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viernes, 25 de diciembre de 2020

Misterios misteriosos: LINOTÓRAX

 

Fotograma de la cinta "Alejandro Magno", dirigida por Oliver Stone en 2004. En la imagen vemos al desmedido macedonio rodeado por sus diádocos armados con distintos tipos de linothoraces, sus augures y demás figurones de su todopoderosa falange

Estas son las imágenes más representativas del linotórax. Sin
embargo, como iremos viendo, no eran tan básicos como parecen

Sí, el linotorax es otro misterio, y en este caso aún más misterioso que el de la LORICA SEGMENTATA que vimos hace ahora justamente...un año (ca-ra-jo con el tiempo). Esta coraza, que es quizás la más representativa del mundo griego, es un verdadero arcano ya que solo disponemos de representaciones artísticas de la época y vagas descripciones procedentes de autores clásicos para tener una idea de su aspecto, pero nada más. Los materiales con que eran fabricadas, más perecederos que la moralidad y la decencia de un ciudadano en el momento en que se mete a político, no han permitido que llegue a nosotros el más mínimo rastro de ellas, por lo que solo podemos movernos en el proceloso mundo de la conjetura. Y en este caso me temo que por los siglos de los siglos ya que, mientras que siempre cabe la posibilidad de que aparezca una LORICA SEGMENTATA en mejor estado que los cachos medio podridos del cofre de Corbridge, un ejemplar de una coraza fabricada con tela o cuero se me antoja cuasi imposible. Por lo tanto, nos ceñiremos a los testimonios gráficos de que disponemos, así como a las pruebas que se han llevado a cabo que, aunque orientativas, en modo alguno pueden considerarse irrefutables por la sencilla razón de que no hay un solo autor de la época que se haya molestado en dar pelos y señales de con qué y cómo se fabricaban.

Así pues, vayamos reconstruyendo poco a poco cómo surgió el linotórax (en griego λινοθώρακας, linotórakas, literalmente cofre de lino), así como su evolución a lo largo del tiempo con los datos de que disponemos y las teorías que se han formado al respecto.

La antecesora directa del linotórax era un θώραξ (tórax) o coraza fabricada enteramente de bronce y que por su morfología denominamos actualmente "de campana". Se trataba de un coselete compuesto por peto y espaldar unidos por los costados con sendos pasadores y los hombros con unos pequeños petos o tetones para ajustar su elevado cuello, que ofrecía una protección similar a la de las gorgueras medievales para impedir que un xhiphos o un kopis enemigo aterrizase en el pescuezo con las consecuencias que podemos imaginar. Como vemos en la foto de la derecha, estas armaduras de campana mostraban una serie de repujados que imitaban de forma esquemática la musculatura del cuerpo, marcando los pectorales y abdominales. Pero lo más significativo, y al mismo tiempo lo que le ha dado el nombre "de campana", es la amplia ala que surgía de la parte inferior de la pieza, destinada a detener golpes descendentes o proyectiles que al impactar contra la coraza salieran desviados hacia abajo, produciendo heridas de gravedad, cuando no fatales, en ingles, testículos o zona superior de los muslos, todas ellas muy vascularizadas y por donde transcurren importantes vasos sanguíneos que, caso de ser interesados, escabechaban al sujeto en pocos segundos a causa de la intensa hemorragia.

Hay que tener en cuenta que los hoplitas no llevaban debajo de la coraza más que un quitón (χιτών) o un exomis (εξώμης), simples túnicas cortas que no ofrecían la más mínima protección salvo para impedir que los roces con el metal les produjesen irritantes erupciones en la piel. Por ese motivo, se añadió una pieza suplementaria en la parte inferior del peto, el mitre, una placa suspendida del mismo por unas argollas y que cubrían la zona púbica. Debemos tener en cuenta que estas corazas no llegaban más abajo del ombligo ya que, de lo contrario, impedirían movimientos tan básicos como agacharse o inclinar el cuerpo hacia adelante. De ahí que tanto la zona púbica como la parte inferior del abdomen quedaran desprotegidas. En la foto de la izquierda hemos realizado una reconstrucción de un tórax con su mitre, que podía estar formado por una sola pieza o, como en este caso, dos partes unidas mediante bisagras y un pasador de lado a lado. Algunos autores sugieren que, en lugar del mitre, algunos hoplitas optasen por un perizoma, una especie de falda o delantal fabricado con una tela gruesa, quizás de lino, cuya finalidad era exactamente la misma: proteger las zonas púbica y abdominal del combatiente.

La coraza de campana evolucionó estéticamente, abandonando sus formas básicas para adoptar un complejo repujado que imitaba fielmente la musculatura del tronco, lo que nos ha hecho llamarlas "corazas musculadas" en un alarde de ingenio. En la ilustración de la derecha podemos ver el aspecto de ambas tipologías que, aunque ofrecían un nivel de protección similar, las segundas eran obviamente mucho más complejas de elaborar, ergo mucho más caras. No se sabe con certeza el motivo de la adopción de este tipo de coraza, y por lo general se piensa que ante todo tenían una finalidad estética o una especie de recreación de la fortaleza física de su portador. Sea como fuere, lo cierto es que precisamente porque debían adaptarse a la fisonomía de su usuario habría que fabricarlas prácticamente a medida, encareciendo aún más el producto.  Por lo demás, el mitre usado en las corazas de campana desapareció, así como la característica ala destinada a proteger los bajos de la armadura. Esto dio paso a las pteryges que vemos en el hoplita de la derecha. Las pteryges eran unas tiras de textil o cuero colocadas en dos filas superpuestas de forma que en cualquier postura siempre había varias protegiendo las zonas expuestas. En algunos casos podrían estar reforzadas con escamas de bronce, aumentando así su resistencia.

Hoplitas armados tanto con linotórax como con corazas
musculadas. Cabe suponer que el nivel de protección debía
ser similar en ambas ya que, de lo contrario, habría sido
absurdo abandonar las corazas de bronce por las de lino
Bien, así era el armamento corporal del hoplita hasta que, aproximadamente en el siglo VI a.C., apareció una coraza totalmente novedosa que dejaba atrás las caras y pesadas corazas broncíneas si bien, como es habitual cada vez que se introduce alguna innovación, ambas coexistieron durante un tiempo hasta la extinción de las corazas musculadas. Era el linotórax, que es mencionado por primera vez por Homero en el Canto II de la "Ilíada" cuando cita a dos guerreros con 
λινοθώρηκες, "acorazados de lino". La primera referencia la tenemos en el versículo 527, donde dice que "...el ágil Ajax Oileida acaudillaba a los locrienos. Aunque tenía mucha menos estatura que Ajax de Telamon y su coraza era de sencillo lino, excedía en el manejo de la lanza a los helenos y acayos". La otra la tenemos en el versículo 828: "Y los que habitaban en Andrestia, y en Apeso, y en Pitia y en las alturas de Terea estaban acaudillados por Adresto y Anfio, el de la coraza de lino". Sin embargo, estas corazas no era patrimonio exclusivo de los melenudos acayos ya que, según las fuentes de la época, también eran utilizadas por algunos pueblos de Oriente Próximo. 

De hecho, Alceo de Mitilene, un poeta que sirvió como mercenario con los egipcios hacia el siglo VII a.C. mencionaba "corazas blancas de lino nuevo" colgadas de una pared junto a otras armas. A este testimonio podemos añadir el de
 Herodoto, que comentaba en el siglo VI a.C. que el faraón Amasis dedicó una elaborada coraza de lino al templo de Atenea en Lindos y envió otra a Esparta, así como que los sirios también usaban corazas de lino. Los persas también hicieron uso del linotórax, haciéndose referencia al ejemplar del rey  Abrádates de Susa, las que armaban a las tropas de Jerjes o incluso la que usaba el macedonio Alejandro, que según Plutarco era un trofeo de guerra ganado a los persas en la batalla de Gaugamela contra el rey Darío. En resumen, ya vemos que el linotórax gozó de bastante popularidad ya que su empleo se extendió hasta la península Itálica de la mano de los etruscos, que nos legaron algunos testimonios gráficos que no dejan lugar a dudas. Uno de ellos es la decoración del llamado Sarcófago del Sacerdote de Tarquinia, datado hacia el 350 a.C. y donde aparecen escenas en las que se sacrifica a prisioneros troyanos. Otro testimonio similar nos lo ofrece el Sarcófago de las Amazonas (foto superior derecha), datado en la misma época que el anterior y que muestra escenas de estas bravas hembras luchando con hoplitas griegos.

Básicamente, el linotórax era un coselete formado por tres piezas: una destinada a envolver el tronco desde la parte superior del pecho hasta la cintura; otra, las pteryges con la misma misión que en las corazas musculadas, proteger la parte baja del abdomen y la zona púbica; y otra, las hombreras o epomides, una pieza que, como vemos en la ilustración de la izquierda, era lo bastante flexible como para permitir adaptarla al contorno del hombro y unir ambos extremos al peto mediante botones o anillas. Además, para proteger la nuca tenía un saliente que quedaba rígido y por encima del borde inferior del yelmo, dejando así cubierta una zona muy vulnerable sin que por ello supusiera un impedimento en la movilidad del hoplita. La abundante presencia de estas corazas en la cerámica griega, donde aparece en todo tipo de situaciones, permitió hacer conjeturas quizás excesivamente básicas entre los estudiosos del tema.

El primero en sugerir la consistencia de estas armaduras fue Peter Connolly, que tuvo claro desde el primer momento que el linotórax estaba fabricado con varias capas de lino encoladas hasta alcanzar un grosor de unos 5 mm. La pieza resultante tenía un peso de solo 3,6 kilos, muy lejos de los 15 que alcanzaba un tórax de bronce, y suponía que no solo protegía contra las armas de filo, sino también de flechas e incluso podía amortiguar los golpes de armas contundentes. Pero lo que se le escapó al sesudo Connolly es que la coraza imaginada por él se convertiría en un pingajo al primer chaparrón, o incluso como consecuencia de una constante exposición a la humedad producida por el sudor del hoplita que la llevara puesta. Las capas de lino unidas con cola de conejo o pegamentos similares eran rígidas y consistentes cuando estaban secas, pero si se mojaban adiós muy buenas. Estudios más actualizados dan por sentado que, caso de ser ese el proceso de fabricación que, como sabemos, al día de hoy es un misterio, la pieza debía ser impermeabilizada de algún modo a base de algún tipo de resina, aceites o cera. Con todo, lo que sí estaba claro a la vista de las representaciones artísticas de la época es que el linotórax era mucho más práctico y fácil de vestir que una coraza de bronce. En la recreación de la derecha, obra del mismo Connolly, vemos a un hoplita abrochando su armadura que, salvo algunos ejemplos que creo son más bien un error del artista, se cerraba por norma en el costado izquierdo. El motivo es bastante obvio: era el lado del cuerpo protegido por el aspis

Otrosí, en algunas representaciones artísticas se aprecia que el costado derecho podía estar reforzado con escamas de bronce como el que vemos a la izquierda. En este caso podemos también apreciar claramente hasta donde llegaba la protección de las pteryges ya que se atisban perfectamente bajo el fino tejido del quitón las partes pudendas del hoplita, de modo que es fácil calcular hasta dónde llegaba el borde inferior del linotórax. Por otro lado, permitía desabrocharla para facilitar la entrada de aire durante las marchas. Una armadura formada por varias capas textiles serían igual de asfixiantes que un chaleco balístico de kevlar, y más caminando a pleno sol durante el estío de Oriente Próximo. Así, el hoplita podría desabrocharse la armadura y la hombrera derecha, quedando totalmente suelta y permitiendo la circulación de aire. En caso de necesidad solo tenía que abrochar la hombrera y la coraza, lo que le llevaría escasos segundos. En el ejemplo de la ilustración que mostramos, ambas epomides se abrochaban en una anilla o botón situado en el centro del pecho si bien parece que era más habitual que cada epomidio tuviera su propio cierre situado a cada lado del peto.

Bien, retomando la teoría de Connolly acerca de la construcción de este tipo de coraza, no pasó mucho tiempo hasta que diversos estudiosos vieron con claridad que la cosa no era tan simple e incluso, a la vista de los testimonios gráficos de la época, se cuestionaba si en efecto estaban fabricadas por norma con lino o bien eran armaduras compuestas con zonas reforzadas con escamas de metal o cuero. Basta ver esta famosa pieza en la que el peleida Aquiles cura el brazo de su compañero Patroclo para comprobar que, en efecto, sus corazas no son de lino o, al menos, este estaría enteramente recubierto de escamas de bronce o cuero en el caso de Aquiles y lo mismo en la de Patroclo, si bien en su caso serían solo las epomides y la mitad inferior de la pieza. Se conservan bastantes ejemplares de cerámica en los que veremos casos similares, así que es lógico pensar que no se trata de licencias artísticas.

Por otro lado surge también la duda de la blancura inmaculada atribuida al linotórax. El color natural del lino es un crudo más bien oscuro, y es una fibra muy difícil de teñir por lo que se sugieren dos métodos: uno, un decolorado que lo aclarase ya que dicho proceso es más fácil que el teñido y, de hecho, se obtiene un color blanco bastante luminoso; el otro, posiblemente más aproximado a la realidad, consistiría en recubrir la coraza con caolín, una arcilla blanca de dónde se obtiene la porcelana y que fue muy usada por los griegos. En el proceso de fabricación, el caolín se extendería muy diluido sobre la pieza, y podría incluso usarse para unir unas capas con otras. Al secarse, este material tiene la peculiaridad de que si se le empuja lentamente es flexible, pero si se le golpea con gran velocidad se muestra bastante rígido. Gracias a esas propiedades, el linotórax sería razonablemente flexible ante los movimientos del hoplita, mientras que resistiría sin ceder ante un golpe propinado por un arma o un proyectil. Por otro lado, también se sugiere que los bordes generalmente rojos de las epomides podrían ser en realidad ribetes de cuero de ese color, material este que podría seguramente usarse como soporte para las zonas reforzadas con escamas como la que vemos en la ilustración de la izquierda. Más aún, incluso el interior de las epomides podrían contener piezas de cuero o láminas de bronce para resistir los tajos que, dirigidos a la cabeza o el cuello, aterrizaban en los hombros del hoplita.

Dos hoplitas armándose. La ilustración nos permite apreciar
las diferencias entre un linotórax fabricado enteramente de
lino y otro con refuerzos metálicos
Por otro lado están los partidarios de que el linotórax estaría fabricado con cuero, pero esta teoría se me antoja absurda ya que entonces no hablaríamos de una coraza de lino. En todo caso, sí podría tener una capa final de este material que, dependiendo del animal de procedencia, sería más o menos fácil de blanquear. Al parecer, el método de curtido más favorable sería a base de alumbre o una combinación de este método con un curtido vegetal previo para darle flexibilidad ya que el alumbre produce un acabado muy blanco, pero excesivamente rígido y quebradizo.  Y por añadir una teoría más, en este caso tratándose de uso exclusivo de lino, Plinio el Viejo mencionaba que los galos y los partos usaban una mezcla de vinagre y sal para endurecer la lana, método que se seguía empleando en la Edad Media y que bien podría haber servido a los griegos para darle a sus corazas la rigidez necesaria. En resumen, ya vemos que hay teorías para dar y tomar pero, en todo caso, son eso, teorías.

En cuanto a la elaboración a base exclusivamente de lino también se aventura que podría usarse un tejido más denso para evitar superponer demasiadas capas, de forma que entrasen dos hilos en vez vez de uno en cada urdimbre, y que en vez de pegar las capas estas fuesen unidas mediante un cosido formando cuadrados, si bien también es posible que se tratara de piezas superpuestas de metal o cuero. En fin, volvemos a lo de siempre: conjeturas más o menos acertadas basadas en lo que vemos en la cerámica griega, pero nada que sea irrefutable. Lo único que sí está claro es que el linotórax era una coraza dotada de cierta rigidez, y eso lo atestiguan la gran cantidad de representaciones artísticas que muestran hoplitas en el momento de armarse como el que vemos a la izquierda. Mientras se ajusta el coselete al cuerpo se ven claramente las epomides bien tiesas, ergo era un material duro pero flexible. Ante él, su paidiskos se limita a sujetar la dory y el aspis, lo que indica que el hoplita no necesitaba ayuda de nadie para, como se comentó anteriormente, colocarse su propia coraza. Por lo demás, los adornos geométricos tanto en las epomides como las franjas geométricas que circunvalaban la coraza sí parece que se pueda afirmar que eran pintadas.

Bueno, grosso modo esto es lo que se puede decir sobre el linotórax. Sabemos que existió, conocemos a la perfección su morfología, su forma de colocarlo en el cuerpo e incluso los distintos sistemas para abrochar las epomides. Pero lo más importante no tenemos ni idea: cómo y con qué estaban fabricados. Para tener una idea, se han realizado pruebas elaborando corazas con distintos materiales y métodos para, al menos, intentar dilucidar hasta cierto punto su resistencia ante las armas enemigas. Las más enjundiosas son quizás las llevadas a cabo durante la primera década de este siglo por el profesor Gregory Aldrete, de la Universidad de Wisconsin-Green Bay. Este probo ciudadano dedicó varios años a realizar todo tipo de pruebas con la ayuda de Scott Bartell y Alicia Aldrete, presentando las conclusiones de las mismas a partir de 2009, estando parte de ellas reflejadas en lo que hemos detallado hasta ahora. 

El heroico Bartell, que no tuvo inconveniente en hacer de
blanco humano para probar la eficacia del linotórax
Pero la madre del cordero no estaba en la teoría, sino en la práctica, así que se dedicaron a confeccionar piezas en las que el único componente era el lino para calibrar su resistencia. Así pues, se fabricaron rectángulos de 4, 8, 12, 16 y 20 capas de lino pegadas unas a otras, y se colocaron sobre dianas de foam para tiro con arco. Las aporrearon con todo lo que tenían a mano: mazas, hachas bipene, espadas y, por supuesto, les dispararon mogollón de flechas con un arco recurvado de 30 libras a una distancia de apenas 2 metros y en ángulo recto, lo que supone una mayor posibilidad de penetración que un proyectil que impacta tras una trayectoria parabólica. Las pruebas fueron bastante significativas aunque no cien por cien reales porque no usaron puntas de bronce similares a las de la época, sino puntas de caza modernas provistas de unos filos con los que literalmente puedes afeitarte (doy fe). Así pues, los parches de 2 y 8 capas fueron atravesados sin problemas, y al decir atravesados significa que la totalidad de la punta atravesó la pieza, por lo que habría producido una herida grave o la muerte. En el parche de 12 capas solo asomó la punta a través de la capa interior, y en este caso solo habría producido una pequeña herida superficial. En los parches de 16 y 20 capas no pudo penetrar, y es el ejemplo que vemos en la foto superior izquierda. Esto podemos traducirlo en que con puntas de bronce y a distancias de combate de 30 o 40 metros, el linotórax más delgado podría incluso resistir sin problemas el impacto, y los más gruesos hasta un tajo o una estocada no excesivamente potente. En cuanto a los parches tratados con caolín, solo en el de dos capas se produjo una penetración completa. En el de 8, que por cierto tenía un grosor de 5 mm. similar al propuesto por Connolly, la punta de la flecha ya no pudo llegar a la última capa, lo que ayudaría a admitir la posibilidad del uso de esta arcilla como refuerzo, aparte de como mero blanqueante.

En fin, poco más podemos añadir porque, como vemos, incluso las pruebas que se han ido realizando tampoco pueden ofrecer una fiabilidad absoluta. Si desconocemos la composición exacta del linotórax no podemos conocer su resistencia ante las armas con que se tenía que enfrentar y, a mi entender, el hecho de disparar con un arco de 30 libras- una potencia más bien escasa ya que los arcos modernos de competición oscilan entre las 20 y las 60 libras- no es en modo alguno una prueba rotunda. Y de las puntas usadas, mejor no hablar. A la derecha vemos una palmela de bronce y una punta de caza moderna con dos filos. Pretender establecer comparaciones usando la segunda en vez de la primera se me antoja una chorrada y, francamente, no sé por qué motivo no mandaron fabricar flechas con palmelas que se pueden obtener fácilmente. En resumen, bajo mi opinión estas pruebas solo arañan la superficie, pero en modo alguno demuestran nada remotamente concluyente. En todo caso, se han seguido efectuando pruebas con arcos de diversas potencias, hasta un máximo de 65 libras, pero por muchos experimentos que se hagan no creo que se pueda llegar más que a una conclusión: la réplica que he fabricado conforme a mis teorías resiste tal potencia a tal distancia, pero como no sabemos cómo era en realidad un linotórax todas las pruebas que hagamos no sirven para averiguar la verdadera naturaleza de estas corazas, sino solo la de sus réplicas que se basan únicamente en dibujos realizados en cerámica. De momento no hay más de donde sacar.

Bueno, criaturas, ya tienen un misterio misterioso más para devanarse la sesera, que es un sano ejercicio para prevenir reblandecimientos cerebrales precoces.

Hale, he dicho

Otro fotograma de "Alejandro Magno" en el que aparece el macedonio con su linotórax inspirado en el del mosaico de Issos. Tras él, uno de sus diádocos aún viste una armadura musculada que no eran precisamente las más cómodas para montar a caballo. El linotórax vio su final con la aparición de las lorigas de malla en la Península Itálica


miércoles, 22 de abril de 2020

Tormentaria: la BALISTA


Probos ciudadanos recreacionistas aprestando su BALLISTA ante la atenta mirada del centurión que, prudentemente, se
mantiene a una distancia de seguridad por si el pedrusco toma el camino equivocado y se lo lleva por delante. Sabe de
buena tinta que varios miembros de su pseudo-cohorte anhelan ocupar su puesto porque se libra de ir cargado como
un mulo durante sus actividades del fin de semana

Esta serie de artículos quedaría coja si no dedicásemos una más a la que quizás sea la más emblemática de todas las máquinas de torsión, la BALLISTA. Y no, no me he saltado ninguna porque hace ya... nueve... lejanos... años (carajo, cómo pasa el tiempo, etc.) se dedicó una al onagro que repasaré un día de estos porque, posiblemente, precise de una actualización. Bien, antes de comenzar a dar cuenta de los pormenores de estos chismes conviene tener presente varios aspectos. Ante todo, las recreaciones que se han hecho de las mismas proceden de interpretaciones llevadas a cabo principalmente por Schramm, Baatz, Marsden y Wilkins. El motivo no es otro que la ausencia de restos que permitan conocer con detalles su morfología salvo el ejemplar más tardío de todos, la hallada en Hatra (Irak) en 1972 que, al día de hoy y casi medio siglo más tarde, aún sigue siendo causa de intensos debates porque nadie acaba de proponer una teoría sobre la misma que logre consensuar a los académicos de turno. No obstante, ya sabemos que estos probos investigadores suelen tener la irritante tendencia a desacreditar los supuestos logros de sus colegas- con o sin razón- para tener la opción de ser ellos los que se lleven el mérito de la conclusión irrefutable, si es que alguna vez llegan a ella, naturalmente.

Por otro lado, las tres fuentes de la época no han ayudado en gran cosa para descifrar el enigma. Los datos más antiguos proceden de Filón de Bizancio (c. 280 a.C.-220 a.C.), concretamente de su obra βελοποιικά (Belopoicá), un tratado sobre artillería de cuyos diagramas no queda ni rastro, como no podía ser menos. Por otro lado tenemos al conocido Marco Vitrubio Polión, (c. 70/80 a.C.-c. 15 a.C.), autor de DE ARCHITECTVRA e, igualmente, sus textos sobrevivieron pero sus croquis no. Finalmente tenemos a Herón de Alejandría ( 10 d.C.-70 d.C.) que, en este caso, además de dar datos sobre detalles acerca del funcionamiento de la máquina nos legó el único dibujo de la misma si bien, como ya se ha comentado en entradas anteriores, bajo la costumbre de estos sesudos ciudadanos según la cual plantaban en el mismo plano todas las perspectivas, lo que hace que descifrarlos sea una labor titánica. 

Fotograma de la genial cinta "El Nombre de la Rosa" que muestra el
SCRIPTORIVM de la siniestra abadía. Gran parte, por no decir casi todo el
conocimiento del mundo antiguo se lo debemos a estos frailes que se
dejaron la vida y la vista en copiar manuscritos que, de otro modo
ya habría desaparecido hace siglos 
Para redondear el problema tenemos que las cifras y fórmulas de proporciones varían de los autores griegos a los romanos por usar sistemas de numeración distintos que los copistas medievales no supieron distinguir incluso dentro de un mismo idioma por una sencilla razón: no tenían ni puñetera idea de lo que estaban traduciendo. Los términos técnicos les eran desconocidos, y en muchos casos cometían erratas pensando que una letra estaba duplicada cuando, en realidad, esa letra era una cifra y la omitían sin más. Ya sabemos que la caligrafía ha ido variando a lo largo del tiempo (¿quién lee de corrido un texto aunque sea del siglo XV y encima se entera de algo?), y por otro lado los autores latinos tenían la fea costumbre- para nosotros, claro- de no separar las palabras, lo que podía volver loco a un traductor que encima tenía ante sí un texto que hablaba de chismes rarísimos por lo que las erratas, omisiones o, simplemente, errores de traducción eran habituales. Los abnegados monjes que dedicaron su vida a legarnos el pasado desde sus SCRIPTORIA dieron de sí todo lo que pudieron, pero sus valiosas copias no lograron resistir en muchos casos a la polilla, las ratas, los hombres, sus guerras y saqueos, etc. Por lo tanto, los estudiosos de estos temas han tenido desde el primer momento una férrea voluntad de ir paso a paso intentando avanzar en la ardua tarea de dar forma a máquinas que, en realidad, son más una labor detectivesca que bibliotecaria.

Bien, este es el panorama, y desde el último cuarto del siglo XIX andan enredados en la resolución del misterio misterioso de las BALLISTÆ, y vete a saber si algún día, al igual que con los SCORPIONIS, aparece la pieza clave que nos permita conocerlos a fondo. Bueno, dicho esto, vamos al grano...

Ilustración de la Enciclopedia Larousse de 1912 en la que aparece la
primera recreación de una BALLISTA, fabricada por Reffye y Dufour
 por orden de Napoleón III. Le echaron imaginación, ¿que no?
Aunque a más de uno le pueda parecer que la "máquina maestra" fue la BALLISTA, y que de ellas surgieron las demás, la realidad es precisamente al revés. Las primeras máquinas de torsión, como ya hemos visto, fueron las destinadas a lanzar dardos. Parece ser que el primero en adaptar estos artefactos para lanzar piedras fue el macedonio Alejandro, pionero en el uso de las katapeltai petroboloi en los asedios de Halicarnaso y Tiro, si bien se sugiere que dicha adaptación se limitó a ciertas modificaciones en las euzytonoi en servicio ya en tiempos de su padre Filipo para lanzar piedras de pequeño tamaño. O sea, que sustituyeron las piezas necesarias para disparar un pedrusco en vez de un dardo. Treinta años más tarde, Demetrio Poliorcetes ya estaba usando máquinas descomunales en los cercos de Muniquia (Chipre) y Rodas con capacidad para disparar bolaños de hasta tres talentos de peso (77,5 kg.), que en aquella época era un peso considerable que, además, requería de una estructura literalmente ciclópea. Lo de tirarse piedras aunque fuese a mano era al parecer una costumbre arraigada entre los griegos, aprovechando por ejemplo las emboscadas cuando un ejército cruzaba por un paso rodeado de alturas desde las que los enemigos dejaban caer enormes piedras para chafarlos bonitamente. Estas tropas era los petroboloi (lanzadores de piedras), de donde tomaron el nombre estas máquinas.

Este es el único croquis que se conserva actualmente de una
BALLISTA, el de Herón de Alejandría y reconstruido por Carl
Wescher en 1867
Pero su fabricación era aún más compleja que la de los euzytonoi cuyas proporciones, como ya se comentó, se basaban en fracciones o múltiplos de 1/9 de la longitud del dardo. En las petroboloi era asquerosamente complicado porque, para obtener el diámetro del orificio para la madeja de cuerdas que hacía de resorte, había que recurrir a una compleja fórmula digna de matrículas de honor en una época en que las matrículas de honor aún estaban por inventar, en base al peso del proyectil y con el resultado en dáctilos. Por ejemplo, para un bolaño de 10 minas (4,9 kilos), se aplicaba de esta fórmula:

Diámetro = 1,1 x ∛100 x 10. Esto nos daba 1,1 x ∛1000. El resultado final era 1,1 x 10 = 11 dáctilos, uséase, 21,2 centímetros. Espantoso, ¿qué no? Bien, pues esta fórmula había que aplicarla de forma inexorable para conocer el dichoso diámetro del orificio, que era el que marcaba las demás proporciones de la máquina. No obstante, Filón era un ciudadano comprensivo al que le constaba que no todos tenían sus conocimientos, así que publicó una lista de proporciones según una serie de pesos estandarizados porque si alguien piensa que con un chisme de estos podía dispararse cualquier cosa está equivocado. Es decir, que esa imagen que solemos tener en el magín de los servidores de la máquina rebuscando pedruscos para poner en ella el primero que encontraban es totalmente falsa. De hecho, cada máquina estaba diseñada para disparar un bolaño con un peso concreto (se admitían tolerancias como es lógico), el cual era grabado en el mismo para que no hubiese error. Si era demasiado ligero la precisión sería un churro, y si era demasiado pesado su alcance sería birrioso e incluso podría dañar la máquina.

BALLISTA de Schramm, muchísimo más aproximada a cómo debió ser
en realidad la máquina de Vitrubio. Por desgracia, resultó destruida
durante la 2ª Guerra Mundial
Ello obligaba a intentar estandarizar al máximo los pesos y, si era posible, reducir la gama de los mismos para facilitar tanto la fabricación de las máquinas como de los mismos bolaños, que requerían por lo general la friolera de dos días de trabajo para terminar uno solo. Para marcar los pesos, los griegos se basaban en un sistema acrofónico por el cual la letra Δ (delta) equivalía a 10 minas (1 mina = 491 gramos), y la Τ (tau) a un talento (1 talento = 60 minas = 25,8 kilos). En otros casos se recurrió a un sistema alfabético pero sin especificar la unidad de peso para complicar más la vida a los arqueólogos. Por ejemplo, la I (iota = 10 ¿minas, libras?), la H (eta = 8), la K (kappa = 20), etc. En fin, para cortarse las venas en diagonal. Hasta ahora han aparecido cuatro depósitos de bolaños, concretamente en Rodas, Pérgamo, Dora y Cartago. Hablamos de cientos de piedras, y llevan la torta de años intentando clasificarlas por tipos, pesos y tal que van desde las más pequeñas que suelen rondar los 4 kilos hasta pelotas gordísimas de unos 40 kilos. En todo caso, Filón apunta que el peso mínimo debía ser de 10 minas, pero en base a la fórmula anteriormente detallada resulta que la máquina para disparar un bolaño que apenas llegaba a los 5 kilos resulta que tenía que montar unas madejas de la altura de un hombre, unos 6 metros de largo y 3 de ancho, con un peso superior a la media tonelada, de modo que ya podemos imaginar qué clase de monstruo era preciso para lanzar bolaños de 1 talento.


Depósito de bolaños de Hatra. Los romanos se dieron cuenta de que el color
blanco de la piedra caliza era visible por los enemigos, que podían
esquivarlos a tiempo, por lo que optaron por ennegrecerlos. La idea dio
resultado porque así era más difícil verlos venir
Porque ahí era donde radicaba el principal problema de las balistas: para disparar un proyectil birrioso hacían falta cantidades enormes de madera, de metal, de conocimientos y de tiempo para fabricarlas, transportarlas y montarlas, y un bolaño de 5 o 10 kilos lo más que hacía era sacudir el polvo en una muralla, por lo que su uso estaba más bien destinado al tiro parabólico para ir destruyendo las dependencias interiores de las ciudades o fortificaciones asediadas. Sirva como ejemplo que, de las 200 pelotas halladas en Dora y que fueron clasificadas en cinco categorías por peso, las "super pesadas" eran las comprendidas entre los 28,5 y los 40,5 kilos, mientras que un fundíbulo podía arrojar un bolaño de 100 o 200 kilos a distancias similares e incluso superiores, y esos sí que hacían verdadero daño cuando impactaban en el paramento de una muralla y acababan abriendo brechas por donde colarse los asaltantes ávidos de vísceras enemigas. En resumen, no era una máquina con un relación costo/rendimiento especialmente brillante, pero era lo que había de momento. 

En fin, ya vemos que la construcción de estos trastos no estaba al alcance de cualquiera, y a lo largo del tiempo tuvieron que ser los ingenieros que acompañaban a las tropas griegas, cartaginesas o romanas los encargados de diseñarlas meticulosamente hasta el último dáctil para que funcionasen adecuadamente. Veamos las cuestiones puramente técnicas.

La máquina empleada por Demetrio Poliorcetes debía ser algo monstruoso. Estaba diseñada para disparar bolaños de nada menos que 3 talentos (77,4 kilos). Este petrobolo debía ser de un diseño más avanzado que el de los euthytone rectangulares, o sea, el armazón que contenía los resortes era un petritreta de forma romboidal, lo que se conoció como un palintono. Para entendernos, era un armazón que permitía a los brazos trazar un ángulo mayor de los apenas 23º de los euthytone que, posteriormente, se pudieron aumentar hasta los 35º al darle a la parte trasera una forma curvilínea. En este caso, el ángulo alcanzaba los 50º para impedir que lanzaran el bolaño sin que cayese a medio metro de la máquina. Bueno, ahí la tenemos:


Bestial, ¿que no? ¿Qué cómo se sabe qué era de ese tamaño y no es una exageración? Recordemos que bastaba saber el peso de la piedra para calcular las dimensiones de la máquina, que en este caso era un auténtico bicharraco. Para hacernos una idea, a la derecha vemos la silueta de un ciudadano, así que ya vemos que no era precisamente un tirachinas. De hecho, si nos basamos en la tabla de equivalencias de diámetros de Filón la madeja debía medir cerca de 5 metros de altura (9 veces el calibre del orificio). Por lo demás, uno de los problemas más complicados además del de las dichosas madejas de cuerdas era la complejidad de su construcción y el enorme peso que podían alcanzar. En este caso vemos que el armazón está reforzado con chapas de hierro por ambas caras para soportar la enorme fuerza que ejercía la torsión de las cuerdas, y como apoyo requería una masiva base cuya vista frontal podemos ver en el ángulo superior izquierdo de la lámina. La carga se efectuaba mediante cuatro poleas, dos a cada lado, que accionaban el torno, para lo que hacían falta ocho hombres, y para no ver las palancas del torno empezar a dar vueltas como un molinillo si se quedaban sin fuerzas, a cada lado de la caña había una cremallera con su correspondiente retén. El peso del armazón delantero debía ser tan grande que hubo que ponerle los dos tirantes que vemos entre este y el extremo de la caña para ayudar a esta a soportar esa mole. En cuanto al sistema de disparo era idéntico al de las máquinas lanza-dardos.

Para aligerar de peso la máquina dentro de lo posible se recurrió a fabricar el soporte y la caña, en vez de macizos, formando una estructura hueca pero muy resistente. En la figura A tenemos una vista frontal del soporte, debajo de la caña, y el deslizador. Soporte y caña, como vemos, están formados por dos tablas laterales unidas por travesaños a modo de escalera (véase fig. B), capaces de soportar un gran peso con un notable ahorro de material y de kilos. Encima aparece el deslizador con una cola de milano que, al parecer, se elaboraba con bastantes tolerancias para impedir que una posible hinchazón debida a la humedad lo bloquease. Es posible que también fuera untado con algún tipo de grasa. Pero lo más relevante es la acanaladura por donde corre el bolaño. Aunque en teoría esa pieza debía tener forma semicircular o de media caña, en las reproducciones que se han hecho en estos años se ha comprobado que, con esa morfología, era bastante fácil que el bolaño saliera despedido en cualquier dirección o incluso impactase en la misma máquina. Además, la relativa diferencia de tamaños de las piedras aún siendo del mismo peso nominal (era imposible hacerlas todas prácticamente iguales) no permitían un buen ajuste en el deslizador. De ahí que se haya deducido que lo más probable es que el canal fuese, como vemos, de forma rectangular, lo que eliminaría riesgos de todo tipo y admitiría con facilidad piedras con tamaños ligeramente diferentes. Por último, y quizás más importante, tenemos la posición de la verga, marcada por la línea de puntos. Ponerla más abajo implicaba que el bolaño podría salir despedido hacia arriba, cayendo al lado de la máquina (eso le pasó  Schramm cuando hizo la demostración ante el káiser, al que tuvo que empujar para no verlo chafado), o si estaba más baja de la cuenta el alcance sería mínimo. En resumen, ya vemos lanzar una puñetera piedra tenía más enjundia que la fórmula para acertar siempre a la Primitiva.

Monstruosa BALLISTA elaborada para un documental de la BBC en 2002. Esa
descomunal máquina estaba diseñada conforme a la formula de Filón para
disparar un bolaño de apenas 1 talento (28,5 kg.) que, según el griego,
debía alcanzar los 160 metros. En las pruebas apenas llegó a los 90 y,
si mal no recuerdo, al tercer intento se estropeó y se acabó la fiesta. Medía
7,5 metros de alto, 8,5 de largo y su peso alcanzaba la friolera de 12 Tm.
Tras los griegos, fueron los cartagineses los que empezaron a hacer uso de estas máquinas, de las que se proveyeron de un impresionante arsenal así como de grandes cantidades de bolaños para tener con qué discutir durante sus intensos debates con los romanos durante las Guerras Púnicas. Cuando Publio Cornelio Escipión Africano se apoderó de CARTHAGO NOVA en 209 a.C. se encontró con un jugosísimo arsenal formado por 120 catapultas grandes, 281 pequeñas, 23 balistas grandes, 52 pequeñas y grandes cantidades de escorpiones, así como armamento de todo tipo. Posteriormente, cuando lograron destruir CARTHAGO en 146 a.C. encontraron nada menos que 5.600 bolaños con pesos comprendidos entre los 2,5  y los 40,5 kilos que han sido divididos actualmente en cinco categorías según su masa. Está de más decir que estos probos imperialistas no dudaron ni medio segundo en adoptar como propio aquel arsenal que, además, les había salido gratis.

Un detalle que no se menciona en ni una de las fuentes
consultadas es el sistema de regulación para el ángulo
de tiro como el que tenían los escorpiones. Suelen
aparecer con un ángulo fijo aproximado a los 45º, pero
sin posibilidad de corrección por lo que habría que
modificar el emplazamiento hasta dar con el sitio
adecuado. Cabe suponer que usarían algo similar al poste
trasero de la máquina que aparece en esta foto
Bien, así es como los lithobolos o petroboloi llegaron a manos de los romanos si bien ellos se apresuraron a cambiarles el nombre, pasando a denominarlos BALLISTÆ, término que, según mi ilustre paisano Isidoro, proviene precisamente del griego βαλείν (baleín), que significa arrojar ya que "...se tensan por medio de correas confeccionadas con nervios [en realidad eran tendones] y arrojan con gran fuerza dardos o piedras". Y no solo echaron el guante a las de los apiolados cartagineses, sino también a las de los griegos que habían colonizado Sicilia. Según Livio, la captura de Siracusa en 211 a.C. también les reportó un cuantioso botín en forma de tormentaria que emplearon contra los macedonios, los espartanos y la Liga Etolia si bien no fue hasta tiempos de César cuando éste llevó a cabo una organización de la tormentaria en el ejército, asignando máquinas a cada unidad y no como anteriormente, que se usaban a discreción y sin un criterio táctico racional. 


Otro ejemplo de posible mecanismo de regulación, similar en este caso
al usado por los escorpiones. Es absurdo pensar que estas máquinas
carecían de un sistema de regulación
Y en este punto llegamos a la descripción que hace estas máquinas Vitrubio, al que se toma como referente principal porque, a pesar de la desaparición de sus croquis y de partes importantes del texto, promueve el uso de un nuevo método para su construcción, dejando de lado el complejo sistema griego y que, además, permitía fabricar BALLISTÆ más pequeñas con un rendimiento igual o superior a los modelos helénicos. Está de más decir que esto también es motivo de profundos debates ya que aún no ha quedado claro en qué consistió la modificación que hizo este sujeto para sacarle más jugo a máquinas más pequeñas. Vitrubio basó su sistema en LIBRÆ como es lógico, pasando de las minas y talentos griegos, pero sus colegas le dijeron que, una vez hechas las conversiones oportunas, aquello no cuadraba. El FORAMEN, o sea, el orificio para las madejas de cuerdas salía más pequeño que si se seguía la fórmula de Filón para el mismo peso de piedra. Vitrubio, que igual no quería que nadie le pisara la idea, se limitó a decir que sus cálculos estaban basados en su experiencia personal y en lo que había aprendido de sus maestros, así que se quedaron con las ganas de saber dónde estaba el intríngulis de la cuestión. 

La lista de proporciones de Filón, por si alguien se anima
Aage Gerhardt Drachmann (1891-1980), un estudioso danés que entre otros temas se ocupó a fondo de la tecnología de Mundo Antiguo, observó que para un proyectil de 20 libras Vitrubio recomendaba un FORAMEN de 10 DIGITI (185 mm.), mientras que si se aplicaba la fórmula de Filón saldrían 12,5 dáctilos (250 mm.). Drachmann concluyó que solo había tres explicaciones: una, que se había equivocado o algún copista era el que había metido la pata; dos, que los romanos usaban máquinas de baja potencia, lo que no tenía mucho sentido; y tres, que había descubierto un método para sacar más rendimientos a las madejas de cuerdas. Pero, al parecer, Vitrubio no se equivocaba, y menos en algo tan básico como una conversión en el sistema numérico a pesar de que Marsden sugirió que quizás el error estaba en citar las dimensiones en DIGITI (1/16 de pie romano) cuando en realidad se refería a VNCIÆ (1/12 de pie). 

Al parecer, la clave estaba en la petritreton (la tabla donde se practicaba el orificio), que él denominaba como SCVTVLA. La cuestión no estaba en el tipo de cuerda usada, sino en la forma del orificio. Mientras que los griegos habían usado siempre arandelas circulares, Vitrubio tuvo la idea de que fueran circulares por debajo, pero elípticas por la parte superior. El travesaño que sujetaba la madeja  atravesando el borde superior de la arandela restaba espacio cuando las cuerdas empezaban a girar y tensarse, de modo que dando a esa parte una forma elíptica el espacio sobrante podrían ocuparlo dichas cuerdas, por lo que se podría aumentar la tensión sin necesidad de agrandar la máquina obteniendo una potencia similar. Fabricar esta pieza enteramente de bronce sería bastante complicado, pero la solución fue hacerlas de madera y bronce. En la figura A tenemos una vista superior de la pieza cuya boca elíptica presenta las muescas para el travesaño y, al fondo, la arandela circular de bronce. En la figura B lo vemos en sección: la parte metálica absorbe la tensión producida por las cuerdas, mientras que la vuelta de la madeja se distribuye con más facilidad en la parte elíptica sometida a menos estrés. Conclusión: los romanos aprendieron a fabricar BALLISTÆ mucho más manejables e igual o más potentes que las griegas. El progreso y tal, ya saben...

Para terminar, no podemos dejar de citar el ejemplar de Hatra que, además, es prácticamente el único que ha llegado a nuestros días en condiciones para sacar alguna conclusión razonablemente sensata y, con todo, también llevan discutiendo sobre ella desde el año 72. En realidad, el hallazgo consistió en parte del armazón delantero, así que tampoco era para tirar cohetes. A la derecha podemos ver la pieza, de la que como vemos no queda mucho salvo lo que aparece en la foto y tres de sus cuatro arandelas. Pero, al menos, permitió sacar algunas conclusiones interesantes. El armazón estaba enteramente forrado por una chapa de bronce de 2 mm. de espesor, lo que denota que estaba creada para resistir unos resortes de gran potencia, capaces de reventar un armazón que fuese solo de madera. Está datada hacia el siglo III d.C.

El profesor Dietwulf Baatz (1928-     ) la estudió en 1975 y le llamó la atención lo achaparrado del armazón para una máquina de este tipo, que requerían madejas de cuerda larguísimas como hemos visto, así como que el rebaje semicircular para las palas estuviera en la cara interna del soporte del armazón, lo que implicaría que era una BALLISTA con tensado interno, y no con el externo convencional. Ese concepto no era nuevo en realidad, pero nunca había sido plenamente aceptado a pesar de ser, no solo perfectamente viable, sino mucho más eficiente. A la izquierda vemos una recreación de la máquina que, en este caso, sería de tipo medio. Su funcionamiento es convencional, pero como vemos, los brazos están colocados hacia adelante para que al tensarse lo hagan por dentro del armazón, que se calcula tendría alrededor de 220 cm. de largo. Era una máquina rechoncha, pero no necesitaba más altura. Lo que si requería era anchura para dar espacio a los brazos.

En el gráfico de la derecha podemos ver con más detalle el aspecto frontal del armazón, con su superficie enteramente forrada de bronce remachado por ambas caras. En el centro vemos la caña y el deslizador con su bolaño listo para ser disparado. Conviene observar la lámina de cuero colocada en el centro de la verga para que el empuje de esta no se desvíe con la pelota de piedra y ocurra un desastre. Se desconoce si tenían algún detalle más refinado, pero Len Morgan fabricó una que es una virguería, formando una correa a base de cuero y fibras de tendón con una argolla del mismo material en cada extremo para fijarla a la verga, otra en la parte trasera para la soga del torno y hasta una pequeña protuberancia que, en contacto con el bolaño, aseguraría una salida más limpia del deslizador.

La diferencia entre una BALLISTA con tensión exterior o interior podemos verla en el gráfico. A la izquierda vemos una provista de un palintono convencional que le permite un recorrido máximo de 55º, mientras que la otra lo ve aumentado hasta 95º, y se podía incluso llegar a los 105º. Obviamente, el rendimiento de esta máquina era muy superior a igual de peso del proyectil por estar mucho más tiempo bajo la acción del empuje de los brazos hasta que salía despedido. No sabemos si esta tipología tuvo más o menos expansión, pero por la época en que está datada no sería raro que, a la vista de su rendimiento, fuese un modelo ampliamente difundido entre la artillería imperial. 

Bueno, con esto creo que ya está todo dicho. En todo caso, la BALLISTA no era un arma destinada a durar mucho más tiempo. Era demasiado compleja, demasiado cara, y demasiado grande. Necesitaba proyectiles cuidadosamente elaborados para sacarle su máximo rendimiento, y en campaña eso no siempre era posible salvo que se dedicaran, como era habitual, a devolver al enemigo los que les lanzaban y viceversa. De hecho, el onagro, una máquina también de torsión de un solo brazo muchísimo más básica, barata y versátil era en realidad más adecuada para un ejército que debía llevar toda su maquinaria desmontada en un interminables trenes de impedimenta y acompañados de una tropa de ingenieros y operarios que supiesen montarlas y ponerlas a tiro. En resumen, el fin del imperio romano fue el final de la BALLISTA, si es que no fue relegada antes al olvido, cosa que desconocemos. 

En fin, ya tá.


Pequeñas, manejables, fáciles de usar y muy baratas. O sea, justamente lo contrario de lo que eran estos imponentes chismes.
Con todo, y a pesar de sus limitaciones y de su complejo diseño estuvieron dando guerra unos 600 años, que no son pocos

jueves, 16 de abril de 2020

Misterios misteriosos: La CHEIROBALLISTRA


Probos ciudadanos recreacionistas haciendo compañía a una CHEIROBALLISTRA, una versión mejorada del
SCORPIO que vimos en la entrada anterior. Por cierto que el del pañuelo colorado creo que no es un probo, sino una proba.
El ejército romano se moderniza, qué cosas...

En apenas tres días he aprendido a odiar a este chisme. En teoría, este artículo sería sobre tormentaria a secas, pero cuando me zambullí en las fuentes de que dispongo casi tuve que salirme corriendo porque el agua estaba helada, carajo. A pesar de que es una máquina relativamente conocida y que aparece en varias escenas de la Columna de Trajano, es un puñetero enigma dentro de un misterio encerrado en una adivinanza porque, aunque parezca increíble, hasta bien avanzado el siglo XIX no se tuvo constancia fehaciente de su existencia o, mejor dicho, sobre lo que verdaderamente era. Como decimos, en la Columna de Trajano aparecen en varias escenas como la que vemos a la derecha, en la dos BALLISTARII están emplazando una de ellas o cargándola para moverla de sitio. Bien, pues aunque la Columna lleva enhiesta desde el 113 d.C., aún hoy día se desconoce casi todo sobre ella a pesar de que los estudiosos en la materia llevan ya unos 150 años intentando descifrar el enigma. Por lo tanto, antes de dar cuenta de los pormenores de la máquina no estará de más ponernos al corriente de esta intrigante historia propia de frikis como el que escribe y los que me leen.

Esta es la copia más antigua que se conserva, datada entre los siglos X-XI.
Duerme el sueño de los justos en la Biblioteca Nacional de París a ver si
aparece otra copia más completa, si es que alguna vez se llegó a hacer
El fautor de los primeros datos fiables sobre la máquina fue Napoleón III (Dios maldiga al enano perverso de su tío), que al parecer tenía un gran interés en recopilar textos del mundo clásico para enriquecer la Biblioteca Imperial. Su más encumbrado bibliotecario era un tal Minoïde Minas, una especie de híbrido de auténtica y verdadera rata de biblioteca e Indiana Jones decimonónico. Cuando Minas palmó, entre sus papeles aparecieron unos escritos con una nota que decía que los había encontrado en el monasterio del Monte Athos, y rápidamente fueron incluidos en una edición de lujo sobre la artillería griega realizada por Carl Wescher y publicada en 1867 bajo el patrocinio del sobrino del enano. La obra, desgraciadamente incompleta, era la "Construcción y dimensiones de la cheiroballistra", de Herón de Alejandría (c. 10 a.C.-70 d.C.), un ingeniero y matemático griego que elaboró un detallado tratado sobre este artefacto en el que se describen ocho partes del mismo, cada una de ellas con su correspondiente ilustración en color. Abajo pueden ver una de las cuatro copias que se conservan, en este caso el Codex Parisinus Gr. 2442 (siglos XI-XII), de la Biblioteca Nacional de París, folios 68v a 70v y que, como pueden apreciar, hay que ser un máquina con los jerogíficos para descifrar ese galimatías porque, como alguna vez he comentado, estos textos suelen ser- y en este caso lo es- copia de una copia y traducción de una traducción que, para colmo, tienen dos problemas añadidos, a saber: uno, que los planos no son como los nuestros, con planta y alzado, sino que ambas perspectivas suelen ponerse en el mismo croquis. Y dos que, como también se ha dicho varias veces, se omiten muchos detalles en al referente al montaje o al uso de la máquina en sí porque los destinatarios del texto ya sabían de qué iba el tema, pero los que los vemos 20 siglos después no nos enteramos de nada. Y en este caso, para complicarlo aún más, según el profesor Aitor Iriarte, parece ser que el traductor se limitó a convertir las medidas romanas originales en griegas, pero a pelo. O sea, no se preocupó de convertir las medidas correctamente, sino a equiparar un dígito romano de 18,5 mm. a un dactilo griego de 19,3 mm.  Bueno, he ahí los planos y sus instrucciones.

Como ven, tan fácil como las instrucciones de los "muebles" de Ikea

Como vemos, aparecen parte del armazón y del bastidor donde se colocaban los resortes de cuerdas, pero no dice nada acerca del soporte, la caña, el deslizador y los mecanismos de disparo. O, sea, solo disponemos de aproximadamente un tercio de la información. Bien, en 1877, un ingeniero gabacho llamado Victor Prou publicó su interpretación de la máquina, de la que dedujo acertadamente que era para disparar dardos. Pero el nombre, cheiroballistra (balista de mano) le jugó una mala pasada porque dio por sentado que para sujetar el bastidor del arma hacían falta dos manos de bronce fundido a modo de agarraderas como podemos ver en la foto de la izquierda. La máquina, enteramente fabricada de metal, fue elaborada por Albert Piat. En resumen, que se cubrieron de gloria. En 1906, el profesor Rudolf Schneider refutó la reconstrucción de Prou asegurando que era un churro completo y que, además, el término cheiroballistra era en realidad un añadido del escriba bizantino que en su día tradujo la obra del latín. Sea como fuere, lo cierto es que Prou le echó imaginación con ganas a la cosa aunque con magros resultados.

No fue hasta 1969 cuando el profesor Eric Marsden recuperó el texto en su obra "Artillería griega y romana, evolución histórica" y concluyó que, en efecto, se trataba de una máquina de torsión de nuevo diseño para lanzar dardos, más perfeccionada que el SCORPIO de Vitrubio que ya conocemos. Lo que permitió corroborar sus deducciones fueron varios hallazgos de una serie de piezas de hierro llevados a cabo por Nicolae Gudea y Dietwulf Baatz en lo que fueron los últimos CASTRA romanos en el Danubio, Gornea y Orșova, consistentes en piezas claramente identificables con las del manuscrito pero de un tamaño bastante mayor, lo que ha hecho que algunos estudiosos como Iriarte hayan afirmado que, en realidad, la cheiroballistra que conocemos era parte de toda una familia de catapultas de distintos tamaños. De hecho, la que aparece en el manuscrito es bastante pequeñaja, tanto que podía usarse como si fuera una ballesta.


Alan Wilkins con la reproducción fabricada por Len Morgan. Obsérvese
que el sistema de accionamiento del torno es totalmente distinto al de
Marsden. Luego los veremos con detalle
En la foto superior vemos el kamarion (el arco superior del bastidor) aparecido en Orșova, de nada menos que 125 cm. de largo contra los apenas 43,5 del que aparece en el texto que, por cierto, a estas alturas ya nadie atribuye a Herón en el mundo académico, por lo que ha sido rebautizado como Pseudo-Herón porque no se sabe en realidad quién fue el verdadero autor o copista. Finalmente, en 1994 Alan Wilkins llevó a cabo una revisión completa tanto de la traducción del texto como del diseño de la máquina basado en los nuevos hallazgos que habían tenido lugar desde la época de Marsden afirmando que, en efecto, se trataba de una lanza-dardos a pesar de que, como se ha dicho, no había constancia del sistema de disparo, del deslizador y si en efecto disponía de un torno para tensar la cuerda, lo que fue aprovechado por los negacionistas de siempre para asegurar que, en realidad, la cheiroballistra no era más que una variante del gastraphetes o incluso un artefacto de menor potencia ya que si se llamaba "cheiroballistra" era porque se podía tensar a mano para disparar unos darditos birriosos que no matarían ni al chucho escandaloso del vecino. Pero los listos estos pasaron por alto un detalle, y era que tanto Herón como Filón hablaban de una máquina "capaz de lanzar un proyectil a una gran distancia y golpear con gran fuerza el objetivo señalado", ergo eso solo se podía hacer con un arma de gran potencia, y las armas de gran potencia no se tensaban a mano, sino con tornos. En fin, siempre hay tontos de baba que parece que van buscando como llevar la contraria al primero que se les ponga a tiro. De hecho, la reconstrucción llevada a cabo por Len Morgan (un experto de verdad en maquinaria clásica, no el calvo de Canal Historia) siguiendo las indicaciones de Wilkins dio como resultado un artefacto que requería una potencia de tracción de 335 kilos, alrededor de cinco veces más que la que necesita el arco recurvado o largo de más potencia.

Bueno, estos son grosso modo los antecedentes de la criatura que nos ocupa hoy. Como ven, es de esos misterios misteriosos que solo se resuelven si un buen día aparece un viejo pergamino apolillado con el resto de las piezas o, mejor aún, una máquina completa enterrada en un desierto donde la nula humedad del suelo haya permitido conservarla cuasi intacta. Mientras tanto, la ruta iniciada por Marsden, Wilkins e Iriarte son las que marcan la pauta y, mientras no surjan pruebas que refuten sus teorías, de momento lo que tenemos es básicamente un SCORPIO con un bastidor metálico que permitió imprimirle mucha más potencia a la máquina. Y no ya por su estructura enteramente metálica, sino por su morfología, en este caso de los kambestrion, o sea, los armazones que contenían las cuerdas. Si observamos el gráfico de la derecha, en la figura A vemos el armazón primigenio del SCORPIO de Vitrubio. Los peritretaion (los soportes donde se colocaban los kambestrion), eran ambos rectangulares. Como vemos, teniendo en cuenta que el límite de torsión dejaba los brazos de la máquina con una angulación de 20º respecto al eje longitudinal de la misma, solo tenían un recorrido de 23º cuando se disparaba. Obviamente, cuanto mayor sea ese recorrido más potencia tendrá la máquina. La figura B muestra una versión posterior en la que los peritretaion tienen una curvatura por la parte trasera, lo que le permite aumentar el recorrido hasta los 35º. Por último, en la figura C vemos el de una palintonoi (una BALLISTA para disparar bolaños), cuyos kambestrion tenían forma elíptica y les permitía aumentar hasta los 45-50º.

Bien, pues la cuestión es que la cheiroballistra adoptó para los kambestrion una forma con tenencia elíptica, como los palintonoi, además de una mayor separación entre ambos, lo que unido a la ausencia de un armazón de madera más voluminoso daba a los brazos de esta máquina mucha más capacidad de movimiento. Los 20º límite de torsión se vieron aumentados en 6º, llegando a apenas 14º y, lo más importante, el recorrido de los brazos al disparar el arma alcanzaba un mínimo de 69º. Por mera lógica, el dardo estaba más tiempo sometido al empuje de la cuerda, ergo su velocidad aumentaba de forma notable respecto a los SCORPIONIS de Vitrubio y, por la misma razón, su alcance y su precisión eran mayores. Debemos tener en cuenta que la configuración en palintono era propia de las BALLISTÆ, y no de las euzytonoi (lanza-dardos) si bien la idea de adaptar una BALLISTA  para lanzar dardos ya venía de antes. Al parecer, en el 49 a.C., durante el asedio a MASSILIA (actual Marsella) a manos de César, los sitiados usaron este tipo de máquinas para disparar enormes dardos de 12 pies romanos (3,56 metros) contra las defensas romanas, atravesando hasta cuatro cestones de la barrera para luego clavarse en el suelo. 

Otro aspecto a tener en cuenta era la capacidad visual de los BALLISTARII que servían un SCORPIO o una cheiroballistra. En la foto superior vemos que la DIOPTERA del SCORPIO, protegida por una chapa de hierro, apenas deja libre el hueco por donde saldrá el dardo, por lo que los BALLISTARII tenían que apuntar tomando una referencia por encima o por un costado del armazón, aparte de no tener la posibilidad de adelantarse a los movimientos del objetivo porque, simplemente no podía ver lo que tenía delante cuando estaban cargando la máquina. Abajo tenemos una perspectiva similar, en este caso de una cheiroballistra y, como salta a la vista, el panorama es completamente distinto. El campo visual es sumamente amplio, prácticamente no hay nada que pueda estorbar a la hora de hacer puntería, y los BALLISTARII sabían en todo momento lo que tenían delante de ellos. Para apuntar podían enfilar el objetivo con el mismo dardo, si bien hay quien sugiere que podían usar el kamarion (el arco superior del armazón). Yo no lo tengo claro en ese sentido y, de hecho, ni siquiera le encuentro utilidad a esa curvatura porque no influye para nada en el funcionamiento de la máquina así que solo me cabe la posibilidad de que pudiera usarse cuando se disparaba con un ángulo muy elevado, como aparece la máquina en la foto de Wilkins que hemos visto más arriba, para ofender a enemigos dentro de una fortificación o para que pasasen sobre las filas del ejército propio cuando se usaban en batallas campales. Y a todo ello añadir que en el caso de la cheiroballistra era materialmente imposible que el dardo golpease el interior del armazón al salir disparado, e incluso, como en el caso de la catapulta de Hatra, se podían disparar dos dardos al mismo tiempo al haber sitio de sobre para ello.

Réplica basada en el modelo de Marsden con los kambestrion protegidos
por sendos cilindros de cobre
Otra mejora notable sobre el SCORPIO radicaba en que el riesgo de verse afectada por el fuego era menor, al menos en lo concerniente al armazón y las cuerdas. Como es de todos sabido, el principal objetivo de una guarnición sitiada ha sido siempre destruir las máquinas del enemigo. Desde que se inventó el primer ingenio hasta que la artillería acabó relegándolos a la obsolescencia, la única forma de hacer desistir a los sitiadores era destruyendo su tormentaria, y la única forma de hacerlo era incendiándolas, bien a distancia lanzándoles proyectiles o pellas ardientes, o bien llevando a cabo una espolonada con el tiempo justo de rociarlas de aceite o brea, arrimarles una antorcha y salir echando leches de vuelta al castillo. Por esto motivo, a una cheiroballistra podrían quemarle el soporte que podía ser fácilmente sustituido y, a lo sumo, las cuerdas de los resortes. De hecho, incluso si la misma máquina usaba proyectiles incendiarios como FALARICÆ o MALLEOLI podía ocurrir un desastre y acabar viéndola arder como una tea. Pero precisamente su construcción a base de piezas desmontables sin un solo remache permitiría que, llegado ese caso, pudiera sustituirse un kambestria (el conjunto de arandelas y cuerdas que formaban el resorte) ya pretensado y listo para entrar en acción. Solo había que extraer las cuñas que la ajustaban en su posición, remover la estropeada y colocar la nueva, lo que se podía hacer en pocos minutos. Por otro lado, aunque no se menciona en ningún texto, sí podemos ver en todas las máquinas que aparecen en la Columna de Trajano los kulindroi chalcoi, unos cilindros de cobre de quita y pon como los que vemos en la foto de la izquierda. Este accesorio, además, no solo protegía del fuego las cuerdas, sino que también las resguardaba de la humedad. Un repentino chaparrón las empaparía, destensándolas por completo hasta que se secasen, lo cual podría requerir horas e incluso días en los que la máquina quedaría inutilizada. 

Finalmente, antes de pasar a los entresijos de la máquina, conviene detenernos en las CARROBALLISTÆ que aparecen en la Columna de Trajano y que podrían ser considerados como los primeros vehículos de combate armados de la historia, porque los carros de guerra convencionales eran meros medios de transporte para los combatientes. La imagen que vemos a la derecha podría inducir a pensar que era solo la forma de transportarlas de un lugar a otro pero, si nos fijamos, el BALLISTARIVS que aparece tras el carro está accionando el torno, así que su colega que va dentro sería quizás el encargado de cargarla y apuntarla. Por otro lado, tenemos el testimonio de Flavio Arriano, gobernador de Capadocia, que en el 134 d.C. tuvo que hacer frente a los alanos, unos sujetos muy desagradables con los que no eran de su tribu. Se enfrentó a ellos con dos legiones y un contingente de caballería y arqueros auxiliares, además, de las 110 CARROBALLISTÆ de dotación entre las dos legiones. 

Otra escena en la que vemos a un BALLISTARIVS ayudando a superar una
pendiente. Cada carro iba tirado por dos mulas, lo que me hace suponer que
tanta acémila para tan poco carro cargado con una máquina relativamente
ligera estaba ideado para desplazarse con rapidez sin agotar a los animales
Según narra él mismo, las desplegó en las alas, tras las líneas de arqueros, siendo los primeros en hacer llover sobre los enemigos una andanada de proyectiles a la nada despreciable distancia de unos 500 metros. A continuación, cuando habían acortado la distancia a la mitad, les hizo llegar otra de dardos ligeros y bolaños del tamaño de una naranja. Solo cuando estaban cerca fue cuando los arqueros se encargaron de rematar la escabechina. Obviamente, disponer de máquinas capaces de lanzar proyectiles con una cadencia razonablemente alta para un artefacto de este tipo y, encima, dotados de movilidad para proporcionales una mayor flexibilidad táctica debió ser toda una innovación en aquella época. Por cierto que, si comparamos el soporte de estas máquinas con los de los SCORPIONIS, vemos que les falta el soporte delantero. El motivo era precisamente para darles cabida en los carros reglamentarios romanos, cuya caja media 5 pies romanos (aprox. 150 cm) de largo. Este detalle, que podemos ver en la Columna, permitió intuir con, creo yo, bastante certeza como debió ser el armazón original de la cheiroballistra aunque en los textos que se conservan no se diga nada al respecto. Y para terminar, un par de detalles: estas máquinas estuvieron operativas al menos hasta el siglo III o IV, y contrariamente al sistema modular del SCORPIO, por el que sus medidas se basaban en fracciones o múltiplos del orificio de los peritretaion, en los documentos sobre las cheiroballistras se dan las medidas de cada pieza sin más, pasando de tener que hacer cálculos constantemente en base a una cifra concreta


Bueno, grosso modo esto es lo que podemos decir con relativa certeza sobre la cheiroballistra. Pasemos ahora a los detallitos chorras apuntilla-cuñados...




Figura A. Ahí tenemos una vista en tres cuartos del soporte que en su día recreó Wilkins y basado, como hemos dicho, para darle cabida en la pequeña caja de los carros del ejército. Básicamente tiene el mismo funcionamiento que el de los SCORPIONIS: una columna central apoyada en dos soportes laterales colocados a 45º y un tercero hacia atrás donde se sustenta el puntal que permite regular el ángulo de inclinación de la caña y el deslizador. Para darle el máximo ángulo bastaba con sacar el puntal de la caja situada bajo la caña, girarlo hacia abajo y con eso la caña queda libre de cualquier apoyo.



Figura B. Vista de perfil de la máquina. En este caso, en vez de las poleas usadas en el SCORPIO, según Wilkins se usaron dos palancas provistas cada una de un trinquete como si de carracas se tratase, de forma que el cargador actuaba alternando una y otra sin tener que sacar la palanca para pasar al orificio siguiente de la polea. Este sistema agilizaba enormemente el proceso de carga. En la culata vemos la pieza en forma de arco que nos recuerda al gastraphetes y que aún no se sabe con exactitud si su posición era horizontal o vertical. Iriarte opina que era horizontal, mientras que Wilkins lo sitúa, como vemos en el gráfico, verticalmente, opción por la que me inclino por una sencilla razón: parece la opción más útil para que el BALLISTARIVS apoyase el hombro para apuntar el arma. Puesta en posición horizontal no le veo sentido alguno. Bien, delante de las palancas de carga vemos el asa que permitía hacer avanzar el deslizador. Cuando el arma se disparaba, el mecanismo de carga tenía que avanzar para volver a enganchar la cuerda, y para eso bastaba con mover el deslizador hasta que la serpiente la enganchase. Justo delante de la palanca tenemos el mecanismo de disparo, supuestamente similar al del SCORPIO, y en el extremo podemos ver el kambestria, aunque sin los resortes para que se pueda ver mejor como estaba fijado a la caña.



Figura C1: Costado izquierdo de la caña con el mecanismo de carga recreado por Marsden. En este caso, consta de un simple trinquete cuya uña está provista de una palanca para liberar dicho trinquete cuando había que recargar la máquina. 



Figura C2: Costado derecho de la misma máquina, con una polea accionada por cuatro palancas fijas. Obviamente, este sistema era más lento y requería de mayor esfuerzo que las dos palancas del modelo de Wilkins. 



Ahí tenemos las piezas del armazón que sustentaban los kambestrion con las cuerdas. Todas ellas eran de hierro, o al menos eso se supone aunque también podrían ser de bronce.



A1 y A2: Vistas de perfil y planta del kamarion (arco), que como ya hemos visto es la pieza superior del conjunto. Se fijaba a los kambestrion mediante las lengüetas que aparecen en los extremos mediante cuñas de hierro (luego lo veremos con más detalle). Como ya se comentó anteriormente, gracias a este sistema cualquier pieza dañada podía ser sustituida por una de repuesto en menos que un cuñado se ventila un malta de 24 años sin respirar siquiera.



B1, B2 y B3: Esas tres piezas formaban la klimakion (escalera, por su aspecto visto desde arriba). Cumplían la misma misión que el kamarion, pero por la parte inferior de los kambestrion. Los dos laterales estaban unidos mediante tres rectángulos metálicos, a, b y c, que eran remachados formando un todo extraordinariamente sólido para resistir las grandes tensiones que soportaba el armazón. Además, en los pequeños orificios que vemos en el centro era donde, mediante unas piezas en forma de T, se fijaban al kanones duo, o sea, el conjunto de caña y deslizador.



Y en este gráfico tenemos los brazos y las tres piezas que formaban el kambestrion. A1 y A2 son el bastidor donde se alojaban las cuerdas. En A1 tenemos la vista lateral con el arco que queda posicionado hacia la parte exterior del conjunto, lo que le permitía aumentar el ángulo de apertura. A2 es una vista frontal y en ella podemos apreciar las piezas en forma de U donde se encastraban las lengüetas del kamarion y el klimakion que hemos visto en el párrafo anterior. B es la pieza donde se fijaban las arandelas o barriletes que sujetaban y tensaban las cuerdas y que no reproducimos porque son los mismos que los del SCORPIO, de modo que el que no se acuerde que lo vea en el artículo anterior. Llevaba dos, una arriba y otra abajo y, no lo olvidemos, tenía era forma elíptica para contribuir al aumento del ángulo que podían alcanzar los brazos. Los cuatro orificios que presenta eran, como ya sabemos, para tesar las cuerdas cuando a causa de uso o la humedad se aflojaban. Y en la parte superior del gráfico podemos ver los brazos. Al tener más potencia que un SCORPIO, estaban reforzados por una pletina metálica rematada en un gancho donde se colocaba la cuerda, que podía tener 7 mm. de diámetro o más en función al tamaño de la máquina. Así pues, al brazo de madera C1 se le abría una mortaja para dar cabida a la pletina de hierro C2. El conjunto eran asegurado en su parte trasera mediante una arandela de hierro y con un encordado en la delantera como vemos en C3.



Y por último, aquí tenemos una vista frontal del bastidor completo de la cheiroballistra con todas las piezas que se han ido describiendo, por lo que poco queda ya que explicar. En el detalle A vemos las piezas antes mencionadas para fijar la klimakion al kanones duo. Como la klimakion tenía dos piezas iguales, una delante y otra detrás, en total se requerían cuatro de estas T's para asegurarla, quedando sólidamente unida a la caña. En el detalle B vemos de cerca como se montaban las piezas. La lengüeta pasaba por la presilla y se fijaba con una cuña de hierro que impedía que se saliera de su sitio, pero para darle la altura necesaria y, por ende, bloquearla totalmente, había que añadir debajo dos cuñas más, de madera en este caso, que empujaban la lengüeta hacia arriba. Por lo demás, podemos ver los pasadores que regulaban la tensión de las arandelas, las pletinas de hierro embutidas en las palas y el encastre en cola de milano del deslizador con la caña similar al del SCORPIO. Solo la elaboración de este puñetero croquis me llevó toda la tarde y parte de la noche de ayer  aunque no lo parezca, y más que una donación por desgaste neuronal merece un lote completo de neuronas nuevas con dos años de garantía, porque no imaginan lo laboriosos que son estos puñeteros dibujitos.


Las flechas rojas señalan las piezas que unían la klimakion a la caña.
La amarilla, el asa que permitía hacer avanzar el deslizador para
recargar el arma. Esta máquina también está basada en
la reproducción de Wilkins
Bien, criaturas, con esto terminamos. Aunque sea un misterio misterioso, al menos saben ya de las cheiroballistras muchísimo más que cualquier cuñado incluyendo el calvito del Canal Historia. No obstante, haremos una puntualización más porque ha habido quien lo ha preguntado: ¿qué pasa cuando se disparaba este chisme? Bien, lo explicaremos de forma que todos lo entendamos, y conste que el proceso es el mismo para el SCORPIO. Como ya sabemos, todo el sistema de tornos funcionaba a base de trinquetes. Una vez que se disparaba y había que volver a enganchar la cuerda, era necesario hacer avanzar el deslizador hasta la misma. O sea, no se desenrollaba la cuerda del torno, sino que se empujaba el deslizador por el asa situada tras el mecanismo de disparo ya que ambas piezas, deslizador y mecanismos, estaban unidos. Previamente se liberaban los trinquetes, y a continuación se empujaba el deslizador como se ha dicho, tirando a su vez de la cuerda que, también a su vez, hacía girar el torno. De ese modo, la cuerda no se enredaba ni se formaban nudos, manteniéndose relativamente tensa. Cuando la serpiente alcanzaba la cuerda de los brazos se enganchaba, se aseguraba con la palanca de disparo, se bloqueaban los trinquetes y se hacía retroceder todo el conjunto de deslizador-mecanismos de disparo accionando el torno con el sistema que tuviera instalado la máquina. 


En fin, no creo haber olvidado nada, y si lo he olvidado pues lo siento en el alma, lo juro.



Güeno, s'acabó lo que se daba. Ehto m'ha dejao p'al arrahtre, cohone...



Hale, he dicho

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