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sábado, 24 de noviembre de 2018

TUNICA MILITAR ROMANA. República y Principado


Probo ciudadano recreacionista vestido con
su túnica reglamentaria. Lo que apoya en el
suelo no es una guitarra eléctrica, sino una
pala
INTROITO

No deja de ser paradójico que se conozca con pelos y señales toda la panoplia de armas usadas por el ejército romano y, sin embargo, algo tan básico como la túnica sea a estas alturas la protagonista de enjundiosos estudios porque, al menos las de la época que nos ocupa hoy, no se sabe con certeza si hubo uno o varios modelos, ni tampoco algo tan elemental como su color. Esto último es objeto de apasionados debates entre los probos ciudadanos recreacionistas que, desde hace unos 30 años, no paran de indagar en ese tema, asacando teorías de lo más variopintas sin que, en realidad, se haya podido dar aún ninguna respuesta a este misterioso arcano. Por este motivo más de uno ha acabado en la bañera emulando al gran Petronio, el refinado ARBITER ELEGANTIARVM que, harto de escuchar a Nerón rascar la lira, decidió poner término a su existencia junto a la deleitosa compañía de la hermosa Eunice si bien, me temo, que en el caso de los indagadores de este misterio cromático no los acompañó en el tránsito más que los berridos de la parienta porque ese mes se le había pasado pagar el recibo del Ocaso, y si palmaba costaría un pastizal la broma. Puede que más de uno se pregunte qué sentido tiene pasarse la vida intentando averiguar algo que, en sí, es bastante irrelevante, pero condición humana es buscar afanosamente lo que desconocemos para, finalmente, si logramos averiguarlo llegar a la conclusión de que no merecían la pena el esfuerzo y el tiempo invertidos. Pero, por suerte o por desgracia, somos así y es lo que hay. Y dicho esto, vamos al tema que el camino es largo.

Hay mucha literatura exponiendo cienes y cienes de teorías sobre las puñeteras túnicas pero, por desgracia, la enorme cantidad de "sin embargos", "no obstantes" y "peros" es tan abrumadora que, al final, acaba uno llegando a una única e inapelable conclusión: te quedas igual que estabas, es decir, sin saber a qué carta quedar. Apenas han aparecido restos textiles de la época que nos ocupa. Una muestra la podemos ver en la foto de la derecha, donde mostramos algunos de los que aparecieron en Masada, la Numancia judía de la que ya hablamos en su día. Sin embargo (este es el primero de mi lista personal), no es posible saber si pertenecían a túnicas militares porque, como era habitual en los campamentos de la época, la presencia de personal civil era frecuente tanto dentro como fuera en forma de individuos dedicados a los cometidos más variopintos, desde putas para aliviar los humores del personal a proveedores de vituallas o tratantes de cualquier suministro para el ejército. Sea como fuere, la cuestión es que con esas muestras de tejido poco se puede saber salvo la calidad del mismo, la urdimbre y el tipo de tinte empleado.

Probo ciudadano recreacionista vistiendo una exomis.
Como vemos, era una prenda amplia que, si se terciaba,
permitía cubrir el hombro derecho cuando no se estaba
trabajando o matando gente
Bien, la cuestión es que las únicas referencias que tenemos acerca del aspecto de la túnica militar son las representaciones artísticas de la época, como estelas funerarias, la Columna de Trajano y alguna que otra procedente de mosaicos y ajuar culinario doméstico. El término TVNICA procede, según el visigodo Isidoro que tiene el gran honor de ser paisano mío, de TONVS, o sea, ruido, ya que era lo que producía al caminar con ella puesta. Por razones que veremos más adelante, al menos en lo que a mí respecta colijo que, como tantas otras cosas, la túnica militar procedía del mundo griego, concretamente de la ἐξωμίς  (exomis), una túnica muy extendida entre los helenos y que los espartanos usaban teñida de color rojo o púrpura usada. Su etimología es bastante descriptiva: ἐξω (exo, fuera) y ωμως (omos, hombro), o sea, la típica túnica que se usaba dejando el hombro derecho libre de ropa para trabajar y/o combatir sin ningún tipo de traba o impedimento. Esta túnica era denominada por los romanos, según Isidoro, como TVNICA RUSSATA en referencia a su color, afirmando que las teñían en ese tono para que la sangre producida por las heridas en combate fuesen menos visibles y no envalentonasen al enemigo (Etimologías, XIX 22, 6-7). 

Aclarado este hipotético origen, la túnica militar era básicamente un rectángulo de lana formado por dos piezas cuyos bordes salían del telar orillados para no tener que cogerles un dobladillo. Aunque el tema del tejido también levanta polémicas, de eso hablaremos más tarde, ciñéndonos de momento a su apariencia. No hay certeza de que se fabricaran en distintas tallas si bien diversos grupos recreacionistas han podido comprobar que tampoco había necesidad de ello. Además, y esto es criterio mío, debemos recordar que para ingresar en el ejército romano se requería una talla mínima y una constitución fibrosa, por lo que no debía haber demasiada diferencia en la estatura y constitución del personal. Su elaboración era extremadamente simple: bastaba coser los costados y la parte superior dejando una abertura para la cabeza y dos para los brazos, siendo una vez vestida ceñida por el CINGVLVS. El tema del cinturón tenía su enjundia porque, por norma, debía estar siempre bien ajustado, siendo síntoma de afeminamiento llevarlo flojo. De hecho, un castigo habitual para faltas menores consistía en obligar a los causantes de la ira de los centuriones a pasearse por el campamento con la túnica puesta, pero sin cinturón, lo que provocaba las burlas de sus compañeros y ser tratado de cobarde y sodomita. En la ilustración superior vemos a un legionario en tan amargo trance y, de paso, podemos ver el aspecto que ofrecía la túnica una vez vestida. Era un saco de patatas, vaya...

Como salta a la vista, era una prenda muy amplia y holgada ya que sabemos las dimensiones de forma muy aproximada. La más exacta nos la proporciona un papiro datado hacia en 138 d.C. en el que figura un pedido de ropa y mantas a una fábrica de tejidos de Filadelfia, en Egipto, para suministrar al ejército de Capadocia. En el papiro se especifican las medidas exactas de una túnica, que debía tener 3,5 codos de largo (155 cm.) por 3 codos y 4 dedos de ancha (140 cm.). Esta desmesurada anchura hacía que los extremos colgasen sobre los brazos cubriendo casi hasta los codos, pero la cuestión es que, en realidad, carecían de mangas. Recordemos que, al igual que pasaba con el cinturón, hasta allá por el siglo III d.C. las mangas también estaban mal vistas y consideradas propias de afeminados, tolerándose solo en críos pequeños y ancianos durante los meses invernales. Así pues, el aspecto que debían presentar las túnicas de la época que nos ocupa sería más o menos el que vemos en la ilustración de la izquierda. Ciertamente, no se puede decir que fuese un traje elaborado por un sastre del Strand (Dios maldiga a Nelson). Como vemos, para compensar la longitud de la prenda se recurría al cinturón, formando una bolsa sobre el vientre más o menos amplia en base a la estatura del sujeto y de forma que quedase por encima de la rodilla para que no estorbase al caminar o al correr. El brazo extendido nos muestra la gran cantidad de tejido sobrante que caía sobre los hombros.

Hay también una controversia (como no) por este tema, asegurando algunos autores que los legionarios disponían de dos túnicas, una para usar cuando no portaban armadura y otra para combatir, siendo esta última de unas proporciones más ajustadas. No hay constancia de esto y, de hecho, se han realizado pruebas que demuestran que precisamente ese exceso de tejido era incluso ventajoso ya que amortiguaba mejor los roces con la loriga. Una de las causas para divulgar esta teoría son las estelas funerarias aparecidas en la Germania, únicas en el mundo militar romano, que muestran al finado vestido con un tipo de túnica totalmente distinto y de las que podemos ver dos ejemplares en la foto de la derecha. La de la izquierda corresponde a Annaio Davezo, un auxiliar de la III COHORTE dálmata cuya túnica forma una amplia curva en su parte inferior llena de pliegues que, además, no coinciden con los de la parte superior, lo que ha hecho pensar que podría tratarse de una especie de SVBLIGACVLVM al estilo de los gladiadores y, en vez de ceñido con un cinturón, con un BALTEVS más ancho que ocultaría que la parte superior era como una especie de camisa corta. En cuanto a la estela de la derecha, pertenece a Plubio Flavoleo Cordo, de la LEGIO XIIII. Muestra un plisado menos complejo, pero mantiene la parte inferior también curvada. Ambas estelas están datadas hacia mediados del Principado, y por los hallazgos disponibles parece ser que esta moda solo estuvo vigente en la primera mitad del siglo II d.C., comenzando a decaer en la segunda. Siendo pues una tipología tan localizada y de tan breve duración, la opinión más extendida es que en realidad se trata de licencias artísticas de los escultores de la zona y, de hecho, se ha intentado imitar ese acabado con prendas tanto de lana como de lino sin que sea viable con ambos tipos de tejidos.

Escena de la Columna de Trajano que muestra a un grupo de legionarios
talando árboles. Algunos llevan el hombro derecho descubierto, mientras que
los marcados con el círculo rojo tienen la prenda recogida en la nuca
Así pues, lo más probable es que el legionario usara un único tipo o modelo independientemente de que tuviera más de una. Hay constancia de cartas en las que se pedía a la familia el envío de una túnica extra, bien por deterioro de la propia o por disponer de otra fabricada con un tejido más ligero o cálido en función del clima, y considerando que durante determinadas épocas el importe del vestuario se detraía del sueldo del personal, pues nunca estaba de más sacarle a papá una túnica gratis por la que el ejército le cobraba en este período unos 6 denarios. Se baraja la posibilidad de que usaran una, bien de lana, bien de lino, en su color natural o blanqueado y otra, la TVNICA RUSSATA mencionada anteriormente por Isidoro, cuando entraban en combate. Tampoco hay constancia de esto, pero es una posibilidad a tener en cuenta. Y retomando el tema de su procedencia griega, en este caso sí tenemos testimonios sobrados en la Columna de Trajano o el sarcófago de Belvedere (c. finales siglo II d.C.), donde se puede ver en varias escenas de la misma al personal trabajando con la túnica colocada de ambas formas, o sea, cubriendo el torso o dejando el hombro al aire. 

También hay infinidad de polémicas con el tema del hombro a pesar de que hay testimonios sobrados de la existencia de este tipo de túnica, más que nada en base a que esta sería, por así decirlo, una prenda de trabajo, existiendo otra que quedase más ajustada al cuerpo. Como vemos a la derecha, el legionario que aparece de espaldas muestra el aspecto de la túnica con el sobrante de tela recogido en una especie de moño con la ayuda de un cordel o una fina correa de cuero. Aunque hay quien afirma que esto debía suponer una incomodidad, la realidad es que no solo no estorbaba para nada cuando se vestía la loriga (se han hecho tropocientas pruebas, como está mandado), sino que incluso protegía el cogote del roce con la amplia ala trasera de la GALEA. En cuando a su cuñado, que aparece de frente, vemos que en efecto el brazo despejado suponía una mayor comodidad para manejar las pesadas dolabras del ejército y ayudaban a soportar mejor los rigores de los climas cálidos de la ribera mediterránea. Para vestirla de forma "reglamentaria" bastaba meter el brazo por su abertura y pedir a un compañero que le recogiera el "moño" de tejido sobrante, cosa que ciertamente podrían incluso hacerse ellos mismos de la misma forma que un melenas se recoge la coleta.

Un aditamento en el que no se suele reparar es la correa que vemos en el relieve de Chatsworth que podemos ver a la izquierda y que hemos sombreado de rojo. Se trata de una estrecha tira de cuero que, al parecer, estaba decorada con tachones de bronce. Como vemos, de ellas no pende ni la espada ni ninguna bolsa, quedando muy ceñidas al cuerpo. La teoría más aceptada es que era para recoger el tejido sobrante que caía sobre los costados y no dificultase la extracción de la espada que, como sabemos, en el caso de los legionarios pendía en el lado derecho del cuerpo. No es ningún dislate pensar que la correa en cuestión no tenía otra finalidad ya que era habitual que los legionarios permaneciesen armados en todo momento, incluso cuando estaban fuera de servicio sin armadura o dedicados a sus faenas cuarteleras. De ese modo, en caso de emergencia, no se verían con el pomo de la espada trabado en la enorme túnica en la que cabía un senador ahíto de tripas de oso confitadas con miel y pastel de lenguas de colibrí.

En lo referente al color, que es lo que produce más espasmos cerebrales en los probos ciudadanos recreacionistas, no hay en modo alguno seguridad acerca del mismo. Aunque tradicionalmente se representa a los legionarios con una túnica roja, actualmente se está imponiendo la teoría de que en realidad usaban una del color natural del tejido o bien blanqueado, independientemente de que Isidoro de Sebiya nos asegure que se vestían una roja para emular a los espartanos y disimular la sangre. Así pues, la opinión más aceptada es que legionarios y suboficiales vestían una túnica en un tono crudo, los tribunos y demás mandos superiores en blanco con las franjas en color púrpura propias de su estatus social, y que solo los centuriones la vestían en rojo para ser más fácilmente identificados. A mí esta teoría me resulta un tanto absurda por dos motivos: un centurión armado dejaba poca túnica a la vista, y para ser identificados en batalla ya usaban la vistosa CRISTA TRANSVERSA, el penacho transversal que era muchísimo más visible que unos pocos centímetros de tela asomando por debajo de las PTERIGES. En lo que a mí respecta, me inclino a pensar que todos vestían del mismo color salvo los mandos superiores para poder hacer más visibles las CLAVI propias de su rango, pero el resto usaban uno u otro color en base a la disponibilidad del mismo.  Por cierto que hay constancia gráfica en algunos retratos procedentes de legionarios que sirvieron en Egipto que muestran que sus túnicas también usaban CLAVI, pero obviamente de otros colores, en concreto rojo y negro sobre túnicas de color claro (v. foto superior). En estos casos no se trataba de tiras de tela cosidas sobre la prenda, sino que eran tejidas al elaborar la pieza. 

El tema de los tintes no era ningún misterio para Roma. De hecho, por todo el imperio había tintorerías cualificadas si bien era en la Galia donde estaban las mejores fábricas por el extenso surtido de colores y tonalidades que obtenían de materias orgánicas y minerales. En todo caso, la mayoría eran de origen vegetal con un mordiente para fijarlos al tejido, por lo general alumbre o sales de hierro que obtenían de algo tan simple como el óxido de los clavos. El alumbre era el preferido para realzar el brillo del color final. Tampoco era ningún secreto para ellos el proceso para blanquear la tela, que ya sabemos que una de las más acendradas tradiciones romanas era usar siempre ropa absolutamente blanca hasta que con la llegada del imperio se empezaron a poner de moda los colores en la vida civil. El rojo lo obtenían de la RVBIA TINCTORVM, vulgo rubia roja, una planta abundante que permitía obtener tinte barato en cantidad sin problemas. Al parecer, solo en la brumosa Albión no se daba esta planta, pero siempre se podía importar liofilizado o bien recurrir a la cuajaleche (GALIVM VERVM). En cuanto a la rubia roja, esta planta ya se usaba en Egipto 2.500 años antes de los tiempos de Cristo, y no revestía ningún problema para su elaboración. Incluso con la adición del mordiente se podían obtener distintas variedades de tono que podían ir desde el amarillo melocotón al marrón.

Solo el púrpura era verdaderamente caro, muy caro, y por ello usado solo por las clases sociales muy pudientes de un estatus social más elevado y, obviamente, los césares y familia. La púrpura solo la sabían elaborar los tintoreros de Oriente Próximo, en especial los de Tiro, donde vivía el crustáceo llamado MVREX BRANDARIS de donde se obtenía el precioso tinte. Como vemos en la foto, no son más que puñeteras cañaíllas como las que nos comemos en el chiringuito de Chipiona o Matalascañas, pero la buena de verdad era la de Tiro. Este tinte, cuyo proceso de elaboración guardaban como oro en paño, costaba en aquella época 100 denarios la libra (273 gramos) el más barato, habiendo variedades que alcanzaban la friolera de 1.000 denarios la libra. Un legionario ganaba en aquella época unos 300 denarios al año, así que ya podemos hacernos una idea del precio del dichoso tinte que solo se podían permitir los legados, procónsules y tribunos de las familias más pudientes. Como dato curioso, añadir que se obtuvo una púrpura falsa tiñendo con añil encima de prendas rojas. Había otro que se sacaba de un liquen fermentado con orina rancia que, supongo, dejarían orear un par de lustros antes de que se le fuese el pestazo de retrete de estación de ferrocarril de los años 60. En todo caso, lo cierto es que la púrpura auténtica era muchísimo más resistente a los lavados y al desgaste, por lo que las prendas teñidas de púrpura falsa daban el cante en seguida. Por todo ello y en base a la facilidad con que los tejidos al uso admiten el tinte se ha propuesto la teoría (sí, otra más) de que la lana, al ser más fácil de teñir era la que se solía usar para estos menesteres, si bien en caso de dejarla en su color natural este podía variar enormemente en base a la raza de la oveja de la que se obtenía el tejido. Mientras tanto el lino, más complicado de fijar los colores, se dejaba en su color natural o se blanqueaba dejándolo al sol. 

Distintos fragmentos de la Columna de Trajano en la que aparecen tropas
auxiliares. Todos visten túnicas muy cortas, prácticamente lo que daría de
sí una camiseta moderna. Obsérvese que no usan el típico cinturón militar
que, en una prenda así, no tendría utilidad alguna
Como colofón, añadir un detalle acerca de la longitud de las túnicas ya que en algunos testimonios de la época, como la Columna de Trajano, se aprecian tropas auxiliares que la usan mucho más corta. Esto no casa con las estelas funerarias de este tipo de tropas que muestran túnicas iguales a las de los legionarios, por lo que surge el enésimo dilema con sus correspondientes teorías al respecto. Una de ellas sugiere que era una mera forma de diferenciar a los ciudadanos de los que no lo eran y facilitar de ese modo su identificación. Eso se me antoja una chorrada ya que los auxiliares no servían mezclados con legionarios y todo el mundo podía identificarlos por sus estandartes, así que tomaría como más lógica la que supone que, simplemente, se trataba de tropas procedentes de territorios en los que su moda particular les hacía usar un tipo de túnica más corto que, por otro lado, facilitaba a los jinetes auparse de un salto en sus caballos (recordemos que aún estaban por inventar los estribos). Vistiendo bajo la túnica el BRACÆ propio de los jinetes podían permitirse usar una túnica corta que les hiciese más fácil moverse.

Reconstrucción realizada por el ilustrador Graham Sumner
basada en el retrato de un féretro de un soldado romano
fallecido en Egipto. En el mismo vemos que viste una túnica
blanca, seguramente de lino, con dos CLAVI rojas a cada lado.
Cruzando le pecho lleva la correa destinada a recoger el
sobrante de tela que mencionamos anteriormente
Bueno, dilectos lectores, como vemos el tema de las puñeteras túnicas daría para 19 tomos, pero con lo que hemos visto ya podemos hacernos una idea del tema aunque, como ha quedado aún más claro, determinados detalles aún no tienen una respuesta concreta. Y colijo que más que a falta de información se debe a que la poca que hay es interpretada por tropocientos historiadores a su manera para tener la razón, costumbre muy irritante entre estos probos estudiosos que, por lo general, en muchas ocasiones suelen anteponer sus egos a los datos disponibles. Sea como fuere, creo que hemos aportado información suficiente para que cada cual se haga sus propias teorías y las añada a las que ya hay, que no son pocas. En una próxima entrada hablaremos de la túnica militar desde el final del Principado hasta el finiquito del Imperio, y en este caso sí se disponen de pruebas contundentes que no dan lugar a tanto "no obstante",  "pero" o "sin embargo" que citamos al comienzo de este artículo.

En fin, se acabó lo que se daba, amén y tal.

Hale, he dicho

Probos ciudadanos recreacionistas emulando legionarios de tiempos de la República. Como salta a la vista, el color de la
túnica prácticamente no puede verse por estar tapada por la loriga. Por otro lado, y contradiciendo a Isidoro, mientras que
los primitivos espartanos no usaban armadura y ciertamente el rojo disimulaba el color de la sangre, en este caso resaltaría
bastante sobre el gris metálico de la cota de malla. 

domingo, 4 de marzo de 2018

La armada imperial de Roma. Rangos y oficios




Los que ya peinen un porcentaje de canas bastante elevado o incluso no tengan nada que peinar como no sea el bigote, quizás recuerden aquellos anuncios que invitaban a los jóvenes a alistarse en la Armada y hacerse un futuro aprendiendo un oficio durante el tiempo de servicio. "¡Muchacho, la marina te llama!", decían... ¿Lo recuerdan? Bueno, si a los romanos le hubieran incitado con un eslogan similar se habrían muerto de asco esperando candidatos porque, como ya comentamos en una entrada anterior, estos probos ciudadanos eran más de secano que un campo de garbanzos. Por otro lado, la estructura jerárquica de la marina imperial era diferente a la del ejército y, además, fue cambiando a lo largo del tiempo de forma que tanto sus mandos como las tropas tenían una organización bastante diferenciada de sus colegas terrestres. Veamos pues como funcionaban estos hombres que, a lo tonto a lo tonto, tuvieron un protagonismo de primera clase tanto en la creación como el sostenimiento del imperio por los motivos que ya anticipamos en la primera entrada de esta serie náutica y que, sin embargo, son más desconocidos que la ética y la moral en un político. Veamos pues...

En el abordaje tomaban parte tanto la infantería de marina
como los marineros de la nave. Los remeros permanecían
en sus puestos, prestos a efectuar las maniobras que se
les ordenasen
Ante todo debemos tener en cuenta las distintas clases de tropas embarcadas. En primer lugar tendríamos los NAUTÆ, o sea, los marineros. Pero no solo se dedicaban a las labores propias de su oficio en lo tocante al manejo de la nave, sino que iban armados y tomaban parte en los combates si llegaba el momento de intercambiar opiniones con los enemigos. Por otro lado tenemos lo que hoy día llamamos infantería de marina, legionarios que solo actuaban cuando había que combatir y que eran denominados MILITES CLASSIARII, es decir, militares de la flota. Estas eran tropas del ejército regular que simplemente eran embarcados para luchar sobre mojado. Los romanos consideraban, al menos en los primeros tiempos del Principado, como algo deshonroso el hecho de ser enviados a servir en una galera, así que no había precisamente bofetadas por apuntarse. De hecho, lo consideraban incluso como una forma de castigo e incluso muchos eran enviados como MILES CLASSIARIVS por mal comportamiento. Finalmente estaban los REMIGES, los remeros, que como ya se explicó en su momento no eran en modo alguno los forzados que salen en las pelis echando los bofes dándole al remo ni eran encadenados en los momentos previos al combate. Antes al contrario, eran gente disciplinada a los que no había que animar a golpe de látigo para que cumplieran con su deber. No obstante, lo cierto es que eran lo más bajo del escalafón, soliendo alistarse para este oficio ciudadanos de baja estofa, libertos o hombres reclutados en provincias con una larga tradición marinera, que solían ser los que mejor rendimiento daban y que eran llamados SOCII NAVALES. No obstante, cierto es que en caso de necesidad se recurría a esclavos, pero no como una condena, sino para cubrir vacantes cuando no había bastante personal para ello. En todo caso, a comienzos del Principado los tripulantes que ostentaban la ciudadanía romana eran prácticamente los infantes de marina, mientras que la marinería y los remeros eran casi todos de Asia Menor, Tracia, Bitinia, Egipto y Siria, provincia esta última que solía dar los mejores en su oficio.

Tal que así serían los puertos de las CLASSIS PRÆTORIA de Milvio o Rávena
Con todo, con la llegada del Principado se fueron formando legiones destinadas a servir en la marina en vez de optar por la costumbre de enviar a los desechos del ejército a las mismas. A medida que iba pasando el tiempo incluso se prefirió nutrirlas con hombres procedentes de las provincias, especialmente de Cerdeña, Córcega, Panonia y Dalmacia, cuyos habitantes eran gentes que durante generaciones habían estado en contacto con el mar, reservando los romanos con pedigrí para las legiones terrestres. Eso no era óbice para que, si era preciso, las legiones embarcadas fueran transferidas a un ejército de tierra para combatir junto a sus colegas en cualquier batallita molona. En realidad, las legiones destinadas a las flotas de Rávena y Miseno, acampadas en las cercanías de cada una de sus bases, no perdían el tiempo mientras no navegaban, siéndoles confiadas las misiones más variopintas para que no se amorcillaran en sus campamentos.

BALLISTARI arrojando una pella incendiaria. Una de esas bolas
ardientes bien colocada en una nave enemiga podía decidir el combate
Por poner algunos ejemplos, en tiempos de Clau-Clau-Claudio se acantonaron dos cohortes de MILITES CLASSIARII en Puteoli y Ostia para hacer de bomberos (por si alguno no lo sabe, el primer cuerpo de bomberos organizado ex-profeso como tal fue obra de Marco Licinio Craso si bien de forma nada altruista, sino todo lo contrario), mientras que otros eran enviados a un CASTRVM en Roma donde tenían la misión de transportar los envíos de armas procedentes de las FRABRICÆ, así como su custodia desde el puerto de Ostia remontando el Tíber en botes. Por otro lado, cuando eran agregadas a los ejércitos convencionales solían ser empleados como exploradores, descubriendo tierra por delante de sus compañeros mientras eran apoyados y cubiertos por la caballería en caso de un repentino ataque. Del mismo modo, se sabe que tomaban parte en labores de fortificación y/o construcción de CASTRA. Como vemos, eran unos sujetos asaz polifacéticos. Añadir que las legiones creadas para servir en la marina solían recibir el mote de CLASSICA (naval) o ADIVTRIX (ayudante) en referencia a que podían ser agregadas a los ejércitos de tierra.

MILES CLASSIARIVS y OPTIO
Bien, este era el personal embarcado cuya estructura permaneció prácticamente inalterable. Solo a partir de Otón, el sucesor de Galba, las tropas embarcadas empezaron a ser consideradas en un nivel cada vez mas igualitario que las de tierra, llegándose incluso a alistar ciudadanos con ocho apellidos romanos si bien por cuestiones prácticas, los mandamases siguieron prefiriendo SOCII NAVALES por considerarlos más adecuados para combatir en el mar. En resumen, que ya podemos irnos olvidando de esa imagen de todos los legionarios de una flota con aspecto de latinos de pelo castaño y piel clara ya que la inmensa mayoría eran sujetos procedentes de razas de piel más oscura o incluso negros. Es lo que pasa con los estereotipos, que cuesta trabajo sacarlos del magín, pero lo cierto es que si nos paseásemos por una trirreme en tiempos de Nerón veríamos pocos romanos salvo en los mandos. El resto pertenecerían a las más diversas culturas si bien para facilitar la comunicación solían agrupar en el mismo barco hombres de zonas donde primaba la cultura helenística o bien la romana. Y si alguno se pregunta cómo los mandos, todos romanos, se hacían entender con el resto del personal, recordemos que entre los patricios romanos el griego era como para nosotros el inglés, todos lo hablaban sin problema y, de hecho, muchos de los historiadores que nos han legado los entresijos de la marina de Roma lo hicieron en griego o usaban términos griegos para las cuestiones técnicas o para designar a los distintos tripulantes. Por ejemplo, los MILITES CLASSIARII eran denominados como έπιβάται (epibátai), nombre que los probos helenos daban a los hoplitas que eran destinados a servir en las naves de guerra, o sea, infantes de marina. Los remeros eran llamados ερεται (eretai), y los marineros ναυται (nautai).

BALLISTARII cargando su MANVBALLISTA
En cuanto a los mandos, aquí si encontramos más discrepancias respecto a las legiones convencionales. Antes del Principado, la flota estaba al mando del NAVARCHA (recuerden, en latín CH se pronuncia K), un palabro también de origen griego. Una vez llevada a cabo la reforma de tiempos de Augusto, cada CLASSIS PRÆTORIA era mandada por un PRÆFECTVS, por lo que tenemos a dos de ellos, uno en Miseno y el otro en Rávena. Estos PRÆFECTI debían pertenecer al orden ecuestre, y estaban bajo el mando directo del césar. Los segundos al mando eran otros dos SUBPRÆFECTI que, por lo general, también pertenecían al orden ecuestre si bien no era obligatorio, y a ser posible con un mínimo de conocimiento o instrucción militar. Cuando se crearon las CLASSIS PROVINCIALIS, estas también fueron puestas bajo el mando de sus respectivos PRÆFECTI pero con un rango jerárquico inferior ya que dependían en este caso de los que mandaban en cada CLASSIS PRÆTORIA. En tercer lugar en la escala de mando tenemos a los PRÆPOSITI, oficiales subalternos nombrados por los PRÆFECTI para mandar las fracciones de la flota o VEXILLATIONES que eran enviadas a los puertos auxiliares. 

CENTVRIO CLASSIARIVS (c. siglo II d.C.)
Finalmente estaban los centuriones que, en este caso, eran denominados como CENTVRIONES CLASSIARII, o sea, centuriones de la flota que, como ocurría con las tropas a su mando, tenían menos categoría que sus colegas terrestres. A lo largo del tiempo fue variando el estatus de estos oficiales, lo que solo se sabe a través de diversas estelas funerarias de probos militares que desempeñaron este oficio, así que tampoco es que podamos tener una certeza absoluta en lo referente a épocas y nombres. En todo caso, los centuriones ostentaban el mando de 100 hombres, como sus colegas de las legiones convencionales. Al parecer, solo a partir del siglo II d.C. fue cuando su categoría fue equiparable en ambos cuerpos. Es más, durante el reinado del emperador Antonino se crearon tres clases de centuriones superiores a los CLASSICII de siempre. Los de rango más elevado eran denominados como NAVARCHI ORDO TERTIVS, que ejercían el mando de una flota y siendo jerárquicamente equiparables a los PRÆPOSTI y los PRÆFECTI de las CLASSIS PROVINCIALIS. En segundo lugar estaban los pertenecientes al ORDO SECVNDVS al mando de flotas pequeñas, y por último los del ORDO PRIMVS, que estaban al mando de una sola nave. Por debajo de ellos, como ya hemos dicho, permanecían los CENTVRIONES CLASSICII. Sí, ya sé, es un poco lioso, pero es lo que hay. De todas formas, cuando uno se lo lee 36 veces ya se empieza a ver claro. 

Músicos y portaestandarte de una nave romana
Bueno, esta era la escala de oficiales. Los suboficiales eran los OPTIONE que conocemos sobradamente, los músicos, en este caso TVBICINES y CORNICINES, los SIGNIFERI o portaestandartes, y con estos se terminaban los tripulantes pertenecientes al ejército propiamente dicho, porque el resto eran marineros o funcionarios de las CLASSIS PRÆTORIA. Así pues, entre los subalternos dependiente de la marina tenemos el cómitre o HORTATOR, que era ayudado por un SYMPHONIACVS que tocaba algún instrumento para llevar el ritmo de la boga. El imprescindible timonel o GVBERNATOR y el PRORETA, el segundo timonel. Los BALLISTARII, que eran los servidores de las piezas de artillería de a bordo, a los que habría que añadir dos médicos y dos VICTIMARII, que eran los encargados de ayudar al sacerdote (sí, tenían capellanes castrenses y todo) en el sacrificio previo al combate que, caso de no ser propicio, hacía que dejasen la batalla para otro día porque los romanos eran supersticiosos a más no poder. Los encargados del mantenimiento de la nave también estaban perfectamente enumerados en los roles de cada nave, teniendo sus calafateadores o CŒMENTARI, carpinteros o FABRI NAVALIS, los VELARII, que fabricaban y reparaban las velas y, por supuesto, el DISPENSATOR CLASSIS, el pagador, figura de vital importancia a final de mes.

DIPLOMA de Lucio Bennio Beuza, que
sirvió en la flota de Rávena ( 100 a.C.)
Como colofón, mencionar que el período de servicio era de 26 años, elevándose hasta los 28 en tiempos de Trajano si bien a partir de los 26 recibían doble paga. Una vez concluido su contrato militar se convertían en VETERANVS, recibiendo su DIPLOMA que daba fe de que había servido como Júpiter manda al glorioso césar de turno. Según los ejemplares que han llegado a nuestros días, estaban formados por dos láminas de bronce unidas como si fuera un cuaderno. En la cara exterior se grababa una especie de sinopsis de toda la retahíla que venía en el interior para facilitar una lectura rápida del documento. Dentro se especificaba quiénes eran los testigos de la licenciatura y, a partir del reinado de Caracalla, en agradecimiento a los servicios prestados y por una suma de dinero, se le concedía la ciudadanía tanto a él como a sus hijos, y se daba el estatus de mujer legítima a su concubina porque, como ya sabemos, no tenían permitido casarse aunque todo el que quería o se atrevía podía tener su pareja. Una copia del DIPLOMA era enviada a Roma y depositada en el TABVLARIVM (archivo) para que quedara constancia para siempre jamás. Eran la hostia de organizados estos sujetos, ¿que no?

Bueno, estos eran los hombres que tripulaban las naves de la invicta Roma. Como hemos podido ver, su organización jerárquica eran asaz compleja y meticulosa, lo que era imprescindible para mantener el orden adecuado en una flota formada por los cientos y cientos de naves que vigilaban celosamente que nadie sacase los pies del tiesto en el MARE EIVS, que para eso era de ellos.

En fin, ya seguiremos.



viernes, 2 de marzo de 2018

La armada imperial de Roma. El armamento


Trirreme provista de dos torres. Antes de entrar en combate se plegaban las velas y la propulsión quedaba confiada solo
a los remos, de forma que la TORMENTARIA emplazada a bordo no se veía entorpecida por el velamen

Sí, ya sé que dije que la siguiente entrada sería sobre los rangos y oficios, pero me ha dado por el armamento. Total, da lo mismo el orden, ¿no? Bueno, pues eso...

En la entrada anterior mencionamos de pasada el CORVVS, así como el ROSTRVM y el PROELION como armamento ofensivo básico de las naves romanas. Con el CORVVS inmovilizaban los navíos enemigos mientras que con el ROSTRVM abrían una brecha en el casco y con el PROELION destruían las bancadas de los remeros. Obviamente, este tipo de armamento era empleado cuando se llegaba al contacto final con la nave enemiga, pero previamente al mismo se intentaba dañarla todo lo posible y, con suerte, incluso mandarla a pique antes de tener que arriesgarse en un abordaje que nunca se sabía como podía acabar. Para ello embarcaban máquinas convencionales que detallaremos a continuación, así como algún que otro invento ad hoc con fines meramente navales. Uno de ellos eran los DELPHINIS (delfines), destinados a complementar la devastadora acción del ROSTRVM. Como vemos en la ilustración superior, era algo bastante simple: dos largas pértigas de las que pendían sendas vasijas llenas de alguna substancia incendiaria como la brea o el azufre que se dejaban caer sobre la cubierta de la nave enemiga una vez empotrado el ROSTRVM en un costado de la misma. De ese modo podía lograrse que un devastador incendio acabase con la nave adversaria en menos que un cuñado se zampa un kilo de caña de lomo de la buena. Si hacía efecto bastaba ciar y alejarse a toda prisa para que las llamas no alcanzasen la nave propia, lógicamente

Maqueta de una trirreme que nos permite apreciar la morfología del CORVVS.
En la base del cabrestante se puede ver el torno destinado a bascularlo
En cuanto al CORVVS, fue ideado por el cónsul Gaio Duilio en una época tan temprana como la 1ª Guerra Púnica. Era básicamente una pasarela abatible o sambuca de unos 120 cm de ancho con barandillas a ambos lados para impedir que el personal cayera al agua al cruzarla. Conviene hacer notar que, en puridad, el CORVVS propiamente dicho era el pico de hierro que se clavaba en la cubierta enemiga si bien solemos identificar con ese nombre al artefacto entero. Como se comentó de forma somera en su momento, la principal táctica empleada por sus enconados enemigos africanos consistía en embestir con el espolón y abrir una brecha por debajo de la línea de flotación para, a continuación, dar marcha atrás y dejar que la nave romana se fuera a hacer puñetas sin arriesgarse lo más mínimo. Con el invento en cuestión no solo hacían que los cartagineses se lo pensaran dos veces, sino que les permitía llevar la iniciativa bloqueando la nave enemiga para permitir que su gente de guerra la abordase. Como dijimos, este bloqueo suponía además un riesgo añadido tanto en cuanto si una de las naves se hundía la otra se podía ir al abismo con ella. 

La ilustración muestra como el CORVVS se ha hincado en la cubierta y los
MILITES CLASSIS abordan la nave enemiga. Salta a la vista que, a partir de
ese momento, cualquier maniobra para separarse una de otra era imposible
Por otro lado, para poder abatir la sambuca del CORVVS era necesario embestir a la nave enemiga de flanco, cosa que lógicamente evitarían los enemigos intentando en todo momento ofrecer la proa para impedirlo. En resumen, la pugna se podía convertir en una persecución interminable, unos intentando incrustar el espolón en el costado del adversario, mientras que estos procuraban ponerse en una posición que les permitiese lanzar el CORVVS y abordarlos. Ojo, daba igual que fuese por babor o por estribor ya que el cabrestante que lo sujetaba, formado por un poste de unos 8 metros de altura, era giratorio. Según Vitruvio, en la flota de Augusto aún se seguía empleando este artefacto. En el 36 a.C., en el contexto de la batalla de Nauloco, se puso en práctica un nuevo artefacto que permitía prescindir del dichoso cuervo y, lo más importante, no requería de complejas maniobras previas para colocar la nave en la posición adecuada, lo que era bastante complicado debido al peso y la envergadura cada vez mayores de las naves romanas. Hablamos del HARPAX, palabro que podemos traducir como "el raptor", un híbrido de arpón y proyectil de balista que dejó perplejo al personal el mismo día del estreno.

Hasta aquel momento, la única forma de intentar aproximar una nave para abordarla eran los típicos garfios lanzados a mano. Estos garfios, llamados por su nombre griego ςιδεροι χειροι (sideroi cheiroi, mano de hierro), servían de poco si la tripulación enemiga estaba aprestada ya que cortaban los cabos de los garfios en un periquete, así que había que idear algo que no fuese tan fácil de cortar. No se sabe a ciencia cierta si el HARPAX fue un invento del comandante de la flota octaviana, Marco Vipsanio Agripa, o de alguno de sus ingenieros, pero de lo que sí se tiene constancia es que se usaron por primera vez contra las naves de Sexto Pompeyo, hijo del gran Gneo Pompeyo Magno. Gran parte de las 300 naves de Agripa estaban equipadas con ese chisme cuya recreación, basada en la descripción que hace el mismo Dion Casio, podemos ver en la ilustración superior. 

Recreación de Marco Agripa que hice tiempo ha. Es
posible que sin la intervención de este hombre, Octavio
nunca habría llegado a emperador. El que quiera ver
como se hizo la recreación, sírvase pinchar aquí
Básicamente consistía en un proyectil formado por una barra de madera de cinco codos de largo (2,25 metros) en cuyos extremos había sendos casquillos de hierro provistos cada uno de una argolla. En la delantera vemos el garfio que haría presa en la nave enemiga, y en la trasera el cabo que permitiría adosarla a la banda mediante unos tornos o con poleas. Una vez adosadas se iniciaba el abordaje o bien dejaba caer el CORVVS- caso de que la nave estuviese equipada con uno de ellos- y empezaba la fiesta. El HARPAX se lanzaba mediante una balista, lo que permitía apresar al adversario a mucha más distancia y, lo más importante, una vez enganchados no podían soltarse ya que el proyectil estaba recubierto por una carcasa de hierro que lo hacia invulnerable a los hachazos con que la tripulación, bastante preocupada por el puñetero invento, intentaría liberarse. Solo tiempo después y teniendo conocimiento de su existencia, se fabricaron largas pértigas armadas con una afilada hoz que permitía cortar el grueso cabo que unía el HARPAX a la nave enemiga. En todo caso, el estreno fue de lo más estimulante porque la flota de Agripa logró apresar unas 255 naves de Sexto Pompeyo. Solo 17 lograron salir echando leches de aquella encerrona. 


Un elemento característico de las naves de la época eran las torres. Dependiendo del tamaño del barco podía llevar una, generalmente emplazada en la proa, dos, a proa y popa respectivamente o incluso hasta cuatro en naves de gran porte como las HEXERIS, que con una eslora de casi 60 metros eran las mayores que hubo en servicio. Estas torres servían tanto para guarnecer a los SAGITARII (arqueros) como a los FVNDITORIS (honderos) que hostigaban a las tripulaciones enemigas en cuanto los tenían a tiro. Del mismo modo, se emplazaban en ellas la TORMENTARIA de la nave, compuesta generalmente por escorpiones, balistas y onagros. Estas torres, construidas de madera como ya podemos imaginar, eran recubiertas con láminas de metal o simples tablones que solían ir pintados imitando sillería como la que vemos en la ilustración superior. El color en que estaban pintadas era además una forma de identificación para que el NAVARCHA (el comandante de la flota) pudiera reconocer la posición de sus naves y distinguirlas de las enemigas. 


Onagro. Esta máquina permitía lanzar pellas de estopa o
vasijas con líquidos inflamables
Pero estas torres no estaban necesariamente instaladas en cubierta de forma permanente. Antes al contrario, se podían desmontar y ser emplazadas antes de entrar en combate. Agripa, que era un ciudadano asaz ingenioso que inventaba cosas chulas, diseñó un sistema que permitía montarlas en un periquete y, además, estaban provistas de una especie de telones fabricados de cuero o tela rellena de crin muy prensada. De ese modo, solo había que  montar la estructura principal (los carpinteros de la época eran unos figuras en el dominio de la carpintería de armar), tras lo cual le añadían los citados telones que, mientras no se usaban, iban enrollados en la bodega ocupando apenas espacio. De ese modo, los servidores de las máquinas permanecían a salvo de los proyectiles enemigos. En el caso, por ejemplo, de una balista o un escorpión, permanecían bajados mientras se recargaba la máquina, y solo cuando llegaba el momento de dispararla se abrían el tiempo justo. Los arqueros y los honderos, emplazados por lo general en la parte superior de las torres, se protegían con sus merlones como si de una muralla terrestre se tratase. No obstante, máquinas de pequeño tamaño como los escorpiones podían también emplazarse en la cubierta de las torres, disponiendo así de más ángulo de tiro que si iban en el interior.


En cuanto a las máquinas, del onagro ya se habló años ha. Pueden vuecedes consultar el tema pinchando aquí, que no es plan de repetir lo que ya se dijo en su día. Por otro lado tenemos la balista, un artefacto de la familia de las catapultas (del griego καταπελται, katapeltai) que apareció allá por el siglo IV a.C. bajo el patrocinio de Dionisio I, tirano de Siracusa. La balista era una máquina de torsión capaz de lanzar tanto bolaños como dardos que, en su versión naval, eran por lo general incendiarios, aparte del HARPAX que mencionamos al comienzo de la entrada. Como vemos en la imagen de la derecha, consistía en dos madejas fabricadas con crines o tendones cuya tensión podía regularse con las arandelas que se ven en la parte superior del armazón para torcer dichas madejas más o menos. Armadas con falaricas rellenas de estopa empapada en brea o aceite podían incendiar una nave enemiga sin problema. Eso sí, acertar a algo con una máquina colocada en la cubierta de un barco no era cosa baladí aunque el objetivo fuese algo tan grande como otra nave, y el riesgo de ver uno de esos dardos profundamente clavado en el casco o la cubierta era el mismo para ambos contendientes. 


Los escorpiones eran una versión reducida de estas máquinas que, lógicamente, tenían menos alcance, pero precisaban de apenas dos servidores para funcionar. Su trayectoria, más tensa que la de su hermana mayor, así como su menor tamaño, permitía emplazarlas en la parte superior de las torres, con lo que podían disparar a las naves enemigas desde una posición dominante. Su cadencia de tiro era más elevada, precisando solo accionar las dos palancas que vemos al final del armazón para tensar el mecanismo, tras lo cual se colocaba el proyectil bien cargado con estopa, se encendía y se disparaba. Las naves romanas solían ir armadas con varias de estas máquinas que, aunque pequeñas, eran verdaderamente temibles a corta distancia.


Estas dos máquinas eran, como hemos visto, de origen griego y estuvieron en uso durante siglos sin apenas modificaciones. Sin embargo, hacia el siglo I d.C. surgió una modificación que mejoraba substancialmente las prestaciones de los escorpiones, la cheirobalistra (balista de mano en griego), llamada también MANVBALLISTA por los romanos. Esta máquina, sobre cuya paternidad hay cierta controversia si bien se cree obra de Herón de Alejandría, un probo e ingenioso inventor al que se le atribuyen, entre otras genialidades, la primera máquina de vapor de la historia, era básicamente un escorpión en todos los sentidos, pero con una diferencia en su mecanismo de tensión. En vez de las madejas de fibras del escorpión usaba unos muelles metálicos que iban metidos en los cilindros que aparecen a los lados del armazón de la máquina. Este mecanismo eliminaba los problemas derivados de la pérdida de tensión debido a la humedad o a un exceso de la misma por los cambios de temperatura, así como el desgaste propio de unos materiales de origen orgánico. Pero, además, aumentaba de forma notable su potencia. En pruebas llevadas a cabo con réplicas se ha comprobado que una de estas pequeñas máquinas podía lanzar un dardo capaz de atravesar una chapa de hierro de 2 mm. de espesor a 50 metros de distancia, que no es moco de pavo. Esto, en el campo que nos ocupa, se traducía en un mayor alcance y en que los proyectiles se clavaban más profundamente, lo que dificultaría su extracción y facilitaría al mismo tiempo transmitir el fuego al barco enemigo.


Dromón de un palo del siglo V d.C. Como vemos, sigue llevando las
máquinas en cubierta, y la tradicional torre ha sido sustituida por un
castillo de proa que  aloja a una balista. En cuando al espolón, fueron
desplazados hacia arriba, por encima de la línea de flotación
Bueno, este era grosso modo el armamento de que disponían las naves del imperio. Solo concretar antes de dar término a esta entrada que las torres fueron eliminadas cuando las galeras dieron pasos al dromón (el rápido), una nave derivada de la LIBVRNA que aparece mencionada por primera vez por Eunapio de Sardes en el siglo IV d.C. Básicamente, se trataba de naves en las que los bancos de los remeros estaban cubiertos y sin la tradicional crujía que apenas dejaba espacio para la gente de guerra embarcada, y que habían sustituido su aparejo de velas cuadradas por las triangulares que hoy conocemos como latinas. Eran barcos más rápidos y maniobrables que los usados anteriormente, pero de eso no toca hablar hoy. Por cierto que, respecto a la TORMENTARIA mencionada, palabrita del Niño Jesús que ya dedicaremos una serie de artículos donde podamos conocer más a fondo las balistas y sus hermanas menores, las cuales no hemos estudiado aún.

Ah, y una cosilla más... Puede que alguno considere que he omitido el fuego griego que, aunque correspondiente a una época bastante tardía, al cabo era originario del Imperio de Oriente. En cualquier caso, el que quiera consultar sobre ese tema puede hacerlo hincando hasta los nudillos del dedo de la manita aquí.

En fin, con esto vale por hoy. Está lloviendo más que el día que enterraron a Bigote, así que voy a recrearme con el meteoro, que esto no se ve todos los días por estos lares.

Hale, he dicho

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Hasta hace apenas 150 años el principal enemigo de cualquier barco era el fuego. De ahí que la mayor parte, por no decir
todo, de lo que se arrojaban en las batallas navales fueran proyectiles o substancias incendiarias. Una nave en la que se
lograba propalar un incendio estaba condenada sí o sí ante siquiera de tener que abordarla