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domingo, 20 de diciembre de 2020

REDUCTOS Y BATERÍAS

Reducto de São Pedro, en Elvas. Esta pequeña fortificación formaba parte del sistema defensivo que protegía el sur de la población junto a los de São Mamede y Santo Domingos


Hace ya qué sé yo la de tiempo que hace que no se habla de fortificaciones pirobalísticas, así que mataremos dos pájaros de un tiro actualizando este artículo de cuando Noé aún estaba empezando el curso de carpintería básica. Como vemos, habla de reductos y baterías, unas pequeñas fortificaciones  conocidas generalmente como fortines y destinadas a las más variopintas misiones, desde cubrir ángulos muertos, padrastros o desenfiladas de fuertes y plazas de guerra a defender pasos, estuarios o cursos fluviales, playas susceptibles de convertirse en coladeros de enemigos o, en resumen, de cualquier sitio donde conviniera situar medios lo bastante persuasivos como para quitar al invasor las ganas de pasar por allí.

Según las técnicas de la época, la gola de la batería estaba abierta para,
caso de ser ocupada por el enemigo, poder batirla desde otra posición
situada a retaguardia. En el centro vemos el pañol de munición
Podían tener formas diversas: triangulares, circulares, cuadradas o trapezoidales si bien las rectangulares eran las más habituales, así que estudiaremos esta morfología por ser la más común. En todo caso, fuese cual fuese su forma, su cometido era el mismo. Otra opción es que podían ser de fábrica, como el que aparece en la foto de cabecera, o bien a base de salchichones cubiertos de tierra, todo ello dependiendo de la disponibilidad de materiales o la urgencia para construirlos. Por poner un ejemplo de estos últimos, varios de los que se construyeron en la zona de Chiclana y San Fernando, en Cádiz, cuando esta ciudad estaba sitiada por los franceses, se fabricaron a base de salchichones recubiertos de sal (la zona es una marisma que aún sigue siendo una salina enorme). Otros, como el que vemos en la foto de la derecha, estaban construidos con sillería bien labrada con la idea de que no fueran fortificaciones de circunstancias, sino más duraderas. En este caso se trata de la batería de San Pedro, en San Fernando (Cádiz), que defendía el puente de Zuazo sobre el Caño de Sancti Petri, paso forzoso para los gabachos (Dios maldiga al enano corso) que quisieran atacar por tierra a Cádiz. A pesar de sus pequeñas dimensiones, disponía de doce bocas de fuego: 8 cañones de a 24, 1 de a 18 y 3 de a 4, o sea, que para pasar por ahí había que pensárselo dos veces.

En el plano en sección podemos estudiar la morfología de un reducto, por decirlo de algún modo, estándar: como se ve, consta de un foso precedido por un pequeño talud a fin de dificultar la aproximación del enemigo. Este foso, para complicar aún más un posible asalto, podía estar sembrado de abrojos de hierro o de estacas. Tras el foso, un parapeto cuyo grosor iba en función de la protección que se quería dar a su guarnición. Ello dependía del tipo de agresión que se esperaba, ya que si se suponía que sería atacado por fusileros, no se le daba un espesor mayor de unos 60 cm., suficientes para detener una bala de fusil. Si por el contrario esperaban ser atacados con artillería, se aumentaba hasta los dos metros aproximadamente. Como es lógico, no se pretendía que tuviesen la misma resistencia que un fuerte en toda regla. La altura del parapeto debía tener al menos unos 180 cm. de alto, a fin de que la guarnición quedara a cubierto de los disparos del enemigo. Para hacer fuego disponían de una banqueta, como aparece en el plano, para tirar a pecho cubierto. En todo caso, no convenía excederse en la altura del mismo, ya que ello restaría ángulo de tiro inferior a los fusileros.

Para acceder al reducto se emplazaba una pasarela levadiza la cual, una vez elevada, lo cerraba. Si el reducto estaba destinado solo a fusileros, el acceso apenas tenía poco más de unos 50 ó 60 cm. de ancho, lo suficiente para que pasase un hombre. Si por el contrario se quería emplazar artillería, lógicamente debía tener la anchura necesaria para poder pasar el o los cañones de dotación. Por lo general, los reductos solían tener los parapetos a barbeta, o sea, sin cañoneras, de forma que podían emplazar las bocas de fuego en el sitio más ventajoso en cada momento. Si se trataba de reductos de fábrica, destinados a formar parte de un sistema defensivo permanente más complejo y considerando que no eran obras de circunstancias, se fabricaban cañoneras en unos parapetos de mayor grosor.

En el plano de planta podemos ver un hipotético reducto dotado con tres bocas de fuego y parapeto a barbeta. En el mismo podemos ver la pasarela levadiza, la cual podía ser de tracción manual o, caso de ser de mayores proporciones, de contrapeso como aparece en la figura superior. Pintados en gris se pueden ver dos traveses de fábrica. Eran unas barreras de alrededor de 150/200 cm. de grosor por unos 2,5 metros de alto, destinadas a proteger a los servidores de las piezas en caso de que una granada o una bomba alcanzase el interior del reducto. Considerando sus pequeñas dimensiones, caso de estar totalmente diáfano, una sola bomba podría aniquilar a toda su guarnición. Caso de tratarse de un reducto permanente, contaba con su correspondiente pañol a prueba de bomba, como ya se puede suponer. De lo contrario, se instalaba un repuesto adecuadamente protegido para proveer las bocas de fuego en servicio. Por lo general, los repuestos solían contar con munición para dos días, tras los cuales se reponían siempre y cuando fuese posible. Si quedaban cercados, pues se acabó la fiesta.

En otros casos, los reductos se construían para cubrir desenfiladas de fortificaciones mayores. Un buen ejemplo lo tenemos en el Real Fuerte de la Concepción, en Aldea del Obispo (Salamanca), que podemos ver en el lado izquierdo del plano. Esta plaza fuerte, considerada por cierto como una de las fortificaciones tecnológicamente más perfectas de su época, disponía de unas caballerizas (círculo rojo) para 180 animales unidas al recinto mediante un camino cubierto que podemos ver entre el recinto principal y el reducto. El camino cubierto seguía avanzando hacia una pequeña elevación situada al sur, comunicando con el reducto de San José, dotado con nueve bocas de fuego y pañoles a prueba de bomba. En caso de ser arrollados por los enemigos, la guarnición del reducto se retiraba por el camino cubierto y se sumaba a la guarnición del fuerte, que los cubriría friendo a los atacantes con polladas, botes de metralla y demás porquerías sumamente persuasivas.

En primer término vemos un pañol de munición. Por lo general,
por dentro eran un semi-sótano, mientras que bajo la techumbre
había una bóveda de medio punto a prueba de bomba
En cuanto a las dimensiones de estas fortificaciones, iban en función de la guarnición que se pensaba destinar al mismo. Por norma, se consideraba que el parapeto debía tener una longitud a razón de 3 pies como mínimo (pies de Burgos, 83 cm.) por hombre. El tamaño más pequeño admisible era de unos 12 metros de lado lo que, siendo cuadrado, permitiría albergar una guarnición de entre 40 y 60 hombres con sus pertrechos. Lógicamente, los había mucho mayores, con capacidad para 300 hombres o más. Todo iba en función de las necesidades tácticas del momento. 
En lo referente a las dependencias interiores del reducto, si era de fábrica disponía de las habituales en cualquier fortificación: pañol, cuartel, cocina, habitación para el oficial al mando y, si era posible, un pozo o una cisterna. Si era un reducto de circunstancias, pues un sombrajo para protegerse del relente de la noche y gracias. En estos casos, por lo general, la guarnición iba rotando cada un determinado número de días con tropas procedentes de la fortificación principal. No eran plan de permitir que bajase la moral por llevar unas condiciones de vida tan extremas.

Bueno, explicado queda lo que eran los reductos o fortines. Cierro esta entrada con una imagen que muestra, señalados con una flecha roja, los tres traveses del reducto  de Santo Domingos antes mencionado para que se puedan hacer una idea más clara de en qué consistían estas defensas interiores. En este caso, hay un través por cada dos bocas de fuego, lo que impediría que, caso de caer una bomba en el terraplén, se llevase por delante a todos los ocupantes del mismo. Para entendernos, estos traveses actuaban como parapeto para que no palmara toda la guarnición de un solo bombazo. En todo caso, en el enlace que verán más abajo podrán ilustrarse largo y tendido sobre este tipo de obras defensivas.

En fin, ya está...

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONADAS:




Ortofoto que nos muestra el fuerte de Santa Luzia, al sur de Elvas, junto a los dos reductos que lo
defendían: al sudeste, marcado de amarillo, vemos el de São Mamede. Al oeste, de rojo, el reducto de São Pedro, este último situado sobre una elevación del terreno que limitaba la visión desde el fuerte en esa dirección 

sábado, 1 de junio de 2019

TORRES MARTELLO. Tipologías y técnicas constructivas 2


Vista superior de una de las torres típicas de la costa sur
con capacidad para un cañón de 24 libras. La imagen nos
permite apreciar la diferencia de grosor de los muros que
daban al mar y a tierra
Bueno, dilectos lectores, en esta entrada daremos cumplida cuenta de la cosa artillera y todo lo relacionado con ella, así como lo referente a los sufridos british que tuvieron que guarnecer estas torres a pesar de que, cuando fueron puestas en servicio, la amenaza de invasión había pasado ya que en 1810 el enano (Dios lo maldiga cienes y cienes de veces) estaba metido en mogollón de follones por la Europa toda. Más aún, cuando se comenzaron las obras en 1805 vio como Nelson (el siempre maldito) le dio las del tigre en Trafalgar, por lo que en lo tocante a la superioridad naval se le fue todo al traste de la misma forma que al inefable Göring le chingaron la superioridad aérea en 1940 sobre los cielos de la brumosa Albión. No obstante, como ya hemos comentado, el enano seguía siendo asaz peligroso, cosechaba una victoria tras otra y no era plan de descuidarse porque en cualquier momento podía retomar su antiguo plan si lograba que sus enemigos continentales se aviniesen a una paz razonablemente duradera, cosa que afortunadamente no ocurrió. Bien pues, comencemos sin más tardanza...

La foto de la derecha muestra el sótano- recordemos que en realidad sería la planta baja respecto al nivel del terreno- de una torre. La ventana es el nicho donde, según se explicó, se colocaba la linterna o lámpara que permitía iluminar el pañol protegida por un cristal colocado al otro lado del muro para evitar un desastre gordo. Los orificios cuadrangulares del muro son simples respiraderos para mantener ventilada la estancia ya que en la zona que muestra la imagen era donde se almacenaban las provisiones y, llegado el caso, toneles de agua si no disponían de cisterna, lo que ocurría en bastantes casos debido a las filtraciones de agua salina que había en muchas partes por la proximidad del mar. La foto también nos permite apreciar la distribución de las vigas del entresuelo.

La foto de la izquierda muestra el lado opuesto a la anterior, donde se abre la puerta al polvorín. Para reducir el riesgo de incendios el interior de la puerta estaba forrado con una lámina de cobre, y las bisagras eran de bronce en vez de hierro para evitar chispas. En el suelo vemos uno de los sumideros y en el muro otros dos conductos de ventilación. Estos daban directamente al exterior aproximadamente a media altura del muro, lo que tampoco permitiría un nivel de ventilación lo suficientemente alto como para eliminar por completo la humedad del sótano, cuya única salida era, como recordaremos, una trampilla que permanecería cerrada la mayor parte del tiempo.

Y ahí tenemos el pañol, el sancta sanctorum del edificio que, como mostramos en los planos de la entra anterior, solía ocupar aproximadamente un tercio de la superficie de la planta. Para favorecer la ventilación y eliminar al máximo posible la humedad se construía una pared doble en la que se abrían las rendijas de ventilación que vemos sobre los barriles. Por lo generan, cada pañol tenía tres nichos como el que mostramos para el almacenamiento de la pólvora, cuya dotación era de 50 barriles de 100 libras (45'3 kg.) aunque había capacidad para 200. La provisión de municiones para las torres de la costa sur armadas con un solo cañón de 24 libras era de cien pelotas, veinte granadas, veinte botes de metralla y veinte cartuchos de racimos o metralleros. Estos últimos eran como las granadas pero con una diferencia: en la granada convencional se fragmentaba la carcasa al estallar esparciendo cascos de metralla, mientras que los metralleros repartían de forma más controlada entre 84 y 232 bolas que contenían en su interior, pero de eso hablaremos más adelante con más detalle. Además almacenaban 25 kilos de mechas lentas para los botafuegos y, lógicamente, la pólvora y municiones para los mosquetes. Las torres armadas con obuses usaban el mismo tipo de pólvora que estos, la Red nº3 FG, por lo que no había necesidad de almacenar un tercer tipo de pólvora. Para los que desconozcan el tema, cada arma requiere un tipo de pólvora distinto, de quemado más o menos rápido en función del largo del ánima. Una pistola, que tiene un cañón muy corto, necesita una pólvora que arda muy rápido para que se queme toda dentro del ánima mientras que un mosquete necesita una más lenta y progresiva para que vaya ardiendo más despacio y no produzca picos de presión, y lo mismo para un cañón que, obviamente, es muchísimo más largo.

A la izquierda vemos dos de los proyectiles usados contra personal en caso de producirse un desembarco. En primer lugar vemos un bote de metralla, que era, como su nombre indica, un recipiente de hojalata sellado por su parte inferior con un taco de madera. En el interior se metían balas de mosquete, siendo el resultado como un cartucho de perdigones de escopeta moderno, pero a lo bestia. Esos botes contenían decenas o cientos de proyectiles según el calibre del cañón, y sus efectos eran devastadores a distancias entre los 300 y 400 metros aproximadamente. Los metralleros o cartuchos de racimo eran hileras de bolas agrupadas en torno a un vástago central que sobresalía del taco de madera sobre el que se montaba el conjunto, que a su vez se envolvía en una lienzo encerado para impermeabilizarlo. En estas dos entradas, aquí y aquí, se especifican con detalle. 


Espoletas de tiempo para granadas. Las marcas señalan los segundos y sus
fracciones, por lo  que al artillero le bastaba cortar con un cuchillo por
el lugar deseado para que explotara en el momento indicado.
Se encendían solas con la llamarada que se producía durante el disparo
En cuanto a las granadas, eran los típicos proyectiles esféricos huecos provistos de una espoleta que los hacía estallar en el sitio y momento adecuados, bien en el aire o en tierra, esparciendo los fragmentos de metralla alrededor. En cuanto a las pelotas, en un cañón de 24 libras eran eficaces hasta alrededor de 1,5 km. si bien su alcance superaba el doble de esa distancia. Ya vimos en la primera entrada de esta serie que hicieron bien la puñeta a los barcos que mantenían el bloqueo ante la Torre Mortella y, de hecho, aunque había cañones de hasta 42 libras, eran por lo general las piezas embarcadas más potentes al uso. Pero también valían contra tropas terrestres efectuando tiros de rebote que, con una sola pelota, podían llevarse por delante a más de 20 hombres sin problema, y hay constancia de casos en los que liquidaron a 40 de una tacada.

Lógicamente, las torres armadas con obuses de 5,5 pulgadas disponían de munición para los mismos. Estas rechonchas piezas tenían un calibre de 140 mm. y un largo de apenas 84 cm., y originariamente estaban concebidas ara efectuar tiro parabólico contra tropas protegidas por parapetos, trincheras, etc., e incluso se comenzó a usarlos como morteros de pequeño calibre contra fortificaciones. En el caso de las torres fueron destinados a protegerse a sí mismas contra posibles invasores que lograran desembarcar, pero solo en las que por la abrupta orografía de la zona permitiría al enemigo ocultarse y mantenerse a salvo de los disparos del cañón de 24 libras. De ahí que el obús cargado con granadas pudiera ofender a cualquiera que se protegiese tras los accidentes del terreno y acabar de barrerlos del mapa con los botes de metralla o los racimos disparados por el cañón cuando saliesen de sus escondites. En otras torres con capacidad para tres bocas de fuego y que estuvieran ubicadas en lugares despejados se optó por combinar un cañón con dos carronadas de 24 libras como la de la lámina de la derecha que tanto valían para ofender a las naves que se aproximasen como a las tropas que lograran alcanzar la orilla. Como en todas las torres estaban emplazadas sobre cureñas deslizantes. 

En cuanto a las plataformas artilleras tenemos tres tipos. La que vemos en primer lugar corresponde a las torres más pequeñas situadas en la línea sur. Como ya se explicó, se construían de forma excéntrica para permitir un mayor grosor en el muro que daba al mar dándoles un aspecto elíptico que no era real. En amarillo vemos los raíles sobre los que rodaban las ruedas de hierro de las cureñas, permitiéndoles un radio giro de 360º. Los círculos rojos son los tiros de las chimeneas de las dependencias del oficial y la tropa que, por norma, estaban construidas de forma que pudieran derribarse fácilmente en caso de que estorbaran si había que entrar en combate. Las flechas rojas marcan la posición de unos nichos que se usaban como repuestos para munición de uso inmediato. Las azules señalan los canalones de recogida de agua que conducían a la cisterna, y la flecha verde marca la posición de un pequeño urinario para echar la meadita previa a la batalla. En el centro vemos el pivote donde se fijaba la cureña y del que hablaremos más adelante. Y centremos ahora la vista en la salida de la escalera.

Como vemos, dicha salida cortaba la banqueta por la que transcurría el carril de la cureña. Para eliminar esta traba observemos las dos mortajas que hay a ambos lados del hueco, que servían para cubrir el mismo con gruesos tablones tal como vemos en la foto inferior. Esto no suponía ningún problema ya que cuando se entraba en combate se debía cerrar la puerta, aislando la plataforma artillera del interior de la torre. El orificio de la puerta que señala la flecha roja era precisamente para ir pasando más munición a los servidores de las piezas cuando se agotaba la de los repuestos. Todas estas precauciones eran simplemente para evitar que, en caso de que un proyectil enemigo estallara en la azotea, la llamarada producida por la deflagración avanzara hacia el interior del recinto a través de la angosta escalera, incendiando el entresuelo de madera y alanzase incluso el polvorín, lo que volatilizaría la torre. De hecho, incluso se obligaba a que las chimeneas se protegieran con pantallas metálicas por la misma razón. Más aún, hasta estaba prohibido fumar dentro aunque no existieran motivos de alarma, lo que jamás pasó porque ya dijimos que estas torres nunca entraron en acción. Pero la obsesión por los fuegos fortuitos estaba muy arraigada, sobre todo cuando se dormía sobre quintales de pólvora que si explotaban podían reducir el edificio a gravilla.

A continuación podemos ver el aspecto de las torres con capacidad para tres piezas. En este caso la plataforma adoptaba una forma de trébol en la que los pétalos de menor tamaño eran donde se emplazaban los obuses o las carronadas, cada uno de ellos con un repuesto de munición de uso inmediato. El espacio más grande, reservado para la pieza de 24 libras, disponía de cinco repuestos. Los círculos rojos señalan las chimeneas que, como en el caso anterior, podían echarse abajo de dos patadas si estorbaban en el ángulo de tiro de las piezas. En este caso el ángulo de los cañones estaba limitado a 120º si no querían bombardearse entre ellos mismos. Por lo demás, podemos ver que estas torres disponían de dos accesos a la azotea. Una escalera partía desde el alojamiento de tropa, y la otra desde el aposento del oficial, que para eso era el mandamás y tenía una escalera para él solito.

Finalmente veamos la plataforma del tipo de mayor tamaño, situadas en la costa este. En vez de tener la planta redonda habitual eran aovadas, y el espacio disponible mucho más amplio. Como el tipo anterior, también disponía de dos escaleras para acceder a la azotea, y en todo su contorno podemos ver hasta nueve repuestos para munición de uso inmediato y, también como en los casos anteriores, las dos chimeneas que hemos marcado en rojo se podían eliminar en un periquete si se terciaba. Cada pieza de 24 libras requería una dotación de catorce hombres para su manejo que, como ya explicamos anteriormente, se dividían entre los pertenecientes a los batallones de Veteranos y los artilleros inválidos que se dividirían las tareas conforme a sus conocimientos: los Veteranos para acarreo de munición y manejo de la pieza y los artilleros para lo referente a carga y disparo de la misma. 

Veamos ahora los distintos tipos de emplazamiento. Este corresponde a las torres para un solo cañón de 24 libras. Como vemos, la pieza descansa sobre una cureña naval modelo 1791 a la que se han quitado las ruedas. La cureña está a su vez montada sobre otra cureña deslizable formada por dos largueros de 4'9 metros de longitud cuya parte superior estaba recubierta por una chapa de metal para facilitar el deslizamiento de la cureña e impedir su desgaste. Esta cureña deslizable se fijaba a un pivote de hierro embutido en un pequeño pedestal de fábrica donde se fijaban los raíles para las ruedas traseras. A todas las cureñas, fuese cual fuese la pieza montada sobre ellas, se le daba una inclinación hacia adelante de entre 10 y 20º para compensar el retroceso, que era ciertamente muy acusado. A ambos lados de los largueros había unas pequeñas plataformas o estribos para que los servidores de la pieza pudiera cargarla y atacarla sin problemas.

Otro tipo de cureña, en este caso las destinadas a las torres con capacidad para tres cañones, lo podemos ver a la derecha. Como se puede observar, en este caso no está fijada a un pivote, sino a la boca de un cañón. Esta práctica era bastante común, usar cañones fuera de servicio al que se introducía por el ánima una barra de hierro y que era sólidamente empotrado en la azotea. De este modo se lograba un robusto sistema de fijación que, además, les salía gratis. En cuanto a la cureña naval, en este caso sí conserva las ruedas, que están encarriladas sobre los largueros con unas chapas de hierro colocadas por dentro. La pequeña plataforma con escalones que vemos dentro era para los servidores del cañón.

Para girar la pieza, que solo el cañón con su cureña pesaba tres toneladas más el peso de la cureña deslizable, se valían de sogas como las que hemos recreado en esa foto. En el perímetro del parapeto se distribuían argollas embutidas en pequeños sillares de piedra por donde se pasaban las sogas que, a su vez, eran enganchadas en la cureña. Bastaba tirar de una de ellas en la dirección deseada para mover la pieza a un lado u otro echando el bofe solo lo razonable. Por cierto que en esta imagen se aprecia bastante bien el canalón de recogida de agua, así como uno de los sumideros que la conducían hasta la cisterna y que marcamos con una flecha roja.

En cuanto al obús de 5'5 pulgadas, se emplazaba en una cureña similar. Esta pieza, fabricada de hierro, procedía de una anterior fundida en bronce. Su peso era de "solo" 762 más los 450 de la cureña naval, así que ese retaco pesaba poco más de 1.200 kilos a los que había que añadir los de la cureña deslizable. Su sistema de fijación era similar al de sus hermanos mayores, con el cañón inservible haciendo de poste de fijación. La pieza que bloqueaba la cureña y que sobresale de la pata trasera se usaba también cuando se instalaban dos cañones usando el mismo pivote, de forma que podían girar de forma independiente pero sin perder la fijación al centro de la plataforma. Un total de 18 torres fueron armadas con estos obuses, 9 en la línea sur y otras 9 en la este.

Servidores de una pieza dispuestos a abrir fuego. Estarían de maniobras,
porque nunca jamás vieron una vela gabacha en el horizonte
Bien, esto es básicamente lo más relevante del armamento de las torres. En cuanto al personal que las guarnecía, en la entrada anterior ya anticipamos la procedencia de sus efectivos. Sin embargo, el reparto de las mismas en las distintas torres fue al parecer bastante desigual, y más cuando la amenaza empezó a diluirse a medida que el enano se veía obligado a comprometer ingentes cantidades de tropas en empresas que tuvieron un final desastroso, empezando por la invasión de Rusia que acabó con la gloriosa Grande Armée con las gónadas más frías que las de un pingüino además de la interminable pero silenciosa sangría española, donde sin prisa pero sin pausa se escabechaban mogollón de gabachos o se pescaba a los correos que circulaban por los caminos para dejarlos clavados en los portones de los cortijos como señal de aviso, lo que imagino haría que muchos correos se diesen de baja por depresión.

Dependencias de la tropa. Alrededor del pilar central se encuentras dos
armeros con capacidad para 27 mosquetes. A través de la puerta se ve la
barandilla que rodea el hueco para bajar al sótano
Así pues, y aunque como sabemos las torres disponían de espacio suficiente para 25 o 30 hombres, tras la victoria de Trafalgar empezaron a relajarse y, de hecho, cuando se empezaron a terminar las torres hubo algunas que no llegaron siquiera a guarnicionarse. En otras se limitaron a poner a dos o tres fusileros al mando de un sargento para, al menos, mantener la vigilancia y que diera la impresión de que el ejército no bajaba la guardia. En otras la insalubridad del terreno no hacía aconsejable mantener acantonadas tropas durante largos espacios de tiempo debido a que, por la cercanía de ciénagas, la posibilidad de contraer enfermedades palúdicas era muy elevada. Por lo tanto optaron por mantener al personal en acuartelamientos o en barracones cercanos de forma que se establecían turnos diarios de guardia.  

Otra perspectiva del interior de una torre, en este caso desde el aposento
del oficial. Como se ve, las paredes y mamparos pintados de blanco daban una
apariencia razonablemente acogedora al recinto para ser un edificio militar
Con todo, la vida no era en modo alguno mala para los encargados de guardar las torres, y más si la comparamos con la que llevaban sus colegas que combatían en el continente. Las raciones diarias eran más que decentes: una libra de carne, una de pan, ¼ de libra de queso, media pinta (142 cm³) de arroz y otro tanto de guisantes secos. Con eso ciertamente no es que fueran a engordar, pero no pasaban hambre. Además, la cercanía de muchas poblaciones les permitía adquirir por su cuenta algún caprichito, más cantidad de pan, ron o cerveza y, en realidad, ni siquiera merecía la pena almacenar las provisiones ya que traía más cuenta abastecerse de proveedores locales sin correr el riesgo de que se echasen a perder las acumuladas en las torres que, con la humedad, tenían muchas probabilidades de estropearse antes. Además, así el personal consumía alimentos frescos, que siempre era más agradable que las carnes en salazón y la galleta o el bizcocho duros como el granito.

Cuando el enano fue finalmente derrotado en Waterloo y enviado a Santa Elena para salir de allí después de muchos años metido en un féretro de plomo, las torres fueron sufriendo distintas suertes. Como ya comentamos, a partir de 1820 algunas fueron convertidas en torres de señales, otras se destinaron a dependencias de guardacostas u organismos relacionados con la marina mientras que otras se vieron simplemente abandonadas. Otras fueron usadas como bancos de pruebas para estudiar los efectos de las nuevas piezas de artillería surgida a partir de mediados del siglo XIX. En 1860, la Oficina de Guerra usó las torres 49 y 71 para comparar la capacidad destructiva de las piezas convencionales respecto a las de ánima rayada. Contra la 49 se emplearon cañones de 32 y 68 libras de ánima lisa, mientras que contra la 71 se usaron un cañón rayado de 80 libras, otro de 40 y un Armstrong de 100 pulgadas. No obstante, y como muestra de la monolítica solidez de estos edificios, la torre 71 necesitó 47 disparos para abrir una brecha, y otros 158 más para lograr echar abajo el muro trasero que, como sabemos, era el de menos grosor. El mismo número de disparos efectuados con cañones de ánima lisa contra la torre 49 no lograron ni remotamente unos resultados similares. En el grabado de la izquierda podemos ver las distintas fases por las que pasó la torre 71 hasta quedar demolida a medias tras recibir nada menos que 205 cañonazos, que no es ninguna tontería. Posteriormente, otras torres sufrieron el mismo destino. Otras, como ya se anticipó en el caso de la torre 10 de Hythe, fueron voladas sin más historias. Las más correosas fueron las 35 y la 38, a las que a los 90 kilos de algodón pólvora para cada una hubo que añadir otros 363 kilos de pólvora normal por torre para echarlas abajo. En fin, una pena. Al menos sirve de consuelo para ver que no solo en España se cometen felonías con este tipo de edificios que, además, en su día costaron una fortuna fastuosa.

En fin, criaturas, con esto concluimos. Espero que esta breve y concisa monografía haya sido de interés y, sobre todo, les haya servido para conocer una tipología de torres costeras que no son precisamente muy conocidas por estos lares pero que, como hemos visto, hicieron historia y, llegado el caso, habrían sido la primera línea de batalla para contener al enano si llega a invadir la maldita Albión.

Bueno, se acabó lo que se daba, amén.


Y así acabaron otras, convertidas en viviendas de diseño. Esta en concreto es la torre 10, en Hythe, Kent. Fue perpetrada
en 1960, y no se sabe qué es peor, si que la acabaran a cañonazos o la desvirtuaran de forma tan canallesca. Por cierto que
muchos fuertes costeros de Portugal, sobre todo de la zona cercana a Lisboa, han acabado igual. Algunos han sido
convertidos en bares de copas y discotecas. En fin, sin comentarios porque me cabreo en grado sumo.

miércoles, 29 de mayo de 2019

TORRES MARTELLO. Tipologías y técnicas constructivas 1


Torre de Aldeburgh, la única con forma tetrabsidal y con capacidad para cuatro bocas de fuego. Aún conserva la mitad
del foso seco que la rodeaba y que le permitía ofrecer un blanco de mínima altura a la artillería de los barcos enemigos.
Por cierto, la foto está tomada desde el mar. El agua que se ve detrás pertenece al río Alde, situado tras la torre

Bien, prosigamos...

Como ya anticipamos en el artículo anterior, este lo dedicaremos a las diversas tipologías y a los métodos constructivos que se siguieron para edificar las 103 torres que, en teoría, debían defender las costas sur y sudeste de la isla. Pero antes de empezar debemos hacer una advertencia para no liarnos demasiado. Como ya se comentó en su momento, los british (Dios maldiga a Nelson) acabaron usando el término Martello tower a cualquier torre artillada independientemente de su morfología. Es lo mismo que cuando llamamos Uralita a todas las planchas onduladas de fibro-cemento mezclado con amianto cancerígeno aunque lo fabricase otra firma. Lo que queremos decir con esto es que las torres edificadas en las colonias no seguían en la mayoría de los casos el diseño de las primeras que se construyeron ante el temor de una visita inesperada del enano corso (Dios lo maldiga durante 100 trillones de siglos), por lo que para detallar el diseño de cada una de ellas, desde las construidas en Canadá a la India, haría falta un libro bastante gordo y no un artículo bloguero. Por lo tanto, nos ceñiremos a las torres Martello originales, es decir, las construidas en Inglaterra a partir de 1805 que, con todo, ya dan tema para rato porque no se basaron en un único patrón. Y aclarado esto, empezamos.


En el mapa superior vemos las dos líneas fortificadas originales. La primera, compuesta por 74 torres designadas por números se edificó entre Folkestone y Seaford, quedando completada en 1810 y protegiendo la que, en teoría, era la zona más vulnerable al sur de la isla, frente a Calais y Boulogne, abarcando unos 100 km. de costa. La segunda, que finalmente la formaron 29 torres designadas por letras, se ubicó en la costa oriental entre Aldeburgh y Clacton-on-Sea abarcando aproximadamente 60 kilómetros y protegiendo además los estuarios de los ríos Alde, Deben, Orwell y Blackwater. Esta línea se fue completando entre 1809 y 1812. No obstante, mientras se construían estas dos líneas fortificadas se empezaron otras en Irlanda, Escocia, Canadá y las posesiones británicas en el mar Adriático. Aunque la amenaza de una invasión inminente se había relajado, el enano seguía siendo un peligro y no convenía bajar la guardia, por lo que tuvieron que desembolsar cifras fastuosas para ir completando todo el programa de fortificación que empezó a principios del siglo XIX, cuando el ejército de la Francia revolucionaria estaba deseoso de instalar una guillotina delante de Buckingham. Recordemos además que junto a muchas de las torres se construyeron baterías y reductos que servirían de apoyo en los puntos estratégicos de más importancia.

Charles François Dumouriez (1739-1823)
Si a alguien le sorprende ver que no se construyeron torres en el espacio comprendido entre Clacton-on-Sea y Folkestone no debe extrañarse ya que el estuario del Támesis ya contaba con fortificaciones anteriores y, por otro lado, se llevó a cabo un minucioso estudio sobre el terreno para comprobar qué playas eran susceptibles de ofrecer un terreno adecuado para un desembarco y cuáles no. Dicha inspección la efectuó el general de brigada William Twiss, que pudo estudiar en persona que había zonas totalmente imposibles por ser playas formadas por gruesos guijarros donde era materialmente imposible mover artillería de campaña y carromatos o bien cerradas por acantilados. Además, contó con la inestimable colaboración del general Charles François Dumouriez, un probo renegado gabacho que ya había demostrado su valía durante la Guerra de los Siete Años dando estopa a los austriacos y los prusianos. Dumouriez, monárquico hasta la médula, se cabreó bastante con los revolucionarios, así que les hizo dos higas y se largó de Francia para acabar asentándose en Inglaterra hacia 1803, donde su amistad con Nelson (Dios lo maldiga) le valió para convertirse en un eficaz colaborador del ejército inglés. Y, mira por donde, Dumouriez corroboró que, en efecto, el informe elaborado por Twiss coincidía en casi todo respecto a las zonas de desembarco señaladas por el estado mayor gabacho cuando el ejército revolucionario empezó a plantearse hacerles una visita a sus odiados vecinos.


William Twiss (1745-1827)
Bien, como ya comentamos en la entrada anterior, dar el visto bueno para el comienzo de las obras requirió mogollón de reuniones, informes, cónclaves, dimes y diretes e incluso alguna que otra intriga hasta que, finalmente, se aprobó el comienzo de las 74 torres iniciales que, por cierto, en realidad debían ser 88, pero las 221.000 libras del presupuesto se les atragantaron a la Junta de Artillería y hubo que eliminar 14 de ellas. Tras decidir que el material más adecuado sería el ladrillo, el general Twiss calculó que cada torre requeriría alrededor del cuarto de millón de unidades, por lo que le pasó la pelota al general Morse, Inspector General de Fortificaciones para que autorizase la compra de los necesarios. El pedido fue a parar a la firma Adam & Robertson, de Londres, que imagino que le harían algún regalito a Morse porque hablamos de 13.450.000 ladrillos que estaban incluso muy por encima de la capacidad de su fábrica, hasta el extremo de tener que sub-contratar a otras once fábricas más para poder cumplimentar la demanda. La broma le salió a la Junta de Artillería por la friolera de 37.450 libras. Para hacernos una idea de cuánto suponía ese dinero podemos compararlo con lo que costó la fragata Juno, la que con el Fortitude protagonizaron el episodio de la Torre Mortella que dio origen a esta historia. La Juno, botada en 1780, costó totalmente equipada y armada 16.600 libras, o sea, que solo con el costo de los ladrillos había para dos fragatas de 32 cañones y aún sobraba para convidar a gambas blancas a todo Londres al menos durante un año. Por cierto que, como ya se ha comentado, las torres de la línea sur requerían cada una entre 250 y 300.000 ladrillos, pero las de la costa este, más grandes, necesitaban hasta el medio millón de unidades. Ya son ladrillos, ¿que no?


William Hobson (1752-1840)
En cuanto a la mano de obra, el contratista que se llevó el momio fue William Hobson, un constructor de Markfield House, en South Tottheham. Hobson, que había construido los muelles de Londres y había participado en la edificación de la segunda prisión de Newgate- la primera ardió a mediados el siglo XVII-, gozaba por ello de buena fama y de tener los medios para acometer la empresa, pero la magnitud de la misma le obligó a firmar dos sub-contratas con Edward Hoges y John Smith. Hay que tener en cuenta que, en este tipo de contratos estatales, los pagos no se hacían por anticipado, sino todo lo contrario, y no solían ser precisamente puntuales. De ahí que se recurriera a empresarios con medios suficientes para ir pagando jornales y demás hasta que se libraran las cantidades acordadas con los organismos de turno. Precisamente por ese motivo tuvo que diversificar el trabajo, acordando con Hoges y Smith que se llevaría una comisión a cambio del chollo y él se limitaría a inspeccionar las torres a su cargo. No obstante, parece ser que hubo que realizar varias sub-contratas más para poder terminar las obras en un tiempo razonablemente corto, lo que explica por qué hay diferencias en la dimensiones y acabados de las torres. En cualquier caso, lo cierto es que se forraron literalmente. Por lo visto, el tal Smith se embolsó nada menos que 20.000 libras, con lo que imagino tendría una jubilación gloriosa, así que ya podemos hacernos una idea de lo que podría haber trincado Hobson. Estas cosas confirman lo que siempre he tenido claro: las guerras sirven para que unos pocos se forren mientras la mayoría palman como auténticos y verdaderos héroes.


Oficial, sargento y fusilero de un Batallón de
Veteranos. Nutridos en su mayoría por jubilados
del ejército, se formaron 13 batallones que
estuvieron operativos entre 1802 y 1820
Pero aún quedaba un problema más por resolver: ¿quién guarnecería las torres? La mayor parte de las tropas estaban en el continente batiéndose el cobre con el enano o manteniendo su incipiente imperio colonial, así que no había mucho personal disponible. Cada torre precisaba una media de 24 hombres y un oficial al mando, cifra que aumentaba considerablemente cuando se trataba de nutrir baterías o fortines de más entidad. Por ejemplo, los reductos de Eastbourne y Dymchurch, armados con 11 piezas, estaban guarnecidos por 320 hombres y 8 oficiales cada uno. Así pues, se estimó que harían falta unos 3.000 hombres, y la realidad es que no disponían de mucho donde elegir. Inicialmente se pensó en formar un Corp of Coast Fencibles, Cuerpo de Defensores de la Costa, unas unidades creadas al comienzo de la Guerra de los Siete Años a modo de milicia local para tareas de segundo orden como vigilancia, patrullas, etc., pero finalmente fue el conde de Chapman el que ordenó que se recurriera a los Batallones de Veteranos Reales, unidades creadas en 1802 que se nutrían de hombres que, por su edad o problemas físicos, no eran válidos para combatir en primera línea, pero sí para labores propias de guarnición o trabajos administrativos. Para el funcionamiento de los cañones serían asistidos por miembros del Batallón de Inválidos del arma de Artillería. Ojo, el término inválido no debemos entenderlo en este caso como que fueran tullidos o algo similar, sino simplemente a que eran "no válidos" para ir al frente, pero sí para cualquier otra misión de segunda línea. Una vez decidido este tema se ordenó trasladar a la isla al 1er. Batallón de Veteranos, acantonado en Gibraltar por aquella época, quedando de ese modo resuelta la cuestión de personal. 


Bueno, tras este extenso introito vamos al grano: ¿cómo eran y cómo se construyeron las torres Martello? Veamos las más representativas... Aunque el proyecto inicial presentado por el capitán Ford planteaba torres de planta cuadrada con capacidad para cuatro bocas de fuego, por cuestiones presupuestarias se decidió que eran más viables recintos de planta circular con forma trono-cónica armados con un solo cañón de 24 libras, un arma capaz de lanzar una bola maciza de 11'7 kilos a más de tres kilómetros de distancia y cuyos efectos eran muy contundentes. En el plano podemos ver la sección del tipo de torres que se empezaron a construir en la línea sur. La entrada se abría al nivel de la primera planta, que daba a una amplia sala diáfana cubierta por una bóveda a prueba de bombas. En el sótano, que en realidad era la planta baja, se encontraban el pañol y el almacén de provisiones. Debajo vemos una cisterna que, como vemos en color celeste, se alimentaba gracias a un sistema de canalones distribuido en el parapeto y el suelo de la azotea. A la derecha, debajo de la puerta, se ve el rebosadero. Caso de no disponer de este sistema, o de que hubiera escasez de agua, había que llenarlo transportándola desde pozos cercanos. Solo en dos ejemplares de Irlanda se pudo excavar un pozo dentro de la misma torre.


La altura media oscilaba entre 30 y 35 pies ( 9'2 y 10'75 metros. Sí, es una aberración, pero estos herejes usaban y usan su propio sistema métrico, por lo que he preferido poner las medidas originales porque si la pongo directamente en el sistema métrico suena a cachondeo eso de una torre de 9 metros y 20 centímetros), y el diámetro de la base  entre 40 y 50 pies (12'3 y 15'3 metros). Como se ve en el plano de la izquierda, el muro que miraba al mar era notablemente más grueso ya que, como es lógico, llegado el caso era de donde vendrían los tiros. El promedio de grosor de la parte frontal era de unos 13 pies (4 metros) por la base), para ir estrechándose a medida que ascendía, quedando la parte superior reducida a unos 9 pies (2'70 metros). De ahí que, como vemos en el plano, las escaleras pudieran estar labradas en el interior del muro para no restar espacio en la torre. Los tubos que vemos a la izquierda eran para favorecer la ventilación, especialmente la del pañol ya que en un ambiente tan cargado de humedad era imprescindible disponer de una buena renovación del aire porque, además, las torres solo disponían de dos pequeñas ventanas situadas en la mitad posterior. En cuanto a los muros traseros, su grosor iba desde los 7 pies en la base (2'10 metros) a los 5 pies (1'50 metros) en el parapeto.


De todas las torres construidas, 23 de ella estaban rodeadas por un foso seco cuyas dimensiones oscilaban entre los 15 pies (4'6 metros) de profundidad y los 40 pies (12'3 metros) de ancho. En estos casos el acceso al interior se hacía mediante un pequeño puente levadizo cuya pasarela descansaba en un durmiente de madera que comenzaba en el mismo borde del foso. En el resto de las torres se llegaba a la puerta mediante una escala de mano como vemos en la foto de la derecha. El vano de las puertas tenían en su parte inferior un rebaje fabricado con piedra para apoyar la escala sin posibilidad de que se cayera hacia un lado. En las fotos vemos como era su aspecto sin la escala y con ella. En la parte inferior de la puerta había una chapa de hierro que se retiraba y permitía recogerla desde el interior. Una vez dentro se cerraba la chapa para impedir que algún malvado enemigo colara un balazo dentro de la torre. Obviamente, las puertas estaban siempre orientadas hacia tierra.


En cuanto a la técnica constructiva en sí, los ladrillos se unían con un mortero a base de cal, ceniza y sebo caliente que, una vez fraguado, adquiría una dureza impresionante. Una vez terminados los paramentos se revocaban con este mismo material con dos fines: uno, proteger el edificio de las inclemencias del tiempo. En un país como Inglaterra, húmedo y brumoso como un cementerio de peli de zombies y, además, expuestas al salitre y el viento procedente del mar, era imperioso ofrecer una buena cobertura a los muros. En segundo lugar, presentar una superficie lisa y pulida que evitase intentos de escalada. En un llagueado en el que empieza a desgranarse el mortero no es difícil para el hombre araña de turno ir trepando, y más siendo un muro con cierto grado de inclinación. En la foto de la izquierda vemos a un grupo de fusileros británicos durante la Gran Guerra en la torre C, una de las situadas en la costa este. Se puede apreciar como el antiguo revoco casi ha desaparecido, dejando a la vista el paramento de ladrillo. En todo caso, la resistencia de estas torres era superlativa, lo que se demostró en las que han tenido que ser demolidas a lo largo del tiempo. Sirva de ejemplo un intento que se hizo en 1874 para volar la torre 10, en Hythe. Tras dos intentos fallidos solo se logró acabar con ella cuando se apilaron en su interior 90 kilos de algodón pólvora. Otros intentos llevados a cabo en tiempos más cercanos siempre han tenido que rematarse a base de explosivos ya que los medios mecánicos convencionales eran inservibles.


En otros ejemplares de mayor tamaño la entreplanta se sustentaba mediante vigas de madera que partían de forma radial desde un pilar central hacia los muros. Si observamos el plano de la derecha vemos que, en este caso, parte del pañol se introducía en el grueso muro delantero, y aunque estaba separado de la planta superior por su entresuelo de madera, se le añadía una bóveda de fábrica para protegerlo de posibles incendios. Debajo de todo vemos la correspondiente cisterna. En cuanto al paso del sótano a la primera planta, en estas torres se recurría a escalas de madera que se apoyaban en una simple trampilla en el entresuelo. Solo el acceso a la azotea era mediante escaleras de obra. 


A la izquierda tenemos una vista de planta del sótano. Aunque de la impresión de que el edificio es elíptico, en realidad su superficie era circular, pero debido a que las dependencias interiores estaban construidas de forma concéntrica da esa impresión visual. Bien, sombreado en rojo tenemos el pañol, con sus correspondientes alacenas para almacenar la pólvora y las municiones. Como vemos, está separado del resto de la planta mediante dos tabiques. En amarillo se ve el nicho para las luces. Es el mismo sistema que aún se usaba en los polvorines durante la Gran Guerra y que los que leyesen las entradas dedicadas al fuerte de Douaumont quizás recuerden: se abría un nicho en el muro y se ponía un cristal en el lado del pañol. Las velas o lámparas se colocaban en el nicho, pero por el otro lado. Así se evitaba que una caída de las luces o una chispa mandase al garete la torre y sus ocupantes. En cuando al resto de la planta, era usada como almacén de provisiones. Las flechas señalan las dos bocas que permitían sacar agua de la cisterna.


A la derecha tenemos la primera planta. Como vemos, estaba compartimentada con mamparas de madera pintadas de blanco. La inferior derecha era para el sargento. La inferior izquierda para el oficial, y la superior para la tropa. En el plano se aprecian también las dos ventanas de que disponía la torre, la trampilla de acceso al sótano, la puerta de la torre y las escaleras que conducían a la azotea. Los dos nichos que vemos en las dependencias del oficial y la tropa son chimeneas. Sí, el sargento no tenía chimenea, así que tendría que ir a cobijarse con sus amados fusileros para darse calor o recurrir a un brasero. Aunque pueda parecer lo contrario, las ventanas permitían una buena entrada de luz, y la puerta podría permanecer abierta si las circunstancias lo permitían. Con los muros encalados el interior del edificio no era ni remotamente lo oscuro y lóbrego que podemos imaginar en un momento dado. 


Torre Martello cercana a Dublín. Como podemos ver, su fisonomía difiere
bastante de la de sus hermanas inglesas. Bajo el recovo caído se aprecian los
grandes sillares con que está construida, y su puerta está guardada por una
ladronera
En cuanto al costo de estas torres, aunque en principio se había calculado en unas 2.000 libras finalmente, como suele pasar, el precio final fue de hasta un 50% más, alcanzado las 3.000 libras e incluso las 7.000 en las torres más grandes como, por ejemplo, la de Aldeburgh. El importe total de las 103 torres ascendió aproximadamente a 350.000 libras, que era una suma simplemente bestial en aquella época. Las torres de Irlanda salieron más baratas por dos motivos: por un lado, la mano de obra era más barata. Y por otro que, como avanzamos en la entrada anterior, el ladrillo era un material caro y, además, muy escaso en Irlanda, por lo que se recurrió a piedras de todo tipo, desde arenisca a basalto pasando por granito o incluso a mampostería llegado el caso. Su precio osciló por las 2-3.000 libras máximo, con un coste total de alrededor de 175.000 libras. Curiosamente, y siempre a toro pasado como es habitual en los políticos, un tal William Cobbett, que además de parlamentario era periodista y granjero y había pasado dos años en Newgate por editar un libelo considerado como traición (hoy día las cárceles estarían atestadas de traidores, juro a Cristo), denunció en 1823 el descomunal gasto invertido en un sistema defensivo que jamás llegó a entrar en acción. Obviamente lo mandaron al carajo porque era un vulgar provocador y, quieras o no, la amenaza de verse invadidos por el enano corso era real, y si hubiese llegado a producirse entonces habría protestado diciendo que por qué no se fortificó la costa. 

Bueno, con esto terminamos por hoy. Pensaba que cabría todo en una sola entrada, pero me temo que no. Aún queda todo lo referente al armamento y la guarnición, de modo que mejor proseguimos en la siguiente porque, además, ya saben que no me gusta alargarme demasiado ya que la lectura se hace pesada a muchos lectores. Así pues, the end.

Hale, he dicho

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Antigua postal que muestra la torre 24 en Dymchurch, Kent, convertida en puesto de vigilancia de los guardacostas.
En la azotea se ve el mástil para las banderas de señales. Actualmente está restaurada y se le ha devuelto su apariencia
original, armada incluso con un cañón de 24 libras por si vuelve la Armada Invencible o incluso el enano momificado