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martes, 24 de febrero de 2026

ARMAMENTO DE FRANCOTIRADORES EN LA 2ª GUERRA MUNDIAL. JAPÓN

 

Honolable guelelo del mikado encaramado en un árbol buscando algún yankee para enviarlo con sus antepasados. Como vemos, está desprovisto de cualquier tipo de camuflaje. Le basta con la frondosidad de su apostadero.

PAX VOBISCVM, abnegados lectores. Sí, tengo esto un poco bastante abandonado, pero ya saben que, cuando se me pasa el avenate y me invade uno de mis ataques de molicie, no me mueve ni una horda de cuñados zombificados ávidos de vísceras. Y bien, dadas estas breves explicaciones, vamos al grano que para luego es tarde.

Fotograma de la magnífica cinta "Las flores de la Guerra"
(2011), que nos muestra un tirador chino armado con un
Mauser. En la cabeza lleva un casco alemán mod. 1935
Es justo reconocer que no solemos asociar la imagen de los francotiradores con los honolables guelelos del mikado. Seguramente, la neutralidad del Japón en la Gran Guerra los mantiene alejados de nuestros magines, y solemos asociarlos más bien con los siniestros ocupantes de un búnker en alguna isla del Pacífico tras una ametralladora picando carne anglosajona durante algún desembarco, o bien atacando en plan suicida una posición enemiga porque eso de palmarla por el emperador era lo más guay y honolable del mundo. Sin embargo, el ejército nipón contaba con tiradores selectos y armas destinadas a finiquitar enemigos a distancia desde que, a raíz de la Guerra Sino-Japonesa en 1937, sintieron en sus carnes la eficacia de los francotiradores chinos. 

Tropas chinas dándose un garbeo al norte de Pekín en 1937
Antes de 1934, el general Chiang Kai-shek se había preocupado de formar un ejército decente para darse estopa con otros señores de la guerra del Celeste Imperio, contando con unos efectivos nada despreciables que alcanzaron la cifra de 380.000 probos homicidas y una oficialidad procedente de forma mayoritaria de la Academia Militar de Whampoa, ubicada en la ciudad de Cantón. Además, el honolable genelal había 
adquirido a los tedescos cantidades importantes de armas y equipo, entre los que había fusiles Gewehr 98 provistos de las magníficas ópticas germanas y, lo más importante, los chinos habían recibido adiestramiento por parte de los veteranos combatientes de la Gran Guerra, con lo que su eficacia resultó bastante contundente. Los honolables guelelos del mikado tomaron buena nota y, como es habitual en estos orientales, se pusieron manos a la obra de inmediato para solventar esa carencia en su ejército.

Sin embargo, y a pesar de que a nivel tecnológico Japón no tenía nada que envidiar a Occidente, la solución que adoptaron para proveer a su ejército de armas para francotiradores fue un tanto peculiar, y no precisamente muy acertada que digamos. Bueno, lo cierto es que fue una birria de solución, pero no esperemos que el cerebro de un nipón funcione igual que el de un señor de Zamora. Así pues, echaron mano del fusil reglamentario de infantería, el Tipo 38, en uso en aquella época. El Tipo 38, Año 38 de la Era Meiji, o sea, 1905, entró en servicio al año siguiente. Era un arma de excelente calidad y estándares de acabado muy altos. Su acción, diseñada por el capitán Kijiro Nambu, estaba basada en la acción 98 alemana. Lo más peculiar de este diseño era la cubierta de acero que protegía el cerrojo de polvo y mugre, lección que traían aprendida de la Guerra Ruso-Japonesa. Esta cubierta se deslizaba por dos acanaladuras fresadas a ambos lados del cajón de mecanismos, avanzando y retrocediendo junto al cerrojo. En la foto de la izquierda podemos ver el peculiar aspecto de este accesorio que, como resulta obvio, impedía la entrada de porquería en el cerrojo. Podemos observar además los dos orificios situados a la altura de la recámara para permitir la fuga de gases en caso de un problema con la munición, impidiendo así que reventase el cañón y provocando graves lesiones al tirador. El arma mantuvo el alza de corredera convencional, graduada de 400 a 2.400 metros con incrementos de 100 metros. La palanca del cerrojo era recta.

En cuanto a la munición, disparaba el cartucho 6'5 x 50SR, el cual no era especialmente poderoso pero, al menos, tenía un retroceso menos violento que el 8 x 57 tedesco o el 30-06 yankee. Con una energía en boca de 2.600 julios, estaba bastante lejos de los 3.800 y 3.900 de los antes mencionados para una bala de peso similar. No obstante, esta carencia de potencia se solventó más tarde, cuando llegó la hora de liquidar anglosajones que estaban más fortachones que los chinos, introduciendo el 7'7 x 58 mm. Arisaka, pero de ese hablaremos más adelante. Por lo demás, y c
omo era habitual en casi todos los fusiles de la época, el arma disponía de un almacén para cinco cartuchos en clips que se colocaban en una ranura situada en la parte trasera del cerrojo (véase foto de la derecha). Era habitual sellar el fulminante y el gollete con laca para impedir la entrada de humedad, que en aquellas latitudes se cuela por todas partes. El color de la laca permitía identificar el tipo de munición: verde para la trazadora, negra para la perforante y rojo para los cartuchos destinados específicamente a los tiradores.

Fusil Tipo 38. Se calcula que se fabricaron alrededor de 2.998.000 unidades desde su entrada en servicio hasta principios de los 40 en los arsenales de Tokio, Kokura, Nagoya, Jinsen (Corea) y Mukden (Manchuria). Obviamente, el grueso de la producción se llevó a cabo en Japón


Vista parcial del Arsenal de Kokura. El complejo era
un conjunto descomunal de factorías
Bien, así era grosso modo el germen para el primer fusil de francotirador del Japón. Sí, un arma de serie sin más cuentos. Como hemos visto en otros artículos sobre este tema, lo de diseñar armas específicas para finiquitar primates a distancia aún no estaba de moda, y los ejércitos se limitaban a echar mano de lo disponible y, a lo sumo, hacerle algunas mejoras para obtener unas prestaciones más adecuadas. Así pues, en 1935 se empezaron a realizar pruebas con el Tipo 38, para lo cual se designó al coronel Namio Tatsumi, de la Academia Militar de Toyama. Para ello se dispuso de 700 unidades fabricadas en el arsenal de Kokura, importante ciudad que concentraba una gran cantidad de la industria militar japonesa y que por dos veces estuvo considerada como objetivo principal en los dos ataques nucleares yankees. Como ya vimos en su día, la espesa capa de nubes que cubría la población en los días 6 y 9 de agosto de 1945 la libraron de sufrir los destinos de Hiroshima y Nagasaki. 

El coronel Tatsumi no se complicó mucho la vida. De hecho, las armas destinadas a francotiradores ni siquiera eran seleccionadas entre las más precisas de un lote, como solían hacer otros ejércitos. Y como mejoras, pues tampoco se devanó el magín. Para facilitar la puntería se acopló un monópode formado por una simple varilla de acero fijada a una abrazadera y que se mantenía plegado mediante dos flejes situados en la parte interna de la pieza. En la foto podemos ver el monópode desplegado, y podemos observar que su aspecto no parece especialmente sólido. En todo caso, a medida que avanzaba el conflicto se fue prescindiendo de ella.

La palanca del cerrojo fue alargada y curvada como, por ejemplo, se hizo con el Mosin-Nagant ruso para poder accionarlo sin golpear el visor. La bola se sustituyó por otra con forma ovoide, lo que permitía su manejo sin necesidad de hacer un rebaje en la madera de la culata. En la foto de la izquierda podemos ver el aspecto del arma, a la que hubo que eliminarle la cubierta protectora del cerrojo para adaptarle el visor. Y es precisamente en el tema de la óptica donde nos encontramos con la "mejora" más mejorable del arma.

El visor era una pieza extremadamente básica derivada de un modelo comercial, concretamente el Nikko modelo 11. Tenía 2'5 aumentos y un campo de visión de 10º, y se fijaba al arma mediante un tornillo y un fleje a una placa base unida al cajón de mecanismos con una cola de milano, lo que proporcionaba un conjunto sólido que no se moviera con el maltrato propio de un arma militar. Porque la cuestión es que, si el visor se desajustaba, el tirador no podía corregir el tiro de la forma convencional, sino que había que enviarlo a fábrica para ser puesto a punto de nuevo.

Sí, suena bastante esotérico, pero viniendo de unos ciudadanos que para hacer el té tienen que hacer 80 movimientos, ni uno más ni uno menos, puede esperarse todo. Y es que los visores eran montados y centrados en la fábrica, sin que hubiera posibilidad de realizar ningún ajuste por parte del tirador. Más aún, ni siquiera se podía regular el foco, de modo que el puñetero visor era lo mínimo que se despachaba. ¿Qué cómo se las aviaba el tirador para afinar la puntería si el visor carecía de retículo convencional y de mecanismos para ajustarlo? Pues con lo que ven en la foto. Ambos retículos eran fijos, y en el vertical vemos las distancias con las que el tirador se ayudaba para apuntar al objetivo. Esta retícula estaba graduada desde 100 hasta 1.500 metros, y el honolable flancotiladol se tenía que estrujar la retina para calcular la distancia a la que se encontraba el ciudadano enemigo. Para corregir o calcular la deriva, bien por haber viento cruzado, bien por estar el blanco en movimiento, tenemos el retículo horizontal. Si por un golpe o cualquier otro motivo el visor se desajustaba, apaga y vámonos. Solo en la fábrica se podía volver a poner punto en blanco, o sea, a 100 metros. Por toda esta serie de inconvenientes, el visor recibía el mismo número de serie del arma donde iría instalado.

Este fusil fue renombrado como Tipo 97 o, más concretamente 
九七式狙撃銃, indescifrables dibujitos que, trasliterados, sonarían como kū-nana-shiki sogekijū, o sea, “fusil de puntería Tipo 97”. Al quedar el visor situado a la izquierda se pudieron conservar las miras abiertas, lo que, viendo el problema de la falta de mecanismos de ajuste, permitiría seguir usando el arma mientras llegaba el momento de remitirla a la fábrica. Además, había tiradores que optaban por usarlas cuando las condiciones lumínicas no permitían hacer puntería con el visor. En la foto de la derecha tenemos el alza desplegada. Para tiro a corta distancia se plegaba y se usaba un tablón con una muesca en V graduada a 100 metros. El punto de mira, que según el fabricante podía estar protegido por un túnel abierto, se fijaba al cañón mediante una base con una cola de milano, y también según el fabricante con un tornillo o dos pasadores. El punto carecía de corrección lateral, así que había que recurrir a la intuición de un buen tirador. Se fabricaron alrededor de 8.000-9.000 unidades en el Arsenal de Kokura entre los años 1938 y 1939, y 14.500 en el de Nagoya entre 1938 y 1943, lo que hacen un total aproximado de 22.500 - 23.500 unidades en total. 

Pero el Tipo 97 no fue el único fusil de francotirador en servicio, pero del siguiente seguiremos hablando mañana porque ya me duele la cabeza. Bueno, mañana o pasado, ya veremos...

Hale, he dicho






miércoles, 4 de agosto de 2021

ARMAMENTO DE FRANCOTIRADORES EN LA GRAN GUERRA. ESTADOS UNIDOS


Probo homicida yankee posando con su Springfield 1903 equipado
con un visor Winchester A5

Durante estas semanas de letargo he aprovechado para repasar algunas etiquetas y, entre otras cosas, veo que se echa en falta una serie dedicada al armamento de los francotiradores. Hemos hablado con pelos y señales de los ardides y apostaderos sutilmente camuflados en el entorno para escabechar más y mejor a los enemigos pasando desapercibidos, hemos hablado del armamento usado por los primeros francotiradores allá por el siglo XIX, pero no hemos dedicado nada a los fusiles y visores que usaron estos probos homicidas con sangre de horchata durante la Gran Guerra donde, como sabemos, tuvieron cuatro largos años para aprender todo lo aprendible y, de ese modo, acumular conocimientos para futuros conflictos. Es más que evidente que eso de que un solo ciudadano-tirador pudiera aplastar contra el suelo a toda una compañía sin que nadie tuviera valor para separar la nariz del suelo y dejarlos en tan incómoda posición durante horas era bastante rentable, y no hablemos de los fastuosos efectos que ejercían sobre la moral de la tropa cuando, en la aparente seguridad de las trincheras, veían caer a un colega literalmente fulminado para, un segundo después, oír el sonido del disparo. El occiso había bajado la guardia durante los tres segundos que se consideraban necesarios para que un francotirador avistase su cabeza, que sobresalía un poco sobre el parapeto, apuntase y apretase el gatillo. Como es evidente, los que habían presenciado tan luctuoso suceso se quedaban bastante mohínos, especialmente los que tenían que quitar los restos de sesera del difunto de la pared de la trinchera y llegaban a la conclusión de que aquella guerra era, como todas, un asco. En fin, vamos al grano y, como es habitual, empezaremos por el final, o sea, por los últimos en sumarse a la fiesta, los yankees (Dios maldiga a Hearst).

Francotirador alemán. Armado con uno de los mejores fusiles del mundo
equipados con una óptica insuperable, tras tres años de guerra habían
desarrollado una técnica que dejó a los yankees un poco inquietos

Los sobrinos del tío Sam no llegaron a Europa sin saber lo que se cocía allí si bien no se esperaban que el Frente Occidental fuera un sitio tan desagradable. Antes de eso, con el único ejército moderno que se habían batido el cobre fue con el español, aprovechando que nuestro otrora inmenso imperio estaba en las últimas, y con la nación totalmente agotada tras décadas de guerras civiles, revoluciones y demás desastres que nos llevaron a la ruina. No obstante, poco les faltó para tener que reembarcar a sus tropas cuando se vieron las caras con los exhaustos soldados hispanos en las Lomas de San Juan, pero eso es otra historia. Lo cierto es que estos WASP llegaron al Viejo Continente para corroborar que los tedescos era más peligrosos que las tribus indias, que tenían cientos de miles de hombres esperando la ocasión de aliñarlos con sus enormes cañones, sus mortíferas ametralladoras y, por supuesto, sus francotiradores que, provistos de fusiles Mauser equipados con visores con la mejor tecnología del momento, llevaban ya más de tres años sembrando de cadáveres las trincheras enemigas. No obstante, los yankees ya habían tomado buena nota de lo útil que eran los francotiradores, como vimos en las entradas dedicadas a los sharpshooters de su guerra civil que los convirtió en realidad en el primer ejército en hacer uso masivo de tiradores selectos. Obviamente, les hacía falta una buena guerra para ponerse al día, porque siendo como eran pioneros en el uso de este tipo de tropas, la verdad es que se habían dormido en los laureles, empezando por el fusil.

Tropas españolas en Cuba armadas con el Mauser 1893. Estos
hombres no eran las tribus con que estaban habituados a luchar,
y cualquier hispano canijo y depauperado le daba cien vueltas
a estos anglosajones que, aún hoy día, para neutralizar a un
tirador enemigo solicitan un ataque aéreo que cuesta millones

En la guerra de Cuba ya pudieron comprobar que el Mauser usado por los españoles le daba cien vueltas al Krag-Jorgensen en calibre 30-40 Krag, cuyas prestaciones- tanto del arma como de la munición- eran claramente inferiores. Así pues, llegaron a la conclusión de que no merecía la pena inventar nada, sino limitarse a seguir los mismos baremos que el fusil enemigo, el Mauser. No deja de ser curioso que un país que ha sido y es el paraíso de las armas de fuego tuviese que pagar a la firma tedesca los royalties correspondientes por fabricar un fusil con un cerrojo, un mecanismo de cierre y una alimentación por peines, y encima cuando tuvieron que enfrentarse a ellos. Así nació el Springfield 1903, declarado como fusil reglamentario el 19 de junio de aquel mismo año. Estaba recamarado para el espléndido 30-06 que, sin duda, es uno de los mejores calibre militares de la historia y actualmente protagonista de la mayoría de lances de caza mayor por sus excelencias, así como por la variedad de tipos de proyectil que carga. No obstante, inicialmente se había pensado en mantener operativo el 30-40 Krag que, sin embargo, mostró unas prestaciones muy pobres en el cañón de 30 pulgadas que armaba el fusil. Se acortó hasta las 24 pulgadas, pero los resultados seguían siendo bastante birriosos, así que se optó por un nuevo cartucho, el 30-03 que, con algunas modificaciones, dio paso finalmente al 30-06 con bala puntiaguda que todos conocemos. El nuevo calibre disparaba una bala de menor peso a más velocidad, lo que daba como resultado una trayectoria más tensa y una energía cinética mayor, o sea, que mataba más. No nos extenderemos más sobre el fusil en cuestión ya que en la red hay información sobrada sobre el mismo, y para no aportar nada reseñable pues mejor nos centramos en otras cuestiones, empezando por la madre del cordero: los visores.

Ambrose Swasey (1846-1937) y Worcester Warner (1846-1929)

Años antes de que empezara el conflicto, los yankees ya se habían preocupado de actualizar el visor para sus tiradores. Como vimos en su momento, la guerra civil dio ocasión para empezar a fabricar los primeros ejemplares de visión directa, o sea, los visores que todos conocemos con varias lentes dentro de un tubo, y a principios del siglo XX la tecnología en cuestiones de óptica había avanzado enormemente, sobre todo en Alemania y Austria (cómo no...). Sin embargo, el país que más uso había dado a estos chismes se encontraba en plena sequía en ese aspecto, y cuando apareció su nuevo y fabuloso fusil no disponían de gran cosa para equipar a sus tiradores selectos. De hecho, cuando aún estaba operativo el Krag-Jorgensen ya habían empezado a tantear posibilidades, pero la cuestión es que, salvo que recurrieran al mercado exterior, no disponían de gran cosa. Para un país dónde la industria armera era un referente mundial sería bastante paradójico tener que contactar con los representantes de las firmas europeas, así que se aviaron con lo que tenían en aquel momento, un visor prismático diseñado por Ambrose Swasey, que junto a Worcester Reed Warner habían fundado en 1880 una empresa dedicada a la fabricación de maquinaria de precisión y de instrumentos astronómicos.

El visor empezó a desarrollarse en 1900, buscando ante todo un modelo compacto, sin nada que ver con aquellos tubos casi tan largos como el cañón del arma que habían usado sus padres en la Guerra de Secesión. Pero para obtener un visor más corto había que renunciar a los modelos de visión directa porque la tecnología en óptica disponible en yankeelandia no daba para muchas virguerías, así que optaron por un diseño de visor prismático, es decir, con lentes que reflejaban la imagen. ¿Qué de qué va eso? Pues es el mismo principio que los gemelos o prismáticos que usan vuecedes en las playas para, disimuladamente y sin que la parienta se percate, atisbar las lozanas y tersas carnes de las consumidoras de gimnasios, hormonas e implantes de silicona para parecer chicas de cómic en vez de chicas humanas si bien, justo es reconocerlo, mientras sigan en el gimnasio, sigan consumiendo porquerías y sigan metiéndose implantes están como un tren, pa qué mentí... Así pues, un visor prismático ofrecía la gran ventaja de ser en efecto muchísimo más compacto que uno de visión directa, pero a cambio de una serie de inconvenientes bastante enojosos que detallaremos más adelante. 

El desarrollo del proyecto se llevó a cabo con los técnicos de la Warner & Swasey Co. y el Arsenal de Frankford hasta dar con el modelo definitivo en 1908 tras ser probados por tiradores expertos y dar cada uno su parecer al respecto. Ciertamente, no despertó un entusiasmo especialmente fervoroso, pero era lo que había y a eso era a lo que debían ceñirse. Como vemos en la foto del párrafo anterior, el visor consistía en una caja de bronce donde se alojaban las lentes y con un corto visor en cada extremo. La montura estaba bien concebida, ya que constaba de una pletina con cola de milano y dos muescas de engarce e iba instalada en el costado izquierdo del arma mediante tres tornillos. El visor se encajaba en la montura mediante un brazo provisto de una pestaña (círculo rojo) que, mediante un resorte, encajaba en una de las muescas de la montura (flechas amarillas), si bien este sistema se mostró poco fiable y en muchas ocasiones se optó por añadirle uno o dos tornillos de cabeza moleteada para lograr un bloqueo más sólido. Cada visor llevaba grabado en la montura el número de serie del arma al que había sido asignado (véase detalle del óvalo blanco), costumbre bastante inteligente para no variar la precisión del visor si pasa de un arma a otra. 

Los fusiles seleccionados para francotirador eran los denominados como "star gauged", o sea, armas cuyo cañón había sido verificado con instrumentos de alta precisión para comprobar la uniformidad del calibre, la rectitud del ánima y el estriado, armas estas que a partir de 1921 se empezaron a marcar con una estrella de seis puntas en la boca del cañón para diferenciarlas del resto (foto de la derecha). Inicialmente se solicitaron a la Springfield Armory mil unidades de ellos con destino a los tiradores selectos con la intención de suministrar dos unidades por compañía de infantería y dos por escuadrón de caballería. Debemos tener en cuenta un detalle no mencionado antes, y es que el acortamiento del cañón de 30 a 24 pulgadas permitió suministrar el mismo fusil a la infantería y la caballería sin necesidad de, como era habitual, fabricar una versión más corta para los segundos, lo que facilitaba enormemente las cuestiones de tipo logístico.

Bien, la criatura resultante fue el Telescopic Musket Sight mod. 1908 (Mira Telescópica para Mosquetón modelo 1908), que salía por cierto por un precio exorbitante: nada menos que 80 dólares, cuatro veces más que el precio del fusil. Veamos su funcionamiento para humillar al cuñado que porque se gastó 6.000 pavos en un Zeiss para no acertarle ni a un mamut a 20 metros se cree que lo sabe todo sobre visores.


En la foto superior podemos ver el visor montado en el arma. Como ventaja principal tenemos dos detalles: uno, que al estar la montura en el costado izquierdo permitía usar las miras del fusil, lo que siempre era un alivio si el visor se estropeaba o el blanco estaba tan cerca que la imagen obtenida era borrosa; y dos, que por la misma razón se podía recargar usando los peines de cinco cartuchos, que era más rápido y cómodo que tener que introducirlos uno a uno, sobre todo cuando los enemigos te han localizado y te están friendo a tiros. Sin embargo, el visor pesaba 1.020 gramos, lo que era un poco bastante molesto debido a que tendía a desestabilizar el arma hacia el lado izquierdo. 

En cuanto a sus prestaciones, tenía 6 aumentos fijos, un foco de 20 mm. y un retículo cruciforme de cabello de ángel que podemos ver a la derecha. Las tres rayas que aparecen en el cuadrante superior izquierdo son un rudimentario telémetro para calcular la distancia del objetivo en base a un hombre de una estatura, según el manual de instrucciones, de 68 pulgadas de alto (172 cm.). La de la izquierda es para 1.000 yardas, la del centro para 1.500 y la de la derecha para 2.000. Pero el sistema de prismas y la prestaciones en general del visor adolecían una serie de problemas que no se manifestaron hasta que llegó la hora de usarlos fuera de los campos de tiro, como suele pasar. Y para comprenderlo mejor, un breve párrafo didáctico sobre este tema que es válido para cualquier visor.

Los visores prismáticos son mucho más delicados que los de visión directa ya que las lentes tienen más facilidad para desajustarse a causa de los golpes y el mal trato habitual en campaña. Por otro lado, un foco de 20 mm. proporciona un campo de visión más amplio- 9'6 metros a 100 yardas (90 metros) en este caso-, pero disminuye la luminosidad de lo que vemos a través del visor, defecto que aumenta notablemente en el caso de los visores prismáticos. Esto se traduce en que para obtener una imagen razonablemente clara es necesario que luzca un sol espléndido, y de no ser así la toma de puntería es complicada, y más si la luz ambiental es escasa. Finalmente, sus 6 aumentos eran excesivos para un aparato especialmente susceptible a acumular mugre, sobre todo la procedente del esmalte negro con que se pintaba el cuerpo de bronce del mismo. Debido a que el retículo estaba grabado en una lente del visor, una simple pelusa se convertía en una especie de jaramago gigante, y una mota de polvo en un pedrusco. En fin, que la calidad de visión que ofrecía era simplemente un churro, y más si consideramos el pastizal que costaba. 

Por otro lado, los dispositivos ópticos prismáticos tienen una distancia visual muy corta, en este caso de solo 3'8 cm. del ojo. A modo de ejemplo, recuerden que cuando usan unos gemelos hay que ponerlos muy cerca de los ojos para evitar la visión de túnel. Esta distancia visual tan corta se traducía en un casi seguro castañazo en el ojo en el momento del disparo a causa del retroceso, por lo que se había provisto al visor de un protector de caucho. Sin embargo, aún contando con el protector a nadie le entusiasma un golpe en un ojo, lo que significaba que el tirador alejaba en muchos casos la cara del visor, empeorando así su ya de por sí deficiente calidad visual. Aclarado este punto, veamos los mecanismos para regular este chisme.



En este caso, las dos ruedas que vemos no actuaban sobre el retículo, que como hemos dicho estaba fijo en una lente, sino sobre el conjunto del visor, de la misma forma de sus abuelos de la guerra civil, o sea, el visor pivotaba sobre la parte delantera, elevándose o descendiendo la parte trasera; para graduar la deriva, pues lo mismo, pero de izquierda a derecha. En la foto principal vemos el ocular de goma, ya bastante perjudicado por los años, el cuerpo de bronce que albergaba las lentes con el esmalte bastante descascarillado, y marcado con la flecha amarilla un tornillo de bloqueo añadido a posteriori para reforzar la unión del visor con la montura. Pasemos al detalle. La rueda grande es para regular el alcance con un máximo de 3.000 yardas. Para girarla se aflojaba la contratuerca (flecha blanca) y se situaba la distancia en la muesca que vemos en el círculo rojo. Luego se bloqueaba volviendo a apretar la contratuerca. La deriva, pues lo mismo, pero sin contratuerca. Bastaba colocar la posición deseada en la flecha del otro círculo rojo. En la parte superior del cuerpo del visor (foto de la derecha) vemos una chapa de latón con una guía de correcciones rápidas para compensar la deriva lateral a izquierda o derecha según el viento, así cómo una corrección del alcance. Como podrán imaginar, los tiradores expertos se fiaban más de su instinto que de las indicaciones del fabricante. De hecho, incluso el ocular de goma era modificado o simplemente eliminado por muchos de ellos, un poco aburridos de verse con el ojo como un tomate cada vez que pegaban un tiro.

Vista superior del arma que nos permite apreciar con toda claridad la posición del visor. Como vemos, la ventana de expulsión y la ranura para el peine de munición están totalmente despejadas, facilitando la recarga. Sin embargo, como ya se ha dicho, el peso del visor desestabilizaba el arma y, además, impedía accionar la aleta del seguro (flecha blanca). La flecha azul señala la anilla de enfoque, que como sabemos hay que regular según quien lo use

Bien, estas son las características y el funcionamiento de este peculiar visor, del que se fabricaron 2.075 unidades entre 1908 y 1912 si bien parece ser que solo 1.550 de ellas llegaron a ser instaladas en sus respectivos fusiles. Pero, como está mandado, no pasó mucho tiempo antes de que los militares sugirieran una serie de cambios a la vista de los inconvenientes que presentaba el modelo inicial. En primer lugar se redujeron levemente los aumentos, que se quedaron en 5'2. Esta reducción de 8 décimas permitió obtener un poco más de luminosidad, que era el talón de Aquiles del Warner & Swasey. Para asegurar el protector de caucho del ocular, que en el modelo inicial entraba a presión, se añadió un casquillo roscado, y el mismo ocular fue notablemente modificado, como podemos ver en la foto inferior. Esta nueva morfología aminoraba el golpe que, inexorablemente, recibía el tirador tras cada disparo, pero el maldito ocular actuaba como una ventosa, y en las primeras pruebas a más de uno casi le saca el ojo del chupetón. No obstante, el problema se subsanó añadiendo un par de orificios para que entrase aire y anulase el efecto ventosa. Finalmente, la contratuerca de la rueda de regulación de altura se cambió por un modelo cruciforme que es claramente visible en la imagen. Por lo demás, el visor seguía siendo básicamente el mismo salvo en un detalle substancial, el precio, que se rebajó hasta los 58 dólares si bien seguía siendo excesivamente costoso. El nuevo modelo recibió la denominación oficial de Telescopic Musket Sight mod. 1913.



Por lo demás, el visor se servía en un estuche de cuero que podía transportarse colgando del cinturón del correaje o bien mediante una correa, colgado del hombro. A la derecha tenemos un ejemplar de cada modelo. La foto A pertenece al de 1908, y como se puede observar lleva en el interior de la solapa un pequeño bolsillo donde se alojaba una herramienta para desmontar el visor. La foto B es la funda del modelo de 1913, y solo se diferencia de la anterior en la ubicación del bolsillo del útil, que podemos ver en la cara exterior. La producción total del modelo 1913 alcanzó las 5.041 unidades, de las que fueron instaladas 4.000 que, en este caso, no recibieron el punzonado con el número de serie del arma al que fueron asignados. En total se vendieron al ejército yankee 7.116 unidades, incluyendo los visores adquiridos en 1906 para pruebas. 

Curiosamente, no solo el ejército yankee hizo uso del 
Warner & Swasey 1913. Alrededor de unas 3.000 unidades fueron adquiridas por la Commonwealth que las 500 se instalaron en su fusil Ross tal como vemos en la foto de la izquierda. El Ross no era lo que se dice un arma robusta, por lo que no dio un resultado aceptable en la asquerosa guerra de trincheras pero, sin embargo, el rendimiento del visor sí les resultó satisfactorio y, de hecho, aún estaban operativos en el siguiente conflicto, en el que entraron en acción instalados en el fusil Pattern 14. En cuanto a los yankees, a la vista de lo visto, optaron por irlos retirando del servicio, siendo definitivamente dados de baja a mediados de los años 20. Los supervivientes fueron vendidos en surplus para usarlos en armas destinadas al tiro deportivo.

Pershing haciendo el gamba en Méjico. De él dijo Villa que
"...vino aquí como un águila y se fue como una gallina mojada".
Vamos, que se cubrió de gloria...
Como curiosidad, debemos añadir que el 
Warner & Swasey no se estrenó en la Gran Guerra, sino unos años antes, concretamente en el violento cambio de impresiones que mantuvieron los yankees con los mejicanos de Pancho Villa entre marzo de 1916 y febrero de 1917 como respuesta a la llamada batalla de Columbus, donde el revolucionario se salió con la suya y liquidó a más WASP's de los que su orgullo de anglosajones podía tolerar. Diez mil hombres al mando del insufrible y arrogante John Pershing entraron en territorio mejicano para dar caza a Villa sin que por cierto lograran atraparlo y, de hecho, fueron derrotados en todos y cada uno de los enfrentamientos que mantuvieron con sus tropas irregulares, así que ya vemos que la preparación del ejército yankee para un conflicto como el que se libraba en Europa no era precisamente el más adecuado. Sin embargo, como decimos, fue durante esa guerra no declarada cuando una unidad, los Lingler's Sharpshooters, hicieron sus pinitos con sus flamantes fusiles Springfield equipados con visor. 

Pero el accesorio más significativo fue el silenciador que, desde 1910, estaban desarrollando, lo cual sí que era toda una novedad para la época ya que estos supresores de sonido son la herramienta más eficaz para impedir que el tirador pueda ser localizado. Inicialmente se probó el modelo fabricado por la Maxim Silent Firearms Co., propiedad del hijo de prolífico creador de ametralladoras. Este supresor, muy avanzado para la época, contenía varias cámaras deflectoras en espiral que retenían los gases de la deflagración, pero que producía un sobrecalentamiento del tubo. Por otro lado, la reducción era de dos tercios del sonido producido por el disparo, lo que se consideró insuficiente.



Primer plano del silenciador Maxim
En la foto superior podemos ver un Springfield 1903 con el visor Warner & Swasey y el silenciador Maxim que, como se puede apreciar, tenía un diseño sumamente práctico ya que una vez instalado quedaba en una posición excéntrica, lo que no anulaba la posibilidad de usar las miras abiertas. La Maxim llevaba ya tiempo comercializando silenciadores para tiradores deportivos interesados en conservar su aparato auditivo en el mejor estado posible- recordemos que aún no se usaban auriculares protectores- especialmente para disparar armas de calibre .22 en el jardín de casa sin que el vecino saliera protestando. Así pues, para no tener que gastar dinero en enviar el arma a un tornero para que le fabricase un paso de rosca, junto al silenciador se servían una serie de piezas con las que podía ser fácilmente acoplado al arma sin tener que realizar ninguna modificación en la misma. En este caso, bastaba desmontar el punto de mira, colocar un manguito por la parte trasera del mismo, dos medios casquillos que al ser apretados con el manguito formaban una cubierta con el extremo roscado, y ahí era donde se colocaba el supresor, tras lo cual el punto de mira se volvía a colocar en su sitio. El precio del mismo era de 8'50 dólares, y hasta preveía la colocación de la bayoneta situando el ojo de la misma en un saliente que podemos ver en la parte inferior del tubo. 
Sin embargo, el ejército no lo consideró adecuado y, aunque durante el año 1912 se probaron modelos de las firmas  Corumboef y Moore, finalmente se desechó la compra de este accesorio que, bien desarrollado, habría resultado una inmejorable herramienta en el campo de batalla. Finalmente, las unidades adquiridas para las pruebas fueron destinadas a los entrenamientos de la Guardia Nacional.

Y mientras el ejército seguía intentando sacar partido al más que cuestionable Warner & Swasey, la Infantería de Marina optó por tomar camino por su cuenta y se dedicó a buscar otro modelo más eficiente y, sobre todo, más robusto. El modelo elegido fue el Winchester A5 (foto de la derecha), un visor comercial de visión directa que había salido al mercado en 1910 destinado al tiro deportivo y que, además, era más barato que el otro modelo, apenas 27 dólares más 3'50 de la funda de transporte. Su aspecto no difería demasiado de aquellos primitivos visores empleados por los sharpshooters. De hecho, tenía una longitud de 40,3 cm. y un diámetro de 20 mm., pero era especialmente sólido ya que el tubo partía de una barra maciza de acero perforada y torneada, por lo que no se habían empleado plegadoras ni soldaduras para darle forma. Sus prestaciones eran las habituales: 5 aumentos, un retículo fijo de cabello de ángel  y, para su centrado, disponía de dos grandes torretas con capacidad para modificar la elevación y la deriva con 1 MOA por clik, o sea, 1 pulgada a 100 yardas. 

Springfield 1903 con el visor Winchester. Como se puede observar, la parte superior del guardamanos tenía que ser rebajada para instalarle la base de la montura


Su campo de visión era similar al modelo prismático ya que tenían el mismo foco, 20 mm., pero al ser de visión directa su luminosidad era manifiestamente mejor. Sin embargo, este visor tenía una serie de peculiaridades que también lo convertían en una RARA AVIS en lo tocante a visores de uso militar. Como vemos en la foto, el tubo era flotante, o sea, como sus abuelos de los sharpshooters en los que el retículo estaba fijo en una lente y lo que se movía era el visor. En la foto de la derecha podemos verlo mejor. Las dos uñas fijadas mediante un tornillo son la referencia donde deben colocarse las muescas de las torretas según la distancia y deriva deseadas. En el lado opuesto de cada torreta habrá un tetón con un muelle en su interior para mantener firme el tubo, que se moverá de un lado a otro conforme manipulemos dichas torretas. En la base delantera hay una anilla con el interior cónico, de forma que el tubo pueda variar de ángulo sin doblarse, y con unos pequeños tetones para impedir que dicho tubo gire, cambiando con ello el punto de impacto.

Como se ve en las fotos, las bases carecen de tornillos de bloqueo. Este sistema de bases, fabricadas por la Mann-Neider, estaba inspirado en el que empleaba la firma tedesca Goerz y, aunque pueda parecer que carecen de la fiabilidad necesaria para un arma militar, la realidad es que proporcionaban un anclaje bastante sólido. Si nos fijamos en la foto de la izquierda, veremos que la cola de milano estaba fresada formando un trapecio con la parte más ancha hacia adelante. Para montar el visor solo había que introducir las bases y empujar a tope, bastando su ajuste para inmovilizar el visor. Pero cada vez que se efectuaba un disparo, la inercia empujaba el visor hacia adelante, aumentando así el bloqueo. Asombrosamente básico, pero bastante eficiente. Para desmontar el visor bastaba empujarlo hacia atrás hasta extraerlo, sin más historias.

Otra particularidad era que, al disparar, el tubo se deslizaba por las anillas hacia adelante. Aunque su campo ocular era un poco mayor que el del Warner & Swasey, apenas alcanzaba los 5 cm., lo que podía dar más de un golpe en la ceja al tirador. Además, su posición en el arma obligaba a usar una carrillera de cuero para ajustar la cara a la culata (ver foto inferior). Así, cuando se producía el disparo, el tubo avanzaba de forma que dejaba más espacio para manipular el cerrojo y, además, permitía activar el seguro a voluntad. Antes de volver a hacer puntería había que tirar para atrás del visor y devolverlo a su posición original. No era precisamente un adelanto tecnológico ya que, caso de tener que repetir el tiro con rapidez, se perdía la oportunidad de escabechar al enemigo, pero eso era lo que había y, además, en este caso la recarga de munición sí había que efectuarla cartucho a cartucho porque el visor estaba justo encima de la ventana de expulsión. Sea como fuere, la cosa es que las ópticas yankees estaban por aquella época a años luz de los fabulosos visores fabricados por tedescos y austriacos, equiparables en calidad a un visor moderno.



Aunque el visor tampoco despertó un entusiasmo desmesurado por las razones expuestas, en plena guerra no había mucho donde elegir, y las prestaciones del Winchester eran en todo caso superiores a las del 
Warner & Swasey del ejército. Así pues, cuando los yankees se sumaron a la fiesta adquirieron 500 visores que no tuvieron apenas tiempo de mostrar sus prestaciones en combate. A titulo orientativo, el estándar de la época requería que el arma fuese capaz de acertar en la cabeza de un hombre a 200 yardas y en el cuerpo a 400, lo que tampoco era para tirar cohetes a la vista de la mortífera precisión de los francotiradores enemigos. En 1928, la Lyman Gun Sight Co. compró los derechos del A5 a la Winchester, siguiendo en producción durante varios años más hasta la 2ª Guerra Mundial. Para terminar, en la foto de la derecha podemos ver la funda de transporte, provista de una correa para llevarla en bandolera. La tapa era deslizable, y en el interior traía impresa de fábrica una lista de correcciones rápidas similar a la del Warner & Swasey.

El mortífero Davis (1888-1828). Palmó durante
una operación para solucionarle un problema
pulmonar derivado de haber respirado gas en
la guerra
En fin, con esto terminamos. Imagino que más de uno se habrá quedado un tanto perplejo ante los modelos de visor presentados, dando por hecho que los yankees dispondrían de material de lo más novedoso, pero ya hemos visto que no fue así. No obstante, su cometido como francotiradores tras pasar por las escuelas de tiro de los british (Dios maldiga a Nelson) les permitió demostrar su capacidad. Recordemos que, al fin y al cabo, los yankees procedían de un país donde se rinde culto a las armas, y muchos de ellos eran gente de campo que aprendían a disparar antes de echar los dientes. De hecho, se dio más de un caso de tiradores que hicieron gala de una precisión asombrosa disparando con las miras abiertas del fusil, como el soldado Herman Davis, perteneciente al 113 Bon. de Infantería y que, sin la ayuda del visor, liquidó a pelo a los cuatro servidores de una ametralladora tedesca a nada menos que 900 metros de distancia. Davis, que tenía ya 30 años cuando se alistó, preguntó a sus colegas por qué no callaban de una puñetera vez a la dichosa máquina, a lo que le respondieron que estaba a 1.000 yardas de distancia, demasiado lejos para acertarles. Davis replicó que "esa es una buena distancia de tiro", encaró su Springfield y escabechó a los cuatro tedescos en un avemaría. El Davis este debía tener la vista de un águila como poco y, naturalmente, le dieron mogollón de medallas, faltaría más.

En fin, vale por ahora. No creo haberme dejado atrás, pero si así ha sido, pues ya lo arreglaré si me acuerdo.

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONADAS:


Tirador yankee con su Springfield 1903 provisto de un visor Warner & Swasey modelo 1913. Obsérvese la culata pintada de camuflaje, lo que denota que los sobrinos del tío Sam aprendieron pronto que en el Frente Occidental las cosas no estaban para bromas, y que los "huns", como llamaban a los tedescos, tenían más peligro que Toro Sentado y todos sus cuñados juntos

domingo, 15 de noviembre de 2020

CARCANO 1891/38, EL ARMA QUE MATÓ A KENNEDY

 

¿Quién no conoce esta icónica imagen? Fue tomada junto a otra más por Marina Oswald en el patio de su casa en la calle Neely, en Dallas, con una cámara réflex Imperial a petición del controvertido Lee Harvey Oswald, que según la mentalidad yankee fue el más despiadado asesino del mundo superado solo por Caín y el más villano del planeta solo por debajo de Judas Iscariote. En la foto aparece empuñando el fusil Carcano con que escabecharía al amado y odiado JFK el 22 de noviembre de 1963 desde el sexto piso del almacén de libros escolares de Dallas donde curraba el asesino. En la cadera derecha se atisba el revólver Smith&Wesson modelo Victory en calibre .38 Special con el que liquidó al probo agente Tippit apenas 45 minutos después de perpetrar el atentado más famoso del siglo XX. No creo que haya habido un crimen que haya hecho correr más tinta y haya dado lugar a más documentales y películas, para no hablar de las mil y una teorías sobre supuestas conspiraciones que empezaron a tenerse en consideración cuando el fiscal de distrito de Nueva Orleans Jim Garrison, que fue llevado a la pantalla grande por Kevin Costner en la peli de Oliver Stone "JFK", procesó a Clay Laverne Shaw, un renombrado empresario y al parecer miembro de la CIA que, según sus indagaciones, podría estar implicado en un tremebundo complot y cuyo proceso acabó en agua de borrajas. Se han hecho tropocientas simulaciones de la secuencia de los tres disparos, cienes y cienes de pruebas balísticas, se ha calculado la posición de Júpiter en el momento del crimen por si podía haber ejercido alguna influencia chunga en Oswald e incluso se ha estudiado cuántos gorriones había en el momento del atentado sobre la plaza Dealey por si alguna cagadita volátil pudo afectar la trayectoria de la famosa "bala mágica" y, tras atravesar el cuello de Kennedy, producir tres heridas al gobernador de Tejas. Pero, a pesar de ello, al día de hoy la verdad oficial la sigue ostentando el tocho con las conclusiones de la archifamosa comisión presidida por el entonces presidente del Tribunal Supremo Earl Warren, así que nos ceñiremos a dichas conclusiones y que cada cual piense lo que le de la real gana. Pero antes de llegar al crimen habrá que empezar por el origen del arma asesina, digo yo... ¿o no?

Salvatore Carcano (1827-1903)
Lo último que podía imaginar Salvatore Carcano cuando correteaba por las calles de su Bobbiate natal era que su apellido quedaría eternamente unido a uno de los magnicidios más famosos de todos los tiempos. Carcano, que con apenas diez años se había quedado sin padre y tuvo que dejar de ir a la escuela para ponerse a currar, pasó una farragosa juventud a raíz de los conflictos que acabaron derivando en la unificación de Italia. Con 21 años se alistó en la Artillería Lombarda y, aunque carente de estudios, nuestro hombre debía tener un talento natural para la cosa mecánica porque solo unos meses más tarde, en enero de 1849, se unió al ejército del Piamonte como técnico en reparaciones de artillería. Ciertamente, era uno de esos hombres con una inteligencia innata que les permite desmontar un carro de combate con una llave del 10-11 y volverlo a montar sin mirar siquiera las instrucciones, porque en sus ratos libres se dedicó a inventar los chismes más variopintos, desde trampas para ratones a extintores de incendios automáticos o sistemas de iluminación por gas o electricidad, lo que le valió tras concluir su periplo militar tres años más tarde para entrar en la Regia Manifattura d'Armi di Torino (Real Fábrica de Armas de Turín), donde no tardó en alcanzar el grado de maestro de primera clase. Pronto demostró que su inventiva iba mucho más allá de diseñar ratoneras, porque desarrolló maquinaria para fabricar cañones de fusil, bayonetas e incluso sistemas de retrocarga para armas ligeras.

.577/.450 Martini-Henry comparado con un .303 British.
El de la izquierda, con un proyectil de 480 grains y carga de
pólvora negra, da una energía de 2.630 julios. El de la 
derecha, con un proyectil de 150 grains y carga de cordita,
3.463 julios. Conclusión: el gordo acojona más
pero mata menos que el canijo
Recordemos que a partir del tercer cuarto del siglo XIX tuvo lugar una verdadera explosión de creatividad que permitió dejar atrás las vetustas armas de avancarga por las de retrocarga, que mataban más y mejor, así como la reducción de sus calibres gracias a la invención de la pólvora sin humo. Si alguien no capta qué tiene que ver eso de los calibres pequeños con el tipo de pólvora, se resuelve con una facilísima ecuación: pólvora negra de combustión lenta +  proyectil pesado = energía cinética suficiente para matar. Pólvora sin humo de combustión rápida + proyectil ligero = energía cinética suficiente para matar. Si la energía cinética se obtiene de la masa por la velocidad al cuadrado dividido por dos, o sea, Ec = 0,5 x (m x v²), pues tenemos que si el propelente imprime al proyectil poca velocidad, este tendrá que ser pesado para obtener una energía cinética adecuada. Si por el contrario el propelente arde tan rápido como para impulsar el proyectil a gran velocidad, pues no hace falta que sea pesado porque la velocidad compensa su falta de masa. ¿Qué tenía de interesante eso de usar calibres más pequeños? Principalmente, que el soldado podría portar una dotación de cartuchos tres o cuatro veces mayor y, no menos importante, los cañones no se ensuciarían tanto ni precisarían de una limpieza constante del ánima para mantenerlos en buen estado, aparte de obtener una precisión y un alcance mayores. Pero bueno, no quiero enrollarme con esto más que lo justo para que los que desconozcan estos detalles se pongan al día, así que volvamos a la  vida y milagros del probo italiano.

Salvatore Carcano en su vejez
La carrera de Carcano fue tranquila pero en constante ascenso, siendo promocionado cada vez a puestos de mayor responsabilidad. En 1854, el conde de Cavour, uno de los principales artífices de la unificación, le encargó la fabricación de 50.000 cañones estriados para fusil a fin de que el reino de Cerdeña (Italia aún no existía) pudiera participar en la Guerra de Crimea en igualdad de condiciones que sus aliados: Francia (Dios maldiga al enano corso), Inglaterra (también a Nelson, naturalmente) y Turquía (y a los malditos agarenos también, qué carajo). Pero era evidente que el camino a seguir no estaba en reciclar armas obsoletas, y menos cuando los enemigos naturales de Italia eran los prusianos y, sobre todo, los austriacos. Al cabo, algunos territorios del país que iba surgiendo de la unificación formaron parte del Sacro Imperio y, posteriormente, el nordeste de la nueva nación- el Véneto- estaba bajo el dominio del imperio Austro-Húngaro. Y el problema era que los prusianos ya habían adoptado el nuevo sistema de aguja con su flamante Dreyse, y la eficacia de las nuevas armas quedó demostrada cuando los belicosos prusianos les dieron las del tigre a sus primos austriacos en la batalla de Sadowa, librada el 3 de julio de 1866 en el contexto de la guerra de las Siete Semanas, un breve pero intenso debate que sirvió para dejar clara la hegemonía prusiana de cara a la reunificación de Alemania. 

Fusil de aguja mod. 1860-67 obtenido de la unión del fusil de avancarga
modelo 1860 y el cerrojo patentado por Carcano en 1867
En dicha batalla se llevaron la palma con un porcentaje de bajas de cuatro a uno a favor de los tedescos, despejando por completo las dudas acerca de la eficacia del sistema de aguja cargándose a 40.000 austriacos de una tacada. Por otro lado, los gabachos también habían adoptado el Chassepot aquel mismo año, así que no  les quedaba más remedio que mandar a paseo a su vetusto armamento si no querían ser barridos del mapa en la primera batallita decente que se organizase. 
Apenas un mes más tarde de la sonada escabechina de Sadowa se formó la comisión de turno, como no podía ser menos, para ir buscando el relevo a su desfasado arsenal, si bien la idea era optar por una solución de circunstancias ya que las arcas del nuevo país contenían más aire que oro. O sea, en vez de diseñar y fabricar un arma nueva, reciclar las que ya tenían, concretamente el fusil de avancarga modelo 1860. Obviamente, la culata, guarniciones y el cañón podían ser aprovechados, así que solo habría que idear un sistema para adaptarles un mecanismo de retrocarga de aguja, todo ello sin que el costo de la modificación superase las diez liras. 

Aspecto del cerrojo cerrado y abierto. En la foto inferior se aprecia la
fina aguja que percutía el pistón del cartucho. La aleta situada en la
parte trasera era el sistema de seguro, bastante eficiente por cierto.
En el guardamontes, delante del gatillo, vemos el pulsador que
permitía extraer la cabeza del cerrojo. La parte trasera se sacaba
presionando el gatillo
El cerrojo elegido fue el Doersch-Baumgarten alemán que montaba el fusil 1861, pero el método seguido para unirlo al fusil italiano resultó bastante deficiente, sobre todo debido a las fugas de gases que se producían por un mal ajuste al arma receptora del nuevo cerrojo, así como por las grandes cantidades de residuos del pólvora que se acumulaban en los mecanismos. 
Y aquí intervino de nuevo el ingenio de Carcano, que llevó a cabo una serie de modificaciones en el cerrojo que eliminaron los problemas iniciales y permitiendo la puesta en servicio del que sería el Fucile di Fanteria modello 1860/67, del que se fabricarían inicialmente 18.000 unidades. El arma en cuestión disparaba un cartucho que contenía una bala de nada menos que 17 mm. con un peso de 555 grains impulsada por una carga de 69,5 grains de pólvora negra con la que obtenía una Vo de 316 m/seg. que, a su vez, proporcionaba una energía de 1.797 julios. Como vemos, estos calibres con aspecto de abatir a la primera a un elefante picado de tábanos no eran tan contundentes como su aspecto podría sugerir. Por lo demás, este nuevo cerrojo, patentado aquel mismo año, se conoció ya con el nombre de su creador, y sirvió de base para el futuro fusil 1891. Por lo demás, el invento no solo le proporcionó una gratificación bastante generosa, sino también el ascenso a inspector jefe de 1ª clase de su amada fábrica de Turín, donde desarrolló toda su carrera.

El Remington pontificio. En los detalles podemos ver el cartuchos que
disparaba, así como el punzonado con el emblema del Vaticano
Sin embargo, y como ya sabemos, la vida operativa del sistema de aguja fue bastante breve. Los cartuchos de papel eran muy sensibles a la humedad, las agujas se rompían una cosa mala y la obturación de los cerrojos no era todo lo estanca que debía. Por otro lado, las vainas de latón eran las que claramente tomaban ventaja al permitir fabricar una munición que podía lloverle, ensuciarse con barro, vísceras o sudor sin que se viese afectada. Bastaba limpiarla o secarla antes de introducirla en el arma para que funcionasen, así que no pasó mucho tiempo para que los Dreyse, Chassepot, Carcano y demás inventos revolucionarios de anteayer cayeran en la obsolescencia. En el caso de los italianos, lo tuvieron claro en 1870, apenas tres años después de la entrada en servicio del nuevo fusil, cuando el V Cuerpo de Ejército al mando del general Raffaele Cadorna entró en Roma y se enfrentaron con las tropas pontificias, armadas con el Remington Rolling Block de calibre 12,7
x45R Pontificio (la coletilla era de una obviedad palmaria), el mismo modelo que tan brillantes servicios prestó en el ejército español y que dejó un poco preocupado a los italianos porque el armamento papal le daba veinte vueltas a sus Carcanos de aguja.

En la foto superior vemos el Vetterli-Bartoldo, y en la inferior el
Vetterli-Vitali, un arma mucho más conocida por todos
Nueva comisión al canto que, finalmente, se decidió por el fusil suizo Vetterli modelo 1870, un arma de cerrojo monotiro de calibre 10,35
x47R.  Con todo, nada más adoptar el arma ya se planteó modificarla para obtener de ella un fusil de repetición como Dios manda, así que el capitán de ingenieros Giovanni Bertoldo y el capitán de artillería Giuseppe Vitali empezaron a buscar una solución aceptable al problema. Tras diseñar ocho versiones diferentes, el resultado final fue el modelo 1870/82, una carabina provista de un cargador tubular para nueve cartuchos diseñado por Bartoldo  que solo fue adoptada por la Regia Marina. Vitali, por el contrario, optó por un cargador de petaca para cuatro cartuchos que fue adoptado por el ejército y que fue denominado como Vetterli-Vitali 1870/87.

Paul Vieille (1854-1939). El primer cartucho que usó su nueva
pólvora fue el 8x50R para el fusil Lebel modelo 1886
Pero en esta ocasión Italia también llegó un poco tarde, porque en 1884 el gabacho
Paul Marie Eugène Vieille inventó la pólvora de base nitrocelulósica que permitió olvidarse de los calibres elefantiásicos para dar paso a municiones mucho más ligeras pero, como hemos visto, mucho más letales. Pero en esta ocasión, antes de diseñar una nueva arma decidieron buscar en primer lugar qué calibre sería el más adecuado. Tedescos y austriacos se habían decantado por el 8 mm., así que prefirieron uno inferior que permitiría a las tropas aumentar la dotación de cartuchos. Las opciones iniciales eran de 6 y 6,5 mm. La decisión final la tendría la Comisión de Armas Ligeras dirigida por el general de artillería Gustavo Parravicino y convocada en la Escuela de Tiradores de Parma. En la fábrica de Brescia se prepararon dos cañones de ambos calibres cuya munición, inicialmente con reborde, usaba balistita como propelente, pero los resultados no pudieron ser peores debido a la erosión que producía en los cañones, así como su inestabilidad ante los cambios bruscos de temperatura. Así pues, se desechó y se cambió por solenita, un propelente tubular hueco similar a la cordita usada por los british. Finalmente, en abril de 1889 se acabaron decidiendo por el calibre 6,5 con una bala de plomo con camisa de una aleación de cupro-níquel al 15%. Para no alargarnos más en este aspecto, comentar solo que tuvieron infinidad de problemas debido a que no daban con un paso de estrías adecuado, lo que producía un desgaste excesivo en el último tramo del ánima, así como desprendimiento de la camisa. Una vez solucionado, más o menos, toda esta serie de problemas, era la hora de buscar el fusil.

El Arsenal de Turín actualmente
El 31 de diciembre de 1891 se realizó una convocatoria para seleccionar la nueva arma. De todas las fábricas estatales solo se presentaron las de Turín, Terni y Torre Annunziata. Turín presentó un millar de unidades designadas por la comisión como Tipo nº 1; Terni y Torre Annunziata, otro millar entre ambas que fueron designadas como Tipo nº 2, siendo todo el material enviado a seis regimientos para someterlos a pruebas, durante las cuales se decidió sustituir la vaina con pestaña por una sin reborde sugerida por Luigi Scotti, de la Fábrica de Municiones de Bolonia, lo que obligó a modificar los cerrojos para la nueva vaina. Tras efectuar las pruebas oportunas con el nuevo cartucho, cuya denominación final fue de 6,5
x52 mm., el 5 de marzo de 1892 la comisión aprobó definitivamente el modelo presentado por la fábrica de Turín, o sea, el diseñado por Carcano, que fue oficialmente aceptado en el Acta Ministerial Nº 59 de fecha 29 de marzo. Por fin, tras un larguísimo embarazo, había nacido el germen del arma que acabaría con la vida del trigésimo quinto presidente de los Estados Juntitos. En cuanto a nuestro hombre, recibió una jugosa gratificación por sus méritos y en 1896 se retiró con el rango de jefe técnico principal de 1ª clase. Palmó en Turín en 1903.

No obstante, aún hubo que hacer un pequeño cambio porque Carcano había diseñado un sistema de carga basado en el de Mauser, que salía excesivamente caro de fabricar. Por ello, se prefirió adoptar el sistema de Mannlicher, al que se le pagó la suntuosa cifra de 300.000 liras como royalty, el equivalente aproximado a 1.300.000 dólares de nuestros días. El sistema Mannlicher era en realidad más cómodo y eficiente que el de Mauser. El primero funcionaba mediante clips se seis cartuchos que solo había que introducir en el cargador, mientras que el de Mauser era a base de peines de cinco cartuchos que había que colocar en una ranura del cajón de mecanismos, empujar la munición hacia el cargador, retirar clip del peine y, finalmente, acerrojar el arma. Veamos con detalle el sistema Mannlicher para comprobar que, en efecto, era más eficiente aparte de permitir un cartucho más. Antes de nada, una observación: 
los clips se fabricaron tanto de latón como de acero estampado y no se podían recargar a mano porque se doblaba la chapa. En teoría eran desechables, pero los que se podían recoger eran enviados a las fábricas de municiones para reutilizarlos en munición de fogueo o de entrenamiento. Para distinguirlos de los nuevos se les troquelaba una cruz. Aclarado esto, prosigamos. 

Figura A: Vemos el clip introducido en el cargador. Queda sujeto por el retén (flecha blanca) cuya uña se introduce en cualquiera de las muescas que vemos en la parte trasera (foto del detalle superior), por lo que no tenían derecho ni revés. Este retén se usaba solo cuando se quería extraer un clip sin gastar, ya que si se agotaba la munición caían por una ventana de expulsión situada bajo el cargador (foto de la derecha). Al introducirlo se comprime la teja elevadora (flecha roja), y a continuación se acerroja el arma, introduciéndose el primer cartucho en la recámara.

Figura B: Ya hemos gastado tres cartuchos. La teja elevadora va ascendiendo, empujando la munición por la acción del resorte marcado con la flecha verde.

Figura C: Los seis cartuchos se han disparado. Al introducir el último en la recámara, el clip sale por la ventana de expulsión y cae solo. Una vez disparado ese último cartucho se abre el cerrojo, se introduce un clip lleno, se acerroja y el arma queda lista de nuevo para abrir fuego. Como creo que es evidente, es un sistema más rápido que el de Mauser.

Fusil Carcano modelo 1891, el padre de la saga
Bien, esta fue la génesis del Carcano que, por cierto, es frecuente verlo nombrado erróneamente como Mannlicher-Carcano por el sistema de carga, o incluso como Carcano-Parravicino por el general que, como vimos antes, presidió la comisión para elegir el cartucho, pero que no tuvo nada que ver con el diseño del fusil. Su nombre es Carcano a secas, con el añadido del año y del tipo de arma, fusil o carabina, pero nada más. A lo largo del tiempo fueron surgiendo diversas variantes para artillería y caballería y una versión para truppi speciali, abreviado como TS que, en realidad, no se refería a unidades de élite, sino a las que por su cometido no precisaban del fusil largo normal, sino de uno más corto. Igualmente, se fabricaron en calibre 7,35
x51 y hasta en 8x57 mm. Mauser, pero hoy no toca hablar de la historia de los Carcano, sino del que se usó para escabechar a Kennedy. Así pues, el que nos ocupa y que veremos a continuación fue el Fucile Corto modello 1891/38, variante que ha dado pie a muchas confusiones por parte de los cuñados ahítos de documentales pero que no se aclaran porque afirman que el arma homicida fue el muy parecido Moschetto TS modello 38

¿En qué se diferencian? Veámoslo. En la foto de la derecha tenemos tres modelos, cada uno de ellos con su identificación. El de abajo es el que usó Oswald y que se conserva en los Archivos Nacionales yankees. El de arriba es el Moschetto 38 TS, que es el que se suele prestar a más confusión, y el del centro es el modelo 91/24, una variante creada para aprovechar los cañones con el estriado desgastado por el final del ánima, por lo que se recortaban y se convertían en mosquetones. Bien, no hace falta ser un Sherlock Holmes para captar las diferencias, pero por si alguno no las ve las he señalado: las alzas y los engarces de las bayonetas son distintos, por lo que no hay lugar a dudas. Además, el cañón de los erróneos tienen una longitud de 455 mm. en el TS y de 452 mm. en el 91/24, mientras que el del 91/38 es de 536 mm. Finalmente, observemos las bayonetas. La A era para el 91/24, la B para el TS, y la C para el 91/38, un curioso modelo de daga-bayoneta plegable que podía llevarse siempre engarzada en el cañón. Así pues, y para que ningún cansino nos suelte el rollo de turno, la respuesta es más que evidente: el arma que usó Oswald fue un Fucile Corto modello 1891/38 y punto.

Este fusil surgió a raíz de la necesidad de armas largas surgida en Italia cuanto entró en guerra en 1940. Sus mecanismos son exactamente iguales a los del viejo modelo 91, y por señalar solo las diferencias y así acabamos antes, aparte de tener un cañón más corto la palanca del cerrojo se dobló en codo como las carabinas fabricadas anteriormente, y lo más peculiar era su alza fija a 300 metros (foto de la izquierda). Aunque parezca un atraso, en realidad tenía bastante lógica. Esas miras de fusil graduadas hasta dos kilómetros carecían de sentido en una guerra moderna, donde se combatía a distancias mucho más cortas. Considerando la trayectoria tensa del 6,5
x52, si apuntamos a un objetivo situado a solo 50 metros la bala impactará como mucho unos 5 cm. por encima del punto señalado, y si lo hacemos contra un objetivo a 400 metros impactará a menos de 15 cm. por debajo. Es decir, que en cualquier caso el fulano que recibe el balazo queda listo de papeles, y en este fusil en concreto no hablamos de un arma superguay para aliñar enemigos a kilómetro y medio, sino para producir bajas a distancias por lo general de no más de 100 o 150 metros.

Pinchar para verlo a tamaño real
Bien, así fue como se gestó el arma asesina. El modelo 91/38 en cuestión se fabricó durante los años 1940 y 1941 en las fábricas de Terni (514.800 unidades) y Gardone Val Trompia (66.000 unidades), y únicamente a lo largo de 1940 en la Beretta (40.000 unidades) y en Brescia (40.000 
unidades), por lo que se alcanzaron un total de 660.800 ejemplares que, tras la guerra, tuvieron los destinos más dispares, entre ellos ir a parar a las empresas dedicadas a la adquisición de surplus militares. En este caso, una partida de Carcanos de al menos dos modelos fueron a parar a la Crescent Firearms Co. de Nueva York, que a su vez vendió un lote a la firma Klein's Sporting Goods Co., de Chicago. Fue un anuncio de esta última publicado en el número de febrero de 1963 de la revista "American Rifleman" el que marcaría el comienzo de la gestación del atentado. Como se puede ver, ofrecían una "carabina italiana de 6,5" sin especificar el modelo por el módico precio de 12,88 dólares con la opción de servirlo con un visor de 4x18 por solo 7,07 dólares, lo que subiría el precio total a 19,95 dólares. Además, ofrecían 108 cartuchos con sus correspondientes clips por solo 7,50 dólares y poder así pegar unos tiritos con los colegas. A todo ello habría que añadir 1,50 dólares por gastos de envío.

Pero, si se fijan, el arma que aparece en el anuncio no era el Fucile Corto Modello 1891/38 (foto B), sino el Moschetto Modello 1891/24 (foto A) que hemos mencionado antes. ¿Por qué lo cambiaron? No se sabe. Posiblemente se agotaría el que aparece en el anuncio y empezaron a servir el otro. Total, ambos eran una "carabina italiana", y por menos de 13 dólares tampoco se quejarían muchos. Si vemos el Garand M1 que aparece encima, cuesta 89,95 pavos, así que el Carcano lo ofrecían a un precio irrisorio. De hecho, era un arma que había cosechado muy mala fama cuando, en realidad, sus estándares de producción eran más que aceptables para ser un arma militar. Parece ser que el origen de la leyenda de arma poco fiable e imprecisa se debió a lotes de munición con cargas y proyectiles diferentes, lo que impedía hacerse con un control adecuado del arma. Sea como fuere, lo cierto es que no gozaba de prestigio. Sin embargo, fue la elegida por Oswald. ¿Por qué, si un poco más arriba aparece un magnífico Springfield 1903 del 30-06, un calibre mucho más potente, por 36,38 dólares?

Las razones pudieron ser muchas, desde algo tan simple como que Oswald estuviera tieso en aquel momento o, tal vez, porque el Carcano se ajustaba más a sus planes. Era un arma pequeña, de solo 102 cm. de largo, lo que permitía ocultarla o llevarla encima sin llamar la atención. De hecho, cuando transportó el arma el día del atentado la envolvió en papel diciendo que eran barras de cortina. Su calibre era suficiente para dejar seco a cualquiera y su visor, aunque bastante cutrecillo, de esos de marca blanca bajo la firma "Optics Ordnance Inc." de Hollywood y fabricado en Japón, tenía unas características que lo hacían perfecto para disparar sobre un blanco móvil a menos de 100 metros. Sus cuatro aumentos permitían una rápida toma de miras tras cada disparo, y sus 18 mm. de foco le daban un campo de visión muy amplio, lo que facilitaba la adquisición de un objetivo en movimiento. De hecho, los visores más adecuados para montería, aparte de los pijos que prefieren lucir un Zeiss de 3.000 pavos con un foco de 40 mm., son los de 22 mm. ya que son los más idóneos para enfilar a un bicho que galopa entre la maleza abarcando un amplio campo visual, que en los visores se reduce a medida que aumenta el diámetro del foco. 
Así pues, el 13 de marzo de 1963, la Klein's recibió el cupón de la revista (foto de la derecha) con un pedido a nombre de un tal A. Hidell-uno de los muchos alias que usó Oswald-, de 28 años de edad, y como dirección de envío el apartado de correos 2915 de Dallas. Junto al cupón iba un comprobante del giro postal efectuado el día anterior por un importe de 21,45, o sea, el precio del arma con visor más los gastos de envío. El día 20, la Klein's envió por correo el Carcano 91/38 con número de serie C2766 que permitiría al malvado entre los malvados perpetrar la más vil fechoría desde que Adán mordió la manzana.

El archicanalla espera que el vehículo presidencial tome la curva
de la calle Elm para enfilar la calle Houston, momento en que
abrirá fuego. Son las 12:30 horas
No vamos a redundar en el atentado en sí porque creo que, salvo las tribus amazónicas, todo el mundo se sabe de memoria cómo se llevó a cabo. Solo señalar que la Comisión Warren, así como otros muchos investigadores independientes, realizaron mil y una pruebas para corroborar si Oswald habría sido capaz de efectuar tres disparos en un tiempo que se calcula entre 4,8 y 7,1 segundos (tomando como válido un tiempo de 3 segundos para repetir cada uno y considerando que para el primero ya tenía el arma cargada) y que, encima, uno de ellos fuese casi perfecto ya que acertó en la base posterior del cuello, por lo que es obvio que apuntaba a la cabeza, mientras que otro fue un disparo profesional. Acertar en la cabeza a un blanco en movimiento- según la medición de la velocidad de la película Zapruder, el coche iba a 18 km/h en el momento fatal-, situado a unos 80 metros de distancia y desde una cota superior no era cosa de novatos (la diferencia de altura cambia el punto de impacto, lo que el tirador debe tener en cuenta para corregir la puntería). No se sabe qué fue del tercer disparo que falló, ni en qué orden salió del arma si bien el gobernador Connally afirmó haber oído un disparo sin que ocurriese nada, y fue el segundo el que lo hirió. En todo caso, lo cierto es que los testimonios de los testigos fueron absolutamente dispares, cada cual escuchó uno, dos, tres y hasta seis disparos, y ni siquiera se pusieron de acuerdo en el orden de los mismos respecto a las heridas.

Así debió ser lo que Oswald vio por su visor japonés de 7 dólares cuando
acertó a Kennedy en el cuello y, de paso, producir tres heridas a Connally
Otra de las muchas controversias surgidas tras el atentado para alimentar las teorías conspiranoicas fue precisamente la supuesta incapacidad de Oswald para realizar dos disparos muy buenos con un solo fallo, una hazaña propia de un francotirador. Se ha repetido la escena por los mejores tiradores yankees tanto del ejército como de la Asociación Americana del Rifle y, en realidad, es imposible probar algo tan relativo. Durante su periplo militar, Oswald fue debidamente adiestrado en tiro por instructores cualificados, y sus puntuaciones, sin ser excepcionales, estaban en el límite inferior de la que se exigía a los francotiradores. Esto, traducido a un paisano, significaría que era un tirador excelente. Por otro lado, se sabe que tras abandonar el ejército siguió practicando el tiro con armas de calibre .22, y cuando un tirador conoce el comportamiento de su arma suele ser infalible a una distancia tan escasa. El testimonio del mayor Anderson, uno de los expertos citados por la Comisión Warren, creo que no deja lugar a dudas cuando afirmó qu
e "...en comparación con otros Marines que recibieron el mismo tipo de entrenamiento, Oswald fue un buen tirador, algo mejor o igual que el promedio. En comparación con un civil que no había recibido este entrenamiento intensivo, sería considerado un tirador de bueno a excelente". Dicho testimonio se vio corroborado por otro experto, el sargento Zahm, que aseguró que "con el equipo que tenía y con su habilidad lo considero un tiro muy fácil (el del cuello)". En resumen, no era ni remotamente el pésimo tirador que pelis como la de Oliver Stone pretendieron hacernos ver.

Tres minutos después del atentado, Oswald abandonó el arma y se largó del depósito de libros. Hacia las 13:00 horas, el ayudante del sheriff Luke Mooney reparó en una pila de cajas de cartón delante de la ventana de donde habían partido los disparos, aunque en aquel momento aún se desconocía la posición del tirador. Unos 10 minutos después encontró tres vainas, lo que se comunicó al capitán Fritz, jefe del departamento de homicidios de la policía de Dallas. Fritz ordenó que nadie tocase nada hasta que se presentaran los técnicos del laboratorio de criminalística para la recogida de pruebas y tal. El fusil apareció a las 13:22 entre dos filas de cajas cerca de la escalera del sexto piso (foto de la izquierda). El teniente Day, experto en dactiloscopia, comprobó que en el arma no había huellas, entre otras cosas por la textura áspera de la madera, así que lo que habría sido la prueba rotunda se acababa de esfumar. 

Cartucho que se recuperó del arma homicida
A continuación, el capitán Fritz procedió a abrir el cerrojo, siendo expulsado un cartucho sin disparar. Nuevo dilema: si los clips venían de fábrica con seis cartuchos, ¿dónde estaban los dos que faltaban? Uno pudo ser, aunque no quedó claro, el que se empleó para atentar el anterior 10 de abril contra el mayor general Edwin Walker cuando estaba en su casa a las 21:00 horas del aquel día. Se recuperó una bala que pasó muy cerca de su cabeza cuando estaba en su despacho, pero la bala en sí no aportaba nada hasta que, meses más tarde, se relacionó con el arma de Oswald. No obstante, el proyectil no pudo ser identificado de forma irrefutable, y la Comisión Warren basó la supuesta intervención de Oswald en testimonios de su mujer, cogidos con alfileres, y notas de su marido supuestamente a modo de despedida por si lo detenían dando detalles sobre el estado de las finanzas domésticas, pero que en realidad podían interpretarse de muchas formas. O sea, que le colgaron el marrón.

Instante en que Ruby dispara contra Oswald. Curiosamente, el único que
parece sorprendido es el agente Leavelle. El resto, o aún no se han dado
cuenta de nada o parece como si esperasen que algo así iba a ocurrir
En fin, así se perpetró el magnicidio. Como podrán imaginar, hemos tenido que hacer un esfuerzo notable para sintetizar los cientos de páginas del informe de la Comisión Warren para entresacar lo más relevante y, obviamente, omitiremos los pormenores del asesinato de Tippit ya que este se realizó con otra arma. Todos sabemos cómo acabó Oswald, tiroteado cuando iba a ser trasladado desde la cárcel de Dallas. Al salir de la misma iba escoltado por los agentes Leavelle a su derecha, Graves a su izquierda y Montgomery detrás, mientras que el capitán Fritz se había adelantado al vehículo que los conduciría a la cárcel del condado. En aquel momento y aprovechando la avalancha de periodistas que aguardaban la salida de Oswald, surgió de entre la multitud el misterioso Jack Ruby, que le pegó un único pero definitivo tiro con un revolver calibre .38 Special que lo liquidó al cabo de hora y media, falleciendo a las 13:07. El crimen dio mucho que hablar tanto en cuanto había nada menos que 70 policías presentes y nadie lo vio entrar ni nadie fue capaz de impedir el asesinato
 si bien, como es lógico, ¿quién reacciona con la rapidez de un rayo ante una acción semejante? Oswald, herido mortalmente en el abdomen, fue trasladado al hospital Parckland donde dos días antes habían conducido el cadáver de Kennedy, que con el boquete que tenía en la cabeza aún pretendieron reanimarlo, y al gobernador  Connally.

En fin, el que quiera profundizar en este tema puede consultar el informe de la Comisión Warren, que se puede leer de cabo a rabo en la red y llegar a las conclusiones que prefiera. ¿Mató Oswald a Kennedy? La única persona que lo sabía, el mismo Oswald, se llevó el secreto a la fosa y, a pesar de las desclasificaciones de documentos y tal cuando pasen 75 años de los hechos me temo que, si verdaderamente hubo una conspiración, los testimonios que impliquen a la CIA, a la NSA, la mafia o al lechero se los habrán comido los ratones. Aún no se sabe ni se sabrá donde nació Colón, ni tampoco dónde fue a parar el cadáver de Jimmy Hoffa, así que no creo que lo de Kennedy se sepa jamás si es que verdaderamente hay algo que saber. En lo que a mí respecta, solo hay algo que no me cuadra: los fotogramas 312 al 315 de la película Zapruder. 

Fotograma 312: Kennedy se lleva las manos al cuello mientras que Connally da muestras de haber sido alcanzado.

Fotograma 313: La nube rosa. En teoría, el impacto abre un tremendo orificio de salida, esparciendo fragmentos de cerebro y hueso, pero la cabeza de Kennedy no sale despedida hacia adelante sino hacia atrás. He visto ese fotograma cienes de veces y no tengo dudas. La energía del disparo lo lanzó contra el asiento.

Fotograma 314: La parte trasera de la cabeza aparece aparentemente intacta. Mientras tanto, el cuerpo del presidente resbala hacia su izquierda.

Fotograma 315: Aún sigue saliendo restos de la cavidad craneana por la herida sin que en la nuca de Kennedy se vea nada raro. Su cuerpo sigue resbalando sobre el de su mujer.

Por lo tanto, la frente debería presentar un boquete del tamaño de una manzana, pero si vemos las fotos de la autopsia lo que aparece es esto otro: la frente aparece intacta salvo un desgarro en la parte superior de la sien derecha. Sin embargo, la parte trasera está completamente destrozada. De hecho, para hacer las fotos que muestran el supuesto orificio de salida tuvieron que coger el colgajo de cráneo y cuero cabelludo y sujetarlo con la mano, porque todo el parietal derecho estaba hecho literalmente puré. ¿Cómo es posible? ¿Otra..."bala mágica" que producía efectos contrarios a lo habitual? En fin, tras casi 60 años, cientos de libros sobre el tema y miles de informes y páginas cada cual da una opinión, por lo que saber la verdad se me antoja imposible. Así pues, como decíamos al principio, mientras no aparezca una prueba definitiva que no aparecerá nunca, el asesino de Kennedy fue Lee Harvey Oswald.

Hale, he dicho


Fotograma de la película Zapruder en la que se ve al agente del Servicio Secreto Clinton Hill
encaramarse en la trasera del coche presidencial mientras que el conductor William Greer, que inicialmente confundió los disparos con el petardeo de una moto, acelera. Jacqueline Kennedy, que parece querer ayudar al agente, en realidad estaba recogiendo los trozos de sesos y cráneo de su marido, pero al ver a Hill hizo intento de ayudarlo a subir. Y digo yo: ¿cómo había restos de la cabeza de Kennedy precisamente por donde había recibido el disparo, cuando lo lógico es que hubiesen salpicado a Connally y a su mujer, que iban justo delante? Misterio misterioso...