Mostrando entradas con la etiqueta Armamento mundo antiguo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Armamento mundo antiguo. Mostrar todas las entradas

viernes, 25 de diciembre de 2020

Misterios misteriosos: LINOTÓRAX

 

Fotograma de la cinta "Alejandro Magno", dirigida por Oliver Stone en 2004. En la imagen vemos al desmedido macedonio rodeado por sus diádocos armados con distintos tipos de linothoraces, sus augures y demás figurones de su todopoderosa falange

Estas son las imágenes más representativas del linotórax. Sin
embargo, como iremos viendo, no eran tan básicos como parecen

Sí, el linotorax es otro misterio, y en este caso aún más misterioso que el de la LORICA SEGMENTATA que vimos hace ahora justamente...un año (ca-ra-jo con el tiempo). Esta coraza, que es quizás la más representativa del mundo griego, es un verdadero arcano ya que solo disponemos de representaciones artísticas de la época y vagas descripciones procedentes de autores clásicos para tener una idea de su aspecto, pero nada más. Los materiales con que eran fabricadas, más perecederos que la moralidad y la decencia de un ciudadano en el momento en que se mete a político, no han permitido que llegue a nosotros el más mínimo rastro de ellas, por lo que solo podemos movernos en el proceloso mundo de la conjetura. Y en este caso me temo que por los siglos de los siglos ya que, mientras que siempre cabe la posibilidad de que aparezca una LORICA SEGMENTATA en mejor estado que los cachos medio podridos del cofre de Corbridge, un ejemplar de una coraza fabricada con tela o cuero se me antoja cuasi imposible. Por lo tanto, nos ceñiremos a los testimonios gráficos de que disponemos, así como a las pruebas que se han llevado a cabo que, aunque orientativas, en modo alguno pueden considerarse irrefutables por la sencilla razón de que no hay un solo autor de la época que se haya molestado en dar pelos y señales de con qué y cómo se fabricaban.

Así pues, vayamos reconstruyendo poco a poco cómo surgió el linotórax (en griego λινοθώρακας, linotórakas, literalmente cofre de lino), así como su evolución a lo largo del tiempo con los datos de que disponemos y las teorías que se han formado al respecto.

La antecesora directa del linotórax era un θώραξ (tórax) o coraza fabricada enteramente de bronce y que por su morfología denominamos actualmente "de campana". Se trataba de un coselete compuesto por peto y espaldar unidos por los costados con sendos pasadores y los hombros con unos pequeños petos o tetones para ajustar su elevado cuello, que ofrecía una protección similar a la de las gorgueras medievales para impedir que un xhiphos o un kopis enemigo aterrizase en el pescuezo con las consecuencias que podemos imaginar. Como vemos en la foto de la derecha, estas armaduras de campana mostraban una serie de repujados que imitaban de forma esquemática la musculatura del cuerpo, marcando los pectorales y abdominales. Pero lo más significativo, y al mismo tiempo lo que le ha dado el nombre "de campana", es la amplia ala que surgía de la parte inferior de la pieza, destinada a detener golpes descendentes o proyectiles que al impactar contra la coraza salieran desviados hacia abajo, produciendo heridas de gravedad, cuando no fatales, en ingles, testículos o zona superior de los muslos, todas ellas muy vascularizadas y por donde transcurren importantes vasos sanguíneos que, caso de ser interesados, escabechaban al sujeto en pocos segundos a causa de la intensa hemorragia.

Hay que tener en cuenta que los hoplitas no llevaban debajo de la coraza más que un quitón (χιτών) o un exomis (εξώμης), simples túnicas cortas que no ofrecían la más mínima protección salvo para impedir que los roces con el metal les produjesen irritantes erupciones en la piel. Por ese motivo, se añadió una pieza suplementaria en la parte inferior del peto, el mitre, una placa suspendida del mismo por unas argollas y que cubrían la zona púbica. Debemos tener en cuenta que estas corazas no llegaban más abajo del ombligo ya que, de lo contrario, impedirían movimientos tan básicos como agacharse o inclinar el cuerpo hacia adelante. De ahí que tanto la zona púbica como la parte inferior del abdomen quedaran desprotegidas. En la foto de la izquierda hemos realizado una reconstrucción de un tórax con su mitre, que podía estar formado por una sola pieza o, como en este caso, dos partes unidas mediante bisagras y un pasador de lado a lado. Algunos autores sugieren que, en lugar del mitre, algunos hoplitas optasen por un perizoma, una especie de falda o delantal fabricado con una tela gruesa, quizás de lino, cuya finalidad era exactamente la misma: proteger las zonas púbica y abdominal del combatiente.

La coraza de campana evolucionó estéticamente, abandonando sus formas básicas para adoptar un complejo repujado que imitaba fielmente la musculatura del tronco, lo que nos ha hecho llamarlas "corazas musculadas" en un alarde de ingenio. En la ilustración de la derecha podemos ver el aspecto de ambas tipologías que, aunque ofrecían un nivel de protección similar, las segundas eran obviamente mucho más complejas de elaborar, ergo mucho más caras. No se sabe con certeza el motivo de la adopción de este tipo de coraza, y por lo general se piensa que ante todo tenían una finalidad estética o una especie de recreación de la fortaleza física de su portador. Sea como fuere, lo cierto es que precisamente porque debían adaptarse a la fisonomía de su usuario habría que fabricarlas prácticamente a medida, encareciendo aún más el producto.  Por lo demás, el mitre usado en las corazas de campana desapareció, así como la característica ala destinada a proteger los bajos de la armadura. Esto dio paso a las pteryges que vemos en el hoplita de la derecha. Las pteryges eran unas tiras de textil o cuero colocadas en dos filas superpuestas de forma que en cualquier postura siempre había varias protegiendo las zonas expuestas. En algunos casos podrían estar reforzadas con escamas de bronce, aumentando así su resistencia.

Hoplitas armados tanto con linotórax como con corazas
musculadas. Cabe suponer que el nivel de protección debía
ser similar en ambas ya que, de lo contrario, habría sido
absurdo abandonar las corazas de bronce por las de lino
Bien, así era el armamento corporal del hoplita hasta que, aproximadamente en el siglo VI a.C., apareció una coraza totalmente novedosa que dejaba atrás las caras y pesadas corazas broncíneas si bien, como es habitual cada vez que se introduce alguna innovación, ambas coexistieron durante un tiempo hasta la extinción de las corazas musculadas. Era el linotórax, que es mencionado por primera vez por Homero en el Canto II de la "Ilíada" cuando cita a dos guerreros con 
λινοθώρηκες, "acorazados de lino". La primera referencia la tenemos en el versículo 527, donde dice que "...el ágil Ajax Oileida acaudillaba a los locrienos. Aunque tenía mucha menos estatura que Ajax de Telamon y su coraza era de sencillo lino, excedía en el manejo de la lanza a los helenos y acayos". La otra la tenemos en el versículo 828: "Y los que habitaban en Andrestia, y en Apeso, y en Pitia y en las alturas de Terea estaban acaudillados por Adresto y Anfio, el de la coraza de lino". Sin embargo, estas corazas no era patrimonio exclusivo de los melenudos acayos ya que, según las fuentes de la época, también eran utilizadas por algunos pueblos de Oriente Próximo. 

De hecho, Alceo de Mitilene, un poeta que sirvió como mercenario con los egipcios hacia el siglo VII a.C. mencionaba "corazas blancas de lino nuevo" colgadas de una pared junto a otras armas. A este testimonio podemos añadir el de
 Herodoto, que comentaba en el siglo VI a.C. que el faraón Amasis dedicó una elaborada coraza de lino al templo de Atenea en Lindos y envió otra a Esparta, así como que los sirios también usaban corazas de lino. Los persas también hicieron uso del linotórax, haciéndose referencia al ejemplar del rey  Abrádates de Susa, las que armaban a las tropas de Jerjes o incluso la que usaba el macedonio Alejandro, que según Plutarco era un trofeo de guerra ganado a los persas en la batalla de Gaugamela contra el rey Darío. En resumen, ya vemos que el linotórax gozó de bastante popularidad ya que su empleo se extendió hasta la península Itálica de la mano de los etruscos, que nos legaron algunos testimonios gráficos que no dejan lugar a dudas. Uno de ellos es la decoración del llamado Sarcófago del Sacerdote de Tarquinia, datado hacia el 350 a.C. y donde aparecen escenas en las que se sacrifica a prisioneros troyanos. Otro testimonio similar nos lo ofrece el Sarcófago de las Amazonas (foto superior derecha), datado en la misma época que el anterior y que muestra escenas de estas bravas hembras luchando con hoplitas griegos.

Básicamente, el linotórax era un coselete formado por tres piezas: una destinada a envolver el tronco desde la parte superior del pecho hasta la cintura; otra, las pteryges con la misma misión que en las corazas musculadas, proteger la parte baja del abdomen y la zona púbica; y otra, las hombreras o epomides, una pieza que, como vemos en la ilustración de la izquierda, era lo bastante flexible como para permitir adaptarla al contorno del hombro y unir ambos extremos al peto mediante botones o anillas. Además, para proteger la nuca tenía un saliente que quedaba rígido y por encima del borde inferior del yelmo, dejando así cubierta una zona muy vulnerable sin que por ello supusiera un impedimento en la movilidad del hoplita. La abundante presencia de estas corazas en la cerámica griega, donde aparece en todo tipo de situaciones, permitió hacer conjeturas quizás excesivamente básicas entre los estudiosos del tema.

El primero en sugerir la consistencia de estas armaduras fue Peter Connolly, que tuvo claro desde el primer momento que el linotórax estaba fabricado con varias capas de lino encoladas hasta alcanzar un grosor de unos 5 mm. La pieza resultante tenía un peso de solo 3,6 kilos, muy lejos de los 15 que alcanzaba un tórax de bronce, y suponía que no solo protegía contra las armas de filo, sino también de flechas e incluso podía amortiguar los golpes de armas contundentes. Pero lo que se le escapó al sesudo Connolly es que la coraza imaginada por él se convertiría en un pingajo al primer chaparrón, o incluso como consecuencia de una constante exposición a la humedad producida por el sudor del hoplita que la llevara puesta. Las capas de lino unidas con cola de conejo o pegamentos similares eran rígidas y consistentes cuando estaban secas, pero si se mojaban adiós muy buenas. Estudios más actualizados dan por sentado que, caso de ser ese el proceso de fabricación que, como sabemos, al día de hoy es un misterio, la pieza debía ser impermeabilizada de algún modo a base de algún tipo de resina, aceites o cera. Con todo, lo que sí estaba claro a la vista de las representaciones artísticas de la época es que el linotórax era mucho más práctico y fácil de vestir que una coraza de bronce. En la recreación de la derecha, obra del mismo Connolly, vemos a un hoplita abrochando su armadura que, salvo algunos ejemplos que creo son más bien un error del artista, se cerraba por norma en el costado izquierdo. El motivo es bastante obvio: era el lado del cuerpo protegido por el aspis

Otrosí, en algunas representaciones artísticas se aprecia que el costado derecho podía estar reforzado con escamas de bronce como el que vemos a la izquierda. En este caso podemos también apreciar claramente hasta donde llegaba la protección de las pteryges ya que se atisban perfectamente bajo el fino tejido del quitón las partes pudendas del hoplita, de modo que es fácil calcular hasta dónde llegaba el borde inferior del linotórax. Por otro lado, permitía desabrocharla para facilitar la entrada de aire durante las marchas. Una armadura formada por varias capas textiles serían igual de asfixiantes que un chaleco balístico de kevlar, y más caminando a pleno sol durante el estío de Oriente Próximo. Así, el hoplita podría desabrocharse la armadura y la hombrera derecha, quedando totalmente suelta y permitiendo la circulación de aire. En caso de necesidad solo tenía que abrochar la hombrera y la coraza, lo que le llevaría escasos segundos. En el ejemplo de la ilustración que mostramos, ambas epomides se abrochaban en una anilla o botón situado en el centro del pecho si bien parece que era más habitual que cada epomidio tuviera su propio cierre situado a cada lado del peto.

Bien, retomando la teoría de Connolly acerca de la construcción de este tipo de coraza, no pasó mucho tiempo hasta que diversos estudiosos vieron con claridad que la cosa no era tan simple e incluso, a la vista de los testimonios gráficos de la época, se cuestionaba si en efecto estaban fabricadas por norma con lino o bien eran armaduras compuestas con zonas reforzadas con escamas de metal o cuero. Basta ver esta famosa pieza en la que el peleida Aquiles cura el brazo de su compañero Patroclo para comprobar que, en efecto, sus corazas no son de lino o, al menos, este estaría enteramente recubierto de escamas de bronce o cuero en el caso de Aquiles y lo mismo en la de Patroclo, si bien en su caso serían solo las epomides y la mitad inferior de la pieza. Se conservan bastantes ejemplares de cerámica en los que veremos casos similares, así que es lógico pensar que no se trata de licencias artísticas.

Por otro lado surge también la duda de la blancura inmaculada atribuida al linotórax. El color natural del lino es un crudo más bien oscuro, y es una fibra muy difícil de teñir por lo que se sugieren dos métodos: uno, un decolorado que lo aclarase ya que dicho proceso es más fácil que el teñido y, de hecho, se obtiene un color blanco bastante luminoso; el otro, posiblemente más aproximado a la realidad, consistiría en recubrir la coraza con caolín, una arcilla blanca de dónde se obtiene la porcelana y que fue muy usada por los griegos. En el proceso de fabricación, el caolín se extendería muy diluido sobre la pieza, y podría incluso usarse para unir unas capas con otras. Al secarse, este material tiene la peculiaridad de que si se le empuja lentamente es flexible, pero si se le golpea con gran velocidad se muestra bastante rígido. Gracias a esas propiedades, el linotórax sería razonablemente flexible ante los movimientos del hoplita, mientras que resistiría sin ceder ante un golpe propinado por un arma o un proyectil. Por otro lado, también se sugiere que los bordes generalmente rojos de las epomides podrían ser en realidad ribetes de cuero de ese color, material este que podría seguramente usarse como soporte para las zonas reforzadas con escamas como la que vemos en la ilustración de la izquierda. Más aún, incluso el interior de las epomides podrían contener piezas de cuero o láminas de bronce para resistir los tajos que, dirigidos a la cabeza o el cuello, aterrizaban en los hombros del hoplita.

Dos hoplitas armándose. La ilustración nos permite apreciar
las diferencias entre un linotórax fabricado enteramente de
lino y otro con refuerzos metálicos
Por otro lado están los partidarios de que el linotórax estaría fabricado con cuero, pero esta teoría se me antoja absurda ya que entonces no hablaríamos de una coraza de lino. En todo caso, sí podría tener una capa final de este material que, dependiendo del animal de procedencia, sería más o menos fácil de blanquear. Al parecer, el método de curtido más favorable sería a base de alumbre o una combinación de este método con un curtido vegetal previo para darle flexibilidad ya que el alumbre produce un acabado muy blanco, pero excesivamente rígido y quebradizo.  Y por añadir una teoría más, en este caso tratándose de uso exclusivo de lino, Plinio el Viejo mencionaba que los galos y los partos usaban una mezcla de vinagre y sal para endurecer la lana, método que se seguía empleando en la Edad Media y que bien podría haber servido a los griegos para darle a sus corazas la rigidez necesaria. En resumen, ya vemos que hay teorías para dar y tomar pero, en todo caso, son eso, teorías.

En cuanto a la elaboración a base exclusivamente de lino también se aventura que podría usarse un tejido más denso para evitar superponer demasiadas capas, de forma que entrasen dos hilos en vez vez de uno en cada urdimbre, y que en vez de pegar las capas estas fuesen unidas mediante un cosido formando cuadrados, si bien también es posible que se tratara de piezas superpuestas de metal o cuero. En fin, volvemos a lo de siempre: conjeturas más o menos acertadas basadas en lo que vemos en la cerámica griega, pero nada que sea irrefutable. Lo único que sí está claro es que el linotórax era una coraza dotada de cierta rigidez, y eso lo atestiguan la gran cantidad de representaciones artísticas que muestran hoplitas en el momento de armarse como el que vemos a la izquierda. Mientras se ajusta el coselete al cuerpo se ven claramente las epomides bien tiesas, ergo era un material duro pero flexible. Ante él, su paidiskos se limita a sujetar la dory y el aspis, lo que indica que el hoplita no necesitaba ayuda de nadie para, como se comentó anteriormente, colocarse su propia coraza. Por lo demás, los adornos geométricos tanto en las epomides como las franjas geométricas que circunvalaban la coraza sí parece que se pueda afirmar que eran pintadas.

Bueno, grosso modo esto es lo que se puede decir sobre el linotórax. Sabemos que existió, conocemos a la perfección su morfología, su forma de colocarlo en el cuerpo e incluso los distintos sistemas para abrochar las epomides. Pero lo más importante no tenemos ni idea: cómo y con qué estaban fabricados. Para tener una idea, se han realizado pruebas elaborando corazas con distintos materiales y métodos para, al menos, intentar dilucidar hasta cierto punto su resistencia ante las armas enemigas. Las más enjundiosas son quizás las llevadas a cabo durante la primera década de este siglo por el profesor Gregory Aldrete, de la Universidad de Wisconsin-Green Bay. Este probo ciudadano dedicó varios años a realizar todo tipo de pruebas con la ayuda de Scott Bartell y Alicia Aldrete, presentando las conclusiones de las mismas a partir de 2009, estando parte de ellas reflejadas en lo que hemos detallado hasta ahora. 

El heroico Bartell, que no tuvo inconveniente en hacer de
blanco humano para probar la eficacia del linotórax
Pero la madre del cordero no estaba en la teoría, sino en la práctica, así que se dedicaron a confeccionar piezas en las que el único componente era el lino para calibrar su resistencia. Así pues, se fabricaron rectángulos de 4, 8, 12, 16 y 20 capas de lino pegadas unas a otras, y se colocaron sobre dianas de foam para tiro con arco. Las aporrearon con todo lo que tenían a mano: mazas, hachas bipene, espadas y, por supuesto, les dispararon mogollón de flechas con un arco recurvado de 30 libras a una distancia de apenas 2 metros y en ángulo recto, lo que supone una mayor posibilidad de penetración que un proyectil que impacta tras una trayectoria parabólica. Las pruebas fueron bastante significativas aunque no cien por cien reales porque no usaron puntas de bronce similares a las de la época, sino puntas de caza modernas provistas de unos filos con los que literalmente puedes afeitarte (doy fe). Así pues, los parches de 2 y 8 capas fueron atravesados sin problemas, y al decir atravesados significa que la totalidad de la punta atravesó la pieza, por lo que habría producido una herida grave o la muerte. En el parche de 12 capas solo asomó la punta a través de la capa interior, y en este caso solo habría producido una pequeña herida superficial. En los parches de 16 y 20 capas no pudo penetrar, y es el ejemplo que vemos en la foto superior izquierda. Esto podemos traducirlo en que con puntas de bronce y a distancias de combate de 30 o 40 metros, el linotórax más delgado podría incluso resistir sin problemas el impacto, y los más gruesos hasta un tajo o una estocada no excesivamente potente. En cuanto a los parches tratados con caolín, solo en el de dos capas se produjo una penetración completa. En el de 8, que por cierto tenía un grosor de 5 mm. similar al propuesto por Connolly, la punta de la flecha ya no pudo llegar a la última capa, lo que ayudaría a admitir la posibilidad del uso de esta arcilla como refuerzo, aparte de como mero blanqueante.

En fin, poco más podemos añadir porque, como vemos, incluso las pruebas que se han ido realizando tampoco pueden ofrecer una fiabilidad absoluta. Si desconocemos la composición exacta del linotórax no podemos conocer su resistencia ante las armas con que se tenía que enfrentar y, a mi entender, el hecho de disparar con un arco de 30 libras- una potencia más bien escasa ya que los arcos modernos de competición oscilan entre las 20 y las 60 libras- no es en modo alguno una prueba rotunda. Y de las puntas usadas, mejor no hablar. A la derecha vemos una palmela de bronce y una punta de caza moderna con dos filos. Pretender establecer comparaciones usando la segunda en vez de la primera se me antoja una chorrada y, francamente, no sé por qué motivo no mandaron fabricar flechas con palmelas que se pueden obtener fácilmente. En resumen, bajo mi opinión estas pruebas solo arañan la superficie, pero en modo alguno demuestran nada remotamente concluyente. En todo caso, se han seguido efectuando pruebas con arcos de diversas potencias, hasta un máximo de 65 libras, pero por muchos experimentos que se hagan no creo que se pueda llegar más que a una conclusión: la réplica que he fabricado conforme a mis teorías resiste tal potencia a tal distancia, pero como no sabemos cómo era en realidad un linotórax todas las pruebas que hagamos no sirven para averiguar la verdadera naturaleza de estas corazas, sino solo la de sus réplicas que se basan únicamente en dibujos realizados en cerámica. De momento no hay más de donde sacar.

Bueno, criaturas, ya tienen un misterio misterioso más para devanarse la sesera, que es un sano ejercicio para prevenir reblandecimientos cerebrales precoces.

Hale, he dicho

Otro fotograma de "Alejandro Magno" en el que aparece el macedonio con su linotórax inspirado en el del mosaico de Issos. Tras él, uno de sus diádocos aún viste una armadura musculada que no eran precisamente las más cómodas para montar a caballo. El linotórax vio su final con la aparición de las lorigas de malla en la Península Itálica


viernes, 3 de julio de 2020

Misterios misteriosos: CASCOS DE LA INFANTERÍA AUXILIAR DE ROMA


AVXILIARIS de finales del siglo I d.C. Como salta a la vista,
su panoplia es muy básica y de inferior calidad a la de los
legionarios. (Ilustración de J. Shumate)
Como ya vimos en el artículo dedicado a la LORICA SEGMENTATA, a pesar de la enorme cantidad de estudios y libros dedicados al armamento de la legiones romanas hay aún bastantes lagunas en las que, en realidad, nos movemos más por conjeturas que por pruebas empíricas. No deja de ser curioso que, precisamente la coraza más emblemática de estos probos imperialistas y que precisamente es la que casi todo el mundo identifica sin dudarlo sea precisamente la que más secretos guarda y que las reconstrucciones que se han hecho de sus variantes estén basadas en los cuestionables relieves de la Columna de Trajano y, posteriormente, en los  mínimos restos mohosos del cofre de Corbridge.

Bien, pues con los tipos de cascos usados por la infantería auxiliar romana estamos ante un caso similar. No se sabe con certeza cuáles son los que se deberían considerar como tales, ni si hubo más variantes y, por no saber, no se sabe en realidad si los AUXILIARE llegaron a usar un tipo de casco específico para ellos. De hecho, el que forjó la teoría acerca de la existencia de estos cubrecabezas fue Henry Russell Robinson, el Guardián de la Armería de la Torre de Londres que, como recordaremos, realizó las primeras recreaciones de la LORICA SEGMENTATA según los datos aportados por Peter Connolly y es a quien debemos la clasificación de las tipologías de yelmos usados por las legiones romanas que, al día de hoy, es la referencia universal para diferenciar las distintas variantes de cascos desde la República a la extinción del imperio como Ewart Oakeshott hizo lo propio con las espadas medievales o Petersen y Geibig de las empuñaduras y hojas respectivamente de las espadas vikingas.

La cuestión es que, ciertamente, sí sabemos que la caballería auxiliar hacía uso de determinados tipos de cascos. De hecho, desde finales de la República la caballería romana se nutría, como ya sabemos, de hombres procedentes de pueblos aliados o tributarios de Roma porque a nuestros queridos imperialistas parece que no les motivaba mucho la equitación y preferían combatir a pie. En todo caso, tenemos constancia del equipo usado por estos probos mercenarios que, muy romanizados, dejaban testimonio de su existencia en forma de estelas funerarias donde aparecen cabalgando en sus pencos sobre sus enemigos derrotados, y en dichos relieves se aprecia sin problemas todo lo referente a su panoplia. En la foto de la derecha tenemos dos ejemplos para ilustrarnos sobre ello. En primer lugar tenemos la estela de Insus, un germano que sirvió en la segunda mitad del siglo II d.C. en el ALA AVGVSTA y fue dado de baja de forma definitiva por deceso en Lancaster. Como vemos, nos legó su figura ecuestre en plena acción, mostrando en su mano derecha tanto la SPATHA como la cabeza del malvado britano que acaba de decapitar y cuyo cadáver vemos bajo el caballo. El otro personaje es Longinus Sdapeze, un tracio del ALA PRIMA TRACVM que, como su colega, palmó en el 43 d.C. en la brumosa Albión, concretamente en Corchester. La pose es similar: cabalga sobre su brioso penco que pasa por encima del cadáver de un bárbaro encogido y vilmente derrotado. Una observación que, por si alguno no se ha percatado, no debe olvidar porque es un tema que saldrá a colación más adelante: los AVXILIARE latinizaban sus nombres, y solo cuando se jubilaban y obtenían la ciudadanía podían añadir un NOMEN y un COGNOMEN como Júpiter manda. Mientras tanto, se conformaban con adoptar un PRÆNOMEN a secas añadiendo, si acaso, "hijo de..." para que nadie cuestionara ni su legitimidad ni la decencia de mamá ni la honorabilidad de papá.

Bien, como vemos, los eximios jinetes al servicio de la augusta Roma se preocuparon de legarnos su apariencia en combate para que los frikis de 20 siglos más tarde tengamos de qué hablar. Sin embargo, las tropas de a pie no solían dejar su retrato para la posteridad armados de punta en blanco. Ni romanos ni auxiliares suelen aparecer con su armadura completa, sino con la túnica, el CINGVLVM MILITARE de donde penden la espada, el puñal y las PTERYGES y, a lo sumo, el PILVM y/o el SCVTVM. Pero, por el motivo que fuese, es raro que aparezcan con la coraza, y más aún con el casco puesto. Sí se conocen estelas donde aparecen estas piezas sueltas como una forma de identificar el rango del difunto pero, como decimos, no es habitual verlos completamente armados. En la foto tenemos un par de ejemplos de la pose más habitual.  El de la izquierda es Publius Flavoleius Cordus, de la LEGIO XIV GEMINA y que entregó la cuchara a mediados del siglo I d.C. con apenas 43 años en Maguncia, en la inquietante frontera del Rin. Su colega de la derecha es Annaius Daverzus, otro tracio que sirvió en la COHORS III DELMATARVM. Annaius no solo delata su condición de AUXILIARIS por su nombre y unidad, sino porque aparece con dos LANCEÆ, las jabalinas propias de estas tropas que no usaban los PILA reglamentarios de la legión. Como vemos, ambos visten la túnica militar, sus armas penden del CINGVLVM y, en el caso de Plubius, además se colgó su escudo ovalado a la espalda. Pero de cascos, ni rastro.

¿De dónde proviene entonces la presunción de que los AVXILIARE usaban un casco distinto? Pues de los relieves monumentales que hay repartidos por el otrora extenso imperio. No obstante, en bastantes casos hay que tomarlos con ciertas prevenciones porque, como se pudo comprobar en el caso de la LORICA SEGMENTATA de la Columna de Trajano, los escultores tenían cierta tendencia a idealizar o estilizar o, simplemente, modificar sin más la panoplia del personal. No sabemos por qué, pero lo hacían. Por ejemplo, en la foto de la derecha tenemos a un AVXILIARIS sujetando con los dientes la cabeza de un dacio. Su casco no pertenece a ninguna tipología conocida. La parte superior, echándole imaginación porque está bastante perjudicada, podría ser de un coolus con su visera frontal. Sin embargo, el cubrenucas y la carrillera pertenecen a un casco ático similar a los usados por los pretorianos. Más aún, podría tratarse incluso de un casco galo debidamente estilizado.

Es pues evidente que el que lo esculpió hizo lo que le dio la gana, sin querer o a posta, si bien el mismo Robinson señala que eso de las carrilleras, BVCCVLÆ en latín, excesivamente estilizadas eran una pauta en este caso para, según él, mostrar mejor los rostros de los combatientes, ya que con las normales apenas dejarían ver la nariz, los ojos y parte de la boca si se les mira de frente, y casi nada si es de perfil. Por cierto que también aparecen con cierta frecuencia en la Columna cascos similares rematados por una argolla en la parte superior. Sin embargo, aún no ha aparecido un solo ejemplar con este accesorio, por lo que se trataría de otra posible licencia artística. De hecho, de las cuatro tipologías que creó, solo en una de ellas coincide lo mostrado en la Columna con un ejemplar original que veremos más adelante pero, del resto, los que se dedicaron a esculpir las glorias de Roma parece que tenían especial predilección por el tipo ático, que era el habitual en la guardia pretoriana. En la foto de la izquierda tenemos el archifamoso relieve marmóreo que se conserva en el Louvre y que muestra a varios de estos controvertidos guardias con sus yelmos áticos que, como podemos apreciar, muestran gran profusión de grabados y relieves a los que estos imperialistas eran especialmente aficionados como hemos visto en los artículos dedicados a cualquier pieza de la panoplia romana. No había espada, puñal, casco, armadura o hasta la medallita de San Mithra del Sacrificio Perpetuo o Santa Venus de la Teta Hermosa que no le metieran adornos a mansalva. Era una especie de HORROR VACVI barroco a la romana, supongo...

Esta es la imagen más recurrente de los AVXILIARE de la Columna de
Trajano. Si es una licencia artística o no, de momento no lo sabemos
A estas alturas de la película, más de uno se preguntará que, ante lo expuesto, en qué se basó Robinson para establecer esa serie de teorías que, en apariencia, son más evanescentes que el sentido de la ética de un político. Bien, pues esas teorías las expuso en un trabajo editado en 1975 en base a la observación de, como hemos dicho, los distintos relieves que se conservan a partir de finales de la República y, sobre todo, desde el comienzo del Principado, cuando los AVXILIARE dejaron de hacer uso de la panoplia propia de sus respectivas naciones y adoptaron la uniformidad del ejército romano. Pero estas representaciones gráficas siempre cuestionables a mi entender, eran las menos relevantes ante una prueba que sí era tangible: las marcas grabadas en los cascos por sus propietarios y que se pueden ver en los ejemplares que se conservan. Obviamente, un casco donde aparece el NOMEN y el COGNOMEN del dueño y, a veces, el número de la legión donde servía y el nombre de su centurión, no podía ser un AVXILIARIS, mientras que si el solo se ve un nombre claramente latinizado estaríamos ante el segundo caso.  Del mismo modo, era al parecer frecuente que no grababan nada porque, simplemente, eran analfabetos o no sabían escribir en latín, lo que no sucedía en el ejército regular porque para alistarse era obligatorio saber leer y escribir. También se tiene en cuenta el hecho de que en los ejemplares donde no se aprecia ningún tipo de inscripción estuviera en la guarnición pero, a mi entender, sería difícil escribir un nombre en una superficie de cuero o fieltro cuando, además, lo más habitual era hacerlo en la parte inferior del cubrenucas y grabado para que no se pueda borrar. 

En cualquier caso, la cuestión es que los cascos donde aparecen nombres romanos son por norma los de mejor calidad, mientras que los ejemplares sin grabar o con nombres latinizados son siempre los cutres. En resumen, aquí no hablamos de relieves o posibilidades, sino de que los cascos buenos eran propiedad de romanos, y los malos de los auxiliares. ¿Qué entendemos por un casco bueno o uno malo? Más que de la calidad del material en sí- los de los AVXILIARE eran por norma de bronce, material que también usaba el ejército regular- hablamos de los acabados. Eran ejemplares sin los adornos y repujados que tanto gustaban a los romanos, y las carrilleras, que por lo general también repujaban con motivos de tipo religioso, eran lisas y ni siquiera se molestaban en rebordear. Y, finalmente, los acabados en sí, más bastos en el caso que nos ocupa, y con evidentes muestras de ser producto de una fabricación en serie que luego detallaremos. Así pues y en base a esta teoría, Robinson estableció cuatro tipos distintos. Veámoslos...

TIPO A

Esta tipología está basada en un ejemplar hallado en Flüren (Alemania) y que se conserva en el Rheinisches Fandesmuseum en Bonn, donde aparecieron los restos de un CASTRVM. Como podemos ver, su morfología es similar a la de un coolus, aunque al original le faltan tanto las carrilleras como la visera frontal. Como vemos en esta réplica, es de una simpleza absoluta, sin el más mínimo atisbo de ornamentación. En sí es un casco sólido y que cumple su cometido, pero sin adornos. Las carrilleras están un poco curvadas para adaptarlas mejor a la cara de su usuario, y en el ala trasera tiene en la parte inferior una pequeña anilla para el barbuquejo que, junto al de las carrilleras, permitían ajustar el casco a la cabeza sin que un golpe o un tirón hacia adelante pudiera cegar al dueño. En las carrilleras podemos ver el sistema de bisagras usado en este caso, con un pasador de bronce doblado por los extremos para fijar ambas piezas. En la ilustración vemos un AVXILIARIS de mediados del siglo I d.C., fecha en la que está datado el casco. Está armado con una LANCEA, un escudo oval y se cubre con una simple camilla corta de malla que pesaría alrededor de 7 kilos. El casco rondaría los 1.300-1500 gramos. 

TIPO B

El original procede de un hallazgo en Maguncia, y está datado en la segunda mitad del siglo I d.C., concretamente hacia el año 83, durante la campaña de Domiciano contra los catos. Como salta a la vista, su morfología corresponde al tipo gálico, una variante mucho más perfeccionada que el coolus y también dotada en sus distintos modelos de una decoración mucho más elaborada. Sin embargo, y siguiendo la norma que planteaba Robinson, en este caso estamos ante una pieza muy básica que, simplemente, cumple con los requisitos de su tipología pero sin florituras. En este caso, el ala trasera es mucho más ancha, protegiendo los hombros además del cuello. La visera se ha colocado en una posición más elevada para ofrecer menos superficie donde hendir con una espada y, la diferencia principal respecto a la tipología anterior, ya tiene las aberturas para las orejas que, contrariamente al caso del coolus, facilitaba oír mejor las órdenes y los toques de bocina en el fragor del combate. Para impedir que un tajo de una espada enemiga resbalase hacia abajo y se llevase por delante un cacho de oreja o incluso la oreja entera, se le añadió la típica aleta protectora unida al casco con tres remaches. Por lo demás, el sistema de fijación del barbuquejo era exactamente igual que en el tipo A.

TIPO C

En este caso se basa de una pieza muy modificada que se encuentra en el Museo Arqueológico de Florencia y que, a todas luces, sufrió diversos cambios que le hicieron perder su aspecto original. En todo caso, es muy similar a los cascos usados por la caballería auxiliar por ese refuerzo cruciforme en la calota del yelmo si bien en este caso todas las nervaduras tienen la misma longitud, mientras que los de caballería tienen la trasera mucho más larga. El ala trasera, más corta y con más caída como el tipo imperial-gálico, tiene en la parte superior una nervadura de refuerzo típica en los gálicos si bien estos suelen tener dos o tres, y no una como en este caso. Por lo demás, volvemos a la tónica de siempre: una pieza muy básica, con un acabado burdo pero no por ello falta de solidez. La ilustración que acompaña como ejemplo muestra a un AVXILIARIS  de tiempos de Trajano que, al estar pringando en la Dacia o en la frontera con Germania, se protege del frío con unos BRACÆ y calzando unos PERONES, un tipo de bota de media caña destinada, como los calzones, a impedir que se lo encontraran tieso como una estaca al ser relevado de una guardia. Por cierto que de esta tipología se pueden ver algunos ejemplos muy estilizados en la Columna de Trajano.

TIPO D

Este es el más peculiar de todos tanto en cuando es el menos romano de los cascos para tropas auxiliares. De hecho, su forma cónica indica un claro origen oriental, posiblemente sármata, pero lo más importante es que es el tipo cuya existencia real ha quedado corroborada con más solidez ya que aparece de forma profusa en varios relieves, en especial en la Columna de Trajano. Básicamente, se trata de un yelmo fabricado de una pieza o con varios gajos remachados a una estructura principal a modo de primitivo Spangenhelm. Quizás la aportación romana consistiera en la adición de carrilleras y cubrenucas, que según donde la representen muestra un aspecto distinto. En algunos relieves aparece como una pieza sólida, similar a los cubrenucas de los yelmos áticos, mientras que en otros la excesiva curva que describen da la impresión de que se trata de una pieza flexible formada por pequeñas escamas cosidas sobre una base de cuero. En la lámina de la derecha vemos una recreación actual junto a un SAGITTARIVS sármata. Esta tipología solo aparece en los arqueros, que obviamente necesitaban el mínimo de salientes y refuerzos que impedirían el anclaje de la cuerda antes de efectuar el disparo.

El origen de esta tipología está en el yelmo que vemos a la izquierda y que actualmente se encuentra en el Museo Arqueológico de Zagreb. La pieza, que estaba en poder de los monje del monasterio de Dakovo desde vete a saber cuándo, lo entregaron a las autoridades hacia 1870. Como vemos, carece de carrilleras y cubrenucas, así que no nos queda más remedio que guiarnos por los relieves de la época acerca de su apariencia. En este caso, el yelmo tiene por delante una lámina de 28 mm, de altura donde aparecen grabadas las imágenes de la Victoria, Júpiter y Marte. Las bisagras de las carrilleras quedan ocultas por dicha lámina. En la parte posterior vemos una lámina similar donde se fijaría el cubrenucas que, por desgracia, no ha llegado a nuestros días. Robinson dató esta pieza entre finales del siglo II o principios del III d.C. si bien es evidente que ya estaba operativa desde tiempos anteriores tanto en cuanto aparece en la Columna de Trajano.

En la foto de la derecha podemos ver dos escenas de la Columna de Trajano en la que aparecen SAGITTARII del ejército romano. Todos usan ese tipo de casco pero, si observamos con detenimiento, vemos que los cubrenucas son distintos, así como el número de piezas con que están construidos. Sea como fuere, lo cierto es que en este caso queda plenamente demostrado que los arqueros auxiliares procedentes de pueblos de los Balcanes y Asia Menor sí hacían uso de un yelmo específico para ellos. De hecho, el mismo Robinson no se cerraba en banda a que su tipología pudiera ser refutada en caso de aparecer testimonios que demostrasen que estaba en un error, y digamos que estaba a la espera de nuevos descubrimientos que apoyaran su tesis o la rebatieran. Sin embargo, nuestro hombre palmó en 1978 con apenas 58 años si bien, a pesar de que ya ha transcurrido más de cuatro décadas de su defunción, nadie ha podido presentar datos que contradigan su tipología. Eso sí, como es habitual en estos casos, hubo historiadores que la negaron desde el primer momento. Ya sabemos que hay mucho enterado que, por norma, no aceptan jamás ninguna teoría de nadie, quizás por soberbia, quizás por querer arrogarse la primicia de la negativa para, caso de que sea finalmente refutada, puedan pavonearse de haber sido los primeros en hacerlo. Sino, pues como nadie recordará sus gilipolleces no pasará nada. 

Por si alguno no ha captado la diferencia, ahí vemos un imperial itálico tipo
G y un casco para auxiliar tipo B
Bueno, estas son las cuatro tipologías establecidas por Russell Robinson. Para terminar, comentar de forma sucinta el proceso de fabricación de estos yelmos para entender el motivo de sus peculiares acabados. Al parecer, para acelerar el proceso de producción en masa, se colocaba una chapa circular de bronce entre dos matrices de madera, una hueca y otra con forma semiesférica. De ahí que estos cascos presenten un pequeño orificio en la coronilla, que es donde se fijaba la chapa y que posteriormente podía ser tapado con una pequeña perilla o un simple remache. Mediante un proceso de torneado se iba girando la chapa mientras que, a golpe de martillo, se le iba dando la forma hemisférica de la cabeza mientras que las dos matrices la iban ajustando a su forma definitiva. Al batir el material se iba expandiendo, y con la parte sobrante se elaboraba el ala trasera. El resto se eliminaba. Lo habitual en un casco destinado a la legión era que las marcas de los martillazos se eliminaran por abrasión, pero los que supuestamente iban a parar a las unidades de AVXILIARE se quedaban tal como salían del torno, y de hecho se puede comprobar en los ejemplares que se conservan que, en efecto, las hiladas de golpes aún perduran. Del mismo modo, el filo trasero del ala era rebordeado doblando la chapa, proceso que se omitía con los de los AVXILIARE para acelerar y abaratar el proceso de construcción. Una peculiaridad del acabado final era que estos cascos tenían sección circular debido a la matriz que usaban, y no la elíptica propia de una cabeza humana. Por cierto, en ningún caso parece que se les añadiera la típica asa en el ala trasera para poder llevarlo colgando durante las marchas, lo que es una muestra más de lo elemental de su elaboración. 

En fin, criaturas, ahí queda este misterio misterioso por su alguien tiene ganas de devanarse la sesera. Anticipo una vez más que, 42 años después del deceso de Robinson nadie ha podido refutarle su teoría si bien tampoco han aparecido nuevos testimonios que la corroboren. Así pues, y mientras no surja alguna novedad al respecto, yo al menos no tengo problemas en admitir la existencia de cascos de inferior calidad para tropas mercenarias.

Como imagen de cierre, dejo esa recreación de la que quizás sea la imagen más recurrente del AVXILIARIS de la Columna de Trajano, donde aparecen con un yelmo ático coronado por una argolla y, en vez de cota de malla, usan un CORIVM, una camisa de cuero grueso que no creo que protegiera mucho más que una puñalada asestada por un enemigo moribundo. Como decíamos al principio, el testimonio gráfico existe, pero la prueba física no por lo que, mientras aparece alguna, habrá que considerar este tipo de yelmo como una licencia artística. Si apareciera, pues solo habría que añadir un tipo E a la tipología Robinson.

Bueno, se acabó lo que se daba, amén.

miércoles, 22 de abril de 2020

Tormentaria: la BALISTA


Probos ciudadanos recreacionistas aprestando su BALLISTA ante la atenta mirada del centurión que, prudentemente, se
mantiene a una distancia de seguridad por si el pedrusco toma el camino equivocado y se lo lleva por delante. Sabe de
buena tinta que varios miembros de su pseudo-cohorte anhelan ocupar su puesto porque se libra de ir cargado como
un mulo durante sus actividades del fin de semana

Esta serie de artículos quedaría coja si no dedicásemos una más a la que quizás sea la más emblemática de todas las máquinas de torsión, la BALLISTA. Y no, no me he saltado ninguna porque hace ya... nueve... lejanos... años (carajo, cómo pasa el tiempo, etc.) se dedicó una al onagro que repasaré un día de estos porque, posiblemente, precise de una actualización. Bien, antes de comenzar a dar cuenta de los pormenores de estos chismes conviene tener presente varios aspectos. Ante todo, las recreaciones que se han hecho de las mismas proceden de interpretaciones llevadas a cabo principalmente por Schramm, Baatz, Marsden y Wilkins. El motivo no es otro que la ausencia de restos que permitan conocer con detalles su morfología salvo el ejemplar más tardío de todos, la hallada en Hatra (Irak) en 1972 que, al día de hoy y casi medio siglo más tarde, aún sigue siendo causa de intensos debates porque nadie acaba de proponer una teoría sobre la misma que logre consensuar a los académicos de turno. No obstante, ya sabemos que estos probos investigadores suelen tener la irritante tendencia a desacreditar los supuestos logros de sus colegas- con o sin razón- para tener la opción de ser ellos los que se lleven el mérito de la conclusión irrefutable, si es que alguna vez llegan a ella, naturalmente.

Por otro lado, las tres fuentes de la época no han ayudado en gran cosa para descifrar el enigma. Los datos más antiguos proceden de Filón de Bizancio (c. 280 a.C.-220 a.C.), concretamente de su obra βελοποιικά (Belopoicá), un tratado sobre artillería de cuyos diagramas no queda ni rastro, como no podía ser menos. Por otro lado tenemos al conocido Marco Vitrubio Polión, (c. 70/80 a.C.-c. 15 a.C.), autor de DE ARCHITECTVRA e, igualmente, sus textos sobrevivieron pero sus croquis no. Finalmente tenemos a Herón de Alejandría ( 10 d.C.-70 d.C.) que, en este caso, además de dar datos sobre detalles acerca del funcionamiento de la máquina nos legó el único dibujo de la misma si bien, como ya se ha comentado en entradas anteriores, bajo la costumbre de estos sesudos ciudadanos según la cual plantaban en el mismo plano todas las perspectivas, lo que hace que descifrarlos sea una labor titánica. 

Fotograma de la genial cinta "El Nombre de la Rosa" que muestra el
SCRIPTORIVM de la siniestra abadía. Gran parte, por no decir casi todo el
conocimiento del mundo antiguo se lo debemos a estos frailes que se
dejaron la vida y la vista en copiar manuscritos que, de otro modo
ya habría desaparecido hace siglos 
Para redondear el problema tenemos que las cifras y fórmulas de proporciones varían de los autores griegos a los romanos por usar sistemas de numeración distintos que los copistas medievales no supieron distinguir incluso dentro de un mismo idioma por una sencilla razón: no tenían ni puñetera idea de lo que estaban traduciendo. Los términos técnicos les eran desconocidos, y en muchos casos cometían erratas pensando que una letra estaba duplicada cuando, en realidad, esa letra era una cifra y la omitían sin más. Ya sabemos que la caligrafía ha ido variando a lo largo del tiempo (¿quién lee de corrido un texto aunque sea del siglo XV y encima se entera de algo?), y por otro lado los autores latinos tenían la fea costumbre- para nosotros, claro- de no separar las palabras, lo que podía volver loco a un traductor que encima tenía ante sí un texto que hablaba de chismes rarísimos por lo que las erratas, omisiones o, simplemente, errores de traducción eran habituales. Los abnegados monjes que dedicaron su vida a legarnos el pasado desde sus SCRIPTORIA dieron de sí todo lo que pudieron, pero sus valiosas copias no lograron resistir en muchos casos a la polilla, las ratas, los hombres, sus guerras y saqueos, etc. Por lo tanto, los estudiosos de estos temas han tenido desde el primer momento una férrea voluntad de ir paso a paso intentando avanzar en la ardua tarea de dar forma a máquinas que, en realidad, son más una labor detectivesca que bibliotecaria.

Bien, este es el panorama, y desde el último cuarto del siglo XIX andan enredados en la resolución del misterio misterioso de las BALLISTÆ, y vete a saber si algún día, al igual que con los SCORPIONIS, aparece la pieza clave que nos permita conocerlos a fondo. Bueno, dicho esto, vamos al grano...

Ilustración de la Enciclopedia Larousse de 1912 en la que aparece la
primera recreación de una BALLISTA, fabricada por Reffye y Dufour
 por orden de Napoleón III. Le echaron imaginación, ¿que no?
Aunque a más de uno le pueda parecer que la "máquina maestra" fue la BALLISTA, y que de ellas surgieron las demás, la realidad es precisamente al revés. Las primeras máquinas de torsión, como ya hemos visto, fueron las destinadas a lanzar dardos. Parece ser que el primero en adaptar estos artefactos para lanzar piedras fue el macedonio Alejandro, pionero en el uso de las katapeltai petroboloi en los asedios de Halicarnaso y Tiro, si bien se sugiere que dicha adaptación se limitó a ciertas modificaciones en las euzytonoi en servicio ya en tiempos de su padre Filipo para lanzar piedras de pequeño tamaño. O sea, que sustituyeron las piezas necesarias para disparar un pedrusco en vez de un dardo. Treinta años más tarde, Demetrio Poliorcetes ya estaba usando máquinas descomunales en los cercos de Muniquia (Chipre) y Rodas con capacidad para disparar bolaños de hasta tres talentos de peso (77,5 kg.), que en aquella época era un peso considerable que, además, requería de una estructura literalmente ciclópea. Lo de tirarse piedras aunque fuese a mano era al parecer una costumbre arraigada entre los griegos, aprovechando por ejemplo las emboscadas cuando un ejército cruzaba por un paso rodeado de alturas desde las que los enemigos dejaban caer enormes piedras para chafarlos bonitamente. Estas tropas era los petroboloi (lanzadores de piedras), de donde tomaron el nombre estas máquinas.

Este es el único croquis que se conserva actualmente de una
BALLISTA, el de Herón de Alejandría y reconstruido por Carl
Wescher en 1867
Pero su fabricación era aún más compleja que la de los euzytonoi cuyas proporciones, como ya se comentó, se basaban en fracciones o múltiplos de 1/9 de la longitud del dardo. En las petroboloi era asquerosamente complicado porque, para obtener el diámetro del orificio para la madeja de cuerdas que hacía de resorte, había que recurrir a una compleja fórmula digna de matrículas de honor en una época en que las matrículas de honor aún estaban por inventar, en base al peso del proyectil y con el resultado en dáctilos. Por ejemplo, para un bolaño de 10 minas (4,9 kilos), se aplicaba de esta fórmula:

Diámetro = 1,1 x ∛100 x 10. Esto nos daba 1,1 x ∛1000. El resultado final era 1,1 x 10 = 11 dáctilos, uséase, 21,2 centímetros. Espantoso, ¿qué no? Bien, pues esta fórmula había que aplicarla de forma inexorable para conocer el dichoso diámetro del orificio, que era el que marcaba las demás proporciones de la máquina. No obstante, Filón era un ciudadano comprensivo al que le constaba que no todos tenían sus conocimientos, así que publicó una lista de proporciones según una serie de pesos estandarizados porque si alguien piensa que con un chisme de estos podía dispararse cualquier cosa está equivocado. Es decir, que esa imagen que solemos tener en el magín de los servidores de la máquina rebuscando pedruscos para poner en ella el primero que encontraban es totalmente falsa. De hecho, cada máquina estaba diseñada para disparar un bolaño con un peso concreto (se admitían tolerancias como es lógico), el cual era grabado en el mismo para que no hubiese error. Si era demasiado ligero la precisión sería un churro, y si era demasiado pesado su alcance sería birrioso e incluso podría dañar la máquina.

BALLISTA de Schramm, muchísimo más aproximada a cómo debió ser
en realidad la máquina de Vitrubio. Por desgracia, resultó destruida
durante la 2ª Guerra Mundial
Ello obligaba a intentar estandarizar al máximo los pesos y, si era posible, reducir la gama de los mismos para facilitar tanto la fabricación de las máquinas como de los mismos bolaños, que requerían por lo general la friolera de dos días de trabajo para terminar uno solo. Para marcar los pesos, los griegos se basaban en un sistema acrofónico por el cual la letra Δ (delta) equivalía a 10 minas (1 mina = 491 gramos), y la Τ (tau) a un talento (1 talento = 60 minas = 25,8 kilos). En otros casos se recurrió a un sistema alfabético pero sin especificar la unidad de peso para complicar más la vida a los arqueólogos. Por ejemplo, la I (iota = 10 ¿minas, libras?), la H (eta = 8), la K (kappa = 20), etc. En fin, para cortarse las venas en diagonal. Hasta ahora han aparecido cuatro depósitos de bolaños, concretamente en Rodas, Pérgamo, Dora y Cartago. Hablamos de cientos de piedras, y llevan la torta de años intentando clasificarlas por tipos, pesos y tal que van desde las más pequeñas que suelen rondar los 4 kilos hasta pelotas gordísimas de unos 40 kilos. En todo caso, Filón apunta que el peso mínimo debía ser de 10 minas, pero en base a la fórmula anteriormente detallada resulta que la máquina para disparar un bolaño que apenas llegaba a los 5 kilos resulta que tenía que montar unas madejas de la altura de un hombre, unos 6 metros de largo y 3 de ancho, con un peso superior a la media tonelada, de modo que ya podemos imaginar qué clase de monstruo era preciso para lanzar bolaños de 1 talento.


Depósito de bolaños de Hatra. Los romanos se dieron cuenta de que el color
blanco de la piedra caliza era visible por los enemigos, que podían
esquivarlos a tiempo, por lo que optaron por ennegrecerlos. La idea dio
resultado porque así era más difícil verlos venir
Porque ahí era donde radicaba el principal problema de las balistas: para disparar un proyectil birrioso hacían falta cantidades enormes de madera, de metal, de conocimientos y de tiempo para fabricarlas, transportarlas y montarlas, y un bolaño de 5 o 10 kilos lo más que hacía era sacudir el polvo en una muralla, por lo que su uso estaba más bien destinado al tiro parabólico para ir destruyendo las dependencias interiores de las ciudades o fortificaciones asediadas. Sirva como ejemplo que, de las 200 pelotas halladas en Dora y que fueron clasificadas en cinco categorías por peso, las "super pesadas" eran las comprendidas entre los 28,5 y los 40,5 kilos, mientras que un fundíbulo podía arrojar un bolaño de 100 o 200 kilos a distancias similares e incluso superiores, y esos sí que hacían verdadero daño cuando impactaban en el paramento de una muralla y acababan abriendo brechas por donde colarse los asaltantes ávidos de vísceras enemigas. En resumen, no era una máquina con un relación costo/rendimiento especialmente brillante, pero era lo que había de momento. 

En fin, ya vemos que la construcción de estos trastos no estaba al alcance de cualquiera, y a lo largo del tiempo tuvieron que ser los ingenieros que acompañaban a las tropas griegas, cartaginesas o romanas los encargados de diseñarlas meticulosamente hasta el último dáctil para que funcionasen adecuadamente. Veamos las cuestiones puramente técnicas.

La máquina empleada por Demetrio Poliorcetes debía ser algo monstruoso. Estaba diseñada para disparar bolaños de nada menos que 3 talentos (77,4 kilos). Este petrobolo debía ser de un diseño más avanzado que el de los euthytone rectangulares, o sea, el armazón que contenía los resortes era un petritreta de forma romboidal, lo que se conoció como un palintono. Para entendernos, era un armazón que permitía a los brazos trazar un ángulo mayor de los apenas 23º de los euthytone que, posteriormente, se pudieron aumentar hasta los 35º al darle a la parte trasera una forma curvilínea. En este caso, el ángulo alcanzaba los 50º para impedir que lanzaran el bolaño sin que cayese a medio metro de la máquina. Bueno, ahí la tenemos:


Bestial, ¿que no? ¿Qué cómo se sabe qué era de ese tamaño y no es una exageración? Recordemos que bastaba saber el peso de la piedra para calcular las dimensiones de la máquina, que en este caso era un auténtico bicharraco. Para hacernos una idea, a la derecha vemos la silueta de un ciudadano, así que ya vemos que no era precisamente un tirachinas. De hecho, si nos basamos en la tabla de equivalencias de diámetros de Filón la madeja debía medir cerca de 5 metros de altura (9 veces el calibre del orificio). Por lo demás, uno de los problemas más complicados además del de las dichosas madejas de cuerdas era la complejidad de su construcción y el enorme peso que podían alcanzar. En este caso vemos que el armazón está reforzado con chapas de hierro por ambas caras para soportar la enorme fuerza que ejercía la torsión de las cuerdas, y como apoyo requería una masiva base cuya vista frontal podemos ver en el ángulo superior izquierdo de la lámina. La carga se efectuaba mediante cuatro poleas, dos a cada lado, que accionaban el torno, para lo que hacían falta ocho hombres, y para no ver las palancas del torno empezar a dar vueltas como un molinillo si se quedaban sin fuerzas, a cada lado de la caña había una cremallera con su correspondiente retén. El peso del armazón delantero debía ser tan grande que hubo que ponerle los dos tirantes que vemos entre este y el extremo de la caña para ayudar a esta a soportar esa mole. En cuanto al sistema de disparo era idéntico al de las máquinas lanza-dardos.

Para aligerar de peso la máquina dentro de lo posible se recurrió a fabricar el soporte y la caña, en vez de macizos, formando una estructura hueca pero muy resistente. En la figura A tenemos una vista frontal del soporte, debajo de la caña, y el deslizador. Soporte y caña, como vemos, están formados por dos tablas laterales unidas por travesaños a modo de escalera (véase fig. B), capaces de soportar un gran peso con un notable ahorro de material y de kilos. Encima aparece el deslizador con una cola de milano que, al parecer, se elaboraba con bastantes tolerancias para impedir que una posible hinchazón debida a la humedad lo bloquease. Es posible que también fuera untado con algún tipo de grasa. Pero lo más relevante es la acanaladura por donde corre el bolaño. Aunque en teoría esa pieza debía tener forma semicircular o de media caña, en las reproducciones que se han hecho en estos años se ha comprobado que, con esa morfología, era bastante fácil que el bolaño saliera despedido en cualquier dirección o incluso impactase en la misma máquina. Además, la relativa diferencia de tamaños de las piedras aún siendo del mismo peso nominal (era imposible hacerlas todas prácticamente iguales) no permitían un buen ajuste en el deslizador. De ahí que se haya deducido que lo más probable es que el canal fuese, como vemos, de forma rectangular, lo que eliminaría riesgos de todo tipo y admitiría con facilidad piedras con tamaños ligeramente diferentes. Por último, y quizás más importante, tenemos la posición de la verga, marcada por la línea de puntos. Ponerla más abajo implicaba que el bolaño podría salir despedido hacia arriba, cayendo al lado de la máquina (eso le pasó  Schramm cuando hizo la demostración ante el káiser, al que tuvo que empujar para no verlo chafado), o si estaba más baja de la cuenta el alcance sería mínimo. En resumen, ya vemos lanzar una puñetera piedra tenía más enjundia que la fórmula para acertar siempre a la Primitiva.

Monstruosa BALLISTA elaborada para un documental de la BBC en 2002. Esa
descomunal máquina estaba diseñada conforme a la formula de Filón para
disparar un bolaño de apenas 1 talento (28,5 kg.) que, según el griego,
debía alcanzar los 160 metros. En las pruebas apenas llegó a los 90 y,
si mal no recuerdo, al tercer intento se estropeó y se acabó la fiesta. Medía
7,5 metros de alto, 8,5 de largo y su peso alcanzaba la friolera de 12 Tm.
Tras los griegos, fueron los cartagineses los que empezaron a hacer uso de estas máquinas, de las que se proveyeron de un impresionante arsenal así como de grandes cantidades de bolaños para tener con qué discutir durante sus intensos debates con los romanos durante las Guerras Púnicas. Cuando Publio Cornelio Escipión Africano se apoderó de CARTHAGO NOVA en 209 a.C. se encontró con un jugosísimo arsenal formado por 120 catapultas grandes, 281 pequeñas, 23 balistas grandes, 52 pequeñas y grandes cantidades de escorpiones, así como armamento de todo tipo. Posteriormente, cuando lograron destruir CARTHAGO en 146 a.C. encontraron nada menos que 5.600 bolaños con pesos comprendidos entre los 2,5  y los 40,5 kilos que han sido divididos actualmente en cinco categorías según su masa. Está de más decir que estos probos imperialistas no dudaron ni medio segundo en adoptar como propio aquel arsenal que, además, les había salido gratis.

Un detalle que no se menciona en ni una de las fuentes
consultadas es el sistema de regulación para el ángulo
de tiro como el que tenían los escorpiones. Suelen
aparecer con un ángulo fijo aproximado a los 45º, pero
sin posibilidad de corrección por lo que habría que
modificar el emplazamiento hasta dar con el sitio
adecuado. Cabe suponer que usarían algo similar al poste
trasero de la máquina que aparece en esta foto
Bien, así es como los lithobolos o petroboloi llegaron a manos de los romanos si bien ellos se apresuraron a cambiarles el nombre, pasando a denominarlos BALLISTÆ, término que, según mi ilustre paisano Isidoro, proviene precisamente del griego βαλείν (baleín), que significa arrojar ya que "...se tensan por medio de correas confeccionadas con nervios [en realidad eran tendones] y arrojan con gran fuerza dardos o piedras". Y no solo echaron el guante a las de los apiolados cartagineses, sino también a las de los griegos que habían colonizado Sicilia. Según Livio, la captura de Siracusa en 211 a.C. también les reportó un cuantioso botín en forma de tormentaria que emplearon contra los macedonios, los espartanos y la Liga Etolia si bien no fue hasta tiempos de César cuando éste llevó a cabo una organización de la tormentaria en el ejército, asignando máquinas a cada unidad y no como anteriormente, que se usaban a discreción y sin un criterio táctico racional. 


Otro ejemplo de posible mecanismo de regulación, similar en este caso
al usado por los escorpiones. Es absurdo pensar que estas máquinas
carecían de un sistema de regulación
Y en este punto llegamos a la descripción que hace estas máquinas Vitrubio, al que se toma como referente principal porque, a pesar de la desaparición de sus croquis y de partes importantes del texto, promueve el uso de un nuevo método para su construcción, dejando de lado el complejo sistema griego y que, además, permitía fabricar BALLISTÆ más pequeñas con un rendimiento igual o superior a los modelos helénicos. Está de más decir que esto también es motivo de profundos debates ya que aún no ha quedado claro en qué consistió la modificación que hizo este sujeto para sacarle más jugo a máquinas más pequeñas. Vitrubio basó su sistema en LIBRÆ como es lógico, pasando de las minas y talentos griegos, pero sus colegas le dijeron que, una vez hechas las conversiones oportunas, aquello no cuadraba. El FORAMEN, o sea, el orificio para las madejas de cuerdas salía más pequeño que si se seguía la fórmula de Filón para el mismo peso de piedra. Vitrubio, que igual no quería que nadie le pisara la idea, se limitó a decir que sus cálculos estaban basados en su experiencia personal y en lo que había aprendido de sus maestros, así que se quedaron con las ganas de saber dónde estaba el intríngulis de la cuestión. 

La lista de proporciones de Filón, por si alguien se anima
Aage Gerhardt Drachmann (1891-1980), un estudioso danés que entre otros temas se ocupó a fondo de la tecnología de Mundo Antiguo, observó que para un proyectil de 20 libras Vitrubio recomendaba un FORAMEN de 10 DIGITI (185 mm.), mientras que si se aplicaba la fórmula de Filón saldrían 12,5 dáctilos (250 mm.). Drachmann concluyó que solo había tres explicaciones: una, que se había equivocado o algún copista era el que había metido la pata; dos, que los romanos usaban máquinas de baja potencia, lo que no tenía mucho sentido; y tres, que había descubierto un método para sacar más rendimientos a las madejas de cuerdas. Pero, al parecer, Vitrubio no se equivocaba, y menos en algo tan básico como una conversión en el sistema numérico a pesar de que Marsden sugirió que quizás el error estaba en citar las dimensiones en DIGITI (1/16 de pie romano) cuando en realidad se refería a VNCIÆ (1/12 de pie). 

Al parecer, la clave estaba en la petritreton (la tabla donde se practicaba el orificio), que él denominaba como SCVTVLA. La cuestión no estaba en el tipo de cuerda usada, sino en la forma del orificio. Mientras que los griegos habían usado siempre arandelas circulares, Vitrubio tuvo la idea de que fueran circulares por debajo, pero elípticas por la parte superior. El travesaño que sujetaba la madeja  atravesando el borde superior de la arandela restaba espacio cuando las cuerdas empezaban a girar y tensarse, de modo que dando a esa parte una forma elíptica el espacio sobrante podrían ocuparlo dichas cuerdas, por lo que se podría aumentar la tensión sin necesidad de agrandar la máquina obteniendo una potencia similar. Fabricar esta pieza enteramente de bronce sería bastante complicado, pero la solución fue hacerlas de madera y bronce. En la figura A tenemos una vista superior de la pieza cuya boca elíptica presenta las muescas para el travesaño y, al fondo, la arandela circular de bronce. En la figura B lo vemos en sección: la parte metálica absorbe la tensión producida por las cuerdas, mientras que la vuelta de la madeja se distribuye con más facilidad en la parte elíptica sometida a menos estrés. Conclusión: los romanos aprendieron a fabricar BALLISTÆ mucho más manejables e igual o más potentes que las griegas. El progreso y tal, ya saben...

Para terminar, no podemos dejar de citar el ejemplar de Hatra que, además, es prácticamente el único que ha llegado a nuestros días en condiciones para sacar alguna conclusión razonablemente sensata y, con todo, también llevan discutiendo sobre ella desde el año 72. En realidad, el hallazgo consistió en parte del armazón delantero, así que tampoco era para tirar cohetes. A la derecha podemos ver la pieza, de la que como vemos no queda mucho salvo lo que aparece en la foto y tres de sus cuatro arandelas. Pero, al menos, permitió sacar algunas conclusiones interesantes. El armazón estaba enteramente forrado por una chapa de bronce de 2 mm. de espesor, lo que denota que estaba creada para resistir unos resortes de gran potencia, capaces de reventar un armazón que fuese solo de madera. Está datada hacia el siglo III d.C.

El profesor Dietwulf Baatz (1928-     ) la estudió en 1975 y le llamó la atención lo achaparrado del armazón para una máquina de este tipo, que requerían madejas de cuerda larguísimas como hemos visto, así como que el rebaje semicircular para las palas estuviera en la cara interna del soporte del armazón, lo que implicaría que era una BALLISTA con tensado interno, y no con el externo convencional. Ese concepto no era nuevo en realidad, pero nunca había sido plenamente aceptado a pesar de ser, no solo perfectamente viable, sino mucho más eficiente. A la izquierda vemos una recreación de la máquina que, en este caso, sería de tipo medio. Su funcionamiento es convencional, pero como vemos, los brazos están colocados hacia adelante para que al tensarse lo hagan por dentro del armazón, que se calcula tendría alrededor de 220 cm. de largo. Era una máquina rechoncha, pero no necesitaba más altura. Lo que si requería era anchura para dar espacio a los brazos.

En el gráfico de la derecha podemos ver con más detalle el aspecto frontal del armazón, con su superficie enteramente forrada de bronce remachado por ambas caras. En el centro vemos la caña y el deslizador con su bolaño listo para ser disparado. Conviene observar la lámina de cuero colocada en el centro de la verga para que el empuje de esta no se desvíe con la pelota de piedra y ocurra un desastre. Se desconoce si tenían algún detalle más refinado, pero Len Morgan fabricó una que es una virguería, formando una correa a base de cuero y fibras de tendón con una argolla del mismo material en cada extremo para fijarla a la verga, otra en la parte trasera para la soga del torno y hasta una pequeña protuberancia que, en contacto con el bolaño, aseguraría una salida más limpia del deslizador.

La diferencia entre una BALLISTA con tensión exterior o interior podemos verla en el gráfico. A la izquierda vemos una provista de un palintono convencional que le permite un recorrido máximo de 55º, mientras que la otra lo ve aumentado hasta 95º, y se podía incluso llegar a los 105º. Obviamente, el rendimiento de esta máquina era muy superior a igual de peso del proyectil por estar mucho más tiempo bajo la acción del empuje de los brazos hasta que salía despedido. No sabemos si esta tipología tuvo más o menos expansión, pero por la época en que está datada no sería raro que, a la vista de su rendimiento, fuese un modelo ampliamente difundido entre la artillería imperial. 

Bueno, con esto creo que ya está todo dicho. En todo caso, la BALLISTA no era un arma destinada a durar mucho más tiempo. Era demasiado compleja, demasiado cara, y demasiado grande. Necesitaba proyectiles cuidadosamente elaborados para sacarle su máximo rendimiento, y en campaña eso no siempre era posible salvo que se dedicaran, como era habitual, a devolver al enemigo los que les lanzaban y viceversa. De hecho, el onagro, una máquina también de torsión de un solo brazo muchísimo más básica, barata y versátil era en realidad más adecuada para un ejército que debía llevar toda su maquinaria desmontada en un interminables trenes de impedimenta y acompañados de una tropa de ingenieros y operarios que supiesen montarlas y ponerlas a tiro. En resumen, el fin del imperio romano fue el final de la BALLISTA, si es que no fue relegada antes al olvido, cosa que desconocemos. 

En fin, ya tá.


Pequeñas, manejables, fáciles de usar y muy baratas. O sea, justamente lo contrario de lo que eran estos imponentes chismes.
Con todo, y a pesar de sus limitaciones y de su complejo diseño estuvieron dando guerra unos 600 años, que no son pocos