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jueves, 14 de mayo de 2020

CATAFRACTA. La silla de montar y el enigma del estribo



CLIBANARII encabezando una carga apoyados por arqueros y caballería
ligera. Como es lógico, jinetes recubiertos por una armadura enormemente
pesada debían tener una base estable si no querían acabar en el suelo en el
momento en que el caballo hiciera cualquier movimiento brusco
Bien, prosiguiendo con la cosa catafráctica, también he decidido dedicar una entrada centrada exclusivamente en la silla de montar, complemento indispensable para el noble ejercicio de asesinar ciudadanos aupados en un equino más bien bajito. Es posible que muchos de los que me leen sepan sobradamente para qué sirve una silla de montar, o crean saberlo. Pero es seguro que hay muchos más que toman este accesorio como parte de los arreos propios de los equinos pero, en realidad, nunca se han preocupado por conocer el motivo de su existencia. Este no es otro que no fastidiarle al caballo la espina dorsal, nada más. Si cabalgamos a pelo con las piernas bien apretadas contra los ijares del animal difícil será que nos caigamos si de verdad sabemos montar a caballo, pero todo nuestro peso recaerá sobre su espinazo. ¿No se han preguntado nunca por qué los ciudadanos que vemos en países del tercer mundo montados en un pollino lo hacen sobre la grupa y no sobre el lomo? Pues precisamente para eso. Sin embargo, la silla se diseñó para que el peso de jinete no cayese a plomo sobre la columna vertebral del caballo, sino sobre los costados del dorso, librándolo así de una segura lesión que inutilizará al animal en poco tiempo, y más si se trata de un jinete al que, a su peso corporal, se suma el del armamento que lleva encima. Aparte de eso, lógicamente, la silla proporciona más confort al jinete, que no es lo mismo pasarse el día clavándose las vértebras del animalito en las almorranas que plantar nuestras posaderas sobre una cubierta de cuero o una mullida zalea de borrego.


Sin embargo, nuestros probos imperialistas tampoco sabían de qué iba la cosa. De hecho, la famosa silla de cuernos que, como ocurre como el DRACO, el personal suele adjudicarles como una creación propia no es más que el enésimo plagio. Francamente, cuesta trabajo entender como una gente tan poco imaginativa pudieran hacerse los amos del cotarro durante siglos. Bien, la cuestión es que la silla de cuernos ya la usaban los celtas en el siglo III a.C., importada precisamente de los pueblos iranios con los que por aquel entonces los romanos aún no habían tenido el gusto de conocerse. Estas tribus que poblaban las estepas asiáticas las introdujeron en Europa mediante sus movimientos migratorios hacia la mitad del primer milenio a.C. Los celtas, que a raíz de sus migraciones se habían extendido a su vez por casi toda Europa llegando hasta el extremo sur de la Península, la tomaron de ellos pero, a pesar de que sus tribus ya tenían violentos cambios de impresiones con los romanos, estos aún seguían en la inopia y preferían su panoplia helenística que, en realidad, no estaba a la altura de la de sus enemigos. De hecho, su primer encuentro tuvo lugar en 295 a.C. y, según Livio, se saldó con una victoria de los senones, una tribu celta radicada en la Galia Cisalpina. En la ilustración superior vemos a uno de estos honestos recolectores de cabezas, peculiar costumbre que observaban rigurosamente para que, al colgarlas de la silla de montar, demostrar a sus cuñados que eran más valerosos y mataban más y mejor. Como vemos, la silla es del tipo de cuatro cuernos que, con mínimas diferencias, usaban los sármatas, partos, sasánidas, etc.


Y mientras tanto, nuestros aspirantes a imperialistas seguían fastidiando los espinazos de sus pequeños pencos que, por aquel entonces, tenían una alzada de apenas 130 o 150 cm. como mucho. La carencia de estribos les obligaba, como ya sabemos, a tener que auparse encima de un salto, maniobra a la que los reclutas tenían que dedicar horas y horas hasta hacerlo con propiedad sin partirse el cuello como explicamos en el artículo dedicado a la ARMATVRA. La ilustración de la izquierda nos muestra un EQVES de tiempos de la República basada en relieves de lápidas de la época y, como vemos, no lleva una silla de montar propiamente dicho, sino una especie de albarda sujeta por una cincha, pretal y retranca para impedir que el jinete saliera despedido ante cualquier movimiento de la montura. En este caso, y aunque la albarda estuviera acolchada, el peso del sujeto recaería directamente sobre la columna vertebral del caballo, y ya podemos imaginar cómo acabaría ese animal tras horas trotando o galopando con un tipo encima dando saltitos. Y aparte de las posibles lesiones producidas al caballo, es evidente que la estabilidad del jinete era un churro comparada con la del celta del párrafo anterior como explicaremos más adelante.


Y esto no solo se traducía en una manifiesta inferioridad en lo tocante a la estabilidad del jinete solo cuando montaba, sino aún más cuando combatía. La inercia generada cada vez que el jinete asestaba una cuchillada o un lanzazo lo desestabilizaría de forma notable, y tendría que apretar las piernas con toda su alma para no verse derribado. Del mismo modo, era mucho más fácil para un infante agarrarlo por el cuello y tirar de él hacia el suelo mientras un compañero aprovechaba la coyuntura para ensartarlo con su lanza antes siquiera de que le diera tiempo a intentar levantarse. Más aún, se ha podido saber que los mismos romanos usaron hocinos tomados de las herramientas de sus unidades para usarlos como sus colegas medievales siglos más tarde para derribar a los jinetes enemigos. Concretamente, en la toma de Valencia en el 75 a.C. a manos de Gneo Pompeyo contra las fuerzas de Quinto Sertorio, han aparecido bastantes chismes de estos en el estrato correspondiente a la batalla, lo que ha hecho llegar a la conclusión de que se usaron en combate, y posiblemente para derribar a los EQVITES sertorianos. En la ilustración que mostramos podemos ver el momento en que un legionario echa por tierra a un jinete cuyo caballo aparece ya equipado con una silla de cuernos, pero lo cierto es que no se tiene la certeza de que en esa época ese tipo de montura ya se hubiese generalizado en el ejército romano. En todo caso, si derribarlo con una silla era relativamente fácil, con una simple albarda mucho más.


Silla celta. Los cordones eran para sujetar partes del equipo
incluyendo, supongo sus colecciones de cabezas
Bien, la cuestión es que la adopción de la silla de montar no llegó al ejército romano hasta tiempos de César o poco antes. Él mismo dejó constancia de que ya la usaban en su DE BELLVM GALLICVM (Libro IV, 4) cuando comenta de los germanos que "no hay cosa en su entender tan mal parecida y de menos valer como usar de jaeces. Así, por pocos que sean, se atreven con cualquier número de caballos enjaezados".  Al parecer, estos sujetos tenían sus pencos tan bien adiestrados que, cuando convenía combatir a pie, desmontaban y se daban estopa sin que los animales se movieran de su sitio, volviendo a auparse sobre ellos cuando les parecía o daban por concluida la fiesta. En todo caso, los germanos consideraban como signo de afeminamiento el uso de la silla de montar pero, cuestiones homofóbico-hípicas aparte en lo referente a estos belicosos ciudadanos, al menos nos deja claro que hacia mediados del siglo I a.C. los romanos ya se habían decidido por fin adoptar la silla celta. Nunca es tarde si la dicha es buena, dicen...


El conocimiento que se tiene actualmente sobre la silla de cuernos se lo debemos agradecer a Peter Connolly, uno de los mejores y más conocidos divulgadores del mundo romano y cuyas investigaciones arrojaron luz sobre cuestiones que, hasta entonces, eran un enigma. En el caso de la silla, a base de estudiar a fondo las representaciones artísticas de la misma en lápidas, monumentos y algún que otro resto arqueológico consistente en partes del forro de cuero y los refuerzos de bronce de los cuernos- CORNICVLI los denominaban los romanos-, pudo llevar a cabo la reconstrucción que creo que cualquier aficionado a estos temas conoce sobradamente. Bien, sus conclusiones, que hasta el día de hoy nadie ha podido refutar, nos dan un armazón de madera como el que vemos a la derecha. Las piezas metálicas, en cuyos bordes se veían hileras de orificios, eran un claro indicio de que habían sido clavadas en los cuernos, sirviendo así de refuerzos a la hora de colgar cualquier chisme de la silla o cuando el jinete se agarraba a ellos para auparse. La estructura de madera, como se puede apreciar, estaba construida de forma que dejaba un  hueco sobre el lomo del caballo, apoyando en los flancos del mismo. Este armazón era forrado para acolcharlo con crin, fieltro o borra de cualquier tipo. Bajo la silla colocaban una manta de lana y una pequeña albarda de piel para evitar heridas o erupciones al caballo debido al roce con la silla.


El acabado final consistía en forrarla con piel de cabra y añadirle la cincha y las correas para la retranca y el pretal, donde colgaban pequeñas PHALERÆ porque es sabido que a esta gente le molaban una burrada los adornos y las pijerías. Incluso parece ser que el cuero de los atalajes los teñían de amarillo o rojo. En la figura A tenemos una silla casi terminada de coser en la que vemos un cuerno con su refuerzo metálico, el relleno y, finalmente, la cubierta de piel exterior. En la figura B ya tenemos la silla terminada. A falta de la cincha, en la parte delantera se pueden ver las correas donde se abrochaba el pretal.


Bueno, pues esta es la puñetera silla de la discordia sobre la que se lleva años y años discutiendo acerca de la estabilidad que proporcionaba al jinete y de la que muchos aseguran que no fue hasta la aparición del estribo cuando la caballería pudo desarrollar de verdad todo su potencial homicida. Por un lado, Connolly no solo se molestó en desarrollar la reconstrucción de la silla, sino que hizo que se probara a fondo. Los cuernos delanteros, un poco inclinados hacia atrás, sujetaban los muslos mientras que los traseros servían de apoyo a las nalgas. O sea, que el efecto práctico era exactamente el mismo que el de una silla con arzón y borrén trasero. La estabilidad que proporcionaba esta silla permitía al jinete hacer cualquier tipo de movimiento sin ver comprometido su equilibrio y, lo más importante, podía manejar tanto la lanza como la espada. Su único inconveniente, en teoría, era que al carecer de apoyo tenía que apretar fuertemente los muslos y flexionar hacia atrás las piernas para afianzarse mejor, o sea, una postura como la que vemos en el aguerrido arquero alano de la ilustración de la derecha, lo que al cabo de un rato empezaba a notarse porque esa posición dificultaba el riego sanguíneo de las piernas. No obstante, cabe suponer que solo la adoptaban en combate o para galopar. Cuando el animal iba al paso o al trote las piernas quedarían colgando sin más.


Con la lanza en esta posición se puede acuchillar a cualquier enemigo
sin problemas. Otra cosa sería metiéndola bajo el brazo, imagen que por
cierto no aparece en los testimonios gráficos de la época
Sin embargo, los negacionistas de turno insisten en que el estribo era fundamental por mucho que Connolly les jurase por las almas de sus cuñados que se podía realizar cualquier movimiento en la silla sin darse una costalada. Más aún, aseguraba que los cuernos traseros ofrecían un apoyo lo suficientemente sólido como para impedir que el jinete saliera despedido de la silla. Yo, que como está mandado me devano los sesos por mi cuenta, digamos que estoy en una posición intermedia porque, en realidad, desconozco cuáles y cómo fueron las pruebas efectuadas por Connolly, y observo ciertas lagunas en base a las representaciones artísticas de la época. Ante todo, tenemos el manejo de la lanza. El jinete convencional romano nunca aparece embrazándola, sino asestando el golpe enarbolando el arma o bien desde abajo. Eso, a mi entender, solo significa una cosa: si se la metía bajo el brazo, el impacto podía desestabilizarlo o incluso derribarlo de la silla. Cuando se arroja una jabalina o se lancea de forma que el cuerpo no absorba el impacto del arma contra el enemigo, no habría problemas, pero si el jinete tiene que ser el que aguante el golpe la cosa varía. De hecho y existiendo ya el estribo, vemos como los jinetes del Tapiz de Bayeux enarbolan sus lanzas por encima de sus cabezas, y eso que hasta usaban sillas de arzón alto.


Un jinete golpeando con la espada. Debían tener un control fuera de serie
sobre sus piernas para afianzar de forma instintiva la del lado opuesto
al que descargaba el golpe
Después tenemos el tajo de la espada hacia abajo. Un jinete moderno, cuando asesta un golpe semejante apoya el pie derecho en el estribo porque tiene que inclinarse para alcanzar al enemigo, y más si este se encuentra en una posición más baja de lo habitual, o sea, agachado o incluso tendido. Un jinete sin estribo tendría que apretar la pierna izquierda contra el costado del caballo para no caerse. No dudo que pudieran hacerlo, pero es obvio que el estribo ayudaría bastante aunque Connolly afirmase que solo servía para auparse con más facilidad a su montura. Y si nos ceñimos a los CATAFRACTARII o CLIBANARII, tenemos que el jinete debía asir su CONTVS con ambas manos. Hablamos de una lanza muy pesada, de entre 3,5 y 4 metros que tendría que agarrar cuidando mucho de hacerlo lo más cerca posible de su centro de gravedad (que estaría situado lo más atrás posible para aprovechar al máximo la longitud del arma) y, por otro lado, cuando ensartaba a un enemigo no lo tendría fácil para extraer el arma salvo que se detuviera. En el peor de los casos, tendría que soltarla y meter mano a la SPATHA o cualquier otra arma de las que solían llevar encima. ¿Y por qué no la embrazaba como un jinete medieval mientras gobernaba su montura con la mano izquierda? Porque no podía al carecer del apoyo que le brindaba el estribo. Pero, en este caso, queda un factor más a tener en cuenta: un jinete ligero romano se aupaba con su armamento defensivo sobre un caballo de alrededor de 1,3 metros de alzada. Sin embargo, un CATRAFACTARII tenía que hacer lo mismo, pero sobre un animal de 20 o 25 cm. más de altura y con un sobrepeso enorme encima. Una de dos: o tenían una potencia muscular en las piernas digna de un saltador de altura o se montaban ayudados de alguna forma, y una vez que descabalgaban lo tenían chungo para volver a subir, y más en plena batalla.


Hacia el siglo III d.C., los sasánidas reformaron sus monturas inclinando aún más hacia atrás los cuernos delanteros para afianzar más los muslos. Cabe suponer que el motivo fue precisamente el peso de sus lanzas y el momento del encontronazo cuando impactaban contra un enemigo. Los demás las mantuvieron como siempre sin que haya referencias acerca de algún tipo de cambio hasta que hacia la primera mitad del siglo V aparece un nuevo tipo de silla, al parecer de origen huno, que mandó al baúl de los recuerdos el modelo anterior. A la izquierda podemos verla. Estaba enteramente construida de madera siguiendo el mismo concepto de la anterior, o sea, apoyándose en los costados del caballo. La estructura estaba acolchada y forrada de cuero para hacerla más confortable pero, sin embargo, resultaba menos estable que la anterior porque los cuernos, que eran lo que permitían al jinete afianzarse, habían desaparecido. O sea, era una silla moderna, similar a las que se usaban en la baja Edad Media y mucho después, pero sin estribos. Algo no cuadraba.


CATAFRACTVS sasánida en una situación un poco preocupante. Ha
perdido su CONTVS, dos enemigos lo hostigan con sendas lanzas, y basta
con que lo empujen hacia atrás para verse en el suelo y acuchillado sin más
Y los sasánidas, que hasta habían modificado la silla de cuernos para hacerla aún más estable al jinete, la fabricaron sin borrén trasero (imagino que para facilitar al jinete auparse en ella), por lo que el apoyo de atrás desaparecía. El más mínimo encontronazo o cualquier movimiento brusco podría hacer salir al jinete despedido por la grupa del animal, o ser descabalgado fácilmente tirando de él hacia atrás. Del mismo modo, todos los que la pusieron en uso romanos incluidos se veían sin el cómodo agarre del cuerno delantero para auparse en la silla. En este caso surge la pregunta más evidente: si la silla de cuernos era- según Connolly- tan eficiente y proporcionaba un asiento estable y cómodo al jinete, ¿por qué la cambiaron? Porque lo normal suele ser cambiar para mejor, y más cuando vemos que no lo hizo un solo ejército, sino todos.


Un CLIBANARIVS usando silla de arzón con estribos.
No hace falta decir que su eficacia en combate se vería
aumentada de forma notable con la adición de este
accesorio, y más con el sobrepeso de la armadura
Por este motivo, algunos autores lo tuvieron claro desde el primer momento: la adopción de ese tipo de silla se llevó a cabo porque al mismo tiempo apareció en Europa el estribo, que al parecer se inventó en Corea en el siglo IV d.C. y, según se da por hecho, viajó por Asia central entre los siglos V y VI para aparecer en Europa de la mano de los ávaros en el siglo VII, o sea, 200 años después de la implantación de esta silla. Cierto es que no hay testimonios gráficos o escritos que lo corroboren, pero el que no se conserven no implica que no existieran. Y en este caso el negacionista fue Connolly, que aseguraba que para lo único que servía el estribo era para facilitar la monta y no forzar la postura de las piernas hasta llegar al extremo de que influyese en el riego sanguíneo de las mismas. Por otro lado, el estribo no justificaba de forma concluyente la exclusión del borrén trasero ya que ambas piezas se complementan: en el momento previo al choque, el jinete estira las piernas y se apoya en los estribos, empujando su cuerpo hacia atrás hasta que las nalgas se compriman contra el borrén. Eso lo dejará totalmente bloqueado sobre la silla, y podrá resistir el brutal impacto sin problemas. Pero si unos ni se molestan en poner el dichoso borrén y ninguno usa estribos, ¿qué sentido tuvo adoptar esta nueva silla? Y una cuestión más para que el devanamiento sesero sea más jugoso: ¿cómo es que en miniaturas de los siglos VIII o IX aparecen a veces jinetes sin estribos? ¿Acaso unos preferían obviarlos, dando la razón a Connolly, mientras otros se sentían más seguros en la silla con ellos? Estamos ante otro misterio misterioso sin respuesta de momento. 

Ahí dejo de foto final dos versiones distintas de la misma escena. La de la izquierda corresponde al Beato de Liébana (siglo VIII), y la de la derecha al Beato de Fernando I y doña Sancha (mediados del siglo XI). Muestran una escena del Apocalipsis, la apertura de los Cuatro Sellos, y en el primero vemos los jinetes cabalgando sin estribos, y en el otro con estribos. ¿Tanto tardó en implantarse el dichoso estribo? Vete a saber...

Hale, he dicho


martes, 12 de mayo de 2020

DRACONARIUS, el abanderado de la CATAFRACTA


Una mañana de esparcimiento en la que los EQVITES hacen alarde de su destreza en una sesión de HYPPIKA GYMASIA,
donde vemos al DRACONARIVS de la COHORTE con su peculiar estandarte


Aunque dije que en esta entrada se daría término al tema catafráctico, tras largos y profundos debates mientras dormía la siesta he decidido que merece la pena entrar más a fondo en el mismo. Sé que es un tipo de tropas que llama bastante la atención a los aficionados a la cosa militar romana; sé que hay muy poca información en la red salvo artículos que lo tocan de forma generalista y más bien desde su contexto histórico que a la catafracta en sí; así mismo, hay determinados aspectos de la misma que son aún más desconocidos y, para colmo, hasta sé que el Pisuerga pasa por Valladolid de modo que fraccionaré todo lo referente a la equipación, armamento etc. para poder hablar sobre ellos más a fondo sin tener que elaborar un tocho que me provoque un motín cervical o, peor aún, una guerra civil entre las malvadas cervicales y el foramen magnum. Bueno, a lo que vamos...

Si muestran la ilustración de la derecha a sus cuñados más despreciables, inmediatamente les responderán que es el fulano que llevaba en un palo esa cosa con cabeza de dragón y cuerpo de serpentina de colorines en las movidas de la HYPPIKA GYMNASIA, donde los jinetes demostraban su pericia tanto en la monta como en el manejo de las armas a caballo. Alguno incluso puede que se extienda un poco más y añada que era una enseña propia de la caballería, porque quedaba muy guay la serpentina cuando galopaba y tal, meneándose por el viento. Si es así, ya pueden relamerse de gustito porque podrán darles un repaso que los que hacen época y se hundirán en una depresión tan profunda que decidirán acabar con sus misérrimas existencias encerrándose en la nevera y palmarla por una hipotermia más galopante que el pequeño penco que aparece detrás del DRACONARIVS de la ilustración, porque la historia de ese peculiar estandarte es más extensa de lo que muchos piensan. Pero veamos cuáles eran las enseñas de la caballería hasta la adopción del DRACO


Originariamente, la caballería romana usaban el IMAGO, el SIGNVM y el VEXILLVM convencional del ejército si bien con algunas diferencias propias. En la imagen de la izquierda vemos la lápida de un tal Flavinus, un IMAGINIFER ALÆ del ALA PRETRIANA que porta el IMAGO de su unidad, en este caso una cabeza radiante que se supone que un retrato de Nerón representado como Helios. El IMAGO fue una enseña surgida a partir de Augusto, en la que los emperadores eran deificados. Consistía en un busto del mismo colocado sobre un asta o dentro de una especie de concha que representa una ÆDICVLA, o sea, una capilla u hornacina, o bien, como en este caso, dentro de un CLIPEUS, un pequeño escudo redondo que solía llevar pintada la imagen de un dios, el sol o, en este caso, el emperador. Cuando este pasaba a mejor vida, el IMAGO se fundía o bien se conservaba en los campamentos y, lógicamente, se sustituía por el del nuevo césar. Por lo demás, y como puede apreciarse, las astas de las enseñas de caballería eran más cortas que las de sus conmilitones de infantería a fin de que fueran más manejables. Solían portarse en la mano izquierda, dejando de derecha libre para usar su arma o, si las cosas se ponían chungas, el escudo.


Este otro jinete está recreado partiendo de su lápida. Se trata de un heroico hispano, Quinto Carminio Ingenos, SIGNIFER del ALA I HISPANONRVM, y está datada hacia el 20 d.C. Como vemos, la enseña que porta es una lanza, arma principal de la caballería, provista de una barra transversal de la que cuelgan unos pendientes con forma de corazón. En los mismos se solía grabar la jeta del emperador o algún símbolo propio de la unidad, que ya sabemos que estos probos imperialistas eran más supersticiosos que los ciudadanos de etnia gitana, antes gitanos a secas. En cuanto al VEXILLVM, era igual que el usado por la infantería, o sea, un asta con un travesaño del que colgaba un trozo de tela cuadrangular de color rojo o púrpura, generalmente con flecos dorados en el borde inferior. En la tela se pintaban, bordaban o sobreponían en colores brillantes o en oro el símbolo de la unidad o su nombre. El EQVES que portaba esta enseña era el VEXILLARIVS


VEXILLARII de una unidad de NVMERI posiblemente de origen
asiático que aparecen en una escena de la Columna de Marco
Aurelio. En algunos casos, en los extremos del travesaño se
añadían unas tiras de tela rematadas con pendientes de bronce
Todos los portaestandartes tenían un rango equiparable a un suboficial de nuestros días, y eran seleccionados entre los hombres más valerosos de su unidad. Recordemos  que para el ejército romano, la pérdida de sus enseñas era un cataclismo por el que un legado podía llegar a diezmar a su legión, que naturalmente quedaba señalada como una banda de cobardes y tal que solo podrían recuperar la honra si lograban rescatar los estandartes capturados por el enemigo. De ahí que el IMAGINIFER, el SIGNIFER o el VEXILLARIVS fuesen hombres capaces de dejarse sacar la piel a tiras antes de permitir que les arrebataran su amada enseña. Y aparte de la caballería del ejército tenemos la pretoriana, que incluía un SIGNIFER por TVRMA. Cuando Augusto creó la EQVITES SINGVLARES AVGUSTI, o sea, lo más selecto de la unidad para formar su guardia personal, esta tenía su propio VEXILLARIVS como todas las demás tropas de caballería y, además, el IMAGO, cuyo portador no era denominado en este caso como IMAGINIFER, sino como TABLIFER, palabro ignoto que, a pesar de haberlo buscado en diccionarios de los buenos, no he sido capaz de encontrarlo.


Bien, estos era grosso modo los estandartes de la caballería romana hasta que Marco Ulpio Trajano se marchó con su tropa de abnegados homicidas a la Dacia, donde se encontraron con que estos ciudadanos balcánicos usaban unas enseñas chulísimas de la muerte y que, fieles a la consigna de "que inventen otros que nosotros lo copiamos", pues la adoptaron en un periquete. De hecho, antes de entrar en combate los portaestandarte dacios hacían flamear sus dragones mientras hacían sonar los CARNYX, unas largas trompetas terminadas en forma de cabeza de jabalí que emitían un sonido lúgubre para acojonar más y mejor a los enemigos, lo que debió causar una profunda impresión entre los invasores latinos. En todo caso y como testimonio de ello tenemos la Columna de Trajano, en la que aparece esta enseña en manos de sus enemigos unas veinte veces. Una de ellas la vemos a la derecha, formando parte del botín arrebatado a los dacios y que, como vemos, su cabeza no tiene precisamente forma de dragón, sino más bien de perro o lobo. Sin embargo, a los romanos debió parecerles más guay el dragón, porque fue el que acabaron adoptando. Así surgió el DRACO que casi todo el mundo identifica como el estandarte por excelencia de la caballería romana y que, como veremos, ni lo inventaron ellos, ni lo usaron solo ellos y, de hecho, hasta sobrevivió muchísimo tiempo una vez que el imperio de Occidente de fue a hacer puñetas.  Veamos su historia...


Grafiti en Kharga, Egipto, que representa a dos guerreros dacios portando
sendos DRACONIS 
El DRACO era un estandarte formado por una cabeza de animal con la boca abierta tras la cual llevaba un largo tubo de tela- posiblemente seda para hacerlo más ligero- que, por las representaciones que se pueden ver hoy día, podía ser lisa, con cintas o de varios colores y/o motivos dibujados en la misma. Básicamente, era un chisme similar a las mangas de viento que vemos en los aeropuertos y que, precisamente por tener su origen en los pueblos de la estepa de Asia, muchos autores sugieren no sin razón que inicialmente se usaron como un indicador de la dirección y la velocidad del viento de cara a hacer las correcciones oportunas a la hora  de disparar sus mortíferas andanadas de flechas. Según Arriano, era una invención sármata pero la realidad es que también lo usaban los dacios, alanos, sasánidas y los partos. Es al parecer muy posible que estos iranios, que procedían de Asia Central y habían sido vecinos de los chinos, lo hubiesen tomado de ellos y, de ese modo, fue como llegó a Europa. 


DRACONARIVS de un contingente de NVMERI sármata
enviado a la Britania a mediados del siglo II d.C. Como
vemos, el asta era corta para apoyarla en la cadera sin
que la fuerza del viento llegara a resultar molesto para
el portaestandarte. Por cierto, el careto se lo tatuaban
para dar más zuzto al enemigo y tal
Según este mismo historiador, el DRACO permanecía fláccido cuando el jinete estaba inmóvil, pero en el momento en que su montura galopaba la manga de tela volaba como una serpiente y silbaba con el viento al pasar por la boca abierta de la cabeza. Podemos dar por hecho que debía ser espectacular ver a uno de esos jinetes cabalgando con el estandarte moviéndose como una serpiente furiosa y emitiendo silbidos siniestros para acojonar al enemigo a modo de Stuka del Mundo Antiguo. Como ya hemos dicho, no todas tenían cabeza de dragón, sino de lobos- en referencia al senmuru iranio, un bicho mitad lobo mitad pájaro-, perros, peces o incluso no llevar ninguna cabeza, sino solo la manga. Así mismo, también se sugiere que podrían llevar por dentro aros de alambre para que no perdieran su prestancia cuando no flameaban. Sea como fuere, la cuestión es que el DRACO fue adoptado por el ejército romano hacia el 137 si bien es posible que, al menos inicialmente, solo fuera empleado en la HYPPIKA GYMNASIA por la cosa exótica y para darle vistosidad a estos eventos. No debió pasar mucho tiempo hasta que fuese adoptado de forma definitiva por la caballería romana y las COHORTIS EQVITATAS, las unidades mixtas de caballería e infantería, imagino que entre otros motivos porque era un estandarte mucho más visible en el campo de batalla que los VEXILLI y SIGNI tradicionales, lo que facilitaría conocer la situación de cada unidad al comandante del ejército en un campo de batalla polvoriento y asquerosamente sangrante.


No sabemos en qué momento se decidió que el DRACO sería oficialmente el estandarte de la caballería. Parece ser que las primeras unidades en usarlo eran los NVMERI procedentes de Asia Menor que, al cabo, siguieron usando sus propios símbolos. Por otro lado, es posible que las primeras unidades romanas que lo adoptaron como SIGNVM fueran las ALÆ CATAFRACTARII que, aprovechando el viaje a la Dacia, se trajeron el pack completo: caballería pesada + estandarte pero, sea como fuere, se podría asegurar que hacia finales del siglo II o comienzos del III ya se había extendido su uso. Tampoco sabemos por qué los romanos se inclinaron por el dragón y no por cualquier otro bicho. Mi paisano Isidoro señala en sus Etimologías (XVIII, 3-3) que "el estandarte del dragón se originó por la muerte de la serpiente Pitón a manos de Apolo", aunque me temo que esto lo relacionó porque, en realidad, desconocía que el DRACO no era de origen romano, sino traído de Asia Menor. No obstante, siempre es posible que los romanos tomasen esa referencia para inclinarse por la figura de un dragón. En todo caso, creo que los motivos reales nunca los sabremos. En la ilustración de la izquierda vemos un par de recreaciones para hacernos una idea de dos de las muchas variantes que podían tener, para lo que parece ser no había un canon establecido. Los había más cortos, más largos, con cintas y, como vemos, la cabeza del dragón podía tener diversas formas. 


De hecho, el único ejemplar que ha llegado a nuestros días es el DRACO de Niederbieber (foto de la derecha), en el emplazamiento de un CASTRVM del LIMES del Rin que es el que normalmente se usa como referencia, pero eso no quiere decir que fuese un modelo "homologado". La cabeza, de 30 cm. de larga y 12 de ancha y alta, está formada por dos piezas de cobre unidas mediante cinco remaches en cada lado. La parte superior conserva su color cobre original mientras que la inferior fue estañada. Como vemos, en la parte superior presenta una cresta y los dientes son todos triangulares. En la base de la cabeza tiene un dos orificios, uno para el asta y, según algunos, el otro podría ser para acoplarle algún mecanismo que emitiese el silbido característico, uséase, un pito. El reborde trasero era donde obviamente se fijaba la manga de tela.


La cosa es que el DRACO debió tener un éxito enorme, porque los emperadores Constancio II y Juliano lo adoptaron como enseñas propias colocándoles una manga púrpura, el color de la realeza. Sin embargo, el término DRACONARIVS aún no se había extendido, y a los portaestandartes los seguían llamando VEXILLARIVS. Y el éxito ciertamente debió ser notable porque, según Vegecio, en el siglo IV el DRACO ya se había convertido en un SIGNVM generalizado en todo el ejército, en este caso al frente de cada cohorte, y ya se había adoptado el término de DRACONARIVS para designar a los que lo portaban. En la ilustración de la izquierda podemos ver una unidad de la infantería romana en la batalla de Adrianópolis, librada en julio de 324 entre Constantino y su cuñado Licinio (cómo no iba a haber un cuñado por medio...) y en la que aparece el DRACONARIVS animando al personal. Por cierto que conviene reparar en la torque que lleva al cuello. Hay dos teorías al respecto sobre este detalle: una, que el hecho de llevar la torque implicaba que solo eran elegidos como DRACONARII a los hombres especialmente valerosos, y otra que se les entregaba al ser nombrados como tales como un símbolo de su estatus. 


A la derecha podemos ver una recreación de un DRACONARIVS del reinado de Constancio y que, según Marcelino Amiano, llevaban el asta con piedras preciosas incrustadas, y la manga de tejido púrpura bordada en oro. Lo que no se tiene claro es de qué forma se distribuían los DRACONIS en cada ALA o LEGIÓN. Según Vegecio, había varias águilas y un solo DRACO, lo cual me parece un gazapo porque el águila fue durante siglos el símbolo más preciado y emblemático de las legiones. A mi entender, lo más lógico es que hubiese una sola águila y un DRACO por cada cohorte, que además de permitir identificar a cada una de ellas en el campo de batalla, servía como punto de referencia a los componentes de la misma en el maremagno del combate. Incluso se menciona que en el siglo V había un MAGISTER DRACONVM que, posiblemente, sería el DRACONARIVS más veterano o de mayor rango dentro de cada legión, presidiendo la SCHOLA DRACONARII de la misma.


En fin, hasta aquí llegamos de momento porque esta entrada va pareja a la existencia de los CATAFRACTARII del imperio de Occidente pero, como ya hemos dicho, el DRACO perduró en Bizancio al menos hasta el siglo VII, y aparte de los pueblos balcánicos que lo importaron también fue adoptado por Carlomagno e incluso aparece en el Tapiz de Bayeux. En resumen, que tuvo una vida operativa bastante larga. A la izquierda vemos una miniatura del PSALTERIVM AVREVM de San Gall, datado hacia finales del siglo IX que muestra tropas francas siguiendo a su DRACONARIVS que, en este caso, porta un estandarte con forma de pez. 

Bueno, criaturas, con esto imagino que ya no habrá dudas acerca del origen de este vistoso y original estandarte. Y ya saben, no llenen demasiado la nevera estos días por si se les planta el cuñado en casa y le da por inmolarse del berrinche. Si no, siempre pueden facilitarle medio kilo de matarratas, que suele ser infalible.

Ya seguiremos.

Hale, he dicho


DRACO dacio con cabeza de lobo o perro junto a lo que parece un TROPHAEVM. En este caso se puede ver la gran longitud
de la manga decorada con cintas e incluso como asoma una lengua por sus fauces. Igual era donde estaba el pito
que les permitía silbar como una cobra irritada

domingo, 10 de mayo de 2020

CATAFRACTI Y CLIBANARII, la caballería pesada de Roma


Estooo... Bien, prosigamos.

Como ya vimos en la entrada anterior, la catafracta estaba más que inventada cuando los probos imperialistas latinos tuvieron la desagradable obligación de enfrentarse a ellos. No obstante, su monolítica infantería les permitió salir del paso salvo en la nefasta jornada de Carras, cuando los catafractos partos dieron las del tigre al ejército al mando de Marco Licinio Craso. Sin embargo, y a pesar de la contundencia demostrada por este tipo de caballería, no consideraron importante acometer una reforma en la suya propia o, al menos, añadir CATAFRACTARII a sus TVRMÆ, por lo que la caballería romana siguió como siempre y con el mismo uso táctico de siempre, o sea, hombres armados como la infantería cuya misión era la exploración, el merodeo, el enlace y la persecución del enemigo. Como ya sabemos, los romanos no eran jinetes especialmente brillantes, y solían confiar las unidades a caballo a auxiliares a sueldo o bien procedentes de naciones aliadas o vasallas que se comprometían a aportar un determinado número de hombres para que se sumasen a sus legiones. Y como los únicos sitios donde su enorme imperio se veía amenazado por caballería pesada eran la Dacia y Asia Menor, de momento no se complicaron la vida y las cosas siguieron como estaban.

No obstante, eso no fue óbice para que en determinadas ocasiones no recurrieran a contratar a pequeños contingentes de catafractos para casos puntuales aunque, de momento, la caballería pesada no entraba dentro del organigrama del ejército regular. El primer caso del que se tiene constancia del uso de caballería pesada fue en el 31 a.C., formando parte del ejército de Marco Antonio durante sus disputas por el poder con Octavio y cuya recreación podemos ver en la ilustración de la derecha. Se baraja la posibilidad de que fuesen tropas procedentes de los aliados de Cleopatra Philopator o incluso de su guardia personal y, como vemos, no se trata de un CATAFRACTARII en toda regla, o al menos el concepto de la misma que vimos en la entrada anterior, sino un jinete de caballería pesada que en vez de ir armado con un CONTVS lleva tres jabalinas y porta un escudo porque su armamento defensivo se limita a una coraza musculada, el yelmo y unas protecciones laminares en los muslos. Sin embargo, su montura presenta rasgos típicos de la caballería sármata, con una testera de bronce y un pretal formado por láminas del mismo metal. No sabemos el uso táctico que se dio a estas tropas, pero por su armamento cabe suponer que fue similar al de los auxiliares romanos y no como caballería de choque. 

Caballería romana en Jotapata. El cerco lo iniciaron un contingente de mil
jinetes a la espera de la llegada del grueso del ejército
Flavio Josefo hace alusión al uso de caballería pesada durante el cerco a Jotapata, en el contexto de las guerras judeo-romanas entre mayo y julio del 67 d.C. En este caso, el futuro emperador Tito Flavio Vespasiano "... hizo que los más valientes se bajaran de sus caballos, y los colocó en tres filas frente a las ruinas de la muralla, pero cubiertos con armaduras por todas partes y con lanzas pesadas en sus manos". Aunque Josefo no especifica la procedencia de estas tropas, tanto por su armamento defensivo como ofensivo, el CONTVS, es evidente que se trataba de κονταιροι (kontairoi, latinizado como CONTARII), o sea, lanceros pesados, y es más que probable que fuesen mercenarios o jinetes enviados por algún aliado de Roma. En todo caso, es evidente que Vespasiano no contó con sus CONTARII como caballería de choque ya que los empleó como infantería pesada que, aprovechando su armadura completa, les ordenó atacar la brecha abierta en las murallas de Jotapata para tomarla por asalto, donde por cierto les dieron una buena ducha de zumo de aceituna calentito.

Catafracto seléucida durante sus enfrentamientos con
Roma. Este enorme imperio, un fragmento de las
conquistas de Alejandro que quedó en manos de
Seleuco, uno de sus diádocos, acabó colapsado en 63
a.C., pasando años más tarde parte de su catafracta al
servicio de Roma en las provincias de Asia
Bien, a partir de esa época, el ejército romano empezó a contar con pequeños contingente de caballería pesada, bien procedente de los σιμμαχοι (SIMMACHOI), tribus o naciones aliadas, o los NVMERI, mercenarios reclutados en las provincias orientales que disponían de catafractos al estilo persa. En el año 45 d.C., cuando la Tracia se convirtió en una provincia romana, su élite de la aristocracia tracio-sármata fueron los primeros en proporcionar a Roma un contingente razonablemente numeroso de jinetes, tanto ligeros como pesados. Estos últimos formaron el núcleo de los CONTARII CATAFRACTARII del ejército romano. Porque la cuestión, como me planteaba en un comentario de la entrada anterior un amable lector es que, en realidad, no se sabe con exactitud la procedencia de los efectivos de la catafracta romana, pero de lo que sí podemos estar seguros es que la gran mayoría- yo me atrevería a decir que todos- fueron reclutados en naciones aliadas y/o nuevas provincias, o bien NVMERI contratados para determinadas campañas o incluso efectivos aportados por naciones vasallas con las que llegaban, entre otros, a acuerdos de tipo militar además de los tributos que debían pagar a sus dominadores. Las estelas donde figuran los nombres de algunos CATAFRACTARII no nos sirven de gran ayuda ya que muchos de ellos, aunque naturales de Galia, Hispania, Tracia o cualquier otra provincia podían tener un nombre romano. 

Dos legionarios romanos descabalgan a un catafracto
enemigo en las Guerras Dacias. Como veremos más
adelante, a pesar de su arrolladora fuerza de choque
estos jinetes también tenían sus puntos débiles
De este modo, la caballería pesada al estilo oriental fue poco a poco aumentando el número de efectivos en el ejército romano, que aún sentía apego por su caballería ligera tradicional y confiando ciegamente en sus disciplinadas legiones. Al cabo, los enfrentamientos habidos contra las catafractas no habían resultado tan devastadoras como cabría suponer y, salvo el desastre de Carras, sus enemigos no habían podido aún dominar a la hasta entonces imbatible infantería romana de forma definitiva. Sin embargo, digamos que el primer aviso serio les llegó con la campaña llevada a cabo por Marco Ulpio Trajano en la Dacia, cuyo monarca, Decébalo, había decidido de forma unilateral- como se dice ahora- romper los tratados contraídos con Roma en el 85 d.C. Tras unos años de tensa espera, entre 101 y 102 y, a continuación, entre 105 y 106, Trajano llevó a cabo dos exitosas campañas que lograron someter a la Dacia y anexionarla al imperio, siendo ocupadas de forma permanente por la LEGIO XIII GEMINA y la LEGIO I ITALICA. Pero, en el tema que nos ocupa, lo más significativo es que, a pesar del descomunal ejército desplegado por Trajano, este probo hispano vio claramente que la catafracta empleada por sus enemigos- nutrida por rhoxolanos, iazyges, marcomanos y dacios entre otros, eran una formidable fuerza que, adaptaba a los usos tácticos y a la estrategia romana podía darles buenos resultados. De hecho, en la Columna Trajana vemos cantidad de catafractos enemigos, así como equipo y armaduras capturados por los romanos. La situación de la Dacia, fronteriza con los siempre amenazantes partos, sármatas y sasánidas debió ser el motivo principal para formar unidades capaces de hacerles frente y con movilidad para acudir con rapidez donde fuera necesaria su presencia. 

Estela marmórea de Tryphon, hallada en Tanais, armado a
la manera sármata. Muestra un jinete con casco cónico,
armadura de escamas y en las mano blande un CONTVS.
Su caballo no lleva protección de ningún tipo
Así, hacia el final de su reinado- posiblemente entre 110 y su muerte en 117, formó la primera unidad de CATAFRACTARII denominada ALA I GALLORVM ET PANNONIORVM CATAFRACTA, si bien algunos autores consideran que, en esa ocasión, Trajano no llegó a formar dicha unidad, sino a reclutar catafractos a sueldo, y que esta ALA fue en realidad formada por su sucesor, Publio Elio Adriano entre los años 115 y 117. Como podemos deducir por su nombre, esta unidad fue reclutada por contingentes que procedían de la Galia y de Panonia, quedando acantonados en Moesia Inferior, en la actual Serbia. Al parecer, las tropas reclutadas en la Galia no eran los naturales de la zona, sino sármatas a los que se había permitido emigrar a la misma con la condición de aportar efectivos de sus eficientes catafractos, quizás para tomarlos como ejemplo de cara a la formación de futuras unidades de caballería pesada. De hecho, las siguiente unidades de CATAFRACTARII fueron el ALA I CANNINEFATVM y el ALA I VLPIA CONTARIORVM MILLIARIA, ambas de procedencia germánica. Estas primeras unidades estaban inspiradas en el modelo sármata, o sea el jinete iba armado con un CONTVS como arma principal y  protegido por una armadura completa, pero sus monturas carecían de las pesadas bardas usadas por los partos y sasánidas.

CATAFRACTVS romano
Pero mientras que los romanos experimentaban con esta nueva caballería, los germanos, cuya amenaza siempre estaba latente, también empezaron a desarrollar su propia caballería pesada, en este caso influenciada por sármatas y alanos. Hablamos de jinetes pesadamente acorazados que, además de un yelmo tipo Spangenhelm y una cota de malla, disponían de un escudo oval, una CONTVS SARMATICVS, la espada larga propia de la panoplia germana desde tiempos anteriores a su adopción por los romanos y arco compuesto. De este modo, estos probos aspirantes a imperialistas dispusieron de una caballería mucho más versátil que la incipiente catafracta romana ya que sus jinetes tenían una aplicación táctica mucho más flexible. Podían efectuar cargar cerradas contra la infantería, contracargas contra jinetes enemigos, escaramuceo, persecución y, quizás lo más inquietante para los romanos, actuar como arqueros para aclarar las filas del adversario de forma previa a la carga definitiva. En resumidas cuentas, a pesar de la victoria de Trajano en la Dacia, los romanos no eran tan tontos como para dormirse en los laureles y dar por sentado que sus legiones seguirían siendo la llave del imperio, y tuvieron muy claro que, a pesar de su proverbial disciplina, una carga de catafractos podía traducirse en una derrota rotunda si no se tenían previstas las estrategias adecuadas para ello. Flavio Arriano, que vio claramente aquel peligro, hasta dejó por escrito todo un compendio para explicar claramente la forma de actuar ante la presencia de catafractos enemigos, siendo las principales premisas impedir a toda costa llegar al contacto y hacer caer sobre ellos una lluvia literal de flechas para, si no rechazarlos, al menos mermar su número de forma significativa.

CLIBANARIVS romano
Mientras tanto, los romanos seguían, de momento, con los dos tipos de caballería: los nuevos CATRAFRACTARII y su caballería ligera de siempre bajo el concepto de actuar, bien cada uno en su cometido concreto, bien apoyándose mutuamente. Así llegamos al siglo III, y con las fronteras orientales romanas seriamente comprometidas. Por el nordeste, las tribus germanas, especialmente los alemanes apoyados por alanos y sármatas, con unas ganas horrorosas de traspasar el LIMES del Rin; por el sudeste, los partos y demás pueblos iranios también ávidos de vadear el LIMES del Danubio, y en ambos casos con ejércitos sumamente móviles, nutridos casi exclusivamente por caballería mientras que nuestros probos imperialistas latinos, aunque cada vez más convencidos de la conveniencia de ir cambiando sus dogmas, seguían supeditados a una infantería que, aunque capaz de hacerse una maratón diaria cargados como acémilas, en modo alguno podrían igualarse a la caballería. Además, la cruda realidad era que los legionarios de esa época ya empezaban a adolecer de ciertas diferencias muy enojosas respecto a sus conmilitones de finales de la República y los inicios del Principado, y la calidad de estas tropas empezaba a dejar que desear.

El emperador Galieno, asesinado en 268 a
raíz de un oscuro complot que nunca llegó
a aclararse. En aquella época y en las décadas
posteriores, los emperadores caían como
moscas a base de continuas conspiraciones
Hacia el año 260, una nueva invasión de alemanes (ojo, cuando hablamos de alemanes en esta época nos referimos a una tribu concreta, no a la actual nación alemana) y godos penetraron por los LIMES occidentales con ejércitos descritos como enteramente a caballo, lo que acabó de convencer a los romanos que la época de las gloriosas batallas de infantería empezaban a ser historia. Tras derrotarlos, aunque no de manera rotunda, el emperador Publio Licinio Galieno (218-268) decidió que era el momento de llevar a cabo profundas reformas para reciclar sus tropas en un ejército móvil, capaz de acudir con rapidez a cualquier zona fronteriza y lo suficientemente poderoso como para espantar tanto a germanos como asiáticos. Y en este ejército, la caballería tradicional romana no tenía cabida, por lo que fue desapareciendo en favor de los CATAFRACTARII. Fue en esta época cuando, a imitación de los catafractos partos, surgieron los CLIBANARII. Recordemos que, hasta aquel momento, el modelo a seguir era la catafracta sármata, cuyas monturas carecían de protección. Así pues, y viendo que estos CLIBANARII podían enfrentarse exitosamente a alemanes y francos cada vez que cruzaban el Rin, se llegó a la sensata conclusión de que la única forma de mantener seguras las fronteras era a base de aumentar las unidades de caballería pesada, que en ese siglo llegaron a nueve de ellas.

Legionarios de Constantino aporreando con saña bíblica
a un CLIBANARIVS de Majencio. Un solo golpe de una
de esas mazas en el esternón podía reventar al jinete la
caja torácica, y si le dan en plena jeta ni les cuento
Ya en el siglo IV los CARAFRACTARII eran el corazón del ejército romano. Más aún, los nuevos CLIBANARII fueron en realidad las unidades más selectas, enviadas a los puntos más delicados de las fronteras e incluso se llegó a formar la SCHOLA SCVTARIORVM CLIBANIORVM, una unidad de la guardia imperial destinada a sustituir a los corruptos pretorianos disueltos por Constantino tras derrotar a Majencio en el Puente Milvio en octubre de 312. Y ya que salen a relucir estos dos personajes, podremos ver como aprendieron por sí mismos no solo las virtudes, sino también los defectos de la caballería pesada. Previamente a la batalla del Puente Milvio, aquel mismo año tanto el emperador como el aspirante tuvieron un primer encuentro cerca de Turín. Majencio hizo uso de un contingente de CLIBANARII con la intención de acabar por la vía rápida con una carga definitiva. Pero Constantino, que aún no recibía recados divinos para adoptar símbolos que le darían la victoria, intuyó las intenciones del enemigo en cuando los vio formar en cuña. Nuestro hombre ordenó avanzar las alas de su infantería, formando así una cuña inversa que le permitiera rodear a la caballería de Majencio. Sabiendo que la caballería pesada no tenía nada fácil maniobrar, y más cuando atacaban en orden cerrado, en vez de permitir que los arrollaran decidió que lo más sensato era absorber el choque inicial dejándolos pasar de largo, y aprovechando el momento en que intentasen dar la vuelta atacarlos con sus infantes en los dos únicos puntos flacos de un CLIBANARIVS: hiriendo al animal y usando armas contundentes ya que las espadas y las lanzas eran inservibles contra ellos. 

Maceros palestinos atacando a un catafracto palmirano. Como ya sabemos,
las armas contundentes proliferaron muchísimo en la Edad Media como
única forma de ofender a jinetes protegidos por cotas de malla, que
no podían ser cortadas, pero que no absorbían la energía del golpe
Cuarenta años antes, el emperador Lucio Domicio Aureliano había logrado derrotar al ejército palmirano de la reina Zenobia en la batalla de Emesa gracias al contingente de NVMERI palestinos que se echaron encima de sus catafractos armados con mazas. Los repetidos golpes no llegaban a matarlos, pero sí a aturdirlos de tal forma que muchos pudieron ser fácilmente descabalgados y rematados en el suelo. Lo mismo hicieron las tropas de Constantino: en el momento en que los CLIBANARII de Majencio se detuvieron, unos se metían bajo los caballos y lo abrían en canal mientras otros descargaban sobre ellos mazas de hierro. La victoria de Constantino no fue definitiva ya que, como sabemos, apenas unos meses más tarde tuvo que rematar a Majencio en el Puente Milvio, pero al menos sirvió para saber cómo hacer frente a los catafractos partos, sármatas, etc. y, al mismo tiempo, cómo intentar impedir que a los suyos les ocurriese lo mismo que a su enemigo.

CATAFRACTVS de la SCHOLA SCVTARIORVM SECVNDA de principios
del siglo V que, como vemos, además del
CONTVS está armado
con un hacha, la 
SPATHA, escudo y, según se aprecia por la
aljaba que pende de la silla, también de arco
Hacia el primer cuarto del siglo V y según el NOTITIA DIGNITATVM, una de las escasas relaciones que nos han llegado acerca de la organización del imperio, había 18 unidades de CATAFRACTARII y otras tantas de CLIBANARII, de las cuales siete de cada tipo estaban acantonadas en guarniciones de la frontera oriental y solo dos de cada en la zona occidental del imperio, así que es una buena muestra de dónde estaba el peligro en aquel momento. Además, había cinco SCHOLÆ PALATINÆ estacionadas en Rávena para defensa del territorio metropolitano y otra siete acantonadas en Constantinopla. Pero lo que verdaderamente era más peligroso que las incursiones de iranios o germanos era la debilidad crónica del imperio de Occidente en aquella época. Según Vegecio, la otrora cuasi invencible legión se había convertido en una caterva de vagos indisciplinados que ni siquiera se ponían el casco y la coraza cuando iban a combatir porque pesaban demasiado, confiando quizás en que los CLIBANARII les sacarían las castañas del fuego. Pero la caballería pesada también había mostrado ya sus debilidades además de resultar increíblemente cara de mantener para un imperio que ya empezaba a agonizar. Se sabía que si cargaban contra una infantería en orden abierto o poco disciplinada resultarían arrolladores, pero ante unos cuadros disciplinados lo tenían muy difícil. Además, sus puntos flacos ya los hemos mencionado. Sus monturas, por muy acorazadas que estuvieran, siempre podían ser derribadas por un simple infante armado con un cuchillo rajándole la barriga de cabo a rabo, y los jinetes podían ser laceados como una res o derribados a golpes de maza si la infantería enemiga lograba infiltrarse en sus filas. Un CATAFRACTVS o un CLIBANARIVS derribado era hombre muerto, porque antes de que pudiera intentar levantarse ya tenía encima varios enemigos machacándolo sin piedad.

Comandante de una catafracta. Obsérvese como, además de las MANICÆ
con que protege sus brazos, el cuerpo lleva una doble armadura, una
interior de malla y otra exterior de escamas, lo que lo hacía prácticamente
invulnerable ante las lanzas, espadas o flechas enemigas
Finalmente, la desastrosa situación política y económica en que se encontraba el imperio de Occidente debió motivar la debilitación de la caballería pesada, que cada vez aparece mencionada en menos crónicas de la época. En agosto de 410, la que durante siglos había sido la capital del imperio fue ocupada y saqueada durante tres días por los visigodos de Alarico, situación que se repitió en 455 durante un saqueo de dos semanas a manos de los vándalos, y aún tuvieron humor los probos imperialistas venidos a menos para meterse en más conflictos civiles entre ellos en 472 para pelearse por los despojos del imperio. Finalmente, en septiembre de 476, el caudillo hérulo Odoacro le dio el finiquito al último emperador de Occidente, Rómulo Augústulo, al que ni siquiera le quedó derecho a paro porque había cotizado muy poco tiempo. 

En fin, esa fue la trayectoria de los CATAFRACTARII y los CLIBANARII en el imperio hasta que se fue al garete y solo quedó la mitad oriental, que naturalmente siguieron haciendo uso de este tipo de tropas si bien eso ya lo contaremos en mejor ocasión. En la próxima entrada, porque en esta ya me he enrollado bastante y me estoy quedando sin pilas, concluiremos esta pequeña monografía dando cuenta del equipo y armamento de estos jinetes que, quizás si hubiesen sido adoptados un par de siglos antes, la historia habría sido distinta. O quizás no, porque el verdadero mal de la decadencia de Roma fueron sus gobernantes y la cantidad de aspirantes a gobernar. Como decía el inefable visir Iznogud, "quiero ser el califa en lugar del califa", y un constante estado de guerra civil latente, cuando no claramente abierta entre trepas ávidos de poder que malgastaban los recursos del estado en vez de emplearlos en defenderlo de sus enemigos, fueron en realidad los únicos culpables.

Bueno, ya'tá.

Hale, he dicho

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