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domingo, 28 de enero de 2018

El PILUM, evolución y tipologías. El PILUM imperial


Ciudadanos recreacionistas con la equipación propia de comienzos del prinicipado y que se mantuvo durante más de
 dos siglos. El tipo de PILVM que llevan es el se ha hecho más conocido por lo general
Creo que esperar otros dos años para completar esta pequeña monografía "pilumera" es demasiado, así que me he armado de valor, he sobornado a la musa y con bríos renovados ha decidido acometer la ardua empresa de concluirla hoy. No, no me lo agradezcan, es que a veces me dan estos avenates heroicos. Bueno, prosigamos...

Como ya comentamos en la entrada anterior, estas eficaces y emblemáticas jabalinas tuvieron más vida operativa que un traje de pana. Sin embargo, mientras que en el período republicano sufrieron una serie de modificaciones notables en lo tocante a la morfología y tamaño de los hierros, con el advenimiento del principado digamos que dicha evolución se ralentizó bastante. A mi entender, el motivo no era otro que la culminación de citado proceso evolutivo. Llega un momento en que un objeto, ya sea una lanza, un martillo o un palillo de dientes no se puede perfeccionar más, por lo que se quedan como están hasta que alguien invente como atravesar el esternón de un cuñado, clavar una puntilla o hurgarse la dentadura con otra cosa. 

El PILVM imperial comenzó su andadura conviviendo durante un tiempo con los modelos más avanzados de las tipologías correspondientes a la República, es decir, los que estuvieron en uso durante la primera mitad el siglo I a.C. que, como recordaremos, se caracterizaban por armar unos hierros dotados de largos vástagos, generalmente provistos de espigas rectangulares con pestañas a cada lado para asegurar su fijación al asta. Esta tipología de PILVM pesado convivió con su versión ligera, armas estas con el sistema de fijación de la moharra al asta mediante cubos de enmangue o incluso pedúnculos de sección cuadrangular como la que vemos en la figura B. Esta tipología, hallada en Alesia y datada en el siglo I a.C. tenía una moharra en forma de prisma cuadrangular, y conforme al casquillo y la arandela que aparecieron junto a la misma podemos deducir que estaba insertada en un orificio del asta y asegurada con estas dos piezas para impedir que la madera se rajara con el uso. El que vemos en la figura C tiene la misma procedencia, y es la típica moharra de PILVM ligero con el cubo de enmangue habitual en la época, cuyas dimensiones oscilaban entre los 20 y los 30 cm. centímetros aproximadamente. En cuanto al ejemplar que mostramos en la figura A, se trata de un PILVM pesado hallado en Valencia y fechado también en el siglo I a.C. La longitud total del hierro es de 80 cm., siendo el vástago de sección circular y la punta con forma de prisma piramidal que ya vimos en otros ejemplos similares en la entrada anterior. Sirva pues este recordatorio para saber cómo eran las tipologías que convivieron con las nuevas versiones que surgieron en tiempos de Augusto, cuando éste se tomó fatal lo de que cosieran a puñaladas a su querido tío abuelo y padre adoptivo y decidió hacerse el amo del cotarro.


Los PILA más significativos de la época alto-imperial aparecieron en una excavación llevada a cabo por Christoph Albrecht en Oberaden (Renania) en 1938, entre otras cosas porque fueron hallados con parte del ensanchamiento del asta donde se engarzaba el hierro, lo que permitió conocer de primera mano el proceso de manufactura de estas lanzas. Se trata de tres piezas, dos de las cuales están dobladas por el mismo sitio y en el mismo ángulo, lo que dio pie una vez más a dar pábulo al inacabable debate de si el PILVM se doblaba o no. Pero como de ese tema ya hemos hablado largo y tendido no vamos a redundar más en el mismo, así que nos limitaremos a detallar la morfología de estos PILA. Como vemos en el gráfico de la derecha, la espiga toma una forma trapezoidal provista con dos o tres orificios para los remaches reforzados con arandelas de forma cuadrangular. En esta época desaparecieron las lengüetas y pestañas para asegurar el hierro al asta, y en su lugar se colocó un casquillo similar al que vemos en el detalle. Estos casquillos, que han aparecido en diversos yacimientos, podían tener los salientes que vemos en este ejemplar o ser lisos, y su cometido era impedir el deterioro de la madera en la parte del engarce, que es donde quedaba más debilitada, e impedir roturas por la tensión que ejercía la espiga. En cuanto a los hierros, sus medidas eran similares a los de finales de la República. En este caso, los vástagos oscilaban entre los 76,5 y 87,5 cm. con una sección cuadrangular, y las puntas piramidales entre 4 y 5 cm. Al final del asta, justo debajo del ensanche, seguían llevando su correspondiente encordado para facilitar el agarre.


Para reforzar el bloqueo de la espiga en el asta, o bien para aminorar las holguras que se produjesen con el uso, se recurría a pequeñas cuñas de hierro que se introducían entre el casquillo y las lengüetas de madera tal como vemos en la imagen de la derecha. Como ya se explicó en la entrada anterior, las variaciones en las condiciones medio-ambientales producían dilataciones o contracciones en la madera que había que corregir constantemente para que la lanza no perdiera solidez. Esta tipología de PILVM permaneció prácticamente inalterable hasta bien avanzado el siglo II d.C. y, si bien convivió con otros modelos, fue la más representativa de todas y con la que la mayoría de nosotros solemos identificar a este tipo de armas.


En algún momento de este período surgió un peculiar aditamento que consistía en lastrar el PILVM con una bola, seguramente de plomo, para aumentar su poder de penetración. La existencia de las mismas solo han llegado a nosotros mediante bajorrelieves y no por hallazgos de ejemplares que nos permitan comprobar tanto el material como la forma de fijar al asta estas bolas si bien la hipótesis más aceptada es, como hemos dicho, que se trataba de plomo. Esto aumentaría el peso del PILVM hasta los dos kilos o puede que incluso algo más, lo que restaría alcance a cambio de un substancial aumento en su capacidad perforante. Como vemos en la ilustración superior, no se diferenciaban en nada de sus hermanos de la misma época salvo en la existencia del lastre que, por norma, se situaba justo debajo del ensanche donde se engarzaba el hierro. 


A la derecha podemos ver dos testimonios que prueban la existencia de esta tipología. A la izquierda vemos la lápida de Marco Aurelio Luciano, un centurión de la guardia pretoriana- obsérvese el VITIS que sujeta con su mano derecha-  mientras que con la izquierda empuña un PILUM provisto de dos de estas bolas, una más pequeña que la otra. En la imagen de la derecha tenemos un fragmento del Relieve de la Cancillería, unos bajorrelieves que representan hechos de la vida del emperador Domiciano y que se conservan en el Museo Vaticano. El personaje de la imagen es también un pretoriano que porta un PILVM lastrado cuya bola presenta unas acanaladuras longitudinales a modo de decoración, así como unas cantoneras en las esquinas del ensanche del asta. Por desgracia, no ha llegado a nosotros ningún ejemplar que permita estudiar a fondo los entresijos de este tipo de arma, así que solo nos resta conjeturar sobre las mismas.


A partir de los siglos II y III d.C. empiezan a ganar protagonismo los PILA con cubo de enmangue en vez de los tradicionales con la espiga rectangular o trapezoidal. Aunque conservan su tradicional vástago y la punta piramidal, cabe suponer que fue el proceso de manufactura, mucho más simple y menos susceptible de deterioros como consecuencia del uso, lo que hizo que esta tipología fuese difundiéndose cada vez más. Los ejemplares de la izquierda y el centro corresponden a piezas halladas en la zona donde tuvo lugar la batalla de Harzhorn, una zona boscosa situada en la Baja Sajonia donde se libró un violento cambio de impresiones entre tropas romanas y germanas en el siglo III d.C. En unas excavaciones llevadas a cabo a partir de 2008 han aparecido más de 2.000 objetos de todo tipo, entre ellos los dos hierros de PILA que mostramos y que presentan unas características que los diferencia de otros modelos similares si bien no se trata de excepciones, sino de un aditamento habitual. El de la izquierda, perteneciente a un PILVM ligero, muestra dos abultamientos a lo largo del vástago, mientras que el del centro solo uno. Desechada la posibilidad de que se tratase de meros elementos decorativos se ha llegado a la conclusión de que tenían la misión se sujetar algún elemento incendiario, como trapos envueltos o madejas de estopa empapados en aceite o brea para incendiar instalaciones enemigas o sembrar un poco el caos entre las catervas de germanos. Además, el modelo del centro presenta un peculiar cubo de enmangue  se sección cuadrangular, lo que hace pensar que se fabricaron así para aprovechar astas antiguas con su ensanche trapezoidal. En cuanto al ejemplar de la derecha, procede del CASTRVM romano de Saalburg, en Hesse. Siguiendo la pauta marcada por esta tipología, presenta un cubo de enmangue bastante generoso y un vástago de sección circular rematado con la punta piramidal que, a pesar del tiempo transcurrido, seguía plenamente operativa.


Por último, comentar la existencia de estas dos variantes, ambas datadas en el siglo III d.C., de PILA pesados. La de la izquierda corresponde a un PILVM hallado también en Saalburg que, como vemos, tiene una espiga de pedúnculo similar al que vimos anteriormente, asegurada con un casquillo. A mi entender, este sería otro caso por el estilo del anterior, en el que se buscaría ante todo la facilidad de producción. El de la derecha corresponde a un PILVM procedente de Saint-Germain-du-Plain, en la Borgoña, con cubo de enmangue de sección circular que, como hemos ido comentando, fue la tipología que acabó destronando a los añejos PILA que durante unos 600 años estuvieron dando guerra por todo el imperio romano en las diversas variantes que hemos ido mostrando. Sin embargo, este tipo de lanza ya empezó a ser denominado por Vegecio como SPICVLVM (aguijón), y es considerado como el paso intermedio entre el PILVM y el GÆSVM, un arma sobre la que hay cierta controversia respecto a su origen y morfolofía pero que es considerada como la antecesora del angón que acabó adoptando el ejército romano a partir del siglo IV. En todo caso, el SPICVLVM fue un arma con una vida operativa tan longeva como su antecesor ya que en el siglo XIII seguía en funcionamiento como demuestran algunas representaciones artísticas de la época, sobre todo en la Biblia Maciejowski (c. 1240), en la que se ven no pocas de estas lanzas que en aquellos tiempos eran denominados pilettes, palabro que tiene unas evidentes reminiscencias con su denominación original de PILVM. Por último, concretar que aunque el ejército fue el primero en cambiar de lanza, el uso del PILVM perduró algún tiempo más en manos de los pretorianos, suponemos que debido quizás a lo emblemático de esta arma que durante siglos sirvió en toda la infantería regular romana.


Testuz de vacuno expuesta en el museo del ejército romano
de Vindolanda que, según afirman, era usada como blanco
para practicar el lanzamiento de los PILA. Hay algún que
otro cráneo más en dicho museo y me da la impresión de que
más bien se usaban para tirar con arco, pero bueno...
En fin, creo que no me olvido de nada especialmente importante. Con todo, ya dedicaremos alguna entrada al manejo y demás curiosidades curiosas acerca de los añejos PILA, que siempre vendrán bien para completar la información que tenemos al respecto. Así mismo, tampoco estaría de más hablar algo acerca de las lanzas empleadas por las tropas auxiliares y la caballería, pero para eso aún queda un poco porque hay que recabar mogollón de datos para hacer algo razonablemente ameno.

Bueno, ahí queda eso.

Hale, he dicho


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jueves, 25 de enero de 2018

El PILUM, evolución y tipologías. El PILUM republicano


Probos ciudadanos recreacionistas marchando con sus respectivos PILA. La forma de portarlos está basada en las
numerosas representaciones gráficas de la época.

HASTATVS de una legión manipular, los primeros
en usar el PILVM tal como lo conocemos
Hace ya dos años, y me deja totalmente espantado comprobar que el tiempo, más que volar pasa a la velocidad de la luz, se publicaron un par de entradas acerca del origen de esta emblemática lanza, así como su supuesta capacidad para doblarse al impactar con los escudos enemigos para inutilizarlos y, por ende, dejar indefensos a sus dueños ante las cuchilladas propinadas por los belicosos romanos con sus gladios. Así pues, ya va siendo hora de dar cuenta con pelos y señales de los PILA en sí mismos, así como de las modificaciones que fueron sufriendo a lo largo de su longeva vida operativa. Porque, aunque puede que muchos piensen que este tipo de lanza permaneció básicamente inalterable desde su adopción por el ejército romano a mediados del siglo III a.C., la realidad es que actualmente se pueden diferenciar no pocas tipologías con características muy concretas e incluso dispares entre ellas. No obstante, no debemos confundir el concepto de PILVM tal como lo conocemos con el que dan algunos autores clásicos cuyas descripciones no casan con el mismo o, simplemente, carecen de concreción aún siendo contemporáneos a los albores de estas armas.

Un ejemplo lo tenemos en Polibio de Megápolis, que en el Libro VI (23.9–11) de sus "Historias", al enumerar el equipo de los HASTATI detalla que estos usaban dos jabalinas que describe de la siguiente forma:


"Hay dos clases de venablos, los delgados y los gruesos. De los pesados, unos son redondos y tienen un diámetro de un palmo. Otros tienen una sección cuadrangular de un palmo de lado (se entiende que se refiere a la base de la moharra, donde se une con el asta) .[...] Todos estos venablos tienen un asta que mide aproximadamente tres codos; a cada uno se le ajusta un hierro en forma de anzuelo de la misma longitud que el asta. Su inserción y su uso viene tan asegurado por el hecho de ir atado hasta media asta y fijado por tal cantidad de clavos que, en el combate, antes de que ceda la juntura se rompe el hierro, aunque este, en su base, por donde se implanta en la madera, tiene el grosor de un dedo y medio; tal es el cuidado que ponen los romanos en esta inserción."
PILA de un grupo de probos ciudadanos
recreacionistas. En primer término aparece el
HASTILE del OPTIO, que es ese bastón rematado
con una bola usado para mantener las alineaciones
Bien, lo que describe Polibio sería la lanza de un HASTATVS, si bien de una forma un tanto ambigua y nada clara. Nos dice que el diámetro o la sección de la espiga, ya sea circular o cuadrangular, es de un palmo. El palmo griego o παλαιστή (palaisté) era la anchura de la mano sin contar con el dedo pulgar, lo que equivalía a 8 cm. y el diámetro del hierro en su inserción con el asta de 1,5 δάκτιλος (dáctilos,dedos), que equivalen a 44 mm. En cuanto al codo, no especifica cuál ya que los griegos usaban dos: el ρήχυς (péchys), que incluía tanto el antebrazo como la mano con los dedos extendidos y que equivalía a 46 cm., y el πυγμή (pygmé), que solo contaba hasta la base de los dedos y medía 36 cm. Por lo tanto, el asta que menciona Polibio medía entre 138 y 108 cm. a los que hay que sumar otro tanto igual ya que afirmaba que el hierro era de la misma medida, por lo que tendríamos un PILVM de entre 276 y 216 cm. de longitud que, en el primer caso, sería excesivo, así que debemos suponer que el codo que emplea en esta ocasión es el más corto. Por último, mencionar el detalle de la gran cantidad de clavos que usaban para fijar el hierro al asta, dato que sabemos sobradamente que es erróneo. En resumen, no es precisamente una descripción lo suficientemente precisa como para imaginar el aspecto real del arma.

En todo caso, y descripciones aparte, la primera referencia a esta lanza nos la da Tito Livio en su obra AD VRBE CONDITA (Desde la Fundación de la Ciudad), unos anales de Roma en cuyo Libro X dice, refiriéndose al ejército romano en el contexto de la Tercera Guerra Samnita (198-190 a.C.), que "su PILVM era una especie de dardo que hería más fuertemente y alcanzaba más que una jabalina", pero no se molestó en explicarnos su aspecto si bien podemos dar por hecho que estaría en uso desde unos años antes y que sus lectores lo conocían sobradamente. Sea como fuere y ante la ausencia de datos más concretos acerca de su implantación en el ejército romano, no tenemos más opción que comenzar por los ejemplares más antiguos que han llegado a nosotros. Se trata de 60 piezas de las que, obviamente, solo quedan los hierros, hallados en Talamone, en la actual Toscana, procedentes al parecer de una ofrenda votiva en algún templo actualmente desaparecido como agradecimiento a los dioses por haberles otorgado la victoria en la batalla de Telamon, librada en 225 a.C. contra un ejército procedente de la Galia Cisalpina.


En la ilustración de la derecha hemos recreado tres ejemplares que podemos considerar como las más representativas de esta tipología que, como está mandado, es denominada conforme al lugar donde aparecieron y por sus dimensiones corresponderían aproximadamente al tipo pesado que antes nos describió Polibio. Se trata de PILA de un aspecto y construcción bastante rudimentarios si los comparamos con los alto imperiales que, por lo general, suelen ser los más conocidos. Estaban formados por un asta de unos 140 cm. de largo- corresponderían a los 3 ρήχυς (codos) citados por Polibio- fabricada de fresno o, caso de no disponer de esa variedad de madera, avellano, sauce, álamo o aliso. Su morfología es ya la habitual en este tipo de lanzas, con su ensanchamiento en un extremo para engarzar el hierro y rematadas con un regatón cónico. El asta tendría un tramo encordado para facilitar el agarre, especialmente a la hora de arrojarlo, en caso de tener las manos mojadas o impregnadas de sudor o de sangre. En lo referente a los hierros, su longitud oscilaba entre los 27 y los 32,5 cm incluyendo la espiga y la punta, que en esta tipología no tenía la forma prismática que todos conocemos, sino de sección lenticular y barbadas para dificultar su extracción, lo que corrobora que, desde sus inicios, esta lanza estaba concebida para penetrar en los escudos enemigos y, a ser posible, en el cuerpo de los mismos gracias a su gran poder de penetración. 


A la derecha podemos ver con más detalle el que sería el modelo más representativo del tipo Talamone, que corresponde con el que vemos en el centro de la ilustración anterior. Según podemos apreciar, la sección del vástago es cuadrangular, mucho más fácil de elaborar que si fuera redonda. La espiga de esta tipología oscilaba entre los 75 y los 95 mm. de largo por 40 o 50 de ancho, y contaban con dos orificios, generalmente cuadrados, para unir el hierro al asta mediante remaches pasantes. Las longitud de las puntas variaban desde los 35 a los 45 mm. Pero lo más significativo son las dos pestañas que emergían de la espiga, vueltas una a cada lado, con la finalidad de reforzar la unión entre el asta y el hierro que, con el uso, desgastaría lógicamente la madera dando lugar a holguras. Estas podían solucionarse introduciendo pequeñas cuñas de hierro para reajustar el conjunto que, además, se vería sometido a constantes desajustes debido a la humedad ambiental y/o la temperatura. El eximio Peter Connolly, al que debemos infinidad de datos acerca del material empleado por el ejército romano, hizo una réplica de este tipo de PILVM que dio un peso total de 1.280 gramos, de los que 265 correspondían a las partes metálicas. En las pruebas que se llevaron a cabo con la misma se pudo corroborar el elevado poder de penetración de estas armas que, a una distancia de 5 metros, eran capaces de perforar un tablón de pino de 3 cm. de grosor. Su alcance máximo oscilaba por los 30 metros, distancia que lógicamente variaría en base a la fuerza y destreza del lanzador.


De una fecha ligeramente posterior tenemos el tipo Šmihel, el cual se subdivide en tres categorías bien diferenciadas. Estas datan de finales del siglo III a inicios del II a.C., y proceden de la zona homónima situada en el municipio de Nova Gorina, al oeste de Eslovenia. La primera casa de forma bastante aproximada con la descripción que da Polibio en el Libro VI (22.4) de sus "Historias", donde comenta que "el asta mide alrededor de dos ρήχυς ( codos, 92 cm.) de largo, y tiene un grosor de un δάκτιλος (dedo, 22 mm.). Su cabeza está martilleada a lo largo para darle una punta tan fina que, necesariamente, se doblará al primer impacto, y el enemigo no podrá devolverlo. Si no fuera así, la lanza sería utilizable por ambos bandos". Esta tipología, que podemos ver a la derecha, se corresponde con el PILVM ligero usado por los HASTATI y los PRINCIPIS si bien algunos estos ejemplares tienen la peculiaridad de que en el hierro llevan un aro, seguramente para introducir en los mismos estopa o cualquier otro material combustible que, empapado con brea o aceite, serían susceptibles de ser empleados como armas incendiarias. Como podemos ver, estos aguzados hierros se insertan en el asta mediante un cubo de engarce simplemente a presión, y por su forma debían ser terriblemente eficaces a la hora de perforar las defensas enemigas. Connolly fabricó una réplica que dio un peso total de 230 gramos de los que 90 pertenecían a los hierros, es decir, la moharra y el regatón. Como vemos, eran unas armas extremadamente livianas con las que un buen lanzador podía alcanzar notables distancias antes de llegar al contacto con los enemigos. En cuanto a las medidas de los ejemplares hallados, oscilan entre los 20 y los 38 cm. de largo, y el diámetro de los cubos de engarce ciertamente coinciden con el dedo que menciona Polibio ya que se sitúan entre los 15 y los 21 mm. de diámetro.

La segunda categoría dentro del tipo Šmihel se asemeja bastante a la Talamone, si bien tiene unas características propias que nos permiten diferenciarlo perfectamente. Como nexo común tienen su corta longitud, de entre 22 y 28 cm., y el mismo aspecto rechoncho, con su vástago de sección cuadrangular y las puntas barbadas de sección lenticular como los que vimos inicialmente. Sin embargo, los del tipo Šmihel tienen una serie de diferencias en las espigas. En el ejemplar de la izquierda vemos una de ellas, consistente en una longitud más reducida de entre 66 y 78 mm. por unos 45 de ancho. Pero los más significativos son los que muestran una espiga lobulada como el de la derecha, cuya finalidad era doblarlas en sentido opuesto formando unas pestañas de refuerzo parecidas a las del tipo Talamonte que vimos antes, pero en este caso no son de una sola pieza, sino dos. Cabe suponer que el bloqueo del hierro en el asta era notablemente superior, más sólido y menos proclive a adquirir holguras ya que, en este caso, la tensión se repartía por partes iguales en todas direcciones. En cuanto al asta, su morfología debía ser básicamente similar a la de los demás tipos que hemos visto hasta ahora. La reconstrucción que llevó a cabo Peter Connolly de este tipo de PILVM pesado alcanzó una masa de 1.380 gramos, de los que 340 pertenecían a los hierros.


Dentro de esta misma tipología se han hallado piezas con las espigas igualmente lobuladas, pero más estrechas y largas, y con el vástago del hierro de sección circular. En el caso que nos ocupa, que podemos ver en el gráfico de la derecha, las medidas de las espigas oscilan entre los 63 y los 81 mm. de largo por 37-39 de ancho. La longitud total del hierro iba desde los 32 a los 40 cm. Con todo, su característica más significativa son las pestañas invertidas por parejas que se pueden observar en la ilustración. De esta forma, cada pestaña miraba al lado opuesto de su pareja. En cuanto a las puntas por lo general son de menor tamaño, de sección lenticular y dotadas de una capacidad de perforación tanto o más notable que la de sus hermanas. De este modelo también se llevó a cabo la réplica correspondiente, saliendo una pieza de 1.110 gramos en total y de 250 los hierros, lo que lo hace un poco más ligero que el anterior.

En cuanto a la tercera categoría de este tipo, ya se asemeja más a la idea que solemos tener en el magín sobre la morfología del PILVM tanto en cuanto está provista de un hierro de mucha más longitud, si bien conserva todos los rasgos de los anteriores. Como podemos ver en el gráfico de la derecha, la espiga sigue siendo lobulada para, una vez encajada en la ranura del asta, doblar los extremos en sentidos opuestos. En este caso, sus dimensiones oscilan entre los 60 y 81 mm. de largo y entre 39 y 48 de ancho una vez dobladas las pestañas. La longitud del hierro va desde los 33,5 hasta los 57 cm., que ya es un tamaño ostensiblemente mayor que lo visto hasta ahora. Además, los vástagos son de sección circular y las puntas, también muy pequeñas, carecen de barbas y pueden ser de sección lenticular o cruciforme.



Gran parte, por no decir prácticamente todos los ejemplares hallados de este sub-tipo han aparecido con los vástagos doblados, no habiéndose podido dirimir si se debía al uso en combate o bien por algún tipo de ritual mortuorio similar al efectuado con los SOLIFERREA iberos que, como sabemos, aparecían en los ajuares funerarios totalmente retorcidos para impedir o, mejor dicho, quitar las ganas a posibles expoliadores de saquear la tumba. En lo que a mí respecta, me inclino a pensar que los daños mencionados debían ser consecuencia de su uso en combate ya que los romanos no tenían costumbre de inutilizar las armas de los ajuares ni creo que el armamento de la tropa que palmaba heroicamente en combate fuese a acompañar al difunto a su postrera morada ya que pasaría a los almacenes de su unidad, como era costumbre en ellos. Debemos tener en cuenta que los romanos, aparte de ser enormemente pragmáticos, tenían muy claro el costo que suponía la manufactura de las armas, y más cuando este pasó a depender del estado. Según diversos ensayos efectuados con las herramientas y los medios de la época se ha llegado a la conclusión de que para fabricar un solo PILVM era necesario invertir diez horas y media de trabajo con la intervención de un herrero y un ayudante, precisando para el proceso de forja alrededor de 13,5 kilos de carbón. Añadiendo la cantidad de hierro, del que se perdía un 20% durante dicho proceso de forjado, resulta que para armar una legión de 5.000 hombres con un solo PILVM por cabeza se requerían unas 67,5 toneladas de carbón, 4,4 toneladas de hierro en bruto que tras el proceso de manufactura se quedaban en 3,8 toneladas, más 5.000 ramas de las dimensiones adecuadas para fabricar las astas. Como vemos, no era plan de ir doblando hierros para dejarlos junto al muerto que, aparte de no necesitarlo para nada, casi siempre era incinerado con sus heroicos camaradas para que las alimañas no devorasen sus cadáveres de probos ciudadanos.



Hacia finales del siglo II y las postrimerías de la República surgieron un par de tipologías más cuyos ejemplares más notables han sido hallados en España. De forma generalizada, la morfología del hierro se alarga ostensiblemente y las espigas se hacen más pequeñas. Así mismo, el largo vástago se forja con sección circular y están rematadas por puntas en forma de aguzados prismas cuadrangulares. Así mismo, los regatones se hacen más largos, embutidos en el asta a presión y generalmente asegurados con un clavo o un remache pasante. Estas características son las que reúne el ejemplar que vemos a la izquierda del gráfico, que corresponde a uno hallado en Renieblas (Soria), y está datado hacia mediados del siglo II a.C. El de la derecha pertenece a una recreación de la tipología más avanzada de este período, concretamente la que comprende piezas halladas en Caminreal (Teruel), Valencia y Osuna (Sevilla), población esta última que fue testigo en sus cercanías de uno de los violentos cambios de impresiones entre las tropas de César y Pompeyo durante la guerra civil, concretamente la batalla de Munda. Lo más significativo de esta tipología es, aparte de sus más de 70 cm. de longitud, la espiga, que se torna estrecha y más larga que las de sus antecesores. En los dos modelos presentados vemos que se habían suprimido la forma lobulada que permitía doblar los bordes para asegurar el hierro al asta, pero en el tipo de Caminreal se optó por una elaboración más concienzuda y práctica, ya que la espiga está forjada con forma de H que permitiría encajarla perfectamente a la ranura del asta. Además, en los ejemplares que se han hallado y que conservan aún los remaches de fijación, se ha podido comprobar que estos estaban provistos de arandelas de forma cuadrangular para ejercer una mayor presión en la madera e impedir que el uso abocardase el orificio. Finalmente, conviene señalar que estas tipologías dieron lugar a los PILA más pesados fabricados hasta el momento ya que una reproducción del Renieblas, más pequeño que los del Caminreal y Osuna, dio un peso de 1.710 gramos de los que 660 eran de los hierros.


La teoría del PILVM que se doblaba al impactar aún desata encendidos
debates. ¿Era un efecto calculado o se debía simplemente a la pésima
calidad del forjado?
Antes de concluir quisiera hacer hincapié en lo referente a la evolución de las puntas, desde las barbadas de sección lenticular primitivas a las piramidales de los tipos que surgieron en las postrimerías de la República. Algunos autores defienden la teoría de que dicho cambio se debió principalmente a la necesidad de potenciar la capacidad de penetración de estas armas debido a que, al enfrentarse romanos contra romanos a raíz de las guerras civiles su, en teoría, mejor armamento defensivo obligaba a ello. En mi opinión, esta teoría carece por completo de solidez ya que fueron precisamente los romanos los que adoptaron el armamento defensivo- y el ofensivo también- de otros pueblos, en este caso de los celtas. Estos belicosos ciudadanos fueron los creadores de los yelmos que dieron lugar a las GALEAS romanas, sus escudos fueron copiados y posteriormente modificados conforme a sus necesidades tácticas, y hasta las cotas de malla que equipaban a los legionarios de la época que nos ocupa las tomaron de ellos. 


Réplica de una punta piramidal, muy idónea para
traspasar mallas y el contrachapado con que se
fabricaban los escudos
O sea, que antes de que Sila y Mario se dedicaran a odiarse como si fuesen cuñados las tropas romanas se las veían con enemigos tan bien armados como ellos, y si lograban la victoria era por su disciplina,su preparación militar y su despliegue táctico en el campo de batalla. Pero a nivel de calidad de las armas, podemos decir que el mismo trabajo costaba atravesar un escudo celta que uno romano y, de hecho, en muchas ocasiones el mismo armamento que ellos mismos copiaban era de inferior calidad a los originales, como ocurría con los gladios, o se veían superados por la brutal contundencia de armas como las falcatas iberas. Colijo pues que esta teoría proviene del enésimo prejuicio basado en imágenes como la que ilustra este párrafo, en la que vemos guerreros celtas semi-desnudos o incluso en cueros vivos que dan la impresión de que todos iban así, y que lógicamente no era lo mismo atravesar la barriga de uno de estos sujetos que las de un ciudadano romano protegido por la camisa de malla y el SVBARMALIS que vestía debajo de la misma. En resumen, a mi modo de ver la adopción de las puntas piramidales fue debida a la necesidad de mejorar las prestaciones del PILVM contra cualquier enemigo en general y no solo para luchar entre ellos. Puede que alguno se pregunte que por qué motivo no hicieron lo mismo los germanos, celtas, etc. con sus lanzas, pero la cuestión es que ellos no les daban el mismo uso táctico, por lo que sus moharras lanceoladas eran consideradas como más adecuadas a su forma de combatir.



En fin, estas son las principales tipologías del período republicano, y decimos principales porque se ha omitido alguna que otra como la Entremont o la Éfira las cuales son básicamente iguales a la Talamone, y sus ínfimas diferencias se deben más bien a técnicas locales a la hora de fabricarlos que a modificaciones en su diseño. Con los mostrados podemos tener una panorámica bastante completa de los PILA usados desde su introducción en el ejército romano hasta el advenimiento del principado con Octavio Augusto. En una próxima entrada, que espero no tarde otros dos años, veremos las tipologías correspondientes al período imperial, de donde proceden los PILA más conocidos por todos y, naturalmente, por los cuñados devoradores del Canal Historia, donde en 40 minutos pueden ver 36 veces el mismo recopilatorio de "el pilum, la lanza asesina de los romanos" en manos de un probo ciudadano recreacionista jugando a legionario de fin de semana.


Hale, he dicho

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PILVM plomado correspondiente de la época imperial. Ya hablaremos de estos eficaces espetones de ciudadanos

miércoles, 17 de febrero de 2016

Mitos y leyendas: ¿Se doblaba el PILUM al impactar?


Prototipo de PILVM autodeformable patentado por un tal Gaius Perversus. Al parecer, el invento no fue aceptado por el
ejército porque solo servía para facilitar al personal el descorche masivo de ánforas de vino ibero ante el lógico enojo de los cuestores. Debido a ello, mandaron a Gaius Perversus y su PILVM a hacer gárgaras bien lejos.


Todos los aficionados a la historia militar han escuchado más de una vez que el PILVM, en un alarde de ingenio mezclado con mala leche, estaba diseñado de forma que, al impactar contra los escudos enemigos, se deformara. De ese modo no podrían ni arrancarlos de dichos escudos ni, mucho menos, devolverlos a sus propietarios arrojándoselos pero, no por una mera cuestión de buenos modales, sino para intentar hincárselos en sus envolturas carnales y enviarlos al puñetero Averno para quitar a sus camaradas las ganas de invadir al personal. De hecho, ¿qué cuñado no nos ha soltado esa historia en plena visualización de los documentales del calvo ese que se lo pasa estupendamente demostrando lo malignas que eran las armas de antaño? Sin embargo, eso de la deformación de la insigne jabalina forma parte de las tropocientas leyendas urbanas que, desde hace mogollón de tiempo, circulan por ahí sin que nadie se preocupe de corroborar si son ciertas o no. Así pues, dedicaremos esta entrada a aclarar esa cuestión para, además de saber una cosa más, poder callar al cuñado y al calvo de los documentales, apabullándolos con nuestra incuestionable sapiencia. Bueno, al grano...

Según se puede comprobar, toda esta historia proviene únicamente de dos referencias que, en su momento, indujeron al personal a dar por hecho de que era algo habitual o hecho ex-profeso. Una, la más antigua, proviene de Polibio que, en el Libro VI de sus "Historias", al referirse a las moharras de los VERVTI usados por los VELITES dice que "...esta punta es tan afilada y aguzada, que al primer choque se tuerce y el enemigo no puede dispararla; sin esto la jabalina serviría a los dos ejércitos". La otra, más explícita quizás, proviene de César que, en el capítulo XXIV del Libro I de su "Guerra de las Galias" explica que "sucedíales a los galos una cosa de sumo embarazo en el combate, y era que tal vez un dardo de los nuestros atravesaba de un golpe varias de sus rodelas, las cuales, ensartadas en el astil y lengüeta del dardo retorcido, ni podían desprenderlas, ni pelear sin mucha incomodidad, teniendo sin juego la izquierda, de suerte, que muchos, después de repetidos inútiles esfuerzos, se reducían a soltar el broquel y pelear a cuerpo descubierto".

Esas son, como digo, las únicas referencias que hay al respecto. Pero si analizamos sin prejuicios ambas citas, vemos que pueden ser interpretadas de otra forma. Veamos...

VELES en el momento de arrojar un VERVTVM según Connolly. Como
vemos, estaba armado con varios dardos que medían alrededor de 120 cm.
de largo. En el detalle podemos verlo más grande y comprobar que, en
efecto, su hierro era extremadamente fino, muy eficaz para penetrar en
los escudos o las carnes del enemigo.
La de Polibio, de entrada, no menciona al PILVM, sino al VERVTVM, un arma mucho más ligera, corta y, por ende, con un hierro más delgado que el de la jabalina pesada, lo que obviamente restaría solidez a la moharra. Pero la cuestión es que Polibio dice que "al primer choque se tuerce", no que se tuerza al clavarse. O sea, que el hierro del VERVTVM es tan delgado que se tuerce en caso de no poder atravesar el escudo enemigo si, por ejemplo, impacta contra el umbo. Porque el hecho es que, caso de clavarse, no podría ser reutilizado por la sencilla razón de que era muy difícil extraerlo, y menos aún en plena batalla. A mi entender, lo que Polibio quería decir era que, caso de que el tiro errase y no pudiera atravesar el escudo, o bien que impactase contra el suelo, quedaría inutilizado y los enemigos no podrían devolverlo, como era habitual en las batallas de todas las épocas. Y, ojo, torcerse no implica necesariamente que quede como un sacacorchos, sino simplemente que sufre una deformación que lo hace inservible.

Grupo de ciudadanos recreacionistas en pleno lanzamiento de sus PILA.
Pruebas realizadas por Connolly y otros estudiosos en la materia han
demostrado que un PILVM no solo no se deformaba al clavarse, sino
que atravesaban sin problema un tablón de 3 cm. de grosor lanzando

el arma a diez metros del blanco.
Veamos ahora la cita de César, que en este caso sí especifica que los PILA se deformaban ya clavados. Dice que "un dardo de los nuestros atravesaba de un golpe varias de sus rodelas, las cuales, ensartadas en el astil y lengüeta del dardo retorcido, ni podían desprenderlas". Vale, correcto. Pero, ¿cómo es que solo se retorcía después de atravesar varios escudos enemigos y no tras atravesar el primero? ¿Era un retorcimiento con efecto retroactivo acaso? ¿No querría decir que, precisamente por el empeño de los enemigos por desprender el PILVM acabaron retorciéndolo para, finalmente, darlo por imposible y soltar los escudos afectados? Porque sí ya era de por sí difícil extraer un PILVM de un escudo, hacerlo de varios sería imposible si no se disponía del tiempo necesario para ello, cosa imposible en una batalla. Además, si el hierro se deformaba nada más atravesar el primer escudo, ¿cómo podía atravesar más a continuación? Y por último: ¿cómo es que César solo hace referencia a ese detalle en toda su obra sólo en una ocasión? Recordemos que dice "...era que tal vez un dardo de los nuestros...", es decir, se refiere a ese hecho como algo esporádico, cuando no meramente fortuito ya que, como es lógico, el hecho de atravesar varios escudos a la vez no debía ser frecuente.

Dos hierros de PILVM  procedentes de un
yacimiento arqueológico. Evidentemente, están doblados,
pero no da la impresión de que fuera por el resultado
de un impacto. Ambos están doblados por el mismo sitio,
y sus aguzadas puntas están intactas. Puede que hallazgos
de este tipo hayan ayudado a propalar una falsa creencia.
La cuestión es que incluso se ha dado por sentado que el insigne dictador mandó destemplar los PILA de su ejército a base de ponerlos al rojo en hogueras para, posteriormente, dejarlos enfriar a temperatura ambiente. Eso es completamente absurdo ya que sería lo mismo que mandar embotar las espadas, ¿no? De hecho, Quesada menciona que el malentendido procede al parecer, según Keppie, de una serie de deducciones sin corroboración alguna en base a que César ordenó que se fabricasen los hierros de los PILA de su ejército con hierro dulce para que se doblasen. Pero la cuestión es que las FABRICÆ ya hacían eso por meras cuestiones de economía y facilidad para la producción en masa ya que, por razones obvias, el proceso de forja y posterior templado encarecería bastante cada pieza. O sea, que si los PILA usados por los romanos en las guerras de las Galias se doblaban era simplemente porque sus niveles de calidad eran más bien pobretones, pero para convertir a un galo y su escudo en una brocheta tampoco hacía falta usar una punta de tungsteno. En todo caso, el hecho de que un hierro de PILVM se doblase al impactar contra el escudo debería ser considerado como un defecto de construcción, no como un proceso de fabricación adaptado a esa finalidad.

Así pues, lo que tenemos al respecto son dos referencias que, como hemos visto, pueden interpretarse de forma opuesta a la común creencia y, lo más determinante tal vez, es el hecho de que en ninguna fuente de la época se hace mención a un sistema constructivo destinado a una finalidad tan extravagante. Esto no es una cuestión baladí ya que, como hemos visto en la monografía sobre los escudos, los romanos no tenían problemas a la hora de contar con pelos y señales todo lo referente a su armamento y su manufactura, así que si no mencionaron para nada que los hierros de sus jabalinas se fabricaban de forma que se doblasen es que no lo hacían, por lo que menciones como las de César hacían referencia a algo meramente circunstancial.

Dicho esto, veamos ahora la única referencia conocida de un método destinado ex-profeso a inutilizar el PILVM como consecuencia del impacto contra el escudo enemigo y que, ciertamente, no era precisamente buscar la deformación del hierro. La mención procede de Plutarco, el cual narra como Gaio Mario, tío político de César, ordenó que uno de los dos pasadores de hierro que unían la moharra al asta fuera sustituido por uno de madera, de forma que al impactar se partiera. De ese modo, la moharra giraría sobre el pasador de hierro, que habría quedado indemne, arrastrando por el suelo el asta con la incomodidad que ello suponía ya que, como hemos mencionado varias veces, intentar extraer la jabalina en pleno combate era casi imposible. En la ilustración superior podemos ver el efecto que, en teoría, pretendía el gran Mario con su idea. Sin embargo, la cosa no debió funcionar o, al menos, no todo lo bien que suponía ya que no se vuelve a hacer mención de la misma, ni tampoco se convirtió en una práctica generalizada en el ejército romano. En definitiva, un churro de invento. ¿Que por qué? Pues lo explico...

Sírvanse vuecedes observar el gráfico de la izquierda. La figura A nos muestra el hierro de un PILVM de lengüeta ya que los de cubo de enmangue no se prestan al invento de Mario. Como vemos, tiene dos orificios por donde será fijado al asta mediante los dos pasadores remachados convencionales. La figura B presenta el conjunto de hierro más asta. Dicho hierro está embutido en la misma mediante una acanaladura donde entra cuasi a presión para que la unión sea lo más sólida posible y no se mueva a causa de las holguras que adquiere la madera como consecuencia de los cambios de temperatura y/o humedad ambiental. Bien, pues si sustituimos uno de los dos pasadores por uno de madera, ¿qué pasaría? Nada. El impacto lo dejaría tal cual porque la lengüeta no se movería ya que haría tope con el fondo de la acanaladura. Los pasadores, en este caso, no ejercen ni sufren ningún tipo de esfuerzo. O sea, que para que el invento funcione, la lengüeta debería retroceder al menos la misma longitud que el diámetro del pasador de madera para que, de ese modo, lo cizalle. Observemos la figura C, donde lo veremos más claramente. Hemos alargado los orificios de la lengüeta para que esta pueda moverse de adelante hacia atrás, y hemos colocado el pasador de hierro en el círculo rojo, mientras que el de madera está en el amarillo. Con esa disposición, la moharra quedaría totalmente inmóvil y no podría moverse de ninguna manera bajo una manipulación normal del arma. Pero para que el hierro pueda desplazarse en el momento del impacto, hemos alargado la acanaladura según vemos en la figura D, señalando en rojo el añadido extra. Con esa nueva configuración, cuando la punta del PILVM impacte contra el escudo del enemigo y lo atraviese, al retroceder a través de la acanaladura cortará el pasador de madera, y la moharra quedará unida al asta solo por el de hierro, logrando así el efecto que hemos visto en la ilustración del párrafo anterior. Por lo demás, el arma en sí no quedaría inutilizada, y tras la batalla podrían ser recuperados los PILA prendidos a los escudos enemigos y repararlos colocando el hierro en su sitio, fijándolo añadiendo un pasador nuevo.

Se desconoce si Mario ordenó llevar a cabo semejante reforma ya que supondría tener que modificar miles de PILA de su ejército, por lo que los armeros no darían abasto para algo tan perentorio, así que solo cabe suponer que, en todo caso, se limitaron a trocar uno de los remaches sin más, por lo que la eficacia del invento sería muy limitada por no decir nula. De hecho, sabemos de sobra que los romanos eran gente práctica que no dudaban en adoptar cualquier tipo de mejora en su armamento, de modo que si lo del pasador de madera no trascendió fue porque no sirvió de nada. Así pues, y a la vista de lo visto, podemos llegar a las siguientes conclusiones:

1. Los PILA hallados hasta la fecha no muestran nunca deformaciones propias de una intencionalidad salvo los que han aparecido formando parte de ajuares funerarios- recordemos que se inutilizaban para que no fueran saqueadas las tumbas en busca de armas-. Y no solo hablamos de ejemplares extraídos en zonas donde hubo asentamientos militares, sino de campos de batalla conocidos, donde en teoría debería haber aparecido algún ejemplar dañado a causa del impacto.

Dos réplicas modernas de moharras de PILVM. Viendo su sólida
apariencia se llega a cuestionar seriamente que, aún siendo de simple
hierro dulce, se puedan doblar con facilidad
2. El PILVM, como es de todos sabido, era muy difícil de extraer. Tanto si armaba una punta barbada como piramidal, el esponjamiento de la madera al ser perforada- recordemos ese detalle mencionado en la monografía sobre los SCVTA- hacía que el orificio se cerrase sobre el hierro, quedando de ese modo sólidamente hincado en el escudo enemigo. Por otro lado, la longitud de dicho hierro impedía eliminar la jabalina cortando el asta de un tajo, y caso de hacerlo aún quedaban varios centímetros de moharra clavados en la madera. O sea, que el simple hecho de clavar el PILVM ya suponía un inconveniente al portador del escudo, que tendría que deshacerse de él para poder seguir luchando con un mínimo de libertad de movimientos. Basta una ejemplo chorra para aclarar el tema de la extracción: si no somos capaces de sacar una puntilla medio clavada en un tablón como no sea con unas tenazas, ¿cómo desclavar un hierro rematado por una punta piramidal o barbada de un escudo de al menos 1,5 cm. de grosor?

3. El hecho de que en algún momento una de estas jabalinas se doblara al impactar sobre una superficie dura era consecuencia del material usado para su fabricación, pero no de un acto premeditado para que actuase de ese modo. La cosa es que, de ser así, esa costumbre hubiese trascendido y habría llegado a nosotros a través de las crónicas de la época que, por otro lado, nos informaron de multitud de detalles sin mencionar para nada este.

Así pues, podemos colegir que todo se resume a la enésima leyenda que, a base de repetirla durante siglos, ha llegado a ser completamente cierta sin que nadie se preocupara en su momento de rebatirla. En definitiva: los cuñados mienten como bellacos.

Hale, he dicho


Lanzamiento masivo de PILA. No hacía falta que se deformasen para que, una vez clavados en el escudo, hubiera que
deshacerse del mismo y verse obligado a combatir a pecho descubierto