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viernes, 10 de marzo de 2023

HERIDAS DE GUERRA. EXTRACCIÓN DE FLECHAS Y VIROTES

 

HAROLD REX INTERFECTVS EST, que en román paladino viene a querer decir "Al rey Harold se lo han cargado". Harold palmó en Hastings a consecuencia de un flechazo en el ojo que lo dejó listo de papeles. Ahí lo ven, intentando extraer la flecha. Vano intento, porque la extracción hacía aún más daño

En las pelis, principales propaladoras de camelos, es habitual ver caer redondo al suelo al fulano que le meten un flechazo, como si más bien le hubieran metido una bala en el cerebro. Más raramente, el herido parte el asta para impedir que se le clave más o no le estorbe para seguir combatiendo. Bueno, sírvanse borrar de sus magines todas las chorradas que han visto en las películas y todos los embustes propalados por sus cuñados. Mienten como bellacos, de modo que vamos a ponernos al día en lo tocante a una de las facetas más importantes de la cirugía militar tanto en cuanto las heridas de flecha eran, desde los tiempos más remotos, causa de multitud de bajas entre los ejércitos en liza.

Antes y después de la avería ocular
No se sabe cuándo se empezó a desarrollar una técnica quirúrgica para la extracción de estos proyectiles, pero es lógico pensar que su uso militar debió aguzar el ingenio del personal para idear una metodología razonablemente eficaz. Dejando de lado los evidentes riesgos de sepsis y/o tétanos, era evidente que dejar un cuerpo extraño paseándose por los recovecos del organismo no era nada recomendable, y ya los antiguos griegos habían evolucionado lo suficiente como para crear escuela y, además, diseñar los instrumentos quirúrgicos adecuados para facilitar las extracciones, así como el tratamiento a seguir con los heridos para lograr su recuperación. Todos conocemos las reconstrucciones forenses que se han llevado a cabo para devolver al fiero y desmedido Filipo II su aspecto cuando aún habitaba en su envoltura carnal, y muestra le herida que le provocó la enucleación del ojo derecho por una flechazo recibido durante el cerco a la ciudad de Metone en 354 a.C. Como vemos en la foto, la flecha penetró por el arco superciliar de arriba abajo. Parece ser que lo cazaron mientras inspeccionaba las murallas enemigas, así que el flechazo partió del adarve. Cabe suponer que al ojo se lo reventó
 la flecha allí mismo, pero extraer la punta en una zona donde bien pudo quedarse la punta incrustada en el hueso no era cosa baladí. Sin embargo, dicha punta se extrajo y la herida sanó satisfactoriamente aunque le dejara el careto con un aspecto un tanto desagradable. Pero antes de entrar en el meollo de la cuestión, quizás convenga aclarar cómo era una herida de flecha y sus efectos.

Orificio de entrada de un proyectil de arma de fuego en el muslo
de un ciudadano, posiblemente de un calibre de arma corta. Como
podemos ver, no resulta muy aparatoso y apenas sangra
Aunque hoy día se han hecho estudios que comparan los efectos de un flechazo a los de un disparo con postas, colijo que es la enésima gilipollez pseudo-científica para justificar subvenciones. Los efectos de una posta- o una bala cualquiera- se basan en la transmisión de la energía cinética que alcanza gracias a su velocidad y su peso, que al impactar contra un cuerpo producen un trauma y, una vez dentro, lesiones en tejidos musculares, tendones, ligamentos o huesos. Pero, salvo que el destrozo sea importante o se vean alcanzados vasos sanguíneos de los gordos u órganos vitales, no es definitivamente incapacitante. Un proyectil moderno en sí no produce daños una vez que se detiene, y lo que acusa el herido es el trauma producido por el golpe y los daños en músculos y huesos. De hecho, una vez recuperado del shock inicial y administrado algún opiáceo para calmar el dolor, el herido puede incluso seguir operativo una vez realizada una primera cura. Ojo, hablamos de un disparo con munición normal, no un postazo a bocajarro que le arranca un brazo a cualquiera. Por otro lado, si la herida es un sedal que solo ha hecho carne, sin tocar nada importante, lo que queda es una molestia que se mitiga con analgésicos (doy fe). Sin embargo, una punta de flecha es más malvada.

Herida causada por una punta de caza moderna. Estas puntas están
afiladas literalmente como navajas barberas, por lo que si la herida
se hubiese producido en la cara interna del muslo podría haberle
seccionado la safena o la femoral y adiós muy buenas
Un proyectil, aunque sea disparado por una ballesta de torno, no llega ni de lejos a acumular la energía cinética de uno disparado por un arma de fuego salvo que sea uno de esos calibres enanos que matan poquísimo. Sin embargo, su coeficiente balístico es muy superior, lo que le permite atravesar defensas corporales que no acusarían los golpes o puntazos de otro tipo de armas. Más aún: mientras que un chaleco antibalas moderno detiene una bala disparada por un poderoso .357 Magnum, no servirá de nada contra una flecha, que atravesará las placas de Kevlar. Su escasa energía no provocará un shock al ceder su energía al cuerpo, e incluso en el fragor del combate puede que el herido ni se entere salvo que le acierten en algún sitio chungo. Mientras penetra, la punta producirá distintos efectos según su morfología. Un pasador o un cuadrillo serían lo menos malo y lo más parecido a una bala ya que su carencia de filos produciría un orificio más o menos limpio. Aún más, si el proyectil solo hacía carne y no se incrustaba en un hueso, incluso sería posible extraerlo dando un tirón del astil, si bien eso solía ser contraproducente como luego veremos.

Fémur perforado por una punta barbada. Obsérvese el astillamiento
longitudinal que produjo la presión del proyectil sobre el hueso. En
estos casos, la extracción se complicaba extraordinariamente
Pero si la punta es una barbada en cualquiera de sus variantes, la cosa es distinta. Una barbada producirá un corte limpio de masa muscular, tendones, ligamentos, vasos sanguíneos y todo lo que pille. Por esa razón, provocará una intensa hemorragia aún sin llegar a interesar una vena o una arteria importante. Y cuando por fin se detiene, se podría decir que es cuando comenzaba lo peor. El herido se ve con una cuchilla dentro de su cuerpo. Una cuchilla que seguirá produciendo daños cada vez que se mueve, con el consiguiente riesgo de que dañe algún órgano, víscera o vaso sanguíneo momentáneamente ileso. Y, además, produce un dolor bastante enojoso cada vez que el astil se mueve. El herido ni se atreve a pestañear, y procura salirse del campo de batalla a la espera de recibir ayuda o intentar hacerse una cura. Lo tiene crudo, la verdad. La punta le ha metido en el cuerpo tierra (recordemos que los arqueros solían clavar en el suelo su dotación de flechas para acelerar la cadencia de tiro), óxido o cardenillo si se trata de una punta de bronce. Recordemos que el cardenillo es venenoso y, aunque no se suela mencionar, no era raro que impregnaran sus flechas con porquerías varias.

Probo matasanos procurando extraer una punta de flecha del
muslo del héroe de turno. Obsérvese el fórceps con que intenta
sacar el proyectil. Su diseño permaneció inalterable durante siglos
Naturalmente, al herido ni se le ocurre extraer la flecha. El más mínimo tirón hace que las barbas se claven en la carne, provocando un dolor absolutamente lacerante. Además, sabe que es habitual que las puntas no estén fijadas a los astiles con un remache pasante, sino pegadas con cera o algún pegamento orgánico de la época. Esa práctica no solo estaba destinada a abaratar los costes de fabricación, sino también a que, en caso de querer sacar la punta, esta se desprendiera del astil y se quedase dentro, complicando mucho más la extracción. Y, por si fuera poco, los estabilizadores solían pegarse describiendo una leve curvatura helicoidal respecto al eje del astil para imprimir un giro a la flecha, algo similar al efecto que produce el estriado de un cañón. Esta disposición aumentaba la precisión en el vuelo, pero tenía un efecto secundario muy desagradable: la punta entraba en el cuerpo girando, por lo que el desgarro producido era aún más grave. En resumen, esta sería de forma muy resumida la lista de consecuencias de un flechazo, a los que debemos añadir los derivados de las infecciones, gangrenas, septicemias y demás cosas chungas incluyendo palmarla rápidamente.

Bien, lo que hemos descrito es, grosso modo, una herida de flecha. Ya en su día se publicó una articulillo donde dábamos cuenta de la evolución de estos artefactos, pero no estaría de más plasmar aquí un breve recordatorio. De izquierda a derecha tenemos un mínimo compendio de las tipologías más representativas, ya que a lo largo de la historia se fue formando un catálogo extensísimo. En primer lugar tenemos una punta de arponcillo, un diseño propio de la Península Ibérica usado por nuestros ancestros y fabricada con bronce fundido o hierro. Observen el cruel y pequeño arpón que impedía su extracción, mientras que sus dos filos harían una buena escabechina en las carnes de la víctima. La siguiente es una punta barbada que creo no requiere comentarios. Imaginar esa cosa hincada en cualquier parte de nuestra anatomía da grima. La siguiente es otra tipología de barbada que, aunque en apariencia sea menos terrorífica, podía causar más dificultades para extraerla debido a la extensión de las puntas hacia fuera, lo que requeriría una intervención más compleja. Finalmente, tenemos la típica punta "todo uso" lanceolada que, dentro de lo malo, era lo menos dañino, al menos de cara a una extracción.

A continuación podemos ver una muestra de cuadrillos y pasadores, puntas muy difundidas en la Edad Media para vulnerar las defensas corporales del enemigo, especialmente las armaduras de placas. Se trata de puntas con cubo de enmangue o pedúnculo (la del extremo derecho) con sección piramidal o cónica. Obviamente, su capacidad de penetración era muy superior, y concretamente los pasadores estaban concebidos para colarse entre las anillas de las lorigas. Estos modelos, debido a sus aguzadas puntas, solían partirse al impactar con algún hueso, lo que provocaba que, aunque la punta se extrajera exitosamente, quedase dentro un resto que podía provocar y, de hecho, provocaba, una infección más las lesiones subsiguientes. Como ya podemos imaginar, llevar a cabo una intervención para localizar una partícula metálica en aquella época era una mera utopía. Por lo tanto, se dejaba allí y solo tocaba encomendarse a San Sebastián, patrón de los asaeteados. Más aún, se han encontrado puntas con orificios aparentemente inútiles en sus cubos de enmangue ya que no servirían para alojar un remache ni nada por el estilo. Se ha deducido pues que su misión era sujetar fragmentos de hierro que se desprendían al penetrar en el cuerpo, por lo que si no te mataban de mismo flechazo se aseguraban de que la septicemia o el tétanos posterior te mandase a la fosa.

Bien, hecho este pequeño compendio flechero para ponernos en contexto, vayamos sin más demora al meollo de la cuestión: ¿cómo se extraían las puñeteras puntas?

Curioso diorama a tamaño natural que nos muestra al ciudadano Súsruta
hurgando en el ojo de un probo paciente, que es moralmente apoyado en
tan difícil trance por su compadre y su  cuñado para ver si lo dejaban tuerto
Las primeras referencias acerca de métodos para la extracción de flechas las tenemos en el Súsruta Samhita, una compilación de tratamientos médicos para los males más dispares y cirugía desarrollados por Acharya Súsruta, un probo matasanos hindú considerado como el padre de la cirugía que vivió allá por el siglo VI a.C. Este sesudo ciudadano practicaba las extracciones realizando incisiones en la carne según el tipo de punta, optando si era preciso por empujarlas hasta que salieran por el lado opuesto ya que, de ese modo, se evitaban intervenciones extremadamente agresivas que se solían realizar en vivo. Por lo visto, hasta operaba cataratas como quien pone una tirita, de modo que su talento queda fuera de toda duda.

Cabe suponer que los conocimientos del Súsruta éste pudieron llegar a Europa gracias al megalómano Alejandro, porque hasta su excursión a los confines del mundo nadie tenía noticia de lo que se cocía en el Lejano Oriente. Ojo, esto es una conjetura mía, porque en la Ilíada- cuya datación es aún tema de intensos debates- ya aparece la figura del ιατρός (iatrós, médico), que asistía a los aqueos heridos por los troyanos extrayendo las flechas y aplicándoles emplastos a base de yerbajos que aliviaban el dolor. Los griegos temían sobre todo a las flechas envenenadas usadas por los escitas, que tenían la fea costumbre de embadurnar sus proyectiles con un tósigo fabricado a base de veneno de serpientes mezclado con la carne podrida de esos animalitos tan repelentes, y todo ello combinado con excrementos humanos. La porquería esa la enterraban en estiércol y la dejaban fermentar hasta que el nivel de descomposición la hacía especialmente mortífera. Con todo, colijo que tanta floritura era prescindible, porque para inocular un tétanos de antología no hacía falta tanta parafernalia. A la derecha tenemos un grabado decimonónico que nos muestra a Macaón, hijo de Asclepio y corregente con su hermano Poladirio de la ciudad-estado de Tricca, en Tesalia, extrayendo la flecha que el alevoso Pándaro incrustó en el cuerpo de Menelao. Macaón, que aunaba a su faceta de monarca la de matasanos, es una figura un tanto legendaria, pero el hecho de ser mencionado como un 
ιατρός especialmente hábil es un claro indicio de que el tratamiento y curación de este tipo de heridas eran ya cosa común en la Europa de la época.

Arquero escita y τοξόται (toxotai, arquero) cretense
Sea como fuere, parece ser que el σκυτικον τοξικός (skytikon toxikós, veneno escita) tenía unos efectos absolutamente desagradables, ya que provocaba una necrosis de los tejidos- seguramente por el veneno de la serpiente-, acompañada de hinchazón en las extremidades, vómitos y convulsiones. Si el afectado no palmaba en pocas horas, pues los ejércitos de bacterias contenidas en la caquita que formaba parte de la fórmula desencadenaban una gangrena gaseosa que lo remataba en dos o tres días. En fin, algo muy desagradable. Por cierto que el término “tóxico” proviene precisamente del veneno usado por los escitas, que lo lanzaban con sus arcos, τόξo (tóxo, arco en griego). En todo caso, y en prevención de la existencia del puñetero veneno, tras la extracción de la punta se succionaba la herida para intentar eliminarlo. Sí, tal como sale en las pelis cuando al memo de turno le pica la serpiente malvada que pasaba por allí. 

Bien, aunque se supone que el hindú Súsruta ya disponía de una amplia panoplia de instrumental quirúrgico, la noticia del más antiguo que se conoce procede también de Grecia. Se trata de la “cuchara de Diocles” (κυαθίσκος τομ Διοκλέους, kyathískos toý Diokléoys) que podemos ver a la derecha. Ojo, es una reconstrucción del instrumento basada en la descripción del mismo que dio Aulo Cornelio Celso (c. 25 a.C.- 50 d.C.), porque no se tiene constancia de la existencia de ningún ejemplar original y, de hecho, algunas fuentes incluso niegan la existencia de ese chisme. No obstante, no veo motivo para pensar que Celso se entretenía contando camelos en sus escritos, pa qué mentí... Diocles era un afamado médico natural de la isla de Caristo que, al parecer, fue el que extrajo a Filipo la flecha que lo dejó tuerto, probablemente con el instrumento que mostramos. Como vemos, tenía el extremo ensanchado y con forma cóncavo-convexa, con unos labios en la parte cóncava (Fig. A) cuya misión era envolver las barbas de la flecha para impedir que se clavaran en la carne al tirar de ella. La punta de la misma se introducía en el orificio que vemos en el extremo de la cuchara para tirar de la punta sin necesidad de otro instrumento o fórceps. En la figura B podemos ver el reverso o parte convexa. 

Ojo, alcanzar la punta a extraer no era precisamente fácil ni indoloro. Primero había que localizar la posición del objeto, para lo que habría que hurgar en la herida con una sonda hasta saber exactamente su trayectoria y si se había clavado en un hueso ya que, de ser así, la extracción se debía llevar a cabo con otros métodos. Si era viable, entonces se abría un poco la herida y se separaban los bordes de la misma para introducir la cuchara, atrapar la flecha y, finalmente, extraerla. Esta operación podía durar pocos minutos, pero colijo que los alaridos del herido debían oírse en la Atlántida por lo menos. No obstante, es más que evidente que la cuchara de Diocles permitía una extracción menos cruenta y evitaba desgarros y/o lesiones internas muchísimo peores que el hecho de agrandar limpiamente la herida para facilitar el uso de la dichosa cuchara. Por cierto, este instrumento podía emplearse tanto si la punta conservaba el astil como si este se había desprendido al intentar sacar la flecha en plan compadre, que era lo habitual. Pero, por otro lado, los que reconstruyeron el instrumento parece ser que no tuvieron en cuenta un detallito, y es que cada flecha podía tener una anchura distinta. Ello obligaría a llevar encima cucharas de varios tamaños o, lo que se me antoja más probable, una única cuchara articulada como si de unas tijeras se tratase, de forma que los labios de la parte cóncava pudieran envolver cualquier punta y, apretando firmemente los dedales, tirar de ella. En resumen, un chisme como el que vemos en la ilustración, mezcla de cuchara y fórceps y que ha sido recreado por este menda.

Con todo, florituras quirúrgicas aparte, el instrumental básico del mundo antiguo para este tipo de intervenciones es el que vemos en la foto. Un escalpelo, un cuchillo, unos separadores, un fórceps y unas tijeras. Con eso, más la abrumadora dosis de dolor lacerante, se solían ventilar la mayoría de extracciones que, en muchos casos, terminaban de mala manera si el médico tenía más de tundidor de mejillas que de galeno y se le daba mejor rasurar jetas o sacar muelas que puntas de flechas, y todo ello sin contar los efectos secundarios derivados de una casi segura infección. Porque sabemos que al macedonio Alejandro también lo hirió una flecha, como a su padre, a Menelao o al mismo Macaón, pero lo que desconocemos, entre otras cosas porque nadie lo mencionó en su día, es la cantidad de fulanos que palmaron por un flechazo, bien porque la punta seccionó una arteria y se vació en dos minutos, bien porque le atravesaron la cabeza de lado a lado y ahí ya no había nada que operar, o bien porque una septicemia, una gangrena o un tétanos galopante lo remató antes de una semana.

El excelso Celso aplicando unas ventosas para extraer los malos
humores, de cuyo equilibrio dependía la buena salud
Con el paso del tiempo y el chorreo de ciudadanos heridos por flechas, es obvio que la técnica para extraerlas fue evolucionando sin prisa pero sin pausa. Buena prueba de ello es la obra de Celso DE RE MEDICA LIBRI OCTO (en román paladino, Los Ocho Libros de Medicina), en la que dedica un capítulo del séptimo volumen a la extracción de puntas de flecha, glandes de plomo y piedras arrojadas por hondas y escorpiones. Sin embargo, fue Pablo de Egina (625-690), un sesudo médico bizantino, el primero que dedicó un estudio en profundidad a este tema, especificando el método a seguir según el tipo de punta lo que, junto a la situación de la herida y lo que la flecha había profundizado, podría hacer conveniente practicar la expulsión antes que la extracción, sobre todo si el astil permanecía unido a la punta. Por lo tanto, en base a la exploración realizada por el médico como acto previo a la intervención quirúrgica a realizar, si se apreciaba que la flecha casi había atravesado el cuerpo o una extremidad del herido, o incluso era evidente que la punta casi había aflorado o roto la piel del lado opuesto, no había lugar a dudas: se procedía a empujarla por el lado del orificio de entrada. Esto permitía eliminar la malvada flecha con un mínimo de berridos y de destrozos extras en la anatomía del sujeto, que se veía con un sedal menos cruento que la escabechina necesaria para una extracción convencional. Solo en caso de haber interesado un vaso importante o, por supuesto, un órgano de los que hacen falta para seguir vivo, las cosas se complicaban, pero eso ya se sale de nuestro tema, que es las extracciones en sí.

En el caso de que el astil se hubiera desprendido y la posición de la flecha aconsejaban la extirpación, previamente había que averiguar el sistema de fijación de la punta al mismo para saber cómo actuar. Si se trataba de una punta con pedúnculo como la de la ilustración de la derecha, se recurría a un PROPVLSORIVM (empujador), que era la sonda que vemos en la figura A. Previamente se abría la herida con los separadores para localizar el pedúnculo, tras lo cual se insertaba este en el extremo del PROPVLSORIVM y se empujaba con un movimiento seco y rápido para abreviar el trance. Si se trataba de una punta con cubo de enmangue, se empujaba con un PROPVLSORIVM (Fig. B) que, en vez de tener la punta hueca, tenía un cono que se ajustaba al diámetro del cubo y, una vez aflorada la punta, se empujaba del mismo modo que hemos explicado antes o se ayudaban haciendo uso de un fórceps. La intervención se remataba con la aplicación de los emplastos habituales y se dejaba la herida abierta para que supurase la pus que se produciría en poco tiempo. Si el sujeto podía con la infección, saldría vivo del brete y en poco tiempo estaría nuevamente operativo luciendo un chirlo más en su anatomía. Por cierto que, antes de iniciar la eliminación de la flecha, Pablo recomendaba ligar los vasos sanguíneos interesados, técnica que empezó a desarrollar Galeno. Obviamente, la sutura de los mismos era un procedimiento menos irritante que la aplicación de cauterio habitual hasta entonces.

En caso de que la situación de la punta no permitiera su expulsión se recurría a la extracción, lo que era preciso cuando dicha punta había tocado hueso y era imposible empujarla, o bien cuando se había detenido a punto de herir algún órgano o vaso sanguíneo importante. En cualquier caso, como se ha dicho, en primer lugar se ligaban los vasos sanguíneos interesados, tras lo cual se procedía a abrir la herida y buscar la punta. Una vez localizada y en vista de su morfología, se procedía a extraerla, bien usando la cuchara de Diocles o los instrumentos que vemos en la ilustración, dos sondas rematadas por sendas cucharillas de forma angular que se colocaban a ambos lados de la flecha para impedir que las barbas se clavaran en la carne mientras se tiraba de la misma con la ayuda de un fórceps. Como ayuda a la extracción, antes de empezar a tirar se procuraba romper las puntas de las barbas o se cubrían con unos tubitos metálicos, siempre buscando que no dañaran aún más la zona herida. Por cierto que, en caso de que se sospechase que la flecha estuviera envenenada, aparte de succionar la herida se eliminaba el tejido afectado, lo que supongo daría lugar a otra sesión de berridos muy desagradables. 

Y si la punta se había incrustado en un hueso, pues la sesión de berridos se vería alargada, porque antes de iniciar la extracción en sí había que liberar la flecha. Para ello, lo habitual era romper cuidadosamente los bordes del orificio con un cincel. Un hueso vivo "atrapa" cualquier cosa que se clave en él, dificultando su enormemente la liberación del objeto. Por ese motivo, en caso de que la punta estuviera profundamente clavada, no quedaba otra opción que romperlo y, tras sacarla, tratar la herida como una fractura independientemente de las lesiones producidas en la carne. Si por el contrario la flecha no había profundizado demasiado, se podía intentar sacarla sin dañar el hueso según el método que vemos a la derecha, que nos muestra una barbada clavada en un fémur. En estos casos, el cirujano procuraba deslizar un fino alambre o un cordel provistos de un lazo corredizo por delante de las barbas y, ayudado con un fórceps, sacar la punta del hueso. Una vez liberada se procedería como una extracción normal según hemos explicado. Está de más decir que todo este proceso debía ser increíblemente doloroso, y la consecución del mismo no era cuestión de dos minutos porque había que actuar en todo momento despacio y con cuidado de no hacer más daño del que ya había provocado la maldita flecha.

CORDA FORTIS BALLISTÆ
La llegada del medioevo supuso una involución en temas médicos. La prohibición por parte de la Iglesia de estudiar en cadáveres y la reclusión en los SCRIPTORIA de los beaterios de las obras de los autores del mundo antiguo, así como la prohibición de ejercer la medicina a los frailes que eran los únicos que tenían acceso a dichas obras, hizo que todo el conocimiento atesorado por hombres como Galeno o Pablo de Egina quedara relegado al olvido. Las hemorragias volvieron a tratarse con la aplicación de cauterio y, para los casos de extracciones un poco complejas, se limitaban a dejar la herida abierta, serrando el astil un poco por encima de la herida en caso de que este no se hubiera desprendido. Tras varios días, la misma infección ya había reblandecido los tejidos de forma que sacar la punta era menos complicado, aunque el herido tenía todas las papeletas para palmarla por una septicemia de caballo o un tétanos a lo bestia. La mínima asepsia de antaño fue simplemente olvidada, y el riesgo de contraer cualquier enfermedad chunga notablemente elevado. No obstante, uno de los más destacados continuadores de la ciencia olvidada durante la Edad Media fue Henri de Mondeville (c. 1260-1316), que fue de los primeros médicos occidentales en recuperar la teoría de realizar las extracciones cuanto antes para alejar en lo posible el riesgo de infecciones. Además, parece ser que fue el creador del método que muchos toman como un camelo de la época y que consistía en extraer flechas con la ayuda de una ballesta como vemos en la lámina de la izquierda.

Otro cirujano que llevó a cabo un impulso notable en lo referente a las extracciones de flechas fue John Bradmore, que vivió durante la segunda mitad del siglo XIV y murió en 1412. Bradmore fue el autor de PHILOMENA, un tratado de cirugía bastante innovador, y gracias a sus habilidades como orfebre diseñó un extractor fue que usado hasta tiempos modernos. Consistía en una sonda partida en dos por cuyo interior corría un vástago que abría la punta a medida que se atornillaba. Así, una vez escaldada la herida con aceite hirviendo y aplicando el cauterio para cerrar los vasos afectados, introducía el extractor por el cubo de enmangue de la punta y lo abría hasta que la presión lo bloqueaba por completo, pudiendo tirar de la flecha o, en este caso, del cuadrillo, sin temor a dejarlo atrás. Con este chisme fue con el que pudo curar a Enrique V, al que uno de estos cuadrillos se le incrustó en plena jeta en la batalla de Shrewsbury, en 1403. Finalmente, dejaba la herida abierta para que drenada introduciendo un tampón impregnado con esencia de trementina.

Este instrumento también era válido para la extracción de puntas barbadas. Como vemos en la lámina de la izquierda, bastaba con embutir los cañones de dos plumas en las barbas, algo similar a la técnica de los clásicos que, en vez de plumas, usaban finos tubos de metal. De esta forma se impedía que las barbas se clavaran en la carne mientras se tiraba del extractor hasta sacar la punta. A continuación se procedía de la misma forma que la descrita en el párrafo anterior para sanear la herida y aminorar en lo posible el riesgo de infección.

Litografía de Hans von Gensdorff que muestra
a un cirujano hurgando con una sonda en el pecho
de un herido buscando la punta de flecha
Con todo, no fue hasta la llegada del Renacimiento cuando se pudieron recuperar las obras de los clásicos, así como de los hebreos y agarenos que las habían usado para aprender y mejorar sus técnicas. El más aventajado de todos los médicos de su época fue Ambroise Paré (1510-1590), del que ya hemos hablado en alguna ocasión y que es considerado como padre de la cirugía moderna. Paré fue el que, entre otras cosas, recuperó la ligazón de vasos antes de iniciar la intervención para aminorar las hemorragias que, hasta aquel momento, aún se seguían tratando con cauterio. Del mismo modo, impulsó el saneamiento de la herida mediante escarificación y una irrigación a base de aguardiente y vinagre en detrimento del cauterio al uso en la época. Obviamente, los tratamientos de Paré no estaban al alcance de todo el mundo, y menos de la abnegada y sufrida tropa de la época, pero al menos sentó las bases que marcaron la evolución para el tratamiento de este tipo de heridas. Los avances de Paré se debieron, entre otras cosas, a la realización de autopsias y estudios de cadáveres que, supongo llevaría a cabo en secreto para no caer en el entredicho eclesiástico. En aquella época, cualquier práctica contraria a los dogmas ya sabemos como podía terminar. Pero que nadie crea que con la llegada de las armas de fuego y la extinción progresiva de las ballestas en los campos de batalla se terminó la historia de las heridas por flechas.

De hecho, aún quedaban en el planeta probos homínidos cuya escasa tecnología les obligaba a continuar dependiendo de arcos y flechas para defenderse, como quedó patente en las guerras mantenidas por los yankees para robar sus tierras a los nativos en el Nuevo Mundo. De hecho, los médicos militares del ejército USA tuvieron que seguir haciendo frente a este tipo de heridas cada vez que sus tropas tenían un violento cambio de impresiones con las belicosas tribus que se resistían a someterse al ojo blanco. Por ello, las doctrinas y métodos de Pablo de Egina se mantuvieron vigentes siglos después de que su creador se largara de este atribulado mundo, siendo seguidas sobre todo por el coronel Joseph Bill, un afamado cirujano castrense que se puede decir que calcó los tratamientos de Pablo de Egina, sobre todo en lo referente a abreviar al máximo la extracción, la localización e identificación de la flecha, la apertura de la herida para facilitar la extracción e incluso el uso de los dedos en vez de sondas para ubicarlas correctamente antes de iniciar la intervención. Hasta diseñó un nuevo tipo de fórceps especialmente robusto para facilitar la extracción de flechas incrustadas en huesos que podemos ver en la ilustración de la izquierda. Ese chisme podía abrazar con gran fuerza cualquier tipo de punta independientemente del sistema de fijación al astil y tirar con fuerza del mismo para desincrustar la punta. 

Y la historia aún no acabaría aquí. Durante la 2ª Guerra Mundial, aún se produjeron unas 5.000 bajas entre los aliados que combatieron en Asia y se enfrentaron a tribus hostiles, y en Vietnam también pudieron probar lo irritante que es un flechazo cuando algún panoli era víctima de una trampa para bobos o de cualquier camboyano o vietnamita cabreado por haber visto su aldea reducida a pavesas a causa del napalm. En fin, incluso hoy día se siguen tratando heridas de flecha entre los aficionados al tiro con arco y, por supuesto, a la caza con arco, que a veces dicen que confunden a un venado con su cuñado para darle matarile sin tener que pasar por los tribunales. Y, por supuesto, las producidas por miembros de unidades de élite que prefieren el arco al silenciador para aplicar una muerte silenciosa pero eficaz a sus enemigos. En fin, estas heridas aún tienen mucho recorrido por delante.

Bueno, ya'tá.

Hale, he dicho

sábado, 6 de noviembre de 2021

ESPADAS DE MANO Y MEDIA

 

Dos probos duelistas dándose estopa con espadas de mano y media. Aprender a dominar este tipo de armas aseguraba tener muchas opciones de salir airoso de cualquier brete, la fuese en batalla, en una justa o enfrentándose a un cuñado que aparece de repente para darte un sablazo. Pero no de espada, sino de dineros

Hace unas cuantas semanas, 319 para ser exactos, que no dedicamos un articulillo a las espadas medievales. En este... breve (ejém...) lapso de tiempo se han estudiado espadas romanas, espadas japonesas, espadas de coraceros, sables de caballería e incluso bastones estoque, pero teníamos relegado en el más profundo olvido la cosa espataria del medioevo que, mira por dónde, tuvo su postrera entrada dedicada a los estoques, los hermanos menores de las espadas de mano y media que trataremos hoy. Al final del artículo pondré el enlace a la misma por que alguien quiere repasarla o, simplemente no la leyó en su día pero, en todo caso, haremos un breve introito para recordar cómo y por qué surgieron estas armas.

Como ya se explicó en su día, los diseños de las distintas tipologías que surgieron al comienzo de la baja Edad Media estuvieron íntimamente relacionados con la evolución del armamento defensivo. Las espadas al uso hasta los albores del siglo XIII eran las herederas de las espadas vikingas que, a su vez, eran la consecución de la SPATHA usada por los romanos. Hablamos de armas provistas de una hoja ancha, de filos paralelos o levemente ahusada hacia la punta, recorrida por una acanaladura casi en la totalidad de la longitud de la misma y con pomos de un peso relativamente escaso para desplazar el centro de gravedad hacia la punta que, generalmente, tenía una tendencia redondeada. ¿Qué quiere decir eso? Pues que estaban destinadas a herir preferentemente de filo. Los testimonios gráficos de la época son bastante explícitos, como podemos apreciar en los ejemplos de la foto inferior.


La figura 1, perteneciente al Códice Manesse (c. 1304), nos muestra la escena de una justa en la que uno de los contendientes acaba de hendir el yelmo de su adversario. Obsérvese que las empuñaduras, generalmente de entre 9 y 10 cm. de largo, bloqueaban perfectamente la mano para impedir que la espada saliera despedida al asestar el golpe. La figura 2, del SPECVLVM VIRGINVM (c.1200), muestra una escena muy parecida: un combatiente hiende el yelmo de su enemigo antes de caer muerto ya que, como vemos, él mismo ha recibido una herida similar. Finalmente, en la figura 3 podemos ver una de las vívidas escenas de batallas de la Biblia Maciejowski (c. 1240) en la que, además de ver cómo un guerrero hunde su espada en la cabeza de un enemigo, otros dos aparecen muertos con señales evidentes de heridas de cortes en brazos y cabezas, e incluso una de ellas aparece tirada en el suelo. Las espadas que producían estas tremendas heridas pertenecen a los tipos X y XI de la Tipología Oakeshott, que será la que usaremos de guía para este artículo por estar al alcance de todo el mundo. Ambas estuvieron operativas hasta la segunda mitad del siglo XII y principios del XIII, pero debemos tener en cuenta un detalle importante para despejar prejuicios pegados como lapas al magín del personal: las distintas tipologías de armas medievales no caducaban como un yogur, que a partir de mañana hay que tirarlo a la basura. Cuando hablamos de que tal tipo se usó entre tal y tal año quiere decir que fue su época de mayor difusión, pero no que, como en este caso, en el año 1201 hubieran desaparecido todas.

Como ya sabemos, las espadas eran armas caras, y su vida útil se estiraba todo lo posible. Por poner un ejemplo, la Ley Carolingia fijaba el precio de una espada con su vaina en 7 sólidos de oro, que era lo que cualquier artesano ganaba en medio año de trabajo. No obstante, eso no quiere decir que no hubiese piezas más valiosas en manos de nobles adinerados que las encargaran con decoraciones, grabados o piedras de valor o que, por otro lado, se fabricaran con el paso del tiempo armas de inferior calidad, asequibles a milicianos con escasos medios económicos o que, simplemente, se compraran una de segunda mano. Con todo, muchos milicianos no podían acceder a una de estas armas- la mayoría, de hecho-, por lo que su panoplia se limitaba a algún tipo de arma enastada, generalmente derivadas de aperos agrícolas como ya se ha explicado varias veces, y un scramasax como arma de apoyo en caso de perder su armamento principal. En cualquier caso, ya sabemos que los que tenían menos papeletas para palmarla en combate eran, lógicamente, los caballeros, hombres de armas o milicianos con poder adquisitivo para poder costearse un armamento defensivo adecuado: loriga y calzas de malla, perpunte, yelmo y escudo, aparte de la incuestionable ventaja que suponía combatir encaramado en sus poderosos pencos. En la foto de la izquierda podemos compararlos: por un lado tenemos a un miliciano cuyas defensas se limitan a un perpunte y una capelina, y por otro un caballero forrado literalmente de hierro y con una panoplia más extensa y de mayor calidad. Ya podemos imaginar quién tenía más opciones de volver a casa razonablemente entero o incluso vivo.

A partir del siglo XIV, los milicianos y peones empiezan a disponer de un armamento defensivo más adecuado mientras que los profesionales de la guerra perfeccionan aún más el suyo con la adición de placas de metal o de cuero hervido, con lo que las espadas de una mano diseñadas para herir de corte van perdiendo eficacia. Cada vez son menos las zonas vulnerables a un tajo, y una cosa sí estaba clarísima: cada golpe que se propinaba era devuelto por el adversario si dicho golpe no había podido dejarlo fuera de combate o, al menos aturdido el tiempo suficiente para asestar otro más que pudiera escabecharlo. Esto hizo que la espada, arma por antonomasia de cualquier guerrero desde tiempos inmemoriales, fuera perdiendo protagonismo en favor de otro tipo de armamento con menos alcurnia pero mucho más eficaz: las mazas, los martillos, los alcones o hachas de armas y los picos de cuervo sí eran capaces de vulnerar las defensas de los caballeros y hombres de armas. Una maza barrada podía hundir un yelmo y fracturar el cráneo del que vivía debajo del yelmo. El pico de un martillo, ídem, para no hablar de la devastadora contundencia de un hacha de armas. Así, la omnipresente espada se vio relegada a la condición de arma de apoyo, aparte de la cuestión simbólica para determinar el estatus de la casta militar. En la ilustración de la derecha tenemos un ejemplo de miliciano mediados del siglo XIII, concretamente un ballestero. Estos hombres, por lo general artesanos o campesinos con un poder adquisitivo equiparable al de la clase media actual, podían costearse un equipo bastante aceptable. En este caso, nuestro hombre dispone de una camisa y una gola de malla, un perpunte para el cuerpo y unos perniles hasta las rodillas, y un capacete para protegerle la cabeza. Como armamento, además de la ballesta tiene un puñal y una espada. Con una protección semejante cada vez era más complicado acabar con ellos de un tajo de espada.

Caballero armado con una armadura de transición
de mediados del siglo XIV. Empuña un estoque de
una mano
Fue precisamente la evolución del armamento defensivo lo que motivó la aparición del estoque, modificando sus hojas de corte por otras de sección en diamante, mucho más rígidas y capaces de penetrar, si no las placas de metal, al menos colarse entre las rendijas que quedaban entre las mismas, perforando los jacos o las lorigas que, como refuerzo, se vestían debajo de estas primeras armaduras que, en puridad, no eran inicialmente más que cotas de tela que llevaban remachadas por la parte interna placas de hierro. Aún faltaba un poco de tiempo para que aparecieran las armaduras de transición que, esta vez sí, cubrían el cuerpo del combatiente de pies a cabeza, dejando apenas sitio donde meter un puntazo fatal: las ingles, las axilas y, con suerte, la cara si el enemigo se había levantado el visor para tener más capacidad visual o por verse sofocado debido a la falta de aire. Pero lo uno lleva a lo otro, y en este caso nos encontramos con que estos guerreros se podían permitir prescindir del escudo, con lo que la mano izquierda quedaba libre para ayudarse a manejar la espada con más potencia, más rapidez y, sobre todo, con una variedad de golpes imposibles de asesar con una espada de una mano. Así pues, a mediados del siglo XIV empieza a ganar popularidad una tipología provista de una empuñadura más larga para poder empuñarla con ambas manos, así como con hojas más largas y rígidas para vulnerar las defensas del enemigo. Espadas que se podían usar a caballo con una mano cuando se llegaba al contacto con el enemigo y no había espacio para manejar la lanza o esta se había roto en el choque, pero que también era válida para combatir a pie porque la infantería cada vez era menos proclive a salir huyendo ante la presencia de caballos coraza y no eran raras las ocasiones en las que los jinetes debían descabalgar y presentar batalla sin sus preciados y costosísimos pencos que, durante siglos, les habían permitido ser el arma decisiva en los campos de batalla. Estas espadas largas y cuya empuñadura permitía asirla con ambas manos fueron las espadas de mano y media.

La posibilidad de poder usar ambas manos para manejar la espada dio lugar a un amplio abanico de opciones a sus usuarios, que podían recurrir a una esgrima más sofisticada e ir más allá del tajo o la estocada tradicionales, combinados a lo sumo con algún golpe propinado con el pomo cuando en un combate muy cerrado no había siquiera sitio para voltear el arma. Del mismo modo, las sección de las hojas se vio modificada para hacerlas más rígidas, basándose en dos formas básicas: el diamante y el hexágono que, con sus respectivas variantes, daban la opción de tener un arma destinada ante todo a la estocada o a estocada y corte, dependiendo de los gustos de cada cual. A la derecha podemos ver las más representativas. La figura 1 muestra una sección en diamante que al estrecharse por la punta daba una sección prácticamente cuadrangular, muy idónea para penetrar incluso una armadura. La figura 2 muestra una sección similar, pero con una nervadura por ambas caras, lo que daba aún más rigidez a la hoja. En la figura 3 tenemos otra sección en diamante, pero con profundos vaceos que, además de aligerar el peso de la hoja, le daba una rigidez similar a la que llevaba nervaduras. La figura 4 muestra una sección hexagonal, más adecuadas para hojas que tuvieran la opción de clavar y cortar. Esta sección era lo bastante rígida como para penetrar una loriga o una coraza, pero también para asestar tajos absolutamente definitivos ya que su longitud y la energía que le daban el empuñe a dos manos eran muy contundentes. Finalmente, en la figura 5 vemos una hoja con sección hexagonal provista de acanaladuras que algunas tipologías conservaron, si bien lo habitual era que se extendieran solo entre un tercio y la mitad de la longitud de la hoja. 

Más de uno y más de dos se preguntarán cómo hojas tan estrechas y con secciones como las mostradas podían estar afiladas como para producir heridas de importancia, y la respuesta es que sí. Por un lado  tenemos testimonios escritos en los que, por ejemplo, se menciona a mediados del sigo XV que los arqueros ingleses (Dios maldiga a Nelson) usaban espadas de mano y media "afiladas como navajas", y en una crónica española de la misma época se comenta que una de estas espadas podía cortar de un tajo un cabo grueso de cuerda. A esto podemos añadir los tropocientos testimonios gráficos que muestran claramente el uso que se daba a estas armas. En la ilustración de la izquierda, perteneciente a la Crónica de Berna (c. 1483) vemos a dos probos homicidas escabechando a sus respectivos adversarios. El de la izquierda está clavando su espada en la espalda de su víctima, al parecer rematándolo porque ya ha perdido el yelmo y parece sangrar por la cabeza. El de la derecha se dispone a descargar un tajo sobre un enemigo y en ambos casos debemos reparar en que empuñan sus espadas con una sola mano, lo que indica que su peso y equilibrio las hacía perfectamente manejables a pesar de sus dimensiones.

Con todo, es difícil saber el punto de afilado de estas espadas tanto en cuanto las que han llegado a nuestros días no conservan su filo original, en la mayoría de los casos están corroídos y, como es lógico, son armas que a lo largo de su vida operativa fueron afiladas muchas veces debido a las melladuras que se producían en combate. Algunos autores de la época, como Fiore dei Liberi (1350-1410) o Filippo di Vadi (1425-1501) sugerían que solo debían afilarse los cuatro primeros dedos de la hoja partiendo de la punta, pero esto parece indicar que se debía llevar a cabo en espadas muy especializadas, concretamente armas de justas a todo trance. Al cabo, en una batalla real había que aprovechar cualquier ocasión de acabar con el enemigo, ya fuese hundiéndole la hoja en plena jeta o cortándole de un tajo la mano con la que sujetaba su arma. No obstante, hay que tener en cuenta que para producir una herida de filo que incapacitase totalmente a un enemigo no era necesario usar una espada afilada como una cuchilla de afeitar. Todos nos hemos rebanado alguna vez un dedo con un cuchillo mal afilado, y nos ha llegado al hueso. Una hoja de 80 o 90 cm. impulsada por las dos manos de un hombre diestro en su manejo podría cercenar sin problemas un antebrazo o una cabeza,  esta última si no cómo para separarla del cuerpo, sí lo suficiente para dejarlo listo de papeles. Yo me inclino a pensar que, ciertamente, estas espadas estaban afiladas en toda su longitud, y con un filo lo bastante aguzado como para resultar definitivos. Imágenes como la que vemos a la derecha se cuentan por cientos en las crónicas de la época, en las que un fulano descabeza a varios prisioneros con una espada de mano y media como quien corta rábanos. Debemos recordar que al filo hay que añadir la potencia de los brazos más el giro que se imprimía al cuerpo a la hora de golpear. Todo junto sumaba la energía cinética suficiente para cercenar un pescuezo como si fuera un espárrago triguero.

Miniatura del GLADIATORIA (anon. alemán c. 1440) que muestra una
de las tropocientas formas de trabar al enemigo. El movimiento
siguiente sería tirar para atrás apoyando la pierna derecha, lo que
haría caer de espaldas al adversario. El paso final era meterle
un puntazo en el sobaco y adiós muy buenas
Pero, cuestiones de afilado aparte, lo más representativo de las espadas de mano y media era su enorme versatilidad. Veamos algunos ejemplos: El jinete que llega al contacto prescinde de su lanza, bien por haberse roto en el choque, bien porque en el maremagno de la batalla no le sirve de nada y se deshace de ella. En ese momento mete mano a su espada, que le permitirá ofender tanto a los enemigos que le rodean como rechazar ataques de otros jinetes, siendo capaz incluso de desviar la lanza de cualquiera de ellos. Si echa pie a tierra, dispondrá de un arma capaz de hacer frente a cualquiera con que pretendan ofenderle, ya sea un arma enastada o un arma de mano como mazas, martillos, etc. y, por supuesto, otras espadas. Los maestros de esgrima que fueron surgiendo a partir del siglo XIV enseñaban a exprimir las posibilidades de la espada yendo más allá de las estocadas y tajos de siempre. De hecho, pulieron una serie de sofisticados métodos para trabar, desarmar, y derribar al enemigo empuñando la espada por la empuñadura y la hoja, así como a asestar rotundas estocada usando el pomo como apoyo para la mano izquierda. Del mismo modo, se practicaba como golpear con el pomo en zonas vulnerables del enemigo, e incluso trabar y golpear con la cruceta que, al decir del Hausbuch de Nuremberg, podían incluso aguzarse por los extremos para producir heridas de cierta importancia si se acertaba en la cara del oponente.

Por lo general, las técnicas de lucha que se solían aplicar eran sumamente agresivas. La escuela alemana, que junto a la italiana fueron las que más se extendieron por Europa en aquella época, tenían en cuenta hasta el más mínimo detalle. Por ejemplo, Vadi decía que, caso de verse contra más de un oponente, era preferible recurrir a los tajos que a las estocadas ya que lo segundo le obligaría a centrarse en un oponente, mientras que lo primero facilitaba tener a raya a varios a base de volteos y molinetes. Los maestros tedescos, siempre más agresivos, inculcaban que lo principal no solo era dar el primer golpe, sino también el segundo y el tercero. El campo de batalla no era una justa, y lo más importante era neutralizar al enemigo lo antes posible. Para ello, lo más sensato era descargar una lluvia de golpes que le imposibilitasen responder al ataque, y sin andarse con chorradas de coreografías de esgrimistas de salón. Si tenía ocasión de cercenarle los dedos, pues se los cercenaba; si podía lanzarle un golpe con el pomo que le reventase la nariz o un ojo, se lanzaba, y si podía hundirle la cruceta en el cuello, se la hundía. Tenían muy claro que dar al enemigo una sola oportunidad de devolver el ataque era darle una oportunidad para matarlo. De ahí provienen esos restos de fosas comunes en los que, solo en la cabeza, se contabilizan varias heridas. El que las propinó no dejó pasar la ocasión de acabar con su enemigo y lo machacó literalmente para que no se levantase más. En la lámina de la derecha tenemos un ejemplo muy gráfico procedente del LIBER DE ARTE GLADIATORIA DIMICANDI de Vadi, elaborado entre 1482 y 1487. Como podemos ver, uno de los contendientes acaba de hundir la cruceta de la espada en el cuello del adversario. En el texto viene a decir que "por haber bajado su espada, le han cortado la garganta". En resumen, que no se andaban con tonterías. De hecho, los enfrentamientos eran breves, cuasi fulgurantes, nada que ver con esas coreografías cinematográficas en las que se tiran dos horas dándose estocadas y mandobles. 

En lo tocante al combate a caballo, estas espadas daban opción tanto a defenderse de un enemigo armado con otra espada, con lanza o con lo que fuese. Solo había que conocer la técnica adecuada para rechazarlos y, a continuación, asestarles un golpe definitivo. Estas láminas, ambas del GOLIATH, muestran las dos ocasiones más habituales. En la superior vemos uno de los muchos movimientos destinados a rechazar un enemigo. En este caso, el jinete de la derecha empuña su espada por el tercio débil y mete la cruceta en la cara del adversario, que seguramente quedará momentáneamente cegado o aturdido. El siguiente movimiento sería derribarlo con la ayuda de la cruceta o, simplemente, voltear el arma y darle una estocada en la boca. En la lámina inferior vemos como otro jinete desvía la lanza del adversario. Si observamos la posición de la espada, el siguiente movimiento es hundirla en el pecho o la garganta aprovechando el avance del adversario. Como vemos, el que en apariencia parte en desventaja podía salir perfectamente airoso del brete sin necesidad de muchos alardes. Bastaba conocer la técnica adecuada que, llegado el caso y combatiendo a pie, consideraba incluso el estrangulamiento mediante una llave que inmovilizaba al enemigo y, presionando con la hoja desde atrás, aplastarle el cuello hasta sofocarlo.

Como podemos ver en infinidad de testimonios gráficos, la regla número
1 estaba clara: el que caía no se debía levantar hasta el Día del Juicio.
Había que golpearlo hasta acabar con él porque no hay mejor
enemigo que el enemigo muerto
En lo tocante a sus efectos, debemos diferenciarlos según el tipo de herida que producían. Dejando aparte los golpes de fortuna propinados con el pomo o la cruceta, los tratados de la época consideraban que con una espada se podían producir tres tipos de heridas: la estocada, el corte y el tajo. Este último debemos entenderlo como un golpe que no tiende a hundir la hoja en la carne, sino rebanar una parte de la misma. Este, obviamente, carecía de efecto alguno en un hombre protegido por una armadura, y solo era viable contra un enemigo desarmado. El corte, o sea, hendir la carne, tenía unos efectos relativos en un enemigo armado porque, tras cortar el metal y la indumentaria que llevaba debajo de la armadura, la herida sería muy poco profunda. Obviamente, el más eficaz era la estocada. Pero la cuestión no radicaba en que la herida fuese mortal, que casi siempre lo era tarde o temprano, sino que incapacitase al adversario para seguir combatiendo. Por ejemplo, una estocada en un pulmón era mortal de necesidad ya que produciría un hemotórax al llenarse de aire a través de la herida sin posibilidad de expulsarlo hasta que lo colapsase, o un hemotórax, por el que el pulmón se ahogaba con su propia sangre al interesar algún vaso sanguíneo importante. Pero esas heridas no incapacitaban de inmediato al enemigo, que muchas veces no se percataba de que había sido herido hasta pasado un lapso de tiempo. Y ese lapso de tiempo era el que podía darle la oportunidad de rechazar un segundo golpe y devolverlo a su matador con consecuencias imprevisibles.

Lámina del Códice Wallerstein (1549) que muestra dos peculiares
accesorios: los pomos de ambas espadas están erizados de petos
que, además de ayudar a trabar el arma del enemigo, ayudaban
a machacarle el careto o producirle una herida o desgarro
grave si lograban alcanzar alguna parte del cuerpo
En batalla, dominado por el miedo, la furia y segregando adrenalina a tope, el comportamiento del combatiente era imprevisible e igual se desmoronaba por una herida de relativa importancia que era capaz de cargarse a varios con las tripas fuera. De ahí que se buscase ante todo la herida definitiva, instantánea o, en su lugar, una que lo incapacitase para seguir luchando. Por ejemplo, un corte en la muñeca o las corvas de las rodillas que le seccionase los tendones o rompiese algún hueso largo- ninguna de ellas necesariamente mortal- le impediría empuñar el arma o mantenerse en pie. A partir de ahí, el enemigo estaba a su merced para ser rematado. Un fuerte golpe con el pomo en la jeta podía aplastarle la nariz y cegarlo y/o atontarlo el tiempo necesario para acabar con él. Un tajo en la garganta o una estocada en la boca o un ojo eran de efectos fulminantes. Sin embargo, heridas mortales de necesidad como un pulmón, el estómago o el hígado perforados, daban tiempo de sobra para aguantar el tiempo necesario para rechazar el ataque y responder al mismo. Contradictorio, pero real. 

Miniatura de una historia sobre la vida de los santos Edmundo y
Fremundo regalada a Enrique VI de Inglaterra hacia 1434. Como
vemos, todo el personal ángeles incluidos blanden espadas de mano
y media, produciendo diversos tipos de heridas. Pero, como decimos,
la cuestión no era herir sin más, sino dejar en el sitio al enemigo
Más aún, una arteria seccionada de un brazo o una pierna provocarían un shock hipovolémico en unos segundos, que eran los que el aspirante a difunto necesitaba para hundirte el pico de su martillo en el cráneo, atravesando el yelmo y alcanzando el cerebro. Incluso un puntazo en el corazón aún podía dar unos instantes para que el enemigo te metiese su daga por los testículos antes de palmarla, pero dejándote listo para la fosa. Sea como fuere, lo cierto es que no podemos afirmar categóricamente la capacidad letal de estas armas ya que, al producirse en partes blandas y afectar ante todo a órganos y vísceras, sus efectos no han llegado a nosotros excepto los que aparecen en las osamentas, y en estos casos no podemos discernir si se produjeron en combate o si fueron heridas consecuencia de remates, y en los casos de heridas cortantes es difícil a veces determinar si fueron causadas por espadas o armas enastadas como alabardas, bisarmas, hachas de armas, hocinos etc. Con todo, lo que sí es evidente es que las espadas de mano y media fueron las causantes de muchas muertes de hombres acorazados que eran invulnerables ante las espadas convencionales, y si estuvieron en uso hasta el siglo XVI es porque eran eficaces. De no ser así no habrían tenido una vida operativa de más de dos siglos.

Vistos el origen y la evolución de estas armas, pasemos a pormenorizar en las distintas tipologías que estuvieron en uso, no sin antes insistir en que un modelo no desplazaba necesariamente a otro y, de hecho, se puede decir que todos coexistieron durante más o menos tiempo ya que cada cual elegía el tipo que le resultaba más atrayente o se adaptaba mejor a su fisonomía o forma de combatir. Por otro lado, no debemos confundir las espadas de guerra con las de justa aún perteneciendo a la misma tipología, ya que las primeras solían tener la hoja más corta que las segundas, e incluso dentro del ámbito de las artes marciales cada maestro consideraba óptima una determinada longitud. A modo de ejemplo, Vadi afirmaba que las espadas de mano y media debían tener una longitud tal que, puestas de punta en el suelo, el pomo debía llegar a la axila. Sin embargo, si nos guiamos por las efigies funerarias de cada época, vemos que las armas de guerra no llegaban más allá de unos 15 cm. por encima de la altura del ombligo. El motivo de esta diferencia es más que lógico: una espada como la que sugería Vadi solo valía para combatir a pie, y un guerrero necesitaba un arma válida para combatir tanto a pie como a caballo, o sea, de una longitud inferior que la hiciese manejable en ambos casos. A la derecha de la ilustración vemos la efigie funeraria de sir William Bagot, datada en 1407, donde podemos apreciar perfectamente la longitud de su espada, que aparece paralela al cuerpo y, en efecto, tiene unas dimensiones aproximadas a las que hemos comentado. Por compararla con una tipología anterior, el de la izquierda es uno de los caballeros anónimos del Temple de Londres, datados entre finales del siglo XII y principios del XIII, que empuña una espada de una mano tipo XII, que estuvieron en uso entre la segunda mitad del siglo XII y la primera mitad del XIV, y como vemos es un arma sensiblemente más corta. 

Veamos a continuación las tipologías que abarcaban estas espadas. Cada una se presentará con las guarniciones más habituales, y junto a ellas podremos ver tanto las secciones de las hojas como los tipos de crucetas con que se solieron fabricar. En cuanto a los pomos, podrían usar cualquiera de los que se mostrarán en todas las espadas que presentaremos, que de forma generalizada eran de disco o de frasco de perfume en todas sus variantes, bien lisas, bien facetadas. En todos los casos, se trata de pomos de formas redondeadas que facilitaban el apoyo de la palma de la mano a la hora de clavar. En cuanto a los materiales con que estaban fabricados, generalmente se usaba  hierro- más barato que el acero- o bronce. El apartado de las ornamentaciones no lo tocaremos por razones obvias ya que eso formaba parte de los caprichitos del personal que tenía los medios y las ganas de chinchar a sus cuñados luciendo una espada chula y, sobre todo, cara. 



Bien, aquí tenemos el primer tipo de espada de mano y media "aparecido en el mercado": el XIIa. Fue simplemente la evolución de una tipología anterior, la XII, surgida en el último cuarto del siglo XII y que, precisamente por las mejoras en lo tocante al armamento defensivo- a nivel cualitativo y cuantitativo- obligó a modificarlo para poder ofender a combatientes cada vez mejor protegidos. Esta espada surgió hacia mediados del siglo XIII, conservando en su hoja algunas de las particularidades de su predecesora, como la sección lenticular y la acanaladura que, en este caso, recorría dos tercios de la longitud de una hoja que oscilaba entre los 91 y los 101 cm. 

Espada tipo XIIa datada en la primera mitad del siglo XIV y que
se conserva en un estado casi perfecto en una colección privada
Su hoja tiene una longitud de 89 cm.
Sin embargo, los filos solo mostraban un leve ahusamiento hacia una punta aguzada óptima para clavar. En esencia, era un arma con capacidad de empuje pero sin perder sus propiedades de corte. La empuñadura, generalmente de forma ahusada, tenía una longitud de entre 16 y 23 cm. aproximadamente. Por dentro transcurría una espiga plana con los bordes casi paralelos, y las crucetas que montaba eran generalmente cualquiera de las que vemos a la derecha. La 1 era recta, con un leve abultamiento en la zona central para dar cabida a la espiga y de sección cuadrangular. La 2 presenta un estrechamiento a cada lado y podía tener una sección cuadrangular, hexagonal u octogonal. Finalmente, la 3 era la más básica: un simple barrote recto de sección rectangular aplanada. Esta espada se considera el arquetipo de las espadas de mano y media, y su vida operativa se alargó hasta principios del siglo XV.


Arriba tenemos la siguiente que, al igual que su hermana mayor, procedía de una espada de una mano que fue "alargada" por las mismas razones. Básicamente es muy similar al tipo XIIa, pero con una hoja y una empuñadura más grandes. La hoja, de entre 94 y 101'5 cm. de largo y de menor anchura que la anterior, estaba recorrida por una acanaladura en las cinco octavas partes de su longitud, y su sección era también lenticular. La empuñadura, también ahusada, contenía la espiga que en este tipo era de sección cuadrangular. Como vemos, los ejemplares que se conservan montaban un surtido de crucetas bastante extenso, no habiendo una preferencia por algún tipo en concreto. Esta tipología es frecuente en las efigies funerarias españolas y alemanas y, por las pruebas que se han realizado con réplicas de las mismas, al parecer eran terriblemente eficaces para golpear yendo a caballo, así como a la hora de echar pie a tierra. 

Espada tipo XIIIa conservada en la Colección Burrell.
Está datada entre 1270 y 1330. Su hoja mide 93 cm,
Por cierto que no quiero dejar pasar un apunte sobre las acanaladuras que, aunque se comentó en su día, posiblemente muchos de los que me leen aún lo desconozcan: las acanaladuras no eran para que "entrase aire" en la herida, provocando una gangrena galopante. Recuerden que cuando a uno lo operan, en el quirófano no hacen el vacío para que no haya aire. En cuanto a la famosa gangrena, es un proceso infeccioso que puede sobrevenir por cualquier tipo de herida si no se desinfecta y se cuida como es debido. Tampoco tiene nada que ver con los "canales de sangre", pensados en teoría para facilitar el sangrado de la víctima. Una hemorragia interna es igual de mortífera que si manan caños de hematíes, y algunos incluso creen que eran para facilitar la extracción de la hoja. La resistencia del cuerpo a "soltar" la hoja no era más que la consecuencia de la contracción muscular producida por la tensión, el miedo y la adrenalina, y para sacarla solo había que dar un tirón y punto. Por lo demás, esta tipología permaneció en activo entre 1240 y 1350 aproximadamente.


El tipo XVa fue la primera espada de mano y media concebida ante todo como arma de empuje. Surgida del tipo XV, un estoque puro y duro aparecido a finales del siglo XIII, estaba provista de una hoja de sección en diamante sumamente aguzada y estrecha, con una longitud comprendida entre los 74 y 94 cm., con una empuñadura bastante generosa, de entre 18 y 23 cm. Esta espada, que alcanzó una extensa difusión, tenía una gran capacidad para perforar cualquier defensa enemiga. Sus buenas cualidades la mantuvieron operativa desde mediados del siglo XIV hasta aproximadamente 1550. En las últimas décadas de vida operativa, a su hoja en diamante se le añadió una pronunciada nervadura y vaceos en cada cara para hacerla aún más rígida para vulnerar unas armaduras de placas que, en pleno Renacimiento, los avances en metalurgia permitían fabricar con unos aceros cada vez más duros y resistentes.

Supuesta espada de Eduardo, el Príncipe Negro, que al parecer
estuvo colgada sobre su tumba. Aunque muy restaurada, es un
perfecto ejemplo de esta tipología
En cuanto a las guarniciones, la cruceta más habitual es la que mostramos tanto en la espada como en el detalle. Era una pieza recta de acero con unos pequeños gayuelos en los extremos para impedir que la hoja del adversario, al ser trabada, saliera despedida o se librara de la presa. Hemos añadido un accesorio que era bastante común en cualquier tipo de espada de la época y que podemos apreciar mejor en el detalle de la derecha: los guardalluvias. Eran, como se ve, una pieza de chapa o cuero, generalmente de forma semicircular, lisa o decorada, que caía a ambos lados de la hoja y que impedían que el agua entrase entre la hoja y la vaina cuando la espada estaba envainada. Aparte de prevenir la oxidación del metal, impedía que la madera de la vaina se hinchase, lo que más de una vez impedía extraer la espada con las consecuencias que podemos imaginar.


Con la tipo XVIa aparece la primera espada de mano y media de sección hexagonal, lo que marcaba una diferencia con la tipología de la que surgió, el tipo XV, que tenía hojas de sección en diamante. La presencia de una acanaladura que ocupaba un tercio de su estrecha y aguzada hoja nos demuestra que estamos ante otra espada concebida para corte y empuje. Esto se traduce en que la punta estaba lo suficientemente aguzada y tenía rigidez de sobra para perforar una armadura, mientras que desde la parte acanalada  hasta el centro de oscilación de la hoja se encontraba el punto óptimo de impacto para asestar una cuchillada demoledora.

Espada tipo XVIa procedente de la Royal Armouries. La
hoja tiene 83 cm. de largo, y la empuñadura es de una
restauración moderna. Obsérvese la estrecha y corta
acanaladura de la hoja
La longitud de sus hojas oscilaba entre los 81 y los 89 cm., y por su empuñadura transcurría una espiga ancha de sección rectangular. Las guarniciones podían ser de cualquiera de los tipos mostrados hasta ahora, y en este caso cabe señalar la empuñadura provista de una nervadura que la dividía en dos para marcar claramente las dos zonas de empuñe de forma que actuaba como tope cuando se agarraba con una sola mano. Por lo demás, la vida operativa de esta tipología no fue precisamente longeva, abarcando aproximadamente la segunda mitad XIV.


La tipo XVII, que se elaboró en diversas longitudes conforme al gusto de sus usuarios, fue otro intento de disponer de una espada todo uso, capaz de cortar y clavar. Para ello, al igual que el tipo XVIa, la hoja tenía una acusada sección hexagonal para aumentar su rigidez combinada con una acanaladura de largo variable, desde un tercio hasta casi la totalidad de la longitud de la hoja. Sus guarniciones eran por lo general las mostradas en la ilustración, a base de pomos de tapón de perfume facetados o bien ovalados planos y crucetas rectas o levemente curvadas.

Espada tipo XVII procedente del Nationalmuseet de Copenhague.
Datada entre 1360 y 1390, tiene un peso de 1'8 kg. y una hoja con
una longitud de 87 cm.
El tipo XVII dio algunos ejemplares especialmente masivos con la intención de aumentar su poder de penetración e incluso ser capaces de partir una pieza de armadura, habiendo espadas que alcanzaron los 2.500 gramos mientras que, por otro lado, se fabricaron otras cuyos dueños anteponían la ligereza para manejar el arma con más soltura y que, por ello, apenas alcanzaban los 1.000 gramos de peso. La longitud de sus hojas osciló entre los 86 y los 96 cm. En todo caso, y a pesar de no ser una tipología especialmente brillante por sus cualidades, se mantuvo en uso entre 1355 y 1425.



Con el tipo XVIIIb estamos de nuevo ante una espada concebida ante todo para el empuje. Esta variante en concreto tenía la hoja con sección en diamante, en algunos casos reforzada por nervaduras y/o vaceos. Tanto este modelo como las demás variantes del tipo XVIII, seis en total, fueron armas que gozaron de gran popularidad en toda Europa entre principios del siglo XV hasta inicios del XVI.

Espada tipo XVIIIb procedente del Bayerische Museum, de Munich.
Está datada entre 1450 y 1480. Su hoja mide 91,5 cm.
En este caso nos encontramos con una espada con una empuñadura muy larga, de entre 28 y 31 cm. y provista de una nervadura central. Su variedad de guarniciones era escasa, limitándose a crucetas rectas como la que mostramos y pomos de disco o de tapón de perfume. La longitud de las hojas oscilaban entre los 82 y los 106 cm. Esta espada fue especialmente efectiva, lo que explica su permanencia en uso durante un siglo y en una época en que la armadura de placas era casi invulnerable.


El tipo XX fue la última espada de mano y media masiva, provista de una hoja triangular de sección hexagonal, ancha por la base y rematada por una aguzada punta. Como característica peculiar, solían estar provistas de una acanaladura central con una longitud de entre la mitad y un cuarto de la longitud de la hoja, flanqueada por otras dos de una longitud aproximada de la mitad de la principal. 

Espada procedente del Kunsthistorische Museum de Viena. Se
encuentra en perfecto estado, con todos sus componentes originales.
Datada entre 1440 y 1450, su hoja mide 107 cm.
Sus empuñaduras iban acorde al conjunto del arma ya que hablamos de piezas de entre 20 y 25 cm. Las guarniciones habituales eran pomos mayoritariamente de las diversas tipologías de discos y de tapón de perfume. En cuanto a las crucetas, los tipos curvilíneos que mostramos en la lámina. La longitud de sus hojas oscilaban entre los 86 y los 107 cm., y su vida operativa se extendió entre 1350 y 1450. Se fabricó una versión más ligera, la XXa, provistas de dos acanaladuras en vez de tres y con la hoja sensiblemente más corta, de un máximo de 86 cm. Su vida operativa fue de una duración similar a la de su hermana mayor.

Un Doppelsöldner con su mandoble al hombro.
Su doble paga estaba más que justificada
Bien, con este exhaustivo repaso creo que hemos abarcado todas las versiones de este tipo de armas. La extinción de los estoques y las espadas de mano y media a lo largo del siglo XVI se debió, como tantas otras, a la aparición y proliferación de las armas de fuego. Pero no porque los arcabuces sustituyeran a las espadas, que han estado en uso hasta hace menos de un siglo, sino porque las armas de fuego hicieron inútiles las armaduras, ergo las armas destinadas a combatirlas ya no tenían razón de ser. La aparición de los cuadros de picas nutridos con mangas de arcabuceros que combatían en orden muy cerrado requería un nuevo tipo de espada mucho más ligera y capaz de moverse en muy poco espacio para clavar su hoja en enemigos por lo general desprovistos de protección corporal. Solo durante un breve lapso de tiempo, los tedescos hicieron uso de los Doppelsöldner (doble paga) que, armados con descomunales Zweihänder (mandobles), abrían paso a sus compañeros abalanzándose entre las picas de los cuadros enemigos, cercenando las astas de sus armas. Llegados al contacto, poco podían hacer salvo meter mano a sus katzbalger si antes no los abrasaban a tiros. Al final, las espadas de dos manos que surgieron de las espadas de mano y media fueron más bien armas decorativas para guardias reales, pontificias y similares, porque en un campo de batalla ya poco o nada podían hacer. Empezaba la época de las espadas roperas.

En fin, me he enrollado como una persiana, así que se acabó lo que se daba.

Hale, he dicho

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