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miércoles, 27 de julio de 2022

CINE BÉLICO. "CABALLO DE BATALLA"

 

Fotograma de la briosa carga protagonizada por los british (Dios maldiga a Nelson) que será el tema de esta entrada porque, la verdad, fue lo único que medio me llamó la atención de esta película

Como todos los años, el jodido infierno ha subido a la tierra. Sales reptando de la piltra con las sábanas pegadas, te metes bajo el grifo y el agua sale caliente por mucho que le des a la fría, y antes de proseguir voy un momento al patio a regarme un poco, no sea que la sesera se me cueza en su propio jugo y deje inconcluso este articulillo. Ahora vuelvo...

Ya'tá. He conseguido bajar mi temperatura corporal 0,7 grados, lo que es todo un logro para no ser aún mediodía. Bueno, a lo que vamos.

Esta cinta, cuyo título original es "War horse" (por una vez no han traducido el título con otro que no tiene nada que ver) fue dirigida en 2011 por Steven Spielberg y, para qué mentir, me pareció una chorrada propia de críos. Sí, ya saben de esas para tenerlos callados toda la tarde con un maratón peliculero que incluya E.T. y la saga completa de la Guerra de las Galaxias en la que, por cierto, nunca hubo galaxias enfrentadas, sino los buenos bondadosos contra los malos malosos. El guion es más previsible que las perversas ideas de un cuñado, y el final es tan feliz que, cuando por fin aparecen los créditos, tienes que salir echando leches a dar de vientre de lo estomagante que es; observen el subtítulo: "separados por la guerra, probado en batalla, unidos por la amistad". No deja lugar a cualquier tipo de duda, ¿verdad? Pero bueno, ya saben que nunca hago críticas cinematográficas porque para gustos, colores, por lo que nos limitaremos a vapulear la que, a mi entender, podría haber sido la única escena aprovechable de la película sino se la hubieran cagado de forma inmisericorde, lo que tampoco es nada nuevo en la industria del cine.

Un escuadrón del 20º Deccan Horse en las cercanías de
Bazentin-le-Petit. Este regimiento estaba armado con lanzas 
Bien, la carga en cuestión es totalmente ficticia, lo que no es óbice para realizarla conforme a los cánones. El que no haya sido un hecho histórico no debería ser motivo para tomarse las "licencias artísticas" habituales, si bien eso ya sabemos que es la norma. Según la trama, esta acción se desarrolla nada más empezar el conflicto en las cercanías de un lugar llamado Quiévrechain, un pueblecito pegado a la frontera de Bélgica en el que lo único que encontramos relacionado con la Gran Guerra son las tumbas de seis canadienses que palmaron entre los día 5 y 7 de noviembre de 1918, cuando quedaba menos de una semana para que terminase el conflicto, y uno de ellos, según reza su lápida, entregó la cuchara el día 14, cuando hacía 72 horas que la paz reinaba en el mundo. Con todo, por su ambientación creo que podrían haberse inspirado en la batalla de Bazentin, librada el 14 de julio de 1916 en el contexto de la ofensiva del Somme. Hablamos de parte de un conjunto de operaciones dentro de las cuales el 20º Rgto. Deccan Horse de Ejército Indio realizaron una carga contra las tropas alemanas que ocupaban el bosque de Foureaux, conocido por los british como High Wood. Y digo que se quizás se inspiraron en esta movida más que nada porque la ambientación es similar a la de la batalla en cuestión: zona despejada dedicada al cultivo de grano y malvados tedescos agazapados en un bosque tenebroso con mogollón de ametralladoras.

Bien, la parte que nos interesa comienza en un sembrado donde el escuadrón al mando del mayor Jamie Stewart, interpretado por un Benedict Cumberbatch que es tan inglés que tiene una pinta de oficial inglés acojonante, ordena a sus muchachos auparse en sus pencos. Para no llamar la atención del enemigo, se han aproximado desmontados. Así pues, montan y, tras desparramar la mirada para ver que nadie ha decidido colocar el caballo al revés y largarse del campo del honor, da la orden de desenvainar. A continuación, ordena al escuadrón ponerse en marcha. Hasta aquí, todo muy bien y muy reglamentario.

El mayor Stewart da la orden de avanzar. Empieza la fiesta.

Uniformes, arreos y armas son correctos. En este caso, el fulano encargado de alquilar el atrezzo no la ha cagado. De hecho, incluso ha tenido la gentileza de ofrecernos un detallito: la espada de los oficiales presenta un acabado distinto al de la tropa. Abramos un paréntesis para hablar de las espadas, aunque sea de forma somera, porque siempre es un tema gratificante y, además, así matamos dos pájaros de un escopetazo: contamos la carga cutre y aprovechamos para dar un repasillo espadero, que hace meses que no hablamos de nada similar.

Desde finales del siglo XVIII, la caballería british ya seguía la pauta habitual que se desarrolló durante los años siguientes: la caballería ligera estaría armada con sable y la pesada con espada. En el primer caso, el modelo adoptado fue obra del mayor general John Le Marchant, un sesudo militar que, contrariamente a la mayoría de los mandamases de la época, se preocupaba de pensar y analizar las cosas, y no dejarse llevar por tradiciones y prejuicios. 

Sable modelo 1796. Obsérvese la ancha acanaladura que recorre las caras de la hoja en casi toda su longitud con el fin de aligerarla de peso. A pesar de su aspecto masivo, el peso total del arma era de 960 gramos, y el largo de la hoja de 84 cm.

Le Marchant, junto con la colaboración de un maestro espadero de Birmingham llamado Henry Osborn, diseñó el sable modelo 1796, un arma con un poder devastador ya que, aparte de su acusaba curvatura, la hoja se ensanchaba hacia el tercio débil de forma que su contundencia aumentaba al descargar el golpe. Para entendernos, al estar el centro de gravedad desplazado hacia la punta, la energía cinética que acumulaba ese chisme era tremebunda. Podemos asimilarla al efecto de los machetes cañeros, mucho más anchos por la punta que por la base. De hecho, Le Marchant estaba tan ilusionado con su creación que propuso que fuese el modelo adoptado por toda la caballería, pero los mandamases lo tenían claro: la caballería pesada debía estar armada con espadas.


El diseño elegido estaba al parecer inspirado en la pallasch modelo 1769 reglamentaria de la caballería austriaca. Solo se diferenciaban en las guarniciones, pero la hoja, que es la madre del cordero, era la misma. Como vemos en la foto superior, no tenía nada que ver con las espadas usadas por la caballería de línea gabacha, considerada como la más poderosa de la época. Su hoja, de 89 cm. de larga y recorrida por una ancha acanaladura, terminaba en una punta inclinada y con un desarrollo un poco más ancho en el extremo final de la misma. Tiene pues una curiosa similitud con el sable de Le Marchant, que parece talmente esta espada tras haber sido recurvada. La cosa es que esta arma permitía a sus usuarios herir tanto de filo como de punta, y al parecer no era raro que cada cual diese su toque personal a la hoja para adaptarla a sus preferencias. Era pues frecuente que esa punta parecida a la de un machete fuera eliminada y sustituida a golpe de piedra de amolar por una simétrica, más adecuada para los aficionados a pinchar en vez de a cortar.

Cuando pudieron enviar al enano a reventar en cámara lenta a Santa Elena, los british empezaron a rumiar si no sería más práctico diseñar un arma con capacidad para herir de corte y de filo, lo que obviamente simplificaría enormemente la fabricación y distribución de armamento a todas las unidades de caballería independientemente de que fueran regimientos de caballería pesada o ligera. 


La criatura resultante de esta nueva doctrina pueden verla en la foto superior. Se trata del modelo 1821, un sable cuya mínima curvatura pretendía cumplir las dos funciones: herir de filo y de corte. Para lo primero, la hoja casi recta con el tercio débil vaciado a dos mesas y afilado por ambas caras facilitaría asestar estocadas rotundas, y para lo segundo bastaría, al menos en teoría, la curvatura de la hoja, provista de dos acanaladuras en los dos primeros tercios. Sus dimensiones eran similares a las de sus antecesoras, hoja de 81 cm. y un total de 96'5 cm. Las guarniciones, formadas por tres gavilanes, estaban concebidas para proporcionar una mayor protección a la mano del jinete pero, sin embargo, su masa no podría igualar la contundencia del modelo 1796. En todo caso, se acabó imponiendo esta nueva doctrina.

En 1853 se introdujo un nuevo modelo que, básicamente, era un sable modelo 1821 sobredimensionado y con una empuñadura más sencilla formada por dos cachas de cuero cuadrilladas y sujetas mediante cinco remaches en la espiga enteriza, o sea, tenía el mismo ancho que la hoja, lo que aumentaba notablemente la solidez del arma. 


La guarnición era similar, con tres gavilanes, y la hoja tenía el mismo diseño que su antecesora, con un contrafilo romo en el tercio débil y el resto del lomo cuadrado. Como ya podemos suponer, este sable era más pesado que el modelo 1821, alcanzando los 1.100 gramos. La hoja tenía una longitud de 91 cm., una anchura de 35 mm. y una longitud total de 107 cm. Cuando los british se largaron a Crimea a contemplar la majestuosa aniquilación de la Brigada Ligera en Balaklava, la distribución de este modelo aún no se había completado, y un número indeterminado de jinetes aún portaban el modelo 1821, lo que tampoco supuso ningún problema cuando los cañones rusos les dieron estopa en cantidad mientras avanzaban por el valle de la muerte por obra y gracia del controvertido mensaje del capitán Louis Nolan.

Bien, esta sería grosso modo la evolución de las armas de caballería durante el siglo XIX, llegando a las postrimerías del mismo sin que, en realidad, el concepto de sable "todo uso" hubiese llegado a mostrarse verdaderamente eficaz, cuando no francamente desalentador. En 1903 se formó una comisión formada por altos mandos de la caballería british que, tras mucho discutir, debatir y trasegar güisqui en cantidad, llegaron a la conclusión de que lo más idóneo era diseñar un nuevo prototipo universal destinado a herir exclusivamente de punta, uséase, una espada. Como no podía ser menos, los archiconservadores protestaron vehementemente, afirmando que el concepto de espada-sable era el más adecuado si bien los mandaron a paseo, que para eso los principales defensores del nuevo diseño eran los generales Haig y French. 


El prototipo resultante podemos verlo en la foto superior. Era una espada provista de una generosa cazoleta y una empuñadura muy ergonómica que facilitaba enfilar el arma hacia el enemigo con más comodidad. La hoja, larga, gruesa y angosta, tenía una sección en T, por lo que era muy rígida. De ese modo se limitaba el típico combado que sufrían estas armas cuando se clavaban en los miserables cuerpos de los miserables enemigos. Tras dar la comisión el visto bueno, en 1904 se ordenó la fabricación de 200 unidades que fueron distribuidas a varios regimientos para que la probasen a fondo e informaran acerca de sus opiniones cuanto antes, que la siguiente guerra ya estaba en camino. Aunque salieron a relucir los protestones de siempre que nunca están conformes con las novedades, lo cierto es que el prototipo causó una impresión bastante buena, y más si lo comparaban con los sables al uso hasta aquel momento.


No obstante, ya sabemos que los militares nunca están contentos dando el visto bueno tras formar una comisión, así que dos años más tarde se formó otra, en esta ocasión dirigida por el general Sir Henry Scobell, un prestigioso militar que había desarrollado su carrera en diversas unidades de caballería y había participado en los violentos cambios de impresiones entre british y boers antes de regresar a su isla mohosa en 1902. Scobell optó por hacer un estudio detallado de las armas en servicio más los prototipos en desarrollo, llegando a probarse nada menos que 16 modelos diferentes para, al final, volver al principio de la película ya que la comisión concluyó con que el diseño más adecuado era el de 1904, pero con una pequeña modificación consistente en dotar la hoja de filo por si surgía la ocasión de asestar un tajo. La criatura resultante fue el modelo experimental 1906, cuyo aspecto podemos ver en la foto superior. En resumen,
 la comisión de Scobell básicamente se dedicó a corroborar lo que ya había dictado la comisión anterior y a beberse el güisqui que les había sobrado. Se lo tomaron con calma, porque la puñetera comisión no dio su veredicto hasta 1908.

Como podemos apreciar, aparte del detallito del filo se modificó la empuñadura haciéndola menos inclinada y dotándola de un abultamiento en el pomo para equilibrarla mejor. Se encargaron cuatro prototipos a las firmas Wilkinson Sword y Robert Mole & Sons para hacer más pruebas y, de paso, dirimir quién sería el que ganaba el concurso. El diseño final fue el de Mole, que debió ponerse muy contentito por haberle echado la pata a la omnipresente Wilkinson.


Y arriba vemos el diseño definitivo que fue bautizado como modelo 1908. Como vemos, la hoja, con una longitud de 89 cm., era literalmente una aguja con un tercio débil vaciado a dos mesas para favorecer la estocada. En teoría, y cabe suponer que para contentar a los irredentos del sable, la mitad de la hoja, concretamente 18 pulgadas (46 cm.), deberían estar afilados. Pero no hay que ser un experto en la materia para deducir que una hoja con esa morfología no podría cortar ni un pepino por mucho que la afilaran. De hecho, incluso la ergonomía de la empuñadura era la menos adecuada para descargar tajos con ella, e incluso la habían provisto de un rebaje para apoyar el pulgar, precisamente para facilitar el empuje. De hecho, la nueva doctrina especificaba que "...cada hombre debe cabalgar hacia su oponente a toda velocidad con la determinación de atravesarlo y matarlo". Uséase, que de rebanarle el pescuezo nada. Pincharlo como una aceituna de martini y dejarlo en el sitio.

En la foto de la derecha podemos ver con detalle la empuñadura. Era un bloque de una sola pieza de madera (también se fabricó de caucho) por cuyo interior transcurría la espiga, que estaba remachada en el casquillo del pomo. Como se puede apreciar, ambas caras y el apoyo para el pulgar estaban finamente cuadrillados. Si observamos la parte inferior, un saliente permitía apoyar también el dedo índice, lo que hace más que evidente que esta espada estaba concebida para empujar y no para golpear por mucho que los conservadores se empeñasen en que eso de filetear al enemigo era lo más guay. En cuanto a las guarniciones, estaban formadas por una amplia cazoleta de acero que cubría totalmente la mano. La cara anterior estaba rebordeada para reforzarla contra golpes del adversario, y en la unión con el casquillo podemos ver el ojal para el fiador. Por lo demás, carecían de grabados o distintivos regimentales. Lisa, monda y lironda. Añadir solo que delante de la cazoleta llevaba un guardapolvo en forma de disco de piel de vacuno, como era habitual en muchas armas de la época.


La vaina, que podemos ver en la foto superior, era bastante simple. Fabricada de acero, carecía de batiente y bajo el brocal vemos dos anillas soldadas sobre una base. Estas anillas servían para fijarla a un tahalí cuando el soldado no cabalgaba. Cuando se portaba en la silla, se sujetaba a la bolsa de herrajes como vemos en el detalle de la derecha. Por cierto, tanto la cazoleta como la vaina se pavonaron para evitar reflejos.

Sin embargo, el modelo de oficiales aún no existía. Ya sabemos que los mandamases deben portar un arma más chula que la tropa, y mientras se aclaraban qué pijaditas añadirle siguieron usando mayoritariamente el modelo 1853 que usaron sus padres en Crimea. Finalmente, en 1912 se procedió a la fabricación de la espada para la oficialidad que solo se diferenciaba de la de tropa en las guarniciones y los acabados de la hoja.


Ahí la tenemos. Como se puede ver, la empuñadura era más lujosa, forrada de piel de lija y rodeada de un torzal de alpaca. El pomo y la cazoleta estaban decorados con motivos florales, así como el recazo de la hoja. Obviamente, había muchas variaciones tanto en cuando los oficiales tenían que pagarse su propia espada, por lo que se admitían pequeños cambios en la decoración, lo mismo que en el fiador. Así mismo, se diseñaron dos vainas: una enteramente fabricada de acero niquelado y provista con brocal, batiente y dos abrazaderas con sus respectivas anillas para usarla en movidas de gala ya que en esos eventos se llevaba colgando del ceñidor. Abajo tenemos la vaina de campaña, fabricada de madera y forrada de cuero color avellana. La única pieza metálica que llevaba era el brocal para no dañar la vaina al enfundar o desenvainar la espada. En este caso se llevaba suspendida de la silla, unida a la bolsa de herrajes.


Ahí vemos al valeroso capitán Nicholls aprestando a Joey, al penco protagonista- en realidad se usaron 8 para representar el animal adulto, 4 para su época de potro y 2 como potrillo-, poco antes de empezar la fiesta. En primer término podemos apreciar la empuñadura de su espada suspendida de la silla. Obsérvese el lujoso fiador que lleva prendido a la cazoleta, rematado con una bellota de hilo de oro. También podemos ver, aunque la foto es bastante birriosa, la decoración de la misma y el torzal que envolvía la empuñadura de piel de lija. Espóiler: en ese momento, al capitán Nicholls le queda menos vida que a un pavo un 25 de diciembre a las 8 de la mañana. Cerramos el paréntesis espatario.

Bien, ya creo que hemos aprendido todo lo necesario para conocer de forma básica la historia de la espada que veremos en la peli la cual, como no podía ser menos, fue considerada por los british como "la espada de caballería mejor concebida del mundo", y eso que no tienen abuela. En fin, no merece discutir memeces de isleños que supuran arrogancia por cada poro de sus cuerpos ahítos de pasteles de riñones. Procedamos pues a narrar la dichosa carga, que llevo dos horas dándole a la tecla y aún no hemos empezado en serio.

1ª chorrada: La acción se lleva a cabo contra un campamento tedesco asentado en un prado verde inglés. Los tedescos, que deben pensar que la paz reina en el mundo, no se han preocupado de poner centinelas o de formar algún tipo de obstáculo en prevención de un ataque enemigo. Simplemente dormitan en sus tiendas de campaña o aprovechan para rasurarse sus jetas germánicas. En la foto 1 vemos como el escuadrón del mayor Stewart emerge de un campo de mies madura. Sin embargo, en la foto 2, donde dos atribulados tedescos se asoman alarmados por el fragor de la caballería, se ve como los caballos chapotean en un prado totalmente anegado. Algo no cuadra. Estamos en el mes de agosto y ha caído agua a mares. Qué suerte, carajo. Aquí no cae una gota hace meses...

2ª chorrada: Observen la foto 3, que nos muestra una vista aérea del escuadrón avanzando contra el campamento. Los tedescos, que por norma son además de los malos los tontos de las pelis de guerra, no se han preocupado ni de tender un mísero alambre de púas ni de poner un solo centinela. La foto 4 muestra la desbandada general cuando se percatan de que mogollón de british a caballo se abalanzan sobre ellos. Primer plano con mensaje vegano: menú superguay con patatas, zanahorias y demás cositas sanas. De carnaca y grasas saturadas, nada de nada. Dos detalles a recordar: uno, observen la distancia entre el regimiento que avanza a galope tendido y el campamento. Dos, la distancia entre los tedescos y el bosque del fondo, hacia donde correrán en busca de refugio. Y una cosa más: las tiendas de campaña. Por aquel entonces, hacía ya bastante tiempo que usaban el Zeltbahn modelo 1893. Para los que desconozcan qué es eso, pues básicamente cachos de tela abotonada que cada guripa llevaba consigo. Se unían los de varios guripas y ya tenían tienda de campaña. Ya hablaremos de ellos un año de estos.

3ª chorrada: Vean la foto 5, en la que el mayor Stewart se dispone a filetear a un tedesco, y encima a contramano. Si repasan unas 366 veces la escena de la carga, no verán una sola estocada, y eso que, como hemos repetido antes, la puñetera espada modelo 1908 se diseñó para pinchar. Para más inri, si estoquear a un objetivo situado a una cota inferior y a trasmano ya es complicadillo, observen la postura forzada del mayor, que lo más que hará será provocar un corte de escasa profundidad porque para que un tajo sea resolutivo hay que asestarlo de arriba abajo o de izquierda a derecha, y no de atrás hacia adelante y, encima, galopando aupando en un penco. En resumen, todos los primeros planos en los que se abaten tedescos son similares: tajo de atrás hacia adelante. ¿El motivo? Vean la foto 6. Esa escena se rodó con una cámara instalada sobre el techo de un Mercedes que rodó paralelamente a los jinetes por su izquierda. Si lo hubieran colocado al revés, se podrían haber captado las mismas escenas pero bien planteadas, es decir, con los jinetes enfilando a los enemigos y pasándolos de lado. ¿Por qué lo hicieron así? Vete a saber... Quizás a los especialistas les resultaba más fácil disimular un tajo visto desde delante, de forma que así no llegaban siquiera a tocar al que tenía que hacer de tedesco-víctima porque su cuerpo tapaba el tajo ficticio y no se veía que, en realidad, la hoja de la espada pasaba lejos de su persona. Sea como fuere, acabamos con la historia de siempre: las licencias priman sobre la realidad y la fidelidad, lo cual se me antoja aún más absurdo tanto en cuanto los procesos de edición permiten realizar virguerías visuales de todo tipo.

4ª chorrada: ¿Se acuerdan de lo de la distancia entre jinetes y campamento y entre tedescos y bosque, no? Pues en la foto 7, esta distancia incluso ha aumentado, y eso que los caballos suelen correr a una velocidad bastante superior a la de un homínido por mucho canguelo que sienta. Y no solo eso sino que, en un alarde de adiestramiento, un escuadrón totalmente desorganizado al tener que esquivar las tiendas de campaña y tal se ha reagrupado y vuelven a atacar en masa en dirección al bosque que les oculta la muy desagradable sorpresa que vemos en la foto 8: mogollón de ametralladoras Maxim flamantes pero solitarias, esperando a sus servidores que son precisamente los fulanos que huyen de los caballos. Pero como los tedescos son ciudadanos bien entrenados, en un periquete se colocan tras sus máquinas, que ya tienen cargadas y listas para abrir fuego y se disponen a detener en seco a los british, que no esperaban nada semejante. Por cierto, ¿no habría sido más lógico poner aunque fuera un par de máquinas defendiendo el campamento, y no mogollón de ellas detrás del campamento? El que diseñó la escena debía ser un estratega de primera clase pero, lógicamente, si la diseña correctamente las Maxim habrían parado en seco la carga nada más ver aparecer a los british en el prado y la película se habría fastidiado.

5ª chorrada: Observen las jetas de asombro de Stewart y Nicholls. Las Maxim han abierto fuego y se les nota un tanto perplejos. Tan perplejos que a ninguno de los dos se les ocurre ordenar retirada y desperdigarse para evitar ser barridos del mapa. Pero en Sandhurst debieron lavarles la sesera a base de bien y los convencieron de que palmarla inútilmente por el Rey y la Patria era lo que se esperaba de un caballero inglés, y que con toda seguridad las señoritas de Londres comentarían su hazaña, echarían alguna lágrima leyendo la narración en la prensa y hasta escribirían alguna carta anónima a la familia transmitiendo su pesadumbre por la pérdida de tamaños héroes. Naturalmente, cartas escritas en elegante papel de lino color hueso perfumado con lavanda y con tinta púrpura con leves matices en magenta. Pero lo peor no es que estos dos pasmarotes se quedaran bloqueados, es que el resto del escuadrón siguió avanzando como si no ocurriera nada en plan autómatas suicidas. Por cierto, observen un curioso detalle de la foto 10. El escuadrón acaba de dejar atrás el campamento tedesco, pero, ¿dónde está? Más aún, tras la apenada jeta de Nicholls ni siquiera se divisa el frondoso campo de mies de donde salieron un minuto antes, sino un bosque. Qué gazapo más tonto, ¿no?

6ª chorrada: En la foto 11 vemos como mogollón de caballos sin jinete se adentran en el bosque. Es una cascada de pencos vacíos que saltan sobre los sacos terreros esquivando a las máquinas y sus servidores porque, como sabemos, el instinto natural del caballo le impulsa a esquivar obstáculos. Sin embargo, y a pesar de la escabechina que se está produciendo, el resto del escuadrón continua avanzando aunque se supone que están viendo como los compañeros que les preceden caen como bolos. En la foto 12 los vemos a galope tendido y, curiosamente, aunque en fotogramas anteriores aparecían muy agrupados y cercanos al bosque, no sabemos cómo ahora tardan dos horas en llegar al mismo, y tan separados que, mientras los primeros ya han sido aniquilados, los que les siguen aún tienen un trecho de camino por delante para alcanzar la arboleda. Si recreamos la escena con un cronómetro veremos tal descoordinación que induce a darle de collejas al director de continuidad.

Chorrada final: Vean la foto inferior. Corresponde a una de las tomas en las que se ven cantidad de caballos adentrándose en el bosque con las sillas vacías porque, obviamente, sus jinetes han palmado. Pero ahora viene la pregunta definitiva que cualquier ciudadano sensato se haría en este momento: ¿cómo es posible que los jinetes sean alcanzados por las balas de las Maxim, pero los caballos no?


Cuando se enfrenta a un fuego frontal, un jinete está protegido casi por completo por el caballo. Le basta agazaparse tras su cuello y su cabeza para que solo los brazos y las piernas queden al descubierto. Por lo tanto, lo lógico ante un fuego intenso como el que aniquila el escuadrón del mayor Stewart sería que los caballos murieran antes que los jinetes. O sea, los pencos caerían fulminados y algún jinete torpe se quedaría atrapado bajo su cuerpo, aunque la mayoría lograrían sacar el pie del estribo y esquivar la caída. Sí, alguno de ellos también podría ser alcanzado, pero lo que es surrealista es que todos los caballos hayan permanecido ilesos mientras que los fulanos que los montan hayan sido aniquilados a pesar de que avanzaban protegidos por sus monturas. Obviamente, en este caso se buscaba dar a la escena un efecto dramático al máximo. Los caballos sin jinete informaban al público que todos, incluyendo sus mandos, estaban cayendo como moscas. Una forma aséptica de dar a entender una matanza sin que se vea caer un solo british, que para eso son los buenos de la peli y, naturalmente, que tampoco se vean caballos acribillados a balazos intentando mantenerse en pie chorreando sangre hasta que son finalmente abatidos por el implacable fuego tedesco. 

En fin, con estas siete chorradas creo que ha quedado demostrado que la escena de la carga es un churro. Sí, ya, que quedan muy emocionantes y tal, y que la inmensa mayoría del público se lo traga porque no saben un carajo de nada, pero tergiversar la realidad sabiendo que se hace con impunidad es una bellaquería propia de cuñados y políticos. Que sí, que las licencias artísticas, que se pretende representar algo de forma figurada y blablabla pero, ¿no se puede hacer lo mismo recreando cada cosa como es, y no como al director le gustaría que fuese?

Bueno, para llevar tanto tiempo de capa caída me he pasado tres pueblos y tengo agujetas en los hombros, así que acabo ya. Me piro a regarme de nuevo, que jase una caló que te caga, hohtia.

Hale, he dicho

Uno de los ocho Joey que interpretan al penco protagonista se interna en el bosque sin jinete. El capitán Nicholls ha quedado en el campo del honor con el pellejo agujereado, y al caballo aún le esperan mogollón de peripecias a lo largo de los 146 minutos que dura la película con final feliz garantizado, como no podía ser menos

sábado, 6 de noviembre de 2021

ESPADAS DE MANO Y MEDIA

 

Dos probos duelistas dándose estopa con espadas de mano y media. Aprender a dominar este tipo de armas aseguraba tener muchas opciones de salir airoso de cualquier brete, la fuese en batalla, en una justa o enfrentándose a un cuñado que aparece de repente para darte un sablazo. Pero no de espada, sino de dineros

Hace unas cuantas semanas, 319 para ser exactos, que no dedicamos un articulillo a las espadas medievales. En este... breve (ejém...) lapso de tiempo se han estudiado espadas romanas, espadas japonesas, espadas de coraceros, sables de caballería e incluso bastones estoque, pero teníamos relegado en el más profundo olvido la cosa espataria del medioevo que, mira por dónde, tuvo su postrera entrada dedicada a los estoques, los hermanos menores de las espadas de mano y media que trataremos hoy. Al final del artículo pondré el enlace a la misma por que alguien quiere repasarla o, simplemente no la leyó en su día pero, en todo caso, haremos un breve introito para recordar cómo y por qué surgieron estas armas.

Como ya se explicó en su día, los diseños de las distintas tipologías que surgieron al comienzo de la baja Edad Media estuvieron íntimamente relacionados con la evolución del armamento defensivo. Las espadas al uso hasta los albores del siglo XIII eran las herederas de las espadas vikingas que, a su vez, eran la consecución de la SPATHA usada por los romanos. Hablamos de armas provistas de una hoja ancha, de filos paralelos o levemente ahusada hacia la punta, recorrida por una acanaladura casi en la totalidad de la longitud de la misma y con pomos de un peso relativamente escaso para desplazar el centro de gravedad hacia la punta que, generalmente, tenía una tendencia redondeada. ¿Qué quiere decir eso? Pues que estaban destinadas a herir preferentemente de filo. Los testimonios gráficos de la época son bastante explícitos, como podemos apreciar en los ejemplos de la foto inferior.


La figura 1, perteneciente al Códice Manesse (c. 1304), nos muestra la escena de una justa en la que uno de los contendientes acaba de hendir el yelmo de su adversario. Obsérvese que las empuñaduras, generalmente de entre 9 y 10 cm. de largo, bloqueaban perfectamente la mano para impedir que la espada saliera despedida al asestar el golpe. La figura 2, del SPECVLVM VIRGINVM (c.1200), muestra una escena muy parecida: un combatiente hiende el yelmo de su enemigo antes de caer muerto ya que, como vemos, él mismo ha recibido una herida similar. Finalmente, en la figura 3 podemos ver una de las vívidas escenas de batallas de la Biblia Maciejowski (c. 1240) en la que, además de ver cómo un guerrero hunde su espada en la cabeza de un enemigo, otros dos aparecen muertos con señales evidentes de heridas de cortes en brazos y cabezas, e incluso una de ellas aparece tirada en el suelo. Las espadas que producían estas tremendas heridas pertenecen a los tipos X y XI de la Tipología Oakeshott, que será la que usaremos de guía para este artículo por estar al alcance de todo el mundo. Ambas estuvieron operativas hasta la segunda mitad del siglo XII y principios del XIII, pero debemos tener en cuenta un detalle importante para despejar prejuicios pegados como lapas al magín del personal: las distintas tipologías de armas medievales no caducaban como un yogur, que a partir de mañana hay que tirarlo a la basura. Cuando hablamos de que tal tipo se usó entre tal y tal año quiere decir que fue su época de mayor difusión, pero no que, como en este caso, en el año 1201 hubieran desaparecido todas.

Como ya sabemos, las espadas eran armas caras, y su vida útil se estiraba todo lo posible. Por poner un ejemplo, la Ley Carolingia fijaba el precio de una espada con su vaina en 7 sólidos de oro, que era lo que cualquier artesano ganaba en medio año de trabajo. No obstante, eso no quiere decir que no hubiese piezas más valiosas en manos de nobles adinerados que las encargaran con decoraciones, grabados o piedras de valor o que, por otro lado, se fabricaran con el paso del tiempo armas de inferior calidad, asequibles a milicianos con escasos medios económicos o que, simplemente, se compraran una de segunda mano. Con todo, muchos milicianos no podían acceder a una de estas armas- la mayoría, de hecho-, por lo que su panoplia se limitaba a algún tipo de arma enastada, generalmente derivadas de aperos agrícolas como ya se ha explicado varias veces, y un scramasax como arma de apoyo en caso de perder su armamento principal. En cualquier caso, ya sabemos que los que tenían menos papeletas para palmarla en combate eran, lógicamente, los caballeros, hombres de armas o milicianos con poder adquisitivo para poder costearse un armamento defensivo adecuado: loriga y calzas de malla, perpunte, yelmo y escudo, aparte de la incuestionable ventaja que suponía combatir encaramado en sus poderosos pencos. En la foto de la izquierda podemos compararlos: por un lado tenemos a un miliciano cuyas defensas se limitan a un perpunte y una capelina, y por otro un caballero forrado literalmente de hierro y con una panoplia más extensa y de mayor calidad. Ya podemos imaginar quién tenía más opciones de volver a casa razonablemente entero o incluso vivo.

A partir del siglo XIV, los milicianos y peones empiezan a disponer de un armamento defensivo más adecuado mientras que los profesionales de la guerra perfeccionan aún más el suyo con la adición de placas de metal o de cuero hervido, con lo que las espadas de una mano diseñadas para herir de corte van perdiendo eficacia. Cada vez son menos las zonas vulnerables a un tajo, y una cosa sí estaba clarísima: cada golpe que se propinaba era devuelto por el adversario si dicho golpe no había podido dejarlo fuera de combate o, al menos aturdido el tiempo suficiente para asestar otro más que pudiera escabecharlo. Esto hizo que la espada, arma por antonomasia de cualquier guerrero desde tiempos inmemoriales, fuera perdiendo protagonismo en favor de otro tipo de armamento con menos alcurnia pero mucho más eficaz: las mazas, los martillos, los alcones o hachas de armas y los picos de cuervo sí eran capaces de vulnerar las defensas de los caballeros y hombres de armas. Una maza barrada podía hundir un yelmo y fracturar el cráneo del que vivía debajo del yelmo. El pico de un martillo, ídem, para no hablar de la devastadora contundencia de un hacha de armas. Así, la omnipresente espada se vio relegada a la condición de arma de apoyo, aparte de la cuestión simbólica para determinar el estatus de la casta militar. En la ilustración de la derecha tenemos un ejemplo de miliciano mediados del siglo XIII, concretamente un ballestero. Estos hombres, por lo general artesanos o campesinos con un poder adquisitivo equiparable al de la clase media actual, podían costearse un equipo bastante aceptable. En este caso, nuestro hombre dispone de una camisa y una gola de malla, un perpunte para el cuerpo y unos perniles hasta las rodillas, y un capacete para protegerle la cabeza. Como armamento, además de la ballesta tiene un puñal y una espada. Con una protección semejante cada vez era más complicado acabar con ellos de un tajo de espada.

Caballero armado con una armadura de transición
de mediados del siglo XIV. Empuña un estoque de
una mano
Fue precisamente la evolución del armamento defensivo lo que motivó la aparición del estoque, modificando sus hojas de corte por otras de sección en diamante, mucho más rígidas y capaces de penetrar, si no las placas de metal, al menos colarse entre las rendijas que quedaban entre las mismas, perforando los jacos o las lorigas que, como refuerzo, se vestían debajo de estas primeras armaduras que, en puridad, no eran inicialmente más que cotas de tela que llevaban remachadas por la parte interna placas de hierro. Aún faltaba un poco de tiempo para que aparecieran las armaduras de transición que, esta vez sí, cubrían el cuerpo del combatiente de pies a cabeza, dejando apenas sitio donde meter un puntazo fatal: las ingles, las axilas y, con suerte, la cara si el enemigo se había levantado el visor para tener más capacidad visual o por verse sofocado debido a la falta de aire. Pero lo uno lleva a lo otro, y en este caso nos encontramos con que estos guerreros se podían permitir prescindir del escudo, con lo que la mano izquierda quedaba libre para ayudarse a manejar la espada con más potencia, más rapidez y, sobre todo, con una variedad de golpes imposibles de asesar con una espada de una mano. Así pues, a mediados del siglo XIV empieza a ganar popularidad una tipología provista de una empuñadura más larga para poder empuñarla con ambas manos, así como con hojas más largas y rígidas para vulnerar las defensas del enemigo. Espadas que se podían usar a caballo con una mano cuando se llegaba al contacto con el enemigo y no había espacio para manejar la lanza o esta se había roto en el choque, pero que también era válida para combatir a pie porque la infantería cada vez era menos proclive a salir huyendo ante la presencia de caballos coraza y no eran raras las ocasiones en las que los jinetes debían descabalgar y presentar batalla sin sus preciados y costosísimos pencos que, durante siglos, les habían permitido ser el arma decisiva en los campos de batalla. Estas espadas largas y cuya empuñadura permitía asirla con ambas manos fueron las espadas de mano y media.

La posibilidad de poder usar ambas manos para manejar la espada dio lugar a un amplio abanico de opciones a sus usuarios, que podían recurrir a una esgrima más sofisticada e ir más allá del tajo o la estocada tradicionales, combinados a lo sumo con algún golpe propinado con el pomo cuando en un combate muy cerrado no había siquiera sitio para voltear el arma. Del mismo modo, las sección de las hojas se vio modificada para hacerlas más rígidas, basándose en dos formas básicas: el diamante y el hexágono que, con sus respectivas variantes, daban la opción de tener un arma destinada ante todo a la estocada o a estocada y corte, dependiendo de los gustos de cada cual. A la derecha podemos ver las más representativas. La figura 1 muestra una sección en diamante que al estrecharse por la punta daba una sección prácticamente cuadrangular, muy idónea para penetrar incluso una armadura. La figura 2 muestra una sección similar, pero con una nervadura por ambas caras, lo que daba aún más rigidez a la hoja. En la figura 3 tenemos otra sección en diamante, pero con profundos vaceos que, además de aligerar el peso de la hoja, le daba una rigidez similar a la que llevaba nervaduras. La figura 4 muestra una sección hexagonal, más adecuadas para hojas que tuvieran la opción de clavar y cortar. Esta sección era lo bastante rígida como para penetrar una loriga o una coraza, pero también para asestar tajos absolutamente definitivos ya que su longitud y la energía que le daban el empuñe a dos manos eran muy contundentes. Finalmente, en la figura 5 vemos una hoja con sección hexagonal provista de acanaladuras que algunas tipologías conservaron, si bien lo habitual era que se extendieran solo entre un tercio y la mitad de la longitud de la hoja. 

Más de uno y más de dos se preguntarán cómo hojas tan estrechas y con secciones como las mostradas podían estar afiladas como para producir heridas de importancia, y la respuesta es que sí. Por un lado  tenemos testimonios escritos en los que, por ejemplo, se menciona a mediados del sigo XV que los arqueros ingleses (Dios maldiga a Nelson) usaban espadas de mano y media "afiladas como navajas", y en una crónica española de la misma época se comenta que una de estas espadas podía cortar de un tajo un cabo grueso de cuerda. A esto podemos añadir los tropocientos testimonios gráficos que muestran claramente el uso que se daba a estas armas. En la ilustración de la izquierda, perteneciente a la Crónica de Berna (c. 1483) vemos a dos probos homicidas escabechando a sus respectivos adversarios. El de la izquierda está clavando su espada en la espalda de su víctima, al parecer rematándolo porque ya ha perdido el yelmo y parece sangrar por la cabeza. El de la derecha se dispone a descargar un tajo sobre un enemigo y en ambos casos debemos reparar en que empuñan sus espadas con una sola mano, lo que indica que su peso y equilibrio las hacía perfectamente manejables a pesar de sus dimensiones.

Con todo, es difícil saber el punto de afilado de estas espadas tanto en cuanto las que han llegado a nuestros días no conservan su filo original, en la mayoría de los casos están corroídos y, como es lógico, son armas que a lo largo de su vida operativa fueron afiladas muchas veces debido a las melladuras que se producían en combate. Algunos autores de la época, como Fiore dei Liberi (1350-1410) o Filippo di Vadi (1425-1501) sugerían que solo debían afilarse los cuatro primeros dedos de la hoja partiendo de la punta, pero esto parece indicar que se debía llevar a cabo en espadas muy especializadas, concretamente armas de justas a todo trance. Al cabo, en una batalla real había que aprovechar cualquier ocasión de acabar con el enemigo, ya fuese hundiéndole la hoja en plena jeta o cortándole de un tajo la mano con la que sujetaba su arma. No obstante, hay que tener en cuenta que para producir una herida de filo que incapacitase totalmente a un enemigo no era necesario usar una espada afilada como una cuchilla de afeitar. Todos nos hemos rebanado alguna vez un dedo con un cuchillo mal afilado, y nos ha llegado al hueso. Una hoja de 80 o 90 cm. impulsada por las dos manos de un hombre diestro en su manejo podría cercenar sin problemas un antebrazo o una cabeza,  esta última si no cómo para separarla del cuerpo, sí lo suficiente para dejarlo listo de papeles. Yo me inclino a pensar que, ciertamente, estas espadas estaban afiladas en toda su longitud, y con un filo lo bastante aguzado como para resultar definitivos. Imágenes como la que vemos a la derecha se cuentan por cientos en las crónicas de la época, en las que un fulano descabeza a varios prisioneros con una espada de mano y media como quien corta rábanos. Debemos recordar que al filo hay que añadir la potencia de los brazos más el giro que se imprimía al cuerpo a la hora de golpear. Todo junto sumaba la energía cinética suficiente para cercenar un pescuezo como si fuera un espárrago triguero.

Miniatura del GLADIATORIA (anon. alemán c. 1440) que muestra una
de las tropocientas formas de trabar al enemigo. El movimiento
siguiente sería tirar para atrás apoyando la pierna derecha, lo que
haría caer de espaldas al adversario. El paso final era meterle
un puntazo en el sobaco y adiós muy buenas
Pero, cuestiones de afilado aparte, lo más representativo de las espadas de mano y media era su enorme versatilidad. Veamos algunos ejemplos: El jinete que llega al contacto prescinde de su lanza, bien por haberse roto en el choque, bien porque en el maremagno de la batalla no le sirve de nada y se deshace de ella. En ese momento mete mano a su espada, que le permitirá ofender tanto a los enemigos que le rodean como rechazar ataques de otros jinetes, siendo capaz incluso de desviar la lanza de cualquiera de ellos. Si echa pie a tierra, dispondrá de un arma capaz de hacer frente a cualquiera con que pretendan ofenderle, ya sea un arma enastada o un arma de mano como mazas, martillos, etc. y, por supuesto, otras espadas. Los maestros de esgrima que fueron surgiendo a partir del siglo XIV enseñaban a exprimir las posibilidades de la espada yendo más allá de las estocadas y tajos de siempre. De hecho, pulieron una serie de sofisticados métodos para trabar, desarmar, y derribar al enemigo empuñando la espada por la empuñadura y la hoja, así como a asestar rotundas estocada usando el pomo como apoyo para la mano izquierda. Del mismo modo, se practicaba como golpear con el pomo en zonas vulnerables del enemigo, e incluso trabar y golpear con la cruceta que, al decir del Hausbuch de Nuremberg, podían incluso aguzarse por los extremos para producir heridas de cierta importancia si se acertaba en la cara del oponente.

Por lo general, las técnicas de lucha que se solían aplicar eran sumamente agresivas. La escuela alemana, que junto a la italiana fueron las que más se extendieron por Europa en aquella época, tenían en cuenta hasta el más mínimo detalle. Por ejemplo, Vadi decía que, caso de verse contra más de un oponente, era preferible recurrir a los tajos que a las estocadas ya que lo segundo le obligaría a centrarse en un oponente, mientras que lo primero facilitaba tener a raya a varios a base de volteos y molinetes. Los maestros tedescos, siempre más agresivos, inculcaban que lo principal no solo era dar el primer golpe, sino también el segundo y el tercero. El campo de batalla no era una justa, y lo más importante era neutralizar al enemigo lo antes posible. Para ello, lo más sensato era descargar una lluvia de golpes que le imposibilitasen responder al ataque, y sin andarse con chorradas de coreografías de esgrimistas de salón. Si tenía ocasión de cercenarle los dedos, pues se los cercenaba; si podía lanzarle un golpe con el pomo que le reventase la nariz o un ojo, se lanzaba, y si podía hundirle la cruceta en el cuello, se la hundía. Tenían muy claro que dar al enemigo una sola oportunidad de devolver el ataque era darle una oportunidad para matarlo. De ahí provienen esos restos de fosas comunes en los que, solo en la cabeza, se contabilizan varias heridas. El que las propinó no dejó pasar la ocasión de acabar con su enemigo y lo machacó literalmente para que no se levantase más. En la lámina de la derecha tenemos un ejemplo muy gráfico procedente del LIBER DE ARTE GLADIATORIA DIMICANDI de Vadi, elaborado entre 1482 y 1487. Como podemos ver, uno de los contendientes acaba de hundir la cruceta de la espada en el cuello del adversario. En el texto viene a decir que "por haber bajado su espada, le han cortado la garganta". En resumen, que no se andaban con tonterías. De hecho, los enfrentamientos eran breves, cuasi fulgurantes, nada que ver con esas coreografías cinematográficas en las que se tiran dos horas dándose estocadas y mandobles. 

En lo tocante al combate a caballo, estas espadas daban opción tanto a defenderse de un enemigo armado con otra espada, con lanza o con lo que fuese. Solo había que conocer la técnica adecuada para rechazarlos y, a continuación, asestarles un golpe definitivo. Estas láminas, ambas del GOLIATH, muestran las dos ocasiones más habituales. En la superior vemos uno de los muchos movimientos destinados a rechazar un enemigo. En este caso, el jinete de la derecha empuña su espada por el tercio débil y mete la cruceta en la cara del adversario, que seguramente quedará momentáneamente cegado o aturdido. El siguiente movimiento sería derribarlo con la ayuda de la cruceta o, simplemente, voltear el arma y darle una estocada en la boca. En la lámina inferior vemos como otro jinete desvía la lanza del adversario. Si observamos la posición de la espada, el siguiente movimiento es hundirla en el pecho o la garganta aprovechando el avance del adversario. Como vemos, el que en apariencia parte en desventaja podía salir perfectamente airoso del brete sin necesidad de muchos alardes. Bastaba conocer la técnica adecuada que, llegado el caso y combatiendo a pie, consideraba incluso el estrangulamiento mediante una llave que inmovilizaba al enemigo y, presionando con la hoja desde atrás, aplastarle el cuello hasta sofocarlo.

Como podemos ver en infinidad de testimonios gráficos, la regla número
1 estaba clara: el que caía no se debía levantar hasta el Día del Juicio.
Había que golpearlo hasta acabar con él porque no hay mejor
enemigo que el enemigo muerto
En lo tocante a sus efectos, debemos diferenciarlos según el tipo de herida que producían. Dejando aparte los golpes de fortuna propinados con el pomo o la cruceta, los tratados de la época consideraban que con una espada se podían producir tres tipos de heridas: la estocada, el corte y el tajo. Este último debemos entenderlo como un golpe que no tiende a hundir la hoja en la carne, sino rebanar una parte de la misma. Este, obviamente, carecía de efecto alguno en un hombre protegido por una armadura, y solo era viable contra un enemigo desarmado. El corte, o sea, hendir la carne, tenía unos efectos relativos en un enemigo armado porque, tras cortar el metal y la indumentaria que llevaba debajo de la armadura, la herida sería muy poco profunda. Obviamente, el más eficaz era la estocada. Pero la cuestión no radicaba en que la herida fuese mortal, que casi siempre lo era tarde o temprano, sino que incapacitase al adversario para seguir combatiendo. Por ejemplo, una estocada en un pulmón era mortal de necesidad ya que produciría un hemotórax al llenarse de aire a través de la herida sin posibilidad de expulsarlo hasta que lo colapsase, o un hemotórax, por el que el pulmón se ahogaba con su propia sangre al interesar algún vaso sanguíneo importante. Pero esas heridas no incapacitaban de inmediato al enemigo, que muchas veces no se percataba de que había sido herido hasta pasado un lapso de tiempo. Y ese lapso de tiempo era el que podía darle la oportunidad de rechazar un segundo golpe y devolverlo a su matador con consecuencias imprevisibles.

Lámina del Códice Wallerstein (1549) que muestra dos peculiares
accesorios: los pomos de ambas espadas están erizados de petos
que, además de ayudar a trabar el arma del enemigo, ayudaban
a machacarle el careto o producirle una herida o desgarro
grave si lograban alcanzar alguna parte del cuerpo
En batalla, dominado por el miedo, la furia y segregando adrenalina a tope, el comportamiento del combatiente era imprevisible e igual se desmoronaba por una herida de relativa importancia que era capaz de cargarse a varios con las tripas fuera. De ahí que se buscase ante todo la herida definitiva, instantánea o, en su lugar, una que lo incapacitase para seguir luchando. Por ejemplo, un corte en la muñeca o las corvas de las rodillas que le seccionase los tendones o rompiese algún hueso largo- ninguna de ellas necesariamente mortal- le impediría empuñar el arma o mantenerse en pie. A partir de ahí, el enemigo estaba a su merced para ser rematado. Un fuerte golpe con el pomo en la jeta podía aplastarle la nariz y cegarlo y/o atontarlo el tiempo necesario para acabar con él. Un tajo en la garganta o una estocada en la boca o un ojo eran de efectos fulminantes. Sin embargo, heridas mortales de necesidad como un pulmón, el estómago o el hígado perforados, daban tiempo de sobra para aguantar el tiempo necesario para rechazar el ataque y responder al mismo. Contradictorio, pero real. 

Miniatura de una historia sobre la vida de los santos Edmundo y
Fremundo regalada a Enrique VI de Inglaterra hacia 1434. Como
vemos, todo el personal ángeles incluidos blanden espadas de mano
y media, produciendo diversos tipos de heridas. Pero, como decimos,
la cuestión no era herir sin más, sino dejar en el sitio al enemigo
Más aún, una arteria seccionada de un brazo o una pierna provocarían un shock hipovolémico en unos segundos, que eran los que el aspirante a difunto necesitaba para hundirte el pico de su martillo en el cráneo, atravesando el yelmo y alcanzando el cerebro. Incluso un puntazo en el corazón aún podía dar unos instantes para que el enemigo te metiese su daga por los testículos antes de palmarla, pero dejándote listo para la fosa. Sea como fuere, lo cierto es que no podemos afirmar categóricamente la capacidad letal de estas armas ya que, al producirse en partes blandas y afectar ante todo a órganos y vísceras, sus efectos no han llegado a nosotros excepto los que aparecen en las osamentas, y en estos casos no podemos discernir si se produjeron en combate o si fueron heridas consecuencia de remates, y en los casos de heridas cortantes es difícil a veces determinar si fueron causadas por espadas o armas enastadas como alabardas, bisarmas, hachas de armas, hocinos etc. Con todo, lo que sí es evidente es que las espadas de mano y media fueron las causantes de muchas muertes de hombres acorazados que eran invulnerables ante las espadas convencionales, y si estuvieron en uso hasta el siglo XVI es porque eran eficaces. De no ser así no habrían tenido una vida operativa de más de dos siglos.

Vistos el origen y la evolución de estas armas, pasemos a pormenorizar en las distintas tipologías que estuvieron en uso, no sin antes insistir en que un modelo no desplazaba necesariamente a otro y, de hecho, se puede decir que todos coexistieron durante más o menos tiempo ya que cada cual elegía el tipo que le resultaba más atrayente o se adaptaba mejor a su fisonomía o forma de combatir. Por otro lado, no debemos confundir las espadas de guerra con las de justa aún perteneciendo a la misma tipología, ya que las primeras solían tener la hoja más corta que las segundas, e incluso dentro del ámbito de las artes marciales cada maestro consideraba óptima una determinada longitud. A modo de ejemplo, Vadi afirmaba que las espadas de mano y media debían tener una longitud tal que, puestas de punta en el suelo, el pomo debía llegar a la axila. Sin embargo, si nos guiamos por las efigies funerarias de cada época, vemos que las armas de guerra no llegaban más allá de unos 15 cm. por encima de la altura del ombligo. El motivo de esta diferencia es más que lógico: una espada como la que sugería Vadi solo valía para combatir a pie, y un guerrero necesitaba un arma válida para combatir tanto a pie como a caballo, o sea, de una longitud inferior que la hiciese manejable en ambos casos. A la derecha de la ilustración vemos la efigie funeraria de sir William Bagot, datada en 1407, donde podemos apreciar perfectamente la longitud de su espada, que aparece paralela al cuerpo y, en efecto, tiene unas dimensiones aproximadas a las que hemos comentado. Por compararla con una tipología anterior, el de la izquierda es uno de los caballeros anónimos del Temple de Londres, datados entre finales del siglo XII y principios del XIII, que empuña una espada de una mano tipo XII, que estuvieron en uso entre la segunda mitad del siglo XII y la primera mitad del XIV, y como vemos es un arma sensiblemente más corta. 

Veamos a continuación las tipologías que abarcaban estas espadas. Cada una se presentará con las guarniciones más habituales, y junto a ellas podremos ver tanto las secciones de las hojas como los tipos de crucetas con que se solieron fabricar. En cuanto a los pomos, podrían usar cualquiera de los que se mostrarán en todas las espadas que presentaremos, que de forma generalizada eran de disco o de frasco de perfume en todas sus variantes, bien lisas, bien facetadas. En todos los casos, se trata de pomos de formas redondeadas que facilitaban el apoyo de la palma de la mano a la hora de clavar. En cuanto a los materiales con que estaban fabricados, generalmente se usaba  hierro- más barato que el acero- o bronce. El apartado de las ornamentaciones no lo tocaremos por razones obvias ya que eso formaba parte de los caprichitos del personal que tenía los medios y las ganas de chinchar a sus cuñados luciendo una espada chula y, sobre todo, cara. 



Bien, aquí tenemos el primer tipo de espada de mano y media "aparecido en el mercado": el XIIa. Fue simplemente la evolución de una tipología anterior, la XII, surgida en el último cuarto del siglo XII y que, precisamente por las mejoras en lo tocante al armamento defensivo- a nivel cualitativo y cuantitativo- obligó a modificarlo para poder ofender a combatientes cada vez mejor protegidos. Esta espada surgió hacia mediados del siglo XIII, conservando en su hoja algunas de las particularidades de su predecesora, como la sección lenticular y la acanaladura que, en este caso, recorría dos tercios de la longitud de una hoja que oscilaba entre los 91 y los 101 cm. 

Espada tipo XIIa datada en la primera mitad del siglo XIV y que
se conserva en un estado casi perfecto en una colección privada
Su hoja tiene una longitud de 89 cm.
Sin embargo, los filos solo mostraban un leve ahusamiento hacia una punta aguzada óptima para clavar. En esencia, era un arma con capacidad de empuje pero sin perder sus propiedades de corte. La empuñadura, generalmente de forma ahusada, tenía una longitud de entre 16 y 23 cm. aproximadamente. Por dentro transcurría una espiga plana con los bordes casi paralelos, y las crucetas que montaba eran generalmente cualquiera de las que vemos a la derecha. La 1 era recta, con un leve abultamiento en la zona central para dar cabida a la espiga y de sección cuadrangular. La 2 presenta un estrechamiento a cada lado y podía tener una sección cuadrangular, hexagonal u octogonal. Finalmente, la 3 era la más básica: un simple barrote recto de sección rectangular aplanada. Esta espada se considera el arquetipo de las espadas de mano y media, y su vida operativa se alargó hasta principios del siglo XV.


Arriba tenemos la siguiente que, al igual que su hermana mayor, procedía de una espada de una mano que fue "alargada" por las mismas razones. Básicamente es muy similar al tipo XIIa, pero con una hoja y una empuñadura más grandes. La hoja, de entre 94 y 101'5 cm. de largo y de menor anchura que la anterior, estaba recorrida por una acanaladura en las cinco octavas partes de su longitud, y su sección era también lenticular. La empuñadura, también ahusada, contenía la espiga que en este tipo era de sección cuadrangular. Como vemos, los ejemplares que se conservan montaban un surtido de crucetas bastante extenso, no habiendo una preferencia por algún tipo en concreto. Esta tipología es frecuente en las efigies funerarias españolas y alemanas y, por las pruebas que se han realizado con réplicas de las mismas, al parecer eran terriblemente eficaces para golpear yendo a caballo, así como a la hora de echar pie a tierra. 

Espada tipo XIIIa conservada en la Colección Burrell.
Está datada entre 1270 y 1330. Su hoja mide 93 cm,
Por cierto que no quiero dejar pasar un apunte sobre las acanaladuras que, aunque se comentó en su día, posiblemente muchos de los que me leen aún lo desconozcan: las acanaladuras no eran para que "entrase aire" en la herida, provocando una gangrena galopante. Recuerden que cuando a uno lo operan, en el quirófano no hacen el vacío para que no haya aire. En cuanto a la famosa gangrena, es un proceso infeccioso que puede sobrevenir por cualquier tipo de herida si no se desinfecta y se cuida como es debido. Tampoco tiene nada que ver con los "canales de sangre", pensados en teoría para facilitar el sangrado de la víctima. Una hemorragia interna es igual de mortífera que si manan caños de hematíes, y algunos incluso creen que eran para facilitar la extracción de la hoja. La resistencia del cuerpo a "soltar" la hoja no era más que la consecuencia de la contracción muscular producida por la tensión, el miedo y la adrenalina, y para sacarla solo había que dar un tirón y punto. Por lo demás, esta tipología permaneció en activo entre 1240 y 1350 aproximadamente.


El tipo XVa fue la primera espada de mano y media concebida ante todo como arma de empuje. Surgida del tipo XV, un estoque puro y duro aparecido a finales del siglo XIII, estaba provista de una hoja de sección en diamante sumamente aguzada y estrecha, con una longitud comprendida entre los 74 y 94 cm., con una empuñadura bastante generosa, de entre 18 y 23 cm. Esta espada, que alcanzó una extensa difusión, tenía una gran capacidad para perforar cualquier defensa enemiga. Sus buenas cualidades la mantuvieron operativa desde mediados del siglo XIV hasta aproximadamente 1550. En las últimas décadas de vida operativa, a su hoja en diamante se le añadió una pronunciada nervadura y vaceos en cada cara para hacerla aún más rígida para vulnerar unas armaduras de placas que, en pleno Renacimiento, los avances en metalurgia permitían fabricar con unos aceros cada vez más duros y resistentes.

Supuesta espada de Eduardo, el Príncipe Negro, que al parecer
estuvo colgada sobre su tumba. Aunque muy restaurada, es un
perfecto ejemplo de esta tipología
En cuanto a las guarniciones, la cruceta más habitual es la que mostramos tanto en la espada como en el detalle. Era una pieza recta de acero con unos pequeños gayuelos en los extremos para impedir que la hoja del adversario, al ser trabada, saliera despedida o se librara de la presa. Hemos añadido un accesorio que era bastante común en cualquier tipo de espada de la época y que podemos apreciar mejor en el detalle de la derecha: los guardalluvias. Eran, como se ve, una pieza de chapa o cuero, generalmente de forma semicircular, lisa o decorada, que caía a ambos lados de la hoja y que impedían que el agua entrase entre la hoja y la vaina cuando la espada estaba envainada. Aparte de prevenir la oxidación del metal, impedía que la madera de la vaina se hinchase, lo que más de una vez impedía extraer la espada con las consecuencias que podemos imaginar.


Con la tipo XVIa aparece la primera espada de mano y media de sección hexagonal, lo que marcaba una diferencia con la tipología de la que surgió, el tipo XV, que tenía hojas de sección en diamante. La presencia de una acanaladura que ocupaba un tercio de su estrecha y aguzada hoja nos demuestra que estamos ante otra espada concebida para corte y empuje. Esto se traduce en que la punta estaba lo suficientemente aguzada y tenía rigidez de sobra para perforar una armadura, mientras que desde la parte acanalada  hasta el centro de oscilación de la hoja se encontraba el punto óptimo de impacto para asestar una cuchillada demoledora.

Espada tipo XVIa procedente de la Royal Armouries. La
hoja tiene 83 cm. de largo, y la empuñadura es de una
restauración moderna. Obsérvese la estrecha y corta
acanaladura de la hoja
La longitud de sus hojas oscilaba entre los 81 y los 89 cm., y por su empuñadura transcurría una espiga ancha de sección rectangular. Las guarniciones podían ser de cualquiera de los tipos mostrados hasta ahora, y en este caso cabe señalar la empuñadura provista de una nervadura que la dividía en dos para marcar claramente las dos zonas de empuñe de forma que actuaba como tope cuando se agarraba con una sola mano. Por lo demás, la vida operativa de esta tipología no fue precisamente longeva, abarcando aproximadamente la segunda mitad XIV.


La tipo XVII, que se elaboró en diversas longitudes conforme al gusto de sus usuarios, fue otro intento de disponer de una espada todo uso, capaz de cortar y clavar. Para ello, al igual que el tipo XVIa, la hoja tenía una acusada sección hexagonal para aumentar su rigidez combinada con una acanaladura de largo variable, desde un tercio hasta casi la totalidad de la longitud de la hoja. Sus guarniciones eran por lo general las mostradas en la ilustración, a base de pomos de tapón de perfume facetados o bien ovalados planos y crucetas rectas o levemente curvadas.

Espada tipo XVII procedente del Nationalmuseet de Copenhague.
Datada entre 1360 y 1390, tiene un peso de 1'8 kg. y una hoja con
una longitud de 87 cm.
El tipo XVII dio algunos ejemplares especialmente masivos con la intención de aumentar su poder de penetración e incluso ser capaces de partir una pieza de armadura, habiendo espadas que alcanzaron los 2.500 gramos mientras que, por otro lado, se fabricaron otras cuyos dueños anteponían la ligereza para manejar el arma con más soltura y que, por ello, apenas alcanzaban los 1.000 gramos de peso. La longitud de sus hojas osciló entre los 86 y los 96 cm. En todo caso, y a pesar de no ser una tipología especialmente brillante por sus cualidades, se mantuvo en uso entre 1355 y 1425.



Con el tipo XVIIIb estamos de nuevo ante una espada concebida ante todo para el empuje. Esta variante en concreto tenía la hoja con sección en diamante, en algunos casos reforzada por nervaduras y/o vaceos. Tanto este modelo como las demás variantes del tipo XVIII, seis en total, fueron armas que gozaron de gran popularidad en toda Europa entre principios del siglo XV hasta inicios del XVI.

Espada tipo XVIIIb procedente del Bayerische Museum, de Munich.
Está datada entre 1450 y 1480. Su hoja mide 91,5 cm.
En este caso nos encontramos con una espada con una empuñadura muy larga, de entre 28 y 31 cm. y provista de una nervadura central. Su variedad de guarniciones era escasa, limitándose a crucetas rectas como la que mostramos y pomos de disco o de tapón de perfume. La longitud de las hojas oscilaban entre los 82 y los 106 cm. Esta espada fue especialmente efectiva, lo que explica su permanencia en uso durante un siglo y en una época en que la armadura de placas era casi invulnerable.


El tipo XX fue la última espada de mano y media masiva, provista de una hoja triangular de sección hexagonal, ancha por la base y rematada por una aguzada punta. Como característica peculiar, solían estar provistas de una acanaladura central con una longitud de entre la mitad y un cuarto de la longitud de la hoja, flanqueada por otras dos de una longitud aproximada de la mitad de la principal. 

Espada procedente del Kunsthistorische Museum de Viena. Se
encuentra en perfecto estado, con todos sus componentes originales.
Datada entre 1440 y 1450, su hoja mide 107 cm.
Sus empuñaduras iban acorde al conjunto del arma ya que hablamos de piezas de entre 20 y 25 cm. Las guarniciones habituales eran pomos mayoritariamente de las diversas tipologías de discos y de tapón de perfume. En cuanto a las crucetas, los tipos curvilíneos que mostramos en la lámina. La longitud de sus hojas oscilaban entre los 86 y los 107 cm., y su vida operativa se extendió entre 1350 y 1450. Se fabricó una versión más ligera, la XXa, provistas de dos acanaladuras en vez de tres y con la hoja sensiblemente más corta, de un máximo de 86 cm. Su vida operativa fue de una duración similar a la de su hermana mayor.

Un Doppelsöldner con su mandoble al hombro.
Su doble paga estaba más que justificada
Bien, con este exhaustivo repaso creo que hemos abarcado todas las versiones de este tipo de armas. La extinción de los estoques y las espadas de mano y media a lo largo del siglo XVI se debió, como tantas otras, a la aparición y proliferación de las armas de fuego. Pero no porque los arcabuces sustituyeran a las espadas, que han estado en uso hasta hace menos de un siglo, sino porque las armas de fuego hicieron inútiles las armaduras, ergo las armas destinadas a combatirlas ya no tenían razón de ser. La aparición de los cuadros de picas nutridos con mangas de arcabuceros que combatían en orden muy cerrado requería un nuevo tipo de espada mucho más ligera y capaz de moverse en muy poco espacio para clavar su hoja en enemigos por lo general desprovistos de protección corporal. Solo durante un breve lapso de tiempo, los tedescos hicieron uso de los Doppelsöldner (doble paga) que, armados con descomunales Zweihänder (mandobles), abrían paso a sus compañeros abalanzándose entre las picas de los cuadros enemigos, cercenando las astas de sus armas. Llegados al contacto, poco podían hacer salvo meter mano a sus katzbalger si antes no los abrasaban a tiros. Al final, las espadas de dos manos que surgieron de las espadas de mano y media fueron más bien armas decorativas para guardias reales, pontificias y similares, porque en un campo de batalla ya poco o nada podían hacer. Empezaba la época de las espadas roperas.

En fin, me he enrollado como una persiana, así que se acabó lo que se daba.

Hale, he dicho

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