Mostrando entradas con la etiqueta Mazas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mazas. Mostrar todas las entradas

lunes, 26 de septiembre de 2016

Armamento visigodo. Hachas


Dos visigoditos demostrando a mamá visigoda, a sus pedagogos, bellatores y demás pelotas cortesanos lo bien que manejan
sus pequeñas hachas, garantizando así que en un futuro no muy lejano podrán hendir los cráneos de sus más acérrimos
enemigos y, naturalmente, de los cuñados deseosos de cesarlos y ocupar sus puestos.

Bien, prosigamos. Tras la entrada anterior, en la que hablamos de las armas enastadas de estos belicosos hispanos adoptivos, hoy estudiaremos las hachas. Como es de todos sabido, los pueblos germánicos eran especialmente dados al uso de este tipo de armas y, por ende, muy diestros en su manejo. Cabe suponer que originariamente se partió de hachas-herramientas que, debidamente transformadas para obtener de ellas un mejor rendimiento militar, evolucionaron hasta convertirse en las hachas arrojadizas- las temibles franciscas- o las poderosas hachas de dos manos empleadas por los pueblos nórdicos, capaces de hendir sin problema un escudo más el portador del escudo.


La francisca, de la que ya se habló en su momento, era una de las armas más significativas de los guerreros germanos en general y los visigodos en particular. El origen de su nombre, como ya se comentó en su día, nos lo explicó Isidoro de Sevilla en sus "ETIMOLOGÍAS" cuando decía que, por ser empleadas por los francos, recibían la denominación de franciscas. No obstante, el hecho de que los vecinos del norte las emplearan con profusión no quería decir que además fuesen sus únicos usuarios ya que estas armas estaban muy extendidas por la Europa de la Alta Edad Media. De hecho, en nuestra añeja piel de toro han aparecido diversos ejemplares que testifican que, en efecto, formaban parte de las panoplias de los guerreros visigodos, quizás tomadas de los francos. Bien, temas etimológicos aparte, la francisca era un arma espléndidamente diseñada para el lanzamiento independientemente de que también fuera un arma temible en el cuerpo a cuerpo. Si observamos los tres ejemplares del gráfico superior podremos ver que sus hojas presentan una sinuosa forma de S, lo que facilitaba el giro de las mismas. A ello ayudaba también la forma y la longitud del mango que, más bien corto y levemente curvado hacia afuera permitía imprimir la fuerza adecuada para obtener un lanzamiento potente. Por otro lado, como vemos en la figura A, un generoso filo ofrecía una mayor superficie de corte, lo que se traducía en un mayor radio de clavada la cual era más contundente gracias al masivo talón de la hoja que actuaba como contrapeso. En las figuras B y C vemos diseños que siguen una pauta similar: gran longitud de la hoja respecto a su anchura, una acusada forma de S de las mismas y un pesado talón que ayuda a aumentar la velocidad de giro, lo que a su vez se traduciría en una energía cinética mayor.


El gráfico de la izquierda quizás nos ayude a comprender mejor este tema. Como vemos, cuando la francisca sale despedida comienza inmediatamente a girar ayudada por todos los factores mencionados en el párrafo anterior, además del golpe el muñeca que le imprimía el combatiente para voltearla. Ojo, no nos confundamos en este detalle porque una francisca no se lanzaba sola. Hacían falta años de adiestramiento para lograr colocarla en la diana con la debida precisión y potencia independientemente de que el objetivo estuviera a 5, 10 ó 20 metros. En todos los casos y para lograr el efecto deseado el filo debía golpearlo, y ahí es donde estaba la enjundia del lanzamiento ya que había que calcular de forma instintiva y prácticamente instantánea la fuerza y el efecto que había que imprimir al lanzamiento para lograr que el filo del hacha estuviera enfrentado al objetivo en el instante previo al impacto. En todo caso, lo que sí podemos tener claro es que, tal como se muestra en el gráfico, el peso del talón y el amplio filo extendido hacia abajo eran claves para que el arma efectuase un giro completo en un recorrido muy corto, lo que aumentaba las posibilidades de acertar gracias al inteligente reparto de la masa del arma.


Combatiente visigodo con una panoplia
básica de armas. De su cintura pende un
scramasax, arma que ya estudiamos en
su momento
Así pues, la francisca sería lo que podríamos decir un hacha específicamente militar, diseñada por y para la guerra y que, fuera del contexto bélico, tendría unas aplicaciones muy limitadas ya que su diseño no era el más indicado para su empleo como herramienta independientemente de que con ella se pudiera hacer leña o llevar a cabo pequeñas reparaciones, cosa poco recomendable ya que podría estropearle el filo. Pero no todos los hombres sujetos a filas tenían el adiestramiento necesario para manejar una francisca con propiedad ni tampoco los medios para adquirir una. Y que nadie piense que un arma de este tipo costaría lo mismo que una simple hacha de currante porque las primeras requerían una elaboración mucho más cuidadosa de cara a lograr darle la forma y el peso adecuados, por lo general encargados de forma expresa por el cliente. Por el contrario, un hacha-herramienta no tenía más ciencia que una forja y un temple adecuados, pero sin más florituras.

Por lo tanto, muchos de los sufridos campesinos que debían acudir llegado el caso a la llamada de las armas ni tenían franciscas ni sabían manejarlas adecuadamente, por lo que lo más sensato para ellos era ir a apiolar enemigos con sus hachas domésticas, las mismas que usaban para talar un árbol, fabricar una mesa o dejar listo de papeles al felón que le tiraba los tejos a la parienta cuando uno se ausentaba de casa más tiempo del prudencial. Hablamos del SECVRIS o, castellanizando el término, el segur, forma esta con la que en realidad se denominaban estas herramientas hasta tiempos no tan remotos. De hecho, en el "Tesoro de la Lengua Castellana" de Covarrubias, impreso por primera vez en 1611, en la entrada del hacha no encontramos ninguna acepción que haga referencia a armas o herramientas, sino a antorchas. Sin embargo, si nos vamos a la letra S encontraremos el término SEGVR del que nos dice que era "...un género de destral que corta por ambas partes, o por una sola...". La palabra hacha en su acepción como herramienta o arma es un galicismo inmundo proveniente del término francés hache, que a su vez tiene su origen en el franco hapja. O sea, que desde tiempos de los romanos y durante toda la Edad Media estas armas eran segures o segurones y no hachas. He creído oportuno dedicar un párrafo para aclarar este asunto ya que puede inducir a no pocos errores cuando vemos que antaño no se empleaba para nada la palabra hacha, y a veces no sabemos que término usaban para ello.

Hecho este breve paréntesis, pasemos a detallar la morfología de los segures empleados por los visigodos. Como ya hemos anticipado, se trataba de herramientas domésticas que, según los ejemplares hallados, tenían dos filos de diferente tamaño y posiblemente distintas aplicaciones que, según Isidoro de Sevilla, nos da su mismo nombre. El término SECVRIS, según el eximio obispo, proviene de SVCCIDERE, talar árboles. Pero también nos dice que equivale a SEMICVRIS ya que por un lado corta y por el otro sirve para cavar, o sea, una herramienta similar a las dolabras empleadas por los romanos. En el caso que nos ocupa, los segures visigodos serían herramientas con su filo normal en un lado mientras que en el otro presentaban un filo vertical menor cuyo cometido no podemos conocer con exactitud debido al estado que presentaban los ejemplares hallados. Así pues, igual eran picos que azuelas pero, en todo caso, igualmente válidos para triturarlos esternones de los enemigos. 


A la derecha podemos ver una recreación basada en un original. Como vemos, su cabeza mide unos 24 cm. de longitud si bien se han hallado ejemplares de hasta 30 cm., lo que de entrada nos confirmaría que habría que manejarlas con ambas manos. Con todo, es obvio que habría hachas de todos los tamaños que, con el paso del tiempo, darían pie a los segurones- hachas grandes como la que mostramos que requerían las dos manos para su manejo- y los destrales, hachas más pequeñas llamadas así porque se blandían con la mano diestra. Sea como fuere, de lo que podemos estar casi seguros es que los visigodos las llamaban con la forma latina SECVRIS.


En cuanto a su contundencia está por encima de toda duda, y es seguro que un arma semejante en manos de un forzudo visigodo debía tener unos efectos devastadores tanto en hombres armados de punta en blanco como en milicianos pobretones. El filo pequeño podría hendir fácilmente cualquier armadura o yelmo de aquella época conservando un remanente de energía capaz de producir heridas terroríficas en cuerpos, extremidades o cabezas. En su momento ya estudiamos detenidamente los tremebundos efectos del armamento medieval sobre las míseras envolturas carnales del personal, pero no está de más mostrar un pequeño recordatorio como el que vemos en la foto de la izquierda. En este caso, lo escalofriante no es la herida que muestra ese cráneo en la parte superior, producida probablemente por una espada, sino el hecho de que la jeta del propietario del mismo fue limpiamente partida por la mitad, y en este caso podríamos asegurar que con un hacha. Obsérvese que, aunque la cabeza está girada hacia la derecha, el maxilar superior que aparece marcado con la flecha conserva su posición correcta respecto a la mandíbula inferior en sentido longitudinal, lo que quiere decir que ese difunto recibió un hachazo justo debajo de la nariz que le partió la cabeza casi en dos mitades. En fin, estas armas no eran para tomarlas a broma como ya podemos suponer. 

Bueno, con esto vale por hoy. Y como es hora de llenar el buche, hago mutis por el foro y a otra cosa, mariposa.

Hale, he dicho

viernes, 23 de septiembre de 2016

Armamento visigodo. Armas esnastadas


Caterva de visigodos en plan desafiante. De poco les sirvió tanto postureo
cuando los moros les dieron para el pelo en la nefasta jornada del Guadalete
No deja de ser curioso el hecho de que todo lo referente al ejército visigodo sea por lo general un tema prácticamente desconocido para los aficionados a estas enjundiosas cuestiones bélicas. Mientras que del ejército romano se sabe hasta el modelo de cuchara homologado por el "Ministerium Bellicorum" en tiempos de Sila, lo referente a los germanos que se asentaron en la Hispania a raíz del desplome del Imperio es cuasi ignoto, y se habla menos de ello que de la honradez y el amor por la Patria de los políticos, honorables virtudes cuyo significado es un arcano para esos parásitos que nos chulean bonitamente. Quizás porque los visigodos eran poco dados a escribir tanto como lo eran los romanos, quizás porque los cronistas de la época pasaban de la cosa militar o, simplemente, porque los pocos o muchos datos que hubiese han desaparecido, la cosa es que ni siquiera disponemos de las abundantes representaciones artísticas que otras culturas anteriores nos legaron, Vg. egipcios, asirios o los mismos romanos. De ahí que, en muchos casos, tengamos a nuestro alcance solamente descripciones un tanto ambiguas o de términos un tanto confusos que dan pie a interpretaciones de lo más variopinto ya que carecemos incluso de restos arqueológicos que nos permitan corroborar el aspecto de tal o cual arma. 

Aspecto de un guerrero germano que
igual puede ser un visigodo que un
franco o un ostrogodo
Por otro lado, el ejército visigodo- del que ya hablaremos detenidamente en una entrada monográfica- no tenía nada que ver con el romano. Aunque su poder militar logró acabar con las decadentes legiones que durante siglos dominaron el mundo, los pueblos germánicos en general y el visigodo en particular carecían de un ejército profesional. Por avanzar de forma muy básica su organización, diremos que todos los vasallos de la corona, tanto libres como siervos, estaban sujetos a filas y asignados a una determinada unidad a la que debían sumarse en caso de ser llamados a la guerra. De ahí que parte de su panoplia estuviera compuesta por armas de circunstancias de la misma forma que en la Baja Edad Media, en la que los peones de las milicias concejiles acudían a filas provistos de guadañas, hoces, mayales y demás aperos agrícolas reconvertidos en burdas pero eficaces armas. Así pues, nos encontramos con que eso de tener que costearse sus propias armas ya lo habían implantado los visigodos, norma esta que daba lugar a grandes diferencias en la calidad y cantidad de armas que portaba cada guerrero de la misma forma que había una diferencia abismal entre la panoplia de un miliciano y un caballero durante la época bajo-medieval.

Página del Beato de Liébana (c. siglo VIII) que
nos permite ver el aspecto de algunas de las armas
empleadas por los visigodos
En cuanto al diseño y/o morfología de las armas empleadas por los visigodos, podemos decir que para atisbar su apariencia debemos recurrir tanto a las escasas fuentes de la época como a las representaciones gráficas posteriores ya que, al fin y al cabo, el armamento al uso durante el imperio carolingio debía ser prácticamente el mismo. Recordemos que si no hubiese sido por la enojosa visita que nos hizo en 711 Tariq ibn Ziyad, quizás la España actual seguiría ocupando la totalidad de la Península y el presidente del gobierno se llamaría tal vez Sisenando. Queremos decir con esto que, aunque el reino visigodo desapareció de la noche a la mañana, los demás pueblos germanos vecinos siguieron haciendo uso de un armamento básicamente igual, si acaso con pequeñas variaciones en función de las modificaciones propias a la hora de adaptar armas autóctonas procedentes de los pobladores hispano-romanos. Por otro lado, muchos toman esta época como una especie de lapso temporal sumido en la más absoluta de las tinieblas, y no se detienen a pensar una cosa: los habitantes de los primitivos reinos que comenzaron la Reconquista eran hispano-romanos y visigodos. Digo esto porque los castellanos, leoneses y aragoneses del siglo XI no surgieron por generación espontánea, y los llamados de forma tan generalista como "cristianos" no eran ni más ni menos que los nietos de los visigodos y pobladores autóctonos que había en la Península antes de la llegada de la morisma. Por lo tanto, es lógico pensar que sus armas eran las mismas que utilizaban sus antecesores.

Por último podríamos decir que el armamento visigodo era el resultado de una mezcla secular de diseños propios de los pueblos germanos, del empleado por las legiones romanas, de la evolución de estas últimas que, curiosamente, procedían a su vez de armas germánicas y, finalmente, de modelos hispano-romanos que habían evolucionado por su cuenta. Un lío, ¿no? Pues sí, porque la cosa no pinta fácil y estos probos y belicosos ciudadanos no se preocuparon de pensar que quince siglos más tarde habría unos cuantos frikis devanándose el magín para averiguar como serían sus armas. No obstante, haremos un pequeño esfuerzo para asacar algo en claro y, en el peor de los casos, siempre podemos hacer una ouija de esas, invocar al espectro rey don Rodrigo y que nos lo cuente con todo detalle. Bueno, al grano, que para luego es tarde. 

Armamento enastado

Diversas tipologías de angones
Los visigodos empleaban lanzas de diversos tipos, algunas de las cuales tenían en realidad un origen civil, concretamente venatorio. Además, tenemos las tipologías heredadas del ejército romano las cuales, modificadas para un uso táctico diferente, siguieron dando guerra bastante tiempo. Así pues, en primer lugar podríamos citar el PILO, obviamente derivada el PILVM romano y que, al parecer, debió ser la lanza por antonomasia de la infantería ya que, según nos informa Procopio de Cesárea en su obra "DE BELLVM GOTHORVM", el rey ostrogodo Totila ordenó que fueran empleadas exclusivamente para combatir. Ello nos induciría a pensar que sería un arma especialmente efectiva cuyo uso en la vida civil supondría un peligro en caso de reyertas o movidas similares, por lo que este PILO es identificado por lo general con el angón, del que ya hablamos en su día y que, en efecto, era una eficaz arma arrojadiza con las mismas propiedades que el PILVM romano: pequeña moharra al final de un largo hierro que impediría a los enemigos cortar el asta en caso de emplearla como lanza de empuje, puntas dotadas de un gran poder de penetración capaz de perforar los escudos del adversario así como sus barrigas y, finalmente, barbas para impedir o dificultar su extracción. Como ya podemos imaginar, una trifulca entre dos grupos de visigodos cabreados en la que llovían angones por todas partes debería acabar de muy mala manera, así que es lógico que se prohibieran como no fuese para apiolar enemigos.

El conde de Clonard, al que jamás perdonaré el gazapo de la tostadora asesina (para los que no lo hayan leído, pinchar aquí y aquí respetando ese orden), sugiere que el PILO era la misma cosa que el venablo, de lo que difiero radicalmente. De entrada, como su nombre indica, el venablo era un arma destinada a la caza. Isidoro de Sevilla nos propone en sus "ETIMOLOGÍAS" dos posibles orígenes para este término: por un lado, dice VENABVLA DICTA QVASI VENATVI ABILIA, o sea, que se trataba de un arma adecuada para la caza. No obstante, sugiere también otro origen también venatorio cuando escribe que "...reciben al que se acerca, como los EXCIPIABVLA; y es que, efectivamente, reciben (EXCIPERE) a los jabalíes, aguardan a los leones y acosan a los osos con tal de que se tenga la mano firme". O sea, se refiere claramente a una lanza de empuje provista de un travesaño que permita al cazador contener el furioso ataque de la presa que, herida de muerte, intentará proseguir su avance para morir matando. Esto lo traducimos con la escena que vemos en la parte inferior de la iluminación que mostramos a la derecha y que representa los meses de noviembre y diciembre en un manuscrito datado hacia el siglo IX. En la parte superior tenemos una escena del "Apocalipsis de Saint Amand", datado en la misma fecha y en la que aparece un grupo de militares armados con lanzas similares las cuales, por cierto, suelen verse con bastante frecuencia en manuscritos de la época carolingia, sobre todo en manos de jinetes.


Estos venablos, que no tienen nada que ver con las lanzas arrojadizas de pequeño tamaño que solemos imaginar, estaban provistos de una asta de unos 2,5 o 3 metros de largo, y sus moharras, como vemos en las figuras de la izquierda, tenían un travesaño que limitaba la introducción de las mismas en los cuerpos de los enemigos ya fuesen hombres u osos. La que aparece en la parte superior tiene una sección prismática muy adecuada para penetrar en las armaduras del adversario y colocarle dentro del cuerpo unos 35 centímetros de hierro, suficiente para producirle la baja definitiva. La inferior, en forma de hoja de laurel, es perfecta para acuchillar enemigos mal armados y producirles unas heridas cortantes y punzantes muy enojosas. 


Grupo de jinetes armados con venablos
En ambos casos el armado en el asta es mediante cubos de enmangue los cuales podrían fijarse con remaches pasantes o con argollas, de forma similar a los angones. Este sistema, que ya se ha explicado varias veces, era una forma económica de fabricar los cubos de enmangue ya que dejaban una larga abertura longitudinal en los mismos a fin de ajustar el cubo al asta mediante presión, y fijarlos del mismo modo con una anilla lo que permitía una sustitución más rápida y cómoda del asta en caso de que se partiese. ¿Y que por qué aparecen tanto en manos de jinetes? La explicación que se me antoja es de lo más obvia: el travesaño impedía ensartar al enemigo, pasarlo de lado y lado y, por ello, no poder extraer la lanza de su cuerpo, perdiéndola para siempre. Por eso, adoptar un tipo de lanza capaz de infligir heridas mortales de necesidad pero sin riesgo de tener que dejarla en el cuerpo del vencido era mejor que usar una lanza convencional y decirle adiós tras el primer choque.


Infante visigodo armado con dos tipos de
lanza: una jabalina y un angón
Otra tipología, en este caso mencionada expresamente por Isidoro de Sevilla, es el CONTVS. Según la descripción que nos da del mismo debía tratarse de un arma muy básica y distinta a la lanza pesada que usaba la catafracta romana ya que se trataba de un simple cono de hierro, de donde obviamente toma el nombre, extremadamente aguzado, pero sin más. O sea, se trataba de unas lanzas de longitud indeterminada cuya moharra era una contera, término este que, aunque posterior, tiene su origen precisamente en este tipo de arma si bien en su caso era para proteger la parte inferior del asta. Otro dato acerca de la existencia de estas lanzas nos lo proporciona Paulo Orosio (c. 383- c. 420), un prolífico historiador natural de Bracara Augusta, la actual Braga de Portugal, el cual afirmaba que las tropas godas que derrotaron de forma rotunda al emperador Valente en la batalla de Adrianópolis en agosto de 378 iban armadas con estos CONTVS, por lo que podemos colegir que se trataba de una lanza larga a modo de pica con las que contener y, a continuación, deshacer las filas enemigas. Otro testimonio nos lo da Gregorio de Tours (538-594) cuando afirma que el rey Clodoveo fue herido por este tipo de arma.


En la ilustración de la derecha hemos recreado un CONTVS fijado al asta mediante una anilla y, como vemos, es un arma de una simplicidad espartana. En las figuras que se ven al lado tenemos dos piezas consideradas como conteras o regatones aparecidas en el nordeste peninsular y mencionadas en un artículo aparecido en la revista Gladius firmado por Gustavo García y David Vivó. Como vemos, ambas piezas son de sección prismática y su longitud, especialmente en el ejemplar más grande (el otro está roto, por lo que desconocemos su tamaño original), de algo más de 16 cm., las hace unas candidatas bastante aceptables para que fuesen puntas de CONTVS en vez de regatones. El hecho de que aparecieran solos, sin su correspondiente moharra, y que la pieza de mayor tamaño esté provista de dos remaches para su fijación al asta me hacen pensar que no es una teoría precisamente absurda. Al menos, a mí se me antoja excesivo recurrir a dos remaches para fijar una contera que, en teoría, no debe llevar a cabo ningún esfuerzo salvo permanecer en su sitio, mientras que actuando como punta de una lanza sí sería preciso una sólida fijación para no perderla entre las miserables vísceras del enemigo.

Otro tipo de arma enastada mencionada por Isidoro de Sevilla es el TRVDES la cual dice tomar su nombre de empujar (TRVDERE) o rechazar (DETRVDERE) al enemigo. Dichas armas son descritas como una pértiga rematada por un hierro con forma de media luna, por lo que me inclino a pensar que, en este caso, estamos ante la típica arma de circunstancias derivada de una hoz (figura A) o una guadaña (figura B). La inexistencia de representaciones gráficas del TRVDES, así como el hecho de que no sea mencionado por cronistas de la época nos hace pensar que, en efecto, no se trataba de armas convencionales sino meros apaños llevados a cabo por hombres con pocos medios económicos. No obstante, es más que evidente que debían ser enormemente eficaces, sobre todo a la hora de descabalgar jinetes y escabecharlos antes de que se dieran cuenta de que sus asquerosas vidas estaban a punto de caducar.


Caballería visigoda a principios el siglo VIII.
Como vemos, aún carecen de estribos
Como colofón a esta primera parte, solo nos resta hacer referencia a las tipologías convencionales que, por ser sobradamente conocidas por todos, no nos detendremos en detallar ya que se trata de las típicas jabalinas con moharras pistiliformes o lanceoladas, así como dardos de apariencia similar a las azconas que popularizaron los belicosos almogávares. Estas lanzas, portadas por lo general a pares por cada guerrero, conservaban la misma apariencia de las HASTÆ romanas y eran empleadas tanto por infantes como por jinetes. En este último caso, recordemos que no fue hasta varios siglos más tarde cuando la caballería cambió el uso táctico de sus lanzas, cargando con ellas bazo el brazo. Anteriormente y, por supuesto, en la época que nos ocupa, los jinetes atacaban a los enemigos arrojándolas sobre ellos o lanzando cuchilladas. 

Bueno, ya proseguiremos. De momento, ahí queda eso.

Hale, he dicho


Asedio de Jerusalén a manos de Nabucodonosor según el Beato de Urgell, datado hacia el siglo X. Aunque en aquella
época el reino visigodo se había ido al garete, está claro que el armamento al uso debía ser prácticamente el mismo. No
obstante, también es evidente que este tipo de ilustraciones tampoco nos permiten entrar en detalle acerca del aspecto de las armas que aparecen en las mismas. Con todo, merece la pena reparar en el venablo que blande el infante de la fila superior, de la misma tipología que los que se usaban en la Europa dominada por los pueblos germanos desde hacía siglos

viernes, 29 de julio de 2016

El origen de la maza en Occidente


Herakles posando como si fuera la
Sota de Bastos
¿Nunca se han preguntado por qué en los tiempos anteriores a la baja Edad Media Occidental nunca aparece ningún tipo de arma contundente en ninguna representación gráfica o artística, en ninguna crónica o, simplemente, en ningún yacimiento arqueológico? Diría que no. Y, simplemente, porque estamos tan habituados a que la panoplia de los combatientes europeos desde antes de los tiempos de Cristo estuviera limitada a la espada, la lanza y, en determinadas culturas, el hacha, que ni nos lo cuestionamos. Si hacemos un rápido repaso mental vemos que, en efecto, ni los griegos, ni los romanos, ni los pueblos germanos, ni los eslavos, ni los celtas, ni los iberos, ni tampoco los etruscos y demás pueblos itálicos usaban mazas o armas similares, y eso que el primer asesinato de la historia fue con un arma contundente en forma de quijada de burro, indudablemente más aerodinámica que una maza normal y que dejó al iluso de Abel con el cráneo en un estado lamentable, y a Caín marcado para la eternidad como un sujeto nada recomendable. No obstante, el uso de garrotes como armas ya era concebido por los griegos hace la torta de años ya que el mismo Herakles hizo uso de uno fabricado con madera de olivo cuando fue a acometer el primero de sus trabajos, matar al León de Nemea, si bien este animalito resultó inmute a cualquier tipo de armas y tuvo que finiquitarlo estrangulándolo. Desde entonces anda metido en un pleito tras otro con los animalistas, me temo. Pero, en cualquier caso y a pesar de que todo un dios como Herakles concibió el uso de armas contundentes, los viles humanos no se dignaron emularlo y siguieron dale que te pego con sus espadas y sus lanzas.

Mazas hindúes y persas
Pero al otro lado del mundo sí se tenía claro que las mazas eran unas armas no solo efectivas, sino también mucho más fáciles y baratas de fabricar que una espada. Lógicamente, carecían de la efectividad de estas ante enemigos bien protegidos pero si, como era habitual en aquellas latitudes, iban ligeritos de armamento defensivo, sus efectos eran demoledores. Recordemos que ya los egipcios hacían uso de buenas mazas con las que aliñaban bonitamente en nombre de Rá y Amón, que no Ramón, a sus enemigos hititas, asirios, etc., y en tierras aún más remotas, en el Lejano Oriente, se venían usando también desde tiempos muy antiguos. En definitiva, no deja de ser paradójico que en un continente cuyos habitantes han tenido la guerra como principal distracción durante los últimos cuatro mil años se les pasase por alto equipar a sus tropas con armas tan eficaces. 


Detalle de una miniatura de la Biblia
Maciejowski (c. 1250), en el que se ve como un
caballero hunde el yelmo de un enemigo.
Así pues, no fue aproximadamente hasta principios del siglo XII, tras el regreso victoriosos caballeros que retornaron de la Primera Cruzada cuándo, gracias al intenso intercambio cultural habido en aquellas tierras, debieron traerse de recuerdo alguna que otra maza, armas estas que rápidamente se propalaron por toda la Europa. Los motivos de tanta popularidad eran evidentes: eran muy baratas, fáciles de fabricar y sumamente eficaces contra los mal armados peones de las milicias medievales. De ese modo, los gentiles caballeros podían machacar los cráneos de sus mal armados enemigos, convertir sus sesos en comida para gatos y, lo más importante, preservando sus onerosísimas espadas de sufrir algún daño irreparable. Así pues, aquí es cuando surge la pregunta clave: ¿de quiénes copiaron los europeos las mazas que tanta difusión alcanzaron en pocos años? Pues a la respuesta a dicha pregunta está dedicada la entrada de hoy: de los bizantinos.

KATAPHRAKTÓS blandiendo una maza
A pesar de la tradición cultural heredada de Occidente, los bizantinos supieron adoptar todas las ventajas que les ofrecía el contacto con los pueblos orientales. De ahí que las tropas pertenecientes al Sacro Imperio de Oriente, que en aquellos tiempos ocupaba la actual Turquía, los países Balcánicos, Grecia, etc., mostraran una peculiar mezcolanza de armas, tanto ofensivas como defensivas, de ambos lados del mundo. Así, entre otras cosas adoptaron el uso de los KATAPHRAKTOI, la caballería pesada que desde siglos antes ya era empleada por persas, partos y sármatas. Y era precisamente en este cuerpo de élite donde principalmente se usaban las mazas que, en aquella época, estaban consideradas como el arma por excelencia de la caballería. El motivo de esta distinción debía estar basado en el hecho de que los enemigos a los que por lo general se enfrentaban los KATAPHRAKTOI eran tropas desprovistas de yelmos y armaduras, por lo que sus efectos sobre cabezas y cuerpos mal protegidos debían ser bastante contundentes. Así, a fin de que las cargas de los KATAPHRAKTOI fuesen lo más devastadoras posible, los componentes de las cuatro primeras filas de KATAPHRAKTÓS eran equipados, además de con espadas- dos por cabeza- y lanzas, con un par de mazas, las cuales podían ser portadas según León el Diácono en sendas fundas a cada lado del pomo de la silla, metidas en el cinturón o simplemente colgando de la muñeca mediante un fiador. Según el PRÆCEPTA MILITARIA, obra del emperador Nicéforo Focas (c.912-969) las mazas y las espadas eran las armas de choque durante la carga y además cuando, a continuación, comenzaba un combate cerrado donde siempre era más ventajoso el empleo de un arma que podía herir de gravedad o incluso matar golpeando al enemigo de cualquier forma y en cualquier dirección. De hecho, ese mismo manual aconseja que la caballería ligera y los arqueros que iban en formación junto a los KATAPHRAKTOI debían ir también armados con mazas.

KATAPHRAKTOI rematando caídos tras la batalla del río Esperqueo (997).
Como se puede ver, tres de ellos blanden sendas mazas.
El buen uso de estas armas debió dejar perplejos a los caballeros occidentales, los cuales no iban más allá de los efectos propios de espadas y lanzas. Según narraba León el Diácono, las mazas de los KATAPHRAKTOI podían romper sin problemas los yelmos enemigos, sus armaduras y hasta el cráneo de un caballo. Incluso menciona a un combatiente griego por nombre Teodoro Lalakon, el cual debía ser además una mala bestia, que podía no solo destruir los yelmos del personal, sino también los cráneos y los cerebros que había debajo con su maza de hierro. Porque, eso sí, la mayoría de las mazas empleadas en Bizancio estaban fabricadas con bronce, material este que es igual de eficaz que el hierro contra un enemigo mal armado, pero mucho menos o nada efectivo contra uno con la cabeza cubierta por un buen yelmo.

En cuanto a su apariencia, la mayoría de estas mazas estaban conformadas por una cabeza de armas y un mango de madera, así de simple. Las cabezas estaban fabricadas en su mayoría mediante fundición partiendo de moldes de arcilla de dos valvas, por lo que su proceso de colada era de lo más sencillo. En la imagen de la izquierda podemos ver varios ejemplos basados en ejemplares que se conservan en diferentes museos. La forma más habitual era la globular, bien lisa, estriada, o fragmentada, si bien también tenían bastante difusión las formadas por prismas de diversas formas y tamaños como los dos ejemplares de la izquierda. Estas mazas recibían el nombre de RAVDION

Con todo, no solo se fabricaban mazas con el aspecto espartano que acabamos de ver. Según Al-Turtusí, un jurista e incansable viajero andalusí (1057-1127), los combatientes con mayor poder adquisitivo solían forrar el mango con una fina badana o cordobán que eran a continuación decorados con delicados dibujos. Por otro lado, hacia el siglo X apareció una tipología más elaborada que tenía el mango de hierro y la empuñadura con pomo y cruceta como si de una espada se tratase. Estas mazas eran denominadas como SIDERORADVION o SPHATOVAKLION, y colijo que debieron estar inspiradas en el shispar hindú, un tipo de maza de aletas provisto de una empuñadura con las guarniciones similares a las de un sable. A la derecha podemos ver una recreación basada en una maza de aletas turca a la que le he puesto una guarnición de espada bizantina, y supongo que su apariencia debía ser, sino la misma, al menos muy similar a lo que vemos.

En cuanto a las mazas de hierro, su morfología se basaba principalmente en las aletas tal como vemos a la izquierda. Según Nicéforo Urano, un militar de alto rango al servicio del emperador Basilio II, cuando las mazas estaban fabricadas con ese metal eran denominadas como OLOSIDIRA, y al igual que sus hermanas de bronce, también estaban provistas de mangos de madera. No obstante, y supongo que a raíz del cada vez más efectivo armamento defensivo de sus enemigos, cada vez proliferó más el empleo de mazas fabricadas enteramente de hierro. Como ya sabemos de sobra, un mango de madera siempre es susceptible de ser destruido por el filo de una espada o un hacha, y confiar la contundencia de una carga de KATAPHRAKTOI a estas armas convertía en cuasi obligatorio el mejorar la calidad y la resistencia de las mismas. Por otro lado, el mismo Nicéforo Urano recomendaba que las aletas debían tener tres aristas, las cuales tenían que ser afiladas para aumentar su capacidad letal. Este tipo de maza es la que la mayoría suele tener in mente cuando se habla de mazas medievales, y en realidad son unas armas de origen otomano. Por último, cabe reseñar que las mazas se habían convertido, como luego ocurrió en Europa, en símbolos de estatus o de un rango determinado, apareciendo en la iconografía bizantina vistosos ejemplares llenos de petos en manos de guardias, funcionarios de palacio y nobles.

En fin, este es el origen de las mazas usadas en Occidente. Como ya comentamos al inicio de la entrada, sus cualidades hicieron que ganaran gran popularidad en muy poco tiempo, y rápidamente pasaron a formar parte de la panoplia de cualquiera que se dedicase a masacrar ciudadanos, ya fuese un humilde miliciano como un hombre de armas o un poderoso noble. De hecho, los mismos cruzados pudieron probar sus efectos en sus atribuladas carnes cuando, en los conflictos que mantuvieron con los taimados griegos durante la piadosa y a la par sanguinaria expedición, se enfrentaron con los KATAPHRAKTOI de la misma forma que vemos en la ilustración de la derecha. Por último, recordarles que aún en el siglo XVIII la maza siguió en uso como arma para el cuerpo a cuerpo junto con el martillo de guerra en diversas unidades de caballería, así que ya podemos ver que su eficacia le permitió alcanzar una longevidad notable.

Bueno, como es viernes no me enrollo más.

Hale, he dicho