castillo de Olvera, en la actual provincia de Cádiz y en su época en plena frontera del alfoz de Sevilla con la kora de Ronda, y además paso obligado para atacarse unos a otros sin piedad y darse estopa bonitamente. Como vemos, el castillo se yergue sobre un risco rocoso, ocupando toda la cima del mismo. Su acceso es por una intrincada y angosta escalera que hacía imposible subir a más de un par de hombres al mismo tiempo, y una vez arriba nada podían hacer para acceder al interior del recinto. Por su situación, era imposible minarlo, adosarle máquinas o lanzar escalas para intentar un asalto. Si se quería tomar solo había dos opciones: una, convencer al alcaide de que se largara en buena hora, lo que no solía ocurrir; y dos, sentarse a esperar a que el alcaide y su gente se comieran hasta las suelas de las botas o viesen el aljibe más seco que la sesera de un político. Si no se daba ninguna de esas opciones el castillo no caería.


Y ahí tenemos otro, esta vez en un llano. Se trata del castillo de Montalbán, en Toledo. Su defensa se apoya por el este en el profundo barranco por donde corre el arroyo del Torcón, mientas que el lado oeste tuvo que ser reforzado por un antemuro y dos potentes torres pentagonales en proa que actuaban como albarranas. Un castillo así era, por razones obvias, más difícil de defender. El antemuro podía ser vulnerado con relativa facilidad, pero hacía imposible la aproximación de máquinas a la muralla principal salvo que se abriera una brecha lo bastante amplia, lo que era casi imposible con los defensores batiendo a golpe de virote a los peones que se afanaban en demoler el antemuro. En todo caso, si los sitiadores disponía de un fundíbulo las cosas ya tomaban otro cariz porque uno de esos chismes podía, sin prisa pero sin pausa, abrir una brecha tanto en el antemuro como en la muralla sin tener que exponerse, resolviéndose todo en un asalto final.


Y por añadir un ejemplo más, veamos el castillo de Chinchilla de Montearagón, en Albacete. Este castillo fue erigido en un elevado cerro y, para complicar más las cosas a un posible atacante, le excavaron un profundo foso de unos 10 metros de profundidad. El cerro donde se asienta era relativamente accesible de cara a intentar un asalto ya que no es excesivamente empinado, pero el foso era una barrera infranqueable. Cavar una mina era inútil aunque la naturaleza de la piedra del lugar podría permitirlo, pero dicha mina jamás llegaría a la base de la muralla o una torre, sino que se vería encima con más de diez metros de roca que hacían de cimientos del edificio. Así pues, tendríamos otro caso de capitulación por hambre y/o sed o por vil alevosía del alcaide, pero sino, imposible.


Bien, con estos tres ejemplos podemos hacernos una idea de qué se tenía en cuenta a la hora de elegir el emplazamiento. Como es obvio, las posibilidades serían cuasi infinitas en base a la inmensa cantidad de suelos y zonas distintas pero, básicamente, lo explicado eran los baremos que prevalecían. No obstante, siempre había algunos factores más a tener en cuenta que podrían decantar por uno u otro lugar el emplazamiento del futuro castillo. Ante todo, la disponibilidad de agua. Y no ya por la posibilidad de construir una coracha de aguada que haría posible no quedarse nunca seco, sino para el desarrollo de la obra. El agua para los obreros siempre podría acarrearse en acémilas de la fuente o río más cercanos, pero la obra consumía mucha, sobre todo dependiendo del material a emplear. Había que rellenar paramentos, preparar mortero para los mismos si eran de mampuesto y mucho más si el material elegido era tapial. Otra cuestión muy importante era la proximidad de padrastros que facilitarían a posibles atacantes hostigarlos con máquinas de lanzamiento desde una altura igual o incluso superior. En ese caso, era cuasi obligado fortificarlos para impedir que fueran ocupados por una hueste enemiga, como el caso de la foto. Se trata de Alarcón (Cuenca), situada en una hoz del río Júcar que actuaba como foso natural, pero con toda la zona que se extendía al norte y el este del castillo y la población convertida en unos peligrosos padrastros que tuvieron que fortificar con las torres de Cañavate (círculo negro) y Alarconcillo (círculo blanco) por el lado norte y la torre del Campo (a la izquierda, fuera de encuadre) protegiendo el lado este. En fin, como vemos, elegir un sitio no era cosa baladí, y había que tener en cuenta muchos factores que, a la hora de la verdad, harían el castillo inexpugnable o una birria. 

LA ELECCIÓN DE OBREROS Y MATERIALES


Castillo de Hielo o Hierro, en Pruna (Sevilla). Fue construido con mampuesto
obtenido de la misma montaña de toba donde se yergue. En el círculo se ven
los cortes de donde se extrajo la piedra
El maestro de obras o alarife que se contrataba para la ejecución de la obra se encargaba de trazar la planta del edificio y elegir el material más adecuado que, por lo general, se basaba en dos premisas: el precio y la disponibilidad. Como se ha ido explicando en las entradas dedicadas a técnicas constructivas, la piedra bien escuadrada era el material más deseable por su solidez, pero también el más caro por precisar para su manipulación personal muy especializado que, obviamente, cobraba bien sus servicios. Pero por otro lado tenemos la disponibilidad del mismo, lo que no siempre sucedía. Ha habido castillos construidos con la piedra sobre la que se asentaba, mientras que en otros casos tuvieron la suerte de disponer de una cantera a una distancia razonable para transportarla a pie de obra. Pero de no haber material en las cercanías o no tener presupuesto para ello, había que optar por materiales más baratos como el mampuesto o, en último extremo, el tapial, mucho más barato pero también el más débil y el que requería de más mantenimiento. Este último solía ser el preferido por los alarifes andalusíes, mientras que los cristianos eran más dados a la piedra. En todo caso, para elaborar un mampuesto careado no había que recurrir a canteros ya que cualquier albañil se daba maña para ello.


Distintos tipos de operarios. Como vemos, no se
diferencian en nada de los actuales albañiles salvo
en la indumentaria y en que no pierden horas de
trabajo con los jodidos móviles
Pero en la construcción de un castillo no solo intervenían albañiles, sino un pequeño ejército de especialistas, cada cual experto en lo suyo. Así, a lo largo de la obra tenían que intervenir, además de los albañiles, los siguientes artesanos:

1. Canteros para elaborar la sillería de vanos, bóvedas, gorroneras, escalones y cualquier parte que necesitara una piedra bien labrada aunque el edificio fuera de mampuesto ya que, en ese caso, las esquinas de las torres se solían reforzar con sillares bien escuadrados. Del mismo modo, podían encargarles determinados elementos defensivos como ladroneras, buzones, aspilleras, troneras, etc.

2. Carpinteros para fabricar las cimbras sobre las que se apoyaban dinteles y bóvedas, además de la construcción de puertas, ventanas, alamudes, vigas, jácenas y, por supuesto, puntales, andamios y maquinaria necesaria para la obra como grúas o polipastos. Si el castillo era de tapial tendría además que fabricar los cofres y agujas para las tongadas de mortero.

3. Cordeleros para todo el cordaje necesario para andamios, grúas, etc.

4. Herreros para la forja de clavos, flejes, bisagras, goznes...

5. Tejeros para la fabricación y colocación de tejas, con las que además se construían las conducciones que recogían el agua de lluvia para los aljibes. Además, fabricaban los ladrillos para cerrar las bóvedas, toba para las solerías, etc.

6. Si el castillo se construía en un clima frío, en vez de un tejador se buscaba un pizarrero ya que el agua acumulada entre las tejas las reventaba cuando se congelaba.

7. Caleros, sin los cuales era imposible la elaboración del motero.

8. Muleros y boyeros para el acarreo de materiales en recuas de acémilas o carros. 


MAGISTER PETRVM trazando un arco sobre una capa de
yeso. Estos probos picapedreros guardaban sus secretos
con más celo que la honra de sus hijas
Grosso modo, estos serían los artesanos y operarios imprescindibles, todos ellos acompañados de sus respectivas cuadrillas de peones, oficiales y aprendices. Los salarios se acordaban con el alarife, y generalmente se pagaban semanalmente. En el caso de los canteros, trataba con el MAGISTER PETRVM que, a su vez, se encargaba de pagar a su gente. Los canteros trabajan aparte en sus logias en el sentido de que les encargaban tantos sillares para tal cosa, otros tantos para lo que fuere y se limitaban a labrarlos independientemente del ritmo de la obra. Cada sillar llevaba unas marcas que indicaban al albañil la posición en que debía colocarlo y, tras completar el encargo, se largaban a otro sitio en busca de trabajo aunque en la obra aún no hubiesen levantado medio metro de muralla. No debe extrañarnos esta forma de trabajar ya que los canteros terminaban sus encargos con precisión milimétrica y, a lo sumo, alguna pieza podría requerir un pequeño ajuste que cualquier albañil solventaba sin problema. No obstante, si el castillo se labraba íntegramente con piedra había que recurrir a varias cuadrillas que se pondrían sumamente contentitos ya que tendrían trabajo para diez, veinte o más años, dependiendo del tamaño de la fortificación. En aquella época el personal tenía tantos problemas como nosotros, pero el paro no era precisamente uno de ellos.

COMIENZA LA OBRA


Albercas ya casi cegadas del castillo de Cote (Sevilla). El agua más
próxima está a kilómetros de distancia
La disponibilidad de agua marcaba también qué sería lo primero en construirse. Si no había cerca un río o un manantial cabían dos opciones: una, cavar un pozo si el terreno lo permitía. Y dos, labrar el aljibe en primer lugar o, al menos, una alberca donde recoger el agua de lluvia. La espera para ver la alberca llena se invertía en ir haciendo acopio de materiales, carear el mampuesto, preparar la cal o traerla de los hornos más cercanos, talar la madera necesaria, que era mucha, y esperar a que se secara, etc. No olvidemos un detalle, y es que el tiempo en la Edad Media transcurría más despacio. Hoy día pasamos por una calle donde vemos que han comenzado a derribar un viejo edificio, pasamos al cabo de una semana y ya van por la tercera planta de un edificio nuevo. Volvemos a pasar al cabo de un mes y ya hay hasta tiestos de geranios en las terrazas. En la Edad Media eso era ciencia-ficción. Desde que se decidía iniciar la obra hasta que comenzaba podían pasar un año o dos solo dedicados a los preparativos para una obra que podía durar décadas. Un carro tirado por bueyes con un cargamento de madera invertía un par de días en recorrer los 3o km. que un camión recorre actualmente en apenas 20 minutos. En fin, no hay comparación posible, y es absurdo plantearse prisas en una época en que la gente veía crecer la hierba.


Castillo de Fafetar, en Espera (Cádiz). Lo abrupto del terreno obliga a
circular por los adarves si bien aprovecharon los huecos entre las peñas
para construir dependencias interiores
En cualquier caso, una vez solventada la cuestión acuática, antes de empezar era preciso nivelar el terreno en lo posible. Sí, muchos me dirán que en tal castillo no se puede apenas caminar porque los afloramientos rocosos hacen el interior intransitable pero, como podremos ver a medida que visitemos castillos por España o la Europa toda, jamás veremos dos que se parezcan. Bien por falta de medios, de dinero, o porque la roca sea dura como una ídem, pues esos incómodos pedruscos se dejaron tal cual los vemos ahora. Igual no era preciso eliminar esos afloramientos porque la guarnición del castillo sería mínima y con un poco de espacio libre les bastaba pero, sea como fuere, lo más habitual era allanar y nivelar el terreno donde se iba a edificar. En el caso de los castillos roqueros, se empezaba colocando hiladas de mampuesto o sillarejo en los bordes del risco para sustentar a la muralla que se construiría encima, no dejando espacio ni para apoyar un pie con el fin de impedir la aproximación de un enemigo salvo que fuese el Hombre Araña. Tras nivelar el suelo o, al menos, las zonas donde se iba a construir- léase muralla y torres-, el alarife marcaba el contorno exacto con cordeles y, a partir de ahí, los albañiles acometerían la construcción de los paramentos.


Torre del homenaje del castillo de Setefilla (Lora del Río, Sevilla), sede
del bayliato hospitalario de Septefilla. Obsérvese el migajón en el hueco
de la derecha, así como los mechinales para los andamios y los restos del
revoco que cubría el edificio para protegerlo de las inclemencias del tiempo
Como recordaremos, se construían dos paramentos paralelos que iban siendo rellenados con un migajón a base de tierra con cal, restos de cantería y/o de cerámica procedente de las piezas que se rompían o salían mal cocidas en los alfares. Básicamente, era un trabajo exactamente igual que el realizado por un albañil moderno cuando labra un muro o una citara, con la diferencia de que el moderno usa ladrillos y el medieval cantos que adaptaban a su lugar con mortero y ripios. El ritmo de la obra avanzaba en función del tiempo de fraguado del mortero, que en el caso del elaborado con cal era más lento que el de los cementos actuales. Por ejemplo, para rellanar los paramentos había que esperar a que el mortero estuviera bien seco ya que, de lo contrario, la presión del migajón podía reventarlo. Una vez que el alarife daba el visto bueno era cuando se vertía en su interior el material que se colmataba a base de pisones y agua.


Otra imagen del castillo de Guédelon con los currantes dedicados a sus
quehaceres. Como es evidente, una nevada que ya no dejaba ver el suelo
hasta la primavera o semanas de lluvia constante hacían impracticable
las obras, aparte de unas temperaturas que helarían a un oso con sobrepeso
Sin embargo, a diferencia de nuestros tiempos, la llegada del otoño o el invierno detenía la obra. El personal, que por lo general vivía allí mismo en chozas si la distancia a la población de donde provenían hacía inviable ir y venir a diario, no podía permanecer en el tajo con lluvias, nevadas y unas temperaturas gélidas. Por otro lado, había que dejar pasar una temporada para que los morteros fraguasen en condiciones antes de seguir añadiendo peso. Hablamos de muchas toneladas que debían mantenerse enhiestas sin que se produjeran grietas o fallas que, de forma inesperada, tuviera lugar un colapso o una muralla debilucha que se vendría abajo en cuanto le acercaran un ariete o un fundíbulo le acertase un par de veces con bolaños de diez o veinte quintales. Así pues, cuando la estación cambiaba y, además, las horas de luz disminuían de forma notable, el personal se largaba a su casa a pasar la invernada apaciblemente dedicándose a otras cuestiones hasta que con la llegada de la primavera se retomaban las obras. Y así año tras año mientras que las torres y murallas iban ascendiendo poco a poco, sin prisa pero con las pausas necesarias nada más. Ojo, había ocasiones en que las obras se detenían porque se acababan los dineros y no se retomaban hasta que se llenaba de nuevo la hucha. Aunque se tiene una imagen- errónea por supuesto- de que en la Edad Media el personal estaba esclavizado y obligado a trabajar por un mendrugo, eso es el enésimo bulo que por repetido se tiene por cierto. Los pagos eran al contado. Eso de 30, 60 y 90 no se había inventado. Si no había pasta, el tejero, el calero, el cordelero el carpintero y demás personal no arrimaban ni media arroba de material. Y si no había pasta los albañiles, canteros y acemileros se quedaban mirando al infinito como diciendo "vas listo, Calixto". O sea, que de esclavos nada. La gente trabajaba a cambio de su salario, y si no había salario no trabajaban ni los cuñados del futuro alcaide.

LOS TOQUES FINALES


Maqueta del castillo de Frías (Burgos), donde se ven las dependencias
interiores que no han llegado a nosotros
Antes de que el recinto estuviera totalmente terminado podía ser guarnecido. Bastaba con que la muralla y las torres tuvieran su parapeto almenado y una buena puerta impidiera el paso a los extraños. Pero, ¿qué faltaría por construir para dar la obra por concluida?

1. En base al número de efectivos de la guarnición sería necesario labrar quizás un aljibe de mayor tamaño, desechando la hipotética alberca que se fabricó para disponer de agua para la obra. El aljibe podía llevarse años si había que excavarlo en la roca, y más de una y más de dos veces me he quedado con la jeta a cuadros imaginando cómo leches pudieron sacar varias decenas de metros cúbicos de piedra a golpe de cincel  y maceta.


Otra maqueta que nos muestra el interior de un castillo, el de Sesimbra
(Portugal) en este caso. Actualmente nos encontraríamos el patio de armas
totalmente diáfano. Osérvense los paramentos enlucidos y encalados
2. Las dependencias para la guarnición. Por lo general se construían de madera, un material barato y de fácil mantenimiento. Por eso vemos los patios de armas vacíos en muchos casos ya que dichas dependencias desaparecieron hace siglos a causa de la carcoma, la humedad o un simple incendio fortuito. En otros castillos se construían de fábrica, y es fácil ver el arranque de los cimientos. ¿Que por qué no existen actualmente? Pues porque eran simples muros que se han ido cayendo solos a medida que el mortero que los sustentaba se ha ido desgranando por causa del meteoro, nada más. Si un edificio moderno requiere mantenimiento, los medievales también y, cuando dejaron de ser útiles allá por el siglo XVI, pasaron de ser gallardos castillos a edificios abandonados reciclados en rediles para el ganado y suministro de materiales de construcción gratuitos.

3. A estas dependencias debemos añadir la cocina, un horno, almacenes para las provisiones, graneros, corrales, etc. Los castillos eran por lo general autosuficientes tanto en cuanto estaban muy aislados y, por otro lado, un día había que cerrar la puerta y no se podía volver a abrir hasta que unos señores muy violentos que pretendían apoderarse de él se largaban aburridos de esperar a que les abrieran.


Bien, este sería el proceso de construcción de un castillo. Obviamente, se ha explicado de forma muy generalizada ya que cada uno tenía mogollón de pormenores pero, básicamente, la pauta habitual era la que hemos narrado. Con todo, muchos se dirán que los que han visto no cuadran con lo que se ha detallado aquí, pero deben tener en cuenta varios factores. El principal radica en los cambios sufridos a través del tiempo. Unos fueron simplemente abandonados y los siglos se han encargado de derribar torres y muralla, así como de cegar fosos y aljibes de los que, aparentemente, no queda ni rastro. Otros fueron reaprovechados para los fines más variopintos, desde graneros comunales a prisiones locales, por lo que en mayor o menor medida fueron adaptados para esos fines. Otros permanecieron en poder de sus dueños y, con el tiempo, los fueron modificando para que siguieran siendo habitables. Eso lo vemos en los castillos de la brumosa Albión (Dios maldiga a Nelson), en Italia, en Centroeuropa o en Francia (Dios maldiga al enano corso). Por el contrario, los castillos españoles fueron mayoritariamente recintos militares que cuando perdieron su utilidad solo suponían un gasto inútil. Los nobles hispanos prefirieron vivir en palacios edificados en las poblaciones, y no en mitad de un bosque en la gran puñeta. Con todo, el sistema seguido en su construcción inicial no difería del que se ha explicado hoy. Valga como ejemplo el que vemos a la derecha. Se trata del castillo de los Von Elz, típico castillo palaciego de Alemania que, aunque originario del siglo XII, lleva en uso desde esa época. Ya podemos imaginar los cambios que ha sufrido a lo largo de ocho siglos a manos de las 33 generaciones de tedescos que lo han ocupado.

En fin, criaturas, supongo que les habrá quedado claro cuál era el proceso que se seguía para edificar un castillo. Los que deseen profundizar en los detalles pueden pinchar en las etiquetas "PARTES DEL CASTILLO" y "TÉCNICAS CONSTRUCTIVAS", donde tienen lectura para varios días y adquirir conocimientos sobrados para inducir al suicidio a sus cuñados en la primera visita que hagan a cualquiera de nuestras augustas fortificaciones. 

Bueno, se acabó lo que se daba. Hora de merendar, amén.

Hale, he dicho