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viernes, 7 de septiembre de 2018

Las primeras espoletas modernas. Espoletas de tiempo


Batería formada por dos cañones Parrot de 30 libras en Fort Putnam, en Carolina del Sur, durante la Guerra de Secesión.
Junto a las piezas vemos grandes cantidades de proyectiles ojivales diseñados para sus ánimas rayadas, que en aquel
conflicto empezaron a desbancar a las tradicionales balas esféricas. En la punta de los mismos se pueden ver los tapones
que preservaban la carga de la humedad, y que se retirarían en el momento de montar las espoletas una vez que empezaba
la fiesta. La ausencia de viento en este tipo de piezas obligó a desarrollar espoletas que se iniciasen con mecanismos
más modernos.


Este tipo de espoleta tan rudimentario perduró
no obstante hasta bien avanzado el siglo XIX
mientras que los cañones y obuses usaban
modelos mucho más avanzados
En su día, cuando hablamos de la artillería de plaza y sitio, salieron a relucir los rudimentarios métodos con los que se fabricaban las espoletas de tiempo, o sea, espoletas capaces de hacer detonar un proyectil transcurrido un determinado tiempo desde que eran disparados. Para ello se recurría a algo tan simple como un tapón de madera perforado de un extremo a otro, y en cuyo interior se colocaba una paja de centeno rellena de una substancia incendiaria llamada mixto que ardía a una determinada velocidad. Sabiendo cuánta cantidad ardía por segundo, el artillero solo tenía que cortar la paja a la longitud deseada para que el proyectil detonase en el momento que estimase oportuno, todo ello basándose en unas tablas en las que figuraban los tiempos en función de la distancia recorrida. De ese modo se podía hacer estallar una bomba de mortero encima de los defensores de un baluarte y convertirlos en comida para peces, o bien retardar la detonación más tiempo para esperar a que, gracias a su peso, penetrase por la techumbre de un cuartel o un almacén y explotase en el interior del recinto. En las imágenes de la derecha tenemos en primer lugar una vista en sección de una bomba de mortero con su carga de pólvora y la espoleta ya colocada y lista para ser iniciada antes del disparo. En la foto inferior vemos una espoleta original cuyo cuerpo de madera tenía grabada una escala de tiempo que el artillero usaría como referencia a la hora de cortarla con la pequeña sierra que vemos junto a ella (ojo, no están a escala. La hoja de la sierra medía unos 25 cm. de largo, y la espoleta la mitad aproximadamente). El motivo de hacerlas con forma cónica era para impedir que, debido a la inercia en el momento del disparo, el mixto saliera despedido hacia el interior del proyectil, produciendo su explosión y matando a los servidores de la pieza. 

La ignición de estas espoletas podía llevarse a cabo de dos formas distintas. En el caso de los morteros, cuyo proyectil quedaba asentado sobre la carga de proyección a pocos centímetros de su enorme boca, se prendían sin más con un botafuego para, a continuación, iniciar la carga y disparar. En el caso de los cañones y obuses, en los que por razones obvias eso era imposible ya que la granada estaba en lo más profundo del ánima, se aprovechaba el viento para que la deflagración de la pólvora que pasaba por el mismo adelantase al proyectil y prendiese la espoleta. ¿Qué no se acuerdan de qué era el viento? Pues además del aire en movimiento, era el espacio que quedaba entre el proyectil y el ánima del cañón ya que los primeros se fundían con una tolerancia de aproximadamente dos milímetros para facilitar la recarga cuando la suciedad empezaba a acumularse en el ánima y por la dilatación producida por los disparos. Y como una imagen vale más que tropocientos discursos, veamos el gráfico de la derecha, donde seguramente lo comprenderá de inmediato hasta un cuñado hasta las cejas de orujo de garrafón. En la figura A tenemos un fabuloso obús Gribeauval de 6 pulgadas de los usados por la artillería del enano corso (Dios lo maldiga hasta que se congele el infierno, amén). Ha sido cargado, en la recámara podemos ver el saquete de pólvora y, justo delante, una granada provista de su taco de madera. El oído, previamente cebado con polvorilla, ha sido prendido con un botafuego, pudiendo ver en la ilustración como esta se va quemando para iniciar la carga del saquete que, antes de cebar, el artillero perforó con su aguja para romper la tela y permitir que el fuego del cebado llegase a la carga. Figura B: la llama del cebado acaba de llegar al saquete, cuyo contenido empieza a arder. Figura C: la carga de proyección se inicia, empezando a generarse gases a una enorme presión que impulsarán el proyectil. Figura D: la deflagración de la pólvora pasa entre el mínimo espacio que queda entre el proyectil y las paredes internas del ánima, prendiendo la espoleta colocada en la parte delantera del mismo. Figura E: el proyectil inicia su avance por el interior del ánima. El mixto de la espoleta empieza a consumirse mientras que los gases incandescentes producidos por la deflagración de la carga salen por la boca de fuego, precediendo al proyectil. A partir de ese momento, este saldrá disparado hacia el objetivo mientras que el mixto de la espoleta se consume hasta que, una vez quemado, alcance la carga del proyectil, provocando su explosión y fragmentándose para matar a cuantos más enemigos mejor. Bien, así de simple era todo el proceso, que en sí mismo no duraba más de unos escasos segundos desde que se prendía el cebado hasta que el proyectil explotaba. ¿Por qué escasos segundos, no más de 4 o 5 por lo general? Porque el alcance de los cañones de principios del siglo XIX y la velocidad de sus proyectiles no requerían de más tiempo, nada más. Era lo que necesitaban para detonar a la distancia máxima que alcanzaban, que dependiendo del calibre y el tipo de munición podía oscilar entre los 300 y los 1.000 metros.

Cañón Rodman de 15 pulgadas (381 mm.) emplazado en una cureña giratoria.
Estas monstruosidades artilleras eran impensables a principios del siglo XIX.
Era capaz de lanzar un proyectil de 192 kg. a casi 5 km. de distancia
Pero tras las guerras del genocida corso, la artillería fue experimentando una notable evolución. De ser un arma de apoyo a pequeña escala se convirtió en una formidable maquinaria destinada a ablandar de tal modo las defensas y los efectivos del enemigo que, en teoría, la infantería propia tendría muy fácil avanzar una vez que sus cañones habían machacado bonitamente al personal. Como es lógico, una cosa era la teoría y otra la práctica ya que nadie se quedaba mirando al infinito mientras llovía metralla a su alrededor, pero lo cierto es que las piezas de mediados del siglo XIX vieron como aumentaban tanto su alcance como su poder destructivo, y los ejércitos de la época pasaron de disponer unos pocos cientos de bocas de fuego en el mejor de los casos a contar con miles de ellas. La artillería de campaña empezó a fabricarse con cañones de ánima estriada que les daban un alcance y una precisión impensables apenas 30 o 40 años antes, y el perfeccionamiento en las técnicas de fundición permitía fabricar cañones mucho más eficientes y sólidos.

Bien, puestos más o menos al corriente de como estaba el patio a mediados del siglo XIX, veamos como fue la evolución de las espoletas que más difusión tuvieron, en este caso las de tiempo ya que permitían sacar el máximo partido a cada disparo debido a que el artillero podía elegir el momento más adecuado para su explosión. Y como para que haya avances notables es necesario que haya una guerra decente, ya que de lo contrario los magines del personal se atocinan al no tener que devanarse la sesera para idear formas de matar más y mejor, fue a raíz de este conflicto cuando se sentaron las bases para los diseños que se irían desarrollando durante la segunda mitad del siglo hasta llegar, ya en la Gran Guerra, a los sofisticados mecanismos de relojería ideados a finales del XIX que permitían una precisión absoluta. Así pues, al grano que el camino es largo...

Uno de los avances más significativos consistió en algo tan simple como sustituir la madera por el cobre o el latón a la hora de fabricar las espoletas. Las típicas espoletas cónicas como la que mostramos en el primer párrafo eran introducidas a martillazos con un mazo de madera, y su principal inconveniente radicaba en que, al cortarlas, se solía derramar la pólvora que contenían a pesar de estar prensada, lo que daba lugar a fallos notables con explosiones prematuras o, simplemente, no llegaban a producir la detonación. Así pues, la solución a este problema vino de la mano de varios sesudos ciudadanos que, en realidad, se basaron en lo mismo para fabricar espoletas que se diferenciaban solo en la forma, porque su funcionamiento era el mismo: Hotchkiss, Dyer o Parrot serían las más significativas en este caso. En la foto de la derecha tenemos varios ejemplares que, como salta a la vista, tienen una morfología y unas dimensiones similares. El diámetro oscilaba alrededor de los 2,5 cm., y la longitud entre los 3 y 6 cm. aproximadamente. 

Lo habitual era que los proyectiles llegaran a los repuestos o las baterías con la espoleta ya montada pero sin la carga, que solo se colocaba en el momento del disparo. Mientras tanto, se sellaba el orificio con un tapón para preservar el interior de la humedad. Como es lógico, una espoleta metálica provista de un paso de rosca de 12 hilos por pulgada era más sólido que un taco de madera introducido a golpes y que, además, no precisaba de más manipulación que, llegado el momento, colocar la carga con el retardo deseado. En la foto de la derecha vemos varios paquetes de mixtos calibrados en origen con diferentes retardos, que aquí mostramos de 5 a 30 segundos en fracciones de 5. El texto que vemos en el paquete nos informa, aparte del arsenal de fabricación, la fecha y el tiempo de retardo, de que para extraer los mixtos había que abrir la tapa del envase- obvio-, tirar de una de las cintas- también obvio- y, finalmente, ayudarse empujando con el dedo por la parte inferior del paquete como si se tratase de una cajetilla de cigarrillos. Menos mal que añadieron esas instrucciones porque, de no ser así, igual el ciudadano Abraham pierde la guerra contra los malditos rebeldes esclavistas sin que sus tropas, analfabetas la mayoría como era habitual en aquella época en todas partes, hubiesen podido dar un solo cañonazo por no saber como sacar los puñeteros mixtos de su envase. 

El motivo de alargar tanto dichos retardos no se debía más que al aumento en el alcance de las piezas de la época, que podía llegar a los 5 km. sin problemas. A modo de ejemplo, a la derecha tenemos una tabla de tiro de un cañón Parrot de 20 libras (93,2 mm. de calibre real) para una carga de 2 libras de pólvora de mortero. En la primera columna vemos la elevación, en la segunda el tipo de proyectil- bote de metralla o granada- y su peso, el alcance en yardas y, finalmente, el retardo. Como vemos, en el caso de los botes de metralla (case-shot) se disparaba con la pieza prácticamente horizontal ya que se trataba de batir tropas cercanas, a menos de 800 metros, por lo que el retardo era muy rápido. Para el caso de granadas disparadas a grandes distancia con una trayectoria parabólica, en este caso hablamos de un máximo de 17,25 segundos. 

Los mixtos consistían en simples conos de substancia incendiaria envueltos en una tira de papel que, como se puede ver en la foto, tenía impreso el tiempo de retardo y una escala en la que cada raya equivalía a un segundo. De ese modo, el artillero podía afinar aún más el tiempo de la detonación. O sea, que si consideraba que esta debía producirse a los 23 segundos, tomaba un mixto de 25 y cortaba dos rayas. 25 - 2= 23, ¿no? Pues eso. La longitud era la misma independientemente del retardo, que se acortaba o alargaba variando la composición del mixto.

Para ilustrar su funcionamiento hemos tomado como ejemplo una espoleta Hotchkiss. En la figura superior tenemos una vista en plano y en sección de la misma. En la parte superior tenía dos ranuras para atornillarla al proyectil ayudándose de un útil, y una vez bien apretada se colocaba el tapón hasta que llegaba el momento de abrir fuego. A la derecha vemos el retardo una vez extraído del paquete siguiendo las complejas instrucciones que describimos antes y que hasta un cuñado podría intuir sin mucho desgaste neuronal. En la figura inferior vemos el mixto ya colocado en la espoleta. Para ello se recurría a un pequeño mazo de madera, pero sin pasarse golpeando para no chafarlo sino, simplemente, asentarlo bien en su alojamiento. Como vemos, aún se conservaba la forma cónica tradicional que, como comentábamos al principio, impedía que la inercia empujase el mixto hacia el interior del proyectil, detonando la carga antes de tiempo. El sistema de ignición era el tradicional: la llamarada producida por la deflagración de la pólvora pasaba a través del viento del ánima e inflamaba el mixto. Una vez que la combustión llegaba al final del mismo se transmitía a la carga del proyectil y este explotaba. No obstante, conviene concretar que este sistema no valía con los modernos proyectiles para cañones de ánima rayada que, al carecer de viento, no dejaban pasar el fogonazo de la carga de proyección, por lo que había que practicarles unas acanaladuras longitudinales, tres por lo general, para que el fuego adelantase al proyectil y pudiese iniciar el mixto. Pero de esos entresijos ya hablaremos otro día, que sino nos liamos.

Sin embargo, los modelos que hemos visto hasta ahora no se diferenciaban de los más antiguos más que en los materiales con que estaban fabricados y, obviamente, su mayor precisión y mejor acabado. Seguían dando un buen servicio y eran más fiables que las viejas espoletas de madera o de paja de centeno, pero se seguían viendo afectados por los agentes meteorológicos, la humedad, y su manipulación siempre debía efectuarse con cuidado para no romper los mixtos que, al cabo, estaban envueltos con una tira de papel mondo y lirondo. Debido a ello, la espoleta que verdaderamente marcó un antes y un después fue la inventada por Charles Bormann, un capitán del ejército belga que ideó la que sin duda fue la espoleta más satisfactoria del conflicto y que, aunque introducida por el ejército de la Unión antes de la guerra, en 1852, fue copiada por el de la Confederación si bien no llegaron a alcanzar los baremos de calidad de sus enemigos. 

En la ilustración de la derecha podemos ver su aspecto, que era básicamente como la chapa de un botellín de zumo de cebada. Pero que nadie se confunda, porque a pesar de su aparente simpleza era de una eficacia probada y, más importante aún, segura de manipular. De hecho, podía incluso estar montada en el proyectil sin problemas antes de que llegara el momento de abrir fuego, como veremos a continuación. Sus dimensiones eran de 41 mm. de diámetro y apenas 11 mm. de grosor, y estaba fabricada con una aleación de plomo y estaño. Como vemos en las dos imágenes de la derecha, tenían una escala que iba desde 1 a 5,25 segundos en fracciones de ¼ de segundo. La de la derecha correspondería a la copia del ejército de los malvados rebeldes esclavistas, que las fabricaban con un retardo de hasta 5,5 segundos. Las dos muescas cuadradas que vemos en su superficie eran para ajustar el útil de apriete.

A la derecha podemos verlo, si bien había distintos modelos con empuñaduras diferentes. En este caso se trata de una llave de bronce obtenida mediante fundición en cuyo extremo tenemos la "copia en negativo" de la cara superior de la espoleta. Ojo, esta herramienta no era para regular el tiempo de retardo, sino solo para atornillarla al proyectil, haciendo que quedase firmemente asentada en una arandela de cuero que hacía de separador con el orificio por el que se comunicaba el fuego de la espoleta a la carga del proyectil una vez consumido el tiempo deseado.

Para marcar el tiempo de retardo bastaba con perforar la escala de la espoleta en la marca del tiempo que se considerase oportuno. Para ello se hacía uso del punzón que vemos a la derecha, al que bastaba un simple golpe en el champiñón de bronce del extremo para abrir una pequeña hendidura en la carcasa de la espoleta. Recordemos que al ser de una aleación de plomo y estaño era un material dúctil y fácil de penetrar, y más con un punzón de acero como el que mostramos. El orificio en cuestión solo se practicaba con el proyectil a punto de ser cargado para evitar accidentes y despistes que podían costar un disgusto aún más gordo que si un cuñado nos localiza la colección de películas cochinas que guardamos como Yahvé guardó al pueblo de Israel de la ira del faraón.

Bien, una vez perforada la escala en la marca del tiempo deseado, veamos la secuencia de ignición paso a paso. En la figura A vemos el interior de la espoleta, que consistía simplemente en una acanaladura con forma de herradura que contenía la substancia incendiaria. En un extremo el canal comunicaba con el orificio central que daba paso al interior del proyectil. En la figura B tenemos la chispa que acaba de prender en el mixto a través de la hendidura que se ha practicado en la carcasa de la espoleta, en este caso 2,5 segundos de retardo. La figura C muestra como la substancia incendiaria empieza a arder en ambas direcciones. Por el lado derecho llegará al final de la acanaladura sin mayores consecuencias, pero por el lado izquierdo podrá alcanzar el orificio central tal como vemos en la figura D. En ese momento, el fuego del mixto pasará por el mismo y prenderá la carga del proyectil, provocando su explosión.

Este tipo de espoleta fue empleado sobre todo en proyectiles esféricos ya fuesen granadas o metralleros como el que mostramos a la derecha, así como en botes de metralla. Podemos ver la carcasa del proyectil con el alojamiento en la parte superior para la espoleta con un paso de rosca de 12 hilos por pulgada. A continuación, en color marrón, aparece la arandela de cuero que actuaba como separador y, finalmente, la arandela con el orificio de comunicación que, además, actuaba como tapón para la carga y la metralla. Se trata de un simple tornillo de ojo de serpiente con su orificio en el centro sin más historias. La carga consistía en un tubo de estaño relleno de pólvora, y la metralla eran balas de fusil de calibre .65. Para inmovilizarlas se llenaba la carcasa de asfalto que, una vez solidificado, mantenía las bolas en su sitio. Finalmente se introducía el tubo con la carga y se sellaba con el tornillo. A partir de ahí solo restaba montar la espoleta.

Como conclusión, añadir solo que se fabricaron también unas espoletas más sofisticadas con mecanismos combinados de retardo e impacto, concretamente la Sawyer y la Schenkl, pero de esas ya hablaremos otro día. Así mismo, dejamos para otra entrada la evolución que siguieron las espoletas tipo Hotchkiss, Parrot, etc. en los años siguientes, que para ser viernes ya me he enrollado bastante.

Bueno, criaturas, ahí queda eso. Espero que sorprendan a sus cuñados cuando les den la murga con el último vídeo que han colgado en Youtube sobre la Guerra de Secesión.

Hale, he dicho


martes, 24 de enero de 2017

Curiosidades: ¿Cómo se fabricaban las bombas de los morteros?



Litografía titulada "Un visitante inoportuno",  publicada en Londres en 1854. La escena muestra como una bomba
acaba de aterrizar en el campamento de los british en Sebastopol durante la Guerra de Crimea. Por la reacción del
personal salta a la vista que se les ha encogido el escroto de forma violenta por haberles interrumpido la merienda

Artilleros en pleno proceso de recarga de un mortero. A la izquierda se
ve como dos de los servidores acarrean una bomba
En una entrada anterior se explicaron los entresijos de la fundición de las balas empleadas en los cañones, la cual quedaría coja si no dedicamos otra a la fabricación de las granadas y las bombas, las primeras usadas por cañones y obuses mientras que las segundas estaban destinadas a los morteros una vez que se dieron cuenta de que era más efectivo usar este tipo de munición en lugar de enormes bolaños. Los proyectiles huecos, debidamente cargados con pólvora negra, estallaban gracias a unas básicas pero eficientes espoletas, fragmentándose en trozos de metralla más o menos grandes en función de la carga, si bien de ese tema ya hablaremos en otra ocasión. Hoy toca los métodos de fundición para estos proyectiles que, no lo olvidemos, estuvieron operativos hasta finales del siglo XX.

Bien, dicho esto y como no es plan de repetir lo mismo dos veces, conviene que echen un vistazo a la entrada sobre la fabricación de las balas ya que los rudimentos sobre las técnicas de fundición y los materiales empleados para elaborar los moldes eran los mismos que para los proyectiles huecos. Una vez se pongan al tanto del tema, proseguiremos. 

¿Ya? Vale, al grano pues...

El método empleado para la fundición de los proyectiles huecos varió con el paso del tiempo. Inicialmente, el espacio vacío era excéntrico respecto a la esfera que daba forma a la bomba o la granada, tal como vemos en la ilustración de la derecha. En la figura A podemos ver una bomba fabricada mediante el sistema antiguo con las paredes de la base más gruesas que las de la parte superior, lo cual producía una fragmentación irregular ya que la tendencia era que, al explotar, se rompiese por la parte más débil, dejando la base prácticamente entera lo que suponía una merma notable en sus efectos. De ahí que se acabara adoptando un sistema diferente (fig. B) que permitía fundir con un grosor uniforme salvo en la base, recrecida con dos finalidades: soportar mejor los efectos de la deflagración de la carga de pólvora y obligar al proyectil a caer siempre con la espoleta mirando hacia arriba, detalle muy importante cuando era de retardo ya que, de ese modo, no sufriría daños que la inutilizasen antes de explotar. Aparte de esto, la fragmentación era uniforme, obteniéndose cascos de metralla de tamaños similares.

Por otro lado, los moldes se configuraban de forma longitudinal al proyectil y no como vimos en los de las balas, perpendiculares. Este sistema, que podemos ver en la ilustración de la izquierda, daba lugar a piezas asimétricas, con excrecencias y cuyas rebabas que, como recordaremos, debían ser eliminadas a golpes de cortafríos, producían bombas de mala calidad, que no se ajustaban bien al ánima de las piezas y, además, muchas unidades desechables debido a que durante la operación de desbarbado se rompían a consecuencia de los martillazos propinados en los cortafríos. En fin, un churro de bombas, así que se decidió replantear todo el proceso de elaboración de moldes para producir ejemplares bien acabados, lo que se traduciría en mejor precisión y menos problemas a la hora de efectuar la carga de los mismos. 

Una aclaración antes de proseguir: este proceso era el mismo para las bombas y las granadas con una única salvedad, y es que mientras las bombas tenían su típica boquilla o las argollas para sujetarlas durante el acarreo desde los repuestos a la batería o el proceso de carga, las granadas eran simples esferas con un orificio en el que se ajustaba la espoleta. Por lo demás, como decimos, su manufactura era la misma. Como vemos en la figura de la derecha, estos proyectiles eran idénticos a las balas, pero huecos. Una vez colocada la espoleta, la granada se introducía en el cañón con la misma mirando hacia la boca del ánima de forma que la parte que quedaba apoyada al taco era la base. El hecho de carecer de boquilla o argollas se debía simplemente a que por su menor peso eran fácilmente manejables por los artilleros. Dicho esto, prosigamos.

Una vez desechado el anterior sistema de moldes se adoptó uno nuevo compuesto por tres cajas que, básicamente, era muy similar al que se mostró en la entrada de las balas. Las dos primeras cajas contendrán dos semi-esferas huecas, teniendo la superior un orificio previsto para acoger la boquilla de la bomba, que irá en la tercera caja. Así pues, las tres matrices, fabricadas de bronce, las podemos ver en el gráfico de la izquierda. Las figuras B y C son las dos semi-esferas que, al igual que con las matrices de las balas, tienen en una cruz del mismo metal para ayudar a extraerlas del molde de arena una vez terminado éste. Como se ve, están machihembradas para lograr un encaje perfecto y, por otro lado, en cada brazo de la cruz tienen un tetón y un orificio para asegurar mejor el encaje de ambas piezas. En la figura A vemos la boqueta y la espiga de hierro que hará que la parte superior del tercer molde pueda luego alojar el ánima, macho u ochete , que era el molde interior que veremos en seguida. Por último, en la figura A1 vemos la semi-esfera B con la boqueta y la espiga ya ajustadas.

Bien, a continuación se fabricaba el ánima. Según vemos en la figura A, se tomaba una espiga de hierro sobre la que se formaba una pelota de guita en forma de huso que sirviese de soporte a la masa de arcilla que se convertirá en el molde interno. En el extremo de la espiga vemos un ojal por el que pasará una chaveta para afianzar el conjunto al molde cuando llegue el momento. En cuanto a la mezcla arcillosa, para este trabajo debía ser un poco más pastosa de lo habitual para que no se desprendiese de la espiga durante todas las manipulaciones que vendrían a continuación. El ánima se torneaba con una tarraja provista de una pieza que le daba la forma exacta, lo cual se comprobaba con un compás antes de dar el molde por bueno. Su aspecto acabado lo vemos en la figura B, y era muy importante que estuviera perfectamente seco antes de proceder a la colada ya que, de lo contrario, la bomba resultante sería defectuosa, con el material débil y proclive a partirse al ser disparada o nada más tocar el suelo sin que llegase a estallar.


Por último se construía el molde que, como dijimos al principio, estaba formado por tres cajas. Cuando se retiraban las matrices de bronce se procedía al montaje de las mismas. En primer lugar se unían las cajas A y B, que contenían la boqueta y la semi-esfera superior y que recibían el nombre de pieza de barreta y macho respectivamente. Se introducía por el orificio de la caja A la espiga que sujetaba el ánima y se bloqueaba con la chaveta. A continuación se unían ambas cajas a la C, que contenía la base de la bomba y que por ello se llamaba culata de la caja. Previamente se habían previsto dos respiraderos en la parte superior y el bebedero, que este caso se colocaba en un costado coincidiendo con la junta de las cajas B y C. Con esto quedaba formado el molde que, en el caso de las bombas y las granadas, era para una sola pieza y no para dos, como vimos en la entrada de las balas. Por cierto, el bloqueo de las cajas del molde se efectuaba de la misma forma que los destinados a las balas, así que echen un nuevo vistazo a esa entrada por si lo han olvidado.

Una vez dejado enfriar tanto el molde como la colada se procedía a extraer la pieza.  A continuación se eliminaban los respiraderos y el bebedero a golpe de cortafrío para, posteriormente, comprobar si el calibre era correcto. Para ello, igual que vimos con las balas, se empleaba una vitola con el diámetro que debería tener la bomba y por la cual no debería pasar. Luego se comprobaba con otra vitola de 6, 9 o 12 puntos más (0'96, 1'44 o 1'92 mm.) , y en este caso sí debería pasar. Recordemos que estas tolerancias estaban encaminadas a saber la pérdida de calibre que tendría la bomba o la granada una vez desbastada. Por otro lado, había que eliminar los restos del arcilla y el núcleo de cordel del ánima, para lo que se recurría a ganchos y herramientas adecuadas hasta dejar el interior de la bomba completamente limpio y listo para recibir la carga. En la ilustración superior vemos el aspecto de la bomba ya terminada, momento en que sus dimensiones y los grosores interiores eran comprobadas con un compás curvo.

El peso de una bomba de 14 pulgadas de calibre era de 72'22 kilos, mientras que el del una de 10 era de 30'36, así que ya vemos como eran necesarios dos hombres para manipularlas durante la carga. En cuanto a las granadas, la de 7 pulgadas era de 10'12 kilos. Por otro lado, el enorme peso de las bombas nos hará comprender el interés que se tomaban en construir casamatas y reductos con las bóvedas a prueba ya que uno de esos chismes podía traspasar como si fuese mantequilla un tejado normal, estallar dentro del edificio y no dejar títere con cabeza. Finalmente, no queremos dejar de comentar que, según algunos tratadistas, las típicas bombas con boqueta que suelen ser las más conocidas eran precisamente las menos recomendables ya que, al parecer, era relativamente frecuente que dicha boqueta se partiera a causa de la presión ejercida por la tenazas que se empleaban para su manejo y que podemos ver en la ilustración superior. Así mismo, si los hombres que la usaban se despistaban un instante podían dejar caer la bomba, lo que no era precisamente para tomarlo a broma. De ahí que en muchos casos se prefiriera el sistema de asas y argollas, el cual facilitaba en gran medida tanto su manipulación gracias a las argollas que, colgadas de unos ganchos, hacían casi imposible que se cayese al suelo.

En fin, ya está. Hora de echar algo al buche.

Hale, he dicho

Litografía que muestra los efectos de las bombas disparadas contra Amberes por los gabachos durante el asedio a que
sometieron la ciudad en 1832. Como podemos imaginar, 72 kilos de hierro convertidos en pequeños fragmentos
incandescentes y cortantes como cuchillos debían ser enormemente enojosos

sábado, 17 de diciembre de 2016

Curiosidades: las balas rojas


La escena muestra a los servidores de un cañón en el fuerte Niagara, en el río del mismo nombre, durante la Guerra
de 1812 entre los Estados Unidos y el Reino Unido. En la ilustración vemos a la valerosa Betsy Doyle, integrante de la
población cercana al fuerte y que se sumó a la guarnición del mismo antes del ataque inglés, acercando una bala roja recién extraída del horno que se ve a la izquierda

Puede que a algunos ya les suene este término de "bala roja", mencionado en alguna que otra entrada dedicada a las municiones empleadas en la artillería naval durante los siglos XVIII y XIX. Pero como solo ha sido muy de pasada y, por otro lado, es un tema bastante curioso y desconocido para la mayoría del personal, pues qué menos que dedicarles una entrada que permita a mis dilectos lectores, no solo ampliar sus conocimientos, sino inspirarles para elaborar un concienzudo atentado contra algún abyecto cuñado aprovechando estos días invernales en que solemos tener en casa la chimenea encendida y, como no, a la familia dando el coñazo con más frecuencia de lo habitual. Qué mejor espectáculo navideño sería sacar de entre las brasas una esfera de hierro al rojo vivo y depositarla cariñosamente en su regazo mientras dormita en nuestra butaca predilecta tras haberse ventilado casi sin respirar la botella de Hennessy X.O. que teníamos reservada para celebrar la Primitiva que jamás toca, ¿verdadddddd? Emociona solo pensarlo, ¿no? Bueno, vamos al grano...

Fotografía tomada en 1863 que muestra los efectos del bombardeo
confederado sobre el fuerte Sumter, en Charleston, Carolina del Sur, los días
11 al 13 de abril de 1861. Entre los escombros se puede ver prácticamente
intacto el horno para balas.Sobre su chimenea posan dos soldados 
No se sabe a quién se le ocurrió eso de calentar una bala de cañón para usarla como arma incendiaria, teniendo la primera referencia acerca del uso de este tipo de munición en 1579, en el contexto de la campaña contra el ducado de Livonia llevada a cabo por el rey de Polonia Esteban Bhátory para arrebatarle la ciudad de Polotsk al terrible zar Iván el Terrible. Dicha ciudad, defendida por fortificaciones lignarias, fue asediada por las tropas polacas entre el 11 y el 29 de agosto de aquel año. 

Las balas rojas ofrecían una serie de ventajas de las que carecían proyectiles incendiarios convencionales como las carcasas ya que eran disparadas por cañones de tiro tenso, lo que permitiría apuntar y acertar en el lugar deseado para hacer el mayor daño posible. Esto no era óbice para que no pudieran ser disparadas por obuses para intentar propalar fuegos en el interior de fortificaciones, pero como en este caso se tiraba sin saber donde impactaría el proyectil, solía ser preferible una carcasa o una bomba cuyos efectos siempre eran más devastadores. De ahí que el principal objetivo para estas municiones fueran los barcos que, por razones obvias, eran susceptibles de arder bonitamente gracias a una de estas balas bien colocada en el casco o, mejor aún, si lograba alcanzar la cámara donde se almacenaban las velas y cordajes de repuesto o, premio gordo, la santabárbara.

Cubo para acarrear balas rojas en los barcos. Si la bala
se caía a la cubierta, adiós muy buenas
Pero, como ya hemos comentado alguna vez, el uso de este tipo de munición en los buques de guerra era muy peligroso. Si una de esas balas caía sobre la cubierta y empezaba a dar bandazos de un lado a otro nadie podría detenerla (estaba un poco calentita), y a su paso podría incendiar las ingentes cantidades de cordaje repartido por todas partes y convertir el navío en una tea en cuestión de minutos. Sin embargo, su empleo desde fortificaciones terrestres no entrañaba más peligro que al torpe de turno si se le caía en un pie, y los fuertes costeros tenían en ellas unas valiosas aliadas para disparar contra las naves enemigas que pasasen ante ellos y mandarlas a pique envueltas en llamas. Así mismo, el uso de balas rojas se mostró muy eficaz empleada por la artillería de plaza contra las fortificaciones de circunstancias de los sitiadores: fajinas, salchichones, blindas y candeleros podían ser eliminados en un periquete con un tiro directo bien colocado, lo que dejaba a los enemigos sin posibilidad de defender sus propios cañones emplazados tras dichas defensas.

Grabado que muestra a la población de Lille durante el bombardeo con
balas rojas. Algunos vecinos las atrapan con cucharas y las arrojan dentro
de toneles de agua. Otras, por el contrario, alcanzan su destino iniciando
pavorosos incendios ante la impotencia del personal
Y, por otro lado, incluso la artillería de sitio era susceptible de emplear esta municiones durante los asedios a la ciudades ya que, en aquella época, primaba la madera como material de construcción, y siempre sería más barato y cómodo usar balas rojas disparadas a mansalva contra el caserío urbano que, al fin y al cabo, acabaría siendo pasto de las llamas. Podemos citar como ejemplo el asedio de Lille por parte de las tropas austriacas en 1792, el cual tuvo lugar a raíz de la declaración de guerra por parte de los franceses contra Austria y Prusia por oponerse estas potencias a la revolución que estaba dejando descabezada a la realeza y la aristocracia gabacha. El 10 de octubre de aquel año, el periódico L'Ami Jacques, en un preclaro ejemplo de la influencia propagandística que empezaba a tener la prensa sobre los conflictos bélicos, informó de que la artillería austriaca había disparado balas rojas contra el interior de la plaza con los efectos que podemos imaginar, y que habían crucificado (¡!) a los belgas y voluntarios que habían hecho prisioneros. Así mismo, acusó a la archiduquesa Cristina, la Arpía Austriaca (era en aquella época gobernadora de los Países Bajos y, además, hermana de la difunta reina María Antonieta), de haber acudido a presenciar "aquel espantoso teatro de barbarie y ferocidad" y de alentar a los generales austriacos a llevar a cabo el bombardeo  con las malditas balas rojas. Por cierto que algunos periodistas de ideología más conservadora negaron airadamente las acusaciones hechas a la archiduquesa, pero lo de las balas rojas fue un hecho.

Hornillo de hierro usado por la
artillería británica en Gibraltar
Así pues, mientras que el uso de las balas rojas fue cada vez más restringido a bordo de los buques de guerra por los riesgos que entrañaba, gozaron de bastante popularidad como municiones para la artillería de plaza y sitio y, de hecho, estuvieron operativas hasta tiempos tan tardíos como la Guerra de Secesión, donde comenzó una rauda obsolescencia debido a la aparición de barcos de hierro, los ironclads que empezaron a mandar al baúl de los recuerdos los milenarios buques fabricados enteramente de madera. Y, por otro lado, como arma incendiaria terrestre ya carecían por completo de vigencia gracias a la aparición de nuevos tipos de municiones mucho más precisas y efectivas. Sea como fuere, lo cierto es que la balas rojas dieron bastante que hablar durante los siglos en que estuvieron operativas.

Bien, esta es grosso modo la historia de estas municiones. Pero, a pesar de todo lo dicho, puede que más de uno aún se cuestione la efectividad de una bala roja. Puede que no acaben de ver claro como una bala calentada al rojo podría ser tan dañina ya que, por lo general, solemos tener en el magín la imagen de que algo puesto al rojo se enfría en un periquete si le echamos encima un cubo de agua. Así pues, para despejar dudas al respecto, nada mejor que dar cuenta de los efectos que se constataron en su época y que, ciertamente, eran extremadamente eficaces.

Grabado que muestra la explosión de una batería flotante española,
alcanzada por una bala roja durante el asedio a Gibraltar en 1782
De entrada, veamos la temperatura. Por norma, las balas se calentaban hasta el rojo cereza, lo que equivale a unos 800º. Si a alguien le parece poca cosa, bástele compararla con la temperatura de fusión del plomo, 300º, o las temperaturas de ignición de la madera, entre 310º y 350º las blandas- pino, ciprés, abeto y coníferas en general- y entre 313º y 393º las duras- nogal, roble o haya-. Algunas de las pruebas llevadas a cabo en su momento son así mismo asaz reveladoras. Por ejemplo, una bala roja depositada en el suelo durante 30 minutos, con la consiguiente cesión de temperatura a la tierra sobre la que descansa, aún conservaba la suficiente como para inflamar de forma instantánea la pólvora. Otra prueba consistía en introducir la bala durante un minuto en agua fría y, a continuación, dejarla al aire otros 30, a pesar de lo cual podía incendiar un puñado de pólvora vertida sobre ella en apenas dos segundos. Así mismo, tras dejarla en el suelo durante cuatro minutos y sumergirla tres veces seguidas en agua fría podía inflamar el cordaje de un barco tras estar en contacto con el mismo durante siete minutos. Y tras apagar el fuego echando agua encima durante diez minutos, aún conservaba en su interior un remanente de temperatura suficiente como para, pasados 50 minutos más, aflorar a la superficie del proyectil y volver a prender las cuerdas. Por último, una bala roja incrustada solo a medias sobre una plancha de madera era capaz de hacerla arder de forma instantánea. Como vemos, no era ninguna tontería, y su capacidad destructiva notable.

¿Y cómo se calentaban? En el caso de no de disponer de hornos adecuados, se excavaba cerca de la batería una pequeña zanja de unos 20 cm. de profundidad que, a continuación, se llenaba de carbón. Las brasas se cubrían con una rejilla lo suficientemente gruesa como para que no se deformara a causa de la temperatura y se colocaban tantas balas como cupiesen en la misma. Finalmente se cubría todo con más carbón y se esperaba a que las balas tomasen el color indicado. Si por cualquier circunstancia no era posible disponer estos pozos de fuego cerca de la batería, se iban trasladando las balas a unas cajas de hierro o cobre enterrados en cisco ardiendo que, por su tamaño, no suponían impedimento alguno y eran más manejables. De esta forma se mantenían perfectamente durante más de dos horas. Otra opción eran los típicos hornillos de hierro si bien en este caso se tardaba más tiempo en alcanzar la temperatura adecuada por haber una notable pérdida de calor. No obstante, a base de fuelles siempre se podía compensar. En cualquier caso, lo que sí debía vigilarse atentamente era que la temperatura no fuese subiendo hasta el extremo de deformar la bala o incluso fundirla.

Sin embargo, este método limitaba bastante el número de proyectiles disponibles, y más si consideramos que, en caso de tener que ofender a toda una flota que amenazaba la costa, era imprescindible contar con un flujo constante de proyectiles, que por cierto tardaban bastante en alcanzar el rojo cereza. Para ello, en muchos fuertes costeros se fabricaron hornos como el que vemos a la izquierda, con capacidad para varias decenas de balas que, además, se irían reponiendo a medida que eran consumidas. De hecho, a raíz del intento por parte de los british (Dios maldiga a Nelson) de recuperar sus antiguas colonias en 1812, todos los fuertes estadounidenses de la costa atlántica fueron provistos de hornos en función del número de bocas de fuego en dotación, distribuyendo dichos hornos por todo el recinto en base a los cañones que debían abastecer.

En el gráfico de la derecha tenemos una vista en sección que nos permitirá conocer su funcionamiento. Básicamente, todos los que se conservan tenían un diseño similar y solo variaban en lo referente a su capacidad. El que mostramos presenta a la izquierda la boca del horno, tras la cual había una serie de raíles de piedra o cualquier otro material capaz de resistir las elevadas temperaturas que alcanzaba el interior del mismo. Sobre dichos raíles se iban depositando las balas, las cuales rodaban hacia el interior gracias a la inclinación que se les daba. Por último, cuando alcanzaban la temperatura correcta iban cayendo en el antepecho de piedra provisto de una moldura para que no se cayeran al suelo. Para manejar estos hornos bastaban tres hombres: uno para ir introduciendo las balas y alimentar el fogón de combustible, otro para sacarlas cuando estaban al rojo, y otro para transportarlas hasta la batería.

El tiempo necesario para poner el horno a pleno rendimiento era de entre una hora y hora y media, dependiendo del tamaño del horno. Una vez que el interior alcanzaba la temperatura correcta bastaban unos 25 minutos para poner al rojo una bala de 24 libras, y poco más para proyectiles de 32 o 42 libras, los más pesados de la artillería de la época. En las imágenes de la izquierda podemos ver algunos ejemplos: la foto A muestra el horno del fuerte de San Marcos, construido por los españoles en San Agustín, Florida. La foto B pertenece al fuerte Macon, en Carolina del Norte. La foto C muestra el interior del horno A, y en la misma podemos apreciar los raíles para las cuatro hileras de balas que podía contener.


Para manejarlas se empleaban básicamente dos útiles: las tenazas y las cucharas. En la ilustración de la derecha tenemos varios ejemplos: la figura A es una cuchara con dos mangos, ideada para acarrear y poner ante la boca del cañón balas cuyo peso requería a dos hombres. La figura B es una tenaza, útil imprescindible para extraer las balas del horno y/o transportarlas hasta la batería. La C es una tenaza para el mismo uso empleada por la artillería americana durante la Guerra de Secesión. Finalmente, la figura D muestra la tenaza reglamentaria de la artillería española según el Tratado de Artillería de Morla. Esta tenaza, que en honor a la verdad parece ser la que con más firmeza y seguridad permitía agarrar una bala, debía fabricarse de varios tamaños en función del calibre del proyectil ya que su forma curvilínea no permitiría agarrar balas excesivamente pequeñas o demasiado grandes. 

Pero no siempre se disponía de hornos de obra, bien por falta de espacio o, simplemente, porque el número de bocas de fuego no eran tan elevado como para invertir en la construcción de uno de ellos. En ese caso se recurría a hornos portátiles como los que vemos en la ilustración de la izquierda. En la foto A podemos ver un horno empleado por la artillería noruega (c. 1860) el cual presenta un curioso y, a la par, práctico transportín para acarrear las balas sin peligro. Como vemos, es un depósito provisto de ruedas en cuya parte superior tiene una puerta corredera que se acciona mediante una palanca, lo que impediría que la bala se cayera durante el ajetreado traslado desde el horno a la batería bajo el fuego enemigo. Una vez in situ bastaba abrir la puerta, volcar la bala, agarrarla con las tenazas que hemos visto en el párrafo anterior y cargarla. El B es un diseño del capitán inglés Addison, el cual fue probado el 13 de diciembre de 1845 y causó muy buena impresión tanto por su precio, apenas 8 libras, como por sus prestaciones. Como combustible solo precisaba de medio bushel de carbón y 2,5 bushels de coque, lo que suponía un gasto de solo 2 chelines. El bushel era una antigua medida de volumen equivalente a 0,035 m³. Con un poco de viruta y astillas se encendía el combustible, y en apenas 20 minutos ya estaba listo para su uso. Tenía capacidad para quince balas de 32 libras, las cuales alcanzaban el rojo cereza en una hora y cuarto; a partir de ese momento bastaban 20 minutos para calentar al rojo cada tanda siguiente siempre que se mantuviese alimentado el horno, lo cual debía hacerse cada 15 minutos. Una vez dejado apagar conservaba la temperatura de la última tanda durante cuatro horas.

Bien, solo nos resta ya mencionar el proceso de carga que, como podemos imaginar, se diferenciaba en algunos aspectos del empleado con una bala normal. La primera consistía en la cantidad de pólvora, por lo general reducida a una cuarta o una sexta parte de la empleada en caso de usar una bala normal. La intención era que el proyectil no atravesase el casco de los barcos o las fortificaciones de madera terrestres, quedándose incrustado en ambas superficies con la intención de que el fuego se iniciase inmediatamente. Por otro lado, había que preservar la pólvora de la altísima temperatura de la bala. Para ello, según vemos en la figura A, lo más básico consistía en atacar la carga con tierra o greda. Otro método, más elaborado, lo vemos en la figura B. En este caso se colocaba un taco normal para, a continuación, introducir otro de barro húmedo o filástica mojada. (la filástica eran los restos de cáñamo procedente de las fábricas de cordajes y que se usaban para fabricar tacos). Luego se introducía la bala y, en caso de que el ángulo de tiro fuese negativo, se introducía otro taco de filástica para impedir que se saliera del ánima produciendo algún desastre. En cualquiera de ambos casos se tenía por norma apuntar y cebar el cañón a fin de no retrasar el momento del disparo, de forma que cuando estuviese todo dispuesto se introdujese la bala y, sin más demora se efectuase el disparo.

En fin, así funcionaban estas eficaces municiones. Cuando una flota se aproximaba a una costa defendida por algún fuerte y empezaban a llover sobre ellos balas rojas debían pensar seriamente si proseguir su avance o virar en redondo y largarse a toda vela porque un barco no tenía defensa alguna contra ellas. Ya vimos más arriba como el remanente de temperatura de una bala roja era capaz de provocar un incendio incluso tras ser mojada repetidamente, y una vez desencadenado el fuego en un barco era casi imposible apagarlo. Como colofón y a modo de curiosidad curiosa, a la izquierda vemos un intento de mantener aún más tiempo la temperatura de la bala. Se trata de un taco ideado por un tal Charles James durante la Guerra de Secesión y que, como vemos, consistía en un cilindro de hierro fundido que permitía mantener la bala bien separada de la carga pero sin que la humedad del taco de arcilla o filástica mojada le hiciera disminuir la temperatura. En realidad, como hemos visto, esto último era irrelevante y, por otro lado, el taco de hierro solo servía para restar precisión al disparo, así que solo se fabricaron unos cuantos ejemplares para pruebas.

Bueno, sanseacabó.

Hale, he dicho

Foto estereoscópica del horno para balas del fuerte Moultrie, situado en la isla de Sullivan, en Charleston, el mismo lugar
desde donde zarpó el submarino Hunley para hundir el USS Housatonic, hecho al que dedicamos una extensa entrada.
Obsérvese la generosa longitud del horno, cuya utilidad se vio reducida a medida que los ironclads de la Unión
iban ganando terreno a los barcos convencionales.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Curiosidades: ¿Cómo se fabricaban las balas de los cañones?


Famosa foto realizada por Robert Fenton en Crimea en 1855 tras la controvertida carga de la Brigada Ligera en Balaklava.
Como se ve, decenas de balas siembran el paisaje y, aunque las recogiesen para reciclarlas, muchas deben seguir allí

Chillera provista con balas macizas
Ya en su día dedicamos una entrada a la fundición de los cañones de bronce, así que como complemento a la misma no estaría de más explicar cómo se fundían las balas que disparaban. No crean vuecedes que esto es un tema baladí, y que bastaba verter un chorro de hierro fundido en un molde para obtener una bala estupenda porque, en realidad, era bastante más complejo de lo que pueda parecer. De ahí que, para no hacer una entrada excesivamente larga, esta la dedicaremos al tipo más conocido: la bala maciza, también llamada pelota, y que era la menos compleja de manufacturar. Pero, insistimos, el que fuese la más fácil de fabricar no significa que todo el proceso no estuviese lleno de pormenores que podían derivar en balas llenas de defectos y totalmente inservibles, por lo que también se establecían estrictos controles de calidad para que cada bala diese en el blanco y no fuera a parar a la gran puñeta.

Puerta monumental del complejo de La Cavada mandada
construir por Carlos III
Por otro lado, que nadie piense que las municiones se fabricaban en cualquier sitio. Antes al contrario, se edificaron fábricas dedicadas exclusivamente a la manufactura de estas o bien se costruyeron amplias factorías en las fundiciones de artillería, como la Real Fábrica de Artillería de La Cavada, en Cantabria, que estuvo operativa desde 1622 hasta 1835. Estas fábricas se instalaban junto a cursos fluviales a fin de aprovechar la energía hidráulica para mover tanto las máquinas como los enormes fuelles destinados a elevar la temperatura de los crisoles. Así mismo, solían estar cerca de zonas mineras ricas en hierro y cobre, indispensables para la elaboración de piezas de artillería y sus municiones. Bien, dicho esto, vamos al grano.

En primer lugar, los moldes. Estos se realizaban con arena arcillosa o tierra arenisca con un determinado nivel de grasa para no tener que humedecerlas demasiado, lo que era contraproducente debido a las reacciones químicas que tenían lugar al entrar en contacto con el hierro fundido. La madre del cordero estaba en las matrices con las que se elaboraban dichos moldes, fabricadas con semi-esferas de bronce como las que vemos en la figura superior y de las que se precisaban dos parejas por molde. Ambas mitades tienen los bordes escalonados para que encajen perfectamente una en la otra, así como dos pletinas en forma de cruz para poder extraerlas una vez terminado el molde de arena. La matriz A es el macho que iría en la caja superior, y está provisto de un mecanismo de retención para fijar la pieza B, que es la toma de aire que permitirá que la colada salga libre de defectos o, por el contrario, sin llenar del todo y/o con burbujas en el interior, lo que desestabilizaría el centro de gravedad del proyectil y le daría una trayectoria errática. La matriz C es la hembra, que será colocada en la caja inferior del molde. Como se puede ver, aparte de los bordes escalonados ambas matrices tienen sus respectivos tetones y orificios para asegurar aún más que queden centradas, lo que evita la aparición de rebabas o que salgan piezas deformadas. Por último, la figura D muestra la matriz A con el respiradero colocado, el cual se podía alargar o acortar introduciéndolo más o menos en dicha matriz.

Las matrices estaban concebidas para que, una vez terminadas las balas, estas tuvieran un viento de 2 líneas, o sea, que debían tener un calibre de 3,9 mm. menos que el de la pieza que la dispararía. El viento tenía diversos cometidos: en primer lugar, permitir una pequeña tolerancia para que no se interrumpiese la recarga cuando se hacía fuego sostenido debido a la acumulación de suciedad en el ánima del cañón. Por otro lado, la oxidación producida por permanecer a la intemperie, sobre todo en ambientes salinos o en el mar, producían un aumento del diámetro de la bala a causa de las costras de orín. Así mismo, un calibre ajustado no permitiría colocar las abrazaderas de hojalata que sujetaban la bala al taco y al saquillo de pólvora. En el grabado superior tenemos dos tipos de cartucho para cañón en los que podemos apreciar los flejes de hojalata que unen la bala a los mismos.

Bien, con las matrices listas se comenzaba por la parte inferior del molde, que correspondería a las hembras. Las figuras A y A1 nos muestran sendas vistas de planta y sección de la placa que actúa como base y que permitirá colocar las matrices perfectamente centradas gracias a las cruces en relieve que se ven en la misma. Los orificios de las esquinas son para encajar los tetones de la caja del molde. La pieza que aparece dentro del óvalo rojo es el canal del bebedero, que se colocará uniendo las dos matrices B y B1, de forma que el hierro fundido se vierta en ambas partes. La figura C muestra un vástago que unido al canal hará las veces de bebedero, pero esta pieza irá colocada en la caja superior.


A continuación se coloca la caja B, la cual carece de tapas, sobre la placa A1 en la que dispusimos las matrices y el canal del bebedero. A partir de ahí hay que rellenar toda la caja con una pasta formada por arena arcillosa C compactándola muy bien para que no quede el más mínimo resquicio libre que pudiese arruinar el molde. La figura B1 muestra una vista de planta de la parte inferior de la caja donde encaja la placa A1. Los salientes que tiene a cada lado son para fijar las bridas que inmovilizarán y mantendrán unidas las dos cajas a la hora de verter la colada. Una vez llena de arena se volteará y se le quitará la placa, la cual deberemos usar para preparar la siguiente caja del molde perteneciente a las matrices macho. Ah, lo olvidaba... las cajas de moldes podían estar fabricadas de madera, hierro forjado o colado, siendo preferible este último material.


Para la siguiente caja se repite el mismo proceso, pero añadiendo a las matrices los respiraderos y el bebedero que vimos en el primer gráfico y que quedará conectado con el canal. Una vez bien llena y compactada, se retirarán todas las matrices de bronce de los moldes, quedando listos para la colada. Se unen las dos cajas A1 y A2 no sin antes espolvorear carbón pulverizado en la superficie de una de ellas para impedir que se peguen y, finalmente, se bloquean con las bridas B y B1, apretando bien las palometas para que no se muevan ni un ápice ya que de ello dependerá el obtener una buena colada o un churro que no sirva ni para tirárselo a la cabeza a nuestro más odioso cuñado. Una vez preparado todo el conjunto ha llegado el momento de verter el hierro fundido, operación esta que se lleva a cabo con una cuchara revestida con la misma pasta de arcilla con que se hacen los moldes. Esta maniobra debía efectuarse con prontitud para evitar que la temperatura del hierro fundido disminuyese. Debemos considerar que una colada no se llevaba a cabo con un solo molde, sino con un determinado número de ellos ya preparados de la forma que hemos explicado, por lo que el operario encargado del vertido debía trabajar con rapidez y precisión y procurando no meter la gamba y verter dos veces en el mismo molde, ya que eso lo arruinaría por completo.


Y este es el resultado de la colada. Una vez enfriado el metal se procede al desmoldado y se extraen las balas que, como vemos, forman un conjunto con los dos respiraderos y el bebedero. Con la ayuda de un cortafríos se eliminarán estos sobrantes por las marcas y se repasarán las rebabas que hayan podido quedar. Las sobras irán a parar de nuevo al crisol mientras que las balas ya terminadas deberán ser comprobadas tanto en el calibre como en la forma ya que su esfericidad debe ser perfecta. Y si alguno pensaba que con la colada terminaba el proceso, pues como que no. Así pues, mientras que los moldes se limpiaban perfectamente de los restos de arena, para volver a prepararlos para una nueva colada, las balas eran desbarbadas antes de pasar a la comprobación de calibrado.


Para ello se recurría a una vitola, que es ese chisme que vemos en la ilustración de la derecha. Se empleaban dos ejemplares con medidas diferentes: una, la del calibre de la bala, y la otra con 6, 9 o 12 puntos más de calibre, o sea, 0,96, 1,44 ó 1,92 mm. Se escogía una de las tres medidas en función del arbitrio del encargado de la fundición. Así pues, la primera vitola no debía dejar pasar la bala, y la segunda sí. Es decir, se escogían las que estaban sobrecalibradas, lo cual puede parecer un contrasentido ya que, como mencionamos antes, los proyectiles debían tener 2 líneas (3,86 mm.) de viento. Pero no era así ya que el control de las vitolas era solo el primero que debían pasar las balas, y en este caso servía para desechar los ejemplares subcalibrados, o sea, los de un calibre inferior al de la bala, o excesivamente sobrecalibrados, por lo que no entrarían por la boca del cañón o, en todo caso, entrarían tan ajustadas que dificultarían la carga.



A la izquierda, un martinete hidráulico. A la derecha, mecánico, de finales
del siglo XIX
El proceso para darles su calibre correcto venía a continuación, cuando se las hacía pasar por un martinete con la maza y el ayunque (sí, ayunque, no es un gazapo) cóncavos. Previamente se introducía cada bala en un horno de reverbero hasta que adquiriesen un color rojo cereza, y a continuación se las colocaba en el martinete para compactarlas e igualarlas, proporcionándoles además este tratamiento cierto grado de temple en la superficie. Esto no solo las endurecía sino que también las hacía más resistentes al óxido. Además, el golpeteo eliminaba casi en su totalidad las rebabas, dejando la bala prácticamente acabada.


Pero aún se debía llevar a cabo una última comprobación ya que las vitolas no podían asegurar que la esfericidad era correcta aunque se hiciese pasar la bala por ellas por varios sitios diferentes. Por otro lado, también era preciso corroborar que tras el paso por el martinete no habían sufrido deformaciones y que, además, habían obtenido su calibre justo. Así pues, se las hacía rodar dentro de unos cilindros de bronce o hierro cuyo diámetro interior era de, como mínimo, 6 puntos menos que el calibre del cañón, es decir, 0,96 mm. De esa forma se estaba seguro de que las balas no se quedarían atoradas en el ánima y, además, que su esfericidad era correcta. Con esta prueba se daba por concluida la fabricación de una bala, procediendo a su almacenamiento a la espera de ser enviadas a destino para acabar bonitamente incrustadas en la jeta de un gabacho (Dios maldiga al enano corso) o de hundirse en la caja torácica de un british (Dios maldiga a Nelson). En la tabla superior hemos reflejado los calibres en que se fabricaban balas macizas con su denominación oficial, que en aquella época se regía por la libra francesa (Dios maldiga nuevamente al enano corso), con su equivalencia en peso y calibre pasados al sistema métrico.


Otra foto de Robert Fenton realizada en 1855 que muestra cantidades
industriales de balas y granadas apiladas en el puerto de Balaklava
para suministrar a la artillería británica durante el cerco a Sebastopol
en el contexto de la Guerra de Crimea
En fin, dilectos lectores, como han podido ver, eso de fundir una simple pelota de hierro tenía más enjundia de lo que parece, y para obtener resultados satisfactorios era preciso tener en cuenta un gran número de factores que, por ser demasiados prolijos y excesivamente técnicos han sido omitidos, dando cuenta solo del proceso en sí ya que no es plan de andar repasando calidades de hierros, tipos de hornos y el largo et cétera que figura en los tochos de la época. En cualquier caso, colijo que es un buen botón de muestra para ver el nivel tecnológico que ya tenían hace más de 200 años, según pudimos ver en la entrada que dedicamos a la fundición de cañones y que a más de uno sorprendió más que si ve aparecer a su cuñado con una caja de Vega Sicilia Único de regalo. En una próxima entrada daremos cuenta del proceso para la fabricación de proyectiles huecos, uséase, bombas, granadas y granadas de mano.

En fin, vale por hoy.

Hale, he dicho