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lunes, 26 de septiembre de 2016

Armamento visigodo. Hachas


Dos visigoditos demostrando a mamá visigoda, a sus pedagogos, bellatores y demás pelotas cortesanos lo bien que manejan
sus pequeñas hachas, garantizando así que en un futuro no muy lejano podrán hendir los cráneos de sus más acérrimos
enemigos y, naturalmente, de los cuñados deseosos de cesarlos y ocupar sus puestos.

Bien, prosigamos. Tras la entrada anterior, en la que hablamos de las armas enastadas de estos belicosos hispanos adoptivos, hoy estudiaremos las hachas. Como es de todos sabido, los pueblos germánicos eran especialmente dados al uso de este tipo de armas y, por ende, muy diestros en su manejo. Cabe suponer que originariamente se partió de hachas-herramientas que, debidamente transformadas para obtener de ellas un mejor rendimiento militar, evolucionaron hasta convertirse en las hachas arrojadizas- las temibles franciscas- o las poderosas hachas de dos manos empleadas por los pueblos nórdicos, capaces de hendir sin problema un escudo más el portador del escudo.


La francisca, de la que ya se habló en su momento, era una de las armas más significativas de los guerreros germanos en general y los visigodos en particular. El origen de su nombre, como ya se comentó en su día, nos lo explicó Isidoro de Sevilla en sus "ETIMOLOGÍAS" cuando decía que, por ser empleadas por los francos, recibían la denominación de franciscas. No obstante, el hecho de que los vecinos del norte las emplearan con profusión no quería decir que además fuesen sus únicos usuarios ya que estas armas estaban muy extendidas por la Europa de la Alta Edad Media. De hecho, en nuestra añeja piel de toro han aparecido diversos ejemplares que testifican que, en efecto, formaban parte de las panoplias de los guerreros visigodos, quizás tomadas de los francos. Bien, temas etimológicos aparte, la francisca era un arma espléndidamente diseñada para el lanzamiento independientemente de que también fuera un arma temible en el cuerpo a cuerpo. Si observamos los tres ejemplares del gráfico superior podremos ver que sus hojas presentan una sinuosa forma de S, lo que facilitaba el giro de las mismas. A ello ayudaba también la forma y la longitud del mango que, más bien corto y levemente curvado hacia afuera permitía imprimir la fuerza adecuada para obtener un lanzamiento potente. Por otro lado, como vemos en la figura A, un generoso filo ofrecía una mayor superficie de corte, lo que se traducía en un mayor radio de clavada la cual era más contundente gracias al masivo talón de la hoja que actuaba como contrapeso. En las figuras B y C vemos diseños que siguen una pauta similar: gran longitud de la hoja respecto a su anchura, una acusada forma de S de las mismas y un pesado talón que ayuda a aumentar la velocidad de giro, lo que a su vez se traduciría en una energía cinética mayor.


El gráfico de la izquierda quizás nos ayude a comprender mejor este tema. Como vemos, cuando la francisca sale despedida comienza inmediatamente a girar ayudada por todos los factores mencionados en el párrafo anterior, además del golpe el muñeca que le imprimía el combatiente para voltearla. Ojo, no nos confundamos en este detalle porque una francisca no se lanzaba sola. Hacían falta años de adiestramiento para lograr colocarla en la diana con la debida precisión y potencia independientemente de que el objetivo estuviera a 5, 10 ó 20 metros. En todos los casos y para lograr el efecto deseado el filo debía golpearlo, y ahí es donde estaba la enjundia del lanzamiento ya que había que calcular de forma instintiva y prácticamente instantánea la fuerza y el efecto que había que imprimir al lanzamiento para lograr que el filo del hacha estuviera enfrentado al objetivo en el instante previo al impacto. En todo caso, lo que sí podemos tener claro es que, tal como se muestra en el gráfico, el peso del talón y el amplio filo extendido hacia abajo eran claves para que el arma efectuase un giro completo en un recorrido muy corto, lo que aumentaba las posibilidades de acertar gracias al inteligente reparto de la masa del arma.


Combatiente visigodo con una panoplia
básica de armas. De su cintura pende un
scramasax, arma que ya estudiamos en
su momento
Así pues, la francisca sería lo que podríamos decir un hacha específicamente militar, diseñada por y para la guerra y que, fuera del contexto bélico, tendría unas aplicaciones muy limitadas ya que su diseño no era el más indicado para su empleo como herramienta independientemente de que con ella se pudiera hacer leña o llevar a cabo pequeñas reparaciones, cosa poco recomendable ya que podría estropearle el filo. Pero no todos los hombres sujetos a filas tenían el adiestramiento necesario para manejar una francisca con propiedad ni tampoco los medios para adquirir una. Y que nadie piense que un arma de este tipo costaría lo mismo que una simple hacha de currante porque las primeras requerían una elaboración mucho más cuidadosa de cara a lograr darle la forma y el peso adecuados, por lo general encargados de forma expresa por el cliente. Por el contrario, un hacha-herramienta no tenía más ciencia que una forja y un temple adecuados, pero sin más florituras.

Por lo tanto, muchos de los sufridos campesinos que debían acudir llegado el caso a la llamada de las armas ni tenían franciscas ni sabían manejarlas adecuadamente, por lo que lo más sensato para ellos era ir a apiolar enemigos con sus hachas domésticas, las mismas que usaban para talar un árbol, fabricar una mesa o dejar listo de papeles al felón que le tiraba los tejos a la parienta cuando uno se ausentaba de casa más tiempo del prudencial. Hablamos del SECVRIS o, castellanizando el término, el segur, forma esta con la que en realidad se denominaban estas herramientas hasta tiempos no tan remotos. De hecho, en el "Tesoro de la Lengua Castellana" de Covarrubias, impreso por primera vez en 1611, en la entrada del hacha no encontramos ninguna acepción que haga referencia a armas o herramientas, sino a antorchas. Sin embargo, si nos vamos a la letra S encontraremos el término SEGVR del que nos dice que era "...un género de destral que corta por ambas partes, o por una sola...". La palabra hacha en su acepción como herramienta o arma es un galicismo inmundo proveniente del término francés hache, que a su vez tiene su origen en el franco hapja. O sea, que desde tiempos de los romanos y durante toda la Edad Media estas armas eran segures o segurones y no hachas. He creído oportuno dedicar un párrafo para aclarar este asunto ya que puede inducir a no pocos errores cuando vemos que antaño no se empleaba para nada la palabra hacha, y a veces no sabemos que término usaban para ello.

Hecho este breve paréntesis, pasemos a detallar la morfología de los segures empleados por los visigodos. Como ya hemos anticipado, se trataba de herramientas domésticas que, según los ejemplares hallados, tenían dos filos de diferente tamaño y posiblemente distintas aplicaciones que, según Isidoro de Sevilla, nos da su mismo nombre. El término SECVRIS, según el eximio obispo, proviene de SVCCIDERE, talar árboles. Pero también nos dice que equivale a SEMICVRIS ya que por un lado corta y por el otro sirve para cavar, o sea, una herramienta similar a las dolabras empleadas por los romanos. En el caso que nos ocupa, los segures visigodos serían herramientas con su filo normal en un lado mientras que en el otro presentaban un filo vertical menor cuyo cometido no podemos conocer con exactitud debido al estado que presentaban los ejemplares hallados. Así pues, igual eran picos que azuelas pero, en todo caso, igualmente válidos para triturarlos esternones de los enemigos. 


A la derecha podemos ver una recreación basada en un original. Como vemos, su cabeza mide unos 24 cm. de longitud si bien se han hallado ejemplares de hasta 30 cm., lo que de entrada nos confirmaría que habría que manejarlas con ambas manos. Con todo, es obvio que habría hachas de todos los tamaños que, con el paso del tiempo, darían pie a los segurones- hachas grandes como la que mostramos que requerían las dos manos para su manejo- y los destrales, hachas más pequeñas llamadas así porque se blandían con la mano diestra. Sea como fuere, de lo que podemos estar casi seguros es que los visigodos las llamaban con la forma latina SECVRIS.


En cuanto a su contundencia está por encima de toda duda, y es seguro que un arma semejante en manos de un forzudo visigodo debía tener unos efectos devastadores tanto en hombres armados de punta en blanco como en milicianos pobretones. El filo pequeño podría hendir fácilmente cualquier armadura o yelmo de aquella época conservando un remanente de energía capaz de producir heridas terroríficas en cuerpos, extremidades o cabezas. En su momento ya estudiamos detenidamente los tremebundos efectos del armamento medieval sobre las míseras envolturas carnales del personal, pero no está de más mostrar un pequeño recordatorio como el que vemos en la foto de la izquierda. En este caso, lo escalofriante no es la herida que muestra ese cráneo en la parte superior, producida probablemente por una espada, sino el hecho de que la jeta del propietario del mismo fue limpiamente partida por la mitad, y en este caso podríamos asegurar que con un hacha. Obsérvese que, aunque la cabeza está girada hacia la derecha, el maxilar superior que aparece marcado con la flecha conserva su posición correcta respecto a la mandíbula inferior en sentido longitudinal, lo que quiere decir que ese difunto recibió un hachazo justo debajo de la nariz que le partió la cabeza casi en dos mitades. En fin, estas armas no eran para tomarlas a broma como ya podemos suponer. 

Bueno, con esto vale por hoy. Y como es hora de llenar el buche, hago mutis por el foro y a otra cosa, mariposa.

Hale, he dicho

lunes, 1 de febrero de 2016

Bricolaje armero: Hachas de combate egipcias 2


El eximio Faraón de Camas salvajemente agredido por un hitita que, para
colmo de males, también era antitaurino. En todo caso, la contundencia
del hacha épsilon que le arrebató al faraón para apiolarlo queda patente.

Bueno, prosigamos. Hoy veremos como fabricar la otra tipología molona y fácil de estas hachas milenarias: las denominadas como épsilon debido a su supuesto parecido con esa letra del alfabeto griego, igualita que un 3 escrito al revés. Esta es un poco más difícil que la que vimos en la entrada anterior o, mejor dicho, más tediosa de fabricar, pero nadie dijo que las cosas tuvieran siempre que ser fáciles, digo yo...



Las medidas están basadas en ejemplares originales, pero cada cual puede
fabricarlas del tamaño que quiera, faltaría más.
Bien, los ingredientes principales son los mismos que los usados para fabricar la tipo D: el palo, que será igual en ambos casos, y la chapa de bronce o latón. En esta ocasión podremos prescindir de las tiras de piel ya que la fijación al mango se llevará a cabo mediante remaches pasantes, y la tira de lino o arpillera será necesaria para impedir que la sangre y los restos de cerebro del cuñado de turno hagan que nos resbale de la mano homicida. Estas hachas fueron contemporáneas a las tipo D, o sea, tuvieron su máxima difusión durante el Reino Medio, y suelen aparecer en los bajorrelieves de la época en manos de las tropas de infantería. Estas solían combinarlas con mazas y khopesh, lo que indica que buscaban ante todo dejar fuera de combate a los enemigos al primer envite con un solo pero definitivo golpe. De esta tipología tenemos dos formas bien diferenciadas, las cuales podemos ver en la figura superior. Según podemos apreciar, la que aparece arriba es más larga y menos curvada, mientras que la otra es justo lo contrario, más corta y curvada.

Los orificios de fijación los dejaremos para más tarde
Estas hachas no estaban unidas al mango mediante tiras de cuero, sino con remaches, según avancé antes. Lo suyo es que fuesen de latón, y se pueden fabricar partiendo de una fina barra de dicho material. Unos 3 mm. de diámetro serán más que suficientes. En las tiendas de modelismo son fáciles de encontrar de diversos calibres pero, caso de no tener ninguna cerca de casa, pues se recurre a clavos del diámetro deseado y santas pascuas. Lo más tedioso será en este caso recortar la chapa debido a los entrantes de la hoja. Como con una sierra de calar no será posible, habrá que recurrir a un taladro provisto de una broca de 5 ó 6 mm. e ir perforando la chapa con santa paciencia tal como vemos en la figura superior. Sí, es un coñazo, pero no queda otra. Una vez recortada la chapa se afina el corte a golpe de lima y quedará perfectamente. Ah, lo olvidaba... Antes de perforar hay que marcar los sitios donde haremos cada orificio con un granete ya que, de no hacerlo así, la broca resbalará y nos saldrá un puñetero churro. Si no tenemos granete ni ganas de compra uno (en realidad son muy baratos), pues recurrimos a una puntilla bien aguzada.

Una vez terminada la hoja llegará el turno del mango. Haremos tres cajas o mortajas donde irán alojados las tres lengüetas de la hoja. Recordemos que se pueden hacer con un formón o, caso de no disponer del mismo, con un destornillador al rojo. Insisto en lo que ya comenté en la entrada anterior: estas cajas deberán tener unas dimensiones tales que la hoja entre justa, sin holguras. Si nos pasamos, podemos rellenar el espacio sobrante con pasta de madera o, si no queremos gastar los dos eurillos que vale el tubo, nos la fabricaremos nosotros mismos con serrín procedente del mango mezclado con cola blanca. Queda como un cuerno de duro, lo juro. Ponemos la pasta con ayuda de una pequeña espátula o algo similar y esperamos a que se seque. Finalmente, hacemos los agujeros para los remaches, que para que nos queden parejos podemos fabricar una plantilla con cartulina. Luego colocamos la hoja e, introduciendo la broca por los agujeros que hemos hecho, perforaremos el metal con cuidado de que no nos desviemos y deformemos el agujero del lado opuesto del mango.

Colocamos los remaches, que habremos cortado de forma que sobresalgan unos 2 mm. por cada lado, y remacharemos golpeando por los bordes para deformarles la cabeza. Luego lo podremos repasar con una lima fina para que queden bonitos y tal. Ojo, que para remachar como Anubis manda hay que apoyar el lado opuesto del remache contra una superficie dura, como la cabeza de un martillo grande, un tornillo de mesa o, si no disponemos de nada parecido, un puñetero adoquín que podremos obtener robándolo por la cara de alguna obra. Una vez colocados los remaches y debidamente repasados, solo nos resta terminar la empuñadura con la tira de lino/arpillera y sanseacabó. En la figura superior vemos el aspecto que tendrían estas hachas una vez terminadas (terminadas bien, se entiende, no si salen como una birria), y una transparencia con el encaje de la hoja en el mango.

En fin, dilectos lectores, espero que estas sugerencias bricolajeras les sirvan, no solo para blandirlas ante las atemorizadas jetas de parientes gorrones, sino para deleitarse, solazarse y regodearse tanto en su elaboración como en su contemplación en algún lugar preferente de la casa: chimenea del salón, delante del inodoro mientras acudimos a la llamada de la naturaleza, o incluso en el recibidor como señal de aviso a sableadores, predicadores mormones, testigos de Jehová y demás ciudadanos palizas de que uno no se anda con tonterías. 

Hale, he dicho

¡Al ataquerrrrlllllll!



sábado, 30 de enero de 2016

Bricolaje armero: Hachas de combate egipcias 1


Si hacemos caso de las representaciones artísticas que han
llegado a nuestros días, los egipcios daban estopa con
saña bíblica. La imagen pertenece a una película cuasi
desconocida en España. Se trata de un film polaco del año
1966. Si pueden hacerse con ella, no lo duden, es una obra
maestra. Se titula "Faraón"
Mediten vuecedes unos instantes y reconozcan que les resultaría enormemente gratificante despertar la envidia más feroz entre sus colegas con los que comparten su afición por la historia y las armas. Así mismo, reconozcan que darían cualquier cosa por ver a sus cuñados espumear de odio, anonadados ante vuestra incuestionable habilidad manual. Finamente, reconozcan que les molaría una bestialidad poder adornar la chimenea del salón- si es que la parienta no se pone de uñas por ello- con una fastuosa hacha como las que blandieron las tropas del gran Ramsés, y más ahora que está tan de moda todo lo egipcio, que hasta venden dibujitos en papiro donde aparecen faraones de juerga con los dioses para adornar el pasillo o el recibidor de casa. ¿Ya lo han reconocido? Bien, en ese caso dispónganse vuecedes a tomar nota de como elaborar algunas de las tipologías usadas por los ejércitos del Alto, Bajo, Mediano y del Entresuelo Egipto. Son tan fáciles de fabricar que hasta un político podría terminarlas con un éxito razonable, así que empecemos:

Hachas sumerias. La superior es de la Edad de Bronce
mientras que la inferior es de cobre, con unos cinco
mil años a cuestas nada menos.
Eso de apiolar enemigos abriéndoles la cabeza como si fuera un melón maduro es más antiguo que rascarse. Sumerios, hititas y egipcios diseñaron hace más de cuarenta siglos, que ya son siglos, diversas tipologías de hachas a cual más mortífera, y más si tenemos en cuenta que, en aquellos tiempos, los elementos de defensa pasiva solían limitarse a un escudo fabricado con piel de antílope y/o mimbre y algún tocado de tela gruesa o piel para la cabeza. De hecho, y eso está más que comprobado a la vista de las numerosísimas representaciones artísticas con que los faraones egipcios demostraban a propios y extraños que habían derrotado gallardamente a sus enemigos, se puede decir que estos ciudadanos combatían prácticamente en cueros, lo que los hacía especialmente vulnerables a unas arma como las hachas, que aún siendo de cobre o bronce en aquellos tiempos, eran más que suficientes para producir escalofriantes heridas. En realidad, las hachas sumerias se asemejaban más al pico de un martillo de guerra medieval, previendo que algún enemigo se hubiese agenciado algo más efectivo que su cráneo para proteger el cerebro, pero estas son demasiado complejas para una sesión de bricolaje ya que se trata de piezas obtenidas mediante fundición, como se puede ver en la foto superior. Obviamente, estas hachas eran mucho más efectivas gracias a su cubo de enmangue y, aunque ya aparecen en la Estela de los Buitres (c. 2450 a.C.) en manos de los primeros monarcas sumerios, los egipcios prefirieron su tradicional sistema de montaje mediante vástagos ensamblados en una ranura del mango, mucho más débiles pero también mucho menos complicados de fabricar. Ojo, que el hacha sumeria era capaz de ejercer una fuerza de 106 kilos por cm², que no es cosa baladí.


La primera que vamos a estudiar es una tipología propia del Reino Medio (c. 2050-1750 a.C.) que actualmente se denominan como Tipo D por la forma de su hoja, obviamente similar a una de esas letras en mayúsculas. Era un arma básica pero que, bien fabricada, era capaz de desguazar a mogollón de hititas, nubios o incluso semitas. Los ingredientes para construir una de estas hachas son fáciles de conseguir y aún más fáciles de trabajar: un simple palo para el mango, una chapa de latón de unos 5 mm. de grueso para la hoja, un cacho tela de lino crudo para envolver la empuñadura (vale otra tela basta, como la arpillera, pero los egipcios usaban lino) y, finalmente, unas tiras de fina badana de unos 2 ó 3 mm. de ancho. Se pueden comprar en cualquier taller de guarnicionería o talabartería.


El palo es facilísimo. Basta ir a un bazar chino, donde tienen mogollón de mangos para azadas y demás aperos agrícolas. Pero si queremos reproducir un mango como Amón manda, deberemos buscar un sauce, cuya madera era la que los egipcios usaban para elaborar las astas de sus armas. Se suelen ver en las orillas de los ríos pero si no tenemos sauces a mano pues otro arbolito nos será útil. Ojo con los del SEPRONA, que se la cogen con un papel de fumar. Para darle la forma adecuada a la parte inferior del mango tendremos que recurrir a una rama de proporciones adecuadas y cortarla por las líneas rojas que vemos en la figura de la derecha. De ese modo, cortando por el nacimiento de la rama, tendremos el ensanche necesario para que no se escape el hacha al golpear al amable cuñado que se ofrezca para llevar a cabo las pruebas de resistencia pertinentes. Una vez descortezada la rama y afinada su superficie con lija solo tendremos que abrir una ranura de la forma que vemos en el dibujo. Dicha ranura tendrá la misma longitud del ancho de la hoja y tal profundidad que los orificios de la misma queden justo por encima de dicha ranura. Para labrarla usaremos un formón o, caso de no tener uno, bastará un destornillador que iremos calentando al rojo para vaciar la madera. Ojo con no pasarnos de anchura porque, de ser así, la hoja bailará una vez colocada en su sitio.

Para la hoja nos bastará, armados con un destornillador, perpetrar un pequeño hurto con nocturnidad y alevosía en una consulta de un médico, un bufete de abogado o una notaría, establecimientos estos que aún suelen conservar las buenas formas y pasan de placas de metacrilato. Pero si tememos acabar en el trullo o, simplemente, vernos con la jeta partida por el dueño de la placa, pues la compramos. Tampoco valen tanto, carajo. El latón es un material blando muy fácil de modelar a golpe de sierra de calar con hoja para metales y rematar la faena con una lima. La forma de la hoja la tenemos a la izquierda, sobre un ejemplar original. Las dos orejas de los extremos son para mejorar la fijación. El mango lo tenemos a la derecha en sus dos perspectivas: con los orificios y la acanaladura. Una vez terminada la hoja y con los orificios para pasar las tiras de cuero perforados solo habrá que montarla en el mango. A partir de ahí tendremos que unir ambas partes con las tiras que, previamente, habremos empapado en agua para que al secarse se contraigan, proporcionando una sólida unión. 


Con eso quedaría terminado el trabajo. Como pueden ver, es menos complicado que rascarse el cogote, así que pueden dedicar un finde a elaborar esta maravillosa hacha aprovechando que la parienta se ha largado con los nenes a casa de la suegra. A la derecha podemos ver el aspecto que tendrían una vez terminadas: a la izquierda, con un mango de ferretería y a la derecha con uno fabricado por nosotros. Las tiras de lino para la empuñadura son optativas, pero creo que merecen la pena. Para fijarlas basta buscar en San Google como se hacen los nudos invisibles y aplicar el método con la tela. Luego se cubre con una capa de cola blanca muy diluida en agua, con lo que se fijará al mango y se impedirá que se deshaga. A partir de ahí solo nos resta, aprovechando la ausencia de la familia, comprar una arroba de cal viva, cavar una fosa en el jardín, llamar a nuestro cuñado más gorrón anunciándole que acabamos de recibir la remesa mensual del club de vinos para que no sospeche nada y, nada más hacer acto de presencia, probar el filo de nuestra nueva hacha en su indigno cráneo. Por cierto, no conviene afilarla demasiado ya que el bronce se mella con facilidad, y tampoco hace falta que corte como una navaja barbera, digo yo...

Bueno, mañana, más.

Hale, he dicho


Continuación de la entrada pinchando aquí


Podríamos incluso fabricar un carro de guerra, pero me temo que adquirir y mantener dos pencos sale pelín oneroso
en los tiempos que corren aunque sea para provocar envidias atroces entre familiares, amigos y demás parientes y afectos





martes, 22 de abril de 2014

El khopesh: hacha, hoz y espada


En muchas ocasiones, hay armas que se convierten en un símbolo de un determinado ejército cuando, en realidad, el origen de dicha arma es distinto. Un ejemplo palmario sería el gladio, que la historia unió de forma indefectible a las legiones romanas cuando, en realidad, ellos se limitaron a adoptarlo de las espadas cortas usadas por los guerreros iberos. Lo mismo ocurre con el khopesh, una espada de peculiar morfología que por norma se asimila a los egipcios cuando lo cierto es que ellos, como hicieron los romanos con el gladio, se limitaron a adoptarlo de otro pueblo.

De hecho, fueron los mismos egipcios los que sufrieron en sus carnes los devastadores efectos del khopesh ya que, al parecer, el origen de este arma, que se remonta hacia el año 3000 a.C., era sumerio. Fue en aquella época cuando de mano de este enigmático pueblo, cuyos orígenes son aún desconocidos, dio comienzo la Edad del Bronce, material con el que comenzaron a fabricar sus armas. Prácticamente al mismo tiempo hicieron su aparición los asirios, que ocuparon las tierras altas situadas al nordeste de Mesopotamia y que, obviamente, bebieron de la cultura sumeria. Un ejemplo lo podemos ver en la ilustración de la derecha, en la que tenemos un khopesh hallado en Sappara y que, según rezan las inscripciones en escritura cuneiforme que aparecen en la hoja y en el contrafilo de la misma, perteneció al rey Adad-nirari I el cual reinó entre los años 1307 y 1275 a.C. La inscripción completa dice así: “Palacio de Adad-nirari I, rey del universo, hijo de Arik-den-ili, rey de Asiria, hijo de Enlil-nirari, rey de Asiria”

El cómo esta espada acabó en manos de los egipcios no se sabe. Hay una teoría que apunta a que es una evolución del hacha de hoja tipo épsylon, la cual podemos ver en la ilustración de la izquierda junto con un khopesh. Dicha evolución es razonada en base a que, convirtiendo el hacha en espada, podía ser manejada con una mano. Eso se me antoja absurdo ya que estas hachas, de un tamaño similar al khopesh (alrededor de los 60 cm.) podían ser manejadas sin problema con una sola mano tal como podemos ver en multitud de bajorrelieves y pinturas en las que se ven tropas egipcias portando un hacha y sujetando el escudo con la mano izquierda. 

A la derecha tenemos un ejemplo. Muestra un grupo de infantes egipcios pertenecientes a la escolta enviada por Hatshepsut a la Tierra de Punt y que, como vemos, no solo portan el escudo y un hacha, sino también una lanza. Así pues, la teoría que se basa en una evolución del hacha tipo épsylon se me antoja como una mera búsqueda de la similitud entre dos armas, pero nada más. De hecho, los sumerios y los asirios llevaban siglos usándola antes que los egipcios.

Así pues, restan dos teorías, a saber: una, que fue introducida por los filisteos y fenicios, que era como conocían los griegos a los cananeos, durante sus luchas contra los egipcios y de quienes pudieron aprender la manufactura de este tipo de arma. Y otra, que a mi modo de ver es la más posible tanto en cuanto es la más simple, que adoptaron esa arma en cuando vieron que su poder era mucho mayor que el de sus hachas cuyas hojas, de mucho menos grosor, eran destrozadas ante el poderoso embate del khopesh de sus enemigos y, para colmo, también podía convertir en pedazos sus escudos de mimbre forrados de piel. Así pues, con la llegada del Imperio Nuevo hacia el 1550 a.C., el khopesh se convierte en el arma más popular entre la infantería egipcia. 

Es además en esta época cuando el khopesh no solo se propala por Egipto, sino que incluso es adoptado por los faraones como símbolo de su poder, cosa que ya hacían los asirios desde mucho tiempo antes asociándolo por sistema tanto a reyes como a los dioses. De hecho, incluso es representado en manos de las tropas de Ramsés III decapitando a sus enemigos derrotados durante sus luchas contra los Pueblos del Mar. Como vemos en la ilustración de la derecha, en este caso se trata de un arma de modestas dimensiones lo que indica que, a pesar de su escaso tamaño, su contundencia era más que suficiente para cortar un pescuezo sin problemas.


Bien, esta es de forma un tanto resumida, si bien tampoco hay muchos datos más que aportar, del khopesh. Si acaso, el nombre que, como muchos sabrán, significa "pata trasera" en referencia a la similitud de su morfología con las extremidades traseras de las reses. Veamos ahora algunos ejemplares que, dicho sea de paso, se han hallado en un excelente estado de conservación por haber aparecido en tumbas reales, lo que ha permitido que lleguen a nuestros días casi como nuevos.

El que vemos a la derecha es quizás uno de los más conocidos. Perteneció a Ramsés II y, según se puede observar, se trata de un arma ceremonial. Su masivo aspecto y su gruesa hoja sin filo así lo indican. La acusada curva producía un desplazamiento del centro de gravedad que aumentaba enormemente su contundencia. Está fabricada en una sola pieza de bronce y, en apariencia, solo le faltan las cachas.

Dos de los ejemplares mejor conservados proceden de la tumba de Tutankamón, que podemos ver a la izquierda. La superior, muy similar a la de Ramsés II, tiene también todo el aspecto de tratarse de un arma ceremonial. Sin embargo, la inferior, con una hoja más sobria y menos curvada, sí tiene pinta de tratarse de un arma de combate. Ambas tienen cachas de ébano, y la inferior las lleva además reforzadas por unas cinchas, creo que de plata.

A la derecha tenemos otra más, en este caso solo la hoja la cual muestra una curva mucho más corta. Se trata de otro ejemplar ceremonial decorado con electrón, una aleación de plata y oro. Fue hallada en Siquem, en Palestina. Con todo, aunque no estuviera afilada, un golpe en la cabeza podría abrirla en dos sin problema.

Uno más, en este caso de hoja corta, similar al que blande el egipcio de más arriba que decapita enemigos. Obsérvese que en todos los ejemplares mostrados provistos de empuñadura, esta está diseñada para afianzar el agarre ya que, por su morfología, al golpear tendería a salir despedida de la mano. Estas armas estaban diseñadas para golpear, como todas las falciformes, y su golpe debía ser tremendo. Un tajo propinado en el canto de un escudo podría abrirlo en dos sin problema y su hoja curvada permitiría también trabar las hojas de las espadas enemigas.

El khopesh cayó en la obsolescencia en el ocaso del Imperio Nuevo, hacia el 1070 a.C. La cada vez mayor presencia del hierro y los avances en la metalurgia convirtieron el khopesh en un trasto pesado y fácil de anular con una buena espada de hierro. Pero durante los siglos y siglos que estuvo operativo, nada menos que casi 20 siglos, causó grandes estragos entre los que tuvieron que sufrir en sus cráneos su potente golpe de filo. Una posible víctima de una de estas armas la tenemos a la derecha. Se trata de la momia del faraón Seqenenre Tao II, que la palmó a inicios del siglo XVI a.C. combatiendo contra los hicsos. Obsérvense los dos tajos que muestra en pleno cráneo, pobre hombre.

Bueno, se acabó lo que se daba.

Hale, he dicho...

lunes, 11 de noviembre de 2013

El alcón, un arma de caballeros



Un caballero se dispone a hacer frente a la acometida de un jinete con su alcón
Ilustración de © Eduardo Gutiérrez García


Es ya hora de completar la entrada que se publicó en su momento sobre estas peculiares armas. Para coger el hilo de la misma, un pinchazo aquí, por favor. En dicha entrada nos dedicamos a estudiar las arcanas etimologías de las mismas, así que ahora toca hablar de su desarrollo, manejo, tipologías, etc. Vamos pues...

Origen

Al parecer, el alcón tiene su origen en la alabarda. Ciertamente, sus morfologías son bastante similares si bien, como podremos observar a continuación, mientras las segundas se componían siempre de las mismas partes - hacha, pica y pico -, el alcón podía presentar combinaciones diferentes. En las ilustraciones comparativas de abajo lo veremos más claramente:

A la izquierda tenemos un alcón de la tipología más habitual, mientras a la derecha aparece una alabarda, en este caso contemporánea a la época de aparición del alcón. Enumeremos las diferencias más sobresalientes:

1. Cabeza de armas. En la alabarda es de una sola pieza, mientras que en el alcón está fragmentada en al menos dos partes: hacha y pico/martillo y pica superior. 

2. El hacha. La alabarda presenta una hoja de generosas dimensiones, siempre con cierto grado de inclinación o bien convexa. El alcón la presenta recta o convexa.

3. El pico. Mientras que en la alabarda es una parte inseparable de la misma, no es así en el alcón, ya que puede llevar el pico o bien una cabeza de martillo o varios petos.

3. La pica. Aunque en este caso aparecen en ambas armas picas prismáticas, en los alcones se pueden ver en forma de lanza. Por otro lado, la pica de la alabarda suele ser más larga. 

4. Longitud del asta. Generalmente, las alabardas tienen un asta más larga, de hasta dos metros. La de los picos muy rara vez excedía de los 180 cm.

Dos ciudadanos recreacionistas se enfrentan en un
combate a pie con sendos alcones. Estas armas eran
mucho más manejables que las alabardas de infantería
Bien, esas serían las principales diferencias entre ambas armas. Así pues, el alcón aparece en escena hacia comienzos del siglo XV y prácticamente siempre en manos de caballeros, los cuales lo usaban para combatir a pie. Algunos piensan que era un arma concebida para torneos o duelos, pero la podemos ver representada en multitud de obras sobre batallas y en las que también aparece por norma en manos de caballeros o nobles. Así pues, colijo que el alcón nació para que los hombres de armas y caballeros dispusieran de un arma eficaz cuando llegaba la hora de combatir pie en tierra. 

¿Y por qué no usaban la alabarda? se preguntará posiblemente más de uno. Diría que por dos razones básicamente: una, por aquello del estatus social. Un caballero no gustaba de usar armas de plebeyos, y menos aún que un plebeyo usara las propias de su rango superior. Y por otro lado, la alabarda era un arma creada principalmente para formar líneas de infantería capaces de detener una carga de caballos coraza y, gracias a su pico, derribar a los jinetes para luego apiolarlos en el suelo. Sin embargo, un caballero que lucha a pie no precisa formar líneas contra la caballería y mucho menos derribar jinetes. Si echaba mano a su alcón era para luchar a pie contra enemigos a pie, ya fuesen peones, hombres de armas o caballeros como él. Y una razón más: la masa del alcón era inferior a la de la alabarda, lo que convertía a los primeros en armas mucho más manejables. Recordemos que el caballero se entrenaba para su uso correcto, y en muchas ocasiones se enfrentaría a un igual. Por lo tanto, era preciso disponer de un arma menos masiva que la pesada alabarda.

Tipologías

Dentro de este tipo de armas podemos diferenciar dos morfologías bien distintas: los alcones en sí y los picos de cuervo o martillos de Lucerna. Veamos algunos ejemplos de ambas tipologías:


Ahí tenemos seis ejemplares bastante representativos. Como nexo común entre todos tenemos las barretas de enmangue, que siempre montaban cuatro: dos para sujetar la cabeza de armas al asta, y otras dos para reforzar dicha asta a fin de impedir que las armas de corte enemigas la partiesen. Las hachas podían tener el filo recto o presentar una curvatura más o menos acentuada. La parte trasera podía ir provista de una cabeza de martillo, bien lisa, bien dentada (mucho más frecuente) o bien con un pequeño peto prismático emergiendo de la misma; en otros casos, con una cabeza de aristas, generalmente tres o cuatro, ideal para producir heridas abiertas en las carnes del enemigo. En cuanto a la pica, podía ser prismática o en forma lanceolada. Por lo general, los alcones solían presentar unos acabados mucho más elaborados, lo que corrobora su uso en manos de sujetos de cierto rango y poder económico. En muchos de ellos se pueden observar grabados, cincelados o incrustaciones de bronce. Y otro detalle más que solo podemos ver en estas armas es el pequeño varaescudo para proteger la mano maestra, el cual es bien visible en el segundo ejemplar empezando por la izquierda.  

A la izquierda tenemos tres picos en los que podemos ver sus características. Como nexo común presentan los siguientes elementos: una pica superior que, como en el ejemplar de la izquierda, puede llegar a tener una longitud notable. El hacha es sustituida por un pico de sección triangular y con el filo hacia arriba, muy adecuado para perforar metal. Y en lugar del martillo, una cabeza con aristas. Por lo demás, la fijación se realiza mediante barretas de enmangue como en los alcones, y su poco peso los hacía aun más manejables. Como vemos, presentan menos diferencias entre ellos, radicando las mismas solo en detalles irrelevantes o longitud de la pica, mucho más larga en los martillos de Lucerna.

Fabricación

Los alcones, como ya comenté más arriba, se componían de varias piezas. Ello puede dar que pensar que su robustez no era la adecuada, pero recordemos que los martillos tampoco se fabricaban de una sola pieza y su resistencia era proverbial. De todas formas, la cabeza de armas sí era una única pieza y su fijación bastante sólida. Veamos paso a paso como se elaboraban...

En esa ilustración tenemos todos los componentes necesarios para fabricar un alcón. Veámoslos uno a uno...
A. El asta. Al igual que la alabarda, su sección era cuadrangular u octogonal. La madera preferida, el fresno por su ligereza, robustez y veteado. La longitud habitual oscilaba entre los 140 y 180 cm.
B. La cabeza de armas. En una sola pieza tenemos el hacha y el martillo. En su parte central presenta un rebaje para encastrarla en la pieza E, que veremos más abajo. El orificio servirá para fijarla al conjunto mediante el tornillo D.
C. La pica, la cual va soldada a una pieza en forma de U que abrazará la cabeza de armas y quedará unida a ella también mediante el tornillo D. El C de la derecha es la misma pieza vista de frente. La línea de puntos marca el lugar por donde va el orificio.
E. Vista lateral y frontal de las barretas de enmangue. Es la pieza principal para el montaje, ya que es la que, fijada al asta, sustentará la cabeza de armas y la pica. En la vista frontal podemos ver la muesca donde se encastra la cabeza de armas. Empecemos el montaje...

El primer paso consiste en unir el asta con las barretas. Dicha asta, una vez preparada, recibe las barretas las cuales serán fijadas mediante remaches pasantes o bien tachuelas. En ese segundo caso, los orificios de las barretas irán a diferentes alturas de una a otra para que no se crucen las puntas de las tachuelas. Caso de fijarse otras dos barretas, estas serán solo dos pletinas fijadas en la parte libre del asta.


A continuación se encaja la cabeza de armas en la ranura del terminal de las barretas. Para evitar posibles holguras como consecuencia de los cambios de temperatura o humedad, a veces se colocaba a unos centímetros debajo de la cabeza de armas una argolla de sección cuadrada, la cual se deslizaba hacia abajo para hacer más presión contra la madera. Hay que tener en cuenta que las astas tenían los extremos un poco más finos que la parte central.

Finalmente, se añade al conjunto la pica, tras lo cual se une mediante el tornillo piramidal, que además servirá de peto. De ese modo, las barretas, la cabeza de armas y la pica forman una sola pieza. Cabe suponer que el tornillo sería apretado en caliente de forma que al enfriarse se contrajera, impidiendo de ese modo que se aflojara con los golpes. Este sistema de montaje tenía una ventaja añadida, y es que en caso de rotura de alguna de las partes bastaba con desmontarla y sustituirla, no perdiendo así un arma que, con seguridad, sería bastante cara. En cuanto al montaje de los picos, a continuación veremos uno de los métodos seguidos porque, salvo éste, los demás son idénticos a los utilizados para fabricar los martillos de guerra. Veámoslo...

A la izquierda podemos ver las dos piezas de que se compone un pico.  Por un lado, a la derecha tenemos la cabeza de armas, forjada en una sola pieza. En su parte central tiene un orificio cuadrangular, similar al de un mazo o un martillo doméstico de nuestros días, por el que se deslizará la pica que, en este caso, forma una sola pieza con las barretas de enmangue. En ambas se aprecia el orificio que servirá para unir ambas partes como veremos a continuación.

La cabeza de armas se introduce por la pica, deslizándola hasta que el orificio que lleva coincida con el de la pica. Previamente hemos fijado las barretas al asta, en este caso de sección cuadrangular, mediante los métodos habituales: tachuelas o remaches pasantes. Una vez en su sitio, para lo cual será preciso ajustarla con unos golpes ya que se trataba de que careciera de holguras, se unían ambas partes bien con un remache pasante provisto de una arandela o bien con un peto atornillado como vimos en el alcón de más arriba. El conjunto formaba una sólida arma capaz de dar miles de golpes sin inmutarse y, caso de romperse alguna de sus partes, siempre podía ser sustituida. 

Manejo

En muchas ocasiones, el  jinete se veía obligado a combatir a pie. Bien por haber perdido el caballo, bien como imposición de tipo táctico, no siempre podía disponer de la ventaja de luchar a caballo. Así pues, el alcón le permitía disponer de un arma combinada sumamente eficaz no ya contra sus iguales, sino contra una infantería que, al ir armada con bisarmas, alabardas, etc., podía poner las cosas muy difíciles a un caballero armado con espadas, hachas o martillos. Era una mera cuestión de alcance: un arma enastada de infantería podía ofender a un enemigo a dos metros de distancia mientras que un caballero no alcanzaba más del metro y poco que le daba la hoja de su espada más la longitud de su brazo. O sea, que el infante podía escabechar bonitamente al odiado caballero. Pero si este tenía un alcón en sus manos la cosa variaba de medio a medio, porque era un arma que daba alcance y contundencia y, lo más importante, era un consumado maestro en su uso. 

De ahí que en muchos manuales de la época se contemplara el alcón como "asignatura" al igual que las espadas, las dagas, los montantes o la lanza. Puede que eso indujera a más de uno a pensar que era un arma ideada para justar a pie, pero hay muchas representaciones gráficas de la época que nos indican los contrario. Un ejemplo lo tenemos a la derecha, en el que vemos un fragmento de que representa la batalla de Aljubarrota entre Castilla y Portugal. El sujeto de la izquierda enarbola un alcón dispuesto a darle estopa al enemigo castellano, mientras que uno de estos acaba de hundir el hacha de su arma en el cráneo de un lusitano tras hendirle el yelmo. 

En definitiva, el alcón fue un arma que gozó de bastante popularidad en el corto espacio de tiempo en que permaneció activo. Ya en el siglo XVI, las armas de fuego y las nuevas tácticas de combate empezaron a relegar cada vez más este tipo de armas caballerescas en unos campos de batalla donde, de forma inexorable, cada vez primaban menos los estatus sociales del personal y se imponía una uniformidad impensable apenas cien años antes. Poco podía hacer un caballero o un hombre de armas con su alcón si el enemigo le endilgaba un arcabuzazo en plena jeta, así que la obsolescencia de estas armas fue ya galopante.

Bueno, no creo olvidar nada, así que sanseacabó.

Hale, he dicho


jueves, 21 de marzo de 2013

Acciones de guerra: Los cruentos abordajes, 2ª parte






Bueno, en la entrada de ayer vimos con detenimiento los preliminares al abordaje, así como las armas usadas para tal fin. En esta hablaremos del abordaje en sí, o sea, en el momento en que una de las tripulaciones asalta la cubierta del buque adversario y se enzarzan en un fiero combate a vida o muerte con los enemigos.



Así pues, mientras los tiradores instalados en las cofas de ambas naves siguen disparando a malsalva, el resto de los tripulantes inicia un brutal cuerpo a cuerpo armados con hachas, sables, chuzos y dagas. Los infantes de marina lo hacen con sus mosquetes con la bayoneta calada. El intercambio de granadas de mano lanzadas desde las cofas cesa para no herir a los propios compañeros, pero los infantes de marina que luchan en cubierta lanzan todas las que pueden por las escotillas o cualquier zona donde puedan hacer daño al enemigo sin que afecte a sus compañeros de armas. 

Una vorágine de gritos, humo, descargas de fusilería y el tronar de los cañones de pivote convierten la cubierta del barco abordado en un verdadero infierno del que es prácticamente imposible salir sin un rasguño porque la herida puede venir de cualquier sitio. No es un campo de batalla convencional, donde el enemigo suele estar frente a uno, sino un marasmo de combatientes que, en muchos casos, hasta son incapaces de identificar al amigo del enemigo. En fin, un panorama bastante desolador. La escabechina durará lo que los asaltantes tarden en reducir a la tripulación enemiga, o bien lo que estos tarden en rechazar a los agresores. El combate puede durar pocos minutos o más de una hora, y no hay posibilidad de escape. 




Torniquete que se aplicaba en el
miembro afectado antes de proceder
a amputarlo
Los heridos son trasladados a la enfermería (si es que alguien puede ayudarles), un lugar muy desagradable donde los cirujanos tardan un santiamén en decidir si amputar o no, optando casi siempre por lo primero. Las paredes están pintadas de rojo para disimular la sangre que salpica, y el suelo ha sido cubierto con arena para hacerlo menos resbaladizo ya que las hemorragias de los heridos forman verdaderos charcos. Los ayudantes del cirujano intentan inmovilizar al herido mientras dura la cura, tiempo éste que el desgraciado emplea en dar unos alaridos bestiales que hacen de contrapunto a los lamentos y gritos del resto de huéspedes de la enfermería. Imaginemos pues lo que sentiría un marinero al verse entrando en aquel pequeño reducto rojo con una mesa en el centro sobre la que berrea como un poseso un compañero al que le están amputando la pierna o un brazo. 




Instrumental médico de la época
El cirujano y sus ayudantes se cubren con sendos delantales de cuero totalmente empapados en sangre. No hay higiene de ningún tipo. El cirujano no se lava las manos entre herido y herido, y la sangre le llega a los codos. En un par de días o tres a lo sumo habrá una nueva sesión de sierra porque los que no han sido amputados en ese momento ya habrán contraído en su mayoría una gangrena galopante. Desolador, ¿no? Bueno, pues estos son los "instrumentos" con los que los tripulantes que combaten como fieras en cubierta se escabechan para pasaportar al personal a la enfermería o al infierno:



Las hachas de abordaje. mitad herramienta, mitad arma. Igual valía para una reparación de emergencia que para cortar un cabo o abrir la cabeza a un enemigo. Básicamente eran muy similares en todas las dotaciones de las diversas armadas de la época, si bien no fue hasta el siglo XIX cuando comenzaron a estandarizarse los modelos. En la foto inferior podemos ver algunos de ellos.


De izquierda a derecha tenemos: un hacha inglesa datada hacia finales del siglo XVIII. La siguiente es un modelo de la marina norteamericana de hacia mediados del siglo XIX. Los dientes que vemos en su parte inferior eran para atrapar cabos. A continuación aparece un hacha alemana, también de mediados del XIX. Finalmente, el hacha de abordaje española fabricada en Toledo hacia 1840. Como vemos, son muy similares. Prácticamente todas iban provistas de un afilado pico en su parte trasera, si bien algunos modelos llevaban una cabeza de martillo en lugar del pico. Son armas muy robustas, bien fabricadas y con el mango corto para facilitar su uso como herramienta y un mejor manejo en el combate cuerpo a cuerpo. 




Algunas, como éste ejemplar usado en Francia a inicios del siglo XIX, iban provistas de una lengüeta similar al de las hachas de arzón de la caballería para poder portarlas cómodamente en el cinturón. La fijación al mango, al igual que el modelo español, es mediante barretas de enmangue, y la cabeza de armas va además asegurada con dos cuñas de hierro para impedir que coja holgura. Como podemos suponer, la contundencia de estas armas debía ser bastante resolutiva. En manos de un forzudo marinero, su hoja podría cortar limpiamente una mano o un brazo, y su pico hundirse hasta el fondo en el cráneo de un enemigo. Aparte de eso, las heridas que causaban en cualquier parte del cuerpo serían de bastante gravedad, cuando no mortales.




Los cuchillos de abordaje. Al igual que las hachas, su reglamentación no se llevó a cabo hasta el siglo XIX. Anteriormente, cada cual usaba el de su propiedad. Valían dagas de mano izquierda, de vela, puñales de cualquier tipo o simples cuchillos todo uso que la marinería siempre portaba colgando del cinturón. Estos cuchillos eran armas muy adecuadas para el combate cerrado que se desarrollaba durante los abordajes, empuñándolos con la mano izquierda mientras en la derecha se manejaba un hacha, una pistola o un sable. En la imagen tenemos dos ejemplares. El superior es un modelo francés del año 1833. Es un arma concebida para apuñalar exclusivamente, ya que su hoja es de sección cruciforme. El inferior es el cuchillo mod. 1861 de la armada española, provisto de una sólida empuñadura de bronce estriado y forma anatómica para un mejor agarre. Lo más peculiar es su hoja de yatagán, una morfología originaria de oriente que se puso muy de moda en aquellos tiempos y que fue adoptada incluso para bayonetas y machetes reglamentarios en muchos ejércitos europeos.




Los chuzos de abordaje. Pequeñas picas que se distribuían entre la marinería y que bien manejadas eran bastante eficaces. En la foto de la derecha podemos ver una tripulación formando un pequeño cuadro de forma similar a los viejos cuadros de picas de tiempos anteriores. Como se puede suponer, venían de perlas para hacer frente a las bayonetas de la infantería de marina enemiga que, tras realizar una última descarga, tenían que recurrir a combatir a bayonetazos porque en semejante maremagno era imposible recargar el mosquete. Estos chuzos eran armas muy básicas y sólidas, provistos de una asta corta rematada por una pica prismática engarzada mediante un cubo de enmangue del que emergían dos largas barretas para proteger el asta de los tajos de las hachas y sables del enemigo. También se usaban espontones similares a los de la oficialidad del ejército.




Los sables de abordaje. ¿Quién no los ha visto en las pelis de piratas? Pero estos sables de hoja un poco rechoncha eran de uso común en las armadas de la época y, de hecho, estuvieron en servicio en épocas tan tardías como la Primera Guerra Mundial. Eran armas por lo general con un acabado bastante burdo, especialmente en lo tocante a sus guarniciones. Las hojas, anchas, pesadas y robustas, podían herir tanto de filo como de punta ya que no eran excesivamente curvas. Así mismo, su longitud era inferior a la de los sables de caballería convencionales por razones obvias: no iban a ser usados desde lo alto de un caballo, por lo que era más lógico que fuesen de un tamaño similar al de las armas usadas por la infantería. Por último, como nexo común entre los usados por las distintas armadas podríamos añadir que las cazoletas eran de un tamaño bastante generoso, cubriendo por completo la mano. Este detalle era de agradecer en un arma destinada a verse envuelta en combates muy cerrados y en los que un hachazo o un tajo de otro sable podía dejarle a uno la mano es un estado francamente lamentable o, simplemente, verla caer al suelo empuñando aún el sable de marras.




Finalmente quedarían por mencionar los mosquetes y pistolas reglamentarios de la época, si bien este tipo de armas serán estudiadas con más detalle en una entrada para ellas solas. Como dato curioso comentar que las pistolas, que obviamente podían realizar un solo disparo porque a ver quién era el guapo que se ponía a recargar en medio de semejante follón, eran a continuación usadas como maza empuñándolas por el cañón. Como vemos en la foto de la derecha, estas armas solían ir provistas de una cantonera de bronce en la empuñadura, la cual podía producir severos daños en los cráneos de la marinería enemiga. Por otro lado, para asegurar el disparo (las armas de chispa fallaban con cierta frecuencia, y más en un ambiente húmedo), solían dispararlas girando previamente el arma hacia el lado izquierdo, de forma que la llave quedaba mirando hacia arriba. Ello no tenía otro fin que facilitar que la deflagración de la pólvora de cebo depositada en la batería llegase a la carga a través del oído del cañón. Una vez descargada el arma en la jeta de un enemigo, se empuñaba como una maza y, con un hacha, sable o daga en la otra mano, se zambullía uno en el fregado para ser un héroe o diñarla como un héroe.

Como cierre, ahí dejo esas dos fotos que demuestran que aún a principios del siglo XX, cuando los buques de guerra eran ya mastodontes fabricados con acero y provistos de una artillería que dejaba en pañales a la usada apenas 50 años antes, se tenía en consideración la posibilidad de tener que realizar un abordaje, por lo que se sometía a la marinería al entrenamiento adecuado con el sable. Los ingleses los denominan cutlass, que traducido significa alfanje. La foto de la izquierda pertenece a la marina de su graciosa majestad (Dios maldiga a Nelson), y la de la derecha a la yankee. Por cierto, ¿sabían vuecedes que el término yankee proviene de las lenguas indias por ser así como denominaban a los ingleses?

Bueno, creo que no olvido nada.

Hale, he dicho...